Ibérica por la libertad
Volumen 10, N.º 3, 15 de marzo de 1962

El capitán Henrique Galvao
«¿Será preciso tener que llegar a la "cubanización" de la Península Ibérica para que estos gobiernos al fin se den cuenta del error que están cometiendo?»
IBÉRICA es un boletín de información dedicado a los asuntos españoles y patrocinado por un grupo de americanos que creen que la lucha de España por la libertad es una parte de la lucha universal por la libertad, y que hay que combatir sin descanso en cada frente y contra cada forma que el totalitarismo presente.
IBÉRICA se consagra a la España del futuro, a la España liberal que será una amiga y una aliada de los Estados Unidos en el sentido espiritual y no sólo en sentido material.
IBÉRICA ofrece a todos los españoles que mantienen sus esperanzas en una España libre y democrática, la oportunidad de expresar sus opiniones al pueblo americano y a los países de Hispano-América. Para aquellos que no son españoles, pero que simpatizan con estas aspiraciones, quedan abiertas así mismo las páginas de IBÉRICA.
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Si se considera la reacción, ya ampliamente manifestada, de los pueblos oprimidos frente a sus regímenes liberticidas, y el cuadro mundial dentro del cual se sitúa este martirio, resulta evidente que tanto Salazar en Portugal como Franco en España son actualmente menos responsables de la supervivencia de las dictaduras ibéricas y, por consiguiente, de su condenable indignidad política, moral y económica, que ciertas potencias occidentales que «por razones de Estado» las proveen de medios necesarios para sobrevivir y eternizar sus tiranías. Entre una política de guerra, que amenaza con la destrucción total del Planeta y que compromete la solución económica de la que depende tan especialmente la paz y el destino de la revolución mundial, y una política de paz prácticamente infiel a los principios universales y humanos de paz democrática, ciertas actitudes absurdas de algunas potencias del mundo, que se llama libre, prolongan el padecimiento en ese punto neurálgico de Europa que es la Península Ibérica y que no sólo impide toda esperanza de paz, sino que también compromete al Occidente como bastión de guerra.
Si el comunismo por su expansión mundial y por el conjunto de fuerzas que moviliza, constituye evidentemente en la actualidad la amenaza más directa al destino humano de los pueblos, esta amenaza depende mucho menos de su esencia anti-ideológica, que de sus formas liberticidas de aplicarla, de su amoralismo materialista, de su imperialismo avasallador y de sus atentados a la dignidad de la persona humana. Vale decir que la amenaza depende de monstruosidades comunes a todas las formas totalitarias de gobierno. Y la experiencia ha demostrado hasta la saciedad que estas formas se nutren recíprocamente unas de las otras, aunque unas y otras se ejerzan en extremos opuestos. Ayer fueron el nazismo y el fascismo los patrones que sirvieron de modelo a las dictaduras ibéricas y que constituyeron la gran amenaza y que abrieron el camino a la expansión mundial del comunismo. Porque entonces no se tuvo en cuenta que el verdadero peligro reside en el totalitarismo ejercido en el mundo bajo cualquier forma y no solamente en una única forma elevada a la última potencia -fue una gran guerra la que sacrificó (por la libertad de los pueblos, como se decía) treinta millones de vidas y muchos bienes irreparables...- sin que se halla salido del callejón, sino más bien dejando al mundo bajo una amenaza aún más aniquiladora.
El mundo ha vivido durante los últimos cincuenta años bajo la alternativa de dos amenazas liberticidas: un totalitarismo universal de tipo fascista o un totalitarismo universal de tipo comunista -ambos nutriéndose uno del otro y en contra de toda posibilidad de democracia universal, quedando ésta siempre reducida a la defensiva en espacios escogidos por el enemigo totalitario en ambas formas, pero practicando los mismos métodos-. Combatir una forma sólo porque es la más fuerte en poderío militar y favorecer o cerrar los ojos a la existencia de la otra porque es más débil o establecer bases militares es, frente a la realidad profunda de los problemas del destino humano de los pueblos y la hegemonía de los ideales democráticos, la misma cosa que querer curar las enfermedades con morfina.
¿Se podrá argumentar que de cierto modo se combate la infiltración y la posibilidad comunista en la Península Ibérica al favorecer la existencia de regímenes totalitarios anticomunistas? Todo lo contrario; lo que se comprueba prácticamente es lo que ya dijimos: que los totalitarismos se nutren unos de los otros, que son tácitamente aliados en sus posiciones antidemocráticas. Las dictaduras portuguesa y española favorecen mucho más la posibilidad y la expansión del comunismo en la península Ibérica de lo que presuponen las tácticas, un tanto simplistas, de guerra y de paz practicadas en la península Ibérica por los Estados Unidos, por Inglaterra y ahora hasta por Francia.
Salazar y Franco en su totalitarismo hediondo como todos los totalitarismos, practican en la realidad un anticomunismo comunizante. Es en las dictaduras de tipo fascista donde el comunismo encuentra el clima más favorable de expansión, así como en las dictaduras comunistas se desarrollan más favorablemente los ideales nazis o fascistas; ambas explotan el descontento popular causado por la pérdida de libertades cívicas y por el ejercicio de instituciones deshumanizadas. El peligro comunista favoreció la instauración del fascismo y del nazismo en Italia y Alemania, así como fue una dictadura totalitaria la que abrió las puertas al comunismo en Cuba. Estas son cosas que todo el mundo sabe, que todo el mundo ha verificado: es en el sentimiento de reacción contra las imposiciones de un régimen de fuerza que lo oprime, donde el comunismo encuentra su orientación más segura; y es en la clandestinidad donde esos regímenes se imponen y más eficientemente se ejercen. Y sin embargo, el occidente anticomunista que dirige al mundo llamado libre, en sus relaciones diplomáticas con las dictaduras, acepta tratar con ellas como trata con gobiernos de países libres, y transigen con sus fraudes encubiertos bajo una fachada de formalidad que los presenta corno cosa legal, consintiendo en la expansión de sus poderes liberticidas más allá de las fronteras de sus territorios y favoreciendo, en fin, su supervivencia. Ese occidente libre, en la realidad, también practica una política comunizante.
Observando este momento desde un punto de vista altamente democrático vemos la opinión pública, extraviada por las inconsecuencias de la política occidental, evaluando los resultados prácticos de la Conferencia de Punta del Este, los que la consideran malograda contra los que se felicitan por su éxito. Estos últimos tratan de ver en ella una victoria para la Democracia, sin apreciar que ha sido una conferencia en la que participaron en contra del totalitarismo comunista, representantes del totalitarismo fascista. Condenando a uno sin condenar al otro, no fue realmente una victoria para la Democracia el resultado final de la Conferencia.
Y nosotros, los que luchamos, dentro de la mayor pobreza de recursos, por los ideales que un occidente pretende defender, nosotros que representamos el dolor y la esclavitud de los pueblos oprimidos, nosotros que somos occidentales, cristianos, demócratas y antitotalitarios, no comprendemos, no podemos comprender. Y no comprenderán tampoco los pueblos de esos gobiernos que transigen en su fidelidad a la Democracia apoyándose contra ella en razones de estado antidemocráticas.
¿Será preciso tener que llegar a la cubanización de la Península Ibérica para que estos gobiernos al fin se den cuenta del error que están cometiendo?
HENRIQUE GALVAO
Del panorama que brevemente he trazado de la economía española en mis dos artículos anteriores se desprende una conclusión bastante clara: gracias al concurso de las democracias occidentales y de los organismos internacionales que le han suministrado los fondos y los asesoramientos técnicos necesarios para superar su quiebra, el régimen se ha fortalecido. A estos factores vienen a sumarse otros del mismo orden y de no menor importancia; por un lado está la inquietante evolución de Europa durante el pasado decenio hacia un conservadorismo que no favorece en nada nuestra causa, llegando incluso a amenazarla en el caso concreto de Francia, cuyo gobierno no ha vacilado en prohibir la publicación de los órganos de prensa del exilio. Extraña política ésta que, al impedirnos manifestar nuestra opinión, hace que, de hecho, sea el partido comunista español el único que puede llevar su mensaje por prensa y radio al pueblo español. No insistiré en lo que esto significa desde el mero punto de vista de la perspicacia política porque me llevaría a conclusiones de orden patológico bastante tristes para estos gobiernos que estiman que la mordaza es el mejor instrumento de defensa de la libertad.
Por otro lado está la política de los grandes trusts europeos, herederos de los empresarios que iniciaron la industrialización de Europa en el siglo XIX; España, archimonopolizada ya, es un campo virgen para la alta finanza internacional que ve en ella tanto un buen terreno para inversiones como una buena reserva de mano de obra barata para los trabajos que los nacionales de otros países no quieren ya efectuar. Puestos a decir la verdad, hay que decirla claramente: ahí está Suiza cuya economía necesita 500.000 extranjeros para mantenerse en marcha e importa españoles al precio más bajo posible como si fueran naranjas. Alemania y Francia están en el mismo caso y, en el supuesto de que la política de los industriales del norte de Italia consiga absorber la mano de obra del Mezzogiorno, y de que Argelia, una vez lograda su independencia, ponga un freno a la emigración, veremos aumentar rápidamente la salida de los españoles de España, con lo que ello supone como sangría de las energías nacionales. Estamos destinados, al parecer, a ser el Mezzogiorno de Europa. ¿Qué interés pueden tener estos países en ayudarnos a cambiar un régimen con el cual tan bien les van las cosas? Seamos sinceros: la triste experiencia de estos últimos diez años ha sido, para los que surgimos a la vida pública después de la última guerra, el comprobar que tras los valores proclamados -libertad, dignidad humana, respeto de los derechos fundamentales, etc., se ocultaban otros valores más concretos, fundados en el dominio de los bienes materiales. Hemos aprendido que en muchos casos esos valores espirituales, llamados en España «valores eternos», no eran para muchos sino la cobertura ideológica necesaria a la defensa de sus valores en bolsa. Aprendimos también -¡y con cuánta pena!- que a las democracias no les molestaba mucho el fascismo del vecino mientras no constituía un peligro directo para ellas, o sea, mientras no pasaba de ser un virus atenuado por falta de potencial bélico que le permitiera desbordarse más allí de sus fronteras. Los españoles no tenemos ya gran cosa que esperar de estos Aliados que, en definitiva, según palabras de una gran demócrata, la Sra. Roosevelt, han levantado la economía de la Alemania Occidental sin destruir el espíritu nazi de los funcionarios del Estado, ochenta por ciento de los cuales siguen siendo fieles al recuerdo de Hitler2. Repito lo que he dicho al principio de este estudio: sólo el día que le planteemos al mundo un verdadero problema, contaremos con ayudas exteriores.
