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Alrededor del secreto

Luisa Valenzuela



Wittgenstein quiere explorar lo decible (de la ciencia) para proteger lo inefable (de la ciencia). Delineó los confines de la isla para poder tocar con la mano los límites del Océano. Hay más cosas en el cielo y en la Tierra que todos esos bienes preciosos que nuestra razón puede captar y dominar.


Dario Antiseri, Qué quiere decir ser racionales                







El umbral, las cavernas y algo más

No hay literatura sin Secreto. Desde sus comienzos, la escritura ha girado alrededor de un punto nodal, quieto y en apariencia inexistente como el ojo del huracán. Un punto que oficia de invisible sol al sostener y generar el conjunto de planetas que son las palabras, las frases, los párrafos organizados en forma narrativa, ese universo dentro del cual nos movemos nosotros los bípedos implumes esclavos del logos.

Durante largos siglos dicho sol fue llamado Dios por los filósofos y llegó a ser radiante. Hoy, con Nietzsche de intermediario, se nos ha vuelto oscuro -o mejor dicho, hemos logrado reconocer su lado oscuro- y ya no tenemos un vocable exacto para definirlo. No por eso ha perdido su calidad de polo magnético, atractivo y repelente a la vez, y uno de los nombres con los cuales podemos identificarlo es el de Secreto.

El Secreto, al igual que el mal según Baudrillard, permea todas los cosas. Con la escritura, con la intuición o la razón, es decir navegando las turbulentas aguas del lenguaje, siempre alcanzaremos una región donde el Secreto como el oscuro objeto del deseo, se irgue sólido y la a vez inasible. Porque el Secreto al que aludo tiene su morada más allá de las palabras, pero un pasito apenas.

Desde la ficción tenemos sólo una forma de tratar al Secreto: con respeto casi místico, amándolo de la manera como se dice hacen el amor los puercoespines: con sumo cuidado. Puercoespín el Secreto erizado de púas que pueden desgarrarnos y ¿qué nos quedará después? sólo las púas, porque el Secreto nos las ha disparado desde lejos y él ya está en otra parte. Quedamos así convertidos en erizo, nosotros, con las puras púas del Secreto clavadas como dardos. No nos corresponde intentar punzarlo con sus propias espinas; con sólo proponérnoslo el secreto se desinfla como globo y ya no es más lo que era, o no está más en el lugar donde antes era. Al escribir evitaremos entonces la banal osadía (casi diría la afrenta) de querer develarlo. Razón por la cual propongo la idea de traspasar el Secreto, en el sentido de transferir, atravesar, horadar, y hasta quebrantar -como sería el caso con una ley o precepto. O en el sentido de trasladar, transgredir. Transponer, como quien cruza un puente o va más allá del sitio establecido.

¿Traspasar o transponer qué? Precisamente (dado que nos hemos metido en el tormentoso mar de las definiciones) aquello «que se mantiene oculto, que no es aparente ni visible, que disimula sus sentimientos. Reservado.»

Reservado, oculto incluso para nosotros mismos. En referencia por supuesto al más desgarrador e intenso de los secretos, aquel que nos pondría en contacto con el meollo del conocimiento. Aterradora propuesta para el simple mortal cuando encara tanto la literatura como la vida, una y la misma cosa si hablamos de la persona quien en el acto de escribir intenta aproximarse al corazón de lo inefable, es decir al siempre inalcanzable núcleo de lo simbólico. Recordemos que inefable es aquello que no puede ser dicho con palabras, quello para lo cual todo el vocabulario humano y su casi infinita combinatoria no alcanza.

Borges solía hablar con cierto estremecimiento de un viejo monje Zen, encontrado en su primera visita al Japón, quien le había asegurado que la experiencia budista de la iluminación era algo imposible de explicar a aquél que no la había experimentado. Creo que al repetir la anécdota, Borges pensaba en los límites del lenguaje, o más bien su desafío.

