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ArribaActo III

 

Salón lujoso. Puerta en el fondo y laterales; una de las puertas laterales del segundo término es pequeña.

 

Escena I

 

TOMÁS, sentado cómodamente en un sofá o sillón. Después, un CRIADO.

 

TOMÁS.-  ¡Jesús, qué distracción!  (Levantándose de golpe.)  Si entra de pronto Plácido, digo el señor vizconde, y me encuentra sentado, ¡buena la hicimos! ¡Bien se desquita, bien! Y bien supo hacerse el amo... ¡Paciencia! Tomás es Tomás, y también me desquitaré yo con él y con niña Josefina..., digo..., con la señora vizcondesa...

CRIADO.-   (Entrando por el fondo.)  Ahí está el que vino esta mañana. El lugareño. Empeñado en que ha de ver al señor vizconde.

TOMÁS.-  ¿Para qué?

CRIADO.-  No sé. No lo dice: es muy receloso. Sólo nos ha dicho que es de Retamosa.

TOMÁS.-  ¡Ah! ¿De Retamosa? ¡Pchs! Si tiene tanto empeño, que entre.  (Sale el CRIADO.)  ¿Quién sabe si contará algo útil?



Escena II

 

TOMÁS y TÍO LESMES.

 

TÍO LESMES.-   (Mirando a todas partes, con asombro.)  A la paz de Dios.

TOMÁS.-  ¿Quién es usted y qué quiere usted?

TÍO LESMES.-  ¡Ah! Perdone usted. No había reparado, porque usted tiene poco que ver...  (Volviendo a mirar el salón.)  ¡Todo esto sí que tiene que ver!

TOMÁS.-   (Aparte.)  Vaya un zángano desahogado.  (Alto.)  ¿Que a quién busca usted?

TÍO LESMES.-  Busco a Plácido. Lléveme usted a donde está.

TOMÁS.-  No puede ser. Y entienda que no se llama Plácido.

TÍO LESMES.-   (Riendo.)  ¡Anda, anda, si lo sabré yo! Plácido se llama como no lo haya confirmado el señor obispo.

TOMÁS.-  Se llamaba Plácido cuando vino a Madrid. Y así le llamaba yo y ya lo estoy pagando.

TÍO LESMES.-  ¿Que lo paga usted?

TOMÁS.-  Desde hace cuatro años, desde que se casó con la hija del señor marqués, con la señorita Josefina, se llama el señor vizconde.

TÍO LESMES.-  ¡Ya..., ya!... Toma con Plácido...

TOMÁS.-  ¿Y para qué quiere usted ver al señor vizconde?

TÍO LESMES.-   (Entre simpleza y vanidad.)  Para muchas cosas nuestras.

TOMÁS.-  ¿De usted y del señor vizconde?

TÍO LESMES.-  Cabalito. Y de don Rufino, a quien le vendió Plácido...

TOMÁS.-  ¿Qué le vendió?

TÍO LESMES.-  Un cuadro. Vamos al decir, un retrato.

TOMÁS.-  ¿Qué retrato?

TÍO LESMES.-  E1 de su madre.

TOMÁS.-  ¿El de la madre de don Rufino?

TÍO LESMES.-  ¡Otra que tal! El de su madre..., su madre..., la madre de Plácido.

TOMÁS.-  ¡Ya!... ¡Plácido vendió el retrato de su madre!...

TÍO LESMES.-  Plácido me mandó a decir: «Lesmes, pídele a don Rufino el retrato de mi madre; y le das lo que te pida, poco o mucho, que siempre será mucho..., y me lo mandas.» Conque don Rufino me contestó: «Pues no lo tengo, que se lo vendí, perdiendo, a uno que vino a pasar el verano a Retamosa, que entendía de pinturas y que era de Retamosa. Y se fue a Madrid, y tengo entendido que se lo vendió, ganando, a otro, que también es de Retamosa del Valle.» Y en este papel viene todo muy bien explicado...  (Sacando un papel.) 

TOMÁS.-  Bueno; pues démelo usted y yo se lo entregaré al señor vizconde.

TÍO LESMES.-  ¿Qué más da? ¿Yo para qué lo quiero? En no viendo a Plácido, ¿qué más da?

TOMÁS.-  Verle no es posible.

TÍO LESMES.-  Allá él.  (Le da un papel a TOMÁS.)  Dígale que yo me marcho esta noche. Conque... con Dios.  (Al salir mira a todas partes.)  ¡Ah! Dígale que mi chico volvió de servir al rey, y que se casó con Pacorra, y que se murió la tía. Y que tengo dos nietos. ¿Plácido tiene nietos?

TOMÁS.-  No, señor.

TÍO LESMES.-  ¡Qué ha de haber nietos en Madrid!  (Con desprecio.)  Vaya..., a más ver, si Dios quiere... Ya sabe..., el tío Lesmes..., Retamosa del Valle..., a mandar.  (Ofreciéndose.)   ¡Buena casa..., buena, buena!  (Sale, mirando a todas partes.) 

TOMÁS.-  Adiós, bestia. ¿Conque Plácido vendió el retrato de su madre?... Bueno es saberlo. Ya está ahí el Judas.  (Toma aspecto respetuoso.) 



Escena III

 

PLÁCIDO y TOMÁS.

 

PLÁCIDO.-  ¿Quién hablaba en voz alta? ¿Eras tú? ¿No te he dicho que no me gusta que se hable a gritos?

TOMÁS.-  No era yo, señor vizconde.

PLÁCIDO.-  ¿Pues quién era?

TOMÁS.-  Un amigo del señor vizconde.

PLÁCIDO.-  ¡Mentira! ¡Mis amigos no hablan en forma grosera!

TOMÁS.-  Pues el tal dijo que era amigo del señor vizconde y quería verle a todo trance.

PLÁCIDO.-  ¡Su nombre!

TOMÁS.-  Uno de Retamosa del Valle: un patán insolente y grosero.

PLÁCIDO.-   (Impaciente.)  ¡Su nombre!

TOMÁS.-  ¡El tío Lesmes!

PLÁCIDO.-  ¡El tío Lesmes! ¿Ha estado aquí el tío Lesmes?... Pero ¿dónde está, dónde?

TOMÁS.-  ¡Señor!

PLÁCIDO.-  ¿Por qué no entró?

TOMÁS.-  Yo creí...

PLÁCIDO.-  Siempre crees y nunca aciertas. ¡Corre, corre a buscarle!...

TOMÁS.-  Ya no está en la casa.

PLÁCIDO.-  Pero ¿en dónde para? ¡Su posada!... ¿Cuál es su posada?

TOMÁS.-   (Complaciéndose en molestarle.)  No lo dijo.

PLÁCIDO.-  ¿Y cuándo vuelve?

TOMÁS.-   (Respetuoso, pero siempre gozando en mortificarle.)  Se marcha esta noche al pueblo.

PLÁCIDO.-  ¿Lo ves?... ¿Lo ves, imbécil?

TOMÁS.-  Nada hay perdido, señor vizconde.

PLÁCIDO.-  ¿Nada perdido? ¿Tú qué sabes?

TOMÁS.-  No se incomode el señor vizconde. El retrato de la madre del señor vizconde aparecerá.

PLÁCIDO.-   (Dominado.)  ¡Ah!... ¿Te ha dicho...?

TOMÁS.-  Todo. Sí, señor, todo. Sin preguntarle yo nada.

PLÁCIDO.-  Acaba.

