Ibérica por la libertad
Volumen 6, N.º 6, 15 de junio de 1958


IBÉRICA es un boletín de información dedicado a los asuntos españoles y patrocinado por un grupo de americanos que creen que la lucha de España por la libertad es una parte de la lucha universal por la libertad, y que hay que combatir sin descanso en cada frente y contra cada forma que el totalitarismo presente.
IBÉRICA se consagra a la España del futuro, a la España liberal que será una amiga y una aliada de los Estados Unidos en el sentido espiritual y no sólo en sentido material.
IBÉRICA ofrece a todos los españoles que mantienen sus esperanzas en una España libre y democrática, la oportunidad de expresar sus opiniones al pueblo americano y a los países de Hispano-América. Para aquellos que no son españoles, pero que simpatizan con estas aspiraciones, quedan abiertas así mismo las páginas de IBÉRICA.
Directora:
- VICTORIA KENT
Presidentes de Honor:
- SALVADOR DE MADARIAGA
- NORMAN THOMAS
Consejeros:
- ROBERT J. ALEXANDER
- ROGER BALDWIN
- CLAUDE G. BOWERS
- FRANCES R. GRANT
- JOHN A. MACKAY
- VICTOR REUTHER
IBÉRICA is published on the fifteenth of every month, in English and Spanish editions, by the Ibérica Publishing Co., 112 East 19 th St., New York 3, N. Y. All material contained in this publication is the property of the Ibérica Publishing Co., and may be quoted, but not reproduced in entirety. Copyright 1958, by Ibérica Publishing Co.
Price: Single copy, 25 c. Year's subscription: $ 3.
Second Class Mail Privileges Authorized at New York, N. Y.
Seamos sinceros. El panorama español, tal como se ofrece al espectador en estos meses de primavera, no tiene mucho de halagüeño, aunque esté cargado de esperanzas. De todas partes nos llega la misma noticia: ¡Franco se va! Una psicosis de derrota -que hemos podido apreciar en múltiples conversaciones con gentes venidas de España- reina en el interior. A esto va unida una inflación de los precios que no nos atrevemos a calificar de inaguantable porque ya sólo Dios puede calcular hasta dónde llega el aguante sobrehumano -¿o infrahumano?- de las clases humildes de España.
Se dice, en efecto, que en el próximo otoño asistiremos a la restauración de Don Juan. Y hace pocos días, una egregia figura del exilio nos aseguraba que Norteamérica necesitaba que cambiara el régimen en España, para que ésta pudiera ingresar en la O.T.A.N.
Estas afirmaciones están todas preñadas de esperanzas. Pero, a la vista de lo que ocurre dentro y fuera, es lógico que nos preguntemos: ¿a quién va a beneficiar el cambio si llega a producirse tal como se prevé? A la larga -tal vez muy a la larga si se descuidan los demócratas- este cambio evolucionará fatalmente hacia otra situación que supondrá beneficios indudables para el pueblo español, pero a corto plazo es muy posible que la primera partida la ganen las derechas que hoy están, unas en el poder, y otras en la sombra aguardando la hora de volver a la palestra.
Por esto decimos que no tiene mucho de halagüeño la situación. Según aprovechen los partidos democráticos y el pueblo mismo la oportunidad que se presente, así será más o menos corto el período de transición que de momento parece inevitable.
Ahora bien, en esta evolución que se perfila al horizonte y que mantiene alborotados los círculos madrileños, ¿qué papel van a jugar la Iglesia y los católicos? La pregunta es de capital importancia pues de la contestación que le den los hechos depende que se resuelva o no el tremendo problema religioso que tiene planteado España.
A fin de aclarar un poco el problema, trataremos de sopesar la actitud probable de las distintas fuerzas y clases sociales cuya importancia, negativa o positiva, se hará sentir en el curso de los hechos. Ante todo está la Iglesia. ¿Cuál será su actitud? Se ha dicho muchas veces que la Iglesia tiene dos barajas, una para ganar y otra para perder. Los que afirman esto no debieran olvidar que lo mismo ocurre en todos los partidos y asociaciones, y, sin que pretendamos, ni mucho menos, situar la Iglesia a la altura de un simple partido, forzoso nos es reconocer este hecho de la existencia de un sector integrista -en términos políticos diríamos «de derechas»- y de otro que pudiéramos calificar de neoevangélico por cuanto sus exigencias le llevan a reclamar el ejercicio de un cristianismo radical que a la vez esté a la altura de nuestros tiempos y reanude la tradición de los apóstoles.
Frente a ese cristianismo exigente, al que nos referiremos más adelante, ciertos sectores de nuestra Iglesia sienten una instintiva desconfianza, un tanto parecida a la que experimentan las viejas generaciones frente a las nuevas, o los padres ante el ímpetu juvenil de sus hijos. Pero a esto no se limita la actitud de las jerarquías españolas. Este asunto es más complejo de lo que parece. Ellas saben desde hace tiempo que el régimen se acaba, y que en una situación nueva podrían planteársele serios problemas a la Iglesia. Ante esta posibilidad, es humanamente comprensible que traten de salvar la continuidad de la fe católica; los errores pasados no les eximen de los deberes del presente. Y no seremos nosotros quienes les acusen de proceder así, pues al margen y más allá de los gravísimos errores cometidos al comprometer la Iglesia con el régimen, no cabe duda que el deber primordial de las jerarquías consiste en asegurar la supervivencia de esta Iglesia a través de todas las tempestades políticas.
Por ello, debemos mirar las cosas fríamente: de hecho, en lo que respecta a nuestras jerarquías eclesiásticas, todo lo que podemos esperar de ellas es que evolucionen gradualmente hacia un ideario democrático cristiano de centro-derecha, cuya expresión política podría cuajar en un partido de tipo confesional a las órdenes de la Iglesia. Sobre su formación corren muchos rumores en Madrid, y como nada puede asegurarse por el momento, mejor será que no adelantemos nombre alguno. En todo caso, una formación de este tipo coincidiría con la política centralizadora de Pío XII que en sus grandes rasgos prolonga la iniciada anteriormente por Pío XI.
¿A este partido de centro-derecha quiénes acudirán? Probablemente gran parte de la alta burguesía actual, sin contar con ciertos miembros de las clases medias que por temor del anticlericalismo socialista y por ese deseo de identificarse a los patronos -típico, desgraciadamente, en muchos trabajadores que llevan «cuello duro»- se acogerán al regazo prudente y conservador de la nueva formación política.
Sin embargo, no seríamos justos al atribuir a un mero temor de las ideas revolucionarias esta posible futura adhesión de muchos españoles a un partido de centro-derecha. Con decir que una clase social hace tal o cual cosa por miedo, sólo se observa un aspecto del problema que, en realidad, es mucho más complejo. En España existe un inevitable retraso ideológico correlativo al retraso social y económico. Y este retraso, que se traduce en una escasísima capacidad de análisis, en una falta casi total de método en el modo de abordar los problemas, en la aceptación de tópicos y frases hechas como si tuvieran el poder mágico de resolver las situaciones, se advierte tanto y más en las clases burguesas que en las masas trabajadoras. Al afirmar esto, no lo hacemos con la intención de halagar a los obreros. pero cierto es que el trabajador está mucho menos falsificado que el burgués, pues mientras aquél habla en función de sufrimientos personales y cotidianos, el otro perora sin cesar utilizando un repertorio ideológico donde priman los dogmas sociales y económicos heredados, sobre las comprobaciones de la realidad inmediata. De hecho, nuestra burguesía católica se halla al nivel de los paternalistas franceses de 1840, para quienes -como dice Maurice Vaussard en su historia de la democracia cristiana- «era estrictamente inimaginable una sociedad sin clases» pues «incluso el esfuerzo de pensamiento y de acción de los hombres que se interesaban por el destino de la clase obrera, y a quienes afligía la miseria del subproletariado urbano, no superaba nunca la búsqueda de paliativos fundados esencialmente en la caridad privada, el "patronazgo" de los empleadores y, como máximo, en la intervención del Estado con el fin de limitar el horario de trabajo, especialmente en lo relativo a las mujeres y a los niños, y velar por la observancia del reposo dominical». De aquella época es también el famoso informe de Villermé, donde, después de comprobar injusticias flagrantes, vuelve a situarse en el plano de su clase social para señalar el lujo de los trajes que llevan los obreros los domingos y que «tienden a hacerles confundir con la clase burguesa». Esto decían, en 1840, hombres que se preciaban de luchar contra las injusticias sociales. Hemos traído a colación estas frases recordando lo que oímos en 1934 a un rico burgués gallego: «Si los obreros viven mal, es porque no saben ahorrar por lo menos dos pesetas de las siete que ganan cada día». Haciendo coro a esta afirmación perentoria, su mujer, miembro de varias cofradías y obras católicas de beneficencia, añadía: «Esta época es escandalosa. Hasta las criadas se pintan los labios. Dentro de poco ya no se distinguirán en la calle una señorita de una criada». Así, casi un siglo después de la publicación en Francia del informe de Villermé, se oían en España las mismas cosas. Cualquiera que haya vivido nuestra República podría contar anécdotas parecidas. Lo grave es que en pleno siglo XX subsista una clase burguesa en un país europeo, con sentimientos análogos a los que movían la pluma de un Villermé en 1840. Así se explica que nuestras derechas no guarden grandes semejanzas con las de otros países, tales como Francia o Inglaterra.
Si tratáramos de establecer correlaciones, arrostrando los peligros de toda simplificación, veríamos que, mutatis mutandis, nuestros hombres de derechas españoles se parecían mucho más a la extrema derecha fascista francesa, que tan triste papel jugó durante la época de Vichy, que a las derechas moderadas y reformistas de aquel país. Es decir, que para compararlas necesitamos situarlas en parangón con los extremistas más rabiosos de otros países. Con nuestras izquierdas -dejando de lado a los anarquistas porque es imposible compararlos con nadie en Europa, y a los comunistas porque carecían de verdadera fuerza política durante la República- el fenómeno sería inverso: hombres como Azaña o Prieto, o Fernando de los Ríos -que tan terriblemente rojos parecían a los franquistas-, no pretendían, de hecho, ir más lejos que un Herriot o un Daladier en Francia. Entiéndase que no queremos decir con esto que Azaña era el equivalente de Herriot, sino señalar meramente que el más mínimo intento de modificar la estructura social y económica española para irla situando a la altura de los demás países europeos parecía un crimen de lesa patria a aquellas derechas de 1930-36 que no admitían concesión alguna. Cosas que para un burgués francés conservador eran normales e incluso beneficiosas para el país, como la separación de la Iglesia y el Estado, sonaban en España a suprema e intolerable herejía. Y esta derecha que, más que servir a la Iglesia, pretendía servirse de ella, no vaciló un día en contestar al ministro Jiménez Fernández, que defendía ante la Cámara un proyecto de reforma agraria invocando las doctrinas sociales de la Iglesia: «si vienen ustedes a arrebatarnos nuestras tierras con la Biblia en la mano, ¡nos haremos cismáticos!». En estas condiciones, el diálogo era imposible.