«El secreto del secreto», dice Derrida en Donner la mort, «reside en que no se trata de conocerlo y que está allí para nadie», pero su presencia es ardiente y el animal humano, desde siempre confrontado con el misterio de la vida, atento a la propia mortandad, hierve en su caldero.

En la básica pregunta ontológica, siguiendo a Derrida y compañía, importa menos saber quién soy que saber quién es ese yo que se plantea la pregunta. Hoy el tan mentado cogito cartesiano se analiza desdoblado: el yo que piensa no es el mismo yo que existe, hay un desplazamiento entre el sujeto de la enunciación y el sujeto del enunciado. Un yo subjetivo y otro objetivo. Tema que desvela a los filósofos y estimula a los escritores. Susan Sontag, pongamos por caso, al hablar de sus libros aclara que no son toda ella aunque algunos son más que ella, y dice: «El "yo" que escribe es una transformación -una especialización, una superación en vista de ciertas metas y lealtades- del "yo" que vive». Y agrega «decir que hago mis libros suena verdadero sólo en forma trivial. Lo que en realidad siento es que están hechos, a través de mí, por la literatura, y yo soy su sirvienta (de la literatura)» (Singleness, Where the Stress Falls) A partir de lo cual la cosa se va volviendo más compleja y envolvente, retomando el juego inaugurado por ese breve texto señero, Borges y yo. Muchos recordarán las primeras líneas: «Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel [...]».

No se trata acá de un ejercicio novedoso, se trata de un juego eterno, universal y violento como se estipuló con otra connotación en la Venecia del Renacimiento. Próspero y Calibán (o Cáliban, como prefiere el poeta Roberto Fernández Retamar), Frankestein y su monstruo, Dorian Grey y su retrato, Lucas (el de Cortázar) y la cabeza de la hidra. Desdoblamientos que llevan implícita la conciliación. «No sé cuál de los dos escribe ésta página», concluye el texto de Borges sobre «Borges». Sontag en cambio cierra su ensayo avanzando un casillero y dice «por fin he llegado a sentir que la escritora soy yo: no mi doble, ni mi familiar, ni mi sombra amiga, o mi creación». El Ouroboro una vez más se muerde la cola, pero ya no es la misma cola, le ha crecido una nueva, cada vez una nueva y distinta como la cabeza de la hidra.



Freud habló del inconsciente como de «un saber no sabido», imprecisa locación donde quisiera posicionarme para penetrar el tema del secreto sin violentar el Secreto. No se tratará en absoluto de encarar el secreto con minúscula, en su forma banal y cotidiana, ese conocimiento preciso e inoportuno o vergonzante que quisiéramos ocultar a los ojos de los demás, el mismo que Kundera definió tan bien en Identity, su novela de1998, por boca del protagonista: «De todas maneras, se preguntó, ¿qué es un secreto íntimo? ¿Es allí donde escondemos lo que es más misterioso, más singular de un ser humano? ¿Son acaso los secretos íntimos que hacen de Chantal ese ser único que él ama? No. Aquello que la gente guarda en secreto es la cosa más común, más vulgar, más prevaleciente, lo mismo que todos tienen: el cuerpo y sus necesidades, sus enfermedades, sus manías [...]»

Sumándose a los secretos fisiológicos, esas vergüenzas que pertenecen al orden de lo privado, es muy vasta la variedad de secretos con minúscula, minúsculos algunos, verdaderos antisecretos que carecen de interés para la exploración que propongo. Podemos pensar en los secretos que la novela de suspenso hila y aplaza, los famosos who-done-it de la literatura policíaca tradicional. Cuando finalmente se devela la identidad de «quien lo hizo», el secreto -que es sólo tal en apariencia- automáticamente muere. Muere de muerte terminal y el verdadero crimen literario queda así consumado, sin dejar espacio alguno o sin ir armando napas, como estratos subterráneos, para que quienes leen puedan continuar la lenta tarea espeleológica de captar entre líneas y, escuchando los silencios, armar por fin el rompecabezas de aquello que el texto dice más allá de las palabras, en sus silencios y entrelíneas.

