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Ibid., pp. 26-28. Aparte el de San Pablo, los lugares bíblicos que aporta son más o menos los habituales: Isaías, XL, 5; Juan, III, 16; Romanos, VIII, 19, etc. La noción de Cristo como microcosmos a lo divino la desarrolla especialmente en Nombres, «Monte»: «la más principal razón por que se llama Monte es por la abundancia... por la preñez riquísima de bienes diferentes que atesora y comprehende en sí mismo... no sólo en cuanto Dios -que según esta razón, por ser el Verbo divino por quien el Padre cría todas las cosas, las tiene todas en sí de mejores quilates y ser que son en sí mesmas-, más también según que es hombre, es un monte y un amontonamiento y preñez de todo lo bueno y provechoso y deleitoso y glorioso que en el deseo y en el seno de las criaturas cabe, y de mucho más que no cabe» (ed. cit., p. 247); más explícitamente en «Pimpollo»: «en juntarse Dios con ella [la "humana naturaleza"], es visto juntarse con todas las criaturas, por causa de ser el hombre como un medio entre lo spiritual y lo corporal, que contiene y abraza en sí lo uno y lo otro. Y por ser, como dijeron antiguamente, un menor mundo o un mundo abreviado» (p. 179). Ni que decirse tiene que para todo lo relativo al microcosmos remito a F. Rico, El pequeño mundo del hombre, s. v. y passim.

 

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Col., I, 15; Escoto parte de este pasaje y fray Luis asegura que «sententiam Scoti, quam ego sequi soleo» (Opera, VII, p. 102).

 

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Nombres, Prólogo, p. 168; afirmación que da cuenta a la vez del escotismo y del platonismo. Frente a la posición de, por ejemplo, Santo Tomás, que apuntaba que se hizo Hombre para redimir el pecado de Adán; en el artículo tercero de la cuestión primera Santo Tomás se pregunta: «Utrum si homo non pecasset, nihilominus Deus incarnatus fuisset?», fundándose en San Agustín y en la interpretación de la Glossa a un texto de San Pablo (1 Tim, I, 15), y concluye: «cum in Sacras Scriptura ubique incarnationis ratio ex peccato primi hominis assignetur, convenientius dicitur incarnationis opus ordinatum esse a Deo in remedium peccati, ita quod, peccato non existente, incarnatio non fuisset» (III, q. 1, a. 3). Para el escotismo de fray Luis, véanse, por ejemplo, A. López, «La idea cristocéntrica en Fray Luis de León», Religión y Cultura, XXIII-XXIV (1961), pp. 564-582; S. Folgado, Cristocentrismo teológico en Fray Luis de León, El Escorial, 1968; E. Rivera de Ventosa, «El primado de Cristo en Duns Escoto y Fray Luis de León», Religión y Cultura, XCIII-XCIV (1976), pp. 485-502.

 

14

Como recuerda en el nombre «Amado»: «porque Cristo, en los que le aman, Él mismo hace el amor y se pasa a sus pechos dellos y vive en sus almas, y por la misma razón hace que tengan todos una misma alma y espíritu. Y es fácil y natural que los semejantes y los unos se amen» (p. 595).

 

15

A esta noción y otras afines dedicará parte de dos nombres: «Faces de Dios» y «Camino»: «Dícese también Cristo Fazes de Dios porque, como por la cara se conosce uno, assí Dios por medio de Cristo quere ser conoscido... y por esto dice Él de sí mismo que manifestó el nombre de su Padre a los hombres» (pp. 205-206); «Cristo, con gran verdad, es camino de Dios, porque es... imagen viva suya y retrato verdadero de sus inclinaciones y condiciones todas, o por decirlo mejor, es como una ejecución y un poner por la obra todo aquello que a Dios le aplace y agrada más» (p. 219).

 

16

Lo explica en la segunda conclusio («Ad hanc suae gloriae manifestationem, et communicationem suae perfectionis, quam Deus effundebat primario, primum et potissimum médium, quod Deus eligit, et voluit, fuit Christus», p. 43-46) de la tercera quaestio de Durando («Quae fuerit praecipua et máxima causa, propter quam Deus carnem asssumpserit, ut illa cessante, non fuerit assumpturus?»); a partir especialmente del lugar de San Pablo arriba citado: «Y el cual [Cristo] es imagen del Dios invisible, primogénito ante toda criatura» (Col., I, 15). Más abajo se extenderá «quod conjunctio humanae naturae cum divina est maxima unio ex parte eius, in quo conjungiturm, scilicet, unius personae divinae, subsistentis in utraque natura, quae persona est maxime una» (p. 155).

 

17

De incar., p. 92 y 94; aquí recurre al Aquinate (Summa, III, d. II, q. 2., a. 1).

 

18

En Opera, ed. cit., vol. III (1892), p. 272.

 

19

Este locus clásico figura por doquier en la obra de fray Luis; v. g., en la citada traducción y exégesis del Cantar de los cantares de Salomón (VIII, 2: «En teniéndote yo en mi casa ...»): «Y por esso quiere la Esposa ... gozalle assí por sí, sin medio ni tercería de nadie, ni sin ir mendigando ni como barruntando su belleza por las criaturas; y visto así cual es y cuan grande y perfecto es, llegalle assí consigo y abrazalle con un nuevo y entrañable amor; metello en su casa y en lo más secreto de su alma, hasta transformarse toda en él y hacerse una misma cosa con él, como dice el Apóstol: El que se ayunta a Dios hácese un mismo espíritu con él» (ed. cit. de J. M. Blecua, pp. 254-255).

 

20

Véase anteriormente, final del capítulo V, aunque los ejemplos son muchos más. Así, un poco más adelante, el parlamento del alma: «Luz, amor, vida, descanso summo, belleza infinita, bien immenso y dulcísimo, dame que me deshaga yo y que me convierta en ti toda, Señor» (pp. 476-477); es la luz o el sol platónico, que recoge toda la tradición; probablemente, fray Luis lo toma del Pseudo Dionisio (De los nombres divinos, I, 4; VII, 3).

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