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El mismo decorado. Horas después. Mediodía. Se alza el telón. Vemos que, en efecto, es SIMÓN quien solo en escena golpea el «gong» entre gestos y gritos desaforados. Está sofocado, lleno de pavor. Asustadísimo. |
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SIMÓN.- (Mientras grita y da golpes en el «gong», que retumba estruendosamente.) ¡Ana! ¡Pedro! ¡Tony! (Todo excitado.) ¡Pronto! ¡Venid! ¡Ana! ¡Tony! ¿Dónde estáis? |
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(Entra PEDRO casi corriendo, demudado.) |
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PEDRO.- ¡Cristo! ¿Qué te pasa? |
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SIMÓN.- ¡Ahí! Ahí está. ¡Ana! ¡Tony! |
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(Golpes de «gong».) |
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PEDRO.- Pero, ¿te has vuelto loco, mamarracho? |
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SIMÓN.- ¡¡Ahí está!! ¡Debajo de la escalera! |
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(PEDRO corre, indignado y mira. Un brinco.) |
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PEDRO.- ¡¡Demonio!! (Aterrado. Sin voz casi.) ¡Eh! ¿Quién es este hombre? |
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SIMÓN.- Ana, Ana, Tony... |
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(Aparece ANA.) |
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PEDRO.- ¿Qué es esto? |
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ANA.- ¡Simón! |
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SIMÓN.- (Sin voz casi ya.) ¡Ahí! Ahí... ¡Miradlo! |
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ANA.- (Va. Se santigua.) ¡Santo Dios! |
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TONY.- (Entrando.) ¿Qué diablos sucede? ¡¡Oh!! ¡Un hombre! |
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SIMÓN.- ¡Un hombre! ¡Un hombre! ¡Yo lo he descubierto! ¡Yo! |
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PEDRO.- ¡Está durmiendo! |
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SIMÓN.- Ya lo sé. Es un fresco. |
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ANA.- ¡Dios Santo! ¡Un milagro! |
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PEDRO.- Es inconcebible... No puedo creerlo. ¿Cómo ha venido este hombre? ¿Por dónde? |
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TONY.- Mirad... (Como un chiquillo.) ¡Se ha movido! |
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ANA.- ¡Va a despertar! ¡Señor! |
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PEDRO.- ¡Demonio! Estoy emocionadísimo. ¿Quién será? ¿No estamos soñando? (Vuelven todos al centro de la escena. Están nerviosos, turbados; se arreglan el peinado, los vestidos, etcétera.) ¿Qué vamos a decirle? |
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SIMÓN.- ¡Hombre! Lo primero... ¿Cómo está usted? Es lo corriente. |
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PEDRO.- Estoy nerviosísimo, Simón. Me gustaría tener un chaqué. |
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SIMÓN.- ¡Digo! |
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PEDRO.- Y un sombrero de copa... ¿Qué va a decir de nosotros? Con esta facha. Así no se puede recibir a nadie. |
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ANA.- ¡Miradlo! Ya se mueve. ¡Dios mío!, cuando lo sepa el señor... |
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TONY.- ¡Oh, oh, oh! (Palmoteando como un niño.) ¡Aquí está! |
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(Y así es. De la escalera sale HANS. Sonríe ruborizado. Los contempla con cariñosa curiosidad. Los demás le abren paso azoradísimos.) |
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HANS.- (Sonriendo.) Buenos días... |
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(Una pausa. HANS avanza hasta el centro. Los demás le observan. Se mueven en torno suyo.) |
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PEDRO.- ¿Has oído, Pedro? ¡Je! Ha dicho buenos días... Es simpatiquísimo. |
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SIMÓN.- Hombre, sí. Buenos días... Muy ingenioso. |
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ANA.- (Se santigua.) ¡Señor! ¡Señor! |
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TONY.- Es un gran mozo. |
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HANS.- Discúlpenme... Me dormí. Llevaba muchas horas sin dormir. |
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PEDRO.- ¡Caballero! Ni una palabra. (Finísimo.) Está usted en su casa. Aquí somos todos muy campechanos. (Transición.) Caballero, me muero de curiosidad. No puedo más... ¿Quiere usted decirnos cómo ha llegado usted a la isla? |
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HANS.- En una barca. |
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TODOS.- ¡En una barca! |
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TONY.- ¡Una barca! |
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HANS.- ¡Sí! Está arriba, amarrada en la playa. |
