Río de Janeiro, Hotel Brasil, 21, marzo 20 de 1874.
Mi estado moral e intelectual no puede ser más doloroso; voy a ver de dónde viene el mal. Comenzaré por el estado moral.
Estoy profundamente triste. Motivos inmediatos: la soledad, que me es tan dolorosa mientras la sufro, y que me atormenta con los negros pensamientos que hace nacer y con los recuerdos que evoca.
Me encuentro solo, completamente solo en el momento mismo en que debería estar acompañado por todos los que aman las vidas lógicas. Yo debería ser bastante conocido para dispensarme los esfuerzos que hacen los visitantes de un país cualquiera a fin de hacerse conocer. Yo había enviado mi Hamlet, que todo el que lo lee se apresura a admirar, mis discursos sobre La Educación Científica de la Mujer y mi Memoria sobre la Exposición de Chile, por conducto de Guimaraes, a quien estiman aquí. Yo tenía una carta para el periodista Bocajuva, amigo de Guido, y otra de Carrasco Albano para el Ministro Oriental.
Fatigado de esta lucha sorda con la soledad, expuesto por ella a desconfianzas irritantes y deseando emplear mi tiempo mejor en estudiar el mayor número posible de las ciudades brasileras, he tomado pasaje en un vapor que se detiene en todos los puertos de aquí a Pará.
A bordo del «South America», abril 2 de 1874, tarde.
No recuerdo cuántos días hace que salí de Río Janeiro. Creo que fue el 25 de marzo. Como lejos de cambiar, la disposición de mi espíritu se ha agravado con el mareo, que no me deja, y con las amargas reflexiones que lo acompañan, yo podría, casi sin solución de continuidad, recomenzar la tarea que me había impuesto de estudiar y narrar las sensaciones, las emociones y los pensamientos que me han mortificado desde mi salida de Buenos Aires.
Pero tomo la pluma, que apenas se sostiene en mis manos, con la sola idea de fijar algunas fechas y algunos hechos de mi viaje.
Para empezar, es preciso convenir que es una tierra realmente bella ésta del Brasil, por más que de mi estadía en él y que de las observaciones que de él hice haya sacado la triste convicción de que la unión americana encontrará siempre en él el obstáculo de una fuerza que se opone a todo lo que es realmente americano.
La costa puede ser considerada dividida en tres partes: la de los altos picos semejantes a los de la entrada de Río, se termina poco después de Cabo Frío, o mejor dicho, cerca de Bahía; la de las colinas redondeadas que terminan en Pernambuco; la de los llanos arbolados se comienza en Pernambuco y termina, supongo, más allá del Amazonas. La costa del Brasil es de cerca de cuatro mil millas, sembrada de bahías, puertos, ciudades y villas.
El país, aunque casi intertropical (5.º de latitud norte a 32.º de latitud sur), no es caloroso más que en el litoral, en donde dicen que el calor es insoportable. Pero la altitud de un lado, y la humedad perpetua del otro, así como, según, piensa el teniente Maury, la posición sur-este de la mayor porción de la costa brasilera, han dado al país una gran variedad de clima y una temperatura media muy soportable. He aquí la teoría de Maury: la América del Sur es un triángulo irregular cuyo lado mayor da al Pacífico. De los dos lados que dan al Atlántico, el más largo, que se extiende desde el cabo de Hornos hasta el cabo San Roque, en el Brasil, tiene 3,500 millas y mira hacia el sur-este; mientras que el lado más corto, que mira hacia el norte, tiene un largo de 2,500 millas. Esta configuración tiene un efecto poderoso en la temperatura y en la irrigación del Brasil. El río de La Plata y el Amazonas resultan de ella y de los vientos alisios que bañan los dos lados del triángulo que dan al Atlántico. Estos vientos, que soplan de noreste y sur-este, vienen cargados con la humedad que recogen a su paso sobre el océano. Esa vaporosa carga es llevada sobre la tierra, y destila humedad sobre la vasta floresta y las montañas más pequeñas, hasta que la interceptan los altos picos de los Andes, en cuya rarificada y fría atmósfera se condensan completamente y descienden en las copiosas lluvias que perpetuamente nutren las fuentes de los dos más grandes ríos del mundo. Los vientos prevalentes en el Pacífico son del norte y del sur, y como no llevan ninguna humedad a la enorme barrera de montañas que se levanta casi desde las espumas del mar, la mayor parte de las tierras en la hipotenusa del triángulo sudamericano son áridas.
Se pueden oponer razones a esta manera de pensar, pero como sirve bien o mal para explicar una serie de hechos que se puede estudiar mejor y que yo mismo podría explicar de un modo más comprensivo, aun partiendo de la forma realmente triangular de la América del Sur, seguiremos.
Cualquiera que sea la razón, la inmigración no ha alcanzado prosperidad en el Brasil, al contrario, las colonias que existían han desaparecido. Eso puede depender en parte de la esclavitud, acaso de la monarquía. Pero un país tan grande, tan rico, tiene necesariamente que llegar a ser un gran centro de inmigración.
Nueva York, Calle 11, N.º 11, abril 22 de 1874.
Heme aquí otra vez, cuatro años después de mi primer estadía en Nueva York, en la misma situación en que me encontraba entonces; tan descontento, tan aislado, tan desprovisto de recursos y de esperanzas. Felizmente, esto va a acabar pronto. Del todo decidido a tirarme de cabeza en el combate, será preciso que me haga un mártir o un héroe.
Pero aun para morir como mártir o como héroe es exigente la realidad, y tengo aún que rogar que me dejen ir a morir.
Al acercarme a Nueva York, preví bien la acogida que me han hecho, pero la realidad ha sobrepasado a las previsiones.
He comenzado por encontrar en el hotel en que me hospedo al mismo joven puertorriqueño que me vio llegar en 1869. Me ha recibido del modo más indiferente y familiar. Lo mismo, en Saint Thomas, Castro y sus amigos. Muchos jóvenes puertorriqueños que se me han presentado, me miran como si no supieran quién es este señor Hostos de que ellos «han oído hablar».
De mis antiguos amigos, el que me ha recibido mejor ha sido J. M. Mestre. Vi después a Rivero, que ha estado cortés y atento; Delmonte, que ha estado como de costumbre; Aldama, que se ha dignado tratarme con toda la política de que él es capaz; Cisneros, que ha querido ser benevolente. Los que yo no conocía, Aguilera y Villegas, son los que me han hecho la acogida más cordial.
No habiendo venido nadie a verme, he ido a buscar a cualquiera que pueda recordarme mis antiguos sufrimientos en la emigración de 1869, y me presenté en la librería de P. de León. Se quedó mirándome, tratando de reconocerme, y al fin me hizo el honor de darme un apretón de manos. J. I. Armas, que estaba allí, tuvo la bondad de lanzar un grito de sorpresa amistosa; Sellen hubiera encontrado un pretexto en su mano llena del polvo de la tienda, si no hubiera sido por mi abnegación en apretársela a pesar de él; Arnau fue el único en expresar con palabras bien acentuadas su alegría; en cuanto a Lanza, encontró natural sonreírme un poco, y Vicente Mestre tuvo una sorpresa tan duradera que tal vez no hubiera podido terminarla con un abrazo si yo no hubiera dado el primer paso. E. Agramonte ni siquiera sabía delante de quién se admiraba él tanto. López Peralta, a quien yo no conocía, vino con toda naturalidad a darme un apretón de manos y a ofrecerme una visita. Así, pues, es a los que sólo me conocían de nombre a los que debo la acogida más favorable.
¡Y emplee Ud. su juventud en sacrificarse por gente de esa especie!
Nueva York, abril 29 de 1874.
Nueva York, Clinton Place 110, viernes 8 de mayo de 1874.
No he hecho más que sufrir desde que estoy en Nueva York: del todo abandonado por aquellos de quienes esperaba la acogida fraternal que he ganado con mis servicios a la revolución, ni siquiera estoy seguro de ser aceptado en la expedición que se dice están preparando para Cuba. En cuanto a la de Puerto Rico, no habiendo recibido respuesta a las cartas que he escrito a Betances y a Quesada, no sé nada. He hecho esfuerzos inútiles por obtener recursos militares con la intención de ir a Santo Domingo para ponerme en relaciones con los puertorriqueños, para, si es posible, adelantarme a la expedición de Quesada.
He encontrado a la emigración cubana más desorganizada aún de lo que estaba a mi partida. Todavía están combatiéndose los unos a los otros, acusándose los unos a los otros del modo más odioso. No, realmente, no soy hombre que pueda vivir en medio semejante y si mi decisión de sacrificarme no fuera completa, echaría a un lado mi resolución. Pero lo he hecho todo para no tener ni aún pretextos para volverme atrás. Antes de mi llegada, yo había escrito a Mestre ya J. I. Armas rogándoles anunciaran mi resolución de aprovechar la primera expedición que se presentara para Cuba y aún de hacer todo lo posible por detener la que debía estar presta ya, con la intención de aprovecharla. Después, habiendo sabido por Castro, en Saint Thomas, de los preparativos de Betances y Quesada, les rogué en cartas bien apremiantes me indicaran el punto en donde debería tomar la expedición de Puerto Rico. Antes y después, he escrito a Buenos Aires, a Santiago de Chile, a Lima, a mi padre, anunciando a todos mi idea fija de ir al combate. Si hubiera sido verdad el rumor de la expedición que se preparaba para Cuba, ya me hubiera ido.
La resolución está hecha y la cumpliré. Jamás resolución más loca. Diré por qué.
Aunque no hay necesidad de decirlo. Todo el mundo, excepto yo, comprende fácilmente los motivos que hacen de mí un ser excepcional entre revolucionarios sin más ideas ni sentimientos que los del odio contra los españoles. La simple diferencia que hay entre hombres movidos por pasiones y otro que obedece a una reflexión profunda, tal vez demasiado profunda, del deber, abre un abismo entre nosotros. Así, este abismo se ahondará a medida que las relaciones sean más íntimas, y no me alucinan los efectos de la comunidad de acción en el campo de batalla, en donde es probable el aumento de disidencias intelectuales y morales. Sólo una cosa podría evitarlo; y es que haciéndome un buen militar, yo llegara a imponerme. Pero entonces el localismo que ya me ha hecho un sitio tan incómodo entre los revolucionarios cubanos de la emigración me obligará a abandonarlo todo o a arriesgarlo todo contra los mismos que yo había querido contribuir a mejorar con la independencia de la patria y con la libertad. Y después [destruido]. Pero ya es bastante. Ya que estoy condenado por mí mismo al martirio secreto o público, resignémonos.
Nueva York, Clinton Place, 110, mayo 22 de 1874.
Esta vida se hace ya demasiado dolorosa. Encuentro en mi modo de pensar, de sentir y de actuar tantas imperfecciones cuantas se necesitan para estar fuera de su sitio entre los hombres. Pero hay que forzar, hasta la injusticia contra mí mismo y hasta la debilidad criminal hacia los otros, el juicio de mi vida, para no encontrar en ella motivos para condenar sin apelación a la especie humana. Quiero suponer que todo lo que he hecho desde que sirvo a mis ideales ha sido inoportuno, inconveniente, insensato. Pues que mi desinterés, mi abnegación, mi devoción sin límites a las ideas no han producido nada palpable, es manifiesto que yo no soy hombre para hacer las pequeñeces que parecen necesarias para constituir un revolucionario completo. Pero ¡Dios mío!, ¿qué he hecho yo para ser desconocido hasta el punto de que nadie tenga por mí el cariño ordinario en las relaciones de los hombres entre sí? Tengo un padre, un noble padre, un hombre todo alma, inteligente y bueno. Ha hecho inmensos servicios a sus conciudadanos y yo he tratado de aumentar con los míos a la patria el respeto afectuoso de que yo quería rodearlo. Al lado de mi padre quedan dos hijas igualmente virtuosas, la una en su celibato voluntario, reflexivo, heroico, la otra en las desgracias de esposa mártir. Si un hombre que se dedica absolutamente a lo que él cree ser su deber imperioso no llega por todo eso a hacerse querer y a hacer respetable su familia, ¿qué puede él esperar de sus sacrificios? Si a nadie le son gratas las virtudes que él se ha esforzado, en adquirir en homenaje a su patria, ¿en qué y en quiénes podrá él tener confianza?
Olvido de buen grado la conducta de mis compatriotas, por ingrata que sea conmigo, su ignorancia de mi nombre, después de estos diez años de una notoriedad que no ha tenido otro objeto que el de llegar a adquirir una fuerza moral que pueda un día ser útil a mi patria y a mis ideas; olvido las infamias que se me han hecho mientras yo hacía con todo el corazón los sacrificios más penosos; lo olvido todo; pero ¿puedo, debo yo olvidar la conducta de los mismos que debieran serme más devotos, hacia esa pobre familia que no tiene otra falta que la de ser pobre y que es pobre a causa del abandono en que yo la he dejado por seguir lo que yo he creído es el deber de mi vida?
Nueva York, Clinton Place, 110, mayo 31 de 1874.
Hace ocho días recibí la carta con que Betances responde a la mía del 21 de abril. Dice en ella que C. y B. me han engañado; que no hay nada de lo que ellos me han dicho; que ellos no son hombres a quienes deba creerse, porque están siempre dispuestos a pactar con el Gobierno español; que Basora me lo dirá todo; que él tiene algunas armas, para adquirir las cuales se necesitan treinta mil pesos que él ha pedido en vano a los puertorriqueños; que él alaba mi «noble entusiasmo»; que está dispuesto a seguir al primero que abra el camino. Y sin embargo, he visto en Saint Thomas, en manos de C., que me la leyó, una carta en que el mismo Betances dice que no necesita ya los treinta mil pesos que había pedido, que él solamente quería saber si los puertorriqueños responderían o no a una expedición armada. Esta contradicción, la conducta de Betances y de los otros hacia mí, el silencio que él guarda a propósito de la carta que le remití para Quesada, el mutismo de éste, la conducta incomprensible de Basora, que aparentemente busca alejarse de mí, todo me hace creer que soy víctima otra vez de la desconfianza que indirectamente me mortificó en 1869, cuando me hicieron saber que se preparaba una expedición para Puerto Rico, y que «la vergüenza caería sobre el que no la aprovechara», y cuando llegué aquí me recibieron casi como a un enemigo.
Nueva York, lunes 1.º de junio de 1874.
A. Villarroel acaba de partir. Él y el joven Molina, son los únicos dos amigos deferentes que tengo aquí. Y sin embargo Villarroel me conocía apenas. Él es un joven chileno, trabajador infatigable a quien he secundado todo lo que he podido en su empresa de hacer conocer a Chile. Hablábamos a menudo y me hacía renovar los amables recuerdos de ese país en que he encontrado algo de lo que he buscado inútilmente en mi vida. Esta vida tan llena de actividad febril, de sacrificios espontáneos, de amor por todo lo que es justo y bueno, tan falta de paz y de bienestar; esta triste vida está dedicada a los recuerdos.
Ya no sé nada de lo que pasa en la Agencia de Cuba, pues Aguilera ha dejado de venir a verme. Sé bien que no es en la soledad absoluta en donde puede moverse al mundo, pero creo que he abusado demasiado de mi persona y de mi disposición a hacerlo todo en favor de mis ideas, y que acaso sea bueno ser un poco más reservado de lo que yo he sido. Puede ser que uno de los más grandes errores que yo he cometido sea el haber hecho más de lo que se me ha pedido. Este señor R., de Puerto Rico, que el otro día hablaba tan insolentemente de los que lo hacen todo sin contar con nadie, hacía una clara alusión a mi vida de revolucionario, que he emprendido sin ponerme de acuerdo con nadie. Se necesitan amigos de placer, de interés o íntimos para servir a las ideas, porque éstas tienen bien pocos devotos de mi especie. Y yo no tengo amigos íntimos.
