Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.


ArribaAbajoEntre ambas Asturias


ArribaAbajo- I -

Comillas.-San Vicente de la Barquera


Al Noroeste de Santillana surge un monte por el cual trepa el camino. La ruina solariega, habitual detalle del paisaje cántabro, viste su cima con el torreón descabezado y la quebrantada cerca de mampostería robustecida por macizos cubos que las hiedras minan. Un parque secular, enrarecido por los años y el podón, derrama sus robles macilentos y cansados sobre la vertiente septentrional, desde cuyas revueltas descubren los ojos fértiles marinas. En su centro, solitaria sobre un campizo, blanquea la iglesia de Oreña, y de su ancho umbral parten serpeando a lo largo de la verde mies las sendas que traen hasta los sagrados ámbitos a los feligreses de sus seis apartados barrios: Viallán, Caborredondo, Padruno, Bárcena, Torriente y Perelá.

Cuando crece el mar en la pre cesión del equinoccio, suena con bronca insistencia dentro de un cóncavo de aquellos peñascos. La lúgubre voz se toma como infalible anuncio de extraños rigores invernizos: la tierra reconoce la autoridad del agüero en un dicho popular y extendido en la comarca: Cuando ruge la cueva de Oreña, unce los bueyes y anda por leña.

Baja el camino al llano y corre al Oeste hacia Toñanes para pasar entre Cigüenza y Cóbreces, lugares que vimos desde la dramática altura de Cildad. A la primera luz del alba veía yo el paisaje; paisaje soñoliento todavía, fuera del mar cuyas aguas mantiene en perpetua vela, ora la brisa que viene de sus misteriosas soledades, ora el viento que baja de las cumbres aleteando por cauces y encañadas. Los parajes entrevistos a esa luz incierta, quedan con sus contornos vagos, con sus formas indefinidas, pegados a esos jirones de idea, vagos también e indefinidos, con que comienza el día del pensamiento. La religión ha santificado ese momento crepuscular consagrándolo a la Madre de toda caridad y de todo consuelo. Levántase el día con su escondido caudal de penas y alegrías que con próvida y ordenada mano va a repartir a los hombres, y la campana nos advierte de que no es a los hombres a quien hemos de agradecer las unas, ni lamentarnos de las otras.

Andadas más de dos leguas se llega a Comillas. Labróse sobre la cresta de un cerro, en cuya suave vertiente meridional esparce su caserío y limpias calles, y que tajado al Norte domina los muelles del puerto y el arenal donde descansan encalladas, entre dos mareas, las lanchas pescadoras.

La villa, apacible y risueña, tiene la fisonomía de un trabajador enriquecido y satisfecho; goza de legítimo sosiego, comprado a costa de sudores e inquietudes, y vive tranquilo, y no exento de cierta altivez propia de quien se basta a sí mismo y no pide ni espera mercedes de más poderosos.

Cuando la fiebre minera invadió el territorio, los montañeses, malcontentos con el premio tardo y seguro que su labor les ofrece, se dieron a sondear las entrañas de sus montes y arrancarles ópimas, fáciles e instantáneas riquezas. Abrió Comillas su puerto a un tráfico animado y productivo; a lo largo de sus avenidas y caminos chirriaban los convoyes de carretas acarreando calamina; ensanchóse su población por las cercanías, estableciendo hornos y almacenes; y en sus aguas fondeaban y se sucedían fustas y galeotas de variado aparejo y pabellón extranjero, que en su ancho vientre transportaban el mineral a las fundiciones de Francia y Bélgica.

De este comercio, persistente aunque limitada su actividad a proporciones que le aseguran mayor duración y consistencia, dan testimonio los dinteles de tiendas y bodegones rotulados en lenguas extrañas, novedad curiosa en semejantes parajes.

Sobre la fachada del viejo consistorio conserva la villa en escudos votivos la memoria de sus hijos ilustres y bienhechores. Túvolos insignes, que brillaron especialmente en el vasto teatro del nuevo mundo, cuando era regido por leyes españolas; fuéles propicio el suelo americano, tanto que por diversos caminos pudieron realizar en él la sonada sentencia del filósofo: fortuna labori comes.

Todavía en el de la contratación y azares mercantiles les sonríe próspera estrella a pesar de la ruina de nuestra grandeza indiana. En el de las dignidades eclesiásticas dejaron clara huella sus letras y virtudes.

Arzobispo de Lima fué don Juan Domingo González de la Reguera, que murió octogenario en el de 1805, dejando numerosas fundaciones pías de escuelas, dotes, fuentes y abundantes limosnas. Un paisano amparó su mocedad y estudios en la capital peruana, el docto fray Pedro Cotera, prior de los Benitos de Monserrat, y otro, don Gregorio de Molleda, arzobispo de Charcas, abrió las puertas a su dilatada carrera, proveyéndole de un curato en Talavera de la Puna. Exaltado a la metropolitana limeña, el agradecido montañés volvió los ojos a su patria, y quiso a su vez pagar los beneficios recibidos. Mejoró y enriqueció la iglesia, suntuosamente edificada por los vecinos en 1675265; costeó la traída y servicio de abundantes aguas, y aprendida, acaso por experiencia propia, la conveniencia de allanar al hijo de su tierra, despierto e indigente, los difíciles pasos primeros de las profesiones liberales y mandó construir y dotó con rentas un Seminario cantábrico, destinado a segunda enseñanza.

Subsiste el edificio, levantado por el arquitecto don Cosme Antonio de Bustamante en 1804: obra de buenas proporciones, de gusto clásico, alterado por cierta manera que prevalece en las construcciones civiles del país, blasonado su frente principal con el Pastoral escudo del fundador, y convertido en cuartel y viviendas particulares, usos harto ajenos a los fines y designios de su origen.

No es éste el único nombre con que Comillas ilustró el episcopado americano. Por igual tiempo gobernaba la diócesis de Sonora otro natural de Comillas, don Bernardo Martínez.

Los oficios que debía al reverendo Cotera, hízolos a su vez el ilustrísimo de Lima con otro mancebo de su misma patria y estado. Aprovechando la protección y siguiendo el ejemplo, llegó el doctor don Rafael de la Nava a merecer, en 1806, la silla arzobispal de Guatemala. Interesante es la historia de este prelado y trágico fué su fin. Tocóle regir gentes movedizas, alteradas ya por deseos y planes de emancipación. Era tan honda la inquietud de los ánimos en aquellas remotas provincias, y tan profunda y extensa la llaga abierta en sus hábitos de sumisión y obediencia, que la viciosa lepra cundía a las autoridades y tropas españolas, excitándolas a sediciones y rebeldías, desmintiendo la honrada tradición de su lealtad y sus virtudes. Las del eminente Nava eran cenobíticas; hacíanle respetado de todos: y ayudadas de su palabra fácil y amorosa, tuvieron evangélica eficacia, tanto al predicar misiones, como para sosegar motines. Su austeridad, sin embargo, recibíase mal dentro de su propio palacio, donde era reprensión mansa y tácita, pero constante, de costumbres menos puras. Y no faltó, de los castigados por el ejemplo del apostólico varón, quien abrevió con tósigo sus días.

¿Cómo contando Comillas hoy no menos ilustrados hijos266, no tiene un librito manual que imponga al viajero del origen de las suntuosas construcciones y de las causas del culto aspecto que en el pueblo admira y nota? ¡Cuán de menos lo echaba yo corriendo sus calles y tendiendo la vista desde el Calvario que domina su puerto!

Sale el camino a occidente entre tiernos chopos y amenos huertos, para llegar pronto a terreno de diverso aspecto. Del monte de la Corona, encaramado a siniestra mano, baja un arroyo de breve curso y turbulentas aguas, que falto de espacio y tiempo para cansar su furia desde su nacimiento a su muerte, la gasta arremolinándose sobre sí mismo en ruidos vanos y huecas espumas. Su rapidez excesiva parece haberle apellidado en antigüedad desconocida, si no miente al oído la desinencia de su nombre, común a otros caudales en situación parecida. La Rabia267 se llama, y es pesquería de excelentes ostras, servidas a los glotones madrileños.

Estas bocas de río cuando no han sido capaces de un puerto y población acomodada, tienen suma tristeza y monotonía. La corriente, embalsada por las tierras que ella misma arrastra y acumula, fluye perezosamente, buscando por largos y repetidos rodeos la salida al mar; en la marina yerma y desolada, apenas si una ruina de ermita, molino o garita quiebra la uniforme línea de los bancos y dunas; apenas si entre los juncos y légamos verdes de la playa blanquea una gaviota o garza solitaria.

Luego se sube a una sierra, donde se ofrece al peón, avaro de horas y de fatiga, el camino antiguo más caído hacia la costa. Al cabo de una hora se une a la carretera sobre los altos que dominan el ancho estero de San Vicente de la Barquera.

