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ArribaAbajoCapítulo III

Yapá tarazu


En ancas del alazán de don Panta, llegó un día procedente del cerro Mymyi. Adolescente de piel color canela, se tiró del caballo con agilidad de puma. Giró la cabeza de lado a lado, escrutando con ojos azorados el contorno y enseñando en una tímida sonrisa su dentadura felina. Arturo, primero en el grupo de curiosos, viéndola tan niña por su estatura, sintió el ánimo a punto de la decepción. Y como todos, se limitó a sonreír.

Sin Pabla en la casa y vuelto por fuerza hacia los peones, Arturo empezaba a compartir con gustos sus tareas y sabrosas pláticas. Habían transcurrido no sólo las vacaciones sino además un nuevo año escolar completo. Nadie pudo conseguir con él que volviese a Loma Verde. Tenía su motivo, desde luego, aunque no lo dijese. Y era que el sólo pensar en la tía «beata» lo sumía en amargura. Ni aun el recuerdo de sus amigos de allá, cuyas imágenes continuaban enteras en su afecto, servían para inducirlo a volver. Todos ellos y su aventurada vida citadina habían pasado a la categoría de cosas para recordar y contar. Los habían superado en magia el húmedo reverbero del campo abierto y las abras encantadas. Cada día más, Arturo se sentía decididamente integrado al violento color lugareño. Y don Panta, lejos de enfadarse por ello, desdeñaba el afán de su mujer por convertirlo en un pulcro señorito de ciudad, pudiendo   —40→   hacerse un recio trabajador de la hacienda. «Dejalo en paz -la regañaba-; él nació aquí, y nada malo tiene que le guste continuar el trabajo de su padre». Y así, otro marzo sin colegio llegó y pasó para desasosiego de doña Flora.

Arturo se aproximó a la nueva criada explorándola con interés de receloso cachorro. Y al sentir en ella la fetidez indígena que traía en el cuerpo, algo en él se cerró. Ese hedor, mezcla de humores y grasas de la selva, se sumaba así bruscamente a su íntimo descontento. En ese momento no se le ocurría pensar que, necesariamente, a falta de otro más indicado, él sería el encargado de introducirla en la maraña de sus futuros quehaceres.

A la hora del almuerzo, el problema del alojamiento para Yapá acaparó la escasa plática entre doña Flora y su marido. Arturo, presente, callaba.

-Instalarla en el rancho del fondo sería condenarla a la misma suerte corrida por Pabla, o algo peor -dijo la madre.

Don Panta sintiose discretamente aludido. Dijo:

-No creas. Gringo no volverá por aquí jamás.

Obviamente, doña Flora no sólo pensaba en Gringo.

-Cualquier individuo que anduviese por la casa podría verse tentado -adujo-, ¿no te parece?

Él no respondió. Y ya no se habló del tema hasta el término de la comida. Entonces, don Panta se levantó de la mesa dejando la solución del engorro a cargo de su mujer. Ella, al menos, así lo entendió. Al rato ordenó al hijo fuese con la india al rancho para traer el catre y ponerlo en el cuarto vacío, destinado a huéspedes, que quedaba en un extremo de la casa grande.

Arturo y la india así lo hicieron, y asunto resuelto.

-Esta será tu cama -le dijo Arturo a Yapá, con la impresión de estar hablándole a un perro.

Salió de la pieza, y cuando regresó, la india se revolcaba muerta de risa, probando el artefacto insólito. Arturo la llamó con un ademán.

-Tenemos que ir por leña -le indicó mirándola fijamente al rostro.

Y ella, como si lo entendiese, dejó el catre y lo siguió. Tomaron por una senda que cruzaba un vasto pastizal.   —41→   Se dirigían a la serrería, lugar boscoso y lleno de fosas donde los rollos eran cortados en tablas, dejando abundantes recortes muy buenos para el fogón. Arturo caminaba delante, a largos pasos, dudando aún acerca de la incomunicable mozuela que lo seguía. Fue entonces que ésta, inesperadamente, soltando un gorjeo sólo por ella comprensible, salió de narices al viento, a toda carrera.

Arturo, sumamente asustado al creer que huía, se largó detrás llamándole a gritos. La india parecía incontenible. Atravesó a zancadas un bajío pantanoso, ganando rápidamente la colina del otro lado, en tanto su seguidor, enredado entre la maleza, perdía toda esperanza de alcanzarla. Felizmente, al llegar a la parte más alta y tan de súbito como había partido, Yapá se detuvo, poniéndose a recoger del pastizal algo totalmente insospechado de cuya existencia se había percatado desde la altura opuesta. Resultó que no huía.

Antes de que Arturo pudiera llegar, ya ella estaba de regreso. Traía las manos en alto, colmadas de exóticos niñoazotés, maravilla yuyera cuya fragancia había captado su excelente olfato. Y Arturo, más desconcertado cada vez, no pudo evitar una nueva sorpresa: Yapá, muerta de risa, le llenó de flores la ropa y los cabellos, imponiéndole de esa singular manera un candoroso pacto de confianza. Luego, ambos quedaron turbados. Por un momento, se miraban confusos, debido seguramente a la barrera del habla. Pero pronto la risa acudió, primero en ella, después fue recíproca y franca, poniendo fin al recelo y dando inicio así a la que había de ser una curiosa historia. Quizá, en aquel instante, cada uno a su modo descubría, o al menos percibía en lo íntimo, la magia universal del extraño lenguaje del corazón.

De vuelta a la serrería, ya la densa sombra ponía un toque de crepúsculo a pesar de ser apenas la media tarde. Arturo y Yapá comenzaron arrancando tiras de bejucos de los árboles. Ambos hablaban sin entenderse y reían. Pero ambos al mismo tiempo trabajaban. Juntaron la leña seca en un haz tan grande como sus dos cuerpos juntos. Arturo se dispuso a dividir la carga, pero Yapá, oponiéndose como ella sabía, la acomodó de un envión sobre su cabeza, y sin dar tiempo a que su   —42→   compañero renovase el asombro, ya emprendía el trotecito del regreso.

La amenaza de violencia dominaba la atmósfera de Perulero. La vida apacible y fácil había quedado para el recuerdo. Y para colmo, un misterioso mal que mucha gente de la zona presagiaba desde tiempos atrás comenzó a gravitar irremediablemente en la sangre y en los espíritus, haciendo desaparecer la alegría de todas las caras. En Puesto Guerra, la única persona que permanecía invariable pese al gran miedo, era Yapá. A ella, con tal de estar cerca de Arturo, nada le alteraba su sensación de gozo. Arturo comenzaba a sentir esa realidad. También él la buscaba. Su compañía le procuraba una suerte de oasis al margen de la angustia imperante.

La incomunicación, poco a poco había sido superada gracias a la increíble facilidad con que la india se apropiaba de cuanta expresión podía captar, para incorporarla a su pintoresca jerga personal. Y con esa jerga, la querencia fue adquiriendo inevitable fuerza.

Yapá, por otra parte, se anticipaba a las órdenes y a los menores deseos de Arturo, compartiendo todas las tareas con él. Así, pronto llegó a igualarlo en destreza y eficiencia.

En los duros trabajos, en los juegos que siempre hallaban ocasión, y aun en los breves descansos exigidos por los rigores del clima, se los veía juntos, tanto que los peones cuchicheaban al respecto y doña Flora renegaba sin saber qué hacer, comenzando su ojeriza a la muchacha.

Y pasó algún tiempo. Las dificultades empeoraron. La vida cambió, incluso para los jóvenes. Ya ni la magia de los juegos calientes podía evitar que repercutiera en sus vidas el miedo que pendía en el aire, violentaba los ánimos y extremaba la intolerancia opresiva.

Yapá estaba marcada. Huérfana de amparo, resultó ser la más expuesta a sufrir las consecuencias de la neurosis desatada, coincidiendo aquello con la etapa de su plena ambientación. En su afanoso andar por la casa, y a medida que crecía en confianza, la aborigen hallaba demasiadas tentaciones al alcance de las manos; cosas   —43→   novedosas para ella; cosas que, naturalmente, la atraían. Y si acabó por tomar lo ajeno, lo hizo llevada por el instinto, sin duda, con la misma candidez con que, en su vida cerril, solía tomar los frutos de la libre Natura. Actuando con toda su silvestre simplicidad, Yapá no pudo haber pensado en el castigo que la acechaba porque no conocía el delito. Así al comienzo y así por siempre. Ni los meses transcurridos en el servicio ni la suma vocación correctiva de los señores pudieron cambiar su conducta. Al contrario, la dócil Yapá se tornó rebelde. Y desde entonces, como consecuencia de sus intolerables hábitos, era a menudo encerrada y sometida al suplicio del látigo, al cabo de cuya aplicación, sus flageladores, antes que satisfechos, quedaban fatigados y asombrados. Yapá soportaba el castigo encascarada en una suerte de vegetal silencio. Y al cabo de la tunda, cuando la india reaparecía en la puerta donde Arturo aguardaba mordido de consternación, se la veía dilacerada de pie a cabeza, pero sus ojos permanecían sin una lágrima, como si nada sucediera.

Al año de haber llegado a Puesto Guerra, Yapá estaba cambiada. También Arturo, ahora mareado tras ella y decidido a no ceder en su alarmante desatino. Cada día más apasionado, se alejaba de sus padres en manifiesta causa común con la criada a medida que endurecían el trato que le daban. Doña Flora se ponía histérica. Condenaba lo que llamaba la indiferencia de su hombre al no despedir de una vez a la salvaje. Y como ésta, pese al maltrato no se disponía a marcharse, la señora se desvelaba noches enteras con la pesadilla del mal camino en que estaba metido el hijo. Días y noches maldecía la hora en que don Panta fuera a buscarle tamaña yunta nada menos que en las tolderías.

Una de las tantas noches, el hombre, ya muy molesto por las presiones que la mujer venía ejerciendo, sentenció con ira:

-Bueno, ¡ya basta! Tu temor es estúpido. ¿Querés que mande a la india y que tu hijo se dedique a la masturbación? Él tiene que ser macho. Y eso se aprende con una hembra.

Doña Flora quedó dolorida. No aceptaba que fuera   —44→   una salvaje la que enseñase al hijo el camino del hombre. Para don Panta, en cambio, el problema no pasaba de ser una cuestión de tirria de su mujer. Por eso renunció a seguir golpeando a Yapá.

-Ni yo ni nadie más la volverá a golpear -dijo con firmeza-. Y si Arturo tuviera que montarla en su debut, que lo haga. Total, la que ha de embarazarse es ella, no él.

Eso le bastaba. La madre, sin embargo, pensaba en otras consecuencias.

-Esa india puede estar podrida -adujo-. Prefiero la muerte antes de ver a mi hijo lleno de purgaciones en plena adolescencia.

Pero nada más dijo. Y desde esa noche, a cada intento de volver sobre el tema, don Panta le salía con palabrotas. Ella callaba.

En su juventud había sido maestra. Por un codazo del destino, ahora se veía ordeñando en el barro, compartiendo estiércol con los cerdos y reventando días y noches en el trabajo, hecha casi una bestia. Había llegado al extremo de perder la mínima destreza para indagar el mundo de su propio hijo y señalarle el rumbo a seguir. Un día de esos, rabiando contra sí misma, se dijo: «Es hora de que despiertes, Flora, o te cagarán las indias». Pero todo quedó allí. Pasó el tiempo y los problemas empeoraron. La naturaleza, no siempre leal, se complacía utilizando a los habitantes de Perulero como simples ejecutores de su designio. Ni Yapá ni Arturo escapaban a ese crudo determinismo que los conducía precisamente hacia el consabido extremo donde doña Flora veía el pozo de la concupiscencia. Las travesuras de la precoz pareja, menos inocentes cada día, apuntaban al irremisible desenlace, obvio a los ojos de la madre, la que, responsable en parte, sentíase sin fuerzas para intervenir con eficacia, limitándose a mortificantes conjeturas, en tanto vanamente se repetía: «¡Dios mío! ¿En qué irá a parar todo esto?».

Podía imaginarlo, por supuesto, pero ante un problema cuya solución, la única posible, le exigía doblegar la tozudez de don Panta, acababa desesperándose sin avanzar un paso. El sólo pensar que por obra suya pudiera   —45→   agravarse el ya deprimente clima de la casa, la anonadaba. Y a ese temor se sumaron todavía otros que surgieron todos a un tiempo. Pensaba, entre otras cosas, en su inminente parto -que también de eso se trataba-, y lo hacía con una tremenda sensación de orfandad, segura de que nadie más que ella habría de soportar sus incidencias. Un lamentable humor la dominaba pese a ser ella la mujer mejor dotada en muchos kilómetros a la redonda.

