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ArribaAbajo Los determinantes de la inversión extranjera directa: teorías alternativas y evidencia internacional

Edward M. Graham



Institute for International Economics


1. Introducción

La inversión extranjera directa (IED) tiene lugar cuando el nacional de un país adquiere el control de una actividad empresarial o de un activo real en otro país. En principio, el (inversor) nacional puede ser una persona física, pero generalmente es una organización mercantil. Por tanto, la IED se asocia estrechamente, en la práctica, con lo que se conoce como la empresa multinacional o, como la designan otros autores, la empresa global o trasnacional. (Algunos autores han intentado distinguir entre multinacionales, trasnacionales y empresas globales, pero no existe consenso sobre la terminología, y estos términos se utilizan a menudo indistintamente).

La definición deja claro que el término inversión extranjera directa constituye una designación inadecuada, la IED puede tener lugar sin que suceda ninguna inversión real en el sentido económico. Por ejemplo, se da IED si una empresa de un país adquiere algún título que lleva aparejado el control en una empresa de otro país. Como consecuencia de esta transacción no se produce ninguna inversión en el sentido económico, suponiendo que el stock de capital real mantenido por la segunda empresa permanezca inalterado, como es probable que pase. Del mismo modo, la IED puede ocurrir sin que se produzca ninguna transferencia de recursos reales o financieros entre países. Si, por ejemplo, la transacción hipotética que se acaba de discutir se financia mediante un préstamo en el país receptor, no tiene lugar ninguna transferencia; la balanza de pagos no se altera en términos netos, porque el derecho   —14→   del segundo país sobre el primero se compensa exactamente con el derecho del primer país sobre el segundo. A pesar de ser engañoso, el término inversión extranjera directa se ha introducido en el léxico de la Economía y la mayoría de los economistas saben lo que significa, o al menos eso creen.

El enorme flujo de inversión extranjera directa entre los países industrializados ha sido un rasgo destacable del panorama económico de los últimos años de la década de los ochenta. El Centro de las Naciones Unidas para las Empresas Multinacionales (United Nations Centre on Transnational Corporations, UNCTC), utilizando datos del Fondo Monetario Internacional, ha estimado que en el quinquenio 1985-1989 los flujos mundiales de IED alcanzaron aproximadamente 630.000 millones de dólares en términos de la balanza de pagos. La inversión extranjera directa en términos de la balanza de pagos constituye una medida de las transaciones de neto patrimonial empresarial (acciones o participaciones en el caso de las sociedades) o de activos reales bajo el control de sus propietarios. La mencionada cifra de 630.000 millones de dólares representa sólo una pequeña parte del valor total de los activos que están bajo control extranjero como consecuencia de la IED. Si el ratio entre el neto patrimonial y el valor total del activo de toda la IED mundial es igual a dicho ratio en el caso de la IED de los Estados Unidos, más de 3,58 billones de dólares en activos empresariales cayeron bajo el control extranjero durante la explosión de IED de los años ochenta -una cifra verdaderamente escalofriante-. Durante este período, los flujos mundiales de IED (expresados en dólares corrientes) crecieron a una tasa acumulativa cercana al 27% anual, mientras que la renta mundial creció a menos de una cuarta parte de esa tasa y el comercio mundial a menos de una tercera parte. (Véase el Cuadro 1).

CUADRO 1
TASAS DE CRECIMIENTO ACUMULATIVO ANUAL DE LA RENTA MUNDIAL, EL COMERCIO INTERNACIONAL Y LA INVERSIÓN EXTRANJERA DIRECTA EXPRESADAS EN DÓLARES, 1983-89
Flujos de inversión extranjera directa28,9
Comercio internacional (Exportaciones) 9,4
Producto interior bruto mundial7,8

Fuente: United Nations Center on Transnational Corporations, World Investment Report 1991 (Nueva York, Naciones Unidas, 1991), cuadro 1.

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Utilizando de nuevo datos de la UNCTC, las naciones del grupo de los cinco (Alemania, Estados Unidos, Francia; Japón y el Reino Unido) fueron los países de origen de casi el 70% de los flujos de IED de este período, mientras que los demás países clasificados por las Naciones Unidas como economías de mercado desarrolladas dieron salida a la mayor parte del resto de los movimientos de IED. Los países del grupo de los cinco fueron también receptores del 57% de los flujos y las economías de mercado desarrolladas absorbieron en total hasta el 81%. La participación de los países en desarrollo en los flujos de IED se redujo, por tanto, al 19%, una porción por debajo de lo que fue habitual en décadas anteriores. De esta proporción, una inmensa mayoría fue a parar a un pequeño grupo de países, básicamente Méjico, Brasil y los nuevos países industrializados de Asia. (Véase el Cuadro 2).

Tanto la definición de IED como las pautas empíricas marcadas por los flujos de IED ayudan a descubrir un aspecto importante; que los sencillos modelos clásicos de movimientos de capital no explican adecuadamente la inversión directa entre países. Tales modelos predicen que el capital saldrá de las regiones en las que sea un factor de producción relativamente abundante (y en las que tenga, por tanto, un precio relativo comparativamente bajo) con destino a zonas en las que sea

CUADRO 2
FONDOS Y FLUJOS DE IED, DE ENTRADA Y DE SALIDA, POR REGIONES6
RegiónEntrada.
Fondo.
1980
Entrada.
Fondo.
1988
Tasa de
crecimiento
Salida.
Fondo.
1980
Salida.
Fondo.
1988
Tasa de
crecimiento
Estados Unidos 220 345 5,6%83 32917,2%
Comunidad Europea(CE)203492 11,1%188399 9,4%
CE, excluyendo intra-CE153332 9,7%1432396,4%
Intra-CE50 160 14,5%4516015,9%
Japón 20 11121,4%31015,0%
Resto del Mundo81860,7%235 4819,0%
Total Mundial (incluyendo intra-CE)524 1.0348,5%5091.219 10,9%

Fuente: Estimaciones no publicadas del United Nations Center on Transnational Corporations (UNCTC), basadas en los datos que aparecen en UNCTC, World Investment Directory (Naciones Unidas, Nueva York, 1991) y UNCTC, World Investment Report 1991 (Naciones Unidas, Nueva York, 1991). Las estimaciones se obtienen a partir de fuentes oficiales nacionales, que utilizan una metodología contable algo distinta (por ejemplo, Japón y varias naciones europeas no contabilizan los beneficios retenidos por las filiales de empresas extranjeras como IED, al contrario que la mayoría de países); en consecuencia, los flujos totales de entrada no coinciden con los flujos totales de salida.

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relativamente escaso (y tenga, por tanto, un precio relativo comparativamente alto). En estos modelos, los flujos de capital pueden sustituir a los flujos de mercancías en su función de igualar los precios relativos de los factores. El resultado debería ser que el capital fluyera principalmente desde los países desarrollados hacia los países en desarrollo, algo que claramente no ha sucedido durante la década de los ochenta. Posteriores secciones de este artículo tratan las razones por las que esto no ha sido así; por ahora, hagamos notar simplemente que un aspecto erróneo de los modelos clásicos es que la IED no es simplemente -ni principalmente- un movimiento de capital físico. La IED es quizá, más que nada, un medio utilizado por las empresas multinacionales para financiar la adquisición de derechos de propiedad y cualquier ampliación de las operaciones adquiridas o puestas en marcha a continuación. En lo que respecta a la ampliación de actividades, las empresas multinacionales realizan, por supuesto, inversiones reales y, por tanto, contribuyen a la formación interior de capital en los países receptores.

Es más, Grubert y Mutti (1991) descubren que en el caso de las filiales canadienses de empresas estadounidenses existe una correlación imperfecta entre los flujos de IED y los gastos de inversión de dichas filiales. Una razón de dicha correlación imperfecta es que la IED de las filiales establecidas no es sino una más de las fuentes que financian la expansión del capital. Del mismo modo que la IED puede darse sin que exista ningún movimiento de capital, las subsidiarias de las multinacionales pueden hacer aportaciones al stock de capital del país sin que tenga lugar ninguna IED.

Estas consideraciones deberían tenerse presentes cuando se trata de modelizar aspectos como las consecuencias probables de la profundización de la integración europea y la apertura de los antiguos países socialistas del Este de Europa sobre la inversión extranjera directa. Este autor ha conocido varios modelos de este tipo que tratan la IED como un simple flujo de capital que parte de los países en los que abunda hacia países o regiones en los que escasea. Estos modelos están condenados a ofrecer resultados que es improbable que sucedan en realidad.

Volvamos a lo que realmente sucedió con la IED durante los años ochenta. Globalmente, los años ochenta pueden ser caracterizados como una década de enormes flujos de IED que, en gran parte, se originaron y tuvieron como destino un número relativamente pequeño de países ricos. Existen, sin embargo, algunas asimetrías significativas en este panorama. La IED circuló en ambos sentidos a través del Océano Atlántico,   —17→   con empresas europeas haciendo grandes inversiones directas en Estados Unidos y empresas estadounidenses haciendo grandes inversiones directas en Europa. También hubo importantes flujos interiores de IED en ambas zonas. Japón emergió como una fuente destacada de IED, reemplazando, de hecho, al Reino Unido como principal país de origen en el año 1989 (en el conjunto del período 1985-1989 el Reino Unido se mantuvo en el primer puesto, Japón en el segundo y los Estados Unidos, a pesar de sus enormes déficit por cuenta corriente, en el tercero). El principal receptor de las inversiones directas japonesas fue Estados Unidos, con la Comunidad Europea en una distante segunda posición. Por el contrario, los flujos de IED hacia Japón fueron casi despreciables a lo largo de todo el período. (Véase el Gráfico).

Inversión Extranjera directa trilateral, 1989

La IED se ha concentrado a lo largo del siglo en unos sectores de actividad más que en otros. Con anterioridad a la década de los ochenta, las industrias extractivas y unos cuantos sectores manufactureros (productos químicos, refino de petróleo, farmacia, automóviles, ciertos productos   —18→   alimenticios y ciertos bienes de consumo no duraderos) concentraron la mayoría de la IED. Durante los años ochenta, el boom de la IED arrastró a otros sectores, sobre todo dentro del sector de servicios (banca, seguros y otros servicios financieros, así como hoteles). Con todo, la mayoría de la IED sigue concentrada en un número relativamente pequeño de sectores.

¿Cual es la causa de estos flujos? Este es el tema del resto del artículo. Lo que sigue no pretende ser una revisión sistemática de la literatura referida a los determinantes de la inversión extranjera directa o a la dispersión internacional de las actividades empresariales; constituye, más bien, un esfuerzo de revisión de las corrientes teóricas más importantes, que puede ayudar a explicar el fenómeno de la IED de la década pasada.

Por tanto, al discutir la teoría de la IED, nos centraremos en cinco cuestiones respecto a los flujos de los años ochenta:

1) ¿Por qué una empresa de un país decide comprar una empresa en otro país?

2) ¿Por qué una proporción tan alta de la IED entró en los países desarrollados y no en los países menos desarrollados?

3) ¿Por qué ha habido flujos bidireccionales de gran escala entre los Estados Unidos y los países europeos durante la pasada década?

4) ¿Por qué se ha concentrado la IED en un número relativamente pequeño de sectores?

y 5) ¿Cómo puede explicarse el auge de IED que tuvo lugar durante los años ochenta?

Como veremos, ninguna de las teorías desarrolladas explica de manera plenamente satisfactoria todos estos aspectos. Pero la teoría existente proporciona algunas respuestas parciales.

Un punto de vista útil es la observación de que para que un activo empresarial (activo en este contexto puede significar toda una empresa) caiga bajo el control extranjero, el propietario extranjero (real o potencial) debe asignar mayor valor al activo que el propietario nacional. (En el caso de una IED en empresas de nueva creación, el empresario nacional es hipotético, pero, si el activo es una empresa de propiedad nacional preexistente, para que pase bajo control extranjero debe ser vendida por el propietario o los propietarios nacionales y estos lo harán sólo si el precio ofrecido supera el valor que asocian a seguir manteniendo el activo).

Hay dos maneras de que el propietario extranjero valore el activo más que el propietario nacional.

