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Don Cándido Nocedal. (N. del A.)
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Don José Amador de los Ríos. (N. del A.)
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Menester es no olvidar aquí como muy honrosa excepción, los Estudios sobre el famoso Raimundo Lulio, publicados, pocos años ha, por nuestro compañero don Francisco de Pau Canalejas. El filósofo mallorquín está, en dichos Estudios, juzgado con profundidad, si bien quizá más encomiado de lo justo; pero algo se ha de conceder a la reacción, que no puede menos de dejarse sentir en esto, como en todas las cosas.
Lulio había sido harto maltratado por muchos autores, entre los cuales no pocos españoles. El padre Feijoo le desprecia en sus Cartas eruditas; y en aquella graciosísima sátira literaria de El café, donde no sabe uno de qué admirarse más, si del ingenio, sal ática y rico tesoro de chistes del autor, o de su mezquina crítica, y donde queda en duda si Pedro es más pedante y más insufrible don Hermógenes, Moratín se burla del pobre Raimundo Lulio con un epigrama indeleble.
Colocan muchos entre los lulianos a Raimundo Sabunde, filósofo del siglo XV, que tuvo gran celebridad también en tierras extrañas. Montaigne le tradujo al francés, pero yo entiendo que no porque Montaigne se entusiasmase con Sabunde, sino por cumplir un mandato de su padre. En la Apología de Sabunde, que es el más extenso de los Ensayos, le elogia mucho, no obstante; le llama très suffisant homme et ayant plusieurs belles parties, y asegura que «el propósito de Sabunde es atrevido y valeroso, ya que acomete la empresa de establecer y probar con razones humanas y naturales, contra los ateístas, todos los artículos de nuestra religión; en lo cual, a decir verdad, le hallo tan firme y dichoso, que no creo posible hacerlo mejor en este negocio, y me parece que nadie se le ha igualado». (N. del A.)
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Esta imitación de los místicos alemanes por los místicos españoles prueba que la grande originalidad no proviene de aislarse, sino de conocer lo que los otros dijeron y añadir algo del caudal propio. Rousselot niega que los místicos alemanes hayan ejercido la menor influencia en los españoles, ya porque escribieron en alemán, ya porque sus obras, menos las de Ruysbroeck, fueron condenadas por panteísticas. «No se encuentra -dice Rousselot- vestigio alguno en los escritos de los españoles, por donde se pueda suponer que se han inspirado en los alemanes» Pero Rousselot, a mi ver, afirmó esto muy de ligero. Yo, a la verdad, no recuerdo haber hallado jamás citado al maestro Eckart, Hegel y Schelling, a la vez de aquella escuela, en ningún místico español; pero las doctrinas de Eckart debieron de ser medianamente conocidas, merced a Dionisio Cartujano, que las reproduce. Y en cuanto a los otros místicos alemanes, que son como discípulos de Eckart y predecesores de Hegel, no solo han sido leídos por nuestros místicos, sino citados a cada paso con extraordinarios elogios. El iluminado y extático padre fray Miguel de la Fuente da testimonio de lo dicho en sus Tres vidas del hombre. Suso, Tauler, Ruysbroeck, Harp y otros alemanes, vienen citados por él con frecuencia. Y en prueba de que confesaba el influjo de los alemanes, no ya solo en él, sino en otros místicos españoles de más fama diremos lo que pone al hablar de la suspensión del hombre íntimo: «Todo esto que hemos dicho, lo dijo altísimamente Rusbrochio, varón gravísimo y muy ilustrado de Dios, en un libro que intituló De los grados del amor. Nuestra Santa Madre Teresa de Jesús, en su Vida, lo comentó divinamente.» El mismo iluminado y extático fray Miguel describe lo que es el centro del alma, con palabras tomadas de Ruysbroeck y de Suso: «Lo sustancial del alma -dice- es la parte más excelente que hay en ella, la cual pende del mismo Dios: es inmóvil; más alta sin comparación que el Cielo más supremo, más profunda que el abismo del mar, más ancha y más extendida que el mundo todo, porque la naturaleza espiritual excede incomparablemente a todo lo corpóreo; y esta esencia o sustancia del alma es el reino natural de Dios, término y fin de las operaciones del alma, y no hay criatura de las espirituales y celestiales que pueda llenar su capacidad, según es inmensa, sino solo Dios, que es la esencia de su esencia y la vida de su vida.»
