El Superior de Jesús llegó a Trinidad en compañía del hermano Grimau al caer la tarde. Desmontó apresuradamente y sin esperar al Hermano fue al encuentro de Damián que salió a recibirles.
-Padre Damián, ¿es cierto...?
-Lo es, padre.
-Dios se apiade de nosotros... ¿Cuándo será eso?
-No lo sé exactamente. El mensajero que llegó desde Asunción me informó de que estaban reclutando voluntarios para venir.
-¿Voluntarios?
-Lo hacen todo muy calladamente, pero la verdad es que forman una tropa para sacarnos... Días más, días menos, nuestras horas aquí están contadas.
Para Froilán fue la confirmación de una verdad que, en el fondo de su ánimo, abrigó la esperanza de que no fuera cierta, y el impacto le dejó anonadado.
Ese mismo espíritu de desoladora tristeza es el que observó en sus compañeros durante la cena y fue un acicate para Damián, que trató de levantarles los ánimos, aunque nos sintamos golpeados y desprotegidos es mucho el trabajo que hay por hacer, les dijo, el corto tiempo que nos queda debe ser suficiente para organizar la continuidad de estas poblaciones.
Luego caminó con el padre Froilán por la angosta vereda que bordeaba la casa de los padres dirigiéndose al templo; en el otro extremo de la plaza habían indios conversando, y entre ellos algunos sacerdotes.
—139→-Hay un estado de incertidumbre que flota en el ambiente -comentó Damián cuando subían las gradas del atrio.
Froilán se detuvo frente a la puerta y le encaró.
-Yo también tengo miedo, Damián. No quiero aceptarlo y me recrimino constantemente pero tengo miedo. Veo que todos los caminos están cerrados.
Damián iba a replicar pero se contuvo, no tuvo valor, «...no sea que se vuelvan y os destrocen», recordó y patéticamente comprobó el alcance dolorosamente corto de su fe.
-Entremos a orar, padre...
Al día siguiente, desde temprano trabajaron hasta bien entrada la mañana en el despacho de Damián.
-No sé qué tipo de administración harán los representantes del Gobernador -dijo-, pero yo dejaré a las Autoridades tal y como venían funcionando.
Su amigo le escuchaba pero no parecía prestarle demasiada atención o es solamente, se dijo Damián observándole con disimulo, que todavía no logró sobreponerse.
-Temo a los vecinos de Asunción, Damián... Nos odian.
Damián cerró el Libro de Cuentas que tenía en la mano, algo contrariado, y lo miró.
-No veo la razón de lo que dices.
-Nunca nos quisieron... El hecho de que el Rey nos protegiera de ellos despertó un resentimiento que fue incrementándose al pasar de los años, aquello de que ningún español pisara estas tierras, digo.
-Que los españoles no entren aquí... ¿acaso muchos de nosotros no lo somos?
Froilán le miró sorprendido: lo que menos esperaba en ese momento era un toque de humor.
-Sabes a qué me refiero.
-Desde luego que lo sé -Damián suspiró-. Pero no todo es tan terrible como lo estás temiendo. Entre los vecinos de Asunción hay mucha gente buena, tan buena como lo mejor de nosotros. Y quizás mejores. Pero sí, sé a qué te refieres: los caminos de los hombres son enrevesados, con razón o sin ella nos miran mal. La nuestra es, en esencia, una Provincia dentro de la otra Provincia, Froilán -sin darse cuenta bajó la voz-. Mal que nos pese, es un reino dentro del otro reino... Que la motivación final de nuestros afanes no sea el Poder Absoluto, tal —140→ como nos acusan, es algo que nosotros sabemos, porque sabemos que son otros nuestros intereses, pero ellos no lo saben, o hacen ver que no lo saben, que viene a ser lo mismo.
-Es repudiable.
Damián sonrió asintiendo.
-Hay, además, un agravante: son muy poderosas, las ciudades de Dios... y peligrosas.
-¿Peligrosas?
-Así lo creen.
Froilán se removió impaciente.
-Y por si todo fuera poco, la posición que tomó la Compañía de Jesús cuando el levantamiento de los Comuneros no contribuyó precisamente para hacernos más queridos entre los vecinos...
-Esto que hoy nos sucede no es cosa de vecinos... En esta expulsión no tienen nada que ver el pueblo ni las autoridades de acá... esto viene de la península; y quizás ni tan siquiera de allí. Es probable que los hilos sean manejados por intereses más lejanos.
-Lo que quieras, Damián -le cortó impaciente-; todos los razonamientos que quieras exponer pueden ser valederos, pero los vecinos a los que me refiero son el pueblo, el pueblo, gente que no entiende, ni se interesa en dirimir, razones políticas o filosóficas, gente a la que sólo le importa vivir bien o mal, juntar riquezas, etcétera. Y debes estar de acuerdo conmigo en que la vida de las Reducciones con toda seguridad enciende de envidia los ánimos de muchos vecinos... ¿Qué secreta alianza y prebendarismo hicieron posible semejante progreso?, se preguntarán, ¿cómo nuestra esforzada vida, sujeta a tantos impuestos y cargas, se aleja cada vez más de las delicias de esa vida regalada?, y te aseguro que la explicación de esta diferencia jamás pasará por el trabajo, o por la organización...
Damián caminó hasta la ventana y su amigo se acercó también, el día era clarísimo y una brisa tranquila del este rizaba el pasto de la plaza una vez más salpicado de liriecitos blancos, esta es la mejor época del año, pensó Damián con melancolía, qué difícil me será abandonar este mundo mío.
-En un momento dado llegué a asustar a nuestros hermanos -dijo sonriendo-, porque no entendieron qué hacía yo soliviantando el ánimo de los indios.
-¿Soliviantando?
—141→-Eso dijeron. Cuando me puse a indagar el pensamiento de nuestros indios asusté a mis hermanos...
-Pude saber algo de eso.
-La ausencia de secretos es una de nuestras costumbres.
Froilán sonrió, disculpándose.
-Presentías que esto iba a suceder.
-Responderte, sin más, que sí, podría recortar el alcance de mi cometido, pero sí, en gran parte puede haber sido provocado por el temor de que alguna vez llegara a suceder una cosa así... Pero en realidad lo hice para tranquilizarme, sin anticipar nada de lo que podría llegar a suceder, para sentirme un poco más seguro sabiendo con certeza hasta qué punto había prendido la semilla que sembramos, creo que me entiendes...
-Sí.
Damián cerró los ojos fuertemente tratando de descargar la tensión.
