El escapismo en la literatura chicana1
Justo S. Alarcón
Hoy, por primera vez, quisiera tocar un punto que espero sea de interés para el lector. Se trata de ciertas bases ideológicas que se desprenden de la literatura chicana. En subsecuentes ensayos trataremos de otros temas referentes a dicha literatura. Si bien los lectores saben que aquí en el Suroeste hay un minoría racial y cultural hispana, no creo que muchos sepan que esta minoría tiene ya un corpus literario floreciente y que a esta literatura se le viene llamando «literatura chicana». El uso del término «chicano» puede prestarse a una acalorada polémica. Quiero que quede claro que no es mi intento aquí levantar una polvareda polémica sobre si debiéramos o no usar el término «chicano». Digamos por el momento que, afortunada o desafortunadamente, tal término existe y se usa. Así que podemos dejar las cosas como están y aparecen sin meternos en dicha polémica.
Comencemos con el término «chicano». Este término no es otra cosa que la abreviación del vocablo gentilicio «Mexicano», Me-shicano, Xicano, Chicano. Hasta hace unos veinte años, y aun ahora para la generación adulta, el término «chicano» tenía una connotación peyorativa. Chicano se decía de aquel niño o muchacho travieso, sucio, callejero, maleducado, malcriado, etc. Pero hace unos veinte años, al comienzo del Movimiento Chicano, que coincide con la marcha de César Chávez y de sus campesinos hacia Sacramento, capital del estado de California, esos mismos jóvenes fueron los que se llamaron a sí mismos «chicanos». Desde ese momento, el término «chicano» cambió de significado. De un origen sociocultural peyorativo pasó a adquirir un significado francamente político, no en el sentido tradicional de partidos políticos, dentro de un sistema establecido (en este caso de una democracia capitalista estilo norteamericano), sino con la connotación de una revolución ideológica y de un ahínco cultural, diferente (y contrario a veces), a la corriente mayoritaria. Por otra parte, el término «chicano» es una especie de afirmación cultural y de identidad propia. En los Estados Unidos, paradójicamente, el único «americano» es el último grupo en llegar a Las Américas: o sea el anglosajón. Los demás o son mexicano-americanos, o afro-americanos, o indio-americanos, o chino-americanos, etc. El chicano (mexicano-americano), por medio de la concientización política, pronto se dio cuenta de que ni era mexicano ni americano. También notó que el mexicano de México le llamaba «pocho» y de que el americano/anglosajón le llamaba «meskin». En fin, que quedaba reducido a un simple guión (mexican [-] american). O sea, bien poca cosa. Para aquellos familiarizados con la historia de Estados Unidos, el chicano, convertido en un simple guión, fue, y todavía es, desafortunadamente un ser de segunda clase, extraño y ajeno en su propia tierra. Hay que añadir a esto que, aunque el «chicano» (americano de descendencia mexicana) lleva existiendo en los Estados Unidos, como ciudadano, desde 1848 por el Tratado de Guadalupe Hidalgo, o sea un poco más de siglo y medio, no se expresó políticamente en bloque hasta partir de 1962, cuando tomó conciencia política propia, de grupo minoritario.
Aunque se puede decir que ya había una literatura anterior a 1962, sobre todo en la segunda mitad del siglo pasado, esa literatura estuvo y sigue estando enterrada en los periódicos desaparecidos ya a principios de siglo y es conocida solamente de un número muy reducido de archivistas. Recientemente algunos críticos chicanos la están desenterrando. Nosotros nos referimos aquí más bien al «renacimiento» o «florecimiento» de la literatura hispana de la última época, que recomienza hace unos veinte años. Nos atreveríamos a decir que ya abunda ésta, a pesar de su corta existencia. Hay que hacer notar que se practican todos los géneros literarios, excepto el ensayo que no existe, a no ser por unos cuantos bien contados, como On Culture, de Juan Gómez-Quiñones, y la colección titulada Pensamientos on los Chicanos, de Eliud Carranza. Con esto quiero señalar que, suponiendo que el ensayo es o fue tradicionalmente el género preferido para expresar una ideología, la ideología chicana no está todavía formulada de una manera cohesiva, precisamente a causa, en parte al menos, de no haberse desarrollado el género ensayo. Sin embargo, sí existe esa ideología, pero hay que entresacarla de los textos de otros géneros literarios, como el drama, la poesía y la narrativa, sea ésta el cuento o la novela. A causa del reducido espacio del que disponemos aquí, me limitaré a citar algunos textos clave, escritos en español, en que aparecen diseminadas algunas preocupaciones ideológicas del chicano plasmadas en esta literatura.
