Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.
IndiceSiguiente


Abajo

Donde ladrón no llega

Luis Hernáez



Portada



  —7→  

ArribaAbajoLa ficción como reflejo de lo real

Debo confesar que mientras leía el libro de Luis Hernáez estaba tentado a interrumpir de pronto la lectura y hurgar en mi archivo de fotografías de las Reducciones Jesuíticas de Trinidad para buscar, en aquellas imágenes, la clave de la trama. No lo hice un poco por respeto al autor, otro poco por no romper el sutil suspenso que crea a través de sus páginas y que es mantenido hasta el último momento. Además, de haberlo hecho, no habría logrado descifrar, de manera adelantada, aquella sorpresa que nos guarda y devela en las últimas líneas. Hay que reconocerlo, Hernáez es uno de los pocos escritores de nuestro medio que maneja con habilidad tal elemento.

Pero, antes de hablar de ello, hay otras cosas más importantes en torno a este relato cuya acción está ubicada en los últimos tramos de esa lenta agonía que concluyó en 1767 con la expulsión de los jesuitas de todos los territorios del Imperio Español.

En primer término, no es una novela histórica aunque haga referencia a hechos históricos y a personajes que de alguna manera dejaron una huella bien marcada como el caso de Prímoli (el arquitecto de tantos templos), Doménico Zipoli (compositor de las célebres Vísperas Solemnes), Antón Sepp (también músico) y tantos otros. Pero todos son mencionados como de pasada, tal como habrá sido en una sociedad basada en la igualdad con las naturales excepciones de las jerarquías administrativas.

El autor no tiene ninguna intención de ofrecer una visión del proceso histórico por el cual pasó aquella experiencia tan notable y que aún hoy día sigue despertando la curiosidad y el interés de tantos investigadores. Ni siquiera aventura -a pesar de que la tentación es grande- de ofrecer una interpretación de aquellos «reales motivos» por los cuales Carlos III tomó tan drástica decisión.

  —8→  

Más que buscar una relación pormenorizada de los hechos, Hernáez ha buscado ir más lejos. Ha indagado en la vida cotidiana y en los sentimientos más profundos e íntimos de sus personajes, buscando desentrañar el valor humano de aquella aventura que terminó de manera tan sorprendente y absurda. O mejor: se extinguió sin guardar proporción con la verdadera escala de su significado.

Hernáez tampoco participa de la polémica, tan antigua como la historia misma, sobre la relación que tuvieron los jesuitas con los indígenas, el choque cultural, la organización económica y política de aquellos pueblos, etcétera. No es que el autor esté ajeno a la discusión, sino simplemente la aparta porque es evidente que ella no figura en sus planes. Se enfrenta a hechos consumados a los que busca, a través de la ficción, darle su justa dimensión humana. ¿Qué otra cosa puede hacer la literatura? Y, además, ¿no es acaso esta también una manera de escribir historia? Si uno de los objetivos de la Historia es, precisamente, ayudarnos a comprender mejor el destino que corrieron los pueblos, es evidente que el intento de captar la cotidianidad1 de la vida, con sus grandes y pequeños dramas, es un camino tan válido y efectivo como la relación pormenorizada de cifras, datos, fechas de las grandes batallas que llenan las páginas de tantos libros.

En otras palabras, el objetivo del autor ha sido captar, lisa y llanamente, la aventura humana. Dicho de esta manera parece un tanto obvio, o una perogrullada. Pero, en realidad, eso que puede ser considerado tan simple, tan elemental y tan próximo, es, sin embargo, lo que se olvida con suma frecuencia. De las Reducciones tenemos decenas de datos sobre su organización política, su organización económica, la presencia de la religión en todos los actos de la vida, la educación, la práctica de las artes, etcétera. Pero nada sabemos de cómo vivían día a día, cómo se levantaba el sol por encima del caserío, cómo se relacionaban entre sí los pobladores de una misión. Tenemos un conocimiento muy científico de aquella experiencia y casi ninguno a nivel humano. Tanto es así que olvidamos con frecuencia -si es que alguna vez lo averiguamos- que las Reducciones tuvieron unos ciento setenta años de vida. Vale decir, es el mismo tiempo que ha transcurrido en nuestro país desde la Independencia Nacional hasta nuestros días.

Por encima de todas estas consideraciones extraliterarias se encuentra el libro como tal, como obra tautológica, que debe explicarse por sí misma y a través de sí misma, apoyándose única y exclusivamente en   —9→   sus valores esenciales. Y es aquí donde encontramos la mano del autor, aquella misma que descubrimos en su primera novela: «El destino, el barro y la coneja».

Para este caso reinventa un lenguaje, una estructura y un discurso diferentes. En su primera novela el lenguaje contenía un flujo de violencia porque del mismo modo eran sus personajes y las situaciones que enfrentaban. En el presente caso su lenguaje se vuelve fluido, claro, sencillo, acorde con un estado de vida que transcurre en un quimérico equilibrio. Sus personajes están sumidos en un grado de pureza e inocencia a pesar de los sentimientos que experimentan y de las pasiones por las cuales se dejan llevar. Hecho que los hace aún más humanos y también más inocentes.

En cuanto a la estructura, Hernáez apoya su relato en dos extremos temporales: el presente en 1767, meses antes del real decreto de Carlos III, rey de España, y mucho tiempo atrás, en las mismas Reducciones de Trinidad. El hilo conductor será un indígena, Bernardino, quien se encuentra en Asunción, trabajando al servicio de un encomendero, dedicado a explotar el negocio del tabaco.

El presente y el pasado irán alternando en un juego muy preciso y delicado, ya que de manera casi imperceptible se irán acercando hacia un final por un lado previsible: la expulsión de los jesuitas de todos los territorios españoles de acuerdo a los documentos que todos conocemos, mientras que por el otro los personajes nos llevarán a un desenlace sorpresivo. Es gracias a esto que el interés y el suspenso se mantienen hasta la última página.

Por último, deseo hacer algunas consideraciones extraliterarias para aquellos lectores que tengan en sus manos este libro y no hayan estado nunca en las ruinas de Trinidad, ubicadas a unos 420 kilómetros al sureste de Asunción (Paraguay).

Luis Hernáez, en su relato, no agota -felizmente- las sugerencias de un lugar que posee el misterio, la energía y la fascinación que poseen muy pocos lugares en el mundo. Lo que el autor ha querido hacer es recuperar el sentido de lo cotidiano a través de una anécdota, pequeña si consideramos la magnitud de aquella empresa. Y no es trabajo fácil después de haber estado en ese sitio, ya que es allí donde se percibe el tamaño del desafío; la imaginación retrocede y todo intento de recreación de aquella época se inmoviliza.

Quienes acompañamos, a través de muchos años, las lentas excavaciones que pusieron al descubierto el Templo Mayor y las numerosas   —10→   Casas de Indios, como el Campanile, el templo pequeño y el cementerio, podemos certificar que, al trasponer los límites de la Reducción, nos encontramos pisando una tierra que fue apisonada por los pies descalzos de miles de indígenas que participaron en una experiencia única dentro de la historia de la humanidad, y que estamos mirando los mismos muros que un día miraron los ojos de Prímoli. Nada de esto puede resultar gratuito.

En otros términos, el autor debe vencer un doble obstáculo. Por un lado, se enfrenta con todos los inconvenientes de la creación literaria en cuanto a la construcción de una historia, de una estructura narrativa, de un lenguaje apropiado para narrar las acciones que componen el drama y encontrar las correspondencias literarias de la realidad (la real y la inventada) para verterla en los moldes de la obra. Por el otro, se enfrenta a la presencia física, real, tangible, imponente de aquellos vestigios que se han proyectado hasta nuestros días y que pugnan no sólo por mantenerse en pie, sino también para lograr su propio espacio incluso dentro de la obra literaria. Y eso no es trabajo fácil. Pienso que Hernáez no habrá escapado de tales dificultades. Pero felizmente ha logrado lo que se proponía. Y ello puede comprobarlo cualquier lector en las páginas que siguen.

Jesús Ruiz Nestosa

As. diciembre de 1995





  —11→  

ArribaAbajo- 1 -

El sol comenzaba a teñir de rojo la inflada panza del nubarrón que flotaba sobre la planicie extendida hacia el este, más allá de la bahía, y encima del agua todavía permanecían jirones de bruma grisácea cuando Bernardino bajó por la barranca trastabillando en la penumbra.

Pisó la arena mojada y un escalofrío recorrió su cuerpo casi desnudo, un chapuzón le libraría del sudor pegajoso de la noche (ahora que ya había salido de su cuerpo el calor que el tabaco le metió adentro en la inmensa barraca) pero agitar el agua le obligaría a caminar buscando otro remanso con peces somnolientos y el hambre comenzaba a apretarle (prefería no ir con su mujer a la cuadra-comedor donde comían el resto de los encomendados).

Se paró un momento en el borde del agua y miró maravillado, como si fuera la primera vez, la extensa amplitud de la bahía que temblaba suavemente como el cuarto trasero de la res recién faenada cuando se la pone a orear, y vio cómo ese plomo gris ceniciento se iba tiñendo de rojo hacia el oriente y cómo comenzaban a resaltar aquí y allá algunas chispitas brillantes reflejando el sol naciente.

Arriba de la barranca el caserío de Asunción lucía adormecido, despertando perezosamente de la noche cálida, abombada por esos misterios cercanos que introducían los siseos del bosque que estaba allí nomás, casi metido entre los muros mohosos, entre los negruzcos techos de paja, perfilando las calles, irrumpiendo golosamente en los patios, y hacia la derecha, emergiendo solitaria y perfilada sobre el fondo del cielo más oscurecido por la cercanía de la luz, la torre del campanario de la Catedral comenzaba a filetearse de sol.

