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Es mi hombre1

Carlos Arniches

A Alicante

Apenas desprendido de tus manos maternales, que deshojaron sobre mi corazón las rosas de tu amor, vuelvo a Madrid, y los primeros aplausos que recojo de este pueblo generoso y bueno te los ofrezco a ti, mi tierra amada, para pagar, en parte mínima, la deuda de gratitud que dejaste abierta en mi alma filial.

A las bellas y nobles mujeres y a los hombres inteligentes y cordiales que te representan, envío mi saludo fraterno.

Y a ti, mi ciudad gloriosa, te ofrezco de hoy para siempre decir en toda oportunidad, ungidos los labios de emoción:

   Soc fill del poble que te les chiques

com les palmeres de junt al mar.



Carlos Arniches

Madrid, 24 diciembre 1921.

PERSONAJES

ACTORES

LEONOR,17 años.SRTA. REDONDO.
SOLE.SRA. ANDRÉS.
SEÑORA CALIXTA,40 años.SRA. SANZ.
PURA.SRA. SANZ.
PAQUITA.SRTA. NAVASCUÉS.
ROMUALDA.STA. REDONDO.
DON ANTONIO,50 años.SR. LEÓN.
MARCOS,24 años.SR. TORDESILLAS.
DON MARIANO,54 años.SR. TOBÍAS.
PACO EL MALUENDA.SR. VIAÑA.
SEÑOR TÁRSILO,50 años.SR. GÓRRIZ.
ANICETÍN,8 años.NIÑO LARIOS.
POLLO BOTINES.SR. ROA.
REQUIÉS.SR. GIMBERNAT.
JARRITAS.SR. TERRY.
CAMARERO.SR. GARCÍA.
JUGADOR 1.º.SR. CARRASCOSA.
JUGADOR 2.º.SR. BRAÑAS.
QUEMARROPA.SR. TOBÍAS.
Croupiers.
Jugadores, etc.

La acción, en Madrid. Época actual.

Derecha e izquierda, las del actor.

Pequeña habitación en un sotabanco humildísimo. Al foro, a la derecha, hay una puerta con mirilla y llamador, que da a un pasillo que conduce a la escalera. A la izquierda, una reja con cortina, que da al mismo pasillo. En los laterales derecha, segundo término, otra ventana con vidriera, que da a un patio. En los laterales izquierda, primer término, una puerta que conduce a la parte interior de la casa. El mobiliario pone de manifiesto la extrema miseria de las personas que habitan el sotabanco, y se reduce a dos o tres sillas de Vitoria, desvencijadas; una mesita de pino, una cómoda vieja, un baúl deteriorado, y en un rincón, un lavabo de hierro con palangana, jarro y cubo, una máquina de coser, un cesto de ropa, etc. En la ventana de la derecha, una jaula vacía, un tiesto sin flores y un botijo. Es por la mañana temprano, en un día de primavera.

Escena I

LEONORCITA; luego, DON ANTONIO, por la puerta de la izquierda. VOZ DE HOMBRE y VOZ DE MUJER, en el patio. Al levantarse el telón, aparece LEONORCITA, dormida, de bruces sobre la máquina de coser, en la que se ven unos pantalones de niño, no terminados. La mesita de pino está cubierta por una manta vieja, y sobre ella habrá un mantelillo, dos planchas y una tacita con agua. El cesto de la costura, al lado de la máquina. La niña veló, quedando dormida sobre su trabajo. Se ha hecho de día, y un rayo de sol penetra por la ventana, a medio abrir, e ilumina la cabecita de la muchacha, esclareciendo un poco la penumbra del cuarto. Se escucha la VOZ DE UN HOMBRE que grita desde el patio.

VOZ DE HOMBRE.-Señá Balbina, dígale usté a Ufrasio que baje; que son las ocho, y me voy pa la obra.

VOZ DE MUJER.-Dice que te vayas delante, que ahora va él.

VOZ DE HOMBRE.-¿Ha dicho que ahora va?

VOZ DE MUJER.-Eso ha dicho.

VOZ DE HOMBRE.-¡Pues dígale usté que recuerdos y que hasta pasao mañana!

(Se hace un corto silencio y sale DON ANTONIO por la puerta izquierda, despeinado, como hombre que acaba de echarse de la cama. Viste pantalón, camiseta, americana, chanclas y un pañuelo al cuello, todo viejo y raído.)

DON ANTONIO.-Le he oído gritar al señor Dimas, el cantero, que son las ocho. Y sí lo serán, porque ese es el Longines de la casa. ¡Caramba, las ocho ya! ¡Me he dormido como un tronco!... En cambio la niña, ¡pobrecita!; se conoce que ha velado; pero al fin la rindió el sueño. (Se acerca.) ¡Duerme como un angelito! (Abre la ventana. Entra una luz radiante.) Me dijo que la despertase a las siete. ¡Cómo me va a regañar! Por algo quiere la pobrecita un despertador; pero como no puedo comprárselo, me he comprometido yo a hacer ese oficio... Ahora que lo hago con una falta de puntualidad, que es para darme un puntapié en la esfera. En fin, vamos a despertarla. (Se acerca a LEONOR y trata de imitar, durante un breve instante, la vibración del timbre de un despertador.) Rrrrrrrrrrrrrrrrrr...

LEONOR.-(Que se despierta sobresaltada.) ¡Ay!... (Mirándole.) ¡Papá, tú!... ¿Pero qué hora es?

DON ANTONIO.-Las ocho, hija.

LEONOR.-(Extrañada.) ¡Cómo las ocho!

DON ANTONIO.-Sí; las ocho. (Con cierta vergüenza.)

LEONOR.-(Enfadada.) ¿Pues a qué hora te puse yo anoche?

DON ANTONIO.-Me pusiste a las siete; pero, ya sabes que atraso un poco...

LEONOR.-Un poco, bueno; pero atrasar una hora, ¿te parece bonito?... ¿Ves como no sirves para reló, papá?... ¡Y que no vale darte cuerda ni nada!

DON ANTONIO.-Hija, es que está uno ya tan averiado, que por mucha cuerda que me des..., en cuanto me meto en la relojera, ¡un leño!...

LEONOR.-¡Dormírseme el despertador!... ¡Vamos, es el colmo!

DON ANTONIO.-Que ya no está uno pa dar la hora, hija mía; hay que desengañarse.

LEONOR.-(Muy cariñosa.) ¿Pero estará para que le den un beso, verdá, so extraplano?

DON ANTONIO.-¡Más que nunca, hijita mía!

(Se besan.)

Y tú qué, ¿es que no te acostaste, vida?

LEONOR.-Que me levanté a las dos y media. ¡Pero muy callandito, para que no despertaras! Quería acabar el trajecito de marinero del chico de la señora Calixta, que va a tomar mañana la primera comunión en las Carboneras...

DON ANTONIO.-¡Hombre, qué rico!

LEONOR.-Y me he estado hasta las seis y media dale que dale... Ahora, que cuando empieza a clarear entra un cansancio, que ya no se puede... ¡Y me he quedado...!

DON ANTONIO.-¿Completamente roque?

LEONOR.-Roque y familia, porque si tú no me llamas, aún estoy roncando. Y lo peor es que no he podido terminarlo.

DON ANTONIO.-Déjalo; ahora lo acabas. (Con curiosidad.) Y dime, hija, dime: ¿cómo te ha salido el trajecito?

LEONOR.-¡Ay, no me lo preguntes, papá, que me aterro! No sé cómo me habrá salido. Yo creo que bien; pero como es el primero que hago, ¿sabes?... Estoy asustada.

DON ANTONIO.-Sí; claro.

LEONOR.-¿A ti qué te parece la blusita, papá? (Se la enseña.)

DON ANTONIO.-Yo no entiendo; pero yo creo que está muy mona; al menos así, a vista de pájaro...

LEONOR.-¿Te parece que esto está para que el niño tome la primera comunión?

DON ANTONIO.-Mujer, yo creo que no le pondrán dificultades.

LEONOR.-¡Dios lo quiera!

DON ANTONIO.-Ahora, que hay que tener en cuenta que el niño es una lombriz, y una lombriz de marinero, yo no sé el efecto que le hará a un sacerdote...; pero, vamos, como vista... Su cuellecito, sus puñitos, sus anclitas... Que puede decir su mamá que se lo han hecho en El Capricho.

LEONOR.-¡Ay, cómo me animas, papaíto!

DON ANTONIO.-¿Y qué te falta, hija; qué te falta?

LEONOR.-Pues una costura del pantaloncito; pero antes verás..., voy a chapuzarme en la palangana; (Echa agua en ella.) tengo el sueño metido en los ojos (Se quita la blusa, quedando en cubrecorsé.) y así me despabilo, y en un segundo, visto y no visto. Lo acabo, lo devuelvo, me lo pagan, me dan las seis pesetas...; ¡porque he pedido por él seis pesetas!...

DON ANTONIO.-¡Seis pesetas! ¡Buen debut!

LEONOR.-¡Y nos vamos a dar hoy un banquetazo!... Ya verás, papaíto; ya verás... Patatas con bacalo, mojama..., aceitunas...; ¡una cosa como del Ritz!

DON ANTONIO.-Y será de razón, hija; porque ayer, ¡todo el día con un pedazo de pan y un racimo de uvas una criatura que está creciendo!...

LEONOR.-Eso, no. Por ti siento yo estas miserias; porque al cabo, una es joven y todo, lo puede aguantar; que cuando se tienen pocos años, ¡anda con Dios!...

DON ANTONIO.-(Con abatimiento.) ¡Qué sé yo!...

LEONOR.-Mira, papaíto; hazme de aprendiza, anda. Mientras me lavo, veme quitando los hilvanes de la blusa, ¿quieres?

DON ANTONIO.-Lo que te dé la gana. (Quita hilvanes.)

LEONOR.-(Echándose agua a la cara.) ¡Berrrr! ¡Huy, qué fresquita está el agua!... (Se echa más.) ¡Qué rica y cómo despeja!... ¡Ay, qué gusto!... (Se lava los brazos y las manos.) Pero no estés triste, ¡qué tonto!, que hoy ya verás. ¡Hasta churros te voy a traer!

DON ANTONIO.-¡Gracias, hija, gracias!

LEONOR.-¡Que yo haya acertado es lo que hay que pedirle a Dios!

DON ANTONIO.-¡Pues ya lo creo!

LEONOR.-Mira, dame ese mantelillo para secarme.

DON ANTONIO.-(Dándole el mantelillo de la mesa.) ¡Secarte con el mantel...!

LEONOR.-¡Si no hay otra cosa!... Él, que se creería que nos iba a servir para comer.

DON ANTONIO.-(Mostrando una forma de plancha tostada que se ve en él.) ¡Pues ya ves qué plancha!... Es para secarnos.

LEONOR.-(Secándose.) No se puede presumir de nada. ¡Ajajá!... ¡Ya estoy más lista y más fresquita!...

Escena II

Dichos y MARCOS.

MARCOS.-(Que desde fuera levanta la cortina de la reja y se asoma.) Leo...

LEONOR.-(Asustada, se cubre con el mantelillo.) ¡Ay, hombre, por Dios, no mires..., tapa!

(MARCOS suelta la cortina.)

DON ANTONIO.-Oye, Marquitos, se pide permiso.

MARCOS.-¡Pero si no he entrao!

DON ANTONIO.-Tú, no; pero ¿y los ojos?...

MARCOS.-(Vuelve a mirar.) ¡Hombre, las niñas no pecan!

LEONOR.-¡Que tapes he dicho!

MARCOS.-Bueno; se puede...

DON ANTONIO.-¿No has visto, que no?

MARCOS.-Digo que se puede secar y avisarme luego, que no me corre ninguna prisa.

LEONOR.-¿Pues qué querías?

MARCOS.-Quería que viese tu padre cómo ha puesto El Sol al señor La Cierva.

DON ANTONIO.-¿Moreno?

MARCOS.-Verde. Ya le guardaré a usté el número, don Antonio, que viene bueno.

DON ANTONIO.-Muchas gracias, hijo.

LEONOR.-(Se sienta a coser.) Ya puedes asomarte.

MARCOS.-(Se asoma.) Ya lo había visto por un auge..., digo, por un cálculo que había hecho. ¡Buenos días, (Muy sonriente.) doña Leonor!

LEONOR.-¿Qué, te vas al taller?

MARCOS.-No, porque hoy no trabajaremos pa celebrar el éxito de la última huelga. ¡Creo que después de una lucha de tres meses sin trabajar, ya podemos descansar un día!

DON ANTONIO.-Es de razón... Y qué, ¿la habéis ganao?

MARCOS.-¡Ya lo creo! Luego le leeré a usté las bases del arreglo con la Patronal. Hemos encontrao una base pa no hacer nada los sábados por la tarde y cobrar dos reales más.

DON ANTONIO.-Pues no perderla, que es una ganga.

MARCOS.-Oye, Leo: como veo que ahora estás ocupada, me voy ahí en caa el señor Evaristo, que estamos haciendo un retrato de Lenin con algodón perlé. Cuando acabes, avísame.

LEONOR.-Bueno, ya te avisaré.

MARCOS.-Don Antonio, hasta luego, y ¡viva el soviet! (Vase.)

Escena III

LEONOR y DON ANTONIO.

DON ANTONIO.-¡Adiós, terrorista!... ¡Pobre Marquitos, qué bueno es! Es en lo único que has tenido suerte, hija, en el novio. Eso es como un pedazo de pan: ¡lo muerdes y encima te alimenta!

LEONOR.-No, y físicamente tampoco es despreciable, no creas, papá.

DON ANTONIO.-Mujer, tanto como eso... (Gesto de duda.) Porque como guapo, la verdad... (Se levanta, coge papel, tintero y pluma.)

LEONOR.-¿Qué tienes que decir de sus ojos?

DON ANTONIO.-Que son chiquitos como aceitunas..., y tiene dos niñas, como dos perdigones.

LEONOR.-Hombre, no te diré yo que sean unas niñas como para llevarlas con mamuasel, pero como expresivas...

DON ANTONIO.-No, si para mí, con que sea bueno y te quiera, ya tiene la mayor hermosura. (Se sienta a escribir.)

LEONOR.-¿Qué vas a escribir, papá?

DON ANTONIO.-Pues voy a redactarte el recibito para la señora Calixta. Así, al entregarle el traje, le entregas la cuenta, y siempre es menos violento que pedirle el dinero de viva voz.

LEONOR.-Y además, comprenderá la prisa. ¡Porque si no nos pagara...! ¡Otro día sin nada, Virgen Santa!

DON ANTONIO.-Calla, hijita, no vaticines. No querrá Dios. Verás. (Escribiendo.) «He recibido de doña Calixta Cacho...». ¿Cómo se llama el marido?

LEONOR.-Ceneque... (Se levanta, dobla el trajecito y lo envuelve en un pañuelo.)

DON ANTONIO.-«De doña Calixta Cacho de Ceneque, la cantidad de seis pesetas cincuenta céntimos...». He añadido estos cincuenta céntimos, por si me quieres traer unos pitillos; así no te soy gravoso... Se lo cargo a Ceneque.

LEONOR.-Ya lo creo, papaíto, bien hecho.

DON ANTONIO.-«Seis pesetas cincuenta céntimos por la confección de un trajecito marinero, modelo primera comunión, para su señor hijo Anicetín, hecho en piqué, con cuello y bocamangas merino, anclas a realce. Madrid, a tantos de tantos... Leonor Jiménez, especialidad en primeras comuniones para niños y niñas de ambos sexos».

LEONOR.-Si pones de ambos sexos sobran las niñas.

DON ANTONIO.-Es verdad. Para niños de ambos sexos. Ahí va el recibo. (Se lo da.)

LEONOR.-Y el traje ya está bien envueltecito. ¡Ahora a entregarlo! ¡Tengo un temblor! ¿Me habrá salido bien, papá?

DON ANTONIO.-¡Ya lo creo, hija!... Ya verás Dios es bueno.

LEONOR.-Dios, sí; pero como el patrón era para un niño mayorcito, si no he calculado bien las medidas, pues... ¡En fin, sea lo que Dios quiera! (Vase.)

DON ANTONIO.-¡Ánimo, hija mía, ánimo!... (Cierra la puerta.)

Escena IV

DON ANTONIO, solo.

DON ANTONIO.-¡Bueno, se me parte el alma..., porque es un ángel!... ¡No cenó anoche, no ha desayunado..., pues ni una lágrima, ni una queja!... Sin abrigo, sin alimento, y a los dieciséis años, ¡y tan espigadita como está!... Creciendo, delicada..., y a pesar de esto, la pobre hija por no verme sufrir, por ayudarme a sobrellevar estas miserias se lanza a todo. Ella costurera, ella modista, ella planchadora, ella peinadora. Y es natural, como la criatura no tiene nociones de nada..., y todo lo hace por afición..., por afición a comer, ¡claro!... ¡Pues da cada tropiezo el ángel!... Ayer se empeñó en ondularle el pelo a la señora Cipriana, la del fumista, que iba a una boda. La empezó a ondular, y ¡bueno!... ¡qué cabeza la puso!... Aquello no era ondulación, aquello era un oleaje encrespado. La achicharró las patillas, la tostó los abuelos; unos pelos los tenía quemados, otros de punta... ¡Un desastre! Había que oír a la pobre mujer, con una cabeza como la de Medusa y el añadido en la mano, gritando amargamente: «¡Ay, mi mata!... ¡Ay, en cuanto me vea mi marido! ¡Mi mata, Dios mío!... ¡Mi mata!...». Yo me eché a sus pies para aplacarla y de poco me mata de un puñetazo... Estaba furiosa... ¡Claro, la pobre había perdido la cabeza, pero para una temporada!...

(Llaman fuertemente a la puerta.)

¡Santo Dios, qué llamada más recia!... Me suena al animal del portero. Sí, él debe ser, porque hoy estamos a nueve, y yo le dije que viniese el nueve. Claro que le dije el nueve, como le hubiera podido decir el cuatro mil setecientos noventa y cinco..., porque lo que es pagarle... Y con lo bruto que es, ¡Dios mío!, se va a poner hecho una fiera... ¡Le tiemblo a este salvaje!... Me alegro que no esté la niña.

(Vuelven a llamar más fuertemente.)

Voy, voy...

Escena V

DON ANTONIO y SEÑOR TÁRSILO, por el foro; al final, LEONOR.

SEÑOR TÁRSILO.-(Hombre soez y ordinario, habla ásperamente.) ¿S’había usté dormido?

DON ANTONIO.-(Exagerando la afabilidad.) No, señor, señor Társilo, no me había dormido, era que...

SEÑOR TÁRSILO.-Pues me paece que llamo pa que me oigan.

DON ANTONIO.-Sí, efectivamente, son llamadas de colegio de sordomudos. Pero siéntese usté, señor Társilo.

SEÑOR TÁRSILO.-¿Pa qué?... Pa que me ensucie como la otra tarde, que me senté en una silla y aplasté un garbanzo...

DON ANTONIO.-¡Un garbanzo!...

SEÑOR TÁRSILO.-¡Un garbanzo!

DON ANTONIO.-(Como recordando.) ¡Ah, hará unos ocho días, sí; pues crea usted que es que no lo vimos, porque si no no se extravía! Aquí los garbanzos, como no se metan bajo tierra, perecen.

SEÑOR TÁRSILO.-(Tratando de sonreír.) ¡Bajo tierra!... ¡Amos, que tie usté un humor!... ¡Estar en plena miseria y toavía con ganas de chirigotas!... ¡Es frescura!

DON ANTONIO.-No es frescura, señor Társilo; pero si no tomase las penalidades de la vida con cierta resignación, pues ya me había muerto.

SEÑOR TÁRSILO.-¡Pa lo que iba usté a perder!

DON ANTONIO.-Hombre, iba a perder el mayor bien de la tierra, porque tengo una hija.

SEÑOR TÁRSILO.-Y yo tengo, dos. Pues por eso hay que mirar por ellas y no estarse mano sobre mano, que los panecillos no caen de la atmósfera, don Antonio.

DON ANTONIO.-Ya, ya; pero muchas veces de nada sirve la voluntad de los hombres...

SEÑOR TÁRSILO.-Bueno, bueno... Después de too, me estoy metiendo en camisa de ocho metros veinticinco, que vienen a ser las once varas, aproximadamente. Conque a lo que vengo.

DON ANTONIO.-Dígame.

SEÑOR TÁRSILO.-Pues usté s’acordará que me dijo el día primero que me pasara por aquí a hacer efectivos los cuatro recibos que me se adeudan, hoy nueve del que corre.

DON ANTONIO.-(Aparte, angustiado.) Del que quisiera correr.

SEÑOR TÁRSILO.-(Que ha empezado a hojear un paquete de recibos que lleva.) De forma que aquí los tie usté... (Se moja el dedo, aparta cuatro y los presenta.)

DON ANTONIO.-Uno, dos, tres, cuatro..., exactamente, señor Társilo; cuatro recibos... Ahora bien, es decir, ahora mal..., o mejor dicho, el caso es, señor Társilo que en este momento y comoquiera que no he podido hacer efectivas ciertas cantidades que yo esperaba, me es imposible...