Partido el mar en dos brazos, ciñe un peñasco cuyo arenoso asiento ocupa la población, cuya cima corona la iglesia, y rodearon los muros de su fuerte castillo. El que entra derecho por las tierras al Mediodía, lleva sobre sus arenas treinta y dos arcos de un puente, que la tradición bautizó romano, y trae su fundación de era harto más reciente y más gloriosa para nuestra gente268. Al extremo del puente, dominando la ría con sus galerías abiertas al Sur y a Levante, un convento francisco, edificado, como sus, hermanos, de limosna -dice Gonzaga-, año de 1468.

La Casa de Guevara, que poseía como sabemos los inmediatos estados de Treceño, tomó para sí el patronato de este convento; dotóle de capellanías, labró la capilla mayor e hizo el retablo y el coro, con un aposento para que se alojasen sus señores, que se llamó «la celda de los Guevaras». «Y alternativamente -dice el Memorial citado a los principios de este libro269- desde entonces se entierran unos señores allí y otros en Escalante.»

Las casas de la villa, levantadas sobre solemnes pórticos, ennoblecidas con balconaje de hierro, escudos y portadas, abrigan el silencioso puerto. En las lejanías de su embocadura, al pie de los merlones de Santa Catalina, y del venerado santuario de Nuestra Señora de la Barquera, se ven agitar las bulliciosas ondas que dan voz a la soledad y acento a las ruinas; pero a la ribera llegan calladas y adormidas, cual si ya su fuerza, su ayuda, su flexibilidad y movimiento fueran inútiles para la muerta navegación y el desaparecido comercio. Algún cabotero fondea en la rada que armaba arrogantes escuadrillas balleneras, y que pretende haber sido cuna de los bajeles guiados por Bonifaz a la empresa de Sevilla270.

Encarámase el viajero a buscar la iglesia, guía elocuente en los pueblos viejos, abierto libro que de ellos cuenta la edad en su arquitectura, los linajes en sus sepulcros, las costumbres en sus exvotos, la piedad en su conservación y aseo, las grandezas en su ornato, los dolores en su aparato fúnebre, en la llama perenne de sus lámparas y cirios. La de San Vicente ocupa el cabo meridional del peñasco, al que yacen agarradas las viviendas como una generación de crustáceos alimentados de marinos jugos y aire salado. El descarnado lomo de la peña tiene nombre de Calle Alta, cuyo ámbito bordan desmoronadas paredes, edificios deshabitados: avenida melancólica que guía hasta el templo, como guían los sepulcros hasta la cruz alzada en el centro de un cementerio.

Las tres naves de la iglesia, cerradas sobre ojivas anchas del siglo XIII, arrancan de una fachada, cuyo portal trae filiación del XII, y mueren en un crucero y ábside del XIV o XV. No escapó, a pesar de la jerarquía del lugar, a la necesidad y pobreza de los tiempos; su edificación fué corno la de otras muchas, lenta y sucesiva. Bien es verdad que las obras de la paz sólo en largo plazo de sosiego y abundancia llegan a cumplido término, y los tiempos de la ojiva, tormentosos y duros, daban vagar limitado al arte, interrumpiendo a menudo, con escaseces o violencias, el pacífico trabajo.

Más agitada España que otras naciones, empeñada en su secular guerra religiosa, menos propensa a ciertas vanidades y deleites, apenas tuvo espíritu, caudal, espacio y voluntad para construir otra cosa que iglesias o castillos. Príncipes ni magnates se cuidaron de sus propias moradas, ocupados en aumentar y enriquecer la casa de Dios. «Honra singular» -dice el ilustre Ozanam- de la realeza y de los nobles castellanos»271

En la capilla de San Antonio llama la atención un trozo de excelente escultura, al parecer italiana; una estatua de eclesiástico reclinada sobre una urna, puesta la mejilla sobre la mano, en actitud de leer: obra naturalista, viva y acabada. La urna, enriquecida con castizas molduras, obedece al gusto del Renacimiento; en sus ángulos dos geniecillos llorosos desarrollan cartelas en que se lee, partida, esta inscripción: el que aquí está sepultado no murió / que fué partida su muerte para la vida; y en su centro una figura de ángel, gótica en su actitud, expresión y dibujo, sostiene el blasón de los Corros272, sus fundadores.

Dice el epitafio de este entierro: HIC IACET LICENCIATUS ANTONIUS DEL CORRO, VIR PRECLARUS MORIBUS ET NOBILITATE, AC PERPETUÆ MEMORIÆ DIGNUS, CANONICUS HISPALENSIS AC IBIDEM CONTRA HERETICAM PRAVITATEM A CATHOLICIS REGIBUS FERDINANDO ET ELISABETH USQUE AD SUUM OBITUM APOSTOLICUS INQUISITOR ET HUIUS ALMÆ ECCLESIÆ TANQUAM NATURALIS UTIQUE BENEFICIATUS, QUI OBIIT VIGESIMA NONA DIE MENSIS JULII ANNO 1556 ÆTATIS VERO SUÆ 84.

Inmediatos yacen sobre un tosco plinto de labor románica dos bultos de diáfano alabastro, más curiosos que el del inquisidor: vestido el caballero de armadura completa y sobrevesta, la dama con tocas, capotillo corto sobre la ropa y cuello recto; trajes y plegado andan con los días y costumbres del siglo XIV.

La dignidad del inquisidor conseguida en edad temprana273, muestra su valor en una corte donde tenían poca acción intrigas y favores. El de su familia en San Vicente lo prueba la presencia de sus armas en los edificios más importantes, en pie unos, caídos otros a lo largo de la Calle Alta. El más aparente y conservado, labrado de esa arenisca tostada, rica de tono y fina de grano, tan común en la montaña, es elegante tipo del renacimiento imperial. Sobre un cuerpo sin otro adorno que su frontón toscano encima de la puerta, alza otro calado por tres balcones flanqueados de columnas jónicas estriadas; un recio cornisón remata la fachada, cuyos aristones se tornean y desenvuelven en pilares cilíndricos. Desde el arquitrabe habla el fundador al transeúnte en esta inscripción abierta en tres trozos sobre los tres balcones: PAUPERIBUS UT SUBVENIAT * HANC EX VETUSTISSIMA REEDIFICAVI DOMUM * PULCHRAM SED PULCHRIOREM QUÆRAMUS; y en ella revela el primer destino de su obra, destinada a asilo de pobres.

Los restos de su muralla, comidos de musgo, embozados en yedras, amenazadores y enhiestos en una parte, derribados en otra, completan la romántica y noble fisonomía del peñón de San Vicente. Persevera el cimiento de la robusta fortaleza, señalando su planta, sus recintos, entradas y galerías; aún se ven escaleras que trepaban al almenaje, o guiaban a subterráneos, silos o calabozos: las embovedadas cuadras son viviendas de inofensivos labradores o marineros. Asunto curioso a pintores y arquitectos retratar las armoniosas líneas, el colorido fresco y suave de la ruina y la roca, estudiar la disposición estratégica de las defensas, y restablecer el perfil ceñudo, grave, reposado del castillo en la integridad de su fuerza y poderío.

Aquí de nuevo nos hallamos al imperial navegante, al frecuente bojeador de estas marinas, al huésped de Santander y de Laredo. Pero si al saltar en los muelles de la hidalga Laredo, traía Carlos de Gante su espíritu castigado por la experiencia, rendido al desengaño, propuesto al sacrificio de las pompas y deleites terrenos, las arenas de San Vicente y su breve y sosegada bahía le recibían mozo, extraño a las costumbres españolas, inexperto en nuestra habla, abierto el corazón a todas las grandezas humanas, capaz de poblar y enriquecer la región más desierta y vasta y miserable con las ilusiones y bríos de su ánimo esforzado.

Había desembarcado en un puerto de Asturias, mas «por no poder estar la armada en Villaviciosa», escribe el historiador Sandoval, «pasó a Santander, y el rey fué por tierra a San Vicente de la Barquera, donde estuvo algunos días»274.

Entre uno y otro desembarco había corrido la vida del glorioso príncipe.