Bernardino extendió el mazo de cañas en la arena y eligió la más afilada, nadie las tenía mejores. Cortaba las tacuaras el primer día de la luna nueva y las dejaba colgando para desangrarlas durante todo el   —12→   cuarto creciente. Después las calentaba (sin quemarlas, todos lo saben pero pocos pueden hacerlo porque no es fácil), calentarlas, pensó mirándolas con orgullo, hasta que alcancen la dureza para comenzar a afilarlas, recién entonces y no antes, porque afilarlas antes haría que su filo no fuera duradero, o que el peso no estuviera equilibrado.

Bernardino sabía que sus cañas eran perfectas, y que en ellas podía confiar más que en las agujas dobladas que usaban los blancos, cómo no se morían de vergüenza sentados horas y horas como viejas haraganas esperando a que el señor pacú se decidiera a entregarse, ¿cómo no tenían vergüenza?

Subió sobre un tronco que se adentraba en el agua y miró en la superficie calma el reflejo de su cuerpo oscuro, tan diferente a esa carne blanca que parece a punto de derretirse en cualquier momento.

La claridad del día naciente daba una extraña luminosidad a la arena del fondo, el agua de la bahía estaba tranquila y hacia un costado, muy alto en el cielo, vio venir una bandada de loros brillantes de sol en la altura, alborotando el espeso silencio del amanecer con sus gritos destemplados.

Con el rabillo del ojo presintió más que vio un destello plateado que se perdía debajo del tronco y sus nervios se tensaron, con el brazo levantado sujetó la tacuara afiladísima y sintió toda su piel enardecida; ni siquiera respiró durante unos segundos (sus ojos penetrando el agua) va a salir otra vez, va a salir otra vez... Como un rayo bajó su brazo y la tacuara perforó el agua limpiamente y fue a clavarse en el lomo del pacú que comenzó a agitarse desesperado al sentirse herido y que lo estiraban sacándolo del agua, inexorablemente.

Así como por las tardes, asomado en el alto ventanuco de la barraca disfrutaba con gusto la ilusión de libertad, Bernardino saboreó ahora golosamente una alegría tremenda, alegría que estaba por encima del hambre que podría satisfacer, por encima de la tranquilidad de saber qué dar de comer a Salustiana, por encima del orgullo con que la abrazaría después mientras se bañaban juntos en la bahía en tanto, clavado en la tacuara, el pacú gotearía lentamente por su vientre abierto sobre la arena, por encima de muchas otras cosas... En realidad su pecho se agrandó con esa alegría profunda porque se creyó casi dueño del mundo al comprobar, una vez más, que era fuerte, que era poderoso, pero eso, lo sabía muy bien, duraba sólo un momento.

La enorme barraca donde se almacenaba el tabaco estaba asentada casi en el borde de la pendiente de tierra roja tallada por los raudales, a   —13→   tres manzanas de la Casa Fuerte hacia el este, y desde allí, a través de un ventanuco elevado (hasta donde llegaba todas las tardes trepando por la montaña de fardos amontonados), Bernardino podía ver la boca de la bahía y, más allá, la serpiente plateada del río que dando un recodo se perdía hacia el norte, hasta confundirse con la bruma del horizonte.

La parte sur del río no la podía ver porque la tapaban las casas de la costanera y la iglesia, con sus paredes blancas coronadas por el mohoso techo de tejas y un poco más atrás el Colegio de los Padres, con su patio interior encerrado por murallas altas y que parecía rebosar de naranjos. Las casas de la costanera tendían sus sombreadas galerías para protegerse del despiadado sol del oeste.

Cada atardecer antes de ir a su casa Bernardino trepaba hasta su ventana y desde allí creía respirar con más libertad, alejado de todas las ataduras de abajo. La respiración caliente del vientre de la barraca llegaba hasta él chupado por la ventana y lentamente comenzaba a retirar de su cuerpo el calor del tabaco.

-El tabaco te mete el calor en el cuerpo y no te das cuenta pero las hojas tienen una fiebre que se te contagia -le había dicho Casiano el primer atardecer-. No se siente, y sales al aire fresco y es malo: el calor se queda adentro por mucho tiempo y hay que hacerlo salir despacio, despacio... Nunca te mojes cuando estás caliente de tabaco... Te da pasmo.

-También te hincha las venas -Feliciano, el viejo indio que cada día se veía más viejo y agotado, espantó con un manotazo el enjambre de mosquitos que le rondaba la cara brillante de sudor reflejando la última claridad del sol sobre la bahía- y al poco tiempo te hace temblar.

Bernardino permanecía en su mirador hasta mucho después de haber entrado el sol, cuando comenzaban a borrarse del cielo las últimas manchas rojizas tratando, día a día, de prolongar lo más posible su ilusión de libertad. Este era el único lugar que sentía totalmente suyo, hasta que le descubrieran, pensó más de una vez, hasta tanto.

Y luego bajaba apresurado, asiéndose de los fardos para no caer en la oscuridad y se escurría por el costado, mimetizado entre las sombras, hasta su choza, resistiéndose a la tentación de acercarse a la ventana iluminada del Almacén, al lado de la Tienda del napolitano.

Pocos encomendados quedaban en Asunción y la mayoría de los indios eran ya trabajadores independientes. El sistema había ocasionado muchas injusticias, muchos excesos, pero más de una vez los independientes   —14→   añoraron los tiempos pasados, enfrentados a su nueva realidad, aunque más libre igualmente dura.

Bernardino no se acercaba más al Almacén porque era el lugar adonde todos iban, decía, para soltar las porquerías que tenían adentro, como el calor del tabaco, sobre el vaso de caña.

Ya una vez había tenido problemas allí, con el negro Jeremías que estaba borracho, el pobre Jeremías, pensó después, que estaba todavía un escalón más abajo que él en el gallinero de Asunción. Las gallinas de arriba se cagan en las de abajo, le había dicho Casiano esa noche cuando a él todavía le latía la cabeza de rabia, el español se caga en la cabeza del criollo y el criollo nos caga a nosotros, entonces por suerte nosotros tenemos a los negros y así podemos cagarle en la cabeza a alguien.

-Lástima que sean tan pocos.

Casiano había expelido el aire en una risa silenciosa y le dijo: no estés tan enojado.

Después de poco más de un mes de estar en lo de don Venancio comenzó a costarse con Salustiana y les dieron una chocita en el borde del barranco.

Salustiana también estaba en la casa en encomienda y clasificaba el tabaco. Mientras trabajaban varias veces Bernardino la tocó haciendo ver que era sin querer y ella solamente sonreía bajando la mirada hasta que una vez, al tocarle los dedos, escuchó las risitas de las otras muchachas y se dio cuenta de que había algo y se animó y le habló.

La noche que la abrazó sintió que se introducía en el mismo ambiente calcinado de la barraca, el olor de la mujer onduló enardecido entre los calores del tabaco y lo enloqueció sorbiéndolo hasta vaciarlo encerrado en la afelpada carne tibia y palpitante.

En la nueva choza lo primero que hizo fue colgar, al lado mismo de la puerta, el rebenquito, «su padre», el único recuerdo que le quedaba de su otra vida, porque el peine de hueso de Rosa ya se había diluido en pequeñas escamas.

-Yo allá solía cantar; José í me acompañaba con el arpa y Rogelio con la guitarra.

-¿Allá?

-En la Reducción, digo.

Con la misma tacuara afilada abrió el vientre del pescado y lo vació, Salustiana se acercó y se bañaron en las aguas calmas, allá arriba la gente comenzaba a moverse y el sol era una pelota anaranjada que comenzaba a subir.

  —15→  

Hacia las cuatro de la tarde del día anterior Bernardino había visto cómo Feliciano vomitaba sangre. Después habían sacado al viejo de la barraca casi a rastras y el caporal separó las hojas manchadas de la sangre y las tiró en un rincón con más pena, había pensado Bernardino, que la que sintió cuando ordenó que llevaran a Feliciano afuera.

Al atardecer no subió hasta su ventana porque no podría sentirse feliz. Cuando llegó a la choza de Feliciano el viejo ya había muerto y la india que vivía con él estaba como adormilada, ausente, como si se hubiera cansado de llorar, como si ya le hubiera alcanzado verdaderamente la garra del dolor y miraba sin ver, dándose cuenta de lo que en realidad le estaba pasando.

-Yo pienso que don Venancio no nos quiere -le dijo a Salustiana esa noche-. Ni siquiera vino a ver qué le pasó a Feliciano.

-El Paí dice que nos quiere. Dice que es como nuestro papá que nos quiere y nos enseña.

Bernardino pensó que no era así pero no tuvo ganas de responder. Sus ojos se fijaron en «su padre» colgado al lado de la puerta, era una mancha alargada, más oscura que la mancha de la pared en penumbras y pensó: con razón aquella vez mamá lo volvió a molestar a «mi padre», por lo visto sabía muy bien lo que encontraría afuera de la Reducción.

-Mamá, hoy estuve hablando con Sinforiano... -le había dicho al volver de los corrales- ¿Sabes lo que dicen de mí por ahí?

Rosa lo había mirado con sus ojos enrojecidos, siempre enrojecidos e irritados, y no había contestado enseguida, ¡ah!, cuánto amaba a ese hijo amado, a ese muchachito hermoso, fuerte y orgulloso que era su hijo, y cuánto le dolía lo que sabía que le iba a decir, claro que sí, una y otra vez ella misma lo había escuchado, Bernardino era el hijo del pecado, así mismo lo decían, hijo del pecado, hijo del pecado, hijo del pecado.

-Yo sé, mi hijo, lo que dicen...

Bernardino se enfureció cuando la vio llorar y ahora lo recordaba, con el corazón retumbándole en el pecho volviéndolo a vivir, y con las entrañas encogidas de rabia.

-¡Me voy a ir de aquí, mamá...! -había gritado enceguecido por el odio- ¡Nadie podrá atajarme aquí!

Y ella había azotado la espalda de su hijo querido con el rebenque de cuero.

