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EYZAGUIRRE, Los intereses católicos en América. (Tomo segundo, capítulo segundo).

ULLOA, Relación histórica del viaje á la América Meridional. Tomo primero. Libro quinto. (Hace una descripción prolija de Quito y habla también de sus edificios).

CALDAS, Cartas escritas desde Quito á Bogotá. 1801. (Ya hemos citado esta correspondencia de Caldas, así en el Tomo quinto, como en la última nota del primer capítulo de este tomo séptimo. Esta correspondencia era íntima, privada, confidencial, y, según la voluntad de su autor, destinada solamente al amigo a quien la dirigía; pero es, a no dudarlo, un momento literario de altísimo mérito. Contiene entre otras cosas una descripción artística y un juicio crítico de la portada de la Compañía).

SALAZAR (El Sr. Dr. D. Agustín), El Doctor Don José Caldas. Vindicación. Diálogo en tres tardes. Quito, 1832. (Es un opúsculo raro; en él se hace una defensa de Quito, y se trata de sus cosas notables en las Bellas Artes).

COMPTE (El padre fray Francisco), Varones ilustres de la Orden Seráfica en el Ecuador. Quito, 1885. En dos volúmenes. (En varias partes de esta obra hace su autor descripciones exactas, aunque no completas, del convento, de la portada, del atrio, y da noticias curiosas sobre el tiempo en que se edificaron; la descripción del templo principal es la más incompleta de todas). Del gran templo de San Francisco debiera hacerse unes descripción minuciosa y prolija, tornando las dimensiones de cada una de sus partes con escala científica.

 

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No son conocidos los nombres de los arquitectos, que idearon el plano de los templos y de los conventos de Quito. Un lego franciscano quiteño, llamado Antonio Rodríguez, se sabe que fue quien construyó el templo de Santa Clara y parte del convento de San Francisco; este lego profesó el año de 1633. El templo y el convento de San Francisco fueron, indudablemente, obra no de un solo arquitecto sino de varios; ni se siguió un plano uniforme e invariable; pues, como es fácil observar, en la portada los órdenes de arquitectura no se pueden calificar en ninguno de los que conoce y distingue el arte, y se hallan ahí uno junto a otro todos los más notables, excepto el corintio y el compuesto; así es que, según nuestro juicio, el arquitecto no se decidió exclusivamente por ningún orden, y formó el plano del edificio, combinando en su fantasía partes de cada orden. La construcción del templo y del convento duraron más de un siglo.

La iglesia de la Merced es toda del siglo decimoctavo; se comenzó en 1700, y transcurrieron 37 años hasta la conclusión.

La portada de la Compañía se comenzó el año de 1753; hasta el de 1767 se gastaron 41.986 pesos de a ocho reales, y la obra aún no estaba concluida. Las piedras se sacaron de una cantera, que los mismos jesuitas tenían en la falda occidental del Panecillo.

La iglesia de la Compañía es un trasunto de la iglesia de San Ignacio en Roma; el plano del edificio de Quito no es más que una copia del plano del templo de Roma, con modificaciones accidentales para adaptarlo al gusto español. La iglesia de Quito luciría entre las iglesias de Roma. Daremos aquí noticia acerca de dos obras de índole distinta, debidas a dos eclesiásticos. La capilla y cúpula del bautisterio de la iglesia parroquial del Sagrario fueron edificadas por el Dr. D. Miguel del Corral y Bobadilla, Cura Rector de la expresada parroquia el año de 1769; este sacerdote era de la Habana, descendiente de una familia de Málaga; vino a Quito en compañía del Ilmo. Sr. Ponce y Carrasco. Gastó de su propio peculio en esta obra la suma de mil ochocientos pesos.

Con motivo del aluvión causado por la erupción, que el año de 1744 hizo el Cotopaxi, quedó sin puente el río de San Pedro, y, para remediar ese daño, abrió el socavón, que hasta ahora (1894) existe, el Dr. D. Felipe Aguado y Santisteban, cura de la parroquia de Tumbaco; tardose en cavar ese socavón dos años siete meses, y se terminó en noviembre de 1767. Una obra tan útil la hizo con su propio dinero y asistiendo todos los días personalmente al trabajo; y no quiso tomar posesión de la canonjía con que fue agraciado mientras no se terminara la obra.

 

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Una de las verdaderas calamidades que han caído sobre el Ecuador, y principalmente sobre Quito en estos últimos tiempos, ha sido la manía de despreciar todo lo antiguo, de tener en menos las obras de nuestros mayores y de destruirlas, como si fuesen vil madera o telarañas inmundas; y podemos decir, sin exageración, que son más las obras destruidas por la monomanía anti-española, que por los mismos terremotos. Obras de arte, traídas de España por los religiosos antiguos y por otras personas notables; han desaparecido de ese modo, sin que Quito cayera en la cuenta de lo que perdía.

