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Obsérvese que los términos «examinar», «certificar», «autenticidad» y «registrar», como parte del discurso jurídico pierden sentido y validez en la instancia de la Mesa Maldita.

 

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En Cien años de soledad Gabriel García Márquez elabora una fuerte crítica al Derecho, al que considera falso y engañoso por prestarse al servicio de intereses económicos poderosos, especialmente a los de la Compañía Bananera. Recuérdese que los tribunales declararon la inexistencia de trabajadores para la Compañía Bananera, con el fin de evitarle complicaciones sociales y económicas a esta. Por esta razón, Jacques Joset, en su estudio introductorio a esta novela califica el Derecho como un discurso terrorista. Véase: García Márquez, Gabriel: Cien años de soledad, 8.ª edición, Madrid, Editorial Cátedra, 1997, pp. 49 y 424.

 

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Considero que la frase «la ley se obedece, pero no se cumple» (Fuentes, Carlos: Geografía de la novela, op. cit., p. 105), referida a la forma como se resuelve el proceso contra Oliverio Castañeda, sintetiza el divorcio que existe entre la función que teóricamente cumple la Ley, y la forma cómo opera en la praxis, sobre todo si afecta los intereses de los grupos dominantes, lo cual explica el porqué la Guardia Nacional decidió matar a Oliverio Castañeda.

 

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Estas palabras del Capitán Ortiz advierten cómo el proceso de investigación efectuado por el Doctor Salmerón no conviene a los intereses de la burguesía, porque descubre la corrupción moral y económica de esta, de ahí que considere que «se ha pasado de la raya», y por lo tanto, debe tenerse sumo cuidado con él.

 

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No se descarta tampoco la consideración teórica expuesta por Narcejac, Thomas: Una máquina de leer: la novela policiaca, op. cit., pp. 15-16, en la que, basado en la opinión de grandes novelistas como William Faulkner, Ernest Hemingway, Alberto Moravia, Laurence Durrell, Nelson Algren y William Styron, expone que los personajes novelescos se escapan de los planteamientos previos que haga cualquier autor y cobran vida independiente en el trayecto de la obra.

 

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Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges atacan las formas estereotipadas con que se ha definido el género policial y señalan que «en los relatos policiales tienen un valor decisivo la psicología de los personajes, la eficacia del diálogo, el poder de las descripciones y el estilo del narrador», (Véase: Lafforgue, Jorge y Rivera, Jorge: Asesinos de papel, op. cit., p. 250), con lo cual trascienden el calificativo de relato policial y le dan prioridad a los conceptos de novela, cuento y relato, en fin, a la literatura.

 

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Narcejac, Thomas: Una máquina de leer: la novela policiaca, op. cit., p. 99. También Jorge Lafforgue y Jorge Rivera afirman que la intriga amorosa se presenta como un elemento que se interpone y desvía la atención del lector, ya que afecta el razonamiento y el proceso deductivo que se va construyendo para encontrar al culpable. Véase: Lafforgue, Jorge y Rivera, Jorge: Asesinos de papel, op. cit., p. 261.

 

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Cardenal, Ernesto: «Presentando Castigo divino», loc. cit., p. 147. La complejidad discursiva de Castigo divino no se reduce al discurso folletinesco como pareciera desprenderse de esta afirmación de Cardenal.

 

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Al igual que Boquitas pintadas de Manuel Puig, Castigo divino se sirve de los recursos del folletín para construir un mundo frívolo y superficial, con la diferencia de que la primera se refiere al contexto argentino (1935-1968) y denuncia un ambiente dominado por la sociedad de consumo y por los estereotipos burgueses (Véase: Bellini, Giuseppe (1986): Historia de la literatura hispanoamericana, 2.ª edición, Madrid, Castalia, 1990, p. 561), y la segunda aborda la realidad nicaragüense de los años treinta. Además, en Castigo divino no aparecen los estereotipos del tango y la radionovela que sí se presentan en Boquitas pintadas. Comparto la idea de Marco Kunz y de Juan Manuel García, de que el empleo de los recursos del folletín constituye un notable aporte a la nueva novela hispanoamericana, sin que ello implique reducir las obras a la categoría de folletín, pues abren mayores posibilidades de expresión de la cultura de masas y mantienen una actitud crítica y distanciada de la realidad. Véase: Kunz, Marco: Trópicos y tópicos. La novelística de Manuel Puig. Lausanne, Sociedad Suiza de Estudios Hispánicos, 1994, p. 33, y García Ramos, Juan Manuel: La narrativa de Puig, 2.ª edición, Tenerife, Universidad de La Laguna, 1993, pp. 132-134.

 

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Véase: Fuentes, Carlos: Geografía de la novela, op. cit., p. 109. Efectivamente, la novela adquiere al final un tono trágico, con la muerte de Oliverio Castañeda y con la erupción del Volcán Cerro Negro que obliga a los personajes a huir de León; además, según Ramón Luis Acevedo, la novela no responde a la estructura de consolación de la novela folletinesca tradicional, donde se despierta la curiosidad del lector para luego tranquilizarlo con la restitución del orden social que ha sido interrumpido o alterado. Véase: Acevedo, Ramón Luis: Los senderos del volcán, op. cit., p. 159. Este hecho hace que el final de la novela no sea ni abierto ni cerrado (dicotomía tradicional), sino paródico. Sobre este tipo de final del texto novelesco, véase: Kunz, Marco: El final de la novela, Madrid, Gredos, 1997, p. 11.