Nueva York, Clinton Place, 110, junio 3 de 1874.
J. Ignacio de Armas ha venido a verme esta noche. Va a publicar una hoja mensual para la América latina y quiere un artículo sobre Chile, que le he ofrecido.
He escrito varios artículos para La Voz de Puerto Rico, cuyos cinco o seis primeros números van a ser todos de mi pluma. He desencadenado en ellos mi indignación, y escrito cosas bien duras.
No he recibido cartas de mi padre. Nunca he sentido como ahora la responsabilidad que pesa sobre mí por haber preferido una patria ingrata a un padre tan bueno, tan generoso, tan justo en los juicios de los hombres que nos han tocado de compatriotas en nuestra desgracia y en la injusticia de la fortuna. Yo hubiera debido nacer en una de las repúblicas latinas y hubiera hecho grandes beneficios a la humanidad.
Clinton Place, 110, Nueva York, junio 8, de 1874.
Sr. Emeterio Betances, París. Querido paisano y amigo: Recibí la carta en que desmiente lo que me dijeron en Saint Thomas y en que echa por tierra todas mis esperanzas. Según esa carta, tenemos: que todo lo que Castro y Blanco me dijeron respecto a la próxima expedición atribuida a los esfuerzos de los generales Quesada y Luperón es falso; que Ud. sólo cuenta con armas que le han ofrecido, y que a la demanda de $30,000 que hizo a Puerto Rico le han contestado con una negativa: tenemos que Ud. duda de los supuestos auxiliares de la revolución en Puerto Rico, cuya conducta me encarga que averigüe de Basora que, según Ud., los conoce bien, y tenemos por último que no tenemos nada. ¡Noticia más desoladora! ¿Carta a Quesada? Una circunstancia especial me había hecho dar valor a la palabra de los refugiados en Saint Thomas, de quienes no tenía ni tengo motivos para esperar que fueran hoy más leales conmigo que lo fueron antes. Me enseñaron una carta de Ud. a no sé quién de Ponce, en la cual decía Ud. que ya no necesitaba dinero y que sólo pedía respuesta a esta pregunta: «¿Están dispuestos a secundar una expedición?». Para contestar la carta que he extractado, esperaba hablar largamente con Basora. No había conseguido verlo desde la segunda vez que hablé con él. Encuentra, según me dice, inabordable a la gente de la Agencia, para proceder cerca de la cual he estado proponiéndole un medio. Por mi parte, yo he encontrado esto tan frío, tan oscuro, tan absolutamente contrario a la revolución y tan lleno de reticencias, desconfianzas mutuas y mutuas minaciones, que ni aun a hablar concretamente de Puerto Rico y del plan que había concebido en Saint Thomas me he atrevido, temiendo oírme repetir que es idea inútil todo lo que no sea dinero contante. Voy a concluir por no hablar de nada con nadie que haya salido de nuestras queridas patrias. Si es necesario ser rico para tener influencia y autoridad entre colonos, yo no me arrepentiré ni enmendaré de haberme mantenido insobornable. Hace ocho meses que fusilaron impíamente a los expedicionarios del Virginius, y cuando yo llego ansioso de tomar parte en la expedición, encuentro que nadie piensa en ella. Siendo para Cuba, a donde no mandan un solo fusil ¿cómo van a ocuparse sinceramente de Puerto Rico? Nunca han hablado tanto de «la isla hermana», y hasta hay quien busca planos y quiere saber sus puertos y quien me ha prometido venir conmigo aun abandonando a Cuba; pero eso no significa más que una de estas tres cosas: o la candorosa alucinación de los esperanzados en lo que dicen próxima declaración del Congreso en favor de la independencia de Cuba, o el pretexto que emplean para no desesperar a la emigración los que no quieren hacer nada por Cuba hasta que el Congreso americano haga algo, o el resultado del instinto, que ve anticipadamente los efectos benéficos de una diversión sobre Puerto Rico. Aun no teniendo esto ningún valor sustancial, yo he querido aprovecharlo; pero Basora me disuade con sus terminantes declaraciones: todavía es o se manifiesta más desesperanzado que yo. Esta horrenda frialdad que para todo hay y los odios criminales que separan entre sí a los revolucionarios, hacen casi imposible toda gestión e insoportable este espectáculo de la emigración. Desahuciado por Basora un plan que le he propuesto para conseguir algo aquí, tuve por más práctico el más descabellado que también le propuse y que, cumpliendo como siempre con lo que dije, voy a enunciar. Propongo: Primero, que a toda costa nos acerquemos a Puerto Rico; Segundo, que elijamos a Santo Domingo para nuestro lugar de reunión; Tercero, que nos decidamos, como yo lo estoy, a jugar el todo por el todo, a acabar de una vez, contando con lo que tenemos, sin esperar más. El tiempo y las circunstancias urgen. Por una parte, las violencias del Gobierno colonial en Puerto Rico. Por otra parte, la disolución de la colonia es rapidísima en Cuba. La independencia de Puerto Rico será imposible un día después de la de Cuba. Sería una vergüenza si nos la hicieran extranjeros. Sería un gran peligro para el porvenir si nos la iniciaran los cubanos. Los puertorriqueños la quieren: los reformistas de todo género, no la querrán hasta que la vean prevaleciendo. Puesto que cuentan con nosotros y nosotros contribuimos a esperanzarlos, empecemos. Empezar es todo, y para empezar no se piden ejércitos ni escuadras. Yo no oculto, y lejos de ocultar declaro en todos los tonos a los pocos puertorriqueños a quienes veo, a los pocos a quienes escribo y a los menos en quienes confío, que lo que hoy sucede es el resultado de estas tres cosas funestas que ha habido en los preparativos de la revolución: falta de preparativos; obstinación en hacerlo todo sin poder nada; y el más grave de todos los errores, el que 70 me acuso a mí mismo con más violencia, el querer hacer desde fuera lo que hasta para la dignidad del país sería mejor que se hiciera desde dentro. Mas como ya no hay medio de reparar faltas añejas, es necesario jugar el todo por el todo. Ese todo por todo está cerca de Puerto Rico y no lejos; está en resolverse a confiar en los decididos y no en los indecisos, en nosotros mismos y no en los otros, en provocar la revolución y no en esperarla. Seguro de mí mismo como estoy, perseveraría hasta el fin de los días de mi vida en esta inútil abnegación de todo; pero no teniendo pretexto para estar seguro de los otros, estoy resuelto a esperar muy poco tiempo más. Lo que no haga en Puerto Rico lo haré en Cuba. Se entiende, si hay al fin medios de ir a Cuba. Los de Saint Thomas, ni una palabra. Y eso que se habían comprometido a hacerlo dándome respuestas categóricas. Lo más duro que tiene la vida revolucionaria son las conexiones que impone. Voy, por no desanimar a los jóvenes, a mandar con recursos de ellos mismos un periodiquito3 a Puerto Rico. Siento y celebro haber sido tan franco y tan duro como soy en él. Indignado de tener tantos motivos para desdeñar a tanta gente, digo la verdad desnuda. Tal vez sea ella la mejor política para hombres y tiempos como éstos. He leído con mucho gusto el elocuente opúsculo de Ud. en favor de Cuba. Excelentes los argumentos contra la anexión. En caso de hacer algo, quisiera que levantáramos la bandera de la Confederación. Yo impuse esa idea en el programa de la revolución de las Antillas que escribí por encargo de la Emigración. Esto, y el hacer entender que nosotros no somos ambiciosos estúpidos y que no vamos tras una presidencia, me parece capital y no podrá parecer nuevo en mis labios a quien como Ud. me ha oído proponer formalmente que ninguno de nosotros quiere hacer el tonto papel de hombre necesario. Es necesario que a pueblos tan personalistas como los nuestros demos ejemplo de impersonalidad los que más hemos sacrificado. No en vano si inútil una vida que hubiera podido ser útil. Ramírez, que a pesar de mejor posición, parece el mismo, me ruega siempre que salude a Ud. Dígame si tiene Ud. mejores noticias que su afectísimo. P. S.- Todos los elementos de la revolución, y el país, están quietos, y nosotros distantes y separados los que debíamos estar más unidos y hielo e indiferencia y ni un átomo de entusiasmo, y la patria vilipendiada, y nosotros, nosotros impasibles ¡y nuestros cuerpos viviendo! ¡Querido paisano!, ¡querido amigo!, ¿para cuándo hemos de dejar la decencia y la abnegación, el desprendimiento de la fortuna y de la vida de que hemos dado más muestras de las que nos han exigido?, ¿cuándo hemos de tener mejor ocasión para morir como buenos y para triunfar como dignos?, ¿cuándo hemos de salir de la triste soledad que nos postra y en que, dañándonos hondamente a nosotros mismos, no hacemos todo el bien que podemos a la patria? ¡Vamos, por Dios, vamos de una vez! Suyo de corazón. |
Clinton Place, 110, Nueva York, junio 9 de 1874.
Un barco sucede a otro y ni una carta de mi padre en estos dos meses. Ya hace cinco que no tengo noticias suyas. Un día tras otro me asalta el miedo de que sobrevenga lo que temo tanto. La desgracia de un lado y la injusticia de los hombres del otro, han concluido por devolverme el sentido de la realidad, que yo había perdido por completo. La realidad no es el bien, la justicia, el deber que yo había soñado. La realidad es ese noble padre que yo he abandonado, esa digna hermana a quien yo he dejado participar del infortunio de la familia, esos diarios deberes que yo hubiera podido cumplir en completa paz de conciencia y en el bienestar que yo no he buscado ni conocido. Ya es tarde para volver a ella, pero todavía es tiempo para sentir la conciencia sobrecogida por remordimientos que yo creía imposibles, el objetivo de mi conducta habiendo sido siempre el bien de los otros. Ayer, cuando este buen Ramos me decía: «A menudo pienso en su padre de Ud. y desearía saber que ha salido de la isla», he experimentado fortísimamente el dolor que se apodera de mi corazón cada vez que pienso en la situación en que mi padre va a verse envuelto el día en que yo dé el último paso. En mis cartas he tratado de hacerle decidirse a salir del país. Siempre ha rehusado. Él me ha hecho un gran daño con eso, pues es posible que yo hubiera modificado mis ideas o moderado mis arrestos si lo hubiera tenido cerca de mí. El ideal de mi vida habiendo sido hacer todo lo que yo concebía mi deber, y el de la patria habiendo precedido al de la familia, yo no quiero reprochar a mi padre. Ha sido un grave error y no quiero dominar los remordimientos que sufro.
No es ciertamente arrepentirse el escribir la carta que acabo de enviar a Betances invitándolo a hacer la última locura en favor de la patria; pero ya no es hora de retroceder, y si yo me inclinara a ello, las circunstancias más y más horribles de la patria me lo impedirían. Venga lo que viniere, yo presentaré alta la frente tanto al deber como a los remordimientos y a la desgracia.
Nueva York, junio 11 de 1874.
Ya hace dos meses y medio que estoy aquí: he aquí lo que hago: me levanto de seis y media a siete de la mañana. Salgo a dar mi paseo matinal, yendo hasta la calle 22, siempre por la 6.ª Avenida, y volviendo siempre por la 5.ª Cuando el desayuno no está listo, lo espero. Lo tomo cambiando ideas indiferentes, si no se trata de Puerto Rico o Cuba. Entro en mi dormitorio, que me recuerda siempre las semanas de hospedaje que debo, las comodidades del cual no dejan de chocar con mi pobreza. Leo el Messager Franco-Americain, el periódico de la casa, si por casualidad no encuentro un Herald o un Sun, que me dan noticias más frescas que el periódico francés. A ratos fumo mi habanero, que me recuerda siempre que es un obsequio. Invariablemente saco de la gaveta los papeles en que escribo siempre con trabajo, a tal punto están ellos revueltos con otros manuscritos, de los cuales los separo para tener algo sobre qué depositar mi pensamiento. Mientras escribo, pienso con dolor en Chile, o en la América latina, sobre la cual escribo los artículos que se me piden y que probablemente no me pagarán. Dejo el trabajo para soñar algunos instantes en mi vacío pasado y en el esplendoroso porvenir oscuro, lloro sin lágrimas, me desespero sin fuerzas, me avergüenzo de perder mi tiempo en sueños que han gastado mi espíritu, vuelvo a mi tarea, me contento cuando ella llena todo el día, consulto mi reloj, y a las seis me lavo y me pongo a esperar la comida con Leopardi en la mano, los recuerdos entristeciendo mi memoria cuando caigo, como caigo siempre, en Le ricordanze -¡ah! Nolina (o Carmela)- «e di te pure non odo...». Y acabo la jornada útil por donde la había comenzado, por el duro recuerdo o el amargo sentimiento del vacío, de la nada de mi vida.
Después de comida, converso con este inteligente Molina, enciendo mi cigarro, pienso que el abuso agota el placer y que el de fumar después de comida se convierte en un vicio sin placer, hago el sondeo de mi día, vuelvo a pensar en la patria, me pongo sombrío, recibo a Villarroel o a Ramírez que vienen con frecuencia, me arrebato en contra de Basora que no viene cuando me ha anunciado que tiene algo que decirme, salgo a hacer ejercicio, a menudo para ir a Cooperi Institute a gozar de la lectura gratuita, vuelvo a casa más triste, más sombrío, más descontento; me pongo a escribir si tengo fuerzas para hacerlo o acabo por dejarme apoderar del dolor de mi soledad, de mi inercia forzada o de mi impotencia para hacer todo lo grande que he soñado y me duermo, no con el sueño ligero que, yo tenía, sino con un sueño pesado en que el cerebro no reposa o en que la idea de una vida que busca el sueño para olvidarse, aguijonea siempre. Eso, todos los días a la misma hora, como una máquina, como un autómata.
Yo podría sin duda llenar mis días yendo a la Agencia cubana o a casa de gente que pudiera ayudarme, pero estoy convencido de que es mejor no hacerlo, a menos que sea absolutamente necesario.
Nueva York, Clinton Place, junio 13 de 1874.
Voy a hacer un resumen lo más exacto posible de los últimos cinco años de mi vida y de las causas determinantes de mis acciones. De ese modo favoreceré la crisis que siento ha comenzado en mi espíritu.
En 1868, después de la revolución de septiembre en España, redacté el periódico de Azcárate, La Voz del Siglo: yo luchaba de buena fe por la libertad de España y de las Antillas. Desdeñé entonces hacerme una posición política y social, y aun cuando me sentía fuerte en mis ideas, me sentía débil en mis relaciones con los hombres. Aproveché todas las ocasiones que se presentaron para condenar de frente al Gobierno, la mayor parte de cuyos miembros eran mis amigos, por su conducta y la de España hacia las Antillas. Eso y el comienzo de la revolución de Cuba me decidieron a tomar una resolución definitiva. Concebí entonces la idea de lanzarme a la revolución y di el primer paso con el discurso en el Ateneo de Madrid. Después de él, todo lo que hice fue preparar mi salida de España, a que me decidió la carta de G. Cabrera a Oppenheimer en que decía: «La expedición para Puerto Rico está lista».
