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ArribaAbajo- III -

El millar


A la mañana, atraído por el rumor y la frescura de las arboledas hacia el cauce de Brazo-mar, a pocos pasos de la quinta, encontraba un millar romano levantado sobre un pedestal moderno, en cuyo neto se lee restablecida la inscripción del antiguo monumento.

Dice así:


NERO CLAVDIVS DIVI
CLAVDI F CÆSAR AVG
GER PONT MAX TRIB
POTESTATE VIII
IMP IX COS IIII
A PISORACA M
CLXXX

Fué, pues, erigido a distancia de 180 millas de Pisuerga, y en el año noveno de su imperio, por el César Augusto y Pontífice Máximo, Claudio Nerón, Germánico, hijo del divino Claudio, después de haber ejercido ocho veces la potestad tribunicia y cuatro la consular3.

Aquel fuste, de asperón rojo, surcado por las lluvias, roído por el tiempo, conserva un aspecto singular de solidez y fuerza que conserva cuanto salió de las manos del pueblo rey. Los años, aun cuando lamen y gastan la piedra, no pueden borrar completamente las letras tan hondamente grabadas en ella, como lo está la huella romana en las generaciones herederas y sucesoras suyas.

¿Dónde estuvo el millar cuando señalaba distancias a caminantes del siglo primero de la Era Cristiana? Medía un camino que los emperadores romanos tendieron sobre la raya cántabra como cadena destinada a ceñir y sujetar los lomos de una fiera indomable, cuyo irritado resuello amedrenta a su opresor y dueño, y cuyos estremecimientos le sobresaltan. Por él cruzaban los soldados de las cohortes destinadas, no a ocupar la tierra de los cántabros, sino a impedir que, levantado por un nuevo arranque de independencia aquel pueblo terrible, invadiendo los comarcanos y despertándolos a la pelea, suscitasen nueva guerra al imperio, tan difícil y desastrosa como la terminada por Augusto. Asombrado su ánimo con las relaciones oídas, en la ciudad o en el campamento, el recluta romano tendía recelosas miradas a aquellas asperezas que al ocaso descubría, y del pie de ese cipo, la mano curtida del veterano le señalaba en los altos de una marcha las cumbres fuentes de ríos, solares de pueblos, cuyos salvajes nombres no cabían dentro de las cultas inflexiones del habla latina, como no cupieron bajo el yugo Cesáreo los hombres que los usaron4.

Bajaba la vía desde las márgenes del Pisuerga a las del Océano, y cerraba por Oriente el anillo en que cogía la indomable tierra Roma, señora del mar, apostada sobre los páramos de Castilla, y segura de los asturianos, enervados por su codicia, despierta al golpe del legón minero5

. Subsisten sus hitos terminalas en Castro y en Herrera, mas desaparecieron los intermedios, los que pudieran ayudarnos al cabo de siglos a plantear de nuevo el curso y desarrollo de la estratégica vía.

Maestra en las artes de ocupación y de conquista, la terrible invasora sabía que después de quebrantada por el valor militar la virgen energía del salvaje, su fiereza se amansa a vista de otro modo de vivir más concertado y con la experiencia de sus beneficios; aislado el cántabro, fiaba su reducción completa a la acción de la corriente civilizadora establecida por trajineros, caminantes y soldados a lo largo de la nueva arteria.

Pocos años después daban los Flavios nombre a una colonia establecida a inmediación de aquella carretera, y un siglo más adelante restablecía sus murallas, o las levantaba de raíz Castro, que acaso no es otra que la misma Flaviobriga6.

Los que esto creen, alegan en su apoyo otros datos fuera del millar de Nerón. Con él se descubrieron y en un mismo paraje, en Otáñez, cerca de Castro, sobre el camino de Castilla, piedras e inscripciones; de ellas un millar labrado, en el cual no llegaron a esculpirse las acostumbradas letras, porque quizás las gentes que en la obra se ocupaban, hubieron de abandonar la tierra sin poner remate a su civilizador trabajo.

