Galeno, el famoso
médico de cámara del emperador Marco Aurelio,
dedicó especial atención a las enfermedades del
cabello, sobre todo a la alopecia y a la calvicie. Escribe lo
siguiente:
Como las plantas
perecen por falta de humedad o se pudren por humedad inadecuada, lo
mismo ocurre con el cabello, el cual se pierde en caso de falta de
humedad inadecuada para la alimentación o cuando la humedad
es mala. Por falta de humedad surge la calvicie, por la mala
calidad de los jugos se produce la alopecia.
Además de
Galeno, tienen cierta importancia también las
manifestaciones de una serie de escritores del tiempo romano sin
formación médica, en especial la del naturalista
Oinio, el cual escribe, respecto al problema de la caída del
cabello, que «la grasa de asno contiene
energías que favorecen el crecimiento del cabello».
Menciona además la ortiga, cuya «semilla, friccionada en la cabeza hace crecer de
nuevo el pelo, en tanto que la raíz seca es agente
depilatorio». En el extenso escrito aparecido hace unos 120
años, «Die Lehre von den Haaren in der gesamten
organischen Natur» (La teoría sobre el cabello en la
totalidad de la naturaleza orgánica). (Burkhard Eble), se
presentan sin crítica ninguna auténticas
observaciones, opiniones populares y concepciones míticas.
Sólo el desarrollo de la medicina y de las ciencias
naturales en los últimos cien años permitieron la
formación de conceptos claros en esta materia. De estas
conquistas podemos sacar hoy provecho.
Hipócrates
de Cos (460-377 A. C.), el fundador de la ciencia
médica griega, escribió largos capítulos sobre
la formación y el crecimiento del pelo, pero sus
explicaciones no son siempre inequívocas.
Lo religioso ha
dejado de ser la motivación esencial de los usos y
costumbres que se relacionan con el cabello. Ahora sólo los
salones de belleza se ocupan de esta excrecencia, antes sagrada,
hoy simple adorno. Aunque también el pelo es uno de los
principales instrumentos para diagnosticar enfermedades.
Al cabello de la
raza negra hace falta controlarlo con un buen corte que le haga
seguir la forma de la cabeza. Se deja más largo en la parte
de arriba y en la posterior de la cabeza para que sea fácil
aplastarlo. Alrededor de la cara se va afinando el corte para
enfatizar las mejillas y la barbilla. Un acondicionador le viene
bien ¡siempre! Use los que se aplican antes de peinarse y se
dejan en el cabello.
La guillotina es una de las formas modernas del peluquero.
La peluca exorcisa
El espejo vende.
Los verdugos
cuidan de las cuchillas de su guillotina como los barberos cuidan
de sus navajas de afeitar. Tal delicadeza con el instrumental
parece estar justificada, aparte de los gustos personales de cada
cual, por la exigencia profesional que garantice en todo momento un
buen funcionamiento y unos buenos resultados. El criminalista
Enrico Ferri vio con sus propios ojos, a principios de este siglo,
cómo el verdugo Deibler extraía de un estuche de
terciopelo con infinitas precauciones la cuchilla que iba a usar
momentos después. Turgeniev, en una doble ejecución,
pudo ver cómo el verdugo, después de la primera parte
del acto, «limpiaba la cuchilla con una
esponja antes de volverla a lo alto de la máquina
infame».
Este detalle -como
finalmente- me disgustó por encima de todo y me hizo sentir
más íntimamente el horror de este brutal, de este
estúpido medio de «hacer justicia».
La
profesión de barbero era considerada como inferior entre los
judíos y no era un oficio que un padre quería
enseñarle a sus hijos... sin embargo, se buscaba siempre un
barbero judío, pues los gentiles podían cortar,
además de los cabellos, la cabeza.
El espejo que
usaba la madrastra malvada de los cuentos se conecta con el espejo
del barbero asesino del Talmud, con la navaja de Dalila y el
alfanje de Judith. El río de Narciso, ondeado como los
cabellos del que se contempla en el eco pérfido, es como el
barbero Hamman, enemigo del pueblo elegido, pues fue barbero
durante 25 años en el pueblo de Karzum. Esther lo
descabezó y en la fiesta de Purim se come su cabeza hecha de
pan, y sus cabellos, semillas de ajonjolí cubren
desmelenados su estampa.
Un proverbio
judío dice:
Un barbero no debe
cortar su propio cabello.
El proverbio
moderno asegura en cambio:
Cuando veas las
barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar.
Las pelucas de
Luis XVI compiten en perfección con las de Casanova y con la
de Galileo, antes de que lo llevaran al tribunal de la Santa
Inquisición para declarar que la tierra no se mueve: el sol
presta siempre sus cabellos a las damas rubias y barrocas.
Dalila le
rapó las siete guedejas de su cabeza; y ella comenzó
a afligirlo pues su fuerza se apartó de él [...]
Y el cabello de su
cabeza comenzó a crecer, después de que fue rapado.
Más los filisteos le echaron mano y le sacaron los ojos
[...]
Los filisteos
dijeron: Llamad a Sansón para que nos divierta [...] y lo
pusieron entre las columnas. Entonces Sansón dijo al joven
que lo guiaba de la marco: Acércame y hazme palpar las
columnas [...]
Entonces
clamó Sansón a Jehová: [...]
fortaléceme [...] para que de una vez tome venganza de los
filisteos.
[...] se
inclinó con toda su fuerza, y cayó la casa sobre los
principales. Y los mató. Al morir fueron muchos más
de los que había matado durante su vida.
