Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.
Indice


1

Verum est id quod est, dice San Agustín (Libro 2. «Solil.», cap. 5). Puede distinguirse entre la verdad de la cosa y la verdad del entendimiento; la primera, que es la cosa misma, se podrá llamar objetiva; la segunda, que es la conformidad del entendimiento con la cosa, se apellidará formal o subjetiva. El oro es metal, independientemente de nuestro conocimiento: he aquí una verdad objetiva. El entendimiento conoce que el oro es metal: he aquí una verdad formal o subjetiva.

Mucha presunción sería el despreciar las reglas para pensar bien. Nullam dicere mavimarum rerum esse artem, cum minimarum sine arte nulla sit, hominum est parum considerate loquentium. «Es de hombres ligeros -decía Cicerón- el afirmar que para las grandes cosas no hay arte, cuando de él no carecen ni las más pequeñas». (Lib. 2. «De Offic.».) En la utilidad de las reglas han estado acordes los sabios antiguos y modernos; la dificultad, pues, está en saber cuáles son éstas, cuál es el mejor modo de enseñar a practicarlas. «Don de los dioses» llamó Sócrates a la lógica; mas, por desgracia, no nos aprovechamos lo bastante de este don precioso y las cavilaciones de los hombres le hacen inútil para muchos. Los aristotélicos han sido acusados de embrollar el entendimiento de los principiantes con la abundancia de las reglas y el fárrago de discusiones abstractas; en cambio, las escuelas que les han sucedido, y particularmente los ideólogos más modernos, no están libres del todo de un cargo semejante. Algunos reducen la lógica a un análisis de las operaciones del entendimiento y de los medios con que se adquieren las ideas, lo que encierra las más altas y difíciles cuestiones que ofrecerse puedan a la humana filosofía.

Quisiéramos un poco menos de ciencia y un poco más de práctica, recordando lo que dice Bacon de Verulamio sobre el arte de observación, cuando le llama una especie de sagacidad, de olfato cazador, más bien que una ciencia: Ars experimentatis sagacitas potius est et adoratio quædain venatica quam scientia. («De Augm. scient.», lib. 5, c. 2.)



 

2

Los hombres más insignes en el mundo científico se han distinguido por una gran fuerza de atención y algunos de ellos por una abstracción que raya en lo increíble. Arquímedes ocupado en sus meditaciones y operaciones geométricas, no advierte el estrépito de la ciudad tomada por los enemigos; Vieta pasa sin interrupción días y noches absorto en sus combinaciones algebraicas y no se acuerda de sí propio hasta que le arrancan de tamaña enajenación sus domésticos amigos; Leibnitz malbarata lastimosamente su salud, estando muchos días sin levantarse de la silla. Esta abstracción extraordinaria es respetable en hombres que de tal suerte han enriquecido las ciencias con admirables inventos; ellos tenían verdaderamente una misión que cumplir y, en cierto modo, era excusable que a tan alto objeto sacrificaran su salud y su vida. Pero, aun en los genios más eminentes, no ha estado reñida la intensidad de la atención con su flexibilidad. Descartes estaba elaborando sus colosales concepciones entre el estruendo de los combates, y cuando, cansado de la vida militar, se retiró del servicio en que se había alistado voluntariamente continuó viajando por los principales países de Europa. Con semejante tenor de vida es muy probable que el ilustre filósofo había sabido enlazar la intensidad con la flexibilidad de la atención y que no sería tan delicado en la materia como Kant, de quien se dice que el sólo desarreglo o cambio de un botón en uno de sus oyentes era capaz de hacerle perder el hilo del discurso. Esto no es tan extraño si se considera que el filósofo alemán jamás salió de su patria y que, por tanto, no debió de acostumbrarse a meditar sino en el retiro de su gabinete. Pero, sea lo que fuere de las rarezas de algunos hombres célebres, importa sobremanera esforzarse en adquirir esa flexibilidad de atención que puede muy bien aliarse con su intensidad. En esto, como en todas las cosas, puede mucho el trabajo, la repetición de actos que llegan a engendrar un hábito que no se pierde en toda la vida. Acostumbrándose a pensar sobre cuantos objetos se ofrezcan y a dar constantemente al espíritu una dirección seria, se consigue lentamente y sin esfuerzo la conveniente disposición de ánimo, ya sea para fijarse largas horas sobre un punto, ya para hacer suavemente la transición de unas ocupaciones a otras. Cuando no se posee esta flexibilidad el espíritu se fatiga y enerva con la concentración excesiva o se desvanece con cualquiera distracción; lo primero, a más de ser nocivo a la salud, tampoco suele servir mucho para progresar en la ciencia, y lo segundo inutiliza el entendimiento para los estudios serios. El espíritu como el cuerpo, ha menester un buen régimen, y en ese régimen hay una condición indispensable: la templanza.



