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ArribaAbajoLaredo


ArribaAbajo- I -

Antaño.-Memorias imperiales.-La reina loca


«Aunque el mío es de los Cachopines de Laredo, no le osare yo poner con el del Toboso de la Mancha», dice Vivaldo a Don Quijote, encareciendo su propio linaje, y encareciendo más el de Dulcinea con no atreverse a establecer comparación entre ambos. Sin duda, Vivaldo, que era agudo, participaba de la doctrina del caballero sobre la odiosidad de toda comparación de linaje a linaje, o de ingenio a ingenio; pero sobre agudo era cortés, y se complacía en lisonjear la manía de su interlocutor, cuya dolencia de meollo había penetrado.

Fuera cierto el dicho, fuera supuesto con propósito de halagar a Don Quijote, prueba la opinión de que esta tierra gozaba en punto a cosas de alcuña y abolengo. Y no cabe pensar que el caminante hablase en son de burla, pues si lego en letras humanas el sencillo y valeroso hidalgo, podía tomar como lumbreras y pozos de sabiduría a doctores graduados por Osuna o por Sigüenza, no era fácil engañarle tratándose de genealogías y prosapias, en cuyo conocimiento era consumado y había gastado inocentemente su tiempo, su caudal y su razón.

Es que en los días en que Don Quijote extendía el glorioso ruido de sus aventuras por los cuatro rumbos del horizonte español, Laredo era cabeza de este territorio de la montaña, como lo fué hasta siglos después mientras se llamó el territorio Bastón de Laredo, porque en la villa residía la autoridad superior que lo gobernaba, como lo ha sido parcialmente hasta nuestros días, dando su nombre al regimiento de milicias con que la provincia servía al rey.

Además, en el siglo XVI, era Laredo, como lo había sido en el siglo anterior, puerto militar de Castilla y puerto de embarque de sus reyes y príncipes, y eran familiares a la corte y a los cortesanos, a jefes y oficiales de los ejércitos de mar y tierra, tanto como la situación y medios de la villa, el genio y condición social de sus moradores.

Caída está Laredo desde los días en que los españoles insignes de nuestra grande Era, probaban embarcándose en sus aguas si su robusta cabeza resistía los vaivenes y tumbos de la mar, como había resistido los embates de la vida, la política y la guerra, capitanes de la vega de Granada, legisladores de Toro y de Segovia, primero, y más adelante soldados de Italia y Flandes, procuradores y magistrados de Valladolid y Burgos, prelados de Toledo y Sevilla, doctores de Alcalá y Salamanca, la gloria y el saber, el esfuerzo y la inteligencia, la gala y cortejo de sus monarcas poderosos.

Calda está Laredo, porque su antiguo auxiliar y amigo, el que la traía naves y viajeros, mercancías y caudales, el mar, la desdeña y la abandona y se convierte en su enemigo; porque no solamente no quiere ya arrimar a sus desmoronados muelles flotas de Indias o de Levante, sino que amaga estrellar contra sus escombros la pobre y atrevida lancha con que Laredo persigue al mar y le arranca precaria fortuna en vez de la fortuna desahogada que él pudiera traerle.

Desde la cumbre donde llegábamos, y desde la cual ha corrido la imaginación aventurera hasta los frescos valles de Soba y Ruesga, se domina la villa. Sus hondas calles, que trepan el cerro del Rastrillar arriba, parecen surcos abiertos en un pedregal por yunta torpemente guiada; otras, a manera de cauces agotados, bajan retorciéndose hacia la marina.

Como reliquias de buque derrotado y náufrago, yacen mal sepultados en las arenas, los muelles hollados por el gran Carlos V, y el sol enjuga y deja en playaz o los fondos en que aterró sus áncoras la animosa escuadra de las Cuatro Villas40.

En dos zig-zags se descuelga el camino desde la altura y penetra en la villa. Detiénese el coche no lejos de la casa comunal, maciza fábrica levantada sobre toscos pilares; y mientras al otro lado de una empañada vidriera, dentro de un aposento ahumado y bajo, sus compañeros se sientan a una mesa fementida y mal compuesta y peor condimentada, tiene lugar el curioso para visitar y correr la población y el puerto.

La iglesia de Santa María de la Asunción, donde subió a orar el emperador, desembarcado de su navegación postrera, guarece su ingreso lateral bajo un pórtico del renacimiento, levantado en aquellos mismos días como palio de piedra desplegado al umbral del templo, sobre la áurea diadema, tan grave en peso, tan subida en ley, tan briosamente llevada y tan noblemente depuesta.

Fué la primera iglesia española que pisaba después de apercibido su ánimo al sacrificio de las grandezas humanas; afinojado bajo aquellas anchas ojivas del siglo XIII, meditaba en el acto de desprendimiento, no imitado todavía por alguno de los dominadores de la tierra, y que le sublimaba sobre cuantos le antecedieron en el gobierno de pueblos; «pues quien llegó al superior grado entre los hombres», dice Saavedra Faxardo, «solamente humillándose puede crecer».

Limpias y aseadas las usadas losas del piso, bruñida del roce y del tiempo la madera de sus bancos, y abiertas de par en par las anchas hojas de su puerta, parecían aguardar el cortejo de alguna solemnidad piadosa o regia entrada; mas nadie penetró en el recinto; el sol únicamente entraba a pintar sobre el pavimento sus círculos luminosos, que ganaban lentamente altura y se colgaban del paño de los altares o subían por las labores del retablo.

Los templos henchidos de gente inspiran tierna devoción acaso, sacan las lágrimas a los ojos; en el templo desierto, es la devoción más austera, más honda; y si la ola del llanto se agita dentro de sus manantiales, no es para desbordar y salir fuera, mas para caer sobre el corazón.

