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ArribaAbajo- 7 -

-Me gusta el clave, Jacinto, parece el que trajo el Paí de Itapúa, ¿no es cierto?, es simpático.

-Lo que es simpático es cómo se enojó el Paí Roque.

-Es medio peligroso lo que haces, subiendo aquí.

-Es; pero no me importa.

Estaban sentados en el andamio, con las piernas colgando mientras comían las chipas de la merienda, Jacinto sabía que se arriesgaba subiendo hasta allí pero le gustaba hacerlo, alejarse aunque sea por un   —42→   momento del Purgatorio para subir, subir, subir hasta el friso allá arriba, subir a los andamios y mirar el tejido de puntales que se unían y se cruzaban hasta ira apoyarse allá abajo, tan abajo que parecía imposible respirar allí sin ahogarse.

El padre Roque le había prohibido subir; pero lo volvió a encontrar arriba cuando iniciaba el perfilado de los turiferarios y se encendió como un yaguareté furioso.

-Tu trabajo está allá abajo -le recriminó resollando por el esfuerzo-, ¿qué estás haciendo aquí?

-Ya es mi hora libre, Paí -Jacinto no había podido evitar que todo su cuerpo temblara-. Vine para ayudar un poco a mis compañeros...

El anciano le había mirado con desconfianza, no le creía, no, no le podía creer, sentía que el indio le estaba engañando y no lo alcanzaba a descubrir.

Se detuvo a observar las figuras que los obreros pulían, y las nuevas que se iban perfilando, en la gracia de las formas se notaba la mano maestra de Jacinto, este ladino sube hasta aquí fuera de horario y debe tener un buen motivo para hacerlo, pensó.

Se fijó en las figuras centrales que iban emergiendo de la piedra: en el centro de las dos series de angelitos (colocados de perfil, cada uno con un instrumento musical diferente) que había en cada paño entre columnas, tallaban un angelito de frente, parado y sosteniendo un humeante incensario.

-¿Qué son estas ridículas figuras que estás haciendo aquí? -personalizó para demostrarle que no lograba engañarle y su voz alterada había retumbado entre los muros. Los obreros que iban saliendo hacia la plaza, roja por el sol del ocaso, se volvieron para mirar.

Jacinto había sentido, lo recordaba ahora con un regusto satisfecho, un miedo terrible, pero en el fondo de su pecho, acallado pero fuertemente poderoso, también un grito de rebelión.

-Estos angelitos tienen el incienso, Paí -fingió una timidez asustada-. Es una sorpresa que quiero darle al Paí Juan Antonio cuando vuelva de su viaje... Yo pongo estos angelitos porque el incienso es para darle gloria a Dios, con ese perfume hermoso que tiene... Para darle gloria a Dios igual que con la música, Paí que está en todas partes, como el perfume, pero que no se puede tocar.

El humo del incienso, se había repetido esa noche Roque, cansado al final del largo día pero obligándose a permanecer un rato más frente   —43→   a su mesa de trabajo, el humo del incienso... en esto debe estar la clave de su proceder retorcido y malintencionado, se decía (pero recién mucho después llegaría a vislumbrar el motivo, ya viejo y achacoso, acosado por terribles sombras, arrepentido).

-Nunca más vuelvas a subir aquí -le había dicho por fin, parado frente a la escalerilla para iniciar el descenso-. Te lo prohíbo bajo pena de exclusión.

Pero aún así ahora, sentado en el andamio con las piernas colgando en el vacío mientras comían las chipas de la merienda, Jacinto se sentía feliz.

Sabía que el padre Roque no vendría por la iglesia porque el resfrío lo recluía en su habitación y estaba seguro de que nadie le descubriría. Podía disfrutar a su gusto con sus angelitos músicos, sus hijos, cada cual con su instrumento, y con los incensarios haciendo humo, el mismo humo que día a día envolvía a Rosa en la barraca de teñido en Jesús, así como le habían contado.

Alguna vez el Paí Roque se va a dar cuenta, pensaba con el pecho sofocado, Rosa no está en el Purgatorio como él me obligó, sino en el friso con los ángeles, alegre, y no en el fondo del fuego entre las llamas, quemándose.

-¿Cómo puede ser pecado lo que hicimos, Paí Damián, si solamente fue algo que no pudimos atajarnos y pasó?, yo no quise hacerle ninguna porquería a mi esposa, Paí, lo que pasa es que las cosas pasan, nadie tiene la culpa.

Rosa tampoco quería hacerle mal a María, ya sé lo que me vas a decir: que soy casado y todas esas cosas, pero nosotros no queríamos hacerle mal a nadie.

Las cosas, Paí, a veces no son como parecen; antes estas cosas para nosotros no estaban mal y ahora sí están mal, ahora nos casamos y no tenemos que hacer estas cosas, pero no íbamos a hacerlas, desde luego.

Hacía bastante tiempo que yo le miraba a Rosa, es verdad, pero nunca le dije nada porque no me animaba y porque no tenía que decirle, ¿no es cierto? Y bueno, resultó ser que ella también me miraba, había sido, pero tampoco me decía nada.

Todos sabemos que las mujeres se retiran de la barraca de lavado a las cinco de la tarde, ¿verdad?, y los hombres bajamos a bañarnos después de la recreación, a las seis, siempre fue así. Y bueno, vino a pasar que esa tarde yo tuve que ir a bañarme más temprano porque el Paí Juan   —44→   Antonio me esperaba y no quise presentarme sucio. Él me quería mostrar el dibujo que tenía preparado para un rosetón, un escudo creo que me dijo, no sé, después de todo lo que me pasó ese día ya no me puedo acordar bien. Entonces me fui a bañar un poco más temprano porque sabía bien que las mujeres ya habían salido de la barraca a las cinco.

Pero había sido que Rosa, cuando juntó sus ropas en el canasto para irse, dejó olvidada una blusa y se dio cuenta recién después, cuando ya llegó cerca de las casas. Ella sabía bien que no era todavía la hora para que los hombres bajaran a bañarse y entonces volvió para buscar la blusa.

Cuando ella entró yo ya estaba desnudo bañándome y ella, me dijo después, se sorprendió mucho al verme, y más al ver quién era, y no supo qué hacer y entonces se rió haciendo un poco de ruido, yo digo que porque estaba nerviosa pero en realidad no sé muy bien por qué, su risa me llamó la atención y miré hacia allí y le vi.

En ese momento me di cuenta de quién era y que estaba allí mirándome y qué quieres que te diga, Paí, yo sé que me hubiera podido tapar y esconderme, pero me dio gusto estar así y tuve ganas de continuar nuestra broma, no quise que terminara ese momento. Y entonces, mi corazón parecía un abatisocá golpeando un mortero vacío, le invité a bañarse conmigo, los otros no van a venir todavía, le dije, no tengas miedo.

Y así fue todo, Paí, no hubo nada de esas cosas complicadas.

Después nos vimos otras veces más, muchos se enteraron y no sé si fue por eso que el Paí Roque también se enteró, o es que notó que Rosa estaba embarazada, no sé, y se armó todo el desastre.

Yo lo que digo, Paí Damián, es que puede ser que el Paí Roque tenga razón, que el casamiento, que la esposa, que todas esas cosas... yo no hago problema por eso, desde luego que no; lo que digo es por qué hacer tanta historia, por qué tanto desastre si nosotros no queríamos hacer ninguna porquería... ¿acaso que tiene tanta importancia?




ArribaAbajo- 8 -

Recién después de pasar el cinturón de corrales donde recogían las ovejas por las noches, en las afueras de San Miguel, Bernardino se sintió más tranquilo. Le había costado mucho decidirse a volver a caminar de día después del susto que se pegó cerca de San Ignacio Guazú.

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Un escalofrío le recorrió la espalda recordando el atardecer en el arroyo, casi una legua antes de llegar a San Ignacio, cuando por un momento creyó que su aventura terminaba.

Promediaba la tarde cuando llegó a la barranca, ya desde allí se divisaba la punta de la torre de la iglesia de San Ignacio Guazú y hacía rato había dejado atrás el monolito de piedra con el Sol de Jesús tallado, y bajó hacia el agua, buscando un sitio donde esconderse para esperar la noche, era mucho el peligro que corría en plena reducción, tan cerca del pueblo.

El cansancio de la larga caminata y el mal comer comenzaban a agotarlo. Al mover unas ramas, en la pendiente, el susto le paralizó cuando una gallineta saltó y rozó sus piernas huyendo despavorida. Quedó con el corazón retumbando en su cabeza y con los brazos hormigueantes pero pronto el susto se convirtió en alegría: en el nido abandonado quedaron cuatro huevos, y su estómago vacío se retorció enloquecido.

Al hacer pasar por su garganta el líquido espeso que sorbió del huevo por el agujerito que abriera cuidadosamente con una piedra puntiaguda, sintió tan profunda satisfacción que sus ojos se inundaron de lágrimas, sabía que era prudente guardar por lo menos dos huevos para el día siguiente, pero después de haber comido la última mandioca a poco de salir de Itapúa no había conseguido otra cosa más que dos araticú medio verdes y alguna guayaba, así que sorbió golosamente los cuatro huevos y luego bajó hasta el arroyo para calmar su sed.

El cansancio y su estómago satisfecho hicieron el resto: se tendió entre el yuyal y se quedó profundamente dormido.

-¡Paí Jaime! ¡aquí hay un muerto...!- escuchó que gritaba un muchachito a su lado y se despertó sobresaltado, con un martillazo de sangre en el estómago.

Atemorizado miró el corro de indios que le rodeaban riéndose a carcajadas. Cuando un poco más atrás pudo ver la cara sudorosa del gordo sacerdote pensó que todo había terminado. Le asaltó la tentación de huir, rompería el círculo sorpresivamente y correría... pero no valdría de nada, le alcanzarían y sería peor.

-¿Qué le pasa a nuestro muerto? -resolló burlón el sacerdote-, yo lo noto bastante vivo... Sus pies están hechos una miseria. Traed agua, yo tengo sal.

Bernardino se dejó atender, y no se animó a mentir.

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-Si quieres salir de las reducciones no tienes necesidad de esconderte -le dijo después el Paí con voz calma y Bernardino le miró dubitativo-. Sencillamente sales y te vas...

-Conmigo es diferente, Paí... a mí me persigue el Paí Roque, su ojo me persigue por todas partes y le tengo mucho miedo porque no me va a perdonar...

-Ah, pobrecito... -musitó el sacerdote y Bernardino no supo bien si era por él-. El viejo padre Roque ya no es el mismo; no debes temer nada, hijo, son solamente ideas tuyas...

Pero seguramente no lo dijo demasiado en serio, pensó Bernardino, seguramente lo dijo porque había muchos indios rodeándonos y no quería hablar delante de ellos porque, al darle las provisiones que sobraron en su bolso después de comer, le dijo: no es que haya ningún problema, claro, pero si te deja más tranquilo, haz que no te vean.

Al cabo de un rato el padre Jaime había aprontado a su grupo y se marcharon dejándolo solo nuevamente, no era conveniente para ellos

retrasarse, dijo, porque el sol estaba bajando y el cansancio del largo día comenzaba a mellar el entusiasmo de los excursionistas.

-Muy cargado fue este viaje a Santa Rosa para entregar los Devocionarios Prácticos, mira, cuánto siento no tener ninguno más para mostrarte, es una verdadera lástima porque son muy hermosos, la presión es perfecta, sí señor, perfecta, Hijo, adiós. Que Dios te bendiga.

Reemprendieron la marcha y Bernardino los vio partir con un pinchazo de envidia.

Y ahora atravesaba la inacabable planicie verde amarillenta, rodeado por el pasto amarillo, una planicie que parecía crecer a medida que se adentraba, porque veía el horizonte alejarse más y más.

Se volvió para mirar hacia atrás y vio solamente la misma capa amarillenta bailoteando bajo el sol. Ya ni siquiera pudo divisar los últimos vestigios de población de las afueras de San Miguel, era como si la poderosa masa de pasto semiseco se la hubiera tragado, pensó estremeciéndose, así como me puede tragar a mí y nunca nadie va a saber nada más de mí.

Cuando por fin llegó a la costa del Tebicuary se paró en la arena de la playa, indeciso, mirando el gran río que debía atravesar. Atravesarlo significaba dejar atrás todo lo que amaba, ¿por qué habría de hacerlo?, se preguntó una vez más.

-No seas vyro; no debes preocuparte por esas cosas.

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-Es que el Paí dice que soy hijo del pecado.

-Así dicen; y que por eso no te dejan ir a Trinidad -Sinforiano juntaba los arreos después de soltar los caballos cerca del agua-. Yo no hago mucho caso, pero dicen que es así.

Bernardino le sacó el cabezal al zaino y le dio una palmada en el anca. El animal retozó y sacudiendo sus crines se volvió hacia él alegremente.

-¡A comer...! -le dijo como a un amigo-. Yo creo que no deben tratar así a la gente.

-Desde luego.

Habían acampado al caer la tarde en la ribera del Itanguá y mientras la olla hervía jugaron a la pelota. Cuando era casi noche cerrada se bañaron en el arroyo y luego de rezar cenaron sentados alrededor de la fogata. Después escucharon las larguísimas historias que Estanislao contaba tan bien, pero Bernardino no podía concentrarse.

