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Sonetos

Francisco de Trillo y Figueroa

Ramón García González (ed. lit.)




ArribaAbajoDatos biográficos de Francisco de Trillo y Figueroa

Nace en La Coruña el año 1620.

En 1632, cuando el poeta contaba con 12 años, su familia se traslada a vivir a Granada, donde siempre estuvo frecuentando ambientes literarios y sobre todo la amistad con Soto de Rojas.

Más tarde se decide por la carrera de armas, sirviendo en la campaña de Italia.

Retirado de la vida militar, vuelve a Granada, dedicando su vida a la Literatura.

Su poesía y su obra están influenciadas por la Biblia y el culteranismo de Góngora.

En 1652 publica Poesías varias, heroicas, satíricas y amorosas.

También fue historiador y anticuario.

Una Historia de Granada de este poeta se guarda en el Museo Británico.

Muere en Granada el año 1680.








ArribaAbajo- I -


A un cupido de nieve, aludiendo a la firmeza de un efecto


   ¿Qué es esto, Amor? ¿Acaso soñolientas
están tus flechas y tu engaño ciego?
¿De nieve tú, que la región del fuego
con ansias encendidas alimentas?

   ¿Adónde están las iras que sangrientas  5
en la rueda se afilan del sosiego?
¿Helado tú? Sin duda que mi ruego
o de Filida el pecho representas.

   ¡Oh Filida cruel! ¡Oh amor tirano!
¿con el ardor de mi encendido pecho  10
tu hielo impío a combatir se atreve?

   ¿Mi afecto vencer quieres soberano?
Pues yo en su abono (bien que a su despecho)
quemaré el hielo, abrasaré la nieve.




ArribaAbajo- II -


Al sepulcro de Góngora


   Yace, mas no fallece en la copiosa
que admiras urna, oh peregrino, el que antes
mármoles culto acentuó elegantes
que su lira se oyese espaciosa.

   Tu admiración revoque ponderosa,  5
aquella que aún sus pórfidos sonantes,
bien que vano, morder con vigilantes
quiere duros aceros, lagrimosa.

   La atención su holocausto sea debido,
la ceniza alumbrando en sus altares  10
cuanto el pórfido culto esplendor sella,

   cuanto el mármol no puede enternecido,
aun desatando en lagrimosos mares,
dar a entender con sola una centella.




ArribaAbajo- III -


Retrato de una dama, hecho de cera, aludiendo a la inconstancia de las mujeres


   Piedra el original, cera el retrato;
aquél ingrato, aquesta lisonjera.
¿Quién mármol duro unió con blanda cera
si ésta es piadosa y es aquél ingrato?

   ¿Quién, sino amor, pudiera con su trato?  5
¿Quién, sino el trato, con amor pudiera?
Como el sol y la luna en la alta esfera
con la sombra y la luz tienen contrato.

   Bien, pues, de Fili abeja susurrante
al retrato ofreció libadas flores,  10
pues amor vuelve cera el mármol duro.

   Mas, ¡ay de mí!, que es cera en lo inconstante,
y piedra solamente en los rigores.
¿Quién, pues, de su inconstancia, está seguro?




ArribaAbajo- IV -


   Estos de amor, a mísero lamento
dulces folios, no tarde reducidos,
menos del ocio sean proferidos,
que del prolijo afán del escarmiento;

   alumbre, pues, a todos mi tormento,  5
que harto es capaz de afectos no dormidos,
pues no mira la playa sin oídos
los escollos, en cuanto brama el viento:

   naufragio mucho, la amorosa arena
dio en siglos pocos a mi paso incierto,  10
sin que el riesgo sirviese de atalaya:

   lime, pues, mi escarmiento la cadena,
y antes creed en la tormenta el puerto
que el mar tranquilo en la amorosa playa.




ArribaAbajo- V -


   Bañaba el Sol, precipitando el día,
entre la sondas la purpúrea frente,
cuando Daliso, en confusión doliente,
la red y el llanto sobre el mar tendía:

   -Fílida ingrata, más cruel (decía)  5
que las arenas de la Libia ardiente,
que del Euripo inquieto, la corriente,
y más mudable que la suerte impía.

   ¿Por qué desprecias los maternos lares
de nuestra llama, que alumbrar pudiera  10
las corvas playas de los anchos mares?

