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Ibérica por la libertad

Volumen 5, Nº 1, 15 de enero de 1957

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Ilustración

«Los Estados Unidos de Europa no serán nunca una realidad. Las viejas naciones de Europa se han formado a lo largo de los siglos su propia personalidad». (Del discurso del general Franco pronunciado el 31 de diciembre de 1956.)



IBÉRICA es un boletín de información dedicado a los asuntos españoles y patrocinado por un grupo de americanos que creen que la lucha de España por la libertad es una parte de la lucha universal por la libertad, y que hay que combatir sin descanso en cada frente y contra cada forma que el totalitarismo presente.

IBÉRICA se consagra a la España del futuro, a la España liberal que será una amiga y una aliada de los Estados Unidos en el sentido espiritual y no sólo en sentido material.

IBÉRICA ofrece a todos los españoles que mantienen sus esperanzas en una España libre y democrática, la oportunidad de expresar sus opiniones al pueblo americano y a los países de Hispano-América. Para aquellos que no son españoles, pero que simpatizan con estas aspiraciones, quedan abiertas así mismo las páginas de IBÉRICA.

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IBÉRICA se publica el día 15 de cada mes, en español y en inglés por Ibérica Publishing Co., Inc., 112 East 19 th St., New York 3, N. Y. Todo el material contenido en esta publicación es propiedad de Ibérica Publishing Co., Inc. y no puede ser reproducido en su integridad. Copyright 1956, Ibérica Publishing Co.

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ArribaAbajo Pío Baroja «El hombre malo de Itzea»

Antonio Otero Seco1


Quince días antes de morir el gran escritor español Pío Baroja, recibió en su casa de Madrid la visita del escritor norteamericano Ernest Hemingway que recientemente estuvo en España, a pesar de que su novela ¿Por quién doblan las campanas? parecía haberle cerrado para siempre las puertas de la España oficial.

Durante cerca de quince años, los periódicos españoles y las revistas literarias, subvencionados, pagados totalmente o dirigidos por los servicios del Ministerio de Propaganda, habían desconocido, sistemáticamente, la existencia de este escritor. Y si hablaban de él alguna vez era para acusarle de las cosas más terribles no sólo en el ámbito literario sino en el aspecto personal. Naturalmente -¡qué triste es tener que emplear este «naturalmente» contra natura! -sus obras estaban prohibidas- tan prohibidas y perseguidas como los partes de guerra de la Embajada norteamericana en Madrid durante la última guerra mundial -y ningún librero se hubiera atrevido a exponer a la curiosidad pública en su escaparate un libro de Hemingway en inglés, en sustitución de las traducciones españolas que estaban rigurosamente prohibidas y que hubieran tenido que pasar por la censura oficial en la que, como en la de cine, tronitrona, grita, gesticula, manda y ordena el Padre Justo Pérez de Urbel, bautizado por el gracejo popular madrileño con el nombre de «Injusto Pérez Luzbel».

Pero Hemingway es, por lo visto, amigo de la mayor parte de los toreros de «tronío» y esto constituye una seria garantía de tranquilidad en la España de nuestros días. En la España actual, ser amigo de un torero que puso su cerebro y su poder de creación estética y espiritual al servicio de la «causa nacional» es una cosa tan importante, tan decisiva, como para poder perdonar el terrible pecado de haber sido amigo -no mucho- de los «rojos» españoles. Claro es que, además, el escritor norteamericano debe haber hecho las visitas oficiales necesarias para que le perdonen en las altas esferas su antigua adhesión a la democracia española que luchaba por conservar los principios de libertad que el pueblo había votado en las urnas, cinco meses antes de la sublevación de los falangistas y de los militares españoles que habían jurado por su honor defender a la República y a la voluntad popular.

Otros muchos hombres eminentes de dentro y fuera de España no han hecho esas visitas vergonzantes y vergonzosas, con las que el régimen, ocultándolas, puede -o pretende- presumir de un liberalismo de última hora y de una generosidad falsa, porque se funda en la humillación de los que se arrodillan en la intimidad y luego proclaman su independencia insobornable en público como si fueran caballeros de la Tabla Redonda.

Alguien que parece estar bien enterado, me contaba hace dos o tres años, en París, que el gran escritor francés André Malraux solicitó un visado para poder ir a España con objeto de contemplar una exposición antológica de obras de Goya en la que se había reunido un grupo de cuadros repartidos por diversos países. Un representante oficial de la autoridad franquista advirtió a Malraux, con una sonrisa: «Tendremos mucho gusto en concederle el visado, si, una vez en España, visita usted al Caudillo, le ofreceremos en Madrid el homenaje que merece un escritor de su categoría. Si, por el contrario, no hace usted esa visita, que yo considero obligada, será usted detenido y, posiblemente, juzgado por haber organizado una «escuadrilla roja» y haber peleado al frente de ella durante la guerra civil española al servicio de los «rojos».

Al gran filósofo español José Ortega y Gasset no se le permitió la reaparición de su Revista de Occidente porque, según afirmó uno de los ministros franquistas durante un consejo en el que se trató de la cuestión, el autor de El Espectador no había ido, después de su regreso a España, a visitar al Caudillo.

Pío Baroja, el gran novelista Pío Baroja, había vuelto a España, como José Ortega y Gasset, y, como el gran filósofo español, se había olvidado de hacer esa visita de homenaje al Caudillo. Pero, mientras Ortega y Gasset continuó su alto magisterio espiritual y ciudadano de una manera extraoficial, sin la más mínima claudicación, labrando día a día su testamento de conducta que habría de florecer más tarde en una primavera no recobrada todavía, en el momento de su entierro, Pío Baroja se olvidó de su pasado y dio a la imprenta una serie de libros que manchan la historia del Pío Baroja no conformista de cincuenta años y al gran escritor español de medio siglo.

Quince días antes de la muerte del gran novelista vasco, Hemingway, Premio Nóbel del año en que fue candidato Pío Baroja, le visitó en su casa para testimoniarle la alta estima intelectual en que le tenía y la profunda admiración que sentía por su obra que había influido mucho -según dijo- en sus comienzos de escritor. Un periodista oficial relataba en una de las revisas que publica el Ministerio de Propaganda la escena del encuentro -Baroja medio muerto, casi loco a fuerza de abusar de los somníferos desde hacía dos años; Hemingway eufórico, dinámico, como un trozo de materia cósmica lanzado a la busca de los bares de la Gran Vía madrileña- haciendo, sin quererlo, una terrible y triste pirueta de «humor negro»: Las fotografías que recogen la visita de Hemingway a Baroja, enfermo y casi inconsciente, en su domicilio, son una especie de «Rendición de Breda» literaria. A sus años, a Baroja, en vez del merecido Nóbel, le llega el regalo de una botella de whisky acompañada de un chaleco y de unos calcetines. Se los trajo un Nóbel efectivo...

¿Se daría cuenta don Pío de todo lo ocurrido en los cinco minutos apenas que duró la visita? Me dicen que cuando colocaron la botella en la mesilla de noche, miró hacia ella y, como sin enterarse de nada, preguntó: «Y eso ¿quién lo ha traído?»

¿Rendición de Breda? No. Ni Hemingway es Spínola ni Pío Baroja era Nasau.

*  *  *

No es piadoso repetir con Baroja lo que él ha hecho en los siete tomos de sus «memorias» tituladas Desde la última vuelta del camino -lamentable amasijo de páginas deslavazadas con chistes de almanaque, dedicadas a atacar a todos sus amigos y conocidos de cincuenta años que hace mucho tiempo reposan bajo tierra. Ni ocuparse de sus libros posteriores a 1936 porque no son libros dignos de Baroja, del Baroja de Juventud, egolatría, o de La busca. Para la mayoría de los admiradores del autor de Zalacaín el aventurero, de Silvestre Paradox o de La Casa de Aizgorri, el gran escritor, el magnífico escritor que supo crear un mundo de personajes a lo Galdós, a lo Walter Scott o a lo Balzac, el extraordinario escritor que fue Pío Baroja, -más digno, en mi opinión, del Premio Nóbel que Hemingway- terminó su carrera de escritor con El Cura de Monleón. Después de esa fecha -1936- y de ese libro, Pío Baroja ha vivido la terrible tragedia de sobrevivirse. El Cura de Monleón es, precisamente, el libro del que la España oficial y el propio Pío Baroja no quería acordarse, después de haber regresado el novelista a España.