-Es posible también que haya presentido este desenlace. Desde un principio molestamos a demasiada gente, los resentimientos que despertamos al poner cuña en estas tierras hicieron eclosión, así como lo recordaste, con las concesiones reales de 1640. No solamente vinimos a rescatar a los indios de un futuro sin redención, sino que además el Rey nos protegió para hacerlo. Así emprendimos esta marcha paralela, dolorosamente diferente, que fue profundizando la brecha que surgió entre nosotros y el resto de la población de la Provincia... -Damián apoyó la frente contra el marco de la ventana-. Aun así, te confieso, siempre abrigué la esperanza de que ganaríamos.
-Esta debe ser una cuestión meramente administrativa, creo yo -Froilán intentó un entusiasmo que no sentía- algo sin fundamento firme, estoy seguro... Estoy seguro también de que cuando Su Santidad participe activamente y con todas sus influencias en este problema, el desencuentro que ahora nos preocupa no será más que un recuerdo amargo... No va a permitir, el Papa, este injusto juego de intereses...
Damián sonrió entornando los ojos.
-Recuerdo que una siesta, en el jardín de los alhelíes, el padre José me dijo, respondiendo a no sé qué palabras mías: hay cosas que es mejor no decirlas. Eso mismo te digo ahora, Froilán, amigo.
Froilán no quiso admitir que fuera cierto lo que su amigo dejaba entender con sus palabras, muchas cosas en las que creyó firmemente se ponían a tambalear y permaneció callado, compartiendo un silencio embarazoso.
—142→
La carreta se detuvo por fin donde rompía la pendiente, las sombras se habían hecho bastante espesas y era peligroso caminar en la oscuridad. El cielo celeste diluido se iba volviendo gris y sobre el horizonte todavía radiante comenzó a resaltar gloriosamente el lucero de la tarde.
-Tenemos problemas, señor -dijo el boyero al bajar del pescante, friccionándose las nalgas, patán maleducado, pensó Gracián-, estamos casi sin provisiones.
-La Estancia de la Compañía está todavía cerca -Julio habló seriamente pero a Gracián no le gustó el tono de su voz-. Podemos volver y requisar un animal, o más, en nombre de la Gobernación... ¿Sabes si hay cerca de aquí algún retiro? -preguntó a Bernardino más tarde.
-No, señor; yo nunca llegué hasta aquí.
Julio lo miró con fijeza sintiendo que la sangre comenzaba a hervir en sus venas, más irritado aun por la sonrisa irónica que descubrió en Gracián que un poco retirado escuchaba la conversación.
-Estás comenzando a cansarme, tú -dijo entre dientes-. Nunca sabes nada, nunca respondes las preguntas que te hacemos, nunca entiendes nada de nada... ah, qué maldita clase de gente... ni la vida en las Ciudades mejora a estos salvajes...
Se alejó nervioso y Gracián soltó una carcajada.
Bernardino lo miró alejarse y cuidó de que no se moviera ningún músculo de su cara, ni siquiera vinieron a verle a Feliciano cuando escupió sangre en los fardos de tabaco, pensó.
-¿Qué te traes con el indio, Julio? -le preguntó Gracián de sopetón al día siguiente, cuando encabezaban la caravana que se había movilizado muy tarde, recién después de faenar el animal requisado y comer.
-No sé a qué te refieres.
-Sabes muy bien a qué me refiero. Siempre estás en conversaciones con ese indio escapado de las reducciones, no lo dejas ni a sol ni a sombra, ¿qué buscas?
-Por favor, Gracián, amigo... esta indagación imprudente me resulta casi afrentosa... -rió y el Capitán percibió un dejo burlón que le enervó-. Deben ser sólo coincidencias, ¿qué podría necesitar yo de un indio, encomendado de mi padre?
-No lo sé. Pero si por casualidad se te ocurre planear algo que no sea muy claro, ten presente que no voy a permitirlo, esta tropa está bajo —143→ mi mando y no voy a permitir actos de vandalismo.
-Vandalismo, por favor, vandalismo... Me ofendes, Gracián; no olvides que me alisté voluntario por mi alto espíritu de colaboración, como muy bien lo expresara el Gobernador al agradecérmelo y al agradecérselo a mi padre... ¿cómo puedes herirme de esa forma?
Gracián comprendió el alcance de sus palabras (las relaciones personales eran determinantes en el reducido ambiente de Asunción) y prefirió no seguir hablando sobre el tema porque, además, Julio colaboraba con él en el manejo de la tropa y prefería tenerlo a su favor.
Muy temprano esa mañana Julio y dos hombres, montando los caballos de refuerzo, habían retrocedido hasta la Estancia de Paraguarí y volvieron hacia las ocho trayendo una vaquillona enlazada.
El boyero sacrificó el animal y mientras en la olla humeante se hervían las tripas gordas, la regolladura, los chinchulines, el mondongo y otras vísceras más con abundantes verduras, cuatro hombres cortaban la carne en láminas delgadas que iban encimando con sal gruesa entre medio en unas grandes cajas de madera que tenían el fondo y los costados agujereados para que pudiera drenar y ventilarse la carne hasta que estuviera curada.
-El caldo avá es lo mejor que hay para la energía -dijo el boyero, con los brazos ensangrentados hasta el codo, removiendo el caldo con una larga espátula de madera-. Después de tomarlo no te puedes bajar el pito ni siquiera con las dos manos...
Los hombres soltaron una carcajada ruidosa, el ambiente era relajado y festivo, la posibilidad de comer alimentos frescos levantaba el entusiasmo de todos.
-Qué lástima que Salustiana se quedó en Asunción -bromeó después Bernardino mientras tomaba la caliente sopa oscura.
-No te preocupes por eso, muchacho -dijo Julio a sus espaldas- verás que encontramos la forma de solucionar este problema... Muchas mujeres de estos pueblos quedarán maravilladas de los efectos de este caldo portentoso...
Casiano se asustó porque tampoco él se había dado cuenta de que el español estaba tan cerca de ellos y de puro nervioso soltó una carcajada y Bernardino, por no saber qué hacer, también rió.
-Ah, muchacho, vamos a hacer grandes cosas en estos pueblos... -dijo Julio contento, evidentemente estaba venciendo la resistencia del indio y fue precisamente en ese momento que Gracián le vio.
-No deseo herirte de ninguna forma -dijo poniendo su cabalgadura —144→ a un costado para que pasara el resto de la formación, invitando a Julio con un gesto para que se le pareara-, sólo quiero prevenirte... No me gusta lo que estoy haciendo, me conoces bien y lo sabes; pero sabes también que trataré de cumplir mi obligación de la mejor manera...
-Gracián, amigo, estás muy ceremonioso... ¿a qué viene esto?
-Me desagrada tu trato camandulero con los indios... es algo que no te cuadra.
-Y me ofendes.
-No quise hacerlo, pero es muy grande la responsabilidad que me dieron y te aseguro que la voy a cumplir bien, cueste lo que cueste. Pueden estar tranquilos mi padre, mi abuelo, y en conjunto todos los puñeteros descendientes que alguna vez ostentarán nuestro orgulloso nombre.