   ¿Por qué, si no hay Deidad a quien debiera
reconocer Neptuno más altares,
flechas amor, trofeos la ribera?




ArribaAbajo- VI -


   Daliso, con el cuento de un cayado,
el nombre deshaciendo estaba un día
de su Fílida ingrata, que él había
de un robre en la corteza ya grabado.

   Mas viendo que ya el tronco había quebrado  5
con el cayado, la tenaz porfía,
o porque el nombre ya con él crecía,
o bien porque él fuese honorado,

   ¿cómo es posible, amor tirano (dijo),
este nombre apartar de mi firmeza  10
si con él es un tronco aun elegante?

   Si aun a pesar de mi sentir prolijo,
en su abono es de bronce una corteza,
¿por qué conoce que es mi fe diamante?




ArribaAbajo- VII -


Últimos afectos de una dama, mirando el sepulcro de su amante


   Si con morir pudiera mejorarte,
si viviendo pudiera no perderte,
qué poco mereciera con la muerte,
qué poco me debieras por amarte.

   Si con llorar pudiera consolarte,  5
si risueña pudiera no ofenderte,
qué poco me costara el merecerte,
¡oh cuánto mereciera en olvidarte!

   Si la elección me fuera permitida,
si en tus cenizas abrigar la pena,  10
que ardiente paroxismo es de mi vida,

   ¡oh cuán gozosa en la fatal cadena
aprisionara el alma condolida,
que tanto está de libertad ajena!




ArribaAbajo- VIII -


A un pajarillo a quien una dama sacó de la jaula, y quitándole los ojos le echó a volar


   Surcando dudas con dudoso aliento,
las ciegas alas al recelo fía
un Cupido de pluma, que podía
imagen ser del pálido escarmiento.

   Sus grandes ansias tiende al frágil viento,  5
más que la pluma al nebuloso día,
y embarazando el vuelo en la porfía,
naufraga en el dolor otro elemento.

   Efectos son de Fili rigurosa
estos por quien mi fe se constituye  10
víctima heroica de un rigor tirano.

   Dichoso tú, que en pira lacrimosa
venciste el hado, que inconstante huye
de darte muerte con piadosa mano.




ArribaAbajo- IX -


Del mar cantaba entre las ondas fieras...


   Del mar cantaba entre las ondas fieras
mi dulce Fili tan suave acento,
que no sólo los cóncavos del viento,
más también suspendía las riberas.

   Escuadrón de nadantes primaveras,  5
floreciendo aquel bárbaro elemento,
fruto fue de su voz, de ciento en ciento
atrayendo las aves y las fieras.

   Los mudos de las ondas moradores,
de alga azul, verdes ovas, roja escama,  10
duras conchas y blanda piel vestidos;

   los del cielo más pálidos ardores,
la de la selva más inculta rama,
canoros a su voz prestando oídos.




ArribaAbajo- X -


   En una sobre el mar caída roca,
que un monte, de las ondas carcomido,
había de su cumbre sacudido,
mucho aviso escondiendo en ruina poca,

   Daliso estaba una esperanza loca  5
repitiendo del mar al sordo oído,
que al duro son del llanto enternecido,
apenas sin temor la arena toca.

   «Si de un monte no es firme aun la espera,
¿quién en la fe de una fortuna fía?  10
dice una y otra vez con duro aliento;

   Si a esta roca aun la ruina alcanza,
¿en qué se funda la esperanza mía?
en qué, si nunca tarda el escarmiento.»




ArribaAbajo- XI -


   Los sordos valles, la infiel floresta,
al son Filida hacia destemplado
de un prolijo rabel, y su cuidado
estar pendientes una ardiente siesta.

   Era, cruel Daliso, la respuesta  5
de un eco, del silencio desatado,
a cuyo son la soledad del prado
alternativamente estaba expuesta.

   Infame turba de prolijas aves
le respondían con gemidos roncos,  10
piedad mintiendo en el lamento duro.

   ¡Ah ciego amor! ¿quién a tus plomos graves,
quién a tu red, a tus halagos broncos,
mal conducido, el pecho fía puro?




ArribaAbajo- XII -


Al suceso de Jezabel y Nabot


   No siempre el alto escollo en la ribera
seguro está del proceloso viento,
que uno y otro combate al escarmiento
alguna vez conducen la carrera.