El Cura de Monleón es, probablemente, la peor novela de Pío Baroja. Pero es una novela sincera y auténticamente barojiana. Tanto que por culpa de ella tuvo el gran novelista que salir huyendo de su casa de Itzea, en Vera del Bidasoa, perseguido por los franquistas y los requetés, y refugiarse en Francia, al comienzo de la guerra civil española. También es posible que por culpa de El Cura de Monleón se haya muerto Baroja sin la satisfacción de recibir el Premio Nóbel que merecía. Ni la España oficial ni la oficiosa podían perdonarle ese libro, a pesar de sus libros posteriores. De la misma manera que muchos de los que fueron -son- sus lectores fieles no podrán perdonarle sus libros posteriores, a pesar de sus libros anteriores.

*  *  *

A Pío Baroja se le puede definir como el novelista español más fecundo de este medio siglo. Sólo otro escritor español, anterior a él pero muy cerca de él, aun cuando Baroja no quisiera confesarlo, puede comparársele: Galdós. Pío Baroja ha producido más de un centenar de libros en poco más de cincuenta años: sobre todo novelas, aparte de sus biografías y de sus ensayos, sin tener en cuenta en este resumen sus muchos artículos publicados en periódicos y revistas no recogidos en volúmenes. Es interesante evocar, aunque sea rápidamente la biografía del gran novelista vasco porque en ella podría encontrarse la explicación de muchas «cosas» barojianas que para algunos no tienen explicación.

Pío Baroja y Nessi -«vasco por tres costados e italiano por uno», según propia confesión- nació en San Sebastián el año de 1872, en una casa burguesa, acomodada, de ambiente literario y artístico, pero sin dinero. Más tarde, la obsesión del dinero, su lamentación por la pobreza del escritor, la exageración de una miseria que no ha existido nunca llevará al novelista a una constante quejumbre y a atacar con los más feroces comentarios a los pobres bohemios sablistas que le pidieron unas pesetas y luego no se las devolvieron. El padre, ingeniero de Minas, fue también escritor y un buen violonchelista aficionado. (Su abuelo fue impresor en San Sebastián e introductor y traductor en España de muchos libros que la barrera aduanera del pensamiento oficial de la monarquía impedía difundir en España). El hermano de Baroja, Ricardo, espíritu inquieto y aventurero, revolucionario sin freno -perdió un ojo en un transporte clandestino de armas poco antes de la proclamación de la República Española-, fue escritor, además de pintor, grabador y aguafortista; y su hermana Carmen, viuda del editor Caro Raggio, fue repujadora de gran talento, además de escritora y de haber ocupado una cátedra en la Escuela de Artes y Oficios de Madrid.

Baroja estudió el bachillerato en Pamplona y Madrid, a trompicones. Sus profesores decían: «Este chico es un cazurro» o «Baroja no será nada». Después cursó la carrera de Medicina en Valencia y el doctorado en Madrid, donde su espíritu no conformista, su rebeldía indomable, su anarquismo típicamente ibérico le llevaba a burlarse de las figuras más eminentes de la Facultad, tomo el Doctor Simarro, uno de los hombres de más sólido prestigio en los años finales del siglo XIX.

Con el doctorado en el bolsillo Baroja se fue a ejercer la medicina a un pueblecillo de Guipúzcoa -Cestona- que entonces no tenía ni la fama ni la importancia que le ha dado después su balneario para las afecciones hepáticas. Dos años de médico rural, alojado en casa de la sacristana del pueblo, acudiendo en un rocinante rural a sanar las enfermedades de los «caseros» de los alrededores. Cansado del trabajo abrumador y sin horizonte de la medicina rural, se trasladó a Madrid para hacerse cargo de la dirección de una panadería con la que se estaba arruinando una tía suya. Seis años de panadero y de contacto con escritores de la época. La ruina y con ella el cierre de la panadería. Un primer libro, 1.900, Vidas sombrías, colección de narraciones escritas en el libro de las «igualas» en la «sociedad de dos en compañía» de la sacristana de Cestona. El título de este libro rebasa los límites de la obra, en la que describe unos personajes, una visión de la vida, un concepto del mundo áspero, dramático y fatalista.

A partir de esta fecha comienzan sus viajes por España. Es la característica de la «generación del 98», la vuelta al paisaje español, el culto de lo castizo, el afán de recrear a España, el gusto andariego de conocer pueblos y hombres que llevó a Azorín a Castilla, a Antonio Machado a Soria y a su circunstancia, y -un poco más tarde- a Ortega y Gasset a conocer a España palmo a palmo, nervio a nervio, carretera por carretera y caminito por caminito con una competencia de peón caminero genial. Baroja recorrió gran parte de España, sobre todo las dos Castillas, Extremadura y Andalucía, aparte de su país natal, en ferrocarril, en automóvil y, a veces, con un borrico como animal de trasporte, solo o acompañado por el espíritu fantástico de su hermano Ricardo -el Paradox de Aventuras y mixtificaciones de Silvestre Paradox- o por el magnífico y nunca bien ponderado señor Don Ciro Bayo, el escritor bohemio y andariego por España y las Américas, autor de El lazarillo español. Valencia ya la conocía. El resto de España le importaba menos. Lo ha dicho con la rotunda brusquedad que fue su característica cuando hablaba espontáneamente, sin reservas mentales o miedos seniles de represalias: «Tengo dos pequeñas patrias regionales: Vasconia y Castilla, considerando Casilla, Castilla la Vieja. Tengo, además, dos balcones para mirar el mundo: uno de casa, el Atlántico; otro de cerca de casa, en el Mediterráneo. Todas mis inspiraciones literarias proceden de Vasconia o de Castilla. Yo no podría escribir una novela gallega o catalana. (¿Nacía de esto su odio a Armando Palacio Valdés, autor de novelas asturianas, valencianas, madrileñas, andaluzas y de otras regiones?) Entre vascos castellanos es donde me gustaría tener mis lectores. Los demás españoles me interesan menos. Los españoles de América y los americanos no me interesan nada».

Fuera de España, Baroja recorrió Francia, Inglaterra, Suiza Italia y los demás países ribereños del Mediterráneo de los que ha dejado amplias descripciones en sus libros. Fuera de sus viajes -«Yo soy un hombre humilde y errante»-, ha dicho en Juventud, egolatría. Madrid, la tertulia de su casa, la busca de libros antiguos y de estampas por la Cuesta de Moyano o por las librerías de viejo de la Ancha de San Bernardo y sus alrededores o su casa de Itzea, en Vera del Bidasoa.

Al estallar la guerra civil española Pío Baroja se encontraba en su casa de Itzea. El pueblo, las milicias republicanas, le respetaron porque le habían considerado siempre como un hombre liberal. En Juventud, egolatría se había definido él mismo como anticlerical, antimilitarista («yo soy un antimilitarista de abolengo»), dogmatófago, («tengo una dogmatofagia incurable») enemigo declarado de toda clase de dictaduras, anarquista, republicano... (Incluso había sido en la segunda década del siglo candidato a concejal por Madrid y candidato a diputado a Cortes por Fraga, como republicano radical).