El Dios misericordioso que venís a buscar está allí, sobre el ara, pero teméis despertar y traer con el ruido de vuestros pasos al Dios justiciero, de quien os receláis; lo mismo sentís fijos en vuestras entrañas los ojos de los bienaventurados, que pueblan nichos y altares, y os sondean el alma, que los de la yerta estatua sepulcral, a la cual la muerte ha dado algo de la adivinación suprema, y de la cual, como semejante vuestro, no esperáis compasión ni indulgencia. ¿Quién puede con ánimo sereno, y sin que su rostro palidezca o se ruborice, franquear a humanos ojos todos, sin excepción, los íntimos rincones de su cráneo y su pecho? La grave y temerosa impresión de la soledad en el templo, prevalece sobre la intensa y limpia luz meridiana, y la luz inundaba los ámbitos de Santa María de Laredo...

Cuentan que el emperador le dió los facistoles en que se cantan el Evangelio y la Epístola de la misa mayor. ¡Quién sabe si más de un joven levita ve surgir la augusta figura del donador entre las cláusulas del santo libro!

No la hay más completa acaso en la vasta galería de la historia entre los dominadores y caudillos de pueblos, y para los españoles supone una época de grandeza tal, que su contemplación abisma y su estudio dilata el corazón y lo conmueve con la agitación de las causas presentes y vivas.

Ya le encontraremos más adelante cuando pise tierra de España, con todas las esperanzas nacientes de los pocos años; ahora fuera ocasión de tristeza recordar la juventud pasada, los bríos perdidos, la vida que huyó; porque el emperador viene quebrantado, viejo, presa de la gota la mano de la lanza, presos de la gota los duros jarretes con que se agarraba a los lomos del más vicioso bruto y le rendía, marchito y seco el noble rostro, turbia la mirada, doblado el enhiesto cuello, enferma y empobrecida la naturaleza; pero entera y cabal el alma, abrigando todavía dentro de ella el mundo que ha regido, no extraño a ninguno de los grandes cuidados, de los altos pensamientos del imperio, y conservando harto calor en la sangre para no negarse absolutamente, llegada una ocasión de guerra, y tratado de reunir un ejército en el Pirineo de Navarra, a volver a saludar de nuevo, a inflamar con su presencia a sus veteranos del Elba y del Danubio.

La nave que le traía, Espíritu Santo41, mandada por Antonio de Bertendona, apellido de marineros, notorio y repetido en nuestras crónicas navales, fondeó en Laredo el 28 de Septiembre: en una nave flamenca, Faucon, venían sus hermanas doña Leonor, reina de Francia, y doña María, reina de Hungría, las cuales no desembarcaron hasta el siguiente día.

Salíanle al encuentro memorias de su desventurada madre embarcada en Laredo para ser esposa del borgoñón Felipe. Hasta la lengua del agua vino la gloriosa Reina católica42

y despidió a su hija, a quien no había de tornar a ver sino llagada el alma, oscurecida la razón, inhábil ya para estimar y convertir en consuelo propio la antigua ternura de familia, y aquellos halagos dulcísimos a cuyo calor se había formado su condición amorosa y leal, causa de su desventura. Criada doña Juana en la corte de sus padres, crisol de virtudes domésticas, escuela de honestidad y de hidalga cortesía, sentía florecer dentro de su pecho risueñas y puras ilusiones, destinadas a morir marchitas por la experiencia inexorable de la vida. Creía en la constancia y duración del afecto, en su perfecto desinterés, acostumbrada a ver cómo los caballeros castellanos, entre las belicosas fatigas de la campaña y los rendidos obsequios de palacio, practicaban el culto de las damas, poética tradición de los días de Juan II, purificada y ennoblecida por la autoridad y alto espíritu de su generosa soberana.

Para su imaginación apasionada y viva, la razón de estado no excluía del techo conyugal la paz, la armonía y la ventura originadas de recíproco y sincero cariño, ni era el sacramento obstáculo a la vehemencia entrañable de un sentimiento arraigado y absoluto.

El príncipe, su dueño, traía harto diversa educación y principios; la casa de Borgoña, que ofrecía notables testimonios de valor, de ambición y de cultura, no se realzaba por su devoción ni por su austeridad de costumbres; dentro del mismo siglo (año de 1430) su jefe, Felipe el Bueno, erigía y perpetuaba, en símbolo de honor y de gloria43, el recuerdo de uno de sus carnales extravíos, caballería singular cuya insignia apetecen y buscan altezas y majestades, y que puesta en ciertos hombros acaso no se aparta de la dorada vergüenza de su origen.

El marido de la princesa española, mancebo sensual y veleidoso, estimaba y tenía por su mejor blasón una extremada belleza corporal, que particularizando su nombre en la jerarquía monárquica, había de ser fácil alimento del vicio, y presa temprana de la muerte.

Mientras vivió pudo doña Juana sentir, como intervalos de su fiebre abrasadora, cierta esperanza de alivio a su pena, alguna vaga vislumbre de mejores horas traídas por el remordimiento o el desengaño; mas ya extinguida la luz en las pupilas, cuya mirada sola pudiera hacerla olvidar su anterior desvío, apagada la voz en la garganta de donde debieran brotar las amantes frases tan largo tiempo soñadas, y nunca antes oídas, todo albor desapareció de aquella alma entenebrecida, cerrándose a toda claridad su mente. Los ayes secos, lúgubres de la insensata, penetraron las reglas paredes, y salieron a la calle donde fueron oídos por el pueblo; la realidad lamentable subió por encima de las cautelas cortesanas, y desvanecidas dudas y respetos pudieron aragoneses y castellanos con justicia apellidar a su reina «la Loca».