Fuerza y flaqueza del régimen
Con todo, pese a su saneamiento de las finanzas públicas y a la «paz civil» que mantiene con su ejército y su policía, el régimen franquista es sumamente débil. Las dictaduras de este género presentan en efecto un doble inconveniente: no son hereditarias como las monarquías ni susceptibles de elecciones como las repúblicas cuando fallece su presidente o termina su mandato. Tampoco son susceptibles de evolución paulatina hacia una situación más normal; el «caudillo» sabe que la permanencia de su poder está en relación directa con el grado de represión continua a que tiene sometido el país. Corno cualquier «liberalización» entraña el riesgo de desencadenar una serie de manifestaciones contrarias a la dictadura, no le queda más remedio al dictador que mantenerse con mano dura e implacable hasta el último día de su mando; una tiranía no puede «degenerar» en democracia sin renegar de su esencia. La legitimidad de una democracia es el consenso popular; la de una tiranía, la violencia. Cada una obra, pues, de acuerdo con su origen peculiar. De ahí que todos los llamamientos y gemidos en torno a la «liberalización» del régimen no hayan tenido nunca el menor efecto. Al contrario, a cada llamamiento se han apretado un poco más las clavijas de la represión. Véase el caso de todos los detenidos del país vasco y de Cataluña en el curso de los últimos dos años: raro es el que ha escapado al padecimiento de bárbaras e inicuas torturas. De nada sirve implorar la liberalización de una tiranía. Suponer que ésta pueda liberalizarse es tan lógico y sensato como suponer que el general Herrera, presidente del Gobierno de la República en el exilio, podría convertirse un día en un tirano. Cuanto más débil sea el régimen actual -y lo será cada vez más a medida que se acerque a su fin- más arreciará la represión para parecer fuerte. Su violencia es síntoma de su flaqueza, pues es prueba de que no puede mantenerse sin ella y ser un «régimen normal». Esta verdad elemental no debemos olvidarla, sino tenerla siempre presente en nuestra lucha.
Claro está, en España se viene meditando hace mucho tiempo en la sucesión del régimen. Es el problema número uno de los franquistas y muchos creen tener ya su solución en el bolsillo. Según lo he indicado, todo se arreglaría con que al Movimiento sucediera el Movimiento con el disfraz de la restauración monárquica. Esto es lo que un economista amigo mío llama con singular acierto «la legitimación del botín». Esta sucesión que equivaldría a un franquismo sin Franco es la gran esperanza de los monárquicos autoritarios cuyo ideal es mantener el statu quo social, político y económico por los siglos de los siglos. Estos monárquicos, para quienes los propios sindicatos del régimen son demasiado «avanzados», no constituyen un partido organizado, pero representan en cambio una fuerza social, económica y política con quien el diálogo es prácticamente imposible e inútil. Son los que se levantaron en 1936 contra la República para establecer la suprema dialéctica del monólogo y de ahí no los sacará nadie. Morirán como nacieron, monologando entre ellos sobre su misión de salvadores de la patria.
La solución monárquico-democrática
En el campo monárquico democrático -empleo aquí con indulgencia la palabra democracia- se coincide en un punto con los monárquicos autoritarios y, quiérase o no, con el propio régimen. Estriba ese punto en la instauración de facto de la monarquía sin previa consulta popular. Mucho se ha hablado de ello y no me extenderé aquí largo tiempo en analizarlo: me limitaré a decir que si una vez más se pretendiera resolver el destino del país sin su aprobación, cualquier levantamiento que se produjera después por parte del pueblo sería perfectamente legítimo. Los españoles estamos hartos de que, un siglo tras otro, unas minorías que se pretenden «selectas» se arroguen el derecho de decidir bajo qué signo o régimen tiene que vivir la colectividad nacional.
Esta idea general en todos los monárquicos de que la monarquía tiene que instaurarse de facto, va acompañada de afirmaciones sorprendentes. Por ejemplo, leemos en un documento presentado en la Embajada de los Estados Unidos de Madrid, a mediados del año pasado3, y firmado por hombres tan opuestos en sus concepciones sociales y económicas como lo son los Sres. Tierno Galván y Calvo Serer, que «solamente la Monarquía podrá unir a los españoles» y que «otra República o una nueva dictadura fomentarían peligrosamente nuestra disociación». ¿Por qué la Monarquía y por qué no la República? Para sostener con un mínimo de acierto la solución monárquica contra la republicana, haría falta demostrar que la República tenía contra ella a la mayoría de los españoles y que sus programas sociales y económicos significaban un paso atrás respecto de los de la Monarquía. Haría falta también demostrar que la Monarquía de los borbones ha sido durante el último siglo y medio un factor de unidad nacional, una institución fielmente representativa del pueblo y no de unas clases sociales muy concretas, un régimen profundamente democrático y no tan sólo un parlamentarismo, de caciques, y, más aún, un sistema en el cual el rey no ha intervenido nunca directamente en la política saltándose a la torera la Constitución. Finalmente, haría falta demostrar, por ejemplo, que los monárquicos no intervinieron frenéticamente en la preparación de la guerra civil, que no estuvieron al lado de Franco, que su Pretendiente no se ofreció a combatir a su lado ni ha dicho recientemente que el régimen actual está presidido «por un sentido de la responsabilidad y del patriotismo»4 a sabiendas de que este régimen patriótico encarcela y tortura a sus adversarios. Habría que demostrar, en suma, que los monárquicos, por no haber contribuido a instaurar el franquismo en España son la gente más adecuada para liquidarlo. Desgraciadamente, son tantas sus colusiones y semejanzas con el régimen actual que se espanta uno de ver cómo se afirma tan por las buenas que sólo la Monarquía puede unir a los españoles. De hecho, la Monarquía española, desde la época del bandidaje del duque de Lerma (por no remontar más lejos) hasta la dictadura del general Primo de Rivera, ha constituido un régimen de castas cuya política nacional e internacional ha sido desastrosa para España, en parte a causa de la debilidad mental o de la inconsciencia de los reyes -exceptuado Carlos III- y en parte a causa de la soberbia y de la falta de sentido social y económico de la nobleza que rodeaba al Trono.
Se ha dicho más de una vez que el problema de España no es institucional sino económico y social, y que una Monarquía podría contribuir a resolverlo. Yo creo que el problema es también institucional por todo cuanto ha significado la alianza del Trono con determinadas castas e instituciones nacionales y su proyección en la vida social y económica del país.
Cierto es que ahora los monárquicos democráticos nos prometen una monarquía de tipo inglés, moderna y ampliamente representativa, en la cual el rey no desempeñe sino un papel análogo al que ejercen los soberanos en los países nórdicos. Mucho me temo que los partidarios de esta idea no fracasen como fracasaron todos aquellos que, desde el siglo XVIII al XX, intentaron «civilizar» a la Monarquía. ¿Por qué fracasaron? En gran parte por su debilidad frente a las fuerzas que dominaban al país y que tenían en sus manos todos los resortes económicos. Hoy, estas fuerzas son más poderosas que nunca, más impermeables que nunca a toda participación efectiva del pueblo en la gestión de la política económica y social de la nación, porque saben que esta participación les mermaría radicalmente sus privilegios obligándoles a efectuar una reforma agraria e impidiéndoles que se siguieran llevando por concepto de beneficios más del 50 por ciento del valor añadido en la industria -según lo indiqué en mi anterior artículo-, lo cual es una proporción que sólo puede darse en África o en América Latina, pero no en ningún país de Europa. En el caso de que aceptaran un régimen parlamentario, estas fuerzas no vacilarían en servirse de él para evitar todo progreso, aunque ello desencadenara a la postre una revolución mucho más violenta que la que pretendemos efectuar nosotros. Si se implanta un régimen monárquico, harán todo lo posible para que sea su monarquía y no la de pueblo entero, pese a los buenos deseos de los reformistas que, por limitarse al análisis jurídico y político de la situación y no querer ahondar en sus raíces económicas, no parecen darse cuenta de que una monarquía a la inglesa o a la sueca sólo puede subsistir sobre una base social y económica parecida a la de esos países. Ahora bien; esto implica en España una revolución económica y social previa, porque España no es Inglaterra ni Suecia sino un país trágicamente subdesarrollado, sometido a un feroz colonialismo interno que únicamente podrá vencerse con el concurso del pueblo unido en torno a un vasto programa que abarque la solución de estos problemas. Frente a la fuerza basada en el dinero hay que situar la fuerza basada en el número: el pueblo. Sin el pueblo, los reformistas más avanzados no lograrán gran cosa por no ser más que una minoría en el país y, como tal, un cuerpo sumamente débil, comparado con la potencia económica de las clases dirigentes. No descubro nada con este razonamiento; lo conocía ya Petronio en el siglo primero después de Jesucristo cuando exclamaba en su Satiricón: ¡Qué pueden las leyes allí donde manda el dinero!