(El SEÑOR TÁRSILO da un terrible puñetazo sobre la mesa.)

¡Mi madre!...

(Asustado, suelta los recibos encima de la mesa y los vuelve a recoger el portero.)

SEÑOR TÁRSILO.-¡Contraporra!... ¿Pero es que me va usté a salir ahora con que no me paga?

DON ANTONIO.-No, señor Társilo, no es eso; pero es que en este momento...

SEÑOR TÁRSILO.-(Otro puñetazo.) Pues no, señor, ¡vaya!... Que ya estoy harto de pamplinas... Cuando los hombres peinan canas y dan una palabra, como usté me la ha dao a mí, por veinte vigésima vez, la cumplen. ¡Y no hay más cera que la que arde! De forma, que hoy me paga usté a mí por encima de too, o salen usté y su hija danzando pa la calle; que no tengo yo cara e palo pa irle con cuentos al casero y que se crea que esto es un juego e compadres. (Puñetazo.) ¡Qué porra!

DON ANTONIO.-Sí, señor, señor Társilo; tiene usté razón que le sobra para enfadarse, lo reconozco.

SEÑOR TÁRSILO.-¡Que si la tengo!...

DON ANTONIO.-Yo le prometí pagarle hoy, es verdad; pero es que me engañan los deseos, señor Társilo... He buscado por todas partes y nadie me auxilia... Estoy en un momento de desgracia, desamparado, solo... Si usté quisiera esperar unos días...

SEÑOR TÁRSILO.-¿Cómo unos días?... ¡Ni un minuto, ni naa!... Que a usté ya le he tañao yo, don Antonio; que usté lo que s’ha propuesto con sus mansedumbres y sus hipocriterías es vivir de guagua.

DON ANTONIO.-No me juzgue usté tan cruelmente, señor Társilo.

SEÑOR TÁRSILO.-Las cosas como son. Y jugar con el casero y tomarle el pelo a un servidor; pero a mí, ¡magras del Perú!, que tengo ya muchas agallas pa que me zarandee un desahogao como usté.

DON ANTONIO.-Señor Társilo, eso de desahogado...

SEÑOR TÁRSILO.-Eso de desahogao se lo digo yo a usté aquí y en la calle y en toos terrenos. Y si encima de tramposo me se pone usté chulo, le juro a usté... (Amenazador e iracundo.)

DON ANTONIO.-¿Qué está usté diciendo, señor Társilo? Yo no me pongo chulo, porque ni sé, ni puedo, ni quiero. Yo lo que le ruego a usté es que se compadezca o no de mi desgracia, pero que no me maltrate, ¡porque yo no soy ningún tramposo!

SEÑOR TÁRSILO.-(Riendo.) ¡Menudo!

DON ANTONIO.-Yo soy un pobre hombre, vencido, acobardado por la miseria, porque tengo una criatura y quiero luchar para salvarla de este naufragio de mi vida; que si no fuera por ella, ya me habría ido de aquí, y chulo, no, no me pondría; pero me pondría donde se ponen los hombres que tienen dignidad cuando se los maltrata injustamente.

SEÑOR TÁRSILO.-¡Injustamente!... ¡Si no mirara!... (Amenazador.)

DON ANTONIO.-¡Señor Társilo!... ¡Que está usted abusando de mi desgracia!

SEÑOR TÁRSILO.-Y hemos acabao, y lo dicho: dentro e media hora vuelvo, y me paga usté u escaleras abajo. Y en la calle ya le diré a usté yo dos o tres cositas ilustrás con grabaos en madera. ¡Que a mí, humitos y rentoys, no! (A punto de agredirle.) Ni usté ni cien como usté... Que si no fuera usté un desgraciao, ahora mismo... (Le amenaza.)

DON ANTONIO.-(Asustado, retrocede.) ¡Pero, señor Társilo!... ¿Qué he dicho, yo para...?

LEONOR.-(Entrando aterrada.) ¡Papá!... ¡Señor Társilo!... Pero ¿qué ocurre?

DON ANTONIO.-¡Por Dios, la niña!

SEÑOR TÁRSILO.-¡Vaya usté y que le den un caldo! ¡Pues hombre!... ¡El tío farsante!... ¡Maldita sea!... (Vase.)

LEONOR.-¿Pero qué está usté diciendo? ¿Por qué ofende a mi papá?...

Escena VI

LEONOR y DON ANTONIO.

DON ANTONIO.-No, nada, hija... Lo de que me den un caldo no es ninguna cosa ofensiva, y menos en nuestra situación...

LEONOR.-¡Pero estás tembloroso, pálido!... ¿Qué te ha dicho... ese bruto? ¡Si llego yo antes!... ¡Sinvergüenza! ¡Canalla!

DON ANTONIO.-No, nada, hija; no chilles, no sea que vuelva... Si no ha sido nada..., que es un poco grosero... ¡Ya lo conoces!...

LEONOR.-¡Sí creí que te iba a pegar!...

DON ANTONIO.-No, hija... ¡Cualquier día se atreve!

LEONOR.-No te fíes, que es muy bárbaro. ¡Ay, papaíto, tan contenta como yo venía!

DON ANTONIO.-¿Y por qué no estarlo?... Y dime, dime, qué, ¿te han pagado, hija mía, te han pagado?

LEONOR.-¡Tú verás! ¡Mira qué churros más ricos! (Se los enseña.) Me ha dicho la señora Gregoria que me esperase, y míralos, calentitos y con mucho, mucho azuquítar... ¡Como sé que eres tan goloso!...

DON ANTONIO.-¡Hija mía!...

LEONOR.-Y fíjate; los pitillos, las cerillas; no se me ha olvidado nada. ¡Tan contenta como, yo venía y ese tío ordinariote!...

DON ANTONIO.-¡Pero olvida a ese hombre, hija!... Y dime, dime, ¿le gustó el traje a la señora Calixta?

LEONOR.-Muchísimo, papá.

DON ANTONIO.-¡No te lo decía yo!...

LEONOR.-Se ha quedado entusiasmada.

DON ANTONIO.-¿Ves?... ¿Y cómo, cómo le está al niño?

LEONOR.-¡Ah, eso no lo sé, porque el niño estaba todavía en la cama, y me dijo que cuando se levantase se lo probaría! Y como me pagó en seguida, ¿sabes?... Y yo estaba tan impaciente por traerte estas cositas, pues me fui a comprarlas. Y lo demás del dinero aquí lo tengo, que me he hecho un nudo en el pañuelo para que no se me perdiese. Verás: un real los churros, treinta de pitillos y la caja de cerillas..., y aquí lo demás, cinco pesetas ochenta y cinco céntimos... Cuenta si quieres...

DON ANTONIO.-Sí, no sea que me hayas sisado..., ¿verdad?... ¡Hija de mi alma!

LEONOR.-¡Ay, papá, qué día más rico vamos a pasar!... Te voy a hacer unas patatas con lomo que...

(Llaman a la puerta enérgicamente.)

¡Ay! ¿Quién será? ¡Y con qué fuerza llaman!

DON ANTONIO.-Hoy parece que todos vienen furiosos. Abre, a ver...

LEONOR.-¡Está una tan asustada!... ¿Quién? (Abre.)

Escena VII

Dichos, SEÑORA CALIXTA y ANICETÍN. La madre saca, cogido de la mano, al niño, que viene vestido de marinero, con un traje de piqué blanco, hecho una verdadera birria. Una manga muy corta, la otra muy larga. Lo mismo ocurre con las perneras del pantaloncito. El cuello le viene sobre un hombro, y tiene un ancla en el pecho y la otra en la espalda. El bolsillito casi en el sobaco. Lleva una gorrita blanca con cinta negra, sobre la que se lee en letras doradas: «El Terror».

SEÑORA CALIXTA.-(Entrando airada.) Aquí traigo esto. Ustés verán.

(Deja al niño en mitad de la habitación. El padre y la hija quedan mirándole con espanto.)

DON ANTONIO.-(Coge al niño de la mano, lo lleva hasta primer término y le da vueltas, examinándole con estupor. Mira alternativamente al niño, a su hija y a la SEÑORA CALIXTA, y no sabe si sonreír o afligirse. Al fin, adopta un gesto de extrañeza.) Y qué, ¿es que..., que no le sienta bien del todo?...

SEÑORA CALIXTA.-¿Cómo del todo?... ¡Pero usté s’ha dejao los ojos en su pueblo, hijo!... Amos, que si no fuera por no darle un susto al juez, esto es pa irse al Juzgao de guardia, ¡palabra!, que hay que ver la engañifa; que esto no se hace con unas personas regulares... ¿A usté le parece bonito?

DON ANTONIO.-Mujer, como bonito...

LEONOR.-(Aterrada y llorosa.) Pues sí que me choca esto, porque...

SEÑORA CALIXTA.-Más me choca a mí, que te he encargao un trajecito e marinero, y me encuentro al niño haciendo de miraguano, metío en la funda de una almohada. ¡Porque hay que ver la birria!

DON ANTONIO.-No, no está tan mal; lo que pasa es que el cuellecito...

SEÑORA CALIXTA.-¿Pero le llama usté cuellecito a esto?... ¡Qué imaginación! Si esto no es cuellecito, hijo; si esto es como si se hubiá echao el niño una manta al hombro.

LEONOR.-¡Qué he hecho yo, Dios mío!

DON ANTONIO.-Mujer, no tanto; usté exagera.

SEÑORA CALIXTA.-¿Que exagero?... Fíjese usté en las anclitas; una le pilla en las narices y la otra en salva sea la parte... Y un bolsillo en el sobaco..., pa guardarse el sudor será... ¡Amos, que esto clama al cielo, hija!... ¡Habernos echao a perder la tela!... ¿Pero ande ties tú los ojos?

LEONOR.-(Llorosa.) ¡Ay señora Calixta!...

SEÑORA CALIXTA.-¡Qué señora Calixta ni qué narices!... Que si tú no sabes de estas cosas, ¿pa qué te metes?

DON ANTONIO.-No, si la niña sabe.

LEONOR.-Sí, señora, yo sé..., y no es el primer traje de marinero que hago.

SEÑORA CALIXTA.-¡Pero hay que ver la poca vergüenza!... ¿Pues no dice que sabe?...

LEONOR.-Y además, lo he cortado con patrón...

DON ANTONIO.-Y ya sabe usté de toda la vida que donde hay patrón...

SEÑORA CALIXTA.-Donde hay patrón no se manda este marinero..., que es lo que yo digo. Que fíjense ustés...: una manga de pierró..., y la otra como si el niño se hubiá remangao p’hacer morcillas... Y el pantaloncito ídem de lienzo; es decir, ídem de piqué..., y el talle en las corvas..., porque hay que ser francos... ¿Ustés creen que si el niño se presenta así en la parroquia le dan la primera comunión?... Le dan la primera patada. Y luego la ocurrencia de haberle puesto en el letrero de la gorrita «El Terror». ¡El terror va a ser si lo saco a la calle!...

DON ANTONIO.-¡«El Terror» es un destroyer, señora!

SEÑORA CALIXTA.-El destroyer lo ha sío su hija de usté... ¡Dos metros de tela perdidos!... ¡No m’ha pasao otra en los años que tengo!... ¡Amos, que el disgusto es pa morirse!...

LEONOR.-¡Por Dios, no lo tome usté así!

SEÑORA CALIXTA.-No, si yo no lo tomo. ¡Ni así ni de ninguna manera!... Y ustés verán lo que hacen, que yo no pierdo el piqué...

DON ANTONIO.-Calma, señora Calixta, calma, que me estoy fijando y esto tiene arreglo.

SEÑORA CALIXTA.-¿Cómo arreglo?

DON ANTONIO.-Sí, señora; verá usted... Al niño, el trajecito, bien, bien del todo no le sienta; ¡pa qué nos vamos a engañar! Ahora, que yo creo que bajándole de aquí, metiéndole de este lao, sacándole de esta sisa...

SEÑORA CALIXTA.-¡Usté quie decir que haciéndole otro, vamos!

DON ANTONIO.-No, no creo yo que sea para tanto. Mira, Leonorcita, fíjate, hija; a este niño lo que hay que hacer es cortarle el cuello, dame un cuchi..., digo unas tijeras.

LEONOR.-(Se las da.) Toma.

DON ANTONIO.-Dame los alfileres. Lo dejo como un figurín, va usté a ver. Verás tú cómo remetiéndole de esta sisa... (Le hace un pliegue, le clava un alfiler y le pincha.)

ANICETÍN.-(Dando un grito.) ¡Ay!

DON ANTONIO.-Perdona, rico. (A la madre y sonriendo.) Nada, un ligero pinchacito...; que uno está nervioso... Ahora, iguálale esa pernerita.

LEONOR.-Yo creo que así será bastante. (Le clava otro alfiler.)

ANICETÍN.-¡Ay! (Se lleva la mano a la parte dolorida.)

DON ANTONIO.-¡Y estrechándole de aquí! (Le clava otro.)

ANICETÍN.-(Huyendo.) ¡Ay!... ¡Mamá, que me pinchan!

SEÑORA CALIXTA.-¡Bueno; a ver si dejan ustés al chico, no me le vayan a agujerear encima!

DON ANTONIO.-¿Y si le cortáramos la pierna?

ANICETÍN.-¡Que me quieren cortar la pierna!

SEÑORA CALIXTA.-Que no le cortan ustés na, vaya, y no sirven pamplinas. El trajecito está echao a perder, de modo que m’ha dicho mi marido que le diga a ustés que se queden con él... (Coge al niño y le empieza a desnudar.)

DON ANTONIO.-Pero si yo creo que cortándole...

SEÑORA CALIXTA.-Que no le corta usté na, hombre; ¡qué empeño! Ahí va la blusita, el pantalón y la gorra. (Se lo tira.) ¡El Terror!... ¡Ha sío ocurrencia!

LEONOR.-Que se va a acatarrar.

SEÑORA CALIXTA.-Está hecho al fresco. Conque busquen ustés otra tela nueva pa esta tarde, que vendrá mi marido a recogerla, y vengan las seis pesetas cincuenta céntimos que le he entregao a la niña.

DON ANTONIO.-Pero si yo creo que cortándole...

SEÑORA CALIXTA.-Corte usté por donde quiera. Las seis pesetas o doy un escándalo.

DON ANTONIO.-Bueno; pero es que...

SEÑORA CALIXTA.-Las seis pesetas o vamos al Juzgao; ustés verán.

LEONOR.-No, por Dios, papá; dáselas.

DON ANTONIO.-Las seis pesetas no es posible, hija; porque...

SEÑORA CALIXTA.-(Furiosa.) ¿Cómo que no es posible?

DON ANTONIO.-Enteras, vamos...; porque es que la niña cobró, sabe usté, y claro, la criatura trajo unos churros para el desayuno y unos pitillos para mí..., y no nos quedan más que cinco ochenta y cinco...

SEÑORA CALIXTA.-Pos hay que ver la frescura, hijo... En fin, venga lo que sea en dinero y lo demás... (Coge el dinero, los pitillos y los churros.)

LEONOR.-Y se lleva hasta los churros...

SEÑORA CALIXTA.-Te paecen pocos churros los que te dejo. Anda, hijo; cómetelos tú... Eso has sacao. (El niño se va comiendo un churro.) ¡Conque esta era la especialidad en primeras comuniones!... ¡Hay que ver!... ¡Se necesita frescura de niña!... Engañar a la gente de esta manera..., ¡qué desahogo!... En fin, que ustés lo pasen bien.

(Vanse por el foro.)

DON ANTONIO.-(Casi llorando.) ¡Dice que lo pasemos bien, hija mía! ¡Y se lo lleva todo!

LEONOR.-(Echándose en brazos del padre, anegada en llanto.) ¡Ay papaíto de mi vida, que yo no sirvo para nada!

DON ANTONIO.-¡No, hija, por Dios; no digas eso; no llores!...

LEONOR.-¡No, papaíto; no sirvo para nada!...

DON ANTONIO.-¡No has de servir!... ¡Pues menuda habilidad tienes tú! Lo que hay es que te falta práctica, costumbre..., y, claro...

LEONOR.-No, papaíto, no; ya lo ves; no sé hacer nada... Yo, que pongo, el alma en todo para que me salga bien y ayudarte... Un día que podíamos comer a gusto..., por culpa mía...; ¡qué rabia! (Sigue llorando.)

DON ANTONIO.-(Hondamente conmovido.) Mira, hija mía, no llores...; ¡no llores, porque se me parte el corazón!... Y déjalo... (Reaccionando y con gran energía.) Es decir, ¡déjalo, no!... No es posible dejarlo. Esto es preciso que termine, pero que termine hoy mismo. Pero no eres tú la que debes trabajar; soy yo, yo el que es necesario que busque, que busque y que encuentre trabajo, sea como sea y donde sea y lo que sea.

LEONOR.-¡Pero si tú lo has intentado todo, papá!... Aún no hace ocho días viniste a casa... ¡Pobrecito!, muerto de cansancio y con las manos ensangrentadas por haber querido trabajar en un tajo de la Villa...

DON ANTONIO.-Pero no tuve resistencia. Que uno es blando, que uno es débil. Para los bajos oficios no tengo fuerza ni temperamento; para los altos, no tengo favor ni suerte...

LEONOR.-Desde que perdiste el destino en aquella maldita agencia de negocios, todo se nos volvió al revés.

DON ANTONIO.-¡Ah! Pero no te apures, hija; todavía me queda un recurso, ¡uno!, y a él hay que recurrir.

LEONOR.-¿Qué recurso, papá?

DON ANTONIO.-¿Te acuerdas, hija, que hace ocho días traía yo todas las noches cinco pesetas a casa y tú te extrañabas?...

LEONOR.-Sí, ¿y de qué eran?

DON ANTONIO.-Pues que me coloqué de anuncio ambulante y por las tardes...

LEONOR.-(Aterrada.) ¡Papá!... ¿Tú?...

DON ANTONIO.-Sí; pero no con la cara descubierta, no te asustes; para eso no tenía valor. Iba metido dentro de una gran botella de cartón que anunciaba el coñac Diez Cepas de la casa Maroto y Compañía.

LEONOR.-¿Tú dentro de una botella?

DON ANTONIO.-Sí; pues ahí está, que me duró poco; porque, claro, como yo no había estado nunca embotellado, una tarde quise atravesar la calle de Alcalá, me atonté y me dio un golpe una motocicleta.

LEONOR.-¡Qué espanto!

DON ANTONIO.-(Sonriendo.) Sí; pero no me hizo nada. Salimos rodando..., la botella quedó vacía; yo, derramado por el suelo...; nada, un sustillo. Recogí los cascos, me volví a la casa anunciadora y, compadecidos, me cambiaron de anuncio como cosa más a propósito para mí, me dieron un disfraz de cabezudo.

LEONOR.-¿Tú cabezudo?...

DON ANTONIO.-Ahí lo tengo. Lo escondí debajo de la cama para que no lo vieses; pero hoy, ante la perspectiva de otro día sin pan...

LEONOR.-No, papá; de ninguna manera. ¡Tú de cabezudo, para que te apedreen los chicos! ¡No jamás, nunca!... ¡Prefiero morir de hambre!

DON ANTONIO.-No, hija mía; no insistas; es preciso.

LEONOR.-¡No, papá!

DON ANTONIO.-¡Anunciar, barrer las calles, pedir limosna, todo para que tú vivas! Es mi obligación y debo cumplirla. Déjame.

LEONOR.-(Desesperada, llorosa.) ¡No, papaíto; no!

DON ANTONIO.-Déjame. (La aparta y entra en su cuarto, puerta izquierda.)

LEONOR.-(Golpeando la puerta.) No, papá; papaíto mío, abre... No te vistas, que no te dejo... Yo empeñaré mi abrigo..., mis zapatos, todo... Abre, que no te dejo...

DON ANTONIO.-(Abre y sale con un disfraz de cabezudo, que consiste en una gorda y ridícula cabeza de un señor mofletudo y sonriente, con un monóculo y sombrero de paja, ladeado; guiñando un ojo, con el pelo rizado. Lleva un gran batán gris en forma de gabán de trabilla. En la mano, un cartelón sujeto a un palo con un anuncio que dice: «Coñac Diez Cepas. El rey de la alegría. Maroto Hermanos, cosecheros. Jerez de la Frontera. Sucursal, Carmen, 119. Madrid».) Ya ves que no se me conoce. ¡Déjame, hija mía; déjame!... (Intenta irse.)

LEONOR.-(Le detiene.) ¡Ay, qué horror! ¡Ay, no!... ¡Ay; no, papá!... ¡No quiero verte en esa vergüenza tan ridícula!... ¡No, no sales! ¡Quítate eso!

DON ANTONIO.-No hay otro remedio; ¡déjame, hija mía! ¡No puedo dejarte morir!

LEONOR.-(Llorando.) ¡No, por Dios, papá; quítate esa; de rodillas te lo pido! (Se arrodilla y se coge a sus pies.) Que no quiero verte así. ¡Quítatelo!

Escena VIII

Dichos y MARCOS, por la puerta del foro.

