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ArribaAbajoDe Castro a Laredo


ArribaAbajo- I -

Un zagal.-Los Templarios.-Paisajes


Cruzando las huertas de Urdiales, pasando entre la mar y el monte de San Pelayo, que levanta sus labradas cimas y frondosas cañadas a la siniestra mano del viajero, sale de Castro, el camino a Santander, llano, suave, limpio de polvo, porque parece que el rocío de la mar lo mata, y empapa el aire y mantiene la tierra jugosa y fresca. Brioso el tiro y descansado arrastraba el coche con vigoroso empuje; animábale con la voz y la tralla el zagal, vestido de fiesta, y deseoso de llegar a la parada de Oriñón.

¿Qué le esperaba allí? casi era de sospechar, considerando lo cuidadoso de su atavío, su aplanchada camisa, abotonada con tarines isabelinos al cuello, el pañuelo nuevo de seda carmesí toledana, ajustado al cráneo como una venda simbólica, y sobre todo la alegría con que hacía la jornada. Seguían la carretera, en una y otra dirección, numerosos aldeanos y aldeanas; de ellas algunas con las trenzas sueltas sobre la espalda; de ellos muchos cubierta la cabeza de boina azul o roja, o el castor negro de alas blandas, traje de sus vecinos vascongados. Las mujeres se guardaban del sol con su chal plegado en cuadro, puesto sobre la cabeza, a manera del panno de las campesinas romanas; a otras sombreaba un ancho cesto cargado de fruta u hortaliza. El zagal requebraba a las que venían de frente, y restallaba la tralla a espaldas de las que seguían nuestro camino, haciéndolas vacilar bajo el peso de su carga.

Y al requiebro y al trallazo, requiebro también a su manera, contestaban las mozas con sonrisa, nunca con enojo, prueba de lo familiar que les era el diálogo.

Y tras dos juramentos y cuatro chasquidos del cáñamo y media docena de epítetos injuriosos a las bestias, se encaramaba a lo más alto del coche, y allí, serenado de su agitación se mondaba el pecho, y con más garganta que oído soltaba un cantar:


Viva el sol, viva la luna,
viva quien sabe querer,
viva quien pasa en el mundo
penas por una mujer22.

Muy lejos de allí, a deshora de cierta noche de invierno, hería mis ojos un mote grabado en la linterna de un coche: padecer para vivir23. Recordómelo la canción del zagal en que su autor, como todo héroe de pueblo primitivo, hacía pomposo aparato de sus méritos, aclamando como virtud lo que tal vez había sido necesidad o flaqueza; y era que la copla encerraba una idea generosa, celebraba martirios del corazón, y podía servir, bajo su forma desataviada y sencilla, de elocuente comento al conciso y profundo mote. ¡Oh!, sí; padecer es vivir, no vivió quien no ha padecido; padecer es sentir, y sentir es el uso más generoso y noble que se hace de la vida: padecimiento es la pasión temprana, mal pagada o desconocida; padecimiento la ambición madura, insaciable e inquieta; padecimiento es la vida toda del alma, la del alma justa perpetuamente descontenta de sí misma, desconfiada de su eterno paradero, la del alma réproba agitada constantemente, recelosa del bien que envidia y a la par desea y aborrece. ¡Qué cierto es que el sentimiento no reconoce jerarquías! a igual compás latían los corazones del caballero que orlaba con el sentido mote las fajas de su escudo, y del poeta obscuro, inerudito, que nos legó cifrada en cuatro versos la historia acaso de una vida entera, sin premio ni compensación. Cantar y divisa corren pareja suerte, nacieron de dolor, contentaron una aspiración del alma, pasan por labios indiferentes, y van a arrullar algún pensamiento solitario, tristemente recogido en lo más obscuro de la conciencia.

Tierra de caballería es esta que visitamos, tierra de blasón, donde todavía las armas esculpidas del solar dicen algo a los ojos del campesino, que torna del monte con la antigua partesana al hombro trocada en dalle segador.

Sobre un peñasco de la montaña se cubren de follaje los muros de una gallarda torre, por cuyas dislocadas piedras trepa la cabra golosa a morder los renuevos de la parietaria; cuéntanse en los contornos y en voz baja misterios de su cárcel subterránea, cerrada ya por los escombros de las bóvedas derrumbadas sobre su boca. ¡Qué de tesoros dice que encerraba! y los encierra todavía, porque si algún codicioso tentó la prueba de llegarse a ellos, tuvo lastimoso e inmediato castigo. No podía tocarlos mano de hombre, porque hablan sido precio de sangre como los treinta dineros de Judas; y vedándolos a la avaricia humana, el ciclo parecía ponerse de parte de los perseguidos contra sus perseguidores; no reconocía la razón del castigo, y lo que había sonado en la tierra como justicia, era a sus ojos, imposibles de ofuscar, odio y venganza. Pendón partido de blanco y negro, símbolo de paz al hermano, de muerte al infiel, ondeaba plantado en su almenaje; bandera del templario, del pobre conmilitón de Cristo, que salía a la batalla vestido de tosco hierro, «más cuidadoso», dice San Bernardo, «de poner miedo, que avaricia en el ánimo de su enemigo». La pelea con ellos era cruel y sangrienta, ensañado el sarraceno con no esperar botín de ricas armas y preseas.

Y, sin embargo, eran opulentos, opulentos hasta cegar de envidia a príncipes y reyes, que hicieron su despojo condición de la paz y vida de sus estados cristianos; y como el despojo no era fácil por fuerza, uniéronle mañosamente a una sentencia capital; así también se quitaban de delante los testigos y víctimas de su rapacidad y celos; así también se curaban del miedo de sus latentes iras y meditadas venganzas. Pero acaso en más de un paraje, como en Castro, las piedras se derribaron sobre el oro e hicieron estéril la matanza, ocultándoselo a los envidiosos y verdugos.

Ayudaron nuestros templarios gallardamente a la reconquista, y es gloria de su Orden en Castilla haber salido limpia de toda abominación del proceso que la condenó a exterminio en todos los reinos cristianos; si tenían pecados de orgullo y prepotencia que expiar, la expiación fué dura y completa. Su historiador español Garibay los pinta, y es tristísima pintura, arrojados de sus conventos y encomiendas, expuestos a la insolencia de pecheros y villanos, acosados por campos y aldeas, mendigando asilo, escondiendo sus gloriosas divisas, despedidos de la hueste, negado a su desesperación el campo de batalla y la gloriosa tumba del soldado muerto por armas, necesitados de solicitar amparo del rey Fernando IV, para salvar su inerme y desconsolada vida. Al morir obscurecidos, pobres y odiados, purificados por el martirio, podían ofrecerse a Dios, repitiendo la letra escrita en sus estandartes, letra de los humildes y resignados: Non nobis, domine, non nobis, sed nomini tuo da gloriam.