TOMÁS.-  Don Rufino ya no tiene el retrato: «lo vendió».

PLÁCIDO.-  Acaba.

TOMÁS.-  El comprador vino a Madrid... «y lo vendió».

PLÁCIDO.-  ¡Ah, qué maldita casualidad!

TOMÁS.-  Comprendo el disgusto del señor vizconde: ¡el retrato de su señora madre, tan buena..., corriendo de almoneda en almoneda y de baratillo en baratillo!

PLÁCIDO.-  ¿Tú quieres que te tire por el balcón?

TOMÁS.-  Como el señor guste. Pero yo encontraré el retrato. No hay cuidado. El domingo iré al Rastro.

PLÁCIDO.-  ¡Insolente! ¿Y los nombres de esas personas que decías?

TOMÁS.-  En este papel están.

PLÁCIDO.-   (Cogiendo el papel.)  Venga... y vete.

TOMÁS.-  ¿A la calle?

PLÁCIDO.-  No, a la antesala.

TOMÁS.-   (Aparte.)  Ya lo sabía yo.  (Sale.) 



Escena IV

 

PLÁCIDO, solo.

 

PLÁCIDO.-   (Leyendo el papel.)  Sí, con estos datos se podrá encontrar, no hay duda.  (Paseando nerviosamente.)  ¡Lo necesito!, ¡lo deseo!, ¡lo quiero!  (Pensativo.)  Mucho me he arrastrado, pero mucho he sufrido. Dentro de pocos días, ¡al más alto! ¡El poder!, ¡qué hermoso es el poder! Ser ministro es mucho, ¡no es bastante! Pero para subir lo que me falta, ya no necesito arrastrarme. Me basta con luchar: luchar de frente, de potencia a potencia. ¡Vida nueva!



Escena V

 

PLÁCIDO y TOMÁS.

 

TOMÁS.-  Señor vizconde.

PLÁCIDO.-  ¡Otra vez!

TOMÁS.-  Don Romualdo y don Anselmo desean ver a su excelencia.

PLÁCIDO.-  No puede ser. Estoy ocupado.

TOMÁS.-  Es la segunda vez que vienen.

PLÁCIDO.-  ¡Aunque vengan doscientas!... No los necesito ya.

TOMÁS.-  Pero ellos necesitan al señor vizconde..., y como fueron tan amigos.

PLÁCIDO.-  ¿Qué es eso? ¿Te permites hacerme observaciones?

TOMÁS.-  ¡Yo!... Señor vizconde...

PLÁCIDO.-  Ya lo sabes: que no puedo recibirlos, Pueden pasar a las habitaciones de la señora. Hoy es «su día», es «su hora»... ¿Recibe ya?

TOMÁS.-  Sí, señor. Entró hace un rato a saludar a la señora el coronel Barrientos, ese militar tan guapo.

PLÁCIDO.-  ¿No te mandé que con cualquier excusa le despidieses? ¡Siempre torpe, torpe, torpe!

TOMÁS.-  Sí, señor... Pero la señora me tiene mandado que entre siempre que venga..., y como lo mandó la señora...

PLÁCIDO.-  ¡Ah!  (Conteniéndose.)  Está bien. ¿Hay mucha gente esperándome?

TOMÁS.-  Sí, señor.

PLÁCIDO.-  Pues que pasen todos a saludar a la señora: todos, todos, y en seguida.

TOMÁS.-  ¿También el señor Claudio?

PLÁCIDO.-  ¡Ah! ¡Está Claudio!... No; ése que entre aquí.

TOMÁS.-  Sí, señor.  (Sale. Aparte.)  ¡Los compadres!

PLÁCIDO.-  A ver qué me cuenta Claudio del asunto. Es una cosa insignificante, ridícula; pero me tiene inquieto. ¡Me voy volviendo cobarde!... Yo antes no era así.



Escena VI

 

PLÁCIDO y CLAUDIO. Viste con elegancia severa, aire de duelista, pero sin exageración; mirada altiva; de cuando en cuando, con el brazo derecho amaga una estocada, pero sin abusar del movimiento y sin marcarlo mucho.

 

PLÁCIDO.-  Gracias a Dios que vienes.

CLAUDIO.-  Es que yo también tengo mis asuntos.

PLÁCIDO.-  Tú no tienes nada que hacer.

CLAUDIO.-  ¿Que no? Estos días soy padrino de dos duelos, y formo parte de un tribunal de honor. Nadie quiere batirse seriamente sin acudir a mí, porque saben que yo no admito farsas.

PLÁCIDO.-  Y dime..., porque en estos últimos tiempos te he perdido de vista..., ¿te has batido alguna vez más?

CLAUDIO.-  En España, no. Me sería muy doloroso herir o matar a un compatriota. Derramar sangre española..., ¡nunca! En cambio, todos los años hago un viaje al extranjero..., y allí, si se presenta ocasión, doy muestras de lo que es Claudio. Luego «la fama» trae a Madrid la relación de mis proezas.

PLÁCIDO.-  Sí, esa costumbre tuya... ya la conozco. Y este último año, ¿cuántos lances tuviste? Es decir, ¿cuántos lances inventaste?

CLAUDIO.-  Tres. En Hungría herí...

PLÁCIDO.-  A un húngaro.

CLAUDIO.-  No; creo que lo hice polaco. En Berlín, a un capitán de ulanos: también lo herí. Y al regresar, a un italiano.

PLÁCIDO.-  Bueno; pues llegó el caso de que mates o hieras, o por lo menos «asustes», a un individuo molesto.

CLAUDIO.-  ¿A Basilio?

PLÁCIDO.-  Así creo que se llama ese miserable, que me viene amenazando con publicar un folleto..., ¡un libelo! ¿Le viste? ¿Le amenazaste como tú has aprendido a amenazar, que parece que eres un tigre?

CLAUDIO.-  Le vi, pero no le amenacé; con él no valen amenazas. Es enemigo peligroso: valor salvaje..., pero «salvaje» auténtico, no como los que nosotros usábamos; talento, travesura y carencia de todo sentido moral. Nos lleva ventaja.

PLÁCIDO.-   (Con repugnancia.)  ¡Por Dios!

CLAUDIO.-  Con Basilio hay que emplear otro medio: «el único».

PLÁCIDO.-  Tú exageras.

CLAUDIO.-  No exagero, le conozco bien. Él y yo vivíamos en la misma casa de huéspedes..., allá, cuando nuestra primera farsa.

PLÁCIDO.-  ¡Claudio!... ¡Qué palabras empleas!... Aquello fue una broma propia de jóvenes.

CLAUDIO.-  Que te hizo hombre.

PLÁCIDO.-  Y a ti. Pero volvamos a Basilio. ¿Conoces el folleto?

CLAUDIO.-  Cuando fui a ver a Basilio de tu parte y de la mía, porque a mí también me interesa, me leyó un capítulo.

PLÁCIDO.-  ¿Y qué?... Palabras, insultos...

CLAUDIO.-  No; pruebas. La carta que Javier me escribió cuando nuestro duelo, rompiendo toda clase de relaciones conmigo por indigno y farsante; así decía.

PLÁCIDO.-  A mí me escribió otra parecida.  (En tono triste.)  Esa carta es muy peligrosa. Porque Javier en materias de honor tiene autoridad decisiva. ¡Grave!... ¡Muy grave! ¿Me nombraba en esa carta?

CLAUDIO.-  ¡Naturalmente!

PLÁCIDO.-   (Preocupado hondamente.)  ¡Grave, muy grave!

