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ArribaAbajoLa cajita de música

Esta historia sucedió hace mucho tiempo. Y forma parte de nuestro folklore íntimo, que guarda un caudal rosado de hechos tristes o hermosos que conservamos desde nuestra niñez.

Niñez pueblerina. Con hombres de a caballo, troperos de fuerte olor a sol y a polvo salado. Y de carretones con techos de cuero tenso, repletos de mercancías, tirados por superpuestas yuntas unidas a la impaciencia del carrero por larga picana aguzada, que como un dedo cruel iba apuntando el norte verde de las picadas abiertas de la selva.

Don Zenón era uno de los más prósperos comerciantes del pueblo; tanto, que sólo él y su competidor, don Elías, podían darse el lujo de viajar a Asunción, una vez al mes, sobre un itinerario de caballos y tren, de tren y de caballos.

Fue en una de sus últimas visitas del año que don Zenón llevó el obsequio para Fabiana, su hijita de 12 años. Una cajita de música, o más exactamente, un joyero que al abrirse dejaba oír el vals «Sobre las Olas», mientras una bailarina minúscula, toda alabastro y seda, giraba al compás de la musiquita de juguete.

En aquel mundo polvoriento y primitivo, donde el niño sólo conocía la alegría agreste de la pesca en los esteros, de la caza de pájaros con «mangaisy» o con la cimbra vibrante del arbolito joven convertido en resorte, el juguete de Fabiana fue como un celaje dorado de otro mundo,   —59→   apenas entrevisto entre la polvareda de las tropas de ganado y el follaje espeso, mural, que rodeaba el pueblo.

Fabiana, caprichosa y mimada, se negó al principio, rotundamente, a mostrar la mágica cajita a la chiquillada que había acudido corriendo, con polvo en los pies y lumbre en los ojos, a contemplar y a oír aquella maravilla. Finalmente, la intervención de su madre, la buena de doña Ramona, logró un resultado a medias. Fabiana consintió en hacer escuchar la música. Hizo que la caterva de niños se asomara a su ventana, la cerró y dejó oír la música. Jamás el pálido Juventino Rosas habrá imaginado auditorio tan emocionado por su vals. Detrás de la ventana cerrada, llegaba el golpeteo del bronce cantarín marcando el romántico compás de aquel vals mejicano que recorrió el mundo.

Cuando terminó, más que aplausos, hubo ese silencio respetuoso que en nuestro país y en nuestra gente dice mucho más que la más cerrada ovación.

Pero la música no bastaba para aquella curiosidad insaciable. El vals sólo había entreabierto las cortinas de un universo indescriptible y bello. Además, alguien había dicho:

-Dicen que se ve a una señorita que baila, así como mi dedo de grande...

Entonces, reclamaron a gritos, y golpeaban la ventana, y empezaron a tirar piedras sobre el techo de tejas, tratando de rendir la férrea fortaleza de la caprichosa y egoísta Fabiana.

Hasta que nuevamente intervino doña Ramona, más temerosa de la integridad de sus tejas que deseosa de complacer a la turba infantil.

Y la ventana se abrió. Y el antepecho se convirtió en escenario. Allí danzó la pequeña bailarina de alabastro y seda, exhalando su impronta de salón, de perfume, de elegancia refinada, de mármol y muebles lustrosos, de damas perfumadas y caballeros galantes, ante ese auditorio cerril   —60→   y llevado hasta la cima más alta del éxtasis y el embobamiento.

Concluyó la música y todos se alejaron con los ojos empapados de fantasía y con el corazón colgando de mil hilos de bronce cantarino. Pero Lepachí no se fue, y nadie se ocupó de llamarlo, porque era el bobito del pueblo.

Quedó allí, clavado frente a la ventana cerrada, con su gran cabezota oscilando al compás del vals ya callado, y sus ojos rasgados, de mongol, no ya apagados, sino enfocados con apasionada fijeza en los maderos de la ventana cerrada.

El pobrecito se había enamorado de la bailarina. Algo de la seda y el perfume, algún sentimiento hermoso cabalgando sobre la nota más brillante del vals, había galopado airoso sobre la vacía llanura de su mente, y había arribado a su corazón, que él sentía lleno de música, y lleno de la bailarina pequeña como su dedo índice.

Nunca deseó nada, porque estaba adiestrado a que todo le fuera negado. Pero ahora deseaba a su amada y a su música. Y llegó la noche, y él seguía con la vista clavada en la ventana. Las lámparas se apagaron en las casas, y sólo algún caminante retrasado cruzaba los senderos haciendo oscilar su farol en la obscuridad. Lepachí esperaba, esperaba siempre. Entonces, como la ventana no se abría, caminó en silencio hasta la puerta, la empujó y la abrió. Todos dormían. La cajita maravillosa reposaba sobre el gran carameguá de la sala.

Fue el grito de doña Ramona lo que despertó a don Zenón. En aquel tiempo y en aquel pueblo se dormía con el revólver en la mano. Don Zenón se levantó de un salto, con una mano empuñando el revólver y con la otra sosteniendo los calzoncillos. Se asomó a la ventana, dio una voz de alto a la figura borrosa que corría. Ésta atravesó la tranquera, y don Zenón disparó.

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Así murió Lepachí. Murió antes de llegar a tierra. Pero aun muerto sostenía contra su pecho la cajita, que se había abierto, y sonaba un valsecito hermoso y una bailarina de alabastro y seda despedía su almita confusa, con lo único que sabía hacer, bailando...



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ArribaAbajoCosme Mendoza

Desde niño, Cosme Mendoza soportó el signo triste de ser el inútil del montón.

-¿Cosme Mendoza? ¡Es mujerín! -decían sus amiguitos, y también los adultos, y hasta sus padres.

Especialmente estos últimos veían con consternación la flojedad de carácter de Cosme Mendoza. Le rompían la ropa y él nunca se quejaba, le dibujaban groserías en sus cuadernos o le robaban los lápices, y él lo soportaba todo en silencio.

Alumno de la Escuela de Valle Potrero, nunca tuvo el corazón suficiente para integrar las emboscadas que montaban sus compañeros, a hondita y bodoques, contra los alumnos de la Escuela de la Compañía Alfonso. Cuando había peligro, se apartaba, se escondía, intimidado y con una enorme carga de desprecio encima.

Su padre, especialmente, lo miraba con cierto rencor. Solía exhibir con orgullo sus antecedentes de Guerras y Revoluciones, pero, como la otra cara de la moneda, mordía en silencio la vergüenza que le producía aquel retoño sin sangre y sin fibra. A veces perdía la paciencia.

-Ayapó ne caria'y co mita-í tecaca güi -decía masticando las palabras.

Y lo obligaba a montar el caballo más arisco. Y Cosme Mendoza se venía al suelo una y otra vez, acobardado por el animal y el padre al mismo tiempo.

-Ayapó ne caria'y...

Y le ponía en la mano su enorme Smith Wesson 44, obligándolo a disparar los seis tiros de tambor, que quedaba   —63→   al fin vacío de proyectiles, como lleno de pánico quedaba el alma de Cosme Mendoza.

Su madre, desde lejos, miraba todo en silencio. En su corazón había piedad por el hijo apocado, pero daba la razón al padre. En una tierra de hombres, se es hombre, o se muere, o no se vive.

Cosme Mendoza llegó a la adolescencia, y nada cambió. Murieron sus padres, llegó a hombre, se hizo cargo de la capuera paterna y se encerró en su soledad de tímido. Trabajaba hasta los domingos, menos por necesidad que por no pensar que a tres kilómetros escasos el pueblo vivía una fiesta de fútbol, calesita y toro candil.

