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21

P. I., ps. 229-230.

 

22

Arthur Schopenhauer. Studies in Pessimism: «Of Women», en Essays of Arthur Schopenhauer, N. Y.: Willey Company, p. 73.

 

23

Ortega y Gasset. El hombre y la gente, I, Madrid: Revista de Occidente, 1967. p. 179.

 

24

Cf. Carol Gould, «The Woman Question: Philosophy of Liberation and the Liberation of Philosophy», en Mary Briody Mahowald, Philosophy of Woman, Classical to Current Concepts, Hackett Publishing Company. Indianapolis, 1978.

Es curioso que la historia de la filosofía que todos estudiamos jamás se detuviera en estos temas, a pesar de que todos los grandes de la filosofía sí lo hicieron. Deberíamos, pues, elaborar dos historias de la antropología filosófica: una que tendría por objeto al hombre y otra que estudiaría comparativamente, y en relación con los diversos sistemas filosóficos, las diversas concepciones del ser humano femenino. Esta segunda disciplina debería entonces llamarse GINELOGÍA.

 

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«A la oposición de los impares y de los pares corresponden otras nueve oposiciones fundamentales, de las cuales resulta la siguiente lista: -ilimitado; impar - par; unidad - multiplicidad; derecha - izquierda; macho - hembra; quietud -movimiento; recta - curva; luz - tinieblas; bien -mal; cuadro - rectángulo». Nicolás Abbagnano, Historia de la Filosofía, I, Barcelona: Montaner y Simón, 1973, p. 24.

 

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«Casi la misma cuestión es la cuestión que surge acerca de las mujeres y los niños: ¿tienen también ellos virtudes? ¿Debe también una mujer ser moderada, valiente y justa?... Este punto, por consiguiente, requiere una consideración general en relación con el que naturalmente gobierna y el que naturalmente es súbdito: ¿es la misma la virtud para el que gobierna y el que es gobernado, o es distinta? Si gobierna y el que es gobernado, ¿o es distinta? Si es propio de ambos el participar de la nobleza de carácter, ¿cómo puede ser propio de uno el gobernar y del otro el ser gobernado de una manera incondicionada?» Aristóteles, Política, Libro I, Cap. 5, 1259b.

«En efecto, el hombre libre gobierna al esclavo, el hombre gobierna a la mujer y el padre gobierna a los hijos, y todo ello de distinta manera» Ibid. 1260a.

«Ellos, en efecto, se distinguen uno del otro por la posesión de facultades no siempre adaptadas a las mismas labores o quehaceres, antes en muchos casos los ha dotado de capacidades contrarias, aunque dirigidas a un mismo fin. Así la Providencia hizo al hombre más fuerte y a la mujer más débil, de manera que él, en virtud de su valentía varonil, pueda ser más apto para defender la casa, y ella, en razón de su naturaleza más tímida, más apta para velar sobre ella; y mientras él se ocupa de traer las provisiones frescas de fuera, ella puede guardar a salvo las que hay dentro. En los trabajos manuales, a su vez, se le ha dado a la mujer una paciencia sedentaria, se le ha negado la resistencia para la dureza de la vida al aire libre, mientras que el hombre, inferior a ella en los trabajos quietos, está dotado de vigor para los trabajos activos». Aristóteles. Economía doméstica. Libro I. Cap. 4, 1343b a 1344a. Cf., además, Michel Foucault: L'Usage des Plaisirs, París: Gallimard, 1984, especialmente el capítulo III: «Economique».

 

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La religiosidad autónoma en la mujer se presenta como elemento subversivo, siempre que implique un papel protagónico o de autoridad. lo que explica el camino de tantas a la hoguera. En un reciente articulo (El Mundo. 14 de septiembre de 1986) Juan Pablo II afirmaba que la ordenación sacerdotal de las mujeres «es incompatible con su femineidad y con su dignidad como ser humano».