Desgraciadamente, se le tiene miedo al pueblo. En esto se adivina una tan singular como inconsciente coincidencia con el franquismo. Todos los planes elaborados por los monárquicos democráticos se resienten de ello: no se habla más que de evolución «paulatina» hacia una situación normal, dado «el peligro que supone el que un pueblo sin entrenamiento político inicie la vida democrática, con riesgo de caer en demagogias de tipo castrista o de cualquier otra clase»5. He aquí, remozada, la idea del pueblo menor de edad, necesitado de una buena tutela para que no cometa desmanes. Extraño razonamiento que recuerda bastante el de los colonialistas cuando se niegan a abandonar sus colonias porque no serían capaces de gobernarse. ¡Ahora resulta que estamos a la altura del Congo! No se sabe por qué milagro el pueblo italiano, después de 25 años de fascismo, y el pueblo alemán, después de 12 años de nazismo, dieron muestras de no haber perdido un entrenamiento político que se nos niega a nosotros.
Como siempre, resurge una y otra vez la vieja teoría de las minorías selectas. Por no querer apoyarse en el pueblo, estas minorías, que declaran querer mantener al Estado «libre de toda ingerencia extranjera en el futuro»6, no cesan de enviar escritos y solicitudes a los organismos internacionales y a los gobiernos para que acudan a salvarnos. Al propio tiempo, algunos esperan captarse el apoyo de los socialistas para que estos amparen la restauración monárquica y contribuyan luego a introducir las reformas que las oligarquías victoriosas y beneficiarias de esta operación hecha por terceros, quieran dejarles introducir. Pero los socialistas se niegan hasta ahora a semejante operación. ¿Estamos, pues, en un callejón sin salida?
La única solución: el frente democrático
Llevo bastantes años batallando en pro de la constitución de un auténtico Frente Democrático representativo de todos los sectores de la oposición antifranquista que quieran de verdad resolver el problema nacional imponiendo la solución defendida desde hace años por el exilio republicano: el paso a un gobierno sin signo institucional para que celebre en su día un referéndum con el fin de que los españoles opten libremente por el régimen que ha de regir el destino de la patria. En este año pasado se han ido poco a poco convenciendo muchísimos españoles de la inutilidad de los llamamientos dirigidos al Departamento de Estado norteamericano o a la «Conciencia Internacional». También se han convencido de la ineficacia de las alianzas que no iban más allá de la firma de un simbólico documento desprovisto de efectos en la práctica. Tal ha sido el caso de la Unión de Fuerzas Democráticas que he criticado desde su nacimiento por considerar sobre todo que contribuiría más a hacernos perder tiempo que a avanzar un palmo en el terreno. ¿Qué ha sucedido en la realidad? Han pasado ya seis meses: a este pacto que engloba a una parte del exilio y a una pequeña fuerza del interior -la Izquierda Demócrata Cristiana- no se ha añadido ningún grupo más, ningún partido ni sindicato. Al margen de esta indiferencia, los efectos prácticos han sido nulos. La Unión de Fuerzas Democráticas sigue caminando hacia el olvido, el mismo olvido que conoció otro pacto: el «Pacto de París».
Los vicios fundamentales de estos pactos son, a mi juicio, los siguientes: se trata de pactos destinados mucho más a producir efectos en el exterior que en el interior; estos pactos no tienden a unir todas las fuerzas opuestas al régimen no sólo en lo político sino también en lo económico y social y, debido a ello, no pasan de ser meras declaraciones de orden político que al no ir acompañadas de un verdadero programa para la restauración económica y social del país no suscitan el entusiasmo popular; estos pactos -y esto es lo más grave- no prevén ninguna actividad más que la espera de que algo surja de fuera y lo resuelva todo. Reposan, en suma, en una especie de providencialismo más parecido a la lotería que a la política. Estoy convencido de que con estas nuevas trompetas de Jericó no echaremos abajo ninguna muralla.
Debemos ir -y ello se está intentando- hacia la constitución de un amplio Frente Democrático, sin exclusivas, del cual se desprenda un Comité de Liberación representativo de los partidos, dotado de poder ejecutivo y encargado, entre otras tareas, de los siguientes cometidos: elaborar un programa de reforma de las estructuras políticas, sociales y económicas; llevarlo al conocimiento de los españoles; coordinar en todo el país los grupos de oposición que se sumen al programa, iniciar inmediatamente gestiones diplomáticas con todos aquellos países que nos quieran prestar una ayuda efectiva pero sin ingerencias en nuestros asuntos internos. Nuestro problema tenemos que resolverlo nosotros mismos.
Este Frente Democrático sin exclusivas que propongo en estas columnas recoge fielmente en su espíritu la propuesta que hizo Izquierda Republicana en 1953: «El frente antifranquista y republicano que proponemos -decía entonces Izquierda Republicana- debe edificarse sobre el reconocimiento de la necesidad de establecer unos lazos de alianza permanente entre todos los sectores del campo republicano y de concertar en su seno la política y la actividad antifranquista y republicana de todos ellos en todos los planos en que la acción sea posible (...) La primera tarea que incumbe a las organizaciones republicanas es la de elaborar un programa en el que se tracen las grandes líneas de las soluciones que se proponen aplicar en su día a los problemas que en España habrá de plantear la liquidación del régimen (...) La constitución del frente de unidad ha de llevar implícito el compromiso de todas las fuerzas integrantes de aplicar ese programa en España desde el Gobierno, o de colaborar a su aplicación desde las respectivas esferas de influencia política, administrativa o social».
Sigo creyendo que esta posición es justa, como sigo creyendo que la desunión de la izquierda, que paraliza hoy la acción del exilio, mañana podría incluso paralizar el buen funcionamiento del nuevo régimen y ponerlo al borde de una situación grave.
Se plantea, claro está, la eterna pregunta: ¿frente a un peligro fascista o a una dictadura militar se debe unir toda la izquierda? Desde mi punto de vista, sí. No vacilaron los países democráticos en aliarse con Rusia para luchar contra el nazismo. Hoy mismo, en Francia, amenazada con un golpe de Estado fascista ¿cuál es la opinión de los dirigentes no comunistas? El Partido Socialista Unificado del Sr. Mendès France es partidario de la unión de toda la izquierda frente al fascismo. El Sr. Daniel Mayer, Presidente de la Liga de los Derechos del Hombre no ha vacilado en declarar: «Las querellas sobre las exclusivas están totalmente superadas por los acontecimientos». El Gran Oriente de Francia ha lanzado un llamamiento a todos los hombres de buena voluntad para que «los partidos políticos republicanos, sin exclusiva, olviden lo que les divide y no retengan más que lo que pueda unirlos». Por su parte, el propio Secretario General del Partido Socialista francés, el Sr. Guy Mollet, aunque es reacio hasta ahora al frente unido, no ha vacilado en decir que, llegado el caso de un alzamiento fascista, no se le pediría a nadie la carta de visita, o sea, no se le preguntaría cuál es su procedencia política. En este aspecto, creo que los franceses nos están dando una clara lección de patriotismo y de inteligencia política. No veo por qué esta toma de posición, que no resulta escandalosa ni en Francia ni entre los aliados de Francia, habría de suscitar escándalo si la tomáramos nosotros. En definitiva, tal era la posición defendida por un gran liberal, don Álvaro de Albornoz, quien, en un discurso pronunciado en el Ateneo Español de México en 1953, no vaciló en solicitar «la unión de todos los verdaderos antifranquistas españoles. La unión de todos cordialmente, generosamente, abnegadamente, valerosamente y, si es menester, heroicamente»7.
¿Por qué no puede haber otra solución?
No creo que exista más camino que éste. ¿Por qué? Lo explicaré brevemente. Tal como están planteadas las cosas, la restauración monárquica corre el riesgo de ser inevitablemente reaccionaria. Unión Española sola, por muy progresistas que sean sus dirigentes, no constituye una fuerza de peso suficiente para contrarrestar la puesta en tutela de la monarquía por la nobleza y la alta burguesía beneficiarias del régimen actual. Tan bien sabe esto Unión Española que, en su reunión nacional celebrada a principios de diciembre, uno de sus dirigentes manifestó una vez más la esperanza de que «el socialismo español adopte esa actitud europea que le permitió gobernar en tantas monarquías».
Sin embargo, los socialistas, siempre fieles a su idea de que el pueblo elija su régimen, han declarado con toda crudeza en su último Congreso que «o se acepta la norma incruenta, justa y lógica que preconizamos, o la voluntad popular, de la que el partido socialista se considera legítimo representante, se abrirá paso por todos los procedimientos a su alcance».
Creo que esta declaración es sumamente seria. Por su parte, el partido comunista ha hecho advertencias semejantes y en un tono que no deja lugar a dudas: en caso de una transacción por encima de la cabeza del pueblo acudirán a la vía revolucionaria.
Así, pues, nos encontramos con dos factores negativos para los monárquicos democráticos: por una parte, al no contar con el apoyo socialista, les será imposible llevar a cabo su programa; por otra parte, al acudir los socialistas y, muy probablemente, los otros sectores de la izquierda, a una política de franca oposición, es inevitable que la monarquía recurra al clásico golpe de Estado militar para mantenerse en el poder. Esto no tiene nada de inverosímil.
Ahora bien, tal vez en ese momento se quiera especular una vez más sobre el peligro comunista, esperando que así cedan los socialistas ante el hecho consumado, y una de dos: o los socialistas ceden y se les escapa su base obrera, o no ceden y tendremos la guerra civil. Lo que no creo posible es que cedan y conserven su base obrera intacta.
Siento tener que decepcionar con este razonamiento a algunos amigos de Unión Española. Pero espero que comprendan que la política de la izquierda no puede basarse en meras proyecciones intelectuales: debe ser clara si no quiere condenarse al fracaso. Cierto es que el sueño de algunos hombres de la izquierda moderada ha sido el hacer una política de izquierda apoyándose en la derecha o con su beneplácito. Pero no han logrado nunca ni contentar enteramente a la derecha, por quedarse demasiado cortos, ni satisfacer totalmente a las masas populares por no ir bastante lejos. Una «asociación» derecha-izquierda puede caber a partir de un grado de desarrollo económico elevado (es el caso de Inglaterra, por ejemplo), pero en el caso de un país como España, donde tantas reformas hay que hacer, haría falta una derecha tan comprensiva que fuera capaz de aceptar una legislación parecida a la del income-tax inglés, o siquiera una reforma agraria como la que está haciendo el emperador de Persia. Aunque parezca mentira, esto es hoy un sueño en España. A menos, claro está, que los hombres más progresistas de Unión Española lograran convencer con sus ideas a la alta burguesía y a la nobleza. El día que esto ocurra creeré en el poder de la razón sobre el instinto ciego del interés.