En lugar de detenerme cuando la recepción que se me hizo me demostró el error que había cometido viniendo por nada a comprometerme a todo, me puse a secundar a los cubanos, que me hicieron sufrir grandes decepciones desde el principio. La única cosa con que yo demostré entonces alguna resolución activa contra la incapacidad que demostraban los que se creían jefes de la revolución de Puerto Rico fue mi proclama a los puertorriqueños, en que trataba de sustituir a los inútiles. Pero era malo para un revolucionario quemar sus naves como yo lo hacía, cerrándome la entrada de mi país. Mi conducta fue ejemplar, pero demasiado digna para ser seguida. Me quedé tan solo como antes. Aguijoneado por la lógica, pensé que era innoble resignarme al papel de emigrado pasivo, e hice deliberar a mis compatriotas sobre la oportunidad o la inconveniencia de mi partida para Cuba. Ellos decidieron que yo era mucho más necesario en la revolución de Puerto Rico que en la ya avanzada de Cuba, y hube de resignarme. Fue una de las resignaciones más necias de mi vida. Yo hubiera debido partir para el campo de batalla.
Haciéndoseme insoportable la estadía entre gente a quien yo no podía estimar y convencido más cada día de la necesidad de tener dinero para ser influyente, y pensando que yo podría probar prácticamente que mis llamamientos en favor de una acción cerca de los pueblos sudamericanos habían sido lógicos, salí para la América del Sur. Sólo de mí dependió el haberme hecho rico y feliz allí, y he regresado más pobre y más desgraciado que al partir. He hecho durante más de tres años el papel de misionero político, de apóstol, de filósofo, de propagandista, de mártir, y no el que yo hubiera podido con mayor ventaja para la patria y para mí. Me he hecho conocer y estimar allí aparentemente con el solo fin de ser desconocido y desestimado por los míos. La acción ha sido siempre la de un hombre que se contenta siguiendo los consejos de la virtud; la causa de la acción ha sido siempre el error producido por la fe en los hombres y en los principios.
Me he equivocado. ¿Es tiempo todavía de reparar mis errores?
Nueva York, junio 16 de 1874.
Hoy he tenido un motivo de contento al oír que se preparaba una expedición militar para Cuba y al hablar de los hombres, de los hábitos, de la vida y de las heroicidades de los combatientes en Cuba. El entusiasmo, debilitado por el espectáculo de las pequeñeces de aquí, ha resucitado, estando la fuerza del bien siempre pronta a hacer explosión en mí. Me prometí a mí mismo el goce de esas grandes y nobles emociones, yendo allí a hacer mi aprendizaje de la fuerza bruta sirviendo a la moral, de la brutalidad sirviendo al derecho, a la justicia, a la libertad, a la verdad.
Villarroel ha venido con toda naturalidad, sin súplica, a traerme una nota de la dirección de la Exposición de Chile, que yo he contestado por él, una traducción de un decreto del Gobierno chileno que he puesto en francés, agregándole una columna sobre las colonias que hay en Chile, y un reglamento que felizmente no le dejé exhibir. Hizo bien en contar conmigo para lo que se refiere a su país, como todos los latinoamericanos tienen el derecho de hacer.
Nueva York, junio 18 de 1874.
Estoy continuando mi artículo sobre el querido Guillermo Matta, en que desarrollo un poco mis ideas sobre la poesía y su papel en las nuevas sociedades de la América.
Estaba acompañado mentalmente de estos dos queridos Matta y bajo la dulce influencia del cielo chileno, echándolo de menos y envolviéndolo en los esplendores de la imaginación, cuando llegó Villarroel4 y se puso a hablar de sus trabajos como agente.
Basora, muy emocionado y como si acabara de adquirir la certidumbre de una intriga, entró diciéndome: «Todo se ha perdido. Ya no hay nada que hacer: van a la anexión y acabarán en ella. He sido y sigo siendo un anexionista, pero no quiero que nos fuercen a ella, y es justamente lo que quieren». Le pregunté qué motivos tenía para estar tan seguro de una noticia tan grave, pero no ha querido enumerar los motivos. Sabiendo que soy enemigo acérrimo de la anexión y que no coincidimos en el modo de apreciar la revolución y su objeto, no es extraño que no haya querido hacerme conocer su secreto: puede ser que él tema que yo repita los discursos y los escritos con que en 1870 combatí tan rudamente a la anexión y sus partidarios. Desentendiéndome de su secreto, le hablé del objeto de nuestra entrevista: la revolución de Puerto Rico, el deber en que estamos de trabajar por ella, los medios que me parecen más propios. «Pero -me ha dicho él con tono de absoluto descorazonamiento- ¿qué quiere Ud. que hagamos, nosotros solos, que nos encontramos hoy, después de todo lo que hemos hecho, tan solos como al principio? ¿Es que vamos a ser siempre el instrumento de los que nos acompañan? Hace doce años que Blanco decía en una carta que conservo, exactamente la misma cosa que nos dijo a nuestro paso por Saint Thomas y aún más. ¿Qué es Castro sino un hombre débil que nunca sabe lo que quiere, que jamás osa nada? ¿Qué es Acosta? ¿Qué son todos? La revolución de Puerto Rico es un sueño. Deje esas ideas que lo llevan a lo imposible. Por mi parte, no quiero, no, no quiero ocuparme más de todo eso. Estoy descontento de todos, de los puertorriqueños lo mismo que de los cubanos. No hablemos más de eso». Le mostró entonces la carta del general Quesada en que éste declara que no hay que esperar nada de Puerto Rico porque el país no está en situación revolucionaria, y en que pide dinero sí se quiere alguna cosa de él. «Ese no quiere más que dinero» -dijo Basora sonriendo. «Pero, Dios mío -dije yo- ¿cómo es posible que una causa tan justa como la nuestra esté sembrada de tantas infamias?». «Es triste, pero es la verdad». Ante tales palabras, silencio. Uno se calla cuando piensa profundamente y nada es más digno de ser profundamente pensado que lo que nos pasa ahora.
Nueva York, junio 19.
He recibido dos cartas de Blanco y una de Castro. Aunque se manifiesta elevado, éste ha traducido malignamente palabras que el conjunto de mi carta tanto como mi vida entera hacen perfectamente inocentes. En cuanto a Blanco, se manifiesta lastimado por el tono de mi carta, pero repara la falta de su carta anterior, proponiendo hacer algo. Desea que se organice el Comité en Saint Thomas, que busquemos dos hombres de confianza para recorrer la isla tratando de estimular a nuestros compatriotas por todos los medios posibles, con la esperanza de recibir auxilios para la revolución.
He escrito una nota a Aldama hablándole de la posibilidad del movimiento en Puerto Rico, para saber a qué atenerme en cuanto a las disposiciones de la Agencia. Después escribí a Basora para que viniera a verme, redacté el plan de organización y tracé vivamente en algunas cartas a puertorriqueños las necesidades de la situación y sus ventajas. Casi estoy contento.
Nueva York, 19 de junio de 1874.
Señores Manuel A. y Guillermo Matta5, Santiago de Chile. Sigo, queridos y dignos amigos míos, uniéndolos en mi cariño y reuniendo sus nombres en mis cartas. Esta va a tener un carácter grave, y necesita ser leída, pensada y contestada por los dos. Cincuenta y cuatro días hace ya que llegué a Nueva York, en donde no deseaba ni esperaba pasar más de una quincena, y aun me amenaza una permanencia indefinida aquí. Les dije a qué venía; pero no les he dicho por qué estoy detenido y cómo esa detención, que me exaspera, es motivo poderoso de angustiosa incertidumbre para mí y de hondas congojas para mis ideas. Importa ser minucioso. Bebo cuenta de mis actos y de mis ideas a los que se han mostrado capaces de estimar los primeros y me han dado ejemplo de firmeza y abnegación en la práctica de las segundas. En 1868, a fines de octubre, había yo vuelto a Madrid después de contribuir como ningún otro joven a la revolución de septiembre. Los hombres a quienes encontré en el Gobierno eran amigos que, como Sagasta, sabían que yo buscaba la independencia de las Antillas detrás de la libertad de España, o como Ruiz Zorrilla, se habían maravillado de que yo no contestara a una proposición que, con una decorosa condición, ya desde París se me había hecho para ocupar el gobierno de Barcelona cuando triunfara la revolución. Completamente independiente, y después de haber acentuado mi posición en algunos altercados verbales que tuve a propósito de las Antillas con Serrano y su Ministro de Ultramar, tan pronto como el alzamiento de Cuba empezó en diciembre del 1868 a tomar el carácter de un hecho deliberado, me puse francamente del lado de los independientes contra la metrópoli, y por medio de un discurso ruidosísimo, que empezó a valerme los ultrajes de todo género que después han caído sobre mí, rompí con el Gobierno español. Mi país, asustado de mi actitud y queriendo que yo continuara en España, llevó mi nombre a las urnas electorales, de donde yo conseguí sacarlo derrotado por medio de un violento llamamiento a la dignidad de mis paisanos, cuyo retraimiento impuse. Resuelto a echarme en brazos de la revolución, escribí, profetizando cuanto ha sucedido, a los pocos hombres de Puerto Rico en quienes debía confiar; preguntando a los de la Isla cuál era el verdadero estado de ésta; asegurando a los de la expatriación que estaría al lado de ellos en el momento en que fueran a hacer algo. En tanto, me valía de Pi Margall y de Castelar para hacer que llevaran al Congreso, ya abierto, la cuestión de las Antillas: el primero, hombre leal, se me negó cien veces arguyendo con la gravedad de la situación; el segundo, desleal y artificioso, hasta un croquis de discurso que expresamente le preparé aceptó con calor para después, al discutirse el artículo constitucional referente a las Antillas, mostrarse traidor a los principios y ser menos liberal que Moret o Ruiz Gómez, amigos y compañeros míos de periodismo que por lo menos pidieron la autonomía provincial que yo había defendido cuando imaginé posible la independencia con España. Dada la actitud del partido republicano en la cuestión de las Antillas, nada me quedaba que hacer en España, y en el momento en que de Puerto Rico me contestaron que «todo estaba organizado», y tan pronto como de Nueva York me hicieron saber que «en octubre (1869) saldría una expedición militar para Puerto Rico», abandoné en España todo el porvenir que allí tenía y me embarqué como inmigrante miserable en el Havre para venir a cumplir mi palabra. Todo esto lo sabían Puerto Rico y aquellos de sus hijos a quienes venía a unirme como simple soldado voluntario. No sé si por el exceso mismo de mi abnegación, que tal vez produjo sospechas de ambición en mi conducta, o si porque era completamente falso que los revolucionarios puertorriqueños tuvieran pronta la expedición, el hecho es que fui recibido como no se hubiera recibido al más temible de los aventureros. Tuve la resignación que nunca me ha faltado, y en vez de gritar, de protestar y de volverme a España renunciando a seguir siendo víctima, reuní a los puertorriqueños, traté de organizar lo que no existía, celebré conferencias con los tres puertorriqueños que encabezaban la emigración revolucionaria, hice más de lo que podía exigirse a un hombre a quien se había engañado y llegué hasta a comprometerme a volver solo a Puerto Rico para allí preparar el movimiento. Para todo hubo obstáculos, suspicacia, segundas intenciones, medias palabras, reservas mentales, mentiras y hostilidades secretas. Entre tanto, los cubanos de la Junta, que conocían mi nombre y que me creían revolucionario de odio a España y no de ideas, me propusieron la dirección de un periódico que yo había de fundar. Les di mi programa: Independencia absoluta; confederación de las Antillas; unión de la raza latinoamericana, y se espantaron. Pero queriendo utilizar mi nombre y salvar con mis esfuerzos el periódico (La Revolución), que en cierto modo estaba ya consagrado por los hechos, me rogaron que acompañara al secretario del representante de Cuba en la redacción del periódico. Tenía tres motivos, sin contar el de la subordinación que no podía aceptar un hombre que traía una reputación y el mérito de servicios positivos, para no aceptar: primer motivo, la proposición que había hecho de ir a Puerto Rico a reorganizar la revolución; segundo, el temor de que la Junta quisiera imponerme sus ideas; tercero, la repugnancia que me inspiraba el recibir de la revolución los diez o doce pesos semanales que yo necesitaba para pagar mi hospedaje. Mas como yo no encontraba otro trabajo y los sedicentes jefes de la emigración revolucionaria de Puerto Rico me rogaron que aceptara la redacción y nada volvieron a decirme de mi propósito de ir a Puerto Rico, empecé en La Revolución a decir lo que pensaba. Desde el primer artículo encontré opositores en los prohombres, cuyo anexionismo fue creciendo a medida que aumentaba la fuerza que yo daba a mi propaganda y el entusiasmo que ésta despertaba en las masas siempre despreciadas y siempre más dignas de aprecio que los que con ellas amasan su fortuna o su poder. Teniendo que atender a la vez a la pureza del principio revolucionario en Cuba y a la exaltación del espíritu revolucionario en Puerto Rico, mandé a ésta y publiqué aquí una proclama que era deber mío lanzar, diciendo en ella por qué y para qué había yo roto con España, y poniéndome públicamente a la disposición de mi país. Era quemar las naves, y no pude pensar que hubiera quien me hostilizara por aquella nueva abnegación, que me incapacitaba absolutamente para volver paso atrás; y por aquel acto de lógica que aumentaba irremisiblemente el número de los decididos a todo. Sin embargo, tuve el privilegio de ser hostilizado a la vez por los revolucionarios, que creyeron reivindicación del primer puesto a mi proclama, y por todos los indecisos de mi país, que vieron perdida para siempre la esperanza de verme en el Congreso español transigiendo con España y procurando empleos a los que sólo se habían acordado de mí cuando olfatearon que podía serles útil en España. Llovíanme cartas de amarga reconvención de Puerto Rico, y mi nobilísimo padre me contaba consternado que mi popularidad se había convertido en una hostilidad «alternativamente soez y sarcástica», que recaía sobre él, en tanto que mis compañeros de expatriación me trataban con la frialdad más hostil y me dejaban solo en la lucha que yo sostenía con el anexionismo, volviéndose los unos a Puerto Rico, retirándose el más importante a Haití6 y quedándose el más influyente ante la Junta para unir sus esfuerzos a los de ésta. Ni una sola vez se escapó de mis labios una reconvención, y sordo y ciego voluntario para las calumnias y los desaires de los influyentes, seguí esforzándome por ser digno de las doctrinas que predicaba con la pluma y la palabra, en el periódico y en los clubs, con mi ejemplo y mi conducta. Invitado a tomar parte en los trabajos del Club político que entonces compartía con la Junta la influencia revolucionaria, tuve desde mi primer discurso la suerte de plantear claramente el problema de la revolución y el más espinoso de la conducta de la Emigración: «Esta es -dije sustancialmente- una fracción del pueblo cubano y puertorriqueño que no ha venido aquí por huir de los españoles, sino para encontrar recursos militares con que combatirlos. Su deber y su derecho es encontrarlos, auxiliando a la Junta, que es representante del Gobierno de Cuba, o sin contar con ella; porque los emigrados representan al pueblo y éste no ha delegado su poder de hacer por sí mismo lo que directamente pueda hacer. En tanto que la Emigración reúne recursos para arrojar de las islas a los españoles, puede y debe aprender a arrojarlos de su propio espíritu, y para esto es necesario que se dé cuenta de lo que significa la revolución, que aumente su amor a las ideas, que disminuya su odio inútil a nuestros adversarios, porque las revoluciones se hacen con ideas y no con odios, que vayamos adhiriéndonos a los principios, que tengamos la unión que ha de salvarnos». Habiendo ya formado un partido opositor de la Junta, que, en realidad no hacía nada, pero que era necesario respetar porque era delegación del Gobierno cubano y porque, siendo poderosos sus