Triste destino, que recordado a vista del suntuoso mausoleo de Granada, hace pensar que en ninguna parte tendría expresiva significación como sobre el cuerpo de la heredera de los reyes católicos la sencilla fórmula sepulcral de los primeros cristianos: IN PACE.

Desde 1496 y su mes de Agosto, a 22, en que dió la vela de esta bahía para Flandes, infanta, doncella, fiada en el porvenir y anhelosa de domésticas venturas, hasta la primavera de 1504, en que de la misma playa partió de nuevo ya madre, sin que las maternas alegrías endulzasen su amargura, apellidada princesa heredera sin que el brillo cercano de la primera corona del orbe distrajera su doliente y constante pensamiento, habían corrido los años más bellos, los únicos felices, harto breves ¡ay! de su edad.




ArribaAbajo- II -

Un amigo.-El luto de las armas.-El puerto de refugio.-Santoña


Sobre la melancolía causada por padecimientos y memorias, pesaba en el ánimo imperial la melancolía del cielo opaco y lluvioso, pues al siguiente día de la llegada, cambió el tiempo y alborotóse la mar, tanto, que de las setenta velas que, según Sandoval, componían la escuadra, no pocas hubieron de refugiarse al puerto de Santander, imposibilitadas de tomar el de Laredo44.

Pero sabido es que el cielo aprieta y no ahoga, y luego trajo remedio a la pesadumbre que el emperador sentía, a la inquietud que le apuraba por no haber hallado, al saltar en tierra, prontas a recibirle, las gentes que debieran estar oportunamente prevenidas.

Luis Quixada vino a encontrar a su amo y señor a Laredo; Luis Quixada, el amigo del alma, ese amigo único que tienen todos los buenos y nadie más que los buenos; el amigo de todos los momentos, de todas las ocasiones, de ánimo igual, de serena conciencia, de corazón ancho, capaz de toda indulgencia como de todo sacrificio; el amigo que compadece y no lisonjea, que censura y no lastima, que oye sin impaciencia, ruega sin halagos, aconseja sin hiel y sirve sin altanería. Pocas veces los poderosos logran esa merced insigne, esa lealtad ciega de un pecho noble, esa adhesión invariable de un carácter entero, dueño de su albedrío, dotado de luz e independencia suficientes para ver y juzgar; porque el ejercicio del poder, ¡miseria grande de la humanidad! o bien enflaquece y mata en el corazón humano la sinceridad y la confianza, o bien hace nacer en él la suspicacia y el desvío. Carlos V merecía favor de tanto precio, puesto que la Providencia se lo había concedido.

Quixada era ese amigo suyo, lengua franca, pensamientos honrados, mano leal, reserva impenetrable. En él había depositado el mayor secreto, el único de su vida, el nacimiento de Don Juan de Austria; en él habla fiado la educación del glorioso bastardo, cuyo origen había de bendecir y legitimar el cielo haciendo un día del príncipe el campeón victorioso de la religión y de la patria45.

Así le vió llegar con alegría, así hubieron ambos larga y sazonada plática, que despejó el semblante cesáreo y ahuyentó sus nubes, y ya el emperador no se quejó de las molestias del mal y del camino. Quixada estaba cerca, oía las quejas y las consolaba, o ya ofreciendo y procurando el remedio, o ya encareciéndolas, que es uno de los medios humanos de aliviar el padecer donde no alcanza otro.

Martes 6 de Octubre, después de comer, que esto no lo descuidaba el augusto monarca, con frecuente dolor de su fiel amigo, a quien no se ocultaba que el buen apetito del emperador favorecía su dolencia, pusiéronse en camino para Castilla, siguiendo el valle del Ason, subiendo los puertos por Agüera y dirigiéndose desde Medina de Pomar a Burgos.

Otra princesa española, hija también de los Reyes Católicos, y no menos desgraciada que su hermana y madre de Carlos V, hablase hallado en Laredo por el mes de Septiembre de 1501: la infanta Catalina, llamada Catalina de Aragón por los ingleses, de cuyo célebre rey Enrique VIII fué esposa.

Hablase embarcado en la Coruña, en estación tan poco sospechosa como el mes de Agosto para rendir su viaje; y el mar, como un lebrel fiel e inteligente que adivinando instintivamente la cercanía de un riesgo, sale al encuentro de su dueño, y con halagos primero y con violencias después, le defiende el paso, el mar, hinchando sus olas y llamando de sus abismos boreales a los contrarios vientos, atajó el rumbo de la escuadra. Anclaron en Laredo, de donde hicieron rumbo de nuevo a 27 de Septiembre46.

Nadie evita su destino, y era el de la infortunada princesa partir el lecho de aquel redomado hereje e insaciable sátiro, sufrir la afrenta del repudio, verse sucedida por una de sus damas, la no menos infortunada Ana de Boleyn o Ana Bolena, que dicen nuestros historiadores, y dar asunto a que el gran Shakespeare pusiera con justicia en sus labios estas palabras: Thinking that we are a queen (or long have dreamed so), «pensaba ser reina, al menos largo tiempo lo he soñado.»

Y el alío de 1559, y en el mismo mes de Septiembre, que parece el señalado para las regias navegaciones, estaba en Laredo Felipe II, y desde allí escribía al cardenal Mendoza, obispo de Burgos, agradeciéndole su voluntad en ir a esperar a la raya de Francia para acompañar en su viaje a doña Isabel de Valois, destinada a esposa del monarca47. Y también hubo tormenta y perecieron gentes y naves y objetos preciosos de arte que la escuadra traía.