Bernardino nunca más volvió a decirle a Rosa que saldría de la Reducción... y no saldría, desde luego, mientras ella viviera, porque   —16→   jamás la abandonaría: el castigo del Padre Roque era quedarse en Jesús o la exclusión, y Rosa no quería la exclusión, quería quedarse entre los Padres aunque tuviera que pasarse la vida en Jesús tiñendo, aunque su hijo no pudiera pisar jamás Trinidad.

Salustiana había subido un rato antes y el sol comenzaba a remontar en el cielo cuando Bernardino, con la piel inundada de gotitas de agua, subía la barranca hacia las chozas y escuchó el redoble del tambor en la Plaza de Armas, convocando a los vecinos.

Al pasar por la choza de Feliciano miró con curiosidad, un rato antes habían venido para llevar el cuerpo del muerto y ahora el silencio se enseñoreaba de la choza solitaria.

Caminó apresurado por la callejuela del costado de la iglesia, mezclado entre los que iban a la plaza, el tambor seguía sonando con insistencia enervante en tanto el llamado se repetía una y otra vez, una y otra vez.

Don Venancio también se sumó, apurado y abrochándose los últimos botones de la pechera, malditas sean las malditas ocurrencias del señor Gobernador, pensaba, que tan intempestivamente le habían arrancado de su amodorrada rutina matinal.

El pregonero subió a una tarima arrimada al muro de la iglesia y leyó la convocatoria del Gobernador. Bernardino se perdió muchas palabras pero algo pudo entender: pedían voluntarios para ir a una incursión armada hacia el sur.

-¿Hacia el sur...? -preguntó sintiendo que se le humedecía la piel.

Casiano se abrió paso hasta él.

-¿Oíste, Bernardino?

-¿Al sur, dijo?

-Al sur.

-¿Para qué?

-Yo qué sé. Nadie quiere decir nada pero parece que es algo jodido. Anoche en el Almacén el Alférez González estaba borracho y habló mucho, puede ser peligroso, carajo, dijo.

-¿Al sur?

-Vamos a hacerlos correr a esos hijos de puta, dijo.

Pobre Feliciano, pensó ese atardecer Bernardino en su ventana, pobre amigo Feliciano, si el anó hizo la cruz sobre mí ¿por qué te moriste tú?, ni siquiera te pusieron las velas, y recordó la cara de cera de su madre, hecha de ceniza recortada contra la penumbra roja de la Capilla   —17→   de los Muertos en ese otro mundo lejano.

Debía volver a las Misiones y no podía desaprovechar esta oportunidad: no estaba bien que las cosas quedaran como estaban, debía llegar a Trinidad y corregirlas, de una vez y para siempre.




ArribaAbajo- 2 -

Sabía muy bien el Padre Damián cuánto se arriesgaría volviendo a plantear la situación a su viejo Superior, nunca le resultó fácil el trato con él y más difícil sería ahora, habiendo asumido ya el anciano una postura firme pero se compadeció de los jóvenes.

-No lo hagas, Damián -le había dicho el padre José-, y no me digas: pienso que debo hacerlo, porque ya lo sé, todos los Padres, uno por uno, lo pensamos pero... El padre Roque es decidido, es tenaz... y cree firmemente en lo que hace.

-Siempre es posible razonar un poco más.

-Desde luego, querido amigo - no pareció muy convencido-, es posible razonar y razonar, sobre todo cuando no es uno el que debe tomar la decisión. El padre Roque no está apartando un ápice de las normas que...

-Yo también soy de los que piensan que el sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado.

-¿Tú también?, ah, Damián, tú también, tu decir humilde me sorprende... -los ojos le brillaron divertidos pero en sus manazas se notó el nerviosismo-. Puedo darme cuenta de que es inútil que insista.

-Lo es, padre.

-Desde un principio lo supe, ¡cuánto te conozco, hijo...!

-Discúlpeme si le incomodo, padre Roque -dijo después-; tal vez no debería hacerlo pero me siento obligado... Creo que es mi obligación interceder por ellos -no puedo decidir si esos ojos de agua ríen, lloran o están muertos, pensó y sintió que el sudor brotaba en su frente-, padre, Jacinto siempre ha sido un buen muchacho, y Rosa...

-Todos estos amados hijos nuestros son buenos, padre Damián, hasta que dejan de serlo.

Percibió la amonestación en la ironía y la tuvo en cuenta, era la caída de la tarde y el sol doraba el pasto de la gran plaza central de Trinidad, toda salpicada de liriecitos blancos.

En la galería sus pasos sonaban asordinados, caminar sobre estas piedras es agradable, recordó que una vez había comentado con entusiasmo   —18→   el padre Jaime, parece que te comunicaran... (había dudado un momento tratando de dar con la palabra apropiada) una textura, eso mismo, dura o blanda, no importa, diferente. Oh, padre Jaime, pensó apesadumbrado, cómo añoro tu amable presencia, qué diferentes son todas las cosas cuando se las mira con ojos dulcificados por la caridad.

El padre Roque se detuvo un momento antes de abrir la pesada puerta que daba al patio de la casa de los padres, ubicada en una cabecera de la plaza, y se volvió para pasear sus ojos una vez más por la gigantesca mole de la iglesia en construcción, piedra roja enrojecida por el sol del ocaso, que se erguía como un rubí patético ante el fondo verdísimo del monte y el azul del cielo que poco a poco se iba oscureciendo y su rostro, lo pudo notar Damián, se distendió en un gesto de altivez que no alcanzó a dominar.

-Jacinto es un buen tallador, ciertamente -murmuró después, sentado en el sillón de madera frente a su mesa de trabajo mientras Damián se trajinaba con la lámpara de aceite en la habitación que, por no tener ninguna abertura hacia el oeste, estaba ya sumida en espesas sombras-. El mejor que tenemos, sin duda alguna, pero no puedo disculpar una falta tan grande; estas son cosas que debemos cortar de raíz... Él es un hombre casado.

-Lo sé, padre, tiene familia... -no se animó a mirarlo-, pero para ellos todas estas cosas son diferentes...

Roque permaneció un momento silencioso. En Asunción, hacía ya mucho tiempo, tantos años que en él ya no quedaba nada de aquel jovencito huraño que había sido, una vez había recriminado agriamente a su amigo Baltazar Guerrero que no pusiera empeño en cuidar de la salud moral de sus encomendados.

-Los visto bien y los alimento, Roque -caminaban por el fresco patio del Colegio que la Compañía tenía en Asunción y en el aire se percibía el olor del agua de la bahía cercana-. Conmigo están mejor que con muchos de mis vecinos...

Llegaron hasta la verja que rodeaba el patio y asomándose vieron a las lavanderas que golpeaban las ropas en tablones casi sobre el agua y a un grupo de indios jóvenes que sin pudor, a escasos metros de las mujeres, se bañaban desnudos riendo a carcajadas.

-Lo sé, amigo mío -se sentía cansado-. Pero también es cierto que viven en una promiscuidad pecaminosa que no trae ningún bien para sus almas...

  —19→  

-¿Almas? -le había interrumpido Baltazar risueño- ¿La tienen?

Demasiado bien conocía Roque a su amigo para pensar que hablaba en serio pero era una forma de hacerle saber su pensamiento: seres como nosotros... sí, por cierto, pero...

-Quiero pensar, padre Damián, que en verdad no cree eso que están dejando entrever sus palabras... Es como si usted pensara que nuestra labor aquí se reduce a construir templos...

Ahora sí Damián percibió claramente el enojo del anciano y deseó borrar su indiscreción.

-Jacinto es un hombre bueno, padre... La tentación fue más fuerte que él y no pudo vencerla.

La Tentación, pensó Roque entrecerrando los ojos, la negra sombra de la Bestia con sus chirriantes pequeñas patitas de cerdo... la piel se le erizó en la nuca pero alejó las agigantadas sombras de su pensamiento con viveza, su mente estaba con Dios, el que hizo el Cielo y la Tierra, el que debilita los enemigos y los dispersa.

Y después nada, nada más, nada más, se desesperó Damián, como si yo, ni Jacinto, ni nadie existiera...

-No me escuchó, Jacinto... Todo parece indicar que tendréis que salir de aquí...

-Pero ella va a tener un hijo de mí, Paí... ¿cómo va a hacerla ir de aquí ahora que va a tener un hijo? Que me eche a mí, si es tan necesario; yo no voy a permitir que a ella la maltraten.

Damián le miró con pena.

-Recé mucho anoche -estaba debilitado por la larga noche de insomnio y ardiendo de remordimientos que no alcanzaba a explicar con claridad-. Recé también por tu esposa y por tus hijos...

-No entiendo lo que él nos quiere hacer, Paí.

-El hijo que Rosa va a tener es hijo del pecado.

Jacinto dejó el pequeño mazo sobre la piedra rosada que estaba tallando y Damián sintió que se le atenazaba el corazón de tristeza cuando vio rodar por su mejilla curtida una lágrima gorda que bajó arrastrando polvareda rojiza.

-Estas cosas así no andan, Paí... No hay razón para que se nos haga esto... Si yo tengo un hijo con Rosa no es porque no le quiero más a mi esposa, Paí, todos saben eso demasiado bien... A Rosa aquí no le va a faltar nada, si se queda entre nosotros, digo, y a mi hijo tampoco, ¿por qué, entonces, se tiene que ir?

  —20→  

Esa noche en su cuarto Damián se consumía en la desazón, su pecho encendido de rebeldía por momentos, aunque se empeñaba en evitarlo, se hundía en la desesperanza, ¡qué lejos quedaba en la perspectiva de su vida la ingenua seguridad de sus años mozos...! Nunca había dudado de su elección de abrazar la vida misionera pero ahora, ahora... oh Dios, ¿qué es lo que estamos haciendo?, se dijo cerrando fuertemente los ojos y expeliendo el aire ardiente de su pecho.