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TONY.- ¡Una barca! Yo quiero verla... Voy a la playa. Hace doce años que no veo una barca... |
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ANA.- ¡Tony! |
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TONY.- ¡Oh!, ¡Dejadme, dejadme! ¡Una barca! (Y trabajosamente, pero lleno de entusiasmo, emocionadísimo, asciende por la escalera y desaparece.) |
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SIMÓN.- ¡Tony! |
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ANA.- ¡Con cuidado, Tony! |
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PEDRO.- El pobre... No es un hombre de mundo. Figúrese usted: se ha impresionado. Y total ¿por qué? (Sonríe.) Como si venir aquí en una barca tuviera algo de particular... (Transición.) Pero, ¿qué estoy diciendo? ¿Cómo es posible atravesar el Pacífico en una barca? |
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HANS.- Yo le explicaré... Tranquilícense. Fue un naufragio. |
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TODOS.- ¡Ah! |
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HANS.- ¡Es la guerra! |
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PEDRO.- ¡Diablo! |
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SIMÓN.- ¿La guerra? ¿Tú oyes, Ana? |
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ANA.- ¡La guerra! |
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PEDRO.- ¡Ha estallado la guerra! (Muy indignado.) ¡Y nosotros sin saberlo! |
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SIMÓN.- Ya, ya. |
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PEDRO.- Oiga usted. ¿Y qué dice el mariscal Hindenburg12? |
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HANS.- ¡Oh! |
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(Bajo un arco lateral aparece la figura de ANDRÉS Kovach. Alto, erguido, gran señor, cara pálida, pelo gris... Todo él abandonado y artista. En los ojos, siempre una vaga humedad. Túnica de color rojo indio que le llega hasta el suelo. Una vida interior rebosante.) |
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ANDRÉS.- ¡Simón! |
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(Silencio en todos.) |
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ANA.- ¡Señor! |
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SIMÓN.- ¡Señor! |
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PEDRO.- (Jubilosísimo.) ¡Mira, Andrés! Te voy a presentar... |
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ANDRÉS.- Calla, Pedro. Lo oí todo. Gritabais tanto... |
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HANS.- (Suspenso de emoción. Avanzando un paso hacia ANDRÉS.) ¡Andrés Kovach! |
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TODOS.- ¡Ah! |
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HANS.- ¡Era él! ¡El maestro! Andrés Kovach... Yo no me equivocaba... Solo él podía tocar así la Sonata. ¡Andrés Kovach! |
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TODOS.- ¡Ah! |
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ANDRÉS.- (Sorprendido.) ¿Me reconoce usted? |
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HANS.- ¡Oh! Maestro, maestro... |
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ANDRÉS.- Gracias. |
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HANS.- ¡Maestro! |
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ANDRÉS.- (Una pausa. Mirando a HANS.) Retiraos, Simón. (SIMÓN y ANA salen lentamente.) Vete, Pedro. |
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PEDRO.- ¿Yo también, Andrés? |
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ANDRÉS.- Sí, te lo ruego. |
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PEDRO.- (Suplicante.) Óyeme, Andrés. Hace doce años que no sabemos nada del mundo. Este hombre, aquí, es como un sueño. Solo quiero verle. Y oírle. Déjame oírle, Andrés. |
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ANDRÉS.- Luego, Pedro... Más tarde. |
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PEDRO.- (Todo coraje.) Caballero, esta tarde daré en su honor una función de gala. Tengo mucho gusto en invitarle... (Va a salir y vuelve.) Pero, por lo menos, una pregunta. Me muero de curiosidad, caballero: ¿de veras da resultado el cine sonoro13? |
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HANS.- Sí... |
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PEDRO.- ¡Hola! Entonces... |
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(Y se marcha preocupadísimo. Quedan solos ANDRÉS y HANS. ANDRÉS se sienta fatigado. HANS le mira largamente y luego acude a su lado.) |
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HANS.- ¡Andrés Kovach! |
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ANDRÉS.- Sí... ¿Quién es usted? |
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HANS.- Hace doce años que el mundo entero se pregunta por Andrés Kovach. Los periódicos de todos los países siguen todavía hablando de su desaparición... Se le ha buscado en América, en Europa. En todos los continentes. El más famoso violinista del mundo, ídolo de los públicos, el que tocaba como un iluminado la «Sonata a Kreutzer» desapareció una noche de París, hace doce años, sin dejar rastro. Lo buscó la policía... Fue inútil. No se le encontró. (Todo entusiasmado.) Y soy yo, ¡yo!, el más humilde de sus discípulos, quien le descubre en una isla del Pacífico, en este rincón del mundo... |