«Cuando yo vine a vivir a esta casa de Vera -cuenta en Juventud, egolatría- los chicos del barrio se habían apoderado del portal, de la huerta y hacían de las suyas. Hubo que irlos ahuyentando poco a poco hasta que se marcharon como una bandada de gorriones. Para los chicos, mi familia y yo debíamos de ser gente absurda, y un día, al verme a mí un chiquillo, se escondió en el portal de su casa y dijo: -¡Qué viene el hombre malo de Itzea! El hombre malo de Itzea era yo. Quizá este chico había oído a su hermana, y la hermana había oído a su madre, y su madre a la sacristana, y la sacristana al cura, que los hombres de poca religión son muy malos; quizá la opinión no había partido del cura sino de la Presidenta de las Hijas de María o de la Secretaria de la Entronización del Sagrado Corazón de Jesús; quizá alguno había leído un librito del Padre Ladrón de Guevara, titulado Novelistas, buenos y malos, que se repartió en el pueblo el mismo día que yo llegué a él, y que dice que yo soy un impío, clerófobo y deshonesto. Viniera de en conducto o de otro, el caso, para mí importante fue que en Itzea había un hombre malo, y ese hombre malo era yo».

Cuando Guipúzcoa cayó en poder de los franquistas, los falangistas y los requetés fueron a buscar al «hombre malo de Itzea». Pero el impío, el clerófobo, consiguió pasar la frontera de Francia en donde vivió, hasta que terminada la guerra, el aico de Vera de Bidasoa, su hermana, la sacristana, el cura, la Presidenta de las Hijas de María, la secretaria de la Entronización del Sagrado Corazón de Jesús, y el Padre Ladrón de Guevara le permitiere regresar a España. Antes, en 1938, cuando consideró que las tropas franquistas iban a vencer, dio a la imprenta, en España, dos libros, uno de ellos con prólogo de Giménez Caballero, traductor al español de La técnica del golpe de Estado de Curzio Malaparte y el más documentado teorizante del fascismo en España.

Después de su regreso, comenzó a publicar todos los libros que había escrito -y guardado- durante su permanencia en la Ciudad Universitaria de París, como emigrado español. Pero ya don Pío no era Baroja. Quizá sea oportuno recordar una frase suya de hace veinte años: «Hay entre mis libros dos clases distintas: unos los he escrito con más trabajo que gusto. Otros los he escrito con más gusto que trabajo».

*  *  *

Baroja es, sin disputa, una de las figuras más destacadas de la llamada «generación del 98». No hace falta insistir sobre el significado de esta apelación -que el Duque de Maura empleó por primera vez- que más tarde hizo fortuna hasta convertirse en título obligado de capítulo en todos los manuales de Historia de la Literatura Española. Baroja -hombre individualista como pocos- negó siempre la existencia de esta generación. Hasta en los últimos años de su vida -incluso en sus «memorias»- se negó a aceptar que existiera el más pequeño nexo entre él, Azorín, Valle Inclán, Unamuno, Machado, y demás componentes de la generación. Sin embargo -y en esto el testimonio de Azorín es capital y definitivo- la generación existió y Baroja fue, sin disputa, uno de sus valores más fundamentales y representativos.

De aquella generación sólo queda Azorín, su gran amigo, el único escritor a quien no ha maltratado Baroja en sus «memorias».

Hace quince años, cuando Baroja no había publicado aún los siete tomos de Desde la última vuelta del camino, decía de él Azorín: «A los adversarios los juzga Baroja con acritud, en forma absoluta y decisiva. Pero ocurre un fenómeno singular que yo no he advertido en ningún otro escritor: los escritores y negaciones de Baroja no dan idea ni de odio, ni de rencor, ni aun de leve inquina. Todas sus censuras están impregnadas de naturalidad, están tan dentro de un ambiente espontáneo sin deliberación previa maligna que el interlocutor de Baroja o su lector, no experimentan sensación penosa».

Acaso lleve razón Azorín. Más aun, quisiéramos que tuviera razón Azorín. Así justificaríamos la pena que sentimos, a pesar de todo, muchos viejos lectores del gran escritor español por la gran pérdida que su muerte significa para la literatura española.

¡Abajo don Pío y viva Baroja!

ANTONIO OTERO SECO




ArribaAbajoEl futuro de España

Manuel de Irujo


La Revue de Psychologie des Peuples en su número correspondiente al primer trimestre de 1956 contiene un buen trabajo de Abel Miroglio sobre la Interdependencia de los Pueblos, tema puesto de actualidad en Francia, que ha empleado esa misma fórmula para ordenar las relaciones que mantiene con Marruecos y Túnez, de manera que estos países puedan quedar independientes, pero no separados.

Los antecedentes de las ideas de interdependencia hay que buscarlos en las mismas fuentes donde se va preparando la corriente de solidaridad humana, aplicada a la vida internacional: la democracia helénica, el cristianismo, Francisco de Vitoria, Hugo Grotio, el Duque de Sully en su Gran Designio de 1599, William Penn en su Ensayo sobre la paz de Europa de 1693, Bernardino de Saint Pierre en 1713, Rousseau, Leibnitz, Bentham, Kant en su Paz Perpetua y Principios de Política, Saint Simon en su Reorganización de la Sociedad Europea de 1814 y la pléyade de pensadores y políticos de la Edad Contemporánea.

Christian Richard, pastor metodista, nacido en Suiza, naturalizado americano, doctor en diversas universidades, entre ellas la Sorbona, profesor de la Universidad de Iowa, preparó la «Declaración de Interdependencia» con el designio de llegar a «la elaboración de un programa mínimo de principios morales susceptibles de ser adoptados como base común de relación por todos los hombres de buena voluntad». Richard murió el verano pasado. El Dr. Otto T. Mallery es actualmente el Presidente del «Interdependence Council». El Movimiento trae causa de la memoria de Benjamín Franklin, ha solemnizado su Declaración en el 250 aniversario de su nacimiento, y tiene su sede en Filadelfia. André Lalande, Presidente del grupo francés, es autor de un Ensayo de Catecismo moral publicado en 1905 y un Compendio de moral práctica que vio la luz en 1907.

El lento y trabajoso andar por las rutas de la solidaridad no es obra de una nación, ni de una doctrina, ni de un interés económico, ni corresponde a una época determinada. El hombre ansía a través de la historia, que los grandes problemas que afectan a los derechos de la persona, a la paz y al concurso solidario de los hombres y los pueblos, encuentren garantías que no dependan de los apetitos del poderoso -hombre, pueblo o clase social-, ni de las veleidades del tirano, ni de los contratiempos económicos. Cuando el género humano padece un cataclismo, reacciona contra las causas que lo han producido. El signo de ese anhelo es la solidaridad, la interdependencia, la comunidad, que sea capaz de garantizar una vida de derecho y de paz. Esa misma expresión es la que imprime carácter al Congreso de los Profesores Demócratas Españoles reunidos en La Habana, cuya ponencia impresa en 1942 constituye uno de los documentos más ponderados y juiciosos salido de entre los acuerdos y actividades de la democracia peninsular en exilio.

Con el título de La Comunidad Ibérica de Naciones fue editado por Ekin de Buenos Aires en 1945 un volumen en el que se contiene el intento, enderezado a aquel mismo objetivo, desarrollado en Londres durante los años de guerra y del que soy uno de los gestores, con los Sres. Araquistain, Pi Suñer y Cortesao. En Abril de 1950 tuvieron lugar en París las «Jornadas Federales» organizadas por el «Consejo Federal Español» miembro del «Movimiento Europeo». En ellas participaron representantes socialistas, liberales, demócratas cristianos, republicanos, monárquicos, catalanes y vascos, bajo la presidencia del Sr. Madariaga y con asistencia de un grupo de intelectuales y políticos europeos, entre ellos André Philip, Henri Brugmans, Robert Bichet, Henri Frenay, André Voisin y Rebattet. Las Resoluciones aprobadas, tras largas y no siempre fáciles deliberaciones, en los órdenes político, jurídico, cultural y económico-social, podrían ser hoy mismo programa común de gobierno en un régimen democrático para España.