Federico caminó lentamente por la nave principal hacia el crucero y en la iglesia desierta sus pasos sonaron afelpados, mezclándose las resonancias devueltas por los recovecos laterales y por las bóvedas elevadas que el humo y el polvo habían sombreado, haciendo resaltar la exquisita textura de las losetas cerámicas.
Se paró debajo de la cúpula y sus ojos recorrieron la magnífica presencia espacial, es curioso, se dijo, cómo una y otra vez me emociono en la contemplación de esta obra.
-Si escucha eso Juan Antonio una vez más recordará a San Juan Crisóstomo -recordó que una vez había bromeado Damián cuando él lo comentó en la mesa del desayuno.
-La sensación de plenitud y acomodo que experimentas es por la voz8 vibrante que nos hacen oír las proporciones... Las proporciones son la manifestación del Orden que existe en el universo -había dicho Juan Antonio sin hacerse eco de la broma.
-Deberías aprender a callar a tiempo...
-Este ordenamiento debe manifestarse en el templo porque el templo es Palacio de Dios y Corte de sus Ángeles -miró a Damián-, como dijo San Juan Crisóstomo.
La Corte de sus Ángeles, se repitió ahora Federico paseando sus ojos extasiados por el friso de los Angelitos Músicos, esa ingenua decoración —145→ tan simpática que era todo un canto de alegría, manifestación de la tranquila felicidad del hombre que sirve a Dios con alegría, oh, qué difícil resulta a veces superar la rigidez dogmática y avanzar creciendo hasta la simplicidad, pensó, cuántas veces nos alejamos de la felicidad sencilla que brota de los espíritus puros. Cuánto nos dolerá abandonar este lugar que tanto amamos, cuánto abandonar a estos queridos hijos nuestros...
El relumbre de las velas que ardían ante el Sagrario reflejaba pequeños temblores en las piernas gorditas, en los redondeados cachetes y los angelitos parecían respirar, o era como si décimas de segundo antes de que la mirada se posara en ellos, hubieran cambiado de posición, imperceptiblemente.
Por encima del friso el muro se veía firme, rematado por una gruesa moldura que servía de asiento a la bóveda de losetas cerámicas, sus amadas losetas de barro cocido. En este momento de incertidumbre cruel ante la partida inminente, le reconfortaba la seguridad del templo, ciertamente la Ciudad toda era obra conseguida por ellos, pero era en el templo donde percibía más claramente su impronta y donde se sentía más protegido.
Sus ojos gozaron recorriendo la moldura superior y al llegar a la esquina del fondo, detrás del retablo principal, se elevaron siguiendo la elegante curvatura de la bóveda.
De pronto una punzada de terror atenazó su estómago: en el espacio de muro visible detrás del entablonado vio una rajadura que, iniciándose en la misma moldura que servía de apoyo a la bóveda (si bien la moldura misma estaba todavía muy poco desplazada), se ensanchaba en el paño de mampostería. La profusamente decorada placa del retablo impedía determinar exactamente la extensión y gravedad de la rajadura, que se perdía detrás del entablonado.
¡Los muros no resisten el empuje lateral de la bóveda!, pensó aterrorizado, la cubierta es demasiado pesada...
Por su mente en un momento desfilaron las imágenes de la hazaña
que había sido transportar las tejas desde la Olería hasta la plaza a través del ondulante gusano, el gusano que cantaba incansable, renovándose constantemente y cantando, cantando, cantando... el gusano que había trepado por la fachada y se había repartido en crestas movedizas encima de la nave y los cruceros, el padre Roque no quiso escucharme, se dijo desesperado, no quiso escucharme, yo le dije que era arriesgado subir tejas tan pesadas.
—146→Cuando Damián se enteró no pudo dominarse y se dejó ganar por el pánico. Dispuso que esa misma tarde viajara Felipe hasta Jesús para buscar al hermano Grimau, porque sabía que Juan Antonio no estaba.
-No me gusta nada, padre -le dijo al día siguiente Grimau agotado por el esfuerzo de revisar cuantos recovecos le fue posible controlar, sin siquiera haberse dado tiempo para reponer energías luego de la larga cabalgata-. Aunque todo parece indicar que por el momento la situación no es extremadamente grave, son síntomas que deben ser atendidos a tiempo; un descuido puede resultar catastrófico.
-Hace tres días salió de Asunción la tropa que viene a desalojarnos de aquí -dijo Damián avergonzado-. No debí hacer lo que hice. Humildemente le pido perdón, hermano, por haberle incomodado sin necesidad con este viaje cansador... no debí hacerlo. Ya no nos queda tiempo para nada, hermano, no podemos encarar ningún trabajo; no debí dejarme ganar por la angustia ocasionándole esta molestia innecesaria...
-No se preocupe por mí, padre, que eso es lo menos importante. Me habría agradado tranquilizarle diciéndole que la rajadura no es peligrosa pero no puedo porque no es así, por Dios que no lo es... Esa rajadura es producida por un empuje lateral que origina la cubierta y que no alcanza a ser absorbida por el muro... Me temo que si no se arbitra alguna solución en corto tiempo estos problemas se pueden multiplicar. Una solución encarada ahora puede no resultar muy difícil, pero si no se encara prontamente, los problemas se multiplicarán y la iglesia puede llegar a derrumbarse.
Afuera del despacho de Damián la noche iba ganando todos los espacios, los aromas del monte llegaban hasta ellos acentuados en la brisa y adentro la llamita del candil se agitaba suavemente haciendo mover las sombras sobre los muros de piedra.
Damián se levantó y cerró el cartapacio con papeles de la Administración que había estado estudiando.
-Esa es la razón del pesar que siento por haberle hecho venir... No nos queda tiempo, hermano, no nos queda tiempo para encarar nada... Tal como están las cosas, me temo que no es la iglesia lo único que se derrumbará en nuestros Pueblos, Dios no lo quiera...
Al otro día, apenas despidió a los niños al terminar la Doctrina, fue a sentarse en un banco del fondo, frente al Purgatorio, en el enorme templo silencioso.
Luchando por mantener la tranquilidad dispuso seguir en la Ciudad —147→ un comportamiento ordenado: hacerlo todo como si no supieran que desde Asunción se acercaba la tropa que venía a expulsarlos, pensó que sería mejor para todos una tranquila resignación antes que el pánico desordenado.
Pero había momentos terribles como éste, cuando la tristeza era más fuerte que su voluntad y recrimimaba a Dios sus inentendibles designios. Era entonces cuando su ánimo desfallecía en la desesperanza.
