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Se evalúa en setecientas mil libras esterlinas (17 millones de francos) por año el monto de los robos «no castigados» que se cometen en Inglaterra.

Y mientras tanto el warrant-act es una ley de sospechosos que pone a discreción de las autoridades locales la libertad de todo individuo «reputado» ladrón que se encuentra «frecuentando cualquier orilla, canal, agua navegable, dock o fuente, o cualquier embarcadero, puerto o depósito o una calle, vía o avenida o todo lugar público o lugar dependiente con la intención de cometer una felonía».

Y los comisarios informan que un gran número de alcaldes hacen, en virtud de ese acto una «barrida» general de todos los individuos de mala fama en sus comisarías y que son puestos bajo llave la víspera de las ferias, de las fiestas y de las carreras de caballos que ellos liberan enseguida que las fiestas pasan.

Y cuando se les pregunta a uno de ellos, que cuál ley los autoriza actuar así, responden: yo asumo la responsabilidad. (Moreau-Cristophe).

 

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La población media de la prisión de Giltspur-street-Compter, es de ciento cincuenta detenidos por día y de cinco mil trescientos por año.

Hay otra prisión en Londres (Mill-Lane-Tooley-Street) que sirve de estación de policía para los individuos arrestados dentro del burgo de Southwark. Esta prisión está bajo la dirección del alcalde y de la corte de los «aldermen» de la ciudad de Londres y bajo la superintendencia de la alta alcaldía del burgo de Southwark: se le llama Borough-Compter. La población media por día es de cincuenta; la población media por año es de mil quinientos. La asociación de detenidos de toda clase, la imperfecta separación de los sexos, el número y la presencia casi continua de los visitantes, que son en su mayor parte, ladrones y prostitutas, la borrachera provocada por la facilidad que tienen los detenidos para procurarse bebidas espitosas, la profanación del santo día domingo, etc., tales son, al decir de los inspectores, los principales abusos del régimen de esta prisión y de la de Giltspur-street-compter. El decir de los inspectores no es en nada exagerado.

La población media de la prisión de Clerkenwell es por día de ciento cincuenta y por año de seis mil detenidos, hombres y mujeres. Los vicios de esta prisión son los de Giltspur-street y de Borough-compter (Rapport sur les prisons de l'Anglaterre Moreau Christophe).

 

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Parece que no se ha propuesto, construyendo el viejo Newsgate, sino poner a los prisioneros en la impotencia de escaparse. [...]

Se dice que los prisioneros que habían mostrado firmeza y osadía frente al juicio, que parecían indiferentes cuando les pronunciaron la sentencia, se mostraban horrorizados y vertían lágrimas cuando entraban en esas oscuras y solitarias moradas. («Etat des prisions et maisons de face», John Howard).

 

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Se puede ser felón (criminal) a los siete años, consecuentemente se puede ser ahorcado a esta edad. Blackstone informa que, en su tiempo, el jurado condenó a muerte a niños de ocho años que han sido ejecutados. ¡He visto de esta edad condenados a la deportación! (Moreau-Cristophe).

 

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El hambre no conocía fronteras. Se guardaba los cadáveres cinco o seis días seguidos sin declararlos, para obtener sus raciones; los vecinos llamaban a esto vivir de su muerto. Milord Cordower, coronel del regimiento de Carmarthen, de guardia en la prisión de Porchester, habiendo entrado un día en el interior con su caballo que amarró a una de las barreras, en diez minutos su caballo fue deshuesado y comido. Cuando Milord fue para tomarlo de nuevo, después de algunas investigaciones se le informó el hecho: él se negó a creerlo y dijo que no prestaría fe sino al ver los restos de su caballo. Fue fácil de satisfacerlo; se le condujo donde estaban la piel y las entrañas y un miserable hambriento terminó de devorar, en su presencia, la última porción de carne cruda. Un enorme perro de carnicero, o más bien todos los perros que entraban en la prisión corrían la misma suerte (Pillet).

 

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En Inglaterra se denomina oficial a todo hombre dueño de un oficio cualquiera.

 

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El pew en las iglesias anglicanas son bancas separadas y cerradas como pequeños púlpitos.

 

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El obispo de Londres ha dicho que el clero inglés no moralizaría jamás a las masas predicándoles; y, según mi opinión, ha dicho algo bastante cierto. Ha dicho, además, que para moralizar a las gentes del pueblo sería necesario conversar, uno a uno, con ellos (Moreau-Cristhophe).