Una tarde, sintiéndose física y anímicamente enferma y sin coraje para seguir aguantando tanta angustia, hizo de sus nervios un arma e intentó enfrentar a su empecinado compañero. Pero éste, consciente desde hacía semanas de las progresivas penurias debidas a la gravidez, vivía a la expectativa y, al producirse la esperada crisis en su mujer, la encaró con sorprendente calma, logrando neutralizar su efecto. De ese modo, nuevamente, el intento de doña Flora no pasó de un ingrato bochorno. Y otra vez, por toda conclusión, murmuró: «¡Dios mío!». Y se replegó en sí misma.

Desde los enredos entre Pabla, don Panta y el odiado Gringo en oscura concurrencia, también ese episodio se le agregaba zumbándole por dentro vomitables pensamientos, a tal punto que a veces repudiaba su función de mujer.

En su penoso recogimiento, luego de la primera crisis, de pronto se vio sacudida por la idea de que pudiera nacerle una niña, y en azorado afán por protegerla, oprimiose con los brazos el abultado abdomen mientras gemía delirante: «¡No, una niña no!». Y lúgubres presentimientos le llenaron el pecho de redobles que la suspendían sobre un abismo de terror.

A partir de entonces, atrapada por continuas pesadillas, veía en su desvarío un horrible submundo donde los sexos -el de Pabla, el de Yapá, el suyo, el de todas- pululaban en deyecciones pestilentes, a punto de alcanzar al fruto de sus entrañas. Apenas intentaba descansar, la invadían visiones donde la supuesta niña, todavía en su vientre, era víctima de aquello tan bestial que abominaba. Tan horrendo se le figuraba el monstruo   —46→   dominante en el ámbito de su obsesión, que ya por último se resistía a dormir. Permanecía postrada en su abatimiento, ahogada de soledad, apretando su tenso vientre y gimiendo. «Dios mío, ¿cuándo amanecerá?».

Aliviada por momentos, y viéndose libre de coitos gracias a su avanzado embarazo, suspiraba agradecida. Pero apenas lograba relajarse y se le entornaban los párpados, la entelequia invulnerable que en su delirio regía toda índole de puterías y desgracias, estaba allí. Se abría paso por entre las maderas del techo y bajaba, bajaba, ¡bajaba!, ¡ay! Doña Flora lloraba como una niña presa de terror. Se desvelaba y temblaba porque la hija, esa que aún ignoraba si lo sería, no fuera a sufrir la suerte de tantas otras en brazos de los cojudos del yuyal. Ojerosa, hacia el alba, veía bajar desde el Ybytyruzú3 otro día cargado de presagios.

Finalmente acobardada, estaba a punto de abandonar Puesto Guerra cuando una nueva premonición, ésta de algo más calamitoso todavía, aunque ella ignorase de qué se trataba, la paralizó. Tal vez una inminente desgracia, una epidemia, una muerte. No podía saberlo pero se mortificaba. En verdad, su preñez tóxica y neurótica era la mayor culpable de su progresivo tormento, de que se auscultase las vísceras y maldijese aquello que, fabuloso o no, para ella configuraba algo brutalmente real y tangible, jamás una mera obsesión. Y últimamente, recogiendo rumores de gente no menos aterrada que ella, pudo detectar por fin la verídica amenaza de algo monstruoso. Sus presagios estaban pues a punto de confirmarse. Tratábase de un mal tremendo que se movía evidentemente fuera de sus delirios, venía sembrando muerte de tiempo en tiempo, desde mucho antes de los cañadenses y los Guerra.

En el rancherío de La Cañada, todas las penurias, aun las más atroces, fueron de golpe superadas por el terror de verse cada cual ante el último charco de la vida. Invisible, invencible, incontenible, el mal demoníaco se desplazaba hacia el lugar tumbando víctimas de trecho en trecho. Se presentaba trágicamente disfrazada de epilepsia, entrando luego el apestado a derramar hiel hervida por todos los orificios del cuerpo, sin que entonces   —47→   quedara más remedio que romperse de una vez el cogote o disponerse a soportar la más horrorosa agonía.

Entre vano lamento y rezo sin sentido, los cañadenses aguantaban sus interminables noches apretados contra el fuego, temblorosos, escrutando maleficios, representaciones del Añá del infierno. El propio Gringo, diarreico de miedo, corrió a refugiarse en el fondo de alguna quebrada de la cordillera.

Y un aciago día, el pánico estalló de repente. Dos pobres párvulos, simultáneas víctimas del flagelo, fueron abandonados en plena agonía. Sus padres y hermanos huyeron empavorecidos, atropellando montes y zarzales, mientras los infelices apestados perecían de la manera más horrenda y eran luego devorados por las ratas hambrientas.

La noticia cayó como un rayo en Puesto Guerra, y don Pantaleón, como única y drástica medida, armó cuanto pudo a sus cuatro peones y los mandó a bloquear los vados del Bolascuá. La orden era matar si los cañadenses avanzaban. Y los peones, visiblemente fruncidos por el miedo, hubieron de acoquinarse todavía más con el temor de que las víctimas pudieran ser sus propios parientes. Así, los del lado opuesto del arroyo quedaban sin un hilo de esperanza, condenados al desbande.

Pero en la hacienda de los Guerra, tampoco nadie podía sentirse a salvo pese a la férrea barrera profiláctica. Al anochecer, el más viejo de los peones, Gervasio, llegó tartajeando una excusa. Abandonaba la guardia del arroyo, según decía, debido al hambre y a la sed. Don Panta -la negra pistola al cinto y los brazos cruzados a la espalda-, oteaba desde el portón. Gervasio vacilaba como un niño. Al fin dijo: -¿Llegó la acanundú guazú, ayé che patrón?

No esperó respuesta. En realidad, él sólo necesitaba llamar al miedo por su nombre, y lo hizo. Al rato llegaron otros. Mientras comían y bebían como si lo hicieran por última vez, entró don Panta.

-Terminen ya y vuelvan inmediatamente al arroyo -ordenó.

Y al no escuchar respuesta, continuó:

-Sé que ustedes tienen miedo. Pero el miedo es peor   —48→   que la peste. Hay que impedir que la gente entre. Si porfían, hay que meterles balas. No hay otro remedio. De lo contrario, morirán todos ustedes y también yo. ¿Entendido?

Siguió un elocuente silencio. Gervasio masticaba su bocado final acodado en el apero, sin prisa por volver al arroyo. Llegó el último peón. Este, más que comida y agua buscaba aliento.

-¿La acanundú guazú pico, che patrón? ¿Ayé nico, che patrón?

Sordo a la insistencia, don Panta continuaba dando órdenes. Llegaron Yapá y Arturo asombrados por lo acontecido en La Cañada. Don Panta dejó de hablar. Los peones intercambiaban miradas. Ya nadie dijo nada sobre el tema de la fiebre maldita. Pero uno de ellos, tal vez buscando atenuar el propio miedo, al ver a la india y al muchacho que entraban en la cuadra, lanzó una broma procaz:

-¡La puta que anda caliente la yegüita...! -dijo-; ¡y el cojudito ma catu!

Era Gervasio. Otro, aprovechando para descargar el temblor acumulado dentro, acotó parco:

-E la enfermedá del chancho, che patrón.

En la penumbra del galpón resonó una risotada imbécil. Gervasio, con visible intención de dar largas a la partida, se mandó otra broma tonta, esta vez dirigida al más flaco de los peones: Pancho.

-¡Ohooo, bolsa de güeso, cha...! Vamo mba-éna ante que la india te come con lo ojo...

Y al decírselo, en un descuido, le acarició la espalda con la yapa del látigo, mala gracia para el flaco que, obligado a un enojoso esguince, pegó un bufido poco común en él.

-¡Viejo vyro! -farfulló rabioso y escupió.

Fue todo.

Don Panta, viéndolos evadidos del crucial problema por un momento, remedó una sonrisa compasiva. Pero, enseguida, volviendo a su natural severidad, repuso el orden en la cuadra.

La noche no tardó en llegar, invitando al reposo a cada cual donde estuviera, incluso a los encargados de la   —49→   vigilancia, a quienes ayudó a recuperar cierta calma. Apenas invadió el crepúsculo, éstos buscaron el amparo de cualquier matorral y, como de previo acuerdo, tranquilamente se durmieron. Tal vez fuera mejor así, mientras podían, ya que desde el día siguiente habían de encontrar escasas ganas para tan siquiera echarse un sueño.

En efecto, al promediar aquel día, la abominable enfermedad revelóseles tal cual era. Nadie, ni el propio Panta Guerra, había cesado de presagiarlo y sufrir su influjo irremediable desde los malhadados insomnios de doña Flora.

La fatalidad eligió precisamente al más humilde y débil, al infortunado «Bolsa de Güesos». A nadie se le ocurrió huir. Nadie salió disparando hacia los campos y montes como en el caso de los párvulos de La Cañada. Era inútil huir. Si el mal había llegado a Puesto Guerra, sin duda estaba en todas partes. Allí se quedaron como petrificados, incluso la india y Arturo, inmovilizados por el terror y la total indefensión, tiesos testigos del ataque, hasta que la galopante fogarada interna, los retorcijones y alaridos desesperantes amenguaran, y oscuros hilos de sanguaza evacuaran el cuerpo de la víctima. El pobre Pancho acababa así cocinado vivo dentro del magro cuero, pialado sobre una alfombra de boñigas. Los lazos que le habían impedido fuese en su desesperación a sumergirse en la laguna, le ceñían los miembros de tal modo que los tendones iban quedando descubiertos. Del color cobrizo pasaba a un blanco ocráceo, idéntico al color de la tierra estéril que lo recibiera del seno materno. Expiró cuando ya sólo era jirones de cuero, huesos y trapos. Una agónica pregunta desorbitaba los ojos de cada uno de los presentes: «¿Ahora, quién?».

Muerto Pancho, Arturo corrió a encerrarse en su cuarto. Jamás habría imaginado tanta cruel tortura para un ser enteramente inocente y bueno. Una desoladora sensación de frío le atacaba las vísceras. Presa de espanto, yacía suspendido sobre un remolino de brutales imágenes. Tembloroso, lloraba.

Yapá, en cambio, quizá debido a su elementalidad y pese a su natural estupor ante la muerte, pudo zafarse   —50→   prontamente de la conmoción general. Producido el desenlace, se apartó y lo dejó de lado, regresando de inmediato a la posesión de sus peculiares facultades. La quema del despojo (cualquier despojo era quemado en Puesto Guerra habiendo peste), último descomunal espectáculo para quienes allí permanecían con el corazón en la boca, no le interesó. Atravesando alambrados y empalados, ganó la laguna, la misma donde el infecto Pancho no pudo llegar por impedírselo un par de lazos en un bárbaro empeño por evitar que la peste contaminara el agua.

Totalmente desnuda, se metió entre los llantenes. Se sumergió cuanto pudo aguantar, reapareciendo y volviendo a sumergirse, estimulada por la frescura que le acariciaba las ingles y por el olor a barro y flores acuáticas. Había recobrado intacta su paz. Jugó con las mariposas y libélulas que revoloteaban curiosas a su alrededor. Volvió a sumergirse y reaparecer hasta el cansancio, y entonces, juntas las manos a modo de silbato, se detuvo soplando, soplando, con la esperanza de que Arturo pudiese oírla. Pero éste, tan abatido como estaba en su encierro, no pudo percatarse del mensaje. Sin embargo, al cabo de mucho insistir, la india se abrió en súbita alegría al captar finalmente la respuesta. Era que Arturo, habiendo percibido vagamente la señal, mantuvo tenso el oído por un momento hasta constatar aquel son inusual. Nadie más que Yapá sabía emitirlo de esa manera, y si de ella provenía, era que estaba llamándolo. Sin pensar más, abandonó el encierro, precisó la dirección, emitió su respuesta y echó a correr.

Yapá estaba tendida sobre la hierba acuática, brillosa de sol, entretenida contemplando una flor de aguapé cuyo almibarado néctar atrapaba cuanto insecto se posaba a libarla. Vio al muchacho llegar, y una cazadora sonrisa se le pintó en el rostro, viva expresión de deseo que él debió afrontar por primera vez. Aproximose absorto, mientras un sol impetuoso le recorría las venas. Ella saltó fuera del agua, hermosa en su desnudez. Y él, fijos los ojos en ese cuerpo cuya magia provocaba el violento despertar de sus bisoños ardores, maquinalmente se desnudó a su vez.