   Bien de Nabot la sangre hacer pudiera  5
notorio a Jezabel el fin violento;
que harto dice callado el mudo acento
del que venganza sin pedirla espera.

   ¿Cómo pues el poder se precipita,
si nunca llega el escarmiento tarde,  10
ni hay suficiente el la crueldad disculpa?

   Así el riesgo soberbio solicita
mas el que menos le recela; que arde
muy a ciegas la llama de la culpa.




ArribaAbajo- XIII -


Al himeneo del señor don Francisco de Vergara, no habiéndole entendido los demás, y censurándole muchos


   Salió Himeneo muy a lo romano,
y el gran Talasion muy a lo griego,
ante el Herodes del vulgacho ciego,
a tanto sol implume gavilano.

   Se dejaron llevar de mano en mano  5
al tribunal de la ignorancia, y luego
turba de escribas vomitando fuego,
enjugar presumía el Océano.

   La Razón muy acaso fue a deshora,
inquiriendo el tropel de tanto insulto,  10
y dijo a los crueles asesinos:

   «¿Por qué con ignorancia burladora
a vuestros dioses revocáis el culto?
-Porque son en su patria peregrinos.»




ArribaAbajo- XIV -


A una dama que miraba dolorosa el sepulcro de un galán, con quien había sido esquiva


   ¡Qué tarde, oh Fili, tu rigor se admira
del efecto que amor hace oprimido,
pues ya en fuego tu hielo convertido,
sólo sirve de hacer mayor la pira!

   ¡Qué tarde, oh Fili, tu rigor aspira  5
a detener el riesgo prevenido,
pues miras su memoria en el olvido
cuando el olvido tu memoria admira!

   Mas ¡ay cruel! que no es piedad tu llanto,
sino rigor, con que le solemnizas,  10
porque arda más aprisa su alta gloria.

   Mas ella vivirá felice en cuanto
abrigare tu hielo en sus cenizas
la gran fe de esta última memoria.




ArribaAbajo- XV -


Un amante en la muerte de su dama


   Temprana flor, crecía en confianza,
mi amor, de un tiempo blando y lisonjero,
cuando del hado el siempre duro acero
el vínculo cortó de mi esperanza.

   ¡Oh ciego hado, lince en la mudanza  5
solamente del bien! y ¡cuán ligero
vuelas al daño, perdonando fiero
al infeliz para mayor venganza!

   ¿Qué gloria adquieres cuando el leño roto
las ondas vence, naufragando en ellas  10
de la soberbia entena la osadía?

   Mas ¡ay cruel! ¡No fueras tú el piloto!
que mi amor ablandara las estrellas,
y Filida viviera. ¡Ay, Filis mía!




ArribaAbajo- XVI -


Al Fénix, en alusión a una esperanza desesperada


   Oídos pone aun a la muda llama,
centellas profiriendo armoniosa,
entre sacros aromas religiosa,
purpúrea fénix en la inculta rama.

   Mudas cenizas mudamente inflama  5
en los acentos de su voz gloriosa,
haciendo aun más su pira espaciosa
que los términos largos de su fama.

   El pecho rompe, y de la pira enjuta
el humo las cenizas humedece,  10
nueva materia tributando al cielo.

   ¡Ay de quién llanto, quién ardor tributa,
y solamente a las ruinas crece,
sin abrasar, sin renacer el vuelo!




ArribaAbajo- XVII -


Respondiendo a una censura que hizo una dama al romance Del botón bien redimida...


   Cándida, hermosa flor, que en la avarienta
zarza, de una censura presumida,
si deshojada no, si no ofendida,
fuiste violada de atención sangrienta.

   De tus espinas el rigor fomenta  5
contra rústica abeja, cuya herida
afanes suda, y a tus pies rendida,
reconozca el honor que la alimenta.

   Mas no, que harto castigo se apercibe
quien del néctar suave hace veneno  10
pisando el áspid por hollar la rosa.

   Segura pues de su ignorancia vive;
que no está el fuego de su luz ajeno
porque ignore su luz la mariposa.




ArribaAbajo- XVIII -


Al suceso de Judas y Tamar, su nuera, en alusión a la violencia de los halagos femeninos


   No así del mar las ondas impacientes
combaten el escollo sumergido,
como Tamar al suegro inadvertido
combatió con halagos inclementes.

