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Conversación entre mujeres

Margo Glantz





Jean Rhys fue una escritora inglesa, nacida en Dominica, Antillas, en 1894. Su madre era criolla y Jean se trasladó a Londres cuando tenía 17 años. Estudió teatro y trabajó como actriz, corista, maniquí. Se casó con un poeta y pintor holandés y se trasladó al continente. En París empezó a escribir motivada por el novelista John Madox Ford. Publicó varios volúmenes de cuentos y cuatro novelas, entre las que destacan Buenos días, medianoche y, en 1967, Ancho mar de los sargazos que le valió un premio importante, con lo que se inició una revalorización de su obra, un poco -como se ve bien- tardíamente.

Su condición de emigrante y de mestiza le costó muchos problemas en la rígida sociedad inglesa de su tiempo (y quizás del nuestro, pues si no ¿cómo entender que reine Meg Thatcher?). Y por ello sus relatos hablan siempre de una condición femenina marginada y tenazmente desesperada (aunque se haga ripio). Casi todos los relatos que forman Los tigres son más hermosos (Ed. Anagrama) están contados en primera persona y casi siempre la protagonista es una mujer. Los problemas de la vida cotidiana fuera de la familia, la sordidez desvencijada de la pobreza y de la sensualidad viscosa y ocasional de los cuartos alquilados en barrios bajos, la maleta rápida y los viajes sucesivos, los amantes de ocasión ocupan esas páginas. Casi no vemos al personaje en el momento en que actúa en la vida, sino en la pasividad forzada a la que ese tipo de vida la condena. Siempre estamos en el interior de un cuarto de pensión o de hotelucho y el personaje reflexiona sobre su desamparo y su constante cercanía con la muerte posiblemente autoprovocada. Una feroz crítica social se inicia cuando la protagonista sale de su puerta y contempla (o es contemplada) a los de enfrente, seres regulares que la miran haciendo ostentación de su propio bienestar y de la irregularidad de la que los mira.

Sus personajes son desplazados, parias, marginados. Montague Haltrecht, crítico inglés dice: «¿Qué escritor ha creado unas heroínas que, por su femineidad, por su sabiduría sensual, hubieran deleitado a la propia Colette? ¿Quién ha sabido comprender a mujeres tan frágiles como ávidas de vivir en conflicto con la encorsetada burguesía y las ha descrito en su derrota, con el mismo placer masoquista que proporcionan las oleadas románticas en las óperas de Puccini? ¿Y quién, en sus páginas, dota a la riqueza de un glamour que hubiera encantado a Scott Fitzgerald, y propone como su corolario la pavorosa desposesión y el desgaste de la sensualidad que resulta de la pobreza? La respuesta es Jean Rhys».

La sensación perpetua que se deriva de estos cuentos es la vulnerabilidad del cuarto cerrado, donde las cortinas y los objetos colocan a quien está dentro; a la intemperie: además, el personaje es un perpetuo voyeurista de lo que pasa enfrente, un voyeurismo que no provoca delectación alguna: sólo un desencantado y perverso regocijo: el que es capaz de constatar la miserable condición y la sordidez de lo establecido, como si la propia sordidez se trasladara a través de la mirada al interior de esas casas envidiadas y penetrara en la intimidad más absoluta, descubriendo, como en radiografía, la mezquindad y la ruin condición «de lo establecido», «de lo normal». Aunque esta perfecta comprensión no permita enaltecer de ningún modo la marginalidad. Las descastadas de Jean Rhys no son heroicas. Son tan sórdidas y siniestras como sus detractores, sólo que del lado de la sordidez habita un escepticismo cínico y feroz que coloca las cosas en su lugar. Y el lugar está en la mente de quien se sabe contemplado con desprecio, un lugar destilado centímetro a centímetro en la diaria experiencia del desamor, del desajuste económico, de la indiferencia. De algún modo, las heroínas antiheroicas de Rhys se asemejan a esos niños pobres que contemplan con melancolía los escaparates de los ricos o las grandes vitrinas de las tiendas de renombre en vísperas de Navidad. El sueño de hadas aborta y su conclusión es la ironía, el humor negro, y la sensación de que hay que seguir viviendo a pesar de que la vida les está negada, y que el único territorio verdaderamente estable que les pertenece es el de la ferocidad con que se descubre la ferocidad de los otros.