componentes, podía hacer mucho, los opositores vinieron a buscarme, y no los escuché: la Junta me halagaba, y no la atendí. El instinto del pueblo vio en mí lo que había, y en nadie manifestó tanta confianza como en mí cada vez que tuvo necesidad de un hombre sincero. Había llegado a ser tanta mi popularidad, que los intrigantes no podían contrarrestar al hombre solo, encarnación reflexiva de la revolución, que sólo por ella se movía y que mientras tenía por secuaces a todos los representantes del pueblo, no tenía ni un amigo particular a quien confiar su tristeza y sus angustias. Siempre fijo en la necesidad de llevar la revolución a Puerto Rico y a la trascendencia de hacer una declaración terminante en favor de las ideas de la revolución de las Antillas, utilicé mi influencia sobre la Emigración para ambos fines: tendiendo al primero hice pasar en el Club una resolución para que, en su nombre y en el de la Junta, se ofreciera por medio de una proclama a los puertorriqueños cuantos recursos necesitaran para alzarse; redacté la proclama, la firmaron los hombres más responsables y más ricos de la Junta y de la Emigración, y la mandamos a Puerto Rico; tendiendo al segundo fin, aproveché una noche de excepcional concurrencia al Club, y estando presente en él el general norteamericano McMahon y otros hombres inteligentes de aquí, partidarios de Cuba anexionada, para hacer constar que los cubanos eran independientes: el éxito superó a mis deseos, y jamás orador alguno ha sido bendecido como lo fue aquella noche el que representaba la pureza de la revolución de las Antillas. No bastando esto, cuando poco después se recibió aquí la noticia de haberse presentado en el Congreso federal de Colombia la moción en favor de Cuba y en pro de una acción conjunta de todos los gobiernos latinoamericanos, aproveché el momento para patentizar que los antillanos nos declarábamos hermanos y continuadores de los independientes del Continente; presenté una moción para que se redactara un mensaje de agradecimiento a los diputados colombianos, y nombrado para redactarlo, redacté el programa completo de la revolución de las Antillas: se me hizo por la Junta, por todos los anexionistas y por algunos puertorriqueños y cubanos celosos una oposición despiadada que estuvo a punto de dar en tierra con lo mismo que se había aclamado con gritos incesantes de entusiasmo. Pero al fin prevaleció la idea, y la parte más sana de la Emigración declaró suyo aquel programa. Estaba Amadeo de Saboya en España y los demócratas en el poder. Sus concesiones, sus intrigas y la conducta de los reformistas de Puerto Rico habían echado por tierra mi esperanza de revolución en la Isla, y ésta yacía en el período de cretinismo en que algunos de sus hijos mal guiándola la tenían y la tienen. Había empezado aquella horrenda deserción que se llama en la historia de la Independencia de Cuba «las presentaciones»; había llegado aquí Azcárate, cubano español, con un recado para mí de Moret, Ministro de Ultramar, y en una trama que condené, enajenándome a aquel antiguo amigo, habían los hombres de la Junta, desairada la anexión por Mr. Fisch, empezado la aún más oscura trama en que hoy persisten; habían los cubanos dado el escándalo continuo de sus rencillas; había caído sobre mí el peso de la tristeza congojosa que me ha hecho indiferente a todo y avergonzado hasta del bien que había intentado y de los hombres con quienes había tenido que tratar, resolví emprender mi viaje a Sur América. Nada importan los dolores secretos que me ha costado. Sólo importa que ustedes y cuantos en Colombia, Perú, Chile y Argentina leen y piensan, recuerden que no hubo día desde el 1871 hasta febrero del 1874 en que, con motivo o sin él, no resonara algún clamor mío en favor de Cuba abandonada o algún insulto de los españoles o sus auxiliares contra mí, porque clamaba casi solo y en desierto en favor de un pueblo mártir, en pro de la unión ridiculizada de todos esos pueblos, en pro de la emancipación de la razón humana, en favor de la mujer, de los indios, de los chinos, de los huasos, los rotos, los cholos y los gauchos, otros tantos esclavos de la desigualdad social. Tanto me esforcé y tan hondamente sentía lo que predicaba, que conseguí hacerme estimar un poco de esos pueblos. Nada me quedaba que sacrificar, excepto la vida física, que reservaba para perderla en Puerto Rico, cuando me trastornó la indignación que sentí al saber las noticias atroces del vapor Virginius. Resolví venir aquí para ir a Cuba y escribí a dos hombres influyentes de esta Emigración, rogándoles «que hicieran detener hasta mi llegada la expedición» que en el Brasil me noticiaron se preparaba. Al pasar por Saint Thomas, varios refugiados de Puerto Rico me refirieron lo que acababa de acontecer en mi Isla, el golpe dado en ella a las falaces libertades con que la habían engañado, el ultraje que le había hecho el nuevo Gobierno español mandando al más odioso de los capitanes generales que la habían tiranizado, la resurrección de la esclavitud, la represión violenta de todo derecho, la persecución de todos los que habían defendido las reformas en España. Me dijeron que estaban dispuestos, como todo el país, a la revolución, y les prometí que yo la llevaría si ellos me escribían por el primer vapor, contestando categóricamente, con la aquiescencia y la firma de personas respetables, que secundarían mi incursión armada. Contando con esa declaración para, por medio de ella obtener recursos de los cubanos ricos de la Emigración, y contando con los servicios de que todos tenían conciencia, llegué aquí. Empecé por sufrir una inquisición de los resultados prácticos de mi peregrinación por Sur América y por espantarme de la ingratitud de unos hombres que no contando por nada los sacrificios hechos a una idea, a nada se creían ligados con un tonto que no había sabido sacar partido de sus aptitudes y de su trabajo para hacer dinero. Después me espanté de la indiferencia con que oía hablar de las víctimas del Virginius, para vengar las cuales nada se había hecho, pues era completamente falsa la noticia que en el Brasil, en Saint Thomas y a mi llegada aquí me dieran de una salida de expedición para Cuba. Más tarde me convencí con vergüenza de que la representación extranjera de la revolución de Cuba tenía empeño en no hacer nada y a la vez trabajaba con los negreros de la Habana y con los anexionistas de Washington para hacer del éxito final de la revolución, no un triunfo de nuestros héroes, sino una trama de nuestros intrigantes. Supe que Céspedes había sido depuesto por intrigas que partían de los cubanos ricos de la Emigración. Supe que la muerte del primer hombre de Cuba había sido obra del odio, porque lo habían abandonado a las asechanzas del ejército español. Supe por el mismo vicepresidente de Cuba, Francisco Vicente Aguilera, detenido aquí porque le niegan recursos para llevar una expedición a Cuba, que nada se hacía por mandar recursos a la Isla, supe los mil rumores siniestros que en voz cautelosa me comunicaban cuantos cubanos me veían. Mientras tanto, el hombre más influyente de Puerto Rico me escribía de Europa anatematizando a nuestros auxiliares, y los auxiliares de Puerto Rico, espantados de que el Capitán General al saber mi paso y el del doctor Basora por Saint Thomas hubiera reforzado la estación y la vigilancia nocturna de la Isla, ni aun a escribirme se atrevían. Resuelto a acabar de una vez, había puesto mi esperanza en la salida de una expedición que están anunciando meses ha para Cuba, cuando ayer mismo se me presentó uno de los hombres en quien tengo alguna confianza, y después de manifestárseme profundamente descontento de todo cuanto acontece, me dijo textualmente: «Nos hacen la anexión. No crea usted en expediciones para Cuba, ni en auxilios para Puerto Rico, ni en nada que pueda hacernos libres por nosotros mismos. Yo he sido siempre y soy anexionista, pero no puedo aceptar que nos impongan con tramas secretas lo que yo deseo». Una y cien veces le rogué que me aclarara su pensamiento; pero no pude conseguirlo. Convencido de mi impotencia para impedir lo que temía; completamente alejado de los que sólo han querido salvar sus riquezas, abandonado de Puerto Rico que no querrá la revolución hasta que la desesperen, rodeado de colonos que sólo saben maldecirse mutuamente, no teniendo un solo hombre uno solo que quiera acompañarme en lo que aun podría intentarse, desconsolado por la muerte de una de las dos últimas hermanas que me quedaban, temiendo a cada paso que el silencio de mi padre se convierta en una noticia funesta, herido en cuanto hombre puede ser herido en una vida de congojas incapaz de resolverme por mí mismo a darme por vencido y a abandonar una empresa que está ligada a todos los esfuerzos de mi pensamiento, mi voluntad, mi sentimiento y mi conciencia, temido por todos los especuladores de la revolución y celado por cuantos debieran ser mis amigos, ando buscando con los ojos el rincón del mundo en donde pueda ir a esconder mi vergüenza de los hombres y la de mí mismo, que he empleado toda mi vida en desarmadme para el mal en tanto que los malvados han aguzado sus armas probándolas en mí. Yo no estoy vencido todavía: todavía puede estallar Puerto Rico, y allá iré: todavía puede salir una expedición para Cuba, y allí iré; pero ¿hasta cuándo he de sufrir el suplicio de haber hecho a manos llenas cuanto bien he concebido, para que jamás me haya producido otro fruto que la ingratitud o la traición o los más desesperados desconsuelos? Quiero y debo fijar un término al mal. Yo puedo y debo servir a la humanidad, que es más grande que la patria y más capaz de comprenderlo, y estoy resuelto a retirarme a Suiza o a Alemania para convertir en obras perdurables el pensamiento y la experiencia de mi vida, o a hacerme de toda América latina en general y de Chile o Argentina en particular, una patria de mis ideas en la cual pueda vivir olvidando y pensar trabajando y siendo útil. Si entre tanto se presenta ocasión de hacer una locura, la más loca, la más desesperada, en favor de Puerto Rico o Cuba, la haré sin vacilar. Si algo se hace y no estoy yo donde lo han hecho, digan ustedes que hasta de morir me privan aquellos a quienes combaten mis ideas. Espero carta de ustedes, y los saludo con la mayor cordialidad y el mejor afecto. Eugenio M. Hostos. |
Nueva York, junio 20 de 1874.
Nueva York, 21 de junio de 1874.
Vino Basora. Se ha mostrado del todo descorazonado y ha tratado de descorazonarme declarándose más experto que yo y recordando los ofrecimientos que Blanco acaba de hacer, después de haber servido los intereses de los conservadores. Sin embargo he obtenido de él que escriba en el mismo sentido que yo lo he hecho. Aceptamos la idea del establecimiento de un Comité, pero en Santo Domingo, en lugar de Saint Thomas. Él escribirá también a Betances pidiéndole autorización para disponer de los fondos de la revolución en favor del proyecto de Blanco. A pesar de haber deferido a mis instancias, Basora no ha cesado de repetirme que él no cree en nada, que todo acabará en nada, que el espíritu de la revolución ha perdido en Puerto Rico, en lugar de ganar fuerza. Insistió para hacerme desistir, en aconsejarme amistosamente el regreso a la América latina. «Pero -le dije- yo no puedo. Pasé tres años en esos países predicando sin tregua la revolución y declarándome de tal modo ligado a ella que rompí lazos que no se pueden romper sin ir hasta el fin. Si Puerto Rico no quiere la revolución, me iré sin duda a Cuba». «¿A hacer qué? Un hombre más no hará nada». «Pero una inteligencia puede ser útil». Comentamos tristemente la noticia del grave disentimiento entre el Presidente de Cuba y el Jefe del Ejército cubano, de que han hablado los periódicos.
Nueva York, Clinton Place, junio 22 de 1874.
Esta noche he tenido una entrevista de media hora con Aldama. Basora hizo bien en negarse a acompañarme, pues él tiene razón: no se puede sacar nada de Aldama. Este me hizo un cálculo para probarme que necesitaba doscientos mil dollars y más de cuatro mil hombres para emprender una expedición respetable para Puerto Rico. Después, me dijo que creía antirrevolucionario el espíritu del país. En seguida, me leyó párrafos de una carta en que conspiradores de la parte occidental de Cuba presentan organizada la revolución en esas comarcas, para quejarse de esas gentes, «que lo quieren todo sin gastar nada» y para equiparar la situación de Puerto Rico a la de la parte occidental de Cuba. Habíamos convenido en tener una conferencia privada, pero él hizo de modo a no comprometerse y se aprovechó del primero que llegó para no entretenerse en el asunto en cuestión, aun cuando rogándome que me quedara.
Nueva York, noche del 4 de julio de 1874.
Al salir de Buenos Aires no pensé que cinco meses después de mi partida yo estaría aún sin saber a qué atenerme, sin saber si he hecho bien en dejar países en que era útil para algo, con una intención que no tiene aún probabilidades de realizarse. Ocho meses hace que preparan esta desgraciada expedición y todavía no está lista para salir. Mientras tanto, los dolores más agudos y la desesperación más sombría.
Nueva York, 11 de julio de 1874.
A juzgar por las noticias españolas, Puerto Rico es el paraíso reconquistado. ¡Qué reposo, qué conformidad, qué paciencia, qué paz, qué lealtad en la isla mansa! Ni un solo conspirador, ni un solo separatista, ni siquiera un reformista. Ni un grito, ni una sola aspiración, ni un solo disturbio en el sepulcro. Todo duerme en silencio. El portentoso Sanz, en su Fortaleza; los cañones ociosos, en sus castillos; los españoles, en sus pulperías; los marqueses improvisados, en sus títulos; España, en su confianza.
Jamás tuvieron los charlatanes cera mejor para modelar el ideal de una colonia a la española. Llegaron los grandes hombres del 68, e hicieron de Puerto Rico una provincia sin derechos provinciales. Llegaron los grandes hombres de la gran monarquía democrática, e hicieron de Puerto Rico una democracia sin derechos individuales. Llegaron los grandísimos de la república, e hicieron de Puerto Rico un estado, o cantón, u organismo u órgano, dándole todo menos la república.
Era necesario probar que la magnánima España estaba dispuesta, como siempre, a hacer la felicidad política, económica, social, intelectual, moral, eterna, perdurable, trasladable, trashumante de la tierra al cielo, de aquella queridísima y fidelísima parte integrante de la nación que un día, y conservadores de la revolución de septiembre, radicales de la monarquía saboyana, saboyanos de la república sofística, todos los portentosos políticos de España hicieron de la cera puertorriqueña el muñeco elástico que a más formas se ha prestado y que con resignación más evangélica ha sufrido transformaciones más extrañas.
Un soldado a quien se le ocurrió salvar la sociedad española dio el golpe de estado redentor, y de la noche a la mañana dejó Puerto Rico de ser cantón feliz de una república enfermiza para ser un rebaño de corderos apacentado ad libitum por el prodigioso general que idolatran los conservadores de sí mismos en la Isla.
Cómo se pasa tan mansamente de la farsa republicana a la tragicomedia conservadora, nosotros lo ignoramos; pero el hecho es que se pasa. Y se pasa con una naturalidad, con una sencillez, con una comodidad tan absurdas, que no puede darse cosa más española que la docilidad de Puerto Rico y la temeridad ultrajante de sus esclavizadores.
¡Qué hombres los unos y los otros, vive Dios! Los unos se dejan arrebatar lo que no debieron aceptar sino para romper de una vez con sus burladores y los otros arrebatan lo poco que piadosamente concedieron, como si estuvieran absolutamente seguros de que sólo; siendo absurdos pueden ser dominadores.
La historia colonial de España y la historia de las colonias españolas empezaba a ser monótona. Siempre la brutalidad de la fuerza, siempre la autoridad brutal, siempre la ignorancia, siempre la lucha latente, siempre la rebelión, siempre la emancipación para acabar.
Gracias a los adelantos modernos, España y Puerto Rico han conseguido dar algo nuevo a la historia ansiosa y a la posteridad novelera.
