11
España: la quiebra de 1898, Biblioteca de la Historia de España, ed. Sarpe, Madrid, 1986, p. 191.
12
A partir de 1912, Santiago Alba Bonifaz será sucesivamente ministro de Instrucción Pública (en dos ocasiones), Gobernación y Hacienda (tres).
13
La nueva salida del valeroso caballero don Quijote de la Mancha. Tercera parte de la obra de Cervantes, Tipografía Lezcano, 2 vols., Barcelona, 1905, 451 pp.
14
Cf. El capítulo XV del Libro Segundo («De la fuga de Tragaldabas y de cómo llevó a felice fin D. Quijote su empresa de Gibraltar»).
15
Cf. los capítulos X («Del viaje de D. Quijote a Portugal»), XI («De la entrada de D. Quijote en Portugal y de cómo fue llamado en auxilio de la princesa Beatriz») y XII («En que se da razón de los trabajos de D. Quijote para la unión de Portugal y España, y de haber dado cima a esta dificultosísima empresa»), del Libro segundo. Don Quijote sueña con casar al hijo que tenga con Dulcinea con la emperatriz portuguesa.
16
Cf. los capítulos XVII («En que se refiere el viaje de D. Quijote a Méjico y sus aventuras en la travesía con unas sirenas»), XVIII («De cómo emplearon su tiempo D. Quijote y el Poetilla en el resto de la travesía, y de su entrada en Vera-Cruz»), XIX («Del famoso discurso de D. Quijote a los latinoamericanos y de su desafío con una Esfinge») y XX («Del viaje triunfal de D. Quijote por la sojuzgada América, y de los territorios que allegó al Imperio del Toboso») del Libro Segundo.
17
En el capítulo inédito «La jaula de las fieras» (II, 10) de El libro de los recuerdos, Ledesma confiesa que de haber podido hacer oír su voz en los Consejos de la Corona hubiera dicho a Alfonso XIII: «fomentemos nuestra riqueza, llenemos nuestra despensa y, si es preciso fortificarnos contra amagos extranjeros, hagámoslo en nuestro litoral, en nuestro suelo, en torno de nuestras ciudades, en vez de extender nuestro radio de acción a tierras africanas debilitando nuestras fuerzas».
18
El de la representación política es el «gran interrogante político del siglo» (Sorel, Michels, Pareto, Lenin). Se trata de contestar a la cuestión «bajo qué condiciones es posible una nueva legitimidad política representativa que, asumiendo la inevitable delegación de poder en una reducida élite, pueda al mismo tiempo legitimarse por su condición integradora de las masas» (Francisco Villacorta Baños: «Fin de siglo: crisis del liberalismo y nuevos procesos de mediación social», en Revista de Occidente, número 202-203, marzo de 1998, p. 148).
19
En su intervención en el debate del Ateneo almeriense titulado «Imperiosa necesidad que existe de satisfacer las aspiraciones legítimas de la clase trabajadora», celebrado entre enero y abril de 1892, Ledesma, que se dice partidario del catolicismo social, de la acción conjunta de Iglesia y Estado sobre las clases proletarias, localiza la génesis del estado de malestar entre empresarios y proletarios en la Revolución francesa, que supuso la desaparición de los gremios; la religión es el único dique que puede evitar que el río social se desborde, pues «el proletariado busca la felicidad por cualquier medio destruyendo la sociedad si es necesario para fundar sobre sus cimientos otra nueva a su antojo».
20
La defensa del catolicismo social y del cooperativismo católico que Ledesma lleva a cabo desde mediados de los años ochenta tiene su origen en corrientes doctrinales socialistas y católicas francesas que condenan al capitalismo liberal y piden la vuelta a los antiguos gremios. Éstas dieron lugar a una corriente corporativista en el seno del movimiento católico social, teorizada por Albert de Mun y Henri de la Tour du Pin. En España dicha doctrina fue recogida por sectores conservadores y tradicionalistas, nostálgicos de una pretendida sociedad medieval sin conflictos de clase. El fundador de los Círculos Obreros Católicos, el jesuita Antonio Vicent, al que Ledesma trató con admiración en 1886, publicará en 1905 un Manual de las Escuelas de reforma social. La agremiación dentro y fuera de los círculos de obreros.