Hay que mirar la realidad en los ojos. Estamos en presencia: a) de una extrema derecha que quiere imponernos una monarquía autoritaria; b) de unos grupos minoritarios -Unión Española e Izquierda Demócrata Cristiana- que esperan lograr una monarquía democrática; d) de un partido socialista que, con toda la izquierda, se niega a transigir con toda violación de la soberanía popular.
La única manera de evitar un nuevo drama nacional estriba en que se una toda la izquierda en un Frente, lance su programa al pueblo español, inicie una propaganda seria hasta lograr tener una presencia efectiva en toda la nación y, una vez esto hecho, negocie de igual a igual -y no de inferior a superior- con las fuerzas de la derecha española hasta lograr que acaten la voluntad nacional. Por razones obvias, pero que detallaré si lo desean mis lectores, estimo que el Partido Socialista debería constituir la piedra angular de este Frente.
Este es mi punto de vista, claro y sincero. Contestaré con sumo gusto desde estas mismas columnas a todas las objeciones que se me quieran formular. Es más, ruego a los lectores de Ibérica que hagan un esfuerzo comuniquen su opinión a la revista. Así podremos pulsar la opinión de los españoles en este momento de nuestra lucha. A ellos, pues, cedo la palabra.
XAVIER FLORES
El liberalismo, como ideología y como corriente política, ha sido la «bestia negra» de los ideólogos opusistas. Tomando como base la melancolía medievalista de Ramiro de Maeztu, los escritores y propagandistas del Opus se han lamentado una y otra vez de la destrucción del orden medieval y de la aparición del liberalismo. El marxismo, en cambio, si bien no es tratado con ninguna benevolencia tampoco resulta atacado de frente; en realidad -cosa curiosa y digna de estudio- se le ignora y se acostumbra a considerarle como un hijo natural del nefasto liberalismo. Con reticencia escribe uno de esos propagandistas:
«Frente a la edad de los dogmáticos y de los ideólogos, se ha abierto la era de los hombres liberales, de mente amplia y espíritu tolerante. Y para estos hombres la verdad no ocupa ya el primer lugar en la jerarquía de valores, sino que ha sido desplazada en beneficio de la libertad, el más sagrado y eminente de los valores de hoy».
Hay que saber interpretar lo que esto quiere decir. Para el autor del párrafo que acabo de citar trátase de reafirmar una jerarquía de valores en la que las afirmaciones dogmáticas (llamadas verdades) deben ser asumidas sin discusión. Un mundo en el que rija la libertad de discusión será un mundo confuso, contradictorio y sin norte.
La observación no tiene nada de aguda. La civilización europea desde el cisma protestante y la aparición del capitalismo, ha perdido aquella unidad monolítica que la caracterizó durante la Edad Media. Solo que resulta impensable el deseo de regresar a cinco siglos atrás: esa mentalidad a-histórica caracteriza todo el pensamiento opusista. En cierto modo es una neo-escolástica que ha encontrado un fundamento en los escritos del joven Menéndez Pelayo y del viejo Maeztu. Tanto es así que el filósofo máximo que ha producido el Opus -el Sr. Millán Pueyes- en sus cursos de la cátedra de la Universidad de Madrid ignora deliberadamente la línea que va de Kant a las corrientes filosóficas contemporáneas. El mismo Descartes, por haber introducido la duda frente al dogmatismo, se le aparece ya al Sr. Millán como una enseñanza peligrosa para sus jóvenes alumnos de la Facultad de Filosofía madrileña.
La pobreza intelectual de los Millán Pueyes, Calvo Serer, Eulogio Palacios, Sáinz Rodríguez, Corts Grau y tantos otros publicistas de tres al cuarto, en el plano de los estudios filosóficos, no ha hecho más que desprestigiar la escuela neo-tomista europea, vigorizada por un momento con los intentos del cardenal Mercier. La poca densidad intelectual de los pensadores oficiales del Opus no ha dejado de ser percibida y señalada incluso por investigadores francamente reaccionarios. No hace mucho tiempo en una sala del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de Madrid, después de una conferencia dada por Calvo Serer un espectador poco curioso hubiera podido escuchar comentarios entre el público (mayormente historiadores) sobre la pobre impresión causada por el conferenciante. En algunos filósofos del Opus, cuando se les lee, es difícil separar el contenido teológico del estrictamente filosófico, lo cual viene a complicar los textos y dificulta su comprensión en quien esté algo avezado en la lectura de textos filosóficos contemporáneos; pero otro efecto que tiene es que deforma lamentablemente la mentalidad de los jóvenes alumnos de Filosofía.
Millán Pueyes es profesor de Filosofía en primer año de la Facultad madrileña, en la Universidad central, y desde esa privilegiada cátedra influye poderosamente en la dirección de los estudios filosóficos. Ello significa que el alumno debe aprender por sí mismo a pensar, a pensar por su cuenta, a saber valorar la propia filosofía tomista que se le presenta en forma dogmática e incuestionable; el alumno debe aprender por sí mismo, fuera de las aulas, las fuentes y los libros y las ideas consideradas como heterodoxas por la iglesia romana y por la iglesia de Toledo, que tiene todavía un criterio más retrógrado que el vaticanista.
Basta decir que en ese mefítico e irrespirable ambiente intelectual, sancionado por la censura gubernamental y aplaudido por la negra reacción, el estudio de la filosofía no podía estar más que en el estado en que está actualmente: en estado agonizante.
La pobreza de contenido v la vaguedad de las fórmulas expresadas por los escritores del Opus se explican porque responden al «clímax» de la España actual: conformista, aplatanado, zafio y raquítico. Las grandes diatribas de los Maeztu, los Calvo Sotelo, Mella y Donoso Cortés por ejemplo, no se dan hoy en sus herederos espirituales porque el posible enemigo está mudo desde la terminación de la guerra civil. A fuer de clamar en el desierto, ante la imposibilidad de encontrar un interlocutor, los publicistas del Opus se han quedado solos en la palestra. De cuando en cuando se enfrentan ligeramente con los residuos de otras tendencias derechistas, pero no pasan de ser tempestades en un vaso de agua.
Este es un país silencioso, del que se ha eliminado la discusión, primero por real decreto y por la eliminación de los contrarios; pero finalmente porque la misma ausencia del diálogo ha debilitado a los mismos partidarios del monólogo. Este proceso ha sido denominado por la verborrea falangista como unidad entre las tierras y los hombres de España; en la verborrea del Opus se le ha calificado de lento proceso de homogeneización. Tales afirmaciones no les impiden reconocer -y ahí ya son más realistas- que en 1962 todavía perdura una situación beligerante y que la unidad y la homogeneización han debido ser impuestas por la fuerza. Véase al mismo Vicente Marrero -otro escritor del Opus- resumiendo la situación:
| (V. Marrero: La guerra española y el trust de cerebros, Madrid 1961). | ||
Así que un mismo propagandista a sueldo del régimen explica que esa «lenta homogeneización» no significa otra cosa que la lenta destrucción del enemigo. (Pero el enemigo, ¿quién es sino 29 millones de españoles?) Un miembro importante del Opus como es Marrero justifica pues no sólo la guerra civil sino la perduración de la postguerra, de la beligerancia activa de un estado autoritario. Que ésta es una lucha entre clases opresoras y clases oprimidas tampoco se le oculta a Marrero, quien así lo confiesa, en un momento que no sé si considerarlo de inconsciencia, o de sinceridad o de cinismo:
La cosa es sorprendente; Marrero ha escrito un libro de 683 páginas para demostrar la justificación de la «Cruzada» y la santidad del régimen; ha usado argumentos de toda clase, incluidos los teológicos, para tal empeño y casi al final de su libro ve necesario aclarar que, en definitiva, si todavía en 1962 se mantiene el Estado de Franco no es porque sea más justo sino por más fuerte, porque es un aparato francamente inexpugnable; reconoce que hay una oposición al régimen y que ésta no puede nada contra aquél no porque no tenga la razón sino porque es más débil. Este es el famoso y viejo argumento según el cual «los vencidos nunca llevan razón». Este tipo de argumentos de fuerza no tiene sentido emplearlos en un libro destinado a justificar con razones pretendidamente santas, la militarada y la represión; que se haya hecho así indica que el propio Marrero cree poco en sus propios argumentos.
Si me he detenido en el examen del libro de Marrero es porque su autor es el actual director de la revista Punta Europa (a la que en España se le acostumbra llamar con sorna «Puta Europa». La del chiste anónimo, es hoy en España una forma común de demostrar la oposición al régimen), y ésta es la publicación intelectual más importante del Opus, al tiempo que Marrero está considerado, entre sus miembros, como uno de sus valores más brillantes, a pesar de que su obra es la típica del publicista, no la del intelectual por antonomasia; véase sino su obra escrita, que es ésta: una biografía de Maeztu; una de divulgación literaria sobre: El enigma de España en la danza española, otra del mismo estilo: Picasso y el toro y dos ensayos, sobre Unamuno y Ortega, éste último brillante y acertado a ratos. Este tipo de labor intelectual es característico de los intelectuales (aunque no les gusta esa denominación, por la resonancia izquierdista que para ellos tiene la palabra intelectual) del Opus. Con la excepción de Millán Pueyes, no hay ningún filósofo en el estricto sentido de la palabra, aunque Millán es más bien un pobre profesor de filosofía tomista que un pensador; sin embargo todos han hecho sus pinitos filosóficos, a través del ensayo, género literario que es el que mejor conviene a la vaguedad y a las abstracciones inherentes y características en el pensamiento ultra-reaccionario, de acuerdo con la fórmula brechtiana y que la realidad confirma cada día: la verdad es concreta, la mentira abstracta.
