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Pueden verse Hernández Guerrero (1980; 1981; 1982a; 1982b).
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«La Filosofía Fundamental no es copia ni imitación de ninguna filosofía extranjera; no es ni alemana, ni francesa, ni escocesa; su autor ha querido contribuir por su parte a que tengamos también una filosofía española»
. (Balmes 1948: 7).
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Según Perrater Mora, Jaime Balmes significa la reacción particular experimentada por un pensador católico de la época frente a las corrientes del pensamiento moderno. La parte más crítica de su obra se orienta a una comprensión, análisis y refutación del empirismo inglés, del kantismo y de la filosofía del idealismo alemán, especialmente de Hegel. Aunque sin apartarse de los moldes tradicionales, muestra ciertas afinidades con Reid y la Escuela Escocesa y con algunas manifestaciones del espiritualismo francés coetáneo.
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A nuestro juicio, a Jaime Balmes podemos situarlo dentro del escolasticismo, siempre que entendamos este término de manera amplia y no en su acepción estricta. En este sentido limitado, Menéndez y Pelayo negó a Balmes el título de escolástico; pero no le excluyó de la escolástica perenne, abierta a toda verdad:
| (Menéndez y Pelayo 1884: 43) | ||
De todas maneras, debemos decir que Balmes si se formó en la escolástica fue más a través de su estudio personal que por las enseñanzas que recibió de sus maestros. Es suficientemente conocido que en su tiempo la escolástica era mirada con cierto desprecio hasta tal punto que se produjo una literatura satírica contra ella.
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Balmes no dudaba en proclamar que su búsqueda de la verdad era libre y desvinculada de toda atadura de escuela. Se inspiraba en las palabras de Clemente de Alejandría: «Por filosofía no entiendo la estoica, la platónica, la epicúrea o la aristotélica: lo que estas escuelas han enseñado conforme a la verdad, a la justicia, a la piedad, a todo esto llamo yo filosofía». El filosofo de Vich se defiende de la acusación de eclecticismo diciendo que si eclecticismo es buscar la verdad donde se encuentre, nadie puede dejar de ser ecléctico ya que éste es el dictamen de la razón y del buen sentido. Esta posición dista notablemente del sincretismo que pretende conciliar doctrinas contradictorias y omitir todos los principios generales que han de dotar de coherencia y unidad a la ciencia.
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«Prólogo» a la Filosofía Fundamental (Balmes 1948: 9).
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Divide este tratado en los capítulos siguentes:
- Objeto e importancia de la Gramática General
- El signo
- Signos naturales del sensitivo
- Los gestos arbitrarios y la voz
- Formación de los sonidos
- Se explica cómo con tan pocos sonidos se forman todas las lenguas
- Objeto de las letras radicales y de las terminaciones semejantes
- Del nombre
- El artículo
- El pronombre
- El verbo
- La preposición
- El adverbio
- La conjunción y la interjección
- La sintaxis
- La escritura
- Por qué se ha conservado en el cálculo la escritura ideográfica
- Consideraciones sobre los admirables efectos de la palabra y de la escritura
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Entendemos este concepto en sentido amplio. Como sabemos, al menos desde el punto de vista, etimológico, este término «inducción» se remonta a Platón quien ya empleó e)pa//gein y e)pagestai traducidos, según los casos, por "inducir", "conducir a", "dirigir hacia". De estos verbos se ha formado el sustantivo e)psgwgh/ traducido por "inductio". Sin embargo, el uso platónico no tiene un carácter técnico. El primer pensador que proporcionó un concepto suficientemente preciso de la inducción y que introdujo los términos e)pa//gein y epagwgh/ como vocablos técnicos para designar un cierto proceso de razonamiento, fue Aristóteles.
De la doctrina aristotélica, la escolástica medieval -especialmente la más influida, por el Estagirita- tomó la dirección que consiste en contraponer la inducción al silogismo. Se trata de una contraposición que afecta solamente a la forma de la inducción (formaliter) y no a la materia (materialiter), pues no hay inconveniente en que se presente la materia de la inducción silogísticamente. Pero como lo que importa es la forma, la contraposición de referencia es considerada como fundamental.
El proceso, inductivo se basa, según la citada concepción escolástica, en una enumeración suficiente que, arrancado de los entes singulares (plano sensible) desemboca en lo universal (plano inteligible).
El problema de la inducción despertó el interés de muchos filósofos modernos, en particular de los que se propusieron analizar y codificar los procesos de razonamiento que tenían lugar (o que suponían que tenían lugar) en las ciencias naturales. A este respecto fue notable la contribución de Prancis Bacon. Este autor -como otros de la época- planteó con insistencia la cuestión del tipo de enumeración que debía considerarse como propio del proceso inductivo científico. Observando que en las ciencias se llega a la formulación de proposiciones de carácter universal partiendo de enumeraciones incompletas, formulo en sus tablas de presencia y ausencia una serie de condiciones que permiten establecer inducciones legítimas.
Desde Francis Bacon hasta el siglo XIX se llevaron a cabo diversos esfuerzos para fundamentar el concepto de inducción. Según las teorías de Hume, por ejemplo, el razonamiento inductivo se basa en el hábito formado cuando se ha observado la frecuencia con que ciertos acontecimientos siguen a otros determinados acontecimientos; a partir de ello pueden llevarse a cabo las predicciones que nos permiten predecir el comportamiento de la Naturaleza. Para Kant, por el contrarío, los juicios inductivos -o, mejor, su justificación- se explican por la estructura de la conciencia trascendental.
Durante el siglo XIX se destacaron varias teorías de la inducción. Entre los autores mas importantes podemos recordar a A. Gratry, J. S. Mill, J. Herschel y W. Whewell. Desde finales del siglo XIX los trabajos sobre el concepto de inducción y sobre lógica inductiva proliferan abundantemente. Ninguno de los conceptos de inducción elaborados por los filósofos y lógicos hasta comienzos del siglo XX es considerado hoy como plenamente satisfactorio. Aunque se aprovechan algunas concepciones aristotélicas, baconianas, humianas, millianas, etc., de la inducción, hay acuerdo en que debe establecerse la cuestión de la inducción sobre nuevas bases.
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La Gramática de la Real Academia, en la primera edición (1771), propone una definición de carácter semántico; en la cuarta (1796) introduce, elemento formal, que posteriormente excluye en la de 1854; en la duodécima (1870) vuelve a unir los dos criterios -formal y semántico- y los mantiene así hasta la edición de 1931.
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Eduardo Benot (1881-85,1: 195) señala que la definición del verbo como la palabra que expresa «lo que ocurre en oposición a lo permanente» procede en su fondo de Julio César Escalígero. Modernamente, la consideración del verbo como «proceso» ha alcanzado amplia difusión a partir de Meillet, según el cual el verbo es el instrumento que expresa lo que se produce, lo que «comporte» un agente o un paciente o ambos.
Tesnière asume esta misma definición y la toma como base para establecer la división de verbos de estado y verbos de acción. Fourquet opone dos objeciones a esta teoría: en primera lugar, la palabra proceso, empleada para designar un contenido especialmente verbal, abarca nombres y verbos. Los nombres representan procesos y especies, mientras que los verbos sólo representan procesos; en segundo lugar, el verbo «ser» copulativo carece de contenido semántico y, por tanto, no entraría bajo la denominación de proceso. Fourquet, sin embargo, acepta la noción de verbo con valor procesual pero desde una perspectiva más funcional que semántica: «Le verbe est porteur d'indices qui concernent la phrase en tant qu'elle évoque un procés, c'est à dire, un segment de la ligne du temps» (Fourquet 1950: 74-76).