Tan desiertas como debieron quedar a la salida del imperial cortejo, encontraba yo tres siglos después las calles de Laredo. En una de ellas, de San Martín creo que se llama, hay un palacio de parda sillería, ancho alero y esculpidos canecillos: el escudo puesto entre sus dos balcones estaba cubierto de estameña negra -y como nadie pasaba tuve espacio largo de meditar sobre lo que la estameña significaba-, e imaginé toda especie de historias antes de dar con la verdadera; porque a pesar de haber oído una y otra vez que las armas vestían luto, como lo viste la bandera, este uso antiguo, esta reliquia de remoto simbolismo y fe remota, juraba tan de recio con las costumbres presentes, parecíame tan ocasionada al olvido de nuestra edad tibia, al sarcasmo de nuestro siglo iconoclasta, que dudaba de su subsistencia como no fuera allá lejos de poblado, al amparo de la soledad, y del desierto, donde se acoge toda religión y todo culto, cuando nace y no tiene todavía fuerza bastante para resistir el ambiente duro de la vida común, y cuando va a morir y le faltan ya las fuerzas para soportar la energía de ese mismo ambiente.

Pero el luto, puesto en armas o en personas, en criatura viva o en piedra yerta, es aviso de la muerte, es testimonio de padecimiento y llanto, de vacío en el alma, de ruina y dispersión, de cuantas aflicciones pueden invadir el mísero ser humano y someterle al martirio del dolor inconsolable; por eso humaniza todo cuanto viste, y al humanizarlo lo hace objeto de interés antes no sospechado. Si antes esas piedras esculpidas inspiraban desdén, al hallarlas en lo sucesivo ese desdén será templado por la idea de que alguna vez pueden encontrarse esas alegorías mudas, obscuras e indescifrables, cubiertas por la fúnebre alegoría del sepulcro, tan clara, tan permanente, tan fácil de comprender, tan difícil de desdeñar.

Yo no recuerdo qué fiesta celebraba Laredo; su orquesta popular, el tamborilero batía el parche y soplaba el pito con bruscas y marcadas transiciones de lo fuerte a lo suave, de lo vivo a lo lento; y sin hacerle caso al parecer, pero atraídos indudablemente por su música, llenaban la plaza consistorial sus pobladores.

Las lanchas dormían; dormían en la bajamar de su cegada dársena.

El alto peñón que defiende de las mares del Norte el menguado fondeadero, ha sido taladrado, y bajo las baterías que le coronan pasa un doble carril a desembocar en la bravía costa, allí ha necesitado Laredo salir a edificar un puerto de refugio, para sus lanchas acosadas por el Noroeste, el tirano y el verdugo de estos mares. El Noroeste, de siniestro alarido, desigual y alevoso, toma la vela, en cuanto terminada su faena pescadora, o advertida por las amenazas del sombrío horizonte, la lancha vira y se pone en demanda de la costa; y abatiéndola constantemente, ayudado por la mar que se encrespa y rompe y sacude la navecilla, y no la consiente ceñir su orza: ni enmendar su rumbo, la niega el puerto y su gola barreada por la creciente arena, y la trae a perecer sobre las erizadas rocas. Va sin tentar el seguro riesgo de la difícil entrada, los pescadores laredanos hallarán dónde guarecerse del temporal, y tendrán un muro que poner entre el pavoroso furor de los mares y el trabajado casco de sus lanchas.

Desde aquel peñón se espaciaba la vista, arrullada por ese crudo y áspero quejido del agua entre las piedras, cuando sopla la brisa veraniega de Nordeste.

Enfrente, y cortando la línea azul del mar, como uno de esos colosos pintorescos conque el capricho de la naturaleza anima y acentúa el paisaje, surge el monte de Santoña, inmensa roca desigual y gibada, verde promontorio levantado sobre cimiento de rocas, rocas negras donde las roe el mar, rocas blancas donde las hace ceniza el sol. En uno de aquellos escollos siniestros convirtió la fábula a Eritrea, sibila o profetisa, deidad del mundo pagano, o más bien encarnación del numen, jerarquía intermedia entre el olimpo y la tierra, mente de Jove, frase de Apolo, voz febril y trémula de mujer enervada por la abstinencia, el incienso y los ritos.

Ya se habían diseminado por el orbe aquellas creaciones del Oriente religioso, buscando acaso más propicia atmósfera, más fecundo suelo, porque ya el suelo y el aire nativos los desconocían y arrojaban de sí, cuando de pronto, y en medio del Oriente descreído y gastado, sonó la palabra regeneradora y nueva, el grito de la humanidad despierta de su letargo, levantada de su postración, resucitada de su tibieza, dueña de una revelación inesperada, consoladora, que establecía la eterna vida del espíritu, el premio inmortal de las virtudes, la santidad del sacrificio, la ley del amor universal.

A esa voz que oyeron y cuyo poder inmenso penetraron las más altas inteligencias de la sociedad antigua, la vieja teogonía quedó dislacerada y yerta; apagóse la falsa voz que animaba sus mitos; y abismáronse en las aguas, trocáronse en piedras, deshiciéronse en fluido impalpable, resolviéronse en vaga alegoría, en indeciso recuerdo, en sombra, en rumor. Quedó de ellos la forma insensible, el nombre armonioso. Andando siglos, esa forma sola con su belleza singular ese nombre solo con su música dulcísima han de cobrar de nuevo figurada vida, la que baste a seducir el oído, a prendar el pensamiento humano; pero ya el corazón de la humanidad, el centro sensible, nido y fuente de la pasión, ara del fuego inextinguible, les está irrevocablemente cerrado.

Lentamente va Santoña completando el sistema de fortificación que le da nombradía; cada día añade una piedra a su corona mural, y es voz común que se camina a hacerla inexpugnable. Lo expugnable o inexpugnable de una plaza son los pechos de sus defensores.