Por otro lado, la forma ensayista la han heredado de la tradición literaria de los años treinta, de la línea tradicionalista representada por Maeztu y Pemán principalmente, pero asimismo por Pradera, Calvo Sotelo, Rodezno, Sáinz Rodríguez, Vegas Latapíe y en menor medida por Vigón, o sea el grupo de «Acción Española».
El más brillante y acaso el más inteligente de esos publicistas del Opus es Gonzalo Fernández de la Mora, de la carrera diplomática, en quien un cierto escepticismo intelectual y una formación racionalista hacen pensar que se adhirió a la congregación del Opus Dei más por oportunismo que por convicción.
Calvo Serer, catedrático de Filosofía de la Historia de la Universidad de Madrid y uno de los cerebros grises del Opus, es francamente, como apunté arriba, poco inteligente y sus escritos soporíferos. Acaso por ello y por su fanatismo dogmático sea uno de los hombres fuertes del Opus.
Otro de los hombres públicos del Opus es Ismael Sánchez Bella, Vicerrector del Estudio General de Navarra (cuartel general de la congregación) y Consejero Nacional de Educación, en quien se une la condición de político a la de publicista y conferenciante. El único alimento espiritual que parece satisfacerle es sólo la llamada «doctrina social de la Iglesia» y las encíclicas papales. En una conferencia pronunciada el 14 diciembre 1960 en la Diputación de Guipúzcoa, coincidió con Calvo Serer en afirmar que «la formación a-religiosa y socializante que a sus estudiantes dan las Universidades de Yale y Harvard no hace más que agravar la situación de crisis moral que amenaza al pueblo norteamericano». De ahí su desconfianza y temor hacia el equipo de intelectuales salidos de Harvard asociados a la administración Kennedy.
La actitud hacia los Estados Unidos de América, para la gente del Opus, queda resumida más o menos así: «Con relación a Europa, Norteamérica es materialismo frente a humanismo» (Vid. Nuestro Tiempo publicación del Estudio General de Navarra, N.º 79).
La desconfianza hacia el papel del intelectual en la sociedad es todavía más grande de la que se dio en la Falange, en los años de represión; pero mientras en los escritores falangistas de postguerra se dio una evolución -hacia la izquierda, para así decirlo- en los hombres del Opus, representantes del integrismo, los ataques, y no los menos virulentos, se han dirigido hacia intelectuales procedentes de Falange, de formación conservadora, pero católicos de profesión, como el caso de Aranguren y Laín Entralgo. Refiriéndose a ellos y al grupo de intelectuales falangistas que después de la guerra escribían en Escorial (publicación del Partido Falangista), V. Marrero, en el libro que comenté antes, descarga su furia de esta manera:
Y luego sigue escribiendo Marrero:
El blanco de los ataques es sobre todo Laín, quien, como es sabido, está muy distante de poder ser considerado un intelectual progresista.
Con su visión estática y lineal de la historia, los hombres del Opus se consideran los herederos más dignos del Alzamiento y defienden esa posición frente a los otros grupos que tomaron partido por el bando nacional. En cierto modo, el que esas polémicas sean posibles hoy en día se explica por la progresiva (aunque lenta) descomposición del régimen.
La correcta interpretación de estos hechos, a mi modo de ver, no es que se haya llegado a un cierto punto de liberalización de la censura y del régimen sino que se ha dado una substitución de camarillas. Hasta 1956 la cultura oficial, la bendecida por el gobierno, todavía era predominantemente falangista; hoy es la del Opus. Lo que ocurrió fue que entre 1951 y 1956 se fue conociendo una literatura no oficial, de signo progresista (y regionalista en el caso de Cataluña) que hoy es reconocida tácitamente por el poder y a la que no se le ponen excesivas cortapisas más que en casos excepcionales; esto, por lo que afecta a la literatura; el cine se encuentra con muchas más dificultades y en el cine y televisión la opresión de la censura y la propaganda es absoluta y por el momento la televisión parece ser uno de los últimos feudos reservados a los falangistas.
Ese margen de libertad concedido a la literatura queda no obstante casi limitado a la poesía y a la novela pero no existe en el campo del ensayo que se intentara fundamentar racionalmente desde posiciones independientes. Ello explica la sobreabundancia de jóvenes poetas que hoy publican en España frente a la impresionante escasez de ensayistas, pensadores, sociólogos.
En este erial que es pues la cultura española en 1962 la mala hierba de la opresión opusista sigue creciendo.
EUGENIO DEL CASTILLO
INDALECIO PRIETO
Ha muerto en México Indalecio Prieto, con él desaparece la figura más destacada del partido Socialista español. Nacido de familia modesta hubo de ejercer menesteres humildes: fue vendedor de periódicos en Bilbao y trabajó más tarde como impresor, así empezaba a mostrar ya en la adolescencia lo que fue más tarde su pasión: la prensa, pasión que le llevó a ser redactor de El Liberal de Bilbao, después director y pasados los años, propietario del periódico.
Era hombre fascinado por la cultura y llevaba dentro una secreta admiración por las figuras más salientes en el campo científico y literario. Así mantuvo siempre las mejores relaciones con el eminente jurista español D. Felipe Sánchez Román -muerto en el exilio en México- y con el Dr. Gregorio Marañón sostuvo una correspondencia frecuente y cordial aun durante el exilio. Era hombre jovial con sus amigos, pero con un fondo de pesimismo.
Fue diputado a Cortes por primera vez en 1919, por el partido Socialista y continuó siéndolo en otras legislaturas durante la Monarquía. Estaba en el exilio al proclamarse la República y regresó para ocupar el cargo de ministro de Hacienda en el Gobierno Provisional presidido por D. Niceto Alcalá Zamora. Las elecciones de 1933 dieron el triunfo a las derechas, Asturias se sublevó, Prieto participó en ella más por disciplina que por convicción. Las elecciones de 1936 dieron el triunfo a las izquierdas y fue ministro del Aire y Marina y más tarde, en 1937, durante la guerra civil, de Defensa Nacional; pero Prieto no tuvo nunca confianza en la victoria de las fuerzas republicanas.
Exilado en México terminada la guerra civil fue la personalidad más destacada de la emigración española y laboró por unir a los distintos grupos de la emigración. A él se debe la creación del Colegio Madrid, fundado en la ciudad de México para hijos de refugiados, y la Colonia de jóvenes de Morelia, ambas instituciones han hecho buena labor.
Indalecio Prieto ha sido y será una de las figuras políticas españolas más discutidas, ídolo para unos y combatido por otros; hombre de recia personalidad y ambiciones políticas, llevaba su pasión en sus aciertos y en sus error es. Pueden discutirse su personalidad y sus actos, pero lo que no podrá quitársele nunca es el título de campeón de la España democrática. Esta gran pasión suya le ha llevado quizá a realizar gestiones, siempre nobles y con finalidades patrióticas, que han sido discutidas por los grupos republicanos del exilio y del interior, pero esas actividades que levantaron fuertes polémicas, han llevado siempre el signo de lucha antifranquista e iban encaminadas, con acierto o sin él, a articular un futuro democrático de España.
Hemos de formular nuestra protesta más recia por las calumnias vertidas por la prensa franquista, especialmente por el ABC y La Vanguardia de Barcelona, contra este gran hombre desaparecido. Es innoble injuriar cuando la víctima ya no puede defenderse. Nosotros rendimos homenaje a la memoria de uno de los grandes luchadores republicanos.
¿Renovación o crisis?
Los corifeos del régimen, tanto del interior como del exterior, se esfuerzan por presentar una imagen del franquismo en trance de renovación, de echar las bases del desarrollo económico, de cimentar sus instituciones, de contar con la aprobación tácita ya que no con el aplauso de la opinión agradecida por «la paz envidiable en que vivimos», capaz en suma de ser respetable y respetado en el concierto internacional.
¿Qué hay de verdad en eso? ¿Confirman o desmienten los hechos esas pretensiones? No se trata de hacer un análisis en profundidad, que no es misión mía aquí y ahora; se trata sencillamente de saber qué ha pasado en este mes de febrero y cuál es el diagnóstico objetivo que cabe hacer a la vista de los hechos.
¿Y la opinión? ¿Puede hablarse de opinión pública en España? La respuesta es difícil; los órganos de expresión de la opinión no existen o si existen carecen de vida legal: los órganos de formación de la opinión son unilaterales, dirigidos y minoritarios. Sin embargo, grupos profesionales, locales, familias de intereses o familias espirituales irrumpen de vez en cuando en la vida pública a despecho de sordinas, de censuras y de cuartelillos de la guardia civil. Y así ha ocurrido este mes: los obreros han hablado alto en Cartagena, en Bilbao, en toda Guipúzcoa; los estudiantes han hablado más alto aún -¡febrero tenía que ser!-; los hombres de ciencia no se callan y hasta los economistas refunfuñan.
Empecemos por el final, cronológicamente hablando. Tras las detenciones de los estudiantes Gómez Llorente y Miguel Ángel Martínez, acusados de poseer propaganda socialista y de pertenecer a la Federación Universitaria Democrática de Estudiantes (FUDE), las reacciones en los medios universitarios de Madrid se han ido produciendo en cadena. En la cámara sindical se ha planteado la cuestión de la no representatividad del SEU y el 17 de febrero se han celebrado reuniones en distintas facultades recabando la constitución de una Asociación Libre de Estudiantes y que se termine con el monopolio del sindicato falangista (como se recordará, son las mismas reivindicaciones de febrero de 1956). La policía procedió a realizar unas cincuenta detenciones, pero ninguna de ellas duró más de diez horas. En estos momentos, las reuniones continúan y la agitación persiste, sobre todo desde que han llegado noticias de lo que está sucediendo en Barcelona.