Méjico sujeta, Francia derrotada, Roma cautiva, atajado el turco a orillas del Danubio, todo poder y región respetable o temible por su autoridad y su valor, por su robustez y número, dominados y puestos a su obediencia o amistad forzosa; una serie incomparable de triunfos y venturas, de ocasiones de valor y constancia nunca desmentidos; un espléndido cortejo de hombres insignes, ministros de su poder, centellas de su gloria; Francisco de Borja, y Teresa de Jesús, crisol de virtudes; Alba y Leiva, espejo de capitanes; Vives y Loyola, ejemplar de teólogos y políticos; la dulce voz de Garcilaso y de León, amansando la bélica fiereza de la corte; la pluma de Ocampo y de Mendoza, consagrando lauros antiguos y hazanas recientes; la palabra ardiente de los maestros Ávila y Granada, vertiendo desde el púlpito en los corazones españoles vívido germen de heroísmo, desprecio de la muerte, obediencia a la ley, ambición del cielo; y Cortés y Pizarro, abriendo escuela de héroes; Orellana y Cano, a bordo de las infatigables urcas; y Juanes, y el Mudo y Morales, reflejos vivos de Rafael y Leonardo; y Berruguete, el de la inagotable fantasía; y Covarrubias, Machuca y Mora, que sellan en la suprema elegancia de sus construcciones la grandeza de los ánimos, la magnificencia de los tiempos y la bizarría de las costumbres: he aquí los tesoros reservados por la Providencia al porvenir del mancebo que cabalgaba por estas asperezas, entregado todavía a la rapacidad y codicia de Xevres y sus flamencos, ignorante del valor de la tierra que su bridón pisaba y había de ser pródiga en darle la copiosa sangre necesaria para alimentar la fama y el terror de sus arrojadas naves e invencible infantería275.

Sublime visión de gloria, ¿no es cierto? Sublime visión que al cabo de tantos años, y a través de tan profunda decadencia y postración, todavía tiene calor bastante para encendernos el pecho y luz para inflamar con claridad inextinguible los sagrados horizontes de la patria, y prestigio para dar yo no sé qué sonoridad augusta, mágica y consoladora que enorgullece y eleva, que atropella la sangre al corazón y el llanto a los ojos, a este nombre bendito de «españoles».




ArribaAbajo- II -

Río-Nanas.-Desfiladeros.-La Hermida


Sé indulgente, lector, con esta incurable flaqueza mía de partirme lejos del presente y de las realidades inmediatas de la vida. Sé indulgente, y nunca imagines que estas escapadas y digresiones nacen de no hacerse mi espíritu cuenta de los gustos ajenos, ciegamente regido por los gustos propios.

¡Si supieras cuán al contrario sucede! ¡Si supieras qué tímida y vacilante anda mi pluma, sospechosa siempre. de enojarte, queriendo adivinar tu semblante y gesto, atajándose, volviéndose, mudando súbitamente de acento y de asunto apenas recela que van a aparecer el disgusto en tus ojos, el bostezo en tus labios, el cansancio en todo el ademán y movimiento de tu personal

Por eso nunca me dirijo a tu pensamiento, del cual sé que, entregado a sí mismo y puesto a meditar sobre cualquiera de los incidentes de nuestra jornada, al punto aventajaría en alcance y en acierto a mi discurso; diríjome a tu corazón, y tu corazón no puede mostrárseme zahareño ni riguroso, porque una es nuestra fe, nuestro culto y unos nuestros amores.

Tú tienes patria, un pedazo de tierra donde naciste, donde hallaste la paz de tu alma, el premio de tu trabajo, la compensación y reposo de tus afanes y de tus dolores. Tú tienes Dios, porque tuviste madre que te enseñó su nombre y a invocarle; porque si pudieras haber olvidado a Dios a quien habías de pedir por ti, no puedes olvidar al Dios a quien has de pedir por ella. Tienes Dios y patria, porque sin ellos ya te hubiera cansado y héchose molesta para ti la compañía y conversación de un caminante que en ellos lo fía todo, así las esperanzas y las posibles dichas internas de su alma, como el fruto de su caminar y su trabajo.

Sin ellos fuera ocioso suplicarte ahora, porque antes de llegar aquí y desde las primeras hojas, hubiera caído este libro de tus manos.

Pronto vas a dejarle: plegue a Dios no sea de hastiado, sino de leído.

No puedes figurarte la poca gracia que me hizo hallar en cronistas, que el Emperador no había cabalgado por estos caminos que de San Vicente llevan a Asturias de Oviedo, y que yo había seguido absorto en los recuerdos, en las saudades que dicen nuestros hermanos de Lusitania, en la nostálgica melancolía de los grandes días de España. Por eso mantengo el texto que de antiguo había recibido como único y bueno y era para mí entonces histórico evangelio. De otro modo pareceríame no haber visto estos lugares. ¿Cómo suplir, por otra parte, mi completo olvido de los nombres que pudieran describirlos a tus ojos?

Pero ya llegamos a Pesués y a pasar el impetuoso Nansa.

Hoy hallamos un cómodo puente novísimo. Yo hallé los escombros del antiguo, caídos dentro del agua que, como fiera vencedora, sanguinaria e insaciable, todavía los hoza y golpea. Hízonos pasar un barquero de raza aquerontea, viejo, amojamado, lloroso de ojos y encendido de párpados, votador y gruñón.

Esas aguas revueltas y amarillas que han nacido en remotas alturas, cerca de Peña Labra, han pasado por el valle de Polaciones y visto en Tresabuela la cuna del ilustre jesuita Rávago, confesor del pacífico rey don Fernando VI276.

Con criterio diverso ha sido juzgado el papel que le tocó hacer en la sociedad de su tiempo, así como su participación indudable en el gobierno del Estado. Niéganle algunos condiciones de político, acaso con más pasión que autoridad. No podrán negarle la corona del concepto que necesariamente ha de asistir al varón que gobierna la conciencia de un soberano, cuando los actos de éste responden siempre a las exigencias de la dignidad y de la justicia; cuando, haciendo de su palacio honrado ejemplo para el hogar doméstico de sus súbditos, hace de la cámara de su consejo perpetuo centinela y escudo del sosiego, la grandeza y la prosperidad de la patria.

Hay que reconocer en el P. Francisco de Rávago cualidades de las que merecen enaltecer al hombre, si no hasta las cumbres de la celebridad, hasta las del común respeto. La sinceridad de su vocación que renuncia la primogenitura de su casa y señorío en su segundo hermano don Juan; su vasta ciencia que le alzó a las famosas cátedras del Colegio Romano y de la Sorbona parisiense277. A fuer de hombre de grande y elevado corazón, perseveró en su misión de enseñar y corregir a sus sernejantes, a pesar del desengañado conocimiento que de ellos tenía278. Nuestra provincia le debe su emancipación administrativa, la creación de su obispado, la elevación de su capital de villa a ciudad. Por eso acordaron, el ayuntamiento colocar en el salón de sus sesiones, una memoria del popular agradecimiento al padre jesuita; el cabildo catedral su retrato en la sala capitular, y ni uno ni otro lo cumplimentaron . Gratitud de corporaciones, que tiene su razón, si no su excusa, en las mudanzas de los tiempos, en las corrientes sucesivas de la atmósfera política, encontradas y diversas de entonces acá, pero nunca favorables al instituto de Loyola; argumento a los que profesan que las colectividades tienen a las veces dineros y brazos, pero nunca entrañas, nunca corazón ni cerebro.

Aún zumba en nuestros oídos el violento rumor de las ondas del Nansa, cuando vemos reflejarse el cielo en otro caudal mayor y más sosegado, el Deva, rico en salmones. En una barca le cruzan por Unquera los caminantes de Asturias. Nosotros sin embarcarnos seguimos hacia Mediodía.

Tomando cauce arriba va el camino por la orilla derecha del Deva, apartándose a trechos de ella y encaramándose con más bríos que necesidad a San Pedro de las Vaderas, para bajar de nuevo y entrar en las Asturias de Oviedo cerca del lugar de Buelles.

Por el río bajan troncos y suben barcas, navegación singular, incompleta y difícil que se torna en arrastre en los pedregales someros, donde las tripulaciones, echándose al agua, empujan el barco, y a fuerza de pecho le hacen vencer la opuesta riguridad de la corriente y el roce de los cudones.

Atravesamos un pintoresco vallecillo; en su centro levanta Panes su caserío teñido del cárdeno polvo de la calamina, los anchos colgadizos en que el mineral se quiebra y se cierne, las altas cabrias que lo cargan y descargan.-En la ribera opuesta la atalaya de Siejo, hendida de la almena al cimiento como herida de un fendiente por la invencible colada de un Cid fantástico; la atalaya puesta entre las amenazas que suben de la costa y las que bajan del monte; la atalaya que sigue a las bajas y fáciles marinas precede a las quiebras y espesuras impenetrables.-No miente el anuncio: poco más arriba de la confluencia del Cares, de ático nombre, entra la carretera en una brecha angosta y profunda, de aquellas que, pasada la catástrofe diluvial, se abrieron las aguas depositadas en las altas concavidades del globo, para fluir al Padre Océano y restablecer el perturbado equilibrio de la estremecida creación.