   No el pedernal afanes suda ardientes,  5
del duro acero duramente herido,
veloz así, como el enternecido,
llamas a la ocasión prestó indecentes.

   No así en la selva Calidonia, cuando
fiero león es del cordero insulto,  10
igual peligro hallar Judas pudiera.

   ¿Qué tigre, los corderos devorando
entre las sombras del silencio inculto,
iguala a una mujer que finge es fiera?




ArribaAbajo- XIX -


Dulces exubiae, de Virgilio


   «¡Oh duras prendas, bien que dulces cuando
su acíbar escondía entre las flores
el duro hado! Ya de sus rigores
presto veréis la causa agonizando.

   Ya la cobarde prora fatigando  5
menos las ondas va que mis ardores.
¡Oh, quién del mar pudiera hacer mayores
los profundos, mis ansias anegando!

   Vosotros que va el cielo, tú que el mundo
alumbráis con afecto vigilante,  10
¿si es que vengar podéis al ofendido?

   Oíd propicios mi dolor profundo.»
Sobre la espada de su ingrato amante,
así decía la infelice Dido.




ArribaAbajo- XX -


Al suceso de Sansón dormido, en alusión a la suave crueldad de las mujeres


   Des puerto amigo, aun más asegurado,
se imaginaba el naufragante leño,
con las amarras oprimiendo el ceño
del austro bramador, del noto airado.

   La inquietud de las ondas y el cuidado  5
en las áncoras ya prendía el sueño,
cuando cortadas por ingrato dueño,
destrozo fue del iracundo hado.

   Sin duda que del Cáucaso naciste
Dalila ingrata, y ese duro pecho  10
duros peñascos alimenta horribles.

   Mas ¡ay! que eres mujer, y no resiste
nave amorosa cauteloso estrecho,
ocultas rocas, golfos apacibles.




ArribaAbajo- XXI -


Al suceso de Rut


   Pasos no ciegamente aconsejados,
bien que de sombras ciegas conducidos,
fió a la suerte Rut, desconocidos
del sol, de quien más fueron alumbrados.

   No se adquiere la suerte, no los hados  5
siempre al rigor se hallaron prevenidos;
que tal vez al acento están dormidos
de quien más los recela desvelados.

   Los desperdicios que en las rubias eras
no acaso fecundó pródiga suerte,  10
¿cuánto costar pudieron escarmiento?

   No en vano el mar tropieza en las riberas,
aunque tal vez la tierra en sí convierte,
que ya enfrenarle supo un leve acento.




ArribaAbajo- XXII -


   De roble duro en la tenaz corteza
Daliso el nombre de su Fili había
grabado con su fe, donde crecía
al paso que crecía su firmeza.

   De las frondosas ramas la belleza  5
no a su dulce esperanza respondía,
porque un día engañando en otro día,
el roble continuaba en su aspereza.

   Florecieron al fin con tiempo largo
las letras en las ramas, y el amante  10
presumió ver su largo llanto enjuto.

   Cortó una flor, su gusto vido amargo,
y dijo: «¡Oh de mi fe gloria inconstante!
¿qué este es de amor el deseado fruto?»




ArribaAbajo- XXIII -


   De una nudosa haya carcomida
ya de los siglos por que había pasado,
honor de las montañas y sagrado
de las fieras, a quien era acogida,

   una rama rebelde y desabrida  5
una siesta Daliso había cortado
para sustituir de su cayado
la antigua paz, la anciana fe rompida.

   «Ya que el grueso bastón (aunque prolijo)
vido obediente a su maestra mano,  10
al cielo se volvió, y así impaciente,

   vengarme, dioses, de una ingrata, dijo,
pues un tronco a mi ruego es tan humano,
y ella a mi dulce fe tan inclemente.»




ArribaAbajo- XXIV -


Imitando a Boecio


   Dichoso aquel a quien la amarga muerte
no tronca el tiempo de sus dulces años,
y aquel que no alimenta desengaños
con el cebo engañoso de la suerte.

   Dichoso (si hay alguno) aquel que advierte  5
su riesgo al resplandor de los extraños,
y aquel que, mariposa a los engaños,
entre las llamas el ardor advierte.

   Dichoso el que con vuelo reposado
a la cumbre se acerca fatigable  10
de la alta ruina a que el honor aspira,

   y mucho más aquel que retirado
vive de la fortuna incontrastable,
limando con su paz su cruel ira.