No lejos de aquellos sitios habla sido hallada una alhaja de labor singular, un plato argentino de forma circular, esculpido en relieve, supuesto voto o memoria de algún enfermo al manantial de aguas que le dieron medicina y remedio. Así lo describe en sus memorias la Academia de la Historia: «En la parte superior se ve una ninfa, que vierte de una urna el agua que cae por entre peñas. Un joven coge de ella para llenar una vasija; otro la da con un vaso a un enfermo; otro está llenando una cuba colocada en un carro de cuatro ruedas, a que están uncidas dos mulas. A los dos lados de la fuente hay dos aras en que se ofrecen libaciones y sacrificios, y en el contorno la inscripción: SALVS VMERITANA».

El hábil orfebre, queriendo acaso indicar la fisonomía y vegetación del terreno donde el celebrado manantial brotaba, dibujó a uno y otro lado de la personificada fuente dos troncos con hojas de castaño. El indicio convendría a la comarca donde sucedió el hallazgo; pero ¿cuál de los varios lugares de ella donde corren salutíferas aguas, da cabida en su etimología a la raíz umeritana?

¿Y quién sabe si en el lugar donde fué el plato hallado le depositaron manos precavidas o manos criminales? ¿Quién sabe si allí quedó enterrado en la confusión y sangre de militar sorpresa?




ArribaAbajo- IV -

La Iglesia


No sé de qué enemigos recelaban, qué acometidas de herejes o paganos temían los fundadores de Santa María de Castro, para erigir su templo en el centro de una fortaleza, sobre un áspero escollo, cuya entrada cerraron con muro y cava. Sin duda eran en su tiempo frescas memorias las de aquellas correrías que la intrépida marina de los árabes andaluces había dilatado por las costas lusitanas y gallegas, hasta los confines marítimos de Asturias y tierra de Santillana, como la Historia compostelana refiere en el año 1115 de Jesucristo7.

Probablemente le dieron asiento en el de otro santuario, en suelo ya santificado, y acaso en este uso antiguo de fortalecer la casa de Dios y almenar sus cercas no era todo desconfianza o marciales exigencias, sino propósito de ensalzarla rodeándola de atributos de poder, majestad y soberanía.

Quiere la tradición que dentro de este recinto murado y a par del rey del cielo, tuvieran palacio los reyes de la tierra. Autorizase de las reliquias viejas que aun subsisten; dice que Alfonso el Sabio le habitó en ocasiones, que en sus aposentos se ordenó el trabajo de alguna de las Siete Partidas, y hasta señala una angosta y misteriosa puerta, ya tapiada, por donde aquel príncipe glorioso, asombro de su era, afligido en medio de sus prosperidades y merecimientos por la aguda pena de la rebelión y desobediencia de su hijo Don Sancho, pasó alguna vez y se recogió a sagrado, fugitivo si no del hierro, de la insolencia de conjurados y descontentos.

¿Sería a vista de este lijar proceloso de Cantabria, donde soltando el freno del cortesano disimulo, ahogada en llanto el alma del rey poeta de Las Querellas,

gritaba doliente con fabla mortal?

Pocos pasos necesitaba andar para poner su trémula mano en los cerrojos ungidos. Frente al dintel por donde salía, levanta los suyos la puerta principal del templo, la que los arquitectos de la Edad Media solían llamar puerta del Perdón, y era ahora para el Monarca puerta del Refugio. Es, al parecer, de lo más añejo del edificio, pertenece al estilo de transición con que el arte salla del siglo XII y de la tradición románica, para entrar en el siglo XIII y en el brioso desenvolvimiento del gusto ojival. La ojiva apunta en su abocinado ingreso, cuyas arquivoltas concéntricas descansan en columnas de fuste corto, capitel historiado con figuras de animales y basas unidas sobre un plinto igual, alto y corrido.

Pero la edificación fué lenta, y años no pocos y generaciones pasaron desde que los fieles entraron a orar por estos primeros umbrales a Santa María, hasta que vieron cerrarse las bóvedas, y acudieron al clamor de las campanas volteadas dentro del alto cuerpo de su cuadrada torre. Porque el calado pretil que rodea la cornisa, la crestería de los remates que recortan sobre el cielo la seca línea del tejado, la airosa torre, acardenalada a ocaso por el azote permanente de la lluvia y el vendaval, enrojecida a Oriente por el vívido sol de cada mañana, maltratados frente y pecho por las balas que mellaron sus sillares, quebraron sus perfiles y borraron sus limpias aristas, pertenecen a tiempos más adelantados.