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ANDRÉS.- ¿Es usted músico? |
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HANS.- Sí. |
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ANDRÉS.- ¡Ah! (Conmovido.) Acérquese. Hace un instante hubiera jurado que era usted un policía. ¡Perdóneme! Tengo un poco de fiebre... Venga, hijo mío. |
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HANS.- ¡Maestro! Si usted supiera cómo he soñado con usted... Casi de niño le oí tocar una noche en la sala Raymond de París... ¡Cómo sonaba su violín aquella noche! De madrugada, volví a encerrarme en mi cuarto con mi pobre violín entre las manos y lloré de rabia y de coraje. ¡Y lo he encontrado yo! ¡¡Yo!! ¿Comprende usted? ¡Cómo lo adiviné esta mañana al oír la Sonata! Mientras tantas gentes en el mundo intentan descubrir su paradero... |
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ANDRÉS.- ¿Todavía me buscan? |
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HANS.- ¡Siempre! |
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ANDRÉS.- ¡Oh! |
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HANS.- Y aún preguntan: ¿por qué desapareció? ¿Por qué, maestro? ¿Por qué? (Mirándole profundamente y derramando después la mirada sobre las vestiduras de ANDRÉS Kovach y en el vacío del escenario.) ¿Por qué? |
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ANDRÉS.- ¡Muchacho! |
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HANS.- ¿Por qué esta extraordinaria locura? |
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ANDRÉS.- ¡Calle! (Sonríe.) Vea usted: una gran aventura. Esto es todo... |
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HANS.- ¡Maestro! |
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ANDRÉS.- Un día, hace muchos años, comprendí -¡ojalá que usted no lo comprenda nunca!- qué inútil es vivir cuando ya solo se guarda odio para los hombres y para el mundo entero. Usted seguramente ha sufrido muy poco. Tiene aún esos ojos tan dulces y llenos de alegría... Míreme a mí. Si supiera usted qué atroz es sentir que día a día se va llenando el alma de rencor. El delito de los que nos engañan no está en su engaño, sino en que ya no nos dejan soñar que no nos engañarán nunca... ¿Comprende usted? A mí me engañaron. Fue una traición horrible. Y aborrecí la vida y los hombres. ¡Y las grandes ciudades llenas de mentira y de maldad! ¡Y a ese mundo estúpido y canalla que se cree civilizado porque lo disculpa todo sin comprender nada! (Una pausa. Otra voz.) Un día, en mi juventud, durante un viaje por Oriente, tuve el capricho de construir este subterráneo en una de esas pequeñas islas desconocidas del Pacífico. Era yo tan caprichoso y tan artista entonces... Lo hice con el mayor sigilo. No lo supo nadie. Yo soñaba con descansar aquí, alguna vez lejos de todos, solo con ella... Vestidos con estas túnicas. Vivir una vida nueva y alegre en soledad, sin otra compañía que mi violín, el mar y los árboles de la isla. Y, además, la amaba tanto... (Se detiene. Muy fatigado.) ¡Y fue ella misma quien me engañó! ¿Me oye usted? |
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HANS.- ¡Por favor!... Cálmese. |
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ANDRÉS.- Cuando descubrí su traición, solo supe huir. Huir de todos, de mí mismo, de mi vida llena de desconsuelo y de lágrimas. Recordé este escondite mío en medio del mar. Salí de París una noche como un delincuente. Embarqué en mi «yacht» con mi hija, dos criados y Pedro, mi pobre amigo tan loco y tan desgraciado. Proyectábamos vivir aquí una gran temporada. Hasta olvidar para siempre. Lo preparamos todo. La isla es rica: está llena de frutas, de sol y de hojas verdes. Simón es un gran cazador... Nos trajo mi «yacht». Pasaron unos meses. Una tarde los marineros que tripulaban el «yacht» me anunciaron que no estaban dispuestos a seguir viviendo lejos del mundo. Temblé... Pensé en lo que sería otra vez la vida allá en las grandes ciudades, en París... Les rogué que aguardasen un poco todavía. Callaron. Pero fue inútil. A la noche, cuando todos dormíamos se hicieron a la mar en mi «yacht». Solo quedó conmigo el viejo Tony, el más fiel de todos. Desde entonces aquí estamos: han pasado doce años... |
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HANS.- ¡Es extraordinario! ¡Doce años ausentes del mundo, como muertos! |
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ANDRÉS.- Ni un solo barco pasó ante la isla en este tiempo... Está en una ruta tan extraña... Han ido transcurriendo los días uno tras otro, a solas con mi violín. Una vida sin noches, ni días. Una vida sin ninguno de los estímulos que brinda la civilización. El mar, la isla y cada uno de nosotros en nuestra propia soledad... El mundo, tan lejos, que apenas existe para mí en el recuerdo. ¡Si lo supieran esos policías, esos periodistas, esas gentes que aún me buscan por el mundo! (Emocionado.) Pero, aunque me busquen aprisa y aparezcan aquí un día, llegarán tarde... Lo sé. Voy a vivir muy poco. |