CLAUDIO.-  Mira tú, Javier ha seguido otro camino distinto del nuestro.

PLÁCIDO.-  Inspiraciones de Blanca.

CLAUDIO.-  Javier ha estudiado..., ha estudiado..., ¡lo que ha estudiado! ¡Es hoy toda una reputación! ¡Una fama de talento que ni la tuya!

PLÁCIDO.-  ¡Y en el foro, qué palabra y qué rectitud! Es una reputación de honradez..., que ni  (Mirando alrededor.) , vamos, no veo en todo lo que alcanza la vista con quien compararlo.  (Sonriendo con alguna tristeza.) 

CLAUDIO.-  Ha tardado más que nosotros, pero ha llegado.

PLÁCIDO.-  Y está más tranquilo. Pero, en fin, ¿le viste?

CLAUDIO.-  Vi a Blanca y a Javier y les dije que viniesen a tu casa.

PLÁCIDO.-  Para prestarme autoridad, para que todo el mundo viese que no me creen indigno de ser su amigo; en suma, para quitar fuerza a esa carta traidora si es que llega a publicarse.

CLAUDIO.-  Todo eso y mucho más...

PLÁCIDO.-  ¿Y qué?

CLAUDIO.-  Javier se negó; pero Blanca se echó a llorar, y le dijo: por tu «carta» está Plácido comprometido..., debemos ir.

PLÁCIDO.-  ¡Pobre Blanca!

CLAUDIO.-  Y vendrán esta noche.

PLÁCIDO.-  ¿Y Basilio?

CLAUDIO.-  Vendrá a verte dentro de poco. Y créeme..., hay que capitular.

PLÁCIDO.-  Me repugna, sin conocerle.

CLAUDIO.-  Ya le conocerás y te repugnará más todavía.



Escena VII

 

PLÁCIDO, CLAUDIO y JOSEFINA que entra muy agitada.

 

JOSEFINA.-  ¡Plácido..., Plácido!... Adiós, Claudio..., no se marche usted, tenemos que hablar. ¡Vamos, Plácido!...

PLÁCIDO.-  ¿Qué quieres? ¿Qué ocurre?

JOSEFINA.-  Que está ahí el duque, que vendrá a tratar contigo de la combinación ministerial... ¡Pronto, pronto; está en tu despacho!

PLÁCIDO.-  ¿El duque?... ¡Ah! ¡Sí..., voy..., allá voy!  (Sale con apresuramiento; no corre, pero no le falta mucho.) 

CLAUDIO.-   (Riendo.)  ¡No te precipites!  (PLÁCIDO se detiene.)  ¡Más serenidad! ¡Un hombre político debe saber dominarse!... ¡Dignidad en el dolor; dignidad en el placer; dignidad en el peligro! ¡Ese es mi fuerte!

PLÁCIDO.-  Tienes razón. ¡No soy el que era!  (Sale dignamente.) 



Escena VIII

 

JOSEFINA y CLAUDIO.

 

JOSEFINA.-  No tiene aplomo, no sabe fingir; yo creí otra cosa. Tenemos que hablar.

CLAUDIO.-  Todo lo que usted quiera, Josefina.  (Se sientan muy juntos.) 

JOSEFINA.-  En usted tengo completa confianza; es usted uno de nuestros buenos amigos. Y además tiene usted aplomo. Y valor no se diga.

CLAUDIO.-  ¡Valor!... ¡Ah! De eso no hay que hablar; mejor es no hablar.

JOSEFINA.-  Pues le voy a pedir a usted un favor.

CLAUDIO.-  Usted no pide; manda.

JOSEFINA.-  ¡Qué gente la de Madrid!

CLAUDIO.-  Sí, mucha gente.

JOSEFINA.-  ¡Qué murmuraciones, qué calumnias! No puede una ser más amable con los amigos, porque la amabilidad la convierten en coquetería; y la coquetería la confunden...,¡Dios me perdone!

CLAUDIO.-  ¿Tiene que perdonarle a usted algo?

JOSEFINA.-  ¡Qué bromista! No, pues el asunto es serio.

CLAUDIO.-  Esos son los que a mí más me gustan. ¡Nada de farsas!

JOSEFINA.-  Pues por eso acudo a usted.

CLAUDIO.-  Y si hay peligro, ¡mejor!

JOSEFINA.-  Cabalmente, por eso pido protección a don Claudio, porque puede haber peligro.

CLAUDIO.-  ¿Para quién?

JOSEFINA.-  Para usted.

CLAUDIO.-   (Aparte.)  ¡Demonio!  (Alto.)  Pues me da usted un alegrón.  (Riendo.) 

JOSEFINA.-  ¿Conoce usted a don Víctor Marcial?

CLAUDIO.-  ¡Don Víctor Marcial!... ¡Don Víctor Marcial!...  (Haciendo memoria.)  Me suena, me suena ese nombre... Uno que está siempre en el extranjero y que es muy espadachín...  (Algo distraído.)  Yo creo que es el que herí o maté hace dos años en Nápoles.

JOSEFINA.-   (Asombrada.)  ¿Qué lo mató usted?... ¡Ojalá!... Pero debe de ser otro.

CLAUDIO.-  ¡Ah, sí!... ¡Qué distracción!... El muerto fue otro. ¿Y qué?... Porque todavía no comprendo.

JOSEFINA.-  Ese también es espadachín. Y por eso decía yo que iba usted a correr un peligro.

CLAUDIO.-  ¡Para mí el peligro no es nada! ¡Absolutamente nada! ¡El peligro y yo nos conocemos! «Sobre todo él a mí.»

JOSEFINA.-  Pues por eso acudo a usted. Ese hombre es un villano. Me calumnia en mi reputación.

CLAUDIO.-  ¡Un villano..., un infame..., un miserable!...  (Mirando a todos lados por si le oyen.) 

JOSEFINA.-  Calma, querido Claudio. Primero se apuran las vías pacíficas.

CLAUDIO.-  Aunque usted no lo crea, ésta es mi especialidad: las vías pacíficas.

JOSEFINA.-  Después se tomará otro camino.

CLAUDIO.-  Otro camino...  (Aparte.)  para escapar.

JOSEFINA.-  ¿Pues creerá usted que ha tenido la desfachatez de presentarse esta tarde en mi salón?

CLAUDIO.-  ¿De modo que le tenemos cerca?

JOSEFINA.-  Ahí está...

CLAUDIO.-  Entonces...  (Levantándose para marcharse.) 

JOSEFINA.-  ¡Calma, por Dios! No está bien que provoque usted un escándalo en mi casa.

CLAUDIO.-  Pierda usted cuidado; no estoy dispuesto a provocar un escándalo. ¡Cuando me lo presenten le trataré cortésmente!..., ¡afectuosamente!..., ¡amistosamente!

JOSEFINA.-  Hasta que salgan ustedes. Y entonces...

CLAUDIO.-  Entonces será otra cosa. Déjeme usted correr con el asunto.



Escena IX

 

JOSEFINA, CLAUDIO y el MARQUÉS.

 

MARQUÉS.-  Amigo don Claudio, ¿quiere usted venir conmigo? Josefina se empeñó antes en que le presentase a usted a don...

CLAUDIO.-  A don Víctor.

MARQUÉS.-  Justamente.

CLAUDIO.-  Me lo acaba de decir.

MARQUÉS.-  Le he anunciado la presentación, y está esperando... De modo...

CLAUDIO.-  Con mucho gusto.

