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ArribaAbajoLa casualidad


ArribaAbajo- I -

Eran frecuentes mis escapatorias de la villa a la aldea natal, adonde me estaban siempre llamando la familia, los amigos, los recuerdos de la niñez y mi afición a la vida campesina.

Llegué a la aldea al anochecer de un día de Invierno, y como llegase cansado y hacía frío y la noche era obscura, me instalé inmediatamente junto al hogar, y siguiendo el consejo de mi padre y mis hermanos, reservé para la mañana siguiente la visita a los amigos y compañeros de la infancia, a pesar de lo muy grata que me era siempre esta visita y de mi impaciencia por hacerla.

Algunos amigos míos, menos egoístas y no más descansados que yo, pues habían pasado el día trabajando en sus heredades, arrostraron el cansancio y el frío y la obscuridad, para ir a verme tan pronto como supieron mi llegada.

Con tal motivo, aquella noche había gran tertulia en casa. Mis sobrinitos, que ordinariamente se acostaban al anochecer, con un huevo o una taza de leche casi todas las veces, y las demás con la añadidura de un azote que les daba su madre con toda la suavidad que permitía el caso, para corregir las mañas en que incurrían cuando el sueño les rondaba, estaban aquella noche despabiladísimos, y todas las amenazas de su madre de que haría y acontecería con ellos si no se iban a acostar eran inútiles, pues poniéndose bajo la salvaguardia del tío y del abuelo, las desafiaban valerosamente.

Mis sobrinitos, que no tenían pelo de tontos, sabían muy bien que todo no había de ser aquella noche hablar de parejas de bueyes, de layadas, de veneras, de roturas, de caleros, de si el trigo tenía o no buena pinta, de si el hijo de Fulano iba a América y de si el hijo de Mengano, que había ido hacía dos años, había mandado ya a sus padres tantas o cuantas onzas de oro. Todo esto les interesaba muy poco: lo que les interesaba era que se contase algún cuento o cosa parecida, y sabían muy bien que al fin el cuento o sucedido había de venir a amenizar la conversación. Su tío gustaba de cosas para ellos nada amenas, pero gustaba también de cosas que oían embobados, y los que se desvivían por complacerle y obsequiarle siempre que iba a la aldea, no omitían nunca entre sus obsequios algún cuento o narración, que si no era cuento, lo parecía.

Recayó la conversación sobre si lo que ocurría en el mundo, sin intervenir en ello la voluntad del hombre, era todo obra de la voluntad de Dios, o era en parte obra de la casualidad.

La opinión general fue que todo era obra de la voluntad de Dios; pero no faltó quien se obstinase en sostener que si bien Dios tiene poder para hacer que sucedan o dejen de suceder todas las cosas, muchas veces no hace uso de su poder en pro ni en contra; y lo que sucede es puramente obra de la casualidad.

El que sostenía esta opinión era un tal Ciscorro (o Franciscón), cuya terquedad venía de familia, pues ya su abuelo y su padre fueron conocidos con el apodo de Cabezudos, que el mismo Ciscorro había heredado merecidísimamente.

Mi padre no era un sabio ni mucho menos, ni tenía pretensiones de competir en sabiduría con su hijo, que es cuanto se puede decir para encarecer su modestia; pero siempre había tenido, y conservaba aún, entendimiento claro, juicio recto y espíritu observador, y había vivido mucho, como que era ya casi octogenario.

-Yo creo firmemente -dijo mi padre- que todo lo que sucede en el mundo es obra deliberada de la voluntad de Dios, que ha tenido su razón para hacerlo, aun cuando nosotros no comprendamos por qué lo ha hecho. Una vez iba yo con el carro a traer castañas de los castañares de Sopeña. El día y la noche anteriores había llovido a mares, como que el agua se había llevado las presas de Lacilla y Labarrieta, y de resultas de aquel diluvio, todo era derroñadas1. Iba yo montado en mi carro, y de repente se paran los bueyes en un sitio, donde la carretera no tenía más ancho que el del carro, y salir de ella e ir rodando hasta el río todo era uno. Arreo a los bueyes, pero por más que tiraban, no daban un pase adelante. Miro a la rodada y me encuentro con que el obstáculo con que tropezaba la rueda era un canto muy grande que había rodado de la ladera y se había detenido allí. Me bajo, aparto el canto y le hago rodar al río, entreteniéndome durante esta operación en pensar tontamente que muchas cosas no podían ser obra de Dios, sino obra de la casualidad, pues Dios es infinitamente bueno y sabio, como nos dice la doctrina, y siéndolo, no podía ser que hiciese cosas que, como la bajada de aquel canto a la carretera, no podían servir más que de daño a los hombres. Apenas volví a montar en el carro y echaron a andar los bueyes, oigo como cien pasos más adelante un gran ruido; me inclino a mirar por entre los troncos de los castaños, y veo que el ruido es de haberse derroñado sobre la carretera un cerro coronado de peñascos que la dominaba, ¿Y sabéis, lo que hice entonces?

-¡Toma! -contestó Ciscorro-. Lo que usted fiaría entonces sería ver si podía pasar con el carro dando un rodeo.

-Eso lo hice después, que lo que hice entonces fue arrodillarme en el carro y alzar los ojos y el corazón a Dios para pedirle perdón por haber dudado que fuese obra de su voluntad y, como tal, obra sabia y justa, todo lo que en el mundo sucedía, y para darle gracias porque me había salvado de la muerte con el obstáculo que me había detenido algunos minutos en mi camino, pues a no detenerme, justamente hubiera yo pasado bajo el cerro en el momento en que el cerro caía, y hubiéramos quedado allí aplastados y sepultados el carro, los bueyes y yo.

Todavía no se dio por convencido Ciscorro con este ejemplo de que todo lo que sucede en el mundo, o es obra de la voluntad del hombre consentida por Dios, o es obra solamente de Dios, que en uno y otro caso sabe muy bien que lo que consiente o hace es justo, y nunca puramente obra de la casualidad. Mi padre quiso ver si con otro ejemplo acababa de triunfar de aquel cabezudo, que decía:

-La caída de un canto a la rodada de los carros nada tiene de extraordinario, y mucho menos una derroñada después de haber llovido a mares. Cuando yo me convenceré de que Dios y no la casualidad ha andado en el negocio será cuando ocurra una cosa tan extraordinaria que parezca un milagro, y por medio de ella se salve un hombre o se castigue un delito.

-Pues vas a saber que esa cosa ha sucedido, y si dudas de ello, pregunta a doña María de Garay, a don Eduardo de Chávarri, a don Ambrosio Ruiz de Oquendo y otros aún más viejos que yo, que alcanzaron y deben recordar lo que voy a contaros.

-No -contestó Ciscorro-; no dudo de lo que va usted a contar, sino de que lo que va usted a contar sea tan extraordinario que no pueda ser obra de la casualidad.

-Pues oid.

Y mi padre nos contó el caso singularísimo que voy a dar a conocer con todos sus pormenores, aunque no con el color local que mi padre le daba y que en mi pluma o boca es imposible.




ArribaAbajo- II -

Beci es una feligresía del Concejo de Sopuerta, pero parece un lugar enteramente apartado del Concejo, no tanto porque su antiquísima parroquia de San Cosme y San Damián no sea aneja de la matriz de San Martín de Carral (que existía ya en el siglo XII), como lo son las de Mercadillo, Avellaneda, Labaluga y Labarrieta, cuanto por la situación de sus treinta casas extendidas en una alta meseta que casi desde ninguna barriada del Concejo se descubre, y tiene difícil comunicación con el valle. Hasta en las costumbres y el lenguaje difieren los de Beci de los de las otras feligresías, distante la que más una legua. Los de Beci son propiamente los serranos del Concejo.

Es Beci lugar de gente sencilla, trabajadora, honrada y pacífica, donde no había memoria de un robo, y mucho menos de un homicidio. Con decir esto, se dice la sorpresa, la consternación, el espanto con que una mañana circuló entre sus moradores la noticia de que un vecino, llamado, Marcos de Larrabita, había aparecido muerto de mano airada en una sula2, más arriba del barrio de Cañedo, en el descenso del monte que separa a Beci de Avellaneda.