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-Vení py... -urgió la india incitándolo, y desapareció zambulléndose por debajo de los llantenes para emerger varias brazadas adentro, distancia que Arturo cubrió nadando como podía.

Unas manos tibias, manos de doméstica, hechas para todo trabajo, de pronto suaves e idílicas, lo recibieron. Y en seguida, una sin igual emoción bordeaba el delirio. Anudados en inédita cópula, en ellos sólo se reproducía sin embargo el fenómeno bajo cuyo influjo la exótica flor de aguapé se apropiaba del insecto fecundador que la libara, bien que la flor fuera luego descuajada por él, cumpliéndose de todos modos la simple voluntad del supremo amor.

Sobre la masa líquida, el sol estallaba en llamaradas a cada movimiento. En lo alto de los laureles y palmeras, cotorras, piriritas, calandrias, carpinteros, cardenales y benteveos tornaban puro jolgorio la media tarde. En un fondo de fosforescencia verde ceniza, el inmenso Yvytyruzú se pincelaba de oro y sombras, y entre sus corcovos reverberaban millones de mariposas filigranando de arabescos el vasto cielo. Y allí, no lejos, a sólo doscientas zancadas del agua, lardosos flecos de humo se diluían en el aire, surgiendo del redondel donde los últimos vestigios de quien en su miseria fuera Pancho, se consumían.

El peor espanto conocido en siglos acababa de sacudir a Puesto Guerra, y sus lóbregas huellas quedarían allí durante largo tiempo, en cuyo transcurso nadie osaría susurrar el nombre de la peste maldita sin antes echarse a la boca una cruz.

Los sucesos desbarataban el sueño de la gente, más aún el de los jóvenes Yapá y Arturo, quienes bruscamente maduraron. Él, desde entonces, sentíase un desconocido con imborrables experiencias de lo mísero y lo sublime adquiridos en el lapso de un mismo día. Y Yapá, pura naturaleza con apenas un leve barniz racional, desde la tarde aquélla, debido seguramente a su innata propensión, se convirtió en la más insaciable de las hembras. Todas las ocasiones, en adelante, habían de ser propicias para continuar el juego iniciado en la laguna. El fogoso deseo buscaría llenar invariablemente   —52→   el cuenco de la alegría o la desazón. Entre ambos habían descubierto una exclusiva isla donde la agonía generalizada no tenía lugar.

En cuanto al muy repudiado Gringo, también él fue duramente afectado por la macabra presencia. Caídos varios de sus seguidores, debió huir hacia las profundas quebradas, donde el agua, la vegetación lujuriante y alguna caza le aseguraban la supervivencia. Mientras tanto, numerosos cañadenses convertidos por él en calificados delincuentes habían dejado los huesos entre bostas de buitres en las aguadas negras. Pero la peste, en tanto los sobrevivientes rezaban y rezaban en descargo de sus propias condenadas almas, tan de repente, no habiendo transcurrido más de una quincena de su llegada, y sin que nadie pudiese creerlo todavía, alzó su tenebroso vuelo, alejándose. A pesar de la total carencia de medidas sanitarias, la endemoniada cesó el ataque tan pronto como los cañadenses hubieron resignado su miserable diezmo. Nadie podía dudar de que fuese un milagro de Tupá Ñandeyara el que puso en fuga al terrífico Añá, inoculador de fuego líquido en las menudencias del cristiano.

Y fue entonces que, cuando ya nadie lo esperaba, el fugitivo Gringo, de repente, volvió. El favor de una nefanda suerte, un arma nueva e impensada le caía del cielo para recomenzar. Era que en el dominio de los Guerra sólo había que lamentar una víctima: Pancho, contra una veintena y algo más en La Cañada. Gringo se congratulaba a medida que maduraba el propósito de utilizar el curioso fenómeno. Tranquilamente se las arregló para difundir la versión de que Pancho había muerto porque la noche víspera, en vez de hacer la guardia en el arroyo, la había pasado en cama de Vitó, hembra de mentado furor, también cañadense y víctima del mal. Tal argucia respondía, desde luego, al deseo de mejorar en algo los reventados ánimos de sus amigos.

De nuevo eufórico, demostraba la entusiasta seguridad de que la buena vida continuaba intacta en el próspero dominio de Panta Guerra. Nuevamente, con agresiva locuacidad y sin importarle evidenciar sus   —53→   peores intenciones, vociferaba frente a cada ranchete:

-Hay que dejar enseguida esta cañada de porquería... ¡Hay que mudarse allá, carajo! El peste co no se va del todo en la puta vida. Por eso hay que ganar la tierra sana, allá... Para no cagar fuego...

Apenas detenía su caballo, cuidando no pisar las boñigas apestadas, mientras miraba y miraba hacia la hacienda de los Guerra, como pronto a saltar allá.

Con astuta destreza manejaba el terror de la gente atribulada. Las infelices mujeres no cesaban de repetir en su indefensión: «¿Qué pio, che Dio, vamohacé si viene otra ve? Sin culanrero siquiera, ¿qué pio, che Dio, vamohacé?».

El único curandero conocido en la zona, un tal Pa-í Salú, no daba, en efecto, señales de vida. Lo más seguro era que no se había salvado. Tan decrépito como andaba el prójimo, por otra parte, bien poca fe ya merecían sus exorcismos.

¿Adónde pa entonce rebuscarse pue? ¿Adónde? La respuesta urgida por cada llorosa mirada, por cada vacía boca, estaba allí, siguiendo las pisadas del caballo de Gringo, que les mostraba el camino. La solución era ocupar Puesto Guerra. Pero, ¿cómo?

Sin ánimo para discernir, todos tragaban el cuento de la dormida de Pancho con la Vitá y su mortal consecuencia. De no haber sido cierto, obviamente, el pobre «Bolsa de Güeso» no estaría hecho cenizas... Otra cosa no quedaba más que creer. Era evidente que nadie más muriese en Puesto Guerra, lugar mimado por la mano de Dios -todos, aún a disgusto, lo decían-, donde ni enfermedades habían ni hacía falta remedios; donde, sin que nadie imaginase cómo y por qué, la vida se veía harto más humana.

Explayándose sobre el mentado caso del contagio de Pancho por vía sexual, Gringo llegó a convencerse a sí mismo de que tenía razón. Tanto más todavía, tomando en cuenta las degeneradas costumbres de la muerta.

Testigos, decía tener de sobra. Y que no le dejarían mentir. Y que habrían corroborado sus afirmaciones si no hubiesen corrido todos, ¡lástima!, la misma negra suerte de Pancho y Vitó.

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El duelo calaba hondo. Nadie con fe y temor de Dios habría osado nombrar en falso a los muertos. Y si Gringo los tomaba por testigos, el hecho en sí probaba su verdad.

«Hay que juir nomá, che hijo cuera» sollozaban las precoces viejas. Gringo no hacía sino arrojar su siembra y seguir su camino, dejando a los infelices enfermos de desesperanza, atrapados los ojos por el imán sombrío del arroyo barrera, límite de la desgracia y trinchera armada de la codiciada buena vida. E impulsados a las cansadas, y soliviantados por la extrema impaciencia, comenzaron a apoderarse de sus tendones unas oscuras ganas de matar.

Efectivamente, hacia el lado posterior de Bolascuá, la peste había pisado tierra muy de paso, con la mínima consecuencia conocida. El miedo, sin embargo, una vez en el oasis de los Guerra, allí quedó. Flotaba en la atmósfera plomiza de las vigilias, casi palpable, empeorando día tras día, con cada ataque de los cañadenses traducido en creciente cuatrerismo. Detrás de cada uno de ellos -se sabía- estaba la mano que los empujaba. Pero también los empujaba el hambre, el afán por sobrevivir.

Volviendo a doña Flora, tal vez debido al tremendo shock del espanto, se veía increíblemente mejorada, sufriendo sólo una real preocupación, la de tener que afrontar el parto sin tan siquiera una rústica partera, ello debido al aislamiento de Puesto Guerra, sitiado por el odio de los vecinos.

Pero un día, una inesperada carta llegada del pueblo en manos de don Panta puso fin al desasosiego. Provenía de la tía Juana y, precisamente, en ella le ofrecía compartir la casona de Loma Verde durante el parto y sus días de reposo, pudiendo además utilizar los servicios de su médico. Doña Flora no vaciló en aceptar la oferta. Se dispuso a partir cuanto antes pese a don Panta, quien sostenía que su alejamiento podría ser interpretado como signo de debilidad o de miedo, con el consiguiente estímulo para Gringo. A ella, en esos días, más que la salvaguarda de la hacienda, le importaba la seguridad de su bebé y la propia.

Dadas las circunstancias, don Panta debió derivar su   —55→   rotundo 'no' de los comienzos hacia una resignada cooperación para activar los preparativos del viaje.

Aparte de todos los problemas conocidos, doña Flora, pensando principalmente en la instrucción de sus hijos, había venido madurando desde tiempos atrás un secreto proyecto, casi un sueño: el de instalarse en Loma Verde, en una casa propia, ya que, al parecer, don Panta poco apreciaba su afán por dar a los suyos estudios, títulos, cultura. Y bien, ahora dispuesta a partir, de pronto, aquello que casi fuera un mero sueño se le ponía al alcance de las manos. Desde luego, algún dinero poseía, juntado moneda sobre moneda. Pero había algo acerca del cual vacilaba, y era si debía decírselo a don Panta. Más tranquila y segura desde que leyera la carta, sentía el ánimo bien dispuesto hacia él, hasta el punto de volver a sonreírle con naturalidad. Esa noche -cosa insólita en ella desde hacía meses- buscó la caricia del hombre. Él le hizo el amor tierna, delicadamente. Ella olvidó su extremo embarazo, olvidó su repulsión y se remontó hacia los ardores de su juventud. Y fue en ese momento del renacer de su ternura que no pudo resistir el deseo de hacerlo partícipe de sus planes, Pero, a su recuperada confianza, él sólo respondió con el silencio. Doña Flora pensó entonces que si don Panta le hubiera dicho 'no' se habría sentido peor. Pensó que ese silencio quizá fuera su forma de consentir pese a la decisión virtualmente asumida ante la cual ella lo colocaba. Ambos dejaron pasar el momento crítico, y él habló:

-Pienso que un terreno, sí, lo podrías comprar. Están baratos en Loma. Si te sobra algo, lo reservás para los muebles. De la casa me encargo yo. Mandaré unos carros con los materiales necesarios. Piedras y maderas tenemos aquí de sobra. Además, te daré una carta para Alejandro López, el constructor. Hablá con él y explicale tu deseo. Quiero que empiece cuanto antes. Así te ahorrás penurias.

Doña Flora lo escuchaba en la penumbra, llorosa de emoción. Acababa de descubrir un nuevo Panta, comprensivo y solidario. También él estaba emocionado. No la quería perder.

En pocos días, el trajín entre Loma Verde y Perulero   —56→   cobraba inusual frecuencia. En tanto don Panta se esforzaba por imprimir celeridad a la construcción, doña Flora soportaba su grávida espera y los desasosiegos de doña Juana, afligida ésta, entre otras cosas, por la situación en que quedaban el hermano Panta y el sobrino Arturo «¡con una india en la casa!».

Mientras tanto, y como nunca faltan perros que ladren, apenas las grandes voces de Alejandro López comenzaban a delinear las bases de la obra, ya sus ecos habían llegado a oídos de Gringo, Dios sabe cómo. Y Gringo, que no cejaba empujando a los cañadenses a fin de hacer de sus huesos una pasarela para sus propósitos, trató enseguida de precipitar las acciones tendentes4 a clavar las garras en el preciado botín, aun sabiendo que el disfrute de su éxito quizá no fuera enteramente suyo, ya que estaban, por un lado los impacientes cañadenses, y por el otro, el misterioso mandón a cuyo servicio actuaba y que no le perdonaría una mala jugada.

Eran los días del gran ajetreo. Don Panta cabalgaba con prisa cruzando el cañadón de Lemos, a medio camino de Perulero. Frente al boliche de Juan Larrosa, tentador paradero a la orilla de un bosque, se apeó, sacó de la alforja una limeta vacía, saludó a varios, y ni bien se aproximó al mostrador e hizo su pedido, lo sorprendió una noticia llegada en boca de cierto arriero que allí bebía y hablaba en alta voz. El sujeto se refería a una propiedad llamada Puesto Guerra, la cual estaría siendo ocupada por la «autoridá» para ser repartida a los pobres...

Don Panta regresaba del pueblo donde pasó dos días. Se avispó de golpe, aunque nada dijo. El individuo, seguramente, no hacía otra cosa que repetir algún comentario del muy hablador Gringo con respecto a la hacienda Guerra, aderezándolo a su gusto y manera. Pero, ¿quién podía saber si en ese momento, el maleante no estaría tratando de cumplir su amenaza? Don Panta volvió a su caballo y partió al galope.