JOSEFINA.-   (Aparte, a CLAUDIO.)  Por el pronto, mucha amabilidad.

CLAUDIO.-  ¡A quién se lo dice usted!... Pero estoy nervioso y acaso fuera mejor que lo dejásemos para otro día.

JOSEFINA.-  No, ha de ser hoy mismo. Usted sabrá contenerse.

CLAUDIO.-  ¡Saber contenerme!... ¡Ah!, ¡aunque me insulte!

JOSEFINA.-  Todavía no hay motivo.

CLAUDIO.-  Ni lo habrá nunca. Es decir, que no llegaremos a ese caso.

MARQUÉS.-  ¿Viene usted, don Claudio?

CLAUDIO.-  Estoy a sus órdenes.  (Salen CLAUDIO y el MARQUÉS.) 



Escena X

 

JOSEFINA, PLÁCIDO y un CRIADO.

 

JOSEFINA.-  ¿Qué noticias?

PLÁCIDO.-  Buenas. Es seguro.

JOSEFINA.-  ¡Gracias a Dios! Voy a ver la presentación de Claudio.  (Sale.) 

PLÁCIDO.-   (Toca un timbre. Aparece un CRIADO.)  ¿No ha venido un joven a buscarme?

CRIADO.-  Sí, señor; ahí espera, y dijo don Claudio que cuando el señor estuviese solo que le avisásemos.

PLÁCIDO.-  Dígale usted que entre.  (Vase el CRIADO.)  ¿Qué clase de hombre será? Conviene tantear el terreno y caminar con prudencia. Más listo que yo no ha de ser.  (Riendo.)  Cuando más, «otro yo». ¡Sería curioso verme «yo» ante «mí mismo»!  (Ríe con risa forzada. Por la pequeña puerta lateral, el CRIADO introduce a BASILIO.) 

CRIADO.-  Allí está el señor vizconde.  (En voz baja.) 

BASILIO.-   (Lo mismo.)  Ya le veo, ya le conozco.  (Sale el CRIADO.) 



Escena XI

 

PLÁCIDO y BASILIO. Este es joven, viste modestamente, es un bohemio, pero no un andrajoso; delgado, pálido, mirada entre cínica y astuta.

 

PLÁCIDO.-   (Aparte.)  ¡Bah! Será cuestión de cuatro o seis mil reales a lo sumo.  (Alto.)  Acérquese usted.  (BASILIO se acerca lentamente con fingida timidez.)  No tenga usted miedo.

BASILIO.-  No es miedo, señor vizconde, es emoción natural. ¡Verme yo ante usted! ¡Ante el hombre a quien tanto he admirado! ¡Yo nada soy, un pobre diablo, un náufrago de la vida; pero usted ha sido siempre para Basilio el ser superior a quien se admira desde lejos!

PLÁCIDO.-  ¿De modo que usted siente por mí verdadera simpatía?

BASILIO.-  ¡Ah, señor vizconde!

PLÁCIDO.-  ¡Será una simpatía muy profunda!

BASILIO.-  ¡Profunda! ¡Inmensa!

PLÁCIDO.-   (Riendo y aparte.)  Esa clase de simpatías sentí yo; iguales.  (Alto.)  Acérquese más y siéntese.

BASILIO.-  ¡Sentarme yo, estando delante de usted!

PLÁCIDO.-  Siéntese usted y hablemos como amigos.

BASILIO.-  Por obedecer a usted.  (Se sienta aparentando timidez.)  ¡Pero ser su amigo! ¡Yo no merezco tanto! ¡Yo no puedo ambicionar honra tan grande!

PLÁCIDO.-  Pues yo, por lo que había oído, imaginé que usted no me quería bien.

BASILIO.-  ¿Yo señor vizconde, yo? ¿Yo, que le venero?

PLÁCIDO.-  Gracias, esas cosas me las sé de memoria. Pero ¿no cree usted que tanto afecto es empalagoso?

BASILIO.-  ¡Señor vizconde!...

PLÁCIDO.-  No me dejo engatusar por palabras. Quiero obras, amigo Basilio. ¿No se llama usted Basilio?

BASILIO.-  Ese es mi nombre.

PLÁCIDO.-  Pues hablemos claro. ¿No me amenaza usted con publicar un folleto infamante, apoyado en no sé qué cartas y documentos?

BASILIO.-  ¿Yo, señor vizconde?

PLÁCIDO.-  ¿No ha sido usted el que ha escrito ese libelo?

BASILIO.-   (Con energía.)  No, señor.

PLÁCIDO.-  ¿Pues quién?

BASILIO.-   (Acercándose y en tono confidencial y enfático.)  «¡El otro!»

PLÁCIDO.-  ¿Y quién es «el otro»?

BASILIO.-  ¡El otro! Mi amigo..., no. Mi compañero, ¡qué tristeza! Mi allegadizo. En el mar, las olas juntan a veces, caprichosas, los restos de un naufragio. Por ejemplo, la cuna de un niño y el mango de un hacha de abordaje. Pues en el naufragio de la vida las olas nos han juntado «al otro» y «a mí»; yo soy la cuna. ¡Él es el hacha!

PLÁCIDO.-   (Con impaciencia.)  ¿Cómo se llama? ¿Quién es?

BASILIO.-  Usted me pregunta... ¡Ah, perdone vuecencia, no le daba tratamiento! ¡Es que estoy aturdido!

PLÁCIDO.-  Déjese de tratamiento y conteste: ¿cómo se llama el amigo de usted?

BASILIO.-  ¡Qué importa su nombre! En su vida aventurera y criminal..., ¡hasta criminal!, señor vizconde..., ha tenido muchos. Llamémosle «El otro». ¿Quién es? Un malvado, capaz de todo. Hace el mal por codicia, por odio o por amor al arte. Emplea la fuerza o la astucia. Y cuando es preciso, se arrastra como un reptil y ¡muerde! ¡Labios de víbora que la adulación endulza! ¡Ah, usted no comprenderá esto! Usted, un ser noble, puro, que ha luchado y ha vencido, nunca por medios vergonzosos, sino por energías soberanas de su voluntad.

PLÁCIDO.-   (Colérico.)  Basta de elogios. ¡Basta!

BASILIO.-  ¡También modesto!

PLÁCIDO.-  Siga usted y acabe, que entre las muchas virtudes que usted justamente reconoce en mí, falta una: la paciencia.

BASILIO.-  Lo que me queda por decir, usted lo adivinará fácilmente. La verdad es que «el otro» se encuentra..., que «los dos nos encontramos en una situación muy difícil. Y digo «los dos», porque la fatalidad me amarró a «ese hombre».

PLÁCIDO.-  Abreviemos. ¿Usted cree que su compañero está dispuesto a venderme esos papeluchos y a dejarme en paz?

BASILIO.-  Estoy seguro.

PLÁCIDO.-  Pues aceptado el trato. No porque a mí me importe nada de todo eso que usted cuenta. Veo que tiene usted talento. Y quiero protegerle a usted. Joven, salga usted de apuros, que yo simpatizo con la juventud. Tome usted.  (Saca una cartera, de ella un billete de mil pesetas y se lo da.) 

BASILIO.-  ¡Ah señor vizconde!... ¡Sí, usted me salva!... ¡Usted es mi padre!...  (Quiere abrazarle, pero PLÁCIDO le rechaza.) 

PLÁCIDO.-  Bueno, gracias.  (Aparte.)  Yo también tuve padres por el estilo.  (Alto.)  Ahora, déme usted los papeles de que hablábamos.

