Estoy segura que Schopenhauer se inspiró en M. Nicole para acuñar su célebre frase que, aunque muy conocida, vale la pena citar: «la mujer es un animal de cabellos largos e ideas cortas» (cito de memoria).


Mi respuesta lo enfureció tanto que tres o cuatro días después logró obtener de mi abuela permiso para entrar en mi recámara muy temprano por la mañana, antes de que me despertara, y acercándose a mi cama sobre la punta de los pies con un afilado par de tijeras, cortó despiadadamente todo el pelo que estaba sobre mi frente, de oreja a oreja. Mi hermano Francisco estaba en el cuarto vecino y lo vio, pero no se interpuso y se sintió feliz de mi desgracia. Usaba una peluca y estaba celoso de mi hermosa cabeza y de mi pelo. Francisco fue un envidioso toda su vida; y sin embargo, combinaba este sentimiento de envidia con la amistad, nunca pude comprenderlo; pero su vicio, como los míos, debe haber muerto ahora con la vejez [...]
Me fui a la cama temprano y descansando por diez horas de sueño profundo, me sentí menos furioso en la mañana, pero muy determinado a llevar al sacerdote ante un tribunal. Cuando me estaba vistiendo con la intención de llamar a mi abogado, recibí la visita de un experto peluquero que había yo conocido en la casa de la señora Cantarini. Me dijo que había sido enviado por el Sr. Malipiero para arreglar mi pelo y poder salir pues el Senador deseaba cenar conmigo esa noche [...] Examinó el daño hecho a mi cabeza y con una sonrisa dijo que si confiaba en su arte emprendería la tarea de mandarme a la cena con una apariencia aún más elegante de la que me vanagloriaba antes y verdaderamente, cuando lo hizo, me encontré tan guapo que consideré mi sed de venganza perfectamente saciada [...]

También los hermanos Marx tenían pelo. Harpo, es obvio, no tenía ni un pelo de tonto pero era mudo.
El pelo de Zeppo estaba cortado a la moda de los años 20.
Chico era lampiño y Groucho se pintaba el bigote con crayolas negras.
Gummo en cambio se dedicó a los negocios y el padre fue sastre y no barbero.

Ella persistía en la impiedad de arrancarle los pelos sin querer escuchar el son de cada nota en cuarta disminuida. Y él ni se quejaba, se quejaba la música en tono muy menor, un rechinar constante, pelo a pelo, que era un largo lamento [...] Él se dejó arrancar los pelos uno a uno sin quejarse al saber de los otros que hacen cola en el Village. Los otros a la espera de cera derretida que de un solo chasquido les extirpará el vello. Ni un pelo superfluo ni uno de los otros: a los pelos se aferran gatitos de la muerte lenta, gota que son como ladillas [...]
Una depilación completa, cuerpo entero, me preguntó si valdría la pena quedarse en el Village [...]

