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Ibérica por la libertad

Volumen 4, N.º 3, 15 de marzo de 1956

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IBÉRICA es un boletín de información dedicado a los asuntos españoles y patrocinado por un grupo de americanos que creen que la lucha de España por la libertad es una parte de la lucha universal por la libertad, y que hay que combatir sin descanso en cada frente y contra cada forma que el totalitarismo presente.

IBÉRICA se consagra a la España del futuro, a la España liberal que será una amiga y una aliada de los Estados Unidos en el sentido espiritual y no sólo en sentido material.

IBÉRICA ofrece a todos los españoles que mantienen sus esperanzas en una España libre y democrática, la oportunidad de expresar sus opiniones al pueblo americano y a los países de Hispano-América. Para aquellos que no son españoles, pero que simpatizan con estas aspiraciones, quedan abiertas así mismo las páginas de IBÉRICA.

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IBÉRICA se publica el día 15 de cada mes, en español y en inglés por Ibérica Publishing Co., Inc., 112 East 19 th St., New York 3, N. Y. Todo el material contenido en esta publicación es propiedad de Ibérica Publishing Co., Inc. y no puede ser reproducido en su integridad. Copyright 1956, Ibérica Publishing Co.

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ArribaAbajo España, llamada a ser una República

III. Motivos de una preferencia (Conclusión)


José M.ª de Semprún Gurrea


Al iniciar el cotejo o el parangón entre monarquía y República, será menester que insistamos en algunos distingos y algunas precisiones.

No olvidemos que monarquía en su sentido riguroso, apoyado en la etimología -un sentido que los monárquicos pueden y suelen invocar con perfecto derecho-, quiere decir gobierno de uno solo. Ese gobierno puede ser, y algunas veces ha sido, absoluto, total, prácticamente ilimitado. Lo dijera o no lo dijera Luis XIV con la intención que se le ha atribuido, (hoy el episodio se discute bastante), lo cierto es que un monarca absoluto puede, a lo menos de hecho, afirmar: «el Estado soy yo». Y no un Estado cualquiera, y todavía menos un Estado de derecho, el Reichtsstaat de la literatura jurídica alemana moderna, o, si se prefiere, un Estado democrático-constitucional, comedido, limitado, transido de respeto a los derechos del hombre y de la comunidad nacional, sino un Estado omnipotente, con poderes prácticamente ilimitados, en una palabra: totalitario. Y miren ustedes por dónde la representación más auténtica de la monarquía absoluta (totalitaria) podríamos hallarla en una de las llamadas repúblicas o democracias «progresivas», con su dictador omnipotente a la cabeza. ¿Qué más monarquía absoluta que la de Stalin, por ejemplo?

Sin embargo, ese poder omnímodo de uno solo ha tenido siempre, incluso bajo las monarquías absolutas, como sucedió en España, enérgicos y sapientísimos impugnadores doctrinales. En anteriores ocasiones hemos recordado la enseñanza de Suárez, para quien el soberano era «el primer ministro de la República»; y en tiempos nada menos que del ultraabsoluto Felipe II, el admirable y honestísimo Furió Ceriol, proclamaba que yerran los que dicen «que el rey puede hacer a su voluntad» o que «el rey no puede errar».

Finalmente, en nuestros días, siguiendo esas líneas históricas o acogiendo con más o menos fidelidad ciertos principios políticos modernos, los monárquicos con quienes el diálogo es posible y quizá no enteramente inútil; los monárquicos civiles y de tendencias democráticas, cuya existencia no puede excluir mi republicanismo, (aunque, no por republicano, sino simplemente por ser viejo español, creo que son pocos en España), ya no preconizan la monarquía absoluta; con lo cual deben reducirse lógicamente a aducir las ventajas de una unidad personal representativa, dotada de ciertas funciones generales y constitucionales. Quiere decirse que a lo largo de la historia y sobre todo hoy (que es lo interesante), la Monarquía con que los republicanos hemos de enfrentarnos, no es el gobierno omnipotente e ilimitado de uno solo, sino un centro unipersonal de poderes generales -cenitales, si se me permite-, cuya figura jurídica es sencillamente la de un jefe de Estado puesto en la cúspide de una constitución que, sosteniéndole, también le limita y le flanquea con otros poderes e instituciones dotados de jurisdicción propia e independiente del monarca. PERO SI LA ESENCIA Y LA PRIMERA GRAN VENTAJA DE LA MONARQUÍA CONSISTEN EN ESO, O SEA EN LA ADJUDICACIÓN DE CIERTAS FACULTADES Y CIERTOS VALORES REPRESENTATIVOS A UN JEFE DE ESTADO OBLIGADO AL RESPETO DE TODAS LAS JURISDICCIONES Y MAGISTRATURAS CONSTITUCIONALES, ENTONCES ESO MISMO, CON SUS VENTAJAS, LO HALLAMOS EN UNA REPÚBLICA CONSTITUCIONAL, DEMOCRÁTICA Y REPRESENTATIVA -que es, naturalmente, la que nosotros defendemos.

Esto es tan evidente que publicaciones más o menos técnicas han señalado con frecuencia el hecho de que el papel, las facultades, las prerrogativas, las iniciativas posibles de un jefe de Estado, republicano, por ejemplo, el Presidente de la República francesa y más aun, el de los Estados Unidos, eran iguales, o incluso mayores, que los de un rey de Inglaterra o de otros países monárquico-constitucionales. En precedente ocasión, esbozando estas consideraciones ahora más ampliamente desarrolladas, decíamos, y ahora repetimos, que aun la República más democrática instituye la Presidencia o jefatura unipersonal del Estado, como centro o vértice de iniciativas y convergencias. Punto cenital o vértice adonde confluyen y de donde parten ciertas líneas políticas que sin atravesar y sobre todo, sin paralizar ni, menos aun, destruir las demás instituciones del Estado republicano, siguen ciertas direcciones muy generales, muy nacionales, nada partidistas, de la vida pública, y en función de las mismas, facilitan, y en algún caso incluso estimulan, el funcionamiento del organismo estatal con sus diversas instituciones y jurisdicciones. Es más, -sea dicho sin que se interprete como un voto en favor de la República presidencialista-, creo que los republicanos, y muy especialmente los españoles, no sólo para contrarrestar la alegada ventaja de una cúspide monárquica que invocan y esgrimen los monárquicos, sino también y sobre todo por no renunciar a ninguna de las esencias y virtualidades de nuestro régimen, debiéramos poner sumo cuidado, sobre todo con miras al deseable restablecimiento de nuestras Instituciones, en no permitir que se desdibuje la figura del Presidente; que no se desdibuje, porque es imprescindible, y porque ella recoge en lo alto de la Constitución, sin entorpecer, antes al contrario, posibilitando su funcionamiento, todo lo que de bueno tiene que en esa altura y con esas facultades generalísimas -definidas por el sistema y sometidas a su engranaje- haya una magistratura monárquica, la magistratura de uno solo. Además, si no se acusan fuertemente las facultades de la Presidencia, puede suceder que, aprovechándose de lo borroso de la figura, llegue tal día un hombre más ambicioso y decidido, y la defina a su modo; es decir, no ya como un poder unipersonal con facultades claras y limitadas, actuando en lo alto de la Constitución, pero en función y dependencia de la misma, sino como un monarca absoluto, como un Presidente de tipo dictatorial semejante a los que, para recreo y amenidad de quienes no sean súbditos suyos, ofrecen hoy tantos países. Hay que quitar la ocasión de que se repita lo sucedido en el reinado de Alfonso XIII por culpa, en gran parte, de la Constitución monárquico-hereditaria y relativamente constitucional de 1876. Según ella la persona del rey es «sagrada e inviolable». Son responsables los Ministros. Pero ninguna orden, ningún Decreto del rey tiene valor si no lleva la firma de uno de aquellos. Este callejón sin salida donde el rey (¡oh monarquismo de los monárquicos!) quedaba reducido a figura decorativa, se complicaba y embrollaba hasta lo inverosímil por otras disposiciones, según las cuales «el rey nombra y separa libremente a los ministros», «es el jefe supremo de las fuerzas armadas», «nombra los altos jefes del ejército y la administración»; la justicia «se administra en su nombre», suspende o disuelve las Cámaras; la facultad de hacer las leyes «reside en las Cortes con el rey», etc., etc. Si el rey nombra y separa los ministros, y éstos cargan con el mochuelo de la responsabilidad de una persona sagrada e... irresponsable ¿a qué chalaneos no podía prestarse, y no se habrá prestado ese juego de facultades recíprocamente condicionadas?... Te nombro ministro, primer Ministro; pero ese decretito me lo firmas, ¿verdad? O bien: que no se me vuelva a presentar un decreto como el de marras. Y así se vive en una especie de póker constante, en un pugilato, no siempre secreto, entre un rey que lo puede todo, pero no puede nada sin la firma de un ministro, -un ministro que él quita y él pone, según la letra de la Constitución- y los jefes políticos, presidentes o presidenciables, que pueden hacer todo, o mejor dicho: negarse a todo, forzándole así la mano al rey; pero no pueden, si este no quiere, tener el famoso «decreto de disolución» que es la palanca suprema de toda política... Y así Alfonso XIII, en el primer Consejo de Ministros, (lo cuenta el Conde de Romanones) reclama el derecho que le confiere la Constitución, de nombrar los altos cargos militares. Pero el viejo Duque de Veragua recuerda al joven e impulsivo monarca que también la Constitución priva de todo valor a una voluntad regia que no venga avalada con la firma de un Ministro. Es la evidencia del impasse... Parece que Sagasta, enfermo, anciano y fatigadísimo, dejó flotando y en suspenso el incidente. Pero en 1904, bajo la Presidencia de Don Antonio Maura se reproduce poco más o menos en el famoso episodio del General Linares, Ministro de la Guerra, que presenta a Alfonso XIII el nombramiento del jefe del Estado Mayor. El Rey declina la propuesta y expresa su preferencia por otro candidato. Linares dimite. Y con Linares, por Linares, en aras de la solidaridad gubernamental que, en tales casos y para ciertas conciencias, también es «sagrada e inviolable»- Maura dimite con todo su Gobierno.