Djuna Barnes es también una marginada, sólo que del otro lado. Sus personajes femeninos viven generalmente en la abundancia o entran a ella de manera sospechosa, pero esa entrada nunca significa ni la respetabilidad ni menos la estabilidad. Como Jean Rhys, Djuna Barnes, escritora norteamericana que vivió muchos años en París, junto con gente como Gertrude Stein y Anais Nin, ha sido redescubierta y considerada como una de las grandes escritoras del siglo, a pesar de que el poeta Eliot se encargara ya en 1937 de prologar la primera edición norteamericana de El bosque de la noche, su gran novela. A pesar, digo, porque los libros de esta gran solitaria extraña, empiezan a aparecer traducidos a todos los idiomas, y las feministas la reivindican como una de los más extraordinarios talentos del siglo. Dice Elliot: «Al descubrir El bosque de la noche para recomendarlo a los lectores de la edición inglesa, dije que este libro "atraería sobre todo a los lectores de poesía"».

Esto es bastante para un breve anuncio publicitario, pero me alegra tener la oportunidad de ampliarlo un poco. No quiero sugerir que el valor de este libro sea esencialmente verbal, y menos aún que su asombroso lenguaje encubra un vacío de contenido. A menos que el término «novela» se haya degradado demasiado para aplicarlo, y si aún significa un libro donde se crean personajes vivientes que entablan relaciones significativas, este libro es una novela. Tampoco quiero decir que el estilo de Djuna Barnes sea «prosa poética». Pero afirmo que casi todas las novelas contemporáneas no están, en verdad, «escritas». Obtienen casi toda la realidad que poseen mediante una hábil reproducción de los ruidos que los seres humanos suelen emitir durante sus simples necesidades de comunicación cotidiana. Y la parte de la novela que no está compuesta por esos ruidos consiste en una prosa no más viva que la de un funcionario o periodista competente. Una prosa llena de vida exige del lector algo que el lector de novelas corrientes no está preparado para dar.



Barnes es un ser violento. Sus personajes también, por eso uno de sus libros se llama Una noche entre los caballos. Así caminamos por su texto, al galope, derribando obstáculos, penetrando en la noche, siguiendo impulsos desbocados, ahogando convenciones, inmersos en un ambiente de lujo y oropel, entre habitaciones fantásticas, bien amuebladas, con objetos suntuosos y operísticos. Es, a veces, la década de los años treinta en una ciudad como Berlín, el Berlín decadente de la preguerra, ese ambiente de travestis, de teatro, de pasión, de palabras dramáticas. Quizá apenas ahora empecemos a gustar de estos textos porque apenas ahora empezamos a entender la extraña y paradójica claridad que surge de ese mundo nocturno y desquiciado, ese mundo donde se codean, irredentos, los aspectos «normales» y «anormales» del ser humano. Los marginados de Djuna Barnes son oportunistas que entran en el gran mundo, pero sobre todo son anormales porque su sexualidad es sospechosa y rechazada, en una época en que la homosexualidad era concebida como irredenta y criminal. La condición de la homosexualidad tampoco es importante en sí misma, sin embargo. Es el trampolín desde el que saltan aquellos que quieren (como dice el espléndido traductor de estos libros /Monte Ávila/, Enrique Pezzoni), enfrentarnos «a esa herencia de lucidez a que está sometida la condición humana. Lucidez para descubrir la soberbia de todo empeño en trazar distingos entre lo normal y lo anormal, pero también para acatar lo forzoso de estos distingos [...]»

Así, Barnes y Rhys nos precipitan sin melindres en el desconcierto de seres que oscilan entre la violencia de su intimidad y el desafuero del mundo. Hagamos conversar a estas dos mujeres y leámoslas una al lado de la otra.





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