Múltiples son los secretos inocentes o culpables que configuran el aspecto cotidiano de este vocablo en esencia bifronte, multiplicador infinito. Muchos de estos secretos configuran a veces una huella oculta, pero huella al fin y como tal transitable, que por momentos puede acercarnos al Otro, el inasible, inefable Secreto de la vida y la muerte.

Podríamos hablar en estos casos de un panteísmo del Secreto. Bibliotecas enteras se han escrito a lo largo de los siglos con la intención de husmear en las zonas más remotas donde el Secreto humano despliega sus tentáculos, sus adherencias, sus filamentos urticantes como los del aguaviva. Con ellos el psicoanálisis intenta tejer una red para cazar las pulsiones del llamado inconsciente, ese «descubrimiento» de Freud abarcativo de una oculta realidad de incalculable complejidad y riqueza. El Otro de Lacan, el que conserva la secreta memoria del olvido.

Tras las huellas de Lacan puede decirse que el ser humano es un extraño en esa morada de nadie llamada lenguaje, definido por él como «aquello que cobra cuerpo sólo por el hecho de ser la marca de la nada». Pero qué marca más profunda. Hace pensar en la marca de agua de los billetes, única garantía de su autenticidad; autenticidad engañosa como todas, porque el antiguo «respaldo oro» ha acabado por convertirse en otra de las grandes ficciones del mundo moderno, y por otra parte ¿quién respalda la palabra auténtica, suponiendo que tal cosa exista, ahora que Dios sólo parecería hablarles a los fundamentalistas y éstos han convertido su propia palabra en dogma, en discurso excluyente?

Permítaseme narrar un sueño de estos últimos meses, al fin y al cabo, como ya ha quedado establecido por la tradición, las palabras son el material del que están hechos los sueños (¿o será viceversa?).

En tierras de Oneiros estaba asistiendo yo a un seminario sobre filosofía cuando uno de los maestros dijo «A mayor conocimiento mayor el vacío en el cual se encuentra el filósofo». Entonces levanté la mano y dije «Desde este punto de vista podemos entender la frase de Sócrates, "sólo sé que nada sé", como una forma de generar el vacío, llenándolo a mismo tiempo».



Los sueños son sabuesos del Secreto, husmeadores de aquello que como el agua se nos escapa de entre las manos y sin embargo está allí, tan al alcance. Así lo supe o lo supuse al despertar del sueño del seminario, mientras todavía las palabras vibraban como nuevas y dichas de verdad. Y me deslumbró la pregnancia de ese nada socrático tan lleno de promesas, tan preñado de aperturas a otras posibilidades (una concepción moderna, como pude reconocer en cuanto cobré un poco más de vigilia, puesto que los antiguos griegos ignoraban el concepto de vacío, esa nada con la cual Sartre tan desaprensivamente nos metió en el existencialismo).

Durante el romanticismo el terror vacui instauró la necesidad de llenar el vacío. La literatura actual, en cambio, recorta y escarba en el no-saber-nada, a sabiendas de que ahí, dentro mismo del nosaber, late eso que empuja hacia adelante la narración. Entonces el o la novelista se pondrá a construir en el reino del lenguaje, piedra sobre piedra, palabra tras palabra, con levedad y exactitud como quiso Calvino (Italo, por supuesto) respondiendo al llamado del vacío. Escribir ficción es una búsqueda de tácitos secretos que nos irán acercando al calor del invalorable e inalcanzable Secreto.