Bien andaría la cronología castellana entre los fines del siglo XIV y comienzos del XV y por los reyes de la dinastía de Trastamara, cuando terminó la obra. No era rica la comarca, ni sus magnates y corporaciones poseyeron nunca caudal bastante para emprender suntuosas edificaciones. Opulentos eran los príncipes y prelados de León y de Castilla, y sus fundaciones atestiguan las largas treguas que discordias y escaseces imponían el trabajo útil y pacífico, pero dispendioso, del escultor y el arquitecto; eran tiempos de grandes necesidades públicas; éranlo también de fe, y la fe inducía a menudo a comenzar empresas sin la cabal posesión de medios para terminarlas, y fiando siempre en lo eventual y probable.

Por eso se ayudaban y convenían para sus devotos fines todos los estados y jerarquías sociales, el clérigo y el burgués, el mercader y el artesano; los populares pedían de sus rentas al obispo, el obispo sus limosnas al pueblo; quien no podía aprontar maravedises, prestaba su persona para el trabajo corporal, y esta limosna del bracero, la más alta y sublime que la caridad inspira, engrandeciéndole a los propios y ajenos ojos, era pagada en gracias espirituales, indulgencias y sufragios que Roma a veces, a veces el diocesano, publicaba y concedía a la fábrica y a sus partícipes gratuitos.

Conciertos parecidos solían hacer reyes y concejos, y por tal camino participó quizás en la fundación de la iglesia de Castro el santo rey Fernando, a quien la voz común atribuye la restauración y auge de las iglesias de Cantabria; y apoyan esa voz en algún modo ciertas partes de su arquitectura, la semejanza en traza y no pocos detalles, y la advocación común a Nuestra Señora del Tránsito, que liga a las tres iglesias de Castro, de Laredo y de Santander.

La que ahora visitamos tiene tres naves, sostenidas por columnas arrimadas a un pilarón poligonal; la planta de los sillares que forman el fuste de la columna es ésta: dos tercios forman el cilindro de la columna; el restante entra con talla diversa a hacer el macizo del pilarón central, cuya superficie asoma desahogadamente entre fuste y fuste; en los capiteles triunfa la hoja de yedra, colosal en proporción, pero fielmente copiada de la naturaleza en los detalles; las ojivas son anchas, y su arco, formado por cuatro boceles, con filetes interpuestos y un aristón achaflanado que adelgaza el perfil de la ojiva, aumenta su luz y realza su elegancia. Una gala tiene que no tienen sus compañeras: galerías fingidas en los machones de la nave mayor, que la visten y aligeran con sus columnas empotradas y trilóbeas ojivas.

El arqueólogo, a luz de su criterio, examinando cada detalle, define su procedencia, señala la era de su advenimiento a la vida del arte, el porqué de su empleo en la construcción, el oficio que desempeña en el monumento; pero el arqueólogo lleva consigo el auxilio de su idioma y el archivo de su erudición, que le ayudan a establecer su opinión y a comunicarla con recíproco deleite a sus lectores.

Careciendo de ambas armas el curioso al pretender describir una construcción cualquiera, sólo consigue amontonar inarmónicas y extrañas voces que, aparte de no realizar su fin, lastiman el oído y ahuyentan el interés. La forma ojival tiene, sin embargo, tan cumplida elegancia, se asocia tan manifiestamente a nuestros instintos y tradicionales inclinaciones, que pocos detalles bastan a la imaginación para pintarse el edificio, comprender su armonía, la paz de sus ámbitos, y sentir la religiosa unción del templo, el áspero ceño de la fortaleza.

En la nave de la derecha, donde arranca la vuelta del ábside, se encuentra un arcosolio, adornado de tosca crestería; sobre la urna, en vez de estatua yacente, una plancha de bronce grabada muestra una figura de hombre en edad madura, largos barba y cabello, unidas ambas manos sobre el pecho en acto de orar, vestido de túnica y manto ricamente orlados, calzado de borceguí puntiagudo, sobre una figura de león y otra de hombre salvaje y velludo, que empuña un tronco.