Durante un tiempo, una mujer vino a compartir su rancho. Llegó, nadie supo de dónde ni perseguida por qué historia, y decidió quedarse. Por aquella época Cosme Mendoza mostró un poco más de alegría, se atrevió a llegar de vez en vez al pueblo, y hasta se hizo de algunos amigos, que lo aceptaron más para la chanza que para la amistad. Pero todo volvió a su antigua soledad y a su aislamiento cuando la mujer se marchó detrás de un arribeño descalzo que trajinaba los caminos con su arpa al hombro.

Cosme Mendoza encaneció, llegó a viejo. Y cierta mañana, un caminante que pasaba, sintió que del rancho salía un hedor insoportable. Entró a investigar y encontró muerto a Cosme Mendoza. Había muerto como vivió, solo.



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ArribaAbajoNiceto González

Niceto González sabía lo que el pueblo decía de él. Y lo aceptaba con resignación.

-¿Niceto González? -solían decir-. E sambo para el trabajo, pero...

Le fueron dando una mala fama de cobarde. Él no protestaba, ni trató de mostrar lo contrario. Cuando amanecía se ponía de pie con la clarinada del primer gallo, tomaba su azada.

-La bendición mamita...

Y la madre le hacía la señal de la cruz, y Niceto González iba a su capuera. Limpiando de malezas su mandiocal, los mismos recuerdos volvían siempre a su mente. Él era un niño de 5 a 6 años. Su padre, moreno alto y gallardo, le sentaba en sus rodillas y le hacía galopar sobre el potro de acero de sus muslos. Y era domingo.

-En el pueblo hay calesita. ¿Te que ir? -le decía.

Y él, aquel día domingo, se había prendido de la mano de su padre, y por los caminos rojos que llevan al pueblo había ido a gozar del milagro del galope circular de los caballitos de madera.

Lo recorrieron todo, bebieron mosto oloroso al mismo pie del trapiche de madera. Trepado sobre sus hombros anchos vio el galope anheloso de los clavadores de sortija, y agarrado con hondo pavor a las piernas del padre, se escondió del ataque filoso y quemante del toro candil.

Era ya de noche cuando volvían al rancho. Aquel bello domingo le había fatigado de emociones hasta la saturación, y se durmió en los brazos del padre fuerte y   —65→   gallardo, con la cabecita sobre la almohada dura de sus hombros fuertes, y sintiendo entre sueños, como el vaivén de una cuna mecida por el amor vivo, el paso elástico del hombre que regresaba a casa con el hijo dormido en brazos.

Despertó en medio de la obscuridad del camino, ante el reclamo de su padre.

-Despertate, mi hijo...

Abrió los ojos mientras su padre le depositaba en el suelo, y miró alrededor. Cuatro sombras obscuras cerraban el camino, como si les hubieran estado esperando. Sombras amenazadoras, hostiles. La voz de su padre no temblaba.

-¿Vas a poder llegar solo? -le preguntaba, y respondió que sí-. Entonce andate numá -y se le quebraba un poco la voz cuando añadía-. Y cuidale bien a tu mamá.

Cruzó entre las sombras enemigas. Y reconoció a uno de aquellos hombres: Amadeo Ramírez, hermano del finado Rosendo Ramírez, que llegó una siesta al rancho y agarró de los cabellos a su madre, que gritaba despavorida, hasta que vino su padre desde el momento cercano a la carrera y con el machete en la mano y...

Se fue alejando en la obscuridad, dejando la noche punteada de jadeos reprimidos y de un grito de dolor, dejando a su padre en el sitio donde al día siguiente él y su madre vinieron a clavar una cruz a la vera del camino.

-Cuidale bien a tu mamá...

El pedido tierno y desesperado le fue acompañando siempre, a lo largo de ese tiempo en que él se iba haciendo hombre y su madre se fue consumiendo en la soledad y en la vejez. Y había cumplido bien. Vivió siempre para cumplir aquel último pedido. Enterró su valor cuando le provocaron, porque tenía la obligación de vivir. De vivir cuidando a su madre y madurando su esperada venganza.

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Pagaba con gusto el precio de una cobardía asignada como una sanción sobre toda su vida.

Pero él sabía que no era así. Su madre vivía, y vivirá así, tranquila y feliz hasta el último día de su vida. Ya no tendría su corazón otro baño de sangre, aunque el mundo le tratara de cobarde.

Después... llegaría el tiempo del encuentro. Su madre se marcharía por los caminos del cielo para encontrarse con el compañero amado.

Y él quedaría liberado de su deuda.

Entonces, Amadeo Ramírez, que regresaba por la noche de su «trabajado» en el monte, se encontraría en el camino, no con cuatro hombres, sino con uno, él, dispuesto a cobrarse hasta el último gemido, hasta la última gota de sangre de su padre acribillado a puñaladas.

Mientras tanto...

Los recuerdos fluían, y la filosa azada que tronchaba sin piedad la yerba mala, parecía una anticipación de la tragedia que le esperaba en un recodo del tiempo...



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ArribaAbajoCalaíto Sosa

El amor que los unió fue largo como el tiempo. Había florecido en la infancia, en dorados días en que la inocencia de los dos tejía una canastilla de ramas que se llenaba de los frutos del bosque, el guaviramí perfumado, el yba jhai ácido y cosquilleante o el aguai rescatado de la voracidad de los chovys.

Fueron creciendo y haciendo planes. Planes humildes para un amor humilde, y un destino también humilde. Calaíto había conseguido, al salir de bajo banderas, un lote agrícola de 20 hectáreas. Ya tenía la tierra, pero faltaba aún mucho. Para el rancho, para semilla.

Se separaron sin tristezas. Ella se marchó a Asunción, a emplearse de muchacha. Y él al Chaco, en una cuadrilla de obreros camineros. La consigna era ahorrar. Ahogar en el corazón la pena de la ausencia, e ir juntando, de a uno, las monedas de la esperanza hasta completar la tarifa del reencuentro.

Cuando trabajaba en la ruta polvorienta, él conoció a Marcela, morena, pequeña y viva como un «apere'á» huidizo. Su madre cocinaba para la cuadrilla, y ella ayudaba, moviéndose con gracia esquiva, con alegría casi infantil, entre las miradas que exploraban todo bajo su transparente vestido, y entre las manos que querían llevar más lejos la exploración.

Calaíto se sintió halagado cuando Marcela lo prefirió a él. Y alabó su buena suerte. Ya tenía en qué matar el tiempo hasta que llegara el día del encuentro con la otra, la soñada que estaba en Asunción. Cuando se despidió   —68→   por fin de la cuadrilla, con el tesoro de seis meses de jornales en los bolsillos, se sintió un poco molesto al ver que Marcela lo seguía. Su madre la había despedido con una tristeza antigua y sin ninguna lágrima:

-Para andar detrá de lo hombre nacimo nosotra la mujere...

Y con esa sentencia fatalista por equipaje se echó a caminar detrás de Calaíto, con humildad de perro seguidor. El hombre trató de hacerla regresar, pero no lo consiguió. Ella había elegido a su hombre. En cuanto a él, pensó que si manejaba las cosas con un poco de tino, no sólo tendría el rancho para cuando ella volviera, sino también semillas... y sirvienta.

Terminó de edificar la casa. Pared fresca y «culata yobai» con el amplio corredor central orientado como para beber todo el viento fresco que pudiera escapar del horno del verano.

Lo último que vio cuando el micro lo alejaba de su pueblo, rumbo a Asunción, fue la figurita humilde de Marcela, perdida en la distancia y el polvo. Y llegó a Asunción un domingo. Buscó a su novia en la casa donde servía. No estaba. Era su día de salida. Resignado, se sentó a esperar, y caía la noche cuando su novia regresó... acompañada por un altísimo y flaco sub-oficial de marina. Vio a la pareja detenerse en la obscuridad del portón de servicio, y al hombre apretar a la mujer contra la muralla, y oyó las risas de ella cuando devolvía los besos, y cuando trataba sin mucha convicción de que las manos de él no le levantaran el vestido. Se fue.