Media hora después, al internarse en el crepúsculo de Perulero, torció el rumbo acostumbrado y apretó espuelas.

Solo ante sí mismo y contra todos los riesgos,   —57→   encaminábase a enfrentar de una vez por todas la realidad sea cual fuera. Ya mucha desazón le había costado conservar aquella heredada vida diferente; muchos disgustos, aun confiando en la ley y sabiéndola de su parte, convencido de ser un tipo correcto y hasta ecuánime. Para él, Puesto Guerra constituía algo por el cual debía pelear si necesario fuera y, acaso, morir. Por fuerza, tal convicción se había hecho en él un credo, una verdad, la suya, si bien su real validez todavía estaba por ser demostrada. Ahora se dirigía a ponerla y ponerse a prueba. Iba resuelto a borrar de La Cañada al responsable de su zozobra constante.

En Puesto Guerra, últimamente, buena parte de las tareas venía siendo cubierta por Yapá y Arturo. Los hombres, cuatro en total, entre ellos el capataz Juancho Sosa, un correntino contratado hacía un par de años, se encargaban de la vigilancia y la vida del ganado. Bajo el control de Juancho, sujeto algo nervioso pero leal como un perro, cada cual cumplía su trabajo. Nada debía dar lugar a que se notara la frecuente ausencia del patrón.

La tarea más ingrata resultaba sin duda la de mantener a raya a los menesterosos de La Cañada, consigna prioritaria en la hacienda. Los pobres diablos -niños y adultos- reptaban a través de los cardales como lagartos hambrientos, asomándose sigilosos al arroyo para luego huir espantados. Daba lástima echarlos a tiros en lugar de ayudarlos, pero era la orden y se la debía cumplir. Detrás de cada sombra en movimiento cabía suponer la presencia del tortuoso enemigo.

Y la callada mortificación debida a la impiedad inevitable afectó a todos en diversa medida. Cada uno, aunque dolorido por dentro, debía mantener el dedo en el gatillo, murmurando a solas, para darse ánimo, repetidas invocaciones a la esperanza. Alguna vez, un destino mejor debía existir.

Hasta el rudo Juancho Sosa, sobre cuyos hombros cargaba la parte mayor del compromiso, e incluso Arturo, hijo del propietario, que a pesar de su enredo con la india se ensamblaba duramente en la armazón del múltiple quehacer, sentíanse a menudo con un pie fuera del mundo, dominados por algún tirón de íntimas rebeldías,   —58→   o caían en hondas fugas, llevado Dios sabía por qué oscura decepción. Y así todos.

En cuanto a Yapá, la más insignificante pero menos permeable al desaliento, la que tomaba de la vida lo vital y nada más, huyendo en ocasiones, a su manera, de una suerte de contagiada agonía, volaba en alas de una nostalgia muy particular, trasponía quebradas y despeñaderos y aterrizaba en su entrañable Yatebó, allá donde los suyos pervivían de espaldas a la civilizada maldad. Y era más. Frecuentemente, como sigiloso barreno de urgencia, se le metía el secreto propósito de huir en verdad e irse a su valle. Ansiaba, aunque sólo fuera por algún instante, volver a los latidos de su silencio antiguo, al ardor desnudo de su querencia. ¡Ir a Yatebó!

Pero, para esa fuga real, necesitaba convencer a Arturo. Necesitaba que la siguiera pese a deberes y obediencias. Porque irse sin él se le hacía una insufrible idea, porque Arturo se había vuelto parte inseparable de sus ganas y antojos. Además, ir sola no le convenía porque bien pudiera su gente no dejarla regresar.

Y sucedió en una de ésas que don Panta había partido mucho antes del alba. Y Yapá se pasó desde entonces largas horas padeciendo un mal que ella desconocía: vacilaba. No atinaba cómo hacer posible su temerario empeño, hasta que, finalmente, ya alto el sol, se dio cuenta de que Arturo continuaba durmiendo. Sin pensar más, corrió a verlo, se acostó a su lado, lo abrazó con fuerza e hizo que la sintiera enteramente hembra suya. Con toda la calidez de que era capaz, le susurró al oído en su lengua exclusiva:

-Te quiero, te-quie-ro...

Arturo le acarició los pechos pequeños y erectos, el vientre de gatita montaz, el sexo liso y húmedo. Pero ella, hembra al fin, se le zafó de los brazos, desafiándolo a que la tomara si podía. Arturo, jadeante de ardor, trató de dominarla, y estaba a punto de conseguirlo cuando la imprevisible fierecilla, toda olorosa de sexo, cerrándose violenta, le declaró:

-Hacer si ir a Yatebó con Yapá.

-¿Irnos a Yatebó?

-Ir con luna, venir con sol, ¿ayépa?

  —59→  

Partir de noche y regresar con el sol, era la propuesta. Arturo, aunque asombrado, no pudo decirle 'no'. Irremediablemente atrapado en la fogosa red, ninguna obligación ni su compromiso con el padre pudo haber torcido en él un comportamiento cuyo impulso emanaba de la sangre.

A don Panta se lo esperaba de regreso recién al anochecer del día siguiente. Todos estaban enterados de que era la fecha probable del parto de doña Flora. Por lo tanto, él, se vería retenido en Loma Verde por lo menos un día más de lo acostumbrado. Y Yapá, pensando que esa coyuntura quizá no se repetiría, resolvió no dejarla pasar.

A partir del acuerdo efusivamente logrado con Arturo, la excursión comenzó a prepararse con prisa y entusiasmo. Entre ambos acometieron las tareas sin perder un instante. Ir a Yatebó, al misterioso valle de Yapá, era el motor del ahínco. Reían excitados, ganándose en prontitud por acabar cuanto antes. Aves, ovejas, terneros y cerdos los aturdían con la barahúnda del hambre. Repartir el pienso, ordeñar, limpiar y cocinar eran algunas de las muchas tareas por atender. Ningún descanso habían de darse si en verdad se proponían salir al anochecer.

Y, efectivamente, recién a esa hora cesó el trabajo para ambos. Los hombres, luego de haber tomado el último alimento del día, lentamente se dirigieron a sus puestos de guardia con el agobio de una pesadumbre inseparable. Ninguno, salvo tal vez el capataz, pudo advertir la escapada de Yapá y Arturo. Ensimismados y lejanos, esos hombres parecían haber perdido el interés por todo. Desde las amenazas de Gringo y la brutal presencia de la peste, habían alterado hasta sus ancestrales costumbres. Ya no se entretenían, como en otros tiempos, a esa misma hora, recontando peripecias y hazañas cargadas de fantasía. La existencia simple y llana de otrora, rodeada del vasto recogimiento de la naturaleza, había cambiado. Ahora, la quietud se poblaba de presagios y las mentes de sombras agresoras. Y sólo un par de temerarios como la india y su mancebo pudo aprovechar el desolado crepúsculo para desaparecer   —60→   sigilosamente rumbo a la selva. Se necesitaba para ello una buena porción de insensatez o una ponchada de amor. Entre otras cosas, la tentación que no cesaba en ellos les exigía romper los lazos de la quieta obediencia. Y lo hicieron.

Al cabo de una noche de inolvidables aventuras vividas en la jungla inhóspita, y habiendo logrado el enorme gozo de visitar juntos Yatebó, aparecieron a la mañana siguiente de regreso en Puesto Guerra. El sol había dejado la cima del Ybytyruzú y empezaba a picar las espaldas.

A pesar de la fatiga que traían, pasaron directamente el corral donde el ordeño estaba a punto de terminar. Juancho Sosa, responsable principal ante don Panta, al no haberlos encontrado en la casa ni en los alrededores, y viéndolos ahora llegar visiblemente cansados, los recibió con expresiones de franco enojo. Pero sus reproches, tanto como sus indagaciones, cayeron en el vacío. Y al verse rabiando solo frente a dos que no mostraban el mínimo deseo de darle satisfacción, escupió un oscuro gargajo de tabaco, señal de que algo acababa allí, y los dejó.

Arturo y la india cambiaron miradas de momentáneo alivio. Aún quedaba por verse si el capataz llegaba a la perrada de contárselo todo a don Panta. Pensando en eso, Arturo se encaminó hacia el trabajo que lo esperaba, al tiempo que Yapá, azorada por algo que acababa de ver, corrió a detenerlo, indicándole se fijara hacia el apeadero de la casa donde don Panta Guerra en persona se disponía a desmontar. Habría dejado Loma Verde muy temprano para que pudiera llegar a esa hora. Al verlo, Arturo sintió un súbito temblor. Sabía que su padre, ansioso por conocer novedades, no tardaría en reunirlos y averiguar cosas.

Así ocurrió, efectivamente, y la tensión en espera del probable soplido del capataz se hizo insufrible. La primera pregunta la dirigió don Panta a su hijo, y el momento crítico se precipitó. Y fue la india, la menos asustada quizá, quien se adelantó afrontando la situación.

-Señor Panta -dijo en su jerga-, el despertador no funcionó.

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Burdo el lenguaje como burda la excusa, pero su enredado y triste acento impresionó a Juancho, quien, deseando evitarle dificultades, intervino.

-Sí, che patrón, el depertador no funcionó. Por eso Arturo se levantó recién.

Don Panta, con una sonrisa que lo llegaba a serlo, miró a su hijo, en cuyo rostro el cansancio era inocultable. Pero, no queriendo malquistarse con él, se calló, aunque le pesaran los que creía evidentes excesos del muchacho en sus expansiones con la india.

Así concluyó la visita de la pareja a Yatebó, tal un hermoso sueño llegado a su fin.

Y Juancho Sosa quedó contento. Nada de lo sucedido lo afectaba, y lo tranquilizaba sentirse libre de la ojeriza de Arturo. Dejó la reunión sofocando en el pecho una suerte de risa cómplice. Al rato, don Panta lo llamó privadamente. Lo puso en conocimiento del comentario escuchado en el boliche de Lemos y de un frustrado intento suyo de visitar nuevamente a Gringo.

-No debía irse solo, che patrón -le dijo Juancho, afligido-. Ese tipo es un asesino. Y le amenaza de vera.

-Lo sé muy bien -replicó don Panta-, pero esta vez iba decidido a eliminarlo, y se me adelantó. Abandonó el rancho. Seguro habrá ganado el monte. Hay que redoblar la vigilancia, Juancho.

-Pierda cuidado, che patrón. Y, a ese Gringo, un día le v'arreglar la cuenta yo...

Pasaron dos semanas. Y nuevamente viajando en horas inusuales, don Panta arribaba a Puesto Guerra en compañía de doña Flora, ésta con un bebé en brazos. Al desmontar la madre, la criatura echó a llorar. Yapá, que aún dormía, se sobresaltó, se levantó de un salto, y presa de emoción incontrolable, corrió al encuentro del crío llorón. Arturo también se despertó. Los miraba desde la ventana de su cuarto. La llegada de la niña (estaba seguro de que lo sería) no lo fascinaba como a Yapá.

Desde ese día soplaron aires nuevos en la hacienda. Aires de mudanza. Muy a pesar de don Panta, doña Flora esperaba ocupar su nueva casa en un mes. Arturo, por su parte, lejos de todo entusiasmo, se debatía entre la pena y la duda. Sobre todo, le preocupaba Yapá, ausente, por   —62→   supuesto, de los planes de doña Flora. Yapá, punto de partida en su camino de hombre. Yapá, su alegría. Pero nadie más podía comprender lo que la india representaba para él. Inusitadas experiencias había vivido con ella. Y ahora tenía que dejarla. Al comienzo no sabía si pedir a su padre lo dejara en Perulero o aceptar el penoso alejamiento. Luego, la misma Yapá hizo posible que su actitud cambiara. Sucedió que la última en enterarse del plan en marcha fuera ella. La noticia le cayó en lo hondo de su almita oscura como piedra soltada desde un alto cerro. Doña Flora y Arturo se mudarían a Loma Verde. A Yapá, nadie le había dicho nada. Tampoco Arturo le dijo nada. Señal de que nadie contaba con ella. Por otra parte, ella no deseaba ese viaje. Aunque doña Flora o Arturo se lo pidiesen, su respuesta no podía ser sino un rotundo 'no'. Definitivo. Era mucha distancia, mucha para su esperanza de volver a Yatebó.

