Al leer algún libro de viajes no debemos buscar el capítulo de países lejanos, sino de aquellos cuyos pormenores nos sean muy conocidos; esto proporciona el juzgar con acierto de la obra y a veces no escasa diversión. Entonces se palpa la ligereza con que se escriben ciertos viajes. Una población que tenía yo bien conocida, y cuyos alrededores, secos y pedregosos, había recorrido no pocas veces, la he visto en un libro de viajes cercada como por encanto de jardines y arroyos; y a otra en que se habla de las aguas de un río no lejano, como de un bello sueño que algún día se pudiera realizar, la he visto también en otro libro regalada ya con la ejecución del hermoso proyecto, o, mejor diré, sin necesidad de él, pues que el cauce del río estaba junto a sus murallas.
He manifestado mucha desconfianza de las obras Póstumas, sobre todo si el autor no ha podido darles la última mano, dejándolas a persona de muy segura entereza y que no haya de hacer más que publicarlas. Entre los muchos ejemplos que se pudieran citar, en que la falsificación ha sido probada o en que se ha sospechado no sin fuertes indicios, recordaré un hecho gravísimo, cual es lo que está sucediendo en Francia con respecto a una obra muy importante: Los pensamientos de Pascal. En el espacio de dos siglos se han publicado numerosas ediciones de esta obra y ha sido traducida en diferentes lenguas, y todavía en 1845 están disputando M. Cousin y M. Faugère sobre pasajes de gran trascendencia. M. Cousin pretendía haber restablecido el verdadero Pascal, haciendo desaparecer las enmiendas introducidas en la obra por la mano de Port-Royal, y ahora M. Faugère ha dado a luz otra edición, de la cual resulta que sólo él ha consultado el escrito autógrafo, y que M. Cousin, el mismo M. Cousin, se había limitado, por lo general, a las copias. Fiaos de editores.
Lo dicho en la «Nota 3» sobre la diferencia de los talentos deja fuera de duda lo que acabo de asentar en el Capítulo XII. Sin embargo, para hacer sentir que la escena de los Sabios resucitados no es una ficción exagerada citaré un ejemplo que equivale a muchos. ¿Quién hubiera pensado que un escritor tan fecundo, tan brillante, tan lozano y pintoresco como Buffon, no fuese poeta ni capaz de hacer justicia a los poetas más eminentes? Tratándose de un hombre que sólo se hubiese distinguido en las ciencias exactas, esto no fuera extraño; pero en Buffon, en el magnífico pintor de la Naturaleza, ¿cómo se concibe esta anomalía? Sin embargo, la anomalía existió, y esto basta a manifestar que no sólo pueden encontrarse separados dos géneros de talento muy diversos, sino también los que, al parecer, sólo se distinguen por un ligero matiz. «Yo he visto -dice Laharpe- al respetable anciano Buffon afirmar con mucha seguridad que los versos más hermosos estaban llenos de efectos, y que no alcanzaban, ni con mucho, a la perfección de una buena promesa. No vacilaba en tomar por ejemplo los versos de la Atalia y hacer una minuciosa crítica de la primera escena. Todo lo que dijo era propio de un hombre tan extraño a las «primeras nociones de la poesía» y a los ordinarios procedimientos de la versificación, que no habría sido posible responderle sin «humillarlo». Y adviértase que no se habla de un hombre que pensase menos en la forma del escrito que en el fondo; se habla de Buffon, que pulía con extremada escrupulosidad sus trabajos, y de quien se cuenta que hizo copiar once veces su manuscrito Épocas de la Naturaleza; y, sin embargo, este hombre, que tanto cuidaba de la belleza, de la cultura, de la armonía, no era capaz de comprender a Racine y encontraba malos los versos de la Atalia.
La confusión de ideas acarrea grandes perjuicios a las ciencias; pero el aislamiento de los objetos los causa también de mucha gravedad. Uno de los vicios radicales de la escuela enciclopédica fue el considerar al hombre aislado y prescindir de las relaciones que le ligan con otros seres. El análisis lleva a descomponer, pero es necesario no llevar la descomposición tan lejos que se olvide la construcción de la máquina a que pertenecen las piezas. Algunos filósofos, a fuerza de analizar las sensaciones, se han quedado con las sensaciones solas; lo que en la ciencia ideológica y psicológica equivale a tomar el pórtico por el edificio.