Largo y romancesco tránsito cuando bajan sobre él los inexplicables terrores de la noche; cuando desde el fondo del solitario tajo, metidos entre las dos tenebrosas fajas de roca, descubrís en lo alto la luminosa claridad del estrellado cielo, lejano, inaccesible, mientras la angostura parece estrecharse, juntar sus inmensas moles y ahogaros, y esta mental angustia os mengua la respiración, os enflaquece el brío y acelera el paso. Cuando oís un eco de pisadas, que no sabéis si os siguen o si vienen a encontraros, y volvéis la cabeza, y sondeáis inútilmente las tinieblas; el pisar no cesa, como que es el pisar vuestro, os acompaña, os agita los pulsos, os irrita los nervios, suena más claro o más confuso, más recio o más débil, como de persona que no camina al azar de su jornada, sino sujeta a un propósito, propósito desconocido, de persecución o acecho; que quiere disimularse a veces, a veces correr; ya acercarse, ya dejaros largo trecho adelante; y hay momentos en que imagináis que su pie va a pisaros los talones, en que esperáis sentir una mano extraña sobre el hombro, y una voz más extraña en el oído que os detenga y os cuaje la sangre.

Y ¡qué nombres tienen aquí los arroyos!:el Rúmenes, que se desentierra, o mejor dicho, se desenroca para caer al Deva; el Urdón, que baja de Tresviso arrastrando las escorias de sus hornos.

El ruido de la piedra que se desgalga la montaña abajo, el salto de la trucha en el agua estremecen y despavorizan, y más si al pasar sabéis que un pozo opaco y sombrío se llama el pozo del Infierno; si os cuentan que en otro pareció ahogado al romper de una mañana un mozo mensajero, cuyo paradero se ignoraba y se inquiría.

Un sonido rústico, tenue al principio, desigual, que a medida que avanzamos se gradúa y crece, viene a disipar visiones y espantos. Es la esquila de los bueyes que rumian acostados delante de la «Posada de Gabriel de Cué».-Un candil colgado de un balcón nos hace leer este rótulo.-Estamos en la Hermida.

Cuando amanezca verás la áspera grandeza de estos sitios; preguntarás por el manantial prodigioso que brota humeando de las entrañas del suelo, y cuyas aguas han de reposar buen trecho al aire ambiente antes de que los paralíticos y lisiados que entran a dejar su mal en ellas, puedan soportar su altísima temperatura; y verás que aquel elemento de salud, de fama y de riqueza, se pierde pobre, obscurecido, disfrutado de pocos; que la tristeza y desamparo del lugar, que la descomodidad del alojamiento son para sufridos por sanos, no por enfermos; son para sufridos por gente robusta, que no valetudinaria; por gente moza, animosa, jovial, que consigo lleva el sol y la alegría, y la abundancia de todo, y ésa, a fe mía, ni necesita ni busca remedios al reuma y a la gota. Pero a bien que la naturaleza no es ahorrada ni cicatera: ahí estará haciendo fluir el manantial años y aun siglos sin menguar ni agotarse, curando necesitados y pordioseros, hasta que llegue el día de fundarse las termas para los opulentos y vanagloriosos. Entonces el yermo se habrá convertido en poblado, y crecerán árboles en las rocas, y se habrán mudado en pilas de rico mármol los cavados troncos, a manera de piragua salvaje o ataúd civilizado en que ahora se bañan los pacientes.

Cuando amanezca, oirás acaso tañer a misa y retumbar el tañido en el cóncavo del peñasco. Yo te desafío a que descubras dónde está la campana, sin ayuda de más prácticos ojos que quien los tuyos. Es un pobre santuario encaramado en un cueto al parecer inaccesible, una iglesia en cuya bóveda tocas, a poco generosa que haya sido la naturaleza contigo. En su altar se venera San Pelayo, un santo de prodigiosa devoción, que llora piedras gigantescas como esas que han rodado al cauce del río y llaman las gentes «lágrimas de San Pelayo». Es verdad que las lloró sobre el moro; y si así fué, y el moro no anduvo listo, bien pudo con cada lágrima de aquéllas dejar aplastados y yertos un centenar de paganos descreídos. Aunque visten al santo con dalmática y estola, no sé yo si aquellas piadosas gentes están muy ciertas de que su santo llorón no fuese el mismo que en Covadonga y contra los mismos infieles acudió a razones más positivas que el llanto y el sollozo. Al cabo tampoco en aquel lance dejaron las piedras de figurar cumplidamente, si bien para ser arrojadas por los puños aunque fornidos de cántabros y astures, no pudieron ser talludas como las lloradas por el patrono de la Hermida.279

Aquí haremos noche, lector. Conviene descansar para nuestra postrera y fatigosa jornada de mañana, al cabo de la cual hemos de despedirnos, acaso para siempre.

Aquí en el balcón nos servirán la cena; truchas del río, patatas del huerto, pan moreno y sentado, pero no menos sabroso. Tan sosegada es la noche, que la, llama del velón no oscila. Al rumor de las aguas del Deva, al amor de la paz y de la soledad nocturnas, yo te contaré, mientras cenamos, algo de lo mucho que hay más allá de estas solitarias gargantas, en la tierra curiosa donde acaba ese camino.




ArribaAbajo- III -

Liébana.-Un parricida.-La vez de santo Toribio.-El oso y el buey


Este camino, que pasa por bajo del balcón, va a entrar en Castilla por el puerto de Piedrasalbas, después de cruzar el término libanense. Construyóse para desahogo de este país extraño, tierra feraz que no se niega a producción alguna, y de la cual se había quizás confundido la variedad con la abundancia, riquezas ambas, pero de índole diversa, más esencial y positiva la segunda, tanto que en el orden económico apenas lo es la primera, si no va pareja con ella para ayudarse y hacerse valer.

Liébana es uno de los recintos de aquel alcázar soberano que la Providencia labró a España para asilo de su libertad, de su independencia y de su gloria; de aquel alcázar cuyos escarpes arrancan de Covadonga y de Subiedes, que tiene por fosos las cavas del Nansa y el Sella, y al cual sirven de torre de homenaje y pedestal de su bandera los gigantes picos que, descollando en las lejanías del cielo a los ojos del navegante ansioso, le gritan: «¡Europa!», con los sublimes destellos de su glacial corona.

Es parte de aquella noble entraña, del corazón de la patria, centro y resumen de su vida; nido de la española esperanza, la cual, inclinada hacia su ruda breña, persiste y no desfallece, ni se huye al cielo, en tanto oye su latir inquieto y percibe su calor generoso por mucho que opriman lo restante del cuerpo los fríos letales de la esclavitud y el miedo.

Ante esas rocas se detiene la invasión, cesa la conquista, se quebrantan los yugos, toma treguas la muerte.

Por eso se acogen aquí los soldados de la redención desde el siglo VIII al siglo XIX; desde Pelayo hasta Porlier. Los vencidos y desbaratados en otras partes, los aterrados y fugitivos, al pisar este suelo sienten curado su espanto y renovado su esfuerzo; aquí descansan y alientan, se vendan las heridas, afilan las melladas armas, tornan a ser soldados, como si en este aire salubre y puro hubieran aspirado desconocida esencia de valor y denuedo indomable. Esta tierra de los fuertes es también la de los afables y sencillos; esta patria de los intrépidos cazadores de osos es la de los huéspedes obsequiosos, de los complacientes e infatigables guías.

Rápido va a ser nuestro paso por esta comarca, a lo cual nos ayudan los caminos blandos y suaves, y la costumbre local de hacer las jornadas a caballo, por fáciles y cortas que sean.

La carretera nos ha traído a Potes, capital de la Liébana, villa hospitalaria y triste, abrumada bajo el sublime panorama que a su Noroeste desplega la sierra de Andara o Andra, estribación meridional de las Peñas de Europa, junto a su iglesia ojiva tiene otra greco-romana, limosna de piadosos y opulentos hijos, no cerrada ni ungida todavía, a pesar de los lustros que han pasado, e inician la ruina antes del término de la edificación; en lo más hondo de su solar, y encima de un castro, alza una fortísima torre, blasonada con el escudo de los Mendozas de la Vega, señores de Liébana; en una de sus entradas luce la fundación dominica de San Raimundo, vasta iglesia y monasterio pobre, obra del siglo XVII; y derrama su caserío de sólida cantería y heráldicos adornos sobre los cauces de dos arroyos que en el centro de la villa confluyen y se juntan.

De esa torre maciza, propia decoración de romancescos lugares, cuentan que fué premio de guerra y de victoria. He aquí cómo. En ella aposentaban y se fortalecían los Orejones de la Lama, familia que con el inmemorial derecho de la fuerza y de las armas ejercían formal y positiva dominación en Liébana.280

Venidos aquellos estados a la casa de Mendoza, Íñigo López, futuro marqués de Santillana, probó inútilmente por cartas y mensajeros a reclamar su obediencia, haciendo valer la mejor razón que le asistía281.