En México Carretero Nieva se esfuerza al correr de los años de exilio en forjar las bases reales que hagan posible la convivencia pacífica en España, en un régimen de interdependencia para los hombres y para los pueblos. La revista Las Españas sigue esas mismas rutas con esfuerzo y constancia. En Octubre de 1955 Don Eduardo Ortega y Gasset dio un manifiesto que tituló «Movimiento Confederal pro Comunidad Ibérica de Naciones», en avance sobre las rutas marcadas por los dos anteriores. Y recientemente, un gran amigo nuestro de México, Don Pedro Gringoire, tomando base en las ideas expuestas por Ortega y Gasset, las amplía en un magnífico trabajo que vio la luz en Excelsior de México.

La «Declaración de Interdependencia» se asienta sobre la doctrina de que la suerte de la humanidad depende de los sentimientos de los hombres. Los intereses comunes que los acercan son más fuertes que las barreras artificiales que los separan. Ningún hombre y ningún pueblo puede vivir solo. Por la unión de elementos diversos han de ser formadas asociaciones durables para resistir las presiones que puedan originar conflictos. El sacrificio de millones de hombres no disminuirá la desconfianza recíproca de los supervivientes. Debemos buscar ser dignos de la confianza de los demás. Vamos unidos por la fe creadora de un mundo libre y pacífico, accesible por acción cooperativa. Con esa fe, emplearemos la interdependencia humana creciente para progresar pacíficamente, comprendiendo que no solo de pan vive el hombre y que el progreso material no puede proporcionarle la paz y la felicidad. Contiene 21 cláusulas, en las que se afirman los temas de la vida y dignidad humana, las libertades públicas, garantías individuales y derechos de la persona, física y colectivamente considerada, la cultura, el trabajo, la juventud y sus designios, la salud física y mental, la autonomía y libre determinación de los pueblos, la reforma agraria, humanización de las barreras aduaneras mientras no sea posible suprimirlas, el fomento de las corrientes de comunidad, concierto económico y federación política entre las sociedades humanas, la paz, la verdad, la confianza, el desarme y la comunidad internacional.

La Declaración de Interdependencia está suscrita por representaciones provenientes de cincuenta países. Los de habla española son: Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Costa Rica, Ecuador, Guatemala, Honduras, México, Panamá, Paraguay, Perú, Filipinas, El Salvador, Uruguay y Venezuela. Para la redacción de los términos de interdependencia política fueron examinados textos de Benjamín Franklin, Wendel Wilkie, Woodrow Wilson, Franklin Roosevelt, Eisenhower, el Pontífice romano Pio I, Dostoiewski, Gandhi, Huxley y Pearson, el estadía canadiense. Miroglio en su trabajo se extiende en consideraciones sobre la interdependencia de acho y la interdependencia de voluntad, la interdependencia reconocida y la interdependencia ignorada, la interdependencia económica y la interdependencia cultural.

En movimiento paralelo a los antecedentes relacionados, aparece la iniciativa del Partido Laborista Británico, exteriorizada en su publicación Personal Freedom. Labor's Policy for the Indiviual and Society. Constituye una afirmación contundente de los derechos de la persona humana, en su concepción individual y social, como base de una política. Los principios de interdependencia son ampliamente aplicados a los temas relacionados, aunque no se mencionan con aquella designación. Presta mayor interés al texto inglés el tratarse del programa de la socialdemocracia británica, posible y probable sucesora del actual gobierno del Reino Unido.

La Resolución Política adoptada en las jornadas Federales de Abril de 1950, entre otros extremos afirma: «La solución del problema español consiste en organizar España de manera que recobre la libertad y la paz interiores y a la vez se ponga en condiciones de ser admitida y cumplir los compromisos que requiere su incorporación a la vida internacional... Cualquiera que sea el juicio que pueda merecer la acción pasada del General Franco y de su régimen, nadie puede desconocer que su permanencia constituye hoy el obstáculo fundamental en el camino de la paz y el resurgimiento de España.... El encuadramiento del problema español en la esfera de Occidente es un hecho que viene determinado por razones geopolíticas, culturales e históricas, anteriores y superiores a la voluntad de nuestra generación.... España no puede ser una excepción en el seno de la Comunidad de pueblos occidentales. La democracia no es una palabra vana, sino un sistema político y un modo de vivir. Restablecer le democracia en España significa... a) Terminar con el sistema de partido único... b) Respetar a la oposición... c) Reconocer a todos los ciudadanos las mismas libertades esenciales... d) Reconocer asimismo a los diferentes pueblos peninsulares la libertad de desenvolver su propia personalidad política, su lengua y sus tradiciones. e) Garantizar el respeto a todos los cultos religiosos sin perjuicio de concordar, en su caso, con la Santa Sede, la especial situación de la Iglesia Católica. f) Restablecer la libertad de enseñanza, prensa, radio y de todos los medios de expresión... g) Asegurar la libertad de constituir asociaciones económicas... sindicatos obreros y corporaciones industriales... h) Practicar una forma de Gobierno cuyos poderes emanen del voto popular libremente expresado y se renueven periódicamente mediante consulta electoral, y cuyo ejercicio no represente privilegio ni excepción a favor del partido gobernante» -La Resolución jurídica de abril de 1950, después de analizar «el régimen franquista de España, por su origen, su naturaleza y estructura», afirma: «Nos referimos a la España oficial, pero no a los pueblos que la componen, porque estos, aherrojados por el régimen policiaco existente, e impedidos para expresar libremente su voluntad, anhelan el restablecimiento de sus libertades, instaurando en España un régimen democrático, que reúna todas las características y condiciones requeridas en el Estatuto constitutivo del Consejo de Europa y en el proyecto de Convención Europea de Derechos del Hombre». «Para España -dice más adelante-, el régimen democrático significa, además, reconocer a los diferentes pueblos peninsulares la libertad de desarrollar su propia personalidad política, con todos los derechos inherentes a la misma».

Le Resolución Cultural de Abril 1950, por su parte, en el estudio y enjuiciamiento del problema, hacía constar: «No seríamos consecuentes con estas ideas de Federación Europea si no tuviéramos la firme vocación de hacerlas aplicar dentro de los límites del Estado que nos es común, Estado caracterizado precisamente por esa diversidad cultural, que en tiempos de verdadera democracia política fue reconocido por la ley. La coincidencia de esas culturas varias que se reflejan en lenguas distintas actualmente perseguidas dentro del mismo territorio geográfico -trasunto en el área estatal de lo que los pueblos europeos son en el cuadro continental- abona, por nuestros afanes federalistas de orden interno, nuestra comprensión del federalismo europeo y nuestro entusiasmo por la proyectada organización de la Europa futura.... Por lo que se refiere a las culturas peculiares de las colectividades que integran el Estado, nuestros hermanos que luchan dentro tienen todos los días que hacer frente, si quieren servir esas disciplinas, a un régimen que persigue lo que en cualquier sociedad civilizada es derecho y hasta deber naturales de los hombres y de los pueblos». En su Resolución cuarta afirma: «El C.F.E. del M.E. reconociendo la diversidad cultural encuadrada en el Estado español, defenderá las características de esas culturas varias, se opondrá a toda tentativa genocida y se esforzará en defender la subsistencia de aquellas dentro de la futura organización política del Estado».

Don Francisco Largo Caballero, hallándose en su lecho de muerte, rodeado de sus familiares y amigos más íntimos, me hizo las manifestaciones que publiqué bajo el título de «Testamento político del Señor Largo Caballero» y de las que copio las líneas que siguen: «Desde el Campo de concentración de Alemania tengo una gran preocupación. No quiero morirme sin expresarla... Es mi preocupación fundamental desde hace varios años... El equilibrio económico de España no podrá lograrse sin dar a España una organización que responda a su verdadera formación. Yo soy cada día más regionalista. Mientras España no sea un conjunto de regiones que vivan con facultades suficientes para desarrollar sus posibilidades económicas, España no tendrá equilibrio económico ni político. Es preciso que no nos detengamos hasta lograr una organización política para España en que las regiones puedan vivir ampliamente, porque es así como podrá conseguirse que España pueda desarrollar sus facultades. De otra manera seguirá sin lograr alcanzar el equilibrio al que me he referido. Si yo no me muero, me encargaré de hacer saber a los demás mi criterio en este sentido. Pero no quiero morirme sin decirlo y por eso le vuelvo a repetir mi agradecimiento de haber venido aquí, lo que me permite decirle a usted cual es mi manera de pensar. Y vuelvo a repetir que esto no es producto transitorio, sino lo que de manera constante me preocupa hace mucho tiempo, concretamente desde que estaba en el Campo de concentración alemán, donde dediqué a estos pensamientos muchos momentos». A los pocos días, el luchador obrero cerraba sus ojos para siempre. Desde Londres escuché las honras fúnebres que le ofreció la emigración, radiadas por la emisora francesa.