Los invencibles rizos de Mary Pickford: Caso extraño sin duda es el de Mary Pickford. Hermosa como damisela de novela gótica, Mary debió su fama al talismán dorado que llevaba sobre su cabeza. Su destino pendía, como el de Absalón, de sus cabellos y, como el de Sansón, de la fuerza de su cabellera.
A Mary Pickford le tocó romper un estereotipo y crear otro: los rizos de damisela que solían guardarse como enseña amorosa durante la época victoriano que transfirió al pelo visible la sexualidad, fueron a su vez transferidos a un museo.
El de San Diego, donde la novia-niña de América fue contemplada en el símbolo de su gloria. El otro Rizo fue colocado en una vidriera especial de su casa, a guisa de diamante.
Ana María Amado
A pesar de los serios intentos de Mary Pickford por ser una actriz, jamás pudo trascender su personaje: el de la eterna adolescente enamorada cuya virginal expresión era enmarcada invariablemente, por una cascada de bucles dorados. Esta última característica no fue accesoria en una carrera dirigida con la suficiente astucia como para fundar el primer gran mito de Hollywood. Sucede que cuando Pickford decidió pasar del teatro ambulante de la compañía Belasco al cine (1909 ), las productoras no acostumbraban citar el nombre de los artistas de reparto, para obviar los problemas de salarios, por lo que junto con su cambio de nombre (el nuevo era Gladys Smith), Mary debió adoptar algún signo distintivo que la hiciera reconocible para el público en sus posteriores apariciones.
Con sus rizos lo logró. Si a pesar de no filmar una película desde 1931 su nombre resuena aún hoy revestido con la misma aureola de aquel antiguo poder que la inmortalizó como diva, el destino de sus rizos tuvo un similar derrotero de importancia. Hace cincuenta años que un par de ellos tienen su lugar en el Museo de Los Ángeles. Otro es expuesto en el Museo de San Diego, mientras que dos de ellos siguen amorosamente depositados en una vidriera especial de sus recuerdos que instaló en su miliunanochesca casa de California.
Para contar con ellos fuera de su lugar de origen, tuvo que cortárselos pero no en cualquier ocasión. Los ejemplares a que aludíamos provienen de aquella decisión rotunda que tomó luego de la muerte de su estricta y controladora madre (1928): cambiar de estilo y adaptarse a los tiempos que corrían. «Estoy harta de los papeles de Cenicienta, de llevar harapos y zapatones. Quiero ser una amante en la pantalla, llevar vestidos a la moda. Nací con determinado tipo de personaje, pero ahora pienso que está acabado», decía en un reportaje publicado en la revista Photoplay, en octubre de 1928. Y, sin tradición, pasó a su nueva personalidad en aquella famosa Coquette (1929), su primera película hablada, trabajo por el cual recibió su primer Óscar -de aquella Academia de la que acababa de ser una de las fundadoras-, pero que no fue suficiente para convencer a aquella masa de público que la había divinizado. Su vampiresca recién reformulada parecía maldita sin el talismán dorado en la cabeza.
Luego fue La fierecilla domada (Sam Taylor, 1929), en la que compitió nada menos que con su marido, un Douglas Fairbanks más neurótico que nadie en su divismo tipo Hollywood. El resultado fue tan desalentador que ella misma confiesa en sus memorias (Sunshine and Shadow, 1955) que «en lugar de ser un poderoso gato montés, mi Katherine parecía una gatita asustada. La realización de esta película fue mi final, perdí por completo mi seguridad y nunca mas volví a sentirme cómoda delante de la cámara o el micrófono». Efectivamente, con dos títulos más, Kiki (1931, de San Taylor) en la que hacía el papel de una voluble corista francesa, y Secrets (1932-33, Frank Borzage) rol para el que «envejeció» en pantalla a través del argumento, Pickford decidió retirarse a gozar de su leyenda, sus cuantiosos bienes y su tercer y definitivo matrimonio con Charles Rogers.
En el final, como en su principio los rizos dorados no la acompañaron. Trabajando a las órdenes de D.W. Griffith, fue descubierta por este último que ya se perfilaba como futuro genio del cine. Contratada para hacer el papel de Pipa Passes en la película del mismo nombre (inspirada a su vez en un drama poético de Browning), finalmente debió cubrir un rol secundario y dejar su lugar a Gertrude Robinson, pues el maestro consideró que se había puesto demasiado gorda.
Semejante revés habría desalentado a cualquiera, pero Pickford decidió dejar de lado para siempre los kilos extras de su esmirriado cuerpo (medía un metro, cincuenta y dos centímetros) y jugar su aventura de celuloide al todo o nada. Y le salió el primer término de la ecuación: los cuarenta dólares semanales de los comienzos se transformaron en 20 mil al cabo de 5 años, hasta llegar a ganar, en 1916, 350 mil dólares por película más las bonificaciones, muy cerca de la máxima estrella, en ese entonces Charles Chaplin.
La primera etapa de su carrera se centró en obras para fascinar exclusivamente al sector familiar constituido por madres y niños. Claro que esos papeles dramáticos, de niña andrajosa, le costaban algún esfuerzo de personalidad: cuando hizo Papacito piernas largas (1919) tenía veintiséis años a pesar de lucir como de doce, edad de su heroína en la película siguiente, la célebre Pollyana (1920, Paul Powell) y aún después de los treinta años, en sus adolescentes prepúberes no parecía demasiado fuera de lugar.
Quizás haciendo eje en este desfazaje de la edad es que el crítico inglés Alexander Walker incluyó a Mary Pickford, la novia de América, en su ensayo dedicado a Aspectos del sexo en el cine (El sacrificio del celuloide, Ed. Anagrama). Desde esta perspectiva, extrae jugosos aspectos de ciertas claves ocultas detrás del inocente desparpajo, con que Mary interpretaba sus heroínas del cine mudo.
Recuerda por ejemplo, la escena de Papacito piernas largas agitándose gozosamente cuando su maduro tutor la echa en un sofá. O aquella frase de The Eagle's Nest (1914), en que furiosa le espeta al forajido de la película: «Si vuelves a tocarme te pegaré o te besaré hasta morir».
Una sexualidad sin duda oculta o ejercida inconscientemente. Es imposible pensar que el plano más evidente podía dejar de ser verdadero, por lo cual Mary, la de los rizos, era una novia-niña sin acceder nunca a su condición de mujer adulta. Lo que se le pedía era no romper la ilusión. No la rompió: prefirió, en cambio, dejar el cine.