Pues bien, con esta derecha nos vamos a encontrar un día, tal vez más pronto de lo que pensamos. Los que sueñan en barrerla de un manotazo, que abandonen sus ilusiones. Esta clase social es una realidad insoslayable, y a menos que se produzca una revolución en España -cosa improbable pero no imposible- tendremos que convivir políticamente con ella y hacer desde nuestras filas todo lo posible para acelerar su evolución hacia posiciones más justas, más moderadas y, sobre todo, más modernas, aunque la veamos acaparar otra vez la defensa de los «intereses sagrados de la Patria y de la Iglesia».
Frente a esa derecha canalizada en uno o varios partidos, y a una Iglesia oficial cuya evolución será probablemente muy lenta, se encontrarán de nuevo los partidos republicanos, el socialista (que ojalá no fueran más que un gran partido republicano y un gran partido socialista para evitar la dispersión de la izquierda) y las fuerzas sindicales.
Muchos nos tememos que al polarizar hacia ella el problema religioso no contribuya la derecha a desencadenar el anticlericalismo hoy latente pero vivísimo en España. Claro está que los republicanos y los socialistas podrían contribuir a frenarlo, siempre y cuando adopten una posición razonable y moderada, no pretendan resolver el problema haciendo frases, y no cedan un palmo a la demagogia electoral. ¡Que no olviden que España es un país gravemente enfermo que necesita de terapéuticas a largo plazo!
Ahora bien, si con una actitud firme y ecuánime podrían las izquierdas contribuir a atraer cada vez más gente a sus filas y por tanto a ir debilitando cada vez más ese absceso monstruoso que es nuestra derecha, hasta que se resorba, les será en cambio difícil ejercer una influencia decisiva en el sentido de modificar profundamente la actitud de la Iglesia. Toda reforma en este aspecto tendrá que producirse mediante la acción sostenida de los cristianos demócratas en un partido no confesional y con total independencia frente a la Iglesia. Ahí está su razón y su dificultad de ser. Razón de ser porque sólo ellos desde dentro del ideario cristiano pueden suscitar una evolución de la Iglesia hacia posiciones modernas tales como las adoptadas por el clero europeo. Dificultad de ser, porque los cristianos demócratas serán una élite reducida y combatida que tendrá que hacer frente a la resistencia de las fuerzas tradicionalistas que gobiernan nuestra Iglesia. Lo que han hecho las élites cristianas francesas en un siglo, no lo haremos nosotros en seis meses. No nos llevará esto cien años, dado el proceso de aceleración de la historia en nuestra época, pero sí tendremos que trabajar durante años, tal vez durante toda nuestra vida para lograrlo. Nuestra misión estriba, además, en evitar que se vuelvan a enfrentar la Iglesia y los partidos de izquierda, haciendo ver a unos y a otros lo que cada uno tiene de valedero, de justo y de eterno. A la Iglesia española hay que hacerle comprender que el respeto de la dignidad y de la libertad humana no sólo es compatible sino consustancial al desarrollo del cristianismo. A la izquierda, hay que repetirle una y mil veces que el ideario cristiano ha constituido en la civilización europea la base misma de las libertades ciudadanas, aunque a lo largo de su historia lo hayan aprovechado muchos como instrumento de opresión.
Gentes para está labor no faltan. Acaba de salir en Madrid un libro donde se publica el resultado de una encuesta y que lleva por título: «¿Cómo ve usted al sacerdote? ¿Qué espera de él?». De las muchas contestaciones tan acertadas como valientes extractamos las siguientes que apuntan como flechas hacia el mañana:
«A algunos le asustarán estas cosas -dice el prologuista Lamberto de Echeverría-. El ambiente que nos rodea es blando, y de la misma manera que llevamos veinte años sin que la prensa haya juzgado que el español medio tiene nervios suficientes para poder leer que la peseta ha bajado, parece como si no pudiéramos tampoco leer que los seglares han observado en los sacerdotes este o aquel defecto». «Los sacerdotes -dice más lejos José Luis L. Aranguren- tal vez no han denunciado bastante. Han sido testigos, pero no han testificado. Y ahora mismo, muchos de ellos siguen callando lo que han visto, lo que están viendo». «¿De dónde parte la posible incomprensión de la gente de la calle, y su indiferencia para el sacerdote? -se pregunta más lejos Carmen Conde-. ¿Quizá de que estaba más acostumbrada a verle más cerca de los ricos, de los poderosos, que de los desheredados? ¿Acaso de que le vio en las guerras junto a los responsables de ellas prestándole su apoyo moral? ¿Cómo creer en sacerdotes que sólo se acercaran a políticos en éxito, a militares victoriosos, a potentados que pudieran dispensar favores? ¿De qué manera conciliar la doctrina de Cristo con las fabulosas posesiones -cada día en mayor número- de las órdenes religiosas; o de quienes acaparan el poder, el mando, la riqueza, en nombre de Cristo aunque sea un escarnio? No, a esos sacerdotes no se les puede sumar el hombre de la calle; ni la otra clase de hombre que, por pobre, nunca dispone de un amigo semejante». «No hay duda -afirma también Aranguren- de que el sacerdote, como en general el católico -se ha acordado un poco tarde de ir a los obreros-. Marx y los suyos se le adelantaron en decenios (...) Cristo no esperó para vivir con los pobres a que éstos estuviesen en la víspera de su ascenso político-social. ¿Será verdad que el sacerdote, precisamente porque ha estado casi siempre del lado de los poderosos, se acerca ahora a los poderosos del mañana -de un mañana que en algunas partes es ya hoy-? Ser sacerdote es ser piedra de edificación, pero también de escándalo». Y por último, en dos líneas, García Escudero resume nuestra esperanza y nuestra inquietud: «Espero del sacerdote lo que, a mi juicio, le falta más: valores humanos. El día en que el sacerdote deje de ser, por definición, de derechas y persona de orden, ese día será suyo el futuro».
Estas cosas que no decían los católicos en la República, cobran hoy un valor extraordinario, pues revelan que algo ha cambiado en España, que una luz clara va brotando en el corazón de ciertos cristianos que pugnan por alzar su voz rompiendo con la opacidad dialéctica del régimen. En sus manos se halla en parte el porvenir y la posibilidad, sobre todo, de que un día disfrutemos de una patria definitivamente reconciliada y al alcance de todos los españoles.
XAVIER FLORES
En Bath, Inglaterra, ha muerto Geoffrey Norton Marshall, a quien los marinos republicanos y los españoles demócratas que a su lado lucharon en dos guerras terribles conocieron por el sobrenombre de José Pérez. Con su muerte, la causa republicana española pierde uno de sus más ardientes y sinceros defensores en el extranjero.
Geoffrey Norton Marshall era inglés por los cuatro costados. Yo diría que era el prototipo del inglés que nos hemos forjado los que no lo somos, pero que queremos, admiramos y, algunas veces, criticamos a Inglaterra. Idealista y positivista al mismo tiempo, un poco estrafalario, inquieto bajo una máscara de frialdad, generoso, romántico y aventurero. Y siempre dispuesto a exponer la vida y la hacienda por cualquier causa que le pareciera justa, aunque fuese en el más remoto confín del mundo. Esto fue lo que llevó a Marshall a vivir en diferentes países, a tener que ejercer diversas profesiones, y a experimentar tremendas alternativas. Fue marino, periodista, soldado, contratista, industrial, director cinematográfico, encargado de un puesto de gasolina, editor y agente de los servicios de información de su país.
Pertenecía a una distinguida y acomodada familia y pudo haber llevado la vida tranquila de sus hermanos, opulentos comerciantes o prestigiosos profesionales. En lugar de ello, G. N. Marshall dedicó todo su talento, sus conocimientos y su energía, a defender causas cuya victoria no podía acarrearle ventaja personal alguna, teniendo siempre que comenzar a rehacer su vida al término de casi todas sus campañas. Era un Quijote anglosajón, y hasta su apariencia física le hacía creer a uno que tenía ante sí un Alonso Quijano, con bombín en lugar de yelmo de Mambrino y paraguas a guisa de lanza.
G. N. Marshall era un funcionario del Ministerio de Relaciones Exteriores británico cuando los gobernantes de Inglaterra y de Francia inventaron, artera o estúpidamente, el Comité de No Intervención. Al tener conocimiento de ello, presentó la dimisión de su cargo fundada en el hecho de que se cometía una incalificable injusticia contra el Gobierno legítimo y el pueblo de una nación amiga. Marshall, que ya antes había tenido un gesto parecido con motivo de la actitud británica en China, donde vivió bastantes años, fue llamado por su jefe, quien trató de disuadirle. Pero nuestro amigo respondió que consideraba un deber remediar en lo posible el error cometido por Gran Bretaña.
Dos semanas más tarde, G. N. Marshall se llamaba José Pérez y luchaba como simple soldado en las cercanías de Madrid. Tenía 50 años, pero con su pelo cano aparentaba muchos más; era además muy delgado y alto, como don Quijote, y no gozaba de buena salud. Al verle un jefe militar republicano, investigó el caso, y entonces se vino a conocer que aquel miliciano inglés había sido capitán de corbeta de la Marina Real británica en la Primera Guerra Mundial. La Flota leal se hallaba en Cartagena con muy pocos oficiales y técnicos, y alguien pensó, con acierto, que sus servicios podían ser muy necesarios en los barcos de la escuadra.
