Confidencia literaria1
Leopoldo de Luis
En mi acercamiento a la Poesía -y al arte, en general-, tuve suerte. Nací en una familia de ambiente intelectual. Por línea materna, mi abuelo era un científico positivista, farmacéutico que inventó las máquinas para su propio laboratorio y acudió a las exposiciones de París, donde obtuvo algunas medallas. Su poeta era Campoamor y su filósofo Augusto Comte.
Por línea paterna, el intelectual era mi padre, hombre de amplia y diversa cultura, en cuya biblioteca, y por supuesto en su ejemplo, encontré lo básico de mi formación. Abogado de profesión, mi padre era un amante de la Literatura y un lector incansable. Se sentía atraído por la corriente institucionalista, y cuando me mandó a Madrid para estudiar los primeros años del bachillerato, hizo que me alojase interno en la Residencia del Instituto Escuela, una especie de centro menor para niños, de la famosa Residencia de la calle Pinar.
Las grandes admiraciones literarias de mi padre me fueron transmitidas pronto. Eran Unamuno y Valle-Inclán; en poesía, Rubén Darío y Antonio Machado. Sin embargo, al primero tardé bastante en leerlo. En cambio, recuerdo muy bien la edición de 1928 de Machado. En cuanto a Valle-Inclán, me sedujo la lectura de las Sonatas, que guardo en la memoria como algo encantador. El Rubén Darío de la «Sonatina», de la «Marcha triunfal», de «Los motivos del lobo», fue asimismo lectura temprana.
Éramos muy niños mi hermana y yo cuando, en las veladas del invierno, nos reunía mi padre bajo la lámpara familiar. Por fortuna, entonces la familia no estaba amordazada por la televisión ni su intimidad rota por los telefilmes. Mi padre nos leía en voz alta. Así escuché páginas de Dickens y de Selma Lagerlöf; cuentos de «Clarín» y de Amicis; leyendas de Bécquer; fantasías de Julio Verne y capítulos del Quijote. La afición a la lectura la adquirí de oído; durante muchos años -¿quizá todavía?- mis propias lecturas sonaron vagamente, al fondo, a la voz de mi padre.
Otras lecturas a las que me aficioné pronto fueron los Episodios Nacionales de Galdós. Creo que de ahí viene mi permanente preferencia por una novelística, tradicional si se quiere, pero rica en invención y testimonio. De los clásicos. Calderón y Fray Luis, más que Lope y Garcilaso, por ejemplo. Quevedo llegó mucho más tarde y Góngora nunca estuvo muy cerca.
Poco antes de la guerra civil intensifiqué mi interés por la generación del 27, merced a mi amistad con el joven poeta José Luis Gallego. Gallego era un entusiasta juanramoniano y, por su incitación, leí la Segunda antología, convertida inmediatamente en un libro de dedicación asidua. Nunca ha estado lejos de mí un ejemplar de la colección Universal, edición de 1933. En mi mochila de soldado combatiente, en mi petate de prisionero, fue siempre conmigo. Años más tarde, tuve la inmensa satisfacción de prologarla para su reedición en «Selecciones Austral».
Al primer poeta del 27 que conocimos Gallego y yo fue a Manuel Altolaguirre. A él y a su mujer, la poetisa Concha Méndez. Fue el mes de enero de 1936. Editaban, en su imprentita de la calle Viriato, la luego famosa colección «Héroe». Me regaló un ejemplar de La lenta libertad, publicado por entonces. De fechas parecidas data mi amistad con Migue Hernández, continuada durante la guerra. Esta fue una amistad que dejó en mí honda huella, y es evidente que mis escritos de aquellos años recibieran su impulso. Miguel fue a Alicante donde se le rindió un homenaje, cuando yo estaba en un hospital de aquella ciudad, convaleciendo de una herida de guerra. Con motivo de ese encuentro, publicamos un pequeño cuaderno que reunió poemas de ambos y de Gabriel Baldrich.
La guerra es una experiencia difícilmente borrable y de la que no se sale indemne. No cabe duda de que marcó, y marcó mis poemas. No lo digo para que, tópicamente, se me considere incluido en una generación sacrificada, no. No debemos inspirar lástima. La guerra coincidió con nuestra juventud y la juventud pasa por encima de cualquier desastre. La guerra se acompañó de nuestras apasionadas ilusiones. Las ilusiones más bien cayeron con la postguerra. Yo soy de los jóvenes que sintieron la decepción de un mundo que se les venía abajo. Cómo no recordar un poema de Miguel Hernández: «Yo creí que la luz era mía / precipitado en la sombre me veo»
. La verdad es que, por naturaleza, me inclino algo al pesimismo, y tardé algunos años hasta encontrar, en El mito de Sísifo, de Camus (leí, en 1955, la edición de Losada de 1953) justificación al estado en que me encontraba: «Una filosofía pesimista no está reñida, en el terreno de los hechos, con una moral de coraje»
. Pero es claro que no fue esta mi primera lectura de Camus. Mi descubrimiento resultó casi traumático. Tenía yo escrito un libro cargado de preocupación, al que puse por título El Extranjero. Inédito aún, cayó en mis manos la gran novela, en su edición de Emecé, de 1950. Quedé tan estupefacto como admirado. La incomprensible coincidencia de título tenía que eliminarse y cambié el mío por El extraño. Apareció en 1955 y su tono existencial mereció una «glosa» de Eugenio d'Ors titulada «Contra la muerte».