 

3

Un hombre dedicado a una profesión para la cual no ha nacido es una pieza dislocada: sirve de poco y muchas veces no hace más que sufrir y embarazar. Quizá trabaja con celo, con ardor; pero sus esfuerzos o son impotentes o no corresponden ni con mucho a sus deseos. Quien haya observado algún tanto sobre este particular habrá notado fácilmente los malos efectos de semejante dislocación. Hombres muy bien dotados para un objeto se muestran con una inferioridad lastimosa cuando se ocupan de otro. Uno de las talentos más sobresalientes que he conocido en lo tocante a ciencias morales y políticas le considero mucho menos que mediano con respecto a las exactas, y, al contrario, he visto a otros de feliz disposición para adelantar en éstas y muy poco capaces para aquéllas.

Y lo singular en la diferencia de los talentos es que, aun tratándose de una misma ciencia, los unos son más a propósito que los otros para determinadas partes. Así se puede experimentar en la enseñanza de las matemáticas que la disposición de un mismo alumno no es igual con respecto a la aritmética, álgebra y geometría. En el cálculo, unos se adiestran con facilidad en la parte de aplicación, mientras no adelantan igualmente, ni con mucho, en la de generalización; unos adelantan en la geometría más de lo que habían hecho esperar en el estudio de álgebra y aritmética. En la demostración de los teoremas, en la resolución de los problemas, se echan de ver diferencias muy señaladas: unos se aventajan en la facilidad de aplicar, de construir, pero deteniéndose, por decirlo así, en la superficie, sin penetrar en el fondo de las cosas; al paso que otros, no tan diestros, en lo primero, se distinguen por el talento de demostración, por la facilidad, en generalizar, en ver resultados, en deducir consecuencias lejanas. Estos últimos son de ciencia, los primeros son hombres de práctica; a aquéllos les conviene el estudio, a éstos el trabajo de aplicación.

Si estas diferencias se notan en los límites de una misma ciencia, ¿qué será cuando se trate de las que versan sobre objetos los más distantes entre sí? Y, sin embargo, ¿quién cuida de observarlas y mucho menos de dirigir a los niños y a los jóvenes por el camino que les conviene? A todos se nos arroja, por decirlo así, en un mismo molde; para la elección de las profesiones suele atenderse a todo menos a la disposición particular de los destinados a ellas. ¡Cuánto y cuánto falta que observar en materia de educación e instrucción!

En la acertada elección de la carrera no sólo se interesa el adelanto del individuo, sino la felicidad de toda su vida. El hombre que se dedica a la ocupación que se le adapta disfruta mucho, aun entre las fatigas del trabajo; pero el infeliz que se halla condenado a tareas para las cuales no ha nacido ha de estar violentándose continuamente, ya para contrariar sus inclinaciones, ya para suplir con esfuerzo lo que le falta en habilidad.

Algunos de los hombres que se han distinguido en la respectiva profesión habrían sido probablemente muy medianos si se hubiesen dedicado a otra que no les conviniera. Malebranche se ocupaba en el estudio de las lengua y de la historia, y no daba muestras de ninguna disposición muy aventajada, cuando acertó a entrar en la tienda de un librero donde le cayó en manos el Tratado del hombre, de Descartes. Causóle tanta impresión aquella lectura, que se cuenta haber tenido que interrumpirla más de una vez para calmar los fuertes latidos de su corazón. Desde aquel día Malebranche se dedicó al estudio que tan perfectamente se le adaptaba, y diez años después publicaba ya su famosa obra de la Investigación de la verdad. Y es que la palabra de Descartes despertó el genio filosófico adormecido en el joven bajo la balumba de las lenguas y de la historia; sintióse otro, conoció que él era capaz de comprender aquellas altas doctrinas y, como el poeta al leer a otro poeta, exclamó: «También yo soy filósofo».

Una cosa semejante le sucedió a Lafontaine. Había cumplido veintidós años sin dar muestras de abrigar genio poético. No lo conoció él mismo hasta que leyó la oda de Malherbe sobre el asesinato de Enrique IV. Y este mismo Lafontaine, que tan alto rayó en la poesía, ¿qué hubiera sido como nombre de negocios? Sus inocentadas, que tanto daban que reír a sus amigos, no son muy buen indicio de felices disposiciones para este género.