Nadie supo jamás cómo logró llegar a su pueblo, tan borracho estaba, pero llegó, descendiendo tambaleante del último micro que parecía una solitaria luciérnaga en la inmensa obscuridad de la medianoche. Se encaminó a su lote y a su rancho, caminando a lo largo de la carretera que se iba punteando con el coraje inútil de sus gritos de desafío. Llegó, encendió un fósforo y aceró la llama.   —69→   La paja del techo empezó a arder de a poco, creciendo, devorando, devorando, crepitando con el acompañamiento de sus gritos de desafío.

Y entonces, se vio una sombra pequeña, eléctrica y corajuda, empuñar un poncho y ponerse a combatir las llamas con desesperación y arrojo, sin retroceder ante la amenaza de las chispas que chisporroteaban entre sus cabellos y requemaban su vestido.

Calaíto miró a aquella mujercita que sabía amar hasta el heroísmo. Vio su arrojo y oyó su sollozo impotente ante la llamarada que crecía y crecía. Y se sintió contagiado de algo hermoso, vital, como de una fiebre de esperanza... y se lanzó, él también, a combatir el incendio.

Salvaron muy poco de la destrucción. Pero quedó un resto de techo, lo suficiente para cobijar a dos personas, en el inicio del tiempo nuevo. Y así fue.



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ArribaAbajoRosalía

La cosa había sucedido mucho tiempo atrás, cuando don Genaro era joven, tenía los músculos fuertes y no tenía los cabellos blancos de ahora. Había sido el mozo más gallardo, cantor y pendenciero del pueblo. Las mujeres suspiraban al paso airoso de su tordillo de larga cola peinada. Y fue una de ellas Rosalía González, quien una tarde le dio la noticia:

-Genaro, viá tené un hijo...

Se le rió en la cara.

-Ese é tu problema mi hija...

Y se fue alejando, pensando que la mujer haría lo que hacían todas las que concebían un hijo sin padre.

Pero Rosalía fue distinta. Sorbió sus lágrimas y aguantó su vergüenza, con esa callada y heroica resignación de la mujer del campo que le debe todo, hasta su desgracia, al hombre.

Y Rosalía trajo al mundo un varón. Cuando el «mita-í» tenía dos meses, ella se lo trajo, para mostrárselo. Pero él se negó a verlo. Y Rosalía ya no volvió sino una sola vez, para decirle que...

-Patrocinio Colmán se quiere casar por mí. Y va a reconocer mi hijo.

-Iporaité aipóramo, mi hija.

Ella esperaba en vano. Él, Genaro Servián, no quería aquella carga. Si otro se responsabilizaba, en buena hora.

Pero allá en el fondo de su corazón, un celo obscuro empezó a tomar forma, y le acompañó siempre, a lo largo de sus años.

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Y más aún cuando le vino la desgracia. Había atado, en aquel diciembre ardiente, a su tordillo en el sombreado pajonal que bordeaba el estero. Y fue hacia la siesta cuando escuchó el relincho desesperado del animal. Salió corriendo, el pajonal ardía y el animal no podía zafarse. No pudo dejar morir al compañero de tantas horas y se metió entre las llamas.

Cuando volvió del Hospital, el fuego le había devorado en cicatrices la cara, y la mano izquierda se le quedó para siempre agarrotada.

Se aisló en su rancho y vio pasar los años tristes de su pobreza. Por el camino veía pasar a veces a Patrocinio Colmán, con su hijo, con el hijo que él no quiso, convertido en un robusto «mita-í» que se iba haciendo hombre. En esos días, la soledad le pesaba más, y en medio de ese sentimiento triste se deslizaba un hilillo luminoso de orgullo.

-Jhoo che ra'y -murmuraba, y cerraba los ojos, y soñaba que cabalgaban juntos, o que se iban al monte a tumbar árboles, para que él le enseñara a manejar el hacha a ese manojo de alegría y músculo joven que era su hijo.

Y ahora, el mozo tenía 20 años y una herencia de pendencia y desprecio hacia los demás. La historia se repetía. Era otra Rosalía que esperaba un hijo. El hijo de su hijo. La ofensa era imperdonable. El muchacho no aceptaba su responsabilidad y los hermanos de la mujer ofendida lo buscaron por los caminos.

El hijo que no quiso caminaba quizá hacia su muerte. Le salió al encuentro.

-¿Adónde te vas, che ra'y? -le preguntó.

-Dicen que me buscan. Me voy adonde me encuentren... -le respondió el mozo con aire soberbio.

Quiso rogarle, contarle su historia de soledad. Gritarle a la cara que un hijo no se rechaza. Pero no pudo, porque   —72→   se sintió orgulloso de aquella hombría que era la suya. Su razón o su muerte, y nada más.

Los hermanos de la muchacha eran tres. Pues bien, ellos serían dos.

-Me parece numá que podemo ir junto...

-Podemo, caraí -le respondió.

Entonces, padre e hijo, reencontrados en una encrucijada de sangre, se fueron caminando juntos, a la búsqueda de un destino que si no les unió en la vida, podría unirlos en la muerte.



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ArribaAbajoEl licenciado

Toda su vida fue un niño bien. Hijo único de una familia acomodada, creció -como quien dice- envuelto en seda. Cuando terminó el curso secundario, siguió una licenciatura en Filosofía, y todas las tardes se le veía ir a la Facultad con su figura delicada luciendo el traje de buen corte, y el cuello impecable, y los zapatos lustrosos, y las uñas cuidadas.

Sus padres anticipaban para él un destino de prestigio, la captura de un brillo de salón, la autoridad profesoral para hablar de Marcuse, o del dadaísmo, o de la pintura surrealista, o de la música electrónica.

Y se recibió.

Pero no se lanzó a conquistar la gloria que los padres soñaban. Ordenó cuidadosamente sus libros, y anunció:

-Me voy a la frontera.

Y fue a la frontera selvática, donde la punta del camino tocaba el nervio sensible del trabajo y del progreso, de la aventura y el peligro, de la ambición, el riesgo, la epopeya del hombre contra la naturaleza.

De eso hace cinco años. Y hace unos días lo encontramos por casualidad en Asunción. El figurín espigado había desaparecido. La cara tostada por el sol, las manos callosas, la mirada clara y limpia, de ojos abiertos, del hombre acostumbrado a aceptar los crueles desafíos del miedo. Aquel estudiantillo delicado se había convertido en un recio pionero, que nos contó su historia. Había empezado con un aserradero, y a la fecha estaba montando   —74→   una fábrica de pisos de parquet. Realizaba algunas gestiones bancarias y se marchaba. Tenía prisa por irse. Asunción no le atraía. La selva le había ganado.

Y cuando se marchaba, tras un corto adiós, le miramos con envidia. En todo horizonte humano hay una frontera que conquistar, invitante y peligrosa. Un medio hostil y pródigo al mismo tiempo, que da mucho de sí, pero exige todo del hombre, de su abnegación, de su espíritu de sacrificio.

Él era un privilegiado, porque había entrevisto en su futuro esa invitación y ese desafío. Y había aceptado ambos, marchándose a la frontera, sin más requisito ni pasaporte que un certificado de coraje impreso en la mirada.



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ArribaAbajoRecuerdo de Reyes

Pasó hace mucho tiempo. Cuando mis noches de Reyes eran noches de insomnio. Cuando toda la felicidad humana se centraba en la respuesta que recibiría la blanca interrogación de mis zapatos, mojados de luna y rocío, que velaban sobre la ventana. Cuando yo era niño, y sabía que bastaba serlo para creer.

Yo creía en los Reyes. Pero en el barrio éramos muchos. Y otros no creían. Como Robertí.

Cuando hablábamos, aquella noche del 4 de Enero de un año lejano, de la próxima venida de los Reyes, surgía Robertí como un pequeño demonio de la negación, y riéndose con su boca fea y sus ojos bizcos, atropellaba:

-¡Pero qué zonzos son! Lo Reye no hay. Lo Reye son tu papá que te pone en tu zapato mientra vó dormí.

