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Aprenda a cortarse el pelo

1 Pase el peine por el cabello mojado, separándolo en cuatro secciones. Empiece por el centro, bajando hasta la nuca. Después, continúe partiéndolo al medio. Antes de comenzar a cortar, recoja y asegure con horquillas tres secciones, las que no vaya a cortar inmediatamente, para que no le estorben.

2 Corte la sección que dejó suelta, en varios pasos. Divídala en subsecciones pequeñas, cada una compuesta por sólo unos pocos mechones, y córtelas separadamente. En el dibujo puede ver aproximadamente el número de subsecciones que le vendrá bien formar para que el resultado sea perfecto.

3 Comience a separar las subsecciones de abajo hacia arriba. Separe primero un mechón bien fino, compuesto por muy pocos cabellos, y recoja el resto. Esta sección primera le servirá de guía al cortar las demás. Por ella podrá medir exactamente el largo a que las otras deben llegar.

4 Separe otra subsección y péinela cuidadosamente sobre la primera, manteniendo el resto del pelo recogido con las horquillas. Corte esta segunda subsección de modo que llegue al largo de la primera. Continúe del mismo modo hasta acabar con la sección en un corte parejo.

Hoy, en materia de peinados, usted tiene para escoger entre los extremos más disímiles. Por un lado están los deliciosos cortes geométricos para las muchachas de pelo bien lacio (abajo), que tienen la ventaja de requerir un mínimo de cuidados. Y por el otro tiene a los superpopulares afros (derecha) que se logran o con un pelo muy rizado o con una permanente y tampoco necesitan apenas atención para verse perfectos.

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El estilo lacio, en capas, fue creado por la división artística de Vidal Sasoon, para acentuar el gran atractivo del natural cabello esplendoroso. El fleco cae pesado; el resto del cabello está cortado alrededor de las orejas corto, y largo en la parte de atrás. La apariencia es suave en los largos, mechones desiguales de cabello alrededor de los lados y nuca del cuello (sic).

No faltó quien dijese que el mozo, tocado de la gracia, andaba en meterse capuchino, y es que ni cabían ni podían sospechar que Don Luis estaba enamorado, ciegamente enamorado, de la cabellera rubia.

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Habiéndola colocado respetuosamente sobre un cojín de tisú de plata, se pasaba ante ella las horas muertas ya besándola en ideal éxtasis de devoción, como a venerada reliquia, ya estrujándola con frenesí, de amante que quisiera hacer trizas lo mismo que adora. Exaltada la imaginación de don Luis por la visita de aquella cascada de oro, de aquella crin en que Febo parecía haber dejado presos sus rayos juguetones, y de la cual se desprendía un aroma vivo, un olor de juventud y de pureza, fantaseaba el tronco a que tal follaje correspondía y adivinaba la mata larguísima, caudalosa, perfumada, cayendo en crenchas y vedejas sobre unas espaldas de nieve, sobre unas formas virginales de rosa y nácar, o rodeando, como nimbo de santa imagen, un rostro de angelical expresión en que se abrían las flores azules de los luminosos ojos. Había ideas y recelos que enloquecían al soñador amante. ¿Quién sabe si la infeliz hermosa, después de vender su cabello por conservar la honestidad había tenido que perder la honestidad por conservar la vida?

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Troppmann avanzó con la cabeza hacia adelante y perneó [...] un ruido ligero, como el que produce la madera al dar contra la madera, acababa de caer el semicírculo superior del collar que mantiene inmóvil la cabeza del reo; después oí un rugido sordo, algo rodó con ruido [...] Antes Troppmann, atado ya a la tabla, había ladeado la cabeza, quedando ésta afuera del collar: entonces los verdugos, para encajarla, tiraron de ella por los pelos, y Troppmann mordió a uno de ellos en el dedo [...]

¡Las obscuras y lustrosas trenzas de Isolde, princesa de Irlanda, no absorbieron acaso esa primera burbuja en tanto sus labios bebieron la primera gota de aquel filtro encantado!

¿No fue acaso a lo largo de esas trenzas que las raíces de aquel filtro escurriéronse veloces hacia su humano destino? Porque quién ha de dudar jamás de que cabellera alguna gozara de tal rumor de fuentes subterráneas, de un tal suspirar de brisas y de hojas. Rumor y suspirar que en esas noches suyas de amor y luna, Tristán destrenzaba a fin de escuchar extasiado el canto lejano, persistente y secreto [...] el canto natural de aquella cabellera.

Están en medio del campo.

Caballo y amazona se mueven como en cámara lenta. Puede seguirse nítidamente, centímetro a centímetro; el movimiento de las patas del caballo, de cada músculo del cuerpo desnudo de la Delfina, de sus miembros y de su cabellera, como si ambos, el animal y la mujer, flotaran en el fondo de una opalina atmósfera de aceite donde los desplazamientos de la materia se produjeran como una duración muy larga [...] Los grandes senos de la Delfina inician entonces, con la lentitud con que aumenta el volumen de una fruta, una solemne y perezosa levitación [...] Alcanzado ese punto máximo de su impulso ascensional, y como si recobraran la gravedad de sus masas, ambos descienden, igualados de nuevo, con el mismo esplendor retardado que regía la subida. Semejantes a dos blancas burbujas carnales, su pesada materia parece poseer, no obstante, la misma calidad aérea de la cabellera que, en la faz opuesta de ese cuerpo, y casi en ángulo recto con la espalda, acompaña, con idéntico ritmo sus saltos dormidos.

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Tales elementos de la figura ecuestre que cruza ante la fila, con uno de los atributos de la pesadez -los senos- el otro con las connotaciones de lo aéreo -la cabellera-, al aparecer a los hechizados espectadores con una idéntica dinámica, como si sus naturalezas contrarias intercambiaran mutuamente su signo, producían una fuerte sensación de irrealidad, una suerte de ebriedad, a causa de la enigmática identificación, revelada de golpe, que pueden revestir las formas más antagónicas de la materia al ser recorridas por la energía poética.

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Cuando se quiere que una melena larga y rizada se estire, se tiene que tirar de cada sección de cabello con el cepillo. Asegure las puntas con las cerdas, dele vuelta al cepillo y hale hacia abajo y hacia afuera, dirigiendo la corriente de aire a través de la parte superior de la sección. El resultado es un pelo de ondas muy amplias, casi lacio, ¡pero aun más sexy y atractivo! Se verá absolutamente divino con un vestido bien escotado.

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Carece pues de trascendencia y es superfluo nombrar a Jan Schaffer, cuya imagen, aunque hombre era solamente una figura accesoria, se destacaba de todas las demás. Esto puede tener su explicación en que Jan no era realmente un hombre, sino una barba. Se le podía contemplar horas enteras y pensar si detrás del hirsuto paisaje, cubierto de impenetrable aunque blanda maleza, habitara un ser humano [...]

Aun su cabello, apenas raleado, mostraba lo algunos hilos blancos; a pesar de sus sesenta años, había conservado el rubio cabello de su juventud, aquel rubio cabello rojizo que recuerda la paja averiada y realmente no condice con la idea de un viejo señor, que se imaginaría más bien con una cabellera venerable.


En solo aquel cabello
que en mi cuello volar consideraste,
mirástele en mi cuello,
y en el preso quedaste,
y en uno de mis ojos te llagaste,



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