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Este fenómeno editorial coincide con la proliferación de libros de humor, incluso la aparición de secciones dedicadas al mismo en las grandes superficies, con claras referencias televisivas. El primer volumen editado por El Club de la Comedia fue Ventajas de ser incompetente y otros monólogos de humor (2001). Sus frecuentes reediciones espoleó la aparición de nuevos volúmenes recopilatorios con un nivel de calidad en franca regresión por la premura con que fueron escritos. Pablo Motos, en su etapa radiofónica de M80 con el programa No somos nadie, ya había encabezado el grupo de guionistas que formaría el grueso del equipo de El Club de la Comedia: Laura Llopis, Juan Herrera, Raquel Martos, Juan Ibáñez, Damián Mollá, Jorge Marrón y Luis Piedrahita (véase Motos, 2003, 2005 y 2006). Buena parte de este equipo en la actualidad, y con notable éxito popular, trabaja para el canal Cuatro en uno de sus programas estrella: El hormiguero, que cultiva un humor familiar, aunque especialmente dirigido a los niños y adolescentes.

 

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El éxito de taquilla del primer espectáculo, casi un millón de espectadores, alentó la edición (VVAA, 2007) y fue la espoleta que condujo a la productora a completar la trilogía. También se le puede considerar el punto de partida de otros espectáculos como La vida según San Francisco y hasta la adaptación teatral de un programa televisivo, Los irrepetibles, cuya gira fue patrocinada por la cerveza Amstel. Todos ellos han seguido un camino descendente, incluso de taquilla, por lo que cabe pensar en el agotamiento de la fórmula.

 

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Luis Piedrahita, además de mago y director de cine, fue uno de los guionistas de El Club de la Comedia y ha publicado Un cacahuete flotando en una piscina... ¿sigue siendo un fruto seco? (2005), ¿Cada cuánto hay que echar a lavar un pijama? (2006) y Dios hizo el mundo en siete días... y se nota (2008), todos ellos pronto reeditados en ediciones de bolsillo accesibles para el público juvenil con que sintoniza mejor. El indudable ingenio de este polifacético creador se enfrenta a la amenaza de su sobreexplotación y la consiguiente repetición hasta caer en la fórmula, pero recordemos que las greguerías de Ramón Gómez de la Serna, en una época donde la presión de los medios era incomparablemente menor, también sufrieron este proceso.

 

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En este sentido, cabría citar algunas excepciones como las protagonizadas por Enrique San Francisco (2003), Amparo Baró y Agustín Jiménez (2006), que fueron capaces de imprimir un sello propio gracias a sus indudables cualidades para el monólogo cómico. Sin embargo, lo habitual fue un humor formulario, ya previsto en manuales de autoayuda para la escritura de guiones televisivos de carácter humorístico que, una vez traducidos, han circulado de manera paralela en el mercado editorial español. Su lectura suele ser depresiva por múltiples motivos, ya que parten de la endogamia de crear ficción a partir de la ficción, como un oficio donde el acto creativo se reduce al conocimiento de unas reglas.

 

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Miguel Gila falleció en plena eclosión de los monólogos cómicos en la televisión y la operación comercial que supuso la edición de un libro póstumo (Gila, 2001) se basó en una presentación que hacía recordar El Club de la Comedia.

 

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El propio relato oral, como género de indudable teatralidad y con el frecuente recurso al humor, también tiene bastantes elementos en común con el monólogo cómico.

 

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Recomiendo que, gracias al portal Youtube, se consulte la grabación de «La tragedia de un niño harto de garbanzos», el más célebre caso verídico de Paco Gandía y uno de los ejemplos que nos conducen a la existencia en España de una tradición de monólogos cómicos netamente diferenciada de la norteamericana.

 

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Pay-Pay, estrenado en el Cúpula de Venus de Barcelona, fue fruto de su estancia en Cuba, mientras que en Ño decidió «trabajar el género del monólogo mucho más en serio y a conciencia» (Escamilla, 1999:111). Sin palabras fue un montaje donde Joan Lluís Bozzo (Dagoll Dagom) le propuso algo distinto: un espectáculo sin hablar, mímico. En 1988, Pepe Rubianes estrenó En resumidas cuentas,antología de los mejores números de sus tres primeros espectáculos. Le sucedieron Ssscum! (1992) y Rubianes: 15 años, en el que reunió lo mejor de sus espectáculos en solitario desde 1980 como preámbulo de su gran éxito: Rubianes, solamente. A pesar del mismo y de su enorme popularidad, Pepe Rubianes no cuenta con bibliografía crítica al margen de lo publicado por la prensa. Algunas notas, sin embargo, podemos sacar de Flaviá (1997), David Escamilla (1999 y 2009); Pepe Rubianes (2007) y Carles Flaviá y Pepe Rubianes (2004).

 

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Según afirma Marcos Ordóñez en un magnífico artículo con motivo del fallecimiento de su admirado Pepe Rubianes, era «un hijo legítimo de San Miguel Gila y un heredero transoceánico, españolísimo, de Lenny Bruce» (El País, 18-III-2009). Esta última herencia no supone coincidencia a la hora de recrear humorísticamente unos temas que ya no podían ser los mismos en una sociedad más abierta (y cínica), que sólo reaccionaba con violencia incluida cuando Pepe Rubianes seguía siendo el cómico provocador más allá de los escenarios.

 

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Las primeras apariciones de Pepe Rubianes en la televisión se remontan a los años ochenta e incluyen programas como el conducido por Emilio Aragón en el debut de Telecinco. Sin embargo, la imagen que ha quedado es la de un asiduo de las charlas y las entrevistas imposibles. Una consulta a Youtube permite observar algunas de estas apariciones televisivas, así como una selección de diferentes momentos de los espectáculos de Pepe Rubianes. El elevado número de consultas de estas grabaciones indica su popularidad y hasta qué punto Internet también favoreció la respuesta masiva de los espectadores. Sin embargo, Pepe Rubianes a veces se planteó dejar de acudir a la televisión porque se sentía instrumentalizado: «Ahora ya no voy. Me di cuenta de que me estaban utilizando como enfant terrible, parecía que me pagaban para provocar. Yo lo que digo, lo siento, no voy a televisión a quedar bien» (Carles Flaviá, 1997).

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