Cerró los ojos sintiendo un nudo en la garganta. En el fondo de su alma se encendió una llamarada de rebelión, ¿dónde está la misericordia de Dios?, se dijo, ¿dónde están Su poder y Su gloria?, infantiles mentiras inventadas para encontrar consuelo... Recordó cómo cantaban, con el corazón encendido de amor y admiración, con la música gloriosa del padre Zipoli al Dios que debilita a los enemigos y los dispersa, dispersit, decían fortalecidos por la confianza, dispersit, dispersit... no era capaz de encontrar en esta situación injusta a ese Dios bueno y poderoso, el Dios de Isaías, la roca poderosa... sólo alcanzaba a ver a un Dios poderoso e indiferente que escuchaba sin responder el clamor de los hombres... o no los escuchaba.
Por sus mejillas corrieron lágrimas calientes y vio, entre brillos, la imagen de la Trinidad en el altar, vio la cruz del Hijo agonizante, los abiertos brazos del padre, el Espíritu presente, vio «... esas manos y esos pies abiertos con clavos de doloroso Amor...» y un sollozo le desgarró el pecho, perdón, padre mío, rezó, no es justo que piense lo que estoy pensando, me dejo cubrir por la negra sombra de la Bestia, me arrastran los vientos de tormenta, pienso que mi Señor duerme en la barca sin acordarse de mí... La negra sombra de la Bestia, la negra sombra de la Bestia con sus pequeñas chirriantes patitas de cerdo, ¡Vete, Satanás!, susurró con la respiración anhelante, vete, Satanás...
Recostado contra el respaldo del banco sus ojos se perdieron en el cielo oscuro de la bóveda. Los recuerdos se le agolparon y se vio cuando llegó a la Reducción de Trinidad siendo un jovencito lleno de optimismo, lleno de vida y esperanzas, cuando todavía el dolor del desarraigo no había adquirido verdadera conciencia en su ser y era más un sufrir tumultuoso que esa serena y aceptada melancolía contra la cual después debió luchar y a la cual logró sobreponerse, por fin, reencontrado en el Amor. Su entrega a la causa de Dios era total, lo recuerda, y su voluntad era firme, pero sus ojos se negaban a obedecerlo y ansiosamente, desesperadamente, escapaban una y otra vez deleitándose en esos —148→ cuerpos morenos, tan vitales, que inocentemente se ofrecían a su vista sumiéndole en el caos.
-Es posible vencer la tentación -le había dicho el padre Roque después de escuchar su desesperada queja-. Los apetitos carnales son vencidos con oración y sacrificio.
Oraciones y sacrificios, se había repetido mil veces Damián en las largas noches que sufrió enfebrecido, con los sentidos enervados y encendidos con un fuego que no cedía, mientras por delante de sus ojos fuertemente cerrados desfilaban esos hermosos cuerpos jóvenes exhibidos sin pudor ni recato, con la sencilla inocencia de los animalitos, senos suaves rematados por oscuros y apetitosos pezones, muslos de cobre afelpado, vientres redondeados y cálidos, prestos a encenderse... Virgen Santísima, Madre de Dolores.
La negra sombra de la Bestia.
La Bestia con sus chirriantes patitas de cerdo y sus cuencas regurgitando llamaradas... es posible vencer la tentación, desde luego que sí, es posible aunque sea a costa de uno mismo.
En la oscura quietud de la fundición abandonada lo había sorprendido una tarde al padre Roque llorando y fue como si sobre su espíritu cayera una lluvia de fuego.
Detrás del caserío, en la hondonada de la surgente que usaban para regar la huerta, dos indias jóvenes se bañaban desnudas riendo y bromeando sin saber que eran observadas. Damián las vio al pasar por allí al caer la tarde, cuando fue a buscar la placa de bronce que habían rescatado de una vieja campana que volvieron a fundir. Cuando se dio cuenta de lo que estaba pasando, cuando vio al padre Roque llorar golpeándose el pecho mientras sin poder resistirse volvía a espiar por la ventana, sintió que una tristeza profunda le inundaba el alma.
Una y otra vez el padre Roque, con desesperación, se recriminaba porque la tentación le vencía pero sigilosamente, reptando como un gusano asqueroso, anhelante, miserable, volvía a acercarse al hueco del muro para espiar, con una concupiscencia que se pintaba en su boca entreabierta, con un hilillo de saliva colgando de sus labios y que se movía (¡por Dios, por Dios...!) con su temblor, su respiración desordenada, para nuevamente retirarse, sacudido por sollozos que eran como silenciados bramidos de bestia herida y torturada, pero volviendo otra vez hasta el hueco, impelido por la fuerza poderosa del instinto natural, animal, que no lograba dominar...
—149→Con la boca seca, jadeante, el corazón reventándole en las sienes, Damián se había recostado contra el muro aspirando afanosamente el aire que en el abúlico atardecer se le tornó irrespirable, hubiera hasta ofrecido su vida con tal de no conocer esa bajeza y el dolor de su hermano.
Ciertamente es posible vencer la tentación aunque sea a costa de uno mismo, rezó ahora poniéndose de rodillas en el templo desierto, ciertamente es posible sobreponerse al dolor, a los apetitos, a los deseos más lícitos... pero el hueco que nos queda debemos llenarlo de caridad, para no convertirnos en una caja vacía que resuena sin originar sonido, que juzga con dureza sin considerar que así será juzgada, que hace las cosas de Dios sin recordar que son cosas que se deben hacer con Amor...
Luego de la misa, durante la cual Damián trató empecinadamente (y lo consiguió a duras penas) de apartar sus ojos de la rajadura fatídica, como si así pudiera restarle gravedad, pasaron al comedor.
Alrededor de la mesa del almuerzo los padres conversaban animadamente y, aunque se notaba cierta tirantez, como si cada uno tratara infructuosamente de demostrar un desenfado y un ánimo divertido que estaba muy lejos de sentir, el uno por el otro conseguía hacer la ilusión de una camaradería alegre. Las penas compartidas se dividen, pensó Damián.
-Así que no quieres quedarte unos días con nosotros, Grimau.
-No, padre; me gustaría hacerlo pero prefiero salir ahora mismo hacia Jesús... Son muchas las cosas pendientes que debo atender allá.
-De todas formas, hijo, no sería mucho el tiempo que podrías permanecer en Trinidad -dijo el padre José con doble intención y al instante se hizo entre ellos un silencio embarazoso, que el hombrachón rompió con una carcajada-. ¡Ah...!, ¡lo sabía, lo sabía...! ya sabía yo que esta cáscara risueña y despreocupada que todos estaban luciendo no era nada más que un disfraz.
-Es un humor difícil el suyo en este momento, padre -dijo Federico un tanto descolocado.
-El mundo no termina mañana, Federico... el mundo seguirá andando y andando...
-Lastimosamente nosotros, por lo menos de éste, habremos de apearnos muy pronto -dijo Grimau con pesadumbre.