He dicho que convenía observar el talento particular de cada niño para dedicarle a la carrera que mejor se le adapta y que sería bueno observar lo que dice o hace cuando se encuentra con ciertos objetos. Madame Perier, en la Vida de su hermano Pascal, refiere que siendo niño le llamó un día la atención el fenómeno del diverso sonido de un plato herido con un cuchillo, según se le aplicaba el dedo o se le retiraba, y que después de reflexionar mucho sobre la causa de ésta diferencia escribió un pequeño tratado sobre ella. Este espíritu observador en tan tierna edad, ¿no anunciaba ya al ilustre físico del experimento de Puy-de-Dome confirmando las ideas de Torricelli y Galileo?

El padre de Pascal, deseoso de formar el espíritu de su hijo, fortaleciéndole con otra clase de estudios antes de pasar al de las matemáticas, hasta evitaba el hablar de geometría en presencia del niño; pero éste, encerrado en su cuarto, traza figuras y más figuras con un carbón, y desenvolviendo la definición de la geometría que había oído demuestra hasta la proposición 32 de Euclides. El genio del eminente geómetra se debatía bajo una inspiración poderosa que todavía no era él capaz de comprender.

El célebre Vaucanson se ocupa en examinar atentamente la construcción de un reloj de una antesala donde estaba esperando a su madre; en vez de juguetear, acecha por las hendiduras de la caja por si puede descubrir el mecanismo, y luego, después, se ensaya en constuir uno de madera que revela el asombroso genio del ilustre constructor del «flautista» y del «áspid de Cleopatra».

Bossuet, a la edad de dieciséis años, improvisaba en el palacio de Rambouillet un sermón que, por la copia de pensamientos y facilidad de expresión y de estilo, admiraba al concurso, compuesto de los talentos más escogidos que a la sazón contaba la Francia.



 

4

He dicho que la teoría de las probabilidades, auxiliada por la de las combinaciones, pone de manifiesto la imposibilidad que he llamado de sentido común, calculando, por decirlo así, la inmensa distancia que va de la posibilidad del hecho a su existencia, distancia que nos le hace considerar como poco menos que absolutamente imposible. Para dar una idea de esto supondré que se tengan siete letras: e, s, p, a, ñ, o, l, y que disponiéndolas a la ventura se quiere que salga la palabra español. Es claro que no hay imposibilidad intrínseca, pues que lo vemos hecho todos los días cuando a la combinación presido la inteligencia del cajista; pero en faltando esta inteligencia no hay más razón para que resulten combinadas de esta manera que de la otra. Ahora bien; teniendo presente que el número de combinaciones de diferentes cantidades es igual a 1 X 2 X 3 X 4... (n - 1)n, expresando n el número de los factores, siendo siete las letras en el caso presente, el número de combinaciones posibles será igual a 1 X 2 X 3 X 4 X 5 X 6 X 7 = 5040.

Ahora, recordando que la probabilidad de un hecho es la relación del número de casos favorables al número de casos posibles, resulta que la probabilidad de salir por acaso las siete letras dispuestas de modo que formen la palabra «español» es igual a 1/5040. Por manera que estaría en el mismo caso que al salir una bola negra de una urna donde hubiese 5039 bolas blancas.

Si es tanta la dificultad que hay en que resulte formada una sola palabra de siete letras, ¿qué será si tomamos, por ejemplo, un escrito en que hay muchas páginas y, por tanto, gran número de palabras? La imaginación se asombra al considerar la inconcebible pequeñez de la probabilidad cuando se atiende a lo siguiente: Primero, la formación casual de una sola palabra es poco menos que imposible; ¿qué será con respecto a millares de palabras? Segundo, las palabras sin el debido orden entre sí no dirían nada y, por tanto, sería necesario que saliesen del modo correspondiente para expresar lo que se quería. Siete solas palabras nos costarían el mismo trabajo que las siete letras. Tercero, esto es verdad, aun no exigiendo disposición en lineas y suponiéndolo todo en una sola; ¿qué será si se piden líneas? Sólo siete nos traerán la misma dificultad que las siete palabras y las siete letras. Cuarto, para formarse una idea del punto a que llegaría el guarismo que expresase los casos posibles adviértase que nos hemos limitado a un número de los más bajos: el «siete»; adviértase que hay muchas palabras de más letras, que todas las líneas habrían de constar de algunas palabras y todas las páginas de muchas líneas. Quinto, y, finalmente, reflexiónese adónde va a parar un número que se forma con una ley tan aumentativa como esta: 1 X 2 X 3 X 4 X 5 X 6 X 7 X 8... (n = 1)n. Sígase por breve rato la multiplicación y se verá que el incremento es asombroso.