Muchas veces escribimos y escribimos para acabar tirando todo al canasto de papeles porque no alcanzamos a vislumbrar ni de lejos la oculta semilla, el nódulo, aquello absoluta y totalmente ignorado pero de una latencia tan presente que justifica y hasta impone la necesidad de narrar esa precisa historia. Al igual que Peter Mathiessen partiendo en aventurada busca del leopardo de las nieves en el Himalayas y encontrando sólo sus excrementos (pero entonces el casi mítico animal existe y no está lejos y eso justifica y ennoblece el viaje con todas sus penurias). O como quien enfoca una luz en las profundidades submarinas y avisora el reflejo de las escamas de un bello pez y sabe que el pez se escabulle hacia alguna región ignota y debe conformarse con ese fugaz destello. De nada le valdrá sumergirse más hondo y menos aún encender nuevos y más potentes focos. La luz invariablemente generará sombras, cuanto más poderosa la luz más intensa la sombra. Un intento desaforado de iluminar del Secreto sólo habrá de reforzarlo o de insinuar un aspecto aún más recóndito del mismo.

A raíz de lo cual, si Flaubet dijo -como se supone que dijo- «Madame Bovary soy yo», en lugar de abrirle a la lectura una brecha personal enrareció el aire con la identificación directa, haciendo de las aguas vivas del fluir literario en un lago encajonado y robándole a Emma Bovary su condición de símbolo. El espejo en el cual usted o yo podríamos mirarnos para encontrar algún reflejo de nuestros propios ojos nos ha sido arrancado de la mano por el autor, en un acto de reapropiamiento, excesivo por cierto porque ¿no es acaso cada personaje parte del autor? Parte pero no todo, no todo hasta imposibilitar la existencia de ese otro al que se refirió Rimbaud cuando supo, y lo supo para la humanidad en pleno, que «yo es otro».

Podríamos conjeturar - para usar el verbo favorito de Borges- que cuando las sucesivas teorías críticas o literarias son superadas o se vuelven obsoletas nunca logramos desecharlas del todo como descarta la víbora su vieja piel. No son cáscaras vacías, las teorías, y valga la rima, porque la mente humana trabaja en forma casi geológica y va superponiendo capas, estrato sobre estrato de eso que parece ser un simple apilamiento de teorías, algo externo y prefabricado, pero es en realidad una traducción rudimentaria de nuestras sucesivas y cambiantes formas de percibir el mundo. Así como el mundo cambia y nosotros lo percibimos de otra manera -y bien que estamos asistiendo a un gran cambio hoy día-, es también cierto que el mundo cambia porque lo percibimos de otra forma. Alguna relación tendrán estos cambios con las fluctuantes cosmogonías a nivel subatómico que el ojo del observador modifica, según nos dice la microfísica y el Principio de incertidumbre de Heisenberg. Vaya una a saber cómo se traducen dichas modificaciones en el mundo tangible. ¿Vaya una a saber? Algunos/as novelistas lo supieron mucho antes de la microfísica. Y por ende lo analizaron los críticos, y el círculo se cierra y se vuelve a abrir hacia un nuevo estrato porque el ojo observador ha logrado observar la llamada realidad desde un ángulo hasta ahora inédito.

Las teorías con instrumentos, sistemas para intentar entender aunque sea tangencialmente, de costado, dado que el significante -la palabra, la comprensión- jamás podrá superponerse al significado. Sólo transposiciones, traslaciones, traducciones de lo intraducible: la llamada realidad.

En menos de cincuenta años transitamos del estructuralismo al postestructuralismo, de la deconstrucción al posmodernismo, de allí al poscolonialismo. Mucho post como si todo ya hubiese pasado. Incursionamos también por rutas secundarias y desvíos, algunos callejones sin salida, y todos y cada uno de los caminos fueron dejando su marca porque nos llevaron a atisbar algún aspecto del Secreto.