Enciérrasela figura dentro de un gracioso cuerpo de arquitectura ojival, con varias figuras de apóstoles, que alternan con un blasón repetido y de atribución confusa, dominadas por la de un anciano con un niño en el regazo, puesta en el tímpano de la ojiva8

alrededor, en hermosas letras de la llamada gótica del siglo XIV, esta inscripción: « Aquí yace Martín Ferrández de las Cortinas, que finó el primer día de Marzo; era de 1409 años. Aquí yace Catalina López, su mujer; finó a ocho días de Mayo: era de 1411 años. Aquí yacen sus fijos Lope Ferrández, Johan Ferrández, Diego Ferrández, a quien Dios perdone.»

De la consideración social del sujeto dan testimonio el lugar y la forma de su sepultura; de sus virtudes personales los símbolos agrupados a sus pies. Solía ser en memorias sepulcrales la figura del anciano con un niño en brazos representación mística del tránsito del alma cristiana y de su acogida en la mansión pacífica, en el seno de Abraham: así como el león representaba la vigilancia perenne, y el salvaje humillado bajo la planta humana, las pasiones carnales vencidas y sujetas; el dibujo es puro, la composición armoniosa y rica, y la plancha pudiera ser obra de artista alemán o flamenco, en cuyos países usaban y era mayor el progreso de las artes9.

Adoptaron los señores castellanos estas laudas metálicas para sus sepulturas; Haro trae en su Nobiliario las que posela la familia de Pacheco (marqueses de Villena), en su célebre monasterio del Parral de Segovia, fundación de Enrique IV, príncipe; describe alguno de sus dibujos y copia sus inscripciones10, y debieron ser de uso frecuente en el siglo XVI, cuando Cervantes hace decir en una de sus comedias a Pedro de Urdemalas, hablando de un alma en purgatorio:


Vila en una sepultura
cubierta con una plancha
de bronce, que es cosa dura.

Poníanse sobre el pavimento de las iglesias, lo cual hace dudar que la plancha de Castro ocupe el lugar para que fué destinada, y que el enterramiento que cubre corresponda a la inscripción11.

Podemos salir de la iglesia por otra puerta que mira al Este, puerta moderna, de fábrica lujosa, gusto dórico, columnas exentas y finos materiales; arco que dedica la misma iglesia a los evangélicos vencedores que, partiendo de su modesto coro, subieron a las más altas sillas de la eclesiástica jerarquía: entre los escudos y títulos de uno y otro reverendo prelado, deletrea allí el curioso los del insigne cardenal Lorenzana, que tan gloriosamente perpetuó en la metropolitana de Toledo, primada de las Españas, la tradición de los magnánimos Tenorios y Taveras.

Por este lado los muros viejos, modernos y restaurados, se atropellan y amontonan como en fortaleza batida y desmantelada por enemiga batería; una rampa lleva al faro, otra guía al castillo, otra al fantástico puente que pinta Castro en sus armas, tendido de peñón a peñón, bajo del cual se revuelcan pavorosamente las olas. La ermita, puesta sobre el alto escollo de Santa Ana, ya no es lugar santo, sino miradero, desde el cual la vista se esparce sobre la villa y su ensenada, sobre el mar y la costa. Aquí vendremos pronto a esperar la vuelta de las solas pacíficas escuadras que arma la villa contra la plateada sardina y el voraz bonito.

A espaldas de la iglesia, por cima de las tapias del cementerio, asoma el obelisco de un monumento erigido a la memoria del ardiente publicista Luis Artiñano por sus amigos y compatriotas. Temprana fué su muerte, prematuro el término de su carrera, consagrada toda a estudios fecundos, a empresas generosas. No tuvo espacio para ver los frutos de su abnegación y su entusiasmo, y gozarse en ellos; pero ¡no ha vivido bastante el hombre que logra no ser olvidado al siguiente día de expirar, y deja entre sus semejantes quienes cuiden de su gloria futura y de su recuerdo! ¿Es otra cosa la gloria que ser nombrado por los vivos, cuando ya no existe quien nos llore muertos? Quien mereció sepulcro a su patria, ése ha conseguido el precio más alto que puede tener la vida.




ArribaAbajoV

La marea.- La hermandad de las villas


Poníase ya el sol, y las velas que parecían esparcidas por el horizonte, se acercaban unas a otras llegándose a la costa. Desde el peñón de Santa Ana se las veía desfilar, saltando sobre las olas, y arriando su aparejo viraban para penetrar en la angosta gola que entre sí dejan los muelles de la dársena. Y lentas y silenciosas, como animadas de oculto espíritu, acostumbrado a la obediencia y disciplina, arrimábanse las lanchas en ordenada hilera, la proa a tierra, descansando del trabajo de la mar, sobre las aguas serenadas y tranquilas del puerto.

