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21

Por ejemplo véase las penas en los Furs valencianos en el caso de rapto de joven virgen casadera: «Y qui sen portara donzella, vidua, o altra dona honesta contra voluntat de son pare, o mare, o de ella, muyra, y sien sos bens confiscats, encara que la dona confesse ella haver hi consentit, o essent fet matrimoni ans, o apres del rapto. Y qui sen portara verge, o vidua, ella consentint, y sera filia de cavalier, o burgues, o ciutada honrrat que no fa faena de ses mans, pot lo pare desheretarla tambe en la legitima, y lo raptor pague cent morabatins, o estinga deu anys fora del Regne, o cases ab ella» (Institucions del Furs i privilegis del Regne de Valencia, por Pere Hieroni Taraçona, Valencia, Pedro de Huete, 1580, lib. IIII, «De adulteris y estupro y dels alcavots y males dones», p. 378).

 

22

Este parece ser el principio de la mayoría de las comedias humanísticas. La confusión en los galanes entre el bien o felicidad con el deseo amoroso. Por ejemplo, es lo que dirá Calisto una vez realizado el primer encuentro con Melibea: «en verdad, que si Dios me diesse en el cielo la silla sobre sus sanctos, no lo temía por tanta felicidad»; o lo que dirá Veturia sobre su amada Cantaflua: «que Cantaflua es discreta y ha leído mucho y como se halla con alguna libertad, el entendimiento, desseoso de la contemplación en las cosas altas, está con la especulación vacilando de lo incierto a las cosas ciertas. Y así ha alcançado la vanidad de las cosas tras que andamos, y la poca firmeza de que nuestro miserable bivir está acompañado; y quán transitorias y livianas son las cosas que con tanta voluntad estamos deseando, y quán presto fenece lo que nosotros pensamos y tenemos creydo ser cunplido y entero bien», o cuando todos los amantes se sientes felices y bienaventurados ante la vista de su amada, pero sobre todo cuando gozan con ella, como dirá Evandro en la Comedia Serafina: «¡Oh, cómo soy de todo bienaventurado! ¡Oh, cómo mi voluntad se a complido! ¡Oh, cómo he gozado de la más acabada y perfecta donzella que en el mundo bive!».

 

23

Libro Sinodal de 1410, realizado por el obispo Fr. Gonzalo de Alba, en Synodicum Hispanum, dir. de Antonio García y García, vol. IV: Ciudad Rodrigo, Salamanca y Zamora, Madrid, BAC, 1987 y del mismo autor, «La canonística ibérica medieval posterior al Decreto de Graciano» en Repertorio de Historia de las Ciencias Eclesiásticas en España, vol. V, Salamanca, 1976, p. 382 y ss.

 

24

Véase, por ejemplo, lo que dice Darino en el primer monólogo, una vez nacida su pasión por Finoya: «¡Oh, verdadero Dios!, yo como cristiano tuyo, criado y redemido por tu propria sangre y persona, no quiero encomen darme a las poéticas fictiones, syno a tu deydad que remedie lo que yo no puedo, que encamine mis passos que van sin camino, que guíe mi intención que está dañada contra mí y contra ty, que es lo que yo más siento. Haz, Señor, de manera que si para comigo pierdo la vida, para contigo no pierda el alma. Yo conozco tu Trinidad; yo adoro tu persona; yo guardo tus mandamientos. Si yo e usado mal del franco alvidrío, tú, Señor, sueles usar de perdón como de castigo; tú me diste apetito para que deseasse y razón para que me defendiesse; para dessear, voluntad y para apartarme conozcimiento. Tú, Señor, no quieres syno obediencia y tu Iglesia; siempre que ymos conoçiendo nues tros yerros, alcançamos perdones. Yo vengo agora turbado con el entendimiento apartado de la razón, viendo que te e ofendido, conoçiendo mi yerro y deseando mi emienda. Con toda la devoçión que puedo y devo, te ruego que perdones mi intención y encamines mi voluntad. Y según yo, Señor, veo, porque tú no nos ayudas sin que nos ayudemos, pues yo no puedo ayudarme, mal podrá ser lo que digo, porque lo que tú hazes a de venir con causa, y nuestro bien o mal, aunque naçe de tu voluntad, ase de mover por nuestros pecados o servicios. Tu justicia y misericordia saque a mí, pecador, desta honda desventura, que yo solo me e puesto. Y si yo para ello no puedo amañarme, en ti, Señor, está puesta mi esperança; no me dexes llegar al postrero fin que es la desesperaçión» (Penitencia de amor, ed. de J. L. Canet, en De la comedia humanística al teatro representable, Valencia, Universitat de València, UNED, Universidad de Sevilla, 1993, p. 129-130).

 

25

Martín de Riquer en su artículo «Fernando de Rojas y el primer acto de La Celestina», en RFE, XLI, (1957), pp. 378-388 cree que este primer acto no transcurre en el huerto de Melibea, sino en una Iglesia, con lo que coincidiría con el planteamiento de la Thebayda de que los enamorados, además de volverse como «brutos amadores» o como los rufianes o alcahuetas, utilizan los lugares sagrados para sus entrevistas amorosas. Un nuevo elemento más de estas reprobatio amoris, como confirmación de la herejía amorosa.

 

26

Vid. J. L. Canet, «Los penitenciales: posible fuente de las primitivas comedias en vulgar», ponencia presentada en el Convegno Internazionale sul Teatro spagnolo e italiano del Cinquecento, celebrado los días 30 de mayo-2 de junio de 1991 en Volterra (Italia), en prensa.

 

27

Incluso en la comedia urbana de la primera mitad del XVI, como en el Auto de Clarindo.

 

28

Como decía Luis Vives: «En este punto fue incomparablemente más cuerdo el que escribió en nuestro vulgar castellano la tragicomedia de La Celestina, pues a los amores avanzados hasta un límite ilícito y a aquellos deleites pecaminosos, dióles una amarguísima ejemplaridad con el trágico fin y la caída mortal de los amantes, y a las muertes violentas de la vieja alcahueta y de los rufianes que intervinieron en ese escarmentador celestineo» (Las disciplinas, parte I, lib. II, cap. V, pág. 416, ed. cit.).

 

29

Vid. San Alberto Magno, Super Ethica, lib. III, lectio XIII, y Santo Tomás en su De malo, 15, 2.

 

30

Dirá Luis Vives refiriéndose a la comedia: «Los modernos, en su respectiva lengua vernácula, a mi parecer se aventajan mucho a los antiguos en la elección del argumento. Por regla general no se ofrecen al público más que comedias que aúnan el deleite y el provecho, si bien en el arte esos autores modernos de comedias son superados por los poetas antiguos» (Las disciplinas, Parte I, lib. II, cap. IV, pág. 417, ed. cit.).