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ArribaAbajo- II -

La Colegiata


Sobre algunas gradas y un atrio espacioso, cuyas entradas guardan mutilados leones, descansa el venerable templo. Cinco arcos concéntricos cuya moldura ahogó el mortero de las reparaciones, cuatro columnas de purísima generación oriental, de fuste cenceño y capitel historiado de gran desarrollo, dejan hueco al arco moderno de la puerta. A la derecha el cubo románico del campanario, rodeado de impostas jaqueladas, abre sobre el atrio un ajimez en su cuerpo más alto, a cuyo nivel corre la fachada una galería de sombrías arcadas, aligerando el sólido frente, desde la torre del crucero a la del reloj, que en su piso bajo encierra la pila bautismal.

Hartas lluvias han corrido por sus sillares para mellarlos y roerlos; hartos soles los han calcinado; hartos huracanes han barrido sus átomos segregados por la sequedad y el tiempo. Las figuras que el arte cristiano ponía a las puertas de sus templos para atraer al devoto, para preparar su espíritu a la contemplación de su interior, a los consuelos fervientes, a las místicas elevaciones del sagrario, están en Santillana desmoronadas, rotas, despojadas de miembros y atributos, sin palma el mártir, sin cayado el pastor, sin tiara el Pontífice, sin aureola el escogido, sin alas el arcángel.

Distinguese, empero, sobre el dintel del tímpano al Eterno glorioso, principio de todo ser, origen universal de la vida. Sienta en su regazo el libro de vida, ley de salvación, compendio de la divina sabiduría, e; que se da al hombre consejo, guía, haciéndole artífice de su ventura. Los ángeles sostienen el nimbo de su autoridad santísima; la luz radia en triples haces de su cerebro, centro y resumen de lo infinito; su diestra bendice al que se acerca; la solícita bondad de Dios sale al umbral de su mansión sagrada a perdonar y acoger al penitente, a ofrecerle la vida, el soberano bien, sin pedirle más pago que el de venir a tomarla de sus manos divinas236.

Una losa negra puesta a mano diestra del ingreso trae unas letras que dicen: ESTA IGLESIA SE FIZO A ONRA Y GLORIA DE DIOS, ERA DE CCCXXV. Osada afirmación de tradiciones vagas, no establecida sobre auténtica prueba o testimonio. Hacia tal tiempo, la tierra española se preparaba a beber caudalosa sangre vertida en suplicios. Había sido feracísima a la predicación evangélica, y era necesario proporcionar el filo del hierro y el vigor del brazo a la riqueza y espesura de la mies. Diocleciano ocupaba el solio imperial de Roma, asociándose a Maximiano, a quien daba en gobierno las provincias de Occidente: ambos nombres iban a eternizarse con el sangriento resplandor de aquella persecución terrible, al cabo de la cual, creyendo exterminada la nueva doctrina, podían esculpir en sus piedras triunfales: NOMINE CHRISTIANORUM DELETO; «borrado habemos el nombre de cristiano».

La historia eclesiástica de nuestra provincia durante aquella «era de los mártires», no es menos oscura e ignorada que su historia política. ¿Cuándo y por qué vías había llegado a la Montaña la propaganda de los siete apostólicos237 discípulos de los de Cristo, inmediatos depositarlos de la tradición divina, y encargados de difundirla por las tierras españolas? ¿Había sido evangelizada la comarca cuyos diezmados pobladores vivían entre el odio a los romanos y su tiranía? ¿Era la fe nueva tan poderosa ya y robusta en aquel siglo III, que promoviera fundaciones de parte de gentes pobres, zahareñas, aún no curadas del estrago de las guerras antiguas, y entretenidas en sus perennes luchas fronterizas?

No hay supuesto ni razón que no condene la fabulosa fecha. Aun el nombre y la existencia de la villa son posteriores a ella238.