Partiendo de doctrinas y posiciones diversas y empleando lenguaje distinto, los Profesores republicanos reunidos en La Habana y la Comunidad Ibérica de Londres, Carretero y Las Españas de México, Ortega y Gasset y Gringoire, las «Jornadas Federales» y Largo Caballero, y con ellos o contra ellos, los libros, periódicos y revistas publicados en el curso del exilio por catalanes, gallegos y vascos, todos vienen al mismo cantar. Es preciso forjar un régimen, una organización estatal, entendiendo por tal la «sociedad política», el «país legal», que sea capaz de representar, corresponder y servir a la nación o naciones peninsulares, o lo que es lo mismo a las «comunidades naturales», al «país real». Ni la monarquía, ni la república, ni la contrarreforma, ni el concepto jacobino de la libertad y del Estado, pueden, por ellos mismos, suprimir ni ignorar la realidad nacional. Deben comenzar por reconocerla, para construir el Estado -el país legal- al servicio de la nación -el país real-.

A partir de la Edad Moderna, se olvidó en España esa regla de buen sentido, para que la nación fuera modelada por el Estado, tomando el tipo de régimen de los que en cada momento ejercían su hegemonía en Europa. Así, un día fueron los Austrias, otro los Borbones, y otro el tipo de unidad constitucional, unitario y centralista, copiado también de Francia. Y no es aquel error el que menos ha proyectado sus consecuencias para que hoy computemos la Península dividida y la que debiera haber sido fecunda Comunidad Ibérica de Naciones, disuelta.

Cabe a la Segunda República Española el mérito y el esfuerzo de haber sentado la doctrina por la cual, la sociedad política pueda ser constituida al servicio de la comunidad natural, de manera que el país legal sea la expresión del país real, y el Estado represente a la nación. No debe ser otro el principio adoptado por una democracia peninsular para constituirse en régimen político. Solo sobre la verdad puede edificarse con firmeza. En momento solemne, el Gobierno de la República presidido por el Dr. Giral, lo advirtió al mundo en el Memorandum dirigido al Subcomité de Seguridad, a nombre de su Gobierno, el 9 de Mayo de 1946 y que figura transcrito en texto inglés en el Official Records de junio del mismo año página 55: «It is perhaps not out of place at this point to refer to another disturbing element likely to endanger peace; the unitary and centralizing policy of General Franco refuses to admit the reality of Spain in which Catalonians, Galicians and Basques have each a distinctive personality. The Republic opened up a legal way to the realization of these ambitions by placing on an equal footing the separatist movement caused by the monarchist regime. By rescinding the Statutes of self-government for Catalonia and Basque Country, Franco has produced a situation which, if it were prolonged, would constitute a serious and permanent threat to peace and which might ultimately have repercussions outside the península.»

El futuro de España descansa en edificar sobre la verdad, en forjar el Estado al servicio de la nación y en hacer que el «país legal» sea expresión del «país real».

MANUEL DE IRUJO




ArribaAbajoMenéndez Pelayo, la confusión y la conspiración

Ramón Sender


Últimamente se ha inaugurado en España otra «cruzada» (todo se hace allí por extremos históricos y histéricos) en favor de Menéndez Pelayo. El autor de los Heterodoxos no necesitó de esas asistencias castrenses para que su influencia llegara a los últimos rincones del mundo de habla española. Pero en fin la «cruzada» está ahí. Y es una cruzada pacífica. Hay un barco que anda por el mundo con una biblioteca, una pinacoteca y una discoteca y también con muestras industriales. La biblioteca tiene miles de ejemplares de Balmes, de doña Concha Espina de la Serna y de Menéndez Pelayo. No va en muy buena compañía el gran don Marcelino, esta vez.

La España de Franco es como todos sabemos una cruzada servida por multitud de pequeñas cruzaditas. Por ahora Menéndez Pelayo es el héroe. Héroe de la catolicidad, de la españolidad, de la castellanidad. Nadie lo lee, eso no. Resulta demasiado liberal -hizo elogios ocasionalmente de moros y judíos- y su estilo es también demasiado terso y diáfano. No escribe como los académicos de la cruzada. No escribe por ejemplo como el expresidente franquista de la Real Academia Sr. Pemán, quien comienza uno de sus artículos -en una revista que tenemos a mano- diciendo: «Parece que es una ley del evolucionismo esta de que los grandes éxitos biológicos se inmovilizan y estancan». El pobre Menéndez Pelayo no supo nunca en su vida como se puede «inmovilizar» un éxito biológico. Pero así anda el mundo. La revista que publica eso, la Estafeta literaria, parece muy satisfecha del autor y del éxito biológico que se inmoviliza.

La gente de las letras oficiales lleva un año en España gritando viva Menéndez Pelayo y enredándose la voz y los pies en el humanismo liberal -conservador del autor de los Heterodoxos aunque no muy seguros de estar haciendo lo que deben hacer. Unas veces los comentaristas de Menéndez Pelayo se admiran de su propia valentía y otras se espantan de las conclusiones a las que el gran escritor santanderino los conduce velis nolis. En el número de esa revista al que aludo antes, toda la primera página (formato de gran diario) está dedicada a los curas y a los toreros. Cinco columnas a Manolete y a sus comentadores. El resto a temas religiosos: Pemán que trae al padre Thaillard de Chardin y a nuestro padre Gracián a testimoniar en abono de su «inmovilización del éxito biológico». Y un artículo titulado: «Un llamamiento de la iglesia a los intelectuales españoles» firmado por V. L. Agudo que debe ser religioso ya que toma el acento monitor del Santo Oficio.

La página se divide, pues, entre las dos zonas de la cultura oficial de hoy: curas y toreros. Falta el tercer elemento: el militar. Pero desde la pérdida de Marruecos parece que hay dudas sobre la oportunidad de incluir o no al ejército entre los elementos hacedores de cultura imperial. Claro es que hay sacerdotes y militares que no tienen nada que ver con todo esto.

Lo que llama la atención en el artículo de V. L. Agudo es su nebulosidad. Es probable que se trate de un señor de veras agudo que ha escrito un artículo luminoso sobre la cultura española. El artículo está tan lleno de contradicciones y de faltas de sentido que la reflexión natural del lector es la siguiente: es imposible que el Sr. Agudo sea tan tonto. Aquí ha debido intervenir la censura. La censura en nombre de la verdad puesto que los metropolitanos «son los depositarios de la sacra, permanente e invariable verdad de Dios», según el Sr. Agudo.

Suele ser con frecuencia la censura eclesiástica civil o militar madre de confusión y fuente de oscuridad. En todo caso el autor del artículo que ocupa el lugar de honor con el título antes indicado gracias a la censura no se sabe si defiende la intolerancia o la libertad de expresión. Por un lado habla de la sabiduría de los metropolitanos que velan por la pureza de la verdad y en su canónico nombre defiende la intransigencia. Después de citar a Balmes una vez más (ya hemos dicho que en toda la extensa página no se habla sino de curas y de toreros) copia algunas frases de Menéndez Pelayo. ¿Cuales? ¿Las de la intolerancia? No. Todo lo contrario. Y eso nos llena de perplejidad.