José Pérez, que temporalmente había dejado de llamarse Marshall, desempeñó diversos cargos técnicos en varios navíos, e intervino en todas las acciones navales de la guerra. Sus conocimientos técnicos y su sereno valor le granjearon la admiración y simpatía tanto de sus jefes como de sus subordinados. El Gobierno de la República le encargó también alguna comisión en el extranjero, y gracias a sus gestiones en Inglaterra la Marina leal pudo adquirir algún material y muchos instrumentos necesarios en los barcos de guerra. En uno de los avatares de su vida, Marshall había vivido en Hollywood y tenía bastantes amigos famosos artistas de la pantalla. Desde Inglaterra, durante la temporada en que desempeñó una comisión de compras en nombre del Gobierno republicano, se puso en contacto con ellos y les instó a que formaran una organización de ayuda al pueblo español. Muchos españoles tuvieron pruebas del éxito de aquella gestión. G. N. Marshall fue también, en ciertas circunstancias, oficial de enlace entre el Estado Mayor de la Marina leal y los mandos de los buques de guerra ingleses que por una u otra causa visitaron Cartagena durante la guerra. En ninguno de aquellos casos, al verse entre sus compatriotas y antiguos colegas, dejó de hacer la propaganda más eficaz de la causa que estaba defendiendo, y tal era la fuerza persuasiva de su palabra que en más de una ocasión logró de ellos generosos donativos de tabaco y medicamentos de que los marinos leales estaban bastante necesitados.
Se comportó heroicamente en distintas acciones, entre ellas en las batallas navales de Cherchell y Cabo de Palos, pero muy especialmente en el salvamento del destructor «Alcalá Galiano», partido materialmente en dos como resultado de un accidente marítimo en aguas enemigas. José Pérez, o «Pepe el Inglés», como ya le llamaban familiarmente los marinos republicanos, convenció al comandante para que no ordenara el abandono del buque como le aconsejaban los oficiales temerosos de un ataque de la flota franquista, que estaba haciendo una descubierta no lejos de aquel lugar. El «Alcalá Galiano» estaba, por supuesto, inmóvil e indefenso y precariamente a flote. Solamente estaba a su lado un barco mercante, el «Magallanes», al cual escoltaba cuando ocurrió el accidente. Marshall, que acompañando al que escribe estas líneas había practicado un reconocimiento muy arriesgado del fondo de la nave, estimó que el navío podía ser remolcado hasta Cartagena. Pero como la maniobra, que estableció un precedente en los salvamentos de guerra, implicaba un gran peligro para las vidas de cuantos fueran a bordo, pidió que solamente quedasen 25 voluntarios con el comandante. Los demás tripulantes, que eran 175, transbordaron al «Magallanes» para alejarse de aquel paraje en el que en cualquier momento podía ocurrir una hecatombe. Treinta y ocho horas estuvo el «Alcalá Galiano», con aquellos 25 bravos, esperando la llegada de la flota republicana, o, lo que era más probable, la de la franquista que lo barrería de la superficie del mar. Marshall fue uno de los «Veinticinco», y ninguno de ellos ha olvidado jamás la admirable serenidad de que dio muestra, ni su valiosa cooperación para mantener el buque a flote. El «Alcalá Galiano», que todavía forma parte de la Marina de Guerra española, es un buque que España debe a G. N. Marshall.
Como era de esperar, los reaccionarios británicos consideraron comunista a Marshall durante mucho tiempo. Yo sé que no lo era, aunque también lo suponía hasta la primavera de 1937. Aunque los comunistas españoles le adularon bastante hasta aquella época, los dirigentes y Moscú no tenían ninguna confianza en él, por lo menos para sus planes. El Mando de la Flota me había comisionado para llevar un cargamento de armas a Asturias, que era entonces el último foco de nuestra resistencia en el Norte. Era una operación desesperada, con muy pocas probabilidades de éxito. Implicaba el paso del Estrecho de Gibraltar, con ambas márgenes en poder de Franco y vigiladísimo por los barcos de guerra rebeldes. Sólo podríamos pasarlo con un buen «camouflage», y adoptamos el de un barco mercante inglés. El buque elegido fue el viejo «tramp» «Elcano», español pero construido en Inglaterra, porque en aquella época todavía quedaban dos o tres idénticos que navegaban con bandera inglesa. Pero como era seguro que fuera abordado en el Estrecho por algún navío franquista para verificar su identidad, pensamos que era preciso llevar una dotación doble, compuesta de ingleses. Llamaron a varios de las Brigadas Internacionales, pero yo estimé que el único que podía «actuar como capitán auténtico» de un barco inglés era Marshall, y lo propuse. Pero tratándose de «internacionales», la elección estaba fuera de la jurisdicción de la Flota y era imprescindible el visto bueno de los rusos, cuyas eran también (para desgracia nuestra y vergüenza de las democracias) las armas que llevaba el barco. Pero los rusos rechazaron tres nombres de la lista. Dos de ellos eran británicos nacidos en España y, al parecer, no pertenecían a ningún partido político; el tercero, con gran sorpresa mía, era Marshall. Inquirí el caso, y me comunicaron que Marshall no era grato a la Embajada rusa. La razón no la supe nunca, pero era evidente que no era comunista.

Casi al final de la guerra tuvimos otra prueba de que era un liberal romántico cuyo prestigio en la Flota, e influencia entre los marinos, molestaban a los comunistas. El Servicio de Información Militar estaba controlado por ellos, y hacía ya algún tiempo que notábamos la desaparición de muchos que se oponían a su política. Marshall fue uno de ellos, y un día, detenido mientras paseaba por las calles de Barcelona, fue encerrado en el castillo de Monjuich. De aquella prisión fue sacado por la gestión de la Embajada inglesa.
Después de la guerra española, Marshall volvió a servir a su país en distintas capacidades, siempre en cargos oficiales o militares. Uno de ellos le llevó a Francia, y gracias a sus gestiones fueron liberados de los campos de concentración docenas de republicanos españoles, logrando para bastantes la residencia en Inglaterra. Durante la Segunda Guerra Mundial, G. N. Marshall, que tenía cerca de 60 años, volvió a la Marina, alistándose voluntario en R.N.V.R. Al mando de una flotilla de embarcaciones menores, fue uno de los primeros que desembarcaron en el norte de África. Allí volvió a encontrarse con muchos de sus antiguos compañeros de la flota republicana, que continuaban en campos de concentración. Él hizo que fueran liberados, y dotó con españoles una de las bases aliadas en la costa de Argelia. Su ayuda material y moral sirvió para que muchos pudieran trasladarse a otros países al fin de la contienda.
Él se retiró, cansado y enfermo, en 1946 y fue a vivir a Gales a bordo de un pequeño yate que había comprado y habilitado para vivienda. Desde allí, y hasta el fin de sus días, trabajó incesantemente para que su país reparase el error cometido en España, escribiendo docenas de artículos y hablando en público en cuantas ocasiones se le presentaban. Se enorgullecía de tener amigos españoles exilados, y, muy especialmente, de que su yerno fuera uno de ellos. Su generosidad infinita no se agotó nunca, y ya señalado por la muerte continuaba prestando consejo y ayuda a cuantos compatriotas nuestros acudían a él.
Por todo ello, muchos son los que llorarán, dispersos por el mundo, la desaparición de G. N. Marshall, al que sus mejores amigos llamaban José Pérez.
PEDRO MARCOS
CARTA AL SENADOR MORSE
Burlington, Vermont
May 23, 1958
Querido Senador Morse:
Me dirijo a Vd. en su calidad de Presidente del Comité de Investigación del Senado nombrado para estudiar las circunstancias que han concurrido en los recientes viajes del Vice-Presidente Nixon en América Latina.
Es en verdad instructivo leer los comentarios del Vice-Presidente después de su viaje sobre la conveniencia de evitar el apoyo a las dictaduras americanas, especialmente porque, en el pasado, el Sr. Nixon ha ido unido en las mentes americanas y extranjeras con el más dañoso tipo de política McCarthysta dirigida contra casi cualquier figura que hubiese podido considerarse como de izquierda del ala más conservadora del Partido Republicano. ¡Aunque la conversión llegue tarde es bien recibida!
Hará un año tuve la ocasión de señalar, en una carta publicada en la prensa local, las probables y amargas consecuencias que podrían resultar de sostener a dictadores como Pérez Jiménez de Venezuela, que designé por su nombre. Ahora espero que su Comité, por ahora circunscrito a los asuntos latinos, llegue a extender oportunamente ese análisis a nuestras relaciones con España. Allí estamos repitiendo en gran escala cada una de las equivocaciones que hemos cometido en América Latina, y más.
Tengo el privilegio de recibir informes (que están a disposición de cualquier americano que tenga interés) que emanan del interior de España y ellos señalan un aumento diario del anti-americanismo. Es creencia general que el régimen de Franco caerá en un futuro próximo. Cuando esté en el colapso los Estados Unidos serán tildados de haber prolongado su vida y de haber hecho su salida más difícil.
Recuerdo una carta de un exilado español en Francia, publicada en la revista IBÉRICA, que trató de interesar esta revista antifranquista a sus compatriotas exilados. En ella se dice que es imposible convencer a ninguno de que lea nada que llega de los Estados Unidos. Tengo otra carta en la que se dice con amargura que los españoles tienen el propósito de terminar con Franco en un futuro próximo, «quiera Norteamérica o no». (Esta carta es del interior). Por la primera vez en muchos años el Partido Comunista clandestino de España está en situación de recibir apoyo popular y la base de este apoyo es la oposición a los americanos.
Puedo extenderme indefinidamente en esta clase de comentarios, pero estoy seguro que le son familiares estos hechos. Vuestro Comité de Investigación de nuestras relaciones con el mundo latinoamericano tiene una extraordinaria oportunidad de exponer el trágico desatino de nuestra ayuda militar, moral y económica al régimen de Franco.
Respetuosamente de Vd.
PIERSON OSTROW
Los acuerdos hispano-americanos de 1953 se presentaron como un giro de alcances decisivos en la política española. Para unos, significaban que el régimen, lavado de culpas pasadas, era admitido en la convivencia democrática e incluso estimulado por una ayuda económica; para otros, significaba un tremendo error que daría un suplemento de vida al franquismo. Pasó el tiempo y los unos se fueron desilusionando, mientras los otros estimaron que el error, sin dejar de serlo, podría tener consecuencias eficaces por contrapartida. Pudiera creerse que los medios gobernantes, beneficiarios directos de la ayuda, eran los únicos partidarios de ésta, pero resulta que también ellos se quejan de insuficiencia o de incomprensión.