La justicia del Concejo, el teniente corregidor, de las Encartaciones (que tenía su audiencia en Avellaneda) y los mismos vecinos de Beci, se desvivían inútilmente por descubrir al asesino.

No había siquiera el menor asomo de que por las Encartaciones anduviesen entonces malhechores de ninguna especie; en Beci no había persona alguna capaz de quebrantar el quinto ni el séptimo mandamiento de la ley de Dios; nadie había visto, la tarde ni la noche anterior forastero alguno en Beci ni sus inmediaciones, y Marcos era hombre querido de todos sus convecinos y de carácter sumamente pacífico. ¿Cómo se explicaba el atentado de que había sido víctima? ¿Quién podía ser el asesino? ¿Cuál el objeto del asesinato? Nadie acertaba a contestará estas preguntas que todos hacían y se hacían a sí propios.

El licenciado Gómez de Párraga, que a la sazón era teniente corregidor de las Encartaciones de Vizcaya, tornó el asunto por su cuenta y juró que había de descubrir al asesino. Lo primero que hizo fue llamar a un tal Juan de la Cavareda, vecino de Beci y llamado por mal nombre Casualidades, que se había distinguido entre todos por la indignación y pena que le había causado el crimen y por el celo con que había secundado los esfuerzos de la justicia para dar con el criminal, como regidor que era de la feligresía, y como vecino y amigo inseparable del pobre Marcos de Larrabita.

Quería el licenciado Gómez de Párraga que Juan le informase de cuanto atañía a cada uno de los vecinos de Beci. Los informes que Casualidades le dio fueron tan satisfactorios que concluyeron con estas palabras:

-Por casualidad, señor teniente, entre todos los vecinos de Beci, yo soy el peor y más capaz de cometer un delito como el que vuestra merced persigue y todos lloramos.

Al señor licenciado enamoraron tanto más la modestia y la sencillez de Juan, cuanto que antes de consultarle había pedido informes de él, como de todos los vecinos, a personas muy honradas y respetables del Concejo, y todas le habían dicho:

-Juan de la Cavareda tiene tan hermosa el alma como fea la cara. Él es, entre todos los vecinos de Beci, el mejor y más incapaz de cometer un delito como el que vuestra merced persigue.

A Juan de la Cavareda le habían dado el apodo de Casualidades porque la frase «Por casualidad», viniera o no a pelo, era la muletilla obligada y perpetua de su conversación, y porque además opinaba que en el mundo suceden a veces cosas que no son obras de Dios ni de los hombres, sino puramente de la casualidad. Lo que más contribuyó a que le quedara este apodo fue un caso digno de referirse, tanto por lo curioso, como porque explica el apodo de Juan y prueba cuán amigos eran éste y Marcos. Juan y Marcos, que eran inseparables cuando muchachos, iban un día sí y otro no a llevar a las ferrerías de Trucíos con un par de mulas que cada uno tenía; y como al pasar por el barrio de la Lía en Arcentales, cuyo valle confina con la feligresía de Beci, viesen a una muchacha muy guapa cantando y riendo en las heredades donde trabajaba, los dos se enamoraron de ella.

-Chico- dijo Juan una tarde de verano, después que se separaron de la arcentaliega, a quien habían pedido por favor una jarra de agua, que la muchacha les había sacado muy complaciente a la estrada por donde pasaban-, yo estoy enamorado de esa chica.

-Pues chico, yo también lo estoy- contestó Marcos.

-Lo siento, porque yo estaba resuelto a decirla si se quería casar conmigo.

-Yo también lo siento, porque yo pensaba decirle lo mismo.

-Pues nada, chico, díselo, porque no quiero hacerte mal tercio.

-Díselo tú, que tampoco yo quiero hacértele a ti.

Como Juan y Marcos eran tan buenos amigos y no querían perjudicarse uno a otro, rivalizaron durante muchos días en generosidad, y al cabo convinieron en una cosa: el día de San Antolín próximo irían juntos a la romería de Arcentales, obsequiarían ambos con fruta a la muchacha, y cuando, el tamborilero empezase a tocar un corro, los dos alargarían a un tiempo la mano a la muchacha para sacar a ésta a bailar, y el preferido se declararía a ella.

Así lo hicieron: la muchacha prefirió la mano de Marcos; Marcos y ella se casaron algunos meses después; ella murió de sobreparto antes de cumplirse un año, y Juan y Marcos, casado éste o viudo, continuaron siendo los buenos amigos de siempre.

La preferencia de la arcentaliega tiene una explicación muy sencilla: si en lo moral Juan competía con Marcos, no así en lo físico, porque tenía una descomunal nariz acaballada y un enorme lunar en el carrillo izquierdo, que daban a su cara una fisonomía tan singular, que el que la veía una vez no la olvidaba nunca.

Como en el lugar fuesen públicas y notorias, las calabazas que le había dado la arcentaliega, y él era tan bondadoso que era el primero que reía de las bromas que le daban, y se las daban a cada paso con el desaire que había sufrido por su fealdad en la romería de San Antolín.

-¡Ca!- decía Juan. -No fue mi lealtad, sino la casualidad, lo que hizo a la arcentaliega preferir a Marcos.

-Tu fealdad fue.

-No, la casualidad; la casualidad y sólo la casualidad -repetía el bonachón de Juan, riendo como un tonto.

Y de aquí y de su cantinela de que muchas de las cosas que en el mundo pasan son obra puramente de la casualidad y no de Dios ni de los hombres, procedía el apodo de Casualidades que todo el mundo le daba, sin que se incomodase por ello.

Su misma fealdad natural daba cierta gracia a Juan de la Cavareda, como se la da a los payasos la contrahecha. Era su genio tan placentero, su corazón tan franco y su palabra tan fácil y graciosa, a pesar de la consabida muletilla y a pesar de que Juan ni siquiera sabía leer, que el contraste de la fealdad física realzaba en él la hermosura moral.

Nunca se le había visto incomodado sino un día en que se disputaba antes de misa, en el campo de la iglesia, sobre si hacían bien o mal las mujeres en preferir un hombre guapo y sin virtud ni talento, a un hombre feo, pero con talento y virtud. Juan, que nunca se incomodaba por nada, y cuya benevolencia era inagotable, particularmente cuando se trataba de las mujeres, exclamó amoratado de ira:

-Mi padre era tan feo como yo, y, sin embargo, le quiso mi madre, aunque la pretendían otros mucho más guapos y más ricos que él. Me alegro de esta casualidad, porque si no, hubiera yo aborrecido a mi madre tanto como la quise.

El teniente corregidor tomó muchas declaraciones, dio muchos autos de prisión, se formó un proceso abultadísimo (que yo examiné, después de contar esto mi padre, entre los protocolos del escribano don Bartolomé de Palacio, tanteados por el Señorío y custodiados en el archivo de Balmaseda), y al cabo de dos años de actuaciones resultó... que se ignoraba quién había asesinado al pobre Marcos de Larrabita.




ArribaAbajo- III -

En el pórtico de la iglesia de Beci, reunidos antes de misa casi todos los vecinos, se lamentaban todos de lo inútiles que habían sido los esfuerzos hechos por la justicia y el vecindario para descubrir al asesino de Marcos, y todos convenían en que ya no había esperanza de descubrirle.

Casualidades llegó en aquel instante, y uno de los vecinos le dijo:

-Casualidades, ¿qué te parece a ti de esto? ¿Crees que por casualidad puede descubrirse al asesino de Marcos?

-Creo que no, pues si se descubriese después de tanto como ha hecho la justicia y hemos hecho todos para descubrirle, no sería por obra de la casualidad, sino por obra de Dios.

-¡Dios quiera que se descubra!