La «duda» de Descartes fue una especie de revolución contra la autoridad científica, y, por tanto, fue llevada por muchos a una exageración indebida. Sin embargo, no es posible desconocer que había en las escuelas necesidad de un sacudimiento que las sacase del letargo en que se encontraban. La autoridad de algunos escritores se había levantado más alto de lo que convenía, y era menester un ímpetu como el de la filosofía de Descartes para derribar a los ídolos. El respeto debido a los grandes hombres no ha de rayar en culto, ni la consideración a su dictamen degenerar en ciega sumisión. Por ser grandes hombres no dejan de ser hombres y de manifestarlo así en los errores, olvidos y defectos de sus obras. Summi enim sunt homines tamen, decía Quintiliano. Y San Agustín confiesa que la infalibilidad la atribuye a los libros sagrados; pero que en cuanto a las obras de los hombres, por más alto que rayen en virtud y sabiduría, no por esto se cree obligado a tener por verdadero todo cuanto ellos han dicho o escrito.
Voy a compendiar en pocas palabras lo más útil que dicen los dialécticos sobre la percepción, juicio y raciocinio; término, proposición y argumentación.
Según los dialécticos, la percepción, es el conocimiento de la cosa, sin afirmación o negación; el juicio es la afirmación o negación; el raciocinio es el acto del entendimiento con el que de una cosa inferimos otra.
Pienso en la virtud sin afirmar o negar nada de ella; tengo una percepción. Interiormente afirmo que la virtud es loable; formo un juicio. De aquí infiero que para merecer la verdadera alabanza es preciso ser virtuoso; esto es un raciocinio.
El objeto interior de la percepción se llama idea.
El término, o vocablo, es la expresión de la cosa percibida. La palabra «América» no expresa la idea del nuevo Continente, sino el mismo Continente. Es cierto que no existiera el término si no existiese la idea y que ésta sirve como de nudo para enlazar el término con la cosa; pero no lo es menos que cuando expresamos «América» entendemos la cosa misma, no la idea. Así decimos: «La América es un país hermoso», y es evidente que esto no lo afirmamos de la idea.
Al pensar en los metales conozco que el ser «metal» es común a muchas cosas que, por otra parte, son diferentes, como la plata, el oro, el plomo, etc.; al pensar en los brutos veo que hay algo en que convienen el camello, el águila, la serpiente, la mariposa y todos los demás, a saber: el «vivir y sentir», o el ser animales. Cuando expreso esta que conviene a muchos, diciendo: «metal», «animal», «cuerpo», «hombre justo», «malo», etc., el término se denomina «común».
El término común tomado en general es aquel cuyo significado conviene a muchos, pero como puede suceder que convenga a muchos, o bien tan sólo en cuanto se consideran reunidos, o bien que se aplique a cualquiera de ellos por separado, suele decirse que en el primer caso el término es colectivo; en el segundo, distributivo. «Academia» es un término común colectivo porque expresa la «colección» de los académicos; pero no de tal suerte que cada uno de estos pueda llamarse «academia». «Sabio» es término común distributivo porque se aplica a muchos, de manera que cualquier individuo que posea la sabiduría pueda llamarse sabio.
Término singular es el que expresa un solo individuo, como Pirineos, Mar Negro, Madrid, etc.
Me parece que el término colectivo no debería contarse como una especie del común, porque entonces hay el inconveniente de que la división no está bien hecha. Decimos: el término es común o singular. El común se divide en colectivo y distributivo. Para que una división sea bien hecha se requiere que de dos miembros opuestos el uno no pertenezca al otro, lo que se verifica si adoptamos la división expresada. En efecto; la palabra «nación» es común, distributivamente, porque conviene a todas las naciones, y colectivamente, porque se aplica a una reunión. Francia es común colectivo porque se aplica a un conjunto de hombres, y singular porque expresa una sola nación, un verdadero individuo de la especie de las naciones. Luego el término colectivo no debe contarse entre los comunes, como contrapuestos al singular, pues hay nombres colectivos comunes y los hay singulares.