Por encima de estos géneros de opinión, forzosamente apasionados, va siendo hora de reflexionar sobre el hecho en sí de la ayuda norteamericana. ¿Por qué? Porque tiene una importancia nada despreciable en momentos como los actuales, cuando las fuerzas conservadoras muestran ostensiblemente su disgusto hacia el régimen y se perfilan posibles cambios con más precisión que nunca. Este balance podría establecerse en dos dimensiones: la realidad material de la ayuda y sus reflejos en la opinión pública del país.
Desde la firma de los acuerdos el total de la ayuda económica a España dentro del Programa de Seguridad de Estados Unidos asciende a 356 millones de dólares (hasta la expiración del presente año fiscal el 30 de junio de 1958). No tenemos en cuenta los 500 millones destinados a las bases aero-navales ni los invertidos en material para las Fuerzas Armadas, aunque su comparación con las cifras de la ayuda económica no deja de pesar en el ánimo de numerosos españoles.
De la ayuda económica unos 200 millones han sido invertidos en productos agrícolas (entre ellos la materia prima algodonera), 80 en donativos alimenticios a través de «Cáritas». El resto ha sido dedicado a poner «remiendos» a los ferrocarriles y a ciertas inversiones de «outillage» (más en la industria que en la agricultura).
Salta a la vista que esta aportación resulta más que minúscula para una economía tan quebrantada como la española. Los ferrocarriles por sí solos, necesitan varios cientos de millones para reponer la mayor parte del tendido (el actual no sólo impide el desarrollo de velocidades sino que es causa de frecuentes accidentes) sin hablar de locomotoras y material rodante en igual o peor estado que en 1936. Por otra parte, las cantidades para bienes de equipamiento si a veces son aprovechadas por la industria pesada (cuyo resultado sólo se ve a largo plazo) lo son mucho menos por la industria de bienes de consumo cuyo instrumental anticuado aumenta sus costos de producción que inciden sobre un mercado con escasísimo poder adquisitivo.
Esta afirmación no es nada nueva, pues ya la hizo hace dos años, en cierto banquete en Barcelona, el entonces ministro de Comercio Sr. Arburúa: el año pasado, el propio Caudillo en declaraciones a las agencias internacionales, y hace poco tiempo el Sr. Martín Artajo ante la Cámara de Comercio Norteamericana en el Castellana Hilton de Madrid:
Este género de críticos de la ayuda americana se quejan de no haber recibido una ayuda semejante al «Plan Marshall», fingiendo olvidar que la actitud de España durante la guerra mundial no la hacía de ninguna manera acreedora a los beneficios del citado Plan.
Por otra parte, no hay que echarle toda la culpa a la exigüidad de la ayuda, sino también a su distribución. Si la producción agrícola española no fuese más baja que durante el período republicano no habría necesidad de importar productos alimenticios. Tampoco se explica nadie que habiendo aumentado considerablemente la producción algodonera sufriese un bajón enorme el año pasado. Pasando a tema más espinoso, ningún español admite como cosa razonable que se reciban 320 millones de dólares para las Fuerzas Armadas cuando el país necesita «como agua de mayo» reponer los elementos móviles de la infraestructura y colmar un retraso de equipo industrial que data de hace más de 30 años. Claro que nadie va a echar la culpa a los norteamericanos de ese retraso, pero casi todo el mundo cree que nuestros aliados están mucho más interesados por España como cabeza de puente en un hipotético frente europeo, que como país que ansía elevar su nivel de vida.
Por otra parte, la ayuda económica ha tenido como repercusión que la balanza comercial con Estados Unidos se ha desnivelado netamente en sentido negativo para España. Se da el caso de que las exportaciones hacia Estados Unidos no consiguen aumentar. Esto, que con una fría visión del mercado internacional resulta comprensible, no deja de irritar a ciertos comerciantes españoles.
Otro aspecto de la ayuda americana es el de sus posibles incidencias sobre el nivel de vida de la población. Basta comparar la cuantía de la ayuda con los 400.000 millones de pesetas (en números redondos) de renta nacional para convencerse de que si la ayuda no es decisiva tampoco puede producir efectos inflacionistas de consideración. Sin embargo, la voz popular insiste en atribuir a la presencia de norteamericanos (los militares de las bases y sus familias, los turistas) el encarecimiento de una serie de productos. Este fenómeno, que podrá ser cierto en las regiones que circundan a bases importantes (Cádiz, Zaragoza...) o en ciertos establecimientos de lujo, no tiene importancia en la vida nacional: sólo hay dos excepciones: los pisos de lujo y amueblados y ¡las criadas de servir! Justo es reconocer que lo segundo no hace sino liquidar una bochornosa explotación subsistente en nuestra patria. En cuanto a los turistas, constituyen una magnífica fuente de divisas, pero... váyales usted con ese cuento a los madrileños, pongo por ejemplo. El domingo pasado han subido los precios de los toros: el escándalo ha sido mayúsculo y a la cabeza de él se ha puesto la famosa «Peña Manolete». Según estos simpáticos aficionados la fiesta nacional se está convirtiendo en algo «solamente asequible a los americanos».
Quisiera yo que con estos ejemplos comprendiera el lector americano las reacciones sencillas del español medio, lo que nos lleva al segundo aspecto del problema: los efectos de la ayuda en la opinión. Para hablar de estos efectos no se puede desligar la ayuda económica de la militar, pues para el hombre de la calle todo eso está muy enrevesado. Digamos que los políticos del régimen no contribuyen a aclararlo pues su mejor argumento para pedir una ayuda económica más sustancial es «la función estratégica de España en la defensa de Occidente». No son pocos los españoles que estiman que los presupuestos del Estado para Ejército, Aire y Marina son mayores de lo debido en virtud de las complicaciones internacionales de las que no excluyen, naturalmente, la alianza militar con Estados Unidos. Esto podrá no ser justo, pero es una reacción más. Como tampoco es justo decir que «tomamos mal aceite, porque el bueno se lo llevan los americanos.» Es verdad, se lo llevan, pero a cambio de divisas que interesan a la economía nacional. Lo que ocurre es que esas divisas hay que emplearlas bien, para el bienestar de los que se sacrifican tomando aceite de soja, y no para importar 15.000 «haigas» por año.
Pero los políticos españoles son los que más contribuyen, consciente o inconscientemente, a acrecentar una innegable animadversión contra Norteamérica y su ayuda. Por ejemplo: la prensa, cuya «libertad y espontaneidad» es por todos conocidas, se empeña en presentar la alianza de Norteamérica como una alianza con Franco y en subrayar los aspectos militares de la misma. Hace pocos meses, el diario falangista Pueblo se complacía en publicar unas declaraciones del jefe de la VI Flota sobre la importancia de «la barrera pirenaica» en una futura guerra y el valor del soldado español. En realidad, el español que ha visto morir en una guerra civil a un millón de compatriotas, no siente la menor satisfacción por las alabanzas de género castrense y mucho menos si le parecen interesadas. Por eso, como ve en la ayuda americana más los aviones a reacción que las mejoras materiales, llega a sentir antipatía hasta por los botes de leche de «Cáritas».
Es preciso insistir en la torpeza de los gobernantes españoles, queriendo aprovecharse de la ayuda americana, pero dejando al margen a la mayoría de la población. Todos recordamos que cuando se empezó la construcción de bases, las autoridades norteamericanas estimaban que los salarios obreros serían lo suficientemente elevados para hacer frente al coste de la vida: las empresas españolas que obtuvieron la concesión de contratas, se opusieron a esta elevación de salarios, susceptible de crear un problema «laboral» (valga el terminejo franquista): fueron, sí, algo más elevados, pero en modo alguno como habían pensado autoridades y técnicos estadounidenses.
Otro ejemplo más reciente es el de la maquinaria empleada en la construcción del oleoducto La Rota-Zaragoza. Dicha maquinaria, por exigencia expresa del Gobierno español, fue reexpedida a su procedencia extranjera, con el consiguiente daño para las empresas españolas que podían haber adquirido (pagándolo en pesetas) excavadoras, tractores, tanques, remolques, etc. Sólo una pequeña cantidad -y gracias a las protestas de los medios comerciales- pudo quedar en España.
Esta situación de hecho ha creado diferentes estados de opinión, según los matices políticos y las jerarquías sociales. Intentemos precisar: los medios conservadores y clases acomodadas, que acogieron muy bien la ayuda americana, están hoy muy desesperanzados. Es más; son numerosos los que ansían entenderse con los capitalistas alemanes, y a este estado de opinión responde el acercamiento económico germano-español iniciado con la visita de Von Brentano a España. A estos medios es a los que se refería Martín Artajo (él dice al «hombre de la calle») cuando decía que estaban de acuerdo con Estados Unidos para defender el mundo occidental del peligro comunista, pero quejosos de su insuficiente ayuda económica. En ellos podemos situar también a ciertos banqueros poco favorecidos por pedidos «off shore», etc. No es el caso, desde luego, del Sr. Villalonga y su grupo del Banco Central.
En los medios militares, también existen rencores que no son de hoy, agravados por la diferencia de sueldos que fácilmente comprueban, entre militares norteamericanos y españoles. Recientemente, la sedicente negativa norteamericana (yo no sé si es cierto o no) a que se empleasen en Ifni aviones y municiones procedentes de la ayuda de Estados Unidos, ha agriado más la situación.
Nuestros amigos norteamericanos deberían comprender que estas gentes que les fingen amistad, es sólo en cuanto les sirven de gendarme o de nodriza; aparenta no amistad, sino sumisión y su verdadero espíritu es bien diferente. Una prueba de ello es la diferente manera de ver las cuestiones norteafricanas, inspirada por el colonialismo trasnochado de los «héroes del Rif» que forman los cuadros de confianza del régimen. Hace aún pocos meses que un diplomático, agregado comercial en una embajada de este continente, me decía: «estos americanos, lo que interesa es que den más dólares, más dólares: luego, que se metan en sus cosas y no en las del vecino.» Esta manera de expresarse está bastante generalizada entre los funcionarios del régimen. Hay, desde luego, los que sienten verdadera devoción por Estados Unidos, pero son los menos.