Ya no bastaba el régimen antiguo de la arbitrariedad sin condiciones, y se ha inventado el régimen nuevo de la arbitrariedad despreciativa. Los unos la imponen, los otros la soportan, y unos y otros parecen igualmente inocentes de su obra.
Óigase a los españoles de Puerto Rico, y se sabrá que esa sublime gente cree que no hay cosa más natural que aplaudir el cambio que los condena irremisiblemente. Véase a los puertorriqueños, y se admirará el candor antediluviano con que dejan el camino de la ruidosa libertad de los charlatanes para tomar el de la emigración o del destierro. ¿Hay quien, entre burladores y burlados, se haya ocupado de examinar lo que ese increíble estado de cosas significa?
A juzgar por las apariencias, parece que no: españoles y criollos creen que todo no pasa de un simple cambio; y como todo es cambio y transformación, los españoles a quienes conviene la transformación operada, cantan su última victoria, y los puertorriqueños que maldicen el cambio, se acomodan benignamente a la derrota. España ha vuelto a engañar a Puerto Rico; pero le ha mandado al general Sanz, hombre piadoso, que no ha ido a hacer derramar lágrimas, sino a enjugar las que derramaba el sentido común al ver a los puertorriqueños tan contentos con la farsa republicana.
El enjugador de lágrimas ha reducido al silencio a todos los que hablaban; ha disuelto todas las corporaciones que las leyes habían creado; ha echado por tierra el título de la Constitución que sobró para los pordioseros de libertad mendigada; ha restablecido la esclavitud que una infame ley falaz dejó pendiente de un simple reglamento; ha hecho por sí y ante sí una absurda ley de vagos que sólo a los riquísimos salva de sus garras; ha vuelto a su antiguo vigor el bárbaro sistema de libretas que hace esclavo el trabajo de los jornaleros libres; ha creado una inquisición y una capitación con la rigorosa exigencia de la cédula; ha reducido a prisión a cuantos trabajadores no tenían un peso fuerte para comprar una cédula; a los innumerables presos de ambos sexos que hormiguean en las cárceles, los ha obligado a trabajos que privan de los necesarios a la arruinada agricultura; el régimen del palo rige en las espaldas de los detenidos; mueren del trato cruel muchos de los presos; el espionaje es tenebroso señor de la Isla entera; la Guardia Civil es cada vez más insolente y más brutal; la miseria es cada vez más alarmante; la emigración de los puertorriqueños, cada vez más numerosa. Pero como los pocos españoles de la isla están contentos y ellos llamaron a Sanz, y éste ha prometido lo que no sabe ni puede dar, los pocos insultan a los muchos, los muchos devoran el insulto de los pocos, y la infortunada isla de Puerto Rico, que ha servido para todos los ensayos de comedias, empieza ahora a purgar la afición que demostraba a los sainetistas españoles.
Si tardará poco o mucho en expiar su incomprensible credulidad, no lo sabemos; pero que de ella saldrán arrepentidos los que crean posible burlar indefinidamente la dignidad de un pueblo, bien pueden atreverse a esperarlo los que sepan que las venganzas más ejecutivas son aquellas que más se han aplazado.
Nueva York, julio 13 de 1874.
Habiendo aceptado la tarea casi irrealizable de revivir La Revolución, el periódico histórico de los cubanos, estoy muy ocupado en estos días. No hay ni un centavo para hacer frente a las necesidades múltiples del periódico, ni un patriota que quiera por el momento contribuir a revivirlo, pues los que lo han hecho sólo por consideración a mí lo han hecho.
Las cartas que acabo de recibir de los refugiados puertorriqueños de Saint Thomas me hacen esperar la posibilidad de la revolución de Puerto Rico. Fui inmediatamente a ver a Aldama a quien pedí por la tercera vez que me prestara su crédito para conseguir los recursos militares, que necesitamos para llevar una expedición a Puerto Rico. Perdí mi tiempo otra vez. El Agente cubano continúa mirando la revolución como un simple negocio comercial cuyos gastos él no está dispuesto a sufragar.
Nueva York, domingo 26 de julio de 1874.
Hace un año, justamente un año, que jugué la felicidad de una noble creatura y la mía al azar de un deber imaginario. Un año después, me encuentro todavía buscando este deber del cual no conozco más que los sacrificios y los dolores. Lo que ha sido un deber para mí no ha sido para otros más que un negocio o una cuestión de pasión: nada pues más natural que lo que pasa. Los lazos que me ligan a los otros no siendo más que una abstracción, no pueden ser sólidos. La abstracción es la revolución, toda grandeza, idea, principio, justicia, dignidad, democracia, libertad, civilización, porvenir, a mis ojos; toda pequeñez, interés, egoísmo, pasión, presente, nada más que presente para los otros, en su mayoría. Yo sabía todo eso al alejarme de aquí en 1870, al recorrer el Pacífico, al detenerme en Chile, al encontrarme allí rodeado del respeto, la estimación, la benevolencia y el afecto de muchos seres dignos de mi afecto y mi respeto. Creí entonces que sería faltar a mi deber el contraer lazos que habían de hacerme feliz, pero que debían también ser un obstáculo casi insuperable al deber imaginario, y he recorrido la senda dolorosa que me quedaba por recorrer para llegar a la agonía de estos días tenebrosos en que no veo ni luz ni fin ni deber.
Jamás ha sido un deber para un hombre sincero, el ir de todo lo que hay de noble y generoso en la naturaleza, a todo lo más indigno y lo más bajo en la naturaleza humana. Combatir en Cuba, combatir en Puerto Rico, está bien: el ruido del combate sofocará la voz de los intereses y pasiones y el ideal siempre presente en el espíritu honrará las debilidades y justificará los errores. Pero, ¿cómo va uno a Cuba si esta gente hace todo lo posible por no enviar las expediciones?, ¿cómo ir a combatir a Puerto Rico si no hay un solo colono que esté realmente decidido a la revolución, y ésta no tiene otra oportunidad que la que pueda darle un movimiento súbito, irreflexivo? Quedarse aquí entre las sordas tempestades de la dignidad en lucha con la miseria y los furores de la indignación en lucha con los miserables, es imposible. He sufrido tan a menudo estas luchas interiores y las he sostenido tan violentamente, que no puedo temer caer en ellas, pobre víctima oscura; pero no quiero, no debo prolongar las horas de desesperación: la que me agitó sordamente anoche no podrá repetirse indefinidamente. Yo no haría más que prolongarla si yo no pusiera fin a la situación que la produce.
Esta situación no es insostenible por ser eterna (¡ya dura diez años!), por ser dolorosa, porque acabará por afectarme: es insostenible porque está basada en un hecho del orden social y en un hecho del orden moral que no deben (y éste sí es un verdadero deber) continuar embarazándome y haciendo impotentes las fuerzas positivas de que la naturaleza me ha provisto, y que yo he desarrollado por medio de la razón y de la lucha. El hecho social es mi pobreza; el hecho moral es el conflicto perpetuo entre mi ambición de gloria y mi pasión de bien. El hecho social me oprime. Un pobre no puede hacer nada: la pobreza lo separa de todo y de todos; tiene que estar siempre pensando en su dignidad siempre en juego; es desconsiderado, y juegan con él impunemente porque no puede vengarse. Es esta impotencia social, voluntariamente agravada con la benevolencia filosófica que yo pongo en mis relaciones con los hombres, a quien yo debo los dolores, las ofensas de que siempre y en todas partes he sido víctima.
El hecho moral me agota. Hace diecisiete años, desde que cumplí dieciocho, que estoy soñando con la gloria virtuosa; desde entonces inventé esta nueva especie de gloria, la más difícil de todas, escabrosa hasta no decir más, inaccesible como la cima del Aconcagua, que devora a sus propias creaturas como el dios simbólico de los griegos. A los dieciocho años yo tenía la forma literaria que un día, cuando yo la haya envejecido, comenzará a parecer nueva y absolutamente original; yo tenía un pensamiento profundo y nuevo; yo hubiera podido llegar a ser la sorpresa de España. En lugar de aprovecharme de ellos, pasé cinco años buscando un motivo bien virtuoso, hasta que se produjo Bayoán. Este libro no fue escrito para el vulgo, y no fue comprendido. Desde los doce años yo tenía una elocución fácil, abundante, arrastradora; era el embrión de un orador de fuerza. En lugar de ejercitarme en la oratoria, me puse a estudiar las relaciones del talento oratorio con la moralidad intelectual y sus influencias sobre la moralidad pública y no habiendo encontrado un solo orador que no fuera un sofista, un buscador, de popularidad, un débil que sacrifica la justicia y la verdad a la popularidad y a los aplausos, le cogí tal horror al talento de que yo hubiera podido ser una muestra brillante, que aun hablar en el seno de la intimidad es para mí una cosa difícil. No he sido orador sino cuando hubiera sido mejor no serlo; para romper con el Gobierno español en el centro de España. Fue un acto de virtud, pero era demasiada virtud para nuestro tiempo. A los veinticinco años adquirí con un acto de valor y de virtud el derecho de ser contado entre los políticos más influyentes del partido revolucionario de España. Hubiera bastado ser ambicioso, plegarse a los hombres, acomodarse a sus vicios, olvidar las grandes ideas o tomarlas solamente por su lado artístico. En lugar de hacerlo, me convertí en el censor solitario de todas las faltas que se cometían en contra de la justicia y de la libertad. Para hacerme un poderoso yo no hubiera tenido más que escoger la escena, el teatro, el medio. Hubiera podido quedarme en Madrid en donde todo estaba hecho para mí, en donde grandes acontecimientos prometían un gran renombre. Pero es más grande todavía sacrificarse a la justicia y puesto que la justicia estaba del lado de las Antillas, había que tirarse de cabeza en ella. Habiéndome posesionado del espíritu de la emigración en New York, yo hubiera podido convertirme en jefe y hubiera podido tener una influencia decisiva en la revolución. Pero en ella había anexionistas, y era preciso combatirlos; había vicios coloniales que el ejemplo de las virtudes debía matar, y era preciso ser ese ejemplo. Al combatir a los anexionistas, me hice enemigos poderosos. Al corregir los vicios, me hice calumniadores. Yo hubiera podido tener en la América latina la gloria que hubiera deseado, no tuve bastante fuerza para ser un poco menos catoniano y un poco menos útil.
Pero la ambición de esta gloria virtuosa está siempre royéndome el alma y no doy un paso que no sea en esa dirección. En realidad, no hago más que cometer errores, y por eso es que sufro como tal vez ningún otro ser humano ha sufrido jamás. Así, el sendero que recorro no conduce más que a esa gloria. Lo sé, lo veo con mis ojos. Pero toda acción es una necesidad para mí, toda gloria se ha hecho una necesidad y yo no pienso, cuando me recorro en mí mismo, de dónde podré sacar los recursos que me faltan, sin espantarme de la idea de estar siempre preparando mientras los otros están haciendo.
Nueva York, miércoles 29 de julio de 1874.
He recibido una carta de Brunet, uno de los dos compadres que tengo en Chile, el único país en donde he conocido un poco las relaciones usuales entre los hombres. La carta de mi compadre está fechada en junio, y es muy sensata; sabe de mi decisión de ir a Cuba o a Puerto Rico. Él, el general Prado, todos sus amigos y los míos reprueban mi resolución. Ellos creen que no son los hombres de principios sino los de guerra, de los que necesitan las Antillas, y que el momento de los hombres de principios vendrá más tarde: que mi deber es esperar ese momento; que yo no tengo el derecho de exponerme como un hombre cualquiera. Si esos buenos amigos supieran cuánto me ha costado la loca resolución, cuánto me cuesta, cuánto me costará, realícela o no, encontrarían acentos aún más persuasivos.
The Herald publica una carta de Aldama que es un documento suficiente para condenar a ese hombre como representante de Cuba. A pesar de su extensión, la carta se reduce a declarar que Cuba no puede esperar nada del Gobierno federal, y a pedir al The Herald el concurso de su influencia para hacer obrar la fuerza de la opinión pública sobre la inercia del Gobierno. Eso quiere decir que las gestiones de los representantes de Cuba no han dado resultado, que ellos engañaban cuando querían hacer esperarlo todo de Washington, que ellos no han, cumplido con su deber cuando sabiendo el interés real del Gobierno federal, ellos se han atemperado a él, en lugar de esforzarse por enviar recursos militares a Cuba.
Nueva York, Clinton Place, 110, agosto 7 de 1874.
Hace unos quince días, un hombre que no tenía la costumbre de venir aquí, subió a decirme, con todas las precauciones del secreto y todo el secreto de los grandes servicios, que un espía del Gobierno español de Puerto Rico se había introducido en nuestra casa de huéspedes. Esto me fue perfectamente indiferente, no teniendo la costumbre de ser muy comunicativo. En lugar de tomar las precauciones del miedo, me puse a reflexionar a que extremos puede el miedo conducir a los hombres, a qué injusticias guiarlos, qué desgracias para los otros inspirarles. Tanto por justicia como por menosprecio, me desentendí de la prevención que acababan de hacerme y he vivido como de costumbre sin ocuparme del denunciado. Pero esta noche me han mostrado un párrafo de La Independencia, el periódico de los cubanos, en donde denuncian al mismo hombre que se ha introducido en esta casa. Le he puesto más atención que de ordinario y mientras estábamos en la mesa le he observado. ¿Sabrá él que ha sido públicamente denunciado? No dije nada: pero viéndole menospreciado por todos, solo, embarazado, confundido, silencioso, ¡me he emocionado hasta el dolor! ¿Será él realmente lo que se dice? Cuando pienso en todo lo que uno tiene que ver, hacer, y sufrir que es triste o terrible para la naturaleza humana en esta vida de agitaciones revolucionarias, me siento disgustado de ella. Betances dice que yo he pensado como Mazzini al hablarle de los dolores que sufro con las relaciones que me impone la revolución. Aun después de muerto, Mazzini puede ser compadecido, y yo le tendría piedad si él hubiera conocido, como yo, que «lo peor que tiene la vida revolucionaria son las conexiones que impone».
Domingo, 9 de agosto de 1874.
Desde que recibí la carta de mi padre en que me habla de la última desgracia que ha caído sobre nosotros, la muerte de una de sus últimas hijas, de una de mis últimas hermanas; deseo consagrar una palabra a las virtudes, al martirio, a la vida dolorosa, a la muerte heroica de la pobre Lola. Fue la última que nació y reunía en su naturaleza física así como en su naturaleza moral, el carácter de nuestros padres. Rubia como mi madre, ella tenía la fisonomía de mi padre. Enérgica en sus pasiones como mi madre, ella era estoica en los sufrimientos como mi padre. Niña todavía tuvo la desgracia de querer imitar en todo a nuestra desgraciada hermana mayor Engracia, y aceptó los requiebros amorosos de un cuñado de Engracia. Ella se casó para convertirse en esclava. Pero su naturaleza no era de las que se someten por la fuerza, y pasó su vida de casada combatiendo con provocaciones temerarias las brutalidades de su marido y sufriendo como una mártir lo que ella llamaba «el deber» de sufrirlo. La historia de mi familia es espantosa: no hay más que dolor y sufrimiento en el presente, en el pasado, probablemente en el futuro.
Martes, 11 de agosto de 1874.
Anoche tuvimos un meeting de cubanos. Me han hecho el enorme honor de decirme y repetirme que era para oírme que se habían reunido. ¡Para oírme! Y era verdad. La curiosidad y el espíritu de novelería sustituyendo a la adhesión digna y sincera: están fatigados de todo lo que han visto, oído, hecho, desde que partí; nada más natural que ver y oír lo nuevo. Pero ni la menor manifestación de afecto. Fui al meeting sin la intención de hablar y no lo hice. Lo que hice fue más importante: notar cómo los tiempos, las cosas y los hombres son los mismos. No se habló. Se leyó un informe de Cisneros.