En las costas asiáticas de la griega Propóntida, en aquella ciudad de Nicomedia, famosa por la juvenil depravación de César, una doncella de singular hermosura y claro linaje, solicitada para esposa por el senador Eleusio, poníale por condición de su consentimiento la de que, apartado de la idolatría, abrazara a par con ella el símbolo cristiano. Semejante confesión y semejante resistencia eran prenda segura de martirio. Sufrióle Illana sin desfallecer, doloroso y lento; su victoria más difícil no fué, sin embargo, sobre los tormentos. La tradición cristiana pone en manos de cada uno de sus confesores un instrumento de su sacrificio para acrisolar a los ojos del pueblo el padecer y la constancia; retrata a Santa Illana dueña de un dragón aherrojado, emblema de tentaciones soportadas sin desmayo, de ternezas y halagos, sutil engaño y peligroso cebo de la apostasía, evitado y huido con austera fortaleza.

El ilustre Flórez239, sobre fundadas y prudentes razones, pone en el siglo VI y su segunda mitad la traslación de estas reliquias a España. ¿Cuándo vinieron a dar nombre a un santuario de Planes, cuya devoción, trayendo pobladores nuevos y arrimando al santuario los del lugar antiguo, engendraba la villa nueva, preparando el yermo del solar de Planes y la mies que ahora le enverdece y hermosea?

Ni el interior de la iglesia nos dice otra cosa más que la época de su fábrica suntuosa, el siglo XII, si no nos engañan la traza y estilo.

Ocho arcos peraltados, que se apoyan en ricos capiteles, redondos pilares y macizas basas la dividen en tres naves, cuyas cabeceras cierran tres ábsides semicirculares, prolijamente adornados exteriormente, con ventanas de floridas arquivoltas, impostas y canecillos.

Arquitectura monástica, que ofrece los caracteres señalados, la fisonomía potente, ruda acaso, pero vigorosa y acentuada, de las huestes religiosas que la usaban. Conserva la planta latina, como conserva el monje la lengua que le sirve para orar y para escribir, para comunicarse con el cielo y con los hombres; se engalana con símbolos y figuras, como se engalana el tonsurado para el santo sacrificio. Y así como en los misterios del altar alhajas y ropas, oro y seda, cera e incienso tienen su significación mística, perdida hoy para pueblo, más familiar y conocida sin duda en los días antiguos de la fe y del culto, así la tenían cada una de sus galas esculpidas, sus ramajes y sus historias, la flora natural y la fauna fantástica de sus capiteles, sus palmeras y sus vides, sus tarascas y sus quimeras, sus ángeles y sus réprobos, sus vírgenes y sus encubertados. Hoy la conserva, aunque adulterada, o más bien la interpreta la tradición, y en vano la busca el pueblo, poeta perennemente consagrado a perpetuar la memoria de cuanto ha herido en bien o en mal su inteligencia y su sentimiento, a engañarse noble e ingenuo con sus propias ficciones, como se engaña a veces el niño candoroso con el espantajo que dispuso para amedrentar o sorprender a sus compañeros.

El templo románico recoge y templa la luz exterior, como la recoge y templa la cogulla sobre la frente del cenobita, y dentro de la nave la esparce y dilata hasta los extremos como mirada contrita constantemente empleada en reconocer y sondear los hondos términos del corazón y la conciencia, para alejar de ellos todo átomo de impureza, toda sordidez y toda mancha.

En las columnas más apartadas del tabernáculo pusieron sus artífices los monstruos y guerreros, los combates y heridas, lenguaje necesario de una edad robusta y belicosa; y en las que van acercándose al altar truecan las escenas profanas por emblemas religiosos. Traducen el acanto gentílico en cristiana palma, y siembran entre fantásticas e ignotas creaciones alegóricas claras y consoladoras; el ave phenix, regenerada por el fuego para nueva vida, y enfrente de la caída de nuestros primeros padres, la redención prometida, los milagrosos frutos traídos a Moisés por sus exploradores de la tierra bendita de Chanaan240.

En el centro de la iglesia, cercado de hierros, está el sepulcro de la santa, viejo zócalo toscamente labrado con la efigie de la mártir, pintado de letras restauradas en tiempos diferentes antes de ser borradas las antiguas, oscuro jeroglífico que enoja al curioso y le aleja. La reliquia yace en el presbiterio a la parte del Evangelio, donde fué trasladada en marzo de 1453 por mandato del célebre don Alonso de Cartagena, obispo de Burgos241.