Los Orejones, feroces y valerosos, so pretexto de conservar los lugares por el Rey, le desafiaron a que viniese a tomar por sí posesión de la disputada tierra, y sabedores de que el intrépido prócer, aceptado el reto, enviaba contra ellos su hueste, salieron a encontrarle en la raya de Castilla. Dióse una recia batalla, en que ayudó la suerte a los Orejones. Los soldados mendocinos venían mandados por el primogénito del marqués, Diego Hurtado de Mendoza, futuro duque del Infantado. Aunque mozo todavía, no le eran extrañas las artes de la astucia, y probó a remediar con ellas su marcial aciago. Ganó con oro a García, hijo de su vencedor Garci González Orejón, y el hijo vendió a su padre. Dormía éste tranquilamente sobre un escaño en Ventanilla, lugar de Palencia, no lejos de Cervera de Pisuerga, cuando fué sorprendido por los soldados de Mendoza. No se forjó ilusión alguna acerca de su destino, y pidió desde luego a sus verdugos le consintieran ordenar su testamento y morir como cristiano. Con ánimo sereno dictó su cláusula primera, que empieza: «En el lugar de Ventanilla, estando yo Garci González de Orejón el cuchillo a la garganta, en poder de mis enemigos, ordeno este mi testamento.» -Así que le hubo otorgado y firmado, le cortaron la cabeza282. Horrible historia, que anubla la memoria del prócer que en provecho suyo excitó el parricidio. Y, sin embargo, aquel magnate tan redomado y frío de entrañas llevaba esta hermosa divisa: Dar es señorío, y recibir servidumbre.283

Acaso por las fatigas que le costó o por sucesos particulares que le recordaba, amó don Íñigo, con especial amor a esta tierra; y cuando para descansar su mano de la espada tomaba en ella la pluma, explayando su pensamiento por las regiones serenas de la dulce poesía, llevábale natural inclinación a pintar el territorio lebaniego, a mencionar oteros y lugares, haciéndolos teatro de sus fábulas y recuestas amorosas.

Así escribía:


Moçuela de Bores
allá do la Lama,
púsome en amores
. . . . . . . . . . . . . . . .
dixo: «Caballero,
tirat vos afuera;
dexat la vaquera
passar al otero:
ca dos labradores
me piden de Frama,
entrambos pastores.»
. . . . . . . . . . . . . . . . .
E fueron las flores
de cabe Espinama
los encobridores284.



Pero al oír el nombre del Deva y su murmullo, ¿cómo no recordar los primeros y terribles días de la redención de España, y las palabras del cronista que los historia?

Contado lleva el milagroso triunfo de Covadonga, y pintando la desordenada fuga de los sarracenos, dice: «Alcanzaron la cima del Auseva, y por las quebradas del monte que las gentes llaman Amosa, cayeron desordenadamente al territorio de Liébana. No evitaron, a pesar de ello, las divinas venganzas; pues al cruzar una cumbre erguida sobre la orilla del río Deva, cerca de una hacienda rústica, dicha Casegadia, una parte del monte movida de su asiento se derrumbó encima de ellos»285.

«Todavía ahora -añade el venerable prelado de Salamanca-, cuando las crecidas invernales del río socavan la ribera, descubren sus armas y sus huesos.»

«Todavía ahora», en días de nuestros abuelos, se hallaron en el paraje que la tradición designa monedas de aquellos remotos tiempos, sepultadas por el aluvión un día, y luego por el aluvión descubiertas. Todavía en Mogrovejo, frontero a monte de Subiedes, donde aconteció esta postrera catástrofe del ejército musulmán, era pocos años ha la reliquia mejor de su iglesia el asta del pendón que uno de los de aquel apellido habla tremolado, alférez de los cristianos, en aquellos combates supremos.

El torreón de Mogrovejo, su romancesca fisonomía, su estado presente trasladan el espíritu a los tiempos lejanos en que sirvió de abrigo a inquietos señores, y tuvo papel principal en las oscuras y mortales contiendas que forman la historia de los siglos medios.

Todavía gira en sus rudos engarces el angosto y macizo portón aserrado en el robusto tronco de un castaño, atrancado por dentro con un grueso barrote de madera, sin otro aparato de llaves ni cerrojos; los escalones interiores, sólidamente cebados en la mampostería de los muros, trepan de piso en piso, y en el postrero de éstos al cual sirve de techo la almenada azotea, yacen esparcidos miembros de armadura, petos, espaldares y morriones, comidos de moho, mellados del tiempo como por armas enemigas, derramados sobre el suelo, caídos sobre los lisos cantos del Deva, que forman el alféizar de los ajimeces.

¡Si supieras qué franca y agradable hospitalidad se recibe al pie de ese torreón bravío, y dentro de la misma cerca de su solar! ¡Si supieras que en aquella región remota, última estancia posible del hombre, vecina de las nieves perpetuas, te acogen, además del rostro risueño y la mano tendida, los primores y refinamientos de la más exquisita cultura!

Bajábamos de Mogrovejo con una tarde de otoño plácida y tibia; en los colores del paisaje dominaba el tono cárdeno y mate de la tierra, sombrío un tanto, mas no ingrato a los ojos, porque parece indicio de fertilidad y sustancia.

Más veloces que nosotros, bajando por las veredas, nos alcanzaron dos muchachos como de trece a quince años; saludaron, y mi guía les preguntó:

-¿Vais a Santo Toribio?

-Allá vamos -dijeron, y continuaron su carrera.

Pocos pasos habíamos andado, cuando otra pareja semejante nos cruzó el paso, y saludaron. cortésmente.

-¿Adónde vais?-preguntó mi curioso compañero.

-A Santo Toribio -respondieron los chicos sin detenerse, y pasando adelante.

Adelante íbamos nosotros cuando emparejamos con otro par de mozuelos, que también iban a Santo Toribio, y alzando los ojos vi que por diversas partes y senderos altos y bajos, de dos en dos, o de cuatro en cuatro, o de seis en seis, alegraban el paisaje con su caminar regocijado y vivo, número razonable de muchachos.

-¿Qué es esto? -pregunté a mi compañero.

-Esto es la vez de Santo Toribio. ¿Va, que no sabe usted lo que es la vez de Santo Toribio?

-Por mi fe, que lo ignoro.

-Pues es costumbre inmemorial, nacida de un voto antiguo o promesa de Liébana, enviar dos hombres de cada uno de sus lugares a hacer oración en la iglesia del Santo determinado día de la semana. Turnan por veces los valles, y hoy, por lo visto, es la vez de Val-de-baró, que es este que atravesamos.

Santo Toribio es efectivamente la gran devoción de Liébana. Es monasterio de antiquísima fundación: las crónicas benedictinas lo ponen en tiempo de su Santo Patriarca, principio de las religiones en Occidente286. Pero si no trae orígenes tan remotos, ya dos siglos después, en los principios de la monarquía asturiana, le da nombre y gloriosa fama uno de sus monjes, Beato, saliendo en 785 a defender victoriosamente la pureza de la doctrina apostólica contra la herejía de Elipando, arzobispo de Toledo, y Félix, obispo de Urgel287. En aquellos días no se llamaba Santo Toribio el monasterio, llamábase San Martín, advocación común de las primeras fundaciones benedictinas. Un Toribio le había fundado, sin embargo, varón eminente, que después de haber tenido oficios públicos en el Estado, desengañóse del mundo, y buscó lugar retirado donde entregarse a la oración, al estudio y a la penitencia.

Una cruz se destaca sobre el claro cielo, hincada en el filo de una peña. Allí -dicen- llegó el Santo, y perplejo ante la rigurosa escabrosidad de los lugares, lanzó abajo su báculo, determinando establecerse donde el báculo se detuviera en su caída.

Los últimos años del siglo X o los primeros del siglo XI alzaron sobre aquel solar primitivo la iglesia que hoy subsiste, aquella adonde iban a orar los mozalbetes del Val-de-baró. Es una nave de sobria y bien proporcionada arquitectura, firme bajo el peso de sus años, y dispuesta a cobijar durante muchos otros las devotas generaciones lebaniegas. Uno de sus arcos cruceros arranca de dos impostas labradas: una representa la cabeza de un oso, otra la de un buey. Y la leyenda une ambas esculturas, como une otras semejantes en templos coetáneos del de Santo Toribio.