-Dios lo puede hacer todo, pero no se mete en las cosas de los hombres. Si se metiera, ¿creéis que no hubiera ya hecho descubrir al asesino o asesinos de mi pobre compañero y amigo?

-Juan, nunca para el bien es tarde, ¡y Dios sabe cuándo es tarde o temprano para hacer el bien! -dijo el señor cura, que en aquel instante atravesaba el pórtico con dirección a la puerta de la iglesia, y había oído a Casualidades.

-Pues yo -replicó éste- creo, con permiso del señor cura, que sólo cuando, por ejemplo, en la sula donde asesinaron a Marcos fuesen naciendo árgomas que formasen letras y estas letras formasen el nombre del asesino, o sucediese otra cosa así, que le descubriese, sería el descubrimiento obra de Dios y no de la casualidad.

Todos dirigieron la vista como instintivamente hacia la sula de la cuesta de Cañedo, que estaba frente por frente del pórtico en la vertiente opuesta de la llanadita que ocupan las heredades y los cinco o seis barrios o grupos de casas que constituyen la feligresía.

-¡Calla! -dijo uno de los vecinos-. Las árgomas o brezos que negrean en medio de la sula parece como que quieren formar letras.

Como era público y notorio que el que hacía esta observación no sabía leer, todos se echaron a reír de ella, con tanto más motivo, cuanto que las árgomas y brezos esparcidos por la campa no afectaban forma alguna de letras.

Sin embargo, todos los domingos se renovaba, en el pórtico la disputa sobre si vistos desde lejos tenían o no forma de letras los brezos y las árgomas de la sula de Cañedo; pero estas disputas terminaron pronto, porque dio la casualidad de que Juan de la Cavareda hizo un calero en las cercanías de la sula y rozó para cocerle toda la maleza que por allí había, inclusas las matitas de árgomas o brezos que en la sula habían ido naciendo.

Pasado algún tiempo, fueron retoñando las árgomas y los brezos, y retoñó también la conversación dominguera en el pórtico de la iglesia, sobre si vistos desde allí tenían o no forma de letras; pero tampoco duraron mucho estas nuevas disputas, porque dio la casualidad de que Juan de la Cavareda roturó la sula para sembrarla de trigo, y por consecuencia desapareció de ella toda mata de árgoma o brezo, y porque por aquellos días se interrumpieron las reuniones en el pórtico de la iglesia de los Santos Mártires.

Con motivo de haberse emprendido en la parroquia obras de restauración, y la construcción en el pórtico de un altar destinado a la celebración del incruento sacrificio el día de San Cosme y San Damián, en que acuden a la romería y feria muchos millares de personas que no caben en el templo, la parroquia se trasladó interinamente a una ermita, oratorio de la casa solariega de los Toba en, el barrio de la Quintana, desde donde no se descubre el de Cañedo.

No se había olvidado al pobre Marcos de Larrabita, cuya desgracia amenazaba producir otra no menos sensible para todo el vecindario. Juan de la Cavareda, tan querido de todos como lo había sido de Marcos, no tenía día bueno desde que perdió tan trágicamente a su inseparable amigo y compañero, y de algún tiempo a aquella parte andaba tan triste y retraído e iba desmejorándose de tal modo, que todos temían fuese muy pronto a acompañar a Marcos bajo las losas de la iglesia.

Era por el mes de junio, y como las obras de la parroquia estuviesen ya terminadas, se acordó celebrar la reapertura de la iglesia con una gran función religiosa.

Para que esta función fuese más solemne, la feligresía acordó convidar a ella a la justicia del Concejo y enviar una comisión a Avellaneda para invitar al señor teniente corregidor a que honrase a Beci aquel día con su presencia. Tanto el teniente corregidor de las Encartaciones, como la justicia del Concejo, aceptaron gustosos la invitación, y en casa del regidor de Beci, que era una de las mejores de la feligresía, se dispuso un espléndido banquete para obsequiarlos.

Terminada la función religiosa, el teniente corregidor y la justicia pasaron a la sacristía a felicitar al clero, y particularmente a un fraile carmelita de Balmaseda, a cuyo cargo había estado el sermón, y entretanto, los vecinos de la feligresía y muchos forasteros que habían acudido a la fiesta, permanecían en el pórtico y bajo las enormes encinas del campo, aguardando a que salieran sus mercedes para saludarlos y acompañarlos hasta casa del señor regidor al son del tamboril y al estruendo de los cohetes.

De repente un sordo murmullo se alzó y fue creciendo, creciendo, en el pórtico y en el campo. Este murmullo era cada vez mayor y en él dominaban las voces de

-¡Milagro! ¡milagro!

-¡Permisión de Dios es!

-¡No hacerle daño, pero que no se escape!

Los señores que estaban en la sacristía salieron tras el teniente corregidor a ver qué era aquello.

-¿Qué ocurre, señores? -preguntó el teniente corregidor levantando la vara para imponer silencio.

-Señor teniente -le respondió uno de los vecinos señalando hacia la sula de Cañedo-, sírvase vuestra merced mirar hacia aquella rotura cuyo trigo amarillea en la cuesta de Cañedo.

El teniente corregidor miró e hizo un movimiento de sorpresa, exclamando:

-¡Juan de la Cavareda! ¡La justicia de Dios viene en ayuda de la de la tierra!

-¡Sí, sí, el retrato de Casualidades es aquél!- asintieron los vecinos.

Y verdaderamente era maravilloso y al parecer sobrenatural lo que todos veían en la cuesta de Cañedo.

El trigo sembrado por Juan de la Cavareda en el terreno donde fue asesinado Marcos de Larrabita, al destacarse amarillo y próximo a la sazón, entre el fondo verde oscuro de las árgomas, los brezos y los helechos que le rodeaban, afectaba con admirable perfección el retrato de Juan, mirado de perfil. Un accidente del terreno sembrado simulaba la nariz con toda su singular fisonomía; una matita de helecho que negreaba, contigua al nacimiento de la nariz, simulaba el ojo y la ceja; otra mata mucho mayor, correspondiente a la mejilla, representaba el lunar que caracterizaba a Juan; y, por último, una línea entrante y oscura, originada por no haber nacido allí el trigo, simulaba perfecta y característicamente la boca.

Un niño como de seis años bajaba del monte, y, por tanto, ignoraba lo que pasaba en el pórtico.

-Niño -le dijo el teniente corregidor- mira a aquella rotura que amarillea sobre Cañedo, y dime lo que te parece.

-Señor -dijo el niño apenas miró-, parece la cara de Casualidades.

Al decir esto el niño, Juan de la Cavareda, que permanecía como aterrado en un extremo de pórtico, custodiado por algunos vecinos, gritó:

-¡Señor teniente, yo soy el infame asesino de Marcos de Larrabita! Lléveme vuestra merced ahora mismo al suplicio para que acabe el horrible que estoy sufriendo desde que maté a traición al pobre Marcos para saciar la sed de venganza que me abrasaba las entrañas desde que se casó, y sacié en él, ya que no pude saciarla, como deseaba, en su mujer.

Juan de la Cavareda fue conducido inmediatamente a la cárcel de Avellaneda, donde se le pusieron aquellos horribles grillos de medio quintal de hierro que aún se conservan allí, y ocho días después, en presencia de más de diez mil personas que se extendían desde el pico de Villarreal de Garbea, fue ajusticiado en un patíbulo levantado en el campo que él regó con la sangre de Marcos de Larrabita.

Calló mi padre y callamos todos, como esperando a que Ciscorro hablara.

-Pues amigo Manuel -dijo Ciscorro a mi padre-, ejemplos como ése no dejan duda de que obra de Dios, y no de la casualidad, es todo lo que ocurre en el mundo.

-Eso quiero que creas -exclamó mi padre- y eso quiero que creamos todos; porque creyendo que todo lo que ocurre en el mundo es obra de Dios, creeremos que todo es sabio y justo.






ArribaAbajoEl rico y el pobre3

Aunque esto último parece mentira, es una verdad como un templo (y califico de gran verdad al templo, no por su gran tamaño, sino por su gran verdad); y si no, expliquémonos, que explicándose se entiende la gente.