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HANS.- ¡Maestro! |
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ANDRÉS.- ¡Calle usted! (Mirando adentro.) No lo sabe nadie. Solo me creen perturbado por mis recuerdos y mi dolor... Yo sí. Este pobre corazón ha sufrido tanto que resistirá muy poco; estoy seguro... Anoche, de madrugada, creí que todo acababa. Un ahogo... Una asfixia. ¡Ah! La muerte... |
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HANS.- ¡Oh! Basta, maestro. Es preciso hacer algo. ¡Salir de aquí! No sé cómo. ¡Pero volver a Europa! ¡Acabe ya esta aventura! ¡Hay que salvarlo! |
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ANDRÉS.- ¡Silencio! Cállese... Ya es tarde. (Sonríe.) ¿Cree usted que cuando muera me seguirán buscando? |
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HANS.- Le buscarán siempre. A usted y a ella... |
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ANDRÉS.- (Palidece.) ¿Qué dice usted? |
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HANS.- (Lentamente.) Sí. Andrés Kovach y su amada desaparecieron la misma noche de París. |
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ANDRÉS.- (En pie.) ¿Cómo? Pero, ¿es que a ella tampoco la encontraron? ¡Hable! |
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HANS.- No, maestro. Hasta hace un instante yo mismo creí que ella estaba aquí con usted. |
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ANDRÉS.- (En pie, excitadísimo.) ¡¡Ella aquí!! ¡No! ¡Qué locura! ¿Cómo ha podido usted pensarlo? |
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(Y la voz de MARCEL, más alegre que nunca, se oye desde arriba.) |
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VOZ DE MARCEL.- «Pour le repos, le plaisir du militaire»... |
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PEDRO.- (Bajando muy aprisa la escalera.) ¡Andrés! |
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ANDRÉS.- ¡Pedro! |
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PEDRO.- ¡Otro! |
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ANDRÉS.- ¿Qué dices? |
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PEDRO.- ¡Otro! |
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HANS.- (Alegre.) Es Marcel. Vinimos los dos. Fue él quien me salvó la vida. |
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PEDRO.- ¡Otro! Pero este está loco. Le he visto bajar de un árbol, habla solo y no hace más que cantar. |
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MARCEL.- (Aparece en lo alto de la escalera.) «"Aux Tourlouroux", c'est le nom du cabaret»... |
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PEDRO.- ¡Mírale! |
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ANDRÉS.- Esta bien... Vete, Pedro. |
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PEDRO.- ¡Hum! (Ofendidísimo.) ¡Egoísta! (Y se va.) |
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MARCEL.- ¡Hans! |
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HANS.- Aquí estoy, Marcel. |
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MARCEL.- Hola... Me gusta. Ya veo que no te has escapado. (Se vuelve. Ve a ANDRÉS y se acerca lentamente hacia él, muy risueño.) ¡Ah! Es usted... Andrés Kovach. (Sonríe.) Buenos días. Usted es el gran Kovach... No, no; ni una palabra. Estoy enterado de todo... Doce años en la isla. Una gran tragedia en el pasado. Lo sé todo. (Ríe.) Decididamente los grandes hombres superan en todo a los hombres vulgares. Un gran hombre como usted necesita para olvidar su dolor un rincón fantástico, en una isla desconocida. Los hombres vulgares apenas tienen tiempo de llorar sus penas, sentaditos en un tranvía... |
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ANDRÉS.- ¡Se burla usted! |
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HANS.- (Gravemente.) ¡Marcel! |
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MARCEL.- No; discúlpeme... Es que yo soy de la clase media. Pero la verdad es que no puedo burlarme. Es usted demasiado extraordinario. Y, además, le debo la más bella aventura de mi vida. Me gustaría estar aquí mucho tiempo, Andrés Kovach, mirándole fijamente, hasta que usted mismo me descubriera todos sus secretos... Porque usted tiene un gran secreto, ¿no es verdad? (Sonríe.) No, no tema. No lo haré... (Bruscamente.) ¿De veras cree usted que la vida es tan despreciable que merece ser enterrada en el subterráneo de una isla desierta? |
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ANDRÉS.- (Mirándole enternecido.) Sí. Pero usted no puede comprenderlo. |
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MARCEL.- ¡Oh! |
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ANDRÉS.- Es usted muy optimista y muy joven. Y la vida, la verdadera vida, empieza cuando uno ha dejado de ser alegre. |
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MARCEL.- Es decir: cuando uno comienza a parecerse a los muertos... (Transición: vivo, enérgico.) Bueno. ¡Se acabó! |
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ANDRÉS.- ¿Eh? |
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HANS.- ¡Marcel! |