Cuando por fin se retiraron a descansar el cielo era un techo negro perforado por miles de agujeritos brillantes y quizás por sentirse amparado por la oscuridad, Bernardino se atrevió a hablar una vez más.

-Dicen que entre nosotros no puede entrar el pecado, ¿cómo, entonces, es mi caso?

A Sinforiano le dio pena la cara de su amigo, rojiza por la luz de la fogata lejana, desde luego que no hay que tratar a la gente así, se dijo.

-Todas estas cosas no tienen demasiada importancia.

Pero claro que tienen importancia, se dijo ahora Bernardino parado en la blanca arena de la orilla del Tebicuary, tienen tanta importancia que por esas cosas yo me voy ahora dejándolo todo, ahora que se fue mamá yo también dejo mi casa, dejo mis amigos, dejo todo lo que es mío, sin llevarme conmigo nada que me recuerde las cosas malas que nos hicieron pasar aquí.




ArribaAbajo- 9 -

Los cuencos de barro cocido que contenían el aceite donde flotaban ardiendo gruesos pabilos de algodón trenzado formaban una verdadera catarata de luz en el crucero a partir de la Cripta y ascendiendo por el retablo principal alrededor del Sagrario.

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La nave central también era perfilada por una filigrana de luz. En cada uno de los pilares que la bordeaban se había sujetado con ingenio una estructura de madera que sostenía una docena o más de cuencos.

Esa gran cantidad de pabilos ardiendo temblorosos, con llamitas que se alargaban o aplastaban por misteriosas corrientes internas en el aire caldeado del templo (que en minutos más estaría atestado de gente), hacía que la penumbra fuera rojiza, un hálito brumoso rodeaba las columnas inmensas, coloreaba los rostros adustos de las imágenes y daba un engaño de movimiento a los angelitos risueños que allá arriba, en el friso, soplaban con graciosa picardía las trompetas o tañían el arpa... La radiante claridad del exterior entraba por los vanos como si fueran enormes tules fluorescentes colgados de las aberturas, que se inflaban como globos y llegaban hasta donde la voraz bruma rojiza del interior los absorbía.

En la plaza esperaban los hombres, las mujeres y los niños que vinieron de todas partes para la consagración del templo: de Santa Rosa, Santiago, Santa María, San Ignacio Guazú, Jesús, San Cosme, Itapúa... incluso desde San Ignacio Miní, Corpus, Loreto... que quedaban allá, al otro lado del río grande que parece el mar.

Los grupos de visitantes y las distintas Cofradías de Trinidad aguardaban nerviosamente pero en riguroso orden, el orden, padre, le había dicho esa madrugada el padre Roque a José, nunca debe ser dejado de lado; y menos los días de fiesta, cuando la mayoría piensa que la disipación es admisible.

De la Capilla Vieja, al lado del Cementerio, salía una caminería que se adentraba hasta la mitad de la plaza, en donde se había levantado una amplia plataforma adornada con guirnaldas de hojas y flores y desde allí torcía para ir por fin hasta las gradas del atrio. A lo largo de la caminería, tapizada con hojas de palma secas y entretejidas, se levantaban arcos de ramas hábilmente sujetas, de las que colgaban frutas, flores y, en realidad, cuanta cosa que se producía en las reducciones.

Frutas perfumadas, limones, toronjas, coloridas mantas de esa lana suave y abombada de San Cosme, guayabas, maíz, pequeñas y brillantes guitarras, hojas de tabaco a medio secar, ramas de yerba mate con su color verde oscuro y su brillo semi encerado, grandes manojos de niño azoté con sus plumeritos rojos como pequeños rayos encendidos y plumas de infinidad de colores se mezclaban con las ramas de los arcos en maravillosa profusión.

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Un poco antes de las diez de la mañana las campanas comenzaron a sonar y fue como si el sol brillara más, comentó después el padre Jaime, pareció que brillara con más intensidad y la masa humana se agitó espejando destellos: en un aro, en un pómulo encerado de sudor, en los ojos... oh, esos ojos maravillados que se abrían más y más tratando de ver más cosas, tratando de descubrirlo todo, de vivir cada detalle... Primero comenzó el repique de la pequeña campana de la Capilla Vieja y muy pronto le acompañó el redoble grave de la Abuela, que colgaba a su lado. El grave tañido despertó sonoridades vibrantes en los muros laterales que cerraban la plaza y desde más allá, segundos después, comenzaron a volver los ecos profundos devueltos por la cortina del monte.

El origen de la vieja campana que llamaban la Abuela era un misterio incluso para los padres. Nadie sabía a ciencia cierta desde cuándo estaba en Trinidad (¿será una ocultación intencional?, se preguntó Damián más de una vez), ni había datos concretos en los inventarios de la Misión, y esa falta de información daba pie a las versiones más antojadizas.

Muchos aseguraban que la Abuela fue rescatada en el desmantelamiento de la Misión del Guairá, cuando el éxodo y que la trajo el padre Ruiz de Montoya en su penoso peregrinar por los montes. Damián no creía que esto fuera cierto, por qué habría de venir a parar en Trinidad, se preguntaba, en vez de quedar en Loreto, por ejemplo, que fue fundada por el padre Ruiz, o por qué no había quedado en cualquier otra ciudad en lugar de Trinidad, que fue fundada mucho tiempo después. Toda esta nebulosa, todas estas preguntas sin respuesta resultan algo emocionante, concluía después, son argumentos sugerentes que convierten a la Abuela en algo amado, una reliquia, una presencia amiga.

La Abuela siguió sonando pausadamente, tranquila, como una anciana orgullosa y segura del cariño de los suyos y al rato se le sumó el agudo y particular tintineo de la campanita de la escuela, que los indiecitos identificaron al instante armándose un revuelo a duras penas contenido.

Luego se sumaron las campanas de la Carpintería, de la Olería y del Comedor, Trinidad estaba haciendo gala de uno de sus principales orgullos: las campanas de Trinidad eran las mejores, todos lo sabían, en ninguna otra parte se fundían campanas mejores que las de Trinidad.

Al glorioso concierto se sumó el repique de las campanas de la Curtiembre, de la Huerta, de la Cocina, de la Ropería y por fin (como   —50→   accediendo a una invitación, es algo verdaderamente emocionante, pensó el padre Jaime) las campanas de la vieja Torre del Campanario, que no se habían utilizado en tantísimos años, comenzaron a sonar.

Al cabo de un momento, y recién después, las campanas del templo nuevo iniciaron su redoble. La Torre cedió su lugar a la iglesia nueva.

Bandadas de gÿrahú chopí, palomas y bendito seas se elevaron hacia el cielo alejándose despavoridos de sus nidos prendidos a los aleros, impostas y capiteles y la gran masa humana que inundaba la plaza prorrumpió en vítores y aplausos.

Se abrieron las puertas de la Capilla Vieja y el sol dio de lleno en el diácono que encabezaba la procesión portando un crucifijo bruñido y centelleante. Detrás venían veinte ceroferarios con sus grandes bastones de madera tallada coronados por gruesas velas humeantes. A continuación salieron al atrio los turiferarios, vestidos con blancos sobrepellices bordeados de encaje y llevando los braseritos colgantes que despedían espesas nubes de humo de incienso que parecían nerviosas columnas blancas antes de diluirse en el aire limpio como el cristal.

En la plataforma que había en el centro de la plaza un grupo de indiecitos (como verdaderos ángeles, pensó el padre Damián) comenzó a cantar:

«Laudate Dominum, laudate Dominum...»

Un Coro de más de trecientas voces de adultos, apostado alrededor de la plataforma, les contestó:


«Omnes, omnes, omnes gentes
omnes, omnes, omnes, populi
laudate
laudate eum...»

Los sones de la orquesta vibraban límpidamente con la fuerza emocionada que seguramente el padrecito Domenico imaginó al componer la gloriosa melodía, el sonido de los violines era más brillante que los mismos rayos del sol, comentó después el padre Jaime dejándose llevar una vez más, al decir del padre Roque, por el entusiasmo.

Damián iniciaba la larga fila de padres que, colocados detrás de la imagen de la Santísima Trinidad, precedían el palio debajo del cual el padre Roque llevaba la Hostia.

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Cuatro mozos portaban el anda con la imagen de la Trinidad. Era una talla de madera policromada de particular belleza: Dios padre, con la presencia de su Espíritu en forma de paloma, rodeaba con sus brazos abiertos a Su Hijo colgando de la cruz. Era un grupo armónico, emocionadamente ingenuo, con la ingenuidad recalcada por el brillo inusitado de los colores empleados por el indio al colorearla empleando los pigmentos vegetales que ellos conocían por antiquísimas tradiciones de sus pueblos y que tan diestramente fueron perfeccionados por el Hermano Ulrico hacía ya tantísimo tiempo.

Al salir de la Capilla Vieja Damián sintió el sol en el rostro y su ánimo se transportó en una arrobada contemplación. Se detuvo un instante en la grada de piedra disfrutando el maravilloso espectáculo de la plaza rebosando vida, luz, color.


«...super nos, super nos
misericordia ejus...»

cantaba el Coro y Damián sintió que los ojos se le inundaban de lágrimas, y que el corazón le golpeaba retumbando en su garganta. Grande es Tu amor, Señor, musitó, y grandes Tu poder y Tu gloria.

Recostado contra la pared de la angosta nave lateral Jacinto veía pasar delante de él la gente que entraba a la iglesia apresuradamente precediendo la procesión que estaba llegando al atrio. El sordo rumor que producían los pies descalzos sobre las dibujadas losetas de barro cocido del piso eran como ecos del torbellino que escuchaba adentro de su cabeza.

Hubiera querido poder llorar para descargar su corazón así como lloraban todos aquellos hombres y mujeres, con los sentidos enardecidos de emoción, entre las nubes de incienso que giraban y se agrandaban ascendiendo, pero no pudo hacerlo: sus ojos estaban secos y sintió que su corazón estaba adormecido.

«Ecce sacerdos magnus...»

cantaban ahora los tenores con voz radiante y el Coro les contestó:

«vita, honor...».

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Mientras el padre Roque (oh viejo y malo Paí Roque) entraba a la iglesia caminando bajo el palio que sostenían seis indios vestidos con blancas vestiduras, y portando en sus manos la custodia con el blanquísimo Cuerpo de Jesús.

Jacinto cerró los ojos emocionado y sobrecogido recordando lo que había visto el año anterior en la Obra de Santiago, ah... qué emocionante había sido ver pasar al Paí Montoya (en realidad el Paí Nicolás, supo Jacinto después) con el Santísimo en sus manos, caminando a la cabeza de la larga fila de indios con sus canoas al hombro, hambrientos, asustados y llenos de cansancio y miedo, delante del público que miraba con los ojos muy abiertos por el asombro mientras al costado, casi al lado de la orquesta, los ayudantes del Paí Jaime golpeaban porongos secos con macitos de paja para simular el ruido del agua en las Siete Caídas, ¿cómo pudieron hacerlo tan bien?

-Fue igualito que si hubiéramos estado con ellos -recordó que le había dicho después María, esa misma noche, cuando ya estaban por dormir, acostados sobre las esteras preparadas para los visitantes en las grandes barracas que tenían las aberturas protegidas del helado viento del sur de finales de julio con pieles y mantas tupidas de lana. ¡Cómo habrán sufrido, pobrecitos...!

-Después de cinco largos días de caminar cargando las canoas sobre los hombros, pudieron por fin volver a salir de la jungla y acercarse al río... Más de la mitad de las canoas se había perdido pero estaban a salvo... -se había escuchado la voz del padre Jaime despersonalizada al tronar a través de la bocina de metal-. Llegar otra vez hasta las aguas del río fue como un amanecer de esperanza... ¡una vez más nuestro Padre Dios bendijo a sus hijos muy amados...!

Jacinto estaba ubicado muy cerca del atrio, en las primeras filas, y había notado cómo los indiecitos agazapados en la parte inferior del tablado descubrían sus lámparas de aceite encendidas, cientos de lámparas de aceite encendidas, y la escena se inundó de luz radiante iluminando al padre Ruiz de Montoya que, con la custodia en alto, bendecía a la multitud.

Se había escuchado un rumor de admiración entre el público, la inmensa cantidad de gente que llenaba la plaza de Santiago, venida desde distintos pueblos para la Fiesta Patronal del Matamoros.

El repentino silencio que se hizo dentro del templo sacó a Jacinto de su ensoñación.

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El palio se había detenido en medio de la nave frente a la Cripta y los turiferarios formaron un círculo rodeándolo. Retiraron luego el decorado toldo y dejaron al padre Roque parado bajo la gloriosa cúpula agigantado ante la multitud que cayó de rodillas cuando giró sobre sí levantando la custodia para su adoración.

Después lentamente se dirigió hacia el Sagrario adonde llegó y se volvió una vez más hacia los fieles levantando otra vez sobre su cabeza el Santísimo Sacramento.

Del piso de la iglesia emergieron (de la cripta, confirmó Jacinto sonriendo) doce jóvenes con vestiduras blanquísimas portando cada uno un cirio encendido y se colocaron en los costados del altar.