MARCOS.-(Asombrado. En la puerta.) ¡Mi señora madre!

LEONOR.-(Llorando.) ¡Ay Marcos de mi alma!

MARCOS.-¡Tú de rodillas ante un cabezudo! ¿Pero qué es esto?

LEONOR.-Dile que no se vaya.

MARCOS.-¿Pero quién es? (Le golpea con los nudillos la cabeza.)

DON ANTONIO.-Soy yo, Marquitos.

MARCOS.-(Insiste.) ¿Pero quién es?

LEONOR.-No des muy fuerte, que es papá.

MARCOS.-¡Tu padre!... ¡Pero, don Antonio!... ¿Pero qué hace usted ahí dentro y con monocle?

DON ANTONIO.-Lee y te lo explicarás. (Le muestra el cartelón.)

MARCOS.-«¡El rey de la alegría!...». ¿Pero esto es una broma?

DON ANTONIO.-Es un coñac.

LEONOR.-¡Que quiere salir de anuncio con esa facha para ganarse cinco pesetas!... ¡Figúrate!...

MARCOS.-(Con energía y conmovido.) De ninguna forma, don Antonio. ¡Don Antonio, dispense usted que le quite la cabeza! (Intenta quitársela.)

DON ANTONIO.-¡No, Marquitos!...

(Luchan.)

¡No me la quites, por tu madre!

MARCOS.-(Se la quita al fin.) Sí, señor..., y mientras Marcos Govianes taconee en el asfaltao terrestre, usté no se rebaja a cartelera, don Antonio, usté es un caballero.

LEONOR.-Tiene razón.

MARCOS.-Usté no ha nacío pa esto. Y se lo digo a usté con too respeto, don Antonio; que en cuanto le vuelva a usté a ver así, le rompo la cabeza.

LEONOR.-Pero después de quitársela.

MARCOS.-Claro, mujer; no voy a ser tan arrebatado.

DON ANTONIO.-(Desnudándose.) ¿Pero qué hacemos, Marquitos; qué hacemos? Porque tú me quitas la cabeza porque no sabes la situación en que estamos.

MARCOS.-¡No voy a saberla, hombre! Y lo que yo siento es haber estao tres meses en huelga, que si no, ¿de dónde iban ustés a pasar las fatigas que pasan?... ¡Que pasamos!... Que uno de verlo también se repudre y se le enternece a uno hasta el filete que s’ha comido, que ya es enternecer. Cuando yo veo que la metá e los días toman ustés el chocolate con la imaginación... ¡Vamos, es que...!

DON ANTONIO.-Sí; pero es que la de hoy es una situación desesperada, Marcos, horrorosa... ¡Insostenible!

MARCOS.-¿Pues qué pasa hoy?

LEONOR.-Que le he hecho un trajecito al hijo de la señora Calixta; pero como me ha salido mal, después de haberme pagado se ha vuelto a llevar los cuartos y nos hemos quedado sin nada.

MARCOS.-¡Atiza!... ¿Pero le has hecho tú ese trajecito de marinero que llevaba?...

LEONOR.-Yo.

MARCOS.-¡Mi madre! Pues he metío la pata, porque en cuanto le hemos visto de pasar nos hemos muerto de risa y le hemos achagao con cacahuetes, creyendo que era un mono...

DON ANTONIO.-Y por si no bastaba el no tener qué comer, ha venido el señor Társilo a cobrar los cuatro recibos que debemos y me ha puesto como un trapo, y hasta me ha amenazao...

MARCOS.-¿Amenazarle a usté?... ¡Qué tío ladrón!

(El SEÑOR TÁRSILO se asoma a la ventana.)

LEONOR.-Cuando yo llegué quedé aterrada; creí que le pegaba a papá... Estaba así, con el puño en alto...

MARCOS.-Claro, ese tío sinvergüenza abusa de que ha encontrado dos personas indefensas; que si estoy yo aquí, de dónde se atreve ese bocazas...

SEÑOR TÁRSILO.-(Asomándose a la ventana del foro.) He procedido como he procedido...

MARCOS.-¡Mi madre!

SEÑOR TÁRSILO.-... porque he encontrao dos personas indefensas. Si te llego a encontrar a ti, a estas horas está la habitación llena de plumas... de gallina.

MARCOS.-Señor Társilo, a un servidor no le pelan más que los sábados y en la barbería...

SEÑOR TÁRSILO.-Pues aguárdate, que dentro de diez minutos vuelvo a ponerles los trastos en la calle, y si estás aquí, de paso te descañono, ¡por estas! ¡So niñera! (Desaparece.)

MARCOS.-¿Está usté oyendo?

DON ANTONIO.-¡Que abusa de que ha encontrao tres personas indefensas!

MARCOS.-(Se va a un rincón y coge una tranca.) Bueno; esto...

LEONOR.-(Deteniéndole.) ¿Qué vas a hacer?

MARCOS.-Quitar esto de la vista..., porque como ha dicho que vuelve y sé lo bruto que es... (Lo esconde.)

DON ANTONIO.-Pues ya lo estás viendo. Esta es la situación. Conque, ¿qué me aconsejas, Marquitos; qué me aconsejas, tú que algunos ratos discurres?

MARCOS.-¿Y usté por qué no mira entre sus amigos a ver si pue usté meter la cabeza en un escritorio u pa llevar cuentas u algo así?

DON ANTONIO.-¡Ay Marquitos! En estos cuatro meses de miseria nada me queda que solicitar..., ¡nada!

LEONOR.-(Con cierta cortedad.) Pues yo, papá, no quería decírtelo por si te disgustaba; pero como una ya no sabe qué hacer, ayer hice yo una cosa que no sé si te agradará.

DON ANTONIO.-¿Qué hiciste, hija?

LEONOR.-A Marcos tampoco se lo quise decir, porque...

MARCOS.-Oye, Leo; ¿pero qué has hecho?...

LEONOR.-Es que... como lo hice sin permiso...

DON ANTONIO.-Dilo, por Dios; que nos tienes soliviantados, hija.

LEONOR.-Pues nada; que aunque hace mucho tiempo que no le vemos, le escribí a don Mariano, a mi padrino, contándole nuestra miseria y diciéndole si él sabía de algún sitio donde tú o yo pudiésemos trabajar.

DON ANTONIO.-(Gesto de indiferencia.) ¡Bah! ¡Pedirle trabajo a Mariano! ¡Qué va a saber él de trabajo si no ha trabajado en su vida!

MARCOS.-¿Pero es amigo de usted ese señor?

DON ANTONIO.-Eso, sí; desde niños. Ya ves, es padrino de esta. Y nos hemos querido siempre fraternalmente. Pero él tenía una cabeza algo ligera; tomó otros rumbos. Se dio a la vida alegre... Bullangas, juergas, qué sé yo... Y por eso es el único amigo a quien nunca se me ha ocurrido pedirle nada.

(Llaman a la puerta.)

LEONOR.-(Asustada.) ¡Ay, han llamado otra vez!

DON ANTONIO.-¡Será el señor Társilo!...

MARCOS.-(Medroso.) ¡Caray!... Pues sí que sentiría yo, porque me pilla en casa ajena, y la prudencia...

DON ANTONIO.-Mira a ver, hija.

LEONOR.-(Que ha mirado con cierta precaución, sin abrir se vuelve, llena de estupor.) ¡Ay papá!

DON ANTONIO.-(Con ansiedad.) ¿Quién es?

LEONOR.-¡Ay papaíto!

MARCOS.-¿Pero qué te pasa?

LEONOR.-(Alegre.) ¿A que no sabes quién es, papá?

DON ANTONIO.-¿Quién?

LEONOR.-¡Don Mariano!... ¡Mi padrino!

DON ANTONIO.-¡Mariano aquí! ¿Es posible?

MARCOS.-¡Y nombrándole!... Paece cosa de milagro.

DON ANTONIO.-¿Habrás estado acertada, hija?

LEONOR.-De seguro; porque cuando ha venido tan pronto...

DON ANTONIO.-Abre a ver...

LEONOR.-(Abre.) Adelante, padrino.

Escena IX

Dichos y DON MARIANO, por el foro.

DON MARIANO.-(Entrando.) ¡Chiquita!... ¡Mi madre!... ¡Pues no has crecío ni naa!... Ven que te vea. Bueno; que l’hacen a uno viejo estas chiquillas; pero que al trote largo. ¡Antoñito!... ¡A mis brazos, salao!

DON ANTONIO.-¡Mariano!

(Se abrazan efusivamente.)

DON MARIANO.-¡No te quiero yo naa!... ¡Maldita sea! Bueno, ¿y qué es de vuestra vida, buen mozo?

DON ANTONIO.-Si le llamas vida a esto, ya puedes figurártelo, Mariano.

DON MARIANO.-(Mirando la habitación.) Sí; ya veo... Y ya m’ha dicho la chica... ¡Tropelías del Destino, Antonio! Pero, en fin, aquí estoy yo. No hay que apurarse. No siendo la muerte, de too se sale. Yo debía haber venío antes, que os quiero chipén, y no os tengo olvidaos; que no me acuesto una noche, la noche que me acuesto, que no m'acuerde de vosotros; por mi salú. Sino que este Madriz arruga los días; el tiempo s’achica y no tiene uno una hora pa naa. Y menos con la vida de uno, que siempre p’arriba y p’abajo y jaleos y berenjenales...; que ya lo sabes tú. En fin..., bueno, chiquilla, que estás mu monísima... Algo de mal colorcito; pero eso ya se remediará, que las cosas van a cambiar.

DON ANTONIO.-¿Qué dices?...

DON MARIANO.-¿Y este joven?

DON ANTONIO.-Un vecino y amigo. Buen muchacho.

DON MARIANO.-(Dándole la mano.) De eso tiene cara. ¿Impresor?

MARCOS.-Estuchista.

DON MARIANO.-Pues ya te daré yo una alhaja pa que la hagas un estuche... (Mira a LEONOR.) Y no te pongas coloraíta, que no eres tú la alhaja, ni muchísimo menos. (A MARCOS.) ¿Vives aquí?

MARCOS.-En el pasillo d'arriba, en el quince.

DON MARIANO.-Hombre, ¡el quince!; la niña bonita. Mu bien. No te mudes. (A LEONOR.) Le digo que no se mude.

LEONOR.-¡Qué cosas tiene usté!

DON MARIANO.-¿Yo?... Tú serás la que las tengas, ¿verdad, pollo?

MARCOS.-¡Hombre!

DON MARIANO.-(Abrazándole.) En fin, estuchista; que desde la presente te quiero como cosa nuestra.

MARCOS.-Gracias, don Mariano; es usté muy simpático.

DON MARIANO.-Naa, hijo; que no tiene uno desalquilao el prencipal izquierda. Yo también tengo una chiquilla, un capullito de rosa, no despreciando a nadie, y ella..., ¡pos también tie otro sinvergüenza! Naa, Antoñito; esta juventú, que como está encargá de la confección d'agüelos, ¡pues se quie dar una prisa loca! ¿Y qué le vas a hacer?... Lo que yo digo: Arrear y alante y, ¡viva la vida!... Y naa más. ¡Ah, bueno, y ya habrás visto, nena, que ayer me escribiste y m’ha faltao tiempo.

LEONOR.-Ya, ya... Muchas gracias, padrino.

DON MARIANO.-(Con cierta solemnidad.) Y que os traigo..., os traigo una buena noticia.

DON ANTONIO.-¿De veras?

DON MARIANO.-Al menos, eso me figuro.

LEONOR.-¿Y qué es; qué es, padrino?

DON MARIANO.-¿Tú no me decías que buscase una colocación pa tu padre? ¡Pues se la he buscao!

DON ANTONIO.-¡Ay Mariano! (En el colmo de la alegría.) ¿Qué dices?

LEONOR.-¿Pero es posible?

DON MARIANO.-Chipén.

LEONOR.-¡Ay, bendito sea usté!

MARCOS.-(Abrazándole.) ¡Usté es Dios, don Mariano!

DON ANTONIO.-¿Pero no me engañas, Mariano?

DON MARIANO.-No soy ningún atropellao, Antonio.

DON ANTONIO.-¿Y es cosa inmediata?

DON MARIANO.-De mañana mismo si quieres.

DON ANTONIO.-¡Cómo que si quiero!... ¡Ay Mariano, deja que te abrace!

(Se abrazan todos.)

LEONOR.-¡Bendita sea su vida!

DON ANTONIO.-(Bailando con loca alegría.) ¡Larán, larán, larán!... ¡Yo colocao! ¡Ya estoy colocao!

MARCOS.-¡Bueno; la paellaza en la Bombi va a ser como pa costernar a un gallinero! (Baila.) ¡Colocao!

DON ANTONIO.-¡Ay hija de mi alma! Al fin nos vamos a tutear con los filetes.

MARCOS.-¡Cómo tutear!... ¡Desde mañana, las cuarenta en garbanzos y veinte en tocino..., y arrastrando de ensalaíta; naa más!

DON ANTONIO.-Bueno, y vengan pormenores. ¿Es una oficina, Mariano?

DON MARIANO.-No.

LEONOR.-¿De cobrador?

DON MARIANO.-No es cosa de callejeo.

MARCOS.-¿Vigilante?

DON MARIANO.-Algo de eso, sin ser eso. La cosa no es ninguna ganga; no quiero engañarte, Antonio. Pagan bien; pero hay que ganarlo.

DON ANTONIO.-A mí el trabajo no me asusta.

DON MARIANO.-No es cosa de trabajo.

DON ANTONIO.-¿Que no...? ¿Entonces qué es?

DON MARIANO.-Os voy a sacar de dudas. De lo que yo puedo colocarte, hoy mismo si quieres, es de inspector de sala en la casa de Andorra.

DON ANTONIO.-(Con cierta perplejidad.) ¿Inspector de qué?...

MARCOS.-¿En la casa de Andorra?

LEONOR.-¿Y qué es eso?

DON MARIANO.-Pues nada, un círculo de recreo. Inspector de sala de un círculo de recreo.

DON ANTONIO.-(Con decepción.) ¡Mi madre!

DON MARIANO.-De recreos mayores, vamos. Donde se... (Se moja el dedo índice y sobre la palma de la mano golpea como pasando cartas.)

DON ANTONIO.-Ya, ya... ¿Y yo...?

DON MARIANO.-El contratista de juego es un íntimo amigo mío, Paco el Maluenda; hombre serio y formal en estos negocios, y el otro día, hablando, me dijo que necesitaba un hombre, un hombre de agallas...

LEONOR.-¿De qué?...

DON ANTONIO.-De agallas, hija.

DON MARIANO.-Es una casa algo castigadilla por tahúres y barateros, y hay que limpiar aquello; ya comprenderás... Y yo me he acordao de ti.

DON ANTONIO.-Te has acordao de mí pa limpiar...

LEONOR.-¿Limpiar mi papá?

DON MARIANO.-La chica me pidió una cosa a la desesperá, fuese lo que fuese; porque estáis muriendo de hambre. Yo os hubiera querido traer la gloria; pero no he podido más que esto. Si sirve, sirve, y si no...

DON ANTONIO.-Sí; pero yo en una casa de juego, entre matones, para tenerlos a raya... Bueno, Mariano; esto ha sido buscarme una colocación, pero en la estantería de una sacramental...; porque ni mi carácter ni mis chichas...

DON MARIANO.-¡Por Dios, Antonio; no seas apocao, que os va a matar la miseria en un rincón a tu hija y a ti! Hay que tener bríos; hazlo siquiera por ella... Hay que lanzarse al mundo, tener acción, pegarle dos patás al hambre, tener gana de vivir. Cuando la vida vuelve la espalda, se la pone de cara a bofetás, a bocaos, ¡como sea!

DON ANTONIO.-Sí; lo comprendo. Pero es que yo...

DON MARIANO.-Y te advierto que salíais d’apuros, porque dan mil pesetas mensuales.

DON ANTONIO.-(En el colmo del asombro y de la exaltación.) ¿Qué?... ¡Qué has dicho!... ¿Mil pesetas?...

DON MARIANO.-¡Mil! Y si ties empuje y suerte, pue que más.

DON ANTONIO.-¡Más!... ¡Yo mil pesetas!... ¡Uno..., dos..., cinco...; cerca de siete duros diarios!... ¡Voy, Mariano; voy!

DON MARIANO.-Bien hecho.

DON ANTONIO.-¡Mil pesetas!... Voy, sea como sea.

LEONOR.-No, papá...

DON MARIANO.-(Exaltado.) ¡Voy!

MARCOS.-Pero, don Antonio...

DON ANTONIO.-(Gritando.) Voy he dicho. No contradecirme. Ahora, que quizá no me admitan; porque como yo tengo este aspecto así...

DON MARIANO.-Está previsto. Le he dicho al Maluenda que de figura eres poquita cosa; pero que ties un valor frío, que hielas la sangre.

DON ANTONIO.-¿Que hielo, yo...?

DON MARIANO.-Y que ni en la bronca más terrible se te oye la voz.

DON ANTONIO.-¡A mí qué se me va a oír en las broncas!

DON MARIANO.-Y que, siempre correzto y bien educao, con la mayor finura le metes al tío de más fachenda una cuarta de acero en el estómago...; por lo cual le he dicho que te llaman Antonio Jiménez, el Modoso.

DON ANTONIO.-¡El Modoso!... ¿Yo el Modoso?... Y una cuarta de... (Hace gestos como de contraer el estómago.) ¡Ay, que me da frío!

LEONOR.-¡Mi papá con mote!

DON ANTONIO.-Pues nada, Mariano, sea lo que Dios quiera; voy.

LEONOR.-No, papá.

DON ANTONIO.-Voy.

MARCOS.-Pero, don Antonio; que con las chichas de usté, si le dan un cate...

DON ANTONIO.-Voy he dicho, Y no contradecirme, ¡vaya!... (Los asusta con su energía.) Bueno, Mariano, ¿y desde cuándo podría yo cobrar? (Lo ha llevado aparte.)

DON MARIANO.-Desde en seguida, verás. Yo, por lo pronto, te voy a dejar cinco duros. Toma. (Se los da.)

DON ANTONIO.-(Se los guarda.) Gracias.

DON MARIANO.-Coméis hoy, te arreglas, y a las tres te espero yo, con Paco el Maluenda, en la calle de Sevilla.

DON ANTONIO.-Muy bien.

DON MARIANO.-Te presento, habláis, nos vamos a la casa de Andorra; te darán tu smoking.

DON ANTONIO.-Smoking?... ¿De modo que eso de la cuarta hay que hacerlo de etiqueta? (Acción de dar un navajazo.)

DON MARIANO.-Es lo obligao. Empiezas tu servicio a la noche, y si te arreglas, te darán hoy mismo el dinero; porque pagan adelantao.

DON ANTONIO.-¿Adelantao?... Ni una palabra más.

DON MARIANO.-Yo te ilustraré de too. Estoy allí de cajero.

DON ANTONIO.-Bueno; oye, tú; ¿y qué clase de tipos son los que...?

DON MARIANO.-Naa, hombre; too es tomarle el aire a la cosa.

DON ANTONIO.-¿El aire?

DON MARIANO.-El peorcito es uno que le llaman el Ciclón.

DON ANTONIO.-¿El Ciclón?... ¿Y dices que tomarle el aire?...

DON MARIANO.-Y si me crees a mí, pocas palabras; dos tiros a tiempo y te haces el amo.

DON ANTONIO.-¿Dos tiros a tiempo y el amo?...

DON MARIANO.-A propósito... (Le enseña una pistola discretamente.) Tú no tendrás...

DON ANTONIO.-No; no tengo...

DON MARIANO.-Pues toma. Está cargada.

DON ANTONIO.-(La toma con un gran terror.) ¡Cargada! ¿Oye, y esto no...?

DON MARIANO.-No tengas miedo. Guárdatela...

DON ANTONIO.-¿Pero con el movimiento no se me...?

DON MARIANO.-Está en el seguro.

DON ANTONIO.-(Se la guarda con un miedo espantoso. Desde este momento no se atreve a moverse violentamente.) Bueno; pues nada, Mariano; hasta luego y gracias por todo, porque has venido a traer la tranquilidad a mi casa.

DON MARIANO.-¡Adiós, Antonio, y ánimo!... Hay que defender a esos angelitos, que ahora son chiquillos; pero luego crecen, y si el hambre les empuja...

DON ANTONIO.-¡Calla, por Dios! Hasta luego, Mariano.

DON MARIANO.-Adiós, Antoñito. (Le abraza.)

DON ANTONIO.-(Aterrado.) Oye, no me zarandees, que...

DON MARIANO.-Adiós, nena.

LEONOR.-(Secamente.) Adiós.

DON MARIANO.-Pollo...

MARCOS.-(Con igual sequedad.) Adiós.

DON MARIANO.-Y no os quedéis con esas caras largas. ¡Hay que vivir!... Cuando no se pue de un modo, de otro; ¡qué demonio! Lo mío; ¡Pecho alante y viva la vida!

DON ANTONIO.-Adiós, Mariano.

DON MARIANO.-Más cornás da el hambre, que decía el otro. (Vase.)