Otro lucillo de grave y antigua forma puesto sobre dos leones arrimados al muro de la nave diestra, ha sido ocasión del aventurado supuesto de que encierra el cuerpo de una infanta de Asturias, doña Fronilde, fundadora de la colegiata242. El maestro Flórez, sagaz y certero escudriñador de genealogías y descendencias reales, niega la existencia de tal princesa y con presencia de las escrituras de Santillana, expone que hubo una dama de alto linaje y nombre Fronilde, gran bienhechora del existente monasterio243.

Cubre la mesa del altar mayor un espléndido frontal de plata cincelada con dorados rieles, y encima de ella reposa el gótico retablo. Obra, acaso, de mano extranjera, flamenca o borgoñona, don probable de algún poderoso de la casa de Mendoza, abad o señor, que regía la iglesia o los estados de Santillana a últimos del siglo XV. El oro mustio y apagado de fajas, pilarcillos y doseletes corta y separa las iluminadas tablas: las dos inferiores pintan a ambos lados del sagrario escenas de la vida y martirio de Santa Juliana; las cuatro superiores representan a Cristo recién nacido, adorado por los reyes en el establo, aclamado por las turbas a las puertas de Jerusalén, y desclavado del suplicio por sus fieles discípulos. El estilo llano, el color flojo de estas tablas son indicio de su antigüedad: su composición, el movimiento y vida de sus figuras pertenecen a un arte superior al que por entonces mostraban los españoles Luis Dalmau en su célebre cuadro de los concelleres de Barcelona (1445) y Pedro Gumiel, Sancho de Zamora y Pedro de Córdoba en los retablos de Toledo (1475)244

.

Cuatro curiosos relieves en los plintos del retablo, en su predella, a la altura de la mesa del altar, detienen al anticuario. Representan los cuatro evangelistas en actitudes de su ministerio, familiares y diversas. Lucas corta la pluma, Juan la moja245, Marcos escribe y Mateo examina al aire los puntos de la suya, con ademán naturalísimo; el león de San Marcos es un león heráldico; las sillas, atriles, ropas y menaje son curiosísimo estudio de arqueología e indumentaria.

Haz, diligente viajero, que el sacristán levante el frontal argentino, y detrás de él, empotradas en la fábrica, descubrirás cuatro figuras de apóstoles, iguales en proporciones y estilo, semejantes de dos en dos en actitud y disposición, y que parecen haber pertenecido a un sepulcro, no de tan remota edad como la iglesia. ¿Era el de la santa? En el claustro hallaremos luego otros dos trozos de escultura que representan la Virgen con el Niño en brazos, uno; Santa Juliana con el dragón, otro; la semejanza en el gusto y mano de obra de unas y otras esculturas, las junta mentalmente en una sola construcción fúnebre. Las llaves y un libro abierto donde se lee «Petrus», con otras letras de interpretación insegura, titulan ya una de las figuras apostólicas; la larga barba, la cartela desplegada, atributo de escritor, definen en otra a San Pablo; San Juan es denunciado por su aire juvenil y rostro imberbe; mas no me atrevo a dar nombre a la cuarta.

Vamos ahora al claustro, por cuyas crujías no han de pasar ya muchas generaciones. Vamos al claustro, joyel precioso del arte románico, cuya vida está hondamente amagada, cuya impresión primera vivirá en tu corazón, lector que lo visitas, como vive en el mío, si al pisar sus melancólicos ámbitos viene la risueña luz del día a dar triste realce a las añosas piedras, a las memorias funerales, al tétrico recinto en que se juntan la ruina y la muerte, la huesa y el escombro, la destrucción del hombre y la de sus obras.

