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ArribaAbajo- III -

Solares. -Astillero de Guarnizo.-Maliaño.-Muriedas


Estamos en Solares; de aquí parte un camino que os lleva a salvar el agreste paso de las Alisas, de donde domináis la tierra hasta el mar, tal vez por encima de las nieblas que llenan la hondonada; y más allá al valle de Arredondo, de donde podréis ir a estudiar el Guadiana cántabro, el río de Matienzo, que se esconde y parece luego a la otra parte de la montaña, y la caída del Ason, que se despeña por un tajo vertical, de cuyo filo se desprende en grueso chorro para llegar en menuda niebla al fondo de un pedregal sembrado de gigantescas hayas.

Y en el camino encontraréis quien os muestre el antiguo real sitio de la Cabada, la que fué primera fábrica de fundición de artillería y municiones de hierro colado en España, fundada por flamencos en el siglo XVII, adquirida por el Estado en la inmediata centuria, y que después de haber abastecido naves y plazas, y acudido también a necesidades del arte y de la industria, fué abandonada por la varia fortuna de los tiempos, por mudanzas en sus condiciones de situación, por esas causas infinitas que traen la muerte a toda obra, a toda especulación humana, por grandes que hayan sido su prosperidad y utilidades.

Estamos en Solares, donde hallaremos afligidos de dolencias varias que vienen a buscar medicina en sus aguas temales. Y a fe que si hay males a cuya curación baste la suavidad del ambiente, la frondosidad del suelo, la amenidad y hermosura del paisaje, han de hallar aquí eficacísimo remedio.

Le da sombra de poniente, y manantial para sus fuentes, y árgoma para sus hornos el monte Cabarga, a cuya raíz pasa la carretera faldeando. El monte Cabarga, al cual aplicó el ilustre padre Flórez un pasaje de Plinio apoyando la sólida critica de su irrefutable libro «La Cantabria». Cantabrite maritimæ parte, quam oceanus alluit, mons prærupte altus, incredibile dictu, totus exæ materia est, dice el célebre naturalista Insubrio, pintando el suelo cántabro y su riqueza en vena de hierro: en la falda meridional del monte están patentes los socavones de la explotación antigua, el cárdeno color de la tierra movida denuncia la metálica esencia que encierran sus entrañas, y el nombre de un sitio, Veneras de Cabarceno, parece convidar a sondearle de nuevo55.

En su falda septentrional prevalece el viejo arbolado; a media altura, sobre un escampe, el santuario de Nuestra Señora de Socabarga, bajo la noble cima de Llen, donde se asoma la nieve a anunciar su próxima bajada a Santander y a la marina. Después la cresta del monte sigue ondulando hacia el SO., irguiéndose en un pico escueto, Castil-negro, y por última vez en otra cumbre, la Peñota, desde la cual se derriba a morir en el risueño valle de Villaescusa.

En tanto a nuestra derecha culebrea la ría de Tijero, mansa y silenciosa, escondiéndose entre junqueras, como sucede al mar cuando metido tierras adentro y lejano del lecho natural de su soberbia y su pujanza, hase domesticado y perdido sus fueros y su altanería. Pronto llegamos adonde estas aguas salen de la ría de Santander, que al pie del Cabarga y bajo el pueblo llamado San Salvador, parte las suyas y las sube hasta Tijero por la parte por donde venimos, hasta Solía y Movardo por la parte opuesta entrándose hacia el ocaso.

Y en el curvo vértice de ambas rías de Santander y de Solía, sale a encontrarnos el astillero de Guarnizo. Su suelo parece de propósito inclinado por la naturaleza para que las naves caigan blandamente desde la grada al mar; sus marismas ofrecen vasto espacio para parques de esas maderas singulares que el cieno marino preserva y cura; Cabarga le daba carbón y hierro, y para armamento de sus buques le fundía cañones la Cabada, y anclas Marrón.