En la Catedral hay todavía algunas imágenes españolas, de madera, pintadas sobre un dorado primoroso.

La capilla del Sagrario posee el Cristo de la agonía, imagen de madera, muy hermosa; traída de Roma, si, acaso, no miente la tradición.

Consérvanse todavía esculturas del padre Carlos, sacerdote secular, que trabajó el señor de la Columna y el San Pedro arrodillado; y obras de Caspicara, como el grupo llamado de la Sábana Santa.

Tiempo es ya de que la Autoridad Metropolitana, el venerable Cabildo eclesiástico y la Municipalidad funden y organicen en la capital una Sociedad arqueológica de Bellas Artes, encargada de vigilar sobre la conservación de las obras y monumentos que todavía existen; no suceda que obras y monumentos sean, a fuer de antigüedades españolas, condenados a destrucción. No se debería permitir reparación ninguna, sin previa consulta de personas verdaderamente conocedoras de las reglas del arte, y dotadas de no vulgar instrucción, y, además, de alma nada bronca para la sensación delicada de la belleza.

Esta Sociedad arqueológica de Bellas Artes, fundada en la capital, podría tener sociedades correspondientes en Cuenca, y en algunos otros puntos de la República.

 

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En El Iris (periódico que ya hemos citado en otras notas), escribió el Sr. D. Juan León Mera un artículo biográfico de Miguel de Santiago, recogiendo las tradiciones más válidas entre los pintores de Quito, pero sin más fundamento histórico que una mera probabilidad. Más seguro nos parece, pues, confesar, que hasta ahora no se sabe nada con certidumbre ni sobre Miguel de Santiago ni sobre otros artistas antiguos del Ecuador. Sin embargo emitiremos aquí nosotros nuestra opinión personal en cuanto a la nacionalidad de Miguel de Santiago; la tradición conservada en Quito en punto a Gorivar asegura que fue español, y se cree que también fue español Samaniego. De Miguel de Santiago juzgamos que no fue quiteño, sino español, como los dos anteriores. Nos parece imposible explicar de otro modo el estilo y la manera de sus pinturas; Miguel de Santiago o vino de España cuando era ya pintor diestro o estuvo en España, en Sevilla, donde indudablemente fue discípulo de Murillo, a cuya escuela pertenecen sus cuadros, esos cuadros reconocidos como auténticos. Todo en los cuadros de Miguel de Santiago revela al discípulo de Murillo.

Por lo que hace a los colores, merece tenerse en cuenta que los cuadros, colgados en los muros del convento de San Agustín, han estado más de dos siglos casi a la intemperie, expuestos, noche y día, a la influencia atmosférica, y a sus cambios bruscos y repentinos, siendo, por esto, de maravillarse que no se hayan deteriorado completamente; algo han palidecido algunos colores, y en otros se nota la acción lenta de la atmósfera, que ha ido verificando disoluciones químicas imperceptibles.

 

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He aquí lo que La Condamine dice de la Madre Dávalos, a quien la conoció y trató en Riobamba, antes de que se hiciera monja. Habla de las hijas de don José Dávalos, y luego añade: «La mayor de ellas poseía un talento universal; tocaba el arpa, el clavicordio, la guitarra, el violín y la flauta; mejor dicho, todos los instrumentos que llegaban a sus manos; sin maestro alguno pintaba en miniatura y al óleo. Yo mismo ví en su caballete un cuadro que representaba La Conversión de San Pablo, con treinta figuras correctamente dibujadas, y para el cual había sacado mucho partido de los malos colores del país. Con tantas prendas para agradar en el mundo, esta joven no deseaba más que hacerse carmelita; y, para no poner por obra sus deseos la contenía solamente el amor tierno que profesaba a su padre, quien, después de haber resistido largo tiempo, le dió, al fin, su consentimiento, y así profesó en Quito el año de 1742».

 

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Hace algunos años comenzó a introducirse en Quito la práctica censurable de blanquear con cal y también embarrar con pinturas de colores los edificios de piedra que hay en la capital, y, por esto, varios de ellos han sido echados a perder o han desmerecido. Estatuas antiguas de piedra han sido así blanqueadas, para que guarden uniformidad con las figuras de triste cascajo, que se colocaron hace poco en la balaustrada de la Catedral.

Para la reparación de los edificios antiguos, es ya tiempo de que se estudien las reglas del arte y que los encargados de repararlos no procedan solamente según los caprichos de su nada disciplinada fantasía; salvemos de la destrucción siquiera lo poco, lo muy poco, que de los buenos tiempos de la colonia, por fortuna, queda todavía.

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