Nueva York, domingo, 22 de agosto de 1874.
Tengo miedo a la vida. Todo en ella me espanta. Los grandes y los pequeños hechos, los vicios de la época y de los hombres, los acontecimientos históricos y los individuales, la injusticia universal y la particular, la realidad de los pícaros, los miserables y los egoístas y la de los hombres honrados, los generosos y los desinteresados; la idealidad del todo intelectual, producto de imaginaciones enfermizas o de espíritus inexperimentados y la de las almas dignas que tratan de elevarse al bien por el pensamiento. Yo mismo, soy un constante motivo de miedo para mí mismo. Todo lo que era una esperanza se ha convertido en un fracaso; la inteligencia no me sirve para nada; el carácter no me sirve para nada; el amor al bien, a la justicia, a la verdad, a lo bello, no me sirven para nada; el amor a la humanidad no sirve más que para que me engañe todo el mundo; el amor a la patria no sirve más que para entregarme maniatado a los que fingen patriotismo, y para someterme al sarcasmo de los otros; el amor a la libertad no me sirve más que para preferir siempre y en todas partes mi mal al temor de hacérselo a la libertad; el amor a la justicia no me sirve más que para ser débil; el amor a la familia no ha sido más que una forma austera del deber; el amor al bien no ha sido más que el sacrificio de los seres queridos y de mí mismo.
Aquello en que todos los hombres capaces de hacer algo han encontrado su felicidad o su renombre o su poder, no me ha dado a mí más que desgracia, envidias o impotencia; jamás he sido tan impotente como en este instante. No tengo un centavo, no tengo un amigo, no hay un solo punto luminoso en el presente que veo o en el porvenir que preveo.
Me he equivocado y lo veo cuando no es tiempo de remediar ya mis errores.
Nueva York, agosto 24 de 1874.
Nueva York, Wanerley Place, 146, agosto 29 del 74.
Ya que el recuerdo se presenta por sí mismo, constatémoslo. Hoy hace justamente un año que salí de Santiago de Chile, con lágrimas proféticas en los ojos por largo tiempo no acostumbrados a verterlas. Desde entonces, el paréntesis de tranquilidad que tuve en ese querido país se ha cerrado tal vez para siempre.
Ya basta para el pasado, vengamos al presente. Ayer me mudé. He aquí por qué complicadas operaciones se efectuó este simple cambio. Tuve que traspasar mi crédito sobre España, de Buenos Aires, a Antonio Molina, quien ha firmado dos órdenes contra su banquero. En esa forma he recibido noventa y cuatro pesos por cien en oro. Muy contento y muy reconocido. Ahora, habiendo sido cogida por un chileno la casa que vivo y este chileno (que son los chilenos y Molina los que proceden humanamente conmigo) ha pactado que yo no pagaré sino en el momento de partir, este momento se hace doblemente ansioso para mí. No tengo trabajo, no tengo a nadie con quien contar, pues los que se me ofrecen no son ricos: ¿de dónde sacaré yo lo que necesito para hacer mi viaje y para pagar mis únicas deudas, las del hospedaje?
He aquí mi morada actual: un pequeño cuarto de catorce pies de largo por diez de ancho: una cama cuyo estrecho colchón de paja me recuerda a España; una cómoda; un lavabo; una silla de extensión. No tengo mesa de escribir y escribo sobre el lavabo después de quitar los útiles que hay encima de él. Cuando el chileno o Molina vienen, es preciso que uno de nosotros se siente en la cama: anoche vinieron Molina y Carlandi, y uno de ellos tuvo la complacencia de sentarse sobre mi baúl. En cuanto a alimentos, habrá que acostumbrarse: ayer, en todo el día no he comido más que un pedazo de beefsteack por la mañana y un poco de pescado por la noche.
La revolución armada va cada vez mejor en Cuba. Mientras más detesto a los ineptos de la emigración, más quiero y admiro a los héroes del campo de batalla. Ya no se habla de expedición; pero puede ser que ella se lleve a cabo más seguramente que bajo el control de Aldama, si es verdad que éste ha dejado su puesto a Aguilera. No sé nada pues estoy guardando la palabra que me impuse de no mezclarme en los asuntos de cubanos a menos que ellos no vengan a buscarme. Si nadie viene a verme, no voy a ver a nadie.
Nueva York, City Hall Place 37, 7 de septiembre de 1874.
Vivo de limosna. Si no fuera por Villarroel me hubiera visto forzado a quedarme en una pensión cuyo hospedaje yo no hubiera sabido cómo pagar. Sin trabajo; sin el dinero que me deben en la Argentina y con el cual contaba para subsistir; sin expedición. En este insostenible estado, si llego a no poder sostenerlo y, reconociendo mi impotencia, me retiro a un lugar cualquiera del mundo a reparar cuerdamente los errores que he cometido contra la realidad, se dirá: «Este fue un hombre inferior a su tarea, que no tuvo fuerza bastante para llevarla a cabo»; y yo habré hecho todo el bien que sea, no pudiendo; tantas acciones virtuosas cuantas un hombre puede hacer, y nadie en el mundo se dará cuenta de mis esfuerzos, de mis luchas, de mis dolores, de mis agonías, de mi disposición siempre igual al sacrificio y al olvido de mí mismo. Cualquiera que sea el porvenir, el presente es abrumador.
Detenido en mi resolución de ir a Venezuela o a Santo Domingo a intentar algo en favor de Puerto Rico, tuve que mudarme siéndome imposible a hacer frente a los gastos (nueve pesos por semana) que me imponía el hospedaje. Gracias a la operación financiera de que ya hablé, pude pagar a mi primera locataria, Mme. Griffon, Entonces acepté el ofrecimiento que me había hecho continuamente Villarroel y le escribí ofreciéndole discretamente, en cambio, mi trabajo. Sin embargo, la esperanza de un cambio me hizo variar de resolución y tomé otra casa de pensión. Pero Villarroel no cesó de ir a reclamarme el ofrecimiento hasta que al fin creí preferible deberle a él, un hombre de trabajo, de buena y sana voluntad, un hombre hechura de sí mismo, mejor que a cualquiera otro la hospitalidad de que tenía necesidad. Sabía todos los inconvenientes y no se me escapaban los que se derivarían de mi oferta de cambiar trabajo por habitación; y decidido a no hacer concesiones a mi generosidad, acepté venirme a casa de Villarroel.
Casa de Villarroel es una locución pretenciosa: él no tiene casa. Él es sencillamente arrendatario de un cuarto bastante grande en el más miserable barrio de la ciudad, es decir, muy cerca del célebre Five Points. Él arrienda el cuarto sencillamente, él no come allí... ni en ninguna parte. Este es el misterio y la grandeza. Este digno hombre de acción, del todo decidido como está a sacar un renombre de su representación oficial, como Agente corresponsal de la Exposición de Chile en los Estados Unidos, lo ha gastado todo para representar a su país. Así, lo que él me ha ofrecido y lo que yo he cambiado por mi trabajo es un cuarto bastante grande en que comenzamos ayer a hacer vida en común. He aquí el primer día de comunidad: poco después de mi llegada, a las ocho y media de la mañana, él me preguntó si quería desayunarme y contado con un peso y seis centavos que tenía en el bolsillo le invité a acompañarme a una fonda. Él me dijo que ya se había desayunado y salimos. Compramos ocho centavos de leche, ocho de pan, ocho de azúcar, ocho de galletas. Las galletas y el azúcar eran para festejar mi llegada. Volvimos al cuarto, yo con la garrafa de leche en la mano, él cargando con los paquetes de pan, azúcar y galletas. «He aquí -me dijo él- además, papas, mantequilla y dos melones». Estos, que él había comprado también para festejarme, costaron, me dijo él riéndose, cinco centavos. No titubeo en decirlo; soy ingrato; en presencia del desayuno extraordinario con que íbamos a festejar mi llegada, yo no pensé más que en el medio de poder contentarme con semejante desayuno. Como muy poco, y jamás he hecho sacrificios al estómago; pero siempre he tenido comidas racionales. Nada más irracional que aquella con que yo iba a ser festejado y tuve que hacer un esfuerzo para contenerme y poder desayunarme. Al fin tuve la fuerza necesaria y nos desayunamos.
Villarroel es un hombre que llegará. Cuan él desea algo, él no tiene cuenta a las conveniencias, al respeto, a la delicadeza, a nada; va derecho a su deseo. Lo que él desea principalmente es tener una solicitud de un privilegio de que él me había hablado y que tácitamente debía ser mi primera contribución. Le pedí informes para escribirle la solicitud, cuando encontramos que eran necesarios muchos datos. Él pensó que tal vez sería demasiado darme un desayuno de pan y queso por nada, y del modo más natural, como si yo acabara de aceptar el puesto de secretario, me mostró una carta por contestar. Mis cejas son naturalmente muy sensibles y el menor atentado contra lo que yo pienso delicado las fuerzas a plegarse. Ellas se plegaron y Villarroel vio que no era yo el hombre que se compra por un pedazo de pan y de queso. Pero yo debía pasar por alto esta pequeña violación de la delicadeza y escribí en un instante una carta de tres páginas. Él se quedó tan encantado que volvió inmediatamente a hablarme de la solicitud de privilegio en términos que tuve que reprocharle su impertinencia. Por lo que se ve que un cambio de habitación y de pan con queso por trabajo intelectual no deja de tener inconvenientes, tormentos e incomodidades.
City Hall Place 37, martes, 8 de septiembre del 74.
Ayer hice la solicitud que Villarroel deseaba tanto y es tal vez a eso que debo sus esfuerzos por serme agradable. Esto no quiere decir que hayamos tenido un banquete de Baltasar o que yo escriba con el estómago satisfecho. De ningún modo; pero soy sensible a los menores esfuerzos que se hacen en mi favor, sobre todo cuando han sido inspirados por un pensamiento delicado. A pesar de que somos tan sobrios como nos vemos forzados a serlo, comemos bastante pan, leche, mantequilla, papas, y es siempre una buena suerte el alimentarse «a la suiza» cuando yo podría no alimentarme absolutamente o deber mi alimentación a la paciencia de un hostelero cualquiera. Cuando pienso que tengo un techo bajo el cual mi dignidad está asegurada y que es un extranjero quien me lo ha ofrecido y me veo del todo abandonado por mis compatriotas, me siento más humillado de lo que mi orgullo quisiera, pero yo debo impedir a mi orgullo el hacerme injusto con un hombre, el único entre todos, que repara como puede las injusticias y la ingratitud de aquellos por quienes estoy reducido a este estado miserable.
City Hall Place, 37, septiembre 9 del 74.
He escrito dos cartas bien largas al general Prado y al Presidente Pardo. Estoy casi arrepentido de haberlas escrito. Como de costumbre, he estado demasiado sincero. En previsión del rumbo que los asuntos públicos han de tomar en el Perú con la llegada del general Prado y su nombramiento para la Presidencia de la Cámara de Diputados, y suponiendo que estando próximas las elecciones presidenciales, el General querrá o será forzado por la oposición a ser el candidato a la presidencia, le he escrito con altas miras al porvenir del Perú. A pesar de que mi alma tiene los más generosos deseos y testimonio el más vivo afecto a Prado, temo que mi carta pueda herir su amor propio. En mis relaciones casi íntimas con Prado he aventurado a menudo consejos que chocan con el proceder vulgar de lo que se llama la realidad, pero él siempre me ha prestado atención.
Lo que he dicho a Prado, lo repito a Pardo. Este es, de todos los poderosos que he conocido, aquel a quien debo más deferencias. Él ha hecho muchas cosas que yo le había insinuado. Uno y otro, General y Presidente, se sorprenderán probablemente de la súplica con que termino mis cartas: «He sabido que el Perú va ayudar a Cuba con un subsidio de un millón de pesos; haga que me den doscientos mil para la revolución de Puerto Rico».
Creo que el único modo de ser útil a las ideas y a los pueblos es levantar los hombres a la discusión de su deber, más que bajar con ellos a la negociación de sus intereses. Hay en ello, es verdad, un resultado para mí que no por ser lejano deja de ser menos glorioso: «Él tenía razón; el camino que él indicaba era el mejor por seguir»; pero ¿qué tengo yo que hacer con el porvenir si es el presente el que yo debo aprovechar? Lo sé: si alguna vez se publican mis cartas a Pardo, Prado, Sarmiento, el general Mitre, Ibáñez, Matta, los representantes de Cuba en Nueva York y a cualesquiera otros de los a quienes he hablado del porvenir, se dirá que yo he sido siempre el mismo; si alguna vez se llegan a saber los esfuerzos, los dolores, los sacrificios de amor propio que he hecho por hacer útiles a la América latina y por hacer buscadores de porvenir a todos los con quienes yo he estado ligado por la fraternidad de la patria o por la semejanza de las ideas o por la comunidad de tendencias hacia el porvenir de la raza latinoamericana, se sabrán mis esfuerzos americanistas.
City Hall Place, 37, septiembre 11 de 1874.
Eduardo de la Barra y La República han sido los primeros en hacerme llegar de Chile, después de mi regreso a Nueva York, las palabras más estimulantes. Después llegó la única carta que he recibido de Guillermo Matta, en respuesta a las gracias que le di por su hermosa poesía En las montañas, que él me dedicó. Matta es chileno, así, es frío. Sin embargo, él dice «pocos, muy pocos hombres he conocido que merezcan esa íntima confianza, y Ud. ha sido para mí el más notable de esos pocos»... «Nosotros lo seguimos como un ejemplo magnánimo y si Ud. cae vencido, caerá como los héroes; y los que en ellos admiramos a la humanidad enaltecida y regenerada podremos agregar un nombre más a esa historia santa de la civilización humana».
Uno de los hombres menos comprendidos que yo he encontrado en mi camino, lo hallé en Buenos Aires. Es un chileno, Alejandro Carrasco Albano, cuya admirable benevolencia y la extraña combinación de frialdad en las relaciones usuales de la vida con el calor más poderoso y la más fácil abnegación en sus relaciones con lo que él creía excelente, me lo han hecho querer. Creo que es el hombre de quien he recibido más pruebas de afecto y de respeto. Llevó tan lejos uno y otro que una noche en el banquete de despedida que me dio Mitre, Carrasco no vaciló en decir que yo había sido el único hombre digno de afecto y de respeto que él había encontrado. A lo que repliqué yo con tal dureza, con tan ruda sinceridad que tuve en perspectiva la enemistad del noble amigo. Le escribí desde el Brasil tratando de hacerle comprender mi actitud de aquella noche y es a esta carta de abril, recibida por él, a su regreso a Chile, en el mes de julio, que él contesta. Él me hace saber que no es el único que me estima en Santiago, y escribe: «Anoche leíamos en casa de sus buenos amigos A. Montt y su señora las melancólicas y un tanto lúgubres efusiones de su carta y juntos nos condolíamos de sus contratiempos y penalidades, lamentando el cruel destino que imponiéndole a Ud. una vida de incesante sacrificio, lo ha obligado a renunciar a la dulce paz grata a su alma y a las puras delicias del hogar para las cuales parece haber nacido su naturaleza eminentemente buena y afectiva...». «He visto con sumo placer que acá lo recuerdan mucho sus numerosos amigos, entre los cuales he encontrado algunos que están a la altura de mi entusiasmo».