-¡Epa...! -José dejó sobre la mesa, después de servirse una generosa porción, la fuente de porotos-. ¿Qué es ese pesimismo, Grimau? ¿Le parece apropiado llevar a Jesús ese ánimo decaído? Hasta podrían —150→ llegar a pensar que en Trinidad estamos sumidos en la tristeza y la desesperación...
-Este padre José ya no tiene remedio -dijo Federico riendo como los demás.
Damián en tanto los observaba y se maravillaba viendo lo que se conseguía con voluntad. Podía estimar con absoluta certeza lo que estaría sufriendo el padre Federico, que con tanto entusiasmo habría encarado la defensa activa de los pueblos, lo que estaría sufriendo el hermano Grimau, en cuya ordenada inteligencia no había sitio para una sinrazón tal como la que les habían impuesto, lo que sufriría su muy querido amigo, porque sabía muy bien cuánto amaba el padre José lo que tendría que dejar: su taller de carpintería, los indios a quienes amaba como hijos, sus alhelíes, ah, sus hermosos alhelíes, verdaderas fiestas de color y aromas... y sin embargo, reía. Reía con la inocente seguridad del niño que viendo a su lado el precipicio profundo, tomado de la mano de su padre no tiene miedo de caer.
Esto es lo que nos dijo Jesús, pensó, con aquello de hacernos niños... con vueltas y vueltas, después, conseguimos que la Verdad quede, con tantos y tan grandes artificios superfluos, desdibujada.
-¿Qué irá a hacer el padre Jaime con la bocina de latón que usaba en la Obra? -escuchó que decía el padre José continuando la broma y los otros volvieron a reír pero Damián percibió un levísimo cambio en las risas que ahora sonaron algo nerviosas, creo que ya es suficiente, se dijo, estamos comenzando a herirnos.
-Hará lo mismo que con todas las demás cosas -dijo sonriendo pero con firmeza-. La dejará en Santiago como patrimonio del Pueblo, al igual que los trajes, los decorados... las Ciudades de Dios seguirán viviendo aunque nosotros no estemos.
-¿Lo cree así realmente, padre? -la ansiedad de Grimau fue patética.
-Desde luego que sí, hermano. Con esta separación sufriremos más nosotros que nuestros hijos, con toda seguridad... Nosotros tendremos que irnos y sin embargo ellos tienen todos los elementos necesarios para seguir viviendo organizados como lo están ahora...
Pero nadie creyó que lo dijera en serio.
—151→
Adentro de la habitación las cosas comenzaron a tener forma. El arcón de madera comenzó a recortarse sobre el fondo del muro, la hamaca de María resaltó contra la claridad de la abertura y más atrás comenzó a verse la puerta de la pieza de Juancito y Esther.
El sol todavía no asomaba y todo era gris.
Jacinto se incorporó en su hamacay repentinamente todo, el cuadro de la ventana, la pared, la manta que cubría a María, todo, por un instante se puso rojo, como alumbrado por un relámpago y después, enseguida, se puso negro. Fue como si María hubiese puesto sobre la llama del candil el dedal de plomo que le regaló el hermano Francisco cuando se despidió para siempre, al volver a España.
Cuando se volvió a despertar era otra vez de noche y el candil estaba encendido sobre la mesita, María estaba sentada en una banqueta baja a su lado y, parado cerca de la puerta, Juancito le miraba sin animarse a acercar.
Le molestó el olor a vinagre del trapo que le habían puesto en la frente e intentó sacárselo pero no pudo, no pudo mover el brazo.
Con dificultad movió la cabeza para mirar el brazo que se había negado a obedecerle y vio el torniquete que le pusieron después de sangrarlo, sí, eso creía recordar, lo habían sangrado, no me duele nada ni me molesta nada, pensó, me siento bien.
María vio que abría los ojos y se acercó.
-¿Cómo estás, viejo?, ¿estás bien?- y no habló más porque tuvo muchas ganas de llorar, cuando a alguien le pasa cerca el que sabemos, pensó, el que no hay que nombrar, esa persona ya no vuelve nunca más, se queda entre nosotros pero ya no está... ay, y ni siquiera escuché su silbido para avisarle a Jacinto que venía... nos encontró dormidos y se lo llevó.
Estoy demasiado bien, la vieja, contestó Jacinto pero de sus labios solamente salieron unos ruidos muy feos, como los ruidos que hacía el Cacique Solano la tarde del domingo que se emborrachó con aguardiente.
No había caso, tampoco su lengua se quería mover, estaba como un sapo hinchado adentro de su boca, gorda y pesada su lengua, como un sapo hinchado, no se quería mover.
Cuánto nos hizo reír esa vez el Cacique Solano con su borrachera... muchos ya no recuerdan lo que pasó en esos días. Muchos años pasaron, —152→ vieja, en esa época yo era un mitaí y en Trinidad recién se comenzaba a hornear el pan.
La Torre me asustaba con su forma de viejo barbudo, con sus dos ojos y la nariz, con la barba alrededor, con las dos orejas levantadas que lo escuchaban todo... Los padres siempre sabían lo que nosotros hacíamos, todo lo sabían, hasta lo que pensábamos ellos lo sabían, ¿cómo podía ser?, es por el viejo, decíamos, y le teníamos miedo. Pero el Viejo Barbudo también nos gustaba cuando nos llamaba con esa campana que te hacía temblar la barriga si estabas cerca y que a todos les movía para hacer las cosas, no te podías quedar porque no te dejaba en paz su tala lán, hasta que te ibas.
El Cacique Solano llegó de tardecita con su gente sin avisar nada, pero nosotros ya sabíamos que venía: cuando cruzó el Tebicuary supimos que venía porque los centinelas avisaron enseguida, pero lo que no sabíamos era dónde se iba a quedar: si en San Ignacio, en Santa Rosa, en Santiago... Y vino llegando hasta aquí, qué fiesta grande hicieron los Paí. Cuando el Cacique Solano se alegró bailó mucho, bailó y tomó hasta que la lengua se le puso pesada y comenzó a hacer ruidos feos y entonces el Paí Antón dijo: es suficiente, mañana es día de trabajo. Ah, digo yo, Cacique Solano, cuánto teníamos que trabajar, ¿no es cierto?
Cuando comencé a trabajar la piedra creí que nunca iba a aprender. Tuvo mucha paciencia el Hermano Francisco para enseñarme, pero así también, cuando él se fue yo les pude enseñar a los otros, hermano Francisco, Pedrero, así le gustaba que se le llame: hermano Francisco, Pedrero.