También los secretos plurales, esos secretos cotidianos que es conveniente tratar de develar, son tributarios de una presencia invisible. Nociva en muchos casos, perceptible aunque se ignore que en determinada situación hay agazapado un aspecto oculto como oculta amenaza. Hace muchísimos años cayó en mis manos un libro del psicólogo norteamericano Theodore Reik. No recuerdo el título, pero sí recuerdo la impresión que me causó la experiencia registrada: en la clínica psicoanalítica de cierto hospital urbano aparecían mucho más síntomas de neurosis y sobre todo de traumas emocionales entre algunos hijos de familias burguesas que entre los hijos de prostitutas. Grande era el desconcierto de los terapeutas, hasta que atando cabos comprobaron que los más enfermos resultaban ser aquellos en cuya familia se guardaba algún secreto vergonzoso -aunque el secreto no atañera en absoluto al paciente, aunque el paciente ignorara hasta la existencia del secreto. Los hijos de las prostitutas, en cambio, vivían sus problemas a plena luz: la ausencia total del padre, los nacimientos ilegítimos, la promiscuidad y los abortos de las madres, esas vicisitudes también factibles pero imposibles de mentar en casa de los burgueses.

El veneno que secreta aquello que se oculta, más aún sobre quienes ni siquiera saben que existe algo oculto, enferma a los humanos y alienta a la literatura.



En las arenas del misterio, podemos transitar entre el secreto social (el revelable) y el Secreto existencial, el irrevelado, el mismo que nos abre y a la vez nos cierra las puertas del Misterio. Pero puertas hay a qué dudarlo, o al menos la marca de una puerta entre cuyas hendiduras atisbamos un reflejo de lo oculto. Como en el microcuento de Kafka «Ante la ley», quizá convenga ser desaforado y temerario/a. Porque siempre habrá guardianes pero la puerta puede estar abierta de par en par. Así lo sabe el campesino llega hasta ella y pretende entrar. El guardián le niega el paso «por ahora» El campesino se dispone a esperar.

Si tanto te atrae intenta pasar a pesar de mi prohibición. Soy poderoso, y sólo soy el último de los guardianes, pero ante las puertas de cada una de las sucesivas salas hay guardianes siempre más poderosos; yo mismo no puedo soportar la vista del tercer guardián.

El campesino se asombra, cree que la ley está abierta para todos. Y allí permanece frente a la puerta esperando un permiso que nunca llega, año tras año, sin dejar de sobornar al guardián que acepta los regalos pero es inflexible. La puerta sigue abierta hasta que el campesino está a punto de morir:

-¿Qué quieres saber todavía? -pregunta el guardián-. Eres insaciable.

-Todos tienden a la ley -dijo el hombre-. ¿Cómo es que durante tantos años nadie excepto yo ha pedido que se lo deje entrar?

El guardián se da cuenta de que el fin del hombre está cerca, y para hacerse entender por esos oídos que ya casi no funcionan, se le acerca y le ruge:

-A nadie se le habría permitido el acceso por aquí, porque esta entrada estaba destinada exclusivamente para ti. Ahora voy y la cierro.



Quizá nos abocamos a la tarea de escribir (que sospechamos ardua y poco práctica) para demostrar que no les tememos a los guardianes feroces ni estamos dispuestas a permanecer del lado inoperante de la ley. En el mejor de los casos alguna que otra puerta atravesaremos airosas.

Es dable suponer que todo personaje de ficción, no importa cuan cercano a un modelo de carne y hueso, nace con un secreto bajo su capa. Como un cuchillo. Secreto que es también su tesoro, porque todo lo que puede hacer quien escribe, mientras progresa en la escritura es irlo perfilando, persiguiendo, tratando de acercarse a él lo más posible sin por eso traicionarlo, siempre trabajando en los márgenes, en precario equilibrio entre la contaminación y la dilución.

Como quien camina por la cuerda floja sin hacerlo notar, sin balancearse.

En mi caso particular -no sé si lo recomiendo- intento lanzarme a la escritura, ya sea novela o cuento, sin tener a priori una idea clara de la trama. Más bien todo lo contrario. Partiendo de una frase, de una imagen, de una sucesión de imágenes en el caso de la novela, me dejo llevar por la corriente hasta estar casi a punto de ahogarme. Recién entonces empiezo a atisbar la otra orilla o alcanzo un islote desde donde puedo estudiar el panorama. El tramo atravesado -escrito- me dará, si tengo suerte, la pauta de lo que espera a continuación. La pauta, pero no el camino. Hay que seguir explorando, descubriendo, avanzando a ciegas. Nélida Piñón, la gran novelista brasilera, confesó que al trabajar en una novela ella se siente como dentro de una caverna oscura con una caja de cerillos en la mano. Los va encendiendo de a uno para espiar algo del camino: la superficie de las paredes de piedras, los escollos inmediatos. El cerillo se apaga y pasa un tiempo de oscuridad hasta que logra encender otro. Y así continúa, rogando que no se agoten antes de llegar al final.