ArribaAbajo- XXV -


   Como furioso el mar en ondas ciento
se explaya con undosa muchedumbre
sobre la arena, o como en la alta cumbre
nubes desata humedecido el viento.

   Lágrimas daba en dolorido acento  5
a el mar un pescador, que ya costumbre
había hecho en él la pesadumbre
del repetido afán de su tormento.

   «Dioses, decía (si es que hay dios alguno)
a quien se deba el paternal cuidado  10
de consolar a el engañado amante.)

   ¿Cuándo de mi prisión el importuno
cruel acero se verá limado
con la paciencia de mi fe constante?»




ArribaAbajo- XXVI -


Del suceso de Judit


   Cual se mira a los soplos impacientes
del austro fiero la robusta encina,
o cual las nieves de la cumbre alpina
desatadas en líquidas corrientes;

   de Betulia los muros ya dolientes  5
así al golpe cruel de su ruina,
cuando cauta Judit los avecina
del honor a los rayos más lucientes.

   El débil golpe de una débil mano
¿quién ¡oh fortuna! recelar pudiera  10
a un tiempo tan pesado y delicioso?

   Mas ¡ay! que fue de impulso soberano,
y el delito peligra en la ribera
mucho más que en golfo proceloso.




ArribaAbajo- XXVII -


A una esperanza dudosa


   De anciano roble un tronco mal vestido,
con débiles raíces amarrado
a un duro escollo, a quien el tiempo airado
de una alta roca había dividido,

   yacía en la montaña, defendido  5
más del riesgo a que estaba dedicado,
que de amiga segur o de olvidado
rigor, no al infelice concedido.

   Doliente asombro del hermoso día,
de mi esperanza simulacro era,  10
y horrendo asilo de aves gemidoras.

   ¡Oh cuán ingrato el riesgo se desvía
de quien trofeo el precipicio fuera!
¡Oh cuánto muere un triste en horas breves!




ArribaAbajo- XXVIII -


A un poema de San Bruno


   Aun la alta cumbre de la envidia sea
pequeño afán al vuelo de tu pluma,
¡Oh docto Bruno! cuya ardiente suma
de acentos no apagada el tiempo vea.

   El canto heroico de tu santa idea  5
del sagrado Genil la blanca espuma
comunique a ambos mares, y aun presuma
luciente hacerlo en cuanto el sol rodea.

   Tu nombre al santo cuya vida cantas,
de hoy más iguale (bien que reverente);  10
que bien podrá, pues te acrecientas gloria.

   Y este culto trofeo que levantas
a su fama, en la tuya se acreciente
aun más allá de la mayor memoria.




ArribaAbajo- XXIX -


Al suceso de Acab, en la batalla en que murió


   Muchos, huyendo el golpe recelado,
se acercaron al riesgo no advertido,
como el leño en el puerto sumergido,
ya de las ondas fieras perdonado.

   Huyendo Acab del vigilante hado,  5
pretende en vano ser desconocido;
mas la ruina afila en el olvido
quien piensa que en la culpa está olvidado.

   Vistiendo engaños, ya de honor desnudo,
la púrpura depone por librarse,  10
como si lejos de sí mismo fuera.

   Mas también embozado el hierro agudo
dos veces vio en su pecho ensangrentarse,
porque dos veces de una vez muriera.




ArribaAbajo- XXX -


Al licenciado Juan Agudo


   No el tardo vuelo del infiel olvido
la llama apague de tu vuelo ardiente,
¡oh culto Agudo! cuya docta frente
honre sacro laurel de honor ceñido.

   De la envidia tenaz enmudecido  5
halles jamás el venenoso diente;
que el estado más mísero doliente
es estar de sus leyes excluido.

   Tu «Epitome», capaz de trompas ciento,
cante la fama en plecto armonioso.  10
Si hasta a tanto son tan poco aliento.

   Y el paso de los siglos presuroso,
encadenado en tu elegante acento,
sea una vez al riesgo perezoso.




ArribaAbajo- XXXI -


Al suceso de Aman y Mardoqueo


   Ya las infieles llamas en que ardía
quiere apagar en la enemiga muerte
el envidioso Aman, si bien la suerte
en sus pasos su riesgo conducía.

   Pendiente pues del lazo en que pendía  5
su cruel esperanza, en vano advierte
que por grande el bajel, nunca divierte
de las ondas crueles la porfía.

