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ArribaAbajoEl pecado natural


ArribaAbajo- I -

Cuando el diablo, según unos, o el lobo, según otros, se hartó de carne, se metió fraile. Algo muy parecido a lo del diablo o el lobo hicieron Rafael Ezquerra y su prima Carolina López.

De polluelos jugaron un poco a los novios, pero este juego siempre con el mismo compañero, no, tardó en parecerles soso y monótono, y desistieron de él, yendo cada cual en busca de la variedad, en que dicen está el gusto.

Pertenecían ambos a lo que se llama la buena sociedad de Madrid, y durante diez o doce años, ambos se hicieron célebres en ella por la asombrosa facilidad con que en la dulce guerra de amor conquistaban una plaza, la abandonaban, y a conquistar otra.

A Rafael le llamaban el tenorio del siglo XIX, y en verdad que este nombre le estaba como pintado: tenía tan diabólica habilidad para enamorar a las mujeres, que donde ponía los ojos ponía la flecha amorosa.

Así fue que Rafael tuvo durante diez o doce años aterrados a los padres, a los tutores y a los maridos madrileños.

Y el muy bribón no se contentaba con lo que se contentan los tenorios moderados y razonables, que es tener cuatro o seis buenas chicas a la vez y no tronar con ellas hasta pasar siquiera cuatro o seis días. No señor; el muy bribón había de tener a la vez siquiera una docena, y había de tronar con ellas lo más tarde al tercer día.

De modo y manera que sería el cuento de nunca acabar el referir las chicas que tomaron fósforos o se pusieron tísicas por el tal Rafael, los novios a quienes Rafael birló la novia, los matrimonios que infernó y los desafíos y las palizas en que fue héroe victorioso.

Muchas veces se decía a sí mismo, o le decían, que su conducta era altamente pecaminosa; pero continuaba pecando, porque se hacía o hacía esta reflexión:

-Será pecado lo que yo hago, pero es pecado muy natural, puesto que mi naturaleza me inclina irresistiblemente a él. En este pícaro Madrid encuentra uno a cada paso una buena chica, y eso de que yo la encuentre y no le haga caso es conversación y agua de pilón. Señor, si las chicas y yo nos gustamos, ¿no es natural que nos hablemos y todo lo echemos a rodar por salirnos con nuestro gusto? Será pecado y todo lo que ustedes quieran lo que yo hago y aun lo que hacen ellas, pero es pecado muy natural, y yo no quiero ni puedo renunciar a él.

¡Vaya un modo de discurrir que tenía el muy bribón de Rafael Ezquerra!

Pues el modo de discurrir de Carolina López allá se andaba con el de Rafael. Sus coqueteos la hicieron célebre por espacio de los mismos diez o doce años en la buena sociedad, y fueron innumerables los pollos y aun los gallos que por ella tomaron fósforos, se pusieron tísicos o se levantaron la tapa de los sesos, las novias a quienes birló el novio, los matrimonios que infernó y los desafíos y palizas de que fue causa.

También se decía a sí misma, o le decían, que su conducta era soberanamente pecaminosa; pero continuaba pecando, porque lo que ella decía:

-Señor, estamos conformes en que es pecado esto que yo hago, pero es pecado muy natural, puesto que mi naturaleza me inclina irresistiblemente a él. Si mi primo Rafael es muy dueño de divertirse con las chicas, ¿por qué no he de ser yo dueña de divertirme con los chicos? ¡También es mucha tiranía la que el mundo quiere ejercer con nosotras las pobres mujeres! ¿Conque los hombres han de tener licencia para encararse con una y decirle: «Sabe usted, rubia, que me hace usted mucho tilín», y nosotras no hemos de tener siquiera licencia para contestar a esta dulce galantería con una mirada que diga: «Pues sepa usted, moreno, que le pago en la misma moneda?»

¡Si les digo a ustedes que Rafael y Carolina eran, tal para cual, y, por tanto, era lástima no hubiesen continuado jugando a los novios y se hubiesen casado juntos!

Fuese porque se iban acercando a los treinta años, que Espronceda llamó funesta edad de desengaños, y ya el pecado no fuese en ellos tan natural como antes, o fuese porque la voz de la conciencia les habló tan gordo que no pudieron menos de oírla, es lo cierto que Rafael y Carolina se fueron arrepintiendo de la mala vida pasada, y hasta tuvieron tentaciones de ir a expiarla cada cual en su convento.

La conversión de Carolina enamoraba a Rafael y la conversión de Rafael enamoraba a Carolina, y una especie de admiración mística volvió a reunirlos. Con tal motivo recordaron aquel tiempo en que jugaban a los primeros amores, y este recuerdo despertó en ellos la idea de jugar a los amores últimos.

Rafael apuntó esta idea a su prima, su prima la encontró a pedir de boca, y se casaron después de mediar entre ellos aquello de


Dame la mano, prima.
-Primo, están verdes,
mientras no diga el Papa:
«Cásense ustedes».




ArribaAbajo- II -

El señor don Rafael Ezquerra y su digna esposa la señora doña Carolina López eran modelo de casados. Ellos podían haber sido unos tales o unos cuales cuando solteros, pero con razón se dice que arrepentidos quiere Dios, y con razón digo yo que más debe querer gentes que no tengan necesidad de arrepentirse.

Como en ellos el amor conyugal estaba perfumado y embellecido por el amor místico, aquel amor era un cielo estrellado. De estrellas hacían un chico y una chica muy monos que tuvieron, la chica al año de casados y el chico a los tres años.

Como no hay cielo sin nubecillas, que aparecen cuando más azul está el cielo, tampoco el de la dicha de Rafael y Carolina carecía de ellas. De nubecillas hacía el recuerdo de los pecados, todo lo naturales que se quiera, pero no por eso menos gordos, en que Carolina y Rafael habían incurrido en sus mocedades.

Eran muy limosneros; todos los días oían misa; no había novena a que no asistiesen; costeaban todos los años una a Magdalena la pecadora arrepentida; sus visitas eran únicamente a conventos de monjas y establecimientos de beneficencia, y por supuesto, ni por soñación faltaban a la mutua fidelidad conyugal. En fin, eran unos casados sin pero; y como su conciencia les decía que su piedad y sus virtudes presentes eran sinceras, y no continuación hipócrita de la mala vida pasada, les importaba un comino el que la buena sociedad de que habían sido socios muy malos les llamase beatos, santurrones y neos.

. Cada vez que veían a Rafaelita y Carlitos (que así se llamaban sus chicos) jugar a las iglesitas, que era el juego que más gustaba a los papás, pensaban con terror en el porvenir de aquellos ángeles, a quienes podían faltar las alas con que se sube al cielo, como a ellos les habían faltado, con el ítem de que podían no recobrarlas, como ellos, casi por milagro, las habían recobrado.

Un día, como casi todos, se pusieron a hablar de esto.

-¡Válgame Dios -exclamó Carolina con honda pena- qué malos ratos paso pensando si a esos inocentes hijos de nuestro corazón les sucederá, así que empiecen a espigar, lo que nos sucedió a nosotros!

-¡Pues figúrate tú lo buenos que los pasaré yo cuando pienso en lo mismo!

-Yo todos los días pido al Señor que los aparte de la senda de perdición por donde el enemigo nos llevó a nosotros

-Pues lo mismo le pido yo.

-Cada vez que voy a ver a las monjitas y contemplo la paz y la inocencia que reinan en aquel nido de ángeles, donde los hay de más de ochenta años, tan inocentes y puros como si no pasaran de ocho, pienso en lo feliz que haríamos a nuestra Rafaelita si lográsemos inclinarla al claustro.

-Y cada vez que pienso yo en el tío cura de Valpacífico y en tantos otros sacerdotes cuya virtud y candor me admiran y me enamoran, pienso en nuestro Carlitos, a quien también haríamos feliz si lográsemos inclinarle al sacerdocio.

-Pues lo mejor es que nos dediquemos sin descanso a despertar y fomentar tan santas inclinaciones en esos ángeles, porque si nuestros hijos abrazan el estado religioso, será un gran bien para ellos, y para nosotros no lo será menor.

-Es verdad, porque nosotros ofendimos tanto a Dios cuando solteros, que yo no las tengo todas conmigo, a pesar de lo misericordioso que es Dios, y de que hacemos lo posible para que nos perdone.

-Para conseguir que Dios nos perdone a los padres, deben ser gran cosa las oraciones de los hijos.

-¡Y figurate tú si las oraciones de los hijos serán eficaces para con Dios cuando los hijos están consagrados a servirle!

-Nada, nada; es necesario que los nuestros se consagren a servir a Dios.

-Lo malo será que acaso no consigamos inclinarlos a tan santo estado.

-¡Pues no los hemos de inclinar, mujer! Si no quieren por bien, aunque sea por mal...

-Hombre de Dios, no digas eso.

-Tienes razón, mujer, que he dicho un disparate; pero también sería fuerte cosa eso de que pudiendo nuestros hijos asegurarnos la salvación sin más que hacerse la chica monja y el chico cura, se empeñasen en hacer lo contrario por el caprichito de tontear con noviajos y luego casarse.

-Ciertamente que lo sería; pero yo estoy segura de que no les dará tal capricho.

-Mira cómo a ti y a mí nos dio.

-Sí, pero fue porque tuvimos la desgracia, que no tendrán nuestros hijos, de que nos echase a perder el mal ejemplo; porque hablando en plata, ni tus padres ni los míos, que estén en gloria, nos los dieron muy buenos.

-Nuestros hijos no tendrán mal ejemplo en casa, pero le tendrán en nuestra vida pasada, que la crónica escandalosa tendrá buen cuidado de contarles, y sobre todo le tendrán así que se asomen al balcón o salgan a la calle, aunque no sea más que para ir a misa, porque este pícaro Madrid es un libro de inmoralidad abierto a todo el que tiene ojos en la cara.

-En eso piensas con cabeza, que este Madrid se va poniendo atroz para la juventud. En nuestro tiempo era otra cosa; pero hoy, por más que una se mate para que los chicos no tengan en casa más que ejemplos de virtud y piedad cristiana, salen los chicos a la calle o se asoman al balcón, y no oyen ni ven más que cosas para pervertir al más santo.

-Es una verdad como un templo. ¿Sabes que me ocurre un buen medio de obviar esos inconvenientes con que, si nuestros hijos se crían en Madrid, hemos de luchar para inclinarlos, a la chica a meterse monja y al chico a hacerse cura?