Desde el fondo de la iglesia los siete encargados que había designado Julio Ñacundí, Sacristán Mayor, y él mismo, comenzaron a apagar con sus conos de plomo sujetos a largas tacuaras los pabilos embebidos de aceite que ardían en los cuencos de arcilla colocados en los pilares. Se levantó entre la gente un rumor apagado, sorprendido, curioso.

La penumbra fue ganando lentamente el interior del templo cuando a los perezosos jirones de incienso se agregó el humo nuevo que subía de los pabilos recién apagados. En un momento dado las únicas luces que siguieron brillando fueron las que rodeaban el Santísimo.

Desde donde estaba, arrodillado en la grada del altar de San Francisco Javier, la querida imagen que tantos y tan buenos recuerdos guardaba para él, Jacinto pudo ver al padre Damián arrodillado entre los demás sacerdotes, con la cara pálida como la ceniza; también vio al padre Federico con su barba de choclo que parecía que en cualquier momento incendiaría su cabeza, al gordo Paí Jaime que había venido desde San Ignacio Guazú para la ceremonia, al Paí Juan Antonio que parecía un mitaí emocionado, al Paí José, cuadrado y grandote como un toro... son mis Padres buenos, pensó, menos el Paí Roque que no es bueno, él no nos quiere como nos quieren los otros... pero no se animó a seguir pensándolo, tuvo miedo, precisamente en la iglesia, porque le odió.

En la penumbra del templo solamente el altar brillaba como una joya. El padre Roque apoyó la custodia sobre la mesa y extrajo la Hostia para introducirla en la hermosa casita dorada.


«¡Cantad alegres a Dios,
habitantes de toda la tierra...»

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Las palabras del Salmo cobraron vida con vehemencia.

Una agitación rumorosa movilizó a los fieles y su canto fue casi un grito: «¡El Señor es nuestro Dios!»

«¡Venid con acción de gracias y alabanzas...!»

Era casi imposible escuchar la orquesta por la euforia de la multitud: «Eterna es su gloria»


«¡Alabad al Señor y bendecid Su Nombre...!»
«Por todas las generaciones»
«Por los siglos de los siglos. Amén»
«Amén, amén...».

Jacinto pudo ver en el grupo de mujeres a María que lloraba sin tratar de impedirlo y más allá a Juancito, su hijo menor, hecho ya casi un hombrecito y un poco más adelante, con los hombres de la Olería, a Felipe, el hijo que se le había casado hacía poco, y entre las doncellas a Esther, su hija, tan hermosa, casi tan linda como su mamá... y sintió que la emoción, ahora sí, le apretaba la garganta y que la piel se le erizaba. Sus ojos subieron hasta más arriba del altar, hasta donde estaban sus Angelitos Músicos, que eran como otros tantos hijos suyos: el flauta, el clave, el arpa... queridos hijos, pensó, querida Rosa, estás también aquí, en el humo del incienso.

Lentamente y siguiendo el recorrido inverso volvieron a encender los pabilos de los cuencos, desde el altar hacía el fondo de la iglesia, como si la luz del altar irradiara hasta llenar el templo, la Reducción, el mundo.

Y se comenzó la misa.




ArribaAbajo- 10 -

-No son nada alentadoras, Padre, por cierto, las noticias que le traigo- el Enviado del Provincial trató de introducir el pañuelo entre el   —55→   sobrecuello y su piel ardida, el fresco despacho del anciano Superior era un paraíso comparado con el calor terrible del exterior, la penumbra un premio frente al sol alucinante que hacía chisporrotear los cocoteros de la plaza, pero se ahogaba dentro de sus ropas oscuras. El anciano se entretuvo un instante corrigiendo la ubicación del cartapacio que tenía sobre su mesa, es como si evitara mirarme a los ojos, pensó el padre Ramón.

-A veces considero cuánto ganaríamos cerrando nuestros oídos a este tipo de especulaciones que nos viene del exterior.

En contra de su voluntad Ramón acusó la estocada.

-Sería placentero, padre, por cierto.

Roque no pudo evitar que un huidizo brillo divertido rondara sus ojos, ah, jovencito, pensó, no te imaginas cómo sé cuán susceptibles nos torna el continuado trato con los hombres. Suspiró profundamente.

-El aislamiento es una de las bendiciones que no alcanzamos.

-¿En realidad lo desea?

-Es un decir, mi joven amigo; no tome en consideración los devaneos de un viejo cascarrabias como yo... Un viejo que no consigue dejar de sentirse temeroso.

-Mucho me alegraría poder tranquilizarle, padre, pero me temo que no puedo hacerlo... Lastimosamente la situación en aquel lado del mar no es muy clara y acá es aun más confusa. No estamos encontrando el camino correcto para nuestras relaciones con los demás... disculpe mi aparente cinismo, sé que usted me entiende. Cada vez se ensancha más la brecha que nos rodea y nos separa; casi diría que poco a poco nos vamos quedando solos... El respaldo que esperábamos a través de Roma es incierto: no se puede decir que las relaciones de la Compañía con algunas Congregaciones muy influyentes sean precisamente fluidas... y el Santo padre está suficientemente ocupado en defenderse como para poder distraer su atención en nosotros...

-Usted da por cierta una situación de enfrentamiento que me niego a aceptar... ¿cuál es el problema que ocasionamos?, ¿a quién molestamos? No pedimos nada a nadie y sólo hacemos lo que tenemos que hacer...

-Ciertamente nuestras Ciudades de Dios son económicamente florecientes, padre, si a eso se refiere al decir que no pedimos nada a nadie.

-No es presunción ni orgullo.

-Desde luego, lo sé. El cultivo racional de la yerba mate, pongo como ejemplo, nos permite hoy cosechar cómodamente en nuestros   —56→   campos en lugar de vernos obligados a realizar excursiones en busca de yerbales naturales con la consiguiente pérdida de tiempo y esfuerzo...

-Ah, nuestro querido padre Sepp... qué acertado estuvo al organizar los cultivos, ¿no es cierto?

-Tengo conocimiento, también, de que la fibra de nuestro algodón es buena; no necesita que la Corona presione para que los hilanderos catalanes la acepten, tal como sucede con el resto de las fibras producidas en las Colonias... Y no nos reducimos a la producción de yerba mate y algodón: nuestros cueros vacunos son buenos, nuestros granos, nuestro tabaco... Esas son las bases que fructifican con la administración honesta que aquí aplicamos, y firme, ¿no es cierto?, usted lo sabe muy bien, padre Roque, firme, en estas cosas no hay juegos... Ese es el patrón que adoptamos y lo cumplimos con firmeza: los beneficios de la propiedad común se reparten entre todos por igual pero, y aquí está el meollo, estos bienes comunes están sutilmente apoyados por los frutos del trabajo en los días del avá mbaé, que es una forma inteligente de despertar en ellos las apetencias de ese saborcillo agradable de la propiedad... Esta conjunción nos permite alcanzar resultados que no tienen competencia -el padre Ramón dio una profunda chupada al grueso cigarro de tabaco negro cuyo humo era tan picante que hacía lagrimear a los que estaban cerca de él con lo cual, bromeó más de una vez, cualquiera puede percatarse de que cerca de mí, alimañas, nunca-. Y esto no es visto con agrado por muchos poderosos del Continente. Hay mucha gente que no gusta de este éxito por el significado... ¿cómo podría expresarlo? desestabilizador, que tiene... Nuestro éxito está llamando la atención peligrosamente.

-No alcanzo a comprenderlo -dijo el anciano por lo bajo. Qué llamativo es el espíritu que contagia esta realidad, pensó para sí el diplomático viajero, este ambiente desarrollado y armónico, de sincronizada organización, hace olvidar fácilmente la difícil y compleja realidad de afuera y casi, casi, llega a convencerles de que poseen unidades autónomas, que no están dependiendo del poder exterior-. La Corona recibe una gran ayuda de este... experimento que nos autorizó.

Sin proponérselo el Superior utilizó la misma irónica forma de dudar eligiendo la palabra apropiada pero Ramón se hizo el desentendido.

-Y ese es precisamente uno de nuestros problemas, padre; tengo el presentimiento de que es uno de los más graves -el viajero extrajo   —57→   de un pliegue de la manga de su negra sotana un pañuelo blanco y volvió a pasarlo por su cuello tratando de aliviar la presión del ajado sobrecuello blanco, si no hubiera estado en la Compañía, pensó, con mis influencias familiares hace rato habría sido Obispo, y a un Obispo no se lo comisiona a regiones de climas tan espantosos. El anciano le miró sin entender y con un dejo burlón al notar su acaloramiento, qué lejos estaban en Europa de las delicias de un ropaje apropiado para estas latitudes... es que piensan que allí se acaba el mundo, se dijo, ni siquiera imaginan que la vida en el trópico es diferente. Durante muchos años Su Majestad estuvo abocado a salvar la unidad de sus posesiones y eso cuesta dinero, padre, mucho más dinero del que con prudencia podía gastar... Hoy el reino tiene compromisos, deudas, ¿no?, que a duras penas puede cubrir, lo cual les asegura a los usureros ingleses, alemanes... y hasta romanos, padre, de círculos de Roma de los que parecería temerario pensarlo, les asegura, digo, concesiones de distintas naturalezas que son muy del agrado de ellos... Y bien, a estos señores dueños del dinero les molesta nuestro quehacer económico. Lo consideran el indicio de que es posible una vía de escape, que hasta ahora no es seriamente tenida en cuenta, en la búsqueda de soluciones...

-Con verdadero desagrado puedo explicarme que a estos señores ávidos de dinero les moleste el éxito económico de nuestro cometido -dijo el anciano removiendose nerviosamente en su silla-. Es posible que signifique un relajamiento en la tensión de sus garras porque puede, evidentemente, ser un camino para salvar la angustia económica de su deudor... Pero lo que no entiendo es por qué Su Majestad se deja tan fácilmente manejar en esto... Dejemos de lado las versiones antojadizas de otras ambiciones por parte de la Compañía, aquello del Poder Supremo unificado y otras monsergas que no es justo, ni prudente, pensar en este momento, y encontraremos solamente el hecho cierto de que las Ciudades de Dios le reportan muy buenos dividendo económicos...

El Enviado del Provincial suspiró profundamente y tiró la colilla de su apestoso cigarro antes de alejarse de la ventana. La penumbra acogedora del interior, el ambiente calmo, o tal vez solamente la acuciante incertidumbre que vislumbró en la cara del anciano le invitaron a una confidencia, en su largo trajinar y sus muchos trabajos había llegado a la conclusión de que, de repente, en algún lugar, había personas con quienes podía sincerarse, a quienes podía descubrir sus pensamientos,   —58→   sus temores y sus dudas, personas con quienes no era imprescindible mantener puesta la máscara que su cargo le comprometía a utilizar.

-Con riesgo de parecerle cínico le digo, padre, que para mí España nunca manejó bien sus negocios. Por una cuestión... ¿puedo decir de idiosincrasia? Atacan con vehemencia las grandes empresas pero no saben administrar los negocios, o no quieren, que no es lo mismo pero que sí arroja los mismos resultados... Los ingleses, por ejemplo, nunca necesitaron venir hasta América para extraer el oro y la plata de sus minas: se reducen a tener una flota poderosa y los barcos españoles se los ponen en las manos. Luego pirata y reino se reparten mitad y mitad -detuvo con un gesto al padre Roque que iba a replicarle-. Ya lo sé, padre, ya sé lo que va a decirme porque yo pienso lo mismo, pero solamente tenga en cuenta la validez del ejemplo... Los banqueros alemanes, o los descendientes de los Orfebres de la City, es otro ejemplo, son hoy los verdaderos dueños de la economía vacilante de un reino que nunca tiene lo suficiente para cubrir sus necesidades. ¿Cómo puede ser eso posible?, me dirá, y yo le respondo que sí, que es posible por la ausencia de principios que eviten este tratamiento caprichoso y poco práctico -no hizo caso a la molestia que observó en la cara del anciano por sus palabras ambiguas, sincerarse es una cosa, pensó, desnudarse, otra-. Sucede un fenómeno llamativo, padre: ese espíritu español que no deberíamos llamar altanero pero sí, y con más justeza, altivo, viene a manifestarse en lo siguiente: mientras los demás entregan a España manufacturas y productos, España les entrega oro, un oro en apariencia inagotable, a pesar de las sangrías que acoté antes, pero que esconde en su brillo, enceguecedor tanto para el que lo recibe como para el que lo da, la realidad terrible de la carencia de fuentes de producción, de procedimientos de manufactura, ¿se da cuenta de lo que eso significa?

Roque permaneció silencioso.

-Significa que los demás mejoran sus cosechas y sus manufacturas, y España les entrega oro, un oro que deja de ser de España para ser de ellos, que se quedan con el oro y con las mejores cosechas y la mejor manufactura... -acarició entre sus dedos un nuevo cigarro pero desistió y no lo encendió, aun las encías y el paladar le ardían y sentía en la boca el acre sabor del tabaco quemado, es pronto aún, se dijo, debo esperar un poco más, recordando el bailoteo profundo que había sentido en el estómago aquella vez, tantos años atrás en Lima, cuando fumó varios cigarros seguidos y luego había pasado el resto del día con el estómago   —59→   inseguro y la cabeza abombada-. Eso es lo que, con toda seguridad, asusta de nuestra «empresa» a los grandes intereses económicos, que no quieren relajar sus garras, como usted tan bien lo dice. Las Ciudades de Dios les están demostrando que es posible hacer y conseguir muchas cosas que ni siquiera imaginaron que lo fuera...