El término común se divide en unívoco, equívoco y análogo. Unívoco es el que tiene para muchos un significado idéntico, como hombre, animal, corpóreo. Equívoco es el que le tiene diferente como león, que expresa un animal y un signo celeste. Análogo, el que lo tiene en parte idéntico y en parte diferente, como sano, que se aplica al alimento que conserva la salud, al medicamento que la restablece, al hombre que la posee; piadoso, que se aplica a la persona, a un libro, a una acción, a una imagen. «Amo» se dice de los monarcas; así esa fórmula «el rey, mi augusto amo» se dice de los que tienen esclavos, se dice de los que tienen dependientes o criados, se dice del dueño de la habitación.
De muchos términos se verifica que envuelven una idea general, susceptible de varias modificaciones; y el emplearlos sin hacer la competente distinción da lugar a confusión de ideas y estériles disputas. Usamos a cada paso las palabras rey, monarca, soberano; hablamos sobre lo que ellas significan, asentando nuestros respectivos sistemas. Y, sin embargo, es imposible no desacertar gravísimamente si en cada cuestión no se fija con exactitud lo que estas palabras expresan. Soberano es el sultán, soberano es el emperador de Rusia, soberano es el rey de Prusia, soberano es el rey de Francia, soberana, es la reina de Inglaterra, y, no obstante, en ninguno de estos casos la soberanía expresa lo mismo.
La definición es la explicación de la cosa. Si explica la esencia, se llama esencial; si se contenta con darla a conocer, sin penetrar en su naturaleza, se apellida descriptiva.
Cuando la cosa explicada es la significación de una palabra, se llama definición del nombre: definitivo nominis. Conviene no confundir la definición del nombre con su etimología; porque, siendo esta última la explicación del origen de la palabra, acontece muchas veces que el sentido usual es muy diferente del etimológico. La etimología ilustra para conocer el verdadero significado, pero no lo determina. Así, por ejemplo, la palabra obispo, episcopus, que, atendida su etimología griega, significa vigilante y en su acepción latina, superintendente, nos indica en cierto modo las atribuciones pastorales, pero dista mucho de determinarlas en su verdadero sentido. Así, esta palabra significaba entre los latinos el magistrado a cuyo cargo corría el cuidado del pan y demás comestibles. Cicerón, escribiendo a Ático, le dice: Vult enim Pompejus me esse quem tota hoec Campania, et maritima ora habent episcopum ad quem delectas et negotii summa referatur. (Lib. 7. «Epist.»)
Las calidades de una buena definición son claridad y exactitud. Será clara, si no puede menos de entenderla quien no ignore la significación de las palabras; será exacta si explica de tal manera la cosa definida que ni le añada ni le quite.
La mejor regla para asegurarse de la bondad de una definición es aplicarla desde luego a las cosas definidas y observar si las comprende a todas y a ellas solas.
La división es la distribución de un todo en sus partes. Según son éstas toma distintos nombres, llamándose actual cuando existen en realidad y potencial cuando no son más que posibles. La actual se subdivide en metafísica, física e integral. Metafísica es la que distribuye el todo en partes metafísicas, como el hombre en animal y racional; física, la que le distribuye en partes físicas, como el hombre en cuerpo y alma; integral, la que le distribuye en partes que expresan cantidad, como el hombre en cabeza, pies, manos, etc. La potencial es la que distribuye un todo en aquellas partes que nosotros le podemos concebir. Así, considerando como un todo la idea abstracta «animal», podemos dividirle en racional e irracional. Si lo expresado por la división potencial pertenece a la esencia de la cosa, se llama esencial; si no, accidental. Será esencial si divido el animal en racional e irracional; será accidental si le divido por sus colores u otras calidades semejantes.