De ahí en más, Yapá se encerró en sí misma, en la evocación de su valle y su gente, los que, por cierto, a partir de su fugaz visita, gradualmente la venían ocupando hasta recuperarla entera. Ella no tenía dudas al respecto, aunque una profunda melancolía la oprimiese en su hermetismo. Huraña, cada día más, acabó por apartarse como animal enfermo, rehusando con brusquedad la compañía de Arturo. Y éste, despechado, la abandonó. Para colmo, vacía de interés y de ganas para todo, Yapá se dio al hábito de quedarse dormida en cualquier parte, aun en pleno trabajo, provocando la renovada ira y aun las azotainas. Y Arturo, en vez de apiadar se y animarla como antes, al verse rechazado por ella, optó por dejarla en su indefensión y buscar olvido en otras cosas.

Uno de esos ingratos días, poco después que amaneciera, la bronca anticipaba violencia contra la india. Según rabiaba doña Flora, la tipa se emperraba en la cama mientras los berridos y bramidos ensordecían y el ordeño se atrasaba por falta de brazos. Doña Flora se enfurecía más y más.

-Ya está mal acostumbrada -rezongaba-. La muy perra no ha de levantarse sin antes recibir su buen guascazo.

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Cansada de gritar, se armó de un látigo y fue a buscarla. Pero, aun antes de pisar el umbral, se detuvo perpleja, resistiéndose por un instante a creer lo que veía. La puerta del cuarto donde dormía Yapá, totalmente abierta, rechinaba quedamente movida por la brisa. Y en el fondo, entre sucios harapos, el catre vacío mostraba su correaje despellejado como penosa osamenta.

Poco a poco, Yapá se había dado cuenta de que su alejamiento de Yatebó carecía de objeto. Desde luego, bien pudo también ella crecer en razón bajo el acicate de la cruenta vida soportada en los últimos tiempos. Desde su breve visita al valle natal, sus ojos venían viendo las cosas de un modo distinto. Su ilusión respecto a una vida mejor, un ambiente mejor y un ancho espacio vital como el llamado «campo libre» venía desvaneciéndose, cayéndosele a jirones, al igual que su única pollera de percal, a través de los pajonales del feudo Guerra. Incluso el amor vivido en esa exuberante tierra, deslumbrante al comienzo como sol que nace, encontraba al final apenas diferente del apareo conocido en la promiscuidad indígena.

De toda su ilusión, solamente le quedaba un cansancio cargado de soledad, un desierto de esperanzas. Debía pues elegir, simplemente, entre alguna otra pollera de percal para romperla en los duros trajines entre azote y azote, o el escueto culero de syrybí, prenda insuperable para su abigarrado mundo de quebradas.

Yapá no podía vacilar en su elección porque allá, entre rocas y ramazones pobladas de misterio, había quedado su emoción de adolescente que aprendió a transitar por la vida sin nada a cuestas más que la magia de no necesitar ni siquiera desear otra cosa que el magro fruto del roquedal para apaciguar el estómago, y poder dormir, aun fuese con un solo ojo, pero dormir sin el peso del mañana opresivo.

Ahora que su almita montaraz renunciaba a Arturo, ya nada había en ese lugar que la llenase. Y se fue.



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ArribaAbajoCapítulo IV

Cuando muere la esperanza


Si bien doña Flora nunca lo dijese, Pantaleón Guerra era para ella, además de su hombre, su único benefactor. Una tarde, de ésas que nunca podría olvidar aunque quisiera, huyendo sin rumbo, huérfana de todo humano apoyo, lo había encontrado por mero azar. Y cabalgaron juntos durante una interminable travesía hasta arribar al caserón de Perulero que, luego lo supo, se llamaba Puesto Guerra. Bien que allí fuesen a morir sus juveniles ímpetus, era ése al menos un refugio desde donde otearía soñados horizontes. Las decepciones y amarguras posteriores no cuentan. Fueron, claro está, parte de otra historia.

Oriunda de Borja, tenía veinte años, la llamaban Florita y era maestra; una maestra un tanto rebelde, hecha a prueba de ingratitudes y privaciones. Salpicada en su adolescencia por audaces ideas que prendieron y florecieron en ella, involuntariamente había lastimado los inefables hábitos familiares y los de la candorosa clase dominante del lugar. Debía reconocerlo después, con pena.

Persuadida de que algo olía a corrupto en el ambiente social, indujo a varios de sus coetáneos a secundar sus afanes de renovación. La juventud, sangre limpia, debía sanear la vida. Y tamaña temeridad la convirtió en blanco de una hostilidad maligna. La beatería local tomó   —66→   la iniciativa. Mostrando una unanimidad digna de mejor causa, buscó afanosa la forma, cualquiera fuese, para acabar con la «anarquista». ¿Y cuál mejor que empujarla al charco de la deshonra? Por coincidencia, cierto don Juan forastero venía rondándola sin disimulo y con una tímida anuencia de ella.

Todas las compueblanas estaban sumamente excitadas. Pero, naturalmente, ellas se veían incapaces de hacer daño alguno. En cambio, él... Y la cosa comenzó del modo más cordial. Las más allegadas, las amigas, las parientes, le implementaron un cumpleaños, sí, el suyo, pues, casualmente, Florita cumplía años, pero, no andando en buenos términos con la familia, prefería olvidarlo. De ahí que el generoso gesto la llenara de reconocimiento. Una ofrecía su casa, otra la música, otra, una modista, la invitaba a probarse un vestido, un regalo especial a ser estrenado en la fiesta que le ofrecerían. Tierno camuflaje cubría la trampa. La soñadora maestrita rural, amiga de los niños y del numeroso pobrerío, estaba marcada. Había ofendido, por cierto. Las mujeres debían ser sumisas y obsecuentes como lo habían sido tradicionalmente, jamás intrépidas y justicieras. Florita repudiaba la humillación, los falsos temores, el conformismo. Florita proclamaba como símbolo de vida, la alegría. Los niños la adoraban, sentíanse iguales a ella. Era la más abierta, la más comprensiva, la más libre de la escuela. Y resultó que todo eso estaba mal, todo eso relajaba el orden, la disciplina, las buenas costumbres.

Cuando golpeó en el portón de la modista, ésta se dejó oír desde los fondos.

-Entrá, querida... entrá nomás, quitate la ropa que enseguida voy a probarte el vestido.

Y Florita pasó adelante, se aligeró de ropas, esperó. Ante la excesiva demora, entró en instintiva duda. Escrutó su alrededor. No veía indicios de costura en parte alguna de la pieza. Veía sí la máquina de coser cerrada y cubierta de polvo, las perchas vacías, el maniquí desnudo. Y más que nada, le llamó la atención un colchón tirado en un sector del piso.

La modista no aparecía. Súbitamente, alguien cerró   —67→   la puerta de entrada, dejando la pieza en penumbra. Florita lo comprendió todo de golpe. Quiso huir por el patio, pero la puerta de ese lado también se cerró. Una sombra subrepticia la tomó por la cintura y una voz masculina le habló al oído:

-Es mejor que te entregues a las buenas. Si gritás, los vecinos van a enterarse.

Florita forcejeaba defendiéndose y pidiendo auxilio a la demorada modista. Hubiera gritado ni bien apareció el hombre si no temblara por temor al escándalo. Ella que condenaba los prejuicios, que proclamaba la lucha, temía al escándalo. Pero al verse ya vencida y a punto de ser violada por el sujeto, cesó de pensar en lo que «la gente dirá» y con toda la potencia de sus pulmones gritó: ¡Sooocooorrooo! ¡Soocooorrooo! El violador, fuera de control, emprendió a bofetadas para acallarla, pero ella continuaba clamando: ¡Sooocooorrooo! ¡Sooocooorrooo!

Finalmente, los vecinos acudieron, agolpándose a saber lo que pasaba, y el frustrado violador tuvo que darse a la fuga. Florita, entre tanto, no salía de su terror y turbación. La canallada de que era víctima la anonadaba. Los vecinos la acosaban con preguntas. Nadie aún podía saber a ciencia cierta lo que adentro había sucedido, cuando la modista apareció en escena vociferando toda indignada:

-¡Pero qué escándalo! ¡Tanto alboroto, si él es tu novio y se va casar contigo...! ¿Por qué tanto grito entonces, si vos le querés? ¡Tanto lloriqueo, ni que fueras una chiquilina!

Y la modista seguía. Florita abandonó la casa cayéndose de vergüenza. Ahora los vecinos reían. Le hacían preguntas obscenas. Ella, ni llorar podía.

Cuando los padres se enteraron, montaron en furia, la golpearon sin piedad y no le permitieron explicar los reales hechos. Decididamente, la cosa tenía que haber sucedido tal como la gente decía. La culpa de todo debía tenerla ella. En conclusión, Florita fue arrojada a la calle. Durante toda su vida llevaría oscuras cicatrices como recuerdos del cumpleaños aquél.

Y sola entonces, cubierta de lodo, sin nada por delante más que el camino, aquella calurosa tarde partía   —68→   soportando torvos dardos en el pecho. Dejaba atrás las blancas casitas de Borja, la romántica estación del ferrocarril, las amigas ahora enfermas de maldad, montones de recuerdos de la niñez, los sueños de la adolescencia ahogados entre la bruma de un incierto porvenir. Todavía le seguían los pasos peregrinas miradas. Las íntimas de ayer la lapidaban con los ojos. Florita tragaba nudos de sollozos reprimiendo su peor desencanto. Llegada al límite del poblado, tendió la vista campo afuera y avanzó.

Sin saber para dónde, huía montada en una picaza, regalo de una tal doña María Vera, su madrina muerta. No podía recordar cómo era ella, pero en tan crucial circunstancia le estaba agradecida. De pronto, pensando, se le antojó que la carretera se desplazaba y ella quedaba demorada en esa tierra hostil. Hubiera querido desaparecer de un soplo, volar, borrarse de su pequeño espacio y de su tiempo, pero jamás habría pensado suicidarse. El suicidio no le cabía en la mente. No huía de la vida. Huía de la maldad.

A bastante distancia de su pueblo natal, en pleno desolado campo, cierto desconocido montando un brioso alazán la alcanzó. Luego del usual saludo, emparejó su cabalgadura al trote cansino de la picaza. Es que, pensaría seguramente, en un largo y desértico camino, un hombre no debería dejar atrás a una mujer, máxime siendo ésta bien parecida y joven. Y no debería mantenerse callado. Resulta aburrido andar acompañado y en silencio. Generalmente, uno comienza preguntando a dónde va. Y, generalmente, la conversación surge espontánea.

El desconocido dejó de serlo al presentarse como Pantaleón Guerra, sonoro apelativo para una gallarda estampa. Hombre ducho, un tanto entrado en años, don Pantaleón hablaba con aplomo y lucía calidad, mas no se mostraba locuaz. No platicaron más que lo necesario para que él se ubicase en la difícil coyuntura que afrontaba la viajera. Ciertamente, mal habría quedado un hombre como él si no le ofreciese albergue.

Florita despertó a la mañana sobresaltada por un rumor de voces extrañas. Al dejar la cama y saltar al aire   —69→   libre, vio centenarios árboles, palmeras agitando verdes penachos cargados de pájaros, vio un mar de aves de corral, cerdos y vacas. Más allá, campos, montes y la abigarrada enormidad de la cordillera. De repente veíase transplantada en un paraje de ensueño con siglos de ignorada historia. En su derredor, todo hablaba de prosperidad, en un lenguaje de pasados tiempos. Todo allí provenía de un respetable ancestro. En ese casual refugio debía desanudar su angustia, soltar sus ideales en azules retazos de cielo e iniciar el contaje de los días sin nombre.

Y transcurrieron soles, lunas, buenos y malos tiempos. El primer confidente de sus escondidas lágrimas llamose Arturo, fruto de gratitud y desasosiegos, producto de un inusual albergue.

Florita, tierna, exuberante, se prodigaba en esfuerzos sin importarle que sus primores amustiasen en el tórrido trajín de Perulero. Sus angustias ya no eran las de su juventud incomprendida. Los problemas eran otros.

Mientras tanto, en el alejado pueblo de Borja también los temas eran diferentes. A ninguna de las pintorescas damitas de clase media le pesaba en la hueca mente el recuerdo de Florita. Borja continuaba sumida en su decrépita quietud, y en el ámbito familiar, el bochorno con respecto a la maestra defenestrada todavía sellaba las bocas.

E imprevistamente arribó un desconocido que decía llamarse Juan Sosa. Se trataba de un correntino seriote que iba de parte de «doña Flora» con encargo de conducir a Perulero lo que le quedaba del legado de la madrina muerta: unas cuantas vaquitas; y de transportar en la carreta que al efecto traía los modestos muebles que la joven había logrado con los ahorros que le permitiera su magro sueldo de maestra. Y el avispero borjeño zumbó con la noticia. Renovada la inquina, habían quienes mostrábanse contentas y vengadas al enterarse de que «la pobrecita» ¡ay! fuese a parar de concubina en una hacienda.