No había de faltar quien utilizando tantas ventajas las completase estableciendo en las cercanías modo de hilar la jarcia, cortar la lona y coser las velas para que del astillero saliese el buque dispuesto a luchar con los hombres y con los elementos, a vivir sil vida de navegación y combates, a explorar costas, correr tiempos y dar y recibir andanadas y abordajes.

Don Juan de Isla, caballero trasmerano del solar de su apellido, lo realizó entrando con ánimo activo, recia voluntad y espíritu hábil en el renacimiento de la marina española, iniciado por Felipe V, continuado por sus sucesores Fernando VI y Carlos III. En la ciudad de Santander hallaremos los edificios que levantó, destinados a aquellas marítimas industrias.

En un tercio de siglo, en el espacio de treinta o cuarenta y cinco años que alcanzaron a los reinados de los tres monarcas, botó al agua el astillero de Guarnizo veintiséis navíos de línea, diez y seis fragatas y otros buques menores. De sus gradas salió el Real Felipe, de ciento cuarenta y cuatro cañones, para señalarse en el combate frente a Tolón contra ingleses, donde el año de 1744 ganó el almirante español Navarro el título de marqués de la Victoria; de ellos el San Juan Nepomuceno, cuya cubierta en 1805 y en el cabo de Trafalgar regó la sangre del heroico Churruca.

Ya sólo de tarde en tarde recuerda su antiguo destino, viendo poner la quilla de un buque mercante. Así se sorprende el forastero al entrar en su iglesia y verla pintada de banderas y trofeos militares. La vida del sitio es vida de ocioso, y ha trocado la viva agitación y el ronco ruido de la construcción naval por el silencio y el sosiego. Le van repoblando quintas y posesiones de recreo: cada una se distingue por una condición particular que la caracteriza y da fisonomía: ésta por su frondosa calle de plátanos, aquélla por su sombría alameda de pinos, otra por su esbelto bosquecillo de castaños a raíz del agua, y no falta cuál se haga notar por las piedras de su portada o la claraboya de un tejado.

Para recibir al último soberano de la dinastía que le había hecho vivir y florecer, engalanóse el astillero un día, y como hidalgo de casa venida a menos, a quien la pobreza alejó de alcázares y ejércitos, y vive de memorias y de referir la vida espléndida y fecunda de sus antepasados, y, recordando la magnificencia de su estirpe, quiere hacer sufrida y tolerada su actual pobreza entre los magníficos y pródigos de la hora presente, ya que no podía mostrarle quillas en grada, cascos en carena, la poderosa escuadra de los tiempos pasados acicalándose y vistiendo el arnés para salir a la mar y ondear altivo su pabellón, pintó en fingidos obeliscos los nombres de los barcos que allí tuvieron cuna. Y los ojos de Isabel II veían desfilar como las sombras de un ejército levantado de su campo de batalla, donde yacía muerto, los fantasmas de aquellas armadas, cuyo sepulcro fueron los anchos mares desde el seno balear al Océano Pacífico56. Fantasmas que cruzan, no entre la niebla luminosa de antiguas glorias, sino entre los siniestros celajes de la ingratitud y la venganza, izada al tope una insignia que no es la suya, parecerán hoy a su afanosa mirada otros buques a cuyo bordo oyó resonar tan ardientes aclamaciones y recibió tantos y tan rendidos homenajes.

Aquel día el astillero parecía resucitado en toda su actividad guerrera. Músicas militares, soldados, uniformes, galas de toda clase, afluencia de curiosos y tropel de embarcaciones en su ribera, y el cañón que con solemne voz retumbaba, aquella voz solemne que aun en regocijadas ocasiones conserva un eco de la muerte, que es su oficio anunciar y esparcir.

Ya vemos el término de nuestro rápido y lento caminar: rápido, cuando adelantándose al andar el pensamiento, salva leguas, sin contemplación a la física fatiga del cuerpo; lento, cuando pródigo de sus horas se detiene y detiene a quien le acompaña en sus digresiones y comentarios sin contemplación al cansancio moral del espíritu.