Aprestábanse a desembarcar los marineros: unos aferraban las velas, cargaban otros con los remos, y otros se repartían las cestas de los aparejos, los tabardos embreados, en tanto que mozos, mujeres y chicos acudían a la descarga de la marea. Llaman marea los pescadores de Castro a la pesca de un día, al resultado de una jornada, a la riqueza que la escuadrilla del gremio mareante arranca a los senos del Océano, entre su partida y su arribada, desde el oriente al ocaso de cada sol.

Pronto cubrió la rampa, apilado en montones, tantos como lanchas, el copioso botín de los marineros. Había entre aquellos peces algunos tan corpulentos, que a duras penas los arrastraba un hombre membrudo. Traíanlos agarrados por el angosto engarce de la cola, barriendo las piedras con el agudo hocico, y pintando en ellas una estela roja.

Aparecían las hacinas de cadáveres erizadas de aletas curvas y afiladas como gumías árabes; en su base serpeaban hilos de agua y sangre que, siguiendo la inclinación del suelo, corrían hacia el mar o se perdían en las anchas juntas de los sillares; y los cuerpos, tendidos, despidiendo a la luz crepuscular acerados reflejos de su tersa piel, mostraban no sé qué apariencia de vida en el iris de topacio de sus ojos redondos y fijos, y en las abiertas agallas, prontas a recobrar el acompasado vaivén de su respiración.

Nos dijeron que era interesante asistir a la subasta y distribución de la marea, y tomamos camino para verlo.

Yo suponía que el cabildo había de tener asiento en una casa vieja, semejante a las que en otras partes he visto, de las cuales aún no ha muchos años Santander conservaba alguna, con puerta y ventanas ojivas, torres transformadas en viviendas a favor de un tejado sobre el almenaje, y una escalera exterior agarrada a la escabrosa mampostería, como tronco muerto de una yedra centenaria; mas cuando en la calle adonde nos habían encaminado preguntamos a las mujeres, nos indicaron un edificio de fachada reciente y buen aspecto, decorado con molduras de yeso.

En cambio, el aposento interior, cuando se hubieron reunido en él las gentes de la subasta y dado comienzo al acto, ofrecía un cuadro de Rembrandt. Sentáronse el alcalde y prohombres de la corporación delante de una mesa, en una especie de tribunal levantado sobre gradas al extremo de la sala; cerca de ellos se agruparon algunos señores y curiosos de los estacionales visitadores de la villa; a lo largo de las paredes ocuparon asientos numerados, parecidos a los de un coro de iglesia, cuantos pensaban participar de la contienda y hacer postura; y allá en el fondo, entre la puerta y una cancela que partía el sitio, con balaustres de madera, se encontraba el pueblo. Algunas bujías sobre la mesa del tribunal, o colgadas del techo, alumbraban la escena; una tinta gris, opaca, bañaba el recinto, resultado del macilento color del revoque, del natural de la madera desnuda y del humo ambiente de pipa y tabaco; más diáfana en las inmediaciones de la luz, más obscura en los extremos, donde brillaba a intervalos el ascua de un cigarro avivada por las labios que lo saboreaban.

Pocas palabras hablaron entre sí los que presidían el acto; el principal de ellos, el que se sentaba en medio, no pronunció una sola; era un hombre maduro, seco, de rostro curtido, apretada boca, nariz aguileña y ojos amparados de pobladas cejas; rapadas las barbas, conservaba los arranques de ellas entre ojo y oreja, suficientes para mostrar lo cerrado y negro del varonil adorno: busto de granito, semblante sereno, que si el fuego interno de las ideas anima y dilata pocas veces, tampoco palidece y se contrae al amago de riesgos exteriores. ¡Cuántos vendavales han azotado su piel curtida! ¡Cuántos rociones del mar ha secado el sol sobre ella!