-Vamos a ver qué medio es ese.

-Uno muy sencillo: buscar un pueblo donde las costumbres sean sanas; puras, modestas, religiosas, santas, en fin, todo lo contrario de las costumbres de Madrid, y enviar allá nuestros hijos para que se críen allí en el buen ejemplo y la virtud, hasta que lleguen a la edad en que la chica se prepare a entrar en un convento para hacerse monja, y el chico a entrar en un seminario para hacerse cura...

-Me parece excelente idea. En un pueblo como el que tú te imaginas no tendrán siempre a la vista, como en Madrid, el ejemplo de todos los pecados, y sobre todo el ejemplo del pecado natural, como nosotros llamábamos por inspiración del enemigo tentador al estado religioso. Es necesario que inmediatamente nos echemos a averiguar dónde hay un pueblo en que los chicos puedan criarse como Dios manda, y no como manda el diablo, que es como en Madrid se crían los chicos, y en seguida los enviamos allá.

-Valpacífico es para eso un pueblo que ni hecho de encargo.

-Y que tienes mucha razón, hombre. Y además, teniendo allí el tío cura, tenemos lo que echaríamos muy de menos en todo otro pueblo, por de buenas costumbres que fuese.

-Recuerdo que cuando el tío fue allá de cura párroco escribió diciendo que todos sus feligreses; eran casi unos santos; pero como la inmoralidad ha hecho tantos progresos desde entonces, bueno será que antes de enviar a Valpacífico a esos ángeles de Dios nos informemos de si ha alcanzado hasta allá.

-Pues escribe al tío cura pidiéndole informes.

-Mejor sería decirle que puesto que el ferrocarril, que pasa por cerca del pueblo, hace tan breve y barato el viaje de Valpacífico a Madrid, se venga a pasar siquiera un día con nosotros, porque tenemos que consultar con él un asunto importante.

-Sí, mejor es eso, porque por escrito no se entiende la gente tan bien como de palabra, y más en asuntos tan delicados como éste.

-Hoy mismo le escribo al tío cura diciéndole que venga, con tanto más motivo cuanto que no, habiéndole visto desde que se fue, hace qué sé yo cuántos años, tenemos gana de verle.

En efecto, aquel mismo día escribió Rafael al tío cura, diciéndole, para más obligarle a que viniera, que su venida interesaba mucho a la salvación eterna, así del mismo Rafael como de su mujer y de sus hijos.




ArribaAbajo- III -

Dos días después el venerable párroco de Valpacífico entraba en casa de sus sobrinos de Madrid, con el alma en un hilo, con motivo de la noticia de que a la salvación del alma de sus sobrinos, y aun a la del alma de sus sobrinitos, interesaba su venida.

Le he llamado venerable, y aun me parece que le he llamado poco. Veneración profunda y hasta reverente cariño inspiraba su persona, pero el candor de su alma inspiraba admiración.

Hay dos candores muy diferentes: uno es hijo de la pobreza de inteligencia, y, por tanto, se parece mucho a la tontería; y el otro es hijo de la riqueza de bondad, y, por tanto, se parece mucho a la sabiduría.

Este último candor es el que resplandecía en la persona y en el alma del párroco de Valpacífico. Siento muchísimo que me falta tiempo para irme con él, encerrarme con él en Valpacífico y pasar allí un par de meses haciendo en cuerpo y alma la vida de un campesino, a que tengo tan profundas e irresistibles inclinaciones, que Dios no me ha permitido ni probablemente me permitirá ver satisfechas, aunque son el voto más ferviente de toda mi vida; siento que me falte tiempo para hacer esto, porque si no me faltara lo haría, y en seguida me consolaría de todas las tristezas y de todos los trabajos de mi vida, escribiendo un libro en que sólo hablase de Valpacífico y de su señor cura y de sus honrados habitantes.

¿Ustedes no tenían noticia de Valpacífico? Pues yo les diré a ustedes dónde es y cómo pueden componérselas para verle, aunque no sea más que a vista de pájaro. Cuando atraviesen ustedes en ferrocarril la cordillera Carpetana y se acerquen a la insigne patria de Santa Teresa de Jesús, a la ciudad por excelencia de los caballeros, vayan ustedes mirando hacia abajo, y poco antes de desembocar en la llanura uno de los vallecitos que se inician en las alturas que atraviesan el ferrocarril y se van ensanchando conforme descienden de la montaña, verán ustedes a Valpacífico. Para que le conozcan ustedes mejor, voy a darles algunas más señas de él.

El lugar, que se compone de unas cincuenta casas, está entre dos bosquecillos: el de la parte de arriba del lugar, de robles, encinas y olmos, y el de la parte de abajo, de frutales que orlan y cruzan y recruzan la huerta que allí tiene cada vecino del lugar.

En un ancho escalón o meseta que hace la vertiente derecha del valle encima del lugar, verán ustedes asomar por encima de los pomposos pinos que pueblan la meseta el campanario de una ermita de Santa Teresa, a cuya santa paisana tienen los de Valpacífico, mucha devoción; porque tienen más motivos que los de todo otro pueblo de España para tenérsela.

Estos motivos son los que vamos a ver. Cuentan los de Valpacífico que cuando la Santa estaba ya, como quien dice, con un pie en la tierra y otro en el cielo, dijo un día, volviendo de uno de los viajes que hacía a sus piadosas fundaciones:

-Toda la vida he estado viendo desde lo alto a Valpacífico y nunca he bajado a él, a pesar de que lo deseaba, porque toda la vida me ha enamorado su hermosura. No quiero morirme sin satisfacer este deseo. Veamos si desde cerca me gusta tanto como desde lejos.

Y en efecto, la Santa se encaminó a Valpacífico. Al bajar al pinar, que ya entonces existía en la meseta que domina al pueblo, se sentó en una piedra a descansar y a contemplar el vallecito, y en memoria de esto y en agradecimiento a lo que luego diré, le erigió allí Valpacífico una ermita, así que la Iglesia la declaró digna de erigírsele altares.

Toda la gente de Valpacífico salió al encuentro de la madre Teresa apenas supo que ésta se acercaba al lugar, y tales pruebas de veneración y cariño recibió la santa reformadora del Carmelo, que, como aquellas buenas gentes le pidiesen que intercediese con Dios por ellas en particular y por el pueblo en general, la madre Teresa les preguntó:

-¿Qué es lo que más deseáis que Dios os conceda? Decídmelo, que yo se lo pediré de todas veras al Señor.

-Madre -le contestaron-, la gracia que más deseamos alcanzar de Dios es que mientras Valpacífico exista, sus habitantes no incurran en pecado ninguno, para que así todos vayan al cielo.

-Hijos -le dijo la Santa-, voy a orar antes de alejarme de vosotros, y entre las mercedes que pediré a Dios se contará la que deseáis que Dios os otorgue.

Así lo hizo la Santa, y la contestación que recibió del Señor y puso en conocimiento de los de Valpacífico, fue ésta:

-Teresa, estás complacida hasta donde es justo, y, por consecuencia, hasta donde es posible.

Y desde entonces Valpacífico, que ya era un pueblo de gentes muy buenas, como lo probaba el nombre que ya entonces tenía, pues aquel nombre indicaba una de las virtudes más grandes que puede tener un pueblo, que es la de ser pacífico y no revoltoso como van siéndolo casi todos los de España. Valpacífico se convirtió en un pueblo de santos, o poco menos.




ArribaAbajo- IV -

El párroco de Valpacífico y sus sobrinos hablaban en el comedor, mientras Rafaelita y Carlitos los enamoraban en la iglesita que tenían en un cuartito inmediato, celebrando Carlitos una misa: que ayudaba su hermana. Como el fin santifica los medios, cuando estos medios no son alguna picardía de órdago, tanto el párroco como sus sobrinos hacían la vista gorda a las infracciones litúrgicas que en la iglesita se cometían.

El señor cura estaba impaciente por saber qué negocio del alma tenían sus sobrinos que consultar con él, y se lo preguntó a su sobrino.

Este se lo explicó, y el buen párroco, si bien no aprobó las tendencias un tanto desinteresadas y laudables, pero también un tanto egoístas e irracionales, que notaba en sus sobrinos, que querían obligar a los chicos a abrazar el estado religioso, aunque no tuvieran vocación a él, convino en que criáranse para el estado religioso, o se criaran para casarse y servir a Dios y la patria siendo buenos padres de familia, que es estado no menos santo, convenía mucho criarlos en un pueblo de tan sanas costumbres como Valpacífico, y no en un pueblo como Madrid, donde si no había tanta inmoralidad y peligro como Rafael y Carolina suponían, había de todo como en botica, y podía tocarles a los chicos un poco rejalgar de lo fino, como les había tocado a sus padres, cuya tormentosa y pecaminosa juventud conocía el párroco, aunque ni por el pensamiento le pasaba que Rafael y Carolina hubiesen pasado del pecado venial.

-Valpacífico -dijo Rafael- sería muy bueno para lo que nosotros deseamos, por la sola circunstancia de vivir usted allí y tener a su cargo el gobierno espiritual del pueblo y si el pueblo fuese en la actualidad tan de buenas costumbres como era cuando usted fue a él, no tendría precio para preparar a Rafaelilla a convertirse, como quien dice, en una Santa Teresa de Jesús, y a Carlitos, como quien dice, en un San Luis Gonzaga. Conque diga usted, tío: ¿las costumbres de Valpacífico continúan siendo como usted nos las pintó cuando fue allá?

-Las mismas, hijos, las mismas. ¿Y cómo no habían de ser, si Dios prometió, por intercesión de Santa Teresa, que serían así siempre?

-Sí, ya nos contó usted esa piadosa tradición de Valpacífico.

-Tanto más respetable y fidedigna, cuanto que los habitantes del lugar, si no son unos santos, les falta poco para serlo.

¿Conque tan buenos son?

-Hijos, todo lo que en su alabanza se diga es poco. Allí no hay blancos ni negros, y sí sólo buenos españoles; allí no hay holgazanes como en Madrid; allí no hay quien sea capaz de robar o estafar tanto así; allí nadie se emborracha ni hace indignidades por llenar la tripa; allí no se oye una blasfemia ni una obscenidad; allí no se despelleja al prójimo con la murmuración ni a los pobres con la usura; allí nadie falta a los preceptos de la Iglesia; allí se cumplen los mandamientos de la ley de Dios; allí los matrimonios viven como Dios manda; allí los siete pecados se fastidian, porque en cuanto asoman, les caen encima las siete virtudes; allí...