Esto demostraba una exquisita sensibilidad política y un ejemplar deseo de asumir las propias responsabilidades, deslindándolas, además, de las del monarca. Pero demostraba parejamente el impasse y las irresolubles contradicciones del régimen, como acreditó largamente el debate parlamentario que siguió a la crisis. Vino la llamada «del papelito». Y otras muchas crisis de gobierno y de partido. Se vivió así no en una monarquía constitucional, sino en una poliarquía oligárquica, donde el rey, los palatinos, los consejeros más o menos secretos, los primates del ejército (o la oficialidad de las «juntas de defensa»), los políticos palaciegos, los antipalaciegos y rigurosamente constitucionales, se disputaban el poder y cada uno tiraba como podía de la manta. Aquello era un galimatías; una algarabía, por la que se llegó a 1923. El monarca de la poliarquía barullera, era rey «por la Constitución». No sabemos qué poderes halló en ella que, sin dejar de ser rey, anuló todo el régimen constitucional, sancionando la dictadura primorriverista. Y, sin restablecer la Constitución, sin posible amparo en ella, pues no existía, quiso por sí y ante sí, volver a la normalidad. En efecto, aun sin quererlo, volvió a ella, porque tal y como se habían puesto las cosas, la única normalidad constitucional tenía que ser la República. «Delenda est monarchia», clamó, con su voz prestigiosa Ortega y Gasset, en ocasión memorable. Pudo incluso decir: borrada está ya la Monarquía... En realidad, hacía años que no existía el régimen constitucional, ni siquiera ese principio de monarquismo o jefatura estatal de uno solo, que tanto invocan los monárquicos. Había una zambra confusa de poderes encontrados, disputándose y arrebatándose el mando. Ésa es la monarquía conocida y gozada por quienes hemos nacido cuando moría el siglo XIX.

Si lo recuerdo es para que se vea que si la unidad personal, la monarquía en la jefatura del Estado, ofrece ventajas, (aparte de que éstas las puede hacer suyas la República democrática; mejor dicho, son suyas), se debe notar, por lo que a España toca, que fue precisamente la Restauración monárquico-dinástica, con su Constitución, tan admirada por lo ecuánime y ecléctica, y con la mayoría de sus hombres, sin exceptuar al mismo rey, quienes evidenciaron que si el monarquismo es un bien, el reino español contemporáneo -reino dividido contra sí mismo-, no lo hizo efectivo. Recordémoslo al decidir nuestras preferencias institucionales. Pero tengámoslo también presente los republicanos: nuestra Constitución del 31 corrige muchos de los defectos y confusiones de la monárquica y de su modo de practicarla. El poder está en el pueblo y en el Parlamento; éste no puede ser disuelto más que en poquísimos casos y bajo gravísimas responsabilidades en que puede incurrir el Presidente. No se puede jugar entre el Jefe de Estado y los jefes políticos a la cucaña del Decreto de disolución. Tampoco tiene aquel veto suspensivo indefinido (y negativo); puede, en cambio, devolver una ley al Parlamento, con observaciones, para que sea nuevamente examinada y en su caso modificada o votada. El Presidente de la República designa al del Gobierno, y, a propuesta de éste, que es responsable de la política general de su gabinete, nombra a los otros miembros del mismo. Plenamente válido un Gobierno así formado, no puede, sin embargo, perdurar legítimamente si el Parlamento le niega de modo explícito su confianza. Éstas y otras disposiciones complementarias, son de gran valor. Pero la Constitución republicana y su práctica ganarán mucho si todavía definen mejor, y por decirlo así, aíslan y hacen resaltar, en su escueta pureza las facultades y posibilidades -limitadas, generales, extrañas a todo partidismo- del Presidente, poniendo en él, con rigurosa constitucionalidad y las responsabilidades indispensables, el alto, impersonal, imparcial, limitado, aunque operante monarquismo, cuyas concretas ventajas en la cúspide del aparato estatal no tenemos que pedir ni que aprender los republicanos de la Monarquía.

*  *  *

La cual presenta al concurso una segunda ventaja. Una ventaja que la República no puede ni quiere presentar u ofrecer porque la juzga un gravísimo inconveniente. La Monarquía, en efecto, dispuesta hoy por hoy a las mayores concesiones, -o como vimos en España, a las adulteraciones menos ejemplares-, precisamente en lo tocante a lo que, según su nombre, debiera considerar característica propia, es decir, la jefatura unipersonal (monárquica) del Estado, pone en cambio el acento en otra ventaja, añadida al estricto monarquismo que en verdad nada tiene que ver con éste: la institución de un rey vitalicio y hereditario, o sea la realeza dinástica. El monarquismo de las monarquías podrá reducirse a un símbolo decorativo e inoperante; pero, eso sí, tendrá que ser dinástico. El rey será una imagen espectacular y dudosamente útil, -o un intrigante perturbador-, pero, salvo casos rarísimos, continuará siéndolo hasta la muerte. Cuando éste se produzca le sucederá el heredero. Y así sucesivamente -y sucesoriamente de generación en generación-; en un orden de sucesión escrupulosamente establecido que, notémoslo bien, no impedirá las trifulcas legitimistas para determinar, a tiro limpio, quien está llamado a suceder; entre tanto, lo que no debiera suceder pero sucede es que varios cientos de miles de honrados ciudadanos pierden su vida por si un viejo cascado o una niña de tres años deben presidir los destinos de un pueblo con veinte siglos de historia y otros tantos millones de habitantes...

Que el jefe de un Estado, por vagas que fueren sus facultades, deba continuar hasta la muerte y, sin posible solución de continuidad, sucederle el heredero, aunque se trate de una criatura, (¡aunque no haya nacido!... caso precisamente de Alfonso XIII), es algo por sí mismo tan absurdo1 que la Monarquía doctrinal, no la emotiva (tan respetable como falta de títulos en el campo de la política sería), busca la justificación en otro plano. Esa sucesión -dice-, asegura la continuidad; y evita las incertidumbres y sobresaltos que se suponen en las elecciones presidenciales.

¿La continuidad de qué?...

¿Acaso del protocolo y la etiqueta?... ¿de las recepciones y bailes de corte?... ¿de las pretensiones, intrigas y chismorreos de los palatinos?... ¿de la necesidad de convertir en cuestión nacional hasta los últimos repliegues sentimentales de un soberano o de uno cualquiera de sus presuntos herederos en primero, segundo o enésimo grado?... ¿Acaso las libreas, las pelucas, los suntuosos desfiles con carrozas tiradas por seis caballos blancos?... ¿Es algo de eso o todo eso -muy interesante, sin duda, para una película en tecnicolor-, lo que debe continuar en el mundo de hoy, donde casi la mitad de los vivientes no come a su hambre; donde un cuarto o un tercio de la población de cada país civilizado está formado de proletarios; donde vivimos ¡tan a gusto! en prolongada guerra fría, aguardando la otra, tan caliente que, si llegase, ni un abrasado infierno dantesco se le podría comparar?...

Porque otras continuidades y otros largos periodos libres de sobresaltos e incertidumbres, bajo el decantado régimen monárquico-dinástico, la verdad no los vemos, sobre todo en España, que es donde nos duele.