Don Juan vivía en la calle de Atocha, en un palacio cuyo lujo y comodidades eran el presulta del lujo y la comodidad (como decía Perico, el zapatero remendón de la guardilla de enfrente, llamado por mal nombre Carape, que entendía de latín tanto como yo); sus coches y caballos valían un dineral; en su mesa se servían hasta en día de trabajo los manjares más ricos que Dios crió o inventaron los hombres, y, por último, las chicas más, guapas que paseaban por Madrid se despepitaban por don Juan. Pues a pesar de todo esto, y mucho más que no es para dicho, don Juan pasaba la vida rabiando, porque el regalo y el placer habían estragado de tal modo su cuerpo y su alma, que lo que a todo el mundo le sabe a gloria, a él le sabía a rejalgar de lo fino; y así era que nunca se le veía reír, y siempre estaba con una cara de condenado, que metía miedo.

A Perico, el zapatero de enfrente, le sucedía todo, lo contrario que a don Juan: era más pobre que las ratas, y, sin embargo, era más rico que don Juan el de enfrente. Esto último también parece mentira, y no lo es; y en prueba de ello me contentaré por ahora con decir que Perico se pasaba el día, y aun la noche, canta que canta, fuma que fuma, y echa que echa chicoleos a su mujer, aunque era más fea que el voto va Dios.

A don Juan le llevaban doscientos mil de a caballo con la sempiterna alegría y los sempiternos cantares del zapatero; y entrando en curiosidad de saber cómo se las campaneaba éste para ser tan feliz, una tarde atravesó la calle, subió una estrecha escalera y se plantó en la guardilla del zapatero, con objeto de averiguarlo y, si era posible, campaneárselas él como el zapatero para estar siempre alegre.

El zapatero y su mujer, que estaban trabajando y cantando y riendo a más y mejor, cuando le vieron entrar callaron y se levantaron para recibirle con la finura que el caso requería, y empezaron a hacerse cruces de que un caballero de tantas campanillas fuese a visitarlos.

Don Juan se detuvo un momento con tentaciones de volverse atrás, porque la fealdad y la pobreza y la estrechez de la habitación le dieron horror, y a poco más le tumba patas arriba la tufarada de pez, y engrudo, y cuero, y demonios colorados que salió a su encuentro; pero hizo, como dijo el otro, de tripas de corazón, y siguió adelante.


ArribaAbajo- II -

-Hombre, ¿cómo pueden ustedes vivir en esta guardilla tan reducida, tan negra, tan oscura, tan nauseabunda?...

-¡Carape! ¡No diga usted eso, señor don Juan! ¿Mala esta guardilla? Ya quisiéramos nosotros que fuese nuestra, porque, aunque nos esté mal el decirlo, en su clase no hay en Madrid otra más alegre y más mona que ella. Y si no, que lo diga ésta, que en lo tocante a las cosas de la casa y en todo lo nacido y aunque pobre, les echa la pata a las señoras más empingorotadas de Madrid, y aun del mundo con ser mundo.

-Tiene razón Perico -asintió la zapatera- que es alhaja en su clase la guardilla ésta.

-Pero al menos, convendrán ustedes en que los muebles...

¡Carape! Don Juan, de los muebles no hablemos, porque eso sí, son pobres como nosotros, pero en cuanto a cómodos y de buen ver, ni la reina con ser reina los tiene mejores. Mire usted, si no, esa cama...

-No sé cómo pueden ustedes dormir en ella.

-¡Carape! ¡No diga usted eso de la cama, señor don Juan! Cuando después de estar todo el día dale que le das, yo al martillo y la lezna y ésta a la aguja, cenamos el guisadillo de patatas (que ésta le pone que se chuparía usted los dedos si le probase) y nos tumbamos ahí riéndonos con los chascarrillos que cada uno cuenta, ni la reina y el rey con ser reyes duermen mejor que nosotros. Y si no, que lo diga ésta.

-Es la pura verdad, señor don Juan.

-Será lo que ustedes quieran; pero lo que parece mentira es que estén ustedes siempre tan alegres y con tanta gana de cantar.

-¡Carape! Don Juan, yo no sé de qué les sirve a los señorones como usted el estudiar tanto y leer tantos libros como dicen que usted tiene, y tantos papeles como todos los días de Dios le traen a usted, si no saben de la misa la media.

-¿Y qué es lo que nosotros no sabemos?

-Lo que sabe hasta el que ni siquiera ha estudiado la jota: que cuando uno tiene salud, aunque no tenga pesetas, y además no le faltan en casa paz ni cariño, tiene que estar alegre; y si está alegre, es, natural que ría y cante.

-¿Y ustedes tienen todo eso?

-¡Mira tú, Pepa, qué atrasado de noticias está el señor de enfrente!

-Sí que lo está el señor don Juan.

-¡Pues no lo hemos de tener, hombre de Dios!

-¿Cuánto ganan ustedes al día?

-Un día con otro, lo que ganamos entre los dos no baja de dos pesetas como dos soles.

-Hombre, ¡qué miseria!

-¡Carape! Don Juan, usted por fuerza tiene gana de chunga. ¿Miseria les llama usted a dos pesetas cada día?

-Sí que lo son, hombre.

-Pues yo le digo a usted que aún nos sobra dinero. Y si no ¡carape! echemos la cuenta. Real y medio la casa...

-Así es ella.

-¡Carape! Don Juan, no volvamos a lo de la casa, que vale cualquier dinero. Cinco cuartos una cajetilla de tabaco que me fumo yo al día...

-No sé cómo puede usted con ese veneno.

¡Veneno!¡Me hace gracia, como hay Dios! ¡Carape! Ahí tiene usted la petaca para que eche usted un cigarro y vea que mejor tabaco que éste ni en la Habana, con ser Habana, se fuma.

-Bien, eso va en gustos.

-Pues mire usted, señor don Juan, naturalmente una no entiende de tabaco, pero lo que es Perico... A pesetas le ganarán otros, pero a gusto no, aunque me esté mal el decirlo. Él, eso sí, pobre es y ni siquiera sabe un poco de escuela; pero no ha nacido aún el majo que le ha de ganar a gusto, y talento, y gracia y... vamos al decir.

-Será todo lo que usted quiera, pero con dos pesetas...

-Con dos pesetas, señor don Juan, nos sobra a nosotros dinero; y si no ¡carape! continuemos la cuenta de la vieja. Un cuartillete de vino que nos bebamos al día entre los dos, ocho cuartos...

-¡Ocho cuartos un cuartillo de vino! ¿Y no han reventado ustedes ya con esa porquería?

-¿Porquería? ¡No tiene usted mala porquería, señor don Juan! Vino más rico, ni en Arganda, con ser Arganda, se bebe. Y si no, mira, Pepa, tráete la botella para que se tire un latigazo el señor don Juan y vea las porquerías que por aquí bebemos.

-No, que no se moleste. Siga usted distribuyendo las dos pesetas diarias, aunque es inútil que siga, porque no me ha de convencer usted de que les bastan...

-¡Si le digo a usted, señor don Juan, que hasta nos sobran!

-Demos por supuesto que en efecto les bastan a ustedes y aun les sobra para el gasto ordinario; pero ¿y el extraordinario?

-¿Otra que bien baila? ¡Carape! ¿Qué gasto extraordinario hemos de tener nosotros?

-El que todo el mundo tiene. Por ejemplo, el día de fiesta...

-El día de fiesta, cuando el tiempo lo permite, nos vamos, pongo por caso, a las Ventas del Espíritu Santo, y allí comemos y bebemos lo que habíamos de comer y beber en casa.

-Pero a la venida están ustedes cansados y necesitan el ómnibus...

-¡Qué dominus ni qué vobiscum necesitamos nosotros para venir? ¡Pues aunque fuéramos algunos señoritos de pan pringao!...

-Bien, pero por la noche van ustedes a algún teatro...