Le pedíamos una prueba. Y él nos replicaba que su papá «le había contado todo». Entre otras cosas, que «lo Reye son una macana inventada por lo juguetero para vender». Entonces, yo dudaba un poco, porque lo había dicho un papá, es decir, un ejemplar semi-divino (pero no tanto como el mío) que generalmente tiene una respuesta sabia para todas las preguntas.

Claro es que en aquella edad no sabía que el amor de los padres, de la misma manera que ponía en sus bocas mentiras dulces, también sabía poner verdades amargas. Que era el caso, hoy lo comprendo, del papá de Robertí, a quien, en el recuerdo, vuelvo a ver desmedrado y flaco, trabajando mucho y ganando poco, sin darse tregua en   —76→   el trabajo, tanto como lo exigía el pan para sus seis o siete chiquillos enfermizos.

Felizmente para mí, formaba parte de aquella «barra» infantil Juan Carlos, que tenía mi misma edad, pero un millón de años de experiencia. Juan Carlos era impecable en todo. Era el mejor jugando al fútbol, pero nunca destrozaba su ropa. En la Escuela cada año se llevaba, con sonrisa señorial, el premio en «aplicación y conducta». Su padre era un brillante abogado. Y su madre había muerto precisamente un 5 de enero. Sobre esa casualidad triste él solía darme la explicación que a él le había dado su padre:

Por eso, la negación que Robertí nos lanzaba al rostro como una pedrada cruel hería con mucha más intensidad a Juan Carlos. Y aquel 4 de Enero, Robertí colmó la medida y tuvo lo suyo. Juan Carlos, para nuestro asombro, perdió su invulnerable compostura, y, como el mejor «moquetero» del barrio, propinó a Robertí la más grande paliza que yo había visto en mi vida. Lo golpeó concienzudamente, casi con saña.

Recién ahora comprendo a Juan Carlos, porque comprendo hasta qué punto necesitamos volvernos guerreros para defender lo que creemos, o por lo menos lo que necesitamos creer.

El epílogo de aquella pelea fue extraño. Robertí lloró, pero Juan Carlos, un poco ídolo caído ese día, lloró más. Entonces creía yo que por sí mismo. Hoy creo que por Robertí.

Hubo después una explicación entre los respectivos padres. Y cuando Juan Carlos tuvo que rendir cuentas al suyo, acudí de testigo. Conté todo al padre de Juan Carlos, y salí pensando después que el papá de mi amigo era bastante raro, porque en vez de «retarle», le abrazó y le dijo:

-Mirá, mi hijo. A los que no creen no se les pega. Se les enseña o se les perdona.

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Y había cuatro lagrimones. Dos en los ojos del hijo, dos en los ojos del padre.

Llegó la noche soñada del cinco de enero. Yo había pedido un trencito «con vía y todo», pero recibí, como todos los años, una bolsita de caramelos, que eran dulces, pero me sabían amargos.

Salimos después a la calle a intercambiar noticias. Y aquello fue la sensación. A Juan Carlos, el hijo del abogado próspero, los Reyes no le trajeron nada. A Robertí, el hijo del empleaducho en crisis, le trajeron lo que es la suma de todos los sueños, una bicicleta.

Y Juan Carlos no estaba triste. Miraba a su papá, y sonreía. Y su papá lo miraba a él, y sonreía también.

Irradiaban felicidad.

Hoy comprendo la razón. Robertí creía.

La mamá de Juan Carlos seguía caminando por los caminos del cielo, detrás de los Reyes Magos.



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ArribaAbajoEl perro

Cuando Germán afirmó que se le escapó accidentalmente el tiro, la Policía no tuvo más remedio que creerle. Carlos, el muerto, era su amigo, y nada había en el pasado de los dos capaz de provocar el odio de Germán hasta el punto de dispararle deliberadamente. No amaban a la misma mujer, ni habían hecho testamento mutuo. Las motivaciones clásicas: Venganza, Odio, Interés, Celos, no tenían aplicación en el caso. Se pensó en un disparo accidental y Germán fue absuelto.

Era lo que Germán esperaba. Pero no aclaraba sus propias dudas. No odiaba a Carlos como podría odiarse a quien nos hace daño, aunque sí con ese odio doméstico, íntimo, oculto, de quien nos hace sentirnos pequeños y deslucidos, segundones y retraídos en la sombra. La culpa de Carlos fue ser demasiado brillante, y la de Germán la de ser demasiado opaco. Desde niño hasta la edad adulta.

Pero eso no genera el propósito de matar -se decía Germán-, sino apenas el deseo de matar, que es inofensivo e irrealizable, como el deseo de ser actor de cine, o de vivir en el siglo XXV, o de tener Estancia en Australia.

Ése es un tipo de deseo que, aunque tímidamente, suele asomarse a los bordes de la realidad. Como sucedió con la pistola, la noche aquella en que Carlos vino a mostrársela (la había ganado en una rifa de la Oficina) y Germán se puso a manosearla.

«Cuidado, che, que está cargada», le había dicho Carlos, mientras Germán simulaba apuntar a la lámpara, al   —79→   lomo del diccionario Larousse, al ojo de la cerradura... y al pecho de Carlos, sintiendo que el deseo estaba allí, inocente, e irrealizable, picándole la yema de los dedos sobre el gatillo, tratando de llegar hasta el límite mismo de la realidad, de presionar el metal hasta la anteúltima resistencia del resorte, jugando nada más, con la alegría peligrosa e íntima de acercarse al abismo, de tocar con dedos de niño los calientes bordes del drama.

Pero algo pasó. Un gatillo más sensible que los corrientes, cualquier cosa. El tiro salió. Carlos murió instantáneamente. Y absolvieron a Germán.

El vecindario dio a Germán la primera noticia sobre el caso de Lobo.

El hermoso perro de Carlos había seguido sin ser notado al cortejo fúnebre. Y se había quedado allí, negándose a abandonar los despojos del amo. Llevaba ya treinta días haciendo esa triste guardia, y vivía no se sabía de qué.

Germán trató de no dar importancia a aquel último capítulo del drama. Trataba de olvidar poniendo en práctica su teoría de que la voluntad sostenida es capaz de borrar ciertas cosas de la memoria. Y lograba, en cierta forma, cubrir la imagen de Carlos con un velo de intereses inmediatos, trabajando, haciendo más deporte, oyendo música más violenta. Pero no conseguía desplazar la imagen del perro, porque era algo vivo y presente, violando la quietud de una historia que debiera ser de muertos.

Una noche casi se sentía satisfecho. También Lobo, flaco y sucio en su guardia sin sentido, se iba esfumando, medio borrado por la esperanza de que se lo habría llevado la perrera. Con ese sentimiento se asomó a la ventana para contemplar la calle obscura, y en la otra acera la silenciosa casa de Carlos. Un escalofrío recorrió su espinazo.   —80→   Lobo no estaba en el cementerio, estaba allí, en su propio jardín, acostado, con la gran cabezota triste entre las patas, y mirando directamente SU VENTANA. Cerró la ventana de golpe, y temblando fue a sentarse en la cama. Hubiera querido tomar un trago de alcohol, pero no lo tenía en casa. Se levantó, volvió a asomarse, y ciertamente Lobo no se había movido.

Encendió todas las luces de la casa, incluso el farolillo eléctrico del jardín, que iluminó todo, hasta la pelambre reseca de Lobo, y sus costillas asomando bajo la piel, y el brillo impersonal de sus ojos dorados y fijos.

Salió al jardín. Lobo no se movió. Recogió una piedra, y al solo ademán de arrojarla Lobo huyó hacia las sombras.