-Nunca se me habría ocurrido pensarlo.

-No puede imaginarse cuán cercanos a la vez que lejanos están los vaivenes de la península, padre -Ramón se enjugó el rostro una vez más.

-¿Qué saben ellos de nosotros?

-Lo que hacemos aquí se conoce en Europa, por cierto, pero triste es reconocerlo, la verdad es que no nos creen... Digamos lo que digamos no se convencen de que es posible que suceda aquí lo que les estamos informando. No son suficientes las muestras que ofrecemos, olisquean desconfiados elucubrando cualquier teoría conspiratoria, ladina o interesada de nuestra parte. Me molesta mucho reconocerlo pero esa es la verdad: la verdad es que los europeos pensamos que aquello es el mundo y esto la despensa, ¿está bien dicho?, la proveeduría, quiero decir, no se ofenda, pero usted no puede negar que lo que aquí conseguimos forjar viene a contramano de las verdades que allá imperan. Lo único que para ellos surge con real certeza es lo que en valores numéricos pueden cuantificar: nuestra potente producción, nuestro imperio económico, pero todo lo demás, exasperante es reconocerlo, les huele a mentirijillas. Nuestro adelanto en las ciencias, nuestra búsqueda en las artes, la respuesta de los indígenas a las motivaciones culturales, la Autoridad de las Ciudades representada por ellos mismos, toda esta convivencia ordenada y justa, llegan a Europa solamente como reflejos de una mentira orquestada y falsa de toda falsedad.

-Es francamente indignante.

-Entonces viene a suceder algo llamativo. Por un lado se resta la importancia de un hecho que podría adquirir valor testimonial: la concepción que se tiene del indio sería diferente, su escala humana sería distinta y se haría cuesta arriba la aceptación de que son solamente una fuerza de trabajo que debe ser protegida, por cierto, pero no considerada como igual... Las voces que desde un principio se levantaron en defensa de los indios no fueron ni son suficientes para despejar este prejuicio, padre Roque; tal vez porque resulta cómodo, pero no lo digo por temor a quedarme corto. Muchas ordenanzas se han dictado, muchos son los   —60→   mandamientos reales que protegen a estos seres, lo sabemos, pero a conciencia, a conciencia... no deja de ser cierto que siguen estando convencidos de que de ellos no puede sacarse nada bueno.

El padre Roque permaneció silencioso pero desvió la mirada y el Enviado del Provincial pudo notar la rigidez de su rostro.

-Y por otro lado, y con el agravante de no tener la protección que antes le expuse, estamos demostrando una realidad que no se consideraba en estas Colonias: el trabajo metódico también da resultados económicos satisfactorios, estamos diciendo, el oro es riqueza pero también lo es el trabajo, y esto les asusta. Estas Ciudades nuestras, y su potencial, no resultan del agrado de mucha gente poderosa... Y lastimosamente es gente que puede hacernos muchísimo mal.




ArribaAbajo- 11 -

Después de almorzar Damián salió para rezar su breviario en el pequeño jardín que había al lado de la casa de los padres. Las horas de la siesta tenían el encanto de ser calinas y silenciosas, amodorradas, como solía decir el padre Jaime, y a Damián le gratificaba disfrutarlas comparando las sensaciones que tan bien conocía en sus interminables noches de insomnio.

Con el libro todavía cerrado en sus manos se deleitaba mirando el multicolor cantero de alhelíes que hermoseaba el jardín que con tanto esmero cuidaba el hermano jardinero, si bien es cierto, pensó entrecerrando los ojos y con una sonrisa, que el cantero de alhelíes es reducto exclusivo del padre José, ¿quién lo habría imaginado?, enorme, fuerte, un toro para el trabajo, viniendo cada atardecer después de cerrar el taller de Carpintería a cuidar cariñosamente de sus plantas, a ralearlas, hablarlas, a mimarlas con un trato casi humano que tenía respuesta en esa profusión de colores y aromas que las hacían inigualables.

-¿Molesto?

Damián abrió los ojos sorprendido y un tanto avergonzado saliendo violentamente de su duermevela. El padre José le sonreía parado a su lado y se hizo a un costado para dejarle sitio en el banco de piedra.

-Desde luego que no... precisamente pensaba en usted admirando estos alhelíes.

-Dices bien; son maravillosos, en verdad.

  —61→  

José extrajo un cigarro del bolsillo interior de su sotana y se entretuvo apretándolo suavemente con sus dedos escuchando el sonido de sus hojas al acomodarse, secas pero no resecas, solía decir, manteniendo todo su sabor y lo mejor de su aroma. Lo olió con fruición y suspiró.

-Es el mejor tabaco que he probado en mi vida... y mira que en mi largo recorrer por estas tierras de Dios los he probado a cantidades: más claros, más negros y picantes, rubios y dulzones... pero te aseguro, Damián, que muchos deben envidiar la calidad que conseguimos en nuestros cultivos.

-Otra cosa que debemos agradecer al viejo padre Sepp, ¿no es cierto?

-Lo es. Y a la bendición de esta tierra y este clima de eterna primavera... -aspiró el aire profundamente, distendiendo el pecho al recostarse contra el respaldo de piedra-. Esto es la Arcadia, hijo.

Damián asintió con un movimiento de cabeza sin decir nada y respetando el entusiasmo casi fanático de su amigo, que conocía muy bien, pero anotó mentalmente la pregunta que le haría en cualquier tarde de finales de noviembre, por no decir de mediados de enero, al verlo rojo y a punto de explotar, como solía lucir, olvidado de sus dulces ensoñaciones románticas, resollando bajo el sol despiadadamente encendido que hace reverberar el pastizal, crepitar los cocoteros, agostar las hojas.

El padre José cerró los ojos y pareció dormitar pero el movimiento de sus dedos sobre el cigarro le indicó a Damián que sólo pensaba.

-Me pregunto, padre -dijo tímidamente, sabedor como era de que a veces llegaba a resultar enervante para su buen amigo-, me preguntó si no estamos equivocados en nuestra orientación...

-¿Equivocados? -ni siquiera abrió los ojos.

-Cuando afirmamos nuestro trabajo misional primordialmente en la inocencia de los indios, digo...

-Ah, ahora eso...

-Sí. En la ausencia de malicia, digo, en la confianza ciega que tienen puesta en nosotros... Los mantenemos... ¿cómo decirlo?, en una niñez perpetua.

José se incorporó y a Damián le pareció percibir una reacción alterada, está harto de mí, pensó.

-Hay una Carta de San Pablo que debieras recordar: la Primera a los Tesalonicenses, toma nota. -definitivamente está molesto, pensó   —62→   Damián mirándole de reojo-. Hermanos, nos dice San Pablo, hermanos, os exhortamos en el Señor Jesús, que así como aprendisteis de nosotros cómo conduciros y agradar a Dios, así abundéis más y más. ¿Lo comprendes? Eso es lo que nos recomienda Pablo y eso es lo que hacemos aquí, y no otra cosa... ¿Es mala la inocencia, Damián?, ¿es perjudicial la confianza en el hermano?

-No es eso lo que quise decir, padre -Damián miró la gota de sudor que resbaló de la frente del hombrachón y pareció empantanarse en la ceja pero pasó de largo bordeando la nariz hasta que la aplastó de un manotazo, lo saco de sus casillas, pensó-. Yo no critico eso... Lo que me altera es descubrir hasta qué punto nos metemos en la vida de ellos... Les orientamos, les dirigimos, trastrocamos sus órdenes naturales... me aterroriza comprobar que más de una vez nos gana la idea de que podemos introducirnos hasta lo más recóndito de su intimidad porque son, decimos, inferiores y...

-¡Damián, por Dios...! ¿cómo puedes decir tamaña insensatez? Nosotros vinimos con la Palabra, con las Buenas Noticias, y antes que nada les amamos, aprendimos su lengua, les prestamos auxilio... Sencillamente estamos abundando más y más...

Damián suspiró desalentado.

-Pero me temo que no estamos actuando tan limpiamente. Me temo que por preservar nuestro ordenamiento, de alguna u otra forma intencionalmente difuminamos su iniciativa.

-Me desagrada profundamente lo que dices.

-Nos inmiscuimos en intimidades tan personales, padre, tan profundamente personales, que es como si viviéramos por ellos... Anoche escuché al tamborero y me avergoncé.

-Yo, por el contrario, considero que es una costumbre muy provechosa. Veo con muy buenos ojos que el padre Ignacio incluya esta saludable costumbre entre las otras que recomienda en su libro, sí señor, y te aseguro que es muy útil... Hay maridos descuidados, amigo mío, y es bueno recordarles sus deberes maritales.

-¿Con un tambor redoblando a medianoche ante sus puertas?

-Si lo prefieres, podría recomendar una trompeta.

Damián percibió su enojo pero estaba muy encendido para callarse.

-Aprecio en esto una dualidad humillante: por un lado consideramos a los indios seres pensantes y por la otra, seres débiles e indecisos, en otras palabras, inferiores, que...

  —63→  

-¿Otra vez?

-Seres que necesitan ser controlados, incluso hasta el punto de tener que llamarlos a desahogar su naturaleza en el momento y la forma que lo quieren los padres para que, vacíos, no alienten pasiones a deshora.

-No quiero escucharte más.

Damián le miró con ansiedad.

-No se moleste conmigo, querido amigo, ni se escandalice por los imprudentes términos de mi desordenada exposición... Lo que me preocupa de nuestros indios, en resumidas cuentas, es lo que vendrá después, no sé cuándo, lo que puede venir... No estamos preparando a nuestros hijos para vivir fuera de la Arcadia -lo dijo sin ironía pero el padre José resopló por lo bajo-. La vida que se vive aquí es una fantasía.

-Jesús enseñó esta clase de vida y aun hoy, en su Iglesia, es una realidad que se vive día a día, con amor de hermanos, y...

-Usted sabe muy bien que no es así.

José se levantó abruptamente y al hacerlo la punta de su cigarro se enganchó en la tela de su sotana y se partió. Lo miró con dolor y lo guardó en su bolsillo, era un desperdicio injustificado tirarlo pero ya no serviría, qué cosa más desagradable.

-Damián, hijo, hay cosas que es mejor no decirlas...

Damián también se levantó y caminaron recorriendo el perímetro pavimentado del jardín, el sol caía vertical y ambos disfrutaban de la sombra que arrojaba el ancho alero del comedor.

-Nosotros los sacamos de su sistema de vida, de sus tradiciones, sus costumbres y sus creencias de siglos y siglos -trató de llevar la conversación por un curso más tranquilo-, pero no les estamos contando cuál es la realidad del mundo que les rodea. Les mostramos las bondades de una vida diferente y ellos con entusiasmo se avienen a compartir la nueva experiencia... pero los mantenemos alejados de todo, en una relación de dependencia absoluta, ¿se fijó que siempre los llamamos hijos?, todo está bien si se hace lo que nosotros queremos, y solamente así.

-Esa no es toda la verdad, la verdad completa, quiero decir. Mostramos, por cierto, una diferencia activa y fecunda, y no con meras palabras que se lleva el viento... Hacemos realidad la doctrina que originó estas Ciudades de Dios y lo hacemos con firmeza, claro que sí, a veces con demasiada firmeza... Pero lo hacemos empujados por la   —64→   necesidad de ser coherentes, joven amigo. Nuestro muy querido padre Ruiz de Montoya, de santa memoria, escribió una vez que si por los oídos oyen, los indios, claro, la justificación de la ley divina, por los ojos ven la contradicción humana en malas obras, y se retiran de nuestra predicación porque esa predicación, alrededor, es infamada por malos cristianos. Lo que nosotros tratamos de lograr con trabajo, con esfuerzo, a costa de ingentes sacrificios y desoyendo peligrosos cantos de sirena que pujan por alejarnos de la recta dirección, lo que tratamos de lograr, digo, es demostrarles que es posible vivir la justificación de la ley divina... Me dices que mantenemos a los indios en la niñez perpetua y estoy de acuerdo contigo, pero esta niñez no es la misma que la que peyorativamente estás aludiendo... La niñez que nosotros inculcamos es la manifestación exacta de la Doctrina que les enseñamos, para no ser también nosotros infamantes o malos cristianos... -Damián quiso replicar pero lo detuvo con un gesto-. Son niños porque son inocentes, no esconden malicia, no son conscientemente malos, si así puedo decirlo... pero no son estúpidos, si eso es lo que quisiste dar a entender -José se detuvo y le miró sonriente y satisfecho, está orgulloso de ellos, pensó Damián, es como un padre orgulloso de sus hijos-. Saben muy bien defender lo que les pertenece, amigo, ya lo creo que sí. Antiguamente nuestras Reducciones tenían como único medio de defensa la migración, las dolorosa y costosa huida, pero eso quedó para la historia, hijo; la realidad de la vida nos obligó a la defensa activa, y cuando Su Majestad concedió al padre Montoya, allá por el mil seiscientos y tantos, la autorización para armar a los indios, las cosas variaron... sensiblemente -no pudo eludir la ironía-. Después de que Diego Torres enseñara a los indios a usar las armas y de que el Cacique Ñeengirú comandara la tropa que venció a los bandeirantes que bajaban por el río Uruguay para cazar esclavos, ya no hay muchos que se animen a tratar de abusar de nosotros...