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Primera, el propietario extranjero puede creer que el activo generará mayores beneficios que los que espera el propietario nacional. La expectativa de mayores ganancias por parte del propietario extranjero puede ser un resultado, por ejemplo, de la creencia de que podría gestionar la empresa mejor que el propietario nacional, de modo que se incrementase la eficiencia y por tanto se incrementaran los beneficios. El lector advertirá inmediatamente que esta afirmación implica que la empresa opera en un sector que se caracteriza por algún grado de concentración de las empresas vendedoras. Si el sector fuera perfectamente competitivo, los beneficios incrementados desaparecerían7. Por tanto, se ha convertido casi en un dogma de fe que la inversión extranjera directa tiene lugar en un mundo de competencia imperfecta.

Segunda, el propietario extranjero puede descontar los beneficios futuros del activo a un tipo de capitalización más alto (esto es, a un tipo de descuento menor) que el propietario nacional. Si esto es así, el valor presente del activo será mayor para el extranjero que para el nacional, dada la corriente futura de beneficios.

Estas dos posibilidades no son, por supuesto, mutuamente excluyentes. Es decir, es posible que el propietario extranjero espere lograr con un activo mayores beneficios futuros que un propietario nacional y, simultáneamente, descuente estos a una mayor tasa de capitalización. Sin embargo, a lo largo de este artículo se tratarán ambas posibilidades por separado, como distintas.

Por muchas razones, la mayoría de los economistas que han estudiado la IED rechazan la segunda posibilidad en favor de la primera. Las razones de ello se tratarán en breve. No obstante, las pautas de la IED de la década de los ochenta ha revitalizado la segunda posibilidad y, en consecuencia, la discusión empezará por ella en la sección siguiente. Dicha discusión se titula (sin que me satisfaga plenamente) «Los determinantes macroeconómicos de la IED». La discusión se traslada a la primera posibilidad en la segunda de las secciones siguientes, titulada (de nuevo sin pleno acierto) «Los determinantes microeconómicos de la IED». El artículo concluye preguntándose cuáles de las hipótesis discutidas -si alguna- explican el fenómeno de los años ochenta. Sin embargo, me tomo la libertad de advertir al lector; cuando todo esté dicho y hecho, ninguna de las hipótesis, ni individual ni colectivamente,   —20→   podrá realmente dar perfecta cuenta del fenómeno, al menos hasta el punto que a este autor le gustaría.




2. Determinantes macroeconómicos de la IED

Durante la década de los años setenta, surgieron dos hipótesis en torno a las causas que provocan que una empresa multinacional pueda capitalizar sus corrientes de beneficios a tipos mayores que una empresa no multinacional. Ambas se centraban en las imperfecciones de los mercados financieros internacionales. Dado que estas imperfecciones se originan fuera de la empresa y todos los participantes del mercado se exponen a ellas, estos determinantes hipotéticos de la IED pueden ser calificados de macroeconómicos a pesar de que esta terminología adolezca de claras deficiencias8. La razón principal por la que estas hipótesis no han ganado la aceptación general es precisamente por ser de naturaleza macroeconómica; deberían provocar en las empresas respuestas más o menos neutrales respecto al mercado o el sector específico en el que operan. Sin embargo, como se ha señalado, la IED no es neutral y, por tanto, es creencia general que una teoría sobre los factores determinantes de la IED debería incluir elementos intrínsecamente empresariales. Pero esta discusión se pospone hasta la sección siguiente.

El punto de partida de las dos hipótesis macroeconómicas es que los mercados financieros internacionales están imperfectamente integrados y disponen de significativas barreras a la entrada, las cuales varían conforme a la nacionalidad de los participantes en el mercado. Concretamente, las barreras son más altas cuando un participante cruza la frontera nacional; en esta hipótesis se conjetura que las barreras son, por ejemplo, más altas para un ciudadano español que intenta pedir prestado en los Estados Unidos que para un ciudadano de los Estados Unidos.

La primera hipótesis se atribuye generalmente a Rober Aliber (1970), que avanzó la conjetura de que mientras que la integración imperfecta de los mercados de capitales conduce a la existencia de diferencias en el coste real de la financiación en los diversos mercados nacionales, una   —21→   empresa multinacional podría obtener fondos dondequiera que tuviesen un coste real menor. Dicha empresa, por tanto, estaría caracterizada por un menor coste de capital que el de una empresa que no cruzase las fronteras nacionales. En consecuencia, la multinacional capitalizaría los proyectos de inversión a una tasa mayor que las empresas que operasen en un solo mercado.

La hipótesis de Aliber plantea rápidamente problemas, sobre todo, si no existen ventajas intrínsecas que, en términos de coste de capital, permitan ser una multinacional, ¿por qué algunas empresas explotan esta ventaja y otras no? En esencia, esto remite al tema de qué circunstancias deben preexistir para que una empresa sea capaz de superar las barreras internacionales y empezar a controlar las empresas con carácter multinacional. Si la razón por la que una empresa es capaz de desarrollar operaciones multinacionales es que la empresa es multinacional, ¿cómo se desarrolla el proceso de conversión en multinacional? Para referirse a este último aspecto, Aliber advirtió que la gran mayoría de la IED estaba dirigida por empresas con base en los Estados Unidos y que tales empresas tenían un acceso mucho más fácil a los mercados financieros de Nueva York, donde los costes de obtener fondos eran inferiores a los de cualquier otro lugar en que lo hicieran empresas con base fuera de los Estados Unidos. (Debe recordarse que esto era cierto, a grandes rasgos, en la época en que Aliber formuló sus conjeturas)9. Por tanto, las condiciones del mercado de origen -o más precisamente, el coste del capital en el mercado de origen- serían el determinante inicial de la IED. Pero una vez convertida en multinacional, la empresa no estaría necesariamente restringida por esta condición de partida; habiéndose establecido como productor en un mercado extranjero, la empresa desarrollaría de modo natural una vía de acceso a los mercados financieros del país receptor y, si los costes del endeudamiento en algún momento futuro fueran favorables a pedir prestado en aquella nación, la empresa multinacional estaría en posición de hacerlo.

A medida que los mercados financieros se integraran, las ventajas de las multinacionales en lo que respecta al coste de capital desaparecerían. En el límite, en un mercado financiero global totalmente integrado, en donde el coste de la financiación fuese el mismo en todo el mundo, estas ventajas desaparecerían por completo. Aliber podría encontrar   —22→   cierto consuelo en el hecho de que los flujos de la IED de los años setenta, ajustados por el tamaño de la renta mundial, no crecieran tan rápido como durante las dos décadas previas, ni fueran las actividades de la IED de las empresas con base en los Estados Unidos las predominantes. Ambos hechos empíricos resultaban consistentes con la mayor integración de los mercados financieros de todo el mundo y con la pérdida de importancia relativa de Nueva York como centro financiero.

Aunque la hipótesis de Aliber puede que explicara la caída en la IED que tuvo lugar durante la década de los setenta, no puede dar cuenta del auge de esta actividad durante los años ochenta. Ni puede dar cuenta del hecho de que, incluso durante épocas anteriores, la inversión extranjera directa se hubiese concentrado en relativamente pocos sectores. No hay razón para sospechar, por ejemplo, que los fabricantes químicos radicados en Estados Unidos, que se convirtieron en empresas altamente multinacionales durante los años sesenta y setenta, tuvieran mayor acceso a los mercados financieros de Nueva York que el que tuvieron otras empresas grandes norteamericanas que no se convirtieron en multinacionales.

La segunda hipótesis surge del trabajo de Levy y Sarnat (1970) y Agmon y Lessard (1977) y se basa en la teoría moderna de la elección de cartera. Levy y Sarnat demostraron que el riesgo sistemático asociado con el mantenimiento de una cartera de acciones podía reducirse mediante la diversificación internacional de esas acciones, incluso después de haber optimizado la cartera en términos de diversificación sectorial. Por tanto, para el poseedor de una cartera internacionalmente diversificada, la tasa de rendimiento requerida en cierto activo individual sería menor que para el poseedor de una cartera nacional diversificada. La teoría de carteras es explícita respecto a que los inversores individuales pueden lograr los beneficios de mantener carteras diversificadas y, en consecuencia, la diversificación per se por parte de una empresa no puede justificarse sobre la base de la reducción del riesgo sistemático. Lessard, sin embargo, sugiere que existen barreras sustanciales que dificultan el acceso de los inversores individuales a valores distintos de los nacionales y, por tanto, que la empresa multinacional podría existir esencialmente como vehículo mediante el cual el inversor puede alcanzar la diversificación internacional. Esto tendría sentido bajo ciertos supuestos razonables. Por ejemplo, si un país restringe el acceso de los inversores extranjeros a la compra de activos financieros emitidos por las empresas locales pero permite la inversión ex-novo de las empresas multinacionales,   —23→   la IED por parte de estas últimas podría ser realmente un instrumento de segundo óptimo para lograr la diversificación internacional de la cartera. Sin embargo, debería advertirse que en ausencia de tales barreras, la IED como medio para conseguir diversificación carece de sentido; los inversores preferirían siempre diversificar directamente sus pertenencias -caso de poder hacerlo- más que utilizar la empresa multinacional a modo de intermediario. Incluso si hubiera costes de transacción o activos individuales de carácter indivisible que impidiesen al pequeño inversor la consecución por su propia cuenta de los niveles de diversificación deseados, podrían organizarse fondos de inversión colectiva que servirían como intermediarios más acordes con los deseos de los inversores que las empresas multinacionales.

Las restricciones impuestas por los gobiernos europeos a la posesión de activos financieros por parte de extranjeros podrían haber ayudado a explicar los flujos de IED que fueron de Estados Unidos a Europa durante los años cincuenta y sesenta (así como el hecho de que la IED tuviera la forma de inversión ex-novo), pero ¿por qué no hubo un flujo recíproco hacia Estados Unidos en esa misma época? Una posible razón es que los estados europeos mantenían controles a la salida de capital, pero existían medios bien conocidos para escapar a dichos controles. Otra razón es que existían pocas limitaciones al mantenimiento de activos estadounidenses por parte de inversores extranjeros y, por tanto, que los inversores europeos podían alcanzar la diversificación de sus carteras mediante la posesión de activos norteamericanos. Pero en tal caso, ¿por qué hubo una estampida de IED europea con destino a los Estados Unidos durante los años ochenta, cuando las barreras al mantenimiento de activos estadounidenses era incluso menor que en décadas anteriores?

La objeción de arriba a la hipótesis de Levy-Sarnat-Agmon-Lessard es fuerte y podrían mencionarse algunas más. Esta hipótesis, como la de Aliber, no puede dar cuenta de la concentración de la IED en un número reducido de sectores, y si, de hecho, la diversificación de la cartera del inversor es la razón principal de la IED, se esperaría que esta inversión se extendiera sobre todos los sectores en proporción aproximada al tamaño relativo de cada sector en el conjunto de la economía.

Si las hipótesis macroeconómicas sobre la IED se ajustan pobremente a la evidencia empírica, parece lógico preguntarse para qué se tienen en cuenta. Una razón es que han cobrado nueva vida en los últimos años. En particular, existe una correlación significativa entre los flujos de IED que entraron en los Estados Unidos durante los años ochenta   —24→   y las variaciones en los tipos de cambio del dolar. Esta correlación ha llevado a la hipótesis formulada por Froot y Stein (1989), que establece que los flujos de IED son el resultado de efectos riqueza. El argumento teórico subyacente se basa en que cuanto mayor es la riqueza de un inversor, más tolerante al riesgo se convierte. Las variaciones de los tipos de cambio reales incrementan la riqueza de los inversores cuyos activos se denominan en la moneda apreciada en relación a la de aquéllos que poseen activos denominados en la moneda depreciada; los primeros exigen tras ello un tipo de rendimiento menor que los segundos, para un nivel dado de riesgo. Los resultados empíricos presentados por Froot y Stein y reforzados por Klein y Rosengren (1991a) sugieren que los efectos riqueza no pueden descartarse como un determinante de los flujos de entrada de IED en Estados Unidos. El trabajo posterior de Klein y Rosengren (1991b) indica, sin embargo, que la hipótesis de los efectos riqueza no es aceptable como determinante de los flujos de IED que van de Estados Unidos a Europa.

