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Jerez, Conquista del Perú, (Historiadores primitivos de Indias, tomo 2.º en la Biblioteca de Rivadeneira). (N. del A.)

 

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Un viajero contemporáneo, Mr. Marcoy, rectifica de la manera siguiente la descripción de Humboldt: «El camino militar de los Incas, principiado del lado de Quito solamente, no lo fue jamás del lado del Cuzco, donde, sobre la fe del sabio Humboldt, que le da más de setecientas leguas de longitud, lo hemos buscado en vano durante años enteros. La extensión, medida desde Quito hasta más allá de Cajamarca, donde se encuentra inconclusa, puede tener de ciento noventa y cinco a doscientas leguas. Esta ruta, que, según las narraciones siempre exageradas de los historiadores y las monótonas repeticiones de algunos viajeros, se ha tenido hasta hoy día por una inmensa calzada embaldosada de granito y guarnecida de parapetos en toda su longitud, no es más que una obra de la naturaleza, en la cual, de distancia en distancia, asoma la mano del hombre y su trabajo. Por un trayecto de una o dos leguas que se encuentra limitado por enormes piedras, hay espacios de siete a ocho leguas donde no se encuentra señal alguna del camino. Cerca de los lugares habitados, en el Azuay, en las alturas de Cuenca y principalmente cerca de Cajamarca, el camino está trabajado con más cuidado que en los parajes desiertos de la cordillera. En algunos puntos, desde donde la vista alcanza a descubrir un vasto horizonte, se ven peñascos monolitos tallados en gradas, que servían evidentemente de asientos; en fin, a largos trechos, se muestran lienzos de paredes desplomadas, ruinas de Tampus y de fortalezas. El trabajo de este camino, interrumpido a la muerte de Huayna-Cápac, no volvió a ser continuado jamás» (Voyage a travers l'Amerique du Sud de l'Ocean pacifique a l'Ocean atlantique, Quatrieme étape).

Notables divergencias hay entre historiadores y viajeros acerca del Camino de los Incas. Cieza de León halló restos de él mucho más allá de Quito hacia el Norte; el Sr. D. Benjamín Vicuña Mackenna en su Historia de Santiago asegura que en territorio de Chile existen huellas de este camino. Caldas observó las que nosotros hemos visto entre Nabón y Oña; sin embargo, no por esto nos parecen menos exactas varias de las observaciones de Mr. Marcoy. (N. del A.)

 

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Arriaga, Extirpación de la idolatría del Perú, cap. 2.º. (N. del A.)

 

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Arriaga, Extirpación de la idolatría del Perú, cap. 2.º. (N. del A.)

 

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Cieza de León, Crónica del Perú (Primera parte. En la Biblioteca de Autores españoles de Ribadeneira: tomo segundo de los Historiadores primitivos de Indias).

Hamy, Décadas americanas (Década tercera, número XVIII, París, 1898). En francés.

El cronista Cieza de León hace notar que los indios Guancavilcas, habitantes de la provincia de Guayaquil, se sacaban los dientes, en virtud de una práctica supersticiosa, por sacrificio y antigua costumbre, como dice el cronista; he aquí sus palabras: «Solían (según dicen), sacarse tres dientes de lo superior de la boca y otros tres de lo inferior, como en lo de atrás apunté, y sacaban de estos dientes los padres a los hijos cuando eran de muy tierna edad, y creían que en hacerlo no cometían maldad, antes lo tenían por servicio grato y muy apacible a sus dioses». No todos los Guancavilcas tenían esta costumbre, sino tan sólo una tribu, la cual, por eso, se apellidaba de los desdentados.

Dos prácticas encontramos, pues, en las tribus indígenas de la costa: la de sacarse los dientes, y la de taladrarse o excavarse, mejor dicho, los caninos y los incisivos, para acomodar en esos huecos laminitas de oro; y ambas prácticas dan motivo para sospechar que además de los aborígenes de la Puná, había en la costa ecuatoriana algunas otras tribus procedentes del tronco etnográfico de los Mayas y Quichés. Como el suelo de la costa es muy húmedo, nos parece muy difícil que se encuentren cráneos enteros, principalmente en la provincia del Guayas; no obstante, desearíamos que se practicaran excavaciones, inquiriendo con cuidado las sepulturas de los aborígenes, pues éstos para enterramiento de sus difuntos buscaban de propósito y escogían lugares secos, y cavaban hoyos muy profundos; el estudio de la craneología aclararía indudablemente algunos puntos, ahora muy oscuros de la prehistoria ecuatoriana. (N. del A.)

 

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Esta laguna, como lo decimos en el texto, se halla en la cordillera oriental sobre el pueblo de Sigsig, y es seguramente la que ahora se conoce con el nombre de Laguna de Ayllón. Este apellido de Ayllón viene de un cierto hidalgo español, el cual se ahogó ahí, estando buscando oro, según una tradición o conseja tradicional de la gente indígena de aquella comarca; el nombre que tenía antiguamente en la lengua de los Cañaris era el de Leoquina. ¿Qué quiere decir este nombre? ¿Cuál podía ser la genuina escritura y pronunciación de esta palabra?

Insistimos en nuestra opinión de que los primitivos Cañaris eran procedentes del tronco etnográfico de los Quichés de Guatemala; y así, por medio de la lengua quiché, interpretamos aquella palabra del modo siguiente:

Leoquina: puede ser Lae-oquizah, que significa «ahí se introdujo». Lae, adverbio de lugar, ahí, allí debajo; oquizah, verbo, que equivale a meter, introducir. Laeoquizah es, pues, lo mismo que Leoquina, pronunciada la palabra con aquella eufonía medio nasal, medio dental, de los indígenas del Azuay, y oída por los castellanos y escrita por ellos a la castellana.