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MARCEL.- Prepárese usted para volver a vivir, Andrés Kovach... Su aventura ha terminado. ¡Fuera esa túnica! ¡Alégrese! |
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ANDRÉS.- ¿Qué está usted diciendo? |
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HANS.- (Anhelante.) ¿Qué dices, Marcel? |
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MARCEL.- ¡Se acabó! ¿Lo oye usted? Óyeme tú también, Hans. |
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HANS.- Di... |
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MARCEL.- Ven aquí... Esta tarde tú y yo correremos una nueva aventura. Nos haremos a la mar en la barca. ¿Quieres? |
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HANS.- ¡Sí! |
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MARCEL.- Yo estoy seguro de que a pocas millas de aquí, por el mar, anda la escuadra. La guerra está muy cerca. Si tenemos suerte nos salvaremos... |
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HANS.- ¡Sí, Marcel! |
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MARCEL.- Es una locura, ya lo sé. La vida es triste o loca. Seamos un poco locos, que es la más bella manera de vivir. Estoy seguro de que regresaremos aquí a la noche a bordo de un barco y traeremos a la isla la libertad y la alegría... ¡Andrés Kovach y los suyos volverán a Europa, a París, al mundo...! |
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HANS.- ¡Bravo, Marcel! Estoy a tus órdenes. ¡En marcha! |
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ANDRÉS.- (Desde el fondo.) ¡No! Esperen. |
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HANS.- ¡Maestro! |
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MARCEL.- ¿Cómo? |
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ANDRÉS.- Sí; es preciso que ustedes salgan a la mar... Se salvarán, estoy seguro. Pero yo les pido con toda mi alma que se olviden de esta aventura... Que no cuenten a nadie que Andrés Kovach vive en este refugio. ¿Me oyen? Se lo ruego con todas mis ansias... ¿Me lo prometen? ¡Júrenlo! |
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MARCEL.- ¿Qué dice usted? |
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ANDRÉS.- (Angustiosamente, sin voz apenas.) Por piedad... Es algo superior que ustedes no podrán comprender jamás. Vine aquí porque este retiro era como un anticipo de la muerte... Déjenme... ¡Márchense! Y no vuelvan jamás; se lo exijo... ¿Todavía no me han comprendido? ¿Por qué piensan ustedes que Andrés Kovach se inventó una nueva vida sino porque odiaba la vida anterior? ¡Odio ese mundo! ¡Os odio a vosotros! ¡Odio vuestra civilización! ¡¡Fuera!! ¡Idos de aquí y no volváis jamás! |
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HANS.- ¡Oh! |
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MARCEL.- (Un silencio. Sereno, emocionado.) Volveremos, Kovach. |
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ANDRÉS.- ¡Eh! |
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MARCEL.- Volveremos. Y a usted y a los suyos los arrancaremos de aquí por la fuerza de los puños, si es necesario. |
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ANDRÉS.- Pero, ¿qué es esto? ¡Con qué derecho me amenaza usted? |
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MARCEL.- No le amenazo... Le hablo en nombre de su propio derecho a vivir. ¡Termine ya esta aventura! |
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HANS.- Sí, maestro... Marcel tiene razón. ¡Oígale! |
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MARCEL.- ¡Oígame, sí, Kovach! Suba usted a la playa y lance al mar ese dolor egoísta y soberbio. Aprenda usted a amar otra vez como cuando era un niño. El dolor solo se puede vencer con amor. Y la vida, la vida que ríe y llora todos los días es una cosa muchísimo más importante que el propio dolor. |
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ANDRÉS.- Pero yo detesto esa vida... ¿Lo oye usted? |
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MARCEL.- (Insolente.) ¿Por qué? |
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ANDRÉS.- ¿Cómo quiere usted que vuelva a amar a la vida y a los hombres si para mí la vida y la Humanidad entera eran ella: sus ojos, su risa, su amor? Cuando se ama, uno siente, sin saber por qué, que gobierna el mundo... ¡El mundo grande lleno de mar, de estrellas y de jardines! Pero es porque todo el mundo se tiene en la mano cuando a ella se la acaricia. ¡El mundo es ella! ¿No lo sabe usted? (Estremeciéndose.) ¡¡Y fue ella misma quien me engañó!! ¿Lo oye? Hace doce años que estoy aquí y no he podido olvidarla. Algunas noches, cuando toco la Sonata, como aquella noche en que la conocí, creo que aparece ella misma ante mí, tan hermosa como entonces... ¡Y todavía la sigo maldiciendo! (Esconde la cara entre las manos. Y se estremece.) ¡Oh, Dios, Dios! |
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|
MARCEL.- ¡Pobre Andrés Kovach! ¡Doce años en este infierno! Usted que se creó una vida para olvidar, huyó de los hombres, pero se quedó entre sus propios fantasmas. (Transición.) Además esto debe de ser aburridísimo... |