Escena X

Dichos, menos DON MARIANO.

LEONOR.-Na, papaíto; ¡tú no vas, no vas y no vas!

MARCOS.-¡Usté no va, y no va, don Antonio!...

DON ANTONIO.-(Acordándose de la pistola.) No os pongáis a este lado..., ¡por Dios!...

MARCOS.-Pero...

DON ANTONIO.-¡Que no os pongáis a esto lado he dicho!

LEONOR.-Bueno; ¡pero tú no vas a la casa de Andorra, papá!

MARCOS.-¿Usté entre matones?... Usté, que el otro día salimos de paseo y le tuve que ayudar a llevar el bastón porque se cansaba.

LEONOR.-¡No, papaíto, no vayas; yo te lo ruego; no vayas!

DON ANTONIO.-Mira, hija mía; déjame, no insistas; es nuestra salvación. ¡Es tu vida, tu pan, tu alegría!...

LEONOR.-¿Pero qué alegría voy a tener yo si te veo en peligro constante de muerte?

DON ANTONIO.-¿Y tú crees que el dolor de verte sufrir no puede matarme también?

MARCOS.-Pero no se haga usté ilusiones...; ¡si es que usté no tie valor ni arranque pa eso!

DON ANTONIO.-Que no tengo valor, y hace cuatro meses que la veo padecer horriblemente, ¡Sí; sí tengo valor!... Pero este valor que tengo hay que volverlo al revés..., y quiero tenerlo; no para que no me maten a mí, sino para que no te mueras tú.

LEONOR.-(Abrazándole.) ¡Papaíto!...

DON ANTONIO.-Y no; no te morirás; yo te lo juro.

(Lloran los dos.)

MARCOS.-(Llorando también.) Bueno; ¡se ponen ustés, que tie uno que hincarla!

DON ANTONIO.-¡Además, que esto del valor es una patraña ridícula! El valor es una cosa que la tiene todo el mundo cuando le hace falta. ¿Qué valor puede tener un pobre muchacho que está de sacristán en unas monjas? Pues un día le llega su servicio, le visten de soldado, y hala, a donde le manden. Y va un señor con unas cuantas estrellas en cualquier lado y le dice: «Quieto aquí, aunque te maten; porque si te mueves, te fusilo...». Y el hombre, entre el miedo de que le maten y el terror de que le fusilen, se hace un lío y no se mueve, pase lo que pase, y ¡es valiente! Pues eso me ocurre a mí. O me matan en la casa de Andorra o nos fusila el hambre...; ¡pues no nos fusila, no!... Son mil pesetas, ¡mil!... ¡Tú, vestidita, abrigada, con tu cocidito todos los días!... ¿Que no sirvo para el cargo?... Sirvo, hijos míos, sirvo... ¡Lo mismo que otro hombre cualquiera!... ¡Ya veréis si sirvo!... ¡Ya veréis si soy valiente!...

(Llaman a la puerta.)

¿Quién?

Escena XI

Dichos y SEÑOR TÁRSILO, por el foro.

LEONOR.-(Que va a mirar. Con terror.) ¡El portero! (Pausa.)

DON ANTONIO.-¡Hombre, el señor Társilo!... ¡Ese bárbaro!... ¡Me alegro!... Ahora vamos a ver si sirvo o si no sirvo. Dejadme solo con él.

LEONOR.-¡Por Dios, papá!

DON ANTONIO.-¡Ahora lo veremos!... Dejadme solo.

MARCOS.-Don Antonio, no se ensaye usté con ese bruto; que...

DON ANTONIO.-(Imperativamente.) Fuera he dicho. Vosotros, ahí dentro...

(Les indica el cuarto de la izquierda.)

LEONOR.-Pero, papá...

DON ANTONIO.-Adentro. Pronto.

(Entran los dos.)

¡Ahora, ahora veremos si sirvo o no sirvo! (Abre resueltamente la puerta.) Adelante.

SEÑOR TÁRSILO.-(Entrando burlonamente.) Y qué, ¿la gallina esa que tenían ustés recogida ha puesto pies en polvorosa?

DON ANTONIO.-(Sereno y digno.) Señor Társilo, aquí no teníamos ninguna gallina recogida.

SEÑOR TÁRSILO.-Aquí las gallinas se las comen ustés, ¿no?

DON ANTONIO.-Las gallinas y, si hace falta, los gallos. Conque a lo que venga usté concretamente y nada más.

SEÑOR TÁRSILO.-¿Pero qué es esto?... ¿Es que se va usté a subir por las nubes?

DON ANTONIO.-Yo no me subo por ninguna parte; pero a una impertinencia contesto con otra.

SEÑOR TÁRSILO.-Eso de impertinencia...

DON ANTONIO.-Está dicho. Conque al asunto.

SEÑOR TÁRSILO.-¡Caray! Bueno; pues m’alegro de encontrarle a usté en ese terreno, hombre. Venga el dinero de los cuatro recibos; pero que a toca teja.

DON ANTONIO.-Nada de toca teja. Y hágame usted el favor de decirle al casero que el dinero de los cuatro recibos no lo tengo en este instante.

SEÑOR TÁRSILO.-(Burlonamente.) ¿Que no lo tiene usté?

DON ANTONIO.-No, señor.

SEÑOR TÁRSILO.-¡Ja, jay!... Ya sabía yo que nos daríamos de narices con la excusita.

DON ANTONIO.-Yo no me doy de narices con nada. Y le añade usté al casero que estoy colocado.

SEÑOR TÁRSILO.-(Gestos de extrañeza.) ¿Usté colocao?

DON ANTONIO.-Yo colocao. Que esta noche cobro y mañana sin falta, a las ocho en punto, pagaré sus recibos, y nada más. (Indicándole la puerta.)

SEÑOR TÁRSILO.-Bueno, don Antonio; usté es un número de circo. Pa un rato de risa, Charlot y usté. ¡Ja, jay!

DON ANTONIO.-Señor Társilo, a la portería.

SEÑOR TÁRSILO.-(Con calma.) Espérese usté un ratito, que no quiero. Y antes, cuando se echaba usté por los suelos, amos; toavía me daba usté un poco de lástima, ¡qué demonio!; pero hoy, que me s’ha disfrazao usté de Ciz Campeador, voy a aprovecharlo pa decirle a usté escuetamente que es usté un tío más fresco que la escarcha y un tramposo, pero que como una loma; ¿está esto clarito?

DON ANTONIO.-(Vivamente.) ¿Yo tramposo?

SEÑOR TÁRSILO.-Usté.

DON ANTONIO.-Pues bien, señor Társilo; a ese insulto soez y grosero, para el que ni mi desgracia ni mi conducta le autorizan a usté, yo contesto diciendo que usté es un canalla y un bárbaro sin educación y sin decoro.

SEÑOR TÁRSILO.-(Furioso y torvo.) Alto el carrito, mi amigo... Eso de canalla, ¿tie usté coraje pa sostenerlo?...

DON ANTONIO.-¿Que si tengo coraje?... Lo va usted a ver, pero en seguida. (Cierra la puerta con cerrojo.)

SEÑOR TÁRSILO.-¿Qué hace usted?

DON ANTONIO.-Ya estamos encerrados y mano a mano, señor Társilo. (En actitud seria y resuelta.)

SEÑOR TÁRSILO.-¿Y qué pasa?

DON ANTONIO.-Pues pasa que ahora, ahora mismo va usted a decirme que retira todos, todos los insultos que me ha dirigido, o le juro a usted, por la memoria sagrada de mi madre, que uno de los dos se queda muerto aquí dentro. (Dando un puñetazo en la mesa.) ¡Muerto!

SEÑOR TÁRSILO.-¡Don Antonio!...

DON ANTONIO.-(Exaltado.) ¡Muerto!... ¡Pronto, señor Társilo; pronto! ¡O retráctese usted o defiéndase, porque ya no me importa ni morir ni matar!...

SEÑOR TÁRSILO.-Pero ¿por qué se pone usté así, señor?

DON ANTONIO.-Ni morir ni matar... Conque o dice usted que soy una persona decente, o se parte usté el corazón conmigo ahora mismo.

SEÑOR TÁRSILO.-Don Antonio, un poco de calma...

DON ANTONIO.-¡La he perdido ya! ¡O dice usted que soy un hombre honrado, sin más excusas, o le parto a usted el corazón, so cobarde!

SEÑOR TÁRSILO.-Don Antonio, no se ponga usté así, ¡caray!; que nadie ha dicho en serio que usté no fuese lo que es. Sino que uno s’acalora y...

DON ANTONIO.-¡Se acalora!... ¡Miserable!... Y cuando me ha visto usted llorando a sus pies, abrazado a mi hija, pidiéndole un poco de compasión para nuestra miseria..., ¡se ha reído de mí!, llamándome fresco y tramposo... ¿Y ahora?... Repita usted ahora solo una sílaba de esos insultos y toda la sangre miserable que...

SEÑOR TÁRSILO.-Don Antonio, ¡caray!; que hace tres años que vive usted aquí, y cuando se toma confianza con las personas, uno no mide...

DON ANTONIO.-¡So blanco!

SEÑOR TÁRSILO.-¿Yo blanco?

DON ANTONIO.-¡Nítido!

SEÑOR TÁRSILO.-Bueno; eso es otra cosa. A más, que usté ya sabe lo tiranos que son los caseros, don Antonio, y va uno sin cobrar y le ponen verde. Que últimamente, que esté usté dos años u tres sin pagar, ¡a mí qué!...

DON ANTONIO.-Ni dos años ni un día siquiera. Mañana sube usted los recibos, y nada más.

SEÑOR TÁRSILO.-Bueno, y si yo no pudiera subir, ya mandaré a la chica...; porque como uno...

DON ANTONIO.-Y ahora, a la calle.

SEÑOR TÁRSILO.-Sí, señor, y crea usté que si yo sé el disgusto...

DON ANTONIO.-Pero antes una advertencia.

SEÑOR TÁRSILO.-Usté dirá.

DON ANTONIO.-Otro día, cuando trasponga usté los umbrales de esta casa, se quita usté la gorra; así. (Se la quita y se la tira al pasillo.)

SEÑOR TÁRSILO.-No hace falta poner ejemplos.

DON ANTONIO.-Y entra usté descubierto, como yo lo estoy.

SEÑOR TÁRSILO.-¡Si no m’ha dao usté tiempo, señor!

DON ANTONIO.-¡A la portería!

SEÑOR TÁRSILO.-Sí, señor.

DON ANTONIO.-¡Fuera de aquí! (Le empuja y cierra.) ¡So embustero!

Escena XII

DON ANTONIO; luego, LEONOR y MARCOS, por la izquierda.

DON ANTONIO.-(Temblando y convulsivamente.) Bueno; yo estoy..., yo estoy que... Agua, un poco de agua...

LEONOR.-(Saliendo.) ¡Papá, papaíto!

MARCOS.-Don Antonio, ¿pero usté es Jiménez u Napoleón de primer apellido?

DON ANTONIO.-Bueno; un poco de agua, que tengo la boca... (Con alegría.) Pero ¡sirvo!... ¡Ya habréis visto que sirvo!

LEONOR.-Si no te conozco.

DON ANTONIO.-¡Ay, qué desagradable es esto de ser valiente!... ¡Agua!

MARCOS.-¡Que no se le ocurra a usté ir a la nueva casa de Fieras, que lo enjaulan!

DON ANTONIO.-¡Agua! ¡Tila!... ¡Me ahogo!... ¡Pero sirvo, hija mía; sirvo!... ¡Ya habéis visto que sirvo!... ¡Comerás, irás abrigadita..., vivirás!... ¡Sirvo! ¡Sirvo!... ¡Soy un hombre!... ¡Soy un hombre!... ¡Un hombre! (Pasea agitado y altivo.)

TELÓN

Habitación destartalada contigua a la sala de juego de uno de esos garitos, llamados actualmente por el vulgo círculos de recreo o casa... de cualquiera de las regiones españolas. Se ve por una puerta amplia que habrá al foro la mesa donde juegan a la ruleta, y, como es consiguiente, parte de la sala llamada de recreos mayores. Cuando convenga, las hojas de esta puerta se cierran, o se corre una cortina para que quede oculta esta sala a los ojos del público. El lujo de la segunda habitación contrasta con la sencillez y humildad de la primera, que debe tener en los laterales izquierda dos puertas: la del primer término, con mampara que da paso a una escalera, y la del segundo ostentará un letrero sobre ella que diga: «SECRETARÍA». En los laterales derecha, un pequeño balcón que da a la calle. En los ángulos de esta habitación, cuatro mesas, semejantes a las de los cafés, de mármol o madera, según convenga, rodeadas de sillas y taburetes. En los ángulos del fondo, perchas para abrigos y sombreros. Apliques de luz eléctrica en las paredes y lámparas centrales pendientes del techo. Es de noche.

Escena I

SOLE, PURA y PAQUITA LA RAYO, DON MARIANO con PACO EL MALUENDA, JUGADOR 1.º, un CAMARERO; después, JUGADOR 2.º, gente jugando, CROUPIERS. Al levantarse el telón, se ve la mesa de ruleta funcionando, rodeada de gente, hombres y mujeres bien vestidos, que juegan, sentados o de pie. Los CROUPIERS, vestidos de smoking, tiran la bola, cantan los números y las jugadas, pagan y cobran. En la habitación primera, en una mesa próxima al ángulo izquierda, sentadas, SOLE, PURA y PAQUITA LA RAYO. Beben whisky y fuman. Van vestidas con elegancia y descoco. En la mesa del ángulo de la derecha, DON MARIANO y PACO EL MALUENDA toman cerveza. En la mesa primera izquierda, un joven jugador haciendo cálculos sobre un papel. Toma un refresco. Un MOZO con cara de presidiario, vestido con una librea elegante y nueva, sirve a unos y otros. Luego viene el JUGADOR 2.º.

CROUPIER.-Hagan juego, señores.

UNO.-Ese duro a impares.

OTRO.-Diez pesetas encarnao.

UNA.-Dos pesetas a ese cuadro.

OTRO.-Tres duros al ocho.

UNA.-Cinco al caballo.

CROUPIER.-¿Está hecho el juego? (Tira la bola.) No va más. (Pausa.) Diecisiete negro. Pleno, caballo, cuadro.

(Se escucha rumor entre los JUGADORES. Los CROUPIERS pagan, retiran el dinero que pierde. Siguen jugando.)

SOLE.-¡El diecisiete negro. ¡El mío!... ¡maldita sea mi estampa! ¡Qué negrito! ¡Estaba esperando que yo me fuese pa salir!

PURA.-Lo que te hacen muchos blancos, hija.

SOLE.-¡Paece que me tenía miedo el ladrón!

PAQUITA.-¿Y qué es, te has quedao sin naa?

SOLE.-Pa que me crezcan telarañas en el bolso naa más. (Lo abre y lo enseña.) Echa una ojeada.

PAQUITA.-El vacío más aterrador.

SOLE.-El pañuelo, las llaves y el frasco de las sales por si pierdo... el conocimiento y me tengo que agarrar a la postura del señor de al lao.

PAQUITA.-¡Qué fresca eres! (Riendo.)

SOLE.-¡Quién habló!... Pues a ver pa qué llevas tú los impertinentes, hija.

CROUPIER.-Treinta y tres negro. Caballo, línea, cuadro.

PAQUITA.-¡Otro negro!

SOLE.-¿No te digo?... Mi suertecita arrastré. Esta noche me se hace a mí negra hasta la barra e los labios.

PURA.-¡Cuando se ponen así las cosas!...

SOLE.-¡Calla, hija! Sabes mi pasión por los negros; pos mientras yo jugaba, ni uno. Y por fin, harta de perder, ya desesperé, saqué los cinco duros últimos que me quedaban y dije, digo: Tres a la línea y dos a la calle. Pos como si los hubiá tirado a la calle los cinco; ¡la contraria!

PAQUITA.-Señor, si es que tú ties un prurito con las calles...

PURA.-Si de las calles no se saca naa, hija.

SOLE.-Barro.

PURA.-Ni más ni menos.

SOLE.-Y luego, chiquillas, pa alivio, ¿vosotras habéis visto el ispetorcito ese que han traído?

PAQUITA.-¿A don Antoñito el Modoso?

PURA.-¡Camará con el Modoso!... Porque toda la modosidaz es que antes de dar un puntapié hace una reverencia; pero no se sabe si es pa hacer un saludo u pa tomar impulso.

SOLE.-¡Y qué genio; es una fiera! Mueves, sin querer, una peseta que no sea de tu propiedaz, y te echa una mirada que te mustia hasta las flores del sombrero.

PURA.-Lo que es ahora, eso de levantar aquí un muertecito...

SOLE.-¡Cómo levantarlo! ¡Ni incorporarlo siquiera!...

PAQUITA.-Como que yo ya no sé qué hacer con los impertinentes.

PURA.-Ni yo con el abanico. ¡Con los duros que me ha ganao este!

SOLE.-Ya, ya; el gandumbas ese ha metío la sala en un puño.

PURA.-¡Paece mentira, una pizca de hombre!

PAQUITA.-¡Porque hay que ver lo ruin!

SOLE.-Pos ya veis... El otro día, que me había yo hartao de dejar pesetas, por no perderlo too, vi un duro distraído y fui a por él; y cuando pagaban voy y dije, digo: «Ese duro, de la calle es mío». Y va él y dice: «El duro es de este señor... pero la calle es de too el mundo, conque a ella». Y me señala la puerta.

PURA.-¡Qué grosero! ¡No tener consideración ni con las señoras!...

SOLE.-Que si no me voy al tocador y me hago la distraída, pues que me expulsa; naa más.

PAQUITA.-¡El demonio del gusarapo!...

SOLE.-Ahora, que yo, aquí pa internosotras, os voy a decir una cosita.

PURA y PAQUITA.- (Al mismo tiempo.) Tú dirás.

SOLE.-Que poco puedo, o por estas que a ese ispetor le fascino yo.

PURA.-¡Qué quies que te diga!...

SOLE.-Ya conocéis mis dotes oratorias y de las otras; y a ese le veis, antes de naa, de rodillas y a mis pies.

PURA.-Me paece que te falla.

SOLE.-De rodillitas. Está dicho.

PURA.-Te advierto que yo ya le he tanteao. La otra noche le dirigí cuatro miradas como pa pasarse el invierno sin cok, pa ver si podía colar un duro sevillano; pues naa; lo única que logré fue que me dijese: «Preciosidad, ese duro cecea»... Y me lo volvió a meter en el bolso.

SOLE.-No le hace. Vosotras dejármelo a mí, y yo os juro que la semana que viene ponemos en pie el cementerio del Este.

(Se levantan.)

PAQUITA.-¿Le gustan las gordas?

SOLE.-Ahí está mi suerte. Si no, me pongo a plan.

PURA.-Sí, porque lo que es ahora estás pa recataplán.

SOLE.-¡Amos a él! ¡Sería el primer menudito que me fallase! Son mi especialidad. Los pesos plumas, que dicen en boxeo. Si lo atonto, os pago dos de Pomery extra. ¡Jurao!

(Entran en la sala de juego.)

Escena II

Dichos, menos SOLE, PURA y PAQUITA.

JUGADOR 1.º.-Las ocho y ese sin venir. (Escribiendo.) «Dos encarnaos impares, docena, calle. Repetidos, cinco, siete, nueve o cuatro, seis, ocho... Se tienen que dar por fuerza. Después un negro, menores...».

JUGADOR 2.º.-(Entra y se acerca a la mesa.) ¡Hola!

JUGADOR 1.º.-¡Lo que has tardao!

JUGADOR 2.º.-Que no he tenido la precaución de irme a pie. ¡Me se ha ocurrido tomar el tranvía, y el paro forzoso, por carencia de fluido!...

JUGADOR 1.º.-¡El tranvía es pa cuando no se tiene naa que hacer, hombre! ¿Qué te han dao?

JUGADOR 2.º.-Dos del portamonedas, cinco del reloj, seis de la sortija, quince del alfiler, cuatro de la petaca, tres del...

JUGADOR 1.º.-Bueno, ¿total?...

JUGADOR 2.º.-Cuarenta y cinco. Diez de la papeleta, cinco de la papeleta de la papeleta, dos de la papeleta de la papeleta de la pa...

JUGADOR 1.º.-Bueno; dime que has empeñao hasta el infinito y acabas de una. Venga todo.

JUGADOR 2.º.-Ahí va. (Le da el dinero.)

JUGADOR 1.º.-Cuatro que hacen ocho; ocho que hacen dieciséis; dieciséis que hacen treinta y dos... Oye, métete el pico del pañuelo, por lo que más quieras, que me da mala sombra. En cuanto te veo el triángulo tremolante, no acierto, una.

JUGADOR 2.º.-(Se oculta el pañuelo.) Remediao.

JUGADOR 1.º.-Si no me falla la combina, siete mil pesetas.

JUGADOR 2.º.-Y si se da mal, ¿por qué no cuelgas un galápago?

JUGADOR 1.º.-¿Con el ispetorcito nuevo?

JUGADOR 2.º.-¡Qué más da!