La buena división debe: primero, agotar el todo; segundo, no atribuirle partes que no tenga; tercero, no incluir una parte en las otras; cuarto, proceder con orden, ya sea que éste se funde en la naturaleza de las cosas o en la generación o distribución de las ideas.
Si afirmo una cosa de otra formo un juicio; si lo enuncio con palabras tengo una proposición. Afirmo interiormente que la tierra es un esferoide: he aquí un juicio; digo o escribo: «La tierra es un esferoide»: he aquí la proposición.
En todo juicio hay relación de dos ideas, o más bien de los objetos que ellas representan; lo mismo ha de suceder en la proposición; el término que expresa aquello de que afirmamos o negamos se llama sujeto; lo que afirmamos o negamos se denomina predicado, y el verbo «ser», que expreso o sobrentendido se halla siempre en la proposición, se apellida unión o cópula porque representa el enlace de las dos ideas. Así, en el ejemplo anterior, la «tierra» es el sujeto, «esferoide» el predicado y «es» la cópula.
Si hay afirmación, la proposición se llama afirmativa; si hay negación, negativa. Pero conviene advertir que para que una proposición sea negativa no hasta que la partícula no afecte alguno de sus términos, sino que es preciso que afecte al verbo. «La ley «no» manda pagar». «La ley manda «no» pagar». La primera es negativa; la segunda, afirmativa; el sentido es muy diferente con sólo mudar de lugar el «no».
Las proposiciones se dividen en universales, indefinidas, particulares y singulares, según que el sujeto es singular, indefinido, particular o universal. «Todo cuerpo es grave» es proposición universal a causa de la palabra «todo». «El hombre es inconstante»: la proposición es indefinida, por no expresarse si lo son todos o alguno. «Algunos son engañosos»: la proposición es particular, porque el sujeto está restringido por el adjunto «alguno». «Gonzalo de Córdoba fue insigne capitán»: la proposición es singular, por serlo el sujeto. Para ser singular la proposición no es preciso que el nombre sea propio; basta una palabra cualquiera que lo determine, como si digo: «Esta moneda es falsa».
Tocante a las proposiciones indefinidas, puede preguntarse si el sujeto se toma en sentido universal o particular; y a esta cuestión dan origen dos motivos: primero, el no estar aquél acompañado de término universal ni particular; segundo, el observarse que el uso les señala a unas un sentido universal y a otras no.
La proposición indefinida equivale a la universal, en sentido absoluto, si se trata de materias pertenecientes a la esencia de las cosas o alguna de sus propiedades que pueda considerarse necesaria; equivale a universal moral, es decir, para la mayor parte de los casos, si versa sobre calidades que así lo demanden, y, por fin, a particular si así lo indica la cosa de que se habla. «Los cuerpos son pesados» equivale a decir: «Todos los cuerpos son pesados». «Los alemanes son meditabundos» no equivale a decir que todos lo sean, sino que éste es uno de caracteres de aquella nación.
Las proposiciones son simples o compuestas. Las simples son las que expresan la relación de un solo predicado a un solo sujeto, como todas las de los ejemplos anteriores. Las compuestas son las que contienen más de un sujeto o predicado, y, por lo mismo, explícita o implícitamente, comprenden más de una proposición. Con la clasificación y los ejemplos, se comprenderá mejor en qué consiste una proposición compuesta. Los dialécticos suelen distribuirlas en varias clases; indicaré las principales.
Proposición copulativa es la que expresa el enlace de dos afirmaciones o negaciones. «El oro, y la plata son metales». Equivale a estas dos reunidas: el oro es metal y la plata es metal. «El oro es amarillo y el oro es dúctil». Para que estas proposiciones sean verdaderas se necesita que lo sean las dos partes, porque la afirmación no se limita a la una, sino que se extiende a las dos. A la misma clase pueden reducirse estas negativas: «Ni la codicia ni la soberbia son virtudes». «La templanza no es dañosa ni al alma ni al cuerpo», etc.