Significó mucho para mí la amistad con Vicente Aleixandre. No era solo un extraordinario poeta, sino un ser de honda comprensión. Mis conversaciones con él, en la inolvidable casa de Velintonia, representan una deuda impagable para mí; sus lecturas, algo profundamente enriquecedor.
Los móviles que me llevan al poema se reducen, en rigor, a uno: la reflexión en torno la condición humana. Escribo poesía bajo las obsesiones y lo que más me obsesiona es el sentido -o el sinsentido- de la existencia. Por ello las claves para identificar mi discurso poético, por así decirlo, están en el concepto de la integración del ser humano en la materia única del cosmos, en su visión poética aleixandrina y la asimilación del absurdo de la filosofía existencial. Esas son para mí las claves de la mejor poesía, y el resto me parece literatura.
No soy capaz de crear una poesía abstracta -aunque la admire- ni creo en el irracionalismo poético. La abstracción desvincula la poesía de la vida. Hay dos actitudes frente a la poesía: la que ve la obra como síntesis de una vida (lo que coloca la obra por encima del hombre), y la que ve la vida como raíz de una obra (lo que coloca al hombre por encima de sus escritos). Me inclino por esta segunda actitud.
Lo irracional en poesía son ganas de ponerle otro nombre a la intuición, pero, a partir de ella en mayor o menor medida, no hay poema logrado sin el ejercicio de la facultad intelectual. El aporte de la intuición me parece imprescindible, como el aporte de los sentidos. Siento la vida -escribí un libro que se llama Con los cinco sentidos-, pero la elaboración del poema es consciente.
Todos los libros que he escrito, todos los poemas, tienen un motivo. Esto es: un tema. Defiendo la poesía de tema frente a quienes lo desdeñan como secundario. Que un poema no se salve solo por el tema -cosa evidente- no presupone su nimiedad. No suelo interesarme por la meta-poesía, porque creo que la poesía es un medio, no un fin. Por eso estuve en su día al lado de la llamada poesía social, que nunca consideré como una moda, y mucho menos, claro, como una servidumbre política, sino como un modo: cuestión de talante, de comprensión ética ante la vida.
Aunque puede parecer accesorio, al explicar -y explicarse- el desarrollo de mi quehacer hasta aquí, debo confesar mi preferencia por el uso de las formas expresivas tradicionales. No he innovado nada. Me siento más a gusto en el poema medido y aun rimado. Creo que, sin ser imprescindible, la rima tiene un valor de palanca preciosa para movilizar intuiciones. En cuanto al ritmo, me parece esencial, al punto de distinguir su escritura de la prosa. Y no creo en el verso libre. El verso libre no existe. Cuando lo que se llama así es analizado bien, resulta que o no es libre o no es verso. El verso, como el hombre, no es nunca del todo libre.
Me he dedicado también a labores de crítica, pero no me considero un crítico, sino un gustador de poesía, con lo que mis trabajos fueron siempre gustosos y me envolvieron en la pasión de leer e intentar interpretar. Es claro que no fue la crítica la que me llevó al poema, sino a la inversa: me aficioné a tales menesteres de comentarista y glosador de poesía ajena desde mi vocación de poeta.
Soy un poeta que ha vivido intensamente su época, pero que no abriga ambición de mayores trascendencias. Soy consciente de mis limitaciones. Cada generación estima y entiende la poesía -y al arte y la vida- de manera diferente. Lo que yo escribo no está en la línea de lo que suelen escribir hoy los poetas jóvenes, más entusiastas del verbalismo, de la estética, renovadores de una suerte de neomodernismo e incluso neosurrealismo, y más amigos de la exaltación imaginativa. Pero ni sé ni quiero abandonar mis temas y mi estilo que constituyen el ámbito en que me reconozco, me encuentro conmigo mismo. Entre mis muchos defectos no entra el exceso de vanidad: tengo el grado de vanidad mínimo imprescindible para intentar la escritura poética. Creo que puedo considerarme un poeta fiel a sí mismo.