Véase a Brasseur de Bourbourg, Gramática de la lengua quiché y Diccionario quiché. Castellano, París, 1862.

Descripciones geográficas de Indias, Perú, Tomo III (Descripción de la provincia de Cuenca, hecha el año de 1582. Madrid, 1897). En la descripción del pueblo de Paute se habla de las guerras que los Cañaris tenían antiguamente con los Jíbaros, lo cual es una prueba convincente de nuestra conjetura a este respecto.

Poseemos, además, un manuscrito antiguo, titulado Instrucción para descubrir todas las guacas del Pirú y sus camayos y haciendas; su autor es Cristóbal de Albornoz, eclesiástico de la Diócesis del Cuzco; no tiene fecha, pero, por la condición del papel y por el carácter de la letra, se redactó indudablemente a fines del siglo décimo sexto. Este autor distingue a los Cañaris en dos grupos, con los nombres de Hurinsuyos y Hanansuyos, o lo que es lo mismo Cañaris del norte y Cañaris del sur (los de arriba, los de abajo). (N. del A.)

 

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Molina, Relación de las fábulas y ritos de los indios Ingas. (Cristóbal de Molina era cura de la parroquia de Nuestra Señora de los Remedios en el Obispado del Cuzco; su relación fue redactada para don Sebastián de Lartaún, tercer Obispo de esa ciudad, el cual entró a gobernar aquella Diócesis en 1573, y la gobernó hasta 1583). La obra de Molina fue publicada en inglés, mediante la traducción que de ella hizo el célebre peruanólogo Markham, y forma parte de la gran colección dada a luz por la Sociedad Hakluyt. (N. del A.)

 

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Aunque se han hecho ya algunas publicaciones acerca de la arqueología de Nicaragua, de Costa Rica y de Guatemala, con todo, podemos asegurar que todavía no ha avanzado mucho la prehistoria centroamericana, la cual, andando el tiempo, llegará a ser indudablemente de trascendental importancia para el conocimiento de las antiguas razas americanas. Nos aprovecharemos de esta ocasión para hacer una reflexión en defensa de nuestra Historia general de la República del Ecuador; tratando de las tribus antiguas, dijimos, en nuestro tomo primero y lo repetimos en nuestro atlas arqueológico, que las parcialidades indígenas que habitaban en la costa de Manabí, pertenecían a la raza maya; que los Cañaris procedían de la raza quiché, y que los Quitos eran oriundos de la raza caribe; se nos objetó que los Cañaris y los indios de Manta y de la Puná y los Quitos traían su origen de un solo tronco etnográfico, y que éste era el maya-quiché; y así en el territorio ecuatoriano no había más que mayas-quichés y no caribes.

En cuanto a los Cañaris y a los de Manta y de la Puná, no tenemos dificultad ninguna para admitir que pertenecían al tronco maya-quiché; en cuanto a los Quitos, confesamos que los argumentos que se han opuesto a nuestra conjetura no desvirtúan, en nuestro juicio, las razones en que la apoyamos. Repertorio salvadoreño (Tomo VIII, Número primero, San Salvador, 1893). El artículo es del señor Barberena. Las lenguas Maya y Quiché pertenecen a un mismo tronco lingüístico, y proceden de un mismo origen etnográfico; si nuestra conjetura sobre el origen de los Cañaris no es equivocada, claro es que entre la lengua que hablaban éstos y la que hablaban las tribus de la costa de Manabí debe haber semejanza, porque unos y otros eran oriundos de una misma raza, aunque pertenecían a familias distintas. Además, los Cañaris eran muy antiguos en el Azuay, y las tribus que poblaban Manta y Santa Elena y la Puná se puede decir que eran modernas en el litoral ecuatoriano.

Balbi, Atlas etnográfico del Globo (Parte histórica, capítulo VII).

Orozco y Berra, Geografía de las lenguas y Carta etnográfica de México, 1864.

Pimentel, Cuadro descriptivo y comparativo de las lenguas indígenas de México, Tomo III, México, 1875. (N. del A.)

 

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Sobre las curiosas ruinas del pueblo de San Agustín, en Colombia, puede verse la descripción que de ellas hizo Codazzi, y el estudio que publicó el señor Cuervo Márquez.

Cuervo Márquez, Prehistoria y viajes, Bogotá, 1893. El opúsculo de Codazzi se encuentra en la Geografía física y política de los Estados Unidos de Colombia, redactada por el señor Pérez. Descripción del Estado de Tolima. Apéndice. Antigüedades indígenas. Bogotá, 1863. (N. del A.)

 

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La descripción más exacta del Palacio de Callo es, según nuestro juicio, la que hizo el señor Marcos Jiménez de la Espada, y se publicó en las actas de la sesión del congreso de americanistas, celebrada en Madrid en 1881 (Congreso internacional de americanistas, Actas de la cuarta reunión, tomo II, Madrid, 1883).

En cuanto al Panecillo de Callo, he aquí cómo se expresa el señor Reiss: «Parece que el cerrito de Callo es la cúspide de una reventazón parecida a la del Panecillo de Quito; pero ahora está casi enterrado y tapado por las eyecciones y avenidas del Cotopaxi» (Carta del señor doctor Wilhelm Reiss a su Excelencia el Presidente de la República, señor García Moreno, sobre sus viajes a las montañas Illiniza y Corazón y en especial sobre su ascensión al Cotopaxi, Quito, 1873). Si el Panecillo de Callo está, según el señor doctor Reiss, casi tapado por las avenidas del Cotopaxi, el Palacio de Callo se halla edificado sobre las lavas del Cotopaxi, porque el Palacio y la base actual del Panecillo están en el mismo plano. (N. del A.)

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