La impotencia le dolió. Fue un encuentro con la realidad que, en tanto no pensara en ella, creía inexistente. Le dolió tanto o más que el desarraigo: los largos años vividos en este mundo al otro lado del mundo no eran suficientes para alejar las añoranzas: su madre, sus amigos, las angostas calles tortuosas de su pueblecito encaramado en la abrupta ladera de la sierra y el frío, oh, el frío, cuánto añoraba ese aire helado y cristalino, el frío, el frío... Ni siquiera los sufrimientos del viaje, que a tantos otros compañeros habían signado con una marca imborrable, podían igualarse con la profunda tristeza de su desarraigo.

No había sabido qué contestarle a Jacinto esa mañana aunque con claridad recordaba lo que era pertinente decir, la Compañía luchaba por la reivindicación de los indios, seres humanos no inferiores ni diferentes... Su frente se inundó de sudor y el aire se le hizo irrespirable, ¡qué fácil es enviar...!, el sollozo fue casi un bramido en su pecho, id y enseñad, destruid lo que encontréis y diluid los pedazos aventándolos a los cuatro vientos...

Salió a la galería con arcada y se enfrentó a la noche profundísima y cálida, millones de estrellas temblaban en el cielo transparente y el corazón se le hizo un puño en la garganta.

Las casas de los indios, en el otro lado de la gran plaza, eran un abigarrado amontonamiento de sombras perforado solamente por las luces de los faroles de aceite que había en las cabeceras de las largas galerías soportadas por pilares y hermosos arcos tallados.

Los movedizos discos de luz hacían resaltar los arcos de piedra cercanos que, a medida que se iban alejando, se desdibujaban fundiéndose en un abombado plano de sombra.

Las habitaciones de los indios estaban en perfecta quietud, duermen confiados, pensó Damián, duermen entregados a la misericordia de nuestras manos. Una sensación de culpa le atenazó el corazón: no estaba siendo fiel a los compromisos que había asumido, estaba permitiendo que el pensamiento maligno dominara su voluntad, estaba dejándose   —21→   ganar por la soberbia, por el estúpido orgullo de creerse el único poseedor de la verdad. Cerró los ojos fuertemente sintiendo sus párpados calientes de fiebre y apoyó la frente en la rugosa superficie de piedra de la arcada, necesito creer firmemente que todo lo hacemos por Dios, pensó, porque de otra forma no tendríamos perdón...

-La vida, mi querido Damián, es una serie de otras cosas además de las que vosotros, los pensadores, pensáis... Hay un lado práctico que se os escapa y que nosotros, los viejos vyros, aprendimos con los años de vivirla... -la risa surgió callada del pecho poderoso de José cuando reinició su tarea de pulir la curvada pieza de madera.

-Nunca pensé que fuera un vyro.

-Desde luego, no lo soy. Pero a veces tengo la impresión de que lo piensas...

Damián no quiso contestar porque el buen humor de su amigo casi le resultó afrentoso, lo quisiera o no, el padre José a veces llegaba a escamarlo con su seguridad, con la firmeza de su carácter, con su tremenda fuerza vital, no pierdas el tiempo en cavilaciones inútiles, solía decirle, ¡es tanto lo que tenemos por hacer...!

Salió del taller de carpintería y pensaba dirigirse hacia el templo en obras, donde muchos indios trabajaban levantando los gruesos muros de piedra rosada, pero no se animó. La mampostería de la nave y los pilares estaba apenas insinuada, pero la cabecera había llegado a la altura de la bóveda y los pedreros desbastaban ya la piedra para definir la ornamentación. Entre ellos estaría Jacinto, lo sabía bien, y no tuvo valor para encontrarse con él. Los pedreros trabajaban las piedras que se montaron con la grosura que permitiera desbastarlas para definir las formas primorosas dibujadas por Juan Antonio, su gran amigo, que sucedió al padre Forcada en la conducción de la obra proyectada, muchos años antes, por el Hermano Juan Bautista.

Desde la plaza pudo escuchar la ininterrumpida sucesión de martillazos, algunos livianos y ligeros (de los pulidores), otros pesados y que sonaban lejanos, acompañados por los truenos profundos y retardados que producían los trozos desprendidos al caer en la tierra apisonada, muchos metros más abajo.

Decidió ir directamente a su estudio pero sintió que lo tomaban por el brazo.

-No busques ocupaciones todavía -José tenía aún ceñido el delantal de trabajo sobre la sotana y con el bordillo se secaba el sudor de   —22→   la frente, a tan temprana hora de la mañana ya sudaba así, copiosamente-. Hablemos ahora un poco más.

-No alcanzo a acallar mis dudas, padre -le dijo después Damián.

-¿Quién te dijo que puedes dudar?

Damián no hizo caso al tono de broma con que su amigo intentó conciliar la conversación.

-Los interrogantes se presentan a toda hora y los relego, los relego una y otra vez hacia el fondo de mis pensamientos: no encuentro nunca el valor para enfrentarlos... Me temo que no quiero saber la respuesta que puedo llegar a dar a mis preguntas...

José dejó en el borde de la pileta de piedra tallada el porongo que había usado para beber. Un hilillo de agua se deslizó marcando un trazo fino de color rosa oscuro sobre las uvas apetitosas entrelazadas por pámpanos sinuosos con granadas y hojas de palmera.

Al irse pacificando la superficie del agua abombó y achicó sus rostros reflejados sobre el fondo del cielo increíblemente azul. José introdujo la punta del dedo y al retirarlo las ondas del agua destrozaron las imágenes superponiéndolas con el cielo, para luego volverlas a presentar mezclándolas, multiplicadas por mil.

-Esto hacemos -indicó la pila con un gesto-. Mira esta imagen que es una, y al mismo tiempo muchas. Es la misma y no lo es. Esta imagen deshecha es la misma pero trabajada, multiplicada por mil, enriquecida... -José sonrió y se encogió de hombros- Y eso es todo.

Damián permaneció silencioso; su malhumor le impidió lucir la galanura que su amigo esperaba.

José suspiró.

-Venimos a modificar sin cambiar, este es un juego de palabras muy hermoso y me agradaría que lo recuerdes. Venimos, te decía, a multiplicar por mil las ansias yacentes en estas almas dándoles de beber las aguas que no se acaban, y eso es lo único que importa. Parece una simpleza pero no lo es. Son cosas que sabemos y vivimos pero que a veces, inesperadamente, se nos escapan, y esto tómalo como una recriminación -tomó al joven por el brazo y lo condujo (¿cómo a un niño?) hacia su estudio, que estaba al lado de la casa de los padres-. Y además de toda esta provechosa enseñanza vas a escuchar un consejo de este viejo que, aunque bromee con eso, lo sabes, no es ningún vyro: no permitas que las dudas lleguen a agobiarte hasta el ahogo. Es un lujo que no podemos permitirnos nosotros, los obreros de Dios.



  —23→  

ArribaAbajo- 3 -

Descargó con demasiada fuerza el mazo y estuvo a punto de destruir la túnica de un angelito. El susto le clavó mil espinitas en la piel. En el andamio, a muchos metros sobre el suelo, los otros pedreros muy pronto se dieron cuenta de que Jacinto no estaba bien pero no le molestaron hablándole.

Al caer la tarde (el sol hacía que el polvillo que levantaban los pedreros fuera de oro) el padre Roque se acercó resollando, agotado por el esfuerzo de subir hasta el andamio.

-Te quedarás aquí, con nosotros.

El indio sintió una oleada de alegría que pronto se desvaneció cuando miró los ojos del anciano: no había cariño, no estaba manso el viejo Paí, y eso no traía nada bueno.

-¿Y ella, Paí?

El anciano se alejó un poco rozando con su sotana las espaldas de los pedreros que sentados en el tablón tallaban el friso de los Angelitos Músicos, desbastando las piedras que todavía quedaban sin trabajar entre las dos molduras que con admirable precisión habían perfilado los equipos anteriores. Llegó a la esquina del crucero, donde más tarde se apoyaría el cimborio de la majestuosa cúpula y su voz tuvo, seguramente por la difusión en el espacio que se abría en las dos direcciones, resonancias profundas.

-Tiene que irse. Ni ella ni su hijo tienen cabida entre nosotros.

Las últimas campanadas del Ángelus todavía rondaban, ya casi imperceptibles, devueltas por la pared del monte, cuando Damián salió apresuradamente de su despacho tratando de alcanzar a Jacinto, ni siquiera habían rezado, el murmullo de los avemarías de toda la Reducción los había rodeado aislándolos más en el silencio compartido.

Y después Jacinto se había retirado. Damián no se atrevió a llamarlo.

-No puedo soportarlo, padre... Lo que hace el padre Roque con esta gente es injusto.

José suspiró.

-No debes hablar así.

-Es un ensañamiento caprichoso que engendra demasiado dolor y no puedo tolerarlo.

-No me parece apropiado que la ancianidad y la sabiduría del padre Roque sean puestas en tela de juicio tan a la ligera.

  —24→  

Damián no se dejó convencer por el tono tranquilo de su amigo porque percibió en sus palabras una velada advertencia y la tuvo en cuenta.

-Trato de comprender, padre, pero está llevando esta situación hasta exageraciones perjudiciales... es inhumano su empecinamiento en contra de estos pobres inocentes...

José se detuvo al lado de un cantero, en el inicio de la huerta, y de un estirón arrancó un rabanito. Sacó con los dedos gordos los restos de barro adherido y limpió luego el bulbito rojo con su delantal. Con un chasquido mordió la jugosa raíz y miró impasible a Damián.

-Estos inocentes fueron sorprendidos en adulterio.

-Adulterio, padre José, adulterio... Me reservo mi opinión sobre eso.

-¿Te reservas tu autorizada opinión, padre?

Damián suspiró desalentado.

-No se moleste conmigo. Pero adulterio es una palabra que me enerva, en este caso me suena a argumento artificioso... Lo queramos o no, la realidad que aquí vivimos es otra; no me parece lícito aplicar con tanto rigor esos parámetros... Nuestros hijos son diferentes, padre José, son...

-Lo que estás diciendo, Damián, está muy cerca de la herejía...

Damián se detuvo en seco, mordido por la sorpresa, y no tuvo fuerzas para seguir argumentando.