No se atrevió a apagar las luces. Las dejó encendidas, y se acostó. Pero no pudo dormir. La ventana estaba cerrada, pero a través de la cortina se destacaba el resplandor del farolito del jardín (¿o de la mirada de Lobo?) y se levantó de nuevo, con temor y con ansia. Descorrió la cortina y miró afuera. Lobo había vuelto, estaba en el mismo sitio, en la misma actitud, con su piel reseca por el barro y el hambre.

El torneo entre el hombre y el perro duró días, luego semanas. La historia se repetía como al carbónico. El hombre que trataba de ahuyentar al animal. El animal que se iba, con el rabo entre las piernas. El hombre que volvía a su casa, y Lobo que regresaba a su mansa vigilancia. Sólo un detalle cambiaba. Un detalle que enfermaba de pavor a Germán. Cada noche Lobo cambiaba de emplazamiento. Se acercaba unos centímetros más a la casa, o mejor, a la puerta de entrada.

«Ataque cardíaco», certificó el médico cuando la sirvienta que venía todas las mañanas a hacer la limpieza encontró al hombre tirado en el piso, muerto.

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La policía hizo una investigación de rutina, e interrogó a la vieja señora. No, ella no había notado nada raro.

Pero más tarde recordó que, cuando ella entraba, un perro enorme y flaco se escapaba por la ventana. No se reprochó por no haberlo dicho a la Policía. ¿Qué importancia tiene un perro vagabundo que entra a hurtar alimento?



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ArribaAbajoEl entierro

El acompañamiento fue espectacular. Al frente, la carroza fúnebre, barroca y negra, montada sobre un viejo Buick. Detrás, otra carroza, con esa carga triste de flores que no cantan a la vida, como debe ser, sino acompañan a la muerte, como no habrían querido ser, si las flores pensaran.

El servicio religioso fue largo, punteado por los sollozos de la viuda. Y después condujeron en hombros el catafalco hasta el Panteón familiar.

Se iniciaron los discursos. El primero que habló lo hizo en nombre del Partido. Fue íntegro, intransigente con los principios, dio todo y no pidió nada. Podía haber escalado posiciones, pero prefirió la responsabilidad del combatiente...

Después, el orador siguiente lo hizo en nombre del gremio. Y fue un ejemplo de conducta y honestidad. Con su talento podía haber acumulado riquezas y fortunas, pero prefirió servir al pobre, de quien sólo aceptaba el honorario de una sonrisa de gratitud...

El tercer orador habló en nombre del Club. Quien se iba para siempre era uno de los últimos pioneros del Deporte auténtico, del deporte por el deporte mismo. El Club perdía un hombre irreemplazable, un dirigente de selección, tal vez uno de los últimos idealistas en esta época de materialismo...

El siguiente orador representaba a la Academia, a la que el compañero que partía había enriquecido con las luces de su talento, habiendo dejado la herencia inmortal   —83→   de dos ensayos, un libro de poemas, y una novela aún inédita, que la Academia se aprestaba a editar, como un homenaje al compañero caído, y para honra de la literatura nacional...

Otro más agregó que fue esposo amante y padre de familia ejemplar. Y otro que fue un auténtico patriota. Y el último dijo que dejaba con su vida un ejemplo para las generaciones del porvenir...

Después, unos sepultureros forzudos incrustaron el ataúd en el nicho. La puerta de hierro chirrió al cerrarse, y también el pobre corazón de la viuda, que lanzó un lamento dolorido y final. Y la gente empezó a alejarse, de a poco, fatigada, leyendo de paso los nombres grabados en las viejas sepulturas.

Pero yo no me fui. Quedé solo, acompañando al viento que arrancaba pétalos de las flores marchitas de las coronas, mirando aquella puerta de hierro que se había cerrado, para decirle a mi amigo el discurso que no se dijo, o simplemente la frase que se perdió en aquel matorral de lisonjas vacías, que creció abonada por aquella obscura competencia oratoria.

-Fuiste un hombre, Francisco, sencillamente, un hombre. Todos los que hoy estuvieron aquí olvidarán mañana los discursos floridos. Pero yo no olvidaré tu vida claroscuro. Mentira todo. No fuiste un prócer, fuiste mucho más, un hombre. Francisco, un hombre de vida claroscura. Descansa en paz, hermano.



  —84→  

ArribaAbajoEl maniquí

La tienda estaba ubicada en una esquina, y su gran portal haciendo ochava. En pie en ese portal estaba ella, menudita, de rostro terso y ojos claros, la boca pequeña, entreabierta en la perenne invitación de un beso... y luciendo cada día sobre su perfecta contextura de yeso no un vestido, sino una tela distinta, que el arte del decorador hacía caer en elegantes pliegues que no ocultaban la perfección del busto, ni la suave curva del vientre, ni las hermosas piernas.

Cuando Marcial pasó por la acera y vio por primera vez el maniquí, casi no le prestó atención. Sin embargo, llevó consigo el brillo suave de aquellos ojos pintados, de mirada fija, pero sin embargo con algo de vida, que le trajeron recuerdos que no estaban en hechos que sucedieron, sino en hechos que alguna vez soñó que sucedieran, y dejaran a su soledad una carga amable de felicidad.

Y volvió a pasar al día siguiente. Y esta vez se detuvo, por el imperio de aquellos ojos que tenían un extraño color de azúcar quemada. Comprobó entonces que también aquella frente blanca y suave expresaba algo, y que en la nariz había una gracia soñada, y que la invitación sensual de la boca iba a clavarse profundamente en su ancha nostalgia de solitario, que le llenaba la boca de un sabor agridulce, como si acabara de besar ese cuello perfecto, y en vez de la tibieza vital de la carne hubiera encontrado sólo la fría respuesta del yeso pintado.

Durante meses vivió su idilio silencioso. No estaba loco, ni preso de ninguna manía enfermiza. Pero sucedía   —85→   que el maniquí le había dado un rostro, un cuerpo y hasta una mirada a sus más antiguos sueños. En sus poesías y en sus fantasías solitarias el maniquí vivía, venía a él, viva, palpitante, tímida de amor, tratando de ocultar una pasión que le salía por los ojos brillantes y se encendía en su piel cálida. Y fue feliz de esta manera, con una felicidad oculta, no compartida, apretada siempre contra el pecho, como si fuera una cosa viva y delicada que necesitara en todo momento, para no morir, el calor de su propio corazón.

Pero llegó un día de agosto, ventoso y frío. La imaginación del decorador había concebido para ese día una vestimenta blanca, sedosa, que envolvía el cuerpo gracioso como un vestido de novia, y dejaba deslizarse por detrás una larga cola.

Marcial se detuvo a contemplarla, con embeleso en la mirada. Esa noche su insomnio se poblaría de imposibles marchas nupciales y de blancas coronas de azahares. Y cuando iba a agradecer mentalmente al decorador su inspiración, llegó la ráfaga de viento, fría, violenta, y totalmente indiferente a todo lo que es ese ancho mundo de doradas verdades que el hombre guarda en su corazón.

El viento envolvió al maniquí, pareció tironear del vestido de novia, con furia, con celos amargos, hasta que la figurita amable, rosada y blanca, cayó estrepitosamente... y se rompió.

Frente a Marcial se esparcieron las entrañas de su amada. Aserrín reseco y mohoso. Yeso frío. Alambres oxidados. Y vacío, hueco absoluto por debajo de la estructura graciosa y amada.

Y se fue tristemente. El viento le había robado un sueño. La vida, auténtica, sin miradas pintadas ni invitaciones engañosas, le había mostrado su verdad.

Dicen que el tendero reconstruyó el maniquí, pero ya no fue el mismo.

Marcial tampoco.



  —86→  

ArribaAbajoEl Ángel de la Guarda

Su madre se lo había repetido cientos de veces, y él, pobrecito, creyó en él, en el Ángel de la Guarda, como aprendió a creer en Caperucita, Pulgarcito, los Reyes y la Cigüeña que trae a los nenes de París. El Ángel de la Guarda, el suyo, fue una silueta más, dorada y hermosa, flotando en el mundo multicolor de la fantasía.