JUGADOR 1.º.-En fin, si la cosa viene mal, probaremos.

JUGADOR 2.º.-Entra con el pie derecho.

JUGADOR 1.º.-A una, dos y tres... (Entrando.) Cae un duro al trece...

(Entran los dos.)

Escena III

DON MARIANO y PACO EL MALUENDA.

DON MARIANO.-Bueno, Paco, y hablando de otro asunto, ¿qué te parece de mi recomendao?

PACO.-Chico, yo no tengo vista una cosa semejante en lo que llevo en estos negocios, que ya va pa fecha.

DON MARIANO.-Me paece que hemos acertao con el don Antoñito.

PACO.-¿Qué si hemos acertao...? ¡Eso es un tío de temple!

DON MARIANO.-Sereno, duro, frío...

PACO.-Y al mismo tiempo bien educao de verdá, que es lo que me cautiva; porque no tie naa que ver el chascarle a uno la nuez pa decirle bésole a usté la mano. ¡Ese me limpia la sala de pillos en cuatro días!

DON MARIANO.-¿Y has visto su sistema?... Too lo arregla sin voces, sin palabrotas, sin ruidos...

PACO.-Pero chico, ¿habré yo visto tíos valientes...? Pues este es que pone una mira y se le desencaja la cara de una forma, que costerna. Ya ves, conmigo no pue estar más cariñoso; pues hay noches que viene a decirme: «Usté descanse», y me da miedo.

DON MARIANO.-Y hay que verlo cuando se arma la más ligera bronca en la sala. Va muy menudito, muy atildao; se para delante del promotor, se pone un poco pálido, un poco tembloroso, y muy bajito y con la mejor educación del mundo le dice, al que sea, su frase sacramental: «Y la calle o la peritonitis», y les apunta al vientre. Y, claro, la cosa no es pa dudar...

PACO.-En fin, si será atento, que el otro día me dijo que le trajesen jabón de sublimao, porque quería desinfectarse las manos por si tenía que dar algunas bofetás. ¡Cómo pensará darlas!...

DON MARIANO.-Ya te dije que era un hallazgo.

PACO.-¡Menuda arquisición!

(Se escucha en la sala rumor de inquietud. VOCES que van creciendo. Se suspende el juego. Algunos se ponen en pie increpando a alguien.)

VOCES.- ¡Ese señor! ¿Yo? ¡Sí! ¡Fuera! ¡Echarlo! ¡No hay quién! ¡Granuja! ¡Canalla! ¡Don Antonio!

(Crecen las voces hasta convertirse en gritos y el jaleo en bronca.)

DON MARIANO.-¿Qué es eso?

PACO.-¿Qué pasará?

DON MARIANO.-(Yendo hacia la sala.) ¿Qué ha sido?

PACO.-¿Quién es?

VOCES.- ¡Que le echen!... ¡A la calle!... ¡Fuera!...

(Violentamente, y como echado de la sala de un formidable empujón, sale a trompicones el JUGADOR 1.º, que queda apoyado contra una mesa en actitud airada.)

JUGADOR 1.º.-¡A mí no hay quién!... ¡Que salga a echarme el que quiera!...

Escena IV

Dichos y DON ANTONIO, que viene de la sala.

DON ANTONIO.-(Sale imponente, de smoking, andando paso a pasito, serio, haciendo guiños e imponiendo silencio. Durante la escena, cada guiño hace estremecer al adversario. Todo el mundo, agolpado a las puertas, calla con enorme expectación.) ¡Chis!... (Se para frente a él.)

JUGADOR 1.º.-Es que a mí no hay quién... porque yo...

DON ANTONIO.-¡Chiss!... Hónreme con su más profundo silencio. (Guiño.)

JUGADOR 1.º.-¡Pero de dónde voy a callarme yo, cuando...!

DON ANTONIO.-Inestimable contertulio, ruégole que con la más discreta sordomudez tenga la amabilidad de movilizarse a noventa por hora con rumbo a la vía pública.

JUGADOR 1.º.-Es que a mí...

DON ANTONIO.-Tengo el honor de invitarle a bajar por su pie las escaleras; pero si usted prefiere golpear el cráneo en los descansillos, será complacido. (Guiño.)

JUGADOR 1.º.-¡Pero señor, antes de echarme, que me se diga qué he hecho yo!

DON ANTONIO.-Tratar de engrosar sus ingresos dando a sus amables posturas en la mesa de juego unos leves impulsos fraudulentos con la manga, con el objeto benéfico de arriesgar dos y que apoquinen cinco. Nada... Ingenuos y discretos robos.

JUGADOR 1.º.-Eso de robos...

DON ANTONIO.-Bueno; juveniles y ligeras estafillas, como usted prefiera. Conque planee y aterrice. (Guiño.) Siga la flecha. (Le señala la puerta con el dedo.)

JUGADOR 1.º.-A mí no, hay quién me eche del local.

DON ANTONIO.-¿Que no? Pollo, resumamos: O la calle o la peritonitis. (Le apunta con una pistola.)

JUGADOR 1.º.-(Aterrado.) ¿No tiene usted términos medios?

DON ANTONIO.-El corazón. (Le apunta con otra.)

JUGADOR 1.º.-¡Mi madre!... (Da un salto atrás.) ¡Pero por estas que vuelvo! (Vase.)

DON ANTONIO.-¡Fuera! (Dándole un puntapié que le obliga a salir violentamente. A la gente, riendo.) Se ha dado de narices contra la mampara. Concluso el incidente. (A todos.) Tengan la sin par bondad de proseguir el recreo. Hasta otra.

PACO.-(Abrazándole.) ¡Es usté admirable, don Antonio!

DON ANTONIO.-(Con fingida indiferencia.) ¡Futesas!

PACO.-(A la gente.) Sigan, sigan...

(Los convence para que entren. Entran y prosigue el juego.)

DON ANTONIO.-(Aprovecha este momento para irse a un rincón, y tembloroso y demudado, con la cara de verdadera angustia de un hombre que acaba de hacer un esfuerzo supremo, saca un frasquito del bolsillo del chaleco y, tembloroso y acongojado, bebe un sorbo.) ¡Ay, hija mía!

DON MARIANO.-(Se acerca. Aparte.) ¿Qué tomas?

DON ANTONIO.-Antiespasmódica.

DON MARIANO.-¡Qué rato habrás pasao!

DON ANTONIO.-¡Como que se me ha hecho, una pelota en la garganta, que no me la puedo tragar! ¡Ay, Mariano, el día que me falle uno de estos, mi ruina!

DON MARIANO.-(Por PACO, que se acerca.) Calla, que viene.

PACO.-¡Don Antonio!... (Abrazándole.) ¡Me tie usté encantao! ¡Usté es mi hombre!

DON ANTONIO.-(Volviendo a la sonrisa y a la jactancia.) Nada, don Paco. Escaramucillas de principiante. ¡Digo!... ¡Pues si usté me hubiera visto a mí una noche en la calle de las Sierpes, en Sevilla...! ¡Cinco hombres disparándome tiros, y yo limpiándome las botas y cantando la Madelón traducida! ¡Que lo diga aquí, Mariano!... ¿Te acuerdas?...

DON MARIANO.-¡Aquello era para erizar a un queso de bola!

DON ANTONIO.-¡Cinco blancos en la caja de betún, un impacto en el cepillo, el betunero herido en la región metacarpiana y un servidor desviando las balas con ligeros balanceos! (Los hace.) Lo mismito que si estuviera bailando un fox.

PACO.-¡Qué admirable! ¿Y de dónde se saca usté esa serenidad?

DON ANTONIO.-(Señalando al corazón.) Del almacén, que tengo stock. Nada. (Vase hacia la sala, humilde y modoso.)

Escena V

DON MARIANO y PACO.

PACO.-Bueno, yo no he conocido a Napoleón; pero debía ser una chinela comparao con este hombre.

DON MARIANO.-(Aparte.) ¡Pobre Antonio!... ¡El miedo que está pasando!

PACO.-¿Pero tú has visto una cosa como esta? ¡Es admirable!

DON MARIANO.-(Con amarga ironía.) ¡Que si es admirable! ¡No lo sabes tú bien!

PACO.-Yo le aumento el sueldo desde este mes.

DON MARIANO.-Se lo merece.

PACO.-¡Pero que en un doble! Porque, además, hay que reconocerla, lo que ha tenío que hacer hasta ahora no es naa en comparación de lo que le queda, que es lo gordo.

DON MARIANO.-¿A qué te refieres?

PACO.-Pues que aún tiene que ponerse cara a cara con los de cuidao. Con el Pollo Botines, el Requiés y el Jarritas. ¡Los tres granujas de más agallas de Madrid! ¡Menudo historial carcelaria!

DON MARIANO.-Pero esos hasta ahora parece que le respetan a don Antonio.

PACO.-¿Que le respetan? ¡Narices! Que son unos vivales y lo estaban tanteando; pero se conoce que ya le han encontrao el tacón de Aquiles, porque, ¿no sabes lo de anoche?

DON MARIANO.-¿Qué?

PACO.-Pues naa; que como desde que está aquí don Antonio he suprimido suvenciones y no hay valiente que me saque ni una perra pa un churro, pues me se acercaron los tres de muy mal arate y me vinieron con el ultimátum de que hoy mismo u echaba yo a la calle a don Antonio u le echaban ellos.

DON MARIANO.-¿Pero es posible? ¡Qué cafres! ¿Y tú qué les dijiste?

PACO.-Que si tenían ganas de jugarse la pellejita, que viniesen ellos a echarle; que yo estaba muy contento con él.

DON MARIANO.-¿Y qué te dijeron?

PACO.-Naa... Que esta noche, a las diez en punto, me daban palabra de ponerlo de pezuñas en la vía pública; en su totalidad u en veces.

DON MARIANO.-¿Pero es que piensan descuartizarlo?

PACO.-¡Por lo visto! (Riendo.) ¡No saben la fiera que buscan! Yo, te digo que temo el choque y lo deseo. Va a ser una bronca que dejará recuerdo en Madriz pa muchos años.

DON MARIANO.-Sí, bueno... ¿Pero tú no le has prevenido a don Antonio?...

PACO.-Todavía, no.

DON MARIANO.-Pues debías decírselo; poco a poco, pero debías decírselo.

PACO.-Yo, por si esos golfos lo dejaban en amenaza.

DON MARIANO.-No te fíes. ¡Menudos madrugones! ¡Siquiera que lo cojan sobre aviso al hombre!

PACO.-Pue que tengas razón. Pues mira, vamos a decir que no los dejen entrar por la puerta prencipal, pa que antes de meterse en la sala tengan que pasar por aquí y podamos advertirle.

DON MARIANO.-Es lo mejor.

PACO.-Vamos.

DON MARIANO.-(Aparte.) ¡La que le aguarda! ¡Pobre Antonio!...

(Vanse por la primera derecha.)

Escena VI

DON ANTONIO; luego, LEONOR y MARCOS, por la primera izquierda.

DON ANTONIO.-(Sale con cautela, se va a un rincón, saca el frasquito, bebe otro trago y se lo guarda.) Este trago no es de miedo, es de nervioso. Nada; que estaba yo en la mesa inspeccionando y se me ha sentao una señora gorda, pero guapísima, a la distancia de un papel de fumar de canto..., y me está echando unas miradas, que entre ella y el radiador que tengo detrás..., ¡estoy de nervioso, que me quiero sonar y no me doy con las narices!... ¡Qué tía! ¡Qué ojazos! Y qué..., ¡qué miserable es la Humanidad!... ¡Yo, que ya me había olvidao de estas cosas!... Pero está visto que en cuanto come uno quince días seguidos y se muda cada semana, pues que..., ¡que se le reverdecen las pasiones!... ¡Verdad es que las gordas han sido siempre mi perdición!... ¡Dios mío, que no me se verdezcan, digo, redrevezcan, digo, verde; bueno, que no lo digo!... ¡Y me paece que esa contertulia anda detrás de movilizarme un cadáver!... ¡No; pues como yo la pille en una trampa, la echo, y así me quito de peligros!... Es lo mejor.

(Va a entrar y le detienen LEONOR y MARCOS, que salen por la primera izquierda.)

LEONOR.-(Que viene muy mona, vestidita de nuevo y con un sombrerito elegante.) ¡Papá, papaíto!...

DON ANTONIO.-¡Hija, hija mía!... (La besa y la abraza.)

LEONOR.-¿Qué tal; qué tal, papaíto? ¿No te ha pasado nada?

DON ANTONIO.-Nada, hijita; ¿qué me va a pasar?...

LEONOR.-¡Ay; hasta que te veo, no descanso!

MARCOS.-(Entra también bien vestido, pero con mediano gusto.) ¡Don Antonio! (Le abraza.)

DON ANTONIO.-(Muy efusivo.) ¡Hola, Marquitos!

MARCOS.-(Admirado, contemplándole.) ¡Mi familia! ¡Quien le ha visto a usté y quien le ve!... De smokinge, con dos dedos de chaleco naa más, un lazo al cuello y medio metro de raya... (Fijándose.) ¡Porque le llega a usté hasta la metá e la espalda!... ¡Gachó!...

DON ANTONIO.-Sí; pues mira que tú... Ven que te vea.

MARCOS.-Hombre, mi ternito con remangue, mi flexibito, mi corbatita muerdoré y mi cabuchón de seis reales... Que me he tenía que poner a tono aquí con la joven...; que yo ya no sé si voy con mi novia u con un número atrasao, del Pintorial Revue.

LEONOR.-¡Tonto!

DON ANTONIO.-No, no; dice bien Marquitos, que estás monísima. ¡Hija de mi alma!... ¡Qué alegría verte tan bonita!... (La mira embelesado.)

MARCOS.-Que la ropa lo hace too. Ahora, de que veníamos, pues too el mundo a mirarla; en cambio, acuérdate cuando llevabas el trajecito numerao...

LEONOR.-¿Cómo numerado?

MARCOS.-¡A ver!... Too lleno de sietes y de unos...; pero de unos lamparones de este porte.

DON ANTONIO.-¡Hacéis una parejita!... Porque tú también tienes un tipo...

MARCOS.-¡Airosito y marchoso naa más, don Antonio! Y ya me verá usté el domingo en cuanto cobre, que me voy a comprar guantes; pero dos. Que no me los he comprao ya, porque tengo un amigo que me vendía uno por tres reales; pero no lo he querido, porque era uno solo y, además, no me servía pa las dos manos. En esta me entraba mu bien; pero en esta lo tenía que llevar del revés.

DON ANTONIO.-(Riendo.) ¡Naturalmente!... Y luego, Marcos, ¿tú te has fijao en la niña qué colorcito tan sano se le está poniendo?

LEONOR.-¡Que como todos los días, papaíto! Oye: ¿sabes que me he pesado?

DON ANTONIO.-¿Y qué, hija?

LEONOR.-¡Que he ganao cinco kilos!... ¡Cinco!

MARCOS.-Como que hay noches que cenas tres veces, mia esta.

LEONOR.-Hombre, nos teníamos que poner al corriente. En cambio tú... Yo te encuentro más desmejorado, papá, y con un color tan pálido...

MARCOS.-Yo creo que es que toma usté demasiada tila, don Antonio...

DON ANTONIO.-No, hijos; pero si estoy muy llenito...

MARCOS.-¿De qué?

LEONOR.-No, papaíto; tú no estás bien. Debes alimentarte más. Todo te viene ancho.

MARCOS.-Sí; porque si no, estoy viendo que un día se le va a usté a quedar el traje vacío en metá e la calle, don Antonio.

LEONOR.-Yo engrueso, yo como, yo vivo a gusto; pero tú...

DON ANTONIO.-Pues si tú vives a gusto, ¿qué más necesito?...

LEONOR.-No; no te acostumbras a este ambiente, papá; ya lo veo. Has de hacer esfuerzos horribles que perjudican tu sistema nervioso, que te aniquilan... Y yo soy una egoísta, papá; una egoísta... Pero un día me voy a quitar todo esto...

MARCOS.-Aquí, no.

LEONOR.-... y voy a...

DON ANTONIO.-¡Calla, tonta!... ¡Que no me acostumbro a esto, y tengo la sala dominada! ¡Si me hubieses visto antes echar a uno!... ¡Y cómo me respetan! Y todavía sin haber tenido que dar una bofetada.

MARCOS.-¡Toma!... Es que el día que tenga usted que darlas, (Acción de quedarse sin nada.) no hay de qué darlas...

DON ANTONIO.-¡Pero me las ingenio muy bien con esta farsa del valor!... ¡Alégrate, hija mía; no hay que preocuparse! ¡Adelante y viva la vida, que dice Mariano!... Y, en fin, que yo, encantado de charlar con vosotros, descuido mi obligación, y tengo tomada la visual ahí a una individua, que en cuanto me haga una trampa, la echo.

LEONOR.-¡Ay; pero echar a una señora!... ¿Y no te hará nada si la echas?...

DON ANTONIO.-No; las señoras no hay cuidado, hija.

MARCOS.-Las señoras se pue decir que se echan solas.

DON ANTONIO.-Con una ligera indicación... En fin, meteos ahí, en la secretaría, que volveré pronto. Quiero que cenéis conmigo. (Vase a la sala.)

LEONOR.-Bueno, papaíto.

Escena VII

LEONOR y MARCOS.

LEONOR.-Anda, vamos a la secretaría.

MARCOS.-(Entreabriendo la puerta.) Espera que mire un poco.

LEONOR.-Todas las noches que venimos haces lo mismo.

MARCOS.-¡Oye, fíjate cuánta gente! ¡Qué corrutoras son estas salas! ¡Qué mujeres!

LEONOR.-¡Y qué escotadas! ¡Qué escándalo!

MARCOS.-Se mira encima de la mesa y no se ve más que dinero, carne, corrución... ¡Aguarda!...

LEONOR.-¿Qué es?

MARCOS.-¡Ha salío el veinticuatro negro! ¡El veinticuatro! ¡Mis años! ¿Quies que me juegue dos pesetas de pleno a la repetida?

LEONOR.-(Apartándole.) ¡No, señor; ni un céntimo! ¡Anda!

MARCOS.-Espera. Fíjate en aquella rubia; ¡qué hombros!

LEONOR.-Anda, Marcos, o vienes o me voy. ¡Así sois los hombres, que nunca os contentáis con lo que tenéis!...

MARCOS.-¿Pues qué dirías si estuviésemos en la Mahometania, donde cada hombre tie cuarenta y dos mujeres lo menos?... Pues te hubieses tenío que conformar con la cuarenta y doceava parte mía.

LEONOR.-¡Cuarenta y doceava! ¿Y qué es eso?

MARCOS.-¡Menos que un guisante!

(Entran en la secretaría discutiendo.)

Escena VIII

SOLE y DON ANTONIO, que viene de la sala.

DON ANTONIO.-(Señalándole enérgicamente la puerta.) Bueno, señora; agradézcame usted que no he querido avergonzarla delante de todos; pero usté se va a la calle ahora mismo.

SOLE.-No tengo ganita. (Se sienta.)

DON ANTONIO.-La he cogido a usted levantando un cadáver. A la calle.

SOLE.-Pero si lo he hecho pa que usté se fijara en mí, so primo.

DON ANTONIO.-¡Mentira!

SOLE.-Por la memoria de mis muertos.

DON ANTONIO.-No jure usté, que son muchos.

SOLE.-Son innumerables...; ¡ay, sí, señor!

DON ANTONIO.-Bueno; a la calle.

SOLE.-Con usté, en seguida. Sola y a estas horas, me da miedo, don Antonio.

DON ANTONIO.-¿Pero, usté le tiene miedo a algo?

SOLE.-A que me se ponga una cosa entre ceja y ceja.

DON ANTONIO.-¿Y qué se le ha puesto a usted?

SOLE.-¡Qué sé yo!... ¡Locuras! Hablar con usté a solas... Tie usté un modo de mirar, que...

DON ANTONIO.-Pamplinas; me va usted a convencer que a mis años y con estos ojos tan pequeños...

SOLE.-Con una cerilla se enciende un horno. Además, es lo de toa mi vida, mi locura, ¡los hombres valientes! Tengo Napoleón a la cabecera e la cama y el Espartero a los pies.

DON ANTONIO.-(Ya meloso.) ¿Y a mí dónde me iba usté a colocar?

SOLE.-En el techo. Colgaíto, por malo.

DON ANTONIO.-¿Malo yo? (Se acerca.)

SOLE.-(Empujándole con el hombro.) ¡Es usté más antipático!...

DON ANTONIO.-(Derretido.) Sole... (Deteniéndose en la pendiente y volviendo a su primitiva energía.) ¡Bueno; a la calle!

SOLE.-Acompáñeme usté.

DON ANTONIO.-No tengo abrigo, (Con sorna.) y a cuerpo limpio...

SOLE.-

Y hablando en serio, Antonio. No se ría usté de mí, que pue que le pese. Cantaba yo una copla, cuando cantaba, que decía:

   Aquel pajarito, madre,

que canta en el limón verde,

su día le ha de llegar

que él esté triste y yo alegre.


DON ANTONIO.-Es bonita la copla.