Según la hipótesis de Froot-Stein, la volatilidad de los tipos de cambio es la fuerza subyacente que condujo los flujos de IED durante los años ochenta. Pero esta volatilidad alcanzó su máximo a mediados de la década, mientras que los flujos de IED lo hicieron a finales. Además, durante el auge previo de la IED, que aconteció en la década de los sesenta, el mundo se regía por tipos de cambio fijos y, por tanto, si la IED estuviera guiada por la volatilidad de los tipos de cambio, se trataría de un fenómeno de los años más recientes.

Antes de concluir esta discusión, se debería mencionar que la política fiscal como determinante de la IED tiene una historia larga y rica. En este artículo no revisaré la literatura sobre este aspecto; el lector interesado debería consultar Slemrod (1989). Parece existir un consenso respecto a que la fiscalidad puede que afecte a la IED en el margen, pero no como un determinante principal. La cuestión, por tanto, ha consistido en señalar si los cambios efectuados en la política fiscal estadounidense durante los años ochenta tuvieron mucho que ver o no con el auge de la IED de entrada que afectó a los Estados Unidos durante los últimos años de la década de los ochenta. En este sentido, la evidencia no es concluyente. Swenson (1991) encuentra una relación significativa entre los cambios de la fiscalidad estadounidense de 1982 y 1986 y los flujos de entrada de IED, pero, Klein y Rosengren (1991a), utilizando una metodología distinta, rechazan los hallazgos de Swenson, Grubert y Mutti (1991), al analizar las inversiones directas de Estados Unidos en Canadá, descubren que la fiscalidad afecta significativamente   —25→   a los gastos de capital de las filiales canadienses de las empresas estadounidenses, pero no a las medidas de IED basadas en la balanza de pagos. En un comentario sobre el trabajo de Grubert y Mutti, este autor (Graham, 1991) advierte que la política impositiva podría afectar la tasa agregada de formación interior bruta de capital de un país, de la cual los gastos de capital de las filiales locales de las empresas multinacionales es una componente, sin afectar las tenencias de capital de las matrices en sus filiales, lo cual explicaría los hallazgos de Grubert y Mutti.

¿Cómo se comportan globalmente los determinantes macroeconómicos? En opinión de este autor, no demasiado bien. De los cinco aspectos a los que una teoría sobre la IED debería remitirse, los determinantes macroeconómicos solo dan cuenta de uno (la cronología de los flujos) e incluso ahí existen problemas. Puede concluirse que no se trata de determinantes primarios de los flujos de IED, aunque pueden ayudar, no obstante, a explicar el momento en el que ocurren y puede que tengan cierta capacidad explicativa en el margen.




3. Los determinantes microeconómicos de la IED

Existen dos grupos de explicaciones sobre los determinantes microeconómicos de la IED: aquellos que se centran en las características internas de la empresa y aquellos que se fijan en la dinámica de rivalidad dentro de una industria oligopolística. Ambos grupos no son mutuamente excluyentes y existe considerable solapamiento entre ellos. Ambos son en su origen teorías de competencia imperfecta entre empresas grandes que se han extendido para abarcar una dimensión internacional. En gran medida, ambos grupos proceden del trabajo pionero de Stephen Hymer. Pese a que la intención de este ensayo no sea la de servir de revisión de la literatura en la que se detalle la historia del pensamiento sobre IED, los párrafos que siguen incluirán algunos comentarios acerca del papel que desempeñó Hymer.

John Dunning, otro pionero en la historia del pensamiento moderno sobre las causas de la IED, ha intentado integrar la mayor parte de los elementos del pensamiento microeconómico en un marco unificado que denomina el marco OLI. Al hacerlo, admite que la aproximación ha de ser ecléctica, es decir, que el marco debe ser lo bastante flexible como para admitir la posibilidad de que los determinantes de la dispersión   —26→   internacional de las actividades de una empresa puedan ser diferentes de los de otra empresa.

Personalmente considero que la aproximación de Dunning ha tenido más éxito al unificar los elementos del primer grupo de factores determinantes (aquellos que se relacionan principalmente con las características internas de la empresa) que los del segundo grupo. Por tanto, en los párrafos siguientes, el primer tipo de factores se examina a través de la aproximación de Dunning, mientras que el examen del segundo tipo se aleja de dicho enfoque.


3.1. Las características internas de la empresa y la IED

Las siglas OLI en el marco analítico de Dunning se refieren a las ventajas de propiedad (ownership), de localización (location) y de internalización (internalization), respectivamente. Cada uno de estos tres conceptos, por su parte, abarca teorías bien articuladas acerca de los factores que llevan a las multinacionales a ser como son, cada una con su propia literatura. La contribución de Dunning es advertir que cada una de ellas como teoría sobre los determinantes de la IED es incompleta. Todas son parcialmente correctas y parcialmente incorrectas como explicación de cualquier ejemplo específico de inversión extranjera directa. Es más, cuando se examina un caso individual específico de IED, la interacción entre los tres conjuntos de factores puede no funcionar exactamente del mismo modo que cuando se examina un caso distinto. En consecuencia, Dunning defiende que la naturaleza ecléctica de su enfoque permite una aproximación completa a la explicación de la IED. Una analogía obvia es la de los tres ciegos y el elefante. Individualmente, cada ciego ofrece una descripción parcial del elefante que, pese a ser correcta como descripción de la parte del animal que esa persona explora, es incorrecta como descripción del elefante en su conjunto. Incluso una combinación de las tres descripciones es sólo una aproximación al retrato correcto del animal completo. Sólo una descripción global del elefante que integrara cada una de las descripciones parciales se hallaría próxima a la realidad.

Teniendo esto in mente, examinaremos los elementos del enfoque OLI.

Ventajas de propiedad: Stephen Hymer realizó uno de los primeros análisis de la naturaleza de las ventajas de propiedad en su tesis doctoral (Hymer, 1958). Hasta cierto punto, las ventajas de propiedad han permanecido   —27→   en el núcleo de las teorías microeconómicas de la IED desde entonces. Hymer postulaba que para que una empresa operase en un ámbito multinacional debía poseer algún tipo de ventaja frente a sus empresas rivales en los mercados de los países extranjeros. Las ventajas específicas que identificó Hymer fueron: (a) economías de escala que podían lograrse mediante la integración bajo una misma empresa propietaria de las operaciones realizadas en más de un mercado nacional y (b) conocimiento de las técnicas de comercialización (marketing skills). Actualmente la mayoría de los autores incluirían como ventajas de propiedad todos aquellos atributos denominados activos intangibles. Tales activos incluyen las tecnologías propias y (lo que quizá sea más importante) la capacidad para crear nuevas tecnologías. Incluyen también las capacidades organizativas y directivas de las empresas (incluyendo, así, lo que Hymer llamó conocimiento de las técnicas de comercialización junto a la habilidad, quizá más importante, para transferir tecnología y otras formas de capital humano de una cultura a otra). Finalmente, incluyen la posesión de derechos de explotación de marcas comerciales bien conocidas.

Al postular que la existencia de tales ventajas de propiedad específicas para una empresa es la fuerza conductora de la inversión extranjera directa, Hymer estaba influido por trabajos anteriores de Penrose (1956) y Dunning (1957). El primero sugería que las empresas se convertían en multinacionales básicamente para incrementar el beneficio total; las operaciones multinacionales eran necesarias porque de hacerlas en el país de origen, conforme la empresa crece en tamaño, reduce su margen. (Un supuesto implícito es que las empresas grandes maximizan los beneficios totales y no necesariamente el rendimiento de las inversiones). El segundo era un trabajo empírico sobre las operaciones de las filiales británicas de empresas estadounidenses. Dunning observó que estas filiales tendían a ser más productivas que sus rivales de propiedad británica.

La simple existencia de ventajas específicas para una empresa indica que las empresas multinacionales no se desenvuelven en un mundo de competencia perfecta. Es más, como fue advertido por analistas posteriores (por ejemplo, Caves, 1971), las características de las multinacionales coinciden, hasta cierto punto, con las de las empresas grandes que operan en sectores concentrados, independientemente de que sus actividades se extiendan más allá de sus fronteras. El estudio de la IED y la empresa multinacional, según estos analistas, pertenece más al campo de estudio de la economía industrial que al de quienes analizan   —28→   los movimientos de capital en un mundo caracterizado por sus industrias competitivas.

¿Por qué son necesarias ventajas empresariales específicas para que una empresa se convierta en multinacional? Charles Kindleberger, el director de la tesis doctoral de Hymer, interpretó, en un trabajo posterior (Kindleberger, 1968), que frente a tales ventajas se contraponen los costes relacionados con las operaciones internacionales (por ejemplo, la comunicación entre la oficina central que está en un país y las filiales que están en otros), que son soportados por la empresa multinacional, pero no por sus rivales no-multinacionales de los mercados locales.

Kindleberger ha sido criticado recientemente por enturbiar las aguas con esta interpretación (véase, por ejemplo, Casson, 1991); incluso si no existen esos costes, no está claro que la propiedad y el control de ciertas actividades empresariales desarrolladas en un país atraigan a una empresa que opera en otro país a menos que esa empresa posea algún tipo de ventaja que haga que esas actividades resulten más valiosas cuando se desarrollan bajo su propiedad que cuando carecen de ella. Entonces, la mera existencia de ventajas de propiedad puede que no sea una condición suficiente para inducir a una empresa a hacerse multinacional.

El disfrute de ventajas empresariales específicas por parte de las empresas multinacionales ha resistido bien la contrastación empírica. Por ejemplo, se ha demostrado reiteradamente que estas empresas realizan actividades de investigación y desarrollo significativamente mayores, después de corregir por el tamaño de la empresa, que las restantes empresas. Tienden a operar en sectores que se caracterizan por altos niveles de diferenciación del producto. Y existen economías de escala y/o de aprendizaje en los sectores donde las multinacionales están presentes. El lector debería consultar Caves (1982) para una revisión de la literatura empírica.

Ventajas de localización: Pueden entenderse de dos maneras. Primera: ¿cuáles son las características de cierta localización que pueden provocar que las empresas que operen en ella desarrollen ventajas de propiedad que les permitan realizar operaciones multinacionales? (estas podrían denominarse ventajas de localización en el país de origen). Segunda: ¿cuáles son las ventajas de localización que pueden provocar que ciertas empresas que ya poseen ventajas de propiedad se establezcan en dicha localización? (estas podrían llamarse ventajas de localización en el país de destino).

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El examen de las ventajas de localización del país de origen se inició de modo sistemático al observar que durante los años cincuenta y sesenta las empresas radicadas en los Estados Unidos dominaban las exportaciones mundiales de aquellos bienes que incluían tecnologías nuevas o complejas y que muchas de esas empresas fueron líderes en la creación de organizaciones multinacionales. El primer tema tratado fue por qué los Estados Unidos eran tan dominantes en la exportación de productos de alta tecnología, como de hecho ocurría en aquellos momentos. Creció el interés en las ventajas de localización de los Estados Unidos como proveedor de nueva tecnología que, a su vez, era un determinante de la IED. Una figura pionera en este último campo es Raymond Vernon (1966, 1974), que investigó las razones de la paradoja de Leontief, es decir, el hecho aparente de que las exportaciones de Estados Unidos durante los años cincuenta y sesenta fueran más intensivas en trabajo que sus importaciones, al contrario de lo que predecía la teoría de las proporciones de factores de Heckscher-Ohlin-Samuelson. A finales de los años sesenta, se había aceptado que una razón de la paradoja de Leontief era que muchas exportaciones norteamericanas eran intensivas en tecnología (o, con denominación alternativa, intensivas en capital humano). Vernon advirtió que una parte dominante de las exportaciones estadounidenses de tales bienes se canalizaban a través de empresas multinacionales y que, de hecho, podía establecerse un patrón según el cual las empresas, en primer lugar, exportaban los bienes desde los Estados Unidos, para, más tarde, establecerse como productores locales de los bienes en el extranjero (Europa sobre todo) mediante IED.