BASILIO.-  Pero si yo no los tengo.

PLÁCIDO.-   (Cada vez más impaciente.)  ¿Pues quién?

BASILIO.-  «El otro».

PLÁCIDO.-  Pues tráigalos en seguida. Cuando yo examine los documentos que usted dice, le daré otras mil pesetas para su compañero. ¡Y a concluir pronto, que todo esto me repugna! Más bien cedo por lástima hacia ustedes que por interés propio.

BASILIO.-  Ya sé que es usted muy compasivo. Pero mi compañero dirá que esos documentos valen mucho más. Si se tratase de otra persona de menos viso, bien pagados estaban. Pero usted..., ¡usted les da un valor inmenso!

PLÁCIDO.-   (Nervioso.)  En suma: ¿cuánto quieren ustedes?

BASILIO.-  ¡Por Dios, yo nada! ¡Usted me confunde con «el otro»!

PLÁCIDO.-   (Más nervioso cada vez.)  Pues «el otro», ¿cuánto pide?

BASILIO.-  ¿Y si le parece a usted mucho?

PLÁCIDO.-   (Fuera de sí.)  ¿Cuánto? ¡Una cifra!, ¡una cantidad!

BASILIO.-  ¡Mi compañero es muy inconsiderado!

PLÁCIDO.-  ¡Digo que cuánto!

BASILIO.-  Calma, señor vizconde, calma. No nos precipitemos. Antes de fijar la cifra convendrá que usted conozca alguno de los documentos...

PLÁCIDO.-  ¡De los papeluchos!

BASILIO.-  No me atrevo a contradecir al señor vizconde. De todas las pruebas del folleto, no citaré más que dos. Primera: una carta de un amigo de usted, don Javier, una gloria de España; otro de mis ídolos.

PLÁCIDO.-  ¡Basta de ídolos!... ¿Y qué?

BASILIO.-  Esta carta está dirigida a un amigo de usted, don Claudio, y rompe con él toda clase de relaciones por no sé qué desafío.

PLÁCIDO.-  Todo eso es absurdo. Y dado que existiese una carta así, sería antigua.

BASILIO.-  ¡Muy antigua! ¡Pero es admirable cómo la tinta de imprenta rejuvenece los escándalos!

PLÁCIDO.-   (Preocupado, sombrío, nervioso.)  ¿Y qué más? ¡El «segundo documento»!

BASILIO.-  ¡No me atrevo!... ¡Es tan infame, tan repugnante, tan calumnioso!... ¡No me atrevo..., no me atrevo! Figúrese usted: si yo no me atrevo a decirlo, lo que sería si se publicase!

PLÁCIDO.-  ¡Usted se ha empeñado en salir por el balcón!...

BASILIO.-  ¿Y quién le defendería a usted? ¿Quién le entregaría a usted esos papeluchos?

PLÁCIDO.-   (Avanzando sobre él.)  ¡Miserable! Acabe usted de contar la infamia que ha empezado.

BASILIO.-  ¿Usted me lo manda?

PLÁCIDO.-  Lo mando.

BASILIO.-   (Acercándose y en voz baja.)  Antes de casarse la señora vizcondesa, tenía un criado de toda confianza: Tomás.

PLÁCIDO.-  Sí.

BASILIO.-  Usted no le despidió.

PLÁCIDO.-  No.

BASILIO.-  Hizo usted mal. Es una persona perversa; les paga a ustedes sus bondades como pagan los villanos...  (Acercándose a PLÁCIDO y en voz baja.)  Calumniando a la señorita Josefina. ¡Pero de qué modo!... Y suponiendo en usted una bajeza de sentimientos, o si se quiere..., una «magnanimidad»...  (PLÁCIDO, fuera de sí, se arroja sobre BASILIO; éste se levanta; PLÁCIDO le coge por los brazos violentamente y quedan los dos en pie, muy juntos: PLÁCIDO, sujetándole los brazos; BASILIO no se defiende, sonríe tranquilo.) 

PLÁCIDO.-  ¡Miserable!

BASILIO.-  ¡Cuántos miserables hay en este mundo, señor vizconde!

PLÁCIDO.-  ¡Sí..., «el uno» y «el otro»..., y muchos más!

BASILIO.-  No lo sabe usted bien.

PLÁCIDO.-  Pero ¡yo puedo aplastarlos a todos!, ¡y a usted con ellos!

BASILIO.-  Señor vizconde, cualquiera que entrase de pronto y nos viese tan cerca UNO de OTRO, pensaría que éramos «tal» para «cual».

PLÁCIDO.-  Es cierto.  (Le deja libre.)  Hay que concluir: «Precio».

BASILIO.-  Treinta mil.

PLÁCIDO.-  ¿Treinta mil reales?

BASILIO.-  No es moneda legal.

PLÁCIDO.-  ¡Treinta mil pesetas!

BASILIO.-  «E1 otro» vivió mucho tiempo en América y se acostumbró a contar por «pesos»

PLÁCIDO.-  ¡¡Treinta mil duros!! ¿Están ustedes locos?

BASILIO.-   (Se acerca a PLÁCIDO y habla en voz baja y muy dulce.)  Como «liquidación» de todo el «pasado» del señor vizconde, no me parece excesiva la cantidad. ¿Quién puede cerrar el paso en adelante al señor vizconde? ¡Podrá serlo todo; llegar a todo! Piénselo bien; piénselo bien; el negocio no me parece malo. Lo que yo temo es que si mi compañero sabe que el señor vizconde está a punto de subir más..., sea más exigente. Son consejos de un amigo..., si el señor vizconde me permite emplear esta palabra. ¡Oh!, el señor vizconde tiene talento, mucho talento, y es hombre práctico.

PLÁCIDO.-  Tendrá usted la cantidad. Traiga usted inmediatamente esos papeles.

BASILIO.-  ¿Palabra de honor?

PLÁCIDO.-   (Con desprecio.)  Palabra de honor,

BASILIO.-  Entre caballeros, eso basta.  (Sale haciendo saludos respetuosos.) 



Escena XII

 

PLÁCIDO; después, CRIADO; luego, JOSEFINA.

 

PLÁCIDO.-   (Procurando convencerse.)  ¡Ah miserable!..., ¡miserable!... ¡Yo no he sido así!..., ¡no he sido como tú!... ¡Hay mucha distancia del ingenio..., de la travesura..., a la infamia!, ¡a la villanía! ¡Ese hombre va bordeando el presidio! ¡Yo, nunca!  (Con repugnancia y agitándose y paseando como queriendo salir de sí.)  ¡Y yo que he tocado a ese ser envilecido! Pero ¿adónde va esta sociedad?, ¿adónde vamos todos con esta podredumbre que nos cerca, que nos asalta; que nos llega a los labios? ¡Asco y miseria! ¡Sí, romper con el pasado, olvidarlo!... ¡No arrastrarse más! Pero ¡para ello, para quedar libre..., necesito esa suma..., y en este momento no la tengo! Yo no tengo nunca oro mío..., ¡mío! ¡No; el asunto no puede quedar para mañana! No hay otro medio.  (Después de pensarlo, toca el timbre.) 

CRIADO.-  Señor...