SOLE.-Es verdá, como todas. Hoy se ríe usté de mí. Bueno. Pero quién sabe mañana... Aunque puede que se ría usted siempre, porque yo pa querer no he tenío suerte nunca. (Se limpia con disimulo una lágrima.) Por supuesto, ni pa querer ni pa naa. Pero, en fin, a lo que estábamos. Me echa usté, porque tie usté razón pa echarme, y me voy... ¡Si una es lo que es, cómo la van a mirar a una!

DON ANTONIO.-Mujer, yo...

SOLE.-Pero siento que sea usté el que me eche, palabra; porque le tengo a usté mucha simpatía, Antonio. (Conmovida.)

DON ANTONIO.-¡Sole!

SOLE.-A pocos hombres les he dicho yo esto. Y eso que una ha tenío la desgracia de la libertá, y ha dicho toas las cosas que se le han antojao.

DON ANTONIO.-(Librando una batalla interior.) ¡Sole!... (Aparte.) ¡Ay mi hija!

SOLE.-Pero con todo y con eso, a pocos se lo he dicho, y a usté se lo digo; pero chipén.

DON ANTONIO.-Bueno; pero...

SOLE.-Y, en fin, perdonar, y por estas que no vuelvo a poner los pies en esta casa.

DON ANTONIO.-Mujer, tanto como eso...

SOLE.-Ni a usté le conviene que yo vuelva, ni a mí volver.

DON ANTONIO.-Eso..., ¡quién sabe!... (Aparte.) ¡Ay mi hija!

SOLE.-Adiós.

(Se dan la mano y no se sueltan.)

DON ANTONIO.-(Entregándose.) No te vayas.

SOLE.-Déjame, Antonio. Si me quedo, puede que sea peor pa los dos.

DON ANTONIO.-No me importa. Quédate.

LEONOR.-(Asomándose.) Papá...

DON ANTONIO.-(Aterrado.) ¡Mi hija!... (Fingiendo extremada energía.) Bueno, señora...; basta de..., y ahora mismo sale usté por..., (Perplejo, y atontado, mira alternativamente a las dos puertas, la de la sala y la de la escalera, y no sabe cuál señalar.) por... por..., por ahí...; ¡que yo la arreglaré!... (Le señala la sala.) ¡Fuera!

SOLE.-¡Pero, don Antonio!

DON ANTONIO.-¡Fuera!

SOLE.-(Aparte.) No m’ha fallao. De rodillitas. ¡Mío! (Vase a la sala.)

LEONOR.-¿Es esa la tramposa, papá?

DON ANTONIO.-No, no es que sea tramposa..., es una desgraciada; pero...

LEONOR.-¿Y no has podido echarla?

DON ANTONIO.-¡Ay hija de mi vida, no; no he podido; pero voy a ver si ahora... (Elevando los ojos.) ¿Por qué me has traído aquí, Dios mío? (Entra resueltamente en la sala.)

LEONOR.-(A MARCOS, que se ha asomado también.) ¿Has visto el pobre papá?... ¡No ha podido echarla!

MARCOS.-Es que es mucha señora pa echarla así, del primer impulso.

LEONOR.-Calla...

MARCOS.-¿Qué es?

LEONOR.-Gente que sube...

MARCOS.-Serán puntos... Que no nos vean...

(Se ocultan en la secretaría.)

Escena IX

DON MARIANO y PACO EL MALUENDA.

PACO.-Bueno; por la puerta principal estamos tranquilos que ya no suben. Ahora vamos a decírselo too a don Antonio.

DON MARIANO.-Es lo prudente.

PACO.-Se va a morir de risa.

DON MARIANO.-Sí; pero, sin embargo, es bueno que esté advertido. (Al MOZO, que anda limpiando una mesa.) Gorila, tráete un bock.

(El MOZO le sirve.)

PACO.-Esos tres pa él son tres ratas, hombre; ya lo verás. (Se acerca a la puerta del fondo, y llama.) Don Antonio... Chis, don Antonio... Un momento.

DON MARIANO.-(Aparte.) Le da un colapso.

DON ANTONIO.-(Saliendo.) ¡Hola, mi querido don Paco! ¿Qué pasa?

PACO.-Hombre, perdone usté que le moleste; porque en realidá cosa de importancia no es.

DON ANTONIO.-Sea lo que sea. Diga usted.

PACO.-Pues una nimiedaz... Que anoche me se acercaron el Pollo Botines, el Jarritas y el Requiés.

DON MARIANO.-¡Que tú ya los conoces!

DON ANTONIO.-¡Ya, ya!... ¿Y qué anhelaban esas tres orugas?

DON MARIANO.-(A DON ANTONIO.) Bebe un poco de cerveza, anda... (Le da el bock.)

PACO.-Pues decirme (se va usté a revolcar) que si yo no le echaba a usté hoy sin falta de mi casa, que esta noche vendrían ellos mismos... (Cada vez va acentuando más su sonrisa.) a ponerle a usté de pezuñas en la vía pública, u en su totalidad u en veces.

DON ANTONIO.-¿A mí?... (Se le cae la copa de las manos, de terror; pero reacciona y suelta una carcajada, que su estado nervioso exagera.) ¡A la calle!... ¿Yo?... ¿Pero yo?... ¡Ja, ja, ja!... ¿En mi totalidad?... ¡Ja, ja, ja!... ¡Ja, ja, ja!...

PACO.-(A DON MARIANO.) ¿No te lo decía yo?... ¡La gracia que le ha hecho!...

DON ANTONIO.-¿Yo?... ¡A la calle!... ¡Pero yo!... ¡Ja, ja, ja!... ¿Y cuántos dice usté que son?

PACO.-Tres.

DON ANTONIO.-¡Ja, ja, ja!... ¡Tres naa más!... ¿Y echarme a mí?... (Quedándose repentinamente serio y metiendo la mano en el bolsillo del revólver.) Bueno; ¿dónde están?

PACO.-No han venido todavía.

DON ANTONIO.-Que tienen un ángel custodio que vela por ellos.

PACO.-Y mire usté... (DON ANTONIO se vuelve rápidamente y aterrado, creyendo que vienen.) Y mire usté que ir a estrellarse con usté... ¡Ja, ja!

DON ANTONIO.-¡Ya, ya; estrellarse conmigo! Bueno; pues me va usté a hacer el favor..., ¡ja, ja, ja!...; espere usté que me acabe de reír..., de mandarles el siguiente recadito: que como se personen en esta su casa, les voy a dar una de bofetás, que va a tener que hacer las particiones un notario. Eso de prólogo. Y de epílogo, qué como no saquen un kilométrico, no encuentran los dientes; ¡por estas!

DON MARIANO.-Pero ¿tú los conoces? ¿Sabes quiénes son?

DON ANTONIO.-¡Sí, hombre; tres desvencijaos!... ¡Naa! ¡Asoman por ahí y no vas a ver más que una nube de polvo!

PACO.-(Entusiasmado.) ¡Bravo, don Antonio; bravo! (Le abraza.)

DON ANTONIO.-Naa, hombre.

(Al abrazarse estrechamente con PACO, aprovecha la ocasión para beber de un frasquito un sorbo de antiespasmódica, poniéndole a DON MARIANO una terrible mirada de angustia.)

PACO.-¡No esperaba yo menos de usté!

DON ANTONIO.-¡Natural!... ¡Ja, ja, ja!... Bueno; si no fuera por estos ratitos, la vida sería..., ¿verdad, don Paco?

PACO.-Ya, ya...

DON ANTONIO.-¿Y a qué hora han quedado en venir?

PACO.-A las diez en punto.

DON ANTONIO.-(Mira el reloj con angustia.) Menos cinco. (Se levanta. Abrazando a DON MARIANO.) Bueno, Marianete; te quieren dejar sin compañero..., ¡ja, ja!...; pero va a ser difícil. (Aprovecha el abrazo para beber otro sorbo, y su temblor y su inquietud nerviosa ya no cesan en toda la escena. Aparte, a DON MARIANO.) ¡Que me traigan más, que se me ha acabao! (Le da el frasco. Alto.) ¡Ah, una cosa!

PACO.-Venga.

DON ANTONIO.-¿Usté me dará permiso pa que los eche a los tres por ese balcón?

PACO.-Claro que sí. ¡Y con poquita alegría que lo voy a ver!

DON ANTONIO.-Pues ni una palabra más.

PACO.-Sí; una palabra más.

DON ANTONIO.-Venga.

PACO.-(Al notar su inquietud.) ¡Pero no esté usté tan nervioso!

DON ANTONIO.-Es que yo, cuando me meto en un fregao de estos, hasta que no le dicen a mi adversario las misas gregorianas no me quedo tranquilo. Pero venga esa palabra.

PACO.-Pues quería decirle a usté que como son tres puntos de pronóstico, porque el Requiés se susurra que fue el que mató a un chalán en la travesía de Moriana y se le absolvió por falta de pruebas.

DON ANTONIO.-Sí, señor...

PACO.-Al Pollo Botines se le denomina el surtidor de las Casas de Socorro por lo pendenciero, y el Jarritas no saca las manos del bolsillo que no haga falta una cura de urgencia...

DON ANTONIO.-¡Ja, ja, ja!... ¡De urgencia! (Mira el reloj.)

PACO.-Pues yo, en cuanto usté me los eche de aquí, bien escarmentaos, le regalo a usted diez mil pesetas. Naa más. Prometido.

DON ANTONIO.-¡A mí! ¡Diez mil pesetas! ¡Don Paco! (Mira el reloj.)

PACO.-(A DON MARIANO.) En diez pápiros. Ya sabes la orden. En cuanto los eche, se las entregas.

DON ANTONIO.-¡Ay don Paco!... ¡Diez mil pesetas de una vez!... ¡Ay Mariano, mi felicidad!... Mi... mi... (Mira el reloj. Aparte.) Minuto y medio.

PACO.-Y cuando yo prometo algo...

DON ANTONIO.-Don Paco, yo, con dinero y sin dinero, en cuanto esas tres cucarachas me dirijan una mirada que no sea de reciba, los cojo y los...

Escena X

Dichos, el POLLO BOTINES, el REQUIÉS y el JARRITAS, por la izquierda. Son tres puntos tahúres profesionales, vestidos entre señoritos y chulos, con caras carcelarias. El POLLO BOTINES los lleva. El JARRITAS va siempre en jarras, por llevar las manos en los bolsillos, y el REQUIÉS va de luto y es su aspecto patibulario.

REQUIÉS.-(Desde la puerta.) ¡Ave María Purísima!

PACO.-¡Ellos!

DON ANTONIO.-(Con espanto.) ¡Mi ma..., mi ma...; mi madre!

DON MARIANO.-Ya están aquí.

DON ANTONIO.-(A los otros, temblando.) Serenidad.

(Entran los tres.)

JARRITAS.-Benditos y alabaos.

POLLO.-La paz del Señor..., del señor inspector sea con ustedes.

PACO.-Santas y guasonas.

DON MARIANO.-Bien venidos. ¿Y de chunga por lo visto?

DON ANTONIO.-(Aparte.) Ya me tiro por el balcón. (Lo entreabre.)

PACO.-(A DON MARIANO. Aparte.) Va a preparar el balcón para tirarlos.

DON MARIANO.-(Aparte, a PACO.) ¡Ya lo veo!

REQUIÉS.-¿Os habéis fijao?... Un terceto de dos y medio.

DON ANTONIO.-¡Y otro de todo a sesenta y cinco!

PACO.-¿Venís con ganita de bronca?

POLLO.-¡Dios nos libre!

JARRITAS.-Naa de esa.

REQUIÉS.-Tres ursulinos.

POLLO.-A propósito. Diga usté, honorable y valeroso don Antonio: ¿podríamos pasar ahí dentro un ratito?

JARRITAS.-Porque nos da miedo entrar sin su respetable permiso.

REQUIÉS.-Y si somos buenos no nos pondrán de rodillas, ¿verdad?

POLLO.-Oiga usté, y si le pego yo dos patás en la boquita del estómago a cualquier amigo o conocido, ¿no me dejarán sin postre?

DON ANTONIO.-Según; porque como me dé a mí por estropear melones... (Los mira con recelo.)

REQUIÉS.-Se iba usté a quedar sin sus amistades.

JARRITAS.-(Riendo.) ¡Qué gracioso! ¿Has oído?

POLLO.-¡Es un cuarto de kilo de chistes!

DON ANTONIO.-A lo mejor un cuarto de kilo los hace daño a tres.

REQUIÉS.-No siendo de escabeche, no creo yo que...

JARRITAS.-¿Conque podemos pasar? ¿Sí u sí?

PACO.-(A DON ANTONIO.) ¡Ande usté con ellos!

DON ANTONIO.-(A PACO.) Voy. (Adelanta.) Señores, como veo que vienen ustedes de mal arate, me hallo consternao. Miren cómo estoy de oírles... (Exagerando su temblor.) ¡Esto es miedo, lo demás son tonterías! De modo que si del terror me atraganto, perdonen...; pero, en fin, voy a ver si puedo articularles cuatro palabras. Ahí dentro (medrosos y aterradores amigos) puede entrar el que quiera y hacer la que le dé la gana; pero si lo que le da la gana no le gusta a este humilde y tembloroso servidor, entro y le gasto al delincuente una broma; ¡pero una broma con orificio de entrada y salida!

(Los tres se ríen.)

¿Les ha hecho a ustedes gracia?

JARRITAS.-¡Un montón!

DON ANTONIO.-(A los suyos. Aparte.) ¿He estao bien?

REQUIÉS.-En fin, Maluenda; ahí estamos. Ya resollaremos.

POLLO.-Si somos buenos, ¿se nos dará una estampita?

DON ANTONIO.-O se les romperá la estampita. Según. (A los suyos. Aparte.) ¿He estao bien?

REQUIÉS.-Es usté tan guapo como ínclito. Hasta de aquí a una miaja.

LOS TRES.-¡Saluz!

(Entran en la sala.)

DON MARIANO.-¡Bueno; vienen con las de Caín!

PACO.-Vamos, que yo no los pierdo de vista. ¡No me echen mano al dinero!...

DON ANTONIO.-Sí; vayan ustedes, que en seguida voy yo; que tengo aquí a mi hija... y quiero que se vaya pa que no presencie...

PACO.-Pero entre usté en seguida.

DON ANTONIO.-Lo preciso. Voy en un vuelo.

(Entran en la sala PACO y DON MARIANO.)

Escena XI

DON ANTONIO, LEONOR, MARCOS y DON MARIANO.

DON ANTONIO.-(Cayéndose a pedazos de emoción y de miedo.) ¡Bueno; yo ya no puedo más! Mi saliva es engrudo... Se me salta el corazón. (Se levanta trabajosamente de la silla en que ha caído. Va a la secretaría.) Supongo que lo habréis oído todo.

LEONOR.-(Que sale angustiada.) ¡Todo, todo!... ¡Ay papaíto, de mi vida, yo estoy aterrada!

MARCOS.-(Que sale con cara de espanto.) A mí me se ha quitado hasta el apresto del traje.

DON ANTONIO.-Ya comprenderás que yo no puedo pegar a esos tres asesinos.

MARCOS.-¡Toma; pero, ni con brocha!

LEONOR.-¡Y qué vas a hacer, papaíto?

DON ANTONIO.-Pues quitarme a escape este smoking y ponerme mi traje y marcharme de aquí.

LEONOR.-Sí, papaíto; sí... ¡Vámonos a casa!

DON ANTONIO.-Perdona, hija; pero se me ha acabao el valor.

LEONOR.-Sí; vámonos, vámonos antes que salgan.

MARCOS.-¡Y qué lástima!... ¡Diez mil pesetas que le daría a usté don Paco!

DON ANTONIO.-¡A mí, no; a mis restos!

MARCOS.-¡Diez mil pesetas!... ¡El bienestar pa siempre! ¡Nosotros, casaos; yo, establecido; usté, tranquilo en casita, dedicao a mecer lo que fuese!... ¡Esos ladrones!... ¡Si yo me atreviera!...

DON ANTONIO.-¡No sueñes locuras!

LEONOR.-¡Tú contra unos asesinos!

DON ANTONIO.-Tienen clientela en el Este.

LEONOR.-¡Vamos; vamos, papá!

DON ANTONIO.-Si es que del esfuerzo las piernas no me tienen.

DON MARIANO.-(Que sale rápidamente.) Supongo que te irás.

DON ANTONIO.-Pero volando.

DON MARIANO.-Haces bien. Paco me ha dicho que viniese a buscarte, porque esos están metiendo la pata; pero no entres. ¡Yo te quiero buscar un pedazo de pan, pero no tu perdición! Iros a escape.

LEONOR.-¿Verdá que sí, padrino?

DON ANTONIO.-Que salga Marcos por un automóvil...

MARCOS.-¿Pero tanta prisa corre?

DON MARIANO.-Cuando se enteren que te has ido, que estés lejos; porque si no, salen a alcanzarte y te la ganas.

DON ANTONIO.-¡Un automóvil, por tu madre!

DON MARIANO.-En la esquina hay un punto. (Vase a la sala.)

MARCOS.-Volando. (Vase primera izquierda.)

LEONOR.-Anda, papá... anda, por Dios, que ya has oído. Yo aquí espera mientras te cambias de ropa.

DON ANTONIO.-Un segundo. (Entra en la Secretaría.)

Escena XII

LEONOR; luego el POLLO BOTINES, el REQUIÉS y el JARRITAS, de la sala.

LEONOR.-¡Dios mío!... ¡Vivir, vivir!... ¡Qué amargura!... ¡Lo que cuesta vivir!... ¡Ay, mi papaíto de mi vida!... ¡Tan pusilánime como es el pobre y lo que ha hecho por mí!... ¡Pero él con esos bandidos!... ¡No, no!... (Los ve salir aterrada.) ¡Dios mío!... ¡Ellos!...

REQUIÉS.-Bueno; lo primero, vamos a cenar con opiparidaz. ¿No os parece?

JARRITAS.-No es ninguna memez.

REQUIÉS.-Y a los postres les damos a esta gentuza el té... el te reviento.

JARRITAS.-Es un programa.

POLLO.-(Fijándose en LEONOR.) Hombre, callarse. ¡Qué nena!

REQUIÉS.-¡No está mal la morucha!

JARRITAS.-Me se hace que es la hija de don Antonio.

REQUIÉS.-Mejor que mejor.

POLLO.-Aguardarse, que ya tenemos amenidaz femenina pa la orgía.

REQUIÉS.-Invítala, de grado o a fuerciori.

POLLO.-Ni qué decir. Dejarme. (Adelanta.) ¡Apreciada pollita!

LEONOR.-¿Qué desea?

POLLO.-A los pies de usted.

LEONOR.-(Mira al suelo con ingenuidad.) ¿A mis pies, qué?

POLLO.-Es saludo.

LEONOR.-¡Ah! (Aparte.) ¿Qué querrán de mí?

POLLO.-¿Usté ha cenao?... Y perdone usté que la interviuvee.

LEONOR.-No, señor; todavía no.

POLLO.-Pues no se preocupe usté, que le han caído tres anfitriones.

LEONOR.-¿Tres qué?

POLLO.-Tres sujetos que se verían muy honrados en que usté cenase con ellos.

REQUIÉS.-¿Le gustan a usté las judías con oreja de cerdo?

LEONOR.-¡Yo no quiero nada con cerdos! Ni con nadie.

POLLO.-Esta noche, sí.

LEONOR.-¡Ni esta noche ni nunca! ¿Por quién me han tomado ustedes?

POLLO.-¡Pero no se ponga usté así, fierecita!

LEONOR.-Me pongo como debo. Y no quiero hablar más con ustedes.

POLLO.-De modo que si un hombre, cegao por sus encantos, la cogiese a usté así... (Va a cogerla.)

LEONOR.-(Aterrada.) ¿Pero qué va usté a hacer?...

(Los otros ríen.)

POLLO.-La cogiese a usté así, (La coge.) y la diera un beso. (Se lo da.) ¿El que lo hiciera?...

LEONOR.-(Gritando angustiada.) ¡Papá!... ¡Papá!... ¡Socorro!

DON ANTONIO.-(Sale de la Secretaría en mangas de camisa, fiero, erguido, colérico, y al ver a su hija atropellada tan cobardemente, grita con fiereza.) ¡Moriría como vas tú a morir!... ¡Toma, canalla! (Le da un silletazo.)

POLLO.-(Cayendo con las manos en la cabeza.) ¡Me ha matao!

DON ANTONIO.-(Revolviéndose.) ¡Infames! ¡Asesinos!... ¡Mi hija!... ¡Atropellar a mi hija! ¡Ladrones! (Saca la pistola.)

LEONOR.-(Muerta de espanto.) ¡Por Dios papá!

DON ANTONIO.-(Disparando.) Fuera, fuera de aquí. ¡A la calle!