-Tío, permita usted que le interrumpa para decirle una cosa.

-Dime lo que quieras, hijo.

-Allí no le dará a usted mucho que hacer el confesionario.

-¿Pues no me ha de dar, hijo? No hay día que antes de misa no me siente en él.

-Pero, ¿qué han de tener que confesar los vecinos de Valpacífico si son unos santos?

-Hombre, yo no he dicho que sean santos, sino que les falta poco para serlo. Los vecinos de Valpacífico al fin pertenecen a la miseria y frágil Humanidad, y no están exentos de algún pecadillo. Dios prometió a Santa Teresa complacerla en cuanto fuera justo, y, por tanto, posible, y no complacerla en absoluto. Hay pecados que pudiéramos llamar naturales, porque están en la naturaleza humana. Vosotros diréis que si son naturales no son tales pecados. Sí señor que lo son, porque Dios nos ha dado la inteligencia para que veamos si la naturaleza se extravía o no, y en caso de que se extravíe, le digamos: «Alto ahí, que eso no es justo ni decente». En fin, hijos, estas son cosas muy delicadas para un sacerdote, porque son cosas de confesionario, y me permitiréis que no sea más explícito.

-Bien, tío. Con que quedamos en que se llevará usted para allá a los chicos, los tendrá en su casa, les dará toda la educación que el lugar permita...

-Que no será poca, porque así el maestro, como la maestra que allí tenemos son excelentes, como que no los tenemos muertos de hambre como en otros pueblos. Quisiera que vieseis un chico que tiene la maestra y una chica que tiene el maestro, para que vieseis dos chicos bien educados.

Pues lo dicho, tío. Usted servirá a los nuestros de padre hasta que vayan siendo mozos, que entonces nos los traeremos, seguros de que, criados en un pueblo de tan sanas costumbres como Valpacífico, han de volver rabiando la chica por hacerse monja y el chico por hacerse cura.

Dos días después el tío cura y sus sobrinitos iban camino de Valpacífico.




ArribaAbajo- V -

Ya Carlitos y Rafaelita eran mozos hechos y derechos, como que Carlitos tenía diez y seis años y Rafaelita diez y ocho largos de talle, con cuyo motivo el tío cura escribió diciendo que no debían continuar allí.

El tío cura creyó que así como los había acompañado cuando fueron a Valpacífico, debía acompañarlos cuando volvieran a Madrid.

La alegría de los papás fue grande cuando los vieron tan crecidos y hermosos; pero fue infinitamente mayor cuando, así que hablaron un rato con ellos y los oyeron hablar con unos señores curas muy virtuosos y sabios que visitaban la casa y se apresuraron a acudir a darles la bienvenida, se cercioraron de que venían hechos unos santos por habérseles pegado todas aquellas virtudes que el tío cura había dicho tener los habitantes de Valpacífico.

Como Carlos y Rafaela apenas se acordaban ya de Madrid, sus padres supusieron que a pesar de venir tan exentos de todo vicio, que ni el de curiosidad traían, se divertirían y gozarían mucho dando un paseo por los sitios principales de Madrid.

El tío cura, que era ya muy anciano, no estaba para paseos, y, por tanto, no acompañó a sus sobrinos y sobrinitos cuando salieron a darle.

A Carolina y a Rafael les chocó mucho que Carlitos, cuando encontraban una chica guapa, la mirara embelesado y pareciera que se le iban los ojos tras ella, y que a Rafaelita le sucediese poco menos cuando encontraban un buen chico.

- ¡Pche! -dijeron para sí-. Eso no pasa de ser inocente curiosidad de muchachos, que, como no han visto más que serranos vestidos de lana burda, creen ver una maravilla cuando ven una levita de paño fino o un vestido de seda.

Cuando volvían a casa con los chicos delante, cuchichearon Rafael y Carolina sobre la conveniencia de averiguar si aquella noche había alguna función de Nacimiento, y en caso de haberla, llevar a los chicos a que la viesen. Con objeto de examinar los carteles, se detuvieron los cuatro en una esquina, y Rafael y su mujer separaron la vista de los carteles, horrorizados, viendo a la cabeza del de los Bufos de Arderíus una litografía que, entre otras indecencias, representaba a una porción de mujeres y hombres casi como su madre los parió. Y su horror se convirtió en espanto cuando vieron que a Carlitos se le encandilaban los ojos contemplando a las suripantas, y a Rafaelita le sucedía poco menos contemplando a los suripantos.

-Niños -dijeron a los chicos-, esas porquerías no se miran.

-¡Sí, porquerías! -dijo Rafaelita-. ¡Qué cosas tiene usted, mamá! Pues bien guapos son esos jóvenes que están ahí pintados.

- ¡Y bien guapas las jóvenes que están junto a ellos!-añadió Carlitos.

Rafael y Carolina quisieron mudar de conversación, pero no lo consiguieron sin que antes oyeran a los chicos decir:

-¡Qué gusto dará el ver esa función!

Así que llegaron a casa, Rafael y Carolina, que iban muertos con lo que habían observado en los chicos, se encerraron a solas con el tío cura.

-Tío -dijo a éste Rafael -, venimos con un clavo en el corazón.

-¿Pues qué es lo que os pasa, hijos?

-Lo que nos pasa es que hemos notado en los chicos una cosa que nos tiene muertos.

-¿Y qué cosa es esa? Siempre será alguna simpleza.

-¡Buena simpleza nos dé Dios!

-Pero vamos, ¿qué es lo que habéis notado en los chicos?

-¡Una friolera! Que a Carlitos se le van los ojos tras de las buenas chicas, y a Rafaelita tras de los buenos chicos.

-¡Toma! Eso ya lo sabía yo. Por eso os escribí diciéndoos que me parecía conveniente traerlos. Carlitos se iba encalabrinando con la hija del maestro, y a Rafaelita le sucedía lo mismo con el hijo de la maestra.

-¡Qué horror, Dios mío!

-Pero, hijos, ¿qué horror ni qué ocho cuartos ha de haber en que a los muchachos les gusten las muchachas y a las muchachas les gusten los muchachos, con tal que la cosa no pase de lo honesto y regular? Si eso es pecado, es un pecado natural de que vosotros mismos no os libraríais cuando erais jóvenes.

-(¡Nos ha chafado el tío cura!)-dijeron para sí Rafael y su mujer.

-Pero, tío -añadió Rafael- ¿no decía usted que la gente de Valpacífico era santa?

-No dije tal cosa; lo que dije fue que era casi santa, y eso repito ahora.

-¿Con que por lo visto, allí pasa lo que en Madrid y en todas partes?

-En punto a gustar los hombres de las mujeres y las mujeres de los hombres, el pueblo más santo de la tierra, que sin disputa lo es Valpacífico, tiene gran punto de semejanza con el pueblo menos santo, que no sé cuál es.

-Pero ¿y lo que prometió Dios a Santa Teresa?

-Lo cumplió. Dios dijo que complacería a la Santa en todo lo justo, y, por tanto, en todo lo posible; y cuando Dios consiente que allí, como en todas partes, los hombres gusten de las mujeres y las mujeres gusten de los hombres, Dios sabrá que no debe impedirlo ni condenarlo. Ese es el pecado que lleva a los pies del confesor a los habitantes de Valpacífico; ése es el pecado que sólo lo es de nombre, cuando no pasa de los límites honestos y, por tanto, justos; ése es el pecado que sin duda cometisteis vosotros, puesto que os quisisteis y os casasteis, y ése es el pecado que vosotros tenéis el deber de absolver en vuestros hijos si incurren en él.

-¿Conque es decir que nuestros hijos no abrazarán el estado religioso? -exclamó Rafael con asentimiento de su mujer.

-Pero abrazarán el estado de gracia si se casan y son buenos padres de familia, porque casarse y ser eso, no es menos santo que ser vuestra hija monja y vuestro hijo cura, pues es tanto como ser buenos ciudadanos y buenos servidores de Dios.




ArribaAbajo- VI -

Pasaron algunos años, y Carlos y Rafaela eran lo que al tío cura no espantaba que fuesen: esposos y padres. Cuando el tío cura espiró descubriendo por la ventana de su alcoba la ermita levantada sobre la piedra donde se había sentado Teresa de Jesús, pensó en sus sobrinos Rafael y Carolina, y sonrió de alegría, pensando que cuando muriesen dejarían lo que él no dejaba: hijos, nietos, y acaso bisnietos que pidiesen a Dios el perdón de sus pecados.

Yo creo que la anciana que lea a sus hijos y sus nietos este cuento, sentada en medio de ellos al amor de la lumbre, no será menos feliz que la anciana que se le lea a su gato y a su criada, mientras ésta le prepara una taza del chocolate que le ha enviado el hijo cura con los bizcochos que le ha enviado la hija monja.






ArribaAbajoEl fomes peccati


ArribaAbajo- I -

Con esta pícara afición que desde chiquitín he tenido a averiguarlo todo, menos aquello cuya averiguación es pecado, apenas llegó a mi noticia el aforismo teológico de que todos tenemos dentro del cuerpo el fomes peccati, me entró gran comezón por averiguar, no si el aforismo era cierto como regla general, pues no dudaba que lo fuese, sino si esta regla tenía su excepción como todas.

Molí con mis preguntas a todo Dios, incluso la historia civil y religiosa, y todas las contestaciones que obtuve fueron que, en efecto, el fomes peccati se encierra en todo cuerpo humano, sin excepción de los más santos. Generalmente estas contestaciones se resentían de cierta metafísica, y, por consiguiente, su aridez y oscuridad las hacía inadecuadas para incluirlas en el género de literatura lisa y llana y a la buena de Dios que yo cultivo; pero entre ellas había una que no tenía aquella condición, y por consecuencia aquel inconveniente y esta contestación, que es la de la tradición. popular, es la que voy a confiar al público, un poquito ampliada y glosada, eso sí, pero en lo esencial sin quitarle punto ni coma.

Veamos, pues, con qué ejemplos al canto me afirmó la tradición popular ser cierto que todos tenemos el fomes peccati dentro del cuerpo; unos en la cabeza, otros en la boca, otros en el pecho, otros en el estómago y otros aún más abajo, como que hasta en los pies le tienen muchas personas.