Me gusta la idea de los cerillos. Por breves instantes harán refulgir el resplandor del Secreto. Por breves instantes. Derrida habla de la palabra y su sombra. En las cavernas de escritura por donde transitamos, las sombras de las palabras se agigantarán hasta enriquecer nuestra comprensión de la realidad, a la mejor manera platónica y siempre distorsionada.

Si no tenemos la sensación espeleológica de vagar por laberintos subterráneos en busca de lo desconocido ¿para qué escribir?



Existe un punto de inflexión en la escritura cuando sabemos que nos vamos acercando al Secreto. Unos podrán llamarlo el clímax de la novela, el encuentro con el oscuro deseo, el pivote donde las opciones se multiplican. Se puede en ese punto pegar la vuelta, y aquí no ha pasado nada. Se puede obstinadamente excavar in situ es decir ponerse a tratar de explicar lo que se ha percibido o intuido, sin permitirle a las palabras trazar el mapa de la percepción para que otros hagan el descubrimiento por uno. Cuando pretendemos saber más que los otros -que los lectores en este caso- estamos perdidas. La fatuidad de pretender explicar el Secreto, de desgarrar el séptimo velo, se paga cara. Es la muerte de la obra literaria. Es el nacimiento de la autoayuda, del libro de recetas, de todo aquello que no abrirá nunca al lector las puertas de un pensamiento propio.

Ergo: no tratar de develar el Secreto, condenándolo a muerte. Más bien darle oxígeno, avivarle la llama, intentando ir más allá, plus ultra, porque el Secreto es unívoco y múltiple, y cuando alcanzamos a sacar algún secreto a la luz con suerte aparece otro, y otro, en cadena, para preservar la esencia.

En materia de lenguaje nada nunca es monolítico, pero a las grandes rocas conviene contornearlas para descubrir qué hay detrás sin necesidad de dinamitarlas.



Percer le secret, dicen los franceses cuando hablan de develar algo. Tomemos la frase al pie de la letra y no en su sentido metafórico (el pie de la letra es revelador, y lo sería aún más si se tratara de uno solo, pero la letra -la palabra- es un ciempiés mágico que a veces dispara para todos lados al mismo tiempo y nos confunde). Interesante verbo, percer, es decir perforar, hacer un pequeño orificio, pequeñísimo, con una aguja como quien perfora el lóbulo de la oreja para usar un arete. Nada de pinchar para reventar el Secreto como si fuera un globo, apenas espiar dentro por una mínima mirilla, en lo posible, y avanzar un casillero o dos. La gran literatura ofrece como al descuido muchos de estos orificios que pueden pasar inadvertidos pero que, si estamos atentos, nos ofrecerán atisbos de algo que ocurre más allá de la escena -de la escena relatada-. Como en un peepshow clandestino y pecaminoso, un atisbo de la verdad (desnuda) o de las asociaciones ilícitas provocadas por «la conjunción copulativa que engendra monstruos» (la cita es de Margo Glanz) puede abrirnos las puertas para ir a jugar el juego de la interpretación.

El conocimiento al que aspiramos, el conocimiento total, la elucidación de todos los misterios, siempre correrá por delante y se reirá de nosotros. Sólo nos resta poner en práctica la ironía socrática, declarar nuestro desconocimiento, establecer la duda y con ella la pregunta. Conviene combatir ese final de juego despiadado y engañoso que es la certidumbre, la certidumbre de tener razón, de sentirse en el sitial desde donde alguien puede abrogarse el derecho de clamar por justicia infinita, pongamos por caso.