A una vuelta del camino desaparece la torre de los Templarios: álzanse a un lado las verdes lomas de la montaña, encima de las cuales asoma su calva mole Picocerredo, gigante de piedra que presenta al mar su flanco tajado, erguido, quebrantado y rudo, mientras desciende ondeando muellemente hacia las sierras interiores, cubriendo su áspera dureza con risueñas capas de céspedes floridos. Al otro tiende su llanura azul, su horizonte infinito el Océano. Manso y sereno parecía dormir, y el vago rumor de la vecina rompiente ahogado casi entre los murmullos de la tierra y de la vida, semejaba el lento resuello de su respiración tranquila. Las gaviotas silenciosas se cernían en el aire, moviendo a un lado y otro su cabeza inquieta, cuyos vivaces ojos negreaban sobre el blanco plumón.

Parte la carretera el pueblecito de Islares, deja a su derecha un verde islote, y torciendo rápidamente a la opuesta mano, penetra en la ría de Oriñón. La marejada escupe sobre el camino, el zagal moja en el agua la punta de su tralla, y cobra nuevo brio para castigar al ganado, nuevo aliento para correr y nueva voz para cantar; pero la canción de ahora suena, sin duda, al alcance de quien la inspira; acaso hay recelos de tibieza o temores de merecidos desdenes, acaso flota en el aire la nubecilla de alguna sospecha; para espantarla nada tan eficaz como querellarse de mala correspondencia, y la letra del cantar dice:


Debajo de un limón verde
donde nace el agua fría,
le di yo mi corazón ¡ay!
a quien no le merecía.

Oriñón es un grupo de árboles y casas a lengua del agua y a faldas de un cerro. Báñale el sol cuando se acerca al meridiano; mañana y tarde yace en fresca sombra, derramada por los montes que hacen cauce a la ría, delicioso asilo de poesía y descanso, semejante a tantos otros esparcidos por el suelo de Cantabria; porque allí donde la vida es más penosa, más duro el trabajo, allí con su ley constante de justicia ofrece la Providencia mayor halago a los ojos, paz al alma y diversión al espíritu. El mar sin límite, la peña desnuda, el árbol frondoso, la vena de agua que salta y fluye limpia y sonora por dondequiera, la sierra fragosa, el monte cano, la breña cerrada, la hoz angosta, el valle abierto, la mies y la playa, el bosque y la pradería, otros tantos accidentes, que aislados o juntos, imprimen a la montaña su fisonomía, y la hacen tan amada de sus hijos, tan dulce a su recuerdo, tan luminosa su imagen, norte de tantas aspiraciones, consuelo de esperanzas perdidas, última ilusión de ternura que persevera en el alma cansada y envejecida.

A pocos pasos de la casa de parada, cruza el camino el río de Agüera sobre un puente de madera, trepa en zig-zags por la montaña, salva una cumbre, y vuelve a encontrarse en horizonte abierto.




ArribaAbajo- II -

El valle de Liendo. -A las Indias


Faldeando la cuesta llega el viajero a dominar el valle de Liendo, separado del mar por el alto Candina. Liendo es un nido, nido de flores, abrigado y fresco, abierto al cielo como alma sencilla, sin doblez ni amaño. La torre de la iglesia en el centro, dos o tres grandes cipreses cerca de ella, algunas manchas de roble, algunos lugarcillos empenachados de humo, símbolo expresivo y perenne del hogar y de la familia, algunas casas blancas, solas, esparcidas entre prados y huertas, componen la fisonomía primera, en bosquejo, del valle.

Estas casas blancas traen siempre a boca del extraño la misma curiosa pregunta: «¿Quién es su dueño?-«Un indiano»- contesta invariablemente el indígena.

Si el indígena es un niño, o un adolescente, tenga por cierto el preguntador, en la mayor parte de los casos, que una de esas quintas enjalbegadas, ceñidas por verja de fierro, y jardín de dalias y hortensias, es la cifra de sus aspiraciones y deseos, se le aparece en sueños, le causa las indecibles melancolías de la aspiración vaga a lo remoto y difícil, le distrae del Catón y el Fleury si es apocado y tibio, o le empeña en su estudio si tiene ánimo y altos pensamientos; asoma en sus juegos infantiles, y le conforta al ser despertado por la lluvia que cae dentro de su casa a través de las rajas del techo; le hace morder con diente intrépido en la borona seca y fría, y no sentir en sus pies descalzos los guijarros de que está sembrado el camino de la escuela.

Un día su padre, noticioso por uno u otro medio, por confidencia o adivinación, del gusano que hurga la mente del muchacho, le propondrá que marche a Cuba, y esta indicación primera, tan somera y vaga, abrirá a la imaginación infantil de par en par las puertas por donde se aparecen ya definidas y posibles, tangibles y realizables las misteriosas y proféticas visiones de la fantasía. Porque en los vehementes anhelos del alma el primer paso que a su objeto nos encamina, por limitado e indeciso y de corto valer que sea, nos causa el gozo intenso de la realización completa; un gozo más puro y perfecto aún porque nos le brinda sin la triste compensación de las dudas, trabajos, desengaños y asperezas; sin las heridas, incurables acaso, que han de embarazarnos el camino largo o breve entre la posesión y la esperanza.

Ya el muchacho se mira hombre y transfigurado, dueño de su libertad, de su persona, de la casa que ahora visitan holgadamente sin licencia ni atajo, el sol y el agua, las gallinas que vuelan del cenagoso corral al desvencijado balcón, los puercos que se entran hozando del cubil a la cocina sin más ceremonia que dar una hocicada a la desquiciada puerta, casa que ve restaurada, engrandecida, puesta alegremente de blanco y verde, engalanada con pintado balconaje de hierro y bolas de

limpio cristal o luciente bronce, asomada por cima de flores y frutales a una cerca firme, y sobre firme ribeteada de verdes vidrios de botella para conjuro de malas tentaciones y escarmiento de merodeadores.

Y se ve a sí propio en los umbrales de ella y cómodamente vestido, recostado en uno de esos mecedores que inventó la molicie criolla y adoptaron los relajados usos europeos, haciendo humear un costoso tabaco, mirando relumbrar diamantes en sus dedos, oyendo sonar en su costado el recio balancín de un cronómetro inglés atado a larga y gruesa cadena que le cruza dobladas veces el pecho, siendo espectáculo, admiración y envidia de un grupo de rapazuelos que le miran asomados al pretil de la verja, tan pobres y sucios e ignorantes de toda holgura en vivir, de todo mimo de la suerte como él lo estuvo en iguales años, como lo está mientras le hacen olvidarse de ello sus fantasías.

El cura le visita, el alcalde le consulta, el pedáneo le halaga, la Guardia civil le saluda, el cartero le trae cada día un rimero de cartas y periódicos con sellos varios, sobres de mil colores y en lenguas diferentes. Se halla, finalmente, en situación de vivir a su antojo, de gastar sin medida, de «comer sin pedir ni esperarlo de mano ajena, que es pan de dolor, pan de sangre, aunque te lo dé tu padre», como desgarradamente dice Guzmán de Alfarache24.

