historia. Parece existir cierta contradicción entre la denominación que los personajes dan a la obra, como historia, y la que el autor le asigna como poema en la nota marginal. Tanto un término como el otro pertenecen a la problemática de la designación de la obra de ficción narrativa en prosa. Poema es una designación muy clásica que surge del Pinciano, el cual afirma que no hay diferencia esencial entre la épica escrita en verso y la épica que emplea la prosa como forma de expresión. A partir de la conclusión de que no es necesario el metro para el poema, Pinciano introduce la narración en prosa como un género que ocupa un lugar definitivo en la teoría literaria del momento: «quede asentado ya, dice, que la imitación en prosa es un poema sin atavío, pero vivo y verdadero», Alonso López Pinciano, Philosophia Antigua Poética, ed. Alfredo Carballo Picazo, Madrid, CSIC, 1973, I, p. 279. Es frecuente que el crítico llame a las narraciones en prosa poemas: «en los poemas sin metro, no es tan necesario el alto lenguaje y peregrino», ibid., II, p. 184, en tanto que, a veces, la ausencia de verso en el libro es motivo para elogiar determinadas obras: «el hablar en metro no tiene alguna semejanza de verdad; y he caído en la cuenta que la historia de Etiopía es un poema muy loado, mas en prosa; y también las comedias italianas en prosa son poemas y parecen muy bien», Ibid., I, pp. 206-207. Con el título de poema se designa algún libro de aventuras peregrinas, como el Poema trágico del español Gerardo, de Gonzalo de Céspedes y Meneses. El rechazo de esta denominación la encontramos, por ejemplo, en Luzán, aun cuando sus referencias no sean totalmente exactas: «según mi opinión y la común de los autores más clásicos, tampoco será epopeya ninguna obra escrita en prosa, por faltarle el requisito del verso; dígolo porque me acuerdo haber visto un librillo intitulado Historia trágica del español Gerardo, a quien se añade el título de epopeya en prosa», Ignacio de Luzán, La poética, Madrid, Cátedra, 1974, p. 429. De la oposición entre poema épico y novela se hace eco, ya a finales del siglo XVIII, y de forma comprensiva para la novela en la línea del Pinciano, Valladares de Sotomayor, (1797): «La Novela tiene sus apasionados y sus ribales [sic], unos la celebran y otros la desprecian. Los primeros la comparan con el Poema épico, y los segundos, la miran como una cosa frívola. ¿Pero quien duda que el plan, extensión y objeto de los dos son iguales [...]? En efecto, no hay más diferencia entre la Novela y el Poema, que ser éste en verso y aquella en prosa [...]», apud. Juan Ignacio Ferreras, Los orígenes de la novela decimonónica, 1800-1830, op. cit., p. 37. La expresión historia para designar a la narración de ficción es usual entre los narradores del Siglo de Oro; así, Cervantes habla de «haber tomado entre manos una historia tan seca y tan limitada como esta de don Quijote», II, 44, por lo que incluyó en la primera parte algunas novelas «que están como separadas de la historia», ibid. Son múltiples las referencias al Quijote como historia: «los que gustan de semejantes historias como ésta», II, 40; «Donde se cuentan mil zarandajas tan impertinentes como necesarias al verdadero entendimiento desta grande historia», II, 24, etc. Como observa el profesor Murillo, «Cervantes concibe su libro como una historia en la que podía incluir novelas de extensión menor», Miguel de Cervantes, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, ed. L. A. Murillo, op. cit., II, p. 366, nota. Por otra parte, el término historia aparece en los títulos de algunos libros de pura ficción: Historia de Hipólito y Aminta, 1627, de Francisco de Quintana; Historia de las fortunas de Semprilis y Genorodano, 1629, de Juan Enríquez de Zúñiga; Eustorgio y Clorilene, historia moscovica, 1629, de Enrique Suárez de Mendoza, para no citar sino obras pertenecientes al género que nos ocupa. Igualmente la narración de Heliodoro, en la versión de Fernando de Mena, 1587, se titula La historia de los dos leales amantes Theágenes y Chariclea, aunque se conoce más comúnmente como Historia etiópica. Creemos que en el fondo de esta denominación late, en algunos casos de manera inconsciente, el viejo problema entre realidad histórica y ficción novelesca. A este respecto dice el Pinciano: «al poema de Heliodoro falta también el fundamento en historia, y éstas son ya muchas faltas. Fadrique dijo: -¿Y cómo sabéis vos eso? ¿Por ventura hay alguna historia antigua de Grecia que os diga que Teágenes no fue de la sangre de Pirro, y alguna de Etiopía que Cariclea no fue hija de Hidaspes y de Persina, reyes de Etiopía? Yo quiero que sea ficción, como decís, y yo creo; mas, como no se puede averiguar, no hay por qué condenar el tal fundamento como fingido», op. cit., III, pp. 194-195. En otro lugar el mismo teórico había afirmado: «ni tampoco la Historia de Etiopía es historia, sino que los autores, para autorizar sus escritos, les dan el nombre que se les antoja y mejor les viene a cuento», ibid., I, p. 214. Sobre la distinción historia-ficción, cfr., Edward C. Riley, Teoría de la novela en Cervantes, Madrid, Taurus, 1972, especialmente pp. 255-277: «no había en español una palabra que sirviera para distinguir la novela larga de la historia: una y otra se designan con el nombre de historia», ibid., p. 257, y James Donald Fogelquist, El Amadís y el género de la historia fingida, Madrid, Porrúa Turanzas, 1982.