Las ideas de Vernon en este sentido empezaron a conocerse como hipótesis del ciclo vital del producto sobre el comercio internacional y la inversión. El núcleo de la hipótesis consistía en que los bienes intensivos en tecnología se comercializaban primero en Estados Unidos por dos razones. En primer lugar, las rentas per cápita (en aquel momento) eran significativamente mayores en Estados Unidos que en cualquier otro lugar y estos bienes se caracterizaban por demandas de alta elasticidad renta; en segundo lugar, los trabajos de tipo artesanal eran más escasos, en términos relativos, en Estados Unidos que en Europa y, en consecuencia, existía una demanda inducida de innovaciones en la producción de nuevos bienes de capital que sustituyeran ese tipo de fuerza de trabajo.

Esto último ayudaba a explicar las elevadas rentas per cápita de los Estados Unidos a pesar de tener una mano de obra en gran parte poco   —30→   cualificada. Los bienes de equipo que incorporaban nuevas tecnologías y sustituían al factor trabajo permitían lograr elevadas productividades marginales del trabajo en los Estados Unidos, a pesar de que los trabajadores que utilizaban este capital fueran relativamente poco cualificados. Debe recordarse que los últimos años sesenta fueron la era de le défi americain, período en el que lo que ahora se denomina en Europa con cierto desprecio como fordismo era observado como la culminación de la organización eficiente de la empresa industrial.

En la organización fordista las labores de dirección recaían en una élite directiva y técnica altamente cualificada, pero los operarios de fábrica se limitaban a realizar tareas repetitivas, de baja cualificación, paralizantes de la actividad intelectual. Un cuarto de siglo después, las empresas japonesas demuestran que, incluso con bienes de capital que incorporan las tecnologías más recientes y más ahorradoras de trabajo, una mano de obra bien entrenada y bien motivada parece superar a otra que sólo ha sido entrenada para realizar labores repetitivas. El modo de desarrollar y dirigir a esa mano de obra puede ser, de hecho, la principal ventaja de propiedad que poseen las empresas multinacionales de reciente aparición.

Pero esto se sale de nuestra línea argumental. El segundo aspecto tratado por Vernon era la razón por la que las empresas estadounidenses trasplantaban sus actividades productivas a Europa y otros lugares mediante IED. Vernon en este caso rechaza nociones simplistas aceptadas por otros muchos autores de su tiempo según las cuales obraban de esa forma principalmente para evitar las barreras comercial es establecidas por el recién creado Mercado Común Europeo. Merece la pena señalar la razón para rechazarlas pues incluso hoy la superación de barreras proteccionistas es citada a menudo como un determinante principal de la IED. El proteccionismo puede ayudar a explicar el cambio de localización de la producción de bienes de demanda elástica a la renta desde Norteamérica hacia Europa durante los años cincuenta y sesenta, pero no puede explicar por qué las infraestructuras productivas europeas de reciente creación han estado bajo el control norteamericano y no bajo la propiedad y el control nacionales.

Para explicar esta propiedad y control norteamericanos (y, por tanto, la generalización de la empresa multinacional, obra en gran medida de la IED de empresas con base en Norteamérica), Vernon afirma que no existe una razón intrínseca por la que la ventaja comparativa en la producción de los bienes relevantes debiera recaer en Norteamérica. (Utilizando la terminología de Dunning, no hay razón para sospechar que   —31→   la ventaja de localización del país receptor coincida con la ventaja de localización del país emisor). Por ejemplo, las diferencias en el precio relativo de los factores no daban a Norteamérica una ventaja comparativa decisiva y el mercado europeo de esos productos estaba creciendo a una tasa suficientemente elevada como para eliminar las economías de escala estáticas como determinantes de la localización de la actividad productiva. Adicionalmente, la difusión de la tecnología más allá de la empresa que originariamente introdujo cierto producto nuevo, permitía la participación de empresas locales en la producción de dicho bien.

Según el razonamiento de Vernon, esto último era de importancia crucial. Las empresas estadounidenses establecían filiales europeas a través de la IED sobre todo para proteger la cuota del mercado local que se había conseguido mediante la exportación cuando disfrutaba de una posición monopolista o cuasi-monopolista en los mercados europeos de esos bienes. La IED estaba motivada esencialmente por consideraciones defensivas, concretamente el deseo de preservar al menos un vestigio de las rentas de monopolio. El proteccionismo europeo podía desempeñar un papel en este razonamiento, pero consistiría en favorecer la entrada de empresas locales en los mercados relevantes. El proteccionismo puede que acelerase la IED con destino a Europa, pero no sería el principal determinante de dicha inversión.

Un corolario de esta lógica, propuesto por Louis T. Wells (1972) y otros, fue que, a largo plazo, los patrones comerciales tenderían a coincidir con los previstos por la teoría de Heckscher-Ohlin. Esto sería el resultado de empresas multinacionales con redes extendidas por todo el mundo, dentro de las cuales las tecnologías se transferirían rápidamente desde las sedes centrales hasta las subsidiarias de todo el mundo. Antes del establecimiento de estas redes, la producción de bienes de reciente invención puede que tuviera lugar inicialmente en países donde las condiciones internas favorecieran la innovación, y el producto sería exportado desde estas naciones. La inversión directa trasladaría, sin embargo, la producción desde estas naciones hasta otras. Finalmente, la localización de la innovación no coincidiría con la localización de la producción; la producción tendría lugar donde el precio relativo de los factores fuera más favorable. La competencia entre las empresas multinacionales diluiría la mayor parte de las rentas.

Wells contempla, pues, a las empresas multinacionales entrando quizá en masa en países del tercer mundo, situando allí la producción de los bienes más intensivos en trabajo. Aunque esto ha ocurrido hasta cierto   —32→   punto en algunos sectores (como vestido o electrónica), no ha sucedido hasta el extremo que Wells y otros autores habían predicho durante los primeros años de la década de los setenta.

En un trabajo reciente, Louka Katseli (1991) investiga por qué esto es así. Concluye que la razón principal es que los precios relativos de los factores no son el determinante principal de las ventajas de localización del país receptor. Más bien, la IED (más allá de su variedad de búsqueda de recursos, es decir, de la que tiene lugar en industrias extractivas) se dirige a áreas caracterizadas por el acceso a mercados con el tamaño mínimo necesario y baja incertidumbre, la disponibilidad de factores productivos de elevada productividad absoluta (en vez de relativa) y con las externalidades propias de un mercado amplio (que se explican más adelante). Estos no deberían tratarse como factores independientes entre sí, sino como dependientes: por ejemplo, las externalidades de un mercado amplio no pueden existir probablemente en mercados con un tamaño absoluto reducido. Existen ciertas dudas sobre si todos estos factores son realmente microeconómicos, es decir, algunos autores consideran, por ejemplo, que tanto la incertidumbre política como las externalidades de un mercado amplio, son determinantes macroeconómicos de la IED, pero este es un aspecto taxonómico que realmente no afecta a nuestra discusión.

El requisito de baja incertidumbre implica que los factores políticos importan, es decir, siendo todo lo demás igual, la empresa multinacional elegirá localizar sus actividades en zonas de alta estabilidad política. Una eficiencia absoluta alta de los factores productivos implica que los tipos impositivos que recaen sobre beneficios empresariales no son exorbitantes en relación con los del resto del mundo. Una elevada eficiencia también puede implicar la existencia de una población activa bien formada. Muchas de las actividades que desarrollan las empresas multinacionales requieren niveles elevados de educación y formación práctica de base por parte de sus trabajadores (es decir, un capital altamente productivo no puede combinarse con trabajadores de bajo coste pero escasa formación; pues los trabajadores carecerían de la cualificación mínima necesaria para utilizar el capital).

Las externalidades de un mercado amplio se dan cuando existe una concentración geográfica de actividades empresariales suficiente como para que se generen oportunidades de formación de interrelaciones complejas entre las empresas (redes). La interrelación crea de hecho economías externas de alcance (o, en ocasiones, economías externas de escala) para las empresas que operan dentro del área. Por ejemplo, una   —33→   operación puede necesitar localizarse en una zona donde existan oportunidades de obtener numerosos inputs especializados a través de empresas subcontratadas competentes, ninguna de las cuales puede mantenerse realizando esa única operación. También puede citarse la posibilidad de disponer de un grupo de trabajadores con cualificaciones especializadas, lo cual es una alternativa a la disponibilidad de niveles elevados de formación general. Katseli concluye que en los casos en que las externalidades propias de un mercado amplio tienen peso, «los inversores tienen en cuenta sus expectativas sobre la rapidez con que otros inversores irán acudiendo. En consecuencia, pueden decidir esperar hasta que se haya establecido un número suficiente de inversores». Las externalidades relacionadas con la amplitud del mercado tienen importancia particular en sectores tecnológicamente dinámicos, donde una parte de un conjunto rápidamente cambiante de conocimientos referidos a nuevos desarrollos se trasmiten por parte del personal dedicado a actividades de investigación y desarrollo (I+D) en gran parte a través de contactos informales. Para mantenerse al tanto de los avances, las empresas consideran ventajoso situarse cerca de otras empresas que aplican conocimientos similares.

Un prerrequisito para la IED conocido desde hace largo tiempo es la existencia de una infraestructura pública adecuada, es decir, por ejemplo, telecomunicaciones, carreteras, aeropuertos, puertos de gran calado, etc. Está claro que esta infraestructura es un determinante de las condiciones que permiten que se desarrollen las externalidades de un mercado amplio en cierta región. La infraestructura también puede ser un factor que determine en qué momento una concentración de actividades ha llegado a su límite natural de desarrollo (por ejemplo, cuando las carreteras están muy congestionadas con camiones y no hay lugar para construir nuevas carreteras, las nuevas empresas pueden buscar nuevas concentraciones en vez de situarse en las ya existentes). Dentro de Estados Unidos, por ejemplo, han surgido varios valles del silicio (como el complejo de investigación de los alrededores de Austin, Texas) después de que se congestionara en exceso el original Silicon Valley, situado al sur de San Francisco, California. En parte la razón por la que Toyota se ha convertido en un importante fabricante multinacional de automóviles es que las oportunidades de expansión alrededor de su base de origen en Nagoya (Japón) eran cada vez más pequeñas.

Katseli concluye que estos factores (el tamaño mínimo del mercado accesible, la eficiencia absoluta de los factores productivos y las externalidades de un mercado amplio) explican «por qué algunos países del   —34→   conjunto de los menos desarrollados son descartados en los planes de los inversores a pesar de sus bajos salarios relativos (incluso al compararlos con otros países poco desarrollados)».

El trabajo de Katseli se relaciona estrechamente con modelos de geografía económica recientemente ofrecidos por Paul Krugman (1991) y otros. Las teorías de Krugman pertenecen a las que pretenden explicar por qué las actividades económicas deberían agruparse (de modo similar al trabajo de Katseli) y no se limita a explicar los determinantes de la localización de proyectos de IED.

Debe advertirse, sin embargo, que ciertos desarrollos tecnológicos recientes puede que hayan contribuido a reducir la importancia de al menos algunos de los factores de Katseli como determinantes de la localización de la actividad económica. Por ejemplo, las telecomunicaciones avanzadas combinadas con el rápido transporte moderno permiten que ciertas actividades de alto valor añadido por trabajador (incluyendo algunas de investigación y desarrollo) se puedan situar en lugar es que en otros tiempos se hubiesen considerado remotos. Así, por ejemplo, se pueden encontrar centros de investigación en electrónica avanzada en zonas montañosas alejadas dentro de los Estados Unidos (los científicos de estos centros puede que prefieran practicar el alpinismo y el esquí a las distracciones propias de la vida dentro o cerca de las ciudades) e incluso centros de desarrollo de aplicaciones informáticas en la India rural.