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ANDRÉS.- ¡Cállese! |
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MARCEL.- (Suspira. Sonríe.) No se puede ser demasiado triste: es muy poco elegante. Es mejor vivir con alegría. La vida es muy dura, pero no conozco nada más delicioso. (Sonriendo encantado.) Pasear de noche por las ciudades, comprar claveles a las floristas, oír cómo suena el reloj de una catedral, enamorarse todas las primaveras, soñar con las artistas de cine... ¡Oh! Llorar un poco cuando no nos ve nadie y reír mucho cuando nos oye todo el mundo. Sonreír al menos... Créame usted. La sonrisa es el idioma universal de los hombres inteligentes. Yo he pensado a veces que solo son tristes los tontos y los delincuentes... |
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ANDRÉS.- ¡Y es usted quien me habla de la alegría de vivir! (Desganado e irónico.) ¡Usted: un soldado! ¡Un hombre que viene de la guerra, en nombre de esa Humanidad canalla que todavía no aprendió a vivir sin dolor! ¡Usted que, como todos, trae la barbarie y la muerte...! |
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MARCEL.- (Lentamente.) ...Y el amor. Eso que usted no puede comprender porque tiene el alma seca de odio. (Transición, sonriendo.) Vamos. Todo ha terminado. Al amanecer será usted otro hombre... |
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ANDRÉS.- ¡¡No!! |
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HANS.- Sí, maestro... Volverá usted a su arte, a triunfar otra vez. |
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MARCEL.- Piense usted en estas pobres gentes que le acompañan. Esos criados, ese pobre hombre que recita versos a media noche, ese marinero que se muere de nostalgia... ¿No siente usted piedad de ellos? |
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ANDRÉS.- (Un gran silencio, lleno de angustia. Y después, con toda su alma.) ¡No! ¡No saldré de aquí! ¡¡Lo juro!! |
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HANS.- ¡Oh! |
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MARCEL.- Pues bien... Oígame usted, Andrés Kovach. Tendrá usted que seguirme a la fuerza... ¿Lo oye? |
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ANDRÉS.- ¿Eh? |
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MARCEL.- Es irremediable. Porque yo, yo, le he robado lo mejor de usted mismo, casi su vida entera... (Con mucha emoción.) Estrella es mía. |
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ANDRÉS.- ¡¡Qué!! ¡Mi hija! |
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HANS.- ¡Oh, Marcel! |
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MARCEL.- (Con una jubilosa solemnidad; tierno, dichoso, como emocionado.) ¡Estrella ya es mía! |
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ANDRÉS.- ¡Mi hija! Pero, ¿qué ha hecho usted? Hable. |
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HANS.- ¡Marcel! |
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MARCEL.- Ha sido maravilloso, Hans. (Sonríe.) Figúrate. Yo era su sueño. ¡Yo! ¿No es un prodigio? Todas las muchachas sueñan con un amor... ¿Comprendes? Pero lo importante es que un hombre se reconozca a sí mismo en ese sueño... Y entonces él será el amado. Esta mañana, cuando tú dormías, Estrella contaba su sueño en voz alta. Yo la escuchaba debajo de esa escalera, temblando de alegría y de emoción. Porque las caricias que soñaba Estrella eran las mías, el sueño de amor que ella imaginaba era mi propio sueño que yo guardaba para mí, que yo estaba seguro de encontrar un día... Y ese día ha llegado. Yo soy el sueño de Estrella. ¿Comprendes, Hans? Estrella es para mí. Estrella es mía. La llevé arriba a la isla. Fue una maravilla, Hans. Es tan hermosa. Nos cogimos de la mano. Dios sonreía, estoy seguro. Cuando uno es feliz parece que oye la risa de Dios. Yo dije: «Señor, quiero a Estrella para mujer mía...» Como ha sido mi sueño, será mi vida. |
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ANDRÉS.- (Espantado.) ¿Eh? Pero, ¿entonces...? |
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MARCEL.- (Fascinado.) Sí, Estrella es mi mujer... |
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ANDRÉS.- (En pie, temblando.) ¿Qué ha dicho usted? ¿Qué ha hecho? |
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HANS.- ¡Maestro! Quieto. |
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ANDRÉS.- ¡Mi hija! ¿Qué ha hecho usted? |
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HANS.- ¡Por favor! |
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ANDRÉS.- ¡Mi hija! ¡Mi hija! (Gritando.) ¡Estrella! ¿Dónde estás? ¡Estrella! ¡Estrella! |
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(Y en la escalera aparece ESTRELLA, deliciosa, feliz, más ingrávida aún.) |
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ESTRELLA.- (Con dulzura.) Aquí estoy, padre. |
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MARCEL.- ¡Estrella! |
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ANDRÉS.- ¡Estrella! (Inmóvil. La muchacha baja despacio los peldaños. ANDRÉS Kovach la mira con angustia, cae rendido en un banco. ESTRELLA lentamente va hacia él. Se arrodilla. Esconde su cara, llena de alegre rubor, en las rodillas de ANDRÉS. Mientras, un gran silencio.) Hija... Hija... ¿Qué has hecho? (Se ahoga.) |