¿Qué continuidad ni qué tranquilidad, como no sean las del desastre, las del desorden, las de las guerras fratricidas, las del continuo vivir en vilo sin sosiego y, a veces, sin decoro público, hemos conocido en España desde la ejemplar triarquía (no monarquía) de Carlos IV, la inefable María Luisa y el gran amigo y favorito de ambos, Manuel Godoy?... ¿Fue la Monarquía, abdicando no sólo de la corona, sino del honor, la que aseguró alguna continuidad o tranquilidad o dignidad durante la guerra de la Independencia?... ¿Aseguró Fernando el Felón como no sea la continuidad de sus inverecundas y despiadadas persecuciones, que ni siquiera continuaban siempre bajo el mismo signo?... A su muerte la sucesión al trono, esa sucesión que precisamente según los monárquicos asegura la continuidad, evitando incertidumbres y sobresaltos electorales, esa misma sucesión repito, por su propia índole y como problema estrictamente dinástico, provocó una espantosa guerra civil, la de los siete años. No la terminaron, no la hubieran terminado los reyes y los pretendientes, sino dos Generales, Espartero y Maroto. Siguió el reinado de Isabel II, y como dirían mis paisanos de la Ribera de Curtidores, ¡para que te voy a contar!... La caballerosidad y el buen gusto sellarían nuestros labios si sus veleidades hubieran sido las de una dama particular; pero resulta que, siendo las de una reina, repercutían en la vida pública, sin asegurar más continuidad que las del capricho y las ventoleras contradictorias. Los hombres del 68 se emperraron en mantener la monarquía; y hubo una continuación: la de la guerra civil dinástica, la del paroxismo de la incertidumbre para la designación de un rey -ocasionando, de refilón, la guerra franco-prusiana- con el epílogo incoherente de traer un rey extranjero, constitucional y bien intencionado, que aseguró la continuidad por dos años; y, tras la breve República, aquella Restauración del 74-76. Alfonso XII muere joven, no es culpa que le achacaremos; pero al morir, precisamente por la cuestión sucesoria y dinástica, que teóricamente debe garantizar tantas continuidades y seguridades, tuvo al país colgado de un hilo; ¿sería hembra o varón lo que naciese de la Reina viuda, que dejaba encinta?... Porque éstos son los problemas que plantea a un país, abocándole a sangrientas contiendas fratricidas, el ligar a determinados hechos genéticos y a arguciosas hermenéuticas jurídico-sucesorias, la concepción monárquico-dinástica. Fue una reina extranjera, ajena a la línea sucesoria, y elevada, por un azar, a la jefatura del Estado como reina regente, la que por breves años, en lo que de ella dependía aseguró una relativa tranquilidad en el país y una severa dignidad en la cumbre del poder. Pero eso sucedió porque se atuvo a una mecanicidad constitucional igual, o quizá mayor que la de un Presidente de República. Las peripecias, discontinuidades, contradicciones, altibajos y vaivenes del reinado de Alfonso XIII, las hemos recordado brevemente, y están en la memoria de todos.

¿Qué saludable continuidad, evitadora de conflictos graves debemos, pues los españoles, agradecer a la realeza dinástica en los últimos 150 años?2

La continuidad, en abstracto, es una palabra hueca. En concreto, hay continuidades deseables y otras detestables. Que haya de haber siempre a la cabeza del Estado un rey, aunque sea en pañales, aunque sea un mediocre o un deficiente, sólo porque es sucesor de otro rey, y que ese personaje, listo o necio, moderado o perturbador, austero o disoluto, se defina como «sagrado e inviolable» y esté exento de responsabilidad, son posiciones tan evidentemente absurdas, que basta fijar un momento la atención en ellas para que la monarquía hereditaria o dinástica, que las implica (y que, tapándolas con la falacia de la continuidad y la tranquilidad, las presenta como una ventaja), sea desechada. Lo que importa desde un punto de vista, no dinástico sino nacional y humano, y no digamos nada desde un punto de vista democrático, imbuido del respeto a las libertades y derechos esenciales del hombre y de la comunidad nacional; lo que importa continuar, expresar y asegurar, sin el estorbo, las interferencias forzosas, o la inútil sobrecarga decorativa, pero siempre con riesgo de infidelidad al interés del país que implica una dinastía es la línea de desarrollo de este país; es la línea de sus voluntades, de sus necesidades, de sus preferencias manifestadas por el pueblo mismo y reflejadas y servidas (con el margen de imperfección anejo a toda empresa humana) por los poderes públicos. Esto lo hace un régimen en que la opinión se expresa e influye directamente (plebiscito, referéndum, peticiones individuales o colectivas -artículo 35 de la Constitución republicana-, comicios, prensa libre, etc.), o indirectamente, mediante los representantes en Cortes, los Gobiernos parlamentarios o de opinión, y en la cúspide un Presidente, expresión de cuanto tiene de aceptable el monarquismo pero sin los riesgos, azares y problemas de una continuidad vitalicia y hereditaria, porque es electivo, porque es temporal, porque es responsable; es decir porque va siendo periódicamente la expresión, responsable, de la generalidad de la nación. (Sin olvidar que el Presidente puede ser reelegido, y donde no haya reelección proclamado, otro de igual tendencia política, si el pueblo quiere continuarla).

*  *  *

Renuncio, reflexivamente, a agraviar a ningún español suponiéndole capaz de sostener que, aun aceptados los motivos de preferencia por la República, España no está preparada... Un conjunto de pueblos y de hombres tan sensibles a la libertad; los que, abandonados por sus príncipes, realizaron la gesta de la Independencia; los que dieron ese ÚNICO ejemplo del 14 de abril; y tienen la misma sangre que los mayores maestros del Derecho, serían incapaces de un régimen, en sí mismo óptimo, que otros pueblos, no superiores al español, mantienen normalmente... La verdad es que UNA AUTÉNTICA REPÚBLICA constituye hoy la sola gran esperanza de España. Su esplendente figura no se nubla por críticas episódicas.

JOSÉ M.ª DE SEMPRÚN GURREA




ArribaAbajo Monsieur Spaak, portavoz del «common sense»

Víctor Raúl Haya de la Torre


El ministro de Negocios Extranjeros belga M. Spaak ha librado recientemente en el Senado de Bruselas una victoriosa batalla argumental al defender la abstención de su país cuando se votó el ingreso de la España de Franco en la Organización de las Naciones Unidas.

Y lo que M. Spaak ha defendido en su enérgica y clara réplica parlamentaria no ha sido otra cosa que lo que en inglés se denomina «common sense». O en términos coloquiales de cualesquier lengua indoeuropea «la lógica». De la cual -a tenor del Diccionario académico de Madrid «dícese comúnmente de toda consecuencia natural y legítima; del suceso cuyos antecedentes justifican lo sucedido, etc.». Que es el «common sense», o «lógica», lo que está sufriendo aguda crisis en la política internacional dirigida desde Washington a partir de 1953.

El ministro Spaak ha expuesto razones incontrovertibles basadas en aquel mal parado sentido común, cuya decadencia es, a no dudarlo, la verdadera causa del creciente pesimismo popular europeo respecto de la sinceridad y acierto de una política lealmente democrática en las relaciones entre el Este y el Oeste. Y de las declaraciones del estadista belga importa entresacar literalmente algunas que son sólidas premisas de una ilación de silogismos concretos y diáfanos:

Dijo M. Spaak: «Si los reglamentos de la O. N. U. hubiesen sido aplicados, España no habría sido admitida con esa mayoría». Si Hitler se presentara hoy a la O. N. U., ¿me reprocharíais no votar por él? La Alemania y la Italia por las que yo he votado en la O. N. U. son aquellas que han repudiado al Nazismo y al Fascismo». Y, en su respaldo, el ministro ha citado los textos de las resoluciones adoptadas el 9 de febrero de 1946, por la asamblea de las Naciones Unidas, según las cuales se condenaba al gobierno de Franco «instaurado por las potencias del Eje», a causa de «su asociación» con ellas. Y, entonces, Bélgica votó contra la España totalitaria en unión de otros 45 estados.

«Yo llamo vuestra atención» ha dicho admonitivamente M. Spaak, «sobre el peligro real que entraña el haber permitido que la Carta de las Naciones Unidas sea violada: Las Naciones Unidas han sido fundadas para defender una cierta concepción del derecho y de la paz. Y es deplorable admitir en el seno de ellas a países que por su comportamiento ostensible no están dispuestos a aplicar aquellos principios».



El ministro Spaak ha reiterado que durante la guerra de 1940-1945, el régimen de Franco estuvo indubitablemente al lado de Hitler y Mussolini, y que es por esta razón, y sólo por ella, que el gobierno de Bélgica no ha podido aprobar la admisión a la O. N. U. de una España que «permanece exactamente la misma España de 1940», sin haber jamás lamentado, ni repudiado, «su forma de participación en la guerra de 1940».

Cuando en el curso del debate un senador de la oposición interrumpió al ministro para decirle: «Usted olvida las cartas de Stalin a Hitler», la respuesta precisa e inmediata de M. Spaak ha retrucado esclarecedoramente: «¿Quién osa comparar a España con Rusia? Si ésta cometió errores, ellos han sido enmendados sobre los campos de batalla. Rusia ha contribuido a nuestra liberación. Y si conservamos algún sentimiento de dignidad es debido abstenerse de semejantes comparaciones... La Unión Soviética ha sido admitida a las Naciones Unidas porque sus soldados han muerto por nuestra causa común. ¿Dónde y cuando la España de 1955 se ha rectificado de su política de 1940? Hoy no existe en el mundo entero sino un gobierno que ha sido francamente favorable a la Alemania de Hitler: ¿Iréis vosotros a apoyar la entrada de España en la N. A. T. O. si ella la pide?... Para que la defensa del Occidente sea eficaz, no es suficiente sumar sólo fuerzas; es, antes bien necesario reunir un cierto número de principios comunes».

M. Spaak ha hablado así directamente a su país. Ello no obstante, sus palabras han alcanzado singular resonancia en la acústica política europea. Acaso por la primera vez desde tan alta tribuna de un estado de veras democrático, el pensar y el sentir de la opinión pública continental predominante han sido trasuntados fiel y netamente. Pensar y sentir que sólo percibidos desde un ángulo de recepción de circunscripta superficie publicitaria pudieran subestimarse como apenas subyacentes. Pero auscultados a fondo, o relacionados con el escéptico descontento de las masas, que a las veces aflora manifiesto en la confusa desviación de los electores impacientes -caso revelador del poujadismo en Francia, por ejemplo- evidencia un peligroso síntoma de desorientación negativa, o de cínica desconfianza hacia aquellos necesarios «principios comunes», que, con harta razón, el ministro belga considera apostatados.