Las que cita son las siguientes: «Dios hace salir el sol de la ciencia y del arte sobre moros, judíos, gentiles y cristianos, creyentes o incrédulos según place a sus inescrutables designios». Hasta aquí la cita es clara. Lo que viene después es como la nebulosa turbia que deja detrás de sí la tinta del calamar. Sigue la cita de Menéndez Pelayo : «... y no es indicio de piedad sino de orgullo farisaico pretender para los cristianos por el mero título de tales la posesión de aquellos dones del orden natural que no son incompatibles con el error teológico ni aun con la voluntaria ceguedad del espíritu degenerado que se empeña en arrancar de sí propio la noción de lo divino.» Toda esta confusión no es de Menéndez Pelayo, que escribía con claridad y no creía en los «éxitos biológicos que se inmovilizan». Lo que ha sucedido es que los poseedores de la verdad o sus agentes han intervenido a última hora en la imprenta.

Esa frase cruda que se desvía y retuerce carece de sentido. Luego la cita de Menéndez Pelayo vuelve a ser correcta: «Nunca he podido comprender a los extraños apologistas que con negar toda clase de ciencia e ingenio a los adversarios de la fe, creen haber obtenido sobre ellos la más cumplida victoria».

Aclarada la voluntad de liberalismo de don Marcelino queda aun el sentido críptico del artículo, cuyo resumen es: «La intransigencia es inevitable y sagrada, pero la tolerancia no está mal. Sin embargo la tolerancia es signo de degeneración -Balmes- aunque el tolerante Menéndez Pelayo no tiene nada de degenerado sino al contrario». Reflexiones por las cuales hay que ser intolerante, liberal, fiel a Balmes para evitar la degeneración y a don Marcelino para evitar el sectarismo, todo al mismo tiempo. La cosa parece ardua. Ya lo dice el articulista: «La síntesis es difícil. Pero la da la vida, esa difícil vida que es el cristianismo». Ojalá sea verdad lo que dice el Sr. Agudo y el cristianismo nos de la síntesis espontánea y naturalmente. Pero al mismo tiempo y por si acaso los estudiantes, los jóvenes escritores, los obreros, el pueblo, están propiciando esa síntesis en la calle, en las universidades, en los cuarteles (incluso los conventos). En todas partes donde la conspiración es posible.

RAMÓN SENDER



LA ESPAÑA DE MAÑANA

Encuesta de Ibérica

Ante el problema máximo de España, el de la sucesión del régimen actual-que ha de presentarse en plazo no lejano -hemos creído de nuestro deber abrir una encuesta sobre aquellas cuestiones que, a nuestro juicio, serán fundamentales su conocimiento en esa nueva etapa de la vida española.

Con esta finalidad hemos redactado el cuestionario que va a continuación. Ha sido sometido a significadas personalidades políticas españolas del interior y del exilio, a los más caracterizados representantes de partidos políticos y sindicales a fin de poder hacer un estudio equilibrado de opiniones. Creemos así prestar un servicio a la colaboración fraternal de los españoles en la empresa común de su futuro nacional.

Algunas preguntas del cuestionario van dirigidas a aquellas personas que conservan una responsabilidad en sus partidos o grupos políticos respectivos, otras a aquellas que, sin pertenecer en la actualidad a ningún grupo ni partido, estimamos que están en condiciones de emitir opiniones valiosas a nuestra finalidad.

Aquellos de nuestros lectores que se encuentren capacitados para contestar al cuestionario pueden hacerlo, de esas contestaciones espontáneas publicaremos lo que sea posible, pero en todo caso ese material servirá para el resumen que finalmente haremos de esta encuesta.

Las contestaciones serán acogidas con la cortesía obligada sin que nuestra revista se considere interpretada en ninguna de ellas. En su día Ibérica expresará sus puntos de vista.

ENCUESTA

¿Cómo concibe Vd. el futuro de España?

  • Política
  • Cívica y
  • Económicamente

¿Cuál sería su fórmula para articular un programa de reconstrucción nacional?

  • Reconstrucción política y ciudadana
  • Reconstrucción económica
  1. En qué forma aspira a gobernar España el partido a que Vd. pertenece.
  2. Cómo cree posible lograr la colaboración de los restantes españoles.
  3. Qué estudios o trabajos ha realizado el grupo o partido a que pertenece Vd. durante estos últimos años acerca de estos puntos:
    1. capacidad técnica de los españoles para mejorar la explotación de los recursos económicos del país (agrícolas o industriales)
    2. cómo explotar la riqueza nacional con medios propios
    3. cómo va a ser posible librarse de la actual opresión eclesiástica sin horrores ni violencias
    4. cómo concibe la relación entre las diversas regiones y mediante qué medios efectivos puede establecerse una mayor solidaridad entre las distintas zonas y gentes de España
  4. Qué forma de gobierno prefiere Vd. para España, y cómo espera y concibe que una mayoría suficiente de españoles la apoye sin necesidad de imponerla mediante procedimientos violentos.
  5. Cómo concibe las relaciones internacionales en este momento.



ArribaAbajoLa era de Trujillo2

Jesús de Galíndez


«Todo clima de dictadura es buen vivero para la propaganda comunista».

El «anticomunismo» de Trujillo

En el mes de octubre de 1954 Trujillo realizó un breve viaje a los Estados Unidos, el último hasta la fecha. En el curso del mismo hizo repetidas declaraciones a la prensa ofreciendo a los Estados Unidos su experiencia y archivos sobre la infiltración comunista en América, en especial los puso a disposición de un Subcomité de Investigaciones de la Cámara, presidido entonces por el diputado republicano Patrick J. Hillings.

Trujillo no es el único dictador latinoamericano que hoy pretende utilizar ese anticomunismo para justificar su violación doméstica de libertades básicas, en sistema político parecido en muchos aspectos al staliniano; ni la República Dominicana es tampoco el único país latinoamericano donde los comunistas no vacilaron hace pocos años en jugar con cualquier clase de gobierno, aunque fuesen dictatoriales.

Sin embargo, creo útil cerrar este análisis del régimen político trujillista ahondando un poco más en el estudio del Comunismo en la República Dominicana, y la oscilante curva seguida tanto por los comunistas como por Trujillo según fueron los acontecimientos mundiales; así como precisar lo que Trujillo -y otros dictadores latinoamericanos- entienden por «Comunismo» y «comunistas».

El periódico trujillista El Caribe me ha calificado hace poco más de un año como «uno de los más activos agentes encubiertos del Kremlin en Nueva York». Mis revelaciones no pueden ser tan sensacionales como las de un excomunista; sin embargo, circunstancias de la Historia más contemporánea me hicieron relacionarme directamente con los comunistas durante la Guerra Civil española y durante la II Guerra Mundial -aunque no siempre fuesen en términos de alianza sino de oposición abierta-, conozco bien su fraseología y tácticas, y en la República Dominicana fui testigo de algunas de sus actividades.

A fines de 1939 y comienzos de 1940 llegaron varios comunistas españoles en los barcos colectivos. Su proporción dentro de la masa de refugiados era muy pequeña, pero desde el primer momento reaccionaron con su característica disciplina y dinamismo.

Cuando se produjo la huelga de 1942 en los ingenios de La Romana, las autoridades dominicanas ordenaron una redada de comunistas españoles en Ciudad Trujillo, aunque más tarde se les dejó en libertad.

Pero los mejores dirigentes comunistas dominicanos del futuro no se formaron al contacto con comunistas españoles. Creo que no existió una verdadera organización comunista dominicana hasta el regreso de «Periclito» Franco en 1942.

Trujillo elogia a la U.R.S.S.

Entre tanto la República Dominicana se había convertido en aliada de la U.R.S.S. Al principio esto nada supuso en la política internacional dominicana. Pero al acercarse el Centenario en 1944 el Gobierno dominicano deseó que un diplomático soviético estuviese también presente; la dificultad estribaba en que la República Dominicana no tenía relaciones diplomáticas con Moscú.