La tercera parte del enfoque OLI, la internalización, ofrece una explicación de por qué las empresas tratan de explotar sus ventajas de propiedad mediante la IED en vez de formas alternativas de operación internacional. El concepto de internalización, al menos cuando se aplica a la empresa multinacional, fue introducido por Peter Buckley y Mark Casson en un libro influyente que se publicó hace 15 años (Buckley y Casson, 1976) y ha sido continuamente revisado por ellos mismos desde entonces. Buckley y Casson reconocen haber recibido la influencia de Coase (1937) y autores contemporáneos como Williamson (1970, 1973). Casson (1991) advierte también que un artículo de Hymer (196?), inédito, de la época de su fallecimiento, establece la mayor parte del razonamiento que subyace en la teoría de la internalización.

La esencia de la internalización es que una empresa elige explotar internamente activos que le son específicos (o sea, ventajas de propiedad), es decir, explotarlos mediante operaciones que se integran organizativamente en un todo más amplio -porque hacerlo así es más rentable que utilizar otras alternativas-. Las otras alternativas incluyen la   —35→   concesión de licencias de explotación o la venta del activo a las empresas rivales. Estas alternativas podrían parecer atractivas como forma de servir a los mercados exteriores, donde hacer negocios puede requerir conocimientos específicos y capacidades organizativas de los que en principio carece una empresa extranjera. El prerrequisito de poseer tales conocimientos y habilidades genera barreras a la entrada en estos mercados. Sin embargo, abastecerlos mediante internalización tiene sentido si los beneficios que se captan con ello (por ejemplo, reducciones en los costes de transacción, o en aquellos que se asocian con el riesgo moral) dominan claramente a los costes de aprendizaje y establecimiento que la extensión horizontal de las operaciones de la empresa en los mercados extranjeros lleva consigo.

Las fuentes de mejora de la eficiencia son numerosas pero todas ellas provienen o de la reducción de los costes de transacción en un sentido amplio, o de la reducción de los costes de oportunidad que se asocian a la internalización. Supóngase, por ejemplo, que la ventaja de propiedad de una empresa concreta (digamos, «la empresa A») es su prestigio en la producción de artículos de diseño tecnológico avanzado y alta fiabilidad. Si la calidad pudiese ser asegurada automáticamente, podría ser más beneficioso para la empresa A ceder bajo licencia los derechos de producción y venta de sus productos y transferir el conocimiento necesario para producir y vender sus productos en un mercado extranjero a una empresa independiente («la empresa B»), en vez de crear una filial manufacturera en ese país. Pero la empresa A puede que dude de la capacidad de la empresa B para mantener los patrones de calidad y, en consecuencia, el prestigio (y, con él, la cuota de mercado) necesarios para generar los beneficios. Si los productos obtuvieran mala fama, la pérdida de prestigio en un mercado podría trasladarse a otros mercados, incrementando más los costes potenciales de la concesión de la licencia. Puede que los costes de transacción creados por las incertidumbres sean mayores que los asociados a operar directamente en el mercado extranjero. La empresa A puede valorar también los costes de oportunidad de la licencia. Por ejemplo, la transferencia de tecnología podría en último extremo hacer posible que la empresa B compitiera con la empresa A en mercados donde esta puede obtener beneficios.

Una variante de la hipótesis de internalización es la que ofrece John Cantwell (1990, 1991) bajo la denominación de acumulación tecnológica. La idea esencial es que cuando las organizaciones empresariales grandes internalizan operaciones que son tecnológicamente complejas, desarrollan variaciones sui-generis en la realización de estas operaciones.   —36→   Por ejemplo, puede haber varias empresas cada una de las cuales ofrezca variantes sustitutivas de un producto farmacéutico. Pero, aunque los productos sean sustitutivos próximos, son tecnológicamente muy complejos y cada empresa al desarrollar su propia variante adopta probablemente enfoques diferentes de los de sus competidores. El resultado puede ser que las empresas utilicen procesos de producción distintos, usando bienes de equipo especializados y no intercambiables. Del mismo modo, los conocimientos específicos sobre el modo de desarrollar la producción (know-how) pueden diferir considerablemente de empresa a empresa; por tanto, conocimientos que son muy valiosos para una empresa puede que no lo sean tanto para otra empresa que produce un sustitutivo.

La hipótesis de Cantwell ofrece una explicación para un fenómeno que ha tenido mucha importancia durante los años ochenta, la adquisición de pequeñas empresas de alta tecnología por empresas más grandes, a menudo empresas bajo control extranjero. Tales absorciones han sido muy comunes en Estados Unidos y en Europa durante los años ochenta y han generado, a menudo, controversia. En muchos casos, sin embargo, la empresa absorbida no pudo encontrar un comprador nacional. Se ha preguntado por qué las candidatas a una absorción son más valiosas en ocasiones para un comprador extranjero que para uno nacional. Se ha indicado frecuentemente que los factores culturales estaban en la raíz de tales diferencias; por ejemplo, que los inversores japoneses eran más pacientes que los americanos y, por tanto, adoptaban una visión a más largo plazo respecto a los rendimientos de las inversiones. La hipótesis de Cantwell sugiere, sin embargo, que la razón por la que las inversiones japonesas pagan más por ciertas compras es simplemente que el valor interno de la empresa adquirida es mayor para la empresa japonesa que para una empresa rival estadounidense, debido a las diferencias concretas entre ambas organizaciones. Puede ocurrir, por ejemplo, que la empresa absorbida posea características técnicas acordes con las necesidades específicas de los japoneses, pero no con las de la institución americana.

Existen debilidades y diversas variaciones en torno a la hipótesis de internalización. Es más una hipótesis descriptiva del comportamiento empresarial que una hipótesis de carácter normativo. El concepto es muy rico como forma de explicar en términos generales por qué las organizaciones crecen hasta ser grandes y complejas, de tal forma que su ámbito organizativo a menudo atraviesa las fronteras nacionales. El concepto está mucho más limitado como instrumento normativo útil   —37→   para determinar a priori qué actividades específicas disfrutarán de economías de internalización o para determinar cuál es la cota superior en el tamaño de una organización que permite disfrutar de tales economías. Es difícil contrastar empíricamente si las economías internas desempeñan un papel principal en la IED, por la simple razón de que es difícil medir esas economías. Una de las críticas recientes más ardientes del concepto procede de Mark Casson, uno de los pioneros de su aplicación a la IED, que advierte que realmente no es una teoría capaz de explicar ciertos aspectos muy importantes en la determinación del tamaño de la empresa, como la capacidad de una organización para innovar y aprender.

No obstante, la internalización es el nexo que une los elementos del marco analítico OLI. Este marco es útil porque señala tres conjuntos de condiciones -la existencia de ventajas de propiedad y localización y de economías de internalización- que posiblemente son todas ellas necesarias para que la IED tenga lugar. Este enfoque es (en las propias palabras de Dunning) ecléctico porque el papel relativo que desempeña cada uno de estos prerrequisitos como determinante de la IED puede variar en cada caso específico. Dunning y sus colaboradores también establecen la afirmación más fuerte de que estas precondiciones son en su conjunto suficientes para que se dé la IED. Si esto es verdad o no (es decir, que el enfoque OLI establezca condiciones necesarias y suficientes para que suceda la IED) es, sin embargo, un asunto que se dejará abierto por el momento. En la siguiente subsección, se argumenta que la dinámica de la competencia entre empresas dentro de un sector puede afectar también a la IED y que, entonces, dicha dinámica necesita integrarse en cualquier teoría sobre los determinantes de la IED.




3.2. Rivalidad entre empresas e IED

Las teorías (o, dicho con más propiedad, los modelos) de IED que se basan en la dinámica de la competencia entre empresas están estrechamente ligados a los modelos estratégicos del comercio internacional que se asocian a nombres como Barbara Spencer, William Brander y Paul Krugman, aunque de hecho los modelos modernos de IED tienen una tradición algo más larga. Las primeras versiones de los modelos de IED tendieron a ser bastante cualitativas, mientras que los modelos de comercio estratégico fueron desde el principio enunciados en términos matemáticos. Hemos visto que esto era cierto en la hipótesis   —38→   del ciclo vital del producto, que podría contemplarse en sí misma como un modelo de competencia al tiempo que como modelo de ventajas de localización. En este modelo, la competencia creada por las empresas locales induce a los exportadores a convertirse en productores locales por medio de la IED.

Esto es también cierto en un modelo que se haya implícito en un artículo frecuentemente citado de Hymer y Rowthorne (1970), en el cual la dinámica de competencia entre las empresas multinacionales procedentes de Europa y los Estados Unidos conduciría a la inversión cruzada entre ambas zonas y a la consolidación, con la consecuencia final de que unas pocas empresas dominarían el comercio mundial. Sin embargo, debe manejarse con cautela la denominación de modelo en este contexto, pues Hymer y Rowthorne realmente no especificaban el proceso exacto a través del cual la concentración tendría efecto.

Al contrario que en los modelos cualitativos de Vernon y Hymer y Rowthorne, se han registrado esfuerzos recientes en la línea de cuantificar y elaborar modelos rigurosos de competencia sobre la IED, utilizando los conceptos aportados por la teoría de los juegos no cooperativos (por ejemplo, Baer, 1984; Onida, 1989; Graham, 1990). No obstante, como sus semejantes sobre el comercio internacional, los modelos rigurosos de IED se apoyan en supuestos que son bastante restrictivos y están expuestos a la crítica de ser poco realistas. Con todo, como se argumentará, los modelos parecen ser capaces de ayudar a explicar pautas empíricamente observables del comportamiento de las empresas multinacionales que no podían explicarse fácilmente a partir de las consideraciones propias del enfoque OLI.

Se discutirán cuatro modelos en este epígrafe, el modelo de seguimiento del líder de Frederick Knickerbocker (1973), el modelo de intercambio de amenazas de Graham (1978), el modelo de crecimiento no provocativo de la empresa de Francesca Sanna-Randaccio (1990) y el modelo de monopolización de Nicola Acocella (1991).

Todos ellos suponen que las empresas multinacionales operan en mercados oligopolísticos donde existen oportunidades para la apropiación de rentas económicas. No se discute en general cuál es la razón de que los mercados sean oligopolísticos, aunque algunos autores han apelado a algunos estudios empíricos que muestran la presencia de correlación entre ciertas medidas de concentración y la cantidad de IED. En los modelos, los mercados son completamente disjuntos, es decir, están separados geográficamente y las realizaciones de un mercado no   —39→   afectan directamente a las de ningún otro mercado (por ejemplo, no existe arbitraje en bienes que vincule los mercados).

El modelo Knickerbocker empieza suponiendo que en algún mercado existe un equilibrio oligopolístico entre un conjunto de empresas rivales. No se especifica si se trata de un equilibrio de Cournot o de algún otro tipo de equilibrio. Se inicia un proceso de rivalidad cuando una de las empresas realiza una inversión extranjera directa como forma de entrar en otro mercado. Las competidoras en el mercado de origen consideran esto algo desestabilizador. Presuntamente, la empresa que ha realizado la IED (la primera en jugar) posee en ese momento una posición de monopolio en el nuevo mercado y las rentas que se obtengan por dicha posición pueden utilizarse para subsidiar operaciones en el mercado de origen. Movidas por este temor, las empresas competidoras actúan rápidamente para crear sus propias filiales en el mismo mercado extranjero y reestablecer el equilibrio.

Como se ha advertido, Knickerbocker no planteó su modelo formalmente. Es decir, nunca estableció argumentos formales para indicar si bajo un conjunto de supuestos razonables entrar en el mercado extranjero era, de hecho, la mejor respuesta de la primera empresa en jugar dentro del mercado de origen. Es más, expuso el escenario ya comentado a modo de hipótesis y procedió a contrastarlo empíricamente. Los resultados empíricos demostraron que las empresas con base en los Estados Unidos, al penetrar en los mercados extranjeros a través de la IED, habían tendido a agrupar sus primeras entradas en un período de dos o tres años. (Esto es, si una primera empresa entraba en un mercado extranjero mediante IED, era seguida por sus rivales rápidamente). En consecuencia, Knickerbocker descubrió una pauta empírica que debía explicarse, al margen de que su modelo captase mejor o peor la conducta de las empresas multinacionales. Se han descubierto otras pautas semejantes en otros países y períodos de tiempo (véase, por ejemplo, Flowers, 1976; Yu e Ito, 1988). Baer (1984) ha ensayado una formulación más rigurosa del modelo de Knickerbocker y ha tratado de contrastarlo mediante simulaciones de Monte Carlo.