Con lo expuesto sobra para probar que se equivoca Rousselot al afirmar que no hay vestigio en nuestros místicos de que imitasen a los alemanes. Y con lo expuesto, y con mil citas más que pudiéramos hacer, se probaría que ni la Inquisición ni nadie era entonces en España tan asustadizo como ahora de que nos inficionasen los alemanes con su panteísmo o panenteísmo.
El padre fray Miguel de la Fuente nació en 1573 y murió en 1625. Vivió y escribió, por tanto, en el siglo de Oro de nuestra literatura. (N. del A.)
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Don Pedro Pidal, primer marqués de Pidal. (N. del A.)
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Don Antonio Ferrer del Río. (N. del A.)
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Don Luis Fernández Guerra. (N. del A.)
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Es de advertir que tales nomenclaturas y clasificaciones sirven para lo material, que está ya clasificado por la ciencia; pero no sucede lo mismo con las facultades y operaciones del alma y con los conceptos metafísicos, que son harto difíciles de definir. En los vocablos de esta clase suelen los más hábiles autores de diccionarios (verbigracia, Littré y Webster), eludir la dificultad no definiendo y apelando a la sinonimia. Este es defecto grave, porque los sinónimos son rara vez perfectos o equivalentes, siendo, por otro lado, más útiles que convincentes las distinciones que hacen a menudo entre vocablos sinónimos los más discretos autores que sobre esto han escrito.
Pongamos por caso ver o saber lo futuro y revelarlo a otras personas. Entre el verbo que implica la acción de comunicar lo que se sabe y el verbo que no la implica, es clara la diferencia; pero no es llano deslindarla entre multitud de verbos cuando se pueden tomar en casi la misma acepción. Así, por ejemplo, en inglés, predict, prognosticate, prophesy, vaticinale, forebode, soothsay, foretell, presage, augur, augurate, announce, advise, ominate, forecast, foresee, forewarn y divine.
En la lengua inglesa, con escasísima dosis de gramática y con una pronunciación muy propia y característica, que lo anglifica todo hay gran libertad para adoptar palabras de otros idiomas. Se diría que, para formar la lengua inglesa, sobre un montón de palabras germánicas y célticas se ha volcado todo el Diccionario latino, De aquí que el lexicógrafo no atine acaso a distinguir bien unas palabras de otras; cuándo se debe usar la latina y cuándo la germánica; qué diverso matiz de la idea capital quiere el uso o la etimología que exprese cada una, o si son del todo equivalentes, ya siempre, ya en ocasiones, y el emplearlas queda al arbitrio del consumidor o solo depende del buen gusto y de la eufonía. Así los verbos wish, desire; hope, expect; trust, confide; show, exhibit; strengthen, fortify; mean, signify, guess, conjeture; wonder, admire; worship, adore; threat, menace; y así los nombres liveliness, vivacity; lovelines, amability; holiness, sanctity; depht; profundity.
No es menor dificultad que esta de la abundancia, o sea, la de que haya varias palabras para una idea, la de que a veces una misma palabra signifique las dos cosas o calidades más opuestas. Sirva de ejemplo, en castellano, el adjetivo civil. Dice el Diccionario que civil es sociable, urbano y atento, y, además, ruin, mezquino, vil y grosero. Parece disparate y, con todo, el Diccionario tiene razón. solo no la tiene en poder a civil, en la segunda acepción, la nota de anticuado. No es anticuado lo que está en Calderón, Tirso y demás dramáticos del siglo XVII, y aun en documentos oficiales del siglo XVIII. (N. del A.)
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Además del señor Commelerán, han escrito, defendiendo el Diccionario de la Academia, don Manuel Silvela, con el seudónimo de Juan Fernández, en El Imparcial; don Agustín de la Paz Bueso, firmándose El Anticrítico, seis artículos en El Globo, y don Rafael Álvarez Sereix, en El Día. (N. del A.)
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Es de suponer que en España y en otros países donde se hablan hoy idiomas neolatinos, las lenguas primitivas fueran más semejantes al latín que a ninguna otra lengua, al menos en aquella parte de la población más numerosa y civilizable. No de otra suerte se explica que en poco tiempo España se latinizara, y que más tarde, ni los pueblos de origen teutónico, ni los árabes, ni los africanos, que la invadieron y la dominaron más largo tiempo, pudiese naturalizar entre nosotros sus lenguas respectivas. El habla de los españoles persistió casi toda latina en lexicología, morfología y sintaxis, salvo corta cantidad de vocablos que van quedando anticuados o caen en desuso, como si la lengua quisiese expelerlos de su organismo por extraños a él. (N. del A.)