Entre los hombres de izquierda (a excepción de los extremistas) hay más simpatías por Estados Unidos. Pero no nos engañemos: incluso una parte de este sector, que vería con agrado la entrada de España en la OTAN, es con la condición imprescindible y previa de haber desaparecido la dictadura del Caudillo. Puedo asegurar también, que en ciertos medios sindicales y socialistas hay dirigentes que se esfuerzan por presentar «la otra cara» de los Estados Unidos, pero suelen tropezar con el escepticismo o la oposición de sus amigos políticos.
Y si prestamos atención a algo tan importante en el plano de la cultura, como es el resurgimiento de la novela ¿no están casi todos los jóvenes escritores de España influidos por Faulkner, Hemingway o Dos Passos? Pero no le hablen ustedes a esos novelistas de las bases de Torrejón o de La Rota. En sus propias obras reflejan la ojeriza del español medio hacia los que consideran, con razón o sin ella, aliados de Franco.
Una última referencia a cierta suspicacia que se abre paso en los medios semi-oficiales sobre la ayuda militar. Está reflejada en las conferencias y artículos del general Martínez Campos, y tiene por base la desconfianza en el mantenimiento de la ayuda de Norteamérica, capaz de defenderse desde su continente por proyectiles teleguiados de largo alcance. Claro que con esto se descubren, no les basta con una alianza occidental de tipo defensivo. Necesitan un gendarme para que les proteja en los asuntos caseros. De nada servirá ayudar económicamente con la mano izquierda si la derecha sigue empuñando la cachiporra del gendarme.
IGNACIO LIZARRA
CARTAS AL DIRECTOR3

He recibido su revista y he quedado encantado. Puede seguir enviándola.
Muchas veces me he preguntado, si era posible que no se hiciese algo, que no fuera tan chabacano como lo recibido hasta ahora.
Le aliento a seguir por ese camino y superarse si es posible. Por hoy nada más.
En la seguridad de que será bien difundida, aprovecho esta ocasión para saludarle atentísimamente.
España, abril 16 de 1958
El ambiente está al «rojo vivo».
La policía de Franco está deteniendo en los centros de trabajo, en la calle, en espectáculos, etc., a toda persona disconforme con el Régimen que lo critique, tachándola de COMUNISTA, cuando la verdad es todo lo contrario. Con esto cubre impunemente todo grito de libertad. Todo el mundo lo sabe.
La verdad es que no se puede vivir, bajo ningún concepto. Se ha llegado a la cuna de lo inaudito. Franco después de 20 años de poder sigue teniendo levantada la espada sobre los españoles.
Hay una orden prohibiendo el aumento de salarios, los patronos -qué paradoja- han llegado a pagar los salarios a sus trabajadores para que éstos se sumaran a la huelga, esto solo ya da cuenta de cómo está la situación.
En cuanto a Norteamérica, está equivocadísima, si piensa que en caso de agresión por parte de Rusia el pueblo español ha de sacarle las «castañas del fuego», ni hablar. Nuestro pueblo está desengañadísimo con el americano, es más, para denigrarnos desembarcan en nuestros puertos gastándose los dólares a manos llenas, mientras el pueblo no puede comer...
Todo por tener un amigo, repugnante DICTADOR, que tan bajo mancha con su amistad la bandera de los EE. UU., bandera que tanta gloria dio en los campos de batalla, y que a su sombra se dejaron la vida muchos exilados españoles, defendiendo las libertades de Europa contra el NAZISMO, sin olvidar la procedencia NAZI, del DICTADOR.
Vamos a dar el «do de pecho» próximamente, para acabar con él, quiera NORTEAMÉRICA o no.
España, abril 1 de 1958
Ha muerto el máximo poeta contemporáneo español y uno de los perennes hitos internacionales; ha desaparecido uno de esos espíritus que, como las estrellas, seguirán irradiando durante siglos su luminosidad; ha desaparecido una de las figuras más señeras, una de las conciencias más claras de España.
No entra en nuestro propósito analizar su obra literaria, sus valores poéticos, ambos están ya consagrados nacional e internacionalmente, insistir en ella sería repetir lo que sigue vibrando en los oídos de todos. Interesa señalar, siquiera sea escuetamente, algo de lo que quizá se pueda perder con la muerte de una figura consagrada internacionalmente en el horizonte literario: su vida de hombre, algunos trazos de esa vida de ciudadano español poco conocida.
Sin poder recorrer el camino de su juventud debemos anotar sus primeros contactos con Madrid. Motivos de salud le hacen conocer al Dr. Luis Simarro, profesor de Psicología Experimental en la Universidad de Madrid, con él vivió largos años, él, el Dr. Simarro fue quien le introdujo en la Institución Libre de Enseñanza. El poeta entró en la dirección y disciplina de la Institución. Acompañaba Juan Ramón a D. Francisco Giner, alma de la Institución, en excursiones frecuentes y con él visitaba viejos rincones españoles, quizá en la contemplación de ellos llegó a su concepto de que «el pueblo tiene un refinamiento por instinto». De él son estas palabras: «En la Institución Libre de Enseñanza fue donde se fraguó la unión entre lo popular y lo aristocrático, lo aristocrático de intemperie, no se olvide».
Durante ocho o diez años la producción del poeta fue inspirada por los niños. De Platero y yo, esa joya inigualable, de la que hemos hablado en otro momento en estas mismas páginas, dijo el poeta en una ocasión: «Fue D. Francisco Giner el que dio a "Platero" su impulso primero y decisivo».
Al fundarse la Residencia de Estudiantes fue uno de sus primeros residentes y allí pasó cinco años, de ella salió para casarse con la que fue su devota y única colaboradora, Zenobia Camprubí.

Una vez más debemos señalar que Juan Ramón Jiménez no fue político, que no es en ese campo donde nadie puede ni debe situarle, pero sí hemos de subrayar que estuvo siempre al lado de la razón popular, de todo lo popular. Páginas y páginas se llenarían fácilmente siguiendo su vida, como esto no nos es posible queremos citar algunas frases de su última conferencia, pronunciada en la Residencia de Estudiantes en el mes de junio, pocos días antes de que se produjera el levantamiento militar. De ella son estos párrafos: «La guerra empieza siempre con la falta de amor y comprensión mutua»... «No es solamente la responsabilidad del gobernante, porque si el gobernado ayudara al que gobierna a poner al alcance de cada cual las cosas que el amor y la comprensión engendran nada podrían los explotadores del pueblo, que quieren rebajarlo a imagen y semejanza de sus bajos instintos».
Desterrado voluntario de la España franquista no ha podido esa España hacerle entrar sino muerto, eso es lo que puede recuperar una dictadura de un hombre libre.
Se marcha una meridiana conciencia española y una conducta, ellas quedarán, seguirán siendo una lección viva para las generaciones futuras.
VICTORIA KENT
¿Franco, caudillo vitalicio?
Esta vez, los rumores habían alcanzado su punto álgido. Los «estadistas de café» lo sabían todo hasta en los menores detalles. Los esperanzados y los optimistas han visto derrumbarse sus ilusiones el día 17 de mayo. Los militares «reflexionaron» una vez más sobre los graves riesgos que supone una conminación armada al Caudillo. Entre los Procuradores a Cortes que aplaudían la promulgación de los XII «Principios del Movimiento Nacional», había también conjurados de la víspera. El Caudillo se sentía seguro. En colaboración con el sedicente conspirador Carrero Blanco, había preparado este programita para arrumbar definitivamente los enojosos 26 puntos de Falange. Y ante todo, quedaba bien establecido que él, «consciente de su responsabilidad ante Dios y ante la Historia» no abandonaría su puesto de mando. Días antes, en un Consejo de Ministros, el Caudillo intimidó a sus colaboradores más o menos fieles, diciéndoles aproximadamente: «Ya pueden desmentir ustedes esos bulos de que abandono el poder. Digan que ni estoy enfermo de la próstata, ni del hígado, ni me voy a Suiza. Estoy aquí para mientras viva.»
La prueba de su indomable deseo de continuidad no está sólo en esa afirmación perogrullesca de que «el Movimiento se sucede a sí mismo», sino también en esos XII puntos, especie de túnica falangista desgarrada y remendada con retales de arbitrismo barato; y en la preparación de un cuerpo legal institucional (al que con tanta mística medieval como ignorancia de la ciencia jurídica se le seguiría llamando «Fuero») a cargo de López Rodó, brazo derecho de Carrero Blanco y «opusdeísta» distinguido.
Los descontentos de ocasión, doblan la rodilla para recibir mercedes del Caudillo; ahí están Ruiz-Jiménez, Miguel Primo de Rivera, el general García-Valiño y tantos otros incorporados a ese Consejo Nacional de Falange (que sólo guarda de ésta el nombre y la mala retórica) al lado de industriales de talla, clérigos y conservadores. Es el «Movimiento que sucede al Movimiento.»
El mando y la política exterior
No ignora el Caudillo que para mantenerse en el poder hay que recurrir a todo. Y en este «todo» podrían figurar nuevas e insospechadas piruetas de política exterior. Si su discurso del 17 de mayo fue poco halagüeño para los países árabes, en los días transcurridos desde entonces, la actitud diplomática española se ha hecho más flexible. El viaje del Sr. Ullastres a El Cairo, la visita a Madrid del ministro de Relaciones de la República Árabe Unida (de regreso de Latinoamérica) e incluso el anuncio de un probable viaje del coronel Nasser a Madrid para el próximo otoño, son bastantes elocuentes sobre el particular. Las tropas españolas han abandonado silenciosamente Cabo Juby, después de haber proclamado enfáticamente que aquello era una base militar: el Gobierno de Madrid va comprendiendo que habrá que acantonar las tropas en Río de Oro y en las plazas de Ceuta y Melilla.