Ya en el fondo del paisaje se dibujan la ciudad y sus colinas, el puerto y su boca, las aguas y los árboles, las rocas y los faros, y apenas perceptibles los secos mástiles de los buques, inmóviles en su fondeadero, y movibles y vivos la vela y el penacho de humo de los que navegan. Ya se dibuja enfrente de nosotros la calva roca de Peña Castillo, tan semejante a la siniestra sierra Elvira, que allá en Granada parece como una blasfemia satánica entre las celestes bendiciones de su incomparable vega.

En Bóo cruzamos el ferrocarril, y apartándonos hacia la izquierda, dejamos a nuestra derecha la península de Maliaño y su iglesia de San Juan. Aquí quiso Juan de Herrera que descansara su cadáver; explícitamente lo dijo en su testamento57, porque de Maliaño traía su descendencia; allí poseían tierras sus padres, y a esta iglesia dejó parte de su caudal para ser invertido en obras pías.

Más adelante llegamos al pueblo de Muriedas. A su entrada, sobre la izquierda del camino, veis una casa de buena apariencia, pintada de pajizo color con sus puertas rojas. Aquí nació Velarde el 19 de Octubre de 1779, ese Velarde de quien no hay para qué decir el nombre, porque su apellido lo dice todo.

Aquel pino cuyo tronco se divide en dos para llevar mejor el peso del ancho quitasol de sus hojas, fué plantado por el joven cadete de artillería. De aquí salió, primogénito de una casa hidalga, para inmortalizar su casa y apellido en una epopeya de un momento, pero de un momento en cuya sublimidad se contienen las mayores grandezas del alma humana.

¡Quién sintió nunca la herida de la patria como aquel oficial, que siendo modelo de sumisión y disciplina, desobedece las órdenes de sus superiores y va resueltamente a empeñarse en el combate sin esperanza alguna!

Esos mueren por la patria, que no entran en pelea fiados en el dudoso trance de las batallas; los que van a morir, porque es necesario que la humillación de la madre no vaya adelante sin que el mundo vea que sus hijos la rechazan; los que quebrantan la ley sagrada del militar, porque están ciertos de redimirse con la muerte; los que aceptan el sacrificio absoluto, entero, irrevocable, sin más estímulo que el santo amor al suelo nativo, infinito, profundo, anterior a toda ley, a todo principio, a todo juramento.

Su breve vida es la vida de un soldado. Pelea haciendo arma de cuanto tiene a mano para suplir la ventaja del enemigo; hace metralla de las piedras de chispa, y cuando llega la hora de acudir a la espada, al arma suprema del valiente, una bala lo tiende muerto, y el lienzo de una tienda de campaña le sirve de mortaja.

Pero ¡qué muerte, aquella muerte de la cual resucita un pueblo, una nación regenerada en todas las virtudes de la constancia y del esfuerzo!

Al borde del agua, Estaños, nombre singular, si no viene del latino stagnum. Presas y balsas hay en él que todavía lo justifiquen. Aquí suponen las falsas crónicas el palacio y asiento58 del último señor de Cantabria. La existencia del palacio es falsa, pero la del señor es cierta y merece que contemos su historia.




ArribaAbajo- IV -

El último señor de Cantabria


En los primeros años del siglo XII gobernaba esta tierra un hombre cuyo valer atestiguan a la par historia y leyenda, letras doctas y poesía popular. Conde Rodrigo González de las Asturias llaman escrituras y crónicas coetáneas al prócer, tipo de la caballería de aquella edad ruda y turbulenta. Nacido de la estirpe clarísima de Lara, esposo de una infanta de Castilla, señor de vasallos y con soberano imperio en cuanto la costa cántabra abarca entre las bocas del Ason y Deva, desde la marina a las vertientes septentrionales de las sierras castellanas; más cierto de su poder, acaso más seguro de su dominio que el monarca mismo de León y Burgos, había de ser soberbio, independiente, mal avenido a tutelas o consejos, y pronto a reñir y resolver por armas todo litigio, toda diferencia.