-Hoy lo he visto llorar, padre; he visto llorar a un hombre y el alma se me encogió de tristeza. Qué triste fue, ¿verdad, Paí?, me dijo, ¿no viste cómo lloramos cuando la subieron a Rosa en la ruanita?, todos lloramos, parecía una criatura asustada, nos miraba preguntándonos, Paí, por qué hacíamos lo que estábamos haciendo... Hasta los gÿrahú chopí se pusieron de acuerdo y gritaron como locos allá arriba de los muros, hasta María estaba triste, ¿le viste a mi esposa?, me dijo, estaba triste.

-Es algo muy doloroso, en verdad.

-Pero eso no fue todo, padre: no solamente el padre Roque la excluyó a Rosa.

-No la excluyó.

-Por cierto, no la excluyó; la confinó en Jesús, y además...

-Lo sé, Damián, ¿por qué me lo repites? Además sacó a Jacinto de la talla del friso.

-El friso de sus amados angelitos músicos.

-Para mí fue una situación muy molesta -Juan Antonio se había   —25→   mostrado calmo a duras penas, tratando de no encender aun más a su amigo- sé muy bien que no puedo oponerme a lo que dispone el Superior pero me habría agradado que el padre Roque respetara mi lugar en la obra.

-¿Qué es eso del Purgatorio?

-Lo dispuso, y así se hará. Al lado de la entrada, en el muro lateral derecho, el padre Roque dispuso que se talle un Purgatorio.

-Hizo quedar a Jacinto para eso.

-No lo sé, Damián, quizás solamente quiera ese cuadro en lugar del Escudo... No lo sé, ni creo que debamos averiguarlo.

-No te vayas, Jacinto -le había dicho en su despacho (por el amor de Dios, te ruego que no te vayas, había pensado sin animarse a decirlo) en tanto se escuchaban las tres primeras campanadas del Ángelus-. Piensa en tu esposa, en tus hijos... ¿vas a condenarlos al destino incierto de la selva?

Jacinto había asentido en silencio, atrincherado detrás de su silencio, mirándolo sin verle.

Consiguió que se quedara, pero después una y otra vez se preguntó si sabiendo todo lo que después supo se habría atrevido a tratar de persuadirlo.

Espíritu Santo, rogó abrumado por la desolación, no fui capaz de consolarle porque mi ánimo se desmoronó anonadado...

Cuando supo que el padre Roque había retirado al indio del festivo ornamento para encomendarle esa orgía de dolor y sufrimiento se escandalizó y un ramalazo2 de vergüenza le turbó, pero fue después que se sintió desfallecer: Jacinto no solamente debía tallar el Purgatorio sino que en él, en medio de las llamas, sufriendo, debía colocar a Rosa, mi Dios, mi Dios, eso es ya demasiado...




ArribaAbajo- 4 -

La humareda que olía a cacao se desenrollaba perezosamente inundando la explanada del bajo y desdibujando los árboles que marcaban el inicio del monte. El pequeño horno de prueba humeaba y no habían apuntado todavía los deditos de fuego por los respiraderos de la parte superior, Federico se consumía de impaciencia por saber si esta vez las tejas habían resistido sin romperse.

-No metas más racimos secos -le dijo al fogonero-, es suficiente.

-Esto ya parece el infierno, Paí.

  —26→  

-Vamos a mantener el fuego solamente con cedro -se olvidó de sonreír-, ya aceleramos bastante con el coco.

Se lavó las manos en la barrica que había al lado del malacate que usaban para amasar la arcilla rompiendo las vetas formadas por la sedimentación durante siglos. Tenía salpicaduras de barro en las cejas y pegoteadas en la barba casi colorada, ni siquiera mi querido padre Antón habría conseguido las tejas livianas que necesito para el templo, pensó, esta maldita arcilla es endemoniada, perdón, Señor Jesús.

Dejó escurrir el agua de sus manos porque secarse con el delantal que cubría su sotana habría sido peor, estaba casi tan sucio como sus zapatos, que ya no se veían bajo el barro, barro por todas partes, gomoso, pegajoso, gris, gris, gris... el mismo deprimente barro gris que tras el milagro del fuego adquiría ese hermoso color anaranjado, esa textura afelpada y sedienta, ese límpido sonido cristalino...

Hacia el mediodía el humo dejó de salir y unas llamitas nerviosas aparecieron sobre el horno, en medio de reverberaciones, ahora solamente nos queda esperar, se dijo Federico.

-Volvieron a romperse, padre -le dijo al Superior después, cuando el horno se enfrió lo suficiente y pudo comprobar el desastre.

-Es una mala noticia.

-Ahora estoy probando una nueva mezcla de arcillas que...

-No podemos esperar más, y usted lo sabe. Las bóvedas de la iglesia se están terminando y pronto deberemos3 cubrirlas; es una imprudencia dejarlas al descubierto... No hay más tiempo para seguir experimentando, ¿por qué se empecina en cambiar las cosas?, ¿por qué no fabrica las mismas tejas que se usaron siempre?

-Porque son muy pesadas, padre -repitió una vez más-. Cuando las luces que se cubren no son muy grandes, el peso del material no incide de manera preponderante, pero la iglesia es diferente... Estas tejas son muy pesadas. No he logrado hasta ahora la mezcla de arcilla que necesito: si hago las tejas gruesas resultan pesadísimas y si adelgazo las piezas se rompen en el horno... Estoy buscando la mezcla que me permita adelgazarlas y que no se rompan.

-No podemos esperar más.

-Padre, por favor... No es prudente subir tejas tan pesadas... Usted sabe que el material que nos vimos obligados a utilizar en los muros no es el más recomendable; la piedra sedimentaria que utilizamos en la obra no es resistente.

  —27→  

-Eso es cuestión del padre Forcada.

-Lo sé; pero es imprudente cargar con excesivo peso unos muros que tal vez no sean capaces de soportarlo... esas piedras, al mojarse, soportan menos que el peor de mis ladrillos...

-Razón de más para cubrir las bóvedas lo antes posible. ¿Le parece prudente dejar las bóvedas a la intemperie en plena temporada de lluvias?, ¿sabe usted cuánto llueve en este rincón del mundo en temporada de lluvias?

-Padre -Federico estaba cansado y no consideró la mordaz ironía del anciano-, padre, sólo le pido un poco más de tiempo... Pude saber que en Piribebuy, muy cerca de la Estancia de Paraguarí, encontraron una mina de caolín buenísimo que...

-¿Piribebuy?, ¿se da cuenta de lo que está diciendo, padre?, ¿cuánto tardarían las carretas para traernos su caolín desde Piribebuy? -resaltó la palabra su-, ¿veinte días?, ¿veintidós?

Federico abochornado enrojeció como un niño.

-También pude saber que aquí cerca, en los alrededores de San Cosme descubrieron una mina de calidad aceptable que...

-Pero no la probó.

-Hasta ahora, no.

-Lastimosamente ya no podrá probarla... -se rascó el lunar de la barbilla con la uña del índice-. Es ineludible que inicie hoy mismo, ahora, la fabricación de las tejas, más gordas o más delgadas, pero no podemos demorar más probando, probando, una y otra vez, sin resultado aceptable.

-No es un capricho mío, padre... -Federico no pudo reprimir su violencia y los labios del padre Roque se movieron imperceptiblemente-. Las tejas que hacemos son muy pesadas para el inmenso techo del templo... es imprescindible alivianarlas, el riesgo que correríamos con ellas es incalculable. Las piedras de los muros se pueden resentir...

-Está dando por sentado que los muros no van a soportar el peso de la cubierta... ¿Duda de la capacidad del padre Forcada?

-Yo no dudo de los cálculos del padre Forcada, padre; yo solamente dudo de las piedras... -dijo con más tristeza que ironía porque su corazón estaba sangrando.

El sol caía vertical y era un peso sobre los hombros de los dos, que estaban parados al lado del mastodóntico secadero con techo de paja, los cocoteros chisporroteaban en el ambiente abrasador y los ojos nerviosos   —28→   de Federico recorrieron desesperados, buscando algún inexistente asidero, la profunda hondonada cuyo verde reverberaba subiendo en temblores hasta perderse en la bruma grisácea con olor a cacao.

El padre Roque juntó las manos sobre su vientre, y Federico empalideció, me está mostrando quién tiene la última palabra, pensó.

-Su trabajo es hacer tejas, padre Federico -su voz tuvo la suavidad del filo equilibrado de una navaja-. Hágalas. Y hágalas ahora. Deje que los constructores se preocupen por los demás problemas... problemas que a usted involuntariamente, creo yo, le impiden cumplir su compromiso.

Mientras el Superior se alejaba Federico sintió desdibujarse sus ojos por las lágrimas de rabia que inundaron sus cuencas y los latidos del corazón fueron explosiones sordas en sus sienes.

Ciertamente lo suyo era solamente un presentimiento, no tenía argumentos para demostrar que los muros del padre Forcada no soportarían el peso, ni siquiera sabía con certeza si Forcada previó o no semejante carga en la cubierta, pero el hecho de que no le escucharan, igualmente sin argumentos, era doloroso.

Se sintió humillado y con empecinamiento caprichoso movió diligentemente la producción de tejas, el enorme secadero se convirtió en una marmita bullente y una a una fueron saliendo las hornadas y la montaña de tejas fue creciendo en la explanada del bajo, frente a la olería, es como si estuviéramos todos contaminados y corriéramos ciegamente hacia el abismo, se decía Federico.

-Pero sigo probando, Hermano -le comentó a Grimau una tarde, cerca del horno de prueba, en tanto más allá se veía la incesante actividad de los demás-, una y otra vez pruebo las mezclas...

-Deberías dejarlo, Federico.

-No lo haré. Quizás llegaré tarde, pero...

-Pero llegarás, ¿no es cierto? Eso es presunción.

Quizás lo haya sido, pensaba ahora mirando cómo sobre la curvatura de la bóveda de cañón de la iglesia trajinaban los indios como hormigas de un inmenso hormiguero enardecido.