ArribaAbajo- II -

En una nación de Europa (que no sé de fijo cuál fuese, pues la tradición popular, como no tiene fuste ni fundamento en punto a precisar lugares ni fechas, unas veces dice que fue allá y otras que acullá) sucedió que al subir o prepararse a subir al trono el heredero legítimo del último monarca, salió a campaña para disputarle la corona un príncipe extranjero, que así tenía derecho a ella como yo a la mitra arzobispal de Toledo, que no pretendo, por la sencilla razón de que el convenirle a uno ser arzobispo no es razón bastante para que uno se empeñe en serlo y por salirse con la suya ande a trastazos con todo el mundo.

El pretendiente era muy antipático a la nación, no tanto porque fuese extranjero y quisiera lo ajeno contra la voluntad de su dueño, como porque representaba ideas políticas y sociales de allá del tiempo de Mari Castaña, y la nación decía con muchísima razón que en un buen medio está la virtud, y salir de él es ir hacia donde está el vicio, que es en los extremos; y además decía que desde los tiempos de Mari Castaña ha andado el mundo mucho y con mucho trabajo, y no es cosa de desandarlo y echar, como si dijéramos; a la espuerta de la basura el fruto que se ha venido recogiendo en la jornada, sino ver si entre aquel fruto hay algo podrido o malo, y en caso que lo haya, separarlo y guardar como oro en paño lo sano y bueno.

Pero como en toda nación, aunque sea tan honrada y lista como aquélla, que por lo visto se parecía mucho en esto y en lo otro y en lo de más allá a nuestra España, nunca faltan un hatajo de bribones y un par de hatajos de tontos, lo que prueba que también las naciones tienen el fomes peccati en el cuerpo, sucedió que con bribones y tontos el pretendiente formó a modo de ejército, y con su ayuda y la de otro hatajo de qué sé yo cómo llamarles, aunque decían ser liberales hasta la pared de enfrente, encendió la guerra civil y logró campar por su respeto en un pedacillo de la nación, a cuyos habitantes pacíficos, honrados y laboriosos, puso a cada cual un fusilito en la mano, mediante una paliza que arreó a todo el que rehusaba, y les dio el nombre de voluntarios para que no se dudase que les servían voluntariamente, como no lo dudaron ni aun los defensores del rey legítimo.

Lo primero que hizo el pretendiente fue darse el nombre de rey y el consiguiente tratamiento de majestad, redondeando tal nombre y tal tratamiento con todos los menesteres de los reyes que no lo son de mentirijillas, tales como ministros, servidumbre de la real casa, etc., etc.

De tal modo quería imitar a los reyes absolutos del tiempo de Mari Castaña, que eran su bello ideal, que hasta mandó que se le buscara un bufón más pícaro que hermoso, a quien hacer su favorito y encargar el importantísimo oficio de regocijar a la corte con su malicias y gracias.

Pregunta por aquí pregunta por allá dónde habría un buen bufón, al fin se encontró uno que ni hecho de encargo, pues tenía la estatura de un perro sentado y eran tantas sus gracias y malicias, que no cabiéndole bien en el cuerpo, el arquitecto había tenido que añadir al cuerpo principal dos cuerpos salientes, uno por delante y otro por detrás.

Al bufón electo le llamaban por buen nombre Pico largo, no tanto porque fuese largo el suyo, como porque era agudo, y tuvo la suerte de hacer desternillar de risa a su majestad apenas compareció en su presencia, porque parece ser que el rey era muy tentado a la risa.

Su majestad, que como gastaba de lo ajeno (pues había venido poco menos que con un trapo detrás y otro delante), era muy rumboso, le señaló una oncita de oro mensual.

Con este bufón bailaba de contento, porque era muy agarradillo y aficionado a guardar el dinero siete estados bajo tierra, por lo que pudiera tronar mañana u otro día, y decía con muchísima,;razón:

-¡Me ha venido Dios a ver con el destinillo éste que me he encontrado de bóbilis bóbilis ¿Quién me tose a mí con una onza de oro pagada a tocateja? Ya me ha dicho su majestad que tendré habitación en su real palacio y me sentaré a su real mesa, y digo su porque el rey dice mi, aunque ni el palacio ni la mesa son suyos y sí del pobre diablo a quien su majestad ha honrado, vamos al decir, dando nombre de palacio a su casa, como ha honrado al lugar dándole el nombre de corte. Como no tendré que gastar un cuarto ni aun en cajetillas del estanco, pues purearé en grande con los cigarros del rey, voy a estar como un príncipe, y a la vuelta de poco tiempo me voy a encontrar con una olla de onzas que meta miedo!

¡Hum! ¡Me parece que a juzgar por el pico y la codicia del bufón que también éste tenía el fomes peccati en el cuerpo!




ArribaAbajo- III -

De buena gana me luciría yo aquí describiendo, la corte del pretendiente; pero como la corte apenas tenía que describir, me fastidio privándome de tanto lucimiento.

¡Qué demonios tienen que describir un lugarejo, de unas cuantas casas de mala muerte colocadas en correcta formación junto a una iglesia de tres al cuarto, y un palacio reducido a un piso bajo, ocupado por la cuadra y el portal, donde hozan, con perdón de ustedes, dos de la vista baja, a un piso principal cuyos ahumados departamentos son, una salita, una cocina y dos o tres dormitorios, y a un sobrado lleno de paja y heno que se asoman, por las rendijas del piso a ver lo que pasa en el principal!

El pretendiente era tan comodón que se alampaba por vivir bajo artesones dorados, y por sentarse en sillas de tapicería de seda, y por dormir entre sábanas de holanda, y por comer en vajilla de plata y oro, y por verse rodeado de buenas chicas, y por repantigarse en carretelas forradas de raso; pero sufría la privación de todo esto con la mayor resignación del mundo, porque decía:

-Todo se andará si la burra no se para. Eso y mucho más tendré cuando me siente en el trono de mis mayores, que se repantigaban en carrozas hasta de concha fina...

Es de advertir que sus mayores nunca se habían repantigado más que en alguna mala tartana.

El que le tenía muy fastidiado con su eterna cantinela de que era necesario arreglar las cosas de la corte de modo que no padeciera el decoro del Rey y su Gobierno, era el presidente del Consejo de ministros, encargado de las carteras de Guerra, Gobernación, Hacienda, Estado, Fomento, Gracia y Justicia y Ultramar, porque siempre estaba diciendo:

-Señor, conviene al decoro de vuestra majestad y su gobierno adecentar un poco el real palacio y los ministerios, poner en la corte una miaja de alumbrado público, y adquirir para uso de vuestra majestad aunque sea un coche de colleras y para uso del gobierno aunque sea un carromato. El real palacio, los ministerios y la corte toda han de merecer por su decencia el nombre de tales, porque si no, no serán palacio, ni ministerios, ni corte, ni nada.

-¡Hombre, que has de estar siempre con la misma canción! -exclamaba el rey, amoscado con el presidente del Consejo de ministros, que por centésima vez le repetía aquello. -No seas molino, hombre, pues sabes que a mí me fastidia el meterme en cavilaciones y engorros por cosas que me han de dar cocidas y amasadas así que me siente, en el trono de mis mayores.

El presidente del Consejo callaba, pero se proponía volver a la carga al día siguiente de sobremesa, porque es de saber que tenía la honra diaria de sentarse a la mesa de su majestad, y entonce era cuando, animado con unos buenos trinquis del tinto de Navarra, se atrevía a cantar la cartilla a su majestad.

En éstas y las otras llegó el fin de mes, y dijeron los empleados: «¡A cobrar la paguita tocan!»

Pico largo, como cada hijo de vecino que comía del presupuesto nacional, digo del sudor de los habitantes de aquel pedacito de la nación, tomó también el tole hacia la tesorería a cobrar su oncita de oro.

Los ojos se le encandilaban pensando en la oncita, e iba discurriendo las precauciones que había de tomar para que no le dieran alguna moneda falsa, porque le habían dicho que la falsificación era por allí moneda corriente con el nuevo orden de cosas, a pesar de que se habían dado muy severas para que no bailaran juntos hombres y mujeres, sino hombre con hombre y mujer con mujer, en atención a que los dos sexos tenían el fomes peccati no sé en qué parte del cuerpo.




ArribaAbajo- IV -

El presidente del Consejo de ministros, así como estaba encargado de las carteras de Guerra, etcétera, etc., lo estaba también de la tesorería y otras incumbencias.

Sus temores tenía Pico-largo de que le fuera a pagar en plata, en cuyo caso le fastidiaba de lo lindo, porque diez y seis onzas de plata no se meten donde se mete una onza de oro, y por reducir a oro los diez y seis duros en plata siempre había de llevar el cambiante seis u ocho cuartos; pero se tranquilizó pensando que el señor tesorero no dejaría de complacerle pagándole en oro contante y sonante, y más si le adulaba un poquillo antes de suplicarle que así lo hiciera.

Muy mal se preparó la cosa desde que Pico-largo abrió el suyo para saludar al señor tesorero.

-¿Cómo va esa humanidad, señor presidente del Consejo de ministros, etc., etc.?

-Muy bien; pero recuerdo a usted que tengo tratamiento de excelencia, y ni a Cristo padre se le apeo, como no sea al rey, que no me le da.

-Vuecencia ha de perdonar; pero como dicen que ya ninguno de los que le tienen le admite...

-Esas son costumbres liberales, y basta que lo sean para que yo las rechace.

-Bien; pero ya comprende vuecencia que, siendo esa la única razón que vuecencia tiene para no apear el tratamiento, no es extraño que yo no se le haya dado a vuecencia, porque esa no es razón ni Cristo que lo fundó.

-Tiene usted muy largo el pico, y me parece que habrá que cortársele un poco.

-Permítame vuecencia que le diga...

-Menos conversación, y diga usted lo que quiere.

-Pues nada, venía a cobrar mi paguita.

-Ahí la tiene usted, y gástesela en cordilla -exclamó el señor presidente del Consejo tirando sobre el mostrador un papelito del color- de la esperanza, que era verde y se la comió un borrico.

-¿Y qué viene a ser esto, excelentísimo señor? -preguntó Pico-largo admirado.

-¡Qué! ¿No tiene usted ojos? Eso es treinta y dos escudos en papel moneda.

-El papel ya le veo pero la moneda no.

-¡Hombre, no sea usted cerril! Ese es uno de los bonos emitidos por su majestad y declarados de circulación forzosa.

-Pues le digo a vuecencia que no lo entiendo.