Era el espíritu que animaba entonces a toda la nobleza española, heredada pingüemente en guerra de moros por esfuerzo propio o por merced de los reyes, necesitados de su ayuda en la fatigosa empresa de la reconquista.

Gonzalo Peláez, conde vecino de Rodrigo y señor de las Asturias de Oviedo, mantenía guerra con su rey por espacio de siete años, y vencido, preso y desterrado al reino de Portugal, que entonces nacía entre los brazos vigorosos de Alfonso Enríquez de Borgoña, meditaba nuevas empresas de armas y la restauración de sus estados, en cuyos aprestos le atajaba la muerte.

Porque la inquietud de los tiempos era grande. Doña Urraca, reina de Castilla y de León, y su segundo marido el aragonés y batallador Alonso, desavenidos y apartados, se disputaban el gobierno y posesión de aquellos estados; fué remedio de esta primera discordia el reconocimiento por rey del hijo de doña Urraca y su heredero, habido en primera unión con Raimundo de Borgoña; los nobles castellanos habían seguido el pendón de su soberana; pero surgiendo luego desavenencias entre madre e hijo, dividiéronse aquéllos, agrupándose unos alrededor del conde don Pedro González de Lara, privado de la reina y hermano de Rodrigo, y apoyando otros al arzobispo de Santiago, Diego Gelmírez, y al noble caballero Pedro de Trava, quienes, encargados de la tutela y cuidado del príncipe niño, era los más celosos favorecedores del rey mancebo.

Éste no tardó en mostrar prendas notables de carácter; castigó las mal reñidas inclinaciones de doña Urraca, manteniendo alejados de su favor y regias aulas al privado y sus parciales, cuyo orgullo herido no tardó en solicitar contra su señor natural la alianza y socorro del de Aragón, su antiguo enemigo; y Alfonso VII, resuelto a asentar sólidamente su autoridad y su trono, acudió a la necesidad imperiosa de sujetar los rebeldes.

Dudosos del éxito, se habían refugiado muchos de ellos en tierras del conde Rodrigo, desde cuyas asperezas tentaba su mañero hermano don Pedro medios de conciliación, si bien con tan mala fe, que en los breves intervalos que la sumisión duró, anduvo siempre receloso del rey, a distancia de su corte, y guareciéndose de muros, a falta de las inexpugnables montañas que había abandonado.

La guerra entre castellanos y aragoneses pasó en alternativas de encuentros y negociaciones; terminóse por mediación de prelados, y la alta razón del leonés, a quien se hacía patente que para sosegar su casa, érale necesario conservar y unir todas sus fuerzas, y no distraerías empleadas contra sus vecinos. Pocos años más tarde, en una postrera desavenencia, el conde don Pedro, sitiado en Bayona, terminaba su aventurera vida a impulsos de mortal golpe recibido en desafío. Hombre de suerte varia, como fundada en femenil flaqueza.

¿Qué era en tanto del señor de Cantabria? La crónica latina del emperador Alfonso59, escrita en sus días, por autor notoriamente favorable al monarca, y que calló su nombre, no es asaz explícita en las causas de la constante porfía entre magnate y soberano, ni explica satisfactoriamente la serie de reconciliaciones y desvíos que forma las relaciones de ambos.

Vino el rey -dice- en el año de 1131, a Castilla y a las Asturias de Santillana, contra el conde Rodrigo y demás rebeldes; rindió sus fortalezas, abrasó sus mieses, bosques y viñedos, acosándolos hasta las últimas asperezas de la tierra.

Próximo a ser vencido, no quiso el conde apurar la resistencia, y solicitó por embajadores una entrevista con el rey. Le fué otorgada, y conforme a las condiciones estipuladas, encontráronse ambos contrarios en la margen del río Pisuerga, cerca de Aguilar, acompañados cada cual de seis hombres de su bando.