No sospecha lo penoso y largo de la jornada desde el deseo al goce. No imagina lo que hay de tristeza, miseria y padecer, apostado aguardándole en aquella tierra que él juzga de bienaventuranza, y es, al decir de Cervantes, «engaño común de muchos y remedio particular de pocos». No hay quien murmure a su oído el melancólico vaticinio de Cacciaguida a Dante:


Tu proverai si come sá di sale
Lo pane altrui, e com'é duro calle
Lo scendere e l'salir per l'altrui scale,

y si lo hubiera, ¡qué pan puede parecer amargo, a quien ni amargo ni dulce lo tiene!

Y es voz común entre los versados en cosas de Indias que cuanto de más abajo trae sus principios, tanto mayor facilidad de medro encuentra el aventurero desembarcado en sus playas.

Hay sin duda que tomarse con la fortuna como con potro cerril y bravo, al cual se doma sin el regalo y ayuda de freno y estribo, de brida y espuela: en semejante escuela se crían los jinetes duros y desbravadores, no en la que halaga la humana flaqueza y cobardía con blanda silla y seguro rendaje. Sale de ésta el caballero gallardo, lucido a la vista, diestro en primores de paseo y aparato, pero no enseñado a sujetar y rendir la fiera desconocida que el azar le entrega, sin noticia de sus fuegos y su sangre, ni a vencer las duras e imprevistas ocasiones de la guerra y la cabalgada. Anda el uno expuesto a caídas y mortales lances, mientras el otro, superior al riesgo, lo desconoce o lo domina: en cambio trae a todos los usos y relaciones del vivir, no siempre con cristiana sazón y templanza, aquellas calidades ganadas en tal educación, y de las cuales no sabe despojarse ni puede embotarlas, vista serenada y fría, ánimo impasible, mano dura y sorda.

El ambiente moral de los pueblos se forma de efluvios exhalados por sus instituciones y costumbres, como la atmósfera física de elementos resultantes de la acción compleja e incesante de la naturaleza. La fuente que brota en la marina no tiene la frialdad y ligereza del manantial nacido en la montaña; el aire que en las vegas nutre la madera deleznable y blanca del chopo y del sauce, engendra en las alturas la incorruptible y roja del tejo y el alerce, y si no en la esencia varía en los accidentes el fruto de una misma planta cuando nació en parajes donde bastaron a su sed las lluvias del cielo, y cuando necesitó ser regada por mano del labrador. Vano es pedir al hombre nacido o criado en regiones pantanosas e insalubres sangre pura y pulmón robusto, y es error notorio exigir austeridades cenobíticas y socráticas rigideces, de espíritus formados entre el rudo batallar de sueltas pasiones y deslumbrados propósitos. La cultura europea, atraída por la prosperidad y la riqueza, y las vastas relaciones mercantiles, no bastan a litupiar el aire social de los nocivos fermentos que hacen germinar la esclavitud, la separación de razas, la consuetudinaria soberbia, el odio latente que una y otra causa engendran.

El cuchillo de la realidad inexorable hinca su punta en el pecho del pobre muchacho, y comienza a hacerse sentir cuando sobre el hervor gozoso que experimenta, cae y se lo apaga de pronto el llanto de su madre a la primera nueva de la resolución tomada; porque la pobre mujer recuerda por sus nombres y con personales pormenores a cada uno de tantos como partieron a embarcarse, y que de ellos sólo han vuelto a ver a aquel a quien su hijo mira como insuperable modelo de prosperidad y dicha; recuerda que, cuando volvió, no halló ya viva a su madre, y repara en que de las diarias visitas que hacen oscilar la campana colgada en el arco de la quinta, son las más numerosas las del médico; y si su hijo sólo ve al indiano el día templado y suave en que se solaza y esponja al aire libre, ella cuenta los infinitos en que no se abren las vidrieras, y en que los criados dicen que su señor yace en cama o porque llueve, o porque pica el sol, o porque la estación es cruda, o porque amaga cambio de tiempo.

Y el cuchillo va penetrando poco a poco hacia el corazón, cuando oye que se habla de vender la vaca, o de enajenar una prenda, la de más valor que haya en casa, o de tomar dinero sobre la tierra escasa de suyo, y ya esquilmada quizás por el usurero, para mercarle su arca, su equipo, de modo que no se presente de traza que parezca que va a pordiosear, y le quede algún peso para el bolsillo, peso que en ocasiones, conservado como recuerdo y talismán y principio del trabajo bendito por las lágrimas y privaciones de la familia, ha sido origen y núcleo de la fortuna lenta y laboriosamente acumulada.

Luego se hace un voto a Nuestra Señora de la Bien-Aparecida, y aquel día es todavía día de fiesta para el muchacho, que corre por las veredas con sus hermanos y camaradas, se revuelca en los prados y trepa a los robles de las cercanías del devoto santuario.

Luego viene el día de la marcha al puerto y las despedidas, que no hay para qué pintar, pues son harto sabidos sus detalles. Luego llega el de esperar el embarque en el muelle de Santander, al caer de una tarde de otoño, quizás lluviosa, de fijo triste, sentado sobre el arca roja y el colchón para a bordo que suman su fortuna y buena parte de la fortuna paterna, metidas las manos en los bolsillos, encorvado, silencioso, sintiendo más frío ahora que está calzado, y trae gorra, y vestido completo, y la estación es templada, que cuando con los pies y el cabello al aire, mal cubierto con una camisa haraposa y un calzón deforme, en lo rigoroso del invierno y en lo áspero del sel, silbaba a las cabras del pueblo y las reunía a pedradas y garrotazos para traerlas a recoger.

No se ha descuidado en preguntar a su padre hacia dónde cae el pueblo, y busca entre las cimas diversas más apartadas o más próximas, cuál por su forma y perfil le parece el monte, y desde la cumbre, donde tiene fijos los ojos, baja su pensamiento el monte abajo, y asiste a cuanto pasa a semejante hora en el lugar; ve rezar a su madre, salir de la escuela a sus amigos, retozar el rebaño en los argomales, y los ojos se le arrasan; oye llorar a sus hermanos pequeñuelos, ladrar al perro favorito, tocar la oración; mira pasearse por el camino real al cura y al indiano, y vuelve a sentir confianza y fortaleza, imaginando de nuevo que todo está hecho: pasadas las amarguras, vencidos los obstáculos, y que el indiano a quien el cura no tutea y el maestro acata, es él mismo, señor ya de casa y de caudal. Y torna a aparecérsele la visión tentadora e irresistible, colmada de atractivos, limpia de las tristes compensaciones que su madre veía, y de otras que a su madre se le ocultaban; no ve, imposible que lo viera, no ve que llegado a tan excelso apogeo de fortuna, ha de echar menos los pocos años, la robusta fibra y cálida y pura sangre de que ahora goza; no ve una sola de las inquietudes que a la fortuna acompañan, ni oye el triste e importuno son de los pedigüeños y quejosos que han de rodearle. Porque es de ley que el indiano, si sudó, si padeció solo y sin amparo de nadie para juntar su fortuna, ésta pertenece a su familia; y familia de indiano, y de indiano rico, crece y se dilata fuera de toda proporción; los vecinos resultan parientes, los afines consanguíneos, y no hay en el lugar voto, calamidad, vocación religiosa o precocidad notable, a cuyo gasto, remedio, dote y estudios no haya de contribuir forzosamente el indiano. Conviene en ello al principio, por ostentación y porque no le hace mal esto de parecer a guisa de señor antiguo, patriarca y sombra de la aldea; mas luego se cansa, y entonces oye zumbar en el aire, o se los traen lenguas oficiosas, los vengativos epítetos: «lacerioso, descastado, mala sangre, cicatero y sin entrañas».