Leyéronse en voz alta los nombres de los buques y de sus patrones, y la cifra de la carga de cada uno de ellos; levantóse a la izquierda del presidente otro marinero de parecido tipo, más desaliñado en traje y persona; asemejábanse en los sombreros echados atrás, como para dejar frescura a la frente y al pensamiento amplia libertad y desahogo, y en el rollo de tabaco, apurado casi, pero encendido todavía, que uno y otro revolvían entre dientes; se diferenciaban en las facciones acusadoras de mayor severidad y entereza en el alcalde; las de su subalterno, con una condición más blanda y flexible, anunciaban en la jerarquía moral una distancia entre ambos sujetos, equivalente a la que los distinguía en el orden social.

Delante de la mesa, en medio de la grada, se levantaba hasta la cinta de un hombre una urna prismática, cuya base superior parecía partida en divisiones convergentes, e inclinadas hacia su centro; el mecanismo de esta máquina extraña se reveló luego.

Cantó el alguacil con voz hueca y perezosa: «¡cuarenta!» y el ruido se apagó suavemente en un silencio general; gritó luego- «¡treinta y nueve!» y tuvo igual resultado; y así, sustrayendo unidades, corrió la numeración descendente hasta gritar: «¡treinta y seis!», a cuya voz respondió súbitamente un ruido extraño, y una bola blanca saltando sobre la base de la mesa rodó al centro.

Tomó la bola el centinela de la urna, y leyó un número impreso en ella; todos se volvieron hacia la silla señalada con el mismo número, y el que la ocupaba, cuyo nombre pronunciaron varias voces y él mismo, añadió: «¡veinticuatro!» Esta cifra indicaba los quintales de pescado que tomaba para sí el rematante, y la gritada por el alguacil el precio que a la marea ponía el tribunal. Cesó pronto el murmullo excitado por aquel primer lance, apuntáronse los números, y la subasta continuó por tan ordenada y sencilla manera, terminando en poco tiempo.

Sencilla es asimismo la explicación de la invisible máquina. Por bajo del entarimado que cubre el suelo, corren sistemas de palancas aislados, cada uno de los cuales remata por un extremo en una de las sillas arrimadas a la pared, por donde el que la ocupa dispone del movimiento del sistema; el otro extremo va a empujar dentro de la urna un tope vertical sobre que descansa la bola numerada.

Aquella Asamblea popular, ordenada y pacífica, aquel comicio donde con fecunda mesura se agitaban intereses del común e intereses de los particulares, sin torcidos propósitos ni recíprocos recelos, sin violencias de lenguaje, indicio de personal sentimiento, sin destemplanzas de voz, señal de interno desorden del espíritu, contagioso desorden las más veces, recordaban otros tiempos, otras costumbres, otras necesidades, a cuya previsión y remedio acudían nuestros costeños, cuando emancipados de sus reyes castellanos u olvidados por éstos, organizados en potencia marítima, pequeña pero animosa, proveían por si a la independencia de sus aguas, al libre rumbo de sus naves, al desahogo y extensión de su tráfico.

Era Castro-Urdiales centro de la confederación que abarcaba los puertos y villas desde Santander hasta Fuenterrabía; en ella entraban Laredo, Bermeo, Guetaria, San Sebastián con Vitoria, que aunque internada y no marinera se asociaba a los que podían franquearla fronteras menos cerradas que las que por todas partes la envolvían. En Castro se celebraban las juntas, se discutían los pactos, se custodiaba el archivo y se guardaba el sello de la hermandad12

, signo de su poder, sanción de sus acuerdos, fe que legitimaba sus providencias y las hacía aceptables, obligatorias y cumplideras para todo vecino de cada uno de los ocho concejos asociados. Este emblema de autoridad y soberanía tenía diputados para su conservación tres hombres buenos de la villa, que en 1236 eran los llamados don Pascual Ochanarren, don Bernalt, el joven (hidalgos), y Lope Pérez, el joven.

En el citado año, y a 4 de Mayo, se pactó la confederación y alianza de los dicho concejos, extendiéndose su carta de hermandad, que aún se conserva13

.