-Por lo visto, usted no entiende más que de chupar la melona, sin utilidad ninguna de su majestad ni del Estado. Oiga usted, hombre, que a usted parece que hay que metérselo todo con cuchara. Estos bonos se amortizarán por el Real Tesoro, pagándolos por todo su valor y un ciento por ciento de interés anual cuando su majestad se siente en el trono de sus mayores.

-¡Tú! ¡tú! ¡tú! ¡Pues no va larga la fecha que digamos! Para entonces ya nos habremos muerto todos incluso el rey.

-¿Qué es lo que quiere usted dar a entender, hombre?

-Lo que quiero dar a entender es que haga vuecencia el favor de pagarme en oro y dejarse de papeluchos.

-¡Papeluchos! ¡Pues me ha hecho gracia, como hay Dios, la calificación! Me parece que usted anda buscándole tres pies al gato teniendo cuatro... ¡Papeluchos!

-¡Pues si señor, papeluchos, que ya me va cargando el despotismo de vuecencia! No siendo ese papel pagadero hasta el día del juicio por la tarde, es un papel mojado.

-¡Insolente! Salga usted de aquí más pronto que la vista, o sale usted atado codo con codo. ¡Papel mojado! ¡Nos ha compuesto el jorobeta éste!

Pico-largo, intimidado ya con la indignación de su excelencia, que parecía querérsele tragar, bajó la cabeza y salió de la tesorería, sin volver a chistar ni mistar, a pesar de su mucho pico.

El señor presidente del Consejo puso inmediatamente en conocimiento de su majestad lo que ocurría con el bufón. Su majestad se puso hecho un toro al saberlo, y mandó que el bufón saliera desterrado de sus dominios, después de recibir cien azotes en la parte que, a juicio del mismo, menos le doliesen, pues su majestad quería darle una gran prueba de benevolencia concediéndole esta elección.




ArribaAbajo- V -

Cuando a Pico-largo se notificó esta cruel sentencia, como es natural se afectó mucho y se puso a filosofar sobre la instabilidad e ingratitud de los reyes absolutos; pero no tardó en echarse a cavilar a ver si encontraba medio siquiera de ahorrarse los azotes, que eran la parte de la sentencia que más le dolía, aun antes de ejecutarse, y por fin se consoló un poco creyendo haber encontrado aquel medio.

La hora de la ejecución de la sentencia llegó, y su majestad se asomó a la ventana de palacio, que daba a la plaza, para presenciar la azotaina, porque estaba aún hecho un solimán con el que en una monarquía absoluta se había permitido controvertir la validez del papel moneda emitido por el soberano, y sobre todo controvertirla ofendiendo a la majestad con sus apreciaciones y reticencias.

El presidente del Consejo de ministros estaba en la plaza, deseoso de ver la azotaina desde cerca.

-Desnúdese usted de medio cuerpo arriba dijo el verdugo al reo.

-¿Y para qué me he de desnudar? -le preguntó Pico-largo.

-Para que casquemos como es debido los cien azotes.

-Yo no necesito desnudarme para eso.

-¿Cómo que no, hombre?

-Lea usted bien la sentencia.

-Ya la he leído.

-¿Y qué dice?

-Dice, en resumen, que se le condena a usted a salir desterrado, después de recibir cien azotes en la parte donde, a juicio de usted, menos le duelan.

-¡Ajá! Estamos conformes; tengo permiso para elegir la parte en que menos me duelan los azotes, ¿no es esto?

-Sí, señor.

-Pues la parte donde menos me duelen no es la que usted quiere que descubra.

-Pues si no, elija usted otra y no andemos moliendo.

-Va usted a ser servido. La parte que elijo, porque es la parte en que menos me duelen los azotes, es el trasero del señor presidente del Consejo de ministros.

Una carcajada general, en que no pudieron menos de tomar parte el verdugo y el presidente del Consejo de ministros, acogió la inesperada salida de Pico largo.

El rey se quemó mucho al oír aquella carcajada, porque creyó que era gran irreverencia reírse los vasallos delante del rey; pero como era curioso, aunque no lo era, preguntó por qué reía tanto la gente.

Como aventajaba a todos en lo tentado a la risa, cuando le dijeron la ocurrencia de Pico-largo soltó el trapo tan de gana, que aquello no era reír, sino retorcerse y tumbarse de risa.

Así que acabó de reír, lo primero que hizo fue decir que anulaba en todas sus partes la sentencia, siquiera por lo gracioso y pillo que era el tal Pico-largo.

¡Vaya un rey formal que se había echado aquel pedacillo de la nación, o mejor dicho, le habían echado!

Lo cierto y verdad es que Pico largo no sólo volvió a la gracia de su majestad, sino que obtuvo la de que en lo sucesivo se le diera su paga en oro contante y, sonante, con exclusión de todo papel moneda.

A quien le supo a cuerno quemado lo pillo del bufón y lo bragazas del rey fue al señor presidente del Consejo de ministros.




ArribaAbajo- VI -

El señor presidente del Consejo continuaba moliendo a su majestad todos los días de sobremesa, después de haberse tirado unos buenos latigazos del navarro, con que era necesario que en la corte en general, y en el real palacio y los ministerios en particular, se hicieran las mejoras que reclamaban el decoro de la corte, el de la real persona y el del gobierno, porque si no, aquello no era corte, ni palacio, ni ministerios, ni nada.

El rey tenía la sangre frita con aquel mosconeo diario, porque, para mantenerse en aquellas reformas, tenía que meterse en cavilaciones y engorros, y su majestad decía para sí, y decía muy bien, aunque decía muy mal, pues su majestad ladraba la lengua nacional en lugar de hablarla:

-¡Cuidado que es manía la del tío Machaca éste! Señor, ¿qué necesidad tengo yo de romperme la cabeza con cavilaciones y fastidios mientras no me siente en el trono de mis mayores, si por una parte en cuanto cavilo un poco me hago un ovillo, y por otra me siento tan guapamente con que me llamen rey, con comer y beber bien, con echar un mus y con salir por ahí un rato a ver las chicas? Todos los días me dan tentaciones atroces de hacer uso de mi soberanía absoluta mandando fusilar a ese súbdito irreverente y osado; pero es mucha gaita eso de fusilar a un presidente del Consejo de ministros, encargado de las carteras de Guerra, etc., etc. Lo que sí haría yo, si tuviera cabeza para ello, es echarle una indirectilla del Padre Cobos, a ver si conseguía que no sea tan molino.

El bufón, que estaba a la que salta, oyó por casualidad uno de esos soliloquios del rey, y se decidió a pedir permiso a su majestad para echar, como que salía de él, una puntadilla al señor presidente del Consejo, a fin de que no moliera a su majestad tanto.

El rey, no sólo le concedió el permiso que solicitaba, sino que le prometió advertirle, guiñándole el ojo, la ocasión oportuna para echar al señor presidente del Consejo la puntadilla.

Al día siguiente estaban de sobremesa el rey, el presidente del Consejo de ministros y el bufón, y ya empezaba el señor presidente del Consejo con circunloquios para traer a cuento lo de las mejoras en la corte, en palacio y en los ministerios, cuando el rey, viéndole de venir, como decía su majestad, que ya hemos dicho ladraba la lengua nacional por no ser la materna suya, guiñó el ojo a Pico-largo, y éste dijo:

-Si vuestra majestad me lo permite, voy a contar un cuento a propósito de lo que el señor presidente del Consejo dice todos los días y anda hoy por decir, a saber: que si no se hacen mejoras en el real palacio, en los ministerios y en la corte, esto no es palacio, ni ministerios, ni corte, ni nada.

Con permiso de su majestad -exclamó el señor presidente del Consejo, algo quemado de que Pico-largo se metiese en la renta del excusado- debo recordar al señor bufón que por tener largo el pico estuvo a punto de llevar cien azotes.

-Hombre, con agua pasada no muele molino -le interrumpió el rey-. No muelas tú tampoco, y deja que mi real bufón cuente el cuento que dice venir a pelo.

El bufón se echó, sobre el café que acababa de tomar, una copita de mezclado, y encendiendo y -chupando un puro, contó el cuento siguiente:




ArribaAbajo- VII -

«Este era un fraile exclaustrado».

Los frailes de su Orden saben tanto que parece que han estudiado con los Jesuitas; pero aquel pobre hombre no había echado mucho pelo con su sabiduría.

El padre Rosado, que así se llamaba, ejercía el ministerio parroquial en una aldeílla de doce vecinos. Como los parroquianos eran pocos y pobres, el párroco andaba siempre a la cuarta pregunta, y más aún lo andaba el sacristán.

El sacristán, que se llamaba Bartolo, era un mozo tan lego, que ni siquiera sabía leer, y si sabía ayudar a misa y otros menesteres de su empleo, era porque el párroco anterior se los había hecho aprender de memoria a fuerza de machacar.

Desde mozuelo le gustaban mucho las chicas y se le iban los ojos tras ellas, de modo y manera que el padre Rosado, que hacía poco desempeñaba el curato del lugar, notólo y dijo para sí:

-Ese pedazo de alcornoque se encalabrina el mejor día con alguna de esas chicas que le traen al retortero, se casa, se llena de chicos, y no teniendo sobre qué caerse muerto, porque la sacristía de aquí no da más que una ración de hambre y otra de necesidad, hay en su casa la de Dios es Cristo.

Cuando así estaba pensando el padre Rosado, se llegó a él Bartolo y le dijo:

-Padre Rosado, yo quería preguntarle a usted una cosa.

-Pregúntala, hijo, que el que pregunta no yerra.

-Pues quisiera saber si tengo yo también el fomes peccati, que según decía usted ayer tarde en el púlpito, tenemos todos dentro del cuerpo.

-¡Vaya si le tienes, hijo! -le contestó el exclaustrado.

-Y aunque sea mal preguntado, ¿se puede saber qué viene a ser eso?

-Viene a ser... esa cosa que cuando ves una chica guapa sientes dentro de ti, y como que te lleva tras de la chica.

-¡Calla! ¿Conque eso es el fomes peccati?

-Eso, hijo.

-Padre Rosado, es imposible que eso sea.

-¿Y por qué no lo ha de ser, hombre?

- Porque usted decía que el fomes peccati es la cosa más mala del mundo, y a mí me parece que en el mundo no hay cosa mas rica que lo que uno siente dentro cuando ve una chica resalada y retrechera.