No creo exagerar al decir que la problemática ideológica chicana, que se trasluce a través de su literatura, radica esencialmente en el binomio: segregación racial y opresión capitalista. Tomemos algunos ejemplos. Uno de los primeros textos literarios de principio de los sesenta es el largo poema épico Yo soy Joaquín, de Rodolfo «Corky» González. Tomando como héroe al californiano Joaquín Murrieta, recorre el poeta la historia opresiva en que vivió, y todavía, vive el chicano. Consiste ésta en un largo proceso histórico a base de conflictos tanto internos como externos. Si nos fijamos en el chicano-mestizo, el conflicto interno radica históricamente en el padre conquistador (Cortés) que viola a la madre conquistada (La Malinche), punto de partido del libro del gran pensador y poeta mexicano Octavio Paz, en su libro El laberinto de la soledad. A esto se añade que la madre violada «se vendió» al invasor y traicionó a su pueblo. Hay pues un conflicto interno de sangre, y también psicológico, que persigue al chicano-mestizo desde su nacimiento. A esto se suma el conflicto externo de tiempos más recientes: el despojo cometido por el segundo conquistador, el anglosajón, el «americano por excelencia». Despojo de tierras, de costumbres, de arte y de honor, sin olvidar el despojo del sudor de su trabajo, no siempre remunerado. A pesar de todo esto, el poeta exhorta a su hermano a que no se deje vencer. De que el chicano, si bien tiene una historia de opresión, también tiene una historia de resistencia. El poeta mismo, hablando en la persona del ya legendario Joaquín Murrieta, nos dice: «I shall endure / Yo perdurare».
En cuanto al género llamado teatro hay mucho drama escrito y, casi todo él, de raíz popular. El primer dramaturgo chicano, el más conocido y de mayor impacto, es Luis Valdez. Escribe dos clases de teatro: el «acto» y el «mito». El primero se caracteriza por su fuerte contenido social. El ataque al sistema capitalista agrario, y la defensa del campesino explotado, y una gran dosis de comicidad. Entre los del primer tipo sobresalen Las dos caras del patroncito y Vietnam campesino. En éste, como también en Soldado raso, critica, además del capitalismo agrícola, al sistema bélico americano, y viene a exponer que la guerra que debe emprender el chicano no es contra su hermano de piel amarilla y pobre vietnamita, sino contra el sistema opresor casero. El segundo grupo de dramas, es decir, el grupo que el llama «mitos», se caracteriza por una vuelta a las raíces culturales precolombinas. Es un teatro indigenista. Pueden servir como ejemplos La piedra del sol y Bernabé. Luis Valdez ha sido criticado duramente, sobre todo por los críticos socio-marxistas, por mitificar en estos dramas un pasado algo anacrónico y que no fue tan perfecto como nos hace creer el dramaturgo. Pero la mayor parte de los críticos están de acuerdo en que, además de sus aciertos artísticos intrínsecos, el mérito de Luis Valdez fue el de retomar el género drama y otros tiempos, y ya casi olvidado, pero ahora poniéndolo al servicio del chicano campesino, ciudadano oprimido y segregado.
Un drama bastante desconocido, que, a mi parecer está bien logrado en la trayectoria histórica, aunque un poco mítico y un poco utópico y profético a la vez, es el que lleva por titulo Dawn / El amanecer, del poeta Alurista. Parte de la mitología religiosa azteca y trata de traerla al presente. Entre los personajes religiosos de la antigüedad, y junto a ellos, como Quetzalcoatl (símbolo del mestizo en el drama), incluye a dos dioses modernísimos: Pepsi-coatl y Coca-coatl (símbolos del imperialismo capitalista «americano», ya expresados con anterioridad por Carlos Fuentes). Estos dos dioses son enjuiciados por el tribunal de los ancianos, ellos mismos indios. Un chicano, llevado por la lascivia, le hace el amor a la diosa Coca-coatl, esposa del dios Pepsi-coatl, antes de pasarse el veredicto contra la pareja de los dos dioses opresores. Pepsi-coatl muere a manos de la justicia (irónicamente de su esposa Coca-coatl) muriendo ella en el parto, al momento de nacer el nuevo tipo de mestizo chicano/anglo. O sea, de acuerdo al dramaturgo, la caída del imperialismo «americano», tal cual existía y todavía existe, se llevará a cabo a través de lo que más le duele a éste: la justicia y la muerte a manos del esclavo y la violación de la diosa blanca y capitalista por el ser subhumano prieto y proletario. Estamos, pues, ante una visión futurista y profética.