La férrea, disciplina que establecía, condenando a pena capital a contraventores y desobedientes, a cuantos validos de extraño fuero pretendieran alzarse contra lo prescrito en la carta común, a cuantos movidos de codicia personal no curasen de las limitaciones impuestas a la navegación y al comercio, en beneficio de todos, negándoles a éstos toda forma de proceso todo derecho de asilo, salvo el del aposento real14

, fué sin duda fundamento y principio de tan sólida constitución, que robustecida la hermandad y creciendo en bríos, llegó a hombrearse con los soberanos. Así en el año de gracia de 1351, envía a Londres sus mensajeros y procuradores Juan López de Salcedo, Diego Sánchez de Lupar y Martín Pérez de Golindan, los cuales derechamente y de poder a poder conciertan con el rey Eduardo III de Inglaterra un tratado de paz y comercio valedero para veinte años, y lo firman y sellan a 1º de Agosto monarca y diputados15.

Este es el acto culminante de soberanía ejercido por las gentes marítimas de Castilla y de Vizcaya. Antes y después, celebran convenios, pactan treguas con sus eternos enemigos y rivales los de la costa de Gascuña, territorio entonces de los ingleses: unas veces, como en 1306 y 1309, se ven en Westminster los diputados de la hermandad y los de Bayona, para entender en el recíproco desagravio y restitución de presas16; otras, en 135317, se juntan en Fuenterrabía y acuerdan gobernarse según el más humano derecho de gentes, poniendo término a la vida de invasiones piráticas y marítimos asaltos que unos y otros llevaban. Castellanos y gascones, cuantos por ambas partes negocian, tienen comisión y título de sus respectivos soberanos, y en su nombre y bajo su amparo discuten y resuelven; mas en el tratado de Londres, la hermandad aparece ejerciendo por sí propia uno de los atributos característicos, el más levantado acaso de la potestad suprema, el de pacificación y tregua, el de sobreponerse a las iras y venganzas que arman el brazo del pueblo, de súbditos y gobernados, porque la suma considerable de fuerza que la común acepción concede al poder y le reconoce, más es para regir y enfrenar pasiones de sangre que para excitarlas y moverlas.

Esta independencia y soltura de los pueblos marítimos se explayaba y vivía merced a lo apocada y floja que andaba la autoridad de los reyes castellanos. Se afirma y establece durante la minoridad de Fernando IV (1296), y toca su apogeo y vigor sumo (1351) al inaugurar su reinado el tan desventurado como cruel Don Pedro. Alfonso XI, que sucedió entre ambos, hijo de Fernando, padre del justiciero, necesitaba de todos sus vasallos, grandes y pequeños, especialmente de los que supiesen armar una flota, regir un barco y marinear, para que le fuesen de auxilio en sus repetidas y arriesgadas empresas navales sobre el Guadalquivir y la costa de Andalucía, y si hacia sentir su cetro a sus villas de la costa septentrional, era para ganar su adhesión con mercedes, franqueándoles la industria pescadora, o, lo que más agradecen los pueblos, acudiendo en buena hora al remedio de sus calamidades. Pruébanlo con otros documentos tres cartas reales concedidas a Laredo, una para poder pescar y salar en todos los puertos de la marina de Castilla18; otra para remediar la desgracia de un incendio acaecido en 1346, que destruyó la villa, eximiéndola de tributos, servicios pedidos é yantar19, y la tercera para librar a sus vecinos del diezmo del pescado que pescaran... nin de las ballenas que matasen20.

Curioso fuera saber la cifra de naves, marineros y soldados en que la hermandad apoyaba sus pretensiones y su arrogante derecho. Hacia aquellos tiempos, en los confines de los siglos XIII y XIV, cada una de las villas de la costa servían al rey en guerra con una galera armada de sesenta remos, guarnecida de sesenta combatientes, y bien abastecida con espadas, dardos, lanzas y ballestas, armas todas que con el casco del buque quedaban por el rey, terminado el servicio de los hombres, que duraba tres meses, al cabo de los cuales eran libres y quitas las villas que los alistaran21

. De esta noticia sacarán los versados en estadística la proporción de naos, galeas, ballineres y leños de vario tonelaje con que los marinos cántabros corrían las costas y mares del norte, desafiando temporales, riñendo sangrientas peleas con el inglés, su constante enemigo, acometiendo hazañas que ahogadas con sus perpetradores en los abismos misteriosos del Océano y de la noche, sólo fueron visibles para aquel a cuya mirada no hay sombra densa ni confín inaccesible, y que las escribió y conserva en el inescrutable libro de sus justicias; acaso en el capítulo de las recompensas, acaso en el capitulo de los castigos.