-Eso queda para los señores como usted. ¡Carape! ¿Y qué falta nos hace a nosotros esas tonterías, habiendo tanto con que divertirse, sin gastar un cuarto, en las calles de Madrid? Yo soy muy aficionado a la música, tanto ¡carape! que a veces, oyendo un organillo, lloro de gusto o no sé de qué. ¡Pues ya ve usted si en las calles de Madrid hay organillos y murgas y ciegos y toda la música que Dios crió!

-¡Ya! Pero los teatros divierten mucho...

-Señor don Juan, a nosotros maldita la falta que nos hacen, porque no hay paso de comedia que divierta tanto como los chascarrillos que cuenta en casa Perico. Como es tan célebre y decidor, y Dios le ha dado tanta gracia, aunque está feo que una lo diga...

-Diga usted, señor don Juan, que quien tiene gracia para todo es ella, porque mujer de más talento que la mía...

-Ya veo que usted está libre de uno de los gastos más considerables que nos suelen ocurrirá los solteros como yo, y aun a los casados como usted.

-¡Ya le entiendo a usted, carape! A presidio, por toda la vida merecería yo ir si gastase una sed de agua, aunque fuera con la diosa Venus en persona, teniendo una mujer tan cabal en todo como la que tengo.

-Pero, prescindiendo de todos esos gastos, hay otros, como el de la ropa.

-¡Qué ropa ni qué niño muerto, si nosotros con un trapo delante y otro detrás tenemos para presentarnos en cualquier parte como el primero!

-Amigo Perico, me voy convenciendo de que Dios no supo lo que se hizo al hacer el infierno.

-¡Carape! don Juan, no diga usted judiadas, que Dios no puede haberse equivocado nunca.

- Pues se equivocó de medio a medio cuando hizo el infierno.

-Si le entiendo a usted que me den garrote vil ¿Qué quiere usted decir con eso?

-Quiero decir que los que van al infierno padecerían infinitamente más si antes hubieran ido al cielo.

El zapatero y la zapatera se encogieron de hombros, dando a entender que no acababan de comprender lo que don Juan les decía. Un momento después don Juan se despidió de ellos, y apenas le perdieron de vista, volvieron a reír y cantar alegremente.




ArribaAbajo- III -

Don Juan se daba a quinientos mil demonios cada vez que oía cantar a Perico; y como Perico estaba cantando todo el santísimo día, quiere decir que don Juan estaba todo el santísimo día hecho un condenado. Así es que fue cogiendo al zapatero un odio tan feroz, que cuando se asomaba al balcón y le veía trabajando y cantando con una cara de Pascua florida que hubiera bastado por sí sola para dar fe de la felicidad de Perico, le echaba unos ojos que parecía querer tragarle vivo.

La paciencia se le acabó a don Juan un día en que Perico estaba más alegre y cantarín que nunca, y por casualidad era el día en que él estaba como nunca aburrido y desesperado.

-¡Voto a Cristo padre -exclamó dando una patada en el suelo- que ya habéis acabado tú y tu mujer de cantar y reír y echaros mutuamente chicoleos! Ya sé que yo no he de reír y cantar porque vosotros rabiéis; pero no me estaréis continuamente desesperando con el contraste de vuestra dicha y mi desventura. Veremos si a ese remendón le parece el cielo el infierno después de haber estado en el cielo.

Así diciendo, don Juan bajó a la calle, la atravesó, y subió a casa del zapatero, esforzándose por poner cara de hombre feliz y de buen amigo.

-Señora Pepa -dijo a la zapatera-, vengo a visitarlos a ustedes con una intención que la va a poner a usted de mal humor.

-Ya sabe usted, señor don Juan, que el mal humor no se estila aquí -contestó la zapatera con cara de risa.

-Justo y cabal -añadió el zapatero con cara de lo mismo.

-Mañana es domingo -continuó don Juan -, y quisiera que Perico le pasase en mi compañía, porque yo soy mucho menos feliz que ustedes, siendo mucho más rico, y estoy decidido a reformar mi vida, arreglándola en lo posible a la de ustedes. Nadie mejor maestro que Perico para darme lecciones de cómo he de vivir y quisiera que dedicase todo el día de mañana a dármelas.

-¡Carape! -dijo Perico rascándose detrás de la oreja-. Mucho me costará pasar todo el día sin ver a ésta; pero en fin, si ella quiere, le serviremos a usted.

-También a mí se me hará cuesta arriba eso, porque al fin una no tiene, como aquél que dice, más consuelo ni más amor que su hombre; pero por servir a un caballero de tanto aquél como usted, algo ha de hacer una...

-Les doy a ustedes las gracias por su amabilidad, y les aseguro que haré cuanto pueda por corresponder a ella tratando a Perico como se merece y como corresponde tratar a los huéspedes en una casa como la mía.

-Éste con poca cosa se contenta. Mire usted señor, el domingo por la mañana, con unas sopitas de ajo, y medio, cuartillo, ya le tiene usted tan consolado...

-Lo que ha de almorzar y comer mañana Perico no es cuenta mía, sino de mi cocinero, que sabe lo que corresponde a la mesa de la casa en que sirve, y nos tratará a los dos como mejor le parezca, pues los dos hemos de almorzar y comer juntos...

-¡Válgame Dios qué señor tan llano! -exclamó la zapatera conmovida, hasta saltársele las lágrimas con la bondad de don Juan, y poco menos conmovido se sintió Perico por la misma bondad.

-¡Ah!-dijo don Juan-. Se me olvidaba advertir a usted, señora Pepa, que no debe esperar levantada a Perico, porque vendrá tarde.

-En cuanto a eso, señor don Juan -replicó Perico-, no me parece regular, porque como madrugo...

-Pasado mañana es san lunes.

-Es que yo soy de los zapateros que no celebran eso santo.

-Santo domingo -añadió la zapatera- es el único que deben celebrar los artistas como nosotros, y ése es el único que nosotros celebramos.

-Pues mañana me convierto yo también en artista y lo celebro en grande con Perico. Como usted, señora Pepa, también es de Dios, conviene que, aunque sea a solas, le celebre un poquillo, para ello me va a hacer el obsequio de aceptar esta moneda de cinco duros.

-Gracias, señor don Juan. ¡Cuándo me he visto yo con tanto dinero reunido! Lo acepto porque no se diga que una es pobre y soberbia.

Don Juan se despidió de los zapateros, quedando en que Perico pasaría a su casa tempranito, pues ni aun tendría que oír misa antes, porque la oirían juntos en el oratorio de su casa.




ArribaAbajo- IV -

Perico se levantó muy temprano, se afeitó como Dios le dio a entender con una cuchilla de su oficio, muy vaciadita que usaba en tales casos, se lustró los borceguíes, se lavó bien, se puso camisa limpia y la ropa de fiesta, y su mujer, que le había ayudado en todas estas operaciones, le arregló el pelo y le sacó en él un conato de raya.

Cuando le vio la señora Pepa salir tan peripuesto, se le fueron tras él los ojos y el corazón, y si no temió que alguna bribonaza se prendara de él y hubiera la de Dios es Cristo, fue porque la señora, Pepa no pensaba nunca que pudiera haber esas cosas entre ninguna bribonaza y su marido.

Perico oyó misa en la parroquia antes de ir a casa de don Juan, porque dijo para sí:

-La misa es cosa muy formal, y me parece cosa así de juguete el oírla como quien dice desde la cama, como la oyen esos señorones.

Como era corto de genio y no gustaba de incomodar, se detuvo en la portería de casa de don Juan, esperando a que el señor se levantara, pues el portero le dijo que acostumbraba a levantarse más tarde; pero uno de los criados, que bajó por casualidad a corto rato, le dijo que el señorito se había levantado ya, y no cesaba de preguntar por él.

Perico subió y fue introducido inmediatamente al gabinete de don Juan, que estaba allá, al fin de una multitud de salones, cuyas alfombras, con tantas divinas flores pintadas, y cuyos muebles, dorados y relucientes como la plata, le embobaron y enamoraron.