El buey paciente y manso, obrero robusto e infatigable, ayudaba a la construcción de la iglesia; acarreaba piedras, arrastraba troncos, porteaba tierra de la cava al terraplén, y con el pisón de su ancha pezuña apelmazaba el firme de los caminos; ni el domingo era para él de provecho, porque en tal de reposar como los hombres, tocábale bajar a la villa y subir con su provisión de víveres para ellos. Un día el oso, el rey de las espesuras de Liébana, el solariego de sus bosques y malezas, el que tiene en el país tradición e historia, tradición e historia parecidas a las de otros tiranos, de ferocidad y gula; que cuenta allí razas y generaciones señaladas y catálogo de individuos ilustres, con su nombre propio, grotesco a veces, a veces heroico, según la ocasión de su celebridad, la naturaleza de sus hazañas o la genialidad del cazador o montañés que le bautizara288; el oso, en fin, o hambriento en demasía, o irritado de la presencia de un cuadrúpedo corpulento como él, y como él macizo, en lugares que tenía por suyos, y donde no consentía émulos ni competidores, desembocando improvisadamente de la maleza, se arrojó sobre el indefenso buey y le mató. No había consumado su carnicera obra, cuando el santo varón que presidía a la fábrica, insensible al terror de sus compañeros, se irguió con solemne ademán y dirigió al oso la doble fascinación de sus inspirados ojos y su inspirada palabra: «Ciego agente de la naturaleza bruta, intentas despojar al hombre de los medios que su inteligencia se procura para obedecer a Dios y servir sus altos designios; pues de parte de Dios vivo serás a tu vez instrumento dócil de su voluntad omnipotente y obedecerás al Señor de todo lo criado.» Y manso el oso, vino a ocupar el lugar del buey y a suplirle en los oficios que prestaba al bienaventurado artífice.

Diríase que la vida pura y austera de los primeros cenobitas los restablecía en aquel estado de gracia en que vivieron nuestros primeros padres antes de su culpa, cuando entera la creación animada les obedecía. Y parece que el símbolo encerrado en la sencilla leyenda corresponde a la idea que llevaba a los solitarios a sumirse en los lugares más ásperos y bravíos de las más apartadas regiones. No iban a desafiar los rigores y peligros de la salvaje naturaleza, iban a vivir en paz con ella, a ganarla con mansedumbre y perseverancia para el hombre, para que poblada toda un día, la gran familia humana cubriera la tierra que es su patrimonio, y no hubiera rincón de donde no pudiesen alzarse a Dios la noble frente, los agradecidos ojos del hombre.




ArribaAbajo- IV -

Peñas de Europa


Entre las cuatro provincias limítrofes de León, Palencia, Oviedo y Santander, como un núcleo de su formación geológica, como robusto hito central del que parten y se derivan sus cuencas, valles y cordilleras, se encuentra una masa de rocas desnudas cuyo perímetro mide muchas leguas, cuyos laberintos y senos nadie conoce, cuyas cimas culminantes suben casi hasta diez mil pies sobre el mar, a corta distancia de sus riberas289.

Desde los más lejanos valles de aquellas provincias, como desde los páramos de Campoo, se descubre el coloso, magnífico siempre, ya fulgurando a Mediodía con el vivo centelleo de sus nieves eternas, ya recortando sobre los rojos celajes del ocaso el contorno fantástico de sus excelsas cumbres. Es visión sublime del país cántabro que comparte con el mar aquella grandeza de sus horizontes que abruma el ánimo, pero ensancha el corazón; que seca las frases en la garganta, entumece y ataja la más suelta y galana pluma, y a par causa dentro del pecho yo no sé qué intenso sentimiento partícipe del placer y del agradecimiento. Visión augusta que se deja admirar, mas no se deja definir; que toma tanto del alma y le da al alma tanto que no la deja libertad para entrar en sí, dominarse y encerrarla artificiosamente en el limitado campo del concepto, de la idea.

Esa visión era la de mi sueño mientras dormía al pie de los montes, en la modesta posada de la Hermida. No quiero detenerme a imaginar si mi palabra descolorida e incierta es traidora a la visión tanto como a la realidad. Cúmpleme únicamente que ella sea leal al corazón, y que del corazón venga, lector, a tus ojos sin preparaciones ni artificios que la desnaturen o falseen. Lo que aquí no te dijere la simple frase de un relato sincero, no te lo dirán tampoco retóricas amplificaciones. Se presenta a veces la obra de Dios tan grande en su unidad sencilla, que todo comento humano la empequeñece y desfigura.

Iba a penetrar el misterio de aquellas montañas tantas veces contempladas desde Santander con la curiosidad infinita del espíritu. Montañeses y asturianos, habitantes de los valles tendidos en torno del impenetrable gigante me hablaban de él, como en las primeras edades humanas debieron los ribereños hablar del mar que navegaban, pero a cuya inmensidad ignota no se atrevían.

Los tenaces acosadores de osos llegaban al confín de las lomas arboladas, donde el haya dura vive sobriamente de un resto de tierra olvidada por el aluvión en las hendijas del peñasco; subía el pastor a sestear durante el estío en los puertos cubiertos de menuda y apretada grama, verde alfombra y última alegría de la naturaleza, próxima a vestir majestad austera, y el atrevido cazador de rebezos se aventuraba a espiar sus abrevaderos en la desnuda región del agua y de la piedra, donde el manantial fluye silencioso, como si su voz se ahogara en aquella soledad sin término; pero nadie iba más allá.

Inexplorados estaban los torcidos desfiladeros y levantados picos, desmesuradas labores de aquella gigantesca corona sobre la cual el cielo deja de tiempo en tiempo caer un velo de nubes que la arrebozan y esconden, celoso de conservar su augusto prestigio al Titán que la ciñe.

El espíritu humano, sin embargo, invasor y expansivo, parece recordar y pretende mantener constantemente su prístino fuero de rey universal de la creación, y ocupa y enseñorea de memoria y con su fantasía aquellas regiones que no puede de más positiva manera; y de memoria las labra, las fecunda, las puebla, las ilumina, las hermosea o las enhorridece. Y para hacer acto de posesión, las nombra y apellida. Pero ese nombre que singulariza, concreta y determina lo nombrado, no quebranta los obstáculos que lo aíslan, ni penetra el misterio que lo envuelve, antes da ocasiones frecuentes a que, engendrándose de él la leyenda, condense la sombra y acrezca la oscuridad en torno a lo desconocido.

Eso pasaba con las Peñas de Europa.

Allí abrigaba sus criaturas la rica imaginación del pueblo; allí había dado sepulcro y apoteosis a una hija del Olimpo griego, como si al genio fecundador de Oriente no hubiese límite vedado ni rincón desconocido, y con el día que en sus aguas nace llegase el rayo de su poético numen a hermosearlo todo; allí escondía tesoros sin suma y sin dueño, guardados, a pesar de ello, por fieras y peligros, símbolo del deseo humano.

Los falsos cronistas, tomando aquel nombre para atribuirle mitológica procedencia, supusieron y contaron que a estos parajes había sido traída a terminar sus viajes y aventuras aquella princesa fenicia Europa, célebre por su hermosura y por la pasión impetuosa de Júpiter290.

Si estos montes hubieran sido titulados por los navegantes que traían rumbo de los mares americanos, como los positivistas aseguran, el nombre sería reciente cuando los falsarios le interpretaron a su guisa, y tan reciente, que mal pudieran sustituir a su generación propia y verdadera otra artificial e impostora.

Aquellos tesoros que al decir de la conseja encerraba la cueva de la reina, sí que son ciertos; aquellos tesoros que el paladín legendario hubiera ganado a punta de su lanza y a golpes de su maza, y que hoy si bien por otras gentes, son buscados a punta de hierro, aunque la lanza se llame barreno, y la maza azadón o martillo.

No son piedras preciosas ni el oro rey, sino un metal blando, común, deslucido y opaco, el cine, lo que llena las entrañas de estos montes. Pero es tan rico el criadero y tanta la bondad de su veta, que la industria metalúrgica ha plantado aquí sólidamente sus explotaciones, y a pesar del rigoroso clima que desaloja sus cimas a todo viviente durante ocho meses del año, desde octubre a mayo, y se apodera, con sus invencibles nieves, de minas, edificios y depósitos, porfía, trabaja, y popularizando el nombre de las Peñas de Europa, cambia su prestigio fabuloso y legendario, por el formal y positivo de manifiestas utilidades materiales.

Hora es ya de que emprendamos la jornada. Disponte, lector, a sentir emociones diversas, a pasar repentinamente de la niebla al sol, de Oriente a Occidente; a considerarte perdido en medio de la soledad, sin rumbo ni guía, sin indicio local alguno que esclarezca tu discurso, en una región nueva, ante una naturaleza que podrá no ser de tu agrado, pero que de seguro te sobrecoge, te sorprende y no se te olvida.

Con agria pendiente, y carretero a pesar de su angostura, arranca el camino a trepar por la aspereza y encaramarse sobre los cuetos más esquivos del peñascal; pronto revuelve por cima de una loma, penetra en la estrechez de los desfiladeros, y a los ojos del viajero desaparecen la Hermida y el Deva, sepultados en su sima de piedra.

El agua que baja de las alturas se despeña recogida dentro de un cauce estrecho, remansa en las mesetas, vistiéndolas de larga hierba, o se desliza bajo apretadas malezas al pie de un solitario aliso, salvada una y otra vez su corriente sobre ligeros puentes de madera.