ArribaAbajo- III -

Agua y sol.-La Leyenda.-Los Velascos


En tanto seguimos nuestra jornada, el coche pasa junto a una ermita de la Virgen, y desemboca en la cumbre de un cerro que domina la bahía de Santoña. ¡Espléndido panorama! ¡Qué contraste de luces y colores!

¡Qué riqueza de vida y de carácter imprimen al paisaje esas entradas que el mar hace en las tierras, rodeándose de sus verdores, dando limpio espejo a sus montes y a sus edificios, ensanchándose a tenderse en sus honduras y esteros, alargando un brazo a tomar el caudal que fluye de las montañas, y enviándoselo con el otro al ancho Océano, como ser pródigo que guardar no sabe, y para quien no fuera deleite recibir, si consigo no trajera el deleite mayor de dar!

El sol reverberaba sobre la inmensa sábana de agua, esmaltando su azul sombrío, hiriendo los ojos con el vivo centelleo de la marejada. Al NO. se alzaba el monte de Santoña, gigantesca ciudadela, cuyos verdes terraplenes y escarpes de roca viva erizan faros, garitas, reductos, almacenes y baterías: enfrente, y al pie de un cueto cónico coronado de ruinas, destacaba sus tostadas paredes el convento de San Sebastián de Anó, fundación de los Guevaras, sepultura de la madre de don Juan de Austria; mírase en las aguas, por cima de una valla de espinos y laureles, y detrás de sí tiene un vasto paisaje, manchado de colores, los pueblos derramados de Adal, Cicero, Bárcena. Marcando sus términos la curva ría de Marrón, ondea subiendo hacia Mediodía a regar las muertas cepas del viñedo en Colindres y Limpias. Los montes, soberana corona del paisaje, rodean la escena; los montes de cumbres sin número y sin nombre, inmobles, insensibles a los halagos de la noche que los acaricia con el beso y frescura de las nieblas, como a la gentileza del sol que los liberta de la molesta caricia.

Arrimados a los muelles de Santoña negreaban los cascos humildes de algunos caboteros, y alguna vela menuda, como pluma caída del pecho de una gaviota herida, corría la bahía empujada por el viento.

Huérfano parecía aquel mar sin escuadras, plaza de ciudad sin gente, monasterio sin monjes, taller sin obreros, colmena sin enjambres.

Mas si no a los ojos del rostro, ¿por qué no hacerlas desfilar a los de la imaginación? ¿Por qué no pedir a la leyenda lo que la realidad niega? La leyenda es de invención humana, creación de poesía con que la poesía sirve a intereses y pasiones; mas como participante de la poética esencia y sus virtudes, adóptanla los hombres, y por su poética hermosura la guardan, cuando ya la ocasión de su nacimiento es remota, y de ella ni vive raíz ni quedó recuerdo. La leyenda, como el agua, ha de tornarse cuanto más cercana al manantial, no cuando al cabo de largo y bullicioso curso han sido alteradas su limpieza y claridad prístinas.

Trabajada del mar y de los vientos entraba una flota en la bahía. Mas quebrantado por las olas el bajel que hacía cabeza, enarbolando el haron o fanal, gula de sus compañeros, íbase a pique, cuando venturosamente llegó a tocar las arenas de la playa: ¡salve!, exclamaron sus tripulantes en la lengua en que habían aprendido a orar y dirigirse al cielo25, y para encontrar luego el paraje de su salvamento les sirvió el grito de su ansia y de su alegría. Y Salve se llama al cabo de largas edades el arenal todavía.

En tanto en la opuesta orilla tomaban tierra marineros y soldados; fatigados de larga navegación, en cuyos azares habían temido perecer, perdida toda esperanza de éxito y de fortuna, sintiéronse movidos del religioso fervor que en todo corazón enciende un riesgo desvanecido, una esperanza nueva, y saludaron la costa hospitalaria con devota invocación a la Virgen, y a los bienaventurados cuya tutela reconocían, y a cuantas sagradas memorias ¡sancta omnia! eran base y alimento de su fe reciente, juvenil y robusta26.

Eran los navegantes de la gente goda establecida en las distintas costas de Escandinavia; venían en auxilio de su raza, cuya raíz a duras penas agarraba en el suelo español, sacudida por guerras y discordias, y remontando el río, mientras lo consentían la altura de las aguas, desembarcaron dispuestos a subir los valles de Ruesga, Mena y de Carranza, para llegar a Castilla. El alto de Seña, encima de Colindres, conserva memoria del primer campamento de la hueste, y sitio donde plantó su tienda y su bandera el caudillo que la guiaba, así como muy lejos ya, en los confines castellanos, el paso de Lanzas agudas recuerda la cercanía de países enemigos o sospechosos, y la necesaria cautela de prevenir armas y acicalar su filo mellado en los primeros combates.

En tanto, el jefe del bajel piloto, se detenía en la orilla izquierda del Ason, para fundar un solar, estirpe de linaje destinado a ser uno de los primeros y más ilustres de la monarquía castellana27. Cerca del pueblo de Carasa permanece aún la casa de Velasco, con el nombre del oficio que su fundador tenía a bordo de la flota goda (velasco, hombre del haron o faro); de aquel origen primero, trocado el nombre común en apellido, salieron vástagos distintos a poblar la aldea que se llamó Vijueces, de los famosos que rigieron a Burgos (Lain Calvo y Nuño Rasura), y las villas de Medina y de Briviesca, donde debía empezar su elevación, singularizándose más por artes políticas que militares, ciñéndose la corona condal de Haro, rival de regias diademas, esmaltada de feudos y señoríos, vinculando en sí la más alta dignidad palatina, la Condestablía de Castilla.

No degeneraba de tan soberbio espíritu la semilla que dejaron en la humilde orilla del río cántabro. Allí nació y dominaba aquella descendiente suya, Doña Velasquita, que rodeaba su escudo con franca y ostentosa divisa: Cuanto ves de río a río, todo es mío.