No es difícil escuchar en Europa, de labios del dirigente político, del hombre de negocios, o del intelectual alerta -quienes hablan cuando quieren hablar si se saben exentos del riesgo de ser mal interpretados- o del más espontáneo trabajador manual, viejo y joven, que saben lo que dicen, la misma observación: Todos entendemos qué quieren los rusos, pero nadie comprende a dónde va la política del llamado «mundo libre». ¿Hacia la voceada paz, fomentando el armamentismo y las alianzas militares, por un lado, para que los rusos se coaliguen, sin demora, con los del otro? ¿Hacia la democracia del brazo con Franco, Chiang Kai-shek o con los déspotas árabes, o con los usurpadores castrenses latinoamericanos? ¿Hacia la justicia económica, cuando se pretende imponer a ultranza los moldes obsoletos del sistema capitalista más reaccionario so capa del «free enterprise»?

Los rusos -aseveran con notable unanimidad esos opinantes- tienen su credo, su lógica, su paladino procedimiento. Trabajan y avanzan con su propio y prefijado derrotero. Si dentro de él zigzaguean, lo cierto es que no cejan. Pero, del otro lado, las contradicciones claudicantes, el subalterno oportunismo inconfesable de la dirección internacional de las democracias, sólo produce desilusiones y recelos.

Además, la hábil diplomacia rusa está dirigida hacia la captación de la simpatía de las grandes muchedumbres, cuya creciente influencia es decisiva. Y aunque se discutan y censuren las innovadas y crudas formas alusivas de la retórica soviética, su terminología sin ambages, provocativa y confinante en no pocos casos con el denuesto, es innegable su eficacia sobre la imaginación y el favor de las multitudes. Y tal vez sea esto lo que más importe en el conturbado mundo de hoy; porque de aquellas proviene el elector que vota y el soldado que pelea. O el desesperado a quien se niega arbitrariamente el derecho a las vías legales, cuyo único recurso es la aventura insurreccional para lograr la prometida y negada libertad.

Los dirigentes civiles de la guerra mundial contra el Nazismo comprendieron bien que no es posible conducir y ganar una ingente lucha de pueblos contra la tiranía, sin una positiva promesa de liberación inequívocamente programada. Y nadie ha olvidado con cuánta tenacidad y con qué sobresaliente eficiencia de propaganda, los portavoces de las democracias en lucha aseguraron a todos los oprimidos de la tierra que si prestaban su esfuerzo y daban su sangre para abolir el totalitarismo, ellos serían redimidos: «Esta guerra no tiene por único fin la derrota de los despotismos de Alemania, Italia y el Japón sino, también, la de todos los del mundo», declaró tempestivamente, con tales o semejantes palabras el Presidente de los Estados Unidos Mr. Roosevelt. Y la O. N. U. se estableció -como lo ha recordado el ministro Spaak- con el eminente designio de cumplir aquellos generosos propósitos.

Se ha culpado exclusivamente a Rusia de haber impedido que éstos se alcanzaran. Pero Rusia no se comprometió jamás a la abolición de su sistema político, y sus ofertas de cooperación fueron, por tanto, siempre restringidas. De su lado, las democracias, y especialmente los Estados Unidos, sí garantizaron el seguro advenimiento de un verdadero «mundo libre». Y su responsabilidad histórica les imponía instaurarlo: por lo menos, dentro de la vasta zona de su influencia, aquende la llamada «cortina de hierro».

Empero, no ha sido así. De muchos de los pecados de tiranía de los cuales se acusa a Rusia se puede responsabilizar también a no pocos estados que forman la amalgama democrática. En ella se confunden pueblos auténticamente libres con otros brutalmente subyugados. Y cuando se mencionan las persecuciones políticas, los campos de concentración, o los genocidios comunistas, no se recuerda que de todo ello también tenemos, y no poco, a este lado del lindero entre «el oriente y el occidente». Las dictaduras militares como las de la América Latina o la de España, apenas difieren en métodos terroristas contra sus opositores, de las eslavas o asiáticas. Y aunque cuantitativamente desemejen las cifras de las víctimas, existe una relación proporcional cuando se las compara referidas al total de las poblaciones. Si España o cada uno de los estados americanos sometidos a las tiranías militares tuviesen el mismo número de habitantes que Rusia o que China, también tendríamos que contar por millones a los que hoy son decenas o centenas de miles de sacrificados por la ferocidad reaccionaria de los autócratas improvisamente afiliados al «anti-comunismo». Y éste sirve de buen pretexto para declarar «comunista» a todo liberal o demócrata -hombre o partido-, que defienda aquella violada Carta Universal de los Derechos Humanos aprobada por la asamblea general de la O. N. U. el 10 de diciembre de 1948.

Fundamentalmente, la «guerra fría» tiene por objetivo atraer y captar la adhesión de los pueblos hacia uno de los grandes bandos enfrentados en una inconciliable disputa de filosofías políticas, las cuales comportan antagónicos sistemas económicos. Y en esta lucha hace mucha falta idearios claros y comportamientos afirmativos consecuentes con ellos. No es posible, por tanto, ganar esta disputa universal sólo enarbolando negaciones. El «anti-comunismo» sin una respuesta positiva a su reto ideológico -y haciendo de él un arma de dos filos contra las mismas esencias de la democracia- resulta inocuo. O más que esto, va en indirecto beneficio de aquello que se niega. Porque él resulta así en una creciente desorientación, en un contagioso pesimismo popular; y todo ello forma buen caldo de cultivo para la expansión comunista. Si las democracias pretenden ganar la «guerra fría», deben demostrar al mundo que la justicia económica puede lograrse sin inmolar la libertad política; que las dictaduras clasistas, oligárquicas o militaristas son más que innecesarias, abominables. Y que un ordenamiento social equilibrado y humanitario será hacedero más allá de un sistema capitalista intransigente, extremoso, o de una fórmula marxista rígida y violenta.

Y el ensayo de esta solución «lógica» o de sentido común, es el que se va cumpliendo en la Europa Escandinava o en la del Benelux. Lo cual explica la actitud beligerante pero sincera del Ministro Spaak.

VÍCTOR RAÚL HAYA DE LA TORRE




ArribaAbajo El rejuvenecimiento de los españoles

Víctor Alba


Leyendo los telegramas de Madrid, me he sentido con 25 años menos. Estoy seguro que a muchos otros españoles -en el destierro fuera de España o en el exilio dentro de España-, esos telegramas les habrán quitado de encima un cuarto de siglo.

¡Ahí es nada! los estudiantes en huelga, manifestándose por la calle, dándose de bofetadas.

El hombre que desea, por encima de todo, paz y tranquilidad, se habrá dicho: «Para esto no necesitábamos la guerra civil y todas las molestias del franquismo». El hombre que, por encima de todo, aspira a recobrar el derecho de decir lo que piensa, habrá pensado: «La dictadura ha fracasado».

Y ambos han tenido razón.

La dictadura ha fracasado. Más que el desbarajuste económico, más que el hambre -con ser tan importante- y que las inmoralidades, el fracaso de la dictadura se manifiesta en esos estudiantes de Madrid que salieron a la calle, que abofetearon a los falangistas, que han ido a la cárcel.

Entonces, ¿qué? Veinte años de franquismo, en media España, y 17 años en España entera, y el régimen, teniéndolo todo -la radio, la prensa, la enseñanza, el ejército, los espectáculos, los libros-, no ha podido arrancar de los estudiantes (que no vieron la guerra civil, ni tenían resquemores personales ni saben casi nada de la historia contemporánea del país)... no ha podido arrancarles el deseo de no verse dominados, no ha podido darles el espíritu de sumisión. Si eso, en cuanto dictadura, no es un fracaso, ¿qué es?

¿Qué solidez tiene -incluso desde el punto de vista pragmático, de la eficacia inmediata-, un régimen cuyos dignatarios ven cómo sus propios hijos se alzan contra las doctrinas y hasta las creencias de sus padres?

El estudiante ha sido siempre, en España (y me parece que también en Hispanoamérica), el barómetro de la opinión pública. Cuando los estudiantes protestan, es que la calle comienza a sentir escozores de rebeldía. Así fue bajo Alfonso XII, bajo Alfonso XIII, bajo la dictadura de Primo de Rivera, y bajo la de Berenguer. Así fue en 1930 y 1931. Así, en 1935, cuando los primeros en lanzar la alarma ante la Falange eran los estudiantes.

Un proverbio francés afirma que cuando la industria de la construcción trabaja, todo va bien. Un proverbio español podría decir que cuando los estudiantes salen a la calle, todo va bien.

Sí, todo va bien. No tanto por lo que pueda significar, políticamente, la protesta estudiantil, (y no debe minimizarse la advertencia que para el franquismo representan los acontecimientos de Madrid), cuanto por lo que revela.

Revela, ante todo, que en España el porvenir no está cerrado, que el régimen franquista, al fracasar, no ha logrado hacer fracasar las perspectivas del país. Revela, en suma, que todas las esperanzas están permitidas. No solo las esperanzas inmediatas, de caída de Franco, sino las esperanzas lejanas, las de pasado mañana.

La emigración está todavía bien arraigada en España, un indicio de ello es el hecho de que la inquietud por este pasado mañana ha sido, y es, acaso tan apremiante como el deseo de llegar al mañana en que caiga el dictador.