 

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«Es empero prácticamente bueno lo que determina la voluntad por medio de las representaciones de la razón, y consiguientemente, no por causas subjetivas, sino objetivas, esto es, por fundamentos que son válidos para todo ser racional como tal. Distínguese de lo agradable, siendo esto último lo que ejerce influjo sobre la voluntad por medio solamente de la sensación, por causas meramente subjetivas, que valen sólo para éste o aquél sin ser un principio de la razón válido para cualquiera». Immanuel Kant. Fundamentación metafísica de las costumbres, México: Porrúa, 1975, p. 34. A propósito de la mujer, afirma: «Su filosofía no consiste en razonamientos sino en la sensibilidad. Esta circunstancia debe tenerse en cuenta al proporcionárseles ocasiones de cultivar su hermosa naturaleza». Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime, México: Porrúa, 1973, p. 178. «Hacen algo porque les agrada; y el arte consiste en hacer que les agrade aquello que es bueno. Me parece difícil que el bello sexo sea capaz de principios». Ibid. p. 149.

 

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Parágrafo 165. «La determinación natural de los sexos recibe significado intelectual y ético de su racionalidad, este significado se determina por la distinción, en la cual la substancialidad ética, como concepto, se dirime, en sí misma para procurarse de ella su convivencia, como unidad concreta».

Parágrafo 166. «En consecuencia, una cosa es lo espiritual, como un desdoblamiento y en la autonomía personal que es por sí y en la ciencia y voluntad de universalidad libre; es la conciencia de sí, del pensamiento que comprende y el querer del fin último objetivo; otra es lo espiritual que se mantiene en la unión, como ciencia y voluntad de lo sustancial, en la forma de la individualidad concreta y del sentimiento; aquél en relación hacia lo exterior, es el potente y el que obra; éste, el pasivo y subjetivo».

«El hombre tiene su vida efectiva en el Estado, en la ciencia y, en general, en la lucha, en el trabajo con el mundo externo y consigo mismo; de suerte que sólo en su escisión obtiene superación combatiendo su autónoma unidad consigo, cuya tranquila intuición y subjetiva ética sensitiva posee en la familia, en la que la mujer tiene su determinación sustancial, su carácter ético, en la piedad». Hegel, Filosofía del derecho, Buenos Aires: Claridad, 1968, ps. 161-162.

«La diferencia entre su eticidad y la del hombre consiste precisamente en que la mujer, en su determinación para la singularidad y en su placer permanece de un modo inmediato como universal y ajena a la singularidad de la apetencia; por el contrario, en el hombre estos dos lados se bifurcan y, al poseer como ciudadano la fuerza autoconsciente de la universalidad adquiere con ello el derecho a la apetencia y conserva, al mismo tiempo, la libertad con respecto a ella. En tanto que en este comportamiento de la mujer se mezcla la singularidad, su eticidad no es pura; en la medida en que lo es, la singularidad es indiferente y la mujer carece del momento de reconocerse en otro como en este sí mismo». Hegel, Fenomenología del Espíritu, México: F. C. E., 1973, p. 269.

 

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«Renunciar a la libertad es renunciar a la cualidad de hombres, a los derechos de humanidad e incluso a los deberes. No hay compensación posible para quien renuncia a todo. Tal renuncia es incompatible con la naturaleza del hombre, e implica arrebatar toda moralidad a las acciones el arrebatar la libertad a la voluntad». J. J. Rousseau, Contrato social, Libro I. Cap. 4, Madrid: Espasa Calpe, 1975, p. 37.

Sin embargo, a propósito de la mujer afirma: «Toda la vida han de ser esclavas de la más continua y severa sujeción, que es la del bien parecer. Es preciso acostumbrarlas a la sujeción para que nunca les sea violenta; a resistir a todos sus antojos para someterlos a las voluntades ajenas». Emilio o de la Educación, México: Porrúa. 1970, p. 288.

«...siendo la dependencia el estado natural de las mujeres, se inclinan a la obediencia». Ibid., p. 289.

«...destinada a obedecer a tan imperfecta criatura como es el hombre». Ibid.