Hablan eruditos escritores48 de una lápida romana hallada en Santoña, piedra votiva erigida a Septimio Severo por los navieros o mareantes juliobrigenses; mas ninguno de ellos la vió y todos la describen y examinan bajo la fe de referencias anteriores. A ser auténtica y auténtico su hallazgo, ayudaría a esclarecer el punto geográfico de la verdadera situación del Puerto de la Victoria de los juliobrigenses.

Las memorias más antiguas y positivas que poseemos de Santoña, son puramente religiosas. Y ciertamente que los sitios se prestaban a una de aquellas fundaciones primitivas que, comenzadas en la obscuridad y apartamiento del yermo, dilataban poco a poco su nombre, ensanchaban sus pertenencias, y a favor del tiempo y de su perseverancia llegaban a ser establecimientos mitad feudales, mitad devotos, centros de cultura y estudio, cuya autoridad manaba a la vez de su rígida disciplina, de su fortuna y de su independencia. Los primeros monásticos en las partes de Occidente mostraron señalada predilección por las costas. En terreno peninsular o aislado nacieron aquellos célebres monasterios de Lerins en el Mediterráneo y de lona y de Bangor en el mar de Irlanda, que en días de dolorosas tinieblas para el mundo conservaron o encendieron luz de benéfica civilización en Francia, en la brumosa Hibernia y en la agreste Caledonia.

Poco le falta a Santoña para ser isla, y fácilmente cierra su término con foso o con cerca. La falda meridional del monte abriga de toda inclemencia un rellano, a la vera del agua, cuyo suelo forma la tierra lentamente desmoronada del peñasco, sustancioso y rico mantillo purificado por el sol y cernido por el viento al caer desde la cumbre a la hondonada; suelo hortelano y fértil donde florece el azahar y madura el limón aromático y jugoso, como en las tibias márgenes del Guadalquivir y el Júcar. A la sombra de sus limoneros se agrupa la población. En la cima del monte se apretaban las carrascas, plegadas y abatidas por el viento marino, y entre sus manchas crece la grama espesa, corta y sazonada por el salobre ambiente que con lengua codiciosa siega el ganado y nutre las carnes del cebón e hinche la generosa ubre de las vacas.

Cerrado, pues, en este gigantesco castro, vivía ya en el siglo IX, y en el año de 863, Montano, abad de Santa María de Puerto, advocación del monasterio erigido en Santoña y que conserva la iglesia parroquial de esta villa. Tenía en su compañía a un cierto obispo Antonio, muy nombrado en escrituras del tiempo, quizás ahuyentado de su diócesis por persecuciones, quizás espontáneamente retirado de ella a la vida penitente y obscura del cenobio. Grandes males debieron sobrevenir, cuando antes de dos siglos la comunidad había sido dispersa, el monasterio desierto, y sus bienes andaban usurpados y repartidos en manos de los naturales. Un peregrino, que decía venir de Oriente, Paterno, llegó a estos parajes, entróse en la abandonada casa, convidó a hacer con él vida conventual a otros fervorosos y desengañados, y se dieron a labrar la tierra y a plantar viñas y pomares, predicando con el ejemplo y con la palabra. Luego se despertó naturalmente en ellos la idea de los derechos antiguos del monasterio; buscaron y hallaron los títulos e instrumentos, y pretendieron hacerlos valer. Los poseedores de las heredades resistieron lo que les parecía despojo, y siendo más numerosos y más fuertes, arrojaron a Paterno y sus compañeros de Santa María. Fuéles preciso acudir al entonces soberano de esta tierra, que era aquel don García IV de Navarra, llamado de Nájera, el cual, en la era de 1080 (año de J. C. de 1042) ordenó la restitución, poniendo de abad al Paterno y otorgándole los derechos señoriales de jurisdicción y asilo dentro de los términos de la posesión antigua49.

Todavía en la era de 1292 (año de 1254) cita Yepes al abad don Fortuño o Fortun de Santa María; luego el monasterio, como tantos otros, queda anejo a Santa María la Real de Nájera, que percibe sus diezmos; y así van fundiéndose en otras más favorecidas o más considerables, y desaparecen dejando su advocación a las parroquiales de los pueblos, las innumerables fundaciones, exiguas y precarias que la Orden de San Benito, en el celo invasor de sus orígenes, derramó por las tierras de Occidente.

Si hubiéramos de juzgar de la humanidad por estas mudanzas de atribuciones y oficio de sus mismas obras, por estos cambios de monasterio en fortaleza, de casa de oración y trabajo en casa de mortales intentos y enemigo recelo, diríamos que la humanidad retrocedía, y de mansos y pacíficos instintos había degenerado en propósitos feroces y de exterminio; más evidente signo de su mejora y progreso seria ver trocada la fábrica de guerra en fábrica de obras piadosas, el hierro del cañón en rueda industriosa, y el acero del sable en artísticos buriles.






ArribaAbajoDe Laredo a Santander


ArribaAbajo- I -

Una Atalaya.-Los Guevaras. -Bárbara Blomberg


Por una llanada de maíz y heno corre el camino de Laredo a Colindres, de Colindres a la marisma y barca de Treto, donde se cruza la ría de Marrón.

Guarda el paso una torre erigida en la orilla opuesta, atalaya del siglo XIV, semejante a tantas otras como vigilaban los cauces de los ríos desde su embocadura a sus fuentes, y los caminos desde la costa a Castilla. Por que cauces y caminos siguen una dirección misma, advertidos y enseñados los hombres al abrir sus salidas y senderos por las aguas que buscan los suyos con el menor trabajo y fatiga posibles, plegándose ante el obstáculo invencible, sorteando sus dificultades, cediendo en sazón, ganando tiempo y ahorrando esfuerzo.