El sol partía diagonalmente el patio, proyectando en su centro la sombra negra de la torre del crucero; el viento mecía la hierba larga y lustrosa como nacida en tierra húmeda, mezclada con otra planta rastrera sin flor, cuyas hojas anchas ofrecen el siniestro y trabajado perfil de las de la cicuta. En un ángulo crece un cerrado grupo de cañas, palmera sonora de los arroyos del Norte, en la cual parece vivir el armonioso espíritu que hizo de su hueco tallo instrumento músico para los pueblos pastoriles; en otro levanta su grueso tronco una vid robusta que, tendiendo sus brazos por uno y otro lado de la alquería, se apoya en los capiteles y penetra entre los fustes de las columnas gemelas y cuelga en los vanos el pabellón pomposo y fresco de sus hojas y sus pámpanos.

Sirvieron las galerías de este claustro, y aun sirven, de cementerio; a una de ellas se asoma la boca del repleto osario. No sé qué causa conmovió las paredes; oí detrás de mí un ruido extraño, y volviendo la cabeza vi rodar un cráneo que del osario rebosaba y se detenía tropezando en la tierra mal trabada y floja del piso.

Allí están arrimados, enteros unos destrozados otros, los viejos ataúdes de piedra, donde el polvo de los siglos, llenando los huecos abiertos por el cincel, ha borrado la huella del arte, devolviendo a la materia su primitivo aspecto informe y bruto. Ya en el siglo XVII no eran legibles sus epitafios, según testimonio de Sota. «Por su mucha antigüedad -escribe el benedictino- están gastadas las más de sus letras, a cuya causa no se pueden leer, ni saberse los nombres de los que en ellos están sepultados; pero se saben sus descendientes que por derecho hereditario los poseen; y son las casas de Calderón, Velarde, Villa y Polanco.» «Los Barredas -añade- tienen capilla particular dentro de la misma iglesia.» Y es por cierto una fábrica sencilla, curiosa y ligera, del siglo XV al parecer, consagrada a San Jerónimo.

La ordenación arquitectónica de este claustro consiste en un zócalo corrido a lo largo de las cuatro crujías, cuadrangular y liso, cuyas aristas superiores están amortiguadas en chaflán acanalado. Los arcos semicirculares, catorce por lado, de moldura lisa (toros y filetes), descansan en columnas cortas, que de cuatro en cuatro se aparean con otra gemela, y en cuyos capiteles lució la escultura del tiempo su maravillosa variedad y riqueza: sobre ellos vuelan hacia el interior de las galerías los arranques de las bóvedas de cañón, suplidas por toscos y desvencijados alfarjes. Quizás se arruinaron, quizás no llegaron a cerrarse nunca de piedra.

Pero, ¡qué prodigioso e interesante museo el de los capiteles y sus historias! Huellas del arte babilónico o asirio, el centauro con la típica mitra asaeteando una fiera fantástica, junto a una latísima y rara expansión del arte cristiano, como acaso no hay otra prueba semejante de tiempos en que dominaba el tímido simbolismo, y el común respeto no aventuraba la representación del sublime drama cristiano. El calvario y sus cruces, y su tragedia y el lloroso cortejo de las santas mujeres, y el tropel inhumano de los verdugos; el juicio final o quizás su indicación primera, su representación elemental en la ley nueva, el descenso de Cristo al seno de Abraham. Martirios en una parte, cacerías en otra; aquí los inextricables tejidos funiculares del cincel bizantino, allí las hojas lánguidas y flexibles de los mármoles griegos.

Esculpido parece el claustro para proclamar y establecer con pruebas la unidad del arte, la existencia de un elemento generador único, y el orden y la variedad sucesivos de su desarrollo. Al capitel rudimentario, tronco de pirámide invertido, desbastado apenas, se arrima en un segundo período un tallo pobre, escueto y sin hojas, como desarrollado sin luz y sin agua, a cuyo extremo se ensancha apenas la yema fructífera y fecunda. Ya en la generación tercera la planta se vigoriza y multiplica sus tallos ricos de anchas y alternadas hojas, y tanto los revuelve y traba, que luego pierden su silvestre y frondosa fisonomía para trocarse en fantástica y vertiginosa combinación de líneas geométricas, de cintas y listones. O dando abrigo y sostén a las criaturas menores del reino animal, se pueblan de insectos, de pájaros. Y sin detenerse la zoológica progresión, llega hasta la figura humana, y las escenas animadas y diversas de la vida social, último y supremo momento del artístico génesis.