Don Juan le recibió, según expresión del mismo Perico, como si fuera su parigual, y le hizo sentar en una butaca de terciopelo que dio un susto a Perico, pues éste creyó que la butaca se hundía apenas apoyó en ella las posaderas.

La mañana estaba fría, pero en aquel gabinete y en aquellos salones la temperatura era tan suave y había unos olores tan gratos de flores o qué se yo, que Perico creía hallarse en un jardín delicioso en uno de los días más hermosos de primavera.

Don Juan empezó por tutear a Perico, prueba de bondad que a éste le llegó al alma.

-Amigo Perico -dijo don Juan-, es necesario que hoy vistas y comas y bebas y te diviertas como corresponde a la casa en que estás y al caballero que te acompaña. ¿Supongo que tendrás ya ganas del desayuno?

-¡Cá! No señor; ya me ha dado aquélla una copita de aguardiente con un mantecado, que me ha puesto el cuerpo como una guitarra.

-Eso no basta, hombre, para caballeros como nosotros.

-¡Carape! ¡Qué bromista es usted, señor don Juan! ¿Caballero yo?

-¡Pues no lo has de ser, hombre! Lo único que te falta para serlo es el traje, y eso lo vamos a arreglar ahora.

Don Juan llevó a Perico a otro gabinete deliciosamente amueblado, donde había una cama com más seda y holanda que la de un rey, y un tocador con más perfumes que la Alcarria, y le dijo:

-Ahí tienes tu cuarto, y en la pieza inmediata tienes tu ayuda de cámara para lo que se te ofrezca. Vístete de puntapiés a cabeza, que en ese armario de palo santo encontrarás cuanto para ello necesites. Yo voy a hacer entretanto lo mismo, para que en seguida tomemos el desayuno.

Perico, medio absorto con lo que oía, veía y olía, pues allí también olía a gloria, quiso replicar a don Juan no sé qué; pero don Juan se lo impidió, cortándole la palabra con una amable y bondadosa lisonja y dejándole solo.

Perico abrió el armario y encontró en él ropas, tan elegantes y ricas, que al fin se decidió a vestirse con las más modestas. Se lavó, se vistió, se peinó y se perfumó, y yendo a mirarse en un espejo de cuerpo entero, no pudo menos de lanzar un grito de alegría viéndose convertido en todo un caballero mal comparado. Botas de charol, tan finas que él no las hubiera hecho ni por media onza, pantalón de satén, chaleco de terciopelo color de guinda con botonadura de oro, gabán negro de castor finísimo, camisa de holanda con pechera de batista, corbata de moaré de última moda, sombrero de ocho duros, guantes de veinticuatro reales, reloj de oro con cadena de lo mismo, su valor lo menos media talega, y bastón de concha con puño de oro preciosamente cincelado, y dentro, por lo que pudiera ocurrir, estoque que daba miedo el verle.

-¡Carape! ¿Qué será esto?-dijo Perico viendo sobre el tocador una cosa a modo de taza de oro.

Y como apoyase en ella el dedo y apretase un poco, aquella condenada taza, o lo que fuese, lanzó un sonido tan penetrante y agudo, que Perico dio un salto atrás asustado.

El ayuda de cámara penetró en el gabinete, y dijo a Perico después de hacerle una profunda reverencia.

-Estoy a las órdenes de usía.

¡Carape! ¡Chico, no andes con bromas! -le contestó Perico poniéndose un poco serio.

-Señor, no hago más que cumplir con mi deber. Como ha llamado usía...

-Pues no me vengas a mí con usías ni calabazas.

-Como usía es un señor...

-Pero si lo soy, soy un señor muy llano. Anda, y dile al tuyo que ya estoy corriente.

El criado hizo otra reverencia y se retiró.

Perico se arrellanó en una butaca, cruzó las piernas y se puso a contemplar y admirar la riqueza de la habitación, diciendo para sí:

-La verdad es que todo esto vale más oro que pesa, y aquí se siente uno como se deben sentir los ángeles en el cielo. ¡Carape! ¡Si da gusto el sentarse en estas butacas y oler todos esos jaboncillos y afeites, y recibir el calorcillo de esa chimenea, y gastar camisa y pantalón y chaleco y gabán y todo tan fino!... ¡Pues no digo nada de la camita esa!... ¡Carape, si se dormirá bien en ella! Si aquélla y yo tuviéramos una así, ¡cómo nos regodearíamos en ella!

Así pensaba Perico cuando don Juan vino a buscarle.

Perico se levantó de la butaca, y don Juan, a pesar de ser más tentado a rabiar que a reír, estuvo a punto de soltar la carcajada viendo el envaramiento conque el zapatero llevaba el traje de caballero.

-¿Ves, hombre, ves cómo ya eres un caballero hecho y derecho? Ahora te convencerás de que entre un zapatero y un caballero no hay más que algunas varas de tela. Ea, son las ocho, y vamos a tomar una taza de té, que hemos de almorzar a las doce para ir luego a dar un paseo hasta la hora de comer, que será de seis a siete.

Don Juan y Perico pasaron al comedor entre una porción de nobles asturianos, que al verlos se tronzaban el espinazo a fuerza de reverencias.

-Una taza de té -decía para sí Perico- se reduce a una taza de agua en que se han cocido unas yerbas. Poca cosa es esa para caballeros cono nosotros.

Pero cuando vio que a la taza de té acompañaba una repostería de tostadas, bizcochos, galletas y mantequillas, no pudo menos de añadir, embutiendo de cada cosa un poco:

-El té que se toma en casa de estos señorones será una engañifa, pero ¡carape, qué engañifa tan rica!

Sobre la mesa había una cajita ochavada con incrustaciones de maderas preciosas y sostenida en una peana de delicadas labores.

-¿Qué carape será eso a modo de urnia? -se decía Perico con viva curiosidad.

Cuando el té tocaba a su fin, don Juan oprimió con el dedo un punto de la cajita, y abriéndose ésta de repente por todas sus faces, quedó revestida de cigarros puros.

-¡Carape, qué invenciones hay en estas casas de campanillas! -dijo Perico.

Y aceptó y encendió un puro que le ofreció don Juan.

Perico sonreía de satisfacción cada vez que tiraba una chupada al riquísimo cigarro habano.

-¿Qué dices de estos cigarros, amigo Perico? le preguntó don Juan.

-Lo que digo -contestó Perico- es que es lástima no se puedan comer.




ArribaAbajo- V -

Dando Perico a don Juan lecciones de la sublime ciencia que don Juan le envidiaba, oyendo en el oratorio una misa cantada a toda orquesta, que hizo exclamar a Perico sacrílegamente: «Esto no es oír misa, que es oír música mejor que la misa», y enseñando don Juan a Perico multitud de sorprendentes curiosidades que encerraba su palacio entre ellas un maravilloso etereóscopo en que se veían, copiados del natural, todos los modos de gozar y pecar, pasaron don Juan y Perico el resto de la mañana, hasta que se les avisó para almorzar.

Perico se dirigió con don Juan al comedor, muy desganado, porque se había cebado más de lo regular en la comitiva del té; pero tantos y tan tentadores fueron los manjares que se sirvieron, que no desdeñó ninguno.

-¿Qué tal, Perico, hay apetito? -le preguntó don Juan.

-¡Carape, no ha de haber, si de estas cosas no se harta uno aunque lo alcance con el dedo!

Pero lo que sobre todo enamoró a Perico fue el Champagne.

Cada vez que se echaba al cuerpo una copa, se relamía los labios y daba un viva a los franchutes, que le parecían los hombres de más talento de este mundo desde que le había dicho don Juan que ellos eran los que hacían aquella gloria con cuatro porquerías.

El día era uno de estos de invierno en que Dios suele castigar de sus muchas picardías a los madrileños dándoles el cielo por la tarde para que resalte más el infierno que les da por la noche: la noche anterior había sido infernal, y la inmediata se preparaba a ser lo mismo: pero el intermedio de ambas era lo que se llama un cielo con estrellas y todo. El cielo era el hermoso sol de la tarde, y las estrellas las buenas chicas que salían a tomarle por esas afueras de la puerta de Alcalá.