Una visión semejante la encontramos en la tercera parte de la novela Crisol, de Justo S. Alarcón. Brevemente: una legión de mexicanos espalda-mojadas cruza la frontera méxico-estadounidense para dirigirse a las planicies americanas a la reconquista de la doble cultura, la del maíz y la del trigo, originarios ambos de México y de España, respectivamente, pero que el anglo-americano despojó de ellos a México y se los trajo a su país, las famosas Planicies. A los mexicanos se unieron, en el trayecto o marcha de Reconquista, sus hermanos los chicanos; todos ellos en forma de animales (chapulines, cucarachas, ranas, topos, etc.). En su marcha hacia el Norte llevan en la procesión un sahuaro, símbolo fálico. Llegados a las planicies estadounidenses, y mientras la primera Presidenta duerme, plantan el cacto. Es el Año de la Presidenta. De este descuido onírico nace la «nueva raza cósmica», profetizada ya por José Vasconcelos. La diosa, o sea, La Presidenta, muere de parto. Simbólicamente, con la muerte de La Presidenta, cae el imperialismo de la super raza blanca dejando lugar a otra población más universal y mestiza.
En la novela Peregrinos de Aztlán, de Miguel Méndez, el Vate, personaje y poeta, en un delirio ve el desierto de Sonora-Arizona convertido en la «República de los chicanos», en donde los indios, los mexicanos y los chicanos se dan cita y un abrazo fraternal sobre el desierto ahora florecido, verde y fructífero, libres ya de hambre, libres de espíritu y libres del yugo esclavizador del imperio opresor. Pero el mismo personaje-narrador, arrepentido por su visión febril e ilusoria, se arrodilla y pide perdón por habérsele ocurrido una visión tan descabellada. Vemos pues tres visiones, tres ilusiones, tres escapismos futuristas utópicos. Calentura y fiebre producidas por una realidad subhumana de hambre y de frustración.
Si bien hay un escapismo futurista y utópico, también hay un escapismo mítico hacia el pasado. Las primeras obras del poeta Alurista se hallan plagadas de un pasado glorioso de dioses emplumados y muertos, pero que hay que resucitar para aliviar los sufrimientos presentes y crear un orgullo sobre aquello que fue. En su cuento, «Un hijo del Sol», Genaro González nos presenta al héroe Manuel que, en una búsqueda de orientación, del Medio-Oeste norteamericano, vuelve a México para encontrar sus raíces mítico-históricas, pero sufre una gran desilusión. El mismo México de sus sueños ya no es el que él esperaba ver, pues ya se ha modernizado, se ha degradado, se ha «americanizado». Las raíces están muertas. O, si no están muertas, de sus ramas brotan frutos extraños y ajenos.
En el cuento «Tata Casehua», del arizonense Miguel Méndez, podemos observar cómo tres generaciones de indios sonorenses yaquis sufren un destino adverso. El abuelo Manuel muere petrificado, desesperado en el desierto, después de la perdida de su soberanía y de su gente a manos de tres imperios invasores: el español, el norteamericano y el mismo mexicano. Su hijo José quiere cruzar el Río Bravo o Colorado, que lo encaminaría a Estados Unidos, y muere ahogado y acribillado por la patrulla americana. El nieto Jesús, contra los consejos de su madre, pero con la venia del abuelo, se dirige hada el mismo Río. Pero, al enterarse cómo mataron a su padre en la tierra de promisión (EE. UU.), se vuelve al desierto para morir entre los ecos de sus antepasados, derrotados y muertos. El destino de los tres personajes parece ser el mismo: muertos por la avaricia y explotación de los imperios poderosos y opresores. En este cuento, posiblemente el mejor escrito en español que haya brotado de la pluma chicana, no hay ni realidad, ni mitos, ni posible escapismo. No se encuentra ni un presente ni un futuro claros. El principio y el fin se juntan para formar un inquebrantable ciclo histórico de esclavitud y desesperación.