Aquel mundo animado que se despliega a la altura de nuestros ojos, hace olvidar ese otro mundo inanimado que yace debajo de nuestros pies.-¿Quiénes fueron? decimos de éstos, indolente y pasivamente. -¿Quiénes son? decimos de los otros.




ArribaAbajo- III -

Abades y señores.-El marqués de los proverbios


Dos y medio siglos antes de que dominase en las artes el estilo que luce su actual abadía, ya tenía abades Santillana246

. ¿Era monasterio de regulares, como parece indicarlo la fórmula fratres, aplicada en algunos instrumentos a los eclesiásticos que le habitaban? ¿Fué monasterio dúplice, como algunos quieren deducir de ciertas cláusulas de donaciones personales de conversos de uno y otro sexo, y de esta frase: In presentia abatissae Fronildi roboravi, contenida en la escritura de heredamiento de ciertas viñas en Liébana, que firma el abad Juan, año de 1021?247. Flórez conjetura que la secularización e instituto de colegial se debe a Alfonso VII; pero confiesa que en una escritura de días de San Fernando, año de 1238, es donde por primera vez encuentra la calificación de canónigos aplicada a la comunidad de Santillana.

En 1209, y a semejanza de lo que había hecho en Santander, Alfonso VIII dió fueros a la villa, entregándola al señorío del abad. El señorío abadengo perseveró íntegro hasta los tiempos de Alfonso XI. Este rey emprendedor y resuelto, necesitando para el apresto de sus expediciones militares mayor caudal del que sus arcas le ofrecían, levantaba ciertos tributos, justificándolos con la patriótica razón de sus felices campanas248

. En 1327 preparaba su primera y juvenil empresa contra el moro de Granada, al cual había de tomar victoriosamente la villa de Teba y los castillos de Cañete y Priego, derrotando al celebrado Osmín, general de su caballería. El Papa le había concedido las tercias de las iglesias y el diezmo de las rentas del clero, los Estados reunidos en Madrid los servicios y monedas, y en el mismo tiempo, y ya comenzadas las operaciones militares, expide desde Sevilla su real ejecutoria al abad de Santillana para que no cobrase el yantar que por señorío le era debido, sino que fuese entregado a su Adelantado mayor de Castilla249.

No es de creer que pasada la ocasión de la necesidad, los pueblos quedasen desahogados del nuevo tributo, ni tornasen a los señores sus cedidos derechos, pues tal sucedió siempre con toda pensión y carga de dinero, cuando ha de renunciarla el mismo que la aprovechó y goza; y así mermado el señorío vino a encontrarse con las dificultades que le suscitaba necesariamente la casa de la Vega, engrandecida como atrás vimos con el territorio de las cercanías en cabeza de Gonzalo Ruiz.

Acogido el abad al regio patronato, pretendía escudarse con la autoridad del soberano, cuyo representante se llamaba; pero sabido es el ningún respeto que a los próceres imponía el trono en aquellos siglos.

Así en el «Pleito de los valles» tantas veces citado, dice un testigo que «vido, siendo alcalde en Santillana (puesto por Gomez Arias, corregidor del rey) Juan Perez de Piñera, porque avia dado algunos mandamientos para emplaçar y prendar algunos vasallos del almirante250, y doña Leonor, y el dicho almirante á Santillana y entrar en casa del dicho Juan Perez alcalde, y tomarlo y quererlo echar por las varandas a baxo, llamandole villano, ruyn; que quien le mandava meter en su jurisdicion. E que todavía le echara por las varandas abaxo: salvo por ciertas personas que ende estavan. E que vió al dicho almirante dar al dicho alcalde con el puño y la mançana de la daga quatro ó cinco golpes buenos y bien dados en la cara: fasta que prometió y juró no entrometerse á juzgar entre los vasallos del dicho almirante. Y que oyó decir á personas que nombra, que Garcilasso, padre de doña Leonor avia ido á Santillana á prender á Juan Tacon, porque diz que se avia entrometido á conocer de pleitos entre vasallos del dicho Garcilasso, y que lo prendiera y lo fiziera degollar en la plaça de la dicha villa».

