Hoy recibo tu carta y la contesto:
hoy, veintidós de junio, fecha impía,
de
recuerdo amarguísimo y funesto,
que hiere mi azorada
fantasía
cual siniestra visión, y reverdece
todo el horror de tan infausto día.
Y que siento
agitarse, me parece,
la chusma que, doquiera voluntaria,
a la cita del mal pronta se ofrece;
y que grita, y se
extiende, y, torpe y varia,
sus pupilas revuelve enrojecidas,
y antes de combatir, ya es sanguinaria.
¡Siento chocar
las piedras removidas,
y del odio las torvas construcciones,
cerrando el paso, vomitar erguidas
tiros, blasfemias,
risas, maldiciones!
Vertido, en fin, en medio de la plaza,
el interior de infectos corazones,
escucho la colérica
amenaza
de turba clamorosa (que ahora lleva,
sumisa como
el perro, su mordaza);
y que mengua el furor y se renueva;
y el grito, siempre infame y repulsivo,
de soldadesca
vil que se subleva;
y enronquecer bramando el odio vivo,
y dominar el alto clamoreo
la indignación del
bronce represivo.
Mas sólo, aunque
la busco y la deseo,
razón que la contienda justifique,
ni entonces la encontré, ni ahora la veo.
¡No,
no era aquel un pueblo, que en despique
de su opresión,
en súbito trastorno
pone la sociedad, rompiendo
el dique!
Así no vimos inflamarse el horno
al
rebosar la copa de la ira,
sino al cerrar sus tratos el
soborno.
Hija fue del despecho y la mentira
aquella lid;
su sangre no se enjuga,
y renueva el dolor que nos inspira.
¡Nos trajo la opresión que nos subyuga!
¡Comenzó
por el vil asesinato,
y terminó por la cobarde fuga!
Mañana, el impostor y el insensato
pintarán
como hazaña meritoria
la explosión de la
intriga y el contrato;
mas nunca la conciencia ni la historia
consentirán que tan estéril luto
ocupe
sin horror nuestra memoria.
Acaso pensarás,
no lo disputo,
que es una fecha causa muy liviana
para
romper en trágico exabruto...
Aunque tengas razón,
guardo mi plana,
pues juzgo que escribimos a un amigo
para decir lo que nos da la gana.
Siento
de corazón, siento contigo
el fiero malestar que
te lastima,
implacable y doméstico enemigo.
Yo
también, Mariano, llevo encima
mis achaques, y a
veces me provocan
a tener el vivir en poca estima;
mas
no busco las aguas que te embocan;
pues sólo quiero
ya las de aquel río
que convierten en piedra lo
que tocan.
De todas las demás poco me fío,
y en su gran eficacia ya no creo,
aconsejado de tu mal
y el mío.
Ni tengo que buscar las del Leteo;
porque
en este genial que Dios me ha dado,
abundantes y claras
las poseo.
Las aguas del Jordán, santificado
con
los pies del Señor, son medicina
para curar las
llagas del pecado...
Mas la termal, sulfúrea y alcalina,
me recuerdan aquellas misteriosas
aguas de la probática
piscina:
llegaban, como sabes, las leprosas
turbas, con
ansiedad descomedida,
de mudarse el pellejo codiciosas.
Era el agua de un ángel removida;
mas sólo
el que lograba entrar primero
cobraba la salud apetecida.
Pongo en lugar del ángel, el bañero,
y
los mismos, idénticos encantos,
en las casas de
baños considero...
¡Acuden a las aguas no sé
cuántos
y, de cada diez mil, uno se cura,
no por
curarse, por burlar a tantos!
Me llaman
a almorzar con gran premura...
Perdona... Me levanto, el
paso tuerzo,
y al comedor me voy en derechura.
Volveré
cuando torne algún refuerzo.
¡Ojalá que lo
mismo que en Lisboa
me vinieras a ver mientras almuerzo!
Este papel, como serpiente boa,
me
solicita, y con afecto nuevo
a ti dirijo la olvidada proa.
Muchos tercetos engarzados llevo...
Dirás que
he sido tardo, mas no corto;
pues te pago más versos
que te debo.
Saliste de Lisboa para Oporto:
apunto allí, para tirarte al vuelo,
cuando en
Alhama te contemplo absorto...
¡Suelta, pájaro errante,
en algún suelo
las alas de tus pies, que esa vagancia
engendra desamor y desconsuelo!
Con incansable aliento
e inconstancia
menudamente tu vivir repartes,
burlando
la frontera y la distancia.
De pronto llegas y deprisa
partes,
y vives en el coche y en la fonda,
natural y
extranjero en todas partes.
¿No te cansan la bulla y trapisonda
del hotel y la enorme comitiva
de mesa larga, que llamáis
redonda?
¿Estarás ya en Alhama? Esta misiva
te
suelto a la ventura, cual se suelta
el galgo tras la liebre
fugitiva...
Ya la miro partir, correr, dar vuelta
por
el mundo, y, tu huella olfateando,
pararse un rato y proseguir
resuelta.
Si, aunque falta de aliento
y jadeando,
te consigue agarrar por el pescuezo
(nadie
puede saber dónde ni cuándo),
estas coplas
leerás que te enderezo,
no como tú, forzado
del hastío...
(Renglón que hace el efecto
de un bostezo)
sino por renovar al pecho mío
el
placer que en amarte experimenta;
pues yo te quiero bien,
aunque eres frío.
Dios te guarde,
y ajústame la cuenta;
versos me debes, y la vuelta
aguardo...
Para; cuídate; sana, y siempre cuenta
con el firme cariño de