Así el misterio de los orígenes ha sido siempre incentivo y acicate, de la insaciable curiosidad del hombre. Hoy se emplea en investigar el suyo propio; hablarle de orígenes de apellidos, fabulosos o históricos, es suscitar su impaciencia, provocar su desdén, despertar su sarcasmo. ¿Quién sabe si años andando no aguarda la misma acogida de parte de los espíritus investigadores de entonces, a los sistemas e hipótesis en que apura su ingenio para explicar su progreso y aparición primera sobre el globo?




ArribaAbajo- IV -

Una entrada de enemigos


Lejana de sus épicos orígenes, quebrantada en su poder, y harto menguada en glorias y en fortuna, andaba la nación española, cuando con más certidumbre suena en su historia el nombre de la bahía de Santoña.

A su boca amanecía el día 13 de Agosto de 1639 una escuadra de setenta velas, en cuyos topes flameaba el pabellón blanco y las lises de oro de la Casa Real de Francia, trayendo por general al célebre arzobispo de Burdeos Henry d'Escoubleau de Sourdis28

. Venía esta fuerza contra dos galeones fondeados en la ría de Colindres, al amparo de algunos cañones asestados en tierra, y cuya presa no podía estorbar la plaza de Laredo, a pesar de sus baterías altas y bajas y su guarnición de 2.000 hombres.

Seis mil puso en tierra al siguiente día el francés, y los hizo marchar al asalto de la villa. La defensa fué floja; retiráronse los españoles a las alturas vecinas, más aterrados, sin duda, del aparato y fuerza del enemigo, que lastimados por sus armas. Don Juan Rejón de Silva que los gobernaba, se prometía al decir de los prisioneros, haber hecho más firme y honrada resistencia; prevenido a menos desigual batalla, o distante de temer tan grueso golpe de enemigos. Pero a bordo de las naves francesas navegaban ayudando al valor y al ansia de combate, órdenes precisas del omnipotente Richelieu, para intentar un golpe sobre la armada o las costas españolas; nadie de cuantos le servían acostumbraba soñar en torcer o resistir su voluntad, y el prelado encargado de ejecutarla tenía, además, para ser ciego y ejecutivo instrumento, el deseo de recobrar un favor que le desamparaba, restableciendo su nombre militar comprometido por esquiveces de la fortuna.

El año anterior habían salido con escasa gloria del asedio de Fuenterrabía, los franceses, obligados por un socorro de españoles a levantarle y descercar la plaza; mas durante aquella facción famosa, el arzobispo encargado del bloqueo marítimo de la embocadura del Bidasoa, había tenido ocasión de acorralar sobre la costa de Guetaria una división española, y abrasarla con brulotes sin recibir daño alguno.

En esta carnicería perecieron, según los partes del vencedor, tres mil soldados de los tercios viejos de Flandes, sin dejarle más trofeo que los tizones del incendio de sus buques apagándose en las olas, pues los más valerosos de aquella milicia sin par, «perecían», dice el padre Fournier, capellán de la armada y testigo de vista, «envolviéndose a guisa de mortaja en sus banderas». (A 22 de Agosto de 1638)29

.

Ni este triunfo ni el recuerdo de otros anteriores estorbaron que surgiesen causas de tibieza entre el cardenal y el arzobispo, quejoso aquél de la condición dificultosa de éste, y respondió a sus exigencias con instrucciones terminantes sobre su proceder ulterior.

Así puesta a punto la armada, corrió a retar los buques refugiados en la Coruña, que no salieron a la mar30

pasó frente a Santander, sin amagarla, temeroso de inútiles sacrificios o de un descalabro, y vino despechado a caer con todo el poder de sus navíos sobre Laredo.

Saqueada la villa, desmantelada su fortificación, y embarcada la artillería, organizó una división ligera de fragatas, brulotes y embarcaciones menores que, auxiliada de la marea, embistió a rendir los galeones; defendiéronse éstos, matando dos capitanes de brulotes enemigos, hiriendo de un mosquetazo en la mandíbula al valeroso Duquesne, mozo entonces, mas ya señalado y destinado a gloriosa nombradía; mas acosadas de cerca sus tripulaciones, los desampararon después de darles fuego: lograron los franceses apagarle en el más cercano; el otro fué consumido por las llamas.

En tanto la infantería desembarcada se hacía dueña de la península de Santoña, cuya población y fortaleza sufrían suerte igual que las de Laredo.

De pingüe califican autores franceses el botín ganado en aquella empresa. Su trofeo militar fueron la bandera del galeón preso y ciento cincuenta cañones de calibres diversos: haciendo alarde de humildad, el arzobispo pidió al rey uno de ellos, maltratado y roto, para emplearle en refundir y robustecer una de las campanas de su metropolitana, y tan exigua merced otorgada única y sin dilación, parece sangriento epigrama de las hazañas que premiaba31.

En poco estuvo que el prelado hallase en nuestras costas enemigo de su mismo estado y jerarquía. Algunos años antes habla gobernado en ellas las armas de Castilla, entendiendo en aprestos y otras funciones militares, el arzobispo de Burgos, don Fernando de Acevedo32

. Hay cartas del arzobispo español que atestiguan su celo en servicio del rey y de la patria; mas no consta que tomase parte en ocasiones de sangre, como lo hizo el impetuoso francés. Amansada la fiereza de los siglos medios, ya cada iglesia reclamaba y absorbía la presencia y cuidados de su pastor; usurpábaselos a menudo todavía la corte, mas no ya el campamento; y cuando el rey de Francia, Luis XIII, o más bien su poderoso e incontrastable ministro, solicitaban de Urbano VIII licencias para otra cosa en favor der general-arzobispo, concediósela el ilustrado y piadoso pontífice para ausentarse de su metrópoli; mas se excusaba de extender la dispensa á sævis, de que tan forzosamente había de necesitar en el ejercicio sangriento de su nueva profesión33.

Más adelante, la ciudad de Burdeos tuvo licencia de recibir con pompa y conducir a su catedral las banderas enemigas que le regalaba el arzobispo, quien vió consumarse su desgracia en julio de 1641, batido por los españoles delante de Tarragona, cuyo puerto bloqueaba; después de cuyo desastre, y a pesar de la muerte de Richelieu, ocurrida en 1642, ya no tuvo mando militar alguno. Vivió hasta 1645 este pertinaz lidiador, que había constantemente empleado su marcial vocación desde temprano en hacer daño a los españoles, como si previese que de los españoles habla de resultar la ruina de sus ambiciones belicosas.