Uvas, granadas, palmeras... El Paí Juan Antonio hacía dibujos que daba gusto copiar en la piedra; a mí me gustaban más que los dibujos del Paí Forcada, que parecían más serios, no sé, no eran tan lindos. El dibujo que no hizo tan bien es el del Purgatorio, parecía que no quería hacerlo. Me mostró una vez el Escudo que tenía preparado para hacer en ese lugar, pero tuvo que dejar de lado porque el Paí Roque le ordenó. Eran unas ramas que se enlazaban y que iban formando, con algunas flores y frutas de granada, un círculo que encerraba el Sol de Jesús en el centro, con sus rayos de llamas, era muy hermoso, y debajo del sol estaban todos nuestros nombres, todos, los nombres de todos los que hicimos la iglesia...
Algunos creyeron que el Paí Roque cambió las cosas porque no le gustó lo de los nombres que se iban a poner, todos recordaban los problemas que hizo cuando Celestino Carapá grabó su nombre: Celestino, —153→ en la base del pilar del crucero. Eso no le gustó completamente nada al Paí Roque.
-La Iglesia es obra de todos, aunque muchos ni siquiera toquen las piedras -dijo, y nosotros no le creímos mucho porque cómo iba a ser eso, ¿no es cierto?
Para limpiar la culpa del orgullo, dicen que le escucharon decir cuando ordenó colocar el Purgatorio pero yo sé que eso no es cierto, yo sé muy bien que lo hizo para castigarme a mí. Si no, no me hubiera ordenado ponerle a Rosa allí, digo yo, por más que el hermano Grimau una vez me dijo: ¿te crees tan importante para pensar eso? A mí me dio rabia esa forma de preguntarme, pero no le dije nada, o sea sí, le dije: no sé, hermano, digo nomás que me parece, y él no sé lo que pensó porque me miró fijo y no me contestó nada.
Me siento muy bien contigo, Cacique Solano, tanto tiempo hace que no nos vemos que pensé que nunca más te volvería a ver, no entiendo muy bien lo que me pasa porque ni siquiera mi cuerpo puedo manejar, no puedo mover el brazo y la cabeza me da vueltas.
Te costó acostumbrarte a hacer las cosas que hay que hacer cuando se vive en la Reducción. Para mí fue diferente porque cuando yo llegué era muy chiquitito y ya me levanté haciendo esto, pero te comprendí muy bien y te escuché hablar con tu voz de viejo, esa voz tranquila, cuando nos sentábamos cerca del fuego de noche y fumabas tu cigarro mientras tanto yo, con mis oídos bien abiertos, escuchaba todo lo que me contabas aunque parecía que no te escuchaba, porque aprovechaba para trabajar en mi dedo del pie con una espina de coco bien filosa, para sacarme el pique que me había entrado al jugar con los otros mitaí en la barraca del algodón. Cuando por fin conseguí sacar el pique lo acerqué con la espina a una brasa y ¡pic! se reventó y me pareció descubrir una sonrisa en tus labios gruesos y arrugados, aunque yo creía que no mirabas lo que estaba haciendo.
Claro que te costó acostumbrarte, me cuesta acostumbrarme, Jacinto, me decías, porque más te hubiera gustado tu vida libre de antes, ¿no es cierto?, comiendo miel cuando encontrabas miel, comiendo frutas cuando encontrabas maduras, comiendo carne cuando podías matar algo...
Pero no eras ningún sonso, Cacique, desde luego. Enseguida te diste cuenta de que vivir así era cada vez más imposible: de repente comenzó a haber demasiada gente en todas partes, ¿quién lo hubiera esperado?, —154→ y cada vez las cosas se ponían más difíciles porque toda esa gente tenían sus ideas que querían hacer con nosotros, sí señor, comprendiste muy pronto todo eso.
Y digo también que no eras ningún sonso porque enseguida te diste cuenta de que tu gente comenzó a hallarse entre nosotros y comenzaron a hacer con gusto las cosas que teníamos que hacer aquí. Eso es seguramente porque son más jóvenes, solías decir cuando estábamos hablando cerca del fuego, y todavía no se les metió adentro la clase de vida que da gusto vivir. Y parecías, no sé cómo decirlo, parecías extrañado porque tu gente ya no gustaba de las mismas cosas que siempre apreciaste, que tus padres y los padres de tus padres siempre gustaron. Yo era un mitaí que no entendía muy bien las cosas pero me parecía comprender lo que sentías: era pena porque tu gente ya no pensaba como tú, ya no buscaba las mismas cosas, poco a poco se te iba yendo...
Pero me acuerdo también, Cacique Solano, la alegría que tuviste al vender al padre Superior tu primera cosecha de yerba mate, ¿para qué sirve esto?, me preguntaste sonriendo como un señor mostrándome las monedas que brillaban en tu mano, parecía que tenías tres o cuatro llamas bailando en tu mano.
-Para que sean tuyas, Cacique -te dije y primero me miraste como si no entendieras la salida de este mitaí tavyrón pero después te reíste, tu risa me gustó mucho, Cacique Solano, tan feliz que me puso a mí también contento.
-Eso mismo -dijiste- para que sean mías.
Creo que fue la primera vez en tu vida que tuviste algo así, antes nunca pudiste comprar nada, ¿verdad?, nunca.
Cuando yo tenía problemas con el hermano Francisco, Pedrero, me acordaba siempre de esa noche porque muchas veces quise saber: ¿para qué hago esto?, ¿por qué tengo que sufrir tanto?, para tener algo, me decía, pero muchas veces casi no aguanté.
-No es fácil, hermano... Yo no puedo hacer más de lo que hago.
-Desde luego que puedes, Jacinto; si procuras, lo harás.
-Yo procuro.
-Entonces lo harás.
Era muy difícil trabajar contigo, hermano, porque no escuchabas a la gente. Muchas veces me fui a dormir con el brazo dolorido de tanto alzar el martillo todo el día, golpeando con cuidado, despacio, Jacinto, no —155→ te apresures, tienes que amar la piedra antes de trabajarla, la tienes que entender bien primero para trabajar después suavemente, con cariño, y verás que la piedra poco a poco va a responder a tus deseos... ay, hermano Francisco, cómo te quise después, pero al principio no te quería ni ver, lo único que esperaba todo el día era que el sol comenzara a ponerse dorado para bajar porque así me libraría de ti y de madrugada, cuando metido debajo de mi poncho tenía la punta de la nariz fría como la tetita de una perra y veía a través de la ventana que la neblina se ponía cada vez más blanca en el amanecer de invierno, lo único que pensaba era que iba a estar contigo otra vez y que tendría que martillar y martillar hasta que me doliera el brazo mientras que la otra mano se me quedaba dura y llena de ampollas sujetando el punzón...
Cuando comencé a sacar las figuras de las piedras ya todo fue diferente. Había sido que tenías razón cuando decías que yo podía hacerlo y yo no te creía... pero me dolía tanto el brazo, y también la mano, que no quería saber nada. Recuerdo que mi mamá me ponía aceite con almidón en el músculo, y llantén machacado con un poco de miel en las ampollas reventadas...