   La playa experimenta procelosa,
cual pudiera el humilde Mardoqueo,  10
que en la doliente arena fluctuaba.

   ¡Oh cuánto la ignorancia injuriosa
ruinas alimenta en el trofeo,
flechando riesgos a su misma aljaba!




ArribaAbajo- XXXII -


A la muerte de don Alfonso Enríquez, almirante de Castilla


   Ya no los rayos del purpúreo oriente
rompan las sombras de la aurora fría,
taciturno silencio asombre el día,
siendo al llanto aun al mar poca corriente.

   Ya el pálido lamento en son doliente  5
confunda de los orbes la armonía,
vuelva el caos a su indómita porfía,
estremeciendo el frío el polo ardiente.

   Del grande Enríquez la inmortal memoria
honoren todos, tristemente haciendo  10
luto a la paz, obsequias a la guerra.

   Siendo el papel diáfano a su historia
volumen poco, y a su diestra siendo
leve el materno peso de la tierra.




ArribaAbajo- XXXIII -


   No bien los rayos de sus luces bellas
la blanca aurora recordando había,
cuando a un valle profundo conducía
su rebaño Daliso y sus querellas.

   Huella las flores porque un tiempo en ellas  5
a su Filida ingrata hallar solía,
pisando así de su esperanza fría
las que abrigaba amor frías centellas.

   El curso de las horas, soñoliento,
el silencio frondoso de las ramas  10
solicitaba al son de su lamento.

   «Filida, dice, ¿adónde estás? Mis llamas
alumbren ya ¡oh amor! el escarmiento,
o enmudece el ardor con que me inflamas.»




ArribaAbajo- XXXIV -


Al suceso de Jacob y Raquel


   Siete veces el sol quitado había
al frío polo el tenebroso velo,
cuando Jacob el engañado vuelo
segunda vez a la esperanza fía,

   en cambio de las llamas en que ardía,  5
examinaba un perezoso hielo,
sin que apagase tan infiel recelo
el ardor que en su fe resplandecía.

   ¡Oh amor de ningún hombre imaginado!
¡Oh suerte, no de alguno conseguida!  10
¿Qué hubiese vida igual a incendio tanto?

   Poco fue amar, pues pudo ser premiado
tan largo amor en tan pequeña vida,
y tanto riesgo en tan debido llanto.




ArribaAbajo- XXXV -


A un desengaño de fortuna


   Quebranta ya, fortuna, las prisiones
en que amarrada mi esperanza, incierto
tantos días halló el amigo puerto,
arrastrando mi fe tus eslabones.

   Honren ya tus paredes sujeciones  5
del ánimo rendido al desconcierto;
que en las aras inciertas encubierto
no está bien el ardor de mis pasiones.

   Halla donde tu halago no se esconde,
cual la espina en la flor insidiosa  10
alimenta el recelo en la esperanza.

   Básteme a mí saber que no responde
a mi ruego tu mano cautelosa;
que harto es dichoso quien su riesgo alcanza.




ArribaAbajo- XXXVI -


Sentimiento de Cornelia, imaginándose a vista de la escasa lumbre en que Pompeyo ardía


   ¿No basta, ingratos dioses, que esa lumbre
con resplandor cobarde abrigue aquellas
altas cenizas, sin que ardiendo en ellas
de vuestra ira esté la pesadumbre?

   ¿Por qué al grande Pompeyo la costumbre  5
aun del morir negáis? En mis querellas
no se encendieron más esas centellas,
que sólo son de un gran rigor vislumbre.

   No me neguéis que en la cruel ribera,
que de él huyendo se disculpa en vano,  10
tenga mi esposo en mi doliente pira.

   O a sus cenizas conceded siquiera,
el breve honor de una plebeya mano;
que harto han dichos sus glorias vuestra ira.




ArribaAbajo- XXXVII -


A la firmeza del amor


   Al pie de una alta haya en dulce avena
el mantuano Títiro tañía,
y Amarilis no mas le respondía
el valle umbroso, que a su voz resuena.

   Cuando un triste zagal, que la cadena  5
arrastrado de amor también había,
por el valle sus cabras conducía
al lento paso de una amarga pena.

