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1

Esta información, hallada casualmente en el archivo de Indias, y aprovechada oportunamente por el señor Navarrete en su copiosa y apreciable obra, es, en mi dictamen, el único documento que merecía conocerse de cuantos la curiosidad diligente de los aficionados a Cervantes ha logrado desenterrar en estos últimos tiempos.

 

2

«Su libro tiene algo de buena invención, propone algo y no concluye nada: es menester esperar la segunda parte que promete; quizá con la enmienda alcanzará del todo la misericordia que ahora se le niega.» - (Don Quijote, parte I, cap. 6.)

 

3

Dícese que Cervantes con la publicación de su obra hizo un obsequio a esta dama, a quien se supone por unos retratada con el nombre de Galatea, como a Cervantes con el de Elicio. Ya antes se les había dado otros papeles en aquella fábula, y Ríos se inclina a que Cervantes es Damon, y su esposa la pastora Amarilis. Mas cualquiera que sea el fundamento de estas conjeturas, es de recelar que sean más ingeniosas que acertadas. Ya en primer lugar, por poca delicadeza y discreción que se suponga en Cervantes, repugna que pintase tan ventajosamente al pastor bajo cuyo nombre intentaba retratarse a sí mismo. La Galatea, por otra parte, es obra compuesta en los tres años que mediaron desde su vuelta a España y su casamiento. Él residió la mayor parte de ellos en Portugal o en las armadas; en aquel tiempo tuvo unos amores, de que resultó doña Isabel de Saavedra, su hija natural, y todo excluye la idea de otro galanteo coetáneo con doña Catalina, su esposa; lo cual sería preciso para que su obra tuviese la intención que se propone. Conjeturas sobre conjeturas, que por lo mismo tienen muy poco valor, y yo las abandono gustoso al juicio de los eruditos.

 

4

Cervantes mismo no sabia a punto fijo cuántas fuesen: prueba de la poca importancia que daba a aquella tarea: «Compuse, dice, en este tiempo hasta veinte comedias o treinta, que todas ellas se recitaron sin que se les ofreciese ofrenda de pepinos ni de otra cosa arrojadiza: corrieron su carrera sin silbos, gritas ni baraúndas.» (Prólogo de las Comedias impresas en 1615.)

 

5

Por ventura se dejó llevar también del ejemplo de Ramasy, autor de un discurso sobre el poema épico, que suele ir al frente de algunas ediciones del Telémaco. Pero este discurso es tan superficial y tan seco, que da pena acordarse de él cuando se trate de una obra como la de Ríos.

 

6

El mismo Cervantes pudo quizá contribuir a esta comparación en aquellos versos de Urganda la Desconocida:


Damas, armas caballe-
Le provocaron de mo-
Que cual Orlando furio-
Templado a lo enamora-
Alcanzó a fuerza de bra-
A Dulcinea del Tobo-

No se crea, sin embargo, que el escritor francés por comparar a Don Quijote con Orlando pretende disminuir el mérito de nuestro libro. Véase lo que dice de él, con ocasión del Hudibras de Butler: À force d'esprit l'auteur d'Hudibras a trouvé le secret d'être au dessous de Don Quichotte: le goût, la naïveté, l'art de narrer, celui de bien mêler les aventures, celui de ne rien prodiguer, valent bien mieux que de l'esprit: aussi Don Quichotte est lu de toutes les nations, et Hudibras n'est lu que des anglais. -(Diccionario filosófico, artículo Prior Baller et Swift. )

A este elogio puede agregarse el de Juan Santiago Rousseau en el prefacio de la Nueva Heloisa: Mais les longues folies n'amusent guères; il faut écrire comme Cervantes pour faire lire six volumes de visions.

 

7

Cándido, Sublero, Fray Gerundio, y otros libros escritos en la manera del Quijote, prueban más que ninguna otra cosa la superioridad de Cervantes: copias miserables de un admirable original.

 

8

Esta desaparición de los libros de caballerías fue muy pronta; ya Calderón decía en su Maestro de Danzar:


En ti
Todas las locuras dejo
De Esplandión, de Belianis,
Amadis y Beltenebros,
Que, a pesar de Don Quijote,
Hoy a revivir han vuelto.

(Jornada I, escena I.)

 

9

Está en la naturaleza que así sea: si la sátira es vaga no interesa; su vida y su interés nacen de la aplicación ingeniosa y oportuna a circunstancias y personas determinadas: cuando éstas dejan de existir, la sátira cae también con ella, y sólo puede conservarse a fuerza de ingenio y mérito en la ejecución.

 

10

En ninguna parte se ven tan de manifiesto los efectos de esta prodigiosa y negligente facilidad como en el docto y esmerado comentario de mi excelente amigo y compañero don Diego Clemencín: trabajo a que no se puede negar la más alta estimación, por la erudición copiosa y sana crítica con que está desempeñado. El sabio comentador ha creído de su deber señalar todos los lunares, descuidos e inexactitudes que iba hallando en la obra que ilustraba, siendo muchísimas las observaciones de esta clase que aquellas notas comprenden, sobrado menudas a veces, pero generalmente atinadas. Del conjunto de ellas resulta que este libro admirable se escribía con el mismo abandono con que se habla, y que Cervantes no volvía los ojos atrás para examinar lo que una vez tenía escrito: con sola esta diligencia aquellas pequeñas faltas desaparecieran. Todo es pues en el Quijote obra de instinto y de talento, en que tuvo poco lugar el arte, y ninguno la meditación y el trabajo: a la manera que decía el célebre Mengs que se había pintado el cuadro de las Hilanderas de Velázquez, «no con la mano, sino con sola la voluntad».