Yo no sé en lo menor cuál es la parte que los ministros de la religión podrían tener en el mejoramiento de los presos: sé solamente que en nuestro régimen de prisiones en Francia, ella es nula. Los ensayos hechos últimamente en París, por un joven Abad, del cual yo no alabaría sino su celo, han probado lo que digo, aunque los diarios hayan anunciado lo contrario. Los libros de religión que él distribuía a los prisioneros de Bicétre y de Sainte-Pelagie fueron todos vendidos por ellos para jugar o beber aguardiente. Mi pluma se niega a describir las escenas impías a las cuales dieron lugar, por la tarde, en las celdas de los detenidos, las personas allí presentes que se reúnen para ir a predicar en las prisiones de París. Sin embargo, admitiendo aún que las ideas dichas religiosas no tengan poder sino para turbar nuestro espíritu, el bien que ellas puedan hacer es demasiado grande para que se les deba negar; importa por lo tanto no engañarse con las precauciones a tomar. Ahora bien la experiencia y el razonamiento se alzan contra aquellos que se imaginan que es suficiente predicar ante todo los dogmas de la religión a un montón de malvados, para convertirlos en personas honestas. Más que otras, las ideas religiosas tienen necesidad de ser preparadas por los medios que pueden actuar más sobre el corazón y sobre los hábitos. Y cuando se ha llevado la observación a las prisiones, se convence uno bastante que hay medios sin los cuales no hay nada que esperar; si se quiere impedir a los detenidos ejercer unos sobre otros una mutua y funesta influencia, es preciso, antes de todo, el alojarlos más convenientemente, separarlos más de lo que están, hacer acostar a cada uno de ellos en una sola celda, ejercitarlos todos los días en el trabajo, disipar la ignorancia profunda en la cual están en su mayor parte, no someterlos sino a tratamientos justos y humanos, aunque severos; en fin, colocarlos en una situación donde no sean forzados a pervertirse y donde haya algún interés para enmendarse. He allí como se hace para abrir el corazón de los criminales a la moral. Lo repito, no será sino después de estas precauciones que la religión entrará allí. Vos queréis que las instrucciones religiosas lleven a los culpables a arrepentirse y hacerlos virtuosos; comenzad pues por reconocer y destruir todo lo que se oponga. Hasta allí, vosotros gritáis a los desgraciados que están en un abismo para lanzarse, y vosotros no veis que sois vosotros mismos los que los arrojáis siempre sin dejarles oportunidad. No me he extendido un poco sobre este punto sino porque, en mera sesión de la Sociedad Real para el mejoramiento de las prisiones, se ha anunciado que se ocuparía principalmente de la instrucción religiosa de los presos. Esta resolución se ha anticipado; ella proviene, en parte, de aquellos que no conocen lo suficiente las prisiones y todas las circunstancias en las cuales se encuentran los detenidos.

Villermé. Des prisons telles qu'elles sont et telles qu'elles doivent être.

 

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Por lo demás, las obras que se dan en lectura a los detenidos son poco apropiadas para el objetivo moral que se proponen. «Ya que se obstinan, dicen los escritores de una revista célebre (Revue de Edinbourg, tomo XXXVI, pág. 363), en querer convertir nuestras prisiones en escuelas, que cesen por lo tanto de proveerlas de libros tan intolerablemente estúpidos. Todos los libros de prisión parecen, en efecto, fabricados según la idea de que un ladrón o un culpable cualquiera es inferior en sentido común a un muchacho de cinco años. Generalmente la historia es la de un pobre obrero que no tiene para vivir él y sus seis muchachos, sino pan duro y agua. Con ello está feliz y contento: jamás una queja, jamás un murmullo, todo el mundo le envidia su alegría. Entre tanto jamás en sus sueños le ha venido la idea de comer tocino, apenas si ha escuchado hablar del carnero. ¿No tiene pan negro y agua? ¿Qué más es necesario para su felicidad? ¿Qué otro hecho mayor podría excitar su reconocimiento? Ocurre siempre que el señor del lugar o el cura de la parroquia pase frente al puestecillo del pobre hombre, y lo encuentre rogando por el rey, por la iglesia y por todas las autoridades. También ocurre siempre que termine por ofrecerle un chelín, suma que el honesto obrero no dejará nunca de rehusar, declarando que no tiene necesidad de ello. Tales son los libros de moral que las damas y las gentes valientes difunden en nuestras prisiones con una actividad infatigable. Sería un gran bien de la providencia si pudiera nacer entre nosotros algún genio que tuviera el talento de escribir para el pueblo».

 

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Es difícil de creer que se pueda hacer observar ese silencio. Sin embargo es cumplido exactamente. Es tan penoso que muchos presos dicen que preferirían la muerte (Villermé).