Al remontar una de las vueltas que serpean por la montaña oímos son de cencerros, y mirando abajo vemos cómo con lento y seguro callo sube a distancia tras de nosotros la recua empleada en abastecer de vitualla las minas. Caminan las acémilas sosegadas y solas; su conductor ataja por riscos, mas sin perderlas de vista; y si alguna vez el macho cabecero se para distraído por tal cual penacho de heno meciéndose a la vera del camino, un áspero silbido que estremece a la bestia, hácela arrancarse al improviso regalo y recobrar su paso y su jornada.

En un rellano yace Beges: anchas piras circulares de calamina y leña, prontas a recibir fuego, y los barracones de tabla arrimados a sus casas de piedra seca, dan a la aldehuela semblante especial. Tipos y trajes de otros reinos abigarran su población, cuya mansa vida antigua pastoril y labradora, agitan y transforman afanes y ruidos, causados por otra más codiciosa y nueva.

Parece la primera mansión, del pueblo subido a las supremas cimas de la ingente masa caliza para horadar su seno y arrancarle su riqueza, y dispone los ojos y el ánimo, a manera de preliminar bosquejo, al cuadro extraño y magnífico que han de contemplar más tarde.

Pero antes de llegar a tan prodigiosa muestra de la perseverancia y labor del enjambre humano, todavía hemos de hallarnos a solas con la vasta naturaleza, desierta, majestuosa y soberana.

Beges disfruta la sombra de los últimos nogales; su mies y sus praderas están abrigadas por montes que rodean la cerrada cuenca: al cierzo el cueto de la Robre coronado de bosque; al Mediodía, y señalado por una trocha que muere en su garganta, el puerto de Pelea, cuya denominación diríase conservada de las épicas luchas mantenidas en torno del impenetrable alcázar.

Más allá arrastra el camino sobre peña viva. Hase escondido el sol, y sentimos sobre nosotros el húmedo peso de las nubes henchidas de agua; el viento, huésped constante de las alturas, nos acompaña, y se le oye mugir allá en los lejanos picos, airado de su resistencia, o lastimado de sus heridas. Paisaje adusto; propia región de águilas. Fija sobre una roca, inmóvil, lanzada adelante su chata cabeza, aparece una de ellas, pronta a calar al fondo del abismo; distínguese su pardo plumaje, el negro becoquín que cubre su aplastada frente, y la muceta blanca con que viste su espalda y los nervudos codos de sus alas; ábrelas al acercarnos, déjase pesar sobre ellas, y remontando el vuelo, sube a cernerse, solitaria, en el inmenso espacio.

Cuando hemos perdido de vista a Beges, cércanos por todas partes un horizonte de piedra con sus tonos uniformes, opacos y cenicientos; empero la gota de rocío que se detiene en las grietas de la caliza, el chispazo de sol que la sorbe y bebe a través de su niebla, fecundan misteriosos gérmenes de donde brotan en rizadas hebras los infinitos matices del musgo. Sobre su blando terciopelo descuella el rododendro alpino, y una flor modesta y suave, la clavellina morada, que generosa crece sobre los peñascos como en las arenas, y pudiera ser símbolo de la tierra cántabra, cuyos términos alegra, cuyos accidentes más tétricos embellece, pálida, olorosa y frágil, resistiendo humilde y vivaz, así la sal de las olas como el hielo de las cumbres. Las nubes quedan ya bajas, y al ambiente húmedo sucede seca y tamizada bruma.

Toda vegetación arborescente parece haber cesado; la niebla corre atropellada por el vendaval; siéntesela como polvareda glacial rozar el cutis, y en limpios diamantes se cuaja al paso sobre la barba del jinete y las crines del caballo.

Súbitamente entre las flotantes gasas se destacan algunos troncos, más numerosos y espesos a medida que avanzamos, y pronto nos hallamos dentro de un bosque cuyos árboles desfilan a derecha e izquierda del camino. Entre mutilados cepejones, cuyo abierto corazón todavía retoña en algunos parajes, crecen las hayas retorciéndose a buscar el sol, tendiendo sus ramas al aire y a la nube que las alimenta. Su raigambre, asida al árido peñasco, apenas cumple otra misión de vida que la de afirmarlas y sostenerlas sobre el suelo, al cual tan de firme se abrazan y aprietan, que cuando caen derribadas por los años o el temporal, le rompen y arrastran consigo poderosos trozos. Como la mano del soldado muerto ase convulsa el puño de la espada, las raíces del árbol caído y yerto conservan agarrada la piedra, testimonio de la fuerza extraña, inmensurable, que tuvo en vida.

Entre el gayo y trémulo follaje destácase a trechos inmoble y lúgubre el tejo, cuyo zumo letal extraían los antiguos cántabros291 para ser, en trances de fortuna adversa, dueños de su porvenir y de su vida292.

Reliquias de aquellos bosques sepultados en secular olvido y abandono que daban nombradía a esta región occidental de la Montaña293, donde parece que un exceso de vida ha empobrecido la savia y ahogado los árboles, donde yacen los troncos caídos, amortajados por el musgo y el liquen, que tienden sus verdes pabellones de una a otra rama, y cierran la impenetrable y misteriosa espesura.

Después de nuevos desiertos y nuevos zig-zags del camino, una ráfaga de aire desvanece los torbellinos de niebla; los últimos riscos del gigante aparecen sobre cielo azul, y en el seno de ellos, abrigada y recogida la nueva población, sus almacenes, viviendas, oficinas; a una parte el huraño almacén de pólvora con su bandera enarbolada como enemigo en campaña, y levantada sobre el frente del Sur la capilla de Santa Bárbara coronada de la cruz cristiana.

Es la hora de mediodía, hora de silencio y calma en parajes donde se vive la vida de trabajo regular y ordenado. El pueblo minero derramado por las cercanías, yace entonces callado y escondido, repartido alrededor de sus repletas ollas; y la vasta plaza encerrada en el cuadrilátero de los edificios, permanece desierta. No hay allí ociosos que hagan tiempo, y a la sazón sólo pueden ocuparla con sus ruidos y sus diálogos los viajeros que llegan y algún convaleciente que, vendada su cabeza, se apoya en el quicio de la puerta del hospital.

Hospital y cuartel de la Guardia civil, centinelas de la caridad y centinelas del orden, apostados por la previsión y la humanidad, ya que por alto que suba el hombre y se aproxime al cielo, mientras su planta toque a la tierra, con él van siempre y no le abandonan los dolores de su cuerpo y las flaquezas de su alma.

Cierto día del año, el 15 de agosto, cobra la plaza animación y movimiento, llénase de gente, se cubre de mercaderes y buhoneros, se viste de banderas y guirnaldas para festejar a su santa patrona y abogada, en cuyo limpio altar, resplandeciente de luces, se celebra, con litúrgica pompa y religiosos cánticos, el santo sacrificio. Acuden entonces los comarcanos valles asturianos y montañeses con su mocedad gallardamente ataviada, precedida de rústicas orquestas; tamboril y gaita los del Norte y de Poniente; pandero y castañuelas los de Levante y Mediodía. Llevan muchos cuatro horas de jornada por precipicios y ventisqueros, que habrán de desandar de sol a sol; mas de fatiga o de quebranto no muestran señal el robusto pulmón de las cantadoras ni el jarrete acerado de los bailarines.

Fiesta singular, curiosa, sin parecido acaso en el universo, por lo extraño y sublime de la región en que se celebra, por lo escogido y vigoroso de la muchedumbre que la solemniza: obreros de la mies y de la mina, miembros de la familia de la reja y la familia del azadón, probados, curtidos, superiores a todo cansancio, a todo descaecimiento, como flor de soldados que, salvos del hierro y del plomo, reliquias de las batallas, sobreviviendo al duro rigor de las armas, a las miserias del hospital, a las intemperies del campamento, forman la hueste veterana cuya firmeza y enérgico sosiego asombran, seducen y hacen pensar en fabulosas empresas y hazañas imposibles.

A esa fiesta acudirán, andando el tiempo, cuando más esparcida su fama, cuando más dilatado su nombre de original y desusada, curiosos sin cuento; y con ellos, no por curiosas, sí por entusiastas y capaces de toda admiración, de comprender los portentos de la creación, como sienten la poesía de sus risueñas galas, las damas que no teman fiarse al manso lomo y al seguro callo de las hacaneas del país.

Retratadas luego por vivas imaginaciones femeninas la austera belleza y majestad del extraordinario paisaje, sin perder su vago hechizo de lejanía y de misterio, mostraránse a los ojos de las gentes con riqueza de color y realce de contornos, que acrezcan su inexplicable prestigio.

No faltan a la expedición atractivos de toda especie.