Pero cierto día llegó a la casa un vendedor de cuadros. Y su mamá compró uno para colocarlo en el dormitorio del nene. Representaba justamente el Ángel de la Guarda, alado, sonrosado, de bucles rubios, con larga túnica y rostro perfecto, tan lindo que sólo era eso: ángel. Ni hombre ni mujer, pero ángel y hermoso. En el cuadro había otro niño como él, de cinco años, que corría detrás de una pelota que rodaba al abismo, y el niñito también se encaminaba a él, pero allí estaba el personaje celestial, bello y guardián, que lo detenía al borde de la caída.

Contemplando el cuadro, empezó a preguntarse si el suyo, su Ángel de la Guarda, sería tan hermoso como el del cuadro. Preguntó a su madre, y su madre le dijo que sí, que todos los Ángeles de la Guarda eran bellos y puros como aquel otro. Pero quiso comprobarlo, y de su madre se desplazó hacia la fuente de sabiduría mayor que era su padre, el-que-nunca-se-equivoca, que estaba leyendo el diario cuando él le preguntó:

-Papito... ¿yo puedo ver a mi Ángel de la Guarda?

De detrás del diario, rescatado por un momento de   —87→   las noticias sobre bombardeos en Vietnam, surgió la voz indiferente del padre.

-Supongo que sí.

-Pero... ¿cómo?

El padre dejó de lado el diario. Se había acercado también su madre. Una mirada de auxilio fue de aquél a ésta.

-Dice el nene si cómo se hace para ver el Ángel de la Guarda.

El nene se mantenía silencioso, esperando la información de la fórmula maravillosa. Pero vio que su mamá se reía solamente, con risa tonta, desconcertada, como cuando se ha guardado el vuelto de las compras y papá se lo reclamaba. Entonces, el papá asumió la responsabilidad.

-Bueno, hijo, es cuestión de tener fe, supongo. Sí, eso, tener fe... digo yo.

La madre había encontrado un punto de partida, y agregó:

-Y rezarle todas las noches, supongo...

-¿Y aparecerá?

-Bien... como te dijo papá... si tenés fe...

Desde esa noche, por muchas semanas, no se durmió sin antes lanzar una fervorosa oración que él mismo había inventado, y que la decía todo de corrido, aguantando la respiración, porque tenía entendido que la fe era eso, llenarse por dentro de aflicción, de aire de la noche y de esperanza:

-Ángel de la Guarda quiero verte y tocar las plumas de tus alas y contarme cómo se siente volando por el cielo y quién enciende las estrellas y de dónde viene el agua de la lluvia y dónde está sentado Dios y cómo hace para ver todo lo que hacemos, y también quiero ver tu cara para ver si sos más lindo que el ángel del cuadro y que me digas que me vas a salvar si me caigo en la piscina en la parte honda donde se bañan los grandes y si yo voy a sentir   —88→   que es tu mano la que me saca del agua y todo eso para poder verte aunque sea una sola vez. Amén. Y se dormía.

Transcurrieron semanas y semanas, y el Ángel soñado no aparecía.

-Papito... ¿qué es tener fe?

-Este... Mirá, es creer siempre. Eso.

Satisfecho de la respuesta, el padre volvió a ocuparse de cortar las uñas de los pies.

El nene volvió a la carga con renovados bríos. Creer siempre, había dicho su papá. Y creyó apasionadamente, y rezó con más angustia que nunca.

Y aquello sucedió. Despertó en medio de la noche. La alta ventana que daba al remate copudo del mango del patio estaba abierta, y las cortinas se hinchaban suavemente. Lo primero que pensó fue que su madre había olvidado cerrarla después de darle las buenas noches. Pero de pronto adivinó como un resplandor dorado al pie de su cama. Fijó la vista, y allí estaba él, o ella. El Ángel de la Guarda, el suyo, las grandes alas como de plata lustrada, plegadas detrás de los hombros, como una capa de cielo líquido. Los cabellos rubios, caídos sobre los hombros, la mirada azul y una sonrisa tan buena como sólo se la puede ver en el cielo.

-Aquí estoy...

Quedó mudo de asombro y de susto. Entonces, el Ángel le acarició la frente, y ya no sintió miedo. E hizo todas las preguntas, y el Ángel le contó cómo era el cielo, y qué era la lluvia, y que Dios era medio cascarrabias, como un abuelo, pero como un abuelo de gran corazón. Entonces él le pidió que volviera todas las noches, pero el Ángel le dijo que no podía, que había venido por él como una excepción singular, pero de todos modos siempre estaría con él, para cuidarlo de todos los males, de rescatarle de todas las tristezas. Finalmente, le dijo dulcemente:

  —89→  

-Y ahora, a dormir.

Cerró los ojos. Sintió que dedos como pétalos tibios de vida se posaban sobre sus párpados. Iba durmiendo dulcemente, pero aún revoloteó en la mejilla un contacto como de miel destilada en los jardines del Arco Iris, un beso realmente venido del cielo.

A la mañana siguiente, en la mesa del desayuno, lanzó la noticia:

-Papá, anoche vino mi Ángel de la Guarda, y conversamos.

La madre, que batía el tazón de Toddy, detuvo bruscamente el movimiento circular. El padre, que bebía su café con leche mientras leía el diario apoyado en la cafetera, levantó la cabeza.

-¿Qué dijiste, hijo?

-Que anoche vino mi Ángel de la Guarda y conversamos.

Miró a papá y mamá esperando la explosión de alegría, al fin de cuentas habían tenido razón. Ellos habían dicho: tener fe y rezar. Pues bien había dado resultado. Pero se desconcertó. En las miradas de aquellos seres superiores no había felicidad, sino otra cosa, debajo de ceños arrugados.

-Querrás decir... que lo viste en sueños, hijo.

-No, desperté y estaba ahí. Había entrado por la ventana. Conversamos.

-Pero si yo cerré la ventana...

-Él la abrió, mamá. Estaba sentado en mi cama. Y cuando se fue, me besó. Aquí -y señalaba la mejilla que aún conservaba un breve rastro de miel celeste.

-Mirá, hijo, esas cosas no pueden su...

Una rápida mirada de la madre cortó aquella frase paterna. Y sorprendió una seña imperceptible, como cuando se llaman aparte para decir cosas misteriosas que él no podía oír. Y se fueron a cuchichear a la sala, dejándole a él, de paso, una sensación de tristeza y de fracaso.   —90→   Le habían dado ayuda para llamar al Ángel. Aquello resultó, pero algo andaba mal. ¿Qué?

Por la noche, después de regresar del trabajo, el padre le llamó aparte. Y lo sentó en sus rodillas, y empezó con el «vamos a hablar de hombre a hombre» que usaba cuando él se había portado mal.

-Mirá, hijo, vos sabes que en tu cabecita hay eso que se llama cerebro. Sirve para pensar, y para ver, y para oír. Es... como una máquina que no falla nunca, ¿sabés? Bueno, a veces falla también, no porque seamos malos, sino porque queremos que las cosas sucedan a nuestro gusto. Entonces el pobre cerebro se confunde. Y vemos lo que no existe y oímos sonidos que no vienen de ninguna parte, sino de nuestras ganas. Eso es lo que se llama fantasía. Eso fue lo que pasó anoche, hijo. No viste nada, creíste ver.

-Pero papá, yo le vi, estaba allí.

-No. Es fantasía, como soñar despierto.

-Pero vos y mamá me dijeron que si tenía fe...

-Sí, es cierto, pero... ¡era fantasía!

-Papá, estaba allí. Entró por la ventana abierta. Y conversamos, y me dijo que me iba a proteger, como al nene del cuadro, ese que va a caer en la zanja obscura...