En la ciudad condal, el día 20 de febrero, cumplíanse cinco años de la huelga de 1957. Y esa mañana apareció la facultad de Medicina toda embadurnada de grandes letreros pintados con brea-letras de dos metros de altura que decían: «Democracia», «Muera Franco», «Libertad», «Amnistía» y otras expresiones del mismo tono e intención.
En aquellos momentos se supo que, durante la noche, dos estudiantes habían sido detenidos dentro del recinto universitario, cuando se dedicaban brocha en ristre, a este género de pintura, a causa de la delación de un bedel, se trataba de Federico Sánchez de 18 años de edad, estudiante de Ciencias, y de otro estudiante de la misma facultad, llamado Azmora, de 20 años, ninguno de los cuales tiene filiación política determinada. Enseguida se supo que la policía había detenido, al parecer en su casa, a Joaquín Sampere, estudiante de cuarto año de Filosofía y Letras, de 21 anos de edad, y que también buscaba a otros estudiantes que habían desaparecido de sus domicilios.
Por la tarde, se celebraba en la misma facultad de Medicina, un coloquio sobre el tema «Situación del poeta en nuestra sociedad», en el que participaban los poetas Foix, Pere Quart, Gabriel Ferrater, José Agustín Goytisolo y Gil de Biedma. La atmósfera estaba ya muy cargada, pero la expectación subió de punto al entrar en el Paraninfo y comprobar que el gran retrato del Caudillo que presidía el salón había desaparecido; en su lugar había un grotesco dibujo simulando un monigote que se balancea al extremo de una horca. El decano, todo confuso, aseguraba que el cuadro, obra del difunto Sotomayor, había costado a la Facultad la suma de cincuenta mil duros (250.000 pts, pero él se expresaba en duros). Empezaron entonces los rumores de que los chicos estaban siendo maltratados en la jefatura de Policía. Al día siguiente -miércoles- todas las facultades amanecieron llenas de inscripciones de «Muera Franco», «Democracia», etc., y una delegación de estudiantes, dirigida por un padre jesuita encargado de curso en Filosofía y Letras (profesor de Sampere) fue a la jefatura de policía a protestar contra los malos tratos infligidos a los muchachos.
El jueves 22, la agitación fue más intensa; los piquetes de estudiantes se sucedieron en la Vía Layetana, ante la jefatura de Policía, donde se negaban a recibirlos. Se calcula que más de doscientos estudiantes estuvieron allí presentes. Ese día las clases se suspendieron en algunos cursos.
El viernes 23 la huelga era ya general en las facultades de Medicina, Filosofía y Letras y Ciencias Económicas. Los estudiantes se encerraron en el edificio de la Universidad (el viejo edificio) mientras la policía lo acordonaba con objeto de que no se repitieran las manifestaciones del día anterior, que amenazaban ser más numerosas. El Front Nacional de Catalunya (tendencia nacionalista) distribuyó profusamente unas octavillas diciendo que en estos momentos la cuestión de tendencias no tenía importancia y sí la tenía la de solidarizarse plenamente con los detenidos.
Según las últimas noticias, la huelga continúa el lunes 27; la universidad sigue acordonada y numerosos «jeeps» de la policía armada circulan por las calles vecinas y ocupando de manera aparatosa algunos puntos de la ciudad. Los estudiantes se han reunido nuevamente en el patio de la facultad de Ciencias, para protestar contra las detenciones y pedir que, en todo caso, los estudiantes sean juzgados por tribunales civiles (corre ya el rumor de que han sido entregados a la jurisdicción militar). Hasta ahora las autoridades académicas han denegado a la policía el permiso para penetrar dentro del recinto universitario.
Otros movimientos de opinión
Para que la ojeada sobre los movimientos de opinión sea más completa conviene recordar lo sucedido durante el mes en el País Vasco, y particularmente en Guipúzcoa. En Beasain, pese a las promesas hechas, la «Compañía Auxiliar de Ferrocarriles» (grupo financiero Banco Urquijo) no ha accedido a las peticiones de los trabajadores; las manifestaciones silenciosas, donde sólo se pronuncia el grito de «las cien pesetas» se suceden noche tras noche a la salida del trabajo. Durante este mes ha habido huelgas en distintas fábricas y talleres de Éibar, Irún, Deva, Elgóibar, Rentería, así como en Bilbao (en la fábrica de pistones Tarabus). La brigada social de Guipúzcoa, tristemente famosa, ha operado en firme, realizando numerosas detenciones en todas las citadas localidades; según nuestras noticias más de cuarenta obreros continúan aún detenidos. Por su parte, los tres mil obreros de los astilleros de la Empresa Naval Bazán, que tiene el INI en Cartagena, también fueron a la huelga.
Esta agitación social tiene lugar al mismo tiempo que se firman numerosos contratos colectivos de trabajo. Los portavoces del régimen achacan a los «agitadores subversivos» («curas y comunistas» según la chocarrera consigna oficial de estos últimos tiempos) el designio de hacer fracasar los contratos colectivos. La realidad es muy otra; numerosas huelgas han tenido lugar porque los contratos no se preparaban ni se firmaban. En otros casos, los contratos no representan un aumento del salario de base, sino de las primas a la productividad. A finales del pasado mes un editorial del Ya decía: «Son todavía cerca de ocho millones de asalariados los que quedan fuera de la contratación colectiva». ¿Saben ustedes cuantos asalariados hay en España según los datos de la Organización Sindical? Ocho millones trescientos mil, de los cuales dos millones y medio pertenecientes al sector agrario. Aún suponiendo que desde comienzos del año los contratos colectivos hayan sido firmados a paso de carga, es lógico suponer que más del 80% de los trabajadores no disfrutan de ellos. O si no es así, es que Ya se ha pasado a los «rojillos».
Por razones análogas, cuando en la Organización Sindical dicen que el promedio de los contratos colectivos aumenta en 40% el salario real de los trabajadores, hay que tomarlo como una frase más de propaganda. Hay un hecho incontrovertible; mientras los contratos colectivos no establezcan un salario de base para los obreros calificados de cien pesetas al día como mínimo, no puede hablarse de aumento sustancial del nivel de vida. Es verdad que numerosos contratos colectivos significan cierto aumento de los salarios reales, pero en proporciones mucho menores y casi siempre en función del desarrollo de la producción. Por otra parte, apenas han sido firmados algo más de mil contratos colectivos (esa parece ser la cifra aproximada) han comenzado a subir los precios sin aparente razón válida; las subidas del aceite (20%), de las judías (40%), de los garbanzos (20%), etc., señalan una tendencia muy peligrosa.
Que las cosas no están tan claras lo demuestra la dimisión del secretario general de la Organización Sindical, Sr. Giménez Torres. Esta vez no se trata de «relevo de mandos», pese a lo que diga el Sr. Solís, sino de una dimisión, pura y simple, por disconformidad. Las palabras de Giménez Torres al transmitir los poderes al nuevo secretario, don Pedro Lamata, viejo burócrata del franco-falangismo, dejan traslucir su sentimiento. Se sabía que Giménez Torres proponía una reforma de la Organización Sindical en el sentido de que numerosos «mandos» fueran elegidos democráticamente; también que había defendido que los contratos colectivos constituyesen una mejora real de las condiciones de vida de los trabajadores. Al producirse las huelgas, todo el mundo se le ha echado encima e incluso le han amenazado con «la indignación de los militares».
El problema del mercado común
Los hombres, que dominan directa o indirectamente las palancas de mando de la administración, de los organismos ejecutivos y consultivos, etc., tienen hoy arduos problemas y no parecen dispuestos a tolerar huelgas ni tampoco piruetas demagógicas de un dirigente sindical. Esos señores se encuentran hoy ante el problema del Mercado Común Europeo.
Tras los acuerdos tomados por los «Seis» europeos en Bruselas sobre las cuestiones agrícolas, se le explicó al Caudillo que por el camino del «espléndido aislamiento» se iba a la catástrofe, principalmente para nuestras exportaciones agrícolas y de materias primas que son la base de todo el comercio exterior de España. No había tiempo que perder; y España solicitó inmediatamente la apertura de negociaciones con los «Seis» para estudiar las posibilidades de su asociación al Mercado Común. Como de costumbre, el golpe tiene dos sentidos; ante la opinión se ha presentado como una perspectiva fabulosa de progreso dando por descontado que España será asociada y, más tarde, integrada en el Mercado Común. Entre bastidores, la cosa es diferente; se van a «entablar negociaciones», que ofrecen la posibilidad de escurrirse cuando así se crea oportuno en los altos lugares; se contenta a los partidarios del Mercado Común por un lado, y por otro se dice a los enemigos que «no es para mañana». Hacia el exterior se habla de una asociación estrictamente económica y hacia el interior se insiste en la concepción bélica y confesional de Europa.
Optimismos y obstáculos
Para volver a lo económico, conviene recordar que la solicitud de asociación hecha por España se inscribe detrás de las de Turquía, Austria, Suecia y Suiza. Sin duda, nadie piensa en los medios oficiales que la asociación se realice antes de aprobarse el cacareado «plan de desarrollo» que, a su vez, se cree no estará listo hasta los últimos meses del año. En estos momentos, empresarios y economistas hacen sus cálculos; la siderurgia del norte espera con optimismo la prueba, tanto más cuanto que tiene numerosos vínculos con compañías extranjeras; ni que decir tiene que los exportadores de agrios y aceites consideran este paso como fundamental; la industria textil es más prudente, ya que para aguantar el golpe necesitará que su transformación se concluya (eliminando toda empresa marginal) y que aumente la demanda en el mercado interior. Para las empresas de industrias químicas todo va bien, puesto que son raras las que no trabajan en colaboración con capitales extranjeros. El problema de los cerealistas es más complicado (y el de los remolacheros) pero esperan que se arreglará a su tiempo. Quedan otros obstáculos que son prácticamente insalvables, como la situación de la pequeña empresa, o que seguirán siendo una tara mientras no se modifiquen las estructuras, como el de los latifundios que a tantas polémicas está dando lugar. ¿Y la mano de obra? Son más las promesas que las verdades, puesto que la simple asociación no obliga al Estado firmante a establecer la paridad de salarios y de leyes sociales con los otros países. Hay un problema más, el del trabajo de técnicos y científicos.