Y no trataba con mayores miramientos al propio corregidor real aquel terrible Diego Hurtado, porque otro testigo cuenta cómo «estando en Santillana assentado á juicio, el dicho almirante le avia dado ciertos palos, porque avia entrado á corregir en sus valles. Y que oyó decir á dicho almirante, que si supiesse que el dicho Gomez Arias entrava otra vez á corregir en los dichos sus valles, que le faria matar por ello... y que el dicho corregidor non osava andar fuera de su posada; antes dice que estaba abscondido en casa del herrero de Valles, donde el dicho corregidor posava, que es en la dicha Santillana».

Así iban las cosas en la villa cuando Iñigo López de Mendoza entró a suceder en la herencia de doña Leonor, su madre, en 1432. No mejoraron por ello, ni fueron deslindados y más claramente establecidos los poderes y atribuciones de cada autoridad y los derechos de cada señor, porque en 1436 dice el pleito: «Sobre la jurisdiccion del mayordomazgo ovieron ruydo é pelea en uno Fernan Gonzalez del Castillo corregidor que á la sazon era del rey en Asturias de Sanctillana, y Sancho Lopez de Guinea alcalde, por el dicho Iñigo Lopez en la casa de Vega... en el cual ruido murieron hombres de ambas partes».

No descuidó el cortesano magnate medios más suaves y eficaces que el rigor y la violencia para lograr sus fines; acudió con éxito a ganar las voluntades, y consiguió que en el otoño de 1439 los valles de Reocín y Cabuérniga revocasen los poderes dados a sus procuradores, «porque querian fazer ó procurar algunas cosas contra el señor Iñigo Lopez de Mendoza en contrario de la jurisdiccion que demandava de los dichos valles», y pidieron al rey que le reconociese el tal señorío y jurisdicción251.

Mas ni aun el título de marqués de Santillana, extendido a favor del Íñigo López por el rey don Juan II, a 19 de Mayo de 1445, puso temor a los montañeses ni les movió a mayor obediencia, pues cuenta el octogenario Pero Alonso, vecino de Lamadrid252, que «el marquesado se alzó y no le querían obedecer por señor». Y añade que, «despues le rescibieron por señor en el campo de Revolgo, y que traía el marques un collar colorado y que era hombre de gran cuerpo. Y que vinieron delante la posada del dicho marques, que es en la dicha villa, muchas gentes del marquesado con paveses y vallestas y otras armas, y que les dixo el dicho marques:

«-¿Aun todavía venis con recelo?

«Y que les mandó poner las armas en el suelo, y las pusieron y le besaron pié y mano.»

Para quitar todo pretexto a los inquietos y díscolos, en septiembre del mismo año de 45253 obtenía el marqués dos cédulas reales que le conferían el señorío de Santillana con todas sus rentas y jurisdicciones254.

Algún poder, aunque escaso, conservaron los abades; pero mantenida esta dignidad cuidadosamente en la casa de los Mendozas casi durante un siglo255, no hacía gran sombra ni obstáculo a los opulentos jefes de ella, la cual, sin embargo, cuidó de llamar a sí aun los menores vestigios del antiguo señorío por medio de un convenio celebrado en Guadalalara entre Íñigo López de Mendoza, segundo duque del Infantado, nieto del primer marqués de Santillana, y el abad don Martín de Mendoza por los años de 1511256.