La hilera seguía el borde de la nave, se curvaba rodeando el bajo tambor de la cúpula y terminaba en el sector medio del ábside, donde el gusano se iba paulatinamente acortando, después deformar montoncitos con las tejas que en largo pasamano subían desde plaza central.

La cola del largo gusano blanquecino se removía incesante en la plaza y luego trepaba dificultosamente la fachada de la iglesia por el   —29→   enrejado de andamios que parecía un encaje, subiendo tejas, subiendo tejas, tratando de satisfacer el hambre de la cabeza que allá arriba, formando montoncitos, retrocedía lentamente. Desde abajo podía observarse a los hombres como pequeñísimas crestas animadas de movimiento febril, sincronizado, suavizado por la distancia. A medida que el gusano se acortaba, los hombres se desplazaban preparando nuevos frentes en el crucero. Federico se sintió maravillado. Las cabezas inmóviles de derecha e izquierda, la cabeza central, el gusano entero cantaba:


«Summens...
Summens illud ave
Gabriellis ore
Gabrielis ore...»

Recostado contra el parante del secadero, sumergido en la profunda y húmeda sombra, se sentía en un remanso irreal, un mundo imaginado, mirando el incansable gusano brillante de sol, agobiado por un calor casi corpóreo pero disciplinado, matemáticamente ordenado, y cantando.


«Funda nos in pace
funda nos in pace
mutans eve nomen...»

El Ave Marys Stella sonaba con un ritmo ingenuamente acentuado, era como si esas voces revivieran antiguos cantos no olvidados y ululaba a través de la hilera interminable.


tum - tum
tum tu - tum tu
tum - tum
tu tu tu tu tum - tum
tu tu tu tu tum - tum...

Federico marcaba el ritmo mentalmente y sus ojos seguían el movimiento cadencioso: tomar la teja, mover el torso, entregarla y volverse, tomar la teja... una y otra vez, una y otra vez...

  —30→  

Tres días atrás el gusano había comenzado a moverse.

Desde la olería culebreó por la cuesta bordeando la huerta, torciendo luego para alinearse con la iglesia y siguiendo a lo largo para remansarse, por fin, en la plaza central, frente a la fachada principal. Allí, a medida que la montaña era transportada, comenzaron a formarse las ramificaciones para circular fluidamente después, cuando se iniciara el paso a las alturas.

Hubiera sido mucho más corto subir las tejas por la parte de atrás de la iglesia, pensó Federico, pero comprendió que el andamiaje tenía más puntos de sujeción en la fachada principal y además, se dijo, en este Paraíso en la tierra el trabajo no cuenta... ¿qué más hay para hacer que trabajar y vivir en paz? Mayor o menor cantidad de trabajo no tenían ninguna importancia, era lo que se debía hacer, y se hacía.

Los restos ennegrecidos de los hornos eran un mudo testimonio de todo el trabajo que allí habían realizado: horas y horas, días y días en una carrera contra el tiempo que llegó a desesperarle. El redondel de pasto aplastado y seco donde estuviera la montaña reverberaba bajo el sol abrasador y el caminillo de hierba agostada por donde había pasado el gusano, que trepaba la cuesta y se perdía al costado de la huerta para volver a aparecer allá, muy lejos, en la lomada al costado de la iglesia hasta la plaza, era el recuerdo de la febril actividad que durante semanas había agitado la olería.

En tanto la olería trabajaba con toda su capacidad, empecinadamente él había seguido probando, probando, y por fin lo había conseguido. Pero llegué tarde y suben las tejas pesadas, se dijo y en un arranque de ira que no pudo reprimir estrelló contra el suelo la teja liviana y de suave textura que había retirado de su pequeño horno de prueba muy temprano esa mañana.

Descubrí muy tarde la mezcla apropiada, se dijo con amargura, la mezcla con el caolín de la mina de San Cosme ya no nos sirve, que el Señor se apiade de nosotros...




ArribaAbajo- 5 -

Bernardino salió de Jesús antes de que la claridad de la madrugada perfilara las formas. El lucero del alba brillaba suspendido a media altura y al verlo tan radiante, tan cercano, sintió un escalofrío.

  —31→  

Al pasar frente a la Capilla de los Muertos donde velaban a su madre, se arrimó a la ventana, cuidando de no ser visto, para mirar por última vez el rostro de cera y ceniza, rígido, que no vería nunca más.

Debía caminar hacia el sur, eludiendo Trinidad, hasta Itapúa (quizás se animaría a cortar camino yendo directamente hacia San Cosme, ya vería) y luego hacia el oeste, hasta Santiago, para por fin después enfilar hacia el norte, sabía muy bien que era arriesgado y largo seguir el camino de los pueblos pero no conocía más que ese trazado, que había recorrido tantas veces tropeando ganado, así que lo seguiría a escondidas, para no ser descubierto.

Al atravesar la última valla, un poco antes del inicio del monte, se volvió para mirar una vez más el caserío dormido. Las lámparas de aceite que ardían en las esquinas eran estrellitas amarillas y la ventana de la Capilla de los Muertos una inmensa boca roja, enorme, rodeada de tanta oscuridad, aterradora...

Hacia un costado, casi en la mitad de la cuesta, las barracas de teñido estaban en absoluta quietud pero de entre ellas se levantaba una columnita de humo que se retorcía, se desenrollaba y expandía, el humo que nunca dejaba de salir de las hornallas de teñido, siempre encendidas, siempre guardando entre sus cenizas cálidas el rescoldo anaranjado que permitirá avivar fácilmente el fuego al día siguiente, eterno humo, el humo que día a día durante sus dieciséis años había visto rodear a su madre, desdibujarla, fundirla entre sus telones más claros o más espesos, su madre tiñendo tejidos día a día, tiñendo y tiñendo, un día y otro y otro y otro, hasta que su piel misma llegó a tener el color ceniza y plata del humo, o los rojos del tanino, tan diferentes con un poco más o un poco menos de typychá morotí, o los amarillos y marrones que conseguía con cepa caballo y cedrón, o los azules, aquellos hermosos azules que Rosa conseguía con las moras cuando cuidadosamente les extraía los cabitos y la médula, ay, mamá, el humo es lo que queda de ti y esa cara de ceniza y cera, esa cara blanca entre las velas en la Capilla que parece un horno.

Le llevaría algunos días salir caminando de las Reducciones Misioneras y no podía arriesgarse a que lo descubrieran: el padre Roque tenía los brazos muy largos y podía alcanzarle hasta donde quisiera: había ordenado que Rosa y su hijo se quedaran en Jesús y allí se habrían de quedar. Mamá pudo salir por fin, pensó, y yo saldré, ahora que ella no está y que «mi padre» ya no me puede atajar.

  —32→  

Recién mucho después, cuando ya había vivido un buen tiempo en Asunción como encomendado de don Venancio, al volver a las Reducciones con la tropa de voluntarios pudo saber por su hermano, de noche, que cuando se escapó de Jesús ya el anciano padre Roque se había retirado y pasaba los días de su vejez en San Ignacio Guazú, pero ahora no lo sabía y el temor a ese anciano, capaz de hacerle a la gente tantas cosas malas, era suficiente para hacerle viajar escondido.

Cerca del mediodía (las piernas comenzaban a pesarle y el calor dificultaba su respiración) llegó a los límites de la Reducción de Itapúa. Trinidad había quedado atrás hacía unas horas.

No se había animado a acercarse al poblado, hubiera podido probar, pensó, esperar la noche para entrar al pueblo protegido por la oscuridad, pero no lo hizo. Su miedo fue más fuerte que el deseo de conocer a su padre, quizás nunca más lo vería, no llegaría a conocerlo, nunca.

Tampoco vería nunca más a su hermano, qué cosa más triste, le quería mucho, se querían, había sido un descubrimiento muy hermoso saber que tenía un hermano.

-Rosa la teñidora es tu madre.

-Es.

Bernardino le había mirado con desconfianza, ¿qué estaría buscando este mitaí extraño?, la tropa de ganado había quedado a resguardo en los corrales y los troperos de Trinidad bajaban con ellos para refrescarse en el arroyo. Disimuló su turbación anudando el tiento.

-Yo soy tu hermano.

Negó con la cabeza.

-Yo no tengo.

A Juancito le brillaron los ojos divertidos.

-No sabes, nomás. Jacinto es nuestro papá.

Más tarde, durante la cena y después, durante muchas horas, hablaron, descubrir paso a paso a su hermano y hacerse conocer por él fue una de las cosas más hermosas que recordó siempre después Bernardino, nunca más volvió a sentirse tan solo como se sentía aún teniendo a Rosa (ni siquiera ahora que lo estaba dejando todo para irse).

Pudo saber muchas cosas de su padre y de sus otros hermanos, y muchas cosas también de la vida en Trinidad.

Supo lo del cuadro del Purgatorio que pusieron en la iglesia y primero la sangre se le encendió de odio pero después su orgullo satisfecho le regocijó, está hermosa, hermano, le había dicho Juancito,   —33→   rodeada por las llamas tu mamá parece una flor hermosa, o una reina, algunos dicen que hasta casi se parece a nuestra madre María Santísima con su larga cabellera... Deberías ir algún día hasta Trinidad para verla.

El día que vaya hasta Trinidad será para otra cosa, pensó.

-No... -Había contestado indeciso, sin valor para decirle lo que estaba pensando- no creo que me anime porque lo tengo prohibido. No quiero que mamá se entere de nada de eso, Juancito, no quiero que sepa lo del Purgatorio, ni de lo que pasa allá, nada. La gente de aquí parece que no lo sabe, por eso no hablan... ¿Cómo pudo ser tan malo el Paí para meterla en el Purgatorio?

-Nosotros no entendemos esas cosas... Así mismo me dijo el Paí Damián: estas cosas vosotros no entendéis, me dijo, y yo digo que así ha de ser, seguramente. Pero papá se vengó bien del Paí Roque y el Paí Roque ya no se animó a hacerle cambiarlo que había hecho: la hizo a Rosa tan hermosa entre las llamas con su larga cabellera, tan linda, que todos pensaron enseguida, es decir, que todos los que le ven piensan: ella no está allí, ella no puede estar allí...