Claro es que los acontecimientos franceses podrían influir en la política exterior del Caudillo. Desde el «golpe de Argel», el día 13 de mayo, la diplomacia española ha compartido su esperanza en el triunfo de la derecha francesa con una conducta exterior de suma prudencia. La prensa recibió instrucciones en el mismo sentido. Sin embargo, en el momento de escribir estas líneas, los medios oficiales de Madrid reprimen ya con dificultad su alegría por los acontecimientos políticos de Francia. Se estima que es una prueba más de la «ineficacia y decadencia del parlamentarismo». Por otra parte, militares y gubernamentales de todo género, no pueden por menos de mirar con simpatía nostálgica la actitud de los militares interviniendo en política para imponer una solución. No se engañan los medios oficiales cuando estiman que lo ocurrido en el país vecino deprime la moral de algunos vacilantes, dentro de la oposición democrática en España.
De una manera menos oficial (pero siempre «oficiosa») los hombres que detentan el poder en España han estado menos ajenos a algunos aspectos de la política francesa. Los diputados «poujadistas» encontraron toda suerte de facilidades en Madrid y Barcelona; entre ellos, el Sr. Gastón Berthomieu pudo entrevistarse en Barcelona con un emisario del Comité de Salud Pública de Argel, «portador de una orden de misión suscrita por el general Salan». Ha sido este diputado de la extrema derecha francesa quien ha declarado esto a todo el mundo que ha querido oírle antes de regresar a Francia. Hay más: aunque les parezca extraño, no ha faltado militar que pensase en aquello de «a río revuelto, ganancia de pescadores». Bueno... ¿ustedes han comprendido?
Algunos tantos... hoy
No cabe, pues, duda de que la tenacidad del Caudillo y de su séquito, consigue apuntarse algunos tantos, frente a la desunión de la oposición. Los monárquicos liberales que esperaban milagros se consideran defraudados y algunos llegan hasta tomar como índice de una situación de retroceso los contactos de Don Juan con el cardenal Spellman y con el rey de la Coca-Cola, Mr. Farley, agitados aquí por el sector monárquico ultraconservador. Los de la llamada «Unión nacional» (oposición de derecha formada por varios militares sin mando, una decena de banqueros, varios magistrados, etc., a la que me refería en las pasadas crónicas) se consideran defraudados por la respuesta recibida del partido socialista, quien les manifestaba que sólo podría otorgarles su apoyo si se comprometían a celebrar elecciones generales y libres una vez que Franco abandonase el poder. Por su parte, no faltan socialistas que habían creído de buena fe que Franco dejaría El Pardo «por las buenas», y ahora están defraudados. Y por otra parte, el Grupo de Acción Social y Democrática (tendencia Ridruejo) tampoco está de acuerdo con «Unión nacional» y prefiere establecer mayores contactos con los diferentes sectores de la democracia cristiana.
Ustedes me dirán que esto es un galimatías, pero yo tengo el deber de escribir todo lo que sé, aunque no sea muy agradable ni claro.
La oposición reacciona
Todo no son factores negativos. A comienzos del mes, el boicot de transportes en Madrid constituyó un verdadero éxito en todos los barrios, menos en el perímetro Alcalá, Peñalver (antes Torrijos) bulevares. El Puente de Toledo, el de la Princesa, la calle Embajadores, Cuatro Caminos, etc., estaban invadidos entre siete y nueve de la mañana por una muchedumbre que marchaba a pie al trabajo visiblemente gozosa. En el ramo de la edificación no se trabajó prácticamente en casi todo el día 5 de mayo, entre «liar un pitillo», descansar un poco, charlar, etc. La contrapropaganda del Gobierno, encaminada a presentar esta demostración como un intento comunista no tuvo ningún éxito en Madrid.
De una manera menos espectacular, pero no menos eficaz, la oposición ha realizado esfuerzos crecientes dentro del campo católico. La llamada «Nueva Izquierda Universitaria» (encabezada por prestigiosos católicos, pero dirigida también a los que no lo son) ha comenzado a dar pruebas de existencia. También hay que señalar en este orden, las declaraciones del ex-alcalde de Florencia. Sr. La Pira, publicadas en primera plana por Ciervo de Barcelona.

Por último, la tendencia de «Unión Democrática Cristiana» (entre cuyas personalidades se dice que figuran los Sres. Jiménez Fernández y Gil Robles) se ha puesto de acuerdo con Acción Social y Democrática (grupo Ridruejo) para establecer un programa común que preconiza la formación de un gobierno provisional que no rompiese la «legalidad» actual del Reino, pero se comprometiese a convocar elecciones en un plazo de tres años, estableciese un estatuto jurídico de los partidos políticos y la garantía de libertad de opinión. Estos grupos, que recaban la adhesión de otros, se llaman «accidentalistas» en materia de forma de gobierno, pero se inclinan sin embargo por una monarquía democrática. En fin, y como reflejo de la crisis de conciencia que afecta a todos los sectores del catolicismo español, está la petición dirigida al ministro del Ejército por 50 sacerdotes en defensa de los 44 universitarios detenidos desde las pasadas Navidades. Este documento, redactado en términos muy respetuosos, explica sin embargo, que los universitarios encarcelados son mucho más víctimas que reos y no oculta las repercusiones que una sentencia condenatoria pudiera tener en los medios estudiantiles. El primer firmante es el Dr. Zaragüeta que, como se sabe, es profesor de filosofía en la Facultad de Madrid y académico; el segundo, el padre Sopeña, rector de la iglesia universitaria y académico; figuran otros varios sacerdotes de la iglesia universitaria, del Instituto León XIII, de las organizaciones juveniles de Acción Católica, el padre Félix García, el sub-director de Ecclesia, y, en general, los más prestigiosos de entre los miembros del clero que tienen contacto con la vida universitaria. Un conocido padre cuyo nombre no quiero repetir, pero que se ha hecho popular por su actuación entre los obreros de Vallecas, se ha visto impedido de firmar el documento por prohibición expresa de su superior jerárquico de la Compañía de Jesús a la que pertenece. Pero todo el mundo sabe que está de todo corazón con los firmantes y con todas las causas justas de los españoles.
La «mano dura» trabaja
Estas peticiones y otras análogas tienen todo su valor como tomas de posición, pero no parece que enternezcan mucho a quienes desde los puestos de gobierno sólo confían en la «mano dura». La prueba es que los servicios combinados del famosísimo coronel Aymar y de la brigada político-social han procedido a la detención de una veintena de estudiantes durante los recientes días y, en los momentos en que escribo no se sabe si el «apetito» policíaco ha sido saciado.
Los hechos han sucedido de la siguiente forma. Había llegado a Madrid una delegación de la COSEC integrada por los estudiantes Sres. Juan Barros y Peter Reiser de nacionalidad chilena y suiza respectivamente, con objeto de establecer un informe sobre la situación universitaria en nuestra patria. Se dice que el Sr. Barros había sido seguido por los agentes que actúan en París a las órdenes de la policía franquista, quienes habían informado sobre ciertos contactos de este estudiante con otros universitarios (franceses y españoles) poco recomendables a juicio de los probos asalariados de D. Camilo Alonso Vega. El caso es que la dirección del SEU había rehusado que Barros fuese a España como miembro de la Comisión, pero la COSEC se negó a aceptar esta petición. Llegaron los comisionados a Madrid y se entrevistaron con la dirección del SEU y con el delegado de Asociaciones del «Movimiento», Sr. Fraga Iribarne, que hace años construía ingeniosas teorías del Estado y hoy sirve con devoción digna de mejor causa al Estado de «los XII puntos». Los comisionados como no habían venido sólo a recibir informes oficiales y aperitivos de honor se entrevistaron también con estudiantes que son delegados en sus centros de enseñanza y con miembros de los grupos políticos universitarios, particularmente de la Unión de Estudiantes Democráticos y de la Agrupación Socialista Universitaria. Tal vez estas entrevistas fueron demasiado ostensibles; por lo que fuere, el Hotel Nacional, donde se alojaban los comisionados fue sometido a vigilancia policíaca. Cuando el martes día 20 salía de allí un estudiante D. Carlos Zayas fue asaltado por los policías de la político-social. Zayas intentó escapar en una moto, hubo golpes, pero todo fue en vano. Los verdaderos golpes los recibió él en la Dirección General de Seguridad (el Director General podrá seguir llamando a los periodistas norteamericanos para asegurarles que no se toca a los presos. Mientras los periodistas se lo crean... ¡mira que bien!).
Expulsiones y detenciones
La detención del Sr. Zayas acarreó la de otros estudiantes acusados de pertenecer a la Agrupación Socialista Universitaria, entre ellos don Bernardo Peña, delegado de la Facultad de Ciencias Económicas y el Sr. Tortella delegado de Derecho hasta el mes pasado. El Sr. Barros recibió la orden de abandonar el país en el plazo de 24 horas, lo que naturalmente hizo. Horas después, abandonaba España el Sr. Reiser, en señal de protesta contra la intolerancia de las autoridades franquistas. El Sr. Fraga ante el que protestaron los delegados de la COSEC antes de abandonar el país, se desentendió del asunto, pero en cambio colaboró para montar una provocación acusando al Sr. Tortella de confeccionar un boletín de los estudiantes socialistas. La Cámara Sindical de Estudiantes de Derecho se reunió el día 25 para protestar de lo acaecido y dos días después se reunió la Cámara Sindical de Ciencias Económicas que decidió organizar la solidaridad para con los estudiantes presos. El mismo sábado estalló un petardo en los locales del SEU de Derecho, que bien pudiera haber sido depositado por manos policíacas. Este incidente ha servido de pretexto a nuevas detenciones que se han extendido a los estudiantes de las Escuelas de Ingenieros, comenzando por el Sr. Moliner. Y -¡fenómeno ya habitual en España!- uno de los perseguidos pertenece a una familia bien poco izquierdista. Se trata de D. Juan Manuel Kindelán, sobrino del general del mismo nombre antiguo colaborador del franquismo y que hoy juega a las conspiraciones monárquicas. El estudiante Kindelán, delegado de la Escuela de Minas y muy querido de sus compañeros, ha conseguido, hasta estos momentos, sustraerse a la persecución de que es objeto. No obstante, se sabe que hay nuevas detenciones, pero no se conocen nombres ni detalles.
¿De qué lado caerán las pesas?