Tenías razón cuando me decías que debía quererle a la piedra, no hay que maltratarla, decías, la tienes que trabajar despacito, despacito, porque ella te va a mostrar lo que te puede dar, los dos juntos haréis las figuras más hermosas, decías, ella te dirá lo que quiere mostrar.
¿Recuerdas cuando hice la figura de San Francisco Javier? Estoy seguro de que sí.
Ya eras viejo cuando eso, ya casi no trabajabas, estabas por irte, y ahora que lo digo, no sé por qué te fuiste, y qué vas a hacer allá, te dije, ¿acaso no quieres vivir con nosotros?, y solamente sonreíste.
San Francisco Javier fue la primera estatua que hice solo-solo, en las otras siempre me ayudaste un poco. Recuerdo que tenías miedo de lo que iba a hacer y te sentabas cerca de mí frente a la piedra grande (era dos cuartas más alta que yo), dando la espalda al sol que hacía brillar tu cabello como si fuera de plata bien limpia.
Hiciste ver, Hermano Francisco, que no te dabas cuenta de lo que yo estaba haciendo; te hacías el ñembotavy y tratabas de distraerme: mira que no te cabrán las manos, cuida el cuello, no quites el vuelo del sobrepelliz... Pero sé muy bien que te diste cuenta de que a mi San Francisco le estaba poniendo tu cara, hermano, y por eso tuviste vergüenza de venir a verla antes de irte. Cuando los ayudantes ya habían cargado la carreta y te estabas despidiendo de los padres, te esperé en —156→ la puerta de la Rectoría y cuando saliste te atajé y te dije: te quiero mostrar algo.
-Jacinto, por favor... Ya no tengo tiempo; me esperan.
Pero viniste conmigo hasta el patio de la huerta, al otro lado de la plaza, o sea donde después se construyó la iglesia.
Yo estaba todo sucio de polvillo colorado y muy cansado porque había trabajado toda la noche sin parar, alumbrado por cuatro lámparas de aceite, si no lo hacía no hubiera terminado mi figura, o sea no hubiera terminado de pulirla muy bien para que la vieras antes de irte.
Era muy temprano y el sol daba todavía de costado y hacia el fondo, cerca de los árboles, quedaba un poco de neblina que detrás de San Francisco Javier parecía una nube del cielo que se había recostado sobre el pasto.
Miraste la imagen bañada por el sol tempranero, que hacía lucir el mismo brillo de tu cabeza cuando te sentabas frente a mí para controlarme, y noté muy bien cómo te emocionabas porque la pelotita de tu cuello comenzó a subir y bajar y entonces me tomaste el brazo, sí, allí mismo donde tanto me hiciste doler y me apretaste fuerte. No estoy muy seguro, porque yo también estaba demasiado emocionado en ese momento, pero me pareció que temblabas un poco.
-¿Soy así, acaso? -me preguntaste cómo me criticabas mis granadas, mis uvas, mis pasionarias, cuando recién estaba aprendiendo y extrañado te miré y descubrí tus ojos, que se habían llenado de agua. Entonces comprendí y me sentí feliz.
Con mis estatuas me pasó lo mismo que te pasó, Cacique Solano, que cuando te acostumbraste a las cosas de aquí ya te gustaron.
-Nadie como Solano y sus hijos -solía decir el padre Antón-. Sus manos saben recolectar sin estropear las plantas.
Tus hijos, decía el Paí Antón y eran ellos, y tus yernos, y los hijos de tu hermana, y su marido, todos los que vinieron contigo, tu gente. Después ya no solamente hacían la cosecha sino también armaban la canchada, y manejaron todo lo de la yerba. En esa época nació Rosa.
Una cosa que siento es lo que le pasó a ella, Cacique Solano; yo no le quería hacer ningún mal a tu hija. No entiendo lo que quieres decirme, siento que está otra vez María a mi lado y me pone en la frente un trapo frío con olor agrio y dejo de verte, te busco en la habitación y no estás, está solamente María con su cara preocupada, y Juancito, atrás.
—157→
Haciéndose a un costado con su caballo Gracián dejó avanzar la columna para cerrar durante un trecho la marcha tratando de ajustar, con su presencia en la retaguardia, el desplazamiento de los más rezagados. Los hombres comenzaban a dar señales de cansancio luego de tantos días de caminata, y la impaciencia aumentaba el mal humor del Capitán.
Era la media tarde y el abúlico sol amarillento parecía aumentar el cansancio de los hombres que, paso a paso, desfilaban delante de él envueltos en una dorada nube de polvo. Cerrando la marcha venía la pesada carreta bamboleándose en el terreno irregular haciendo entrechocar las ollas que colgaban del entoldado. La estructura de ysypó trenzado crujía bajo el cuero crudo bien estirado que hacía de techo.
Gracián la dejó pasar antes de adelantarse nuevamente para reunirse con Julio que encabezaba la marcha y en ese momento vio al soldado Carballo que, con el arma apoyada en el pecho y el sombrero sobre los ojos dormitaba tendido en el pequeño espacio libre que quedaba en el plan trasero de la carreta, apretado contra las bolsas de provisiones.
Como un fogonazo su pecho se encendió de ira, sus órdenes habían sido muy claras y ver al soldado holgazaneando, precisamente un soldado y no un civil voluntario, le hizo perder el control.
Taloneó violentamente al caballo que saltó hacia adelante enloquecido, y llegó hasta la carreta con la rapidez de un rayo. De un manotazo estiró por las ropas al soldado y le hizo rodar, aterrorizado, por el suelo.
-¡Detén la marcha, boyero! -gritó- ¡Alto, la columna!
La confusión fue tremenda. Totalmente desconcertado el soldado Carballo trataba de incorporarse entre nubes de polvo y ante las peligrosas patas del caballo encabritado de Gracián.
-¡Te voy a enseñar a respetar mis órdenes, maldito haragán! -gritaba Villate fuera de sí cuando Julio se acercaba galopando desde la cabecera-. ¡Espalda desnuda y manos en la carreta! -bramó con voz ronca y los ojos chisporroteándole reflejos de sol.
Los hombres comenzaron a rodearlos formando un corro silencioso y expectante, si hubiera estado un poco más conciente de sus actos Gracián se habría dado cuenta del peligro que representaba lo que estaba haciendo.
-¿Qué pasó? -preguntó Julio a su lado.
—158→Gracián no contestó sino que miró al soldado que, habiéndose despojado de su chaqueta y de la camisa se acercaba a la carreta con la cara totalmente roja y las venas del cuello a punto de reventar.
-¡Soldado Carballo!
-¡Ordene, señor!