Las vaquitas de doña Flora, pintaditas y mansas, como de suave cera y hechas al tacto, caminaron sumisas   —70→   hasta muy cerca de la noche, cuando avistaron el caserón de Puesto Guerra. Al arribo, la emoción y el cariño les salieron al encuentro. La dueña las nombraba una por una y las abrazaba como si fueran pedazos de su persona. Enseguida las condujo al establo donde comieron, bebieron y se dispusieron a pasar la noche. Y esa noche, de contenta que estaba, doña Flora no pudo conciliar el sueño. Acostada en su propia cama y con la presencia de sus vacas en el establo, se sentía de nuevo fortalecida, al punto que sus preocupaciones por la incesante hostilidd de los cañadenses quedaron de momento relegadas a segundo lugar. Esa noche, la vigilia, aunque larga, se le hizo feliz. Y habiendo apenas amanecido, ya ella estuvo nuevamente junto a sus vacas, nombrándolas. Pero ahora las notaba molestas, incómodas, como temerosas de quedarse allí. Bramaban tristemente, buscando salida a lo largo de la cerca, una tras otra, como pidiendo las devolvieran a la lejana querencia. Y doña Flora se detuvo impresionada observándolas, comprendiendo o quizá compartiendo esa desazón tan semejante a la suya propia, reprimida sin cesar. Por un instante la invadió un sentimiento de profundo dolor por haberse equivocado en hacerlas venir. Y esa idea la devolvió bruscamente a la realidad dominante, de continuas amenazas e inseguridad. Trayendo consigo a su ganado, seguramente pensaba ella inyectar alguna fuerza a su vacilante esperanza respecto a que pudiese renacer la paz, no obstante haber gastado inútil y numeroso esfuerzo en buscarla, desde los comienzos de la hostilidad. Tiempo atrás, cuando ya le parecía todo bien encaminado, cuando los cañadenses habían llegado a simpatizar con ella y admirarla por su juventud y dinamismo, de pronto, una gran sequía sumó desesperación al hambre, y la esperanza se desvaneció. Ahora, la cosa iba de mal en peor. Parte de la culpa, desde luego, ella le achacaba a don Panta, éste que en tren de precautelarse echó postes y alambró la parte fértil. Resultado: odio más odio. Y cuando Gringo puso los pies en La Cañada, no hacía falta sino atizar el descontento ya existente hasta volverlo hoguera. Ya por entonces, doña Flora vaticinaba las consecuencias.

Observando el comportamiento de sus animales,   —71→   empezaba pues a dudar de su acierto al hacerlos venir, «justo ahora» pensaba, «justo en momentos en que la mudanza al pueblo se prepara». La sobresaltó la voz de don Panta, detenido a sus espaldas, tratando de adivinar su vacuno coloquio.

-Habrá que ponerlas en el potrero chico -le dijo-. Allí el pasto es mejor y eso ayudará a que se adapten. Además, estarán más seguras.

A doña Flora le preocupaba otra cosa. Y hacia aquélla derivó la conversación.

-Deberías tomar la iniciativa -comenzó persuasiva mirando hacia La Cañada-. Ellos pasarían a ser tus aliados si les dejaras trabajar una parcela de tierra buena. Ellos te ayudarían a defender lo tuyo en vez de ser tus enemigos. Cualquiera reconoce cuando se le tiende una mano generosa. ¿Por qué no probás?

Don Panta la miró de una manera rara, como preguntándose qué bicho la picaba. Ella se le aproximó, le apoyó la cabeza en el pecho y continuó con tono triste:

-Hacelo por tus hijos, Panta. Te lo ruego. Intentá la paz con ellos ayudándolos para que puedan vivir. La miseria vuelve malo a cualquiera, Panta. Sólo un poco de buena voluntad puede salvarlos a ellos y también a vos.

Al parecer, las últimas palabras de su mujer lo sacaron de quicio. Muy afectado, se apartó de ella.

-¡Qué mierda! -gruñó-. Haré lo mismo que hicieron mi padre y mi abuelo. Defenderé lo mío. Y lo haré con mi sangre si fuera necesario. Vos no te preocupes de eso. Es mi problema.

La dejó. Doña Flora sintió hondas palpitaciones en la herida que en silencio le crecía dentro. Temblaba como en sus peores momentos. Don Panta volvió a la casa, se puso el sombrero, y ya salía cuando vio al correntino Juancho que llegaba al galope. Ni bien éste se apeó, habló precipitadamente empeorando su malísimo español:

-Se perdió dos vaca más, patrón; ya buscamo por todo lao; no'stá, patrón. Seguro que ha de ser el Gringo, seguro...

Se lo veía a punto de llorar. Don Panta le espetó:

-¿Y ustedes, tropa de infelices, qué hacían mientras   —72→   tanto? ¡Vayan a traer esas vacas, aunque tengan que sacarlas de las tripas de Gringo, sigan pues, carajo!

Confuso y humillado, Juancho dio media vuelta y volvió por donde vino. En el portón encontró a Gervasio, el más viejo de los peones, que llegaba muy triste, con mal aspecto. Cerrándole el paso, le dijo:

-Se perdió dos vaca más. Tenemo que ir a buscar y traer de donde estén.

El viejo respondió con un gesto de hombros, negándose. Juancho escupió y siguió viaje.

Cuando Gervasio se aproximó a la puerta principal, don Panta llenaba la casa con su bronca. «¡Conque ayudar a esos miserables! ¡Vaya! ¡Les voy a meter plomo, eso sí!» El viejo se detuvo esperando a que se calmara. Al rato se decidió.

-Con su licencia, che'patrón -dijo al entrar, humildemente-. Estoy enfermo, y no quiero irme de usté. Yo pasé aquí toda mi vida, primero con su papá, despué con usté..., y siento que ya falta poco para irme de este mundo. Por eso, che'patrón, vengo a pedir un lugarcito para un rancho. Tengo vergüenza de morir como un perro despué de trabajar tanto, ¿ayépa nio, che'patrón?...

Don Panta se abrochaba las polainas resoplando con dificultad. Al acabar, levantó la vista enrojecida, fijándola en Gervasio, y sin medir la amargura contenida en la súplica de su servidor, reaccionó colérico:

-¡Basta, viejo malagradecido! -le dijo-. Parece que Gringo te convenció también a vos... Aquí tenés comida y cama. ¿Qué más querés? Y si te vas a morir, ¿para qué mierda querés un rancho? No te hagas problema; te podés morir cuando quieras. Pero, lo que ahora importa es que vayas con los otros a buscar las vacas perdidas. Eso sí, es importante. Así que, ¡siga nomás!

A su tristeza senil se le sumó el rencor. Gervasio abandonó la casa. Su matungo tascaba el freno dormitando a la sombra de una palmera. Lo montó y salió al tranco, dirigiéndose a la carretera. Allá se detuvo, tendió la mirada hacia uno y otro confín, quedó mirando en dirección a La Cañada, vaciló un instante y apretó las espuelas. Avanzó sin importarle lo que hacía. No lloraba porque en su condición ya ni eso valía la pena. Perdido   —73→   bajo la inmensidad de los cerros, flanqueó los promontorios dando un largo rodeo para evitar encuentros con Juancho u otro cualquiera de los hombres de Puesto Guerra, y entró finalmente en el áspero pergamino de la aridez por la parte rocosa. A un costado tenía la presencia oprimente del Ybytyruzú. Al otro lado, atravesando el arroyo y la vasta maleza, borroso en medio de un blancuzco paisaje, entre espinillos y erizados cactus, atisbaba el mundo de Gringo. Sin dar tiempo a las vacilaciones, allá se encaminó.

El hombre lo vio aproximarse lentamente, y pensó enseguida que Panta Guerra lo largaba por muy viejo, porque ya no le servía. Le salió al encuentro con expresiones de simpatía y regocijo. Lo invitó a bajar, a tomar asiento. Gringo lo necesitaba. A él sí le podía ser útil. Gervasio era un libro abierto en lo referente a las rutinas de la hacienda, y en lo concerniente, además, a sus debilidades y fortalezas. Había gastado allá la vida entera «¡al pedo!» Gringo sí le prometía la pronta tenencia de la tierra que Panta Guerra le negaba, buena tierra, al otro lado del arroyo, donde él eligiera nomás, muy pronto... Por fin, alguien le reconocía su derecho.

-¡Claro que vasa tener! -le aseguró paternal el hombre-. Vasa tener la tierra y el rancho también... ¡claro! Por lo pronto vasa andar con los muchacho, y cuando liquidamo al tipo, ¡jhe!, vasa tener tu parte.

Gervasio entró a compartir un cubil tapizado de boñigas y minado de pulgas, bastante peor que el cobijo abandonado en lo de Panta Guerra.

«Por lo pronto, ¡claro!», se dijo a sí mismo metiéndose bajo la jerga, dispuesto a dormir. O, al menos, a continuar soñando. Gervasio llenaría por algún tiempo el espacio dejado por el indio muerto.

Conocía Perulero como la palma de la mano. Cada atisbo de su esperanza había desaparecido por asfixia bajo la férula patriarcal de los Guerra. Así pensaba él a su manera, pero amaba Perulero. Amaba el verde y ocre desparramados en infinita gama por los llanos y faldas. Y amaba el sol que surgía de la cordillera y daba sensación de parto. Desde niño, sólo conocía esa tierra, sus bellezas y sus males. En cuanto a la propia tristeza, él   —74→   mismo la había gestado y parido mil veces, a solas, a través del campo, sin lágrimas, porque llorar no era de hombres. Y todo por una cándida confianza: la de llegar a poseer un día un pedacito soleado donde clavar un rancho. En ocasiones, un nudo de dolor le bloqueaba el pecho. Durante las siestas, lo oprimía el gemir del viento en las palmeras y el plañido de los halcones hambrientos. Sentía entonces como si la naturaleza llorase por él. Al crepúsculo se evadía de su angustia contemplando la inmensidad de la cordillera. La imaginaba un fabuloso toro largamente acostado rumiando su fiereza eterna. Siempre las noches fueron sus enemigas. Echado sobre la jerga, solo, las pasaba matando pulgas. Pero al alba, al sacudirse la modorra inútil, oía relinchos en el campo. Amaba el campo y los caballos. Apenas la penumbra del amanecer se lo permitía, galopaba aspirando aromada brisa. Le venían ganas de gritar y echaba un largo grito con falsete, poniendo en él toda su alma. Ahora recordaba con pena a Juancho Sosa. Lo apreciaba por callado y duro. Él todavía hubiera podido ser como el correntino de no haberle atrapado la maldita vejez, y de no sentir en los huesos una lastimosa necesidad de quietud. A esa edad, desde luego, al hombre le pasa como a los laureles negros. Se le pudren las raíces y se abaten. Esa sensación dominaba a Gervasio, esa visión de desplome. Por fin, pese a las infinitas pulgas, quedose dormido.

En enero, doña Flora se mudó a Loma Verde, dejando en Perulero muchos años de lucha estéril y un vacío imposible de llenar. Era el comienzo de la década del treinta que entraba con signos trágicos: la sequía y la inminente guerra. En la ciudad no se hablaba de otra cosa.

Pero volvamos a Perulero. Por primera vez, los arroyos y aguadas quedaban hechos polvo, menudeando pavorosos incendios de campos y bosques. Al cabo de mucho sufrimiento, muy de tarde en tarde, algún aguacero se insinuaba, y era como una gracia de Dios, pero sólo se insinuaba.

A las interminables y sofocantes jornadas lidiando tras animales desesperados que ganaban los profundos fangales donde se atascaban y eran comidos vivos por los   —75→   buitres o cazados por las huestes de Gringo, sucedían noches igualmente atroces en que la gente desvelada sudaba con el dedo en el gatillo. Desde la noche que siguió al exabrupto de don Panta, Juancho las pasaba enfermo de frustración. Ni bien amanecía, ensillaba su montado y salía como huyendo, con pésimo humor. Uno de esos días, perdido en conjeturas acerca de su situación, llegó a las aguadas y barreros desérticos de las estribaciones. Cabalgó difícilmente sobre el duro y cuarteado lecho de arcilla, se metió en el cauce de arena y piedras del arroyo seco, y al cabo de un rato reapareció sobre la barranca. Rastreaba con pocas esperanzas las últimas reses desaparecidas y otras que quizá corrieron la misma suerte. El suelo profusamente agrietado resonaba al peso de su cabalgadura. El bosque chamuscado y el campo sin verdor le llenaban de congoja. En las hoyadas hediondas, el viento arremolinaba el polvo y las briznas, sepultando diminutos pececillos y caracoles. Ni un solo trino se dejaba oír. Las aves, salvo las rapaces, habían emigrado o murieron.