En la mayor parte de los casos en que el sentido común nos dice que hay imposibilidad son muchas las cantidades por combinar: entendiendo por cantidades todos los objetos que han de estar dispuestos de cierto modo para lograr el objeto que se desea. Por poco elevado que sea este número, el cálculo demuestra ser la probabilidad tan pequeña que ese instinto con el cual, desde luego, sin reflexionar, decimos «esto no puede ser», es admirable, por lo fundado que está en la sana razón. Pondré otro ejemplo. Suponiendo que las cantidades son en número de 100, el de las combinaciones posibles será: 1 X 2 X 3 X 4 X 5 X... 99 X 100. Para concebir la increíble altura a que se elevaría este producto, considerese que se han de sumar los logaritmos de todas estas cantidades y que las solas «características», prescindiendo de las «mantisas», dan 92, lo que por sí solo da una cantidad igual a la unidad seguida de 92 ceros. Súmense las «mantisas» y añadase el resultado de los enteros a las «características» y se verá que este número crece todavía mucho más. Sin fatigarse con cálculos se puede formar idea de esta clase de aumento. Así, suponiendo que el número de las cantidades combinables sea diez mil, por la suma de las solas «características» de los factores se tendría una «característica» igual a 28894; es decir, que aun no llevando en cuenta lo muchísimo que subiría la suma de las «mantisas» resultaría un número igual a la unidad seguida de 28894 ceros. Concíbase si se puede lo que es un número, que por poco espesor que en la escritura se dé a los ceros tendrá la longitud de algunas varas, y véase si no es muy certero el instinto que nos dice ser imposible una cosa cuya probabilidad es tan pequeña que está representada por un quebrado cuyo numerador es la unidad y cuyo denominador es un número tan colosal.



 

5

He creído inútil ventilar en esta obra las muchas cuestiones que se agitan sobre los sentidos en sus relaciones con los objetos externos y la generación de las ideas. Esto me hubiera llevado fuera de mi propósito, y además no habría servido de nada para enseñar a hacer buen uso de los mismos sentidos. En otra obra que tal vez no tarde en dar a luz me propongo examinar estas cuestiones con la extensión que su importancia reclama.



 

6

Lo que he dicho sobre las consecuencias, que instintivamente sacamos de la coexistencia o sucesión de los fenómenos está íntimamente enlazado con lo explicado en la Nota 4 sobre la imposibilidad de sentido común. De esto puede sacarse una demostración incontrastable en favor de la existencia de Dios.



 

7

Los que crean que la moral cristiana induce fácilmente a error por un exceso de caridad conocen poco esta moral y no han reflexionado mucho los dogmas fundamentales de nuestra religión. Uno de ellos es la corrupción original del hombre y los estragos que esta corrupción produce en el entendimiento y en la voluntad. Semejante doctrina, ¿es acaso muy a propósito para inspirar demasiada confianza? Los libros sagrados, ¿no están llenos de narraciones en que resaltan la perfidia y la maldad de los hombres? La caridad nos hace amar a nuestros hermanos, pero no nos obliga a reputarlos por buenos si son malos; no nos prohíbe el sospechar de ellos cuando hay justos motivos, ni nos impide el tener la cautela prudente que de suyo aconseja el conocer la miseria y la malicia del humano linaje.



 

8

Para convencerse de que no he exagerado al ponderar el peligro de ser inducidos en error por los narradores, basta considerar que, aun con respecto a países muy conocidos, la historia se está «rehaciendo» continuamente, y tal vez en este siglo más que en los anteriores. Todos los días se están publicando obras en que se enmiendan errores, verdaderos o imaginarios; pero lo cierto es que en muchos puntos gravísimos hay una completa discordancia en las opiniones. Esto no debe conducir al escepticismo, pero sí inspirar mucha cautela. La autoridad humana es una condición indispensable para el individuo y la sociedad, pero es preciso no fiarse demasiado en ella. Para engañarnos basta o mala fe o error. Desgraciadamente, estas cosas no son raras.



 

9

Es muy dudoso si el periodismo causará daño o provecho a la historia de lo presente; pero no puede negarse que multiplicará el número de los historiadores con la mayor circulación de documentos. Antes, para proporcionarse algunos de ellos era necesario recurrir a secretarías o archivos; mas ahora son pocos los que son tan reservados que o desde luego o a la vuelta de algún tiempo no caigan en manos de un periódico; y por poco que valgan, pueden contar con infinitas reimpresiones en varias lenguas. Por manera que a ahora las colecciones de periódicos son excelentes memorias para escribir la historia. Esto aumenta el número de los hechos en que se pueda fundar el historiador y de que puede aprovecharse con gran fruto con tal que no confunda el texto con el comentario.



 
Indice