Y he aquí lo que soy. Estas dos cartas tienen más fuerza en mi alma, que toda la conducta grosera de los que debieran venerarme. Y para tener siempre de mi parte, muerto o vivo, esos dos espíritus generosos, haré más bien que el mal de que me encuentro capaz de hacer para responder al mal con el mal.
City Hall Place, 37, septiembre 14 de 1874.
El domingo comenzó mal: al medio día recibí una carta de mi padre. Fue uno de los días más dolorosos que he pasado aquí. La carta de mi padre sobre todo me produjo una impresión terrible. Es nada menos que una acusación categórica tanto más sutil cuanto que está moderada por los más nobles escrúpulos. No quiere acusarme; pero me acusa. No quiere disuadirme de una empresa que por desastrosa que haya sido para nosotros y pueda ser aún no deja de estar fundada en ideas que honran al ser humano; pero son desastrosas, y el pobre viejo no puede pensar en ellas sin desesperarse. Es esa desesperación lo que constituye mi acusación. Yo me siento buen hijo y un buen hermano; mi padre mismo me dice en esta carta que mi amor a la familia ha llegado algunas veces hasta la sublimidad, pero no es menos verdad que el deber de familia ha sido borrado en mí por la locura de la independencia política de mi país. Esto podrá parecer en el porvenir tan heroico como se quiera, pero yo no puedo pensar en ello, constatando el resultado de mis esfuerzos, sin un remordimiento que se hace tanto, más intenso cuanto que mis sacrificios son inútiles. ¿Pero qué puedo hacer? El castigo de mi conducta excepcional está en el excepcional atolladero en que me encuentro. No puedo volver a Puerto Rico. No estando allí, todo lo que podría desviarme de mi destino me compromete por siempre. Pues si para estar cerca de mi padre y mi hermana tengo que ir a Puerto Rico, no pudiendo ir sino con las armas en la mano, estoy obligado a cogerlas para comprar el derecho de tener un padre y una hermana. Cualquiera que sea la razón en que mi padre ha basado su decisión de no salir de Puerto Rico, no puede ser más poderosa. Él es pobre, y tiene que conservar para mi hermana lo poco que ha salvado de nuestra ruina; él lo perdería todo si saliera de nuestra isla; está demasiado viejo para comenzar a trabajar como tendría que hacerlo si emigrara. He hecho el mal deseando con toda mi conciencia hacer el bien.
Nueva York, viernes, 18 de septiembre del 74.
Llueve. Hace cuatro días que está lloviendo incesantemente. El otoño se ha presentado de un golpe, precediendo de cerca al espantoso invierno. El cielo está oscuro, la atmósfera húmeda, el aire frío. Pienso en el invierno y viéndome sin trabajo y sin recursos, pienso con estremecimiento en los días por venir. Por eso es que al abrir los ojos, al despertarme, ya estaba triste, prevenido contra la contrariedad.
Pero hay todavía un motivo más para mi tristeza. Hoy, 18 de septiembre, es el día en que los chilenos celebran el aniversario del nacimiento de la patria chilena. Es hoy cuando ellos dejan de lado su gravedad, su carácter frío, antieléctrico. Es hoy cuando ellos se convierten en los hombres más alegres del mundo y exteriorizan todo el amor que tienen a su noble y joven patria.
Hace dos años participé con toda mi alma americana en los recuerdos heroicos de una patria americana, y, por la primera vez de mi vida, supe lo que era divertirse. Fue un tal día como hoy, en ese alegre 18 ya pasado que se ha hecho tan triste, cuando tuve algo así como el presentimiento del carácter especial que tenía para C. el afecto fraternal que yo sentía por esas queridas hijas del señor L. Yo estaba, como es mi costumbre entre señoritas, tan ligero y tan frívolo como me parecía necesario para hacerme soportable y para no tener el tiempo y la reflexión necesarios para fijar mi atención en un bien que no me era permitido. Ella no sabía entonces, yo mismo no sabía que la amaba. Con ella, como con sus queridas hermanas, como con todas las señoritas que he conocido de cerca o de lejos en mi peregrinación, he observado austeramente mi regla de abstención y de respeto. La divisa era difícil, pero yo trataba de ser digno amando a todas las mujeres sin querer a ninguna, haciéndome útil a todas sin llegar a ser interesante para ninguna. Con ella y con sus hermanas, mi conducta fue aun más severa, pues el señor L. es uno de los hombres que he amado más y uno de los pocos que he admirado. Desde la primera vez que vi a C. en el teatro, su aire serio y su severa belleza me cautivaron. Pero nunca, ni aun por política, empleé una sola palabra que pudiera expresar mi sentimiento. A menudo, cuando las niñas y yo estábamos de confidencias, ellas me preguntaban cómo era posible que yo no me hubiera casado, y yo les contestaba sencillamente diciéndolas que un hombre consagrado a una idea no debía exponer a una mujer a su vida azarosa, y acariciándolas con una mirada casi paternal, yo las decía sonriendo: «Pero si yo pudiera reducirlas a Uds. todas a una sola...». Ellas se reían de buen humor exclamando: «Qué buena manera de no decidirse por ninguna». Yo estaba bien decidido. Pero, ¿de qué modo hacer posible una situación terrible, tal como la creada por la obstinación de mi pensamiento dominante? Pero aquel día, contento como yo estaba y deseando trasmitir a las queridas niñas mi alegría, fui cogido desprevenido por un sentimiento que domino mucho menos que el amor: los celos. Yo había llevado conmigo algunos jóvenes amigos, y entre otros un doctor procedente de la República Argentina. Este se enamoró de ella con amor de un día: que duró lo que duraron las fiestas. Conociendo a mi hombre e indignado al pensar que él pudiese ofender a C., a su familia y a mí que lo había presentado a ellos, con un afecto volandero, hice todo lo que pude por oponerme y lo logré tan bien que pronto me sentí libre de mi rival. No fue un rival a quien yo tuve que combatir.
Llueve y seguirá lloviendo. Es bien triste este recordar un día que fue alegre para mí y que siempre será alegre para gentes que amo y para un país en el cual he creído que la vida podía no ser un dolor. ¡Alegría a los alegres! ¡Feliz aniversario a la patria chilena!
Nueva York, 19 de septiembre del 74.
Voy a ver todo lo que he perdido y por qué. Clasifico por facultades y por estados de vida. En mis afectos: mi hermano mayor, 1853; mi abuela, 1857; mi abuelo, 1858; mi hermano Adolfo, 61; mi santa madre, 62; mi muy digna hermana Eladia, 62; mi hermano, amigo y compañero de infancia Carlos, 63; mi querida hermana Engracia, 70; mi hermana Lola, una heroína del amor maternal, 73; mi amigo y guía M. Ortega, 1853; el mejor de mis amigos y el que determinó en, mí la crisis moral más grande, Bedford Souffront, 1855; Cortón, el hombre que ha producido las influencias más extrañas en mi carácter; Adolfo, el querido negro de nuestra casa a quien debo por su reconocimiento el servicio de haber desarrollado todo el odio que tengo desde mi infancia a la esclavitud.
En mi inteligencia: la memoria de palabras; la atención continua; la imaginación sonriente; el espíritu; la palabra brillante.
En la voluntad: los deseos obstinados; la resolución pronta; la potencia de todo mal; la determinación basada en el instinto de conservación.
En la conciencia: el principio de conservación individual; todo sentimiento egoísta de la personalidad; el sentimiento del amor orgánico y pasional; el sentimiento de los deberes instintivos y sociales que no tienen origen visible en la razón; la idea del mal necesario; la idea de las relaciones sociales; la idea de la influencia intelectual; la idea de los medios para elevarse entre los hombres; la idea de toda convención artificial; el deseo de la gloria; las ambiciones que triunfan; las virtudes brillantes; los vicios persuasivos; toda deferencia a la opinión de los hombres; toda fe; toda esperanza.
En mi vida solitaria: el hábito de reflexionar; el carácter de pensador.
En mi vida social: todo. En ella he perdido el tacto, la prudencia, la circunspección, el don de ser agradable, el carácter de hombre social.
En mi vida de relación: todos mis amigos; todas las mujeres que hubieran podido amarme, dirigirme, sostenerme, hacerme feliz, hacerme desgraciado, hacerme conocer una parte del movimiento de la existencia.
En mi vida intelectual: la estimación y respeto a la inteligencia, la ambición de serlo todo por la inteligencia, el amor a las letras, el placer de cultivarlas.
En mi vida moral: casi todos los resortes que la hacen soportable.
Nueva York, domingo, 20 de septiembre del 74.
Comienzo a ponerle cuidado a mi tristeza. Naturalmente, ella está basada en mis sufrimientos morales y agravada por mi situación social, por mi impotencia política, por la pobreza, la soledad, el abandono y la desesperación de la falta de acción. Así, es natural que el recuerdo de Chile, de sus fiestas nacionales, de mis amigos, de todo lo que he querido y estimado allí, me cause un dolor punzante. Es natural que el recuerdo del Perú, en donde amigos poderosos hubieran estado muy contentos de tenerme en su devoción y en donde yo hubiera podido serlo tratando ellos de servir lo que yo predicaba como bueno y necesario para la América latina, me cause un dolor profundo. Es natural que el recuerdo de la República Argentina, en donde gocé de los azares de la notoriedad, me sea doloroso. Nada más natural que una tristeza sombría cuando pienso en mi padre y en mi hermana, en el hogar abandonado y en la patria que temo no volver a ver. Nada más natural que una tristeza embargante cuando mezclo el recuerdo de Cara al de Colombia, el recuerdo de Nolina al del Perú, la memoria melancólica de Carmela a la de Chile. Que todo lo que por un motivo u otro excita una buena pasión, una esperanza, la memoria de los años activos de mi vida, produzca un abatimiento muy natural: que tal canción que oí aquí cuando creía amar a Cara; que el resonar de la canción criolla que a Nolina y a mí nos gustaba; que la Stella en que se fijan mis más queridos recuerdos de Carmela; que la marcha de los jíbaros que evoca la pasión arraigada a mi patria; que lo que veo, que lo que sueño en mi soledad impuesta me haga sentir angustias, es natural. Es natural aún que me sorprendiera anoche, al decir adiós a Villarroel, impresionado hasta el dolor. Pero, es natural que a los treinta y cinco años, en toda la fuerza de una virilidad estoicamente sostenida, en toda la fuerza de una inteligencia cuya prueba es su salud, esté yo sometido a estos continuos accesos de dolor. Yo me he ufanado de las derrotas que he sufrido en mi vida, pues una vida no es fuerte sino cuando se ha consagrado a conquistar su ideal por sencillo que sea. Por inaccesible que sea, mi ideal no ha dejado de ofrecerme actividad y movimiento. Si yo no me muevo, ¿cómo puedo estar contento de mi vida y de mí mismo? Ciertamente, yo no me muevo, porque no puedo hacerlo, porque estoy alejado de toda ocasión de experimentar mis fuerzas; pero, ¿he intentado yo todo lo que podría intentarse para ponerse en movimiento? Estoy bien decidido a no vengarme de los que me han hecho mal, de los cuales yo no pierdo mi tiempo en quejarme. Cualquiera que sea la parte que los hombres tienen en el éxito de nuestra vida, somos nosotros quienes respondemos de nuestra existencia. La mía es muy dura, muy amarga, muy infecunda, muy martirizada. ¿Será la voluntad de los otros o la mía lo que ha producido este resultado? Aun confabulándose contra mí, todos los hombres juntos no hubieran podido producirme desolación mayor. Ellos hubieran podido colmarme de males. Pero no hubieran podido hacer de mí lo que soy. Lo que soy es la razón de mi mal. Trabajando donde pueda ser útil a los hombres, yo volveré a ser lo que he podido ser. Puesto que eso parece imposible en tanto yo no tenga el último motivo para romper mis relaciones con los revolucionarios de farsa, ¿por qué no encuentro yo ocupación fructuosa para mi inteligencia? Hay que buscarla. Es preciso no dejarse caer en la atonía. Es preciso no debilitarse en la ensoñación y el dolor.
Nueva York, 26 de septiembre del 74.
A lo que parece, la expedición militar para Cuba partirá al fin. Así, todas las angustias de la inacción van a acabar para mí. Cuando esté allí será la hora de arrepentirse si me dan motivos. Por de pronto, sólo tengo motivos para estar contento y para desear que la expedición salga lo antes posible, pues ya estoy decidido a no esperar más. Hace quince días Aguilera me aseguró que partiríamos en un mes. Ese mes terminará del doce al catorce de octubre. Esperaré hasta entonces y puede ser que espere aún algo más si hay probabilidades de que la espera sea útil. Pero si resulta inútil hasta el esperar el mes y puedo aprovechar de alguna ocasión que se presente para satisfacer los deseos de mi padre, lo haré.
Nueva York, Bedford St. 41, noviembre 2 de 1874.
He cambiado de posición en mi lecho de dolor. Desde hace algunos días, estoy «en mi casa». Una calle muy corta que no tiene salida directa a las grandes vías de la ciudad; un cuarto muy pequeño en una casita también muy pequeña; independencia total, no más inspección y constreñimiento continuos.
Pago dos pesos a la semana por el cuarto y veinte y cinco centavos al día por una, pobre comida, y tengo dos lecciones de francés que me producen cinco pesos a la semana. Tengo bastante frío, pero no con qué preservarme de él. Comienzo a ver d'un oeil farouche la miseria que he provocado con mi altivez desde mi adolescencia. Comienzo a ver los efectos de una abnegación indiscreta.
Bedford St. 41, noviembre 11 del 74.
No pudiendo el discípulo pagar más que una lección a la semana, ya no recibo más que dos pesos y medio, de los cuales doy dos a la dueña de la casa por el cuarto, y ya no tengo más que pan, café, mantequilla y una pasta fría para comer.
Hace algunos días recibí una carta muy corta en que me decían: «Reciba Ud. esta fineza de un: Hermano». Y el querido hermano me envió bajo el sobre veinte pesos. Pero yo soy demasiado orgulloso y como pude averiguar quién era el querido hermano inesperado le escribí algunas palabras devolviéndole su dinero.
Desde que veo a qué extremos de indignidad he tenido que descender para conocer bien la de mis amigos y cooperadores; desde que veo perseguidas en mí todas las fuerzas que yo había creído las de la virtud; desde que me bajo y me bajo aún más y me bajo siempre para alcanzar, sin llegar a ellas, las pequeñeces inaccesibles de los hombres de mi tiempo y de mi rededor, la cólera me domina. Pero no detona, y la tempestad sin truenos no espanta a los hombres. No he escrito una palabra que no haya sido envenenada por el desprecio. Estoy bien lejos de los tiempos candidos, los tiempos sublimes, en que yo me había elevado tanto que toda pasión que pudiera sospecharse de maldad o de venganza ante mi antigua señora la razón, me estaba prohibida por ella. Ahora, comienzo a hacerme bien fuerte ante los hombres, bien débil ante mí mismo, enamorado como estoy siempre de mi antigua señora, comienzo a consentirme el desprecio, Pero la virtud de las vírgenes, la timidez, es y será siempre mi virtud. He tenido que serlo, soy tímido. La responsabilidad de las grandes ideas, el temor de convertirme en su enemigo queriendo estar más decisivamente en su favor, el horror de descender al nivel de aquellos que yo quisiera flagelar, el miedo a la calumnia, tanto más poderosa a mis ojos cuanto que ella es la más inseparable compañera de todo lo bueno que yo he intentado, el espanto de una resolución que pudiera hacerme inútil a las ideas y al ideal de mi vida, he ahí otros tantos motivos para la tempestad sin trueno, para el desprecio sin resultado.