Sentado en el suelo y recostado contra la rugosa corteza de un formidable urundey que arrojaba una sombra placentera en medio del inquietante mar de hierba agitado por las reverberaciones, Bernardino miraba a sus pies, en la distancia allá, muy abajo, las hermosas construcciones de la Reducción de Itapúa.

Asentada sobre un casi imperceptible recodo del río-mar del sur, que con su engañosa superficie calma disimulaba peligrosamente su violencia, Itapúa era un hervidero de movimiento en las horas cercanas al mediodía.

La gente se movía de un lado a otro y de vez en cuando, resaltando en el conjunto ocre difuminado, la silueta oscura de algún sacerdote le recordaba a Bernardino que allí estaban, siempre presentes, que allí también conocían las órdenes del padre Roque, que todos las conocían, en todas partes, siempre.

Faltaba poco para el almuerzo y luego vendrían las horas de la siesta, horas paralizadas, silenciosas, en las que toda actividad se adormecía y durante las cuales, quizás por la seguridad que brindaba la luz del día, hasta la vigilancia se descuidaba un tanto. Ese es el momento que tengo que aprovechar para pasar, pensó Bernardino mordisqueando el último pedazo de mandioca hervida que le quedaba en la bolsa, reseca ya y endurecida. Controló lo poco que eran sus provisiones: uno o dos Puñados de maíz tostado y maní.

  —34→  

Recordó con amargura su paso por el melonar esa mañana, en las afueras de la Reducción. Uno de esos melones dorados y perfumados habría sido como alcanzar el cielo con las manos, pero no podía robar. Con el corazón saltando en su pecho permaneció escondido entre los matorrales mirando a los trabajadores recoger las frutas maduras para llevarlas a las casas, les hubiera pedido una, se recriminó, seguro que me la daban, pero tuvo miedo de descubrirse.

Entre las construcciones de abajo resaltaba el Taller de Instrumentos Musicales, amada joya de la Reducción de Itapúa, más pequeña, ciertamente, que la fábrica de Yapeyú pero donde se hacían instrumentos con un tono y afinamiento exquisitos. Llevaron uno de mis violines a Europa, Bernardino recordó que le había dicho el viejo Ignacio, el artesano, aquel atardecer un poco antes de la cena, en el costado de la casa de los indios, la vez que vino tropeando ganado.

-¿Europa?

-Un lugar hermoso, dicen, grande, al otro lado del mar.

El mar, se había dicho Bernardino mirando al indio viejo y se decía ahora, el mar...

-Es como nuestro gran río pero más grande, más, más, mil veces más -Ignacio había dejado vagar sus ojos por la gran extensión empastada de la ladera, con el pecho encendido de satisfacción, el calor poco a poco iba aflojando y el polvillo dorado era como una fina cortina con el sol del ocaso-. Mi violín está en Europa y se toca en una iglesia... ah, Bernardino, qué emocionante fue cuando el joven padrecito Domingo me dijo que quería mandar mi violín... El pasó por aquí antes de ir a quedarse en Córdoba, cuando eso no era todavía Paí, así nos dijeron, pero qué manera de saber hacer música... Recuerdo que le dijimos: no te vayas a ir de nosotros, Paí, quédate aquí, porque nosotros ya le decíamos Paí aunque no era. Pero se fue, y se murió allá. -había permanecido callado un momento y después sonrió-. Recuerdo que cuando estaba recorriendo los Talleres le hicieron escuchar mis violines y dijo: oh, qué bien suenan, así mismo dijo: oh, qué bien suenan, cómo quiero que un violín de estos se toque en mi iglesia, dijo, y después nos explicó: la iglesia de mi pueblo es grande, toda blanca y verde, así dijo, toda forrada de mármol; aquí no usamos el mármol, Bernardino, y por eso nuestras iglesias son rosadas, pero la iglesia del pueblo del padrecito Domingo, Domenico le decían algunos, allá en Europa, te decía, es toda blanca y verde.

  —35→  

Blanca y verde, pensó ahora Bernardino sentado bajo la sombra del urundey, debe haber sido un sueño del viejo Ignacio, pobre viejo Ignacio, quién sabe cuánto tiempo hace ya que se murió.

Cuando observó la quietud de la siesta en la población de abajo, reinició su camino. Aún tenía por delante algunas poblaciones conocidas pero alejarse de Itapúa, cuyas cercanías tantas veces recorrió cabalgando entre nubes de polvo guiando tropas de ganado, fue dejar atrás algo muy querido, lugares conocidos, su mundo, lugares amados que no quería dejar, donde había sufrido mucho, es cierto, pero donde se quería quedar.

Todavía puedo volverme atrás, pensó repentinamente ilusionado, puedo volver para pedir perdón y me van a recibir, ni siquiera falté demasiado tiempo, pero recordó el perfil de Rosa recortado contra la roja luz de las velas en la Capilla de los Muertos, requiescat in pace, amén, y después et lux perpetua luceat eis, los monaguillos con sus caritas oscuras suspendidas sobre el blanco sobrepelliz, monitos vestidos de rojo y blanco, tratando de apartar sus ojos de la cara de la muerta mientras el padre Julio giraba alrededor del túmulo salpicando los restos con agua bendita, pater noster qui est in coelis, dejando el hisopo con un gesto impaciente por la inexplicable distracción del indiecito que no prestaba atención a lo que estaba haciendo, mirando de costado como un sonso, sanctificetur nomen tuum, y tomando de las manos del turiferario el braserillo colgante, adveniat regnum tuum, las viejas llorando y aspirando con fruición el perfumado humo del incienso, Rosa rodeada de humo, muerta entre el humo así como vivió, entre el humo, días y días, meses, años, humo blanco de la Capilla de los Muertos roja de velas y rumorosa, rumor de horno encendido a punto de absorber los leños para convertirlos en ceniza, rumor de fogata que no se apagaba nunca, caldeando los tintes, cocinando la piel de las manos y los brazos, la piel de las mejillas, de las piernas y los pechos detrás de la tela de algodón que el calor hacía una lámina de metal caliente, caliente como el metal de la campana del almuerzo bajo el sol de febrero, ya no podría «su padre» mantener allí por más tiempo al hijo del pecado, Rosa se había ido por fin, se había alejado perdiéndose entre temblorosas cortinas de humo pero sin color, sin energía, sin nada.

La ilusión se diluyó y le quedó el miedo, pero no sería suficiente para atajarlo el temor a lo desconocido, se dijo, nada puede ser peor que este lugar donde nos hicieron sufrir tanto, por más que al pensarlo se le apretaba el corazón de pena.

  —36→  

-Casimiro, no le cuentes a nadie -le había dicho al caer la tarde- me voy.

-Yo sé muy bien lo que es vivir afuera, Bernardino; no te va a gustar.

-Puede ser; pero aquí no me voy a quedar. Viste lo que le hicieron a mamá, ¿verdad?, viste bien lo que nos hicieron aquí.

El viejo permaneció callado y Bernardino creyó que no le había escuchado.

-Yo volví -dijo por fin-. Porque tuve suerte pude llegar otra vez hasta aquí.

Bernardino miró con respeto el rostro cuarteado por las arrugas, en la garganta sentía una pelota que no le dejaba tragar.

-Aquí le maltrataron demasiado a mamá y aquí yo soy... yo soy...

-Ya sé lo que dicen. Pero afuera la cosa es peor. Ojalá puedas llegar bien a Yaguarón, pero ni así va a ser muy fácil... Con los Paí no has de tener problemas, son buenos también los franciscanos, pero con la gente es otra cosa... No nos quieren mucho a los jesuitas.

-No me importa.

-Y si no llegas a Yaguarón y te encuentran los vecinos va a ser peor.

-No me importa -Bernardino recuerda que tenía muchas ganas de llorar, Rosa acababa de morir y las mujeres vestían su cuerpo para ponerlo sobre la mesa, entre las velas.- No me importa nada, yo aquí no me quedo más...




ArribaAbajo- 6 -

Los ojos acuosos de Roque siguieron una vez más el vuelo del bendito sea desde el alero de la casa hasta el añoso petereby. En el muñón de la rama, rota durante la última tormenta, el pajarillo se detuvo y con movimientos nerviosos miró alrededor haciendo temblar el hilillo de paja que llevaba en el pico. Buscaba el sitio donde comenzar la construcción de un nuevo nido, aliento de vida, pensó el anciano con un dejo de envidia, el mismo empecinado aliento de esperanza que se adivina en las yemitas reventonas que bordean el muñón, verde limón casi dorado, vida obstinada dispuesta a volver a comenzar una y otra vez...

Ubicó dificultosamente debajo de sus riñones el pequeño almohadón buscando algún alivio, ni la más suave lana de San Miguel es   —37→   suficiente para calmar los dolores de este viejo cuerpo, pensó, el infierno comienza donde muere la esperanza, como en las brumosas barracas de teñido, (sintió una pena profunda en el corazón), fuego, calor, misterio, humo, oh Dios, oh Dios... Había ordenado que Rosa permaneciera siempre en las barracas, meses y meses, años... ¿qué es la vida en la tierra frente a la eternidad?

Se pasó los dedos nudosos por los ojos y de sus labios escapó un profundo suspiro sintiendo que se sofocaba: percibió con claridad las largas y filosas uñas del arrepentimiento arañándole el alma.

Hacia el fondo del patio, en la esquina que daba a los corrales donde tambeaban los animales de consumo, en una sala grande y bien ventilada los operarios trabajaban las planchas para imprimir el Devocionario Práctico que había redactado con esmero y que repartirían en las Reducciones, incluso al otro lado del Paraná.