José hizo un alto por fin en su agotadora exposición y Damián con algo de temor, por cierto, aprovechó el espacio.

-Sin embargo, esta eficiencia que ampulosamente expone no fue suficiente para evitar aquella experiencia tan dolorosa que fue la matanza de Caibaté.

José resopló.

-Damián, hijo, no es honesto que manejes tus argumentos de una manera tan capciosa.

Damián disimuló su sonrisa sin atreverse a mirar a su amigo pero sintió sobre sí su mirada enfurecida.

  —65→  

-La Batalla de Caibaté, dices... La matanza de Caibaté es un acto vergonzoso que difícilmente podrá borrarse de la memoria de los hombres de bien... El exterminio de la población indígena de los Siete Pueblos es una epopeya que va mucho más allá de la estupidez de estrellarse voluntariamente contra un muro... El cacique Sepé no comandó un hatajo de idiotas, hijo, sino que dirigió valientemente al grupo de voluntarios que lucharon...

-Por favor, padre -le interrumpió-, esas son palabras muy hermosas pero que lastimosamente disfrazan la triste realidad: la verdad es que Sepé levantó a unos cuantos valientes, e inexpertos, sublevados contra un poderoso ejército, un muy bien pertrechado ejército español-portugués con una ingenuidad a todas luces deplorable.

José se volvió para replicarle airadamente pero se contuvo.

-No es así, hijo, y me apena que lo veas de esa forma... Cuando el Tratado dio al Reino de Portugal los territorios al este del río Uruguay, los indios se sintieron traicionados: el Rey de España siempre les había protegido pero ahora les entregaba a quienes no evitaban su esclavitud. Debían, por lo tanto, huir, abandonar sus Reducciones, dejar sus hermosos pueblos: Santo Ángelo, San Juan, San Luis... su amada y bella iglesia de San Miguel Arcángel... debían dejarlo todo por una decisión que no entendieron y que no aceptaron. Ese Rey que los padres les habían enseñado a amar y respetar les estaba abandonando, les traicionó, pensaron, les dejó de lado... Y entonces ellos, muchacho, no se ofrecieron estúpidamente al sacrificio sino que lucharon por su libertad. Y eso es algo muy distinto.

Damián asintió en silencio sin ánimo para replicar pero siguió pesando muchas cosas y no estaba seguro de haberse expresado con claridad. Caminaron hasta la puerta que comunicaba con la plaza y José hizo correr el pasador macizo.

-Las cosas no siempre son como parecen ser; mucho le pido a Dios que te dé paz, hijo. No debes desalentarte. Las Ciudades de Dios son una sorpresa; incluso para nosotros son una sorpresa.

-Y debemos defenderlas.

José, detenido bajo el hermoso dintel de piedra tallada, recorrió con la mirada la explanada verdísima.

-¿Y no lo hacemos? Las Autoridades de nuestros Pueblos son indios, los Maestros de Coro, los Maestros de Oficios son indios, los artesanos, los artistas, son indios... ¿qué más podemos hacer? Les   —66→   inculcamos organización, les enseñamos... y confiamos en ellos. Demostramos nuestra confianza haciendo que ellos mismos conduzcan a su pueblo. Si todo lo que hicimos y estamos haciendo será valedero o no, si será duradero o no, es cosa que escapa a nuestras posibilidades decir...

Damián no replicó. Lo miró alejarse con paso decidido y miró a los indios que también se encaminaban hacia sus ocupaciones (solamente el jardín era un remanso de silencio). Vio al padre José bromear con unos y otros, reír con ellos y los ama como hijos, pensó, verdaderamente los ama.




ArribaAbajo- 12 -

A Damián le sorprendió que el padre Roque le llamara a esa hora. El despacho del anciano estaba sumido en una penumbra fresca que el brillo escandaloso de la ventana abierta no alcanzaba a disipar.

-Lo he recibido esta mañana -dijo entregándole un cuadernillo de hojas manuscritas y unidas por una cinta deshilachada-. Quiero que lo lea, por favor, y quiero conocer su opinión.

Damián leyó con curiosidad la carátula:

REPRESENTACIÓN MUY VERAZ

DE LA

VIDA

Y

GLORIOSÍSIMA GESTA

del4 padre PEREGRINO

FUNDADOR DE PUEBLOS

padre ANTONIO RUIZ DE MONTOYA

(Limeño)

y

  —67→  

RELATO

de las

hazañas

DE SU VIDA

POR LA MAYOR GLORIA DE DIOS

Escribió el padre Jaime Losada

Jesuita

en el Pueblo de Santiago

en el año del Señor de 1759

Damián miró al anciano que le observaba en silencio.

-¿Qué es esto, padre?

Otra de las cosas del padre Jaime, hubiera querido decir el padre Roque, debimos preverlo, si su puesto está en San Ignacio Guazú, en su imprenta, ¿por qué trasladarlo a Santiago?, pero ya está hecho y ahora, esto. Pero no dijo nada y se limitó a mirar en silencio a Damián que volvió a hurgar curiosamente entre las hojas:

«Habrá de levantarse con gran arte y principal ingenio una zona boscosa con arreglo tal que las acciones de los indios que a la representación estuvieren dedicados puedan ser observadas con claridad y acomodo por los convidados que a la representación de esta Obra asistieren y sirva a todos de saludable provecho la exaltación que en ella se hace de las Obras que con la bendición de Dios Nuestro Señor hiciera nuestro bueno y grande padre Superior, don Antonio Ruiz de Montoya».

«Habrase de montar primariamente una estructura provisoria que semeje y represente a la bella y discreta iglesia del pueblo de Guaira frente a la cual y en armoniosa forma deberán representarse los cuadros que a la vista de todos muestren los inicios del éxodo obligado por los ataques de los malos hombres que buscaban la destrucción de los pueblos y la perdición de los indios».

  —68→  

«El frontis de la iglesia, que no es necesario ni conveniente agregar mucho trabajo a la forma del templo en su totalidad o completo por saberse que deberá ser retirada durante la representación de esta Obra, por lo que recomiendo su flaco peso y fácil manejo, habrá de ser ingeniosamente dispuesta con listones de madera de escasa y liviana escuadría con el apropiado enjalbegado que ofrecer pudiere un acabado armónico y estético.»

Más tarde en su habitación Damián se emocionó al adentrarse en la lectura del libreto.

-Es una propuesta del padre Jaime para los festejos de la Fiesta Patronal de Santiago -le había contestado por fin el padre Roque cuando volvió a interrogarlo con la mirada-. Una empresa difícil y, a mi modo de ver, irrealizable... Pero no es esa la clase de opinión que el padre Superior de Santiago me pidió. Estudie el texto, padre Damián, y hágame conocer su consejo... temo que mi postura pueda resultar muy subjetiva y eso poco podrá ayudar al padre Superior.

Gran amigo Jaime, pensó Damián con el libreto en las manos, ¡cuántas sorpresas gratas nos da tu fértil imaginación...!

A través de la lectura una a una fueron pasando por su imaginación las secuencias de la epopeya relatada y su corazón paulatinamente se fue encendiendo de entusiasmo. Con detalles trabajosamente elaborados el padre Jaime había marcado las pautas de una representación de proporciones exorbitantes: el movimiento de las masas

«...elevando un pie y luego bajándolo en el mismo sitio o muy poco más adelante, y luego el otro y acompañándolo con el cadencioso movimiento de los cuerpos...»

o la forma de representar la multitud:

«...la Voz habrá de relatar y explicar los movimientos y acciones que con discreta especie en el escenario se desenvolvieren y los doce mil hombres, mujeres y niños que al padre Antonio acompañaron estarán figurados por un ciento y más cincuenta actuadores que de entre los indios habrán de escogerse, elegidos por sus dones naturales para este quehacer, que los hay en grande demasía en nuestros Pueblos. Los hombres han de ser ingeniosamente distribuidos,   —69→   intercalados los lugares que con sus cuerpos ocupen, armónicamente dispuestos por complexión y munidos de los enseres que en tal menester que se muestra hubieren necesitado. Habrá de tenerse principal cuidado en el arte de dejar zonas no iluminadas a oscuras entre los hombres y así ha de conseguirse la ilusión de una multitud en cantidad indefinida...»

o tantas otras cosas que hacían, en la opinión de Damián, que la idea pudiera ser llevada a la práctica.

Mucho antes de terminar la lectura del libreto, aun antes de haber tranquilizado su espíritu rescatándolo del entusiasmo emocionado en que la lectura le había sumido, para poder analizar serenamente el texto, Damián había tomado la decisión de recomendar al padre Roque que su consejo al Superior de la Reducción de Santiago fuera favorable a la Obra. Más que nada porque Damián estaba convencido de lo importante que era mantener viva la memoria de hechos heroicos que tanto y tan bien hablan de la fortaleza que brinda la confianza en Dios y que, por tan grandes, muchas veces se corría el riesgo de confundirlos con la leyenda.

-Mi opinión es que la Obra debe ser representada, padre -le dijo al devolverle el libreto después de leerlo-. Es una relación acertada de los hechos sucedidos y puede resultar muy provechosa para nuestros indios...

-¿Provechosa?

-Con ella, entre otras cosas, aprenderán cuántas cosas se pueden lograr con voluntad y trabajo...

-Es mucha fantasía innecesaria. La relación de estos hechos se enseña en el Colegio... La Obra no aporta nada nuevo.

-Ciertamente no la aporta -se cuidó de no parecer irónico-. No hay ninguna fantasía, ninguna invención en lo que narra... Pero es una manera diferente de narrar. Debe tener en cuenta, padre, que hay antecedentes muy importantes de eventos similares y que fueron realizados con gran suceso... Pude leer que el padre Roque González, que en Gloria está, organizó en Asunción un acto parecido para festejar la Canonización de nuestro amado padre San Ignacio, y en las Cartas Anuas está expresado que fue de gran provecho para los indios... Representaron aquello de la lucha entre el Bien y el Mal.

El padre Roque se removió molesto.

-Lo estudió todo sobradamente.

  —70→  

La sonrisa de Damián fue imperceptible.

-Trató de que mi respuesta fuera completa.

-A su modo de ver, ¿qué es lo que se busca con todo esto?

Damián dudó unos segundos antes de responder, eligiendo las palabras y ordenando sus pensamientos. La emoción y el entusiasmo que experimentó leyendo el libreto, y la seguridad de que podían y debían ser compartidos no era suficiente justificación para el razonamiento estricto del anciano. Debía, por lo tanto, abogar por el proyecto de la mejor manera posible.

-Yo pienso que mantener vivos los recuerdos que comparten las poblaciones es algo muy importante: los recuerdos compartidos dan una gran fuerza a los grupos, los unifican, les dan una identificación, no sé si me explico bien. Nosotros estamos rompiendo... sí, ya sé que le desagrada que lo exprese así, padre, pero es una forma de decir, rompiendo, digo, la tradición milenaria de los indígenas, adaptándolos a nuestra cultura. He ahí que se hace imprescindible rellenar los espacios que dejamos vacíos con nuevas memorias... Los nuevos recuerdos deben tener la fuerza suficiente para sobreponerse hasta que se vuelvan tradiciones, ¿lo digo bien? Nosotros debemos conseguir que la nueva vida tenga el impulso y el aliento necesarios hasta volverse aceptada, espontáneamente aceptada, digo... Que llegue a ser idiosincrasia.

Y ahora Damián, con el corazón llenándole la garganta miraba arrobado recortadas contra la fachada de la iglesia de Santiago, de cuyas molduras se habían colgado grandes paños pardos fingiendo montes abruptos y elevados, las figuras de los indios caminando cadenciosamente con el ataúd sobre los hombros. El perfil, nítidamente definido por los reflejos movedizos de las muchas candelas descubiertas, se prolongaba en largas sombras agigantando indefinidamente al grupo de caminantes que se acercaba lentamente, adelantándose muy despacio murmurando, murmurando. La orquesta se había silenciado completamente y por las ventanas abiertas de la iglesia se filtraba, lejana, la música del órgano y se extendía ondulante, sugerente, sobre el mar de cabezas que inundaba la plaza.

Los caminantes se apretujaban alrededor del ataúd del Paí Montoya para protegerlo, el silencio del público era reverente.

-Venimos para llevarnos a nuestro Paí -había dicho con voz firme Feliciano Ñapiry después de llamar en lo que representaba ser la Portería del Colegio de Lima-. Él debe descansar en Loreto, con nosotros...   —71→  

Pero el Rector no había autorizado el traslado del cuerpo, debía pensarlo, dijo, debía consultarlo... Era una verdadera locura: cuarenta indios caminando desde Lima hasta Loreto con el ataúd a cuestas atravesando por lo ancho medio continente, las alturas heladas y escarpadas de la monstruosa cordillera, el inacabable desierto chaqueño salpicado de vegetación enmarañada y espinosa, leguas y leguas sin agua... no era posible una hazaña así y no sería él, desde luego, tan irresponsable como para autorizarla...