Todos nos hemos preguntado, más de una vez, y con calofríos como respuesta: ¿Qué España encontraremos? ¿Cómo serán la mayoría de los españoles, es decir, los que no vivieron, de adultos, la guerra civil, que no pueden recordar nada de la República, que ven con los lentes deformadores de la enseñanza, de la prensa, de la radio, de la propaganda oficiales, los antecedentes de la situación actual? ¿Cuál será el futuro que puedan desear para España esa mayoría de españoles acostumbrados a la asfixia, al disimulo, a la mentira, a la retórica?

Pues ahí está, en las calles de Madrid, la respuesta.

Esos españoles querrán la misma España que quisimos, que seguimos queriendo: una España en la que los estudiantes no tengan necesidad de salir a la calle, en que el derecho de pedir algo no se ejerza con el riesgo seguro de ir a dar en la cárcel o de ser apaleado sobre el asfalto.

¡Qué importa que en el detalle esos estudiantes pidieran cosas, sostuvieran posiciones acaso distintas de las nuestras! Lo que calienta el corazón es, justamente, que reclamaran, que afirmaran posiciones. Mientras ese anhelo exista, nada esencial se ha perdido, en España.

Hay una cosa importante, que conviene destacar. Los estudiantes españoles han sido el barómetro de la opinión pública porque constituyen, en su conjunto, como una muestra (un «sampling» dicho en el lenguaje de los estadísticos) de todo el país. A la Universidad van no sólo los hijos de gentes acomodadas, de la situación, sino muchachos de provincias, de pueblos y de barrios de las ciudades. Hay, en las Universidades, ese viejo espíritu demócrata -en el sentido de «modo de vida» más que político-, que se encontraba en España aun bajo los Austrias o los Borbones. La Falange, con su SEU (Sindicato Español Universitario) quiso aprovecharlo en beneficio propio. Los estudiantes de ahora han estado sometidos a un «ensuciamiento de cerebro» intensivo: a menudo en las cátedras; siempre en el servicio militar que hacen en las filas del SEU, durante los veranos; con frecuencia en los sermones. Ni vacaciones había para ellos.

Podemos imaginar qué especie de heroísmo inconsciente ha sido necesario a esos millares de muchachos, para resistir a tantas presiones concentradas sobre ellos. Cuántas noches en discusiones susurradas, cuántas polémicas ardientes en los claustros de las Facultades, cuántas preguntas agobiantes después de leer cada libro, de recitar cada lección...

He vivido de nuevo aquellos días de 1930 y de 1931 que condujeron a la República. Entonces leíamos de todo, podíamos escribir de casi todo y decirlo casi todo. Los profesores no nos ocultaban nada. Llegaban libros extranjeros, periódicos de París, de Londres. Nos reuníamos cuando queríamos. Y la policía llevaba sable y pegaba de plano.

Hoy, muchos profesores son un adversario y no un maestro. Los libros que merecen la pena leer han de prestarse casi a escondidas, son caros y escasean. Las revistas, igual. ¿Y dónde puede expresar sus puntos de vista un estudiante? ¿En qué periódico, en qué tribuna? La cárcel, después de la tortura, espera a los protestatarios. Las manifestaciones de 1930 y 1931 eran, sobre todo, producto de la exuberancia, de la vitalidad. Las de ahora, lo son de la angustia, de la soledad. A nosotros nos enseñaban el camino. Estos estudiantes de hoy han tenido que descubrir el mundo y sus ideas por sí solos.

Se ha dicho -desde luego, por organismos del gobierno franquista-, que los estudiantes fueron víctimas de los comunistas. Estoy seguro de que no ha sido así. Porque a la URSS, ahora que está en tan buenas relaciones con Franco, no le interesa que nada debilite al Caudillo. Algún comunista debe haber entre los estudiantes, cierto. Pero si ha participado en las manifestaciones, ha sido violando la consigna del Partido, y, entonces, ha demostrado con ello que incluso frente a él quedan esperanzas justificadas.

Italia, Alemania, los países balcánicos, al terminar la guerra, se encontraron sin juventud joven, inquieta. Tuvieron que recurrir a los viejos equipos de exilados o de enmudecidos, para encuadrar al país. En España, ya sabemos que eso no sucederá, que los viejos encontrarán a los jóvenes y hablarán un lenguaje común con ellos, aunque tenga acentos distintos.

Y habrá en nosotros, hacia ellos, una admiración que servirá de punto de convergencia en muchas cosas -en las fundamentales. No seremos los únicos que resistieron, los mirlos blancos de la conciencia clara. Los obreros de Barcelona, Bilbao y Madrid que hicieron huelgas en 1951, los estudiantes que salieron a la calle en 1950 y en 1956, serán nuestros iguales, con otras experiencias que las nuestras, pero con experiencia. Ese temor de la España dividida, que nos atosiga a todos ya no está justificado. Será la España diversa -con derechas e izquierdas y centro, monárquicos y republicanos y todo lo que se quiera. Pero no estará dividida, como lo estaba después de la guerra civil. Ahora ya no. Franco acaba de perder la segunda guerra civil y la ha perdido sin poder dividir de nuevo a España, la ha perdido en el país entero.

Esa España tan vieja, Franco no ha logrado envejecerla. Los estudiantes de Madrid se encargan estos días de rejuvenecer a todos los españoles. La protesta de los estudiantes es un síntoma. Pero es también, y sobre todo, una realidad: la existencia en carne y huesos de esos millares de muchachos que salieron a la calle. No interesa siquiera saber lo que piensan. Lo milagroso es que piensen y que lo griten...

Y mientras en España todavía sepan obrar milagros, todas las esperanzas están permitidas. Hasta la de que, algún día, no sea necesario confiar en los milagros estudiantiles.

VÍCTOR ALBA

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ArribaAbajoSin permiso de la censura

Sobre la situación espiritual de la juventud universitaria3


Nota Previa. Este escrito no ha sido compuesto e impreso para pública difusión de su contenido, sino, como en su texto se dice, para la información privada de algunas personas de notoria autoridad política o religiosa. A la discreción y a la buena voluntad de éstas queda encomendado.


Durante las últimas semanas el tema de la Universidad ha ganado entre nosotros muy especial vigencia. No porque en el seno de la sociedad española haya surgido un súbito interés por los problemas que más propia y directamente afectan a la docencia universitaria, sino por la rápida difusión de un enjambre de escritos y rumores, muy diversos en cuanto a su intención y a su fundamento, pero coincidentes todos en afirmar que la juventud universitaria se está desviando con creciente rapidez de la ortodoxia católica y de los ideales que promovieron el Alzamiento Nacional del 18 de julio. Frente a esa agobiadora pululación de noticias, infundios e interpretaciones y, sobre todo, frente a la grave preocupación que ella ha suscitado en muchos espíritus responsables, me he sentido, como Rector de la Universidad de Madrid, en la obligación íntima de exponer clara y serenamente un juicio objetivo acerca de la situación espiritual de nuestros jóvenes. Hablo ahora, quiero repetirlo, como Rector de mi Universidad, y ello me impone un deber de circunspección y otro de renuncia. Debo ceñir mi examen, en efecto, al área escueta de la Universidad matritense; debo, por otra parte, evitar, hasta donde sea posible, mis reacciones de orden personal. Si me dejase llevar por ellas, iría analizando «cumica et studio» la serie de motivos, propósitos y métodos con que los incitadores de este cauteloso escándalo -valga la paradoja- vienen procediendo. Puedo afirmar sin jactancia que para ello me sobran la razón y la información. Mas yo no busco ahora el gusto agrio y dulce de la polémica, ni persigo el fácil lucimiento exterior que ella pudiera concederme, sino un honrado y fiel conocimiento de la realidad social a que por función y vocación me hallo más próximo, y a tal fin debo supeditar todas mis palabras. Ocasiones habrá, si Dios lo permite, para añadir a esta sobria e impersonal pintura el pormenor incisivo de la anécdota. Consta este documento de tres partes principales: en la primera trato de exponer la situación espiritual de la juventud universitaria madrileña; en la segunda indicaré las causas que han determinado tal situación; en la tercera apuntaré los remedios que juzgo más adecuados para encauzar rectamente la inquietud histórica y social de nuestros estudiantes y graduados jóvenes.

La inquietud del joven universitario

La situación espiritual de la juventud universitaria española podría ser caracterizada, en una primera aproximación, mediante la palabra que acabo de emplear: inquietud. Pero tal característica no sería justa si no subsiguiese a la previa discriminación que el análisis de cualquier fenómeno social siempre exige: la distinción cuidadosa entre la masa y la minoría. La masa de los estudiantes españoles no está espiritualmente inquieta. En ella predominan, casi por modo exclusivo, dos abrumadores intereses: el de la profesión y el de la diversión. Aquel mueve a la preocupación constante por las «salidas» de la licenciatura cursada, al estudio utilitario y a la búsqueda de los caminos más fáciles y rápidos para conseguir el título profesional a que se aspire. Este otro adopta, como es obvio, muy distintas formas de expresión; pero, aun concediendo todo cuanto este o el otro hecho aislado obliguen a conceder, parece justo admitir que tales formas son, en su conjunto, mucho más limpias moralmente que las habituales hace 25 ó 30 años. Estoy seguro de que el testimonio de los capellanes de los Colegios Mayores -para aducir un solo argumento- sería en este caso muy claro y concluyente. Como la vida moral, la vida religiosa de la masa estudiantil no es insatisfactoria. Es, sí, rutinaria en muchos casos, y carente en casi todos de la formación intelectual que el universitario católico debiera poseer. No creo que el abandono de las prácticas religiosas -menos sólidamente arraigadas por la Enseñanza Media de lo que a primera vista pudiera suponerse- sea cuantitativamente muy extenso. Más aun: esa misma ausencia de inquietudes y ambiciones espirituales da cuerpo al tono gris, mediocre y «no peligroso» que suele revestir la religiosidad del estudiante medio. En orden a la vida política, la masa de los estudiantes universitarios, vive, por ahora, bastante más cerca de la indiferencia reticente que de la preocupación apasionada. Hállase, por lo general, efectivamente distanciada de cuanto estima «oficial» y puede seguir en el futuro caminos muy diversos de los que hoy ofrece nuestro Movimiento.