ArribaAbajo- V -

El Chacolí.-La bien-aparecida.-Giles y negretes


Si ahora subiéramos río arriba, o por el río o por la carretera, desde el frente de este barrio de la Angustina, donde está el primer solar de los Velascos, llegaríamos a Limpias, famosa un tiempo por sus vinos, que, a semejanza de los de Sicilia y Chipre, nacen a inmediación del agua salada, pero que, faltos al germinar del ardoroso sol cipriota que dora y sazona la uva, del suelo volcánico de Trinacria, que inflama y purifica la savia vital de los sarmientos, no se parecen a los vinos meridionales, ni en calificado sabor, ni en áureo matiz, ni en balsámico aroma. Aún, sin embargo, contienen el germen jovial y bullicioso propio del fruto de la vid; aún sirven para ahuyentar cuidados y olvidar penas. No hace muchos años que en toda la comarca montañesa daban su nombre chacolí, no sólo a la tienda y lugar donde se vendía, sino a todo paraje de huelga, baile y bureo. Ir al chacolí valía tanto como ir de fiesta y banquete rústico, aunque el chacolí no existiera ni hiciese acto de presencia, destronado por licor menos castizo, pero más suculento. La peste yermó los viñedos de Limpias, y es fama que no se han recobrado de su ruina.

A la otra parte del río yergue su cumbre el monte Candiano, a sus pies Marrón sobre un recodo violento del cauce. Las anclas que Marrón fundía para los gloriosos y soberbios navíos de Trafalgar, se enmohecen hoy en el pasivo y obscuro empleo de bolisar la costa.

Luego se engarganta el paso, sobreviene la hoz y sus fraguras, entre las cuales tiene su santuario Nuestra Señora de la Bien-Aparecida.

Aquí reside la fe de toda Trasmiera y no poca parte de los territorios encartados: no con mayor devoción invocan a su Madre del Pilar los fuertes aragoneses, ni con más vivo afecto del ánimo la ofrecen culto y preces. Y cuando llega su fiesta en los hermosos días de Septiembre, los contornos se pueblan de peregrinos y romeros, que vienen a implorar favores o a agradecer los recibidos.

Una ermita de San Marcos existía en el mismo lugar cuando apareció la imagen de la Virgen que hoy se venera. En los primeros años del siglo XVII (1605), ocurrió el suceso: a fines del mismo un rayo desbarató el santuario erigido por la devoción; en la inmediata centuria se pusieron manos a su reedificación, completada en 1739. En los principios y fundamentos de ésta, como en los de toda fábrica piadosa, hace señalado papel un hombre de rara constancia y singular desprendimiento; un hombre que sufre pacientemente proceso y cárcel, porque sus bienes no alcanzaban a suplir la garantía de los caudales tomados en anticipo para la obra; que pasa una y otra vez la mar, y acepta en tierra de Indias el penoso oficio de mendigar, de estrellarse contra la común indiferencia, contra el desvío y la desconfianza; de sufrir probablemente escarnios y palabras duras, nunca escasas para quien se da a granjear dineros destinados a fábricas devotas34

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Más apartado y breñoso está el barrio de Bosquemado. En él o en sus cercanías hubo una fortaleza (San Mateo) donde, según la vieja crónica de su nombre, vino a criarse uno de los mayores héroes de Castilla, el valeroso conde Fernán González. Entregáronselo sus padres a don Martín González, caballero anciano, solariego probablemente de esta tierra, por más que la crónica le nombre únicamente con su patronímico y sin el apellido del solar. Cuidóle con celo y con fortuna, si a tan tempranos principios debió el fortísimo soldado algo de las virtudes que ennoblecieron su gloriosa vida; y ya criado, vinieron a Marrón los caballeros y ricos-hombres de Castilla a recogerlo y llevárselo a sus padres, que residían en Burgos.

«Ovieron su consejo -dice la crónica de Arlanza en el tercer capítulo de su libro tercero- los ricos hombres y cavalleros de castilla de alçar por conde y su señor a don fernan gonçalez | fijo tercero del muy Ilustre cavallero conde don gonçalo nuñes et de doña ximena fernandes munia donna fija de nuño fernandez | fijo del rey don hordoño el primero y hermano del rey don alfonso el magno et de don vermudo y de don fruela infantes. Despues de haber sido su padre don gonçalo nuñes e sus fijos y hermanos de este conde mayores fallescidos et con acuerdo de otro su hermano deste conde fernan gonçales llamado don g.º telis y su muger doña flamula et su fijo don ramiro fueron todos los condes y cavalleros de castilla por este conde fernan gonçales á la montaña | el qual asi por las grandes guerras y conquystas que los cristianos con los moros avian como porque la gente era muy esforçada y leal y de muy alta sangre | et comunmente dada mas a virtud y preciarse mas del vien que nynguna otra gente de españa | el «conde don gonçalo nuñes dioles y entergoles a este su fijo fernan gonçales para que le creasen y guardasen y serbiesen como a su persona mesma | Et los montañeses mucho mejor lo fasian cada día ca mucho les agradava el donayre y gesto y fermosura de este nyño ferran gonçales | et parescia en todo un espejo lleno de honestidad | E todos los cavalleros unanymes fueron cerca del lugar de s. mateo en la montaña a do fuera criado y dado a criar a un cavallero ya anciano bueno y de muy esclarecido linaje por nombre don martin gongales muy sesudo que ya por la gran antiguydad no podía usar de pleyto de armas | de cuyo linaje venieron unos que despues fueron nombrados los serranos | por ellos aver ganado un castillo muy fuerte halla cabo la tierra de viscaya puesto en una alta sierra | do fueron dichos serranos | y despues que mudado su nombre mudando ellos su avitacion desamparando el tal castillo que de los infieles avian ganado | y fueron renombrados los salasares que hoy en día son en españa | et como este martin gonçales era de muy buenas mañas ensenaba al conde todas las buenas costumbres | et aquello que le complia facer para tal hombre como el era y el estado en que avia de ser | et el nyño como venia de buena semyente hasia y alabança de Dios acrescentaba fruto ciento al doble | tanto que muchas veces desia aql. cavallero martin gonçales a los otros cavalleros y condes de castilla | que si aqueste nyño visquya | que avia de ser lus y espejo de españa | segun lo que avnque pequeño en él parescia | e venieron todos ally a marron35 y traxieronle a vurgos | y enviaron sus cartas a toda castilla | que asi condes como cavalleros y ricos hombres y los procuradores y retores de qualquier lugar viniesen todos a vurgos dentro de ocho días por prober en aquello que era de necesidad»36

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Por tardos y lentos que los ojos y el pensamiento sean, son harto más veloces que el más ligero pie. Mientras aquéllos cruzaban el río metiéndose por sierras y boscajes, éste, forzado a seguir la carretera, no pasó de Ampuero.

¡Qué de tiempo hace que yo pasé por Ampuero al caer de una tarde de verano! Me acuerdo del sosegado ambiente que se respiraba, de la luz mortecina del cielo, de los diáfanos vellones que se agarraban a los montes circunvecinos, de la fisonomía callada y pacífica del lugar, donde no sobresalía otro ruido desapacible y agrio, más que el repetido martillar de un mozo de herrador, que caballero en su banco enderezaba clavos encima de la bigornia. Los vecinos se agrupaban para la tertulia del anochecer, y las mozas salían a la fuente por el agua del chocolate algunas, por el agua de la cena las más.