Don Juan y Perico montaron en una magnífica carretela descubierta, tirada por dos yeguas que bebían los vientos, y tomaron hacia donde sale el sol, que en Madrid no es hacia Oriente, sitio todo lo contrario.

La señora Pepa, que no cesaba de atisbar hacia el palacio de enfrente a ver si su marido se asomaba a los balcones, vio a don Juan y otro caballero subir en la carretela, y dijo para sí:

-¿Quién será el otro caballero?

-¡Carape! -decía Perico chispeándole los ojos de alegría- ¡Qué bien va uno repantigado en estos almohadones! Si aquélla y yo tuviéramos una carretela como ésta, la cerrábamos de modo que ni Cristo nos viera, y hacíamos cuenta que la carretela era la cama de matrimonio.

Cuando regresaron a casa, Perico decía:

-¡Carape! ¿Pues no es una delicia haber ido hasta las Ventas del Espíritu Santo, que están, como quien dice, donde Cristo dio las tres voces, y al volver encontrarse uno tan descansado como si no se hubiera uno meneado de casa? ¡Cuidado que el andar en pies ajenos es cosa buena si las hay, y ya daría yo algo por que aquélla y yo pudiéramos dar algunos paseítos así!

La señora Pepa, que continuaba atisbando por ver si Perico se asomaba a los balcones, vio al anochecer que volvía la carretela con don Juan y el otro caballero; y como notase que éste la saludaba muy a lo señor, se llenó de admiración y volvió a decir para sí:

-¿Quién será el otro caballero?

A las seis comenzó la comida, que no concluyó hasta las ocho. Durante aquellas dos horas, que Perico calificó de dos horas de cielo, Perico caminó de sorpresa en sorpresa y de delicia en delicia. ¡Qué manjares, qué vinos, qué licores, qué café, qué cigarros, y hasta qué chicas tan hermosas, tan zalameras y tan querenciosas las que sirvieron la comida! Pues es de advertir que como Perico hubiese dicho a don Juan, al ver que el almuerzo era servido por hombres, que a él, como estaba acostumbrado a que su mujer sirviese la comida, le gustaban más las mujeres que los hombres para aquellas cosas, don Juan había creído complacerle mandando que las mejores chicas de casa (donde las había del rechupete) sirviesen la comida.

-Ea -dijo don Juan, después que saborearon el café y purearon en grande-, ahora nos vamos a oír un poquito de música y canto.

-¡Bien, carape! -contestó Perico-. Porque eso me gusta a mí mucho. Mire usted, don Juan, una vez acerté a pasar por delante del teatro de la Zarzuela cuando las cantarinas y los cantarines se estaban ensayando al son de la música, me paré a oír, y a poco más me desmayo de gusto oyendo aquellas divinidades. ¡La música y el canto por lo fino me gusta mucho, carape!

Don Juan y Perico se fueron al teatro Real. Cuando entraron en el palco de don Juan, y Perico sacó la cabeza para mirar a todas partes, Perico se quedó como alelado de asombro y placer viendo toda aquella riqueza, y sobre todo viendo las chicas que había en los palcos.

Contar los aspavientos, los asombros, los alelamientos, el entusiasmo, la emoción, los derretimientos de placer que causaron a Perico el canto, la música, y sobre todo la hermosura artificial de las cantatrices y las damas de los palcos, sería el cuento de nunca acabar.

Al salir a los corredores del teatro, don Juan dio la mano y despidió con un «hasta luego» a unas señoras tan hermosas, que Perico se quedó mirándolas como embobado.

-¿Te gustan esas chicas? -preguntó don Juan a Perico.

-¿Que si me gustan? -contestó Perico chispeándole los ojos de gula-. ¡Me las comería vivas!

-Esta noche -dijo don Juan al subir a la carretela- tenemos que hacerla redonda.

-¡Carape! ¿Más redonda aún quiere usted que la hagamos, señor don Juan?

-Sí, hombre. Los caballeros como nosotros no nos recogemos tan temprano.

¿Tan temprano, y son ya las doce? Por lo visto en las casas de campanillas, como la de usted, se acuestan las gallinas...

-A media noche. Supongo que ya tendrás ganas de cenar.

-Al parecer ni pizca de gana tengo; pero, ¡carape!, cuando uno es caballero no sabe uno si tiene o no gana de comer, porque come uno unas cosas que saben que rabian a todas horas.

Don Juan y Perico fueron a parar a una casa de mucho lujo, y ¡cuál no sería la sorpresa y la alegría de Perico, cuando se encontró en ella con una porción de hermosísimas señoritas y señoronas, entre ellas aquellas que había dicho se comería vivas!

Allí hubo cena, y baile, y música y juegos de escondite; de modo y manera que Perico creyó volverse loco con lo que allí gozó, porque hasta dio la pícara casualidad de que cayó en gracia a todo aquel coro de ángeles, y sobre todo a una chica de las más retrecheras y hermosas, y en su vida se había visto tan mimado y obsequiado de las chicas como se vio aquella noche.

Serían las dos de la mañana largas de talle cuando la señora Pepa, que no podía pegar los ojos pensando en Perico, dale que dale no sé con qué demontre de cavilaciones que a veces le llenaban los ojos de agua, sintió que un coche había parado a la puerta del palacio de enfrente, y se levantó a toda prisa a atisbar quién venía en él.

¿Quién será el otro caballero? -se preguntó retirándose tristemente a su cama al ver que era don Juan y otro caballero los que venían en el coche.

Al bajar del coche, Perico miró hacia su casa acordándose de su mujer y poniéndose a sí mismo de bribón que no había por dónde cogerle, por no haberse acordado de su mujer durante qué sé yo cuántas horas.

Don Juan, que sin duda adivinaba lo que le andaba por dentro, se asió de su brazo, y asidos subieron juntos las escaleras

Media hora después Perico se metía en la consabida y riquísima cama de holanda y seda, que le parecía tanto más deliciosa, cuanto que acababa de calentarla y perfumarla una de las chicas querenciosas y sandungueras que por la tarde habían servido la mesa.




ArribaAbajo- VI -

Sin duda porque la costumbre hace ley, Perico despertó poco después de amanecer, y dejó como con pesar la rica cama en que había dormido como un bienaventurado. Antes de vestirse abrió las maderas del balcón de la habitación, que daba frente a la ventana de su guardilla, y apenas se acercó a los cristales, vio a su mujer, que estaba a la ventana llorando a lágrima viva.

No sé qué revolución silenciosa y santa, y, por tanto, nada parecida a las revoluciones políticas, que siempre son vocingleras y pecaminosas, estalló de repente en su interior.

Juntó las puntas de los dedos, depositó en ellas, un beso y se le envió a su mujer, que le contestó con otro transmitido por la misma vía telegráfica.

Perico corrió en seguida a vestirse, y se vistió, no de caballero elegante, sino de zapatero remendón endomingado. (¡Endomingado! Ya se conoce que no aspiro a la Academia, a pesar de lo hueco que me pondría si me abriese sus puertas.) Como sabía que don Juan se levantaba tarde, creyó que no era cosa de despertarle ni esperar a que despertara para despedirse de él, y pian, pian, cruzó los ricos salones, sin que inclinara siquiera la cabeza, al verle pasar vestido de zapatero, ninguno de los que el día anterior se habían tronzado el espinazo al verle pasar vestido de caballero, bajó la escalera, atravesó la calle y subió a su guardilla.

Su mujer le recibió abrumándole de caricias; y digo abrumándole, porque Perico no las recibió con el entusiasmo de costumbre.

-¡Carape! Me parece que hay mal olor aquí dijo Perico, frunciendo las narices.

-No, hijo, no hay mal olor ninguno; al contrario, le hay muy rico, porque no contenta yo con ventilar la casa, teniendo toda la noche la ventana abierta, al encender el fuego he echado, según costumbre, un puñadito de espliego.