Graham (1978) estudia la situación opuesta. Inicialmente, las empresas operan como monopolistas en dos mercados. Una empresa decide entrar en el mercado de la otra a través de IED, rompiendo el monopolio en ese mercado. La respuesta óptima para la segunda empresa es entonces entrar en el mercado de la primera. A partir de aquí, ambas empresas hallarían beneficio mutuo en desistir de su comportamiento como rivales y entrar en colusión como para apropiarse conjuntamente   —40→   de las rentas de ambos mercados. Graham contrastó el modelo utilizando la inversión cruzada entre Estados Unidos y Europa y halló cierto apoyo para la hipótesis de que la inversión directa europea en Estados Unidos era estimulada por la inversión previa de Estados Unidos en Europa. En particular, la IED europea en los Estados Unidos tendía a concentrarse en los mismos sectores que la IED norteamericana en Europa. Aunque esta observación partía de datos fechados a comienzos de la década de los setenta, parece que hoy sigue siendo cierta.

Aunque la evidencia empírica que apoya la hipótesis de Knickerbocker es más fuerte que la que apoya la de Graham, el modelo de intercambio de amenazas puede formularse con más rigor que el de seguimiento del líder, básicamente porque en el primero la empresa que reacciona se ve afectada directamente por las acciones de la que juega primero, mientras que en el último la(s) empresa(s) que reacciona(n) debe(n) anticipar algún movimiento futuro por parte del primer jugador (como la práctica de un precio predatorio en el mercado de origen). El modelo de intercambio de amenazas es estructuralmente muy similar al modelo de dumping recíproco de William Brander y Paul Krugman (1984). Ambos modelos se basan en supuestos bastante restrictivos. En ambos casos, por ejemplo, las empresas de diferentes países son capaces de entrar en el mercado de las otras sin coste alguno y, sin embargo, existen barreras absolutas a la entrada de cualquier otra empresa.

A continuación se ofrece una presentación sencilla del modelo de intercambio de amenazas: Supóngase que existen dos empresas, cada una de las cuales opera como monopolista en su mercado nacional; estos mercados son política y geográficamente independientes, y no hay arbitraje de bienes entre ellos. A designa uno de los mercados y B el otro. Un solo subíndice en cualquier variable hace referencia a uno de los mercados (o sea, QA es la cantidad de equilibrio ofrecida y demandada en el mercado A). A los monopolistas de cada mercado se les designa también con A y B, pero, en las variables relevantes se emplean dos subíndices, referidos, respectivamente, al mercado y la empresa correspondientes (es decir, QAA es la cantidad de equilibrio que proporciona en el mercado A la empresa A, mientras que QAB es la cantidad que ofrece en el mercado A la empresa B). Se supone que la demanda de cada mercado es lineal y puede escribirse de forma invertida , PA = A - aQA para el mercado A y PB = B - bQB para el mercado B. Las letras A y B cuando se utilizan aisladamente en una ecuación (es decir, no como subíndices) se refieren a las constantes de la función inversa de demanda de cada mercado, sin identificar empresas ni mercados.   —41→   Todas las ecuaciones se refieren a un mismo período de mercado dentro de un juego repetido en el que participan las dos empresas (implícitamente, por tanto, cada variable incluye un subíndice t, t = 1, 2, ...).

Supóngase que la empresa A se enfrenta a un coste marginal constante CA y la empresa B a un coste marginal constante CB. Si ambas empresas siguen siendo monopolistas en sus mercados de origen, los precios y cantidades de equilibrio en estos mercados serán:

Ecuaciones

y los beneficios de ambas empresas:

Ecuaciones

donde el superíndice m indica que se trata de un equilibrio de monopolio.

Por simplicidad, se supone que no hay barreras a la IED (¡pero que el comercio sigue siendo imposible!) y que ninguna empresa descuenta los beneficios futuros. Esto último permite ignorar momentáneamente cualquier fenómeno transitorio que pudiese ocurrir en un juego dinámico entre las dos empresas. En particular, puede considerarse que la entrada carece de costes. Si se supone que la empresa B penetra en el mercado A mediante IED y que el resultado que se produce corresponde al de un duopolio de Cournot (para lo cual, debe cumplirse CA < (A + CB) /2), los beneficios totales en este mercado caerán y se distribuirán entre las dos empresas del siguiente modo:

Ecuaciones

donde el superíndice c hace referencia al duopolio de Cournot.

La empresa B obtiene un beneficio adicional igual a Ecuación, mientras que la empresa A reduce su beneficio en una cantidad Ecuación. Si CA > (A + CB) /2), la empresa A abandonará el mercado. En caso contrario, la mejor respuesta de la empresa A a la entrada de la empresa B será, a su vez, entrar en el mercado B (pero sólo si CA < (B + CB) /2). Esto reduce el beneficio de B en su propio mercado a Ecuación reduciéndose el incremento total de beneficios de la empresa B hasta Ecuación   —42→   Ecuación Es claro, por inducción, que la empresa B sólo entrará en el mercado A si se cumple ir Ecuación, es decir, desarrollando la expresión:

Ecuación

El modelo, pues, predice (si las empresas no descuentan sus beneficios o pérdidas futuros) que los flujos de IED serán bidireccionales, a menos que la empresa que reacciona (la empresa A del caso anterior) tenga costes variables superiores a cierta cantidad. Los detalles sobre el modelo presentado más arriba pueden encontrarse en Graham (1992).

En este marco, surge la siguiente pregunta: ¿cuáles son las implicaciones sobre el grado de competencia del modelo de intercambio de amenazas? En el modelo, tal como se plantea más arriba, el monopolio inicialmente existente en cada mercado resulta reemplazado por un duopolio y, por tanto, el modelo sugiere que los flujos bidireccionales de IED resultan inequívocamente favorecedores de la competencia. Esta observación no debería sobrevalorarse, sin embargo. Es fácil demostrar que, bajo determinados supuestos no excesivamente restrictivos, una vez que ha ocurrido la inversión bidireccional, resultaría beneficioso para ambas empresas entrar en colusión para maximizar sus beneficios en ambos mercados. Bajo determinadas circunstancias puede apelarse al Folk theorem de la teoría de juegos no cooperativos para demostrar que la colusión en ambos mercados puede constituir un equilibrio de Nash en un juego repetido. También cabe la posibilidad de que en el mundo real (al contrario que en este modelo) la entrada en los mercados se logre mediante adquisiciones más que con inversión ex-novo. Los resultados pueden ser pro o anti-competitivos, dependiendo de las circunstancias. Por ejemplo, si la entrada bilateral rompe el liderazgo de la empresa dominante de cada mercado, la inversión cruzada estimulará la competencia. Pero la existencia de dos empresas fuertes en cada mercado puede generar situaciones en las que la colusión es posible. Véase Graham (1990) para obtener más detalles desde una perspectiva teórica.

Por supuesto, si las empresas descuentan los beneficios o las pérdidas futuros, la inversión bidireccional no necesariamente se da. Para que así suceda, el valor actual de toda la corriente futura de beneficios de la empresa A en el mercado B tendría que ser mayor que el valor actual de todos los costes transitorios (por ejemplo, los costes de entrada).

  —43→  

El modelo de Sanna-Randaccio es, en cierto modo, una alternativa al modelo de intercambio de amenazas a la hora de explicar que la inversión directa bidireccional entre Estados Unidos y Europa se concentre en los mismos sectores. El modelo sigue a Penrose y supone que por razones de conducta las empresas persiguen la maximización del beneficio total más que los beneficios por unidad de capital (esto es, la tasa de rendimiento). Empresas que operan en sectores oligopolísticos se encuentran con que no pueden desarrollarse en el mercado nacional sin romper el equilibrio oligopolista local; por ejemplo, los esfuerzos para incrementar marginalmente la cuota de mercado puede que alteren la naturaleza del juego que tiene lugar en el mercado interior haciendo que pase de ser un juego cooperativo repetido (en el cual se maximizan los beneficios totales) a un régimen de competencia a la Cournot (en el cual gran parte de las rentas desaparecen). Sin embargo, estas empresas puede que sean capaces de lograr cuotas de mercado en mercados extranjeros sin provocar, hasta cierto límite, una reacción por parte de los competidores locales. Por ejemplo, las empresas multinacionales pueden seguir una estrategia de Cournot contra sus competidores locales pero, al contrario de lo normal en un juego a la Cournot, sus rivales pueden realmente mantener su producción constante, en un esfuerzo por conservar sus beneficios. En tal caso, las empresas locales se comportarían colectivamente como si fueran de hecho una empresa dominante que lidera el establecimiento de los precios y que admite que su cuota de mercado se deteriore hasta el punto a partir del cual la posición de la empresa líder deja de ser rentable.

Por tanto, las empresas multinacionales, procedentes de un variado conjunto de mercados nacionales, se apropiarían, mediante la IED, de pequeñas participaciones en los mercados extranjeros. Ninguna empresa local tomaría represalias siempre que estas participaciones fueran pequeñas. Mientras las filiales de las multinacionales lograran pequeñas porciones del mercado, la mejor respuesta de las empresas grandes preestablecidas en él sería, de hecho, no responder en absoluto. Sanna-Randaccio postula que esta situación puede darse recíprocamente: es posible que empresas dominantes de Estados Unidos adquieran pequeñas cuotas de mercado en Europa y que empresas europeas se hagan con pequeñas participaciones en el mercado estadounidense, todo ello sin provocar reacciones por parte de otras empresas.

En consecuencia, tanto el modelo de Sanna-Randaccio como el de Graham sirven, en esencia, para explicar teóricamente la IED bidireccional. ¿Cómo se comportan empíricamente? Hasta donde alcanza el   —44→   conocimiento de este autor, no se han publicado más contrastes que los aparecidos en Graham (1978). Quizá resulte sorprendente dado el importante volumen de IED bidireccional que ha tenido lugar desde entonces y parece que resultaría fructífera la realización de trabajo empírico adicional.

El modelo de Acocella se basa fundamentalmente en la premisa de que la IED es un procedimiento de apropiación y conservación de rentas; ¿para qué van a desarrollar las empresas complejos juegos estratégicos si pueden absorber y, en consecuencia, crear monopolios (o, al menos, sectores altamente concentrados en los que se facilita la apropiación de rentas)? Aunque de carácter teórico, el modelo de Acocella se basa en la observación de que gran parte de la IED entre los países desarrollados de Europa, Norteamérica y Japón de los años de la década de los ochenta tomó la forma de fusiones y adquisiciones más que de inversión ex-novo. La hipótesis de que las fusiones y adquisiciones sirven para crear monopolios u oligopolios colusivos es, de hecho, bastante antigua, pero se ha utilizado sobre todo para explicar las fusiones y absorciones dentro de los mercados nacionales.






4. Conclusiones y recomendaciones de política económica

Tiene interés examinar en qué medida las teorías sobre los determinantes de la inversión extranjera directa responden a las preguntas enunciadas en la introducción de este artículo.

Lo más que puede decirse es que las cinco preguntas han sido parcialmente resueltas por la teoría existente; quizá -para ser más honestos- habría que decir que tras poner la teoría existente sobre la mesa todavía quedan cuestiones sin resolver. Una razón de esta situación es que la teoría existente es incompleta y, como señala John Dunning, necesariamente algo heterodoxa. La IED en sí misma es un fenómeno heterodoxo y es probable que nunca se desarrolle un cuerpo teórico unificado que explique todos los casos de inversión extranjera directa. Otra razón es que la mayor parte de la teoría de l a IED no se ha contrastado empíricamente.