Algunas veces trato de alentar el sentimiento de mi impotencia, repitiéndome que a los hombres les gusta hablar de ella cuando no han podido llegar al fin que se proponían.
Bedford St. 41, diciembre 11 de 1874.
Aguilera vino a verme el 26 de noviembre. Me aseguró que estando todo terminado, partiríamos en todo el resto del mes. Me ofreció cien pesos que yo rehusé aceptar tantas veces cuantas él repitió el ofrecimiento. Hasta tuve un movimiento de cólera contra los que han podido hacerle creer que yo aceptaría dinero. Dos de ellos, que supieron que yo había rehusado aceptar el ofrecimiento, vinieron a decirme que había hecho muy mal «pues no era un regalo que se me hacía, sino el medio que se facilita a todos los expedicionarios para proveerse de equipos y de armas». Decidido a no recibir nada de los cubanos, no me arrepiento de no haber aceptado el ofrecimiento de Aguilera. Pero, pregunto lleno de angustia, ¿de dónde sacaré el dinero necesario, aún para ir a Cuba? Según las últimas noticias de Buenos Aires, el dinero que me deben allí deberá llegar en el barco del día 20.
Mientras tanto, las noticias que llegan a mi retiro parecen ser favorables a la pronta partida de la expedición, y mientras más razones personales tengo para desistir de comprometerme en ella, más creo que debo ir a Cuba, más decidido estoy, más deseo ir allá, con más alegría pienso en ello.
Para presentar los motivos en contra, no tengo más que contar sencillamente la historia de los últimos días. Después presentaré los motivos racionales que me aconsejan la ejecución de mi pensamiento y mis deseos.
Habiendo insistido vivamente Aguilera, por sí mismo y por su familia, en que fuera a verle, lo hice algunos días después. Habiéndome encontrado en su casa con uno de los patriotas que han combatido en Cuba, y que yo no conocía, y con otro que yo conocía, hablamos del estado de la revolución y de la vida y de los accidentes del campamento revolucionario. Lo que se dijo allí me hizo ver, en primer lugar, por cuán poca cosa entra el patriotismo en los cálculos de los que piensan comprometerse en esta expedición. En seguida, qué difícil prueba debe ser para un hombre como yo el espectáculo de una pequeña sociedad toda militar en que la salud de la patria impone deberes disciplinarios tan bárbaros como los cumplidos por el patriota a quien yo no conocía. La disciplina de la fuerza, séame impuesta directamente o sea impuesta delante de mí, a los otros, ¿la resistiré yo, que he pasado toda mi vida odiándola, combatiéndola, purificando mi carácter moral e intelectual de todo empleo de fuerza? La falta de ropa presentable así como de dinero, me impiden presentarme en ninguna parte y he tenido que recluirme totalmente.
Nueva York, diciembre 12 del 74.
Vicente Mestre ha venido a verme. Desde que hice el viaje a la América latina, que en 1870 apellidaban de ridículo cuando yo proponía que enviaran allá dos agentes revolucionarios, y desde que he demostrado con calor cuán dignos son esos países de estimación y de afecto, muchos patriotas tratan de retirarse a los países latinoamericanos.
He recibido el dinero de Buenos Aires, lo he pagado todo y me he quedado con algunos pesos para comprar alguna ropa de la más pobre para embarcarme en la expedición.
Con el dinero vino una carta de J. M. Estrada, muy noble y muy sensata, en que él me ruega vaya a tomar parte en los trabajos profesionales de la Universidad de Buenos Aires. Lo había rehusado allá, lo he rehusado otra vez. Si es una fatalidad la que me empuja siempre, es al menos una fatalidad lógica, pues en donde quiera que me conocen he tenido la satisfacción íntima de que vean que persevero todo lo que puedo en mi tarea espantosa.
Diciembre 20.
No hay probabilidad de la partida de la expedición. Los que me han dicho siempre que la expedición no partirá, continúan repitiéndolo. He oído decir a algunos cubanos que la farsa de la expedición comienza a ser criminal, pues hay muchos patriotas desprovistos de recursos que han venido a Nueva York expresamente a embarcarse y que se han quedado abandonados, sin saber de qué o cómo vivir. He pensado en mí mismo y me he dicho que yo he venido de mucho más lejos y que he pasado nueve meses preguntándome: ¿De qué o cómo se vive?
Diciembre 21.
No hay probabilidades de partida de la expedición. Arnau ha venido a decirme que partirá sin duda; pero ni una palabra de Aguilera, pero ni una palabra de Queralta para ponerme en estado de presentarme militarmente.
Diciembre 22.
Se dice que muchos de los refugiados que pensaban enrolarse en la expedición y en la guerra han partido para la Habana no pudiendo soportar más la miseria y la inercia. Es un hecho que han constatado muchos cubanos indignados por esa defección. Cuando me lo dijeron, no pude creerlo; pero es un hecho. No he podido menos que comentarlo con expresiones muy duras. Pero, patriotismo a un lado, aparte las virtudes heroicas que yo me inclino demasiado a pedir a estos pobres colonos ¿no es natural que ellos prefieran volverse a sus casas a quedarse aquí sin hacer nada, a morirse de hambre, de cólera, de impaciencia, siempre engañados? Cuando se nos dijo que los españoles se proponían dar una amnistía, mi pluma fue la única que contestó. Fue una protesta tan ardiente como necesaria; pero lo hice más por temor al estado de desorganización de los cubanos refugiados que por cólera contra la intención moral del Gobierno colonial. Mi temor, aun antes del decreto de amnistía, que no ha salido aún, comienza a realizarse. Esto quiere decir a la vez, que el descorazonamiento comienza a invadir las filas de la emigración y que la incapacidad de los directores de los negocios cubanos en Nueva York contribuye con la desorganización, y con la mala fe, al descorazonamiento de los cubanos.
Diciembre 23.
Ni una probabilidad, ni una palabra de la expedición. Sin embargo, mientras más me obstino en esperar, más motivos tengo para desesperar. La conducta oscura de los que los rodean concuerda con la de los directores, por lo que no es de extrañar el desorden de la emigración cubana. No sólo en el último barco sino en todos los precedentes, una muchedumbre de cubanos ha partido para la Habana. Un cubano, de los más ardientes, me decía con cólera: «Si quiere convencerse, señor Hostos, vaya a la agencia de vapores y pida un pasaje para la Habana: no hay ni uno». Esto quiere decir que la égida continuará de más en más, equivale también a asegurar que la falta de fe en los directores aumenta entre los cubanos. El hecho es terrible, y su causa dolorosa, y comienzo a pensar que es mi deber decirlo.
Diciembre 24.
He recibido cartas preciosas de mis amigos de Curicó. Es mi única verdadera alegría desde yo no sé cuanto tiempo.
Pero la expedición no sale: ni una probabilidad, ni una palabra, ni una razón para esperar. Ausencia y silencio de Aguilera. Silencio de Queralta. Ausencia y silencio de todos.
Diciembre 25.
Ni una palabra, ni una esperanza.
Diciembre 26.
Hoy se cumple el mes últimamente fijado para la partida de la expedición. Pero ni una palabra de Aguilera. Sin embargo, uno de los redactores del Correo de Nueva York ha alimentado mi esperanza diciéndome que la expedición saldrá «dentro de quince días». Lo de siempre.
Si mi vida no ha sido lo que hubiera podido y debido ser, ha servido para ilustrar con un nuevo ejemplo la incompatibilidad de la conciencia y de la realidad; pero puede ser que yo pueda lo que hablando de su obra Present state of Social Science dice, y yo acabo de leer emocionado, este noble americano Hamilton, un valiente y digno trabajador del pensamiento: «...una obra muy por encima de la comprensión de las masas, del todo inapreciable para la generalidad aun de los estudiosos, y que ni aun tiene la esperanza de la más pequeña consideración excepto de los pocos, de los muy pocos, que más esencialmente constituyen el mundo del pensamiento -el mundo verdaderamente filosófico- el uno en un millón»
. La cita que acabo de hacer; el placer que he tenido leyendo esta hermosa obra y de sentirme digno de estar de acuerdo con un noble pensador, un bienhechor desconocido de los hombres; el hecho mismo de emplear mi soledad, mi aislamiento y mis tristezas en alejarme de los miserables, en compañía de los que han consagrado su vida a la verdad y al bien, mi modo de emplear los últimos días que he de pasar probablemente en Nueva York y tal vez en el mundo, todo prueba cuánto debo desacordar con los colonos para lanzarme de cabeza en un sendero que, a pesar de mi lógica, yo no estoy educado para seguir. ¡Voy a la guerra, sin conocer ni el uso de las armas de fuego, y en lugar de instruirme en él, leo filosofía social, escribo artículos de propaganda para que los antillanos amen la América latina y trato de dejar en páginas escritas sin pasión la relación de mi viaje a las repúblicas bien amadas!
Esos queridos amigos de Curicó tienen un instinto profético al llamarme. Saben bien que un hombre como yo no puede sino morir en la demanda. La demanda está en el campo de batalla, éste es la realidad, y yo no sirvo para ella. Carlos, Adelina, su madre, sus hermanas tienen razón; mi padre, Rosa, este querido Molina, todos los que me quieren tienen razón al pensar que yo estoy descarriado; quisiera oírlos, ir a Chile a vivir apaciblemente haciéndome útil a todos y sobre todo a los que no me han abandonado en mis angustias, como esos queridos y buenos amigos del Romeral; pero ¿de qué sirve la vida si no es lógica? ¿Soy yo un vividor, vivo yo al día, o tengo yo un propósito que es preciso al menos tratar de cumplir?
Nueva York, diciembre 27 del 74.
El querido Molina vino hoy a traerme un telegrama del Herald en que se habla de los preparativos de la expedición y de los del Gobierno colonial para impedirla. «¿Partirá Ud.?» -me preguntó él con expresión de descontento. «Ciertamente. Pero... Morir no es más que acabar».
Es verdad, si yo estuviera en circunstancias racionales, sería muy racional pensar un poco en las probabilidades de un paso que puede terminar en una muerte inútil, ociosa y hasta criminal, pues es un crimen el privar a mi padre y a mi hermana de un apoyo seguro, y a una vida de su desarrollo natural; reflexionando en la conducta de los cubanos y puertorriqueños para conmigo, es una tontería buscar la muerte. Pero la lógica ante todo. Dados los antecedentes, la consecuencia no puede ser otra que la acción definitiva. Esta no sería sino muy agradable si hubiera sido más pronta y me hubiera evitado los terribles dolores que he sufrido en esta segunda espantosa emigración de Nueva York. Sin embargo, lo que me ha enseñado no ha sido inútil y lo aprovecharé si llego a pasar el Rubicón.
Me han traído hoy los zapatos a propósito que mandé a arreglar para el combate. Son los mismos con que hice mi viaje a la Araucania, la más noble tierra que he pisado jamás, pues fue la única que los conquistadores no pudieron subyugar. Con esos zapatos, impregnados ele la esencia de la tierra más valiente, ¿se puede huir?
Nueva York, diciembre 30 del 74.
J. M. Mestre ha venido a pedirme artículos para su semanario ilustrado. A lo que parece, mi renombre está alcanzando hasta los colonos. Una gran victoria, sin duda: en 1869, vine solo y a pesar de la conjuración de pequeñas pasiones literarias y políticas acabé por imponerme. En el Perú, en Chile, en la Argentina siempre desconocido, siempre solo, siempre aislado, llegué a hacerme un nombre. Una gran victoria: después de once años de publicidad casi incesante, comenzada «por donde pocos acaban» (palabras auténticas de una carta que se refiere a mi Bayoán); después de once años de guerra de silencio contra mí por los literatos de España, de las Antillas, de la emigración cubana, del Perú, de Chile, de la Argentina, me declaran tácitamente, una máquina para hacer artículos gratis et amore, y estos queridos hermanos en la patria, estos excelentes amigos, estos co-partidarios, estos co-víctimas, estos cooperadores son bastante bondadosos para creerme capaz de escribir para su propio bien. ¡Yo soy tan bueno!, ¡tan sincero!, ¡tan generoso!, ¡tan pródigo!; ¡tal vez tan cándido!, ¡tal vez tan tonto!, que ellos no temen ser desatendidos.
Empezando por Bas., a quien yo no conocía, pero que tenía tan alta estimación por mí que no vaciló en venir a ofrecerme una prensa, tipos y tinta para hacer un periódico no más grande que una hoja de papel. Escribí, escribí, escribí y el hombre generoso acabó por pedir y obtener del pobre Molina doscientos pesos, el precio de su prensa, sus tipos y su tinta. Después toca el turno a Arnau, cuya Revolución no ha vivido sino por la vida que tal vez le han dado mis trabajos. Después vienen Cadalso, Armas, Céspedes: desde la época en que su semanario estaba en poder de un desconocido, que no me había pedido nada, y al cual yo enviaba mis artículos porque quería hacer conocidas a mis queridas repúblicas del sur, esos artículos tienen un lugar de preferencia: ahora, todo sitio parece bueno para ellos. Hoy viene el turno de J. M. Mestre. Él había sido, es preciso decirlo, el primero en ofrecerme su publicación, pues es muy político el querido amigo, pero tuve que escribirle agriamente a propósito de un artículo en que consintió que me pusieran frases que mi literatura desdeña y desde entonces no pedía artículos. Pero el publicado últimamente sobre Carlos Guido Spano ha tenido la fortuna de complacer, y Mestre ha vuelto muy políticamente a pedirme algunos trabajos «que él ha apreciado siempre muy altamente». Por verlo, le dije que me admiraba verme tan buscado y tan poco pagado, y él me contestó que la empresa no marcha bien, pero que va a ver...
Soy un hombre que trabaja más que cualquiera otro, que trabaja siempre, que escribe cartas a La Tribuna de Buenos Aires, a La República de Chile, artículos para La Revolución, para El Correo; un hombre cuyo nombre y cuyos escritos están por todos lados y que no tiene de qué vivir, ni renombre ni aún el reconocimiento de los hombres y los pueblos a quienes sirve con tan completa abnegación. ¿Reconocimiento? La República, de Chile al publicar las primeras cartas que yo le dirigí espontáneamente, con la mejor voluntad y con la intención más patriótica, anunció la publicación de las cartas en un parrafito en que decía simplemente que ellas serían acogidas «con la misma benevolencia» que los grandes escritores, pensadores, sabios, periodistas, políticos, estadísticos de Chile otorgaron «a los artículos» que yo escribí durante mi estadía en Chile. He aquí un resumen de los artículos que yo escribí en Chile: una serie sobre el Perú, que es tal vez la primera muestra de crítica seria de política que se ha visto allí; mi ensayo sobre Hamlet, que aun allí me dio una reputación súbita; mi serie de crítica artística de que se aprovecharon tanto los escritores y los oradores del país; mi Memoria sobre Chile, que no es solamente un libro de sociología inductiva que puede llegar a ser estimado en todas partes, sino que ha sido un verdadero servicio para ese querido país. Así, como yo no soy un trabajador que cosecha reconocimiento, doy prueba de desdén más que de servicio, cuando doy, y doy siempre.
Cisneros vino un día a invitarme para una reunión patriótica. Contaba conmigo porque me necesitaba. Habiendo llegado Piñeyro y Echevarría, dos niños mimados de los ricos y los poderosos de la emigración, Cisneros les rogó aceptar la dirección del meeting, que, naturalmente, no dio ningún resultado. Habiendo Piñeyro olfateado la ocasión de un discurso en la inauguración de la Sociedad de Instrucción, Cisneros le ofreció el discurso: pero como Piñeyro ha partido para Chile, Cisneros viene a pedirme que me encargue del discurso. Y yo doy y doy y doy.