-Pues barre y arregla la casa, ¡carape!, que va siendo ya hora de sentarse en esa condenada silla de labor.

¡Hijo, si la casa está ya barrida y arreglada!

-Me parece que no. Es verdad, ¡carape!, que como todo es en ella tan viejo, tan sucio y tan ordinario, y esta guardilla es tan destartalada y triste...

-¡Ja! ¡ja! ¡ja! -exclamó la señora Pepa, echándose a reír alegremente-. ¡Qué gitano de hombre, cómo remeda a don Juan! Vamos, hijo, toma la copita de aguardiente.

- ¡Carape! ¡Esto sabe a demonios! -dijo Perico, arrojando la buchada de aguardiente que había tomado.

-¡Pero qué ha de saber, hombre, si es hermano del que ayer bebiste, y dijiste que estaba tan rico! Será que te habrás constipado algo y tendrás mal gusto de boca.

-¡Carape! Puede que sea eso.

Perico lió un cigarro, le encendió, dio una chupada y le tiró, añadiendo muy malhumorado:

Sí, eso es, ¡Carape!, porque me sabe a rejalgar este tabaco, que ayer mañana me sabía a rosquillas.

Perico, interrogado por su mujer, contó a ésta, en resumen lo que le había pasado en las últimas veinticuatro horas. Los resúmenes son gran cosa para omitir lo que no se quiere decir.

Su mujer se acercó a echarle el botón del cuello, de la camisa para que estuviera abrigadito y no se constipara más, y aprovechó la ocasión para hacerle una caricia.

-¿Qué carape -dijo Perico- te ha pasado esta noche que tienes esa cara?

-Nada, gracias a Dios, como no sea haber estado desvelada y triste, y haber llorado un poco viendo que tú no venías.

-Pues es que tienes una cara que da no sé qué el verla.

-Hijo, nunca la he tenido hermosa.

-Ayer mañana mismo la tenías como un sol, y hoy la tienes que no se la puede mirar.

Perico se sentó a trabajar, y ni él ni su mujer cantaron ni rieron en todo el día. Es verdad que tuvieron una desazoncilla porque Perico encontró, tanto la sopa de ajo del almuerzo como el puchero del mediodía, tan sin sustancia, que apenas probó bocado, cuando siempre le gustaba tanto lo que cocinaba su mujer, que se quería comer los dedos tras ello.

-¡Carape! ¡No sé cómo has hecho esta cama que está más dura que un demonio! -exclamó Perico cuando se acostaron.

-Pero, ¡hombre de Dios, si la he hecho como todos los días! -contestó la señora Pepa.

Que si está mal hecha, que si no lo está, disputaron y se incomodaron un poco, y al fin se quedaron dormidos, aunque Perico no cesó de dar vueltas en la cama toda la noche.

Al día siguiente tampoco cantaron ni rieron Perico y su mujer. Perico todo se volvía cavilar y poner faltas a todo lo de la casa, inclusa su pobre mujer, a quien acusaba hasta de vieja, y decir que dos pesetas diarias eran una miseria y no alcanzaban para nada, y era necesario ver de ganar más para no vivir tan arrastradamente como vivían.

Perico se metió al fin a revendedor de billetes de los teatros y de la Plaza de Toros, con lo que ya podía purear de cuando en cuando e ir él y su mujer de Pascua en San Juan al paraíso del Real, y la ignominia de la Zarzuela; pero como entonces la autoridad aún tenía la reventa de billetes por lo que las antiguas leyes de Castilla llamaban monipodio y castigaban como tal, Perico fue cogido una noche revendiendo billetes, y por buenas composturas le secuestraron todos los que tenía, y gracias que no fue también su persona secuestrada en el Saladero.

En ésta y otras industrias extrañas a su oficio, que apenas ejercía ya porque ya le iba tomando horror, se sacaba lo menos un duro diario; pero no le alcanzaba para cubrir sus más precisas obligaciones, y hubo muchas noches que él y su mujer se acostaron sin cenar, y, por añadidura, como el perro y el gato.

-¡Carape! -decía Perico-. Esto no puede seguir así, y es menester buscar un modo de vivir que le dé a uno siquiera un par de duros cada día, porque un duro es una miseria que no alcanza para nada.

Un negocio, con que casi casi podía hacerse rico, le habían propuesto, que era meterse a matutero; pero Perico rechazó indignado la proposición, considerando que tan ladrón es el que contrabandeando roba la hacienda de un pueblo o una nación, como el que, horadando una pared o abriendo con ganzúas una puerta, roba la hacienda de un particular.

No faltó quien quisiese decidirle a meterse a contrabandista, arguyéndole del modo siguiente: «Los contrabandistas no son ladrones; porque si, por ejemplo, un español roba la hacienda de España, de lo suyo roba, y robar de lo suyo no es pecado. En cuanto a que la hacienda de España sea de los españoles, no cabe duda, porque hasta el mendigo que pide limosna de puerta en puerta se llena la boca diciendo: «Nuestros fondos... nuestro tesoro... nuestros millones»...

Este argumento, que parece de gran peso a pueblos enteros que viven del contrabando y no se avergüenzan de ello, puso un poco perplejo a Perico, que no era hombre para muchas cavilaciones, pues se hacía un ovillo en cuanto se enredaba en ellas; pero Perico consultó a su mujer, cuya superioridad de talento aún no había puesto en duda, y como su mujer le dijese que tal argumento era absurdo, le rechazó resuelta y definitivamente.

Buscaba Perico otro medio más honrado de echar enhoramala el tirapié y la lezna y ganar cada día un puñado de duros que permitiesen a él y su mujer probar siquiera los días de incienso aquella gloria que los franceses hacen con cuatro porquerías, cuando se oyó un tiro en casa de don Juan Lozano.

Qué será, qué no será ese tiro, la calle se alborotó con el tiro y los chillidos que daba la servidumbre de don Juan. Acudieron a ella el alcalde de barrio y los vecinos, incluso Perico, y se encontraron con que don Juan se había levantado la tapa de los sesos de un pistoletazo.

-¡Calla! Aquí hay un papel que puede que nos explique esta catástrofe -dijo el alcalde de barrio, viendo un papel escrito sobre un velador salpicado con sesos de don Juan.

Y el alcalde leyó en alta voz el papel, que decía:

«Me mato porque me da la gana; o, como dijo el otro, porque sí. ¿Para qué demonios quiero la vida si he visto a un zapatero remendón ganar dos pesetas diarias y ser dos mil veces más feliz que yo, que tengo doscientos millones?

»Cuando menos dinero se tiene, más goces proporciona el dinero. Cuanto menos lleno está el estómago, menos expuesto está a reventar de indigestión. El mío estaba lleno, y ¡plaf!, ha reventado.

»El arquitecto que hizo la casa de Correos y el arquitecto que hizo el cielo debieron estudiar en un mismo libro, pues ambos se olvidaron de lo esencial: el primero de una escalera que condujese al piso principal, y el segundo de un pasillo que condujese al infierno.

»Si se pasara por el cielo al infierno, el infierno sería insoportable. El que no lo crea que se lo pregunte al susodicho zapatero, a quien yo hice dar por el cielo un paseíto para que no cantara ni riera mientras yo rabiaba».

-¡Carape! -gritó Perico al oír esto-. Yo soy el zapatero que reza ese papel; pero juro a bríos que don Juan ha de volver a rabiar oyéndome cantar y reír desde el infierno o donde esté.




ArribaAbajo- VII -

Yo no sé si don Juan Lozano oirá o dejará de oír, desde el sitio adonde van los desdichados suicidas, lo que pasa en la calle de Atocha; pero si pasan ustedes cualquier día por tan alegre calle, apliquen el oído y oirán cantar y reír en su guardilla a Perico y su mujer; él, dale que dale al martillo y la lezna y el cáñamo, y ella dale que dale a las tijeras y la aguja.