Y para concluir -por hoy- con este asunto, hay que transcribir el rumor persistente en algunos ministerios: se trata de la oposición a la asociación de España al Mercado Común, por parte de algunos países, principalmente de Bélgica (por razones políticas) y de Italia (por razones de competencia económica). En resumen, en esto del Mercado Común, no se ha hecho más que empezar, pero el actual gobierno es el menos indicado para llevar la operación a buen puerto.
El empréstito alemán
El único éxito que se apuntan son los doscientos millones de marcos para obras de regadío en Andalucía que el Sr. Navarro Rubio se ha traído de su viaje a Alemania. No sería extraño que la «germanización» de la economía española diese algunos pasos más adelante. Por su cuenta y razón, naturalmente. ¿No es curioso señalar el banquete «seguido de concierto», reza la prensa, ofrecido en Bonn por el Sr. Abs al Sr. Navarro Rubio? Creo ya haber hablado de este banquero alemán, alto cargo de la Deutsche Bank y -como por casualidad- del Consejo de Administración del Banco Comercial Trasatlántico (Banco Alemán Trasatlántico hasta 1945). Recordemos, de paso, que durante el pasado año Alemania fue el primer país en inversiones hechas en bienes de equipo en España (30%). En divisas las mayores inversiones fueron las de E.U., (41%).
La paz interna de España
He aquí, pues, el balance de febrero. Un balance muy sucinto, verdad es. No he hablado de la censura, que ha prohibido el Goncourt francés de este año, «La pitié de Dieu» de Jean Cau, poemas de Gabriel Celaya y de López Pacheco en la revista Índice, de esa censura cuyos superiores jerárquicos llegan a explicar las decisiones, dirigiéndose a ciertos amigos, a base de que este o aquel autor «no es persona adicta al régimen», espíritu que sin duda prevalece al ordenar a la prensa diaria que publique editoriales destilando un odio bien poco cristiano al recibirse la noticia del fallecimiento de don Indalecio Prieto. Esta conducta, estos ejemplos que acabo de citar (a los que podrían añadirse otros muchos) muestran que la «paz interna de España» es un mito barato. Ni siquiera hay la «paz de cementerio» que ellos desearían porque, a Dios gracias, hay bastantes espíritus españoles que saben decir No, hay después de tanta sangría suficiente coraje y suficientes corazones para que España no enmudezca. La tiranía no ha podido hacer de España un país afónico.
No hablo tampoco en detalle de los azares de política internacional, de la desgraciada situación en que se encuentran España y Portugal en la ONU, condenadas por veintidós países africanos; del disgusto que hay en el Palacio de Santa Cruz por el nuevo gobierno italiano, de los quebraderos de cabeza que da la próxima independencia de Argelia, de la inexplicable «fuga» de Canarias del coronel fascista Argoud, acaecida días después de comprobarse la actividad de los estados mayores fascistas franceses dentro de la Península, de la suma de dossiers de litigios que se amontonan en los despachos de Asuntos Extranjeros...
No; no es serio hablar de renovación y menos aún de «paz envidiable». Los síntomas de crisis (política, económica, moral) son ciertos. Crisis no equivale a hundimiento; hay estados de crisis que tienen la vida dura. Pero hablar de renovación sin quebrar las estructuras institucionales del régimen es... reírse en las barbas del prójimo.
TELMO LORENZO
Madrid, 27 de febrero de 1962
El gobierno del general Franco ha solicitado la entrada de España en la Organización del Mercado Común Europeo. Su embajador en París, conde de Casa Miranda, entregó en Bruselas al secretario general del Consejo de Ministros de la C.E.E., Sr. Christian Calmos, en ausencia del Sr. Couve de Mourville, presidente de dicho Consejo, una carta del ministro de Relaciones Exteriores Sr. Castiella, con la petición.
La carta presenta en realidad dos peticiones: una inmediata solicitando la entrada de España como país asociado, otra de más amplios alcances, a largo plazo: la plena integración en la comunidad, al igual que los otros miembros. Más de un año ha estado el gobierno español estudiando la decisión adoptada ahora, lo que puede llevar a suponer que tal resolución se ha tomado previa consulta o exploración de los seis países que forman parte hasta hoy de la entidad. Al parecer no ha sido así. Los medios competentes de Bruselas están sorprendidos de la iniciativa tomada por el gobierno de Madrid, cuyas posibilidades de entrada consideran mínimas.
La Confederación de Sindicatos Libres ha dirigido una comunicación al Presidente del Consejo de Ministros de la Comunidad Económica Europea, que lleva fecha 16 de febrero, recordando que el gobierno español ha pedido la apertura de negociaciones en vista de que se examine la posibilidad de establecer una asociación con la Comunidad susceptible de llegar a una integración completa.
El secretario general del Secretariado Sindical, en nombre de todas las Organizaciones Sindicales Libres de los países miembros, ha pedido urgentemente que no se dé curso favorable a la petición de España, dado que está establecido en la letra del Tratado que los seis países responsables han querido, por la creación de la Comunidad, «afirmar la protección de la paz y de la libertad».
Los grupos socialistas del Parlamento del Mercado Común, en una reunión celebrada en Estrasburgo, adoptaron por unanimidad una resolución oponiéndose a la petición española, basada en que España no es un país democrático. Pero estas reacciones, con ser de peso, no son solas las dificultades con que tropieza España para su entrada en la Comunidad. Las resoluciones adoptadas por los Sindicatos Internacionales se pueden señalar como problemas políticos, pero otros de índole interna se presentan para España.
De un lado las disposiciones adoptadas en Bruselas en el sector agrícola, aunque son complicadas, dejan prever que el intercambio de productos llegará en 1969 a que los seis territorios formen un mercado único y que las deducciones sobre los cereales, procedentes de los países miembros, irán disminuyendo hasta desaparecer en esa misma fecha. No hay que olvidar el bajo nivel de los precios agrícolas en España y que de ese nivel depende enteramente el nivel de los salarios y de estos el nivel de todos los precios industriales, el poder de compra, de la moneda y la moneda misma.
Cuando se trata de países desarrollados en los que los precios de producción son comparables a los países más agrícolas de los seis y los obreros agrícolas tienen salarios decentes, no se presentan dificultades, pero en el caso de España esos problemas son agudos y al pretender llevarlos a la Comunidad Europea o bien tiene que resolverlos previamente España o pedir que los miembros de la Comunidad se los resuelvan. ¿Cuál de estas dos soluciones tiene viabilidad? A nuestro juicio ninguna de las dos.
Para resolver España esos problemas tendría que dar un peligroso viraje a su línea política y reconsiderar, para modificarla, la estructura económica del país, toda. ¿Podrá correr estos riesgos? De otro lado los países miembros de la comunidad, ¿están dispuestos a sacarle a España las castañas del fuego? Por lo visto, no. Resumiendo: España está en un laberinto sin salida, de un lado se ve forzada a pedir su entrada en la Comunidad Económica Europea ante el peligro de su aislamiento económico, pero la oposición política que su petición ha levantado y sus propios problemas interiores le impiden la salida. Y es que es inútil pretender encerrar en compartimentos estancos la política y la economía de los países, una modela la otra. Regímenes como el de España y Portugal en una Europa democrática no pueden articularse en una economía libre. Estas dos dictaduras, anacrónicas y rígidas, están encerradas en la estructura social que las sostiene.
La petición de España ante el mercado común
La solicitud de España formulando sus deseos de incorporarse a la Comunidad Económica Europa, ha despertado vivas reacciones en la prensa europea y una enérgica protesta de la Confederación Internacional de Organizaciones Sindicales Libres (C.I.O.S.L.) Damos a continuación un resumen de esas protestas.
Le Peuple de Bruselas, en su edición del 12 de febrero, decía lo siguiente: «Se confirma que la petición de asociación al Mercado Común presentada por España, no ha sido precedida de la exploración que es habitual en esos casos.
»Los medios competentes están sorprendidos de la iniciativa del gobierno de Madrid cuyas probabilidades de éxito son más que mínimas. El gobierno de Lisboa quiere también acercarse al Mercado Común. Por los caminos habituales y corrientes se ha informado debidamente en Bruselas y se le ha hecho saber que el Parlamento de los Seis había definido claramente las condiciones de admisión. El informe Birkelbach es bastante explícito sobre la cuestión. Las condiciones señaladas regulan desde ahora la suerte de la admisión de España».
Le Figaro, en su edición del 14 de febrero, reproduce las conclusiones de la carta dirigida por la Confederación Internacional de Sindicatos Libres al Presidente de la Comunidad, en la que se expresa que si el Occidente quiere seguir fiel a su tradición democrática, una negativa absoluta se impone a la petición del gobierno franquista.
El New York Times del 25 de febrero, en un despacho de su corresponsal en París, decía, entre otras cosas, lo siguiente:
El Times y el Daily Mail de Londres, de fecha 14 de febrero, en sendos telegramas de sus corresponsales en Bruselas, se expresaban en los mismos términos que los citados del New York Times.
El Observer de Londres, de fecha 18 de febrero, analizando las circunstancias y posibilidades de las peticiones de entrada en el Mercado Común por los distintos países, dice con relación a España:
La Confederación Internacional del Trabajo opuesta a la entrada de España en la C.E.E.