De todos modos las certidumbres chocan contra la imposibilidad de asir la antigua sustancia de Spinoza cuyo único tributario es Dios, o «la cosa en sí» kantiana (Secreto de secretos). Al respecto dice Hiedegger: «el ser es determinado a partir del pensamiento y de las leyes de lo pensable y de lo impensable». La literatura se propone con cada nuevo paso asaltar la fortaleza de lo impensable, siendo a su vez muy consciente del hecho de «que la cosa en sí no sea pensable es condición imprescindible para que se pueda pensar». A Funes el Memorioso de nada le sirvió retener en la memoria cada hoja de cada árbol que vio en su vida, distinta de sí misma a cada segundo por los cambios de luz. A Funes el Memorioso no le alcanzó el vocabulario para expresar el atiborramiento de su cerebro, pero a Borges le alcanzó y le sobró Kant para crear y matar a Funes.

A sabiendas o no, intencionalmente o no, la literatura intenta poner en práctica los grandes planteamientos filosóficos. Aspiración similar a la del cándido personaje del retruécano quien, cuando le dijeron que ese edificio muy alto por el que preguntaba era un rascacielos, exclamó: «¡Cómo me gustaría verlo funcionar!».



Todos fuimos golpeados a la cara por el Secreto alguna vez en nuestra vida, quizá de muy pequeños, y nos planteamos las básicas incógnitas: ¿quiénes somos, a dónde vamos? y demás desconciertos ontológicos. Puedo revivir aún la sensación que experimenté a eso de los cuatro años, al tomar por primera conciencia del asombro, el maravillamiento y el susto de ser, de formar parte del mundo y estar a la vez separada de él. Awe sería la palabra más precisa para describir la sensación, si estuviera escribiendo en inglés. Una mísera infantoepifanía, diría Joyce, como una entrada y salida instantánea en el misterio. Es a partir de esas primeras percepciones infantiles que nos lanzamos a pensar y pensar y empezamos a dar las sempiternas vueltas en círculo, marcando una huella cada vez más profunda hasta cavar la propia fosa.

«Pensar es siempre "hacer hablar" las singularidades impersonales», dice Alain Badiou en su libro sobre Deleuze.

Ha sido para respetar dichas singularidades impersonales que he propuesto la noción de traspasar el Secreto. Como quien va más allá y se lo alcanza a otro. El pase del testigo, se titula el último libro de ensayos de mi compatriota Edgardo Cozarinsky, poniendo en evidencia la doble acepción de la palabra testigo: quien observa y registra, por una parte, y por la otra el objeto que se pasan de mano los corredores en las carreras de postas.

La literatura honra el Secreto en el momento de traspasarlo. Si tenemos la valentía de permitirle al lenguaje hacer libremente su labor podremos contornear el Secreto sin violentarlo y seguir adelante. Porque detrás de todo secreto de índole existencial, de uno de esos Secretos con mayúscula, veremos proyectarse una variedad de sombras que irán dibujando su silueta en negativo. Son lúcidos atisbos que podremos transmitir a los demás (la noción del oculto Secreto o la percepción de su latencia), evitando matarlo por simple develamiento. Todo lo contrario, insuflándole una nueva vida.

Es ésta una instancia peligrosa cuando todo se arriesga, aunque el escritor o la escritora nunca llegue a saber a ciencia cierta qué significa dicho todo. Allí precisamente reside la magia de un buen texto literario. Quien acceda a su lectura percibirá el latido del Secreto, y lo interpretará de acuerdo con su propia escala y lo traspasará a otros, por siempre distinto y diferido como quiere Derrida.