Lo vio a Juancito Yaparí, anciano y achacoso, que trajinaba entre los más jóvenes controlándolo todo, sus ojos gastados y su pulso inseguro no le dejaban ya hacer prácticamente nada, pero Jaime le permitía participar de ese ambiente casi mágico de la Imprenta, su mundo. Este indio es un verdadero artista, pensó Roque; hasta ahora recordaba con emoción las magníficas ilustraciones que Juancito había grabado primorosamente muchos años antes y que admiraron a tanta gente.

La enorme prensa estaba en un costado y desde la galería Roque podía ver solamente una de las orejas, hecha con un grueso pedazo de lapacho. Más atrás veía también las vasijas de barro cocido que contenían la tinta negrísima que una semana antes trajeran de San Cosme. Todo parecía desarrollarse con una lentitud enervante, no podemos perder tiempo, pensaba, pero ellos parecen no tener apuro.

-Mañana comenzaremos a sacarlas copias, padre -le había dicho esa mañana el padre Jaime después del desayuno-. Nos atrasamos un poco porque me quedé algo corto: no tuve en cuenta la increíble repetición de algunos tipos y me quedé corto.

-¿Repetición?

-Sobre todo con la A, padre, fíjese: alabanzas darás a la santa... ¿quién podría imaginarse que necesitaríamos tan impresionante cantidad de aes...?

-Esa es una liviandad que me resulta enervante; es casi una falta de respeto.

Jaime, gordo y rosadote, le había mirado divertido.

  —38→  

-Es solamente buen humor, padre Roque...

Buen humor, se repitió ahora Roque sentado en la galería y mirando cómo la sombra se alargaba sobre el pasto, cómo todavía el rosedal se doraba con el sol de la tarde y el bendito sea continuaba su incansable ir y venir, buen humor... nunca me permití el lujo de distraerme con esas cosas y se me pasó la vida sin llegar a saber lo que es la alegría...

-El problema de las repeticiones que tanto le ofuscó esta mañana está solucionado, padre -dijo bromeando Jaime sentándose a su lado. Percibió el gruñido de desaprobación del anciano-. No se enoje, por Dios; comenzaremos a sacar las copias mañana.

-¿Lo harán?

-Si Dios quiere, desde luego -está de mal humor, pensó Jaime-. Hay veces que no todo resulta tan sencillo.

-Si lo que intenta es disculparse, no se preocupe, no necesita hacerlo. Si, por el contrario, lo que hace es quejarse del trabajo de nuestros hijos, permítame decirle que muchas veces es explicable su reacción desganada.

-No lo hago, padre -dijo Jaime por lo bajo y el anciano supo que sí lo hizo.

-Siempre tengo presente la difícil experiencia de San Joaquín, que conocemos tan bien... San Joaquín de Tobatines, esa tan difícil experiencia «de extramuros», así como curiosamente a alguno se le dio en llamar... Los padres tuvieron que vencer muchas dificultades, ah... ya lo creo que sí; más que nada, digo yo, por el descreimiento de los indios, que fueron tantas veces engañados, que ya no se sentían tranquilos ni dispuestos a colaborar...

Jaime le miró con una duda disimulada en el fondo de sus ojos.

-Por el descreimiento, padre, pero también por ese deseo de no hacer nada que suele vencer la voluntad de estos amados hijos nuestros...

A Roque no le agradó el tono ligero pero no opinó, es una suerte, pensó muchas veces, que haya conseguido que lo trasladaran nuevamente desde Santiago porque me agrada estar con Jaime a pesar de su enervante buen humor y la perspicacia con que descubre mis flaquezas, con aparente inocencia.

-Me niego a aceptar que sean haraganes. No lo son. Tenemos muchas experiencias que demuestran que no lo son: cuando se los orienta bien, dan muestras satisfactorias... Yo creo más bien que la   —39→   ausencia de voluntad que manifiestan esporádicamente se debe principalmente al descreimiento: se los engañó demasiadas veces, hasta el cansancio... Nosotros aquí nunca tuvimos problemas de esa clase, ¿no es cierto?

Jaime se movió en su asiento nerviosamente, no le gustaba discutir con su amigo pero pensaba diferente y se dijo que faltaría a su amistad si se mostraba condescendiente por piedad.

-Tuve la oportunidad de conversar con el padre Sebastián una vez que pasó por aquí; lo recuerda al padre Sebastián, ¿no?, y por lo que él me contó puedo asegurarle, padre, que en más de una oportunidad su paciencia fue puesta a prueba... y todos sabemos que es un verdadero santo, el padre Sebastián, el santo supremo de la paciencia, es -Jaime hizo que no veía el disgusto del anciano por su tono desfachatado-. Fueron momentos en los que, casi puedo confirmarlo, estuvo a punto de echarlo todo a rodar...

-La siembra, por ejemplo, Jaime -le había dicho el padre Sebastián- y estando toda la gente ocupada, repentinamente al Cacique se le ocurre que debe dirigir, de inmediato, una excursión de caza y yo, como es de esperar, me niego a autorizarla. Les explico a los indios claramente por qué: esta labor que estamos desempeñando, les digo, debemos hacerla ahora o será tarde y además, fíjense, tenemos todavía suficiente carne salada que nos permitirá aguantar hasta el final de la siembra... Y entonces se corta abruptamente toda comunicación: de la noche a la mañana nuestros hijos se convierten en extraños, en melancólicos e impasibles prisioneros que añoran la libertad perdida, la agradable vida nómada sin compromisos, sin obligaciones y, desentendidos de nuestra realidad, no hacen nada. Reunidos y silenciosos nos miran como si no nos conocieran, sin hacer ningún gesto que nos permita sospechar en qué están pensando... hasta que de repente, al cabo de unos cuantos días, pocos o muchos, nadie puede predecirlo, las cosas cambian y están nuevamente a nuestro lado, dispuestos a trabajar, entusiastas, alegres...

Jaime espantó los mosquitos que comenzaron a rondar su cuello animados por una furia hambrienta infestando las sombras del crepúsculo.

-Lastimosamente, me dijo el padre Sebastián, para ese día las reservas de carne salada ya se habían agotado y era imprescindible organizar una excursión de caza...

  —40→  

Disimuló su risa entre las sombras crecientes para no molestar aún más al anciano.

-Parece muy consubstanciado con el relato del padre Sebastián -dijo Roque agriamente, sin ánimos para seguir la humorada-. Hay veces que son caprichosos, ciertamente, pero casi siempre el principal motivo de su mal comportamiento radica en que no se los dirige con propiedad.

-Puede ser, padre -Jaime se levantó para irse, hacía ya un buen rato que la campana había marcado el final del trabajo y quería pasar por la imprenta a pegar una mirada antes de que fuera más oscuro-. Puede ser cierto lo que usted dice, pero en nuestros pueblos, con nuestros indios, que ya están adaptados a las nuevas costumbres... Ahora bien, imagínese lo que habrá sido con los indios en el estado primitivo como encontraron a los pobladores de San Joaquín. Yo creo que además del descreimiento que usted dice es muy importante el enfrentamiento con las tradiciones y costumbres de los nativos. La relación entre hombres y mujeres, por ejemplo, la vida matrimonial y todas esas cosas, trajo innumerables problemas a los padres, por lo que me dijo el padre Sebastián, digo.

Jaime percibió un gesto de alerta en la cara del anciano y se recriminó por haber tocado ese tema, sabía muy bien que el padre Roque trataba siempre de eludirlo.

-¿Qué clase de problemas, dice usted?

-Los nativos muchas veces son bautizados antes de saber con justeza lo que es ser cristianos, no sé si lo digo bien. Lo que quiero expresar es que son bautizados cuando piden a los padres el Bautismo, después de comenzar a conocer la Palabra... Ese pedido brota por la emoción, por el entusiasmo, por el afecto que sienten por nosotros... y son felices. Pero cuando ya no pueden volver a hacer las cosas que antes hacían se sorprenden, a veces se rebelan, amenazan con irse, y algunos, no muchos, por cierto, se van sin más... y es lógico: para ellos, una ceremonia que es muy linda, en verdad, no tiene nada que ver con el deseo de poseer a esa otra mujer que les atrae, por ejemplo.

-¿Lógico?

-Lógico para ellos, desde luego, padre... No digo que yo piense así.

-Me niego a aceptar que nuestra labor sea tan ligera e irresponsable como lo está definiendo.

-Dios me guarde, padre, nada más alejado de mis deseos que desmeritar nuestra labor... Pero no deja de ser cierto que nosotros   —41→   anunciamos las Buenas Noticias primero y contamos las obligaciones después.

-¡Jaime!

-No, entiéndame, no es mi deseo ser irreverente. Lo que hacemos, digo, es similar a lo que hacían nuestros primeros misioneros cuando atraían a los indios con el sonido de las campanas, esas voces nuevas, vibrantes, que los indígenas nunca antes habían escuchado y que les atraían hacia la Palabra, no sé si lo digo bien.

-Es claro que no -y Jaime pensó: Señor mío, qué reacciones tiene mi amigo-, pero creo entender la idea que motiva sus palabras, aunque el tono de chacota la desdibuje y haga su exposición irrespetuosa.

-El Devocionario Práctico que imprimiremos desde mañana puede brindar una gran ayuda -dijo Jaime cambiando abruptamente el tema tratando de despedirse-. Hizo un buen trabajo, usted. Es tanto lo que queda todavía por hacer entre estos hijos nuestros que este librito puede ser de gran utilidad...

-Dios lo quiera.

Dios lo quiera, rogó una vez más después viendo cómo el gordo padre Jaime caminaba hacia la imprenta entre las sombras de la galería que cada vez se hacían más espesas y sintiéndose molesto por no haber podido clarificar con mayor profundidad el tema con su amigo: el dilema de la fe sin obras no tiene cabida cuando la fe significa entrega total, en cuyo caso las obras son una consecuencia lógica. Encaradas así las cosas, las Buenas Nuevas no arrastran cargas escondidas, así como de manera tan impertinente expresara el padre Jaime, sino los «dulces y deseados dardos de encendido Amor...».



IndiceSiguiente