Recibimos el siguiente comunicado:
Se recomienda la exclusión de España y Portugal
PARÍS, 26 febrero, Ibérica: -Le Monde de hoy inserta un despacho de Addis-Abeba, procedente de la agencia A.F.P., que dice lo siguiente:
Intranquilidad en la Universidad
El Times de Londres; en su edición del 28 de febrero, inserta un telegrama de Barcelona del que extraemos los siguientes párrafos:
Huelgas en Guipúzcoa
MADRID, 20 febrero, Ibérica: -En la provincia de Guipúzcoa la inquietud social se extiende. Varios miles de obreros se han declarado en huelga. En Irún mil obreros y empleados de una sucursal de material ferroviario y talleres, han suspendido el trabajo. Han ocupado los talleres y sólo la guardia civil ha podido expulsarlos. En Éibar, los trabajadores de bicicletas y armamentos se han puesto igualmente en huelga. Por último, en Beasáin los tres mil obreros que se declararon en huelga en diciembre último, desfilan cada tarde después de su trabajo repitiendo esta frase: Cien pesetas de salario. Se señala la cifra de cuarenta obreros detenidos.
Estudiantes extranjeros detenidos
El New York Times del 4 de marzo inserta un telegrama de la agencia Reuters que dice:
Escándalo en España
GINEBRA, 22 febrero, Ibérica: -El periódico Le Journal de Genève del 20 del corriente publica, bajo el título que encabezan estas líneas, la siguiente información que procede de un telegrama enviado desde «La Junquera», puesto fronterizo español:
Viajes de ministros españoles en África
MADRID, 15 febrero, Ibérica: -El general Barroso, ministro del Ejército, y el Sr. Sánchez Arjona, ministro de la Vivienda, han terminado su excursión por tierras africanas. Los dos ministros han visitado las instalaciones de Aajun y Smara en la provincia española del Sahara y la de Ifni, revisando las tropas en Aajun. La prensa española ha señalado que esas visitas han sido puramente protocolarias, pero el periódico marroquí el Al Alam ha sostenido que el Gobierno español prepara una subversión en el norte de Marruecos con objeto de crear un estado independiente, señalando que han llegado refuerzos militares así como armas y equipos. La prensa española ha publicado una nota cursada por la Oficina de Información Diplomática del Ministerio de Asuntos Exteriores en la que se dice que la noticia es totalmente falsa.
Unos días más tarde el general Barroso giraba una visita de inspección a las posesiones españolas de Ceuta y Melilla y a las Islas Canarias.
El Gobierno de Marruecos ha seguido con gran interés la visita del ministro español a esos territorios de África; Ceuta y Melilla están en la lista de los territorios que Marruecos pretende reclamar.
Alemania concede 200 millones de marcos
MADRID, 21 febrero, Ibérica: -Se confirma que el gobierno de Alemania occidental ha concedido un crédito de 200 millones de marcos al gobierno español para la implantación de varios regadíos, probablemente en las provincias de Málaga y Córdoba. El Sr. Navarro Rubio, ministro de Hacienda, salió para Bonn oficialmente para devolver la visita que hizo el año pasado a España el Dr. Erhard. La visita durará cinco días y la finalidad real es sondear la actitud alemana respecto a la petición de España solicitando su entrada en el Mercado Común, al mismo tiempo que reafirmar la concesión del crédito de los 200 millones de marcos.
Dimisión del secretario de los sindicatos
MADRID, 23 febrero, Ibérica: -El secretario general de los Sindicatos españoles, Francisco Giménez Torres, ha presentado la dimisión de su cargo al Sr. Solís, ministro del Movimiento y delegado nacional de los Sindicatos. La dimisión le fue aceptada.
Esta dimisión es significativa y muestra las divergencias fundamentales que existen entre el jefe supremo de los Sindicatos y el segundo jefe, así como el desacuerdo entre el Sr. Giménez Torres y el ministro del Trabajo, Sr. Sanz Orrio.
Al parecer el principal tema de divergencia es la reforma de los Sindicatos y ella ha de tratarse en el próximo Congreso Nacional de Sindicatos que ha de celebrarse del 5 al 15 del mes de marzo. El Sr. Giménez Torres, como es sabido, es partidario de que los puestos claves de esos sindicatos sean elegidos por los trabajadores y no por designación del Gobierno como se hace hasta ahora. Por su parte el Sr. Solís cree que la hora de la «liberalización» de los sindicatos no ha llegado aún. Las divergencias entre los dos dirigentes sindicales se ha manifestado en la reunión preparatoria del Congreso celebrada el 13 de este mes.
El Sr. Giménez Torres es Consejero del reino y procurador en las Cortes. Para sustituir al Sr. Giménez Torres ha sido nombrado ayer D. Pedro Lamata Mejía, veterano de la organización sindical y antiguo agregado del Trabajo en la embajada española en Roma.
El cardenal Ottaviani en segundo lugar
ROMA, 20 febrero, Ibérica: -La semana pasada ha habido agitación entre el cuerpo de cardenales. Su Santidad había suspendido de manera inesperada la audiencia que había solicitado el cardenal Ottaviani y figuraba desde hacia tiempo en la lista de las audiencias concedidas por Su Santidad. Como es sabido, el cardenal es el Secretario del Santo Oficio y está caracterizado por su actitud de extrema intransigencia y sus inclinaciones a intervenir en política.
El día 15 de este mes, ante un grupo de dirigentes de la pequeña industria, el cardenal anatematizó «la nueva ola materialista que se abate sobre Italia» y denunció en términos violentos a «los cristianos que aceptan soluciones demagógicas en los asuntos sociales». El día 16 el Papa Juan XXIII recibía en audiencia privada, en lugar del fogoso cardenal, a los nuevos dirigentes de los trabajadores demócratas-cristianos italianos acompañados del diputado del mismo partido, Sr. Alexandre Butté. Durante la entrevista, Su Santidad conversó con el diputado felicitándole por haber sido elegido entre los miembros del Consejo de los demócratas-cristianos en el Congreso celebrado últimamente en Nápoles. «Fue un gran Congreso ese de Nápoles, dijo Su Santidad, así me lo ha confirmado mi viejo amigo André Colin».
El señor Satrústegui sancionado
MADRID, 14 febrero; Ibérica. -Don Joaquín Satrústegui, jefe del partido de Unión Española -partido monárquico- ha sido sancionado con una multa de 25.000 ptas. por haber expresado ideas «hostiles a la organización política nacional» en el curso del banquete celebrado en Madrid el 5 de noviembre último. De ese discurso son las siguientes frases:
Entre los elementos de Unión Española se comenta con ironía que la sanción contra el autor del discurso más europeo que se ha pronunciado hasta ahora en España, se ha tomado el mismo día que el gobierno solicitaba su admisión en la Comunidad Europea.
Hacia la nacionalización de la banca española
MADRID, 14 de febrero, Ibérica: -Desde comienzos de esta semana han sido suspendidas las ventas y compras de acciones bancarias por orden del ministro de Hacienda. La razón es que se va a la nacionalización de los Bancos en plazo breve. Según se dice, esa medida ha sido decretada por el ministro a fin de evitar las especulaciones bancarias antes de que el proyecto de ley que ha de regular la nacionalización sea aprobado por las llamadas Cortes.
He aquí los puntos más importantes del proyecto:
1 -La nacionalización del Banco de España así como los otros Bancos oficiales tales como el Banco de Crédito Industrial, Banco de Crédito Local y Banco Hipotecario. Queda exceptuado el Banco Exterior de España, que continuará sus actividades bajo el mismo régimen que las ha venido ejerciendo hasta aquí.
2 -Creación del Instituto de Crédito a corto y largo plazo.
3 -Reforma de la organización de las Cajas de Ahorro para hacer posibles créditos sociales a las pequeñas industrias y artesanado.
4 -Modificación de la legislación actual sobre las sociedades de inversiones.
5 -Reglamento de operaciones a plazo en las bolsas de valores.
6 -Promulgación de nuevas disposiciones encaminadas a facilitar las ventas a crédito de equipos industriales.
7 -Finalmente una parte del proyecto traza las líneas generales que han de seguirse para la reforma de la organización actual de la Banca privada.
El proyecto de ley, aprobado por el Consejo de Ministros, ha sido ya enviado a las Cortes.
Castiella solicita la entrada de España en la C.E.E.
La carta que hemos insertado fue entregada en Bruselas al secretario general del Consejo de Ministros de la citada entidad, Sr. Christian Calmos, por el embajador de Franco ante la C.E.E., conde de Casa Miranda.
Hasta la fecha el Gobierno español no ha recibido contestación a su demanda.
Sobre Luis Nicolau d'Olwer
Las noticias que ha recogido la prensa sobre D. Luis Nicolau d'Olwer, con motivo de su fallecimiento acaecido en México, no han dado la medida de la personalidad científica del que fue ministro de la República y Gobernador del Banco de España. Nuestro deber es señalar aunque sea sumariamente sus actividades científicas y literarias, poco conocidas. Entre otros cargos, desempeñó los siguientes: profesor de Latín Medieval en la Universidad de Barcelona, miembro del Institut d'Estudis Catalans, ministro de Economía en el Gobierno Provisional de la República y Gobernador del Banco de España.
En 1958 le editó el Institut Català, con ocasión de cumplir sus 70 años, La duquessa d'Atenes i els documents misteriosos; en esa misma época se publicó también su libro Caliu -Records de mestres i amics. De su pluma salieron también en estos últimos años estudios sobre la obra de colonizadores como Fray Toribio de Benavente, Bernardino de Sahagún; una edición de las Crónicas precolombinas de América, que en su edición castellana tiene en prensa la UNESCO y se trabaja también en su traducción al francés, al inglés y al ruso; un acabado estudio sobre el filósofo Abelardo y una Historia de la peseta que reviste un valor decisivo para la historia de la economía española.
Durante 20 años Nicolau d'Olwer trabajó activamente en la continuación del Diccionario de Torres Amat, preciado documento para la lengua catalana que comprende hasta el siglo XIX y en una Historia de la Literatura Catalana que amplia su otro libro Resum.
Se nos dice que existe el propósito de reunir, para su publicación en Barcelona, toda su obra inédita.