-Mirá que la mentira es pecado, ¿eh?

-No es mentira, papá, estaba allí. Entró por la ventana. Y me dijo que Dios era como un abuelo...

Se interrumpió en su explicación. No se había dado cuenta que su mamá estaba escuchando. Reveló su presencia con un sollozo, y con su rápida carrera hacia la cocina.

A la mañana siguiente papá no fue al trabajo. Lo bañaron y lo vistieron y lo llevaron al centro, a un edificio blanco, rodeado de jardines. Una enfermera los atendió, y les dijo que esperaran. El nene pensó que aquello era un Hospital, y que tal vez abuelita estaba enferma, y venían a visitarla, como el año anterior cuando él se comió   —91→   todas las manzanas que estaban sobre la mesita de luz.

Después siguieron a la enfermera, y entraron a un gabinete lleno de libros, y con un escritorio y un diván. Abuelita no estaba allí, sino un señor de ojos cansados y cabeza calva, con un guardapolvos blanco, y en el bolsillo superior media docena de lápices de colores. El hombre conversó a media voz con su padre, y después les pidió a ambos que esperaran afuera, y él se quedó solo con aquel señor con cara de pájaro.

-Siéntate ahí...

Se sentó en el borde del diván.

-Y ahora, caballerito, contame eso del Ángel de la Guarda.

Tenía un cuaderno de apuntes sobre las rodillas, y un lápiz. Le contó todo. Y el señor escribía todo. Después de la historia, le hizo infinidad de preguntas tontas. Si cuantos dedos tenía en la mano, o si odiaba a su papá porque se encerraba con mamá para acostarse. Si cuando mamá le bañaba, no tenía vergüenza de que ella le viera el pajarito, o si se lo tocaba cuando nadie miraba. Si le gustaba más jugar con las nenas o con los nenes. Y finalmente, si el Ángel de la Guarda que vino a verlo no tenía grandes pechos, como si estuvieran llenos de leche. Sintió miedo y vergüenza, a pesar del falso tono de juego que usaba al hablar aquel hombre con cara de pájaro. Y se dolió por el Ángel, que debería estar por allí cerca, y estaría oyendo aquella grosería de los pechos con leche. Se puso a llorar y llamó a su padre. El hombre abrió la puerta y dio paso a los dos. Susurró algo y su padre se lo llevó afuera, donde le hizo sentar en un banco, y su padre y su madre se encerraron con aquel desagradable personaje. Pero la puerta quedó entreabierta, y él escuchó palabras incomprensibles... paranoia precoz... cierta forma de mentalidad esquizoide... alucinaciones visuales y auditivas... medio ambiente familiar, alimentación involuntaria de potencias míticas deformantes de la personalidad...   —92→   palabras desconocidas, como el ruido amedrentador del viento tormentoso arañando la ventana...

Volvieron a casa. Vio subir a mamá al dormitorio, y volver con el cuadro aquel del Ángel de la Guarda. ¿Por qué se lo quitaban? También dejó de ir al Kindergarten, y en vez de eso iba tres veces por semana a visitar al hombre con cara de pájaro, que le revolvía la mente y los recuerdos una y otra vez, siempre sobre lo mismo, hasta que fue capitulando de a poco, como si aquella cabeza de pájaro se le metiera adentro, y fuera picoteando su recuerdo, pero no se defendía, porque estaba adormecido por aquellas pastillas blancas que le daba su mamá antes de ir al Hospital, y fue cediendo más y más, hasta admitir con el corazón vacío de confianza que papá y mamá no eran infalibles, que aquello de la fe era... ¿cómo había dicho su padre? Fantasía. Y finalmente, el Ángel de la Guarda fue aquella otra palabra difícil, pero que le provocaba un respetuoso temor. ¿Alucinación? Eso. Cosas que no son, pero parecen ser.

Vio que en su casa reinaba la alegría, y que él debía compartirla, pero no podía. Está bien, los grandes siempre tienen razón. Pero adentro, allí donde su cuerpo se llenaba de aire de la noche para tener fe, sentía ahora un vacío.



  —93→  

ArribaAbajoPapá y mamá

Eduardo, el hijo mayor, se había casado un año antes. Y quedó Rubí, la hermanita menor. Aun ausente Eduardo, que había ido a trabajar a Curitiba, la casa no parecía tan vacía, porque la juventud de Rubí y las cartas de Eduardo, mantenían a flote la vieja alegría familiar.

Hasta que Rubí tuvo festejante. Un joven estudiante de Ciencias Contables que al principio se detuvo cauteloso en las fronteras del zaguán. Y tres meses después había avanzado hasta la sala, de la cual Rubí, con infinita sabiduría femenina, desterró al Televisor, el enemigo número uno de la charla... y de los proyectos que surgen de las charlas.

Finalmente, el muchacho «pidió la casa», colocándose voluntariamente en la cúspide del tobogán que lleva hasta el matrimonio. Y dos años después se casaron.

Y Rubí también se fue.

Y la casa, que fue casa de voces y de movimiento, de repente se convirtió en una casa de retratos silenciosos y sonrientes. Pero la sonrisa de los retratos no cura la soledad de los viejos, sino la alimenta de nostalgias, porque son risas sin sonidos, alegrías fijas en la cartulina que no se traducen en pasos que corren presurosos, en espera de una llamada telefónica, en la locura del tocadiscos que vibra de angustia con los aullidos de los Rolling Stones.

De repente la casa fue demasiado grande. El televisor volvió a la sala, pero para quedar mudo y ciego. El fantasma de la soledad caminaba por los cuartos arrastrando   —94→   suaves zapatillas de felpa que producían una música de tristeza.

Mamá, como queriendo retener el tiempo, limpiaba todos los días el cuarto de Eduardo y el cuarto de la nena. Los libros en orden, los banderines desempolvados, las copas relucientes como recién ganadas, la cama hecha, como esperando que en cualquier momento él o ella vinieran a arrojarse sobre la frescura sedante de las sábanas almidonadas, como antes.

La mesa del comedor resultó demasiado grande, pero no la cambiaron. Ni quitaban las sillas, porque papá y mamá concebían obscuramente que la nostalgia era otro comensal más, y no era cortés quitarle el sitio.

El padre, que solía ir con Eduardo al fútbol, perdió las ganas, y se convirtió en «hincha por radio». Engordó y no le importaba, pensando que si ya no estaba Eduardo no había razón para mantener la línea, y demostrarle que era el papá, también en la pulseada. Los cabellos de mamá empezaron a ser grises y secos. Ya lo habían sido cuando Rubí era soltera, pero entonces iban juntas a la peluquería, y Rubí volvía más rozagante y linda, y mamá menos madura y «conservada». Pero ya no estaba Rubí, los números de «Burda», que en un tiempo fueron la Biblia de mamá y Rubí, murieron de viejos en estantes olvidados. Mamá también engordó. Y murió su coquetería de esposa para ser reemplazada por la dejadez de la madre y el desgarbo de la suegra. Papá ya no tuvo el hijo mozo con quien competir en virilidad. Mamá ya no tenía la hija sofisticada a quien imitar en juventud.

La casa vio a mamá andar en viejas zapatillas. Papá tiró por la borda el pudor de cuando estaba Rubí, y sustituyó el pijama por los calzoncillos como ropa de entrecasa.

Y sucedió una noche cualquiera. Papá y mamá estaban ya acostados. Hacía calor, pero por la ventana abierta entraba un trozo de luz de luna, como empujada por una brisa fresca. Los dedos de papá jugueteaban con los cabellos   —95→   de mamá, haciendo y deshaciendo rulitos inacabables. Después los dedos bajaron a revolver la pelusa suave de la nuca. Ella se encogió, riendo a medias, acusando la cosquilla. Entonces, como desde el tiempo inmemorial de la primera noche, él la besó en el lóbulo de la oreja. Mamá se estremeció, riendo, y él la hizo girar, y la besó en la comisura de la boca, y en los párpados y lanzó la mil veces repetida pregunta:

-¿Quieres...?