Se podría también hablar de otra clase de escapismo: el escapismo asimilacionista. Cunde mucho en la realidad. A los asimilacionistas se les viene llamando «los vendidos», los «cocos», aquellos prietos por fuera y blancos por dentro. Son aquellos que se quieren integrar a toda costa a la Gran Sociedad, para después ser rechazados por esa misma sociedad racista. Un ejemplo de estos aparece la novela Pocho, de José Antonio Villarreal. Richard, el único hijo varón de Juan y Consuelo Rubio, asiste a las escuelas anglosajonas. Aprende el inglés a perfección, lee literatura americana, quiere ser escritor y, cuando sus padres le recuerdan que él es «mexicano», les contesta: «vivimos en [Norte] América, nuestra lengua es el inglés y ya no somos mexicanos». En un proceso de desnudamiento cultural, Richard Rubio llega a un individualismo exasperante, después de (y a pesar de) que la Gran Sociedad, a través de la fuerza policial y de otras instituciones, lo identifican como «meskin» (pronunciación fonética popular anglosajona por mexican con sentido peyorativo). Llegó un momento en que casi comete suicidio. De todos modos, al final de la novela, comete un suicidio simbólico, común entre algunos de sus semejantes: el de ingresar en el ejército, que es la institución más anónima que la Gran Sociedad, o cualquier otra sociedad, puede inventar. De esta sociedad quería él ser parte, como forma de «escape», pero nunca logró ser aceptado por ella.
Naturalmente, en tales situaciones descritas no puede faltar la obra literaria de protesta social, con tintes pesimistas. Como ejemplo cumbre de protesta social, agria y desesperada, como la misma realidad que se describe, nos encontramos al largo poema y, por otra parte bello, titulado Los criaderos humanos, del ya citado arizonense Miguel Méndez. El poeta, en un viaje a un pueblito fronterizo, se encuentra con la pobreza y la miseria más abyectas que jamás el ser humano haya podido experimentar. Se cree que está soñando. Bajo un ropaje metafórico extraordinario, se va adentrando el poeta por las calles polvorosas del pueblo. Ve a los viejos, mujeres y niños que se asemejan a vegetales a los que les falta la clorofila. Dialogando con ellos, se da cuenta de que el pavor les inunda a todos. Es que les tienen miedo a los hombres de «cristal», a los hombres «aguijón» y a los hombres «rapiña», imperio tras imperio, que con sus jeringas van extrayendo la sangre de la gente pobre para convertirla en joyas, en riquezas y en orgías. Los vientres de las mujeres se parecen a bolsas de canguro de donde nacen niños con dientes de «topo ahogado». El poeta le pregunta a un viejo milenario que se parecía a un tronco de árbol hueco: «¿Qué es esto, señor?». «Esto es un criadero humano», le contesta. «¿Son ustedes, acaso, bueyes castrados?». Y recibe la respuesta: «Señor, ya no tenemos fuerza, estamos muy cerquita de la tierra».
Docenas de textos más podríamos traer a colación para ir entresacando ideas de compromiso social, de inquietud, de búsqueda de identidad, de orientación hacia un futuro más halagüeño, aunque sólo sea una ilusión y una Utopía. Pero la limitación de espacio nos lo impide. Lo expuesto aquí no es otra cosa que un esbozo introductorio a las preocupaciones que abundan, y que con frecuencia se repiten de una u otra forma, en la joven literatura chicana. Como habíamos indicado antes, la literatura chicana no ha desarrollado a plenitud todavía el género «ensayo». Se necesitan ensayistas. Un Unamuno que estudie y exponga el sentimiento trágico de la vida chicana. Pero más todavía se necesita un Octavio Paz que estudie al mexicano-chicano en forma «positiva», o un Enrique Rodó que aleccione a la juventud chicana y saque fuerzas de los grandes valores mestizos de la historia ya olvidada, o un Ortega y Gasset que, estudiando la historia, ofrezca una síntesis y una lucecita de orientación para un futuro más claro. Quizás se necesite otro José Vasconcelos en donde la Utopía de la «raza cósmica» deje de ser un sueño imposible y vano para convertirse en una realidad positiva y factible.