Para coronar este clima tan «democrático» se habla insistentemente del próximo proceso contra Dionisio Ridruejo. Tierno Galván, Menchaca y otros, por la causa que se les sigue desde hace un año. En la petición fiscal parece que hay penas de 30 y de 25 años. Sin embargo, es más fácil detener a la gente que hacer procesos. ¿Qué queda, por ejemplo, de las acusaciones contra Javier Pradera, Sánchez Dragó y otros? ¿Qué va a pasar si un tribunal dócil se atreve a condenar severamente al profesor Tierno Galván y a Dionisio Ridruejo? Cierto es que si el Caudillo siguiese sus impulsos no se inclinaría por la clemencia. Comentado su particular aversión a Ridruejo me decían hace días que data de hace tiempo. A los pocos meses de hacerse nombrar en Burgos jefe de un Estado en potencia, el general Franco se enfrentó con el entonces dirigente de Falange Dionisio Ridruejo (esto ocurría antes de la «purga» de Salamanca en 1937) quien le obligó a rectificar un proyecto de discurso bajo amenaza de huelga general. Son cosas que raramente se perdonan. Aún cuando uno se crea investido por la Providencia.
Madrid, 1 de junio de 1958
TELMO LORENZO
El discurso del general Franco, leído ante sus Cortes, merece un comentario, y lo merece por la única novedad introducida en él que hace diferenciarlo de otros pronunciados en semejantes o solemnes ocasiones. La novedad es ésta: asegurar, por su personal decisión, que ejercerá su dictadura con carácter vitalicio, que su reinado durará tanto como dure su existencia. Y aún ha ido más lejos, ha desafiado al destino afirmando que «el régimen se sucederá a sí mismo». Sin esta novedad el discurso no hubiese merecido de nuestra parte más que una frase: Franco se repite, ya que en realidad el discurso está basado en su machacona teoría de hace veintidós años.
Dos hechos han determinado la inesperada y oportunista afirmación del general Franco: uno los acontecimientos de Argel, otro las actividades esperanzadas de los monárquicos. El pronunciamiento de Argel se produjo el 13 de mayo y con anterioridad los observadores diplomáticos y otros lo veían venir; el general Franco leyó su discurso el 17 del mismo mes. El estallido de Argel se presentaba a la política franquista como una de las mejores oportunidades para jugar la carta africana. Si los dados fueran favorables al general Franco podría tener una oportunidad de resarcirse del prestigio perdido en Marruecos. Pueden ser cálculos erróneos, pero ellos permiten especular con la alza de posibilidades internacionales y con su repercusión en la precaria situación interior.
La ocasión era propicia para huir de ambigüedades respecto al futuro de España, afirmar la estabilidad del régimen, dar seguridades sobre la dirección del timón de la nave española y notificar que no se cometería la torpeza de permitir el menor cambio político en España.
Los monárquicos que ponían sus ingenuas esperanzas en la ayuda del caudillo para entronizar al pretendiente, aun estando divididos ellos mismos, creían actuar en plazo breve dispuestos, unos a aceptar a Franco como generalísimo de los ejércitos de Tierra, Mar y Aire, deseando otros una monarquía absoluta, otros aspirando a una monarquía sin tutelas y otros a una monarquía constitucional. Cada grupo soñaba con que el general Franco facilitaría la entrada en el Palacio Real. El discurso les ha decepcionado, les ha marchitado sus esperanzas, y en verdad que tienen razones para estar desesperados; Franco, que les había hecho concebir realizaciones próximas, les ha cerrado las puertas del Palacio Real a doble llave: claro que el futuro no se puede predecir, pero los hechos actuales son ésos.
Al parecer los monárquicos empiezan a reaccionar del golpe sufrido y es natural; es la natural defensa provocada por el instinto de conservación. Los monárquicos son los únicos amenazados por las declaraciones del general Franco, porque son los únicos que necesitan de su ayuda.
¿Qué efectos ha producido el discurso en la oposición liberal y republicana? Todos los grupos de tendencia liberal y democrática no esperaban ni pueden esperar nada de Franco, pero sí veían en las actividades de los monárquicos una posible salida a su propio camino. La ley del menor esfuerzo ejercía en la oposición democrático-republicana su paralizadora presión.
Sería ingenuo, por poco avezados que seamos en las lides políticas y por poco que se sepa de la situación actual de España, pensar que la verdadera oposición esperaba algo de Franco, pero sí hemos de reconocer que la primera impresión del discurso en esos medios fue deprimente. Decimos fue, a la hora actual se están estableciendo contactos más estrechos entre los distintos grupos opositores. En resumen, lo que llamamos «novedad» en el discurso ha sido beneficioso a la verdadera oposición a Franco que sin perder de vista la nueva táctica posible de los monárquicos, se da cuenta de que lo que puede acabar con un régimen es el tenaz y articulado esfuerzo en una misma dirección de las energías afines.
No es nuestra convicción que la rotunda afirmación del general Franco sea, o pueda ser sostenida; en fecha no lejana podemos ver una rectificación de esa, al parecer, inquebrantable decisión. Podríamos ver un simulacro de restauración monárquica entrando en el Palacio de Oriente un prisionero con guante blanco. Esto puede ocurrir, y puede ocurrir también que la verdadera oposición a Franco se fortalezca, relegando al olvido la ley del menor esfuerzo.
Más detenciones y torturas de estudiantes
La Comisión de Estudios e Información del COSEC (Secretariado de Coordinación de las Uniones Nacionales de Estudiantes) seleccionó, para que hiciese un estudio de la situación estudiantil en España, un grupo formado por: Miriam McReynolds (U.S.A.), Juan Barros (Chile) y Peter Reiser (Suiza).
El Gobierno español concedió los visados correspondientes. Por dificultades financieras la Comisión quedó integrada por los Sres. Juan Barros y Peter Reiser.
Los comisionados llegaron a Madrid el 16 de mayo y se pusieron en contacto con el SEU y tuvieron la posibilidad de ir entrando en contacto con muchos representantes estudiantiles y de recoger una información valiosa. Pero no pudieron ver al Jefe Nacional del SEU y no queriendo asumir responsabilidades los funcionarios directivos de esta entidad, los representantes extranjeros fueron conducidos ante el Sr. Fraga Iribarne, delegado nacional de Asociaciones de Falange, quien les prometió arreglarlo todo para que la Comisión pudiera proseguir sus estudios.
A pesar de dicha autorización especial y oficial, apenas se presentó esa misma tarde un estudiante para tener una entrevista con los comisionados, fue detenido por dos miembros de la policía secreta que habían estado escuchando en el hall del Hotel Nacional las conversaciones que los comisionados habían tenido con los representantes de los estudiantes. Al ser detenido el estudiante opuso cierta resistencia y fue apaleado y maltratado por los agentes de la policía armada que acudieron a ayudar a los agentes secretos. El muchacho gritaba «Díganle al Sr. Barros en el Hotel Nacional que están deteniendo a Carlos Zayas». Fue conducido al portal de la casa número 116 de la calle de Atocha donde fue bárbaramente derivado al suelo, poniéndose de rodillas sobre él los agentes de la policía armada hasta que llegó el coche de la policía que le condujo a la Dirección General de Seguridad.
Sometido a tortura eléctrica (hecho reconocido por el propio Fraga Iribarne, delegado de la Falange) Carlos Zayas confirmó los nombres de las personas de una lista la policía cogió, estudiantes todos que fueron acusados de pertenecer a asociaciones ilegales y de haber estado en contacto con los comisionados del COSEC. Todas esas personas fueron detenidas y sometidas a torturas.
Además del estudiante del doctorado de Derecho, Carlos Zayas, han sido detenidos, entre otros: Bernardo Peña, estudiante de V curso de Ciencias Económicas y delegado de la Facultad de Ciencias Políticas y Económicas, y Gabriel Tortella de la Facultad de Derecho.
Dado el prestigio que Gabriel Tortella tiene entre sus compañeros por ser uno de los dirigentes de más neta línea de conducta, al día siguiente de su detención, en la mañana del sábado 24, la Cámara Sindical de Derecho se constituyó en sesión permanente con asistencia de numerosos estudiantes que no eran miembros de esa Cámara y de la Comisión Permanente de la Junta de Delegados para exigir a las autoridades una explicación del hecho. Mientras tanto en el SEU de la Facultad de Derecho estallaba una bomba que rompió todos los cristales e hizo destrozos en el mobiliario.
El martes 27, de madrugada, fue detenido Pedro Ramón Moliner, ingeniero industrial de 24 años de edad. Al mismo tiempo la policía intentó detener a Juan Manuel Kindelán, delegado de la Escuela de Ingenieros de Minas y uno de los más destacados líderes estudiantiles, pero la policía no le halló en su casa.
En cuanto a los comisionados extranjeros, el día 22 se notificó a Juan Barros por las autoridades que debía abandonar el país en un plazo de 24 horas, sin alegar razones. El día 23 los comisionados abandonaron España.
El SEU no ha enviado aún al COSEC el informe que prometió sobre la detención de Carlos Zayas.
«Elecciones» en Portugal
El general Humberto Delgado se ha presentado como candidato a la Presidencia de Portugal. El Manifiesto que lanzó al país era equilibrado, sereno y constructivo; mostraba la madurez de un hombre que ha vivido la vida portuguesa en aquellos momentos turbulentos en que Salazar surgió como dictador.
Apreciando el general Humberto Delgado que la quietud de cementerio en que está sumido el país durante los 30 años de dictadura de Salazar, es la esterilidad y la degradación de su pueblo, ha arrostrado los peligros que suponen enfrentarse a esa dictadura y se ha presentado como candidato demócrata a la Presidencia.
Era difícil suponer que este candidato ganara estas elecciones efectuadas bajo la presión del régimen de Salazar, pero ese 25% de votos obtenidos por el general Delgado puede considerarse como un verdadero triunfo. El pueblo de Portugal ha elegido moralmente al general Humberto Delgado como Presidente. Es clara su decisión de emprender el camino de la libertad.
Retirada del Cabo Juby
El embajador español Sr. Alcover y Sureda, comunicó a Mohamed V la decisión adoptada por el Gobierno de Madrid de retirar de Villa Bens (Cabo Juby) los 1.500 hombres que componen la guarnición española.