PLÁCIDO.-  Entre usted y diga a la señora que venga en seguida, ¡pronto!  (Sale el CRIADO por la izquierda. Enjugándose la frente, febril, mirando el reloj.)  Dos minutos para que venga Josefina. Media hora para que venga ese tunante..., y todo habrá concluído..., todo..., y libre..., ¡Libre para siempre! Por precaución hice que vinieran Blanca y Javier..., pero ya sería inútil. No..., inútil, no... Bueno es que vean a Javier en mi casa. Javier da honra. El pobrecillo no puede dar otra cosa.  (Riendo.)  Pero es algo..., es algo. ¡Ah..., ya viene Josefina!

JOSEFINA.-   (Entra elegantísima.)  ¿Qué querías? Dilo pronto. Me está esperando el coronel.

PLÁCIDO.-  ¡Ah!...  (Conteniéndose.)  Pues en dos palabras. Necesito «dinero» inmediatamente.

JOSEFINA.-  ¿Y para eso me llamas? ¡También es impertinencia!

PLÁCIDO.-  Es que lo necesito ahora mismo.

JOSEFINA.-  Pídeselo a papá.

PLÁCIDO.-  Para eso te llamé; para que se lo pidas tú.

JOSEFINA.-  ¿Es que tú no te atreves?  (Con burla.)  ¡Ay, qué corto de genio se nos ha vuelto! Antes no eras así. ¡Ea, déjame, tengo que decir una cosa muy importante a aquellos señores!  (Haciendo un saludo burlesco.) 

PLÁCIDO.-  ¡Más importante es lo mío! ¡Lo tuyo siempre será coquetería!

JOSEFINA.-  ¡Calla, por Dios!

PLÁCIDO.-  ¡Josefina, que me va en ello la honra..., y a ti también!

JOSEFINA.-   (Riendo.)  Bueno; pues ocúpate tú de nuestras dos honras. Esa es cuenta tuya. Yo bastante tengo con mis coqueterías, como tú dices. ¡Adiós.!

PLÁCIDO.-   (Fuera de sí y poniéndose delante.)  ¡No..., no sales!

JOSEFINA.-   (Revolviéndose.)  ¡Plácido! ¡Más bajo, que pueden oírnos! Allá en el pueblo, en el campo..., tomaste la mala maña de hablar a gritos, y no has perdido la costumbre. Aquí es otra cosa.

PLÁCIDO.-   (Conteniéndose.)  Tienes razón. ¿Tú no tendrás esa cantidad?

JOSEFINA.-  Yo no sé qué cantidad es ésa, ni yo tengo nada. Los últimos cupones que cobré se los llevó la modista francesa. Ya recordarás que no pude darte ni cinco mil pesetas que necesitabas, no sé para qué. Siempre sería algún despilfarro. Conque déjame tranquila y acude a papá.

PLÁCIDO.-  Por Dios, Josefina, acude tú por mí. ¡Te lo ruego! ¡Son momentos críticos para todos!

JOSEFINA.-  ¡Yo!..., ¡no en mis días! Le tengo muy cansado a papá. ¡No..., no... y no! Y déjame, porque me voy poniendo nerviosa y lo van a notar aquéllos.

PLÁCIDO.-  Basta. Vete. Pero al menos dile a tu padre que venga; que tengo que hablarle de un asunto importantísimo.

JOSEFINA.-  ¡Convenido; te lo enviaré! ¡Buena jaqueca le vas a dar! Adiós...  (Deteniéndose cerca de la puerta)  ¿Sabes lo que te digo, Plácido? Que nos vas saliendo muy caro a todos.

PLÁCIDO.-   (Amenazando.)  Josefina!

JOSEFINA.-  «¡Mío caro, caro mío!»  (Saliendo y burlándose.) 



Escena XIII

 

PLÁCIDO; luego, un CRIADO; después, el MARQUÉS.

 

PLÁCIDO.-  ¡Ni alma!..., ¡ni corazón!..., ¡ni siquiera hermosura! ¡Este pasado sí que no lo redimo como el otro con treinta mil duros!... ¡Una gota, aunque no sea más que una gota de rocío!  (Toca un timbre, y aparece un CRIADO.)  Cuando vengan don Javier y la señorita Blanca, que pasen por aquí. Usted mismo les hace entrar.

CRIADO.-  Sí, señor.  (Sale.) 

PLÁCIDO.-  ¡Cuánto tarda el marqués! ¡Fuego lento!, ¡esto es fuego lento!... Al fin...

MARQUÉS.-  ¿Me llamabas, Plácido?

PLÁCIDO.-  Sí, le llamaba a usted.

MARQUÉS.-  ¿Para hablarme de la combinación ministerial? ¿Es cosa hecha?

PLÁCIDO.-  Creo que sí.

MARQUÉS.-  ¡Gracias a Dios! ¡Creí que no ibas a llegar nunca! Y es que no tienes práctica; que te falta tacto.

PLÁCIDO.-  Por eso consulto siempre con usted.

MARQUÉS.-  Pero no sigues mis consejos. Eres terco..., y a veces «torpe». Cuando se entra en una familia como la mía, hay que demostrar «¡cualidades superiores!».

PLÁCIDO.-   (Irritado.)  No decía usted eso cuando le salvé la vida.

MARQUÉS.-  Yo hubiera hecho tanto como tú; «¡más!». Porque yo no me separo del terreno sin ver sangre. O «mía» o «ajena».

PLÁCIDO.-  ¡No todos podemos ser héroes como usted! Pero estamos perdiendo el tiempo. Vamos al asunto. Necesito que me dé usted, en el acto, ahora mismo, treinta mil duros.

MARQUÉS.-   (Retrocediendo espantado.)  ¿Qué?... ¿Que necesitas...? ¿Te has vuelto loco?... ¿Y para qué quieres ese dinero?... ¡Pero, desdichado, si me pides un capital!

PLÁCIDO.-   (Brutalmente.)  Cuando se lo pido a usted es que lo necesito y que no lo tengo por el momento. Entiéndalo usted: es un préstamo. Se lo devolveré dentro de un par de meses.

MARQUÉS.-  Pero ¿no los tienes? ¿No tienes treinta mil duros? ¿Pues qué haces de las rentas de mi hija?

PLÁCIDO.-  Ella las gasta en lujo. Ya lo sabe usted.

MARQUÉS.-  ¡Ella necesita sostener el lustre de mi casa! ¡Poco a poco! ¡Nada de recriminaciones, señor mío!

PLÁCIDO.-  En otra ocasión hablaremos de todo eso... y de «otras cosas» Pero no puedo perder el tiempo y necesito lo que he dicho.

MARQUÉS.-  Yo no pienso dártelo.

PLÁCIDO.-   (Amenazador.)  ¿No?

MARQUÉS.-  ¿Amenazas?

PLÁCIDO.-  ¡Ese es el nombre!

MARQUÉS.-  ¡A mí! ¿A tu padre político? ¿Al marqués de Retamosa del Valle?

PLÁCIDO.-  ¡A usted! ¡A mi padre político! ¡Y al marqués! ¡Y Retamosa! ¡Y al Valle! ¡Y al mismo diablo que nos lleve a todos!  (Furioso.) 

MARQUÉS.-   (Asustado.)  ¡Plácido!

PLÁCIDO.-  Oiga usted y atienda una vez en su vida. Estoy en la combinación ministerial, cosa que le agrada a usted más que a mí. Y a Josefina, más que a nadie. Pero se está preparando un folleto infame. Si se publica, me hunden. Y al marqués de Retamosa conmigo. Y a Josefina con los dos. Por esa cantidad no se publica y me entregan todas las pruebas y documentos que pueden perjudicarnos. Ahora resuelva usted.