La hospitalidad de los mineros de «La Providencia»294 es amplia, cordial y aun pródiga. Como la del marino, parece originada en hábitos de prolongado aislamiento, de perenne azar, de porfía incesante contra fuerzas ingentes, desmesuradas e irresistibles de la naturaleza. Para ellos el manjar raro, el licor añejo, como la hoguera bien atizada en climas glaciales o estación rigurosa, nunca tienen sabor más exquisito que compartidos con un amigo llegado impensadamente, o el comensal improvisado por el acaso.

Cosas buenas tiene la vida, compensación de sus amarguras y desengaños; y una de las mejores es esta de encontrarse a distancia de años, después de vicisitudes y acasos de toda especie, en ocasiones y parajes inesperados, los amigos de la infancia, los compañeros de las cavilaciones y travesuras de la escuela.

De éstos era para mi Benigno de Arce, acreditado ingeniero, director a la sazón de los trabajos de «La Providencia». Llegamos a sorprenderle cuando sentado al luego de una chimenea, aguardaba, en compañía de su excelente ayudante don Miguel María Masso, el momento de ponerse a comer.

Pronto se ensanchó la mesa, cubriéndose con ciertos regalados manjares y bebidas, reservados para extraordinarios casos.

Y apenas satisfecha la picara necesidad humana, montamos a caballo.

Muchas horas de galope necesitamos para recorrer los varios y torcidos ramales de camino que comunican los puntos de explotación. Dice el venerable Granada: «que el corazón humano sin grandes promesas no se mueve a grandes trabajos», ¡Cuáles serán los que la próvida ciencia aquí descubre, cuando sin arredrarse la especulación humana emprendió y sostiene tan activa lucha con esta terrible naturaleza!

Al ruido de la galopada salían de sus chabolas295 los mineros, y en verdad que al ver a uno de aquellos vigorosos euskaros, empuñando un barreno frente a frente de la roca, tan firme sobre sus pies, tan ancho de espaldas, tan robusto de brazos, con el sosiego y la confianza de la fuerza retratados en la paz de su rostro y de sus ojos azules, parecía la roca poco enemigo y obstáculo, a pesar de su grandeza, de su solidez, de su durísimo y consistente aspecto.

Y visitamos el hondo lago de Andara, sus aguas inmobles, frías, su caudal inmanente e inalterable, sombrío y triste como las aguas muertas o que muertas parecen a nuestros ojos por la imponderable lentitud de su movimiento, por la ingente extensión de cada momento de su vida. Y hallamos la nieve de inmemoriales días depositada en los huecos de la roca, ennegrecida por los años, imposible de reconocer por quien sólo la ha visto reciente, blanca y Cristalina.

Si nuestros guías hubieran querido abandonarnos al revolver de uno de aquellos mogotes, nos hubiéramos hallado completamente perdidos. Tan nuevo y extraño se hace aquel ir y venir sobre un suelo de sonora piedra, entre moles diversas y que todas se parecen, salvando gargantas y siguiendo hoyas donde un manto de bruma impide súbitamente toda orientación y reconocimiento.

Como todo lo sobrenatural e ignoto, la mayor parte de aquellos riscos carecen de nombre. Tiénenle algunos de los que son visibles desde la habitada hondura. Tendránlos todos un día si la raza minera hace asiento y se perpetúa en ellos: porque zapadores y canteros, cuyo mudable norte es el sol y su aguja la sombra, necesitan propia geografía para orientarse y reconocerse, y a esta necesidad responde admirablemente el popular instinto.

Su tajado perfil y torreada forma hicieron llamarse Castillo del Grajal al más aparente peñón inmediato a la plaza; por áspero y esquivo y apartado, sobre la inexplorada altura, apellidóse otro pico de las Malatas, en siglos en que la malatía era sentencia de proscripción y desamparo para el mísero leproso, si ya no fué teatro de tradición olvidada; mas ¿dónde tuvo origen el bárbaro apellido de Mancundio, que tanto pare ce nombre de primitivo caudillo, como confusa e informe abreviación de antigua frase, anatema, maldición o desafío? ¿Qué suceso, creencia o tradición perdida encierran sus letras?

Ahora salpican las alturas con denominaciones de reciente origen y más fácil inteligencia, tomadas de un santo o de la abundancia o proporción en que pagan las fatigas del beneficiario los frecuentes pozos o galerías abiertos para la explotación de sus ricos senos: Evangelista, Inagotable, etc.

Unas veces aparece la calamina aglomerada en disformes masas, que llaman bolsadas, otras palmeada y oprimida entre dos lastras paralelas y tendidas. Aquí arrancan el mineral abriendo en la peña zanjas a cielo abierto, allá raen con anchos socavones su áspero flanco; en otra parte, persiguiendo el filón que culebrea, se entierra, se esconde y vuelve a aparecer como si quisiera escapar a la mano que le alcanza, taladran, largas galerías cuyos pisos se sobreponen o se cruzan siguiendo las ondas y recodos del filón.

Tajadas perpendicularmente por su parte meridional las tremendas rocas, hay parajes de ellas donde, como desde la tronera de una fortaleza, pueden avizorarse los hondos y apartados valles. Abocados a una de tales angostas quiebras, nuestros ojos presenciaron un espectáculo inesperado y nuevo.

El vasto territorio de Liébana, sus valles y sierras, y sus impenetrables bosques, yacían en el fondo de un mar de vapores que los anegaba y cubría, y cuyas blancas ondas, arrastradas por el viento, se desgarraban y rompían a nuestros pies, dejando sus blancos jirones, como el océano sus espumas, en las asperezas de las rocas. Fantástico mar que se agitaba y hervía sin rumor ni estruendo, de vertiginosa blancura, jaspeada de largas estelas de púrpura y oro por algún rayo de sol descarriado entre vanos e impalpables copos. Visión genesíaca, cuadro de los días primeros del mundo, cuando al contacto del candente granito, resueltas en vapor las aguas, cubrieron el globo con reciente e incontaminada atmósfera, y era sólo la bosquejada creación roca y niebla.

El vértigo y terror causados por la mar no son comparables al vértigo y terror causados por la niebla. Los despojos que flotan, la imagen que se refleja, el sonido mismo, el choque de los cuerpos que caen dan al agua cierto carácter de resistencia y sustentación, de que carece la niebla, donde todo es abismo siniestro, todo caída interminable, todo invisible e inevitable muerte.

De tanto en tanto se formaban remolinos parecidos a los sumideros de un río; algún ser sub-nebular batía las nieblas, eran las alas de alguna ave poderosa acaso, y aguardábamos verla surgir dominando el espacio y destacando en él su pardo bulto; nada aparecía, los remolinos se apagaban y el siniestro y cuajado mar seguía flotando, corriendo silencioso, opaco, desgarrándose en las rocas, desapareciendo a lo lejos sin desvanecerse ni consumirse jamás.

Extendíanse las blancas bramas sin límites aparentes; sobrenadando en ellas se divisaban lejos, muy lejos, cimas y tierras de otras comarcas, cuyo perfil oscuro destacaba en un cielo de soberana nitidez y transparencia; el gigantesco Peña-Labra, monarca fluvial, rey de las aguas ibéricas, que desde su olímpica alteza alimenta los tres mares que ciñen la Península: el Atlántico por los afluentes de Pisuerga y del Duero, el Mediterráneo por el Híjar y el Ebro, el Cantábrico por el Nansa, sepulcro del glorioso paladín Bernardo; los montes leoneses, la mesa de Aguilar, frontera liza en la restauración cristiana, los soberbios Urrieles asturianos, y la erguida Peña-Vieja, cuya cima aguda aún no ha consentido pie de explorador o de Curioso.

El lugar y el momento son, lector amigo, oportunos para que nos separemos. En ningún otro paraje ni ocasión has de estar más dispuesto a la indulgencia; en ningún otro ha de ser más fácil a quien te ha acompañado tanto tiempo dejarte absorto en el espectáculo que te rodea, sin que cuides de su presencia o de su falta.

Al recobrarte de tu asombrada contemplación, quejoso y todo como puedes mostrarte, no me dirás con justicia que no mantuve mi promesa. No te he dado la historia del pueblo montañés; pero hallándole al paso, ocupado unas veces en explotar su hacienda, o en meditar los medios de aumentarla o adquirirla, otras en recordar a sus mayores, o en asistir a culto de sus bienaventurados, o detenido en hojear sus anales viejos, he procurado pintarlo a tus ojos con el fiel colorido de su fisonomía y de su arreo, con la luz que le dan el cielo y los hermosos horizontes de su patria.

Ni pretendo que esa patria tan honda y sinceramente amada se reconozca en mis turbios y pálidos borrones. Bástame que sienta y confiese en ellos la mano y el corazón de un hijo.




 
 
FIN