Tres días permanecieron los indios acampados en el patio de la Rectoría, tres días reunidos en postura ordenada y tranquila pero firme, rezando a veces, riendo por lo bajo, y cantando, cantando, cantando... Pensaban que la tal locura ya había sido posible: ya habían llegado caminando desde Loreto a Lima, ¿no es cierto?, ¿por qué no podrían ir de Lima a Loreto?

La puerta de la Rectoría se abrió por fin y el Rector (el gordo Paí Jaime) habló con los indios reunidos y autorizó la entrega del ataúd con los restos del padre Antonio para que se lo llevaran.

Una ola de entusiasmo recorrió el mar de cabezas que se agitó ondeando en la penumbra de la plaza y se escucharon incluso algunos vivas alegres, es una magia, pensó Damián, sentado entre el grupo de visitantes muy cerca de Jacinto, esta conjunción de música, luces, palabras, nos sumerge milagrosamente en este juego, en esta realidad que es ilusión.

En su camino hacia el sur el ataúd era recibido en los poblados en medio de grandes demostraciones de alegría: era la vuelta del padre Peregrino, su viaje triunfal por las tierras que antes trabajosamente había recorrido caminando, casi siempre solo, «...sin otra arma que un báculo y sin otro consuelo que su libro de plegaria y su cruz». Más de diez mil kilómetros había recorrido caminando en vida el padre Antonio y ahora volvía, traído en triunfo, aclamado por los hijos que tanto amó.

-Esta similitud... la de la vuelta triunfal, digo, no me agrada -había dicho el padre Roque-. Es casi un sacrilegio.

Damián se había movido nerviosamente en su asiento.

-No creo que esa alusión a la Parusía que usted presiente haya sido la intención del padre Jaime, padre -su cautela no fue suficiente para no incomodar al anciano-. No pasa de ser una coincidencia. Este retorno, como todos los demás hechos relatados, es estrictamente histórico, tal como lo cuenta la tradición: la fantasía está solamente en la recreación   —72→   de los sucesos en el escenario, pero no hay ninguna invención en ello. El éxodo de los doce mil indios huyendo de los pueblos del Guairá es un hecho histórico, ¿no es cierto?, las veinte y más leguas que recorrieron caminando por la selva para eludir los Saltos de las Siete Caídas, también; el transporte del ataúd atravesando la cordillera y las llanuras del chaco tampoco es invención, padre... Son sucesos casi milagrosos, lo admito, pero no inventados... No hay malicia en todo esto, estoy seguro, no hay malas intenciones escondidas.

Desde donde estaba llegaba a entrever la cavidad de la media naranja gloriosa, indefinida, acogedora.

Convergían hacia ella las cuatro bóvedas de cañón, orientadas hacia la apoteosis de su espacio ascendente, donde la brumosa claridad era atravesada por el torrente de luz que se filtraba por la linterna, allá arriba, casi en el cielo.

La bóveda que cubría la nave principal se perdía hacia el fondo del templo y desaparecía de su vista tapada por una de las cuatro columnas majestuosas de rica piedra tallada. Miles y miles de losetas de arcilla cocida se habían necesitado para cubrir esa nave que parecía viva con el relumbre movedizo, miles y miles de horas de trabajo de no podía recordar cuántos indios, pero ni falta que hacía recordarlo: había sido un trabajo entusiasta, anónimo, como de hormigas en un enorme hormiguero, pensó una vez más, anónimo pero como si cada uno fuese el único que lo estuviera haciendo.

-Son como los constructores de la Catedral -comentó una vez entusiasmado y el padre Roque manifestó su desaprobación.

-No es esa la mejor manera de definir nuestro trabajo armónico, ordenado, impulsado por el amor a Dios...

Pero aun así, recordó ahora risueñamente, cada uno dejó su huella y su recuerdo en alguna pieza, alguien alguna vez verá las losetas esgrafiadas que serán el único recuerdo de estos amados y anónimos constructores del templo.

El padre Roque no había visto con buenos ojos que los artesanos lo hicieran porque, dijo, es un juego sin fundamento y mucho menos utilidad práctica, pero Federico había optado por una posición comprometida que estaba, por cierto, cercana a la desobediencia. Conocía bien la importancia que estos hombres sencillos le asignaban al juego de dibujar en los adobes y que, sin saberlo, era la forma que hallaron para proyectarse a la posteridad.

  —73→  

No grababan nombres ni se identificaban; esgrafiaban vivencias: un ave, una hoja, un frontis... era una expresión sencilla, un deseo de estar allí a través de una marca personal, aunque no se supiera de quién era, ¿para qué identificarse si nunca nadie lo vería?

Una tarde Casimiro Caporá, que se refugió en las Reducciones después de ser encomendado en Asunción, le enseñó a Federico la loseta que había grabado. Era un barco con las velas recogidas y dos hileras de remos, diferente de todos los que podría haber visto navegar en los ríos interiores.

-¿Dónde viste un barco como este, Casimiro?

-Yo no lo he visto, Paí -el indio mantuvo los ojos en la loseta evitando mirarle-. Hace muchos años mi gente bajó de la tierra de los grandes cerros, los cerros verdes, donde nunca llega el sol, que se queda sobre el techo de los árboles... cerca del Cerro Sagrado.

-¿Cerro Sagrado, dices?, ¿Cerro Sagrado?

-Así se le llama, Paí -y Federico había preferido callarse-. Allí hay unas grandes casas de piedra, y en las paredes hay muchos dibujos: animales, hombres, esto... Cuando vinieron trajeron una piedra con un dibujo como éste... Cuando iban viniendo, sabían muy bien que si alguno se moría debía quedarse allí, y le sentaban en su cántaro y allí se quedaba, esa tierra era ya de él, y los otros se iban... Pero llevaban la piedra, yo la tuve también, hasta que se me perdió en Asunción. Ahora dibujé esto para acordarme.

Federico le miró con pena, era triste el destino de estas criaturas, incapaces de comprender que su mundo ya nunca más sería el de antes.

-Pero, ¿sabes lo que es?

Y el indio no había sabido decirlo con toda claridad pero Federico lo había entendido, era una forma de expresar su identidad, una forma de hacerse presente, él, su familia, su historia, en esta obra de la Casa de Dios, los cojos, pensó Federico, los ciegos, los mancos, fueron admitidos en el convite.

«Credo in unum Deo...»

La voz del padre Roque pareció quebrarse sobre el sordo rumor de la multitud y las últimas vibraciones fueron avasalladas por las voces encendidas del Coro:


«Patrem omnipotentem
factorem coeli et terrae...»

  —74→  

Unas vocecitas de fino cristal dijeron:


«Visibilium omnium
et invisibilium...»

Federico entrecerró los ojos admirado: la Misa que el hermano Domenico Zipoli (de tan efímero paso por Trinidad, lastimosamente) compusiera años atrás le causaba siempre la misma sensación de plenitud y agrado, habrían otras mejores, tal vez, en esta isla de creatividad pero ésta, por sobre cualquier otra, era capaz de expresar, con sublime belleza, el gozo radiante de las almas exaltando a su creador... Lejos de su Prato natal, lejos del exorbitante ambiente de Roma donde tan bien le habían tratado por su excelencia, el padrecito Domingo (como cariñosamente le llamaban los indígenas) había liberado la fuerza de su inspiración creando ésta y otras maravillosas obras acá, en medio de este interminable monte, rodeado de indios... Y las compuso para ellos, porque los conoció y los amó.

Federico sintió su corazón henchido de gratitud, verdaderamente, padre Todopoderoso, rezó, creador de todo lo visible y lo invisible, verdaderamente Tu Amor es la única explicación para todo lo que estamos viviendo...




ArribaAbajo- 14 -

Al atardecer Bernardino llegó a la orilla del Caañabé, que era un tajo en la llanura sofocante rodeada de elevaciones por los cuatro costados, y ver sus aguas negras, infladas, en apariencia calinas, le causaron pavor.

-Después de cruzar el Caañabé vas a estar cerca de los franciscanos. Ojalá puedas cruzarlo sin problema -le había dicho Casimiro-. Ojalá que no encuentres el Caañabé crecido...

Caañabé, había repetido mentalmente, lo recordaba, con una sombra de miedo sin saber por qué, quizás por el nombre mismo, que le sonó a víbora, a fiera hambrienta, a algo malo...

-Si está crecido no te vayas a meter -había tirado su cigarro después de chuparlo, cuando escucharon la campana que llamaba para la cena-. Las aguas del Caañabé traen barro y chupan, si está crecido te va a tragar.

  —75→  

Y cómo voy a saber si está crecido, se preguntó ahora Bernardino con la boca seca y el corazón golpeándole en la garganta, si no sé cómo es cuando no está crecido.

Ya comenzaban a alargarse las sombras y se decidió a probar, si no lo hago ahora, se dijo, después voy a tener más miedo.

Se desnudó y metió sus ropas en el bolsón de piel de oveja en donde traía las tres cosas de su madre que decidió traer: el brazalete, con esas hermosas piedras rosadas con rayitas blancas y verdosas, tan lisas y brillantes, pulidas horas y horas contra la gran piedra del brocal del pozo y después refregadas contra el cuero estaqueado cuando comenzaba a secarse, piedras tan pulidas, pensaba, que parecían brillar más que el hilo de oro que las ataba vuelta y vuelta uniéndolas unas con otras; el viejo peine de hueso que Rosa llevó como recuerdo de Trinidad cuando la echaron, con el que lo peinaba cuando era chiquitito, no había piojo que pudiera resistirse a sus dientes tan finos y apretados, que habían usado tanto, el peine, hasta que lo dejaron porque se puso quebradizo, descascarándose cada vez que se lo pasaban por los cabellos pero que guardaron, que guardó Rosa siempre, como un recuerdo hermoso del que no se quería desprender; trajo también, y le causó emoción verlo en el fondo de su bolso cuando iba a guardar su ropa, el fino rebenquito de cuero sin curtir que Rosa siempre tuvo colgado al lado de la ventana.

-Este es tu padre -le había dicho la vez que él fue con otros niños al monte para buscar panales y volvieron sudorosos, asustados y con un cansancio de muerte mucho rato después de haber entrado el sol.

La nalga le había ardido después como si le hubieran picado diez cava pytá enfurecidas y esa noche, antes de dormirse, mucho después de que Rosa apagara el candil, la escuchó llorar en su hamaca. Fue entonces cuando se prometió que nunca más volvería a molestar a «su padre», el rebenquito quedó allí colgado y con el tiempo llegó a convertirse en una compañía. Una vez más lo tuvo que usar Rosa, pero mucho después, prefería no recordarlo.

Con las tiras se ató el bolso a la cabeza para mantenerlo seco y para dejar libres los brazos y entró en el agua con el corazón retumbándole en el pecho.

El lecho del Caañabé se fue profundizando y lo sintió blando e impreciso. El barro pasó entre sus dedos y le abrazó los pies hasta el tobillo, o más, no podía definirlo, abajo el agua era tan espesa, no podía saber claramente hasta dónde le llegaba el barro porque el agua era   —76→   igualmente espesa y pegajosa. Sentía los pies a leguas de distancia de su cabeza, en otro mundo, ¿qué estoy haciendo?, se preguntó desesperado, ¿dónde me estoy metiendo?

Cuando el agua le llegó al pecho comenzó a temer por su vida y decidió volverse atrás pero la corriente le frenó estirándole cada vez más hacia el centro del arroyo, allí mismo donde las aguas negras se movían perezosas, las miró con desesperación, tan cercanas estaban, perezosas desenrollándose como el humo espeso de las quemazones de los campos (como el humo, mamita querida, que subía cocinándote los ojos y coloreándote la piel) hacia el centro del Caañabé donde el agua traga (me va a tragar el Caañabé, mamita, me quiere llevar contigo convertido en humo).

A medida que intentaba desprender sus pies del lodo se iba hundiendo más resbalando en la pendiente, notó que el agua le llegaba al cuello y que cada vez le era más difícil intentar cualquier movimiento porque el agua se ponía más espesa y pegajosa. Entonces, en un momento de lucidez, hizo como que se acostaba boca abajo metiendo en el agua hasta la cabeza y braceando con todas sus fuerzas para tratar de arrancar sus pies, con todas las fuerzas que le dio el miedo, por sus venas corría sangre hirviendo.

No alcanzó a darse cuenta de que sus pies se habían soltado del fondo sino hasta mucho después, cuando con las manos tocó el lodo de la costa, aunque en realidad la chupada de sus pies cuando el Caañabé quería tragarlo la sintió mucho más tiempo, en verdad no llegó a olvidarla nunca.

Agotado se acostó en el pasto de la orilla desnudo como estaba, los últimos rayos del sol coronaban la parte más alta de los árboles y a su alrededor las sombras se hacían más pesadas. Los árboles eran masas verdeazuladas fileteadas solamente en la parte más alta por rayitas de oro y el silencio en el cajón del cauce era como un zumbido grave agitado levemente, y de vez en cuando, por chasquidos y siseos.

Aunque sus ropas estaban empapadas se las vistió porque los mosquitos, alentados por las sombras crecientes, comenzaron a torturarlo.