La invitación oficial dominicana a la U.R.S.S. fue cursada de todas maneras. Y en las fiestas del Centenario, celebradas en febrero de 1944, U.R.S.S. estuvo representada por el Ministro Plenipotenciario Dimitri Zaikin, y por el Secretario Victo Ibertrobor. En consecuencia, la bandera roja soviética ondeó en el Hotel Jaragua junto a las banderas de los demás países representados; y Trujillo condecoró a dos comunistas al concluir las fiestas.

Al año siguiente, en junio de 1945 y tras la rendición de Alemania, Trujillo decidió establecer relaciones diplomáticas con la U.R.S.S. y designar un Ministro dominicano en Moscú. Al efecto dirigió el día 11 de junio un Mensaje al Senado sometiendo a su aprobación el nombramiento del Dr. Ricardo Pérez Alfonseca; Mensaje que reproduce La Nación en primera página a dos columnas el día 13. Es un Mensaje largo, y sumamente interesante hoy que Trujillo se presenta como campeón del anticomunismo. El primer párrafo somete la designación del Dr. Pérez Alfonseca; y el segundo dice textualmente así:

«La designación de ese distinguido diplomático que ha pasado todo el tiempo de la guerra en Europa al frente de nuestra representación en la castigada y heroica ciudad de Londres, para inaugurar la primera Legación dominicana con residencia permanente en Moscú, constituye un acto significativo del sincero deseo del Gobierno dominicano de regular oficialmente y hacer más estrechas nuestras relaciones con la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, relaciones que en la práctica han existido siempre, en pie de mutuo respeto y cordialidad, entre el pueblo ruso y el pueblo dominicano. En efecto, desde muchos años antes de la presente guerra, buques de bandera soviética estuvieron en nuestros puertos, en operaciones comerciales, recibiendo amistoso tratamiento de las autoridades y del pueblo; artistas rusos han estado entre nosotros como embajadores de la rica sensibilidad musical de aquel pueblo; obras de escritores rusos, antiguos y modernos, desde Turguenev hasta Stalin, ocupan importantes sectores de nuestras librerías y bibliotecas públicas, donde siempre han estado libremente a la disposición de todos; ritmos y melodías de los grandes músicos rusos, desde Glinka hasta Shostakovitch, son populares en nuestros círculos artísticos».



Siguen dos párrafos más en que Trujillo alaba la resistencia rusa durante la II Guerra Mundial y un tercero en que recuerda la presencia de dos diplomáticos soviéticos durante el Centenario. El párrafo siguiente resulta hoy el más interesante, por el elogio sin reservas que hace de la U.R.S.S. como una de las grandes fuerzas del mundo democrático, ni más ni menos:

«Como resultado de su noble y poderosa contribución a la victoria de las Naciones Unidas en Europa, y de la inminente constitución, en la histórica Conferencia de San Francisco de California, de la organización mundial para la perpetuación de la paz, la seguridad, la justicia y la cooperación, la Unión Soviética, cuyo poderío material se ha puesto en evidencia al servicio de una elevada causa, será por siempre reconocida como una de las grandes fuerzas para el bien y el progreso con que el mundo democrático puede contar».



El Dr. Pérez Alfonseca pasó, más o menos, un año en Moscú. La U.R.S.S. nunca reciprocó designando diplomático alguno en Ciudad Trujillo. Hacia 1947 el Dr. Pérez Alfonseca fue retirado de Moscú. Poco después Trujillo se convirtió en campeón del «anticomunismo». En el intermedio tuvo lugar su juego interno con los comunistas dominicanos.

El Partido Socialista Popular

No viví el episodio, más serio y con algún resultado, de el deliberado propósito del Gobierno dominicano para conseguir la organización pública de un Partido Comunista dominicano. Y sólo he hablado después ligeramente con alguno de sus protagonistas. Pero esta vez tengo a mi disposición bastantes documentos de fuente trujillista, aunque los comunistas han preferido silenciar su parte en el acuerdo inicial.

Ese acuerdo no consta impreso en parte alguna; pero no dudo que existió, y he logrado más de una referencia de segunda mano sobre su tramitación. Según ellas, el factor decisivo del mismo fue Ramón Marrero Arísty, comisionado por el Gobierno dominicano en la primera mitad del año 1946 par trasladarse a Cuba, conversar con los dirigentes exiliados de tendencia comunista, y convencerles para regresar a la República Dominicana a fin de organizar públicamente su partido.

El primer síntoma de que algo ha sucedido se revela en dos cartas del Presidente Trujillo, dirigidas respectivamente al Procurador General de la República y al Secretario de lo Interior y Policía y publicadas en La Nación del 15 de junio, en que se exhorta a esos altos funcionarios para que respeten todas las garantías constitucionales relativas a la expresión de palabra y a la organización de partidos políticos. Nueve días después, La Nación del día 24 publica otro Mensaje de Trujillo, esta vez dirigido a los exilados invitándoles para que regresen al país; el mismo periódico reacciona tres días después, el 27, con un editorial en primera página que titula «¡Que no regrese esa gente!» ; el doble juego ya está patente en este Mensaje y editorial, para todo aquel que conozca la prensa trujillista donde ningún comentario político se publica que no esté de pleno acuerdo con el Gobierno y en ocasiones tan importantes como éstas siguiendo sus instrucciones precisas.

Ninguno de estos tres documentos alude a los comunistas, las garantías parecen ser de tipo general. Pero los documentos impresos seguidamente confirman también que el ofrecimiento ha estado dirigido a los comunistas. La Opinión del día 1º de julio publica una carta del Comité Central del Partido Comunista, primer documento público que conozco entre los dominicanos de esta tendencia. La Nación replica al día siguiente, extrañándose mucho de que exista tal partido.

En la segunda quincena de agosto se publican nuevas noticias que marcan una etapa más en el proceso. El día 18 de agosto publica La Nación un indulto de Trujillo a favor de varios presos, entre los que se cuenta el dirigente comunista Freddy Valdés. Y el día 27 publica el mismo periódico un Manifiesto del nuevo Partido Socialista Popular.

En ese Manifiesto, sus firmantes repiten en primer término las manifestaciones del Presidente de la República en favor de la formación de partidos políticos, regreso de exilados, etc.; a continuación se proclaman marxistas, leninistas y stalinistas, y declaran su propósito de realizar sus objetivos «mediante una lucha de acuerdo con los derechos y libertades democráticas contenidos en la Constitución vigente».

Esta vez La Nación comenta editorialmente, en el mismo número y en primera página, con este título: «El comunismo sale a la luz pública»; entre otras cosas dice: «¿Qué mejor respuesta en cuanto a la existencia de un gobierno democrático, que el mismo hecho de la constitución del Partido Socialista Popular, y el que sus dirigentes puedan expresarse en tales términos?». Este comentario, y sobre todo esta frase transcrita, revela bien a las claras uno de los propósitos perseguidos por el Gobierno dominicano en 1946: dar apariencias de libertad democrática a su régimen en un período en que el Partido único huele mal.

A fines de septiembre progresa la jugada, y dirigentes comunistas intervienen por primera, y única vez, en un acto oficial. Se trata del Congreso Nacional Obrero abierto el 24 de septiembre, bajo la presidencia de julio César Ballester; en ese Congreso intervienen como Vocales Mauricio Báez y Ramón Grullón, y los dos son elegidos para el Comité Ejecutivo al concluir el Congreso.

A primeros de octubre los comunistas dan un paso más: es una carta que publica La Nación del día 2, en que el Partido Socialista Popular solicita el permiso de ley para continuar sus actividades legalmente; Mauricio Báez firma la carta en cabeza, pero a su lado figuran otros dos comunistas recién regresados de Cuba, Félix Servio Ducoudray y Francisco A. («Chito») Henríquez.

La junta Central Electoral rechaza la solicitud del Partido Socialista Popular. Esta decisión aparece publicada el día 9 de octubre en La Opinión.