Sin embargo, este lugar tranquilo, esta villa mansa y silenciosa, dió cuna y principio en tiempos desconocidos a los dos terribles batidos que por espacio de siglos ensangrentaron y mantuvieron dividida y en armas la tierra de Peñas-al-mar, entre el Pas y el Agüera. Origináronse de odios entre dos familias poderosas por el número y la energía de sus parientes, cuyos apellidos sirvieron para designarlos, llamándose Giles y Negretes. Cuando aparecen sus proezas en los anales escritos, ambos apellidos han desaparecido y no suenan entre los resueltos mantenedores y capitanes de los bandos, que se llaman entonces Agüeros y Alvarados; pero la bandería conserva su título, y lo conserva, como adelante veremos, hasta los tiempos de la dominación austríaca, hasta más de mediado el siglo XVI, época en que no consintiendo la mejor policía del Estado y el progreso de las costumbres campañas particulares a campo raso y por armas, continuaban su rivalidad ambas facciones, disputándose en las villas y lugares el prestigio de la autoridad moral y las varas del regimiento.

La dureza de alma de aquellas generaciones asombra. Convierte la historia de la comarca en una serie de violencias sin cuento, celadas, asaltos, desafíos y batallas campales en que lo más florido y brioso de su juventud perece. Los linajes se arman haciendo leva de vasallos, se arriman a un bando o se apartan de él a impulso de la ciega pasión de un momento; hoy acompañan a los Giles, mañana riñen contra ellos en la hueste de los Negretes; sin previa declaración de guerra se encuentran en un camino dos cabalgadas de bandera contraria, y traban batalla para satisfacción insana de su odio, por hambre de reñir, y riñen hasta retirarse cansados, «fartos de pelea», que dice Lope García, sin haber vencedores ni vencidos.

Y en está pavorosa guerra de vecino a vecino, despliegan asombrosas cualidades de astucia y de valor. El ofensor de un hidalgo no tiene en semejantes tiempos lugar seguro; la ira no se cansa de espiar, aguarda la ocasión, y usa de ella sin duelo y con presteza; el hogar es a veces campo de batalla, el tálamo patíbulo de afrentosas mutilaciones; el ofendido, acompañado o solo, según cuadra mejor a la seguridad de su venganza, acecha en todas partes, en el camino de una romería, en las puertas de un monasterio, al pasar del vado, en la espesura del monte, a sombra de una tapia, en las tinieblas, al medio día, al yantar, al dormir, al armarse, al cabalgar, al pararse arredrado por un rumor extraño, al arremeter para salvar la trocha o el desfiladero.

La tierra les ayuda: sombría, quebrada, rica en hoces y angosturas propicias a la emboscada, rica en saltos de agua cuyo estruendo ahoga y sume el grito de la víctima, en remansos profundos que guardan irrevocablemente su cadáver, en alturas donde apostar un centinela, en troncos donde poner una señal, en grutas donde esconder un aviso.

Y si antes de la ocasión, la suerte pone al alcance de su brazo un deudo, padre, hijo o hermano de su enemigo, no vacila en herir. Y según le cuadra mejor usa de sus armas, de la lanza con que pelea a caballo, de la espada que esgrime a pie, del puñal con que se autoriza en estrados y ceremonias, del cañivete con que desuella el gamo en el monte, y parte el pernil del jabalí sobre su mesa. De esta manera se perpetúa y eterniza la deuda de sangre entre las familias; el duelo constante entre razas que las cercena y extermina a veces; duelo no exento de cierta altiva generosidad, porque en él se disputa la vida, la vida sola, no los bienes, no el caudal, no la autoridad ni el puesto.

Mal sueño dormirían las damas montañesas; mal reposo tendrían cuando, ausente del solar su esposo o hijo, padre o hermano, no podían fiar la seguridad de su regreso ni en el valor personal, ni en la compañía armada, ni aun en la circunstancia rara de permanecer extraño a discordias y batidos; porque ¿quién estaba exento de asechanza y golpe, por pariente, o amigo, o allegado de cualquiera de los metidos en aquel permanente batallar?

El claro de luna que puestas en el alféizar de su ventana les sonreía, tal vez alumbraba el tiro certero de una ballesta asestada al pecho del caballero; el silencio aromoso de la noche tal vez ayudaba a seguirle los pasos hasta el paraje seguro y cómodo para el homicidio; el rumor que el viento levantaba en las hojas espesas de los castaños, tal vez encubría un grito lejano, que oído de la casa-fuerte le hubiera llevado oportuno y salvador auxilio.

Habríalas, sin duda, entre ellas de varonil corazón, templado al calor de los duros tiempos en que nacieron; pero en su mayor número vivían con la zozobra en el pecho, el llanto en los ojos y el nombre de Dios en los labios; de otra suerte hubiéranse desnaturalizado y no fuera humana descendencia la perpetuada por hembras a quienes el rigor y destemplanza de las costumbres hubiesen robado las augustas calidades de la maternidad humana, piedad, compasión y ternura.

Fué historiador de aquellos lamentables días y sucesos un personaje abonadísimo para pintarlos con fiel colorido. No era de la tierra, pero sí vecino, y en la suya y con los apellidos de Oñez y Gamboa, anda han los bandos no menos encarnizados y divididos. Diez y seis años tenía cuando ya entraba en campo con sus parientes a sostener un desafío enviado a su padre por los banderizos contrarios; luego peleaba contra infieles y en Castilla, en cuyas guerras vela perecer al segundogénito de sus varones; al mayor se lo mataban después en un encuentro de partidarios, y el tercero, descaminado por la codicia de suceder en el mayorazgo con perjuicio de los hijos de sus hermanos primogénitos, encerraba a su padre ya septuagenario en la torre del propio solar, y con tal violencia consumaba la usurpación37.

Había probado, pues, de cuantos rigores y pesares traía consigo el estado febril y desasosegado de los pueblos; puesto mano en los negocios comunes; visto de cerca los hombres y las cosas, y podía maduramente juzgar a sus contemporáneos, entrando en las causas recónditas de sus hechos.

Los ocios de la larga prisión que padecía «temeroso de mal vevedizo, e desafuciado de la esperanza de los que son cativos en tierra de moros, que esperan salir por redención de sus bienes o por limosnas de buenas gentes» -como él mismo dice-, aficiones añejas a leer y escribir de historia, que desde sus mocedades le acompañaron38, el caudal erudito que poseía, el interés de los sucesos en que fué actor o testigo, el amor al suelo, la ley al linaje, el espíritu de perpetuidad y conservación de todo lo ganado y poseído, que caracteriza las razas montañesas, moviéronle a componer una obra, extraño conjunto de verdad y fábula, y cuyo «nombre derecho», según sus propias palabras, debe ser: «Libro de las buenas andanças e fortunas, que fijo Lope García de Salazar, en XXV libros con sus capítulos é sus tablas en cada uno sobre si de letra colorada.»