Catherine
David:
En La
enfermedad como metáfora usted parece indicar que si se
pudiera desvestir al cuerpo de todos los fantasmas que se le pegan
a la piel, se podría ver el cuerpo como es en realidad. Pero
¿ese cuerpo desnudo y médico no sigue siendo un
fantasma?
Susan Sontag:
[...] La gente
dice: El tratamiento es peor que la enfermedad. Es un contrasentido
absoluto porque la enfermedad mata y la medicina puede curar. Bueno
las gentes tienen miedo de perder sus cabellos; yo perdí los
míos. Entonces se entra en el ámbito de la magia. Es
verdad que los míos volvieron a crecer después del
octavo mes de tratamiento, y ahora son hasta más gruesos que
los de antes. Pero las gentes no hacen caso, permanecen ancladas en
esa imagen del cráneo calvo. Una vez me dijeron en el
hospital que era posible que una mañana, al levantarme,
todos mis cabellos quedarían sobre la almohada. Confieso que
empecé a no dormir, pues me aterrorizaba esa idea de que los
cabellos se me desprendieran como un sombrero [...] Pero en ese
momento también supe que no era la más grande
tragedia de todos los tiempos.
De manera
análoga en tiempos antiguos, la barba cerrada del hombre era
considerada como predicado de fortaleza y gallardía
masculina. En la antigüedad, el pelo fue considerado incluso
como el asiento de la vida.
TALMUD:
La Biblia describe
al hombre joven y hermoso cuya «cabeza es
como el más fino oro, con cabellera rizada, negra como el
cuervo», pero los rabinos de siglos posteriores consideraban
ese atractivo como pecaminoso: Absalón se
enorgullecía indebidamente de su pelo con el resultado de
que fue causa de su muerte; una cosa semejante le pasó a
Sansón.
NÚMEROS
SAMUEL
Cuando empiezan a
cortarse las cabezas, se dejan de usar los tocados: no hay nada
como lo natural.
Desde lo alto de
la pica donde llevaban su cabeza guillotinada, la Princesa de
Lamballe gozaba de un panorama privilegiado de la Bastilla.
Hasta que sean
cumplidos los días de su apartamiento a Jehová
será santo; dejará crecer su cabello... Si alguno
muriere súbitamente junto a él, su cabeza consagrada
será contaminada; por tanto, el día de su
purificación raerá su cabeza; al séptimo
día la raerá.
Y se
encontró Absalón con los siervos de David; e iba
Absalón sobre su mulo, y el mulo entró por debajo de
las ramas espesas de una gran encina, y se le enredó la
cabeza en la encina, y Absalón quedó suspendido entre
el cielo y la tierra...
Minuciosas
disposiciones se redactan para que en la plaza pública de la
ciudad saqueada por los vencedores de turno, las cabezas exhibidas
en la punta de un palo adquieran el más intenso poder
admonitorio... Una corbata de coágulos rodea el cuello
cercenado. La plaza pública, al día siguiente de la
aparición de la cabeza, queda en absoluto huérfana de
pájaros, sustituidos por una zumbante nube de moscas que
salen a torrentes de la iglesia próxima y se precipitan al
cuello del decapitado. Es entonces cuando la cabeza, ya sin
ningún escrúpulo, mira fijamente al porvenir.
Gracias a un
peinado implícito hecho con elasticidad y naturalidad el
frente de la cabeza es libre y en movimiento (sic); la nuca, en
contraste, rizada y muy estable.
Estilo sauvage (salvaje), una
pequeñez insólita y traviesa. Un estilo joven y
natural para una mujer libre de tensiones. Se dirige a una mujer
que desee conservar una melena un tanto salvaje, pero a la vez
dulce, atenuándola con un peinado como casquete enfrente con
docilidad y ligereza.
«Pregunté un día a M. Nicole cuál era el
tipo de espíritu de Mme. de Longueville; me dijo que tenía
el espíritu muy fino y muy delicado respecto al conocimiento
de los caracteres de las personas, pero que era muy pequeño,
muy débil, y que ella era muy limitada en las cuestiones de
ciencia y de razonamiento y en todas las cosas especulativas en que
no se tratara de cuestiones de sentimiento. Por ejemplo
-añadió-, le dije un día que yo podía
hablar y demostrar que había en París dos habitantes
por lo menos que tenían el mismo número de pelos,
aunque yo no pudiese señalar quiénes eran esos
hombres. Me respondió que yo jamás podría
tener certeza sino después de haber contado los pelos de los
dos hombres. Mi demostración es ésta, le dije: Doy
por supuesto que la cabeza mejor provista de pelos no posee
200.000, y que la menos provista es que la no tiene más que
uno. Si ahora suponemos que 200.000 cabezas tienen todas un
número diferente de pelos, es preciso que tengan cada uno de
los números de pelos que se hallan entre uno y 200.000, pues
si se supiera que había dos entre esas 200.000 que tuvieran
el mismo número de pelos, habré ganado la apuesta.
Ahora bien, suponiendo que los 200.000 tienen todos un
número diferente de pelos, si presento un solo habitante
más que tenga pelos y que no tenga más de 200.000, es
preciso necesariamente que ese número de pelos, cualquiera
que sea, se encuentre entre uno y 200.000 y, por consiguiente, sea
igual al número de pelos de una de las 200.000 cabezas.
Ahora bien, como en lugar de un habitante por encima de los
200.000, hay muy cerca de 800.000 habitantes en París, veis
perfectamente que es preciso que haya muchas cabezas iguales en
número de pelos, aunque yo no las haya contado
-.Mme. de
Longueville no pudo comprender que se pudiera hacer una
demostración de esta igualdad de pelos y sostuvo siempre que
la única manera de demostrarlo era contarlos.