Es curioso ver designado por los montañeses al primer marqués de Santillana con el nombre de marqués de los Proverbios257. ¿Era esto en odio y protesta del título que le constituía en señor de ellos y les dolía reconocer? Yo prefiero admitir, aunque en ello ceda nuestra opinión de altivos y tenaces, que le llamaron así porque era más nuevo, para ellos un título literario en sujeto de tanta alcurnia, que el de la más alta dignidad de la andariega corte; yo prefiero imaginar que con el cuento lejano de las intrigas palaciegas, con el rencoroso relato de las discordias civiles, con el rumor espléndido de las hazañas militares, llegaba también a nuestras breñas el eco sonoro y limpio de la musa castellana. Nuestros antepasados habían leído u oído leer que


a los libres pertenesce
aprehender
donde se muestra el saber
e floresce258.

Habían leído u oído leer:


¡Benditos aquellos que quando las flores
se muestran al mundo desçiben259 las aves
e fuyen las pompas e vanos honores
e ledos escuchan sus cantos suaves!
¡benditos aquellos que en pequeñas naves
siguen los pescados con pobres traynas!260
ca estos non temen las lides marinas
nin cierra sobre ellos Fortuna sus llaves261.

Habíanse enternecido con la historia del triste Macías, y deleitádose en estos ecos suavísimos del inmortal toscano profética voz en su tiempo, oráculo y resumen de toda fe y de, toda poesía:


La mayor cuyta que aver
puede ningún amador,
es membrarse del placer
en el tiempo del dolor
Nessun maggior dolore
che ricordarsi del tempo felice
nella miseria...


(DANTE.-L'Inferno, Canto V.)                


«Dura satis miseris memoratio prisca bonorum,» -Maximianus.-Eleg. 5, v. 291, y Boecio, traducido por Fernán Pérez de Guzmán «el mayor linage de malaventuranza es haber seydo bienaventurado».-Crónica de D. Juan 2º.- añon 1552.-C. IV.

Y asombrados todavía de la catástrofe de don Alvaro de Luna, oían hablar al célebre privado por boca del que le había sucedido, si no en el cariño y confianza regios y en el político prestigio, en el lugar más visible de la corte y del consejo:


Cá si lo ajeno tomé
lo mío me tornarán;
si maté, no tardarán
de matarme, bien lo sé.
Si prendí por tal pasé,
maltray, soy maltraydo,
anduve vuscando ruydo,
basta assaz lo que fallé262.

No les cogían de nuevo los bríos militares del frontero de Agreda y de Granada, del valerosísimo soldado de Araviana y Huelma; ni las mudanzas del magnate tornadizo, que ora terciaba en el bando del rey, ora en el de los grandes, ya seguía la legítima bandera de los leales, ya la de los inquietos infantes de Aragón; ni la descubierta ambición que tomaba para sí despojos de otro prócer su igual, caído de favor y desvalido, ni la interesada cautela que ajustaba en precio de su ayuda al apurado Juan II, la merced de los valles de Santillana.263 Tales actos de virtud y de flaqueza, de grandeza de ánimo y de vulgar codicia éranles familiares; constituían entonces, sin velo ni disimulo de hipocresía alguna, la vida pública y común de grandes y pequeños, proporcionando su evidencia, su magnitud, su importancia, su escándalo a la alteza y valor del sujeto que los cometía.

Pero leer, escrito por mano de uno de los primeros de Castilla, como llevamos apuntado, que «a los libres pertenece aprender»; a los libres, esto es, a los poderosos, a les exentos de la servidumbre del trabajo por su nacimiento, o pir su suerte, doctrina generosa tan poco admitida y menos usada, no ya en siglos oscuros de feudal prepotencia, sino en días de pretenciosa emancipación y claridad del espíritu; verle proclamar «que no embota la ciencia el fierro de la lanza, nin face floxa la espada en mano del caballero»264, en días en que lanza y espada eran cuidado excelente de los hombres, la más pulida joya de su hacienda, el primer alfabeto de sus hijos, debía poner al guerrero magnate en tan nueva y seductora luz a los ojos de este pueblo apartado, perspicaz e inteligente, que no pudiera confundirle entre la magnífica y deslumbradora muchedumbre titulada que hervía alrededor del trono, y fascinaba a Castilla con el ruido de sus hazañas, de sus pretensiones, de sus discordias y de su engrandecimiento.