-A ti te parecerá así porque eres muy bartolo, pero es todo lo contrario. El fomes peccati es la concupiscencia; el germen, la semilla, el fomento del pecado, y por consecuencia de la condenación, eterna.

¡Ave María Purísima! -exclamó Bartolo, santiguándose horrorizado.

Y desde entonces huyó como el diablo de las chicas por más sandungueras que fuesen, y empezaron a encandilársele los ojos siempre que se hablaba de conventos y de frailes.

El padre Rosado dio gracias a Dios por ello, porque se hubiera visto negro si el sacristán se hubiera casado. Como el curato apenas le daba para matar el hambre con un taco de pan negro y un pucherillo de patatas, no podía pagar ni mantener ama de gobierno ni cosa que lo pareciese, y le venía como de perlas el que el sacristán no tuviese más quehaceres que los de la iglesia, ni más obligaciones que las personales, pues así podía servirle en todas aquellas cosas que no están bien en un sacerdote, como hacer la colada, echar un remiendo, etc., etc.

Bartolo le servía con el mayor desinterés y la mejor voluntad; pero aun así, creía el padre Rosado que era necesario pagarle, si no con dinero o cosa que lo valiese, al menos con esperanzas, y con esperanzas le pagaba.

Un día de incienso dijo el padre Rosado:

-Hoy te vas a quedar a comer conmigo, que una antigua hija de confesión, anciana enfermiza y dueña de una posesión que nos vendría a ti y a mí de perilla para cierto proyecto que yo tengo y ando madurando, me ha enviado un jamoncillo y una bota de vino.

-Padre Rosado -contestó Bartolo, chispeándole los ojos de alegría al oír hablar de jamón y vino, como le chispeaban en otros tiempos al ver una chica sandunguera-; acepto el convite, siquiera por ser hoy día tan señalado, y porque si le he de decir a usted la verdad, ya me tiene estomagado el puchero de berzas con un puñado de sal y una piltrafilla de sebo, que es la única gracia de Dios que entra en mi cuerpo hace ya no sé cuántos años.

-No te dé cuidado por esa penuria, hombre que, como suele decirse, a cada puerco le llega su San Martín...

-¡Dios le oiga a usted, padre Rosado, que bien lo necesitamos, porque esta arrastrada vida, que hasta de esperanza carece, no es para llegar a viejos! -exclamó Bartolo, entreviendo, como el padre Rosado, horizontes de color de rosa, digo, de color de jamón, chuletas, huevos, vino y otras porquerías así.

El padre Rosado y Bartolo se pusieron de jamón y vino hasta alcanzarlo con el dedo.

-¡Cuándo nos hemos visto nosotros en éstas! -exclamó el fraile.

-¡Y cuándo nos volveremos a ver! -añadió el sacristán.

-Hombre, ya te he dicho que tras estos tiempos vendrán otros, porque si cuaja mi proyecto (que sí cuajará, con la ayuda de Dios), tú y yo nos ponemos las botas.

-¿Conque el proyecto es cosa buena?

-Buenísima.

-¡Caramba, padre, cualquiera diría que no tiene usted confianza en mí, cuando se contenta con decirme eso!

-Tienes razón, hijo, que tu lealtad, que espero recompensar debidamente, te hace acreedor a que te confíe mi proyecto. Has de saber, Bartolo, que proyecto la fundación de un gran convento de mi santa Orden.

-Padre, eso me parece muy santo y muy bueno para el alma; pero el cuerpo ¿qué va a sacar de eso?

-¿Qué va a sacar? ¡Ahí es nada lo del ojo y le llevaba en la mano! Yo seré, como quien no dice nada, guardián de la comunidad, y tú serás mi lego favorito.

-¡María Santísima, qué fortunón si eso llega a realizarse!

-¡Y tres más que llegará!

-Pero oiga usted, padre, yo he visto que en las estampas y cuadros pintan a los frailes muy gordos, con unos mofletes y unos colores que dan envidia, siempre arrellanados en un sillón despachando con cara de risa unos tazones de chocolate con bizcochos que le hacen a uno relamerse... ¿Están bien pintados, o es pintar como querer?

-Hombre, de todo hay en la viña del Señor, porque como los frailes también tienen en el cuerpo el fomes peccati, unos luchan a brazo partido con él y le vencen, y otros se dejan vencer sin luchar.

Bartolo se entristeció, diciendo para sí:

-Si luchamos nosotros, malo, porque ayunamos, y si no ayunamos, peor, porque ardemos.

Pero se alegró, añadiendo:

-Ni lucharemos ni arderemos, porque sería pedir gollerías el pedirnos que habiendo ayunado tanto cuando no lo había, sigamos ayunando cuando lo hay.

La lógica de Bartolo era absurda; pero cada uno arregla la suya a su respectivo fomes peccati.




ArribaAbajo- VIII -

-¡Bartolo! -exclamó un día el padre Rosado.

-Lloremos de pena y ríamos de alegría.

-Padre Rosado, si le entiendo a usted, que me fusilen -contestó Bartolo.

-Hombre, la cosa es muy sencilla: ha muerto la del jamoncillo y la bota de vino, y me ha dejado todos sus bienes, aunque sus parientes pretenden ser sus únicos herederos legítimos y han empezado a disputármelos. Por consecuencia, lloremos por la difunta y riamos por la herencia.

Así que el padre Rosado y Bartolo lloraron y rieron, fueron a tomar posesión de los bienes de la difunta, que consistían en una posesión situada en un valle solitario y agreste.

Como Bartolo había oído decir al padre Rosado que aquella posesión era como hecha de encargo para su gran proyecto, se le cayó el alma a los pies cuando vio que todo se reducía a una casa de mala muerte y unos terrenos, muy extensos, sí, pero incultos y cubiertos de matorrales.

-¡Esto es magnífico! -exclamó el padre Rosado cuando llegaron a un alto desde donde se dominaba la posesión-. ¡Ni pintado podía ser mejor, para mi proyecto! Pero, Bartolo, ¿no te entusiasmas viendo esto?

-¡Qué demonche me he de entusiasmar, si la casa parece que se está cayendo y las tierras no crían más que maleza! -contestó Bartolo descorazonado.

-Hombre de Dios, el valor de las cosas no se ha de apreciar por lo que son, sino por lo que pueden ser. Lo que yo necesitaba era una buena base para plantear mi proyecto, y esa la tengo aquí a pedir de boca.

-¿A pedir de boca, padre? Me parece que la vuestra, por mucho que pida, tendrá que contentarse con cruces, y gracias que los parientes de la difunta no ganen el pleito...

-¡No digas disparates, hombre! Por de contado fundaremos el convento, sirviéndole de base material esa casa y ese terreno, y de base personal nosotros dos.

-¡Vaya un convento y una comunidad!

-Como base, bastan y sobran para plantear mi proyecto.

-¿Y nos vamos a mantener con raíces y agua fresca?

-Hombre, no tanto como eso. Pondremos inmediatamente un cepillo en la carretera que pasa por ahí, y con las limosnas que echen los transeúntes, que de seguro no serán flojas, iremos tirando como Dios nos dé a entender, hasta que la cosa se arregle de otro modo.

-Pero, padre, ¿usted cree que se arreglará de otro modo la cosa?

-¡Pues no se ha de arreglar, hombre! Estoy seguro de que así que corra la voz de que se ha fundado aquí un convento, en veinte leguas a la redonda no muere un rico que no nos deje todos sus bienes.

-Padre Rosado, me va usted volviendo el alma al cuerpo.

-Ya verás, ya verás tú en lo que se convierte, en poco más que nada, el desierto que tenemos a la vista.

-¿Usted, por supuesto, ya habrá echado sus planes sobre lo que se ha de hacer?

-¡Pues no los he de haber echado, hombre! ¿Tú crees que yo me mamo el dedo? Oye, hijo, oye lo que tengo pensado. El convento y la iglesia figurarán, como los de los jesuitas de Loyola, una gran águila, cuyo cuerpo sea la magnífica iglesia central construida con ricos mármoles, y cuya cúpula se alzará a inmensa altura, como si el águila levantase soberbia la cabeza para remontarse al cielo. El ala derecha del águila, toda de sillería y de tal extensión, que su remate se perderá de vista, estará exclusivamente destinada a celdas, que no han de bajar de ciento, porque yo calculo que la comunidad no bajará de cien religiosos, y quiero que se componga cada una de varios departamentos espaciosos, alegres y bien decorados y amueblados. El ala izquierda tendrá la misma extensión, y estará destinada a refectorio, biblioteca, escuela de novicios, botica, etc., etc.

-¿Y dónde deja usted la despensa y la cocina, padre Rosado?

-Hombre, la cocina, la despensa, la bodega, las cuadras para el ganado, etc., etc., corresponden a los pisos bajos.

-Muy bien entendido, padre. ¿Conque hasta bodega y ganado hemos de tener?

-¡Pues no hemos de tener, hombre! ¿Ves tú aquella gran llanada cubierta de maleza que se extiende por la orilla del río?

-Sí que la veo.

-Pues aquélla ha de ser la dehesa donde pasten la vacada, los rebaños de cabras y ovejas y la piara de cerdos.

-¿Conque todo eso hemos de tener?

-¡Pues es claro, hombre! Una comunidad tan numerosa y rica como la nuestra necesita tener de todo en abundancia.

-¡Mala vida nos daremos con tanta carne de vaca, ternera, corderos, cabritos, cerdos, pichones, pollos, leche, etc., etc.!

-Figúrate tú, hijo, si nos desquitaremos de tanto ayuno como hemos pasado en ese pícaro pueblo.

-Y los que tendremos que pasar aquí hasta que la cosa vaya entrando en regla.

-En cuanto a eso no tengas cuidado, que tanto en el cepillo de la carretera como en la colecta en los pueblos cercanos, caerán limosnas con que viviremos en grande.

-Tiene usted razón que lo pasaremos perfectamente, viviendo, como quien dice, sobre el país, mientras se arregla la cosa de otro modo.

-Decir que viviremos sobre el país no es expresión muy decente que digamos; pero, como dicen los franceses, el nombre de la cosa no importa un comino. ¿Ves aquella colina redonda que se alza dominando la dehesa? Pues allí se ha de construir un gran edificio circular, cuyo piso superior servirá de palomar, y cuya planta baja estará destinada a gallinero, pavería, etc., etc., porque la carne de ave y los huevos han de tener gran consumo en el convento.