MARQUÉS.-  ¡Me aturdes! ¡Me confundes! ¡A mí me va a dar algo!

PLÁCIDO.-  Pues antes que le dé a usted, que a Dios gracias no le dará, déme usted los treinta mil.

MARQUÉS.-  ¿Y qué cuenta ese folleto?

PLÁCIDO.-  Es largo de contar. Ya lo sabrá usted luego.

MARQUÉS.-  Pero de mí, ¿qué pueden decir?

PLÁCIDO.-  ¿Qué podía decir aquel artículo que estuvo a punto de costarme la vida? Pues mucho más dice.

MARQUÉS.-  ¿Y de Josefina?

PLÁCIDO.-   (Con ira reconcentrada.)  De Josefina... no hablemos hoy. Mañana hablaremos.

MARQUÉS.-  ¿De modo que tú crees...?

PLÁCIDO.-  No creo; sé que, si ahora mismo ¡no me presta usted esa cantidad, mañana todos nosotros seremos el ludibrio de Madrid.

MARQUÉS.-   (Vacilando, pero casi vencido.)  Entonces..., ¿qué remedio?

PLÁCIDO.-  El que digo, y pronto.

MARQUÉS.-  Me parece que dijiste que era un préstamo.

PLÁCIDO.-  Nada más.

MARQUÉS.-  Está bien. Allá voy.  (Volviéndose.)  Pero caro nos cuestas, querido Plácido.

PLÁCIDO.-   (Yendo hacia él, colérico.)  ¡Marqués!...

MARQUÉS.-  ¿Qué?

PLÁCIDO.-  Nada, vaya usted. Debía estar acostumbrado, porque lo mismo me ha dicho Josefina. Vaya usted, vaya usted.

MARQUÉS.-   (Saliendo.)  ¡Treinta mil!... ¡Es una cifra aterradora!... ¡Preferiría batirme otra vez!... ¡Ah!..., no; es verdad; la primera se «batió» él.  (Vase.) 



Escena XIV

 

PLÁCIDO; un CRIADO; después, BLANCA y JAVIER.

 

PLÁCIDO.-  Ha cedido; ya sabía yo que cedería; otro ser ante el cual no tendré que arrastrarme.

CRIADO.-   (En voz baja.)  Ahí está el señor... He dicho que pasen.  (Se retira.) 

BLANCA.-  Plácido...

PLÁCIDO.-   (Volviéndose rápidamente.)  ¡Blanca!...  (Pausa. Quedan en pie los tres sin pronunciar palabra.) 

JAVIER.-  Te empeñaste en que viniésemos; aseguraste que nuestra presencia podrá salvarte de un peligro... o atenuarlo.

BLANCA.-  Y aquí estamos.

JAVIER.-  Por algunos momentos seremos figuras decorativas en tu casa.

PLÁCIDO.-  ¿Piensas tú lo mismo, Blanca?

BLANCA.-  ¿Qué quieres que piense? Y ahora dinos lo que hemos de hacer. ¿Pasearnos por tus salones? ¿Saludar al marqués? ¿Felicitar a Josefina? Lo que tú nos digas; dispón de nosotros.

JAVIER.-  Y a todos aquellos con quienes hable, les diré: «Que somos muy amigos, que nunca hemos dejado de serlo, que te estimo y te admiro por tus altas cualidades.» ¿No es esto?

PLÁCIDO.-  Sí. Los humildes venís a casa del poderoso a traer una «limosna» de dignidad y de honradez. Dios os lo pague.

JAVIER.-  No tenemos otra cosa que dar.



Escena XV

 

PLÁCIDO, BLANCA, JAVIER y el MARQUÉS, con un sobre en el que se supone que trae el cheque.

 

MARQUÉS.-  Toma... Aquí está... ¡Ah!...  (Deteniéndose al ver a BLANCA y a JAVIER.) 

PLÁCIDO.-  Déme usted.  (Coge el sobre y lo guarda.)  ¿No los conoce, usted? Son Blanca y Javier, a quienes he invitado.

MARQUÉS.-  Sí... Sí..., ya me acuerdo; Blanca... Javier... ¡Cuánto tiempo! ¡Cuánto gusto! Ya sé, ya sé los triunfos de usted. Venga usted, venga usted a ver a Josefina; ¡qué sorpresa tan agradable para ella!  (Coge a JAVIER y se lo lleva del brazo. A PLÁCIDO.)  Tú llevas a Blanca.

JAVIER.-  ¡Qué honra para mí!

MARQUÉS.-  Yo también voy ganando... ¡La compañía de un sabio de cierto prestigio!... ¡Yo siempre protegí la «ciencia»!... Usted conoce mi biblioteca..., no digo más. ¿Lo creerá usted? ¡Sólo en encuadernaciones gasto tres mil duros al año!  (Salen los dos.) 



Escena XVI

 

BLANCA y PLÁCIDO.

 

BLANCA.-  ¿Vamos?

PLÁCIDO.-  ¿Para qué tan pronto?

BLANCA.-  ¿Para qué más tarde?

PLÁCIDO.-  Para decirte no sé qué.

BLANCA.-   (Nerviosa.)  Entonces

PLÁCIDO.-  Estuve una vez hace tiempo en tu casa.

BLANCA.-  Lo sé.

PLÁCIDO.-  No estabas.

BLANCA.-  Sí estaba.

PLÁCIDO.-  Pues no quisiste salir.

BLANCA.-  Es verdad; ¿para qué?

PLÁCIDO.-  Es verdad; para nada.

BLANCA.-  ¿Vamos allá?

PLÁCIDO.-  Todavía no. El único instante de felicidad pura que tengo hace seis años, no me lo regatees.

BLANCA.-  ¿No eres feliz?

PLÁCIDO.-  No; te prometí decirte la verdad. Pues bien: no soy feliz.

BLANCA.-  Sin embargo, has subido mucho.

PLÁCIDO.-  He subido y subiré más. Pero no basta. ¡Mortal hastío! ¡Repugnancia infinita! Eso siento.

BLANCA.-  ¡Qué pena!

PLÁCIDO.-  ¡Blanca!

BLANCA.-  ¿Qué?

PLÁCIDO.-  Has dicho «¡qué pena!».

BLANCA.-  ¡«Qué pena» que no seas feliz, Plácido!

PLÁCIDO.-  ¿De modo que no me desprecias?

BLANCA.-  Si fueras feliz, te despreciaría; siendo desdichado, no.

PLÁCIDO.-  Y tú, ¿eres feliz?

BLANCA.-  En lo posible lo soy. Mi hermano se ha ganado un buen nombre, una posición digna y el respeto de todos. ¿Qué más puedo pedir?

PLÁCIDO.-  ¿Pero tú?

BLANCA.-  No me quejo de mi suerte.

PLÁCIDO.-  ¡Yo, sí!

BLANCA.-  Porque eres insaciable.

PLÁCIDO.-  ¿Cómo ha de saciarse quien nunca bebió agua pura?

BLANCA.-  Llévame a saludar a Josefina.  (Suenan dos golpes en la puerta pequeña por donde salió BASILIO.) 

PLÁCIDO.-  ¿Oyes?

BLANCA.-  Han llamado.

PLÁCIDO.-  ¿Adivinas quién?

BLANCA.-   (Nerviosa, queriendo irse.)  ¡Cómo he de adivinarlo!

PLÁCIDO.-  ¡Un miserable! Ha escrito un folleto que me deshonra.