El cielo encima de su cabeza era una esfera profunda, azulada hacia occidente y hacia el oriente negra ya, los brazos le temblaban y un calambre en su pierna derecha empezó a estirarle la pantorrilla, estaba solo, solo en una tierra donde nunca nadie le podría encontrar y el   —77→   Caañabé estaba cerca, muy cerca, recordó a Casimiro, el Caañabé traga a la gente que lo cruza si está crecido.

Cuando escuchó el relincho en el otro lado del arroyo y las voces de los hombres que se acercaban, una loca alegría brotó en su pecho sin importarle el riesgo, cualquier cosa era mejor que estar solo, en medio de la oscuridad, tan cerca del Caañabé hambriento.

Acurrucado entre los matorrales miró a los viajeros encendiendo la fogata, cuidando los animales y al ranchero preparando la cena.

-Está muy crecido el Caañabé -escuchó que decía un hombre parado en la orilla de enfrente y él sintió que la piel se le erizaba-, probablemente no podremos pasar ni siquiera mañana...

Otro se acercó a la orilla y su figura se recortó contra la claridad de la fogata.

-Parece aventurado decirlo -escuchó el tintineo de las espuelas, son españoles, pensó-. El Caañabé es impredecible, en pocas horas puede subir o bajar una enormidad...

Un poco más tarde el aire se llenó de olor a fritura y Bernardino se apretó el estómago que le dolió de hambre. Se tendió sobre el pasto y estiró sus miembros cansados experimentando un gran alivio, la presencia de los españoles en el otro lado del arroyo le brindaba una seguridad placentera y se hundió en el sueño.

Apenas el sol apuntaba en el horizonte y cuando los jirones de niebla todavía se desenrollaban perezosamente sobre el agua, los ruidos del otro lado le despertaron.

Agazapado entre las matas observó con curiosidad y vio que eran tres carretas grandes y seis o siete jinetes.

El Caañabé había descendido mucho durante la noche, la superficie del arroyo ya no ofrecía ese temible aspecto de panza hinchada sino que en ella se notaban ya las pequeñas ondas de la correntada. Entusiasmado pensó que a partir de entonces todas las cosas irían mejor.

Al promediar la mañana la caravana cruzó el arroyo y él les pidió si podían llevarle hasta Yaguarón. Le acogieron alegremente y le subieron a la carreta.

Cuando pasaron frente a la entrada de Yaguarón, el día siguiente, y siguieron de largo sin detenerse, comenzó a temer, ¿es que no me entendieron?, ¿es que no recuerdan que yo quiero bajarme aquí?, pensó removiéndose nervioso sentado encima de la alta montaña de bolsas que traían en la carreta. La lentitud de los bueyes le animó a arrojarse pero cuando hizo el ademán de saltar el boyero le detuvo con un gesto.

  —78→  

-Ni lo intentes -dijo-, tú vienes con nosotros.

Casimiro me lo dijo, fue lo primero que pensó, me dijo que me cuide pero fui un estúpido.

Tres días después llegaron a Asunción, llovía, y Bernardino se entristeció.

Después de detenerse un momento en la cabecera de la cuesta comenzaron a descender, resbalando, la pronunciada pendiente que iba sorteando pequeñas lomadas cubiertas de vegetación, como verdes ampollas de la tierra, que bajaba hasta fundirse en el remanso que se arrimaba a la bahía.

-Este lugar se llama Vista Alegre -ironizó el boyero tratando de calmar las bestias con siseos y gritos nerviosos antes de iniciar el descenso-. Es en realidad la más hermosa de las vistas...

Bernardino, triste y asustado, no se animó a contestar.

Las calles de resbaladiza tierra roja serpenteaban entre las casas del gris color de la arcilla cruda y eran, las calles, irregulares, subiendo o bajando, torciéndose al perfilar las colinas. Las barreras de los patios, opacadas por la humedad, las tejas enmohecidas y hasta el profuso follaje que lucía aplastado por el agua, ofrecían una apariencia abúlica, como contagiada por la gris luminosidad de la tarde lluviosa.

Los pocos viandantes que encontraron en las calles embarradas poco o nada atendieron a su paso, parece mentira, pensó Bernardino, ni siquiera les importa la llegada de forasteros...

Ciertamente durante los días de viaje se pudo dar cuenta del cambio que estaba experimentado en su vida, pero fue recién después de llegar, cuando ya le asignaron vivienda y trabajo, cuando en dos o tres días nadie se acercó a él si no era para ordenarle algo, que se dio cuenta de lo que significaba ser encomendado.

El primer domingo que pasó en Asunción sucedió algo que resultó muy simpático para don Venancio Castillo, su Encomendero, pero que a Bernardino le dejó sorprendido.

-Es hora de ir a misa -había dicho don Venancio a poco de amanecer frente a la cuadra donde dormían los indios, casi un chiquero, había pensado Bernardino asqueado al entrar por primera vez y sentirse sacudido por el olor a sudor y basura. Saltó del lecho para alcanzar a don Venancio que se alejaba.

-A mí todavía no me entregaron mi ropa de los domingos -le dijo y don Venancio, después de mirarlo un momento de arriba a abajo sorprendido, había soltado una carcajada.

  —79→  

Todavía reía después caminando con su mujer y sus hijos hacia la iglesia, seguido de cerca por los indios de su casa.

La iglesia catedral, con sus paredes de adobe enjalbegado y su alto techo de tejas tenía en el frente una gran puerta de madera maciza, trabajada con múltiples molduras redondeadas, y en los dos costados unas amplias galerías.

Por la puerta principal entraron don Venancio y su familia, y sus encomendados fueron a reunirse con los demás indígenas en la galería para mirar por las ventanas el desarrollo de la misa. Ciertamente, se dijo Bernardino, en Asunción todas las cosas son diferentes; hasta llegó a preguntarse en algún momento si ese Jesús que en el altar tenía aquella corona tan linda y brillante sería el mismo Jesús que le enseñaron a querer los padres en la Reducción.




ArribaAbajo- 15 -

Juancito saltó del caballo en la entrada de los corrales y le pidió a Ceferino que lo cuidara, que le diera de comer, que lo bañara, y él corrió apresuradamente hacia la casa, el camino de regreso hasta Trinidad le había parecido interminable y aún sabiendo que no estaba bien que lo hiciera le pidió a Ceferino ese favor, no podía esperar más, quería contarle a Jacinto lo que había sabido en Jesús.

-Ella murió, papá. Hace quince días que murió.

Juancito vio que la arruguita que había al lado de su boca parecía temblar, era temprano todavía pero el sol ya no alumbraba tanto porque en el horizonte, sobre la línea del monte que volvía a sobresalir después de la hondonada, había una barrera de nubes celestes, casi grises, lo que quería decir que no pasaría un día entero sin llover, ni siquiera los pájaros pueden volar bien por el amenazo, pensó Juancito, va a llover.

-¿Y él?

Nunca les habían nombrado, jamás: ella, decían, y todos sabían que era Rosa, él, y todos que era Bernardino. Era como si ella y él fueran los únicos, como si no hubieran otros.

-Él se fue, papá... Desapareció. Nadie sabe dónde está.

Jacinto dejó que sus ojos se perdieran sobre la nube celeste, más allá de la hondonada. Asintió en silencio y Juancito sintió que el corazón le cabalgaba en el pecho con el mismo ruido sordo de las pezuñas de su   —80→   montado sobre el arenal de las afueras de Jesús, cuando se adelantó dejando atrás a los demás troperos.

-Me dijeron que tal vez salió de las Reducciones pero nadie lo sabe. Cuando ella murió él desapareció: esa misma noche salió de Jesús y nadie sabe nada más, ni siquiera estuvo para el entierro... a todos les extrañó mucho eso. Yo no me animé a preguntarles a los padres porque ellos sufren cuando pasa una cosa así, no les gusta.

-Y nadie sabe adónde se fue.

-Casimiro piensa que a lo mejor se fue a Yaguarón, con los Franciscanos. Yo creo que él lo sabe, pero no quiere contar -dijo Juancito y Jacinto le miró sorprendido, ¿qué estaba diciendo su hijo?, se fue, no importa adónde, ni siquiera pude conocer su cara.

La iglesia estaba casi a oscuras porque solamente ardían las lámparas del Santísimo y de la Cripta cuando Jacinto pasó delante del cuadro que había tallado representando el Purgatorio y no se animó a mirarlo. Sabía que estaba allí con su fuego crepitando y sus almas prisioneras en un fuego que ardía constantemente limpiando, purificando, lavando las culpas (así mismo lo había dicho el padre Roque) y rodeado por la resonancia de sus pasos en la enorme nave creyó sentir el fragor de las llamas, el eco de los lamentos de las almas atormentadas y la piel se le erizó.

Rosa ya no estaba allí, se dijo, aunque el Paí Roque la obligó a eso ya se escapó, volando entre el humo, libre, alegre como siempre fue alegre, liberada de la prisión en la que a él le obligaron a meterla, buena como siempre fue buena, linda.

Parado debajo de la cúpula se impresionó por la mirada del padre que con los brazos abiertos parecía querer abrazarle desde el altar mayor. Su larga barba blanca temblaba por las velas y sus ojos negrísimos se fijaban en él, hondísimos, brillantes. Seguramente él tampoco entendía por qué pasaban las cosas como pasaban.

Jacinto caminó hasta los bancos del crucero y se sentó, no tuvo deseos de arrodillarse, si hubiera sido antes, en los tiempos de antes, hubiera danzado hasta que las estrellas se pusieran pálidas en el cielo y comenzaran a apagarse en el azul cada vez más claro, hubiera cantado hasta que la voz le rascara la garganta al compás ronco de las sonajas, hubiera también llorado sin que le vieran las mujeres, ni los hombres, sin que le viera nadie, cantando, danzando y llorando solo.

No tuvo deseos de arrodillarse porque no venía a rezar, no tenía nada que pedirle a Dios porque ya le había pedido demasiadas cosas y no   —81→   podía comprender lo que le estaba pasando, venía solamente a estar con Él porque no quería dejarle solo justamente ahora que sabía lo que habría sufrido cuando tuvo que entregar su Hijo por culpa de la gente que no entiende bien las cosas...

Cuando algún tiempo después Juan Antonio le pidió a Damián que dejara ir a Jacinto para trabajar con él en la iglesia de Jesús, sus palabras fueron como un llamado de atención y despertaron hechos relegados volviéndolos con toda crudeza.

-Es muy hábil, Damián -le había dicho-. Es un verdadero artista y sería una ayuda formidable... Para las casas de los indios que están levantando aquí no es imprescindible un artista como él.

-No, Paí; yo no me quiero ir -le dijo Jacinto cuando le preguntó después, qué viejo está, pensó Damián, en pocos años se hizo un viejo-. Ese lugar es prohibido para mí.

-Las cosas ya no son así, Jacinto; ya cambiaron... -dijo Damián con ansiedad.

-No, no es por eso... Rosa ya murió y mi hijo salió de allí; eso que me prohibieron ya no tiene importancia... Pero no me quiero ir.

Damián no sabía que Rosa había muerto y menos que su hijo se hubiera excluido voluntariamente; luego de luchar contra la decisión del padre Roque que consideraba injusta, y agotado todas las posibilidades, se había desentendido del caso, amparado en la obediencia y al enterarse ahora del final desgraciado que tuvieron sintió, además de dolor, remordimiento.

-No puedo obligarle a ir, Juan Antonio -se disculpó con su amigo el día siguiente-. Sé que podría tratar de convencerlo pero no me animo...

-Es una pena. Creo que se nos acaba el tiempo, Damián... La semana pasada estuve en Itapúa y hablé con el Enviado del Provincial que pasado mañana estará aquí contigo. Trae noticias frescas de Buenos Aires. Las cosas no están nada bien, amigo mío.

Damián caminó nerviosamente unos pasos y encaró a su amigo desde el otro lado de la habitación.

-Deben ser en verdad muy malas las noticias que tienes para que hasta llegues a temer por la terminación de tu iglesia.

-Pueden serlo y puede que no lo sean, la verdad de las cosas es que nos manejamos con puras versiones, que generalmente nos llegan tamizadas, u orientadas, como prefieras decirlo. Pero como son los únicos   —82→   indicios que nos llegan de nuestro «patronazgo» tan lejano, y sabiendo con certeza que nunca alcanzaremos informaciones más precisas, les damos validez, las tomamos en cuenta, deducimos posibles implicancias...

-Vivimos sobre ascuas.

Juan Antonio asintió sonriendo.

-Algo así como el estampido lejano que hace que las charatas yergan la cabeza oteando curiosamente el horizonte presintiendo la vecindad del peligro.

-¿Cuál es el estampido en esta oportunidad?

-A principios de este año hubo una revuelta popular muy fea en algunas ciudades de la Península, pero sobre todo en Madrid... se quiso intencionalmente desviar la atención de la gente haciendo figurar que el asunto se relacionaba con las capas y los sombreros... -Juan Antonio sonrió por el gesto sorprendido de su amigo-. Resulta ser que se promulgó una Ordenanza obligando a acortar las capas y recortar los sombreros evitando tanta ala ancha que protege malvivientes como había en Madrid y se quiso hacer creer que el pueblo se sintió molesto por ese intento de «recortar» su libertad, por decirlo de alguna forma... Pero la verdad es otra: las malas cosechas de varios años seguidos produjeron la suba del pan y de otros productos de primera necesidad y el pueblo reaccionó, no hay nada más rápido que la vaciedad del estómago para encender los ánimos... El motín se hizo para exigir la renuncia de Esquilache, Esquilache, digo, el siciliano Secretario de Hacienda y de Guerra. Y fue bastante violento.