Esas torres que hallaremos en todas las cuencas de la montaña, en las del Saja y el Besaya como en las del Asón y el Pas, eran la lengua que instantáneamente publicaba y extendía por la comarca la voz de los grandes sucesos, acometidas, invasiones, marchas de huestes, acampamentos y refriegas. La humareda que brotaba de su almenaje de día, la lumbrada que le coronaba de noche eran palabra elocuente y viva, claramente entendida por los infinitos ojos que de distancias diversas lo oteaban, el marinero desde su barca, el labrador desde su mies, el soldado desde su tronera, el leñador desde el monte, el trajinero desde su camino, el pastor desde la sierra, el bandolero desde su guarida, el monje desde su celda, y para cada uno, según su oficio y según la ocasión, tenía significado y acento distinto.

A unos atraía, a otros espantaba; ya esparcía terror, ya lo disipaba. Unas veces era señal para que los habitantes cerrasen sus puertas, los más cercanos se acogieran a la torre con mujeres, hijos y lo posible de su hacienda; otras señal de que el peligro estaba desvanecido, y los campesinos podían salir de su refugio y esparcir su ánimo y volver a sus faenas; era bandera de paz y bandera de guerra, convidaba a armarse o a soltar las armas, a pelear o a huir; era como la manifestación de una voluntad invisible que presidía al gobierno del valle, a su salud y a su custodia.

Libro de interesante lectura compondría el escritor que corriendo las atalayas describiese su situación pintoresca siempre, recordando los sucesos que han visto, el turbión de pasiones humanas que se han agitado y vivido dentro de sus muros o en torno o a vista de ellos.

Pero desde que asomó el caminante a los altos de Laredo, están llamándole los ojos y la curiosidad las doradas paredes de un edificio de aspecto monacal, que sobre un cinto sombrío de verdura se levanta en la orilla del agua, y parece recostado en un cerro.

Ahora que aunque a distancia el camino le rodea y envuelve pasando a Mediodía y torciéndose al Noroeste, el monasterio se destaca primero sobre los lejanos términos del monte de Santoña, después sobre la línea azul de la bahía y el Océano, y al otro lado del montecillo surgen las torres de la villa de Escalante, rojas como las paredes del monasterio, unas y otras del color maravilloso de las torres granadinas, y como ellas dando vívido y caliente tono al paisaje.

De la villa procede el convento. Habíala poblado, en 1246, García Gutiérrez de Ceballos, caballero de antiquísimo solar montañés y de raza de pobladores, porque un ascendiente suyo había hecho en Valdáliga, de donde al parecer su estirpe procedía, otro tanto como García Gutiérrez en Escalante. Los derechos de ahí originados y reconocidos se acumularon en cabeza de una nieta del referido García, doña Elvira Alvarez de Ceballos, sucesora y heredera de sus estados.

Casó ésta con Fernán Pérez de Ayala, ilustre caballero alavés, y en su tiempo les fué reconocida la jurisdicción señorial por privilegio del rey Don Enrique II, despachado en 1370, y posteriormente confirmado por Don Juan I en 1379 y por Don Enrique III en 1393.

De nuevo recayó en hembra la sucesión, recogiéndola doña Mencía de Ayala, hija de Fernán y de Doña Elvira, los cuales concertaron casarla con un poderoso vecino, don Beltrán de Guevara, señor de las Casas de Guevara y de Oñate, los cuales habiendo dos hijos y estados bastantes para dejar en pos de sí dos casas igualmente honradas en caudal y en alcurnia, capitularon dividir su hacienda entre ambos.

El uno, que se llamó don Pedro, llevó la casa de Oñate y de Guevara; el otro, que se llamó don Beltrán, la de Escalante y de Ceballos. El resumen de los estados de ésta era el siguiente: la villa de Escalante en la merindad de Trasmiera, el condado de Tahalu, el marquesado de Rucandio, la villa de Pontejos, la de San Salvador, la de Gajano y los barrios de Anero. Y en Asturias de Santillana, el valle de Valdáliga, la villa de Treceño, Roiz, Labarces, Lamadrid, la Revilla, el Tejo, Caviedes, y en Polaciones la villa de Santa-Olalla, y en la Puente de Arce la Torre-fuerte con sus heredades y pozos de salmones50.

Este don Beltrán de Guevara fundó en el islote de Anó, hacia 1421, el convento de franciscanos de San Sebastián, donde tiene sepultura, con otros de su raza. Los Reyes Católicos otorgaron a los doce frailes que lo habitaban exención de tributos reales y la libertad de poseer un barco para comunicarse con el continente51. Allí vinieron a sepultarse el hijo del fundador y su heredero don Ladrón, general en la guerra de la Axarquía de Málaga, caballero del Toisón y mayordomo de la princesa doña Juana, muerto en 1503; y don Pedro de Guevara, comendador de Santiago, embajador del César en Polonia; y don José de Guevara, capitán general en el Rosellón y virrey de Navarra, que murió en 156852.

Aquí vino también a yacer Bárbara Blomberg, la madre del ínclito don Juan de Austria, hijo de Carlos V. Era hija de un burgués de Ratisbona, hermosa y habilísima en el canto, afición tenaz del emperador. La honda melancolía que a intervalos le asaltaba desde la muerte de la emperatriz, acaecida en 1539, siete años había, se desvaneció al halago de la voz melodiosa, y la voz plantó su eco tirano, indeleble y profundo, en el lugar de donde había ahuyentado el pesar.

Casóse más adelante con un alemán, Kegell, comisario en los ejércitos reales; tuvo de él dos hijos y quedó viuda. Mas en su viudez no vivió con el recato y modestia a que parecía obligada por las memorias unidas a su nombre.

Tanto fué, que de acuerdo con su propio hijo don Juan, el rey Felipe II dispuso su venida a España.