Tal fué Lope García de Salazar, señor de las casas de Salazar, de San Martín de Somorrostro, Muñatones, Nograro, la Sierra y otras, merino mayor de Castro-Urdiales, que había nacido en 1399, en aquella torre de Somorrostro, donde padeció cárcel; en aquel lugar al cual tanto amaba que legó a su iglesia el libro curioso resumen de su vida, y que venía de varón en varón de aquel ilustre prestamero mayor de Vizcaya, Lope García de Salazar el viejo, invierto en la cerca de Algeciras (año de 1344) después de vivir más de cien años, dejando la prodigiosa descendencia de ciento veintitantos hijos legítimos o espúreos. Cierto que su rebiznieto contaba ochenta y cinco hijos y nietos de ambos sexos y de una y otra procedencia, y que con tan extraordinaria extensión de su ilustre apellido, había dado lugar a que lo usasen hijos de padres desconocidos, y a un malicioso dicho popular en Vizcaya: Quien nombre no tiene, el de Salazar se pone.

De sus veinticinco libros, los veinte primeros forman una crónica dispuesta a imitación de la general de España, ordenada por el rey sabio, y en ellos se comprende el Génesis, con los anales más o menos fabulosos de los pueblos antiguos de Oriente y Occidente, y la historia de los reinos castellanos hasta los días del autor. Ya en el vigésimo se limita a Vizcaya, su tierra nativa, y en los siguientes describe los títulos, linajes, entronques y descendencias de las familias hidalgas de Bayona a Bayona, y cuenta minuciosamente sus divisiones y discordias, sus batallas y atropellos. Esta es su parte más interesante, la que anda copiada en archivos y manos de particulares, porque el libro de Lope García, aunque sea mengua y descrédito de cuantos te deben obligaciones, aun no ha visto la luz de la prensa39

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Más ancho teatro, transcendencia mayor, otra raíz, otros elementos, más numerosas huestes, y más numerosos analistas por consecuencia, han tenido otras luchas internas, nefandas, entre hijos del mismo suelo, de la misma lengua, de la misma estirpe, que vinieron a reñir en estos parajes sus postreras lides.

Carretera adelante, río arriba, más allá de Gibaja, donde parte a la izquierda el camino a los baños de Molinar de Carranza, está Ramales.

Todos os acordáis de Ramales, ¿no es cierto? Digo todos los nacidos en la triste era de la civil discordia que dentro de esta provincia de Cantabria marcó en dos parajes diversos su siniestra aurora y su sangriento ocaso, en Vargas y en Ramales.

En 1839, en los primeros días de Mayo, días de ordinario claros, gracias a los aires que soplan de Oriente, las gentes subían a los altos de las cercanías de Santander a oir el cañón que tronaba en Ramales. A despecho de la distancia y a favor de la sonora concavidad de los montes, el ronco estampido llegaba, más claro o más débil, prolongado o seco, según la hora, el calibre de la pieza y el punto donde disparaba. En aquellas asperezas se daba una batalla de días, complicada y difícil, batalla y asedio a la vez; combates de artillería y combates de arma blanca; batalla reñida, reñidísima, como qué la sostenían por una y otra parte soldados curtidos y amaestrados en largas campañas sostenidas durante seis dolorosos años, al rigor de todas las penalidades del suelo, de todas las inclemencias del cielo; habíanse buscado y batido en todas las comarcas españolas, llanas y fragosas; las aguas del Arga y del Cinca, del Turia y del Duero habíanles refrescado las gargantas, secas con el polvo de las batallas; habían caminado, sufrido, acampado, vivido en hambre y en miseria, en desnudez y en peste, con la mano puesta siempre en la garganta del fusil y la vista en la posición enemiga; la victoria indecisa había vacilado entre ambas huestes; unos habían escrito en sus pechos y en sus banderas los nombres de Mendigorria, Gra, Chiva y Luchana, otros los de Alsasua, Oriamendi, Barbastro y Maella. Flor de valientes que sobrevive a las dilatadas contiendas, respetada por la muerte, superior a toda flaqueza, extraña a todo temor, cuyo ambiente propio parece el ambiente cálido de la pelea, y que es vanidad y legítimo orgullo de la nación que en sus armas fía y reposa.

¡Qué proporciones épicas toma la guerra en la mente del niño, en la mente del pueblo! ¡Cuán fácilmente nace en ella la leyenda y da forma sublime a las manifestaciones del esfuerzo, de la generosidad, de la virtud humana! Lo que oímos contar entonces no se nos ha olvidado; los nombres de los lugares, la peña del Moro, las sierras de Ubal; los episodios de la lucha, una cueva defendida por un cañón, a cuya boca van cayendo cuantos bravos se atreven a probar el paso; un coronel que toma de manos de un oficial muerto la bandera de su regimiento, que ha costado la vida a otros oficiales; los nombres de los cuerpos, la Guardia, Luchana, los Húsares, los Guías... y así en una mezcla confusa de paisaje, fuego, matanza, uniformes, hombres y caballos, se nos pintaba entonces la célebre jornada; así la veía yo años más tarde visitando su teatro.

Dos antiguas casas solariegas, la de los Alvarados y la de los Orenses, a uno y otro lado del camino, no paralelas, sino edificadas en ángulo recto, habían sido el centro de la fortaleza carlista. Y a pesar de los trece o catorce años transcurridos, diríase que sitiados y sitiadores acababan de ausentarse después de enterrar sus muertos y recoger sus heridos. El asperón de los muros ennegrecido y quebrantado, el recinto de ambos edificios a cielo abierto, colmado el suelo de escombros, un sillar movido de su asiento por el golpe diagonal de una bala, astillas y cascos, rastros de incendio y de matanza, y en el contorno marcada la huella del foso, la cresta de la empalizada que ensangrentó el asalto.

Al Nordeste y un poco apartado del camino, el cerro de Guardamino, la ciudadela de las posiciones, la última escena del combate, la capitulación y victoria definitiva; mas aquí las cañas hojosas y frescas del maíz, el heno crecido, setos vivos de zarzas y saúcos por donde trepaban lúpulos y yedras, habían disfrazado el suelo y hecho desaparecer toda señal, si alguna había, de las obras del zapador y del artillero. Y en las cercanías, ni un pastor, ni un aldeano que recordase la batalla y quisiera narrarla, ni un soldado viejo que hubiera asistido a ella. El hombre rudo, cuya vida corre en solitaria y constante presencia de la vasta naturaleza, en continuada porfía con ella, campesino o marinero, olvida fácilmente esas glorias, que son para el hombre culto, criado en holgada vida urbana, objeto preferente de estudio y perenne recuerdo.