-¡Válgame Dios, padre Rosado, qué rato tan bueno me está usted dando con lo que me cuenta!

-Pues todavía no sabes de la misa la media. ¿Ves aquella gran ladera con exposición a Mediodía que forma la vertiente del valle, opuesta a la que ocupa, digo, ocupará el convento? Pues como Bacchus amat colles, que decimos los latinos, todo aquel terreno se ha de quebrantar y poner de viñedo de las mejores clases, y estoy seguro de que será un bálsamo el vino que allí cojamos.

-¡Jesús! ¡Padre Rosado, si es para volverse uno chocho el pensar en tales delicias!

-Pues oye, que todavía queda el rabo por desollar. ¿Ves aquella praderita del otro lado del río? Pues allí se ha de establecer la gran pesquera del convento, a cuyo efecto se hará al río una sangría, y se construirá sobre él un majestuoso puente de piedra. Ya verás, ya verás venir de allí cargamentos de anguilas, truchas asalmonadas, todavía coleando...

-Padre Rosado, me parece que he empezado ya a echar barriga sólo con lo que usted me dice.

-¿Ves esa llanadita del fondo del valle que forma escuadra con el río? Pues ahí se ha de hacer la gran huerta del convento, donde habrá cuantas hortalizas y frutas se conocen en el mundo.

-¡María Santísima, qué regalo va a ser el nuestro!

-¿Ves aquella otra llanadita que se extiende detrás del convento y en suave declive va desvaneciéndose en la cúspide de la montaña? Pues todo aquello ha de ser jardines llenos de cuantas llores y plantas aromáticas crió Dios, y con hermosos cenadores y juegos de aguas, a cuyo efecto se traerá un rico manantial que brota en un regazo de la montaña, e infinidad de invenciones de comodidad y embellecimiento.

-Pues le digo a usted, Padre Rosado, que ni el rey con ser rey va estar mejor que nosotros.

-Por último, amigo Bartolo, en aquella alta planicie que domina el valle, y a la que se subirá por los jardines por medio de un caminito que a fuerza de ingeniosos rodeos y artificios será como la palma de la mano, habrá una especie de mirador o glorieta con tales comodidades y tales encantos que subir allí será, mal comparado, subir al cielo.

-Padre Rosado, ya me parece haber estado en él, sólo con habérmele usted pintado.

-Pues ya verás cómo lo vivo excede a lo pintado, porque, como dice el refrán, de lo vivo a lo pintado hay gran diferencia.

-Padre Rosado le llaman a usted, pero el que se lo puso ya supo lo que se hacía, porque oyéndole a usted hablar, el mundo se le vuelve a una de color de rosa.




ArribaAbajo- IX -

Así que el Padre Rosado y Bartolo tomaron posesión de la herencia, no sin una protesta en regla de los parientes de la difunta, el padre Rosado procedió a la instalación y constitución definitivas y formales del convento.

Entre los dos limpiaron bien un cuartito que tenía la casa al lado del portal, y arreglado el altar como pudieron, colocaron sobre él una estampa del fundador de la Orden, y en la ventana que daba al campo una esquila de ganado que hiciese de campana, y quedó establecida y abierta la iglesia.

Después de otras operaciones preliminares en el piso principal, destinado a la comunidad, el padre Rosado dijo a Bartolo:

-Amigo Bartolo, desde este instante quedamos ambos obligados a la observancia de las constituciones y reglas de la Orden. Yo soy el guardián del convento y tú eres la comunidad, y, por tanto, en nuestro trato y vida no hemos de prescindir del estilo que prescribe la regla.

Bartolo accedió gustoso a esta proposición; el padre Rosado se vistió un hábito nuevo que al efecto llevaba, dio a Bartolo otro viejo, que se vistió también, y cata a Periquito, digo a Bartolito, hecho fraile.

-Padre guardián -dijo el hermano Bartolo mirando humildemente al suelo- dígame vuestra reverencia qué ha de disponer el hermano cocinero para refacción de la comunidad.

-Hermano lego, vea si en el cepillo que puso ayer tarde orilla del camino encuentra alguna limosna; y si la encuentra, vaya a la venta inmediata y compre lo que diese de sí la limosna.

- ¿Y si no encuentro nada, padre guardián?

-Hermano, tenga más fe en Dios; que el que sustenta a los pajarillos del aire, no nos ha de abandonar a nosotros.

El hermano Bartolo obedeció, aunque diciendo para su cogulla:

-No las tengo todas conmigo, a pesar de eso de los pajarillos del aire, porque un pajarillo se alimenta con un cañamón, y... ¡buenos pájaros estamos nosotros para contentarnos con tan poco!

En el cepillo encontró unos cuantos ochavos, morunos, que por lo visto también andaban por allí, y con ello compró un par de sardinas gallegas y un panecillo, y volvió al convento pensando melancólicamente que la cosa empezaba rematadamente mal, y podía ir aún peor si Dios no hacía con la comunidad lo que con los pajarillos del aire.

Terminada la refacción, el padre guardián dijo:

-Demos gracias a Dios por el alimento que nos iba dispensado.

-Padre guardián -le interrumpió la comunidad- perdone vuestra reverencia, pero me parece que nos bastaría un «¡Dios nos la aumente!»

El padre guardián tuvo que reconvenir severamente a la comunidad por esta observación.

Aquella tarde, aquella noche y la mañana siguiente llovió a mares, de modo que no pasó un alma por la carretera inmediata al convento. Así, cuando el hermano Bartolo fue a recoger las limosnas del cepillo, no encontró ni un ochavo.

Cuando dio tan triste noticia al padre guardián, éste le dijo:

-Hermano, no se descorazone ni pierda la fe, que, como ya le he dicho, Dios, que provee al alimento de los pajarillos del aire, proveerá al nuestro. Baje al arroyuelo de la fuente, y allí encontrará berros muy tiernos y muy ricos con que la comunidad podrá regalarse después de bien condimentados con aceite que aún tendrá la alcuza de la lámpara, y sal que, a Dios gracias, queda en el arcón donde los pastores que habitaron últimamente esta santa casa salaban las reses que se les morían.

-Padre guardián, permítame vuestra reverencia decirle que los berros son alimento demasiado frugal.

Es verdad hermano, pero en cambio tienen hasta seis virtudes: pues son astringentes, diuréticos, atemperantes, aperitivos, etc., etc. Conformémonos hoy con tan sano alimento, y tengamos fe de que Dios no nos negará mañana lo que no niega a los pajarillos del aire.

-¡Dale con los pajarillos! -murmuró por lo bajo el hermano lego-. Ya me tienen a mí cargado los tales pajarillos, pues este hombre siempre anda a vueltas con ellos, como si no bastara lo molinos que están con ellos los poetas.

Al otro día, como pasaran por la carretera los muchos viajeros que estaban detenidos a causa del temporal, las limosnas recogidas del cepillo casi casi permitieron a la comunidad sacar la tripa de mal año.

Las semanas, los meses y aun los años iban pasando, y la comunidad casi no salía de una ración de hambre y otra de necesidad. Es verdad que aun viviendo sobre el país, el pucherillo era mucho más sustancioso que antes; pero ni por asomo se veía nada que se pareciese a aquello que el padre Rosado había soñado y hecho soñar a Bartolo, porque en toda aquella tierra se gozaba de una salud tan bárbara, que no moría nadie.

El padre guardián confiaba aún en que la penuria de la comunidad había de cesar, y había de llegar la realización de sus magníficos planes con ayuda de ricos legados que no dudaba harían al convento muchos ricos de aquella comarca cuando Dios tuviese a bien llevarlos a sí; pero el hermano Bartolo no las tenía todas consigo a pesar de que algunas veces el padre guardián conseguía con su elocuencia hacerle partícipe de su optimismo.

El cólera andaba por algunas provincias del reino, y con tal motivo, con frecuencia llegaban hasta el convento voces de si había ocurrido o dejado de ocurrir algún caso en aquella comarca.

El padre guardián tuvo más de un serio disgusto notando en el hermano lego, al llegar aquellas voces, una alegría que le parecía sospechosa.

El hermano Bartolo, que solía pasear orilla de la carretera rezando sus oraciones, con la cabeza baja y las manos metidas en las mangas del hábito, trababa todos los días conversaciones como ésta con las gentes de los pueblos comarcanos:

-Hermano, ¿cómo va de salud por el pueblo?

-Perfectamente, hermano

-¿No hay por allí algo de cólera?

-¡Qué cólera ni qué ocho cuartos ha de haber por allí! El cólera no se atreve a venir a tierra tan sana como ésta.

-¿Y el señor don Fulano?

-Tan bueno y tan gordo. A aquél no le mata un rayo. Es verdad que como es rico, se da una vida...

-¿Y la señora doña Mengana?

-Ni siquiera tiene un dolor de cabeza. Lo que tiene es traza de vivir más que Matusalem, para hacer rabiar a los que esperan sus millones.

Y por todos aquellos pueblos, ¿como anda la salud?

-A pedir de boca. Es tierra muy sana toda la nuestra.

El padre guardián solía oír desde el convento estas conversaciones, y no se explicaba, o mejor dicho, no se atrevía a explicarse por qué el hermano volvía triste y de mal humor después de haberlas tenido. A lo más que se atrevía era a decir al lego:

-¡Hermano, luche sin descanso con el fomes peccati, que aún le da mucha guerra en el cuerpo!




ArribaAbajo- X -

El invierno llegó, y en el convento hacía un frío de mil dementres, y la comunidad se chupaba los dedos de frío, tanto más, cuando que tras de tener siempre desabrigado por dentro el cuerpo le tenía también desabrigado por fuera.

Las celdas no tenían puertas ventanas, el tejado todo era goteras, en la iglesia no había Dios que parase, porque la humedad del piso era puro hielo; el hábito de la comunidad se reía por todas partes, y la comunidad, cuando se acostaba sobre un jergón de paja, no tenía para abrigarse más que el hábito.

Un día el hermano Bartolo preguntó, como de costumbre, a los pasajeros qué tal iba de salud por sus pueblos.

Allí -le contestaron- todos comen y trabajan, menos los ricos.

Al hermano lego le dio el corazón un vuelco no sé de qué, y se apresuró a preguntar, compungido y alarmado, qué era lo que a los ricos les pasaba.

-Lo que les pasa es que, como son ricos, comen, sin trabajar.

