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En un lugar llamado guerra

(Capítulo 1)

Jordi Sierra i Fabra





Había sido una semana espantosa.

Y el fin de semana fue, sencillamente, desastroso.

Para empezar, el viernes, mi padre me soltaba casi a bocajarro que volvía a casarse y pensaba pasar tres meses de luna de miel dando la vuelta al mundo. Y casarse ya mismo, nada de esperar, porque -me dijo-, «a los cincuenta y seis y diez meses no hay tiempo que perder en la vida». Ella era Carmen, nuestra vecina de siempre, cuarenta y uno, soltera. Mucha mujer para tan poco padre, delgado él, nervioso, refunfuñón y ácrata convencido. Pero así estaban las cosas, y tuve que alegrarme, felicitarle y, después, marcharme con una lágrima de sentimiento pensando en mamá.

A mi padre le llegaba una y a mí se me iba la mía. El sábado la que se largaba era mi novia. Bueno, me largaba ella a mí. Una de esas patadas virtuales en salva sea la parte de las que dejan huella, por lo inesperado y por los argumentos. Me dijo que no estaba segura. ¿Después de tres años no estaba segura? ¡Por Dios! Según Lula -de Eulalia, pero Lula sonaba más progre-, los periodistas somos gente inquietante y extraña, y desde luego no de este mundo aunque estemos en él e informemos de él. Dijo exactamente: «Demasiado locos para ser seguros, y demasiado trabajadores para ser divertidos». Con semejantes argumentos en los labios besó los míos, me acarició la mejilla igual que a un niño al que se acaba de regañar y me deseó suerte. Por supuesto que no la dejé ir de rositas, y siguió una agria discusión en la que nos dijimos esas «verdades como puños» que permanecen siempre en el fondo del corazón, sin importar, porque estás enamorado y perdonas, hasta que algo las saca a flote. Y siempre, siempre, hay algo que acaba haciéndolas salir a flote. Pero en la pelea descubrí, para sorpresa mía, que sentía más irritación que ganas de llorar. De hecho me sentí estafado. Casi estuve por decirle aquello de que le había dado los mejores años de mi vida y ahora me los escupía a la cara después de haberlos usado y manipulado a su antojo. Porque Lula era todo un carácter. También podía habérmelo dicho antes de que me gastara todos mis ahorros yendo una semana a Bali a quemarme.

Para postre, el domingo, mi equipo de fútbol de toda la vida perdía la liga estrepitosamente jugando en casa y contra el colista -once titanes que parecían drogados, por lo que corrieron-, primado por el que iba en segundo lugar, eso era obvio.

El domingo por la noche, en casa, solo y desconcertado, me enfrenté a mí mismo en el espejo y me puse verde sin que el otro rechistara, porque tenía toda la razón. Mi vida era una mierda. Yo no tenía la culpa, pero por alguna curiosa razón, lo era. Me pregunté adónde habían ido a parar todos mis sueños de juventud.

Ese fue mi fin de semana. Pero el lunes, nada más llegar a la redacción del periódico, tarde, comprendí que el gafe, o lo que fuera, seguía.

Todavía ignoraba que mi vida estaba a punto de cambiar, y que el destino, al contrario que Dios con el Universo, sí juega a los dados con la gente.

-Nessy, te busca el Capitán Trueno.

No me gusta que me apoden como el monstruo del Lago Ness, moda que sacó en una noche de borrachera el imbécil de Paco Tomé. Me llamo Néstor. En cambio lo de Capitán Trueno le iba muy bien al director del periódico, no por la faceta heroica, sino por las implicaciones más rotundas acerca de lo de Trueno. Fernando Argilés no te hablaba con guante de seda ni se andaba por las ramas. Gritaba y mandaba. Punto. Decía que un periódico se hace con un 90% de genio, un 9% de sudor y un 1% de información rigurosa.

A Fernando Argilés nunca le había visto sonreír ni parecer contento. Todo lo más, alzaba una ceja y suspiraba en señal de aprobación y orgullo viendo el titular de primera página del periódico cuando éste tenía 10 centímetros de alto y ocupaba todo el ancho de portada, aunque la noticia fuese trágica. Su corazón estaba forrado con zinc. O plomo. Ni Supermán hubiese podido echarle un vistazo.

Que el Capitán Trueno me llamase un lunes por la mañana, nada más llegar a la redacción, no podía significar nada bueno.

Entré en el despacho tras llamar quedamente a la puerta y me quedé como un tonto frente a su mesa, de pie, esperando que tuviera la amabilidad de levantar la cabeza y mirarme. Lo hizo, con sus ojillos graves, sus pobladas cejas aterradoramente rectas, su bigote frondoso marcando una frontera entre el gélido norte y el arisco y desértico sur. Impasible. Dejó el texto que estaba revisando, me miró de arriba abajo, y entonces me lo soltó sin más, como quien te dice «vamos a tomar un café».

-Néstor, te vas a Tudzbestán.





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