La minoría activa y operante del alumnado universitario hállase, sin duda, profunda y diversamente inquieta. Tal inquietud es intelectual, política, social y religiosa, por lo que toca a su cometido, y exigente, petulante y un poco mesiánica, en lo que a su forma atañe. Intelectualmente, esa minoría se siente descontenta del pábulo científico, filosófico y literario que la sociedad española le brinda, así en el seno de la Universidad como fuera de ella. No discutamos ahora el fundamento real de ese sentimiento; limitémonos a consignar su existencia indudable. La inquietud política consiste, ante todo, en una viva desazón por el futuro de España y en la crítica acuciosa de la falta de brío de nuestro Estado para resolver con justicia y eficacia los problemas de la vida española, sobre todo los de orden social y administrativo. Cualesquiera que sean las tendencias hoy perceptibles dentro de la minoría estudiantil -la falangista, la monárquica y la democraticorradical-, todos sus grupos comulgan en la desazón y en la crítica antes señalada. Un movimiento de opinión marxista no es todavía muy aparente, pero no sería extraño que fuese gestándose entre aquellos cuya conciencia social -muy viva e impaciente en el alma de nuestros jóvenes- propenda al radicalismo y no sea pronta y adecuadamente asistida en el orden intelectual y en el orden religioso. Vengamos, en fin, a la vida religiosa. Que en ella se dan, y con extensión apreciable, casos de descreimiento y disidencia, es cosa que no puede ni debe negarse.

La forma de esa inquietud, en la minoría que realmente la vive, puede ser la bosquejada, como antes dije, mediante tres concisas notas: mediante exigencia, petulancia y mesianismo. La actual juventud universitaria es exigente; su inquietud no se conforma con la discusión académica o la imaginación recoleta, y en sus conversaciones pide con urgencia, y a veces con gesto destemplado, todo aquello que en la sociedad que la rodea hecha de menos. En ciertas zonas de su minoría, la actual juventud universitaria es, además, petulante. Todos los jóvenes lo son, desde hace siglo y medio, en cuanto empiezan a mover el pie hacia su puesto en la Historia; pero los que hoy salen de nuestras salas universitarias parecen serlo de modo singular, y precisamente por juzgar que en nuestro empeño histórico y social hemos fracasado casi todos los hombres de más de 40 años. La actual juventud universitaria, tiende, en fin, a cierto peligroso mesianismo de sí misma; esto es, a la creencia de que ella y solo ella es la llamada a resolver en el futuro todos los problemas que hoy descubre en la vida nacional. Tal es, en rápido esbozo, la situación espiritual de muchos de nuestros jóvenes; entre ellos, los estudiantes universitarios y los más recientes graduados.

Causas de la inquietud universitaria

¿De qué procede esa visible inquietud de los jóvenes universitarios? ¿Cuándo y cómo ha empezado a existir en forma socialmente perceptible? Atribuirla a determinados hechos esporádicos, tales como actos académicos y literarios, círculos de estudios o encuestas sociológicas, equivaldría a cometer un doble error: el cualitativo de tomar los efectos por causas y el cuantitativo de cerrar los ojos a la masa del bosque, para abrirlos solo ante la brizna de hierba. Las causas de la situación espiritual antes descrita son, a la vez, múltiples, profundas y complejas. He aquí las que me parecen más importantes y decisivas.

1) La psicología del joven universitario y el papel que ella le otorga en la dinámica de los movimientos sociales.

El alma estudiantil es abierta, sensible y ligera, tiende a la expresión colectiva y ruidosa y no se halla especialmente cohibida por sentimientos de responsabilidad social. De ahí que suela ser ella la primera en expresar estados de opinión latentes en la sociedad a que pertenece o reducidos al ámbito del comentario privado. Así viene acaeciendo en toda Europa desde hace casi doscientos años.

2) La peculiar conciencia histórica de las promociones universitarias que no vivieron nuestro Alzamiento Nacional.

Entre los años 1945 y 1950 comienzan a ingresar en la Universidad jóvenes para los cuales nuestra Guerra de Liberación y sus motivos determinantes, no son ya el recuerdo de una experiencia personal, sino la audición o la lectura de un relato. Y puesto que la experiencia vital no es transmisible de padres a hijos, una consecuencia se impone: las razones y los sucesos de nuestra guerra que a los hombres de más de 35 años nos obligan con honda fuerza moral, apenas pueden actuar por sí sobre las almas de quienes no han alcanzado esa edad. Pueden, es verdad, seguir actuando con cierta eficacia, pero sólo si ante los jóvenes aparecen hechos, conducta real y efectiva y no quedan reducidos a ser mera palabra fugaz.

3) La estrechez del horizonte profesional de nuestros jóvenes.

Conviene no olvidar que los numerosos huecos producidos por nuestra Guerra de Liberación en el mundo intelectual y técnico han sido ocupados, a lo largo del decenio 1940-1950 por hombres que en su mayoría apenas han rebasado hoy los cincuenta años; y, por otra parte, que la ampliación de los puestos de trabajo no ha crecido con el mismo ritmo que el volumen de la población estudiantil. Síguese de ello el que el estudiante universitario viva profesionalmente desazonado y descontento.

4) La inexorable necesidad de existir en nuestro mundo histórico; esto es, dentro de la compleja trama de riesgos y seducciones, descarríos o logros, caminos y amenazas en que la cultura actual consiste.

Los estudiantes españoles -y está bien que así sea- atraviesan en número creciente la frontera en viajes de información, convivencia y estudio; y quienes no logran hacerlo no es infrecuente que muestren invencible curiosidad por conocer sin ambages los movimientos intelectuales y las formas de vida que hoy poseen más clara vigencia histórica, llámense existencialismo, marxismo, vida tecnificada, apostolado social, pluralidad religiosa o libertad de expresión. Más aun: Tales realidades poseen con frecuencia ante los ojos de su espíritu el prestigioso aliciente de «lo prohibido». En tal caso, ¿será por completo evitable la disidencia de algunos? ¿No hemos visto apartarse del recto camino de la fe a personas de muy larga y cuidada formación religiosa?

5) La escasa ejemplaridad de muchos sectores de la actual sociedad española.

La Universidad, no pocas instituciones públicas y, en general, los grupos dirigentes de la vida nacional, distan mucho de ofrecer al joven autenticidad, el prestigio y la eficacia que para una adhesión cordial él exigiría. La desigualdad social es entre nosotros desmesurada; la preocupación por el lucro económico inmediato ha llegado a ser general y abusiva; la fama de todo cuanto atañe a las relaciones económicas está muy por debajo de lo deseable; la calidad y la dedicación efectiva del profesor universitario a la enseñanza no llegan siempre al nivel que el buen alumno pide; la enseñanza religiosa y la enseñanza política son, en gran número de casos, mucho más obligación molesta que formación efectiva. Todo lo cual ha de tener como inevitable secuela la inquietud, el malestar, la crítica despiadada.

6) El paternalismo meramente prohibitivo y condenatorio que muchas veces adopta nuestro Estado, en lo tocante a la formación y a la información de los españoles.

Las normas de la censura intelectual y artística son con frecuencia excesivamente estrechas y nunca permiten el recurso razonado a quien ha sido afectado por ellas. Así las cosas, el descontento íntimo de los universitarios, entre los cuales es consustancial la afición a examinar y discutir ideas y opiniones, surge y se propaga de manera ineludible.

7) El constante halago verbal que la juventud española viene recibiendo desde 1939.

La ruptura radical y sistemática con el pasado anterior a 1936, ha llevado a una suerte de mitificación del joven; este sería la prometedora encarnación de lo puro e incontaminado, el símbolo viviente de la España nueva. El deber primordial de la juventud -un cotidiano y laborioso esfuerzo hacia su futura madurez- no ha sido proclamado con suficiente energía. Los jóvenes, en conciencia, se han visto sometidos a la acción espiritual de dos instancias difícilmente conciliables entre sí, y en menos en almas deseables de vida propia: la que les declara arquetipos y la que les relega a la condición de simples continuadores y herederos.

Encauzamiento de la inquietud universitaria

Así veo yo las causas de la inquietud universitaria. Juntas todas ellas, y con diverso predominio de una u otra en cada uno de los grupos que entre los jóvenes comienzan a perfilarse, esas causas vienen determinando muy buena parte de las actitudes y reacciones más propias de nuestros estudiantes. ¿Desde cuándo? En forma tenue y germinal, desde el quinquenio comprendido entre 1945 y 1950; de modo más ostensible, en el lustro que en nuestros días se extingue. Pero no creo que tal precisión cronológica sea problema de mucha monta.