(Tiros, palos, estacazos, patadas. Le disparan. Acomete. Como una fiera salta, ataca, acomete, acorrala, pega... Los matones quedan sobrecogidos ante tal ímpetu, y al fin, en franca fuga uno se tira por el balcón. Los otros salen por la puerta. Al último le da una patada y se oye a poco un gran ruido de cristales. La gente, desde el principio, se asoma consternada a la puerta de la sala. MARQUITOS, que ha entrado, sin explicarse aquello, auxilia a DON ANTONIO. Los demás, cuando le ven triunfante, se le acercan entusiasmados.)

DON MARIANO.-Pero, Antonio, ¿qué ha sido?

SOLE.-¡Los ha echao!

DON ANTONIO.-Los he echao.

PACO.-¿Pero usté solo?

DON ANTONIO.-¡Solo! ¡Solo! ¡Yo solo!

PACO.-¡A los tres!

DON ANTONIO.-¡A los tres!

PACO.-¿Pero cómo?

DON ANTONIO.-Por que era mi obligación. He cumplido con mi deber. Nada más. (Todavía excitado y enardecido por su fiereza, conserva hasta el final una imponente energía, que hace obedecer a todos ciegamente.) ¡Conque esto se ha acabado! ¡A jugar todo el mundo; pronto!

TODOS.- Sí, señor.

(Se ponen a jugar de nuevo.)

DON ANTONIO.-¡Pronto! (A DON MARIANO.) Tú, a darme las diez mil pesetas, ¡inmediatamente!

DON MARIANO.-Pero...

DON ANTONIO.-¡Inmediatamente!

PACO.-Inmediatamente, que se las ha ganao.

(Vase DON MARIANO.)

LEONOR.-¡Papá!...

DON ANTONIO.-¡Tú, a casa con ese!

MARCOS.-Es que...

DON ANTONIO.-A casa con esa. A escape.

(Vanse asustados.)

PACO.-Yo, por mi parte...

DON ANTONIO.-Usté, a dar órdenes de que si vuelven esos canallas se me avise.

PACO.-Sí, señor. (Vase.)

DON ANTONIO.-(Al MOZO.) A ver. Que me sirvan una cena.

MOZO.-Volando.

DON ANTONIO.-Pero una cena para dos.

MOZO.-Sí, señor. (Vase corriendo.)

DON ANTONIO.-Tú, a cenar conmigo.

SOLE.-Pero...

DON ANTONIO.-A cenar conmigo. ¡Fuera todo el mundo! Cerrar ahí.

(Cierran.)

SOLE.-Antonio, eres mi hombre.

DON ANTONIO.-(Dando palmadas.) A ver, que se me sirva una copa de lo más fuerte que haya... Whisky... A ver, ¡un whisky!

TELÓN

Acto III

El mismo sotabanco del acto primero, pero amueblado con enseres nuevos. Todo modesto y limpio. Es de día.

Escena I

Aparece el sotabanco en una leve penumbra. Entra por una ventana que quedó un poco entreabierta una suave claridad. DON ANTONIO, sentado junto a una mesa, duerme de bruces sobre ella. Tiene a su lado una botella de pedrojiménez y otra de coñac y un periódico. Entre los dedos, un puro enorme. Dentro, VOZ DE HOMBRE y MUJER. Luego, LEONOR.

VOZ DE HOMBRE.-(En el patio.) Seña Balbina, dígale usté a Ufrasio que baje si quie venir pa la obra, que son las ocho.

VOZ DE MUJER.-(Ídem.) Dice que eches a andar, que ahora te alcanza.

VOZ DE HOMBRE.-¿Se le han pegao las sábanas?

VOZ DE MUJER.-Con colchones y todo.

VOZ DE HOMBRE.-Pues dígale usté que no corra, que voy en tranvía. ¡Ta lego! (Pausa.)

LEONOR.-(Por la puerta izquierda, vestida con modestia.) ¡Ah, papá durmiendo aquí! Yo creí que no había venido, como otras noches. Pero llegaría al amanecer y se conoce que por no despertarme... (Abre las ventanas. Entra la luz.) ¡Calle, y se ha bebido media botella de coñac!... «Coñac tres cepas...». ¡Tres cepas y él, cuatro! Y otra de Pedro Ximénez. Es lo que más le gusta. ¡Como son tocayos! ¡Y menudo puro!... ¡Pobre papaíto!... Porque él es bueno... Ahora, que desde que se metió en esas casas de juego y de matonerías... Y como alrededor de eso siempre andan mujeres, pues... ¡claro!... Pero él es bueno, sino que a veces los ladrones más buenos tienen que hacer cosas que parecen malos. ¡Lo que él ha sufrido hasta acostumbrarse a parecer malo!

Escena II

Dichos y MARCOS, por la ventana del pasillo.

MARCOS.-Leo.

LEONOR.-(Con tristeza.) Hola, Marcos. ¿Qué, te vas al taller?

MARCOS.-No, porque a las once se retine la Junta del Sindicato pa reformar la base quinta del apartado octavo del Reglamento sexto, y no sabemos qué opinará la Federación de Picadores de Higadillas, que s’han declarao en huelga permanente y quien que vayamos al paro los demás ramos.

LEONOR.-Pues entonces, pasa.

MARCOS.-(Atendiendo.) Oye, ¿ese ronquido a quién pertenece?

LEONOR.-Es de mi papá.

MARCOS.-Me lo había parecida por lo aflautao. (Entra.)

LEONOR.-(Mostrándole a su padre.) Repara.

MARCOS.-(Con desconsuelo.) ¡Dios mío, quien l’ha visto y quien le ve!

LEONOR.-(Llorosa.) ¡Él, que era un padre modelo!

MARCOS.-Como que pa mí no había en este mundo más que dos padres intachables: tu padre y el Padre nuestro... el Padre nuestro que estás en los cielos, porque el mío particular no lo he conocido, por desgracia.

LEONOR.-¿Murió tu padre antes de nacer tú?

MARCOS.-Año y medio antes... (Rectificando vivamente.) Digo, no... mes y medio, ¡que no sé lo que me digo!; porque de ver yo a tu padre en el camino que le veo...

LEONOR.-Ya ves, entregao al Pedro Ximénez, que le marea horriblemente.

MARCOS.-¡Menudo perico está!

LEONOR.-Le hace perder el juicio.

MARCOS.-Pues claro; ¿tú has conocido ningún Perico formal?

LEONOR.-Y fíjate en el puro.

MARCOS.-Un puro como pa fumárselo apoyándolo en una tronera, porque él con los dientes solo no lo sostiene. Naa, la vida de esas malditas casas de juego, que corrompen hasta lo más sano.

LEONOR.-Y lo que yo más siento es esa mujer, la Sole, que le tiene sorbido el seso. ¿Pero cómo se lo habrá sorbido?

MARCOS.-Pues soplando pa dentro. Esas tías son muy ladinas. Y como tu padre ya no es que digamos ningún chavalillo...

LEONOR.-Ni mucho menos.

MARCOS.-Pues ha ido esa individua, le ha jurao un amor eterno pa lo que queda de año, le ha regalao una esclava de deciocho pesetas que le está poniendo verde la muñeca; le ha escrito en un retrato: «Tulla para siempre»; pero tuya con tres eles, y en cuanto a un anciano le cometen esa falta de ortografía, pues que l’ha ciñao. Naa más.

LEONOR.-¿Y qué haríamos con él?

MARCOS.-Pues si hubiese un reformatorio pa ancianos, yo le metía.

LEONOR.-¿Querría entrar en las Reparadoras?

MARCOS.-Él, sí; las que no querrían serían las hermanitas.

LEONOR.-Son madres.

MARCOS.-Peor que peor.

LEONOR.-(Llorando.) ¡Ay Marcos; yo no tengo, después de mi papá, a nadie en el mundo más que a ti!

MARCOS.-Pero no llores, mujer.

LEONOR.-Es preciso que tú me ayudes.

MARCOS.-Que sí, mujer.

LEONOR.-Es preciso que le quitemos de esa mujerota, de la Sole, sea como sea...

MARCOS.-¿Pero cómo?

LEONOR.-Haciendo locuras.

MARCOS.-No, las locuras ya las hace él. ¡Pero en fin, yo te prometo que hoy la echamos a esa tía! Por no verte llorar soy yo, capaz...

LEONOR.-Ya sabes que ella, todas las mañanas, en cuanto yo me voy al taller de sombreros, aprovecha que papá está solo y sube.

MARCOS.-Pues déjate, que hoy la espero yo aquí. Y te juro que hoy la echo a la calle pa siempre, ¡por estas que san cruces!

LEONOR.-¡Ay, gracias, gracias, Marcos de mi vida! ¿La echarás?

MARCOS.-Palabra. Y respetive a tu padre, en cuanto abra los ojos a la luz, le endiño una reprimenda que le quito de beber pa mientras viva. Míalas.

LEONOR.-Calla, que despierta.

MARCOS.-Déjate. (Amenazador.)

DON ANTONIO.-(Se rebulle, despierta, balbucea.) Sole... Sole... tú...

LEONOR.-Soy yo, papá.

DON ANTONIO.-¡Tú, Sole... digo, sola... digo, hija!

LEONOR.-No, estoy con Marcos... (Se pone el velillo para irse.)

DON ANTONIO.-¡Caramba, estaba soñando y!... Hola, Marquitos, hijo; ¿qué tal día hace?

MARCOS.-Despejao; ¿y usté?

DON ANTONIO.-Pues mira, hijo, que me venía esta madrugada a casa, me encontré a dos amigos...

MARCOS.-Sí, ya los veo; don Pedro Domecq y don Pedro Ximénez, y l’han estao a usté mareando, ¿eh?

DON ANTONIO.-¡Pero qué malicioso! Estos amigos me esperaban. Los otros eran de verdad; me han entretenido, llegué tarde y claro...

MARCOS.-Eso de claro...

LEONOR.-Bueno, papá; yo me voy, que es la hora de entrar al obrador. Aquí te quedas con Marcos.

DON ANTONIO.-¿Pero por qué vas a trabajar, hija mía?

LEONOR.-Pero si no aprendo bien a sombrerera, ¿cómo quieres que luego me establezca con el dinerito que tenemos guardao?

(Movimiento de contrariedad en DON ANTONIO, que trata de disimular en seguida.)

MARCOS.-¡Nos vamos a establecer con las diez mil beatas que se ganó usté por sus puñitos, Don Antonio! Tenemos el plan. Nos casamos. Ella pone una sombrerería, yo una estuchería... ¡y cualquiera nos tose, si no se nos acatarran los chavales! ¿Verdad, rica?

LEONOR.-Calla, calla...

DON ANTONIO.-¡Qué Marquitos este!

LEONOR.-Adiós, papaíto. (Le besa.)

DON ANTONIO.-Adiós, vida.

MARCOS.-(Acompañándola hasta la puerta.) Adiós.

LEONOR.-(Aparte.) Si viene esa mujer...

MARCOS.-Que la echo rodando por las escaleras.

LEONOR.-Y el vino.

MARCOS.-No vuelve a probar ni una gota.

LEONOR.-¡Que tengas carácter!

MARCOS.-¡Por estas!

(Vase LEONOR.)

Escena III

DON ANTONIO y MARCOS.

DON ANTONIO.-(Ofreciéndole una copa de vino.) Marquitos, hijo...

MARCOS.-(Muy serio.) Don Antonio, aparte usté.

DON ANTONIO.-Pero, hijo..., ¿es que me desprecias? (Insiste.)

MARCOS.-¿Pero usté no me conoce a mí?

DON ANTONIO.-Pues por eso que te conozco y sé que te gusta lo buena...

MARCOS.-¡Vino yo!

DON ANTONIO.-Pero si no es vino. ¿Dónde tienes los ojos? Es coñac... (Vuelve a ofrecérsela.) Anda, hijo.

MARCOS.-(Secamente.) He dicho que no.

(Se sientan uno frente a otro.)

DON ANTONIO.-Que da uno con tontos. Paciencia. (Se la bebe él.)

MARCOS.-Pero usté, don Antonio, ¿cómo se ha vuelto usté así? Usté, que era la virtú con dos patas. Usté, que era...

DON ANTONIO.-Pues nada, hijo, ya lo ves; el ambiente. Que se hace uno a todo. Aquel día fatal que entré en la casa de Andorra fue mi perdición. La baraja tiene detrás una mujer y a dos dedos una botella... y das de una cosa en otra, como si una mano fatal te empujase.

MARCOS.-¿Pero no vale bastante su hija pa quitarlo de too eso?

DON ANTONIO.-¡No, no me hables de mi hija! Cuando me acuerdo de ella... (Le ofrece otra copa.) parece que quiero borrar con el vino... Anda, bebe, que quiero borrar.

MARCOS.-¡Que yo no bebo, he dicho!

DON ANTONIO.-Hombre, siquiera para que no me lo beba yo solo y me perjudique.

MARCOS.-Si es como obra de misericordia u de longanizanimidaz, bueno. (Bebe y le devuelve la copa.) No, este no me gusta; yo quería del dulce.

DON ANTONIO.-Sí, hijo mío, toma. (Le da otra copa, que se la bebe.) Pero te advierto que este es más estomacal. Pues volviendo a lo de mi hija, te juro, Marquitos, que estoy pasando por ella, solo por ella unos días horrendos.

MARCOS.-¿Pero qué dice usted?

DON ANTONIO.-¡Sí, Marquitos, sí!... ¡Me acecha un peligro de muerte! Acércate, quiero confesártelo todo.

(Tembloroso y dando al momento gran interés, sirve dos copas de vino, ofrece una a MARCOS y aproxima su silla a la del interlocutor.)

MARCOS.-(Se sienta. Bebe.) No, yo quería del estomacal.

DON ANTONIO.-(Le sirve otra, que MARCOS bebe.) Pues oye lo que me pasa y atérrate. Procedente del penal de Ocaña ha llegado hace unos días a Madrid un matón, ¡pero qué matón! ¡El terror de los garitos de Málaga!... Le llaman el Quemarropa porque es el campeón del disparo a diez centímetros.

MARCOS.-¡Qué bruto!...

DON ANTONIO.-Te pega un tiro y te estropea la piel y el terno.

MARCOS.-¡Mi agüela!

DON ANTONIO.-Bueno; pues ha venido, ha preguntao que quién era en la actualidad el valiente de moda en Madrid, le han dicho que yo, y me anda buscando hace dos días para cortarme una oreja y mandarla en un estuche a la casa de Andorra, ¡lugar de mis triunfos! ¡Calcula!

MARCOS.-¡Mi santa madre! Bueno, beba usté, que está usté muy tembloroso, don Antonio.

(Sirve dos copas y se las beben.)

DON ANTONIO.-Ahora comprenderás por qué tengo unas ojeras que me llegan al bolsillo del chaleco.

MARCOS.-¡Ya lo creo!... ¡Porque me figuro que será un tío!...

DON ANTONIO.-¡Espantable! Tiene una cara, que le ves y no se te olvida. Chato, con un cerquillo, que le llega casi hasta las orejas, labios gruesos, un lunar de pelo.

MARCOS.-¡Una cara como pa cortar un estornudo!

DON ANTONIO.-Peor. La otra tarde lo vi en el tranvía Delicias-Pacífico pues iba en la plataforma delantera, dándose de bofetadas con doce pasajeros y una autoridad; todos los que caben. Excuso decirte que me tiré del estribo al suelo con la celeridad del rayo. Y como sé que me busca la oreja, porque soy su obsesión, yo no voy a ninguna parte, yo no salgo más que de noche, yo me veo, ¡y esto es lo más triste!... privado de ir a buscar a la Sole..., ¡a la Sole!, que es para mí, ¿cómo te diría yo?, como el aire para el pez, como el agua para el ave, como el...

MARCOS.-Amos, Don Antonio, por Dios no se ponga usté baba que precisamente a ese punto quería yo que llegásemos...

DON ANTONIO.-¿A qué punto?

MARCOS.-(Severamente.) Al de esa... señora. ¡Don Antonio, es preciso que deje usté a esa mujer pa siempre!

DON ANTONIO.-¿Yo?... ¿Qué dices?... ¿Dejarla?... ¡Ah, no, Marquitos, eso sí que no!... ¡Dejarla! Cuando la he querido tanto, tanto... que te voy a hacer una confidencia. ¿Te acuerdas, Marquitos, de las diez mil pesetas que me dieron en la casa de Andorra, y que yo guardaba para vuestra boda?

MARCOS.-(Con ansiedad.) Sí, señor; ¿qué?

DON ANTONIO.-Pues que era tan grande nuestro amor que en la luna de miel nos hemos gastao un poquito, y de las diez mil pesetas ya no me quedan más que...

MARCOS.-(Aterrado.) ¿Cuánto?

DON ANTONIO.-No me quedan más que...

MARCOS.-¿Ocho mil?

DON ANTONIO.-(Avergonzado.) Menos.

MARCOS.-¿Seis mil?

DON ANTONIO.-(Bajando la cabeza.) ¡Diecinueve reales!

MARCOS.-¡Mi agüela!

DON ANTONIO.-Dame del estomacal.

MARCOS.-¡Que se lo dé a usté la Rita! (Se levanta indignado.)

DON ANTONIO.-¡Marcos!

MARCOS.-(En el colmo de la indignación.) ¿Pero qué ha hecho usté, hombre de Dios, qué ha hecho usté?

DON ANTONIO.-Pues ya te lo he dicho: darle todo el dinero a esa mujer.

MARCOS.-¿Pero cómo?...

DON ANTONIO.-En veces.

MARCOS.-¿Pero cómo ha hecho usté esa brutalidaz olvidándose de su hija, que es su hija, y de mí, que soy un allegao?

DON ANTONIO.-Es que me las ha extraído, de una manera tan dulce... Porque si tú la oyeses, Marcos, te cautivaba, te seducía, te...

MARCOS.-¿A mí?

DON ANTONIO.-¡A ti!... ¡Ah, tú no la conoces! Su voz es tan persuasiva, tan cautivadora... Y su mirada penetra en tu corazón como el sol a través...

MARCOS.-¡En cuanto venga la echo!

DON ANTONIO.-¡Ah, no! No podrás.

MARCOS.-¿Que no podré?... En cuanto...

(Llaman a la puerta con un fuerte repiqueteo.)

DON ANTONIO.-(Embelesado.) ¡Calla!...

MARCOS.-¿Quién?

DON ANTONIO.-¡Ella! Su argentino repique.

MARCOS.-Va a la calle.

DON ANTONIO.-¡No podrás echarla, no! Ocúltate, óyela y comprenderás mi locura.

MARCOS.-Pues hombre, ni que fuese una sirena.

DON ANTONIO.-Entra, espera y calcula.

(MARCOS entra en el cuarto izquierda.)

Escena IV

DON ANTONIO y SOLE.

SOLE.-(En traje de mañana, con abrigo y velo.) Hola, vidita, ¿estás solo?

DON ANTONIO.-Solo, cielo; pasa.

SOLE.-Pero ¿qué tienes tú, gloria?

DON ANTONIO.-¿Por qué, cariño?

SOLE.-Paece que te encuentro con ojeritas.

DON ANTONIO.-Que he dormido mal.

SOLE.-Que no te di yo las buenas noches. ¡Que no puedes vivir sin tu moracha!... ¿A que no?

DON ANTONIO.-¡No, locura inabarcable, no! (La abraza.)

SOLE.-Por supuesto, que no haces más que corresponder. Anoche, mira, no podía yo dormirme pensando en lo mismo... ¡Mi Antoñín, mi Antoñín!...

DON ANTONIO.-(A MARCOS, que se asoma.) ¿Lo oyes?

SOLE.-¿Qué?

DON ANTONIO.-No, que te oigo embelesado.

SOLE.-¡Amos, que si me dicen a mí que iba a encontrar a estas horas al hombre que me ha quitao el sueño!...

DON ANTONIO.-¿Pero es de veras que me quieres?

SOLE.-¿No lo ves? Te juro que cuando estoy en la sala de juego y entras tú y dicen las mujeres: «Ese es el tío más valiente de Madriz»; amos, es que me se ensancha el alma y me digo: «¡Ese valiente es mío! Le hago yo dos caricias a ese tigre, y un borreguito».

DON ANTONIO.-Oye, encanto, búscame otro animal comparativo... Eso de borrego no me hace, la verdad.

SOLE.-Y a más que el mío es un cariño sin interés. Eso ya lo sabes. ¿Porque qué m’has dao tú pa como está todo? Tres porquerías y en pizcas. ¿Y no he dejao yo por ti a don Tomás el de Arganda, que me quería alquilar un entresuelo en Príncipe de Vergara? ¿Entonces...? Bueno, y a propósito. Oye, gloria, que ayer me trajeron la faztura de los tres sombreros..., ¿qué te queda de las diez mil pesetas?

DON ANTONIO.-(Volviéndose de espaldas a MARCOS, que le mira.) ¡Pero enormidad de mi vida, si ya te he dicho que las he liquidado!

SOLE.-¿Pero es de veras?...

DON ANTONIO.-Te juro que de ese dinero no me resta una gorda..., ¡no siendo tú!

SOLE.-Bueno, no le hace. ¿Te lo has gastao? Bien está. Tuyo era y pa los tuyos.

DON ANTONIO.-(Asombrado.) ¡Pero si te lo he dao a ti todo!