Establecióse en San Cebrián de Mazote, en tierra de Valladolid; trasladóse luego a Colindres según los instrumentos históricos, a Ambrosero según la tradición confirmada por las memorias que en Ambrosero quedan y allí encontraremos. En Colindres o Ambrosero murió hacia 1598, y en su testamento dejó ordenado se celebrase su entierro en el convento de Laredo y se enterrase su cuerpo en San Sebastián de Anó.

Y consta que esta última parte de su voluntad quedó cumplida, en el Memorial que uno de sus testamentarios, Agustín de Alvarado, dirigió al rey en 1599, rogándole que de la pensión de 3.000 escudos que la muerta percibía y queda vacante, mande hacer el gasto de su sepultura, la fundación de una misa perpetua por su alma, y la satisfacción de algunas deuda por «haber muerto tan pobre como murió»53




ArribaAbajo- II -

Ambrosero. -Agua al sediento. -Los arquitectos montañeses


Dejemos a la villa de Escalante bañándose como una salamandra en el espléndido sol que inunda su campiña, aunque el trozo de carretera recto y llano que la liga a la carretera que seguimos, convida a visitarla más de cerca. -Mas ahora no tenemos vagar para ello.

¡Oh! si en cada paraje que un recuerdo, un lazo, una afición cualquiera, naciente o añeja, meditada o súbita, nos convida a hacer, posada, cediendo al placer de un momento detuviese mi jornada, nunca llegaríamos al término de ella. ¡Y qué sería de tu paciencia, lector, que amigo o curioso me acompañas! Y sin embargo, qué de veces y en horas señaladas y en señalados lugares de esta peregrinación que se llama vida, te habrás dicho ¿por qué pasar de aquí? ¿A qué caminar más, si el sitio es apacible y el alma encuentra atmósfera apropiada a su anhelar constante e infinito? ¿Por qué no alzar aquí nuestras tiendas como los apóstoles de Tabor, y hacer tranquila y final morada?

¡Qué vida sueña el alma en semejantes ocasiones! Y quizás el solo encanto de esta soñada dicha consiste en la imposibilidad de lograrla. Vano sería intentar torcer el curso de la vida, cediendo al impensado hechizo; allí encontraríamos las amarguras y el hastío de que anhelábamos huir.

Llegaba yo a Ambrosero con aquella cándida ignorancia con que por punto general visitamos nuestra tierra, y que es una de las razones que dieron ser a estas hojas.

A la izquierda del camino, en suelo pendiente y bajo, asoman entre robles y nogales los tejados de un barrio.

-Barrio Madama, me dijo un compañero de camino.

-¿Y por qué se llama barrio Madama?

-Porque en él vivió una extranjera, a quien las gentes del país llamaban así; la madre de Don Juan de Austria.

-Es verdad que no sólo las gentes, sino la correspondencia oficial del tiempo llamó a aquella señora Madama Bárbara Blomberg, Y por cierto que la tradición, afirmada por el título del barrio, me parece prueba evidente, si no harta, de su residencia en Ambrosero.

-Hay otras, dijo mi ilustrador; hay la casa en que habitó y conserva su nombre; hay tapices en la iglesia que fueron regalo suyo; hay papeles en el archivo del Ayuntamiento, según me han asegurado, aunque no los he visto.

Yo los veré, pensaba yo entonces en mis adentros, porque en ellos a no dudar está el completo esclarecimiento de ese punto de historia.

¡Yo los veré! ¡Cuántos propósitos parecidos, instantáneos, sinceros, vehementes, y que no viven más del instante de su generación! En aquel instante parecen fáciles, hacederos; los medios de ponerlos por obra, la ocasión y el tiempo de realizarlos están a mano suficientes y oportunos. Luego se entreveran otros afanes, otros deseos, otras necesidades, otros propósitos quizás en que se emplea y gasta el alma que, aunque inmortal, no es infinita ni universal, ni menos omnipotente.

Aquel día hacía extremado calor; declinaba el verano, y eran las dos de la tarde. A la sombra de unos árboles, acurrucada en el suelo, cruzadas las manos sobre el regazo, caída atrás la blanca bengala que dejaba ver su cano cabello y que lo orease la perezosa brisa, estaba una mujer anciana con un cesto delante en tierra, cubierto con una toalla de inmaculada blancura. Sabido es que esta máquina y aparato, en nuestra tierra, contiene siempre fruta, y fruta riquísima las más veces. Efectivamente, alzó el velo, y asomaron su fresca y vellosa piel hasta docena y media de pavías, de esas pavías llamadas nateras, redondas, gruesas, blancas, con su mancha colorada en medio, parecida a las que al volver de la romería traen en una y otra mejilla las muchachas que las recogen y las venden.

Grato es al mediar una jornada en las abrasadas llanuras de Castilla el racimo de uva que el guarda de los viñedos ofrece sin regatear al pasajero, y no es menos sabrosa la naranja que os espera al término de una cabalgada en los hospitalarios cortijos andaluces; pero nada tan refrigerante y sabroso como la pavia montañesa, que para mejor llamar la sedienta boca, muestra una limpia y cristalina lágrima, cayendo de la herida abierta al desgajarla de su ramo nativo.

Y no es la sola fruta que os brinda al paso su fragancia y su frescura; a par de ella os invitan purpúreos briñones o griñones, que aún no sé cuál sea su nombre verdadero; peras de variedad infinita, y la ciruela claudia de ambarina pulpa y terso hollejo; esto cuando ya desaparecieron las rojas cerezas, consumidas por la estación y los golosos, y cuando aún no negrean entre sus anchas hojas los higos de miel, ni ha caído del árbol la paradisíaca manzana, ópima cosecha del otoño.