BLANCA.-  Me lo ha dicho Javier.  (Sigue caminando.)  Vamos, por favor.

PLÁCIDO.-   (Siguiéndola.)  Y yo voy a comprarle el folleto para que no lo publique.

BLANCA.-  ¡Calla..., calla, por Dios!

PLÁCIDO.-  Y viene por el precio. ¡Compadéceme, compadéceme!

BLANCA.-  Quiero irme...

PLÁCIDO.-  Te acompañaré.

BLANCA.-   (Rechazándole.)  ¡No te necesito!  (Sale.) 



Escena XVII

 

PLÁCIDO y BASILIO.

 

PLÁCIDO.-  ¡Hace bien! ¡No me necesita, le repugno!... ¡Acabemos!  (Se dirige a la puertecilla y la abre.)  Entre usted.  (Todo lo que sigue, en voz baja; conversación entre cómplices.) 

BASILIO.-   (Inclinándose.)  ¡Señor vizconde!

PLÁCIDO.-  ¿Trae usted eso?

BASILIO.-  Aquí está.  (Enseña un manojo abultado de cuartillas y varios papeles atados con una cinta.)  ¿Y usted tiene lo prometido?  (Retirando como por descuido los papeles.) 

PLÁCIDO.-  Aquí está.  (Pausa. Se miran los dos. Esta escena difícil queda entregada a los actores.) 

BASILIO.-  Estas son las cartas y documentos justificativos. Estas, las cuartillas del folleto preparadas para la imprenta. Pero entre tanto...  (Retirando los papeles y extendiendo la mano.) 

PLÁCIDO.-   (Con repugnancia. Le da el sobre con el talón.)  ¡Tome usted!

BASILIO.-   (Recogiendo el sobre y mirando lo que hay dentro.)  ¡Qué fáciles son estos conciertos entre caballeros y personas leales!

PLÁCIDO.-  ¡Basta!  (BASILIO le da los documentos, que PLÁCIDO recoge y guarda en el pecho. Al darle las cuartillas, dice BASILIO.) 

BASILIO.-  Más prisa que usted, señor vizconde, en recogerlas, tengo yo en desprenderme de estos papeles infames.  (Al darle las cuartillas, fingiendo desprecio y volviendo la cabeza, deja caer dos o tres. PLÁCIDO, instintivamente, se baja para recogerlas, poniendo una rodilla en tierra. De suerte que hay un momento muy rápido en que PLÁCIDO está a los pies de BASILIO; y éste, erguido, burlón, insolente, le contempla «desde su altura».) 



Escena XVIII

 

PLÁCIDO, BASILIO, BLANCA; después, JOSEFINA, el MARQUÉS y JAVIER.

 

BLANCA.-   (Entra de pronto, en el momento preciso en que PLÁCIDO está a los pies de BASILIO, y se detiene de golpe.)  ¡Ah! ¡Siempre arrastrándose!  (Con dolor, repugnancia y desprecio. Al oír la voz de BLANCA se levanta y hay una pequeña pausa. Después se acerca a ella y habla en voz baja.) 

PLÁCIDO.-  ¿Por qué vuelves?

BLANCA.-  Iba a buscar a Josefina, la vi de lejos y sin poder contenerme retrocedí.

PLÁCIDO.-   (Con ironía triste.)  ¿Y diste conmigo? No ganas en el cambio.

BLANCA.-  Vienen todos..., echa a ese hombre.

PLÁCIDO.-   (Acercándose a BASILIO, en voz baja.)  Salga usted.

BASILIO.-  ¡Señor vizconde!

PLÁCIDO.-  Pero que no te encuentre en mi camino porque te estrangularé pensando que me estrangulo a mí mismo. Vete, que se me van las manos, no sé si a tu cuello o al mío. ¡Vete!  (Al salir BASILIO entra JOSEFINA muy aprisa; detrás de ella, el MARQUÉS con JAVIER.) 

JOSEFINA.-   (Corriendo hacia BLANCA y abrazándola con mucho cariño aparente.)  ¡Blanca!... ¡Querida Blanca!... ¡Cuánto me alegro de verte!

BLANCA.-   (Procurando dominar su repugnancia.)  ¡Querida Josefina!...

JOSEFINA.-  Me dijeron que estabas... y en seguida vine a buscarte. ¡Cuánto tiempo sin vernos! ¡Qué olvidadiza! ¡Qué ingrata!

BLANCA.-  Vámonos, Javier. Josefina tendrá que atender a sus amigos.

JOSEFINA.-  Se marcharon ya todos.

BLANCA.-  Razón de más; hay que respetar la intimidad de la familia. Adiós, señor marqués. Adiós, Josefina... Adiós, Plácido.  (Todos se van despidiendo y se dirigen al fondo. PLÁCIDO queda en primer término en pie y sombrío. BLANCA vuelve a buscarle.)  Aquel retrato de tu madre, que creías perdido, Javier lo pudo adquirir de uno de allá. Te lo mandaré.

PLÁCIDO.-  No..., que se quede en tu casa... ¡Allí tendrá un altar!... ¡Aquí, entre Josefina y el marqués y yo!... ¡Calla!..., ¡calla!..., ¡qué profanación!

BLANCA.-  Como quieras; te lo guardaré.

PLÁCIDO.-  ¿Me das la mano?

BLANCA.-   (Dudando un momento.)  Sí... Adiós...

PLÁCIDO.-  ¡Adiós!... No dices, ¡qué pena!

BLANCA.-  Sí..., ¡qué pena!..., ¡muy grande!



Escena XIX

 

PLÁCIDO, JOSEFINA y el MARQUÉS. Al retirarse los demás personajes, PLÁCIDO cierra la puerta del fondo.

 

PLÁCIDO.-  Ahora los tres aquí. Todos juntos; somos la familia íntima, estrechamente unida por lazos de aprecio, de cariño, de confianza, de lealtad; la familia que yo he sabido formar.  (Coge al MARQUÉS y a JOSEFINA por los brazos y los aproxima a sí.) 

MARQUÉS.-  ¿Qué quieres decir con eso?

JOSEFINA.-   (Recelosa.)  No te comprendo.

PLÁCIDO.-  ¿No comprenden ustedes? ¡Es una explosión de felicidad! ¡Es un mentís que, desde el fondo de este hogar doméstico, damos a ese folleto infame! Porque para saber lo que dice no tiene usted que preguntárselo a nadie.  (Al MARQUÉS.)  Yo se lo diré. Dice que usted es un vanidoso y un imbécil.

MARQUÉS.-  ¡Yo!

PLÁCIDO.-  Usted. ¡Dice que tú eres una coquetuela sin pudor y una mujer liviana!

JOSEFINA.-  ¡Yo!...

PLÁCIDO.-  Tú. Dice que yo soy el más abyecto y el más miserable de los tres.

MARQUÉS.-  ¿Tú?

JOSEFINA.-  ¿Tú?

PLÁCIDO.-  Yo. Y agrega: tres personas y ninguna conciencia. Y ahora, díganme si vale la pena que pensemos en ese folleto. ¡Una familia tan digna, tan feliz, tan unida estrechamente!, ¡tanto, que entre nosotros no cabe ya nadie! ¡Blanca me ofreció el retrato de mi madre y le dije: «¡No!» ¡Entre un «imbécil», una «liviana», y un «miserable» no puede estar!  (Con movimiento de desprecio, los separa de sí. Telón.) 





 
 
FIN DE «A FUERZA DE ARRASTRARSE»
 
 


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