SOLE.-¡Amos, guasón!... Pero en fin, no discutamos eso. ¿No tienes dinero? Pues hoy te quiero más que nunca.

DON ANTONIO.-¡Sole!

SOLE.-¿Qué vale el dinero, ande hay un querer verdá?

DON ANTONIO.-(A MARCOS.) ¿Oyes?

SOLE.-Ahora que yo, Antonio, y esto más es por tu hija que por mí, creo, ya que te has vuelto a quedar sin naa, que debías hacer algo pa ganarte otros miles de pesetas; ties la ocasión que ni pintada.

DON ANTONIO.-¿Qué ocasión?

SOLE.-La que yo te traigo. Verás. Anoche me decía a mí Paco el Maluenda: «¡Pero, señor, qué raro lo de don Antonio, no querer volver por aquí!». Y como sabe lo nuestro, me cogió en un pasillo y me dijo: «Mira, Sole; dile a don Antonio que vuelva, que como saben que no viene, me s’ha colao otro matón en la casa: el Quemarropa».

DON ANTONIO.-(Aparte.) ¡Mi madre!

SOLE.-«Que venga, que le dé dos punteras, que me lo eche a la calle y os ganáis otras diez mil pesetas». ¡Figúrate!...

DON ANTONIO.-Sí, pero uno ya está viejo, y mi hija...

SOLE.-¿Pero es que vas a cerdear ahora? ¡No lo querrá Dios!

DON ANTONIO.-No, no es eso. Sole, pero...

SOLE.-Mia que ese tío dicen que viene a quitarte el cartel.

DON ANTONIO.-A mí, con que me deje un programa de mano...

SOLE.-A más, vaya, quiero que lo sepas, que anoche mismo dijo en la casa de Andorra que te iba a cortar una oreja pa regalársela a los grupiés; y yo, como una te quiere, pues salté y le dije, digo: Oiga usté, iluso: don Antonio Jiménez el Modoso, me ha ofrecido a mí las narices de usté pa un dije. Vaya usté y le tomará el tamaño. Vive Costanilla de Cabestreros, dieciocho, cuarto.

DON ANTONIO.-(Indignado.) ¿Y tú por qué le has dao las señas?

SOLE.-Hombre, a un tío tan charrán, ¿qué iba a hacer?...

DON ANTONIO.-¡Sí, pero en mi casa!... Porque viene y...

SOLE.-(Muy melosa.) ¡Pégale, gloria!... Anda, dale dos azotes. Es tu cartel: son diez mil pesetas más, que podemos disfrutarlas los dos... ¡Hazlo por tu hija siquiera! Anda con él..., y podremos hacer aquel viajecito los dos solos...

DON ANTONIO.-Pero y si me da una puñalada...

SOLE.-¿Y te asusta a ti eso?... ¡Ja, jay!... Anda, gloria, le rompes la cabeza naa más..., ¿quieres?

DON ANTONIO.-Pero si es que...

SOLE.-¡Que son dos mil duros, cielo!...

MARCOS.-(Aparte.) ¡Qué fiera! Hipotecar la vida de un hombre... ¡Yo salgo y la echo!

Escena V

Dichos y MARCOS.

MARCOS.-(Saliendo.) Buenos días.

SOLE.-(Asombrada.) ¡Anda, pero no estabas solo!

DON ANTONIO.-No, estaba este joven ahí, barnizando una silla.

MARCOS.-Servidor.

DON ANTONIO.-Es el novio de la nena.

SOLE.-¡Ah! ¿Este joven tan simpático es el novio de su hija de usted?

MARCOS.-Pa servirla.

SOLE.-Caramba, pues van ustés a hacer una parejita súper.

MARCOS.-Regular.

SOLE.-Súper. No rebajo naa. Porque la chiquilla es monísima.

DON ANTONIO.-Mi retrato.

SOLE.-Pero usté..., ¡usté es un mocito pero que muy apañao!

MARCOS.-Señora...

SOLE.-Diga usté, joven, y dispense la pregunta, ¿el rizao del pelo es natural?

MARCOS.-Que me levanto, hago así con la mano naa más y ya ve usté cómo me se queda.

SOLE.-Una preciosidad.

DON ANTONIO.-Ensortijillao.

SOLE.-Pero vamos, que no dice usté que es un obrero, y por el tipo..., ¡cuántos señoritos quisieran!...

MARCOS.-Eso sí; ve usté que está feo que uno lo diga, pero ya me ha dicho bastante gente...

SOLE.-En fin, que no sale perdiendo naa su novia.

MARCOS.-Usté que es muy amable.

SOLE.-¿Amable?... No tie usté más que mirarse al espejo...: figura, simpatía, buen porte..., amos, que si yo me casase con usté...

MARCOS.-¡Por Dios!... (Sonriendo.)

SOLE.-¡Que no iba a estar tranquila, palabra!

MARCOS.-No, eso sí, porque uno tie su miaja de partido, pero vamos...

SOLE.-¡Qué pelo! ¡Estoy enamorá!

MARCOS.-Pues si tanto le gusta...

SOLE.-No me lo ofrezca usté, que se lo tomo.

DON ANTONIO.-No insistas, que te toma el pelo.

MARCOS.-Pues ande usté... Con que me deje usté el necesario pa que me conozcan en casa...

DON ANTONIO.-(Aparte.) ¡Lo ha fascinao!

SOLE.-Pero en fin, basta de bromas y a lo que venía... ¿No le sería a usté posible, don Antonio, aquí, con permiso del joven, darme siquiera pa pagar el recibo de la luz, que sube a cincuenta pesetas y han venío ya tres veces?

DON ANTONIO.-Pero, hija, si ya te he dicho que no dispongo...

SOLE.-Por Dios, Antonio, que han dicho que me la cortan. Son cincuenta pesetas naa más, y por esa porquería, joven, me va a pasar lo que no l’ha pasao a nadie: verse a oscuras.

MARCOS.-Sí que sería raro.

SOLE.-Rebaña a ver, hombre...

(MARCOS, instintivamente, se registra el chaleco.)

DON ANTONIO.-(Contando lo que ha sacado del bolsillo.) Nada, que no me quedan más que siete duros...

SOLE.-¡Pero, Dios mío, qué afrenta!... ¡Y por tres cochinos duros! ¿No podrían ustedes, aunque fuese entre los dos...?

MARCOS.-(Rebañando su bolsillo.) Calle usté a ver si yo... Yo no tengo más que doce pesetas treinta y cinco céntimas..., ¿si sirven?

SOLE.-¡Ay, cómo no!... ¡Pero que me habéis salvao! Siete tuyos y aquí lo del pollo... Pero por supuesto, en calidá de devolución, que coste.

MARCOS.-¡Señora, por Dios!...

SOLE.-¡Que si no no lo tomo!...

Escena VI

Dichos y LEONOR, por el foro.

LEONOR.-(Apareciendo en la puerta, la cual ha abierto con la llave que se guarda.) Buenos días.

DON ANTONIO.-¡La niña!

MARCOS.-¡La Leo!

SOLE.-¡Atiza! (Todo casi simultáneo.)

LEONOR.-Señora.

SOLE.-¿Qué pasa?

LEONOR.-Haga usté el favor de salir por esa puerta.

DON ANTONIO.-¡Hija mía!

LEONOR.-Haga usté el favor de salir por esa puerta.

SOLE.-¿Eso es echarme?

LEONOR.-Eso es decirle en pocas palabras que en la casa donde yo viva con mi padre no puede usté entrar.

SOLE.-No veo claro...

LEONOR.-Me choca, después que le han pagado a usté la luz por suscripción.

MARCOS.-(Aparte.) ¡Lo ha visto!

SOLE.-¿Estás oyendo?

DON ANTONIO.-Hija...

LEONOR.-Y si mi novio tiene el pelo rizado y a usté le gusta, paciencia; que ya se lo alisaré yo cuando pueda, para poder vivir tranquila.

SOLE.-¡Ah! Pero ¿has estado de oyenta?

LEONOR.-Saliendo un poco a la derecha está la escalera. (Abre la puerta.)

SOLE.-¡Qué fina! ¿Te has educao en las damas negras?

LEONOR.-Más vale educarse en las negras que en las verdes.

MARCOS.-¡Arrea!

DON ANTONIO.-¡No hagas caso, que es una chica!

SOLE.-Pues guárdala en alcohol... ¡El demonio del feto!... ¡De verano! (Vase airada.)

Escena VII

LEONOR, DON ANTONIO y MARCOS.

LEONOR.-(A MARCOS, que baja la cabeza avergonzado.) ¿Y eras tú el que ibas a echarla rodando, escaleras abajo?

MARCOS.-Leo...

LEONOR.-Porque si no llego yo a pedir permiso en el obrador y vuelvo, la veo rodando, pero escaleras arriba.

MARCOS.-Yo comprendo que está mal, pero me ha dicho cuatro piropos y...

LEONOR.-(Con desprecio.) ¡Y a eso le llaman el sexo fuerte..., y pagan los piropos a tres pesetas!...

MARCOS.-(Suplicante.) Leo...

LEONOR.-¡Quítate de mi vista! ¿Y eras tú el que decías que se iba a acabar el vino?

DON ANTONIO.-No, eso sí, el vino se ha acabado, gracias a él.

MARCOS.-¿Lo estás oyendo?

LEONOR.-Y respecto a ti, papaíto, parece mentira que...

Escena VIII

Dichos y ROMUALDA, por el foro.

ROMUALDA.-(Una criadita muy humilde.) ¿Se puede?

DON ANTONIO.-Anda, la Romualda...

MARCOS.-La miss del chico del portero.

LEONOR.-Pasa, pasa.

DON ANTONIO.-¿Qué te ocurre?

ROMUALDA.-Pos naa, que m’ha dicho el señor Társilo que anduviese y subiese y les dijese a ustés, que hay abajo un señor mu mal encarao, que lleva dos horas rondando por delante la casa, y que al remate s’arrimao, ha preguntao por usté y está empeñao que si no sube que no se va...

DON ANTONIO.-¡Cielos!...

LEONOR.-¿Y quién es?

ROMUALDA.-No sé; él ha dicho que se llama como eso que hacen las planchadoras...

LEONOR.-¡Las planchadoras!...

ROMUALDA.-¡Ah, ya sé..., el quema la ropa!

DON ANTONIO.-¿Lo oyes?

MARCOS.-¡Ese tío!...

LEONOR.-¡Ah! ¿El matón ese tan tremendo que me contaste?

DON ANTONIO.-El mismo... Que viene por la oreja.

ROMUALDA.-Yo no sé por lo que vendrá; pero le ha dicho al señor Társilo que o le dejan subir pa decirle a usté dos cosas al oído...

DON ANTONIO.-¿Lo estás oyendo?... ¡Al oído!

ROMUALDA.-U que le pongan abajo una cama, porque él no se mueve.

MARCOS.-¡Qué ferocidad!

ROMUALDA.-Y m’ha dicho el señor Társilo que anduviese y subiese y les dijese a ustés, si le deja subir u le pone la cama.

DON ANTONIO.-Bueno; ese tío viene con las negras. ¿Qué hago yo?

LEONOR.-¿Pues qué vas a hacer?... Decirle que suba y contarle la verdad; que tú eres un infeliz, que no has sido valiente en tu vida...

DON ANTONIO.-No, eso no; porque se va a la casa de Andorra, lo cuenta, se enteran de que he sido un farsante, viene Maluenda, me pide las diez mil pesetas y...

LEONOR.-Sí, tienes razón. ¿Y qué haríamos?...

MARCOS.-Verdaderamente es un peligro...

ROMUALDA.-¿Qué le digo?

DON ANTONIO.-Aguarda, mujer. Hija mía, si se te ocurriera algo para alejar a ese tío..., porque mi vida está en peligro...

LEONOR.-¡Ah, calla!... ¡Sí!... ¡Ya está! Una idea feliz.

DON ANTONIO.-¿Qué idea?

LEONOR.-Veréis qué bien. Dentro de cinco minutos sale volando. Anda, Romualda, dile a ese señor que suba.

LOS DOS.-¿Cómo que suba?

LEONOR.-Sí, que suba en seguida; anda, anda.

ROMUALDA.-Voy, voy. (Vase por el foro.)

DON ANTONIO.-Pero hija mía, ¿tú sabes que ese bestia...?

LEONOR.-Te he salvado, ya verás. Lo mato del susto. Vosotros meteros aquí, en este cuarto. Quítate la americana, papá.

MARCOS.-¿Pero qué maquinas?

LEONOR.-Silencio... Venga la americana. Voy a poner en ella... (Mete en los bolsillos algo que no debe verse.) Ahora os encerráis ahí, y cuando oigáis que doy así con la mano en la mesa, empezáis como a reñir; golpes, ayes, gritos de pelea, y en seguida, dos tiros..., y atentos a lo que yo diga, que con la palabra os indicaré lo que hay que seguir haciendo.

(Llaman a la puerta.)

LOS TRES.-(Al mismo tiempo.) ¡Él!...

LEONOR.-Pronto, silencio y lo que he dicho. Adentro.

DON ANTONIO.-Descuida.

MARCOS.-Yo estaré atento.

(Los encierra.)

Escena IX

LEONOR y el QUEMARROPA, por el foro.

QUEMARROPA.- (Es el tipo de matón descrito por DON ANTONIO. Habla con acento andaluz.) Mu güeno día.

LEONOR.-(Muy cariñosa y haciéndose la tonta, actitud en que continúa toda la escena.) Muy buenos. ¿Qué deseaba usted?

QUEMARROPA.- Er zeñó don Antonio Jimene er Modozo, ¿mora en esta vivienda, u por mejó decí, vive en esta morada?

LEONOR.-Sí, señor, aquí vive; pase usté adelante.

QUEMARROPA.- ¿Y tendría usté la bondá de desirme si se halla en eya, u por mejó desí, si está en casa?

LEONOR.-Sí, señor, está. Y en seguida sale. Siéntese usté. ¿Y quién le digo que le busca?

QUEMARROPA.- (Aparte.) ¡Se muere der susto! Nadie... Er señó Vitoriano Molina, er Quemarropa.

LEONOR.-(Mostrando una gran alegría.) ¡Huy!... ¡Usté el Quemarropa!... ¡Huy, qué alegría va a tener mi papá!

QUEMARROPA.- ¿Alegría?

LEONOR.-Sí, señor. ¡El Quemarropa en casa! Si aquí hace una semana que no hablamos de otra cosa. Desde que le dijeron a mi papá que había usté dicho no sé qué en la casa de Andorra, que le anda a usté buscando por todas partes.

QUEMARROPA.- ¿Él a mí? ¿Estaz zegura?

LEONOR.-Anda, como que le ha escrito a usté cinco o seis cartas, citándolo.

QUEMARROPA.- Puez no las he recibío. ¿Y qué me quiere, si no es curiozidá?

LEONOR.-Yo no sé lo que he oído decir de una oreja... El caso es que cada vez que habla de usté, saca una navaja que tiene que corta mucho, y prueba así el filo con la uña, como hacen los barberos, y además ha encargado un estuche.

QUEMARROPA.- ¡Josú! ¡Qué coincidencia!

LEONOR.-¡Ay, en cuanto le diga que está usté aquí, qué alegría va a tener! Porque esta mañana, ya desesperao de dar con usté, y creyendo que se había usté vuelto a Málaga, ha sacao un kilométrico para ir a buscarle.

QUEMARROPA.- ¡Un kilométrico!

LEONOR.-Sí, señor; verá usté, aquí en la americana creo que lo tiene. (Coge la americana, busca por los bolsillos y empieza a sacar de ellos navajas y pistolas, que tira ruidosamente sobre la mesa.)

QUEMARROPA.- ¡Caray, va pertrechao!

LEONOR.-Pos en el traje nuevo tiene más. Pero no lo encuentro. Se conoce que lo lleva encima. Ya se lo enseñará él a usté cuando salga.

(Se sienta y con la mano golpea en la mesa. De pronto se oye un golpe seco, que inquieta al QUEMARROPA; luego, voces de disputa, dos o tres estacazos y ayes.)

QUEMARROPA.- ¿Qué paza ahí que...?

LEONOR.-(Riendo y con cara de boba.) Es mi papá...

QUEMARROPA.- Pero...

LEONOR.-Que le está pegando a un señor.

QUEMARROPA.- Güeno, pero...

LEONOR.-Y todos los días lo mismo. ¡Se entretiene en unas cosas! Ayer fue una risa; metió a uno en ese cuarto, y a los cinco minutos salía el pobre hombre con todas las muelas en un papelito.

QUEMARROPA.- ¿Pero toas?

LEONOR.-Sí. señor; las llevaba en un cucuruchito, como si se hubiera comprao piñones. ¡Me dio una risa!

QUEMARROPA.- ¿Pero tú no ties mieo?

LEONOR.-¡Anda, miedo!... ¡Pues si a veces tiran hasta tiros!

QUEMARROPA.- ¡Mi mare!

LEONOR.-Anteayer, sin ir más lejos, dio una bala en esa silla donde está usté sentado.

QUEMARROPA.- Oye, niña... (Se levanta de un salto.)

LEONOR.-Y el otro día estaba yo haciendo jersey, y una bala se me llevó media aguja. ¡Me dio una risa!

QUEMARROPA.- (Azorado y nervioso.) Bueno, niña; como veo que tu papaíto..., voy a ver zi tenga una tarjeta... (Busca en el bolsillo.)

LEONOR.-No, espere usté, si sale en seguida. Los despacha en un vuelo.

(Suenan dos tiros, ayes, gritos, estacazos.)

¿Ve usté?, ya está acabando. ¡En seguida pasa usté!

QUEMARROPA.- ¡Un cuerno!...

(De pronto sale DON ANTONIO demudado, trémulo, lívido, con la ropa en desorden.)

DON ANTONIO.-¡Despachao! (A su hija.) Ya está. Avisa a la Casa de Socorro. Creo que le he estrangulado.

(Se oyen dentro del cuarto lamentos largos y débiles.)

LEONOR.-Voy en seguida.

DON ANTONIO.-Aún no ha muerto. (Al QUEMARROPA.) Usté dirá qué se le ofrece. A su disposición.

QUEMARROPA.- Zí, güeno; pero como, veo que está osté ahora mu ocupao... Gorveré.

DON ANTONIO.-No, diga usté, si a mí estas cosas...

QUEMARROPA.- No, zeñó; gorveré en otra ocazión, no me gusta molestá, y veo que... Con Dio (Sale disparado.)

LEONOR.-No le dejes ir, papá, que es el Quemarropa...

DON ANTONIO.-(Gritando.) ¡Eh..., venga usté aquí, granuja, bocón, embustero!... ¡Va como alma que lleva el diablo!...

LEONOR.-¡Lo veis!

DON ANTONIO.-¡Gracias, hija mía!... ¡Gracias!...

MARCOS.-(Sale riéndose.) Bueno, tú te pones a hacer películas y te ríes de la Musicidora. ¡Qué susto lleva el gachó!

DON ANTONIO.-¡Y estos son los matones..., los valientes! ¡Cuánto timo hay en la vida! ¡En fin, hija mía, a pelear otra vez con la miseria!

LEONOR.-No, con la miseria, no, porque ahora ya sé yo hacer algo útil, sé hacer sombreros, y con las diez mil pesetas que tenemos...

DON ANTONIO.-No, hija mía, no..., ¡no te hagas ilusiones!

LEONOR.-¿Cómo que no me haga ilusiones?

MARCOS.-Sí, porque las diez mil pesetas, volaverum... Se lo digo en francés pa que no la haga tan mal efezto.

LEONOR.-¿Pero qué decís?...

DON ANTONIO.-Sí, hija mía, la verdad, perdóname. Me las he gastado con... con...

LEONOR.-Me lo figuraba. ¡Vayan con Dios!... Dinero de vicio y de infamia, ¿qué cosa útil podía hacer?... Trabajaremos.

MARCOS.-Y tan ricamente. Cuatro de tu jornal y diez del mío..., ¡y a vivir, tropa! Y vayan con Dios los sobresaltos, que bien poco provecho hemos sacao de ellos.

DON ANTONIO.-Eso no, hijo mío. De todas las cosas, aun de las más humildes, se puede sacar un poco de provecho.

MARCOS.-Sí, pero de esta...

DON ANTONIO.-Pues esta te ha enseñado que no hay en el mundo farsa más grande que la del valor. Cuando los hombres tienen que salvar la vida y la honra de los suyos, todos son valientes, porque el valor es el cumplimiento del deber... ¡Todo lo demás, ya lo has visto, farsas! Tú habrás oído hablar del Cid, de Roldán, de Napoleón... ¡pchs, nada!... Para valiente, un tío con ocho hijos que no sepa cómo darlos de comer y no quiera robar y no tenga más alimento que agua del Lozoya...

MARCOS.-¡Digo y como viene ahora!...

DON ANTONIO.-¡Ese, ese es un valiente! (Al público.) Y aquí termina esta grotesca tragedia en la que se ha pretendido deciros la verdad del valor de los hombres. Perdonad si el que la compuso no logró su propósito.

(Telón.)

FIN DE ES MI HOMBRE