-Y a la larga los culpables resultamos ser nosotros.

-No fue nada difícil. Se debía encontrar algunos culpables y allí estuvimos; bien a mano.

-Pero entonces ya no es solamente un estampido lejano...

-No lo es. Hace algo más de dos meses comenzó el juicio, con bastante alharaca, por cierto. Don Miguel María de Nava y Campomanes, sobre todo Campomanes, con mucha vehemencia denunciaron la participación de la Compañía de Jesús en el motín y todo parece indicar que el resultado del juicio está decidido de antemano.

-Pero, Dios mío, ¿por qué?

-Por muchas razones juntas y por ninguna en especial, amigo mío -Juan Antonio tomó una naranja del frutero que había sobre la mesa y se entretuvo lanzándola al aire haciéndola girar y tomándola para   —83→   lanzarla nuevamente, era como una burbuja de oro, oro perfumado subiendo y bajando, subiendo y bajando-. Celos, ambición, temor... vaya uno a saberlo. El problema se originó con la Compañía allá lejos y lógicamente debe repercutir en su joya más preciada...

No creo que les haya sido muy difícil incluir a la Compañía de Jesús entre los promotores del amotinamiento, pensó Damián, nuestros púlpitos no son lo que se puede llamar discretos, precisamente.

-En toda Europa son una sorpresa los logros conseguidos en las Reducciones, y en la Península las diferencias se tornan abrumadoras. Mientras en este lado del mundo las cosas son florecientes, la inseguridad, la pobreza, y hasta la sombra del hambre, se ciernen sobre el pueblo en el otro... En esas condiciones, amigo, muy pocos son los que se interesan por conocerla verdad -su calma, pensó Damián escuchándole, es totalmente engañosa-. Generalmente se quedan en la parte visible de la situación: en las Ciudades de Dios se come bien, se construye, se estudia, se trabaja en las artes... ¡el pueblo indio trabaja en las artes!, algo que les resulta casi imposible de creer, y que realmente no creen, porque desconfían más bien una engañifa, algún artificio que manipulamos nosotros interesadamente... En contrapartida en España las cosechas del 63, del 64, del 65, fueron malas, y eso es mucho. El pueblo en España está apretado -Juan Antonio levantó la naranja para observarla al trasluz-. Y entonces surgen las leyendas y las versiones más alucinadas. Dicen, por ejemplo, que los jesuitas tenemos en estas tierras minas de oro riquísimas e inagotables, que por eso somos inmensamente poderosos y abrigamos oscuras intenciones, peligrosas ambiciones políticas para consolidar una Provincia dentro de la Provincia, un Reino dentro de este Reino, una Monarquía Universal con una sola cabeza, que no es precisamente la de nuestro Rey, ¿lo entiendes?

-Es solamente que no nos quieren -dijo Damián y a Juan Antonio le causó algo de pena su ingenuidad inesperada.

-Probablemente sea cierto que no nos quieren -sonrió con picardía-, aunque no creo que eso le haya importado mucho a la Compañía, nunca.

Ambos rieron relajándose, es difícil mostrarse humilde cuando uno se siente genuinamente orgulloso de lo que es, pensó Damián aunque sin querer admitirlo concientemente.

-Quizás podrías presionarle un poco para que vaya conmigo- intentó Juan Antonio por última vez al día siguiente cuando se despedían-.   —84→   Verdaderamente lo necesito a Jacinto allá y podrías hacer uso de tu autoridad...

Por qué lo haces, amigo, pensó Damián, por qué insistes de esa manera.

-No lo quiero hacer, Juan Antonio, esa es la verdad; perdóname. Es una historia larga.

-Y triste -Juan Antonio trató de aliviar la tensión cuando notó la pesadumbre de su amigo.

-Y triste -confirmó Damián bajando los ojos avergonzado.

-Perdóname tú a mí. Muchas veces nos dejamos vencer por el egoísmo y hacemos sufrir. No debí insistir como lo hice.

Se estrecharon fuertemente las manos y Damián miró ansiosamente a su amigo.

-No alcanzo a definirlo muy bien, Juan Antonio... no sé si lo hago por caridad o es porque el remordimiento me araña el alma y me obliga a eludir, una vez más, el enfrentamiento directo... No alcanzo a tener el valor suficiente para obligar a Jacinto a que vaya contigo a Jesús: es un lugar que guarda recuerdos demasiado tristes para él... ahora ya ni siquiera su hijo está allí, nadie sabe adónde huyó... Lo alejamos de nosotros. Lo hicimos huir con nuestra incomprensión.




ArribaAbajo- 16 -

En la habitación a oscuras las pesadas sombras olían a muerte. La lámpara de aceite brillaba sobre una mesa arrimada a un costado, frente a un crucifijo de madera policromada, y arrojaba contra la pared la sombra de una cruz fantasmal cuyos brazos y cuya cabecera se agrandaban enormemente hasta perderse diluidos en las sombras que no alcanzaba a disipar el cono de luz.

El padre Jaime entró tratando de no hacer ruido para no turbar el sueño del anciano, con el corazón encogido de congoja (cuánto amaba a este viejo gruñón que tan poco había hecho durante toda su vida para que se lo amara).

Esa mañana le habían suministrado la Extrema Unción y en toda la Reducción se elevaron oraciones por la salud del alma del padre Roque y por el fortalecimiento de la salud de su cuerpo si estaba en la voluntad de Dios, y Jaime había sentido el imperioso deseo de estar un momento cerca del amigo que se iba.

  —85→  

El Hermano Roberto le vio entrar y le dejó sitio en el sillón de madera tallada que había al lado de la cama del moribundo. Vio los ojos del gordo padre Jaime brillantes de lágrimas y tuvo el pudor de dejarlo solo con su amigo. Salió de la habitación cerrando suavemente la puerta, alejando nuevamente la realidad exterior que por un momento irrumpiera con voces asordinadas en el recinto en penumbras.

Jaime miró el perfil afilado del anciano y sintió como un frío interior que le calaba hasta los huesos, el pecho del padre Roque se movía en una respiración superficial y dificultosa y Jaime sintió que las lágrimas pugnaban por soltarse de sus ojos, se está apagando, pensó, como una pequeña vela se está apagando.

Cerró los ojos y comenzó a musitar el De Profundis.

El padre Roque carraspeó y su respiración varió de ritmo, está despierto, pensó Jaime.

-¿Necesita algo, padre?

Roque entreabrió los ojos y le miró, trató de hablar y el gesto que distendió sus labios se difuminó en el rictus de profundo cansancio que aplastaba su carne y volvió a cerrar los ojos para permanecer un momento inmóvil, como si hasta hubiera dejado de respirar. Jaime sintió que se le erizaban los cabellos mientras un miedo aterrador le arañaba el alma (padre Todopoderoso, Santísima Virgen María, ruega por nosotros, Santa Madre de Dios), un doloroso y lacerante miedo porque en los ojos de su anciano amigo leyó la desesperación. Pudo leer en sus ojos una aterradora congoja, una desahuciada certeza, no era la suya un alma que se disponía a volver al padre Misericordioso, era el alma de un reo aplastado por su culpa, temeroso, a punto de enfrentarse con el Supremo Juez...

-Padre Jaime, por favor... quiero confesar mis pecados escuchó la voz sibilante y creyó que el mundo se le derrumbaba, no quiero oír su confesión, padre Roque, dijo para sí cerrando los ojos y apretando fuertemente las mandíbulas, no quiero oír su confesión, viejo amigo...

Sabía que la confesión ya no era necesaria pero no podía negarle ese consuelo. Reprimiendo los sollozos que pugnaban por explotar tomó la estola que estaba sobre la mesa al lado del crucifijo y luego de besarla se la puso y se acercó al anciano haciendo sobre él la señal de la cruz.

-Le escucho, padre.

El anciano cerró los ojos y permaneció silencioso, Jaime llegó a pensar que había vuelto a caer en la inconciencia pero luego su voz sonó   —86→   susurrante en el ámbito callado, como escapando trabajosamente por su garganta atrapada entre jadeos.

-Perdóname, padre, porque he pecado...

Jaime apretó aun más los puños vencido por la impotencia, Señor Jesús, oró, Señor Jesús, que se aparte de mí este cáliz...

El anciano abrió los ojos y los fijó en el crucifijo iluminado por el candil y pareció recuperar parte de sus menguadas fuerzas, como si el haber decidido despojarse de la carga que le agobió durante años le hubiera fortalecido también en lo físico.

-Durante toda mi vida he procurado servir a Dios... -su voz se sofocó y tragó con dificultad-. Siempre quise ser como mi amigo y maestro... ah, querido padre Antón... pero no pude serlo; no pude serlo... -con los ojos inundados de lágrimas Jaime miraba el rostro del amigo amado y tuvo que hacer un gran esfuerzo para no apretar esa mano pálida, casi piel y huesos, abandonada sobre las cobijas-. El padre Antón murió seguro de que todos sus trabajos... todos... de cualquier especie, no tuvieron otro motivo sino el amor de Dios... Pero yo, padre... Yo siempre procuré imitarle pero no pude hacerlo, no pude... no pude...

Por un momento el silencio fue total y a Jaime se le agigantó el levísimo crepitar de la lámpara.

-Siempre procuré ser justo. Justo antes que generoso... Pero una vez me dejé arrastrar por mis pasiones... una vez... una vez castigué... y no lo hice con amor, padre, no lo hice por la justicia... Aunque sé que hice lo que tenía que hacer, no lo hice con amor... eso no me importó... no, no... no me importó -los ojos acuosos del moribundo se fijaron en Jaime por un instante y luego se desdibujaron en un parpadeo-. Lo hice por rencor, padre, mi corazón endurecido no permitió que brotara la compasión... No pude comprender. Cerré mis ojos y mis oídos y me negué a comprender... Me enloqueció la envidia por la pureza de esas almas sin malicia, me cegó la ira que sentí ante el pecado de esos hijos... hijos míos... y con todas mis fuerzas cumplí la ley -el pecho del anciano subía y bajaba empujado por una respiración anhelante y entrecortada-, con todas mis fuerzas, padre, cumplí la ley... Pero no empujado por el amor... no... el amor no anidó en mi corazón...

Solamente se escuchó la respiración alterada que tenía en ese pecho una caja de resonancia tenebrosa.

-Cuando los castigué no castigué el pecado, padre... no castigué el adulterio... no... yo castigué al hombre y a la mujer, no los castigué por   —87→   el pecado cometido... castigué la vida... en ellos castigué la vida... esa vida que a mí me enfermaba de envidia...

Una larga exhalación rozó los labios del moribundo y Jaime temió lo peor.

No se animó a levantar los ojos y recién se tranquilizó cuando escucho reiniciarse el lento respirar del viejo. La mano del anciano se agitó imperceptiblemente y sus labios se movieron como si hiciera alguna argumentación que no llegó a salir por su boca. Carraspeó tragando con dificultad.

-Me enfermé de envidia, sí señor... Mi corazón se carcomió de envidia cuando me dí cuenta de cómo esos seres primitivos podían amar a Dios alegremente... sencillamente... al ver cómo amaban al Dios bueno que nosotros les enseñamos a amar... con humildad... Mi envidia fue después rencor... y después odio... esas leyes que fabricamos para el amor me cegaron los ojos y no me dejaron ver... no me dejaron ver... y causé mucho dolor, mucho dolor... hice sufrir a los más pequeños de sus hijos, padre...-. Roque cerró los ojos y su voz fue nada más que un susurro. Tengo miedo, ah, Dios de bondad, tengo miedo... Con la vara que medí, padre, seré medido. Pido a Nuestro Señor Jesús que se apiade de mí... que pose sus ojos misericordiosos sobre el alma de este pobre pecador...

Jaime lloraba como un niño cuando le dio la absolución.

Se sacó la estola y la dejó sobre la mesa.

-Jaime... -dijo el anciano suavemente y Jaime creyó que era solamente el eco de sus pensamientos-, quiero pedirte un favor, Jaime...

Jaime se acercó para poner el oído cerca de los labios del amigo.

-En Trinidad, Jaime... en Trinidad... está la talla, está la talla, Jaime, en la iglesia... el Purgatorio, allí, ella está allí... yo la puse, amigo mío, Jaime, por favor... no tiene que estar en el Purgatorio... yo no puedo, no puedo...

Y se sumió nuevamente en un sopor profundo. Jaime se santiguó y salió de la habitación.

Nunca se perdonó el no haber permanecido algunas horas más al lado del anciano porque cuando a media tarde en la imprenta escuchó que las campanas tocaban a muerto, comprendió que el viejo amigo había partido.

Con el corazón apretado contempló el cuerpo del padre Roque que yacía en el lecho rodeado de cirios encendidos dispuesto para su traslado a la   —88→   capilla ardiente, en la nave principal de la iglesia, donde lo velarían esa noche. Nunca sabría lo que su amigo había querido pedirle; nunca jamás lo sabría.