Era Alfonso poco sufrido: cuidadoso del respeto debido a su jerarquía, y acaso, acaso, impaciente de asegurar en ventaja suya el desenlace, no quiso malograr la ocasión que le tentaba. La crónica dice que oyendo de boca del conde palabras que ofendían su decoro, le asió vigorosamente del cuello, y ambos cayeron del caballo al suelo. Espantados de tal violencia, huyeron los que acompañaban a don Rodrigo, el cual fué puesto y mantenido en prisiones, hasta que hubo restituido a la corona cuanto de ella poseía. Justicia expeditiva, poco ajustada a códigos, pero de uso común entre los que gobiernan a los pueblos, llámense legión o individuo, cuando impacientados por la resistencia hallan razón de ejercitarla.

Despojado de bienes y honores, hubo de resignarse y prestó homenaje al soberano, confesándose culpado, y éste, por bondad de alma, y sin duda por cálculo político, le dió la tenencia de Toledo con vastos territorios en Castilla y Extremadura.

Así arrancaba al conde de sus temidas breñas, excusándole nuevas veleidades de insurrección con apartarle de los lugares que obedecían a su voz; utilizaba en la frontera de los moros la experiencia militar de un caudillo valeroso, y guardaba para sí aquellas marinas con tanto empeño deseadas.

Este empeño era propio de su ánimo levantado, de su espíritu claro, de sus propósitos evidentes de continuar la obra de su abuelo el conquistador de Toledo, quien había sentado sólidamente la piedra angular de la restaurada monarquía, arrancándola a los cimientos del imperio mahometano, que vacilaba con su falta, y no había de poder restablecerla jamás.

En sus campañas continuadas el rey cristiano llegaba hasta Almería y las costas del reino granadino, donde sus propios ojos, si ya la razón antes no se lo dictaba, le persuadían de que el mar traía a sus tenaces enemigos nueva robustez y nueva vida, que hacía inútiles las heridas dadas por los castellanos. El auxilio reciente de los cruzados ingleses y normandos en la conquista de Lisboa al Alfonso portugués, probaba la eficacia de la organización y fuerza de las armadas, y que sin ellas no cabía esperar decisivas victorias.

La necesidad de poder marítimo para su reino hizo sin duda al emperador conservar en su mano activa y enérgica la montaña. Castilla necesitaba costas, ya las tenía. Alfonso VII tomaba las tierras, su nieto Alfonso VIII las poblaba, dos generaciones después el Rey Santo les pedía naves y marineros que apresuraban y acaso decidían la rendición de Sevilla, y, por último, un siglo más tarde el Rey justiciero sacaba de aquellos puertos y riberas una escuadra capaz de medirse ventajosamente con la más famosa de Aragón, cuyas quillas entorpecían añejas algas nacidas en las olas de Levante y de África.

Es notable que, aun después de recibido en gracia el antiguo rebelde, a quien se fiaban las plazas más importantes del reino y ejércitos para entrar en campaña, ni ahora, ni luego que climas lejanos y guerras habían quebrantado sus primeros bríos, se le consintiera recobrar la herencia de sus mayores.

Esta esperanza ilusoria le animaba acaso, cuando en su recia acometida a los moros andaluces, los vencía y desbarataba, llegaba a las puertas de Sevilla, y tornaba a su rey cargado de presa y de trofeos. Tampoco dice la crónica qué causa hubo para que después de tales pruebas de lealtad y valor continuase mostrando desapacible y ceñudo semblante al alcalde de Toledo; pero se comprende que viéndose éste tan mal pagado, hiciese entrega del mando que tenía, y besándole las manos, despedido de sus parientes y amigos, tornase la vía de Jerusalén.