En consecuencia, por ejemplo, el modelo de monopolización de Accocela, el modelo de acumulación tecnológica de Cantwell o el modelo de intercambio de amenazas de Graham ofrecen, simultáneamente, posibles respuestas a la primera pregunta arriba enunciada. Pero, ¿cuál   —45→   es la correcta? (si alguna lo es). ¿Son todas correctas a la vez? ¿Es posible, por ejemplo, que parte de las grandes absorciones de empresas estadounidenses por parte de empresas europeas en los años ochenta represente la segunda fase de la IED bidireccional que predice el modelo de intercambio de amenazas, mientras las absorciones japonesas de empresas americanas respondan a la acumulación tecnológica y, finalmente, la compra de las dos principales cadenas de grandes almacenes de los Estados Unidos por parte de un inversor canadiense responda al intento de crear un monopolio en ese sector? Del mismo modo, mientras los modelos de intercambio de amenazas y de Sanna-Randaccio establecen flujos bidireccionales como los referidos en la pregunta (3), otras explicaciones pueden albergarlos de forma implícita (por ejemplo, las ventajas de propiedad y de internalización específicas de las empresas podrían darse simultáneamente en empresas europeas y americanas productoras de bienes que no son sustitutivos perfectos y, por tanto, hacer que se observaran flujos de IED bidireccional e intrasectorial a medida que cada conjunto de empresas capitaliza sus propias ventajas). No se ha llevado a cabo la contrastación empírica de tales hipótesis alternativas (y, en ciertos casos, complementarias), especialmente en lo que se refiere a la pregunta (5) -el auge de la IED durante los últimos años de la década de los ochenta-. Simplemente, no puede decirse con seguridad qué hipótesis (si alguna) están corroboradas por la evidencia.

Este autor opina que son todavía poco claras las razones por las que los flujos de IED fueron tan grandes durante los años ochenta (la peor respondida de las cinco cuestiones). ¿Respondió su localización temporal a factores macroeconómicos? La teoría y evidencia más convincentes hoy en día respecto a la IED enfatizan la importancia de los determinantes microeconómicos, pero todavía se tiene la incómoda sensación de que los factores macroeconómicos pueden haber desempeñado un importante papel en los fenómenos de la pasada década. Esta posibilidad ha recibido mucha menor atención de la que merece. Ninguno de los factores macroeconómicos que se han repasado en este artículo parecen constituir explicaciones sólidas del auge reciente de la IED, pero podría haber sitio para nuevos descubrimientos y desarrollos en este área.

Debería recalcarse, sin embargo, que aunque, por una parte, hay muchas preguntas sin responder en torno a la IED, este campo no es, por otra parte, un absoluto desierto. De hecho, sobre la base de lo que ya se sabe, pueden establecerse ciertas observaciones de relevancia para la política económica (y para España).

  —46→  

Por ejemplo, se han expresado temores respecto a que la caída del comunismo en la Europa del Este y la apertura de estas zonas a la IED produjese un desplazamiento de la IED desde el Sur hacia el Este de Europa. Estos temores se basan implícitamente en un modelo de flujos de capital internacionales en el cual el capital fluye desde regiones ricas en capital hacia regiones pobres en capital. Pero tanto la teoría como la evidencia indican que este no es un modelo útil para contemplar la IED. La gran mayoría de los flujos de IED de los años recientes han ido de regiones ricas en capital a regiones también ricas en capital (y, de hecho, incluso durante los años ochenta, la inversión extranjera directa a tendido mucho más hacia el Norte que hacia el Sur de Europa). El atractivo del Sur de Europa ha sido en cierto modo el bajo coste relativo de la mano de obra, pero esta es sólo una de las muchas ventajas que provocan que una multinacional invierta en cierta región (y, en el caso de España, es una ventaja de importancia rápidamente decreciente). Otras ventajas son el capital humano, la estabilidad política e institucional (incluyendo la que se deriva de la pertenencia a la Comunidad Europea) y, con gran peso, las requeridas externalidades de un mercado amplio. Estas ventajas no es probable que desaparezcan en el futuro más próximo y actualmente no se dan ventajas similares en la Europa del Este. Una conclusión es que la Europa del Sur, España en particular, debería seguir siendo un lugar apropiado para la IED.

También se deduce que los instrumentos de política económica que España puede utilizar para atraer esta inversión son los mismos que debería emplear bajo cualquier otra circunstancia: por ejemplo, seguir proporcionando estabilidad al inversor mediante políticas macroeconómicas prudentes, seguir desarrollando la infraestructura física y social del país y seguir apoyando la construcción del Mercado Único Europeo.

Pero simultáneamente, España puede querer buscar la forma de reforzar las ventajas específicas de localización que ya posee (incluyendo aquellas ventajas internalizadas por las empresas españolas y las multinacionales bajo control extranjero que operan en España). Una razón por la que algunas empresas alemanas están invirtiendo en Checoslovaquia, por ejemplo, es la existencia de un exceso de capital humano en los sectores de ingeniería pesada de aquel país. ¿Debería España tomar en consideración la posibilidad de incentivar la migración de personas que poseen cualificaciones específicas desde Checoslovaquia (y otros países del Este) hacia España? ¿Poseen las organizaciones de la Europa del Este ventajas de propiedad específicas que pudiesen complementar a las que poseen las empresas españolas? Si así fuera, ¿sería   —47→   conveniente la inversión directa de España en los países del Este europeo?

Más allá del caso español, se ha registrado un enorme crecimiento de la IED dentro de la Comunidad Europea como resultado de la combinación de la expansión de las actividades de empresas no comunitarias presentes en Europa, IED intra-comunitaria por parte de empresas de la Comunidad y nuevas entradas de empresas no comunitarias. Al mismo tiempo, han aumentado las alianzas entre empresas multinacionales, incluyendo las que se dan entre empresas comunitarias y entre empresas comunitarias y no comunitarias. Tanto la Comisión Europea como los estados miembros de la Comunidad Europea se esfuerzan en definir cuáles son las políticas correctas que habría que adoptar para afrontar estas tendencias. Algunas de las políticas que se están fraguando resultan restrictivas respecto a la entrada de IED (por ejemplo, las que podrían limitar la producción de las filiales europeas de las empresas japonesas fabricantes de automóviles); otras establecen un grado de apertura nunca visto (por ejemplo, las alianzas estratégicas entre IBM y el grupo Bull de Francia, que están siendo apoyadas por el gobierno francés). La política de defensa de la competencia se ha revisado a la luz de la multinacionalización de las empresas (así, por ejemplo, la regulación sobre fusiones promulgada por Bruselas en 1991), pero está claro que aparecerán nuevas revisiones. Los principales temas todavía no han sido aclarados, por ejemplo, hasta qué punto deberían participar las empresas no comunitarias en consorcios tecnológicos patrocinados por la Comunidad Europea como ESPIRIT y JESSE, que actualmente están cerrados en gran medida a las empresas no comunitarias. Sobre estos temas, parece existir una divergencia naciente de puntos de vista entre los líderes europeos; un grupo contempla la participación no comunitaria como una forma de incrementar la competencia intra-europea y como una vía para la captación de tecnología exterior; el otro considera que esta participación contraviene uno de los fines de la política industrial que consiste en elevar la capacidad tecnológica de las empresas bajo control europeo.

Al mismo tiempo, muchas empresas de la Comunidad Europea han expandido sus operaciones localizadas fuera de la Comunidad y fuera de Europa. En la Comunidad y en los estados miembros, se preguntan si los intereses de estas empresas coinciden necesariamente con los intereses de Europa en su conjunto. Por ejemplo, ¿debería considerar la Comisión Europea como un fin de su política la apertura a las empresas europeas de los consorcios tecnológicos establecidos entre Estados   —48→   Unidos y Japón (por ejemplo, SEMATECH)? ¿Se aceleraría de este modo la tendencia ya aparente de las empresas europeas de situar sus actividades de investigación y desarrollo fuera de la Comunidad? Si así fuera, ¿sería contrario a los intereses europeos?

Estos aspectos no tienen una respuesta fácil. Las respuestas adecuadas requerirían una comprensión más amplia del modo y la razón por la que se comportan como lo hacen las empresas multinacionales y este artículo demuestra, al menos, que esta comprensión dista mucho de ser completa.




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Abstract

This paper surveys micro and macroeconomic theories of foreign direct investment (FDI), confronting them with a set of unresolved questions about the spurt of FDI in the eighties and using relevant International empirical evidence in the assessment of each theory. It is argued that each model helps account for some aspects of FDI but none provides an encompassing explanation of this multifaceted process.



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Comentario

Charles Bean



London School of Economics

En su artículo, el profesor Graham nos proporciona una excelente panorámica de la literatura sobre inversión extranjera directa (IED) y sus implicaciones para España. Nos presenta cinco paradojas empíricas que han de ser explicadas y describe cinco, o más bien cuatro y media, teorías alternativas que podrían explicarlas. Dos y media son de naturaleza «macroeconómica», mientras que las otras dos se describen como «microeconómicas». La primera de tipo macroeconómico parte de la premisa de que las imperfecciones de los mercados de capitales proporcionan a las multinacionales el acceso a fuentes de financiación más baratas que las disponibles para las empresas establecidas en un solo país; sin embargo, la creciente integración de los mercados de capitales reduce la virtualidad de este argumento y de ahí que la teoría sea incapaz de explicar el aumento de la IED en los años ochenta. La segunda teoría macroeconómica es la que se basa en un argumento de diversificación de cartera, pero este argumento pierde fuerza en cuanto los inversores pueden adquirir activos financieros extranjeros directamente. La «media» teoría se refiere a las diferencias en los sistemas fiscales; dado que desconozco la literatura en este área, me sorprende la rápida descalificación de Graham a esta posibilidad.

La primera teoría de tipo microeconómico se centra en aspectos de eficiencia en la decisión de localización y la dimensión de las actividades productivas. En este campo hay muchos tipos de argumentos, pero la propia complejidad del enfoque propiedad-localización-internalización parece militar en contra de la posibilidad de generar predicciones detalladas. La segunda teoría de corte microeconómico se ocupa de los aspectos estratégicos en la entrada en los mercados y las barreras a ésta. Esta teoría aprovecha los conceptos de la literatura de la nueva economía industrial. No obstante, se sabe que los juegos estratégicos repetidos a menudo dan lugar a una gran variedad de posibles soluciones, así que de nuevo las posibilidades de obtener predicciones detalladas, y a la vez invariantes ante variaciones menores en los supuestos del modelo, son escasas.

El profesor Graham afirma que ninguna de las teorías explica las cinco paradojas simultáneamente, aunque cada una parece ser parcialmente   —51→   verdadera. En sus propias palabras, esto no es muy sorprendente en vista de que «la IED es en sí mismo un fenómeno heterodoxo, y es improbable que llegue a desarrollarse un corpus teórico unificado que pueda explicar todos los casos». Aquí parece estar la clave. Al comentar el enfoque OLI de Dunning, el profesor Graham utiliza el paralelismo con la parábola de los tres ciegos que intentaban describir a un elefante a partir de la pequeña parte que cada uno había tocado. Sin embargo, lo que en realidad tenemos es una serie de animales totalmente diferentes que resultan estar encerrados juntos en la misma jaula.

A mi juicio existen al menos cuatro tipos distintos de IED, cada una de las cuales requiere una teoría distinta. En primer lugar, existe la inversión directa que da lugar a establecimientos nuevos y a flujos financieros intraempresariales. En este caso el aspecto relevante es la localización de la producción y la «geografía económica» de Krugman es con seguridad relevante en este caso. En segundo lugar, también se da la adquisición de empresas competidoras en el extranjero ya existentes. De nuevo, las teorías de la localización son relevantes, pero los aspectos estratégicos abordados por la nueva economía industrial también pueden serlo. En tercer lugar, se dan adquisiciones de empresas extranjeras que producen productos relacionados pero no directamente competidores, por ejemplo los productores de inputs intermedios. Un aspecto importante en este caso es la dimensión de la empresa y por ello los modelos a la Coase de Hart y Moore y de Bolton y Dewatripont probablemente sean relevantes. En último lugar se encuentra la compra de empresas extranjeras no relacionadas en absoluto. La teoría tiene poco que decir en este caso, pues aún no contamos con una buena explicación para la existencia de conglomerados multinacionales. La diversificación de cartera es el único candidato y como ya he señalado, no es muy convincente, en vista de la naturaleza internacional de los mercados de capitales actualmente.