Juancho cruzó finalmente el cauce muerto del Bolascuá y avanzó sin prisa paralelamente al curso del arroyo. Al rato, en un claro donde predominaban espinillos y uñadegatos amarronados y crujientes, vio alzar vuelo una pareja de caranchos, abandonando la osamenta que despellejaban. Juancho la examinó y continuó su cauteloso movimiento. Enseguida, por entre la maleza que escrutaba minucioso, pudo entrever algo moviéndose más adelante, en una hondonada cercana. La maraña le dificultaba la visión, pero al punto oyó sonar los ollares de un caballo. Apartó cuidadosamente una rama y, en efecto, allí se veían dos jinetes; rabiaban enredados en una zanja, procurando vanamente levantar una res echada que se negaba a seguir. Juancho pudo distinguir un revoltijo de lazos, y ya no le cupo la menor duda. Se trataba de cuatreros. Y la bestia, por su comportamiento, debía ser una cerrera. Desmontó con sigilo, inspeccionó de una ojeada el terreno, preparó el Winchester, dio unos pasos, y olvidando de golpe sus reconcomios, apuntó. Al primer disparo, uno de los caballos cayó con estrépito. Obviamente, Juancho no era buen tirador. Se   —76→   preparó a fijar nueva puntería. El segundo proyectil cortó el lazo que estaba tenso, azar que lo puso contento. Mientras tanto, el hombre del caballo caído se dio a la fuga revólver en mano, sin haber disparado. Probablemente, no pudo precisar de dónde provenían las balas. El segundo hombre quiso seguir al fugitivo pero fue alcanzado por un tercer cartucho y se desplomó. Su caballo huyó espantado llevándose a rastras el lazo roto. Juancho se acercó al herido sin dejar de apuntarlo. El infeliz gemía, y resultó ser -¡cosa increíble!- el mismísimo Gervasio. Juancho, padeciendo la peor consternación de su vida, quedó mirándolo.

El viejo se ligó con el cinto el muslo traspasado por la herida, sin tan sólo una mirada para el agresor parado frente a él, y lentamente reptó hacia el arroyo seco, donde se taponó la herida con arena, alejándose luego, a duras penas, a través del monte. Su desconcertado ex-compañero lo dejó ir. Antes que impedírselo, prefirió ayudar a la res echada en la zanja. Le quitó el lazo, le aplicó un fuerte mordisco en la cola, y la vacuna fiera pegó un salto. Al verse libre, clavó la vista hacia el cerro y emprendió la corrida.

Ya en Puesto Guerra, Juancho callaba. No podía denunciar ni siquiera mencionar un hecho que, además de resultarle estúpido, lo desmoralizaba. El resto del día se pasó tragando hiel. A la noche -mal entre males que llegó como cualquier otra cubriendo de subido oscuro la existencia gris-, acabada la cena, descargó el wínchester, lo limpió y renovó la carga, tarea de rutina sin la menor participación del ánimo. Esa noche le tocaba montar guardia en la taperita, otrora alojamiento de las domésticas, ahora criadero de avispas. Actuaba sin prisa y sin entusiasmo, en parte, quizá, por verse dueño de la iniciativa, la que le importaba ciertamente muy poco. Don Panta había partido a la madrugada rumbo a Loma Verde, donde su mujer y sus hijos estaban instalados desde hacía un mes. En Puesto Guerra esperaban que su ausencia durase cuanto menos hasta la mañana del día siguiente.

Llegado el momento, Juancho se acomodó en su puesto de guardia. Se acostó levantando la cabeza y   —77→   disponiendo las manos a modo de almohada contra un horcón. Tenía el arma cruzada sobre el cuerpo, la mirada perdida en la penumbra, el espíritu inmerso en profunda desolación. Que los peones a su cargo hayan o no cubierto debidamente sus puestos de vigilancia tampoco le importaba. La alta hierba seca de los alrededores le limitaba la visibilidad a unos pocos metros, además de retener la escasa brisa, empeorando la temperatura. La opaca luna, por su parte, muy poco encanto le ofrecía y debía soportar, además, la fragancia del yuyo marchito mezclado con el olor a bostas. Debía soportarlo porque ni siquiera podía evadirse durmiendo. En realidad, era su instinto de conservación, más que otra cosa, el que le quitaba el sueño. Sin embargo, pasadas unas horas, la modorra se le hizo sentir en los párpados, y no tardó en hacerse irresistible su carga. Y ocurrió que, en el momento preciso del primer cabeceo, un brusco sobresalto lo despabiló. Ruidos de cascos o de botas fueron la causa. Y, ya un tanto asustado, Juancho pudo entrever de inmediato cierto bulto que le sugería -miedo de por medio- la silueta de un hombre, alta silueta dibujada por la media luz lunar sobre la borrosidad del herbazal. Tratárase o no del esperado intruso, Juancho prefirió no vacilar. Tomó posición, dispuso el arma, y gritó:

-¡Alto!

Al cabo de un silencio insufrible, sólo poblado del cuchicheo de insectos y los latidos de la propia sangre, veía que la sombra se estremecía, que luego daba un traspiés y avanzaba. Como un relámpago, a Juancho se le cruzó por la mente lo trascendido en ocasión de la no muy lejana pero sí muy mentada aventura de Gringo, y era que el sujeto había elegido justamente el camino ése, entre la serrería y la taperita, donde él, Juancho, bien prendido al gatillo, lo aguardaba ahora. Y pensando en voz alta, dijo «¡Va'la puta!», y apretó el disparador con furia.

Tras la descarga cerrada, la sombra quedó planchada con crujidos inusuales. Y el capataz, con la misma ansiedad que lo dominaba aquella mañana, cuando acababa de balear al viejo Gervasio, corrió, dedo en gatillo, a cerciorarse de si el caído estaba bien caído. Y sí, lo   —78→   estaba, pero no se trataba de cristiano alguno, ni tan siquiera de un mal cristiano como lo serían Gringo o algún capanga suyo. Infortunadamente, no. La víctima no era sino el garañón malacara, un hermoso purasangre, ejemplar que fascinaba a Panta Guerra, habiéndolo costeado a precio de excepción, en un enredado remate judicial. Estaba allí tendido, tan largo como esbelto fuera en vida.

El animal, empujado por la sed, llegaría buscando agua. Y Juancho, conturbada la imaginación por obra de los nervios, vio en él no sólo estatura humana con fornido tronco, sino, además, cara humana, blancuzca, y orejas y crines convertidas en perfecto sombrero, de la justa forma con que solía darse pinta el malquisto Gringo. Y lo mató.

Gimiendo de pura decepción al comprobarse atrapado por el influjo de la desgracia, maldijo desconsoladamente, renegando de su propia vida, «jue añá membyré», y preguntándose rabioso «¿qué puta vía'cer pue con el justamenta?». Por cierto, había que borrarlo de la vista, hacerlo desaparecer. Arrastrando el arma tras de sí, más rengo que si en su persona recibiera la descarga, trotando se metió en la penumbra de la caballeriza, ensilló, cabalgó y regresó junto al potro muerto, momento en que los demás hombres llegaban alarmados y presurosos, luego de abandonar cada cual su guardia para acudir en ayuda del correntino. Y las risotadas estallaron inevitables en plena cara del capataz, cuyo lamentable ánimo ni cabal discernimiento le permitía. Efectivamente, el infortunado acabó explotando en insultos y amenazas contra cualquiera que pudiese comentar lo allí ocurrido.

-¡Y güeno py, carajo! -concluyó rabioso - ¿qué vía'cer? ¡añambembyré! Ayuden py a sacar el jusamenta de aquí... ¡Hay que ayudar py, chamigo!

-E claro -dijo uno-. Y bien lejo hay que llevar de aquí, hacia'l barrero o qué... Así solamente lecayá va creer que e un porqueriá de Gringo.

-Güeno py, pero hay que traer otro caballo ma, enseguida...

Anudados los lazos al cuello y patas del potro muerto,   —79→   hombres y caballos tiraron a través del campo y de la noche. Y al cabo del penoso bregar, cuando al fin llegaron a la aguada seca que daba nombre al lugar, el alba estaba próxima. Libre de las cuerdas, el «jusamenta» quedó allí en espera de los buitres y caranchos que habrían de llegar más puntuales que el sol. Los jinetes dieron media vuelta y regresaron al trote.

-Ya grita catu los pájaro -bostezó uno.

-Ahorita nomá va llegar lecayá jhina -acotó otro con voz temblona.

-¡Ney py entonce! -cortó Juancho, algo mejorado de humor, aunque con ningún optimismo-. ¡Cada uno a su puesto py entonce!

Él, por su parte, tan pronto llegó de vuelta, desensilló y se dejó caer sobre el apero, rendido y acosado por los peores pensamientos. Aguardaba el alba y con él al patrón. Oía piafar impaciente a su caballo en el cobertizo. Pero pronto lo dominó el sueño. Poco antes de que aclarase el día, en tanto lechuzas y teros alborotaban la escasa brisa, quedó profundamente dormido.

Horas después, ya encendidos mechones de sol llegaban desde la cima del Ybytyruzú, los peones llenaban el corral de palabrotas, y el olor a bosta y leche ordeñada enardecían los berridos provenientes de los chiqueros, cuando, de pronto, un estridente relincho puso hielo en el aire. El alazán de don Panta, galopando sin el amo a cuestas, arribaba al portón. Todos los ojos a un tiempo se clavaron en él.

Desde el cobertizo, el caballo de Juancho respondió con otro relincho parecido. Y el capataz, arrancado de su amanecida soñarrera, cojeando y apenas despabilado, corrió hacia el portón, viéndose, igual que todos, ante el espanto de que allí sólo llegaba un estropeado y nervioso alazán con partes de la montura y las riendas hechas pedazos. Olvidando el ordeño, menudearon conjeturas y vaticinios a gritos alrededor del caballo. El pasmoso suceso transformaba de golpe las resonancias de la hora temprana en huérfanas y asustadas voces que se agolpaban en desorden:

-A lo mejor co está un poequito apintonado nomá y se cayó...

  —80→  

-¿Y por qué entonce el alazán se juyó y vino?

-Sí, el animal está asustado. Alguna desgracia pasó seguramente.

-A lo mejor, lecayá se jue a dormir con Pabla catu, quién sabe...

Ciertas cosas afloran en voz alta sólo en circunstancias especiales. Ahora, pese al desconcierto, hablaba la urgencia por encontrar a don Panta. Y ubicar su paradero exigía barajar todas las probabilidades, aunque fueran a revolver la privacidad.

-No, seguramente que está en el boliche de Larrosa -insistió el primero-. Anda con tomando demasiado despué que le dejó s linga ña Florita.

Se calló al notar que la intención reidera no cuajaba. Cada uno mascullaba interiormente una oscura certeza, la que ninguno osaba expresar. Ahora que había graves indicios de que don Panta ya no estaba, no era raro que se sintieran al borde de la indefensión ante las amenazas. Juancho puso fin a las especulaciones y aprensiones empezando a repartir secas órdenes:

-Güeno, vos te vas por Coloña, vos por Larrosa, vos por Paso Dulce, y vos te quedás a preparar la comida y la carreta. A la hora del rancho nos juntamos todos aquí.

Él tomó el alazán de don Panta, le cambió las riendas rotas y le aplicó espuelas. Ante todo, deseaba dar la noticia a doña Flora. Ella debía ser la primera en saberlo. Si el caballo aguantaba, estaría allá a media mañana y podría regresar de inmediato. Sus presentimientos respecto al patrón no le permitían ilusiones. Había notado algo que a los demás escapó: manchas de sangre debajo del polvo que cubría la grupa. Se volvió a mirarlas nuevamente, y sí, estaba en lo cierto. Eso no era simple barro. Además, ¿qué barro podía haber en semejante sequía? Sólo por un milagro podría don Panta estar vivo. En los últimos días, para colmo, había venido cambiando de itinerario en cada viaje, por precaución, claro está, mas no pensaba que sus enemigos eran numerosos y conocían todos los recovecos, como para tenderle cuantas trampas quisieran. Juancho sofrenó de golpe y estuvo pensando brevemente. Le venía a la memoria cierta referencia de don Panta con respecto a   —81→   un tal Paso Oculto, un vado en desuso que bien pudiera haber escogido ese día. A punto de torcer hacia el paraje aquél, recapacitó. De todos modos, a la vuelta podía pasar por ahí. Y reanudó galope rumbo a Loma Verde.