Según el portavoz del Palacio de Rabat, el citado diplomático declaró también que su Gobierno había acordado ceder a las autoridades marroquíes todos los edificios administrativos de la ciudad. No se ha fijado la fecha de estas operaciones ni se han dado precisiones sobre ellas. En Rabat se tiene la certeza de que la evacuación del Cabo Juby será seguida de la retirada de todos los militares españoles que se encuentren aún en diversos puntos de la parte norte de Marruecos.
El discurso de Franco
El 17 del pasado mes de mayo se inauguró la sexta legislatura de las Cortes de Franco. Del discurso pronunciado por su presidente D. Esteban Bilbao reproducimos los siguientes párrafos:
«Yo quiero explicar en esta primera sesión las diferencias que separan a estas Cortes de los antiguos Parlamentos». Y refiriéndose a una frase de González Bravo -ministro que fue de Isabel II- cuando saludando a la joven democracia en el Teatro Real les dijo: «Yo te saludo, joven democracia», dijo el Sr. Bilbao: «Con harta más razón puedo yo saludar en vosotros a la más auténtica democracia»... «La Democracia directa que vosotros ejercéis sin interposición de partidos políticos y que, por ser del pueblo y para el pueblo, constituye la más sana, la más honrada democracia».
Al terminar su discurso el Sr. Bilbao aseguró que «el régimen franquista no es una dictadura, sino que significa la defensa del orden, de la paz, de la justicia y de la libertad». Finalmente pidió a los reunidos «mantener siempre el juramento al Caudillo, para que nadie pueda arrebatarnos la gloria de haber hecho la España grande, unida y en orden...»
Seguidamente el general Franco pronunció el discurso de apertura del nuevo período de sus Cortes. De ese discurso reproducimos igualmente los párrafos más salientes.
Después de señalar que «la empresa llevada a cabo por el "Movimiento Nacional" es la empresa política más honda y trascendente de nuestra historia contemporánea», dedicó otros párrafos a ponderar la virtualidad del nuevo sistema político que «había recogido los restos de una Patria en bancarrota», y resaltó la obra de su régimen basado en la unidad política, en la unidad religiosa y la unidad social.
España y Marruecos
Un largo capítulo dedicó el general Franco a dar explicaciones sobre la cesión del Protectorado marroquí. A ese capítulo pertenecen estos párrafos: «Otro acontecimiento entre los importantes relacionados estrechamente con nuestra política exterior, fue la declaración del 7 de marzo de 1956, por la que, tras la declaración de Francia, reconocimos la independencia de nuestro antiguo Protectorado en la Zona Norte y Sur de Marruecos. Errores extraños a nosotros habían producido una conmoción en la conciencia del pueblo marroquí, avivando un sentimiento natural de independencia que precipitó el proceso que, de todas maneras, se hubiera manifestado a plazo fijo».
«La determinación unilateral de declarar la independencia de la nación marroquí por la otra nación protectora, constituía un hecho real que no podía soslayarse».
«La decisión hecha pública por la nación francesa nos obligaba a tomar una decisión. La misma conducta ajena que un día nos había forzado a la implantación del Protectorado...»
«No había más que un camino, el que España tomó y el que estaba en consonancia con la posición tradicional española...».
«Nuestro régimen se sucede a sí mismo»
Respecto a la sucesión de su régimen dijo el general Franco:
«Hemos de tener en cuenta que la Ley de Sucesión establece en su artículo noveno que para ejercer la Jefatura del Estado como Rey o Regente se requerirá jurar las leyes fundamentales del Reino y lealtad a los principios que informan el Movimiento Nacional. El cumplimiento de este básico precepto nos exige una formulación precisa y articulada de esos principios, para que sobre su texto se pueda en su día prestar el solemne juramento requerido, cuando por la voluntad de Dios sea necesario cumplir las previsiones que la Ley señala».
«Para llegar a esa conclusión se ha pretendido asignar los brillantísimos resultados conseguidos en esos años en la gobernación y resurgimiento del país a unas dotes y virtudes personales excepcionales que habrían de desaparecer con mi persona, pretendiendo ligar de esta manera la existencia del régimen con mi vida física. Precisamente es la Ley de Sucesión la que, saliéndole al paso, establece de una manera clara la sucesión reglada de las personas, en servicio precisamente de la permanencia y de la estabilidad del régimen».
«Nuestro régimen vive de sí mismo, no espera nada de fuera de él, se sucede a sí mismo y no se prepara a otras sucesiones».
Terminada la lectura de su discurso -que duró ochenta y cinco minutos- y puesto todo el mundo de pie el general Franco promulgó la nueva ley fundamental del Estado, constituida por doce puntos, que son los principios de Falange.
Estos principios precisan que «la forma política de España es una monarquía tradicional, católica, social y representativa dentro de la permanencia inalterable de los principios del Movimiento». Estos principios hechos ley tendrá que jurar defenderlos el Jefe del Estado que le suceda...
La nueva «Ley Fundamental del Reino» aparece como una negativa a las demandas de D. Juan y como un halago a los falangistas, tan desalentados y deshechos ya.
El discurso y la prensa extranjera
El Daily Telegraph de Londres, en su edición del 20 de mayo dice:
Le Monde de París, en su edición del 20 de mayo, en su editorial, hace comentarios sobre el discurso del general Franco, de los que acotamos los párrafos siguientes:
Un párroco con su pueblo
D. Carlos Martín Castañeda, párroco de Campuzano, provincia de Santander, ha sido recluido en el monasterio de Cobreces, por orden del vicario general de la diócesis el día 11 de mayo. La reclusión fue ordenada y ejecutada inmediatamente después de haber leído en las tres misas de ese día, el siguiente sermón:
«Se supone -dice OPE- que la reclusión del predicador es un arresto político ejecutado a través de la jurisdicción eclesiástica de acuerdo con el Concordato».
Cincuenta sacerdotes con los estudiantes
EXCMO. SR. MINISTRO DEL EJÉRCITO:
Quienes firman este escrito, sacerdotes que por diversos caminos han llegado a convivir con el mundo universitario, ante el caso que representan los estudiantes encarcelados en el mes de diciembre último, y sometidos a la acción del Juzgado Especial para la represión de la Masonería y el Comunismo, a V.E. con el debido respeto exponen:
Sin pretender inmiscuirnos en manera alguna en el aspecto político de la cuestión, tanto más cuanto que desconocemos las acusaciones que existen en concreto contra estos muchachos, nos sentimos obligados a exponer a V.E. lo que, desde nuestra cercanía al fondo y raíces de la situación, creemos de todo punto necesario, no ya para poder contribuir a un trato de clemencia con los acusados, sino, sobre todo para ayudar a la justicia en el estudio y acierto de sus decisiones.
Estos muchachos, Excelentísimo Señor Ministro, son víctimas y no sólo reos; víctimas de una sociedad a la que pertenecen, y que les ha ido escandalizando hasta el punto de provocar su rebeldía. Su gesto, pues, por debajo de la expresión política concreta que haya alcanzado, abarcando realidades religiosas y sociales, responde a una generosidad y sinceridad juvenil que parece exigir una especial comprensión en el momento de dictaminar sobre su suerte.
Nos consideramos en gran parte culpables de no haber sabido orientar debidamente a estos jóvenes, y deseamos ahora resarcir la falta que, como decíamos, compartimos con toda la sociedad, que ha provocado más o menos conscientemente, esta rebelión.
Las decisiones que la autoridad judicial adopte sobre los acusados encontrarán una evidente repercusión en una numerosa y valiosa minoría universitaria. La sentencia recaerá más sobre un ambiente que sobre unas pocas personas y contribuirá a endurecer o a orientar a una generación profundamente insatisfecha.
La justicia militar se encuentra en este caso en la mejor ocasión de ejercer una profunda pedagogía de la vida universitaria española. Y aquí nos atrevemos, Señor Ministro, a sugerir cuánto puede hacer el mismo Ejército, que va conociendo a los universitarios en la Milicia, para conseguir la debida comprensión y la respuesta orientadora que llevamos años buscando.
Por último, sabemos que junto a estos estudiantes hay en la cárcel otros españoles pertenecientes a la clase obrera y a otros estamentos de la sociedad, detenidos en circunstancias semejantes. No pedimos un trato de favor para los universitarios olvidándonos de los demás acusados. Únicamente nos limitamos a exponer lo que sabemos del caso de aquéllos por nuestras actividades universitarias.
Es por lo que pedimos a V.E.:
Que se procure por todos los medios posibles poner término a la presente situación de los detenidos, obligados a convivir -cuando todavía no han sido juzgados- con presos condenados por delitos comunes.
Que se dé una rápida solución al caso de estos universitarios para disminuir los graves perjuicios familiares y escolares que vienen sufriendo.
A ello nos obliga nuestra conciencia sacerdotal, que ha de predicar la verdad, condición inexcusable del ejercicio de una auténtica justicia, desde la que únicamente nos es lícita la petición de clemencia.
Madrid, 5 de mayo de 1958
El documento está firmado por cincuenta sacerdotes, entre ellos citamos los siguientes:
JUAN ZARAGÜETA, Académico de la Real de Ciencias Morales y Políticas, Presidente de la Sociedad Española de Filosofía, Catedrático de la Universidad de Madrid.
FEDERICO SOPENA, Académico de la Real de Bellas Artes, Catedrático en el Conservatorio, Rector de la Iglesia Universitaria.
Monseñor JOSÉ MARÍA BULART, Párroco de la Ciudad Universitaria, Rector de la Iglesia del Buen Suceso, Prelado Doméstico de Su Santidad, Capellán del general Franco.
M. R. P. FÉLIX GARCÍA, Provincial de la Orden de San Agustín, Rector de la Iglesia de San Manuel y San Benito.
JESÚS IRIBARREN, Director de la Oficina de Información de la Iglesia.
JAVIER M. ECHENIQUE, Secretario Nacional de las Obras Misionales Pontificias.
El padre Llanos
Se sabe que el escrito en favor de los estudiantes universitarios que siguen encarcelados fue redactado por el padre Llanos, jesuita que colabora semanalmente en Arriba y que se viene distinguiendo por su labor social en los suburbios.
La firma del padre Llanos no figura entre los cincuenta sacerdotes que firmaron dicho documento porque el padre Provincial de la Compañía de Jesús prohibió al padre Llanos que suscribiera el texto del que, sin embargo, era autor. (OPE)