Para el leal entonces el rey representaba la patria: habíale servido con lealtad y arrojo en sus guerras de Andalucía, de Rioja y de Navarra, y recogía en premio ingratitudes; a la melancolía del desengaño se juntaba en su ofendido pecho la tristeza del destierro. Vedábansele los montes que fueron su cuna, donde había vivido feliz, amado de sus vasallos, poderoso en medio de los hidalgos que le servían y acompañaban, siendo el nervio de su fuerza en la guerra, y para hacerle más oscuro el cielo de la patria, acaso una amargura suprema apretaba el corazón del desventurado.

El linaje de su primera esposa, la época en que el matrimonio fué contraído, hacen sospechar que en él tuviera la razón de estado, la codicia de grandezas más parte que el afecto; sus segundas bodas con doña Estefanía de Armengol, hija del conde de Urgel, celebradas por aquel tiempo (1135), parecen, por el contrario, haber sido premio de un afecto profundo y sincero, a juzgar por la extraña expresión de la carta de Arras, del don Rodrigo a su esposa, otorgada en 113560, y en términos no comunes en semejantes tiempos, poco dados a enamoradas ternezas.

La corta memoria que de doña Estefanía se halla en diplomas del tiempo, no pasa del año de sus esponsales, y acaso esta razón, insuficiente como prueba definitiva, es bastante a hacer sospechar que fué la vida de la joven condesa corta, y su muerte ocasión que esforzó en el ánimo de su esposo la voluntad de peregrinar a Palestina. En la tierra sagrada de Siria peleó como había peleado en España; ganó a los infieles una fortaleza cerca de Ascalón, que ensanchada y bien guarnecida de soldados, armas y vituallas, entregó a los caballeros del Temple, cuyas hazañas había tenido ocasión de admirar y quizás de compartir.

El amor de la patria, y una esperanza vaga acaso de volver a sus hogares montañeses, le hicieron atravesar de nuevo el Mediterráneo; quiso ver al rey y no le fué concedido: odio singular el de este príncipe, a quien sus contemporáneos llaman magnánimo, cuyas hazañas ilustran su reinado glorioso; odio tenaz, cuya persistencia no se alcanza, por más que su origen se explique.

Vagó desesperanzado algún tiempo el proscrito en las cercanías de Castilla, en Navarra y Cataluña, como si quisiera entretener sus dolores contemplando de lejos los horizontes en que había pasado su vida activa, inquieta y trabajosa; pero este lenitivo convenía mal a su carácter entero, el emperador exigía de sus feudatarios que no asilasen al que tenla por enemigo, quien hubo de refugiarse entre los que lo eran de su ley.

Acogióse a Valencia, donde vivió algún tiempo, hasta que dándole los árabes, por causa que se ignora, en bebida preparada el germen de una enfermedad incurable, se halló cubierto de lepra, miserable, abandonado de todos, y tornó a embarcarse para Palestina; no ya paladín aventurero, dispuesto a ahogar sus tristezas y sus pasiones en el furor desesperado de las batallas, sino peregrino humilde, arrimado a un bordón, tendida la mano a la compasión ajena, puesto el espíritu en Dios, mientras venía la muerte, que esperaba, y le tomó junto al sepulcro del Redentor Soberano.

La leyenda se apoderó de esta figura, cautivada por el relieve y color con que domina una época histórica. La Crónica general le supone uno de los jueces del campo en el célebre reto del Cid a sus yernos los condes de Carrión; el infante don Juan Manuel, en su célebre libro del conde Lucanor61, cuenta su peregrinación a Palestina, y el común rumor de que la lepra le había sido impuesta por el cielo en castigo de haber calumniado con el pensamiento a su esposa. Finalmente, Sota asegura que en su tiempo las gentes del campo cantaban en la montaña romances, cuyo argumento eran las aventuras del célebre caballero, uno de los cuales comenzaba:


Preso le llevan al conde,
preso y mal encadenado.

También en las frías asperezas de Liébana hallaréis su memoria, si venís a visitar el viejo templo de Piasca, que fué monasterio y fundación suya, donde quiso que sus trabajados huesos reposaran, y donde acaso reposan62.