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ESTRELLA.- ¡Padre! |
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ANDRÉS.- ¿Qué has hecho? Ciega, loca. (Ronco.) Ha sido inútil mi esfuerzo para que fueras distinta a todas las mujeres. Te traje aquí para que no adivinaras nunca la otra vida que está detrás de nosotros mismos... ¡La vida maldita! Quise que fueras siempre pura porque solo así podías ser dueña de ti misma. ¿Qué has hecho? |
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ESTRELLA.- ¡Padre! |
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ANDRÉS.- (Cogiéndola de los hombros.) ¡Dilo! |
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ESTRELLA.- Padre... La otra vida no está detrás de nosotros mismos. (Una mano en la frente.) Está aquí, dentro, muy dentro... Y no es preciso llamarla porque ella viene a despertarnos. Llega por la noche cuando la vida verdadera de todos los días no existe, cuando no se oyen voces ni ruidos... Es el sueño, que llena el alma y la cabeza de palabras y de caricias... ¿No lo comprendes, padre? Yo no tengo la culpa, yo no llamaba a los sueños. Pero tenía la cabeza llena... Algunas veces me ardía la frente y quería pensar que era mejor vivir sola contigo, cantando por la playa con Tony, oyendo las historias de Ana... Y así siempre, siempre. Pero no es verdad... No puede ser. Si supieras, padre, si supieras... Cómo tiembla una cuando esa voz misteriosa dice que hay más, que la vida no se acaba nunca porque empieza en el sueño de todas las noches. (Un estremecimiento de gozo.) Y entonces no es una dueña de sí misma... (Sonríe deliciosamente.) Ni quiero serlo. ¿Comprendes, padre? |
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ANDRÉS.- ¡Calla! |
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ESTRELLA.- Mi sueño era Marcel... Ni yo misma lo sabía. (Vuelve, sin alzarse del suelo, el rostro hacia MARCEL. Sonríe.) Míralo, padre. |
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ANDRÉS.- Calla. |
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ESTRELLA.- Está ahí... |
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MARCEL.- (Muy emocionado.) Amor... |
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ESTRELLA.- Es tan alegre... Como la vida, padre. (Apoyando otra vez la cabeza en las rodillas de ANDRÉS.) ¡Le quiero! (Se calla y sueña.) Es mi vida... |
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ANDRÉS.- (Muy pálido ya. Sin voz.) ¿Qué dices? ¡Hija! |
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ESTRELLA.- (Transición: en pie, alegre, anhelante.) Padre... Nos iremos de aquí ¿verdad? ¡Al mundo! ¡A la vida! Marcel nos llevará muy lejos... Dime que sí, padre. Dímelo... |
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ANDRÉS.- (Escondiendo la cara entre las manos. Un sollozo.) ¡¡Oh!! |
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ESTRELLA.- ¿Por qué no contestas? Di que nos iremos. ¿Por qué no hablas? ¡Oh! ¿Por qué no quieres? (Corriendo a refugiarse aterrada en los brazos de MARCEL.) Si te niegas seré capaz de ahogarme con él en el mar... ¡Lo juro! |
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MARCEL.- ¡Estrella!... |
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(ANDRÉS solloza, una pausa. Asoma PEDRO la cabeza y llama tímidamente.) |
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PEDRO.- ¡Chiss! Andrés... Oye. Me parece que la muchacha tiene razón. Deberíamos irnos... Yo creo que ya hemos estado aquí una temporadita. ¿Eh, Andrés? (Entra y se acerca.) ¡Je! Vámonos de aquí, Andrés... ¿No me oyes? Mira: todos estamos llenos de esperanza... ¿Querrás, Andrés? Di. (Y a su lado, suplicante, casi de rodillas.) Yo siempre te he obedecido. Seguí todos tus caprichos. Pero ahora te lo pido con toda mi alma. Vámonos, Andrés... (Un gemido.) Si no, me volveré loco y no quiero... ¡No quiero, Andrés! Yo quiero vivir. ¿Lo oyes? ¿Lo oyes? |
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(Entra SIMÓN.) |
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SIMÓN.- ¡Ea! ¿Cuándo nos vamos? |
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ANDRÉS.- (Dolorosamente.) ¡Simón! |
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(Dentro, arriba, un grito de ANA. Todos se vuelven con ansiedad.) |
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TODOS.- ¿Eh? |
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ANA.- ¡Señor! (Surge en la escalera. Baja precipitadamente.) ¡Señor! ¡Señor! |
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SIMÓN.- ¡Ana! ¿Estás loca? |
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PEDRO.- ¿Qué pasa? |
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ESTRELLA.- ¡Ana! |
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ANA.- ¡El pobre Tony! |
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TODOS.- ¿Qué? |
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ESTRELLA.- ¡Oh, Ana! |