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Mayor la tiene, sin duda, el empeño en encauzar ordenada y fecundamente hacia el futuro la actual inquietud espiritual de las minorías universitarias y su próxima difusión a más extensas porciones de la masa estudiantil. Puesto que tal inquietud no es en sí misma vituperable y nociva, aunque sus primeras manifestaciones hayan sido levemente perturbadoras de nuestra tranquilidad cotidiana ¿cómo lograremos ponerla en buen cauce? A mi juicio, merced a cuatro recursos cardinales:

1) La práctica de un riguroso y perspicaz examen de conciencia por parte de los estamentos rectores de la vida nacional: Gobierno, Cortes, Movimiento, instituciones públicas, cuerpos técnicos y administrativos. La Universidad, donde, por razones, de orden constitutivo, la autocrítica tiene siempre algún asiento, y frecuentemente a la cual nunca faltan ojos celosos e inquisitivos, ha dado ejemplo en lo que a tal examen concierne, y algo ha hecho para mejorar su disciplina interna, y su rendimiento. Algo, es cierto, mas no lo suficiente, porque los profesores universitarios distamos mucho de ser ejemplares a los ojos de los jóvenes y a nuestros propios ojos. Ejemplaridad: tal es la palabra. Mientras no la alcancemos de un modo real y efectivo, unos enseñando, otros gobernando y administrando y otros en el ejercicio de sus funciones técnicas, la inquietud de los mozos universitarios de España estará cada vez más próxima a convertirse en real y verdadera «desviación».

2) La apertura y el enriquecimiento del horizonte de nuestra juventud, así en orden a su porvenir profesional como en lo relativo a sus ilusiones históricas y sociales. Son tareas urgentes la creación de nuevos puestos de trabajo, la distribución equitativa de los que se acumulan en una sola persona, el paulatino incremento de las llamadas «cabezas» de los escalafones, cuando éstas llegan a ser verdaderas prebendas económicas; son necesarios, por otra parte, el adiestramiento y la orientación de nuestros graduados hacia su empleo decoroso en países de habla castellana. Si los jóvenes universitarios percibiesen una acción decidida en este sentido, es seguro que se desvanecería gran parte de su desazón. Tanto más si a la vez se acertaba a ofrecerles empresas políticas y sociales generosamente abiertas hacia un futuro levantado y prometedor. Sirva de único ejemplo la obra cumplida por el Servicio Universitario de Trabajo.

3) Un acertado enlace entre la disciplina y el magisterio. Es preciso, ciertamente, disciplinar a la juventud, puesto que su deber primero consiste en su recta formación moral, intelectual y técnica, pero esa disciplina no será internamente aceptada si el magisterio de quienes forman a los jóvenes -dentro de la Universidad o fuera de ella: en el templo, en la prensa, en el libro, en el teatro y el cine- no consigue en medida suficiente calidad y poder de sugestión. Mientras nuestras lecciones de cátedras sean escasas, rutinarias y descuidadas, los estudiantes universitarios se desviarán de nosotros y de lo que nosotros representamos. Mientras la enseñanza de la religión no sea un empeño serio, sugestiva y ensalzadamente cumplido, existirá el peligro de que los jóvenes menosprecien, si no la religión misma, sí, al menos, su realización visible y audible en el mundo que les es más próximo.

4) Una inteligente y flexible abertura a todo lo importante que en el mundo intelectual, literario y artístico acontezca dentro y fuera de nuestras fronteras. La tesis de la censura a palo seco, tan cómoda para las mentes simplificadoras y perezosas es, en nuestro siglo, insostenible y contraproducente, porque nada seduce tanto a las almas jóvenes como lo condenado al silencio. Frente a ella, propugnamos resueltamente la doctrina de la información crítica. Una Facultad de Filosofía y Letras y una prensa literaria donde el llamado «existencialismo», para recurrir a este vulgar ejemplo, sea sistemáticamente ocultado, pronto se trocarán en vivero de existencialistas, clandestinos. Sólo una información veraz y autorizadamente crítica permitirá afrontar con el mínimo riesgo -nunca sin él, porque la existencia histórica eficaz es siempre peligrosa- la ardua obligación de vivir en nuestra época. La empresa no es fácil, mas no por ello deja de ser inexcusable para quienes tenemos la responsabilidad de enseñar.

Frente a la nerviosa intranquilidad suscitada por la situación espiritual de la juventud universitaria, he querido ofrecer a las autoridades políticas y religiosas de nuestra Patria un estudio sumario de lo que en el alma de esa juventud acontece y una breve serie de remedios para convertir en razonable esperanza la inquietud de nuestros alumnos y la alarma de nuestros censores. Me ha movido a ello una doble y muy profunda lealtad: la que me vincula a mi Patria y la que me impone mi oficio de humilde servidor de la verdad. Haga Dios que estas limpias reflexiones sirvan eficazmente al bien de España, único fin hacia el cual van enderezadas.

PEDRO LAÍN ENTRALGO




Voces falangistas

Protesta contra la suspensión de Ínsula e Índice


Madrid, Marzo (OPE) Se ha atribuido al ministro Martín Artajo el haber argumentado con razones de prestigio interior para lograr la reaparición de la revista Ínsula. Lo cierto es que el escritor y poeta falangista Dionisio Ridruejo, dos semanas antes de los sangrientos sucesos universitarios y de su detención, dirigió una carta al ministro, de la que copiamos algunos párrafos: «José Luis Cano, de Ínsula, me confía la nota que le adjunto, y que acaso Vd. haya recibido por otro conducto. Al mismo tiempo me entero de la supresión de la revista Índice que dirige Fernández Figueroa. Aunque el segundo no me ha pedido mediación alguna, seguramente porque conociendo bien la situación, sabe a qué atenerse sobre su posible eficacia, el primero me ha rogado que «haga lo que pueda». Sé que de nada serviría mi apelación al ministerio de Información, y por tanto renuncio a ella.

«Hoy por hoy -para ser franco- he dejado de creer que el régimen sea corregible en sus defectos fundamentales. Si ello es así casi debiera alegrarme aquella de sus manifestaciones que -como estas que nos ocupan- mejor parece demostrarlo. Eso trazaría una higiénica y bien definida línea divisoria que acaso sea ya lo deseable.

»Ínsula es, como Vd. sabe, una discreta y bien presentada revista literaria, escrita predominantemente por gentes que no militan en las organizaciones del régimen ni comparten las responsabilidades de la vida oficial. La admisión de su existencia era un acto de tolerancia estimable para un régimen de corte autoritario. Con ello el régimen de autoridad acreditaba no compartir el criterio -totalitariamente absoluto- de que no debe tolerarse otra vida intelectual que la militante y comprometida.

»Ínsula no ha cometido la menor imprudencia si no es la de mantener en sus colaboraciones un sentido amplio y liberal. Ni siquiera se ha entremetido en el huerto cerrado de la política. ¿Qué sentido tiene ahora la condenación al silencio, a la clandestinidad, de ese trozo de vida intelectual, que por el solo hecho de existir y de manifestarse en su independencia y en su apoliticismo daba al régimen una patente -seguramente inmerecida- de liberalismo y moderación? A Vd., ministro de Asuntos Exteriores, va a importarle mucho lo que eso significa fuera de España, donde Ínsula tenía la zona más interesante de su público. Ínsula era el puente entre una España intelectual no comprometida, pero respetuosa y respetada, con un mundo propenso a no creer en semejante posibilidad. Se ha negado en ese mundo la posibilidad de una vida intelectual en España, no ya libre sino ni siquiera en libertad vigilada. He aquí que llevaban razón».



La segunda parte de la carta se refiere a la revista Índice, de la que son los siguientes párrafos: «Pero no es menos grave el caso de Índice. Índice no es una revista emplazada al margen, sino nacida en el régimen mismo, puesto que su director es un ex-combatiente y un falangista. Claro es que con Índice e Ínsula no termina la historia.

«Las dos últimas suspensiones y otra serie de síntomas que estamos notando me dan la sensación de que vamos entrando en una etapa de crispación a la defensiva, sumamente torpe, medrosa y desorientada. De pronto nos hemos dado cuenta de que el insatisfactorio estado social de España, la estrechez de su vida intelectual, las corrupciones no raras entre administradores y administrados, la ausencia de ideales, la merma de autoridad, prestigio o ejemplos operantes en nuestra sociedad, la falta de opinión pública, la embustera necesidad de nuestro sistema de información, las abismales e injustificadas desigualdades, el modo grueso y arbitrario de selección del personal político son cosas que están en la calle, que suscitan discrepancias e irritaciones, que aflojan lealtades y entusiasmos, que soliviantan a los más jóvenes y apartan cínica o doloridamente a los más maduros.

»Y eso provoca en el Poder, no un saludable examen de conciencia, ni una atinada rectificación, ni una decisión de sinceridad y aireamiento, sino, como he dicho, una crispación represiva, hosca, intolerante. ¿No le asusta a Vd. esto? ¿No es esto el eterno cantar? Vuelvo a decirle que si a mí no me ligasen a esta situación nostalgias, escrúpulos e incluso -ya que no egoísmos, que sería muy gratuito- temores que no son aventurados, yo me estaría alegrando de que se levantasen las murallas y empezase en torno a la ciudadela de la España oficial la ronda de trompetas de la España real.