A media mañana, con el rechoncho correntino a cuestas, el alazán sudaba a chorros galopando de regreso hacia Perulero. Mientras tanto, en la nueva casa, doña Flora, corriendo de un lado a otro, se desesperaba, temblaba, gemía, se mordía los labios conteniendo el grito. El dolor le hinchaba la garganta y el pecho. Todos sus incesantes vaticinios y temores acudían en tropel embarullándola, a tal punto que no atinaba qué hacer ni resolver. Al igual que Juancho, ya no podía pensar en un Pantaleón Guerra con vida. «¡¡Dios mío, Dios santo, ¿por qué tanto castigo, por qué?!!», estalló finalmente en desconsolado lamento. Junto a ella sollozaba su hijo mayor, Arturo, testigo de sus tribulaciones.

En Puesto Guerra, algunos jinetes regresaron cerca del mediodía, comieron y otra vez partieron al galope. La misma extraña sensación dominaba a todos. Algo estaba cambiando de repente, para bien o para mal. En el fondo de la excitación y la angustia propias de la súbita coyuntura, se incubaban gérmenes de un sentimiento impreciso. Esa brusca urgencia los reconciliaba en cierto modo con la vida. Estaban cansados de tan torturantes prevenciones y vigilias. Por fin, la artera realidad se presentaba mostrándose tal cual la imaginaban.

En Loma Verde, una mujer envejecida veinte años en media hora, aplacaba el llanto de su criatura obligándola a succionar sus flácidos5 pechos. Y besándola con obsesiva lástima, le empapaba de lágrimas el pequeño rostro. Arturo, rojos los ojos y tragada la voz, ensillaba el «moro chu-í», al que apenas un mes atrás había traído consigo para quedarse. La vecina Lugarda, mujer ya anciana pero fuerte, dispuesta al servicio de quien la solicitara, alarmada por los lamentos, aproximose preguntando a voces:

-¿Qué pio lo que pasa, che Dio...?

Y al enterarse de la triste novedad, exclamó: «¡Juesú, che señorá..!», segura también ella de que la fatalidad se había plantado en Puesto Guerra. Acabó ofreciéndose   —82→   a cooperar en lo que fuera menester. Doña Flora, agradecida, aceptó el ofrecimiento, encargándole de inmediato el cuidado de su niña y de su casa.



  —83→  

ArribaAbajoCapítulo V

El canto funerario del tero-tero


Intenso brillo lunar transparentaba la humareda tendida sobre la llanura muerta. A lo lejos, entre cenicientos borrones, alzábanse los esqueletos de los montes quemados. Y en el confín, entre cascadas de luna y humo, la gigantesca fachada del Ybytyruzú se insinuaba. Parejas de teroteros y yacaverés desvelados y exhaustos, lanzaban su alboroto alertante de tanto en tanto. Voces ahogadas por la sed. Voces agónicas de la tierra misma, sofocadas entre el polvo del campo abrasado.

De pronto surgió una voz humana.

-Mira, creo ver un montecillo a la izquierda. Ojalá haya agua, aunque sólo sea para el caballo.

Era la voz esperanzada de Arturo. Doña Flora, que marchaba adelante, se detuvo a observar, y ambos, en silencio, desviaron hacia el bulto que se veía. Pero, a medida que se aproximaban, las esperanzas, de tan pequeñas, se diluían entre la bruma. La madre finalmente habló:

-En la seca, la sed hace ver cosas raras; a veces montes y hasta lagunas.

Como la voz del terotero, la suya sonaba quebrada por la tristeza. Pero Arturo había visto un montecillo. Él no soñaba. Y cuando llegaron al charco seco, y tocaron con las manos unas hojas enormes y rígidas, recién entonces   —84→   pudieron comprobar que estaban secas. Nudosos tallos serpenteaban sobre la arcilla cuarteada y atravesada por oscuras raíces que se internaban en vana búsqueda del agua. Arturo desmontó desalentado. El caballo, al sentirse libre de su carga, lanzó un débil relincho sondeando la soledad. Arturo caminó unos pasos y se detuvo a escuchar. Del penoso relincho, ni un temblor quedaba en la atmósfera.

-Todo muere en la seca, hasta el güembé -suspiró la madre-. Lucha inútilmente contra la arcilla, lucha hasta el fin. Mejor hubiera vivido como parásito en el monte, pero prefiere la tierra con sol, con viento.

También ella se detuvo a escuchar. Luego agregó:

-Tu padre era porfiado, y ahora ha muerto, en plena seca, como el güembé. Estoy segura de que está muerto.

Estaba desesperada, pero la desesperación le daba fuerzas y aun coraje. Arturo venía pidiéndole repetidamente que montara. Ella, ante la insistencia, respondía:

-Habrá tiempo para montar... El camino será largo para nosotros, hijo...

Ni la fatiga ni la distancia a cubrir le importaban.

Era medianoche, la búsqueda del desaparecido, comenzada por la mañana, parecía sin éxito. Desde que se sumaran a la tarea, ningún rastro hallaban de la gente que exploraba áreas distintas. Arturo volvió al caballo y continuaron. A la luz lunar, la desolación tornaba tétrico el rostro de la madre. Dos lagrimones le surcaban el polvo de las mejillas. Los cabellos, también sucios de polvo, le caían desordenados sobre los hombros. Pequeña y metida en su dolor, no se permitía otro pensamiento que no fuese el de su exclusivo drama, el de su vida volviendo la página hacia otra desconocida y posiblemente peor. A medida que pensaba, enmudecía. Y Arturo, que no le quitaba la vista, no osando interrumpir su hondo platicar consigo misma, tampoco hablaba. Así anduvieron buen trecho de la noche, como si, en realidad, la búsqueda no existiera, hasta que, de pronto, madre, hijo y caballo quedaron paralizados, fijos los ojos hacia un mismo punto, tratando de confirmar ciertos brillos metálicos que les parecía haber visto, o acaso meramente se les figuraba; brillos entrecortados, quizá provenientes   —85→   de unas llantas girando a la luz de la luna, a través de la vastedad humosa.

Apresuraron los pasos en aquella dirección y, prontamente, la duda se disipó cuando alcanzaron a distinguir la forma de una carreta y pudieron oír las voces del picador y demás hombres que lo seguían coreando una inconfundible tonada mortuoria, muy oída en nuestros campos en noches de tayazúes y otros pajarracos malagoreros y cómplices de la muerte.

La sombra avanzaba lenta, creciendo en rechinar de ejes, en quejidos lastimeros bajo su lúgubre carga.

-¡¡Son ellos!!

Lo dijeron a una sola voz.

Don Pantaleón, finalmente hallado cadáver en el menos previsto de los parajes, era transportado en la carreta. Juancho se apeó, balbuciendo a modo de condolencia:

-Lástima, el patrón. Encontramo el cuerpo en Paso Oculto.

Retuvo la mano de doña Flora, oprimiéndola con gesto solidario. Ella no pudo más. Echose sobre el difunto deshecha en lamentación.

-¡Don Paaantaaa! ¡¿Qué va a ser de nosotros, don Paaantaaa?!

El desesperado y vano lamento hendía la humareda de esa noche inmensurable, tendiendo un lúgubre sudario sobre la llanura muerta.

Se hizo un alto. Bueyes, caballos y hombres se dieron un descanso y se repartió a tragos corridos la sobra de caña contenida en la guampa que Juancho había llenado a su vuelta del pueblo. La luna y una mecha improvisada con el negro sebo de los ejes más un jirón de camisa rasgada en homenaje a la piedad humana, iluminaban el cadáver. El descolorido pañuelo que le ceñía el rostro fue al punto reconocido por Arturo, y era el que a Juancho le faltaba en el cuello. En la boca del muerto, desencajada por el impacto del proyectil expansivo, asomaba un espumajo negro.

-¡Don Paaantaaa! ¿Qué va ser de nosotros, don Paaantaaa?

-Tero, tero, tero, tero, ter, ter, ter, te, te, te, t, t, t, t.

  —86→  

Las aves querían saber de qué se trataba. Sobrevolaron brevemente al grupo hasta cerciorarse de que nada importante sucedía; nada más que angustia de gente atribulada, nada más que lamentación sin consecuencia. Y entonces, empecinados en prolongar los menguados estertores, volviéronse en silencio hacia el reducto elegido.

Cuántos insomnios le había costado a doña Flora vaticinar ese final funesto. Cansada de insistir, de cargosear, de impacientar a su hombre con los presentimientos, había resuelto refugiarse en Loma Verde. Y, transcurrido apenas un mes, aquello sucedió. «¡Vaya palabra hueca de mujer plagueona!», protestaba por dentro. El golpe asesino fue llevado a cabo tal cual ella lo temía. «Desde luego -solía decirle al finado-, a enemigo grande no se le juega de frente; se lo mata como a las fieras».

Además, doña Flora siempre había pensado cuán absurdo era poseer tanta tierra inexplotada, viviendo rodeado de tan prolífica miseria. Aunque sin derecho a opinar autorizadamente sobre el problema, pensaba que luchar por conservar todo eso sin ofrecer a los infelices vecinos más que plomo, sin darles tan siquiera lo que allí sobraba, tarde o temprano debía traer aciagas consecuencias. Era que aquellos parias no mostraban el mínimo deseo de abandonar La Cañada. Prendidos de esa aridez como garrapatas, sin otro patrimonio que el hambre y sin más alternativa que robar, acechaban. Gringo les había dicho con claridad brutal: o liquidaban al que creían culpable de esa situación, o serían barridos por simple acción del tiempo. Aguardaban desde entonces, tomando de tanto en tanto, a manotazos, lo que la oportunidad les deparaba. A veces era la naturaleza, magramente pía, la que les ofrecía su maná providencial. A veces, un descuido de don Panta. Pero, siendo bastante numerosos los cañadenses, cualquier presa sólo les alcanzaba para una panzada. Habían acabado incluso con los animalejos de las lagunas. La caza era tema olvidado. Ni comadrejas quedaban en pie. Ahora, en el duro verano, los niños se escabullían a través de los montes de Puesto Guerra, se llenaban las panzas de   —87→   guabirá o pacurí, y si la suerte los acompañaba y no eran salpicados de pólvora, eso les duraba unos días o semanas. E inmediatamente arribaba febrero con cara de perro.

Silbantes las tripas, tornaban entonces a los viejos rastrojos, donde la presencia hostil del hambre no lograba abatir los mástiles del mbocayá, el de la melena siempre verde pese a todo, prodigio de Natura cuyos cocos eran sustento y su tallo y hojas abrigo, libre de los alambrados de la hacienda y su ley omnímoda. Maduraban sobre el hirsuto lomo de los cardales, completando el conjunto decorativo de la extrema pobreza. Por otra parte, la fauna inquieta de Puesto Guerra, en verano escapaba constantemente a pesar de los alambrados limitantes.

Los cerdos, paridos por decenas en los pajonales fangosos, ganaban los montes, se volvían cimarrones y ya no había cerco que los contuviera. Atrás dejaban el buen pasto y las raciones de engorde para marcharse en manadas a compartir la anarquía de los hambrientos, las frutas miserables, las aguas podridas, las siestas caniculares en los cocotales, disputando el consuelo estomacal a unos parvulotes desnudos e igualmente cimarrones, y acabando por contraer diarreas bacilares, anticipo de muerte. A menudo, también escapaban los perros: un par de galgos brillosos o un gordo San Bernardo. Llegaban al rancherío correteando incontenibles, jugando con cuantos famélicos y apestados los acogían, comiendo carroñas increíbles e inmundicias humanas, chapuzándose en las aguadas negras, revolcándose en orinales y letrinas, para luego regresar a casa con olores que espantaban a medio mundo.

En los últimos tiempos, la supervivencia exigía constante sangre. Ya un rapazuelo perecía estrangulado en su disputa con cerdos furibundos. Paciencia. Pronto, algún cerdo también habrá caído pese a sus feroces colmillos y pezuñas. Así, sangre por sangre, Puesto Guerra era obligado a sufrir la represalia, aplacando pasajeramente la animosidad de los estómagos vacíos.

Hechos tan atroces eran sólo partes de una reciprocidad patética y compleja, la que, finalmente hizo que   —88→   doña Flora, no pudiendo soportarla ya, se marchara con sus hijos a Loma Verde en busca de paz.

-¡¡Don Paaantaaa!! ¡¿Qué va ser de nosotros, don Paaantaaa?!

Desde la mudanza, ésa era su primera visita a Perulero. Venía para sepultar a don Pantaleón Guerra, su único benefactor y padre de sus hijos, nada menos.