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ANA.- Estaba dentro de la lancha, alegre como una criatura. Daba saltos. Hablaba solo, se reía. Yo le vi desde lejos... De pronto cogió los remos, remó con todas sus fuerzas y se fue... |
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TODOS.- (Espantados.) ¡Oh! |
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ANA.- Se fue por el mar adelante. Ya está muy lejos. Yo lo he visto. Le grité con toda mi alma, pero fue inútil... (Llora.) |
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ESTRELLA.- (Un sollozo.) ¡Tony! |
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SIMÓN.- ¡Se perderá en el mar! |
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PEDRO.- ¡Viejo loco! |
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ANA.- Fue la alegría... Iba trastornado. ¡Oh, Dios mío! ¡Pobre Tony! ¡Ya no lo veremos más! |
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SIMÓN.- ¡Perecerá! |
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ANDRÉS.- Tony, loco... ¡Loco! |
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(Una pausa larga y angustiosa. HANS se vuelve lívido hacia MARCEL.) |
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HANS.- Se llevó la barca. Ya es irremediable, Marcel... ¡¡Aquí para siempre!! ¡¡Para siempre!! |
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PEDRO.- (Trémulo. En un alarido.) ¡¡Para siempre!! |
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ANDRÉS.- (Como un eco.) Para siempre... |
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ANA.- (Solloza.) ¡Para siempre! |
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ESTRELLA.- (Revolviéndose con toda su alma.) ¡No, Marcel! ¡¡No!! ¡¡No!! ¡Ahora ya no podría! ¡No quiero! ¡No quiero! No quiero... |
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MARCEL.- (Abrumado.) Calla... Es atroz. |
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(Un silencio. ESTRELLA solloza, PEDRO gime al fondo y de pronto, en la lejanía, una salva de cañonazos. Se agitan todos.) |
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TODOS.- ¿Eh? |
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MARCEL.- (En pie en un resurgir.) ¡Callad! |
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ANA.- ¡Dios mío! |
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SIMÓN.- ¡Cañonazos! |
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PEDRO.- ¿Oís? |
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MARCEL.- (Mientras prosiguen los disparos.) ¡Silencio! ¡¡Hans!! |
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HANS.- (Emocionadísimo.) ¡Sí, Marcel! |
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MARCEL.- ¿Oyes? ¡Es la escuadra! |
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(Arrecian las baterías.) |
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HANS.- ¡¡Sí!! |
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MARCEL.- ¡La escuadra estaba cerca! ¡Están combatiendo! Yo tenía razón... |
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HANS.- ¡Se acercan! |
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MARCEL.- ¡¡Estrella!! ¡¡Mi vida!! (Un grito.) ¡Salvados! |
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TODOS.- ¡¡Salvados!! ¡¡Salvados!! |
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(Corren hacia la escalera.) |
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PEDRO.- ¡A la playa! ¡Pronto! (Como un loco.) Salvados, salvados... |
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HANS.- ¡Corramos, Marcel! ¡Vivo! |
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(Suben.) |
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ANA.- ¡Yo voy también! |
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MARCEL.- Vamos, Estrella. |
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ESTRELLA.- ¡Contigo siempre! |
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MARCEL.- Ven... (Volviéndose hacia ANDRÉS Kovach. Triunfal.) ¡Andrés Kovach! Véalo usted: la guerra que es el dolor y la muerte trae ahora para nosotros la vida y la libertad... Corramos, mi vida. ¡Vamos a vivir! |
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ANDRÉS.- (Débilmente, cuando el criado está a punto de alcanzar la escalera siguiendo a los demás.) ¡Simón! |
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SIMÓN.- (Se detiene impresionado.) Señor. |
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ANDRÉS.- ¡Simón! |
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SIMÓN.- (Acudiendo.) Aquí estoy, señor. |
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ANDRÉS.- ¿Tú también, Simón? Pero, ¿es que no lo sabes todo? |
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SIMÓN.- ¡Ah! (Aterrado. Una transición como volviendo en sí.) ¡Perdón, señor! ¡Me volví loco! Solo pensé en huir de aquí como todos... ¡Perdón! ¡¡Perdón!! |
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ANDRÉS.- Pero, ¿es que ya has olvidado por qué yo no puedo volver jamás al mundo? |
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(Un gemido. Lejos prosigue el cañoneo.) |
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TELÓN |
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