Cinco días después, en La Nación del día 14, el Presidente Trujillo en persona adopta de nuevo la posición de dispensador de garantías al dirigir una carta al Secretario de lo Interior recomendándole que tome todas las disposiciones necesarias para que los comunistas puedan organizar legalmente un partido político. De paso se le escapan nuevos elogios a la Unión Soviética y hasta al Comunismo, al decir textualmente en su primer párrafo: «El Comunismo, cuya existencia en la República Dominicana es ya un hecho real de positivas proyecciones, tiene su indudable origen en las organizaciones de la Unión Soviética, y para apreciarlo como gestador de actividades político-sociales. Sería justo no olvidar la abnegada cooperación que en el transcurso de la reciente guerra mundial prestaron aquellos a la democracia». En otro párrafo repite Trujillo una de sus razones para este juego: «Su existencia entre nosotros es, asimismo, un mentís rotundo y elocuente a los calumniadores que infundadamente acusan a la República Dominicana de no estar conducida por un régimen democrático...»

Los comunistas se apresuran a agradecer esta carta, en La Nación del 18 de octubre. Pero Álvarez Pina se opone enérgicamente como Presidente del Partido Dominicano, en La Nación del día 16. Cada cual sigue cumpliendo fielmente su papel.

Como se ve, todos los hechos y documentos mencionados indican que la jugada sólo tenía en consideración a los comunistas. No se ha negociado el regreso de los dirigentes exilados no comunistas, pese a que la primera invitación parecía general. El juego, para los fines que sean, es tener a mano un partido comunista. Pero a primeros de octubre se lanza sorpresivamente a la palestra otro grupo, que no es comunista ni está integrado por exilados que regresan; son los muchachos universitarios de la «juventud Democrática», bajo la presidencia de Virgilio Díaz Grullón. Nada mejor que el ataque que merecen en La Opinión del 17 de octubre, calificándoles de comunistas bajo el título de «¡Abajo el antifaz, farsantes!» para descarnar la verdad; estos muchachos en ningún momento merecen siquiera las palabras oficialmente protectoras de Trujillo.

Pero los dos grupos actúan en calles y mitins. Su actuación culmina en el mitin celebrado en el Parque Colón de Ciudad Trujillo el día 26 de octubre. Testigos presenciales me contaron después que varios agentes provocadores del Gobierno ocuparon posiciones en las calles laterales, e intentaron primero silenciar a los oradores; después atacaron la tribuna, iniciando la reyerta en que hubo algunos heridos ligeros.

Este mitin y sus incidentes dieron pretexto al Gobierno para tomar sus primeras medidas de represión que comienzan siendo «reglamentarias». De hecho en lo sucesivo no se celebrarán más mitins públicos del Partido Socialista Popular, ni de juventud Democrática.

Represión del Comunismo desde 1947

A primeros de 1947 se manifiestan los síntomas de un cambio de política gubernamental. Y en marzo se recrudecen los ataques con motivo del regreso al país de Periclito Franco.

En las semanas sucesivas son detenidos todos los miembros del Partido Socialista Popular y juventud Democrática que no consiguen asilarse a tiempo.

El juego con los comunistas ha concluido. Una Ley Nº 1443 del 14 de junio prohíbe las agrupaciones comunistas, anarquistas y otras opuestas al sistema civil, republicano, democrático y representativo del Gobierno de la República. Y un Decreto anterior del 9 de junio crea la «Comisión de Investigación de Actos Antidominicanos».

Los muchachos detenidos en 1947 permanecieron en la cárcel hasta que a primeros de 1950 llegó a la República Dominicana la Comisión Investigadora de la situación en el Caribe. En febrero de 1950 se dictó una Ley de Amnistía, y en su virtud fueron libertados casi todos ellos; Freddy Valdés había muerto en la cárcel, se dice que asesinado. Los máximos dirigentes comunistas salieron al exilio poco después.

No tengo información reciente alguna sobre la posible existencia de una organización comunista clandestina en la República Dominicana. No me sorprendería que hayan quedado algunos elementos individuales sin destaparse, y que la semilla siga latente. Todo clima de dictadura es buen vivero para su propaganda.

Oficialmente, desde 1947 no existe Comunismo en la República Dominicana. La propaganda trujillista se jacta en decirlo así. Pero la palabra «comunista» o «rojo» se ha utilizado a menudo para calificar a personas enemigas del régimen que no son comunistas ni siquiera de tendencias comunistoides, y a extranjeros de ideas democráticas.






Arriba Editorial

Política aldeana

Por los comentarios de prensa que ha merecido el discurso del general Franco, es fácil deducir que ha causado sorpresa ese «modo moderado» empleado ahora y poco usado en sus discursos anteriores. El discurso a que aludimos, y que ha merecido esos comentarios, es el obligado discurso optimista pronunciado con motivo del Año Nuevo. Que nosotros recordemos todos los discursos del general Franco pronunciados en esa fecha han sido optimistas. Lo que sí tiene de «original» -llamémoslo así- este discurso es la llamada tímida a las puertas de la URSS.

Moderación, dicen unos, astucia aldeana, decimos nosotros. El general Franco aunque no tenga más asidero que los Estados Unidos, trata de insinuar que tiene en reserva otros asideros. Esta es una de sus «habilidades» que puede parecer ingenua, pero que no es tal, lleva en sí el doble juego propio de dictadores inseguros, necesitados de una fuerte ayuda que es necesario forzar. Si el dadivoso no se presta a aumentar sus dádivas se busca al enemigo del amigo, lo que en algunos casos da resultado.

La situación financiera de España atraviesa el momento más difícil de todo el período del régimen franquista. Esto está dicho oficialmente por su ministro de Comercio, Sr. Arburúa, y está dicho no de una manera confidencial, sino en un informe escrito del que damos más detalles en otra sección de nuestra revista -que fue entregado a cada uno de los ministros antes del Consejo en el que debía tratarse el asunto bajo la presidencia del general Franco. En ese informe se sostiene que «el momento económico actual es el más difícil desde hace años y que es posible que se produzcan reacciones de la opinión pública semejantes a las de la pasada primavera». Sobre este informe no sólo no recayó acuerdo alguno sino ni siquiera fue motivo de debate. Leído el informe el general Franco dio las gracias y pasó a otro asunto.

No entra en los métodos políticos del General tratar los asuntos graves con alguien, ni aun con sus más allegados colaboradores y no es, naturalmente, hombre que admita un consejo. Es el hombre predestinado de España.

El discurso del Año Nuevo del hombre predestinado de España tiene segundas partes.

La grave situación económica por la que atraviesa España la conoce el general Franco, pero él pretende llevar al convencimiento de los españoles, a fuerza de repetirlo, que «España progresa enormemente en los campos, las aldeas y las ciudades, en la agricultura y en la industria».

El discurso, aun para los menos acostumbrados a la retórica del General, llevaba tres direcciones: una hacia los Estados Unidos, a los que había solicitado con anterioridad millones de dólares en ayuda de la situación, pero a los que no ha mencionado en el discurso; otra al pueblo español para convencerle de su bienestar y abundancia, y otra a los países europeos. A estos les ha dicho que «es inútil que trabajen para conseguir la unión europea, que los Estados Unidos de Europa no serán nunca una realidad porque las viejas naciones de Europa se han formado a lo largo de los siglos su propia personalidad». Manifestaciones que están en desacuerdo con un sector de su propia prensa. El periódico Ya, en su número del 5 de diciembre último, decía en su editorial: «Los pueblos son hoy interdependientes. Tratándose de un Continente tan superpoblado y superindustrializado como Europa, es totalmente erróneo sustentar el desaprensivo criterio de que en su casa hace cada uno lo que quiere».

Son demasiados problemas los que el general Franco ha querido abarcar en un discurso de métodos caseros, en él lo único que queda de manifiesto es la política aldeana del general Franco, política cazurra, política que pretende convencer a un pueblo que considera ignorante, política, en fin, de límites de aldea en un mundo que pretende ensanchar sus límites.



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