-No, viejo, estoy tan... tan cansada.

Giró de nuevo, le dio la espalda, y se durmió. Papá suspiró sin rebeldías, giró, le dio la espalda y durmió.

Algo como una sombra enturbió la luz de la luna. Algo como un suspiro agonizante entró por la ventana y desplazó el aire fresco. Sobre la sábana almidonada de la cama, un blanco mar de algodón por donde había navegado el barquito resplandeciente del amor, se produjo una arruga como una ola enorme, y el barquito naufragó sin pena ni gloria. Desde entonces, en aquella casa fueron tres, mamá, papá... y la vejez.



  —96→  

ArribaAbajoEl fantasma

Cuando me mudé a este viejo caserón «...de añejos tiempos y de sólidos sillares...», me dijeron que tenía un fantasma. Lo que no me preocupó mucho, pues, aunque soy imaginativo, siempre pensé que algo incorpóreo no puede hacer mucho daño, abstracción hecha del susto. Pero ya veremos qué pasa.

Hace tres noches que duermo en el dormitorio más grande. Y no he sentido la presencia del fantasma, cuya historia conozco. Dicen que es el alma en pena de una joven. En 1865 el novio partía al frente. Ella prometió esperarlo, EN ESTA CASA, y el novio nunca volvió. Asunción fue ocupada por tropas brasileñas, y al parecer, una noche, ella se suicidó antes de ser ultrajada. Así de simple y dulzona, la historia de «mi» fantasma que...

Debí dejar de escribir. Oí un ruido, como de pies muy leves cruzando la sala. Acabo de entreabrir la puerta... y la vi. Cruzó la gran habitación, y fue a sentarse en el sillón de cuero negro, de recto respaldo eclesiástico, que está cerca de la ventana. Miraba hacia afuera, hacia ese esbozo de paisaje que tal vez hace un siglo fuera un camino abierto en el jardín, pero ahora no es más que un callejón mal adoquinado. Todo en su actitud revelaba blanda, mansa espera. Ninguna impaciencia. Así debe sentirse uno luego de esperar un siglo.

Sigo escribiendo. Debe estar todavía allí. Que espere en paz. Yo me voy a dormir.

Sucedió anoche. «Mi fantasma» lloraba. O al menos eso pensé cuando desperté con una inquietud rara en el   —97→   corazón. Me despertó su llanto, o el gemido del viento en los corredores. Pero tuve que levantarme y salir a la sala.

No estaba allí. Pero su llanto sí, un sonido triste que se iba alejando, como si ella fuera caminando a lo largo de la calle, al encuentro imposible de ese amor esperado, pero sabiendo de antemano que iba al encuentro de una ausencia.

Leo el párrafo anterior. Estaba buscando una frase poética para rematarlo, cuando golpearon mi puerta. Delicadamente, con infinita educación, con timidez femenina.

Nunca pensé que los fantasmas golpearan las puertas con tan fina discreción. Se deslizan en los corredores desiertos, vaporosos y huidizos, se pierden bajo la sombra de tinta china de la arboleda obscura. Pero no golpean las puertas. Así que no me asusté cuando esos nudillos delicados hicieron sonar tímidamente la madera. Pensé en una visita y la abrí, y se me erizaron los cabellos desde la raíz hasta la punta. Allí estaba ella, luciendo un vestido sencillo, largo hasta los pies, con su actitud humilde y señorial al mismo tiempo, con las manos unidas, y los ojos bajos, tal como corresponde a una doncella en presencia de un caballero mayor que ella, y soltero por añadiduría.

No estuve a la altura de las circunstancias. Y me condeno por lo que hice, pues, como el más vulgar y tosco de los hombres, le cerré las puertas en las narices, tan asustado estaba.

No aparece desde hace tres días. Estará ofendida. Le debo una disculpa. Hecha de vapores tristes, de esperanzas y de sufrimiento, o de carne y hueso, es una dama. Le debo una reparación. Ojalá reaparezca. Me he prometido a mí mismo, si no no asustarme, por lo menos, no demostrarlo.

  —98→  

Ha pasado una semana. Es cerca de medianoche. Y no aparece. Salgo a buscarla. Padre nuestro que estás en lo cielos...

La vi. Estaba en el jardín, sentada sobre un banco de hierro oxidado y maderas deshechas. Tal vez en ese mismo banco se despidieron hace mucho tiempo.

Me fui acercando sobre estas dos piernas que alguna vez fueron de un pasable futbolista, pero que entonces temblaban como dos retoños de caña. Giró la cabeza y me miró. Que el lector me perdone por este absurdo, pero jamás vi tanta vida contenida en dos ojos que deberían estar muertos. Llamada, súplica ansiosa, una desesperada ansiedad de expresar algo brillaban en esos ojos, dejándome con la garganta seca. Se levantó, y me tendió la mano, como si me quisiera conducir a alguna parte. Lo confieso con profunda vergüenza: salí disparado y me encerré en mi dormitorio.

Estuve leyendo todo lo escrito. Y me detuve en este párrafo: «...como si me quisiera conducir a alguna parte». Soy un cínico, lo confieso. Estoy empezando a concebir ese «alguna parte» con el emplazamiento de un tesoro enterrado. Al menos eso es lo que la tradición dice. Que los fantasmas no reposan hasta legar a manos vivas sus viejos caudales. Debería tener más vergüenza, pero la realidad es que la codicia excita mis sentidos. Lo que no está del todo mal. Será un intercambio: un ánfora llena de útiles monedas de oro, a cambio de la paz eterna. Será un buen negocio para «mi fantasma». Y para mí, claro está.

La busqué y la encontré. Eso sucedió hace quince días. Estaba en el mismo sitio. En el mismo banco. Esa vez tuve más coraje, o menos miedo, o más codicia.

Cuando me tendió la mano, hice lo mismo con la mía y caminé hacia ella, rezando mentalmente sin auto-vergüenza alguna. Y me tomó de la mano. Y no era una mano con la frialdad de la muerte, sino viva, tibia, mano de   —99→   novia que esperó cien años y durante cien años acumuló caricias en cada uno de sus poros. Tiró suavemente de mí y me llevó a los fondos. Bajamos por una escalera que llevaba a los sótanos, cuya existencia yo no conocía, recorrimos un estrecho corredor hasta llegar a una pared que lo limitaba, y cuando pensé que iba a atravesar la pared dejándome solo, se detuvo, y señaló el piso. Una gran losa se dibujaba nítidamente, y en el centro, una herrumbrada argolla de hierro. Comprendí, allí estaba el entierro.

Durante dos horas trabajé como un loco, tironeando con uno y otro sentido la pesada piedra. Ella sentada cerca, con el rostro hermoso graciosamente apoyado en las manos, en actitud de damita fina que ve trabajar a un esclavo, me contemplaba.

Por fin, la piedra salió de su emplazamiento. Hice un esfuerzo supremo, y quedó al descubierto la abertura. Pero no había allí un cántaro añoso, sino una larga cadenilla de oro, con un medallón. Levanté aquello, abrí el medallón, desde la profundidad de su heroísmo me sonrió el retrato del barbudo y gallardo Oficial del Mariscal López. Se lo ofrecí a ella. También las manos de los fantasmas tiemblan de emoción. Lo juro. Apretó el retrato contra su pecho, y se fue despacito, flotando en actitud de rezo, y esta vez sí atravesó la pared, con su medallón acunado en la tibieza del encuentro.

Se habían reunido por fin. Dondequiera que estén son felices. Pero yo no. No aparece más, se fue definitivamente. Y no puedo evitar el sentirme un poco celoso.

Además, aunque cavé tres metros en aquel sitio no había nada. Parece que los brasileros se me adelantaron. En Fin.