Para poder explicar cada una de las cinco paradojas expuestas por Graham, probablemente se necesita recurrir a teorías distintas. Así, para explicar porqué una empresa en particular adquiere otra es necesario entender las particularidades de su mercado y los principales resultados del enfoque de la economía industrial son seguramente los más fructíferos. Para entender porqué la IED hacia países en desarrollo es tan reducida con toda probabilidad deberían aprovecharse los resultados de la literatura sobre el «crecimiento endógeno» de Lucas y otros, que recalca la función esencial que desempeñan las externalidades derivadas del capital humano. Para explicar la IED bidireccional entre países   —52→   desarrollados probablemente se necesitará partir de los resultados de las literaturas sobre «geografía económica» y sobre «comercio intraindustrial». Finalmente, el resurgimiento de la IED en los años ochenta con seguridad debe estar relacionado con fenómenos macroeconómicos, que permitan abstraerse de los detalles microeconómicos. Aquí la analogía relevante es la del paro; los flujos anuales al y del empleo son mucho mayores que el stock de paro, pero un análisis microeconómico de estos flujos no es en realidad necesario para entender el comportamiento del empleo agregado.

Deseo concluir con un par de observaciones acerca de las implicaciones de la IED para el bienestar. Existe una tensión continua entre el aumento de la eficiencia productiva privada resultante de las fusiones de empresas y las potenciales reducciones de la eficiencia en la asignación derivada del mayor abuso del poder de mercado y de ignorar las externalidades. El cambio de dirección sucedido en los años ochenta en todo el mundo, hacia políticas pro-mercado a través de las privatizaciones, etc., ha tendido a destacar las primeras, pero al mismo tiempo la teoría económica ha ido moviéndose en la dirección contraria. Pienso que todo esto apunta hacia la necesidad de desarrollar políticas de competencia al nivel trasnacional, más que al nacional. La Comisión Europea ha venido desempeñando una función cada vez más importante en este aspecto, pero quizá haga falta, además, un organismo realmente internacional, del estilo del GATT.




Comentario

Luis Rodríguez Romero



Universidad Carlos III de Madrid

El trabajo de E. Graham ofrece una sintética, clara y ordenada presentación de las principales teorías y esquemas de razonamientos empleados a la hora de explicar las razones y efectos de la inversión extranjera.

El punto de partida es, a la vez, simple y sugerente. La transmisión de un activo supone una mayor valoración del mismo en términos de los demás bienes por el comprador que por el propietario.

Por lo tanto, para que se produzca una transacción de inversión extranjera debe de existir una divergencia entre el adquiriente (llamémosle   —53→   empresa extranjera) y el propietario (llamémosle empresa nacional) en cuanto a la cadena futura de rendimientos derivada de la inversión, o respecto a la tasa de descuento empleada en la valoración actual de la misma.

En el primer caso, se puede englobar un conjunto de teorías que el autor une bajo la denominación de «microeconómicas» y que se centran en características de la propia empresa o de la dinámica competitiva del mercado. En el segundo, se distinguen las denominadas como teorías «macroeconómicas» que atienden a condiciones generales que afectan a la economía origen o destino de la inversión: coste del capital, fiscalidad, diversificación de riesgos, etc.

Por lo que se refiere a los factores de carácter macroeconómico, el fuerte carácter selectivo de la inversión extranjera que, según los resultados empíricos disponibles en un plano internacional, tienden a con centrarse en un número reducido de actividades o sectores puede llevar en un principio, tal y como menciona el autor, a cuestionar la capacidad explicativa de este tipo de teorías. Sin embargo, la existencia de una evolución cíclica de la inversión extranjera en un plano mundial, aún deduciendo el efecto de arrastre de la actividad económica, parecen indicar la presencia de factores de índole general, ya sean normalmente considerado como macroeconómicos o bien otros de carácter técnico, organizativo o, incluso, relacionado con la propia política económica.

A este respecto sería muy interesante el analizar las razones del fuerte aumento de inversión extranjera durante la década de los años ochenta, en el que, por ejemplo, puede haber cumplido un papel destacado hechos como la ampliación de la CEE y la aceleración del proceso de unidad económica entre sus miembros, aparte de la evolución del tipo de cambio del dólar u otras razones de carácter fiscal.

En cuanto a las teorías de tipo microeconómico puede no ser conveniente el enfatizar en exceso las diferencias entre las dos orientaciones señales en el trabajo: modelos sobre características internas de la empresa, resumidos en la síntesis OLI de Dunning, por una parte, y modelos estratégicos de competencia, por otra parte. Aparte de las diferencias obvias entre ambas orientaciones -descriptiva y ecléctica la primera; fuertemente formalizada la segunda- ambas comparten precursores, supuestos básicos similares e, incluso, semejantes limitaciones. Veamos estos tres aspectos.

Como precursor resulta destacable el reconocimiento explícito de la labor desarrollada por un autor, S. Hymer, no muy divulgado en nuestro   —54→   país a pesar de existir una antigua traducción de sus principales artículos (Hymer, 1978), que en sus cortos años de vida sentó las bases de ambos tipos de aproximaciones. En los trabajos de dicho autor se puede encontrar un análisis, pionero en muchos casos, tanto de las características específicas de las empresas que dan lugar a la inversión extranjera, como de la posible competencia estratégica entre empresas inversoras en un plano mundial resultante de una posible, a principios de los años sesenta, generalización de la misma.

Por otra parte, de la propia consideración de la descripción realizada en el trabajo sobre los planteamientos de ambos tipos de teorías se deduce de forma inmediata de un marco general de competencia imperfecta, único posible en el que tiene sentido los problemas de explotación óptima de ventajas específicas de empresas que forman la base de la aproximación OLI o la dinámica de la competencia entre rivales oligopolistas de los modelos estratégicos. La metodología seguida para determinar el equilibrio es radicalmente distinta entre ambas aproximaciones, pero el punto de partida es el mismo.

Por último, y de manera en cierta forma sarcástica, los dos tipos de aproximaciones distinguidas se enfrentan con similares problemas respecto a su capacidad explicativa final. Ambas pueden proporcionar explicaciones satisfactorias para casos o especificaciones determinadas de inversión extranjera, pero son incapaces de ofrecer una teoría o modelo general que explique sus bases fundamentales. Los modelos de carácter descriptivo incorporados en la síntesis OLI confieren suficientes grados de libertad al analista para que sea capaz, a través de una debida combinación de sus elementos, de ofrecer una explicación particular, o varias, a cualquier caso determinado. Por su parte, los fuertes supuestos y restricciones empleadas en los modelos estratégicos permiten llegar a soluciones claras y concluyentes pero cuyo ámbito de aplicación es muy restringida.

En último término, ambos tipos de aproximación podrían considerarse incluso como complementarios en la medida que se abandonase la posibilidad de obtener una teoría unitaria y general sobre la inversión extranjera y sus efectos, al igual que en el marco de Organización Industrial no existe un modelo único sobre otros aspectos de conducta empresarial como puede ser la diferenciación de producto o el cambio técnico. Aceptando este punto de partida, se podría intentar una síntesis entre la rica tradición empírica de los modelos descriptivos tipo OLI y los modelos formales de comportamiento estratégico intentando estimar el carácter de la interacción entre agentes de la propia realidad   —55→   del mercado. Este tipo de aproximación sería semejante a la realizada en los modelos empíricos de Organización Industrial del tipo de los desarrollados por Bresnahan (1989) y podría contribuir a una sistemática contrastación de los modelos existentes, cuya ausencia es subrayada por el autor.

Permítaseme, antes de finalizar, efectuar unas breves reflexiones desde la perspectiva del trabajo comentado sobre algunos de los temas frecuentemente repetidos en nuestro país en torno a la inversión extranjera y sus efectos. Me referiré de forma muy breve a dos aspectos; la acusación de fomento del «dualismo» en nuestra economía derivado de la inversión extranjera, por una parte, y la defensa de tal tipo de inversiones sobre la base de la «neutralidad» de la nacionalidad del capital de la empresa.

Respecto al primer punto resultan pertinentes las referencias específicas sobre nuestro país que el autor realiza en algún momento de su exposición y que se refieren a los elementos generales de localización que pueden mantener el estímulo de la inversión extranjera hacia nuestro país. Siguiendo los resultados de algunos trabajos descriptivos sobre los elementos determinantes de la localización de la inversión extranjera, parece evidente que las diferencias en el coste de la mano de obra no constituye el único determinante de dicho tipo de inversión, siendo fundamental la infraestructura social y física disponible para la empresa inversora. En esta perspectiva, las posibilidades de dualismo producido por la propia inversión resultan lejanas, ya que un factor coadyuvante de la misma será la existencia de un entorno (capital humano, telecomunicaciones, transportes, servicios auxiliares, sistema educativo, etc.) eficiente y productivo.

En lo que respecta a la «neutralidad» o indiferencia respecto a la nacionalidad del capital caben dos comentarios. En primer lugar, la ausencia o gran escasez de empresas de capital español que hayan adquirido la condición de multinacionales es un exponente, según las propias teorías mencionadas en el trabajo, de la ausencia de aquellos requisitos o ventajas específicas de empresas (tecnologías, organizativos, diferenciación de productos, etc.) que acompañan normalmente a dicha-condición. Una lectura inmediata de dicha ausencia supone, por lo tanto, una débil capacidad competitiva de nuestro aparato productivo.

En segundo y último lugar, la inexistencia de un sector multinacional español en mercados oligopolistas caracterizados por una competencia de carácter estratégico en un plano mundial, supone, tal y como se deduce de los modelos estratégicos desarrollados al respecto, una   —56→   clara inferioridad de las unidades productivas nacionales, reduciendo su capacidad competitiva y siendo fácilmente subordinada en esquemas organizativos más amplios. La centralización del efecto de arrastre que tiene la localización de la sede central de la empresa sobre servicios auxiliares de tecnología, marketing, etc., efecto estudiado por S. Hymer, es una, y quizá no de las más importantes, derivaciones de dicha inferioridad competitiva.


Referencias

Bresnahan, T. (1989), «Empirical studies of industries with market power», en R. Schmalensee y R. Willing, Handbook of Industrial Organization, vol. 2, Amsterdam, North Holland.

Hymer, S. (1918), La empresa multinacional, Madrid, Blume.








ArribaAbajoDiscusión general

Álvaro Escribano pregunta qué impacto puede tener sobre la IED la existencia de acuerdos de compensación entre las empresas así como los acuerdos intergubernamentales de inversión directa. Charles Wyplosz señala que no debe ponerse una excesiva fe en los modelos de geografía y comercio para explicar la IED, y que la productividad marginal del capital en los países menos desarrollados es, en la práctica, inferior y no superior a la de los países más desarrollados. Samuel Bentolila se interesa por las implicaciones de política económica del trabajo y en concreto por cuáles son las implicaciones de bienestar de los modelos teóricos que pretenden explicar la IED.

Edward Graham, en su contestación a las cuestiones planteadas, se muestra, en general, de acuerdo con los comentarios realizados por Bean y Rodríguez Romero. En particular, la naturaleza multidimensional de la IED la hace especialmente difícil de estudiar a nivel conceptual, puesto que distintos aspectos de la IED requieren enfoques conceptuales diferentes. También se muestra de acuerdo con la necesidad de cooperar a nivel internacional para llevar a cabo un política de desarrollo de la competencia y reducir los problemas causados por los abusos de las posiciones de poder de mercado. Asimismo señala que el comportamiento estratégico de las empresas lleva no sólo a pérdidas sino también a ganancias de eficiencia, las cuales son de gran importancia a la hora de evaluar las consecuencias de bienestar de la IED. Graham se   —57→   refiere a las políticas de IED indicando que en Europa se ofrecen incentivos muy sustanciales al capital extranjero, lo que podría llevar a pérdidas de bienestar si los países se enzarzan en una guerra competitiva por atraer a la IED mediante subsidios, etc. Sin embargo, más investigación es necesaria antes de establecer conclusiones en el ámbito de la política económica.

Finalmente, Graham indica que un país cuya productividad del capital sea reducida puede, no obstante, atraer IED dado que la empresa inversora puede hacer uso de sus ventajas internas (I+D, organización, etc....) en dicho país y conseguir, de este modo, una mayor productividad.