»Rescate Vd. si puede esos pobres cautivos de papel: Ínsula e Índice. Pero a mí, le repito, no son las dos revistas lo que más me preocupa -y me preocupa y me irrita violentamente semejante patochada gubernativa- sino el tono de la situación en que ese incidente se produce».



(Firmado) Dionisio Ridruejo






ArribaAbajo Editorial

Juego descubierto


El Sultán de Marruecos, Mohammed Ben Youssef, ha entrado a Rabat llevando en las manos la independencia de una parte del territorio marroquí, es decir, la independencia de lo que hasta ayer fue zona del Protectorado francés en Marruecos.

Las negociaciones que han precedido a los acuerdos establecidos entre Francia y el Sultán fueron abiertas por M. René Coty, Presidente de la República Francesa y por el Sultán; los acuerdos se han establecido entre Francia y la suprema representación marroquí.

España ha puesto todos sus recursos en juego para conseguir participar en esas negociaciones, pero no ha logrado su propósito. El conde de Casa Rojas, embajador de Franco en París, sostuvo conferencias con el gobierno francés y el gobierno español envió una nota -nota a la que no se le ha dado publicidad- de protesta contra la exclusión de España en las negociaciones franco-marroquíes. En ella se exponía que España no reconocería validez a los acuerdos que se adoptasen si ellos afectaban a la zona de su Protectorado. Pero los acuerdos de París no tenían por qué afectar a la zona del protectorado español. Francia ha negociado lo que estaba en su derecho de negociar entre ella y su zona marroquí: tenía perfecto derecho a modificar el tratado de Protectorado del 30 de marzo de 1912 o de poner término a él sin que fuera necesario el previo acuerdo de las potencias firmantes del Pacto de Algeciras, ya que los acuerdos firmados entre ella y su zona no afectan sino a los dos países.

Pero he aquí lo que aparece claro: el doble juego de España. Las autoridades españolas que desde el destronamiento del Sultán Ben Youssef se situaron abiertamente al lado de los nacionalistas árabes y los alentó y favoreció en su actitud contra Francia, hoy, que Francia ha concedido la independencia a su zona, se muestran abiertamente opuestas a las aspiraciones nacionalistas. Francia ha facilitado en su zona, el paso hacia un régimen democrático; el nacionalismo de Franco en Marruecos recoge sus banderas.

El regocijo de los marroquíes por la entrada del Sultán a Rabat ha repercutido en la zona española de muy distinta manera: el pueblo marroquí se ha lanzado a la calle en Tetuán, Larache y Alcazar-Kivir dando gritos de ¡Abajo Franco! ¡Abajo el colonialismo español! El general García Valiño, Alto Comisario de Franco en Marruecos, ha respondido con los fusiles, abriendo el fuego contra los manifestantes; se dan como cifras aproximadas 32 muertos y más de 150 heridos.

El juego está descubierto: mientras Francia se oponía a otorgar la independencia en su zona, España la alentaba en la suya y ayudaba a quebrantar la política de Francia en sus dominios. España, sin armas ya contra Francia, ha dejado caer su antifaz y se niega a seguir la política que ella misma ha venido alentando desde hace años, pero Marruecos será independiente.

El ministro de Relaciones Exteriores marroquí, M. Baubid, ha declarado: «No hay independencia sin unidad interna» y el jefe del partido Reformista Abd-el-Khalek Torres, en una conferencia de prensa, ha afirmado: «España debe entablar negociaciones inmediatamente; si no lo hace nadie puede mantener el orden en la zona española». El Sultán ha hecho público su profundo disgusto por los sucesos ocurridos en la zona española y ha declarado: «El Estado marroquí no puede tolerar agresiones contra su autoridad o su prestigio. A nosotros corresponde el mantenimiento del orden en Marruecos. El deber de nuestro Gobierno es asegurar el orden y el derecho en Marruecos». Al oír las noticias de los incidentes ocurridos en la zona española censuró duramente la política de las autoridades al responder con la fuerza a las manifestaciones de júbilo de los marroquíes.

La unidad territorial y la independencia de Marruecos será un hecho: ella ha de producir, sea cual sea la futura actitud de España al respecto, una gran conmoción al régimen franquista.

El protector del Islam... hace dos años (de Ibérica, marzo, 1954)

El protector del Islam... hace dos años (de Ibérica, marzo, 1954)




ArribaResumen de noticias

Estudiantes desmienten falsas afirmaciones

A raíz de las manifestaciones estudiantiles en las calles de Madrid, el órgano de falange Arriba cargó la responsabilidad de la organización de todo lo ocurrido a los comunistas y a los socialistas españoles refugiados en el extranjero, el artículo fue reproducido por toda la prensa madrileña. El día anterior a la aparición de ese artículo, la misma prensa madrileña insertaba una nota de la Dirección General de Seguridad con los nombres de siete detenidos, todos ellos falangistas.

En unas octavillas difundidas por correo, los estudiantes de la Facultad de Derecho de Madrid califican de «farsa» la interpretación oficial que atribuía a «complot imaginario» de inspiración comunista las responsabilidades de los incidentes estudiantiles del 7, 8 y 9 de febrero.

En esas octavillas los estudiantes piden: la libertad de los detenidos como consecuencia de esos incidentes, la reposición en sus funciones del decano de la Facultad de Derecho D. Manuel Torres López, el castigo de los verdaderos culpables, la supresión del estado de excepción y la reunión de un congreso nacional de estudiantes a fin de llegar a establecer un plan de reformas de los métodos de la enseñanza superior.


Destituciones y nombramientos

El general Franco destituyó de sus cargos al ministro de Educación Sr. Ruiz Giménez y al Sr. Fernández Cuesta, ministro de Falange en el Gobierno. El primero ha sido sustituido por D. Jesús Rubio, falangista de la primera hora, organizador del sistema totalitario de educación y catedrático de Derecho Mercantil en la Universidad de Madrid. El segundo ha sido sustituido por D. José Luis de Arrese, afiliado a Falange -dice la prensa española- desde 1933, en la que actuó a las órdenes directas de su fundador Primo de Rivera.

Nuevos gobernadores

Se han nombrado nuevos Gobernadores en las siguientes provincias españolas: Albacete, Álava, Baleares, Cáceres, Córdoba, Cuenca, Palma de Mallorca, León, Logroño, Palencia, Pontevedra y Toledo.


Atentado contra García Valiño

Noticias que nos llegan de Marruecos dicen que el Alto Comisario de España en Marruecos, general García Valiño, resultó ileso de un atentado preparado por los nacionalistas marroquíes. Fue encontrada una bomba de relojería que no hizo explosión.

Marzo 10. El general García Valiño ha sido llamado urgentemente a Madrid para conferenciar con el general Franco.


Aumentos de salarios

En el consejo de ministros celebrado el sábado 3 de marzo en Madrid, bajo la presidencia del general Franco, se acordó un aumento general de salarios en un 22%. Este aumento se efectuará en dos etapas: un 16% a partir del 1 de abril y 6% en 1 de octubre. El gobierno ha decidido tomar a su cargo una parte de las cotizaciones patronales y seguros sociales.

El coste de la vida sigue subiendo

Los salarios siguen inmóviles, pero ya el anuncio de la subida ha repercutido en los precios. Donde esta subida se hace más sensible es en los artículos alimenticios: el kilo de carne ha pasado de 40 y 45 pesetas a 60 y 70; las frutas y legumbres han aumentado en 30%.

En los medios industriales y comerciales la inquietud es creciente y expresan que no es justo hacer recaer sobre el comerciante -como lo viene haciendo el gobierno- la responsabilidad del desequilibrio de precios: la inflación lenta, pero continua, determinada por los aumentos de los presupuestos del Estado de la provincia y de los municipios; las aportaciones constantes bajo forma de créditos a las empresas del Estado o mixtas y la presión fiscal exagerada sobre los comerciantes y los industriales.

Datos que esa crítica presenta

Desde 1935 la circulación fiduciaria ha pasado de 4836 millones de pesetas a 47045 millones en 31 de diciembre de 1954, mientras que durante ese mismo periodo los ingresos han pasado solamente de 24880 millones a 34113. Los gastos del Estado han aumentado en un 28% de 1953 a 1954 y el presupuesto para 1956 supone un aumento de 66,6%.


Contra la reunión de la UNESCO en Madrid

La federación Internacional de los Derechos del Hombre, que preside M. Paul Boncour, ha dirigido una carta al presidente del Comité Ejecutivo de la UNESCO de protesta contra la reunión en Madrid de este organismo.

Dice la carta: «La reunión, en España, del Consejo Ejecutivo de la UNESCO aparece como un desafío a la juventud española, visiblemente revuelta contra el régimen de incultura y de obscurantismo que se le impone, así como una aprobación de los rigores que se infligen a sus educadores».


Maza Fernández y la Falange

El general Franco recibió en el Palacio del Pardo al presidente de la ONU, Sr. D. José Maza Fernández. Desde el Pardo el Sr. Maza se trasladó al Escorial acompañado por el embajador de Chile.

Visitó la tumba del fundador de Falange, José Antonio Primo de Rivera, que está en la basílica del Monasterio. Después asistió a un banquete ofrecido por el presidente de la Diputación y a los postres brindó por la prosperidad de España y del Caudillo. (ABC, 23 de febrero).



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