Un juego más, como el del teléfono descompuesto de nuestra infancia, en el cual los niños forman una hilera para irse soplando al oído una misma palabra que va pasando de escucha en escucha hasta que el último de la cola dice la palabra inicial en voz alta, y ya es otra. Los susurros y la mala audición y muchas veces la mala fe y la picardía la han transformado. Porque la propiedad más destacada del Secreto es la de supervivencia gracias a múltiples distorsiones y mutaciones. Puesto que no se trata como ya sabemos de desgarrar el velo sino simplemente de apenas descorrerlo unos milímetros, el velo siempre caerá en otra parte, haciendo evidente sin evidenciarla otra zona oscura del misterio.

La euforia de escribir nos asalta cuando percibimos el roce de lo inefable. Es un relámpago de emoción porque sin saber bien cómo hemos alcanzando el borde de ese lugar insondable y totalmente impreciso que el pensador italiano Dario Antiseri llama el Océano, haciendo referencia a Wittgenstein. Momento también de profunda ansiedad cuando, habiendo alcanzado la desolada playa, percibimos que estamos a punto de dar un paso en falso y caer más allá, en la oscuridad quizá o en el vacío. Aproximación al existencialismo in extremis que Sartre ilustra con el pánico del protagonista de La náusea: «las palabras habían desaparecido y con ellas el significado de las cosas, sus formas de uso, las débiles marcas que los hombres han diseñado en su superficie».

Ocurre que el Secreto puede oficiar de umbral, siendo éste el lugar liminal donde las ideas, las palabras y las imágenes están estibadas. Es bien sabido que los umbrales son sitios peligrosos, desde el punto de vista mítico, desde el punto de vista psicológico y hasta desde el práctico. Los umbrales son los sitios entre-dos-sitios como el horizonte crepuscular y presentan un verdadero desafío. Por lo tanto conviene detenerse allí y no cruzarlo, es decir conviene no intentar explicar aquello que uno al escribir cree haber atisbado porque empalidecería la poca luz lograda.

En los talleres de escritura de larga duración solemos leer a fondo, con toda atención y con las antenas bien aguzadas, los trabajos que presenta cada participante. Sorprende descubrir lo que emerge casi oculto por debajo de las palabras, estampado allí sin la menor intención o conciencia por parte del autor, quien preguntará indefectiblemente: ¿Con este nuevo conocimiento -develamiento- conviene explicitar más la cosa, aclararla para el lector? La respuesta es siempre negativa. Nada de explicaciones: exploraciones. ¿Por qué te salió esto cuando quisiste decir lo otro? Porque el lenguaje nos hace jugarretas, porque Freud no pasó en vano por este mundo, porque aquello que se escribe en la bruma poética debe ser leído con el mítico sexto sentido alerta y listo para pegar el salto. La intuición es en este caso la maestra.

Se escribe para tratar de empujar el muro de lo inefable, pero lo inefable existe y a mayor explicación mayor pérdida del filo narrativo (no del hilo, del filo, de aquello que nos sirve para cortar a través). «La idea que yo siento se alimenta de movimiento. Y de una porción de cosas más que no quiero saber del todo, porque cuando las sepa se detiene el movimiento, se muere la idea y viene el pensamiento vestido de negro a hacerle un cajón de medida con agarraderas doradas» declaró ese visionario cuentista uruguayo, Felisberto Hernández.

Y su célebre compatriota Juan Carlos Onetti insistía que cada ser humano trae al mundo una mínima partícula de la infinita verdad, y es para tratar de definir la partícula propia que los escritores escriben y escriben. Por mi parte diría que todos venimos con cierto posicionamiento exclusivo en las vastas arenas movedizas del lenguaje. Conviene internarse lo más lejos posible sin pretender que ese sea el único terreno, y teniendo en cuenta que suele ser un terreno minado. Internarse entonces con suma precaución y también con arrojo, buscando sólo un fugaz acercamiento al Secreto existencial y colectivo que nos permitirá dar un paso más hacia la comprensión. Volviendo a Felisberto: «Se ha hecho para los vivos y no para los muertos el por qué metafísico y las reflexiones sobre la vida y la muerte, pero no les hace falta aclarar todo el misterio, les hace falta distraerse y soñar en aclararlo».





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