Virgilio y la formación del Imperio
María Pilar González-Conde
La Eneida fue compuesta por Virgilio poco antes de su muerte (ocurrida el 19 a. C.), durante el reinado de Augusto. En ella se conmemoraba el pasado glorioso de Roma, entre la leyenda y la recreación del propio escritor, y se elogiaba la figura del primer Príncipe y su actuación política, una reafirmación necesaria para un nuevo régimen político, contrario a la más fiel tradición romana.
Durante el reinado de Augusto se configura, casi definitivamente, el territorio del Estado romano. Los límites se establecen en el curso de los ríos Rin, Danubio y Éufrates. Los intelectuales más cercanos al poder transmiten una imagen de justificación de la conquista y anexión que tenía sus raíces en la época republicana, y que sigue siendo necesaria en época augustea para defender las guerras de conquista.
Las palabras de Virgilio hacen referencia al papel que Roma debe jugar en este sistema imperial, en la línea de la política exterior oficial, como árbitro del mundo a quien las otras naciones deben subordinarse. Los rebeldes deben ser sometidos y todos los pueblos «pacificados», con un sentido no tanto de «paz sin conflicto» como de integración en el orden romano.
A la muerte de Augusto, las prioridades en la política exterior romana obligaron a replantearse la situación. Tiberio heredó un Estado lleno de dificultades y abandonó las guerras de conquista. Tácito (Anales, 1, 11, 4) dice que Augusto recomendó en su testamento el mantenimiento de las fronteras tal y como se encontraban a su muerte. A partir de entonces, la conquista se ralentizó. Los partidarios de una política exterior de alianzas invocaban el testamento augusteo como arma contra la expansión del Estado territorial romano.
«Tú, romano, recuerda tu misión: ir rigiendo los pueblos con tu mando. Estas serán tus artes: imponer leyes de paz, conceder tu favor a los humildes y abatir combatiendo a los soberbios».
(Virgilio, Aeneida, 6, pp. 851-853. Edición de Vicente Cristóbal y Javier de Echave-Sustaeta, Virgilio, Eneida, Madrid, Biblioteca Clásica Gredos, 166, Madrid, 1992, p. 331.)