Mujer con peinado a la Niña con banda de pliegues de cintas de los colores amarillo y violeta. Plumas blancas puestas un poco a la izquierda, o en el conjunto de grandes bucles que rodean al peinado. Chiñón muy ancho cogido por debajo.

Por moda sufre la madre estar horas enteras en el tocador, por moda lleva con paciencia que la atormenten al peinarla y las ocasiones con el fuego de los rizos, dolores de cabeza que suelen quedar para enfermedad toda la vida [...]
Apenas las arrugas, las canas y demás acompañamientos de la vejez si la pueden persuadir [...] adereza su rostro y su peinado para ocultar el desorden y la injuria que en él han ocasionado los años [...]

Mis primeros contactos con el pelo fueron cinematográficos por una parte y religiosos por otra. Admiré a Tarzán, el Rey de la selva, el hombre mono y lampiño. Luego a un padre que me había convertido a la religión verdadera y me daba a besar su mano. Esa parte de su anatomía hizo que aprendiera a amar apasionadamente a King-Kong por su pelaje.
Mary Pickford murió tranquila, rodeada por sus vitrinas donde sus hermosos rizos inmarcesibles fueron objeto de museo. Tarzán aún vive inmerso en las selvas de sus primeros años de gloria: la locura que se escuda en la calvicie de su pecho.

Alejandro de Abonuteiquio era, según Luciano, un hombre hermoso, de gran talla, de magnífico porte, la tez blanca, la barba muy bien cuidada [...] mezclada con su pelo propio llevaba una peluca muy bien imitada que hacía que su cara apareciese orlada por una abundante y ensortijada cabellera.

En Roma había, por lo menos, 30.000 hombres de dieciséis a sesenta años capaces de empuñar las armas, entre ellos muchos expertos soldados, y muchedumbre de romanos fanfarrones y bravucones acostumbrados a pelear, todos y con barbas que les llegaban hasta el pecho.

Tan pronto como la tiara ciñó sus sienes, Inocencio VIII sintiose relevado de todos sus juramentos y promesas, como incompatibles con los derechos y las prerrogativas de la Cátedra de San Pablo [...] Su hijo Giovanni de Médicis recibió el capelo cardenalicio a los trece años [...]

El cabello humano ocupa un lugar importante para clasificar a las razas según criterios físicos. Si es corto y crespo, generalmente conocido como lanudo, y de color azabache, es característico de todas las razas negras, excepto los australianos y los aborígenes de la india. Este tipo de pelo tiene dos variantes: cuando los cabellos son largos y la espiral de su curva ancha, la cabeza ofrece un aspecto lleno, como sucede con las razas melanesias y la mayoría de los Negros. Este tipo es llamado ulotrichus o lanudo. Entre los hotentotes y los bosquimanos el cabello crece en rizos muy cortos con espirales angostas y forma pequeños racimos separados por espacios que aparecen como desnudos, la cabeza parece estar cubierta de semillas de pimienta y por ello se le llama de «crecimiento de maíz».

La mayoría de los negros tienen este tipo de pelo en la infancia y cuando son adultos muestran esta característica cerca de las sienes.
El espacio que queda entre cada racimo no puede considerarse como calvicie, aunque durante mucho tiempo se pensó así.

Tarzán es andrógino: su pecho es lampiño y confirma el proverbio ese de la excepción a la regla. Su capacidad de derribar elefantes y matar tigres de un solo mazazo y dejándose caer desde su liana sigue conmoviendo el celuloide1. Es bueno también citar aquí ese proverbio elaborado por Peret y Eluard: «Los pelos perdidos no vuelven gratis».
La locura pone los cabellos de punta.
Luego, apenas se había quedado sola Diana, aparecía Venus. Un estremecimiento conmovió a la sala: Naná estaba desnuda. Sí, estaba desnuda, y se mantenía en escena, con tranquila audacia, segura del poder de su carne. Una simple gasa la envolvía; sus redondos hombros y su busto de amazona, cuyas dos puntas rosadas se mantenían altas y rígidas como lanzas, sus anchas caderas que se movían con voluptuoso balanceo, los muslos de rubia bien formada, y en fin todo su cuerpo, se adivinaba, se veía realmente, bajo aquella ligera tela de blancura de espuma. Aquella era Venus naciendo de las olas, no teniendo más velo que sus propios cabellos; y, cuando Naná levantaba los brazos se veía, a la luz de las candilejas, los pelillos de oro de sus axilas.

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Cayetana de Alba, desnuda, ostenta sus pechos separados y su cuerpo de Maja luce un vello fino, rubio y rizado que le nace apenas, como pelusilla de Dánae, entre las ingles. |