   Oyó al triste pastor y dijo: «En vano
te dan oído las frondosas ramas,  10
y voz la sola y taciturna selva,

   pues no hay piedad en el amor tirano
para olvidar, ni aun las difuntas llamas,
aunque ya en llanto el humo se resuelva.»




ArribaAbajo- XXXVIII -


A unos papeles, retrato y otras prendas de una dama


   Crueles ondas, cauteloso puerto,
embozados escollos, duras peñas,
donde aun blanquean las ingratas señas
que aseguraban un trofeo incierto;

   ya que habéis las heridas descubierto,  5
que, a pesar del dolor, juzgué pequeñas,
no más, Filida, ya; basten las señas
para juzgar el precipicio cierto.

   Deje las ondas ya, deje las redes
mi ciego amor, y penda la barquilla  10
del alto escollo o del piadoso ejemplo.

   Honren ya mis prisiones sus paredes,
y los remos hincados en la orilla
muro sean al mar, cuando no templo.




ArribaAbajo- XXXIX -


A un suplicio de fuego, ejecutado en un cómplice, de muchos, el menos poderoso


   Arde el deliro en las crueles aras
de la necesidad más encendidas
que del fuego, brotando las heridas
tanto dolientes señas cuanto avaras.

   Enlazada segur, torcidas varas,  5
cenizas entre llanto sumergidas
aun el humo descubre, aunque oprimidas
del ciego polvo y las pavesas claras.

   Tres veces impacientes rodearon
las llamas el cadáver, apartadas  10
aun menos del juez que del suplicio.

   A muchos con la vista salpicaron,
y no fueron de pocos veneradas;
que habla mucho el silencio de un juicio.




ArribaAbajo- XL -


A una mariposa, que dando tornos desde una luz a los ojos de una dama cayó en una fuente de agua y se ahogó


   Si ciega de una luz que tanto inflama,
huyes la gloria que en su ardor te espera,
o porque dudas cual será postrera,
o porque ignora términos o fama;

   la pira undosa que tu suerte infama  5
lave esa culpa, y sea la vez primera
que ignores al morir, porque tu esfera
no era capaz de tan luciente llama.

   Injustamente lleva el frágil viento
tus cobardes cenizas a la cumbre  10
que alto en reposo del ardiente día.

   Nunca ese aplauso mereció tu aliento,
porque el crisol de tan divina lumbre
solamente mi amor lo merecía.




ArribaAbajo- XLI -


Prólogo al Libro de profetas y patriarcas, del licenciado Juan Agudo


   Culto buril de artífice elegante
tan docto este volumen acredita,
que eterna duración se facilita
aun más en el papel que en el diamante.

   La muda voz incluye resonante,  5
que oído a tantos siglos solicita
desde la edad primera, a la inaudita
desolación del pueblo más triunfante.

   Presta, lector, en atenciones ciento,
cien ojos, cien oídos y cien plumas  10
al grave estilo de esta culta historia;

   que al profético, al sacro, al dulce aliento,
con que te informas de noticias sumas,
bien es debida la mayor memoria.




ArribaAbajo- XLII -


Al profeta Jeremías


   ¡Oh cuánto, envuelta la sagrada lumbre,
esplendor manifiesta de tu celo!
¡Oh cuánto! Más ¿qué mucho, si a tu vuelo
de los cielos humilla la alta cumbre?

   A las antiguas aras la costumbre  5
volviste del lucir, su honor al cielo.
Ya de tu fe lo diga sin recelo
la undosa de centellas muchedumbre.

   Arder en llamas líquidas las ondas,
¿a quién no enseña convertirse en llanto,  10
que es la fe de un profundo sentimiento?

   ¿Qué importa pues que el fuego en agua escondas,
si aun el mar arderá mi pensamiento,
bebiendo siglos de dolor en tanto?




ArribaAbajo- XLIII -


   Fortuna, cuya impía providencia
condena al pobre a eterno sufrimiento,
si no hay bien en sus males, ¿con qué intento
en su daño es piadosa tu inclemencia?

   Si entiendes que es hacerte resistencia  5
tener paciencia en el mayor tormento,
fallezca en él, sepúltese su aliento;
que la muerte en el pobre es conveniencia.

   «La muerte ignora que en el pobre hay vida.»
Respondes; ¡oh cruel más que la muerte!  10
pues ni muere ni vive, reducida

   su vida a entrambos riesgos de tal suerte,
que la muerte se excusa con la vida,
y la vida se excusa con la muerte.