Pero no nos distraiga la gula del arte, aun cuando no sea gula aplacar la sed.

Los aficionados a caminar, artistas, cazadores o curiosos, cuantos corren el riesgo de un dilatado ayuno, de un sol inclemente, de un súbito aguacero, saben por demás el profundo agradecimiento que conservan al manjar primero que satisfizo su hambre, a la primera sombra, al primer techo que les dió cobija y amparo. Así es como lugares, al parecer indiferentes o acaso repulsivos, cobran interés y valor singulares para determinados sujetos; así el viandante sorprende a su lector con detalles de paisaje en que éste, más familiarizado con el terreno, nunca hubo reparado, o despierta su acerba censura parándose donde el lector estimaría prueba de gusto y de mejor crítica el pasar volando y como sobre ascuas.

La iglesia de Beranga54, gallarda y espaciosa, domina una vasta vega, tan amena y florida como lo son todas las de la comarca. Luego subimos una cuesta, desde la cual, volviéndonos a mirar, descubrirnos y saludamos el mar y las románticas peñas de las cercanías de Santoña. Luego, en un sombrío recodo del camino, saludamos la devota ermita de Jesús del Monte; salimos de los árboles, volvemos a bajar, y cruzamos la mies donde está Anero, donde está Oznayo, a cuyo mercado también nos prometemos venir como a Ambrosero, y a visitar en su iglesia los enterramientos de los Acevedos.

Después se hunde el camino en una quiebra frondosa, donde pasamos el Miera, que limita el territorio y le da nombre, y que va a caer en la bahía de Santander, a cegársela poco a poco, castigando sus humos de capital, a vengar, matando lentamente su mercantil soberbia, las zumbas y motes con que de tiempo inmemorial da vaya a los valles que riega y a los en ellos nacidos.

Pero al recorrer esta amenísima comarca de Trasmiera, una circunstancia herirá la atención de todo el que se haya ocupado de arquitectura española. Preguntando y oyendo los nombres de lujares esparcidos entre el Asón y el Miera, creerá asistir a una lectura del libro en que el erudito Llaguno reunió los nombres y noticias de vidas y obras de los arquitectos españoles. En el vigoroso impulso que la edificación civil y religiosa recibió en los siglos XV y XVI, salían de la montaña aquellos diestros oficiales de cantería y aparejadores, que sometiéndose a la enseñanza de los grandes maestros, los Siloes, los Machucas y Covarrubias, llegaban a sucederles con no poca gloria suya y esplendor del arte.

No diré del célebre Juan de Herrera, aunque pronto volveré a mencionar su nombre, porque hemos de ver el lugar de su nacimiento, y entonces será ocasión conveniente de recordar su historia.

En Rasines hemos visto la cuna de la dinastía de los Hontañones, tan famosos en la catedral nueva de Salamanca; de Ojebar salieron los Ezquerras, y de Galizano los Huertas, que se hicieron notables ya entrado el siglo XVII en Asturias y en Álava.

¿Y de dónde sería aquel Garci-Fernández de Matienzo, que trabajaba de 1442 a 1446 en la Cartuja de Miraflores? ¿De dónde el Francisco de Limpias, arquitecto de la catedral de Sevilla, y Juan Miguel de Agüero, que trazó alguna de las primeras catedrales americanas, y Juan de Albear, que dejó interesantes memorias en la catedral asturicense, y Francisco de Campo Agüero, que en la de Segovia, donde fué maestro mayor, mereció y obtuvo piadosa sepultura?

De Hazas era Martín de Solórzano, tan notable arquitecto corno lo muestran sus trabajos en la catedral de Palencia. De Secadura, Juan de Morlote, ilustrado en trabajos diversos del último tercio del siglo XVI. De Güernes, Gonzalo de la Bárcena, célebre fontanero en Valladolid y Simancas. De Voto, Diego de Sisniega, Juan de Ballesteros y García de Alvarado, que participaron en la gigantesca fábrica del Escorial.

Trasmerano era Rodrigo de la Cantera, que proyectó y edificó el gran palacio de los duques de Lerma en la villa de su título, en cuyas abrasadas paredes hemos podido estimar su magnificencia original; y montañeses eran el monje Jerónimo Escobedo, a quien la Reina Católica fiaba nada menos que las reparaciones del acueducto segoviano, y aquel Juan Campero, arquitecto del insigne cardenal Cisneros, de quien hablan tan honradamente la iglesia y convento de los franciscanos de Torrelaguna.

Salían de sus valles nativos sin otra habilidad que la de labrar la piedra; llevaban consigo su natural ingenio, la humildad de su confesada rudeza y el propósito íntimo de observar y aprender; la enseñanza entonces tomaba forma especial, y de la que hoy difícilmente nos damos cuenta; maestro y discípulo se escogían recíprocamente y por afición espontánea, y sus relaciones tenían desde luego mucho de patriarcal y desinteresado. Así fructificaban las lecciones, semilla cuidadosamente arrojada en terreno fértil, a la cual no faltaba el suave y fecundo calor del buen cariño. Así echaban los preceptos hondas raíces y se perpetuaban en su integridad austera mientras la decadencia invadía los dominios del arte y lo arruinaba.

La tradición artística no ha perecido en Trasmiera; de allí salen todavía canteros excelentes que hallaréis trabajando bajo el toldo de estera con que esa industria se guarece en la cortesana Madrid del sol y del agua. Y de esta tierra salen en gran número imagineros, tallistas, escultores de retablos, estofadores, organeros y fundidores de campanas. Y si recorrieseis sus iglesias y estudiaseis sus obras anónimas con juicio sereno, quizás hallaríais en alguna de ellas vestigios de buena escuela, señales que os recordarían los grandes días de la imaginería castellana y andaluza.