Aquel mismo día la comunidad le pasó con una ensalada de berros y un trago de agua fresca, que eso sí, era muy rica la que se bebía en el convento, como lo probaba el que apenas uno se echaba un trago de ella, ya se le bajaba la comida a los talones.

El hermano Bartolo se acostó tan metido en cavilaciones, que no encontraba medio de pegar los ojos.

-Pues señor -decía-, esto va mal, retemal, rematadamente mal, por más que el padre guardián, continúe prometiéndoselas muy felices. Y el caso es que el que se ha cortado la cabeza con meterse fraile he sido yo. El padre guardián, como es viejo, está en grande, porque tiene la grandísima ventaja de no tener que mirar por su porvenir; pero yo, que soy joven, tengo que mirar por el mío, Si éste fuera un convento formal, aunque no fuese tan cosa del otro jueves como el padre guardián se había imaginado (y aún sigue imaginándose, aunque parezca mentira que no esté ya tan desengañado como yo), yo habría hecho mi carrera, porque estaría como un canónigo, con casa, ropa y comida aseguradas por toda la vida; pero esto de amanecer todos los días de Dios sin más esperanza de llenar la tripa que la que consiste en que Dios haga con uno lo que dicen que hace con los pajarillos del aire, amigo, ¡esto es para acabar con un caballo! ¡Y luego el padre guardián lleva tan a punta de lanza las cosas en cuanto al cumplimiento de la regla, que ni esto así le dispensa a uno! Nada, nada, herrar o quitar el banco, que yo tengo que mirar por mi porvenir. Mañana mismo le canto la cartilla al padre guardián, diciéndole lo que viene al caso, porque esto de haberle hecho a uno creer que aquí se habían de atar los perros con longanizas, y luego querer que uno viva del aire como los camaleones, no lo aguanto yo aunque me fusilen.

En estas y otras cavilaciones pasó el hermano Bartolo toda la noche, cada vez más decidido a decirle al padre guardián las verdades del barquero.

En efecto, la mañana siguiente se presentó al superior con cierto airecillo de resolución, que al padre Rosado no le dio buena espina.

-Padre guardián -dijo-, yo tenía que hablar cuatro palabras con vuestra reverencia.

Hermano lego, diga las que quiera con tal que no sean superfluas, porque ya sabe que la regla de esta santa casa prohíbe lo ocioso. ¿Qué es lo que tiene que decirme, hermano lego? Despáchese, que el tiempo es oro y no hay que desperdiciarle, sobre todo en los conventos, donde las obligaciones espirituales y temporales son tantas; pero tenga mucho cuidado con la lengua, que, como dice no recuerdo qué Santo, es universidad de Maldades.

-¡No la tienes tú poco larga! -dijo para sí Bartolo, quemado con tanta conversación.

-Conque diga, hermano, lo que le ocurre.

-Lo que me ocurre, padre guardián, es que yo tengo que mirar por mi porvenir, y francamente, aquí le veo muy negro.

-Hermano, ¿qué es lo que dice?

-Lo que vuestra reverencia oye: que cuando me metí fraile, salí de Málaga para entrar en Malagón.

-Hermano, hace muy mal en tener tan poco amor al claustro, que, como dice uno de los más doctos expositores de nuestra regla y constituciones, es taller de santos, aula de sabios, paraíso de delicias, catre de descansos, refugio de peligros y botica de remedios.

-Padre guardián, eso rezará con los conventos como Dios manda.

-Justo, hermano, y por eso debemos nosotros tener mucho amor al nuestro, donde iglesia y celda deben parecernos antesalas del cielo.

-¡Vaya unas antesalas!

-¡Hermano lego, mire lo que dice!

-¡De sobra lo he mirado ya, padre guardián!

-Pero explíquese con más claridad, hermano, que aún no le he comprendido...

-¿No? Pues ahora me comprenderá, porque ya estoy harto de andar con rodeos, y voy a llamar al pan pan y al vino vino. Mire usted, padre Rosado...

-Reverendísimo padre guardián, querrá decir.

-No señor, no quiero decir tal cosa, porque ha llegado ya el caso de que nos dejemos de tonterías y armas al hombro y hablemos en plata. Padre Rosado, desde que usted me dijo que lo que uno sentía dentro del cuerpo, cuando veía una buena chica, era el fomes peccati, tomé horror a las buenas chicas, aunque siempre me había despepitado por ellas, y empecé a sentir una inclinación atroz a meterme fraile, porque yo decía: «¡Eso de no tener uno ya que pensar en su porvenir temporal ni eterno, sin más que pasarse la vida desde la iglesia al refectorio, y desde el refectorio a la celda, es mucha ganga!»

-Pues bien, hermano: si ese era su bello ideal, ya se le ha alcanzado, y no comprendo cómo no tiene más amor a la iglesia y al convento.

-¡Dale con el convento y la iglesia!

-No le comprendo, hermano.

-Pues se lo voy a decir a usted más claro, que yo, gracias a Dios, no tengo pelos en la lengua. Padre Rosado, usted está siempre llenándose la boca con palabras tan sonoras como iglesia, convento, claustro, refectorio, celda, sala de capítulo, etc., etc., y aquí no hay nada de eso.

-Hermano, ¿qué es lo que dice?

Padre, lo que digo es que esto no es iglesia, ni convento, ni nada; y para suponer que lo es, es necesario que seamos tontos o que nos hagamos los tales. Ea, ya lo sabe usted, y si lo quiere más claro, levante el dedo, que ya estoy cansado de morderme la lengua. ¡Hola! ¿Con que calla usted? Pues el que calla otorga.

-Cierto, hermano, que otorgo en cuanto a que esto no es iglesia, ni convento, ni nada, y también en cuanto a que para suponer que lo es, es necesario que seamos tontos o que nos hagamos los tales; pero dígame, hermano, una cosa, que me ocurre preguntarle.

-Veamos qué cosa es esa.

-¿Cree el hermano lego que si esto fuera iglesia y convento o cosa parecida, sería yo padre guardián como lo soy, y él sería hermano lego como lo es? ¡Hola! ¿Con que calla? Pues el que calla otorga, hermano.

-Padre guardián, es verdad que otorgo, porque vuestra reverencia me ha partido por el eje con ese argumento.

-Pues arrepiéntase de lo temerario de sus juicios y la intemperancia de su lengua.

-Arrepentido estoy ya, padre guardián, y pido a vuestra reverencia que me perdone.

-Ya está perdonado. Ahora óigame, hermano, con mucha atención, porque el fomes peccati le saca de sus casillas y es menester que no se deje vencer por él tan fácilmente. Mal lo pasan la comunidad y su prelado viviendo sólo de las limosnas que por ahí se recogen, o valiéndome de la frase malsonante que el hermano lego usa, viviendo sobre el país; pero aun así, esta vida es mejor que la que llevábamos antes de venir a esta santa casa, no tanto porque el pucherillo es algo más sustancioso que antes como porque ahora esperamos algo y entonces no esperábamos nada.

-Todo eso es verdad, padre guardián, y sobre todo lo es lo de la esperanza. Ahora mismo están tocando a muerto en el Retamar, y milagro será que el muerto no tuviera bien cubierto el riñón, porque tocan gordo...

-¡Calle, hermano, calle, y mire que el fomes peccati se rebela con frecuencia en su cuerpo, y es menester que le ate corto!

-Es verdad, padre guardián, que el maldito se rebela como un condenado.

-El curato y la sacristía que dejamos para venir a esta santa casa están ya provistos, y si saliésemos de aquí, ni aun el antiguo pucherillo de patatas o berzas con un puñadillo de sal y una piltrafilla de sebo encontraríamos.

-Padre guardián, no hablemos más del asunto, y a observar la regla como Dios manda.

El padre Rosado y el hermano Bartolo siguieron allí, haciéndose los tontos, viviendo sobre el país y llamándose el uno padre guardián y el otro hermano lego, hasta que los herederos legítimos de la difunta ganaron el pleito y los echaron de allí ignominiosamente, convictos de que ambos tenían el fomes peccati en el cuerpo.




ArribaAbajo- XI -

Acabar el bufón ese cuento y echarle, así su majestad como el presidente del Consejo, una mirada de basilisco, todo fue uno; pero el bufón, lejos de intimidarse por aquella mirada con que parecían querérsele comer vivo, se sonrió socarronamente, seguro de que la cosa, no había de pasar a mayores.

Pico-largo sabía de qué pie cojean los hombres, y más cuando tienen el fomes peccati en el cuerpo tan superabundante como su majestad y su excelencia le tenían.

Su majestad y su excelencia se miraron y se entendieron, porque los tontos se entienden cuando, les tiene cuenta, y en lugar de quererse comer vivo, al bufón, tuvieron la poca vergüenza de aplaudirle estrepitosamente.

Por de contado el cuento del bufón surtió el efecto que el rey deseaba, pues el señor presidente del Consejo no volvió a moler a su majestad con que si no se hacían mejoras en palacio, en los ministerios y en la corte, aquello no era palacio, ni ministerios, ni corte, ni nada, y su majestad y su excelencia siguieron en aquel pedacillo de la nación haciéndose los tontos, viviendo sobre el país y llamándose el uno rey y el otro presidente del Consejo de ministros, hasta que el heredero legítimo del anterior monarca ganó el pleito y los echó de allí ignominiosamente a escardar cebollinos en el extranjero, donde haciéndoles todo el favor que podía hacérseles, no daban un paso sin que se les recibiese a tomatazos.

La tradición popular no dice que el monarca legítimo tuviese también el fomes peccati en el cuerpo, antes por el contrario, da a entender que no le tenía, pues nos le presenta pidiendo una cosa tan puesta en razón como lo es el pedir uno lo suyo, y sobre todo pedirlo sin andar a trastazos con nadie y con la noble intención de hacer el bien ajeno; pero la Teología dice que toda criatura humana le tiene, por santa y pura que sea, si bien hay muchas a quienes no se les conoce que le tienen, porque sobre el fomes peccati colocan el amor de Dios, que es el amor a todo lo justo y hermoso, y con tan santo peso le aplastan o invalidan.

También el pobre narrador de historias vulgares siente bullir rebelde dentro de su cuerpo el fomes peccati que nos legaron nuestros primeros padres Adán y Eva con su pícara afición a las manzanas del vecino. ¡Señor, dale con qué aplastarle e invalidarle, que si no, se va a ver negro en estos tiempos en que se quiere cohonestar la rebeldía sacrílega con los santos nombres de Dios, de la patria y de la libertad!