ArribaAbajo- XLIV -


Al suceso de Susana en el baño


   Al frío pedernal de nieve cano,
a pesar de las llamas que fomenta,
¿quiere, ¡oh duro amor! que el golpe sienta
del acerado impulso de tu mano?

   Caduco roble ha de ilustrar el llano  5
cuando su ancianidad vive por cuenta
del duro escollo que en la lumbre alienta,
débil raíz fortalecida en vano.

   ¿Qué flecha el casto pecho de Susana
no rebatiera, aun cuando la porfía  10
de cuerda juvenil le diera plumas?

   Quebranta el arco pues, la sombra vana
desata de esos ojos, porque el día
no muere aunque fluctúe en las espumas.




ArribaAbajo- XLV -


   Lucinda, si me adviertes naufragante,
y lejos tanto de tu dulce puerto,
¿cómo culpas mi fe, si el paso incierto
estoy siguiendo de la suerte errante?

   ¿Quién puede de entre el piélago inconstante  5
oponerse del hado al desacierto,
o de áspid en las ondas encubierto
redimir la barquilla fluctuando?

   Bien pudiera enjugar el Océano
mi ardiente amor, si ya del mar pudiera  10
dejarse combatir violenta alguna.

   Mas ¿quién puede abatir la cumbre al llano,
las ondas amistar con la ribera,
ni oponerse al rigor de la fortuna?




ArribaAbajo- XLVI -


   Quién tanto duerme y se pasea tanto,
o quiere poco o ya querer no quiere,
pues bien olvido o atención requiere,
enjugar, vos, Lucinda, vuestro llanto.

   Y si es que amáis, como decís, en cuanto  5
vuestra luz a mis ojos se transfiere,
de amor tan soñoliento ¿qué se infiere
si vos no deshacéis tan ciego encanto?

   Ver yo contra mi amor airado el cielo,
y arder mi fe en holocaustos sumos,  10
votados al rigor de vuestras aras;

   buscaros y abatir mi dulce vuelo,
¿qué puede ser sino que aquellos humos
son ya de poca luz señales claras?




ArribaAbajo- XLVII -


Respondiendo a un amigo sobre la Tragedia de Holofernes, escrita en 148 coplas, por Francisco Varón


   Cuarenta y ocho veces sobre ciento
el romance leí. y aun más doliente
quedé que si a las rocas impaciente
desde las ondas me arrojara el viento.

   Sin duda peñascoso dio alimento  5
el Cáucaso a la musa balbuciente
del Varón que elegante, (al revés) mente,
el de Holofernes prefirió escarmiento.

   Tragedia y triunfo como noche y día,
compuestos de dos simples, mano y pluma,  10
sin duda recetar quiso el dolor.

   Bien pues, en cambio de la tumba fría,
que recelaba entre la blanca espuma,
merece de gran lumbre grande ardor.




ArribaAbajo- XLVIII -


Al sacrificio de Abrahán


   En la alta cumbre de la fe, animando
bastante ardor a sacrificios ciento,
cien aras de Abrahán el sufrimiento
fuera poco encender, sacrificando.

   Menos luces el sol esparce cuando  5
sale de entre las ondas soñoliento,
que ardores a la fe prestó su aliento,
las dudas con las dudas devorando.

   Cegar las luces para ver con ellas,
esperar sucesión dándole muerte,  10
hacer sepulcro la flamante cuna,

   no es creíble al poder de las estrellas;
que aun a Dios excediera acción tan fuerte,
a poder excederle cosa alguna.




Arriba- XLIX -


Celebrando el nacimiento del duque de Cardona y Segorbe


   Culto buril en mármol elegante
acentúe el ardor de la que hoy dora
nativa expectación, la sacra aurora
del Febo de Cardona purpurante.

   Sea en luces grabadas resonante  5
aun la muda ceniza a cuanto mora
(bien que sus rayos cual el sol ignora)
la última Tule; bárbaro arrogante.

   Con piedra blanca elogie su memoria
con el jamás de acentos bronce avaro,  10
este anterior al más glorioso día.

   Si acaso insuficiente a tanta gloria
no es el volumen de sus luces claro,
aun desenvuelto de la sombra fría.




 
 
FIN DE LOS SONETOS DE FRANCISCO DE TRILLO Y FIGUEROA
 
 


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