sabandijas. El mismo término se documenta en Moratín aplicado también a escritores de poca calidad; en carta a Juan Pablo Forner (1787) escribe: «Quieres hacerte desfacedor de tuertos, y limpiar la república literaria de estas sabandijas, cuya existencia, por más que sea molesta y perjudicial para ella, es absolutamente necesaria, como la de los tábanos y las avispas», Moratín, Epistolario, op. cit., p. 50. Una idea parecida a la que expresa Martínez a continuación, según la cual «se ha empeñado en escribir esa historia, para hacer alarde y ostentación de su talento, tal cual sea, y mayormente para saber hablar con buen estilo», la encontramos en La acción de gracias a Doña Paludesia, del Bachiller Sansón Carrasco, curiosa obra de carácter satírico, pero con cierto ambiente cervantino; en ella se dice: «Pero esta es una Declamación o Acción de una causa fingida, para exercitar el ingenio y ostentar la eloqüencia», op.cit., Madrid, Joaquín Ibarra, 1780, p. 12. En la portada se dice que la da a luz don Juan Beltrán y Colón, quizá el autor real, que se esconde tras el pseudónimo cervantino.
Heliodoro, Aquiles Tacio y Fenelon son autores, respectivamente, de Las Etiópicas, Leucipa y Clitofonte y Las aventuras de Telémaco; en la concepción de Martínez Colomer no parece estar muy lejana esta última obra, de inspiración homérica, de las primeras, que suelen considerarse novelas de aventuras.
Propercio. El verso «et manibus faustos ter crepuere sonos», es el número 4 de la elegía X, del libro III, en las ediciones actuales; cfr. Propercio, Elegías, ed. Antonio Tovar, Madrid, CSIC, 1984, p. 149; ignoramos qué edición pudo tener a la vista Martínez Colomer, aunque en el siglo XVIII Propercio resulta un poeta conocido entre algunos escritores de esa época, como José Cadalso o Juan de Iriarte, op. cit., p. XXXVI. El significado del verso, en la traducción de Antonio Tovar es la siguiente: «y tres veces con sus palmas [las musas] hicieron sonar aplausos de buen augurio», en tanto que el poema en el que se encuentra, que suele titularse «El cumpleaños de Cintia», es una especie de invocación a la naturaleza para celebrar la fiesta de la amada.
Marcial. Como es sabido, la patria de Marcial fue la antigua Bílbilis, cercana a la actual Calatayud. «Las ruinas de la celtíbera Bílbilis se recuestan hoy en el llamado cerro de Bámbola, bastante abrupto, en la margen derecha del Jalón, a dos mil pasos de Calatayud», apud. Marcial, Epigrammata selecta, ed. Miguel Dolç, Barcelona, Bosch, 1981, p. 8. El poeta hispanorromano recuerda su ciudad en algunas ocasiones, como en el poema dedicado a Liciniano, I, 49:
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ibid., p. 39.
santuario de la virgen santísima. Cfr. nota 61 del Libro I. Las ofrendas y regalos a los santuarios son un rasgo característico de este tipo de obras, cfr. Antonio Cruz Casado, «Los libros de aventuras peregrinas. Nuevas aportaciones», Actas del IX Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas, op. cit., pp. 425-431.
trabajos, cfr. nota 25 del Libro I.
creo que se llamaba. Obsérvese cómo el narrador, siguiendo una clara influencia cervantina, no sabe con seguridad las cosas que cuenta, al menos en esta ocasión.
Catay. Con ese nombre se designa a China en el Siglo de Oro; recuérdense al respecto las muchas obras que tratan sobre Angélica y que, siguiendo la tendencia ariostesca, la hacían oriunda del Catay. Cfr. Maxime Chevalier, L'Arioste en Espagne, Bordeaux, Ferét et fils, 1966. Una vez más el contexto de la obra de Martínez Colomer remite al periodo áureo.
Telémaco. El episodio a que aquí se hace referencia se encuentra en Las aventuras de Telémaco, de Fenelon.