Disyuntiva es la proposición en que entre dos o más extremos se afirma la existencia de uno. Las acciones humanas son o buenas o malas. «A estas horas se habrá ejecutado el designio, o no se ejecutará nunca». Para la verdad de estas proposiciones se necesita que no haya medio entre los extremos señalados. Un papel o es blanco o es negro; la proposición es falsa, porque puede ser de otros colores.
Proposición condicional es la que se afirma una cosa con condición. «Si el viento sopla, el tiempo será frío». «Si hiela, se echarán a perder los frutos». Para la verdad de estas proposiciones se necesita que, en realidad, la primera parte traiga consigo la segunda, porque esto es lo que se afirma, mas no que la segunda traiga la primera, porque de esto se prescinde. Así, en el último ejemplo se dice que al hielo seguirá la perdición de los frutos, pero no que si se pierden los frutos haya hielo, porque no se afirma que los frutos no puedan perderse por otras causas.
Poco diré sobre las formas de argumentación. Los dialécticos las han distribuído en muchas clases y señaládoles abundantes reglas, todo con mucho ingenio. Ya he indicado lo que pensaba de su utilidad. Para inventar sirven poco o nada; para exponer, mucho, y, en general, el acostumbrarse a ellas por algún tiempo deja en el entendimiento una claridad y precisión que no se pierden fácilmente y se hacen sentir en todos los estudios.
Silogismo es la argumentación en que se comparan dos términos con un tercero para inferir la relación que ellos tienen entre sí. «Lo simple es incorruptible; el alma es simple, luego es incorruptible». Los extremos son «alma» e «incorruptible»; el término medio es «simple».
Entimema es un silogismo abreviado. «El alma es simple, luego es incorruptible».
El dilema es una argumentación fundada en una proposición disyuntiva, que por todos los extremos hiere al adversario. «O el cristianismo se difundió con milagros o sin ellos: si con milagros, el cristianismo es verdadero; si sin milagros, el cristianismo es verdadero también, pues se difundió con un gran milagro, que es el difundirse sin milagros».
He recordado con elogio una doctrina de Santo Tomás, y no puedo menos de advertir lo muy útil que considero la lectura de las obras de aquel insigne doctor a cuantos deseen entregarse a estudios profundos sobre el espíritu humano. Si bien es verdad que se halla en ellas el estilo de la época, también es cierto que más de una vez se asombra el lector de que en medio de la ignorancia, que todavía era mucha en el siglo XIII, hubiese un hombre que a tan vasta erudición reuniese un espíritu tan penetrante, tan profundo, tan exacto.
La carrera de la enseñanza debiera ser una profesión en que se fijaran definitivamente los que la abrazasen. Desgraciadamente no sucede así, y una tarea de tanta gravedad y trascendencia se desempeña como a la aventura y sólo mientras se espera otra colocación mejor. El origen del mal no está en los profesores sino en las leyes, que no los protegen lo bastante y no cuidan de brindarles con el aliciente y estímulo que el hombre necesita en todo. Un solo profesor bueno es capaz en algunos años de producir beneficios inmensos a un país; él trabaja en una modesta cátedra, sin más testigo que unos pocos jóvenes; pero estos jóvenes se renuevan con frecuencia, y a la vuelta de algunos años ocupan los destinos más importantes de la sociedad.
Esa inclinación del hombre a seguir la autoridad de otro hombre da lugar a elevadas consideraciones sobre la fe, sobre el principio de la autoridad de la Iglesia católica y sobre el origen y carácter de las extraviadas sectas que han perturbado y perturban el mundo. Como en otra obra traté extensamente esta materia, me basta referirme a lo que en ella dije. Véase El protestantismo comparado con el catolicismo en sus relaciones con la civilización europea. Tomo I.
Podría escribirse una excelente obra con el título de Moral literaria y artística. El asunto es tan útil como fecundo. Si esta obra la ejecutase un escritor de crítica segura y delicada y de moral pura, podría ser de gran provecho. El abuso, cada día mayor, que de las más bellas dotes de alma se está haciendo para extraviar y corromper aumentaría la importancia de semejante trabajo. Ojalá que esta indicación despierte la voluntad de alguno que se sienta con fuerzas para ello.