-¡Has faltado gravemente! Te has burlado de todos nosotros, ignominiosamente, subiendo a dormir en la carreta... -los hombres miraban en silencio y Carballo se mordía los labios, no era temor lo que sentía, cualquiera podía darse cuenta, pero la humillación que estaba viviendo no la olvidaría jamás-. ¡No permitiré, bajo ninguna circunstancia, un solo acto que se aparte de la corrección, el respeto y la disciplina...! ¡Boyero! -estaba parado al lado del pescante y se sorprendió, no pensaba que el Capitán llegara a hacerlo, no creyó que se arriesgara a hacerlo delante de los otros.
-Ordene, señor.
-¡Diez al castigado!
Un murmullo se extendió por el corro que Gracián controló con mirada furibunda desde lo alto de su cabalgadura. Caracoleando sobre su caballo miró los rostros demacrados y ceñudos de sus hombres, sabía que estaban controlando cada uno de sus gestos, sabía que de su actuación acertada o no dependía mucho lo que vendría después.
Julio se acercó a él por detrás.
-No delante de los indios, Gracián -le dijo con voz apagada y Gracián en un destello captó la gravedad de lo que estaba haciendo, pero ya no podía echarse atrás.
Castigar a un soldado delante de los indios significaba una peligrosa resta de autoridad que sus hombres no le perdonarían. Se sintió descolocado al comprender la gravedad de su equivocación y ansiosamente trató de paliar la fiereza del castigo. Los hombres se darán cuenta de su intención, pensó Julio al verlo, aunque aquí el asunto no está verdaderamente en el dolor sino en la vergüenza.
Con un gesto Gracián indicó al boyero que dejara la vara de guayaiví y que azotara al soldado con la rienda de cuero, el guayaiví habría sido demasiado, pensó, es el sable del indio, solía comentar su padre.
-Cortan una rama delgada y la cuelgan al sol durante tres días, cubriéndola por la noche para protegerla del relente, y recién después, al cabo de los tres días de sol, la dejan orear dos noches y la vara se hace flexible, se diría que irrompible, ardiente, dolorosísima, que lacera la carne por debajo de la piel que ni siquiera se raja.
—159→Cuando acamparon esa noche fue como si se hubiera agrandado la brecha entre los españoles, los vecinos y los indios, qué cosa, pensó Bernardino, a Carballo lo que más le molestó es que nosotros estuviéramos allí...
Mientras se aseaban en la aguada un poco antes del anochecer, Casiano se internó en el charco para recoger cuatro o cinco plantitas de llantén que flotaban en la superficie del agua. Después en el campamento les sacó las raíces oscuras y machacó las hojitas afelpadas hasta que desprendieron un jugo espeso, verdoso y cristalino, que juntó en el porongo.
Después de cenar y cuando ya los hombres dormían, porque no se animó a hacerlo antes, gateando sigilosamente se acercó al soldado Carballo que parecía dormir tendido boca abajo, con los surcos de los cintarazos en su espalda casi negros a la luz de la luna.
-Soldado Carballo... -susurró tocándole el brazo.
-Qué quieres -le miró sin moverse y Casiano tuvo miedo al sentir esa mirada dura que se fijó en él desde la profunda oquedad sombreada debajo de las cejas tupidas, como un yaguareté desde su cueva, pensó, como un curé caaty asechando.
-Te voy a poner este remedio... Le va al nacer bien a tu espalda.
El soldado resopló por lo bajo y sus ojos afiebrados parecieron brillar.
-¡Ponlo de una vez, joder! -su violencia que ya no era tal y Casiano, que ya sabía muy bien cómo eran estos blancos de carne blanda, comprendió y se tranquilizó.
Se arrodilló al lado del herido y con la punta de los dedos, suavemente, repartió el fresco líquido gomoso sobre los surcos sanguinolentos. La piel de Carballo se erizó
-¿Qué es...? ¿Qué haces allí, sabandija...? -el soldado que dormía al lado se incorporó violentamente y a Casiano la sangre se le heló en las venas.
-Déjalo en paz, Rafael; es un amigo -dijo entre dientes Carballo, que ya comenzaba a sentir el efecto calmante del líquido gomoso en sus heridas-. Así como lo ves, este indio es mucho mejor que nuestro puñetero Capitán...
—160→
-Esta mañana a Jacinto le dio un ataque -dijo el padre José entrando al despacho.
-Dios nos asista, justamente ahora...
José descargó su corpachón en la butaca de madera tallada y se puso a mordisquear su cigarro, está nervioso, pensó Damián, está dejándose ganar por la frustración y la impotencia.
-Lo hicimos sangrar y parece que está mejor... ¿quién puede saberlo? -se refregó los ojos suspirando ansiosamente- Damián, oh Dios, Damián... creo que tiene todo el cuerpo paralizado... no siente nada.
-Dios mío...
-¿Qué será de él si queda inválido?
¿Qué será de todos ellos?, pensó Damián.
-Pienso que tiene lo necesario para vivir...
-No lo sé, Damián, y creo que tú tampoco... No sé si lo que tiene le será suficiente, ahora que ya no tendrá nuestro apoyo... todas estas cosas que aquí les facilitamos, digo.
Ah, qué triste victoria la mía, se dijo Damián, cómo vienes ahora, querido amigo, a darme la razón: esa dependencia adormecida que siempre manejamos vino a adormecernos a nosotros también, nos nubló el razonamiento hasta hacernos creer pequeños dioses intocables, inamovibles, presencia múltiple siempre renovada que nunca, nunca, nunca faltaría...
¿Cuánto le costaría comer al indio, comprando en las proveedurías de los Vecinos?
Los indios en las Reducciones eran ricos porque tenían todo lo que necesitaban, pero esto no significaba precisamente que tuvieran mucho dinero. De alguna forma el indio en las Reducciones se compraba los productos a sí mismo, porque dentro de la comunidad el Carpintero tenía participación en las Huertas, o el Herrador en la Imprenta, o el Pedrero en los Coros...
Tenían también el fruto de sus parcelas propias, o de sus actividades propias los que tenían alguna profesión, explotación que desarrollaban en los días del Avá mbaé, pero ¿qué valor efectivo representaba el fruto de esta explotación, se preguntaba Damián, si se despojaba a esta endeble, o poderosa, propiedad privada del amparo de la estructura social, de la provisión de bienes, de los servicios y las previsiones que la —161→ Comunidad aseguraba a sus miembros con la explotación en los días del Tupá mbaé?
En la Reducción, aún quedando paralítico e inútil, Jacinto no habría estado desamparado porque la Comunidad se cuidaría de él, se dijo Damián mientras caminaba hacia la casa del viejo enfermo, en tanto ahora la única alternativa es ver si lo que tiene será suficiente cuando toda nuestra estructura desaparezca.
-Vamos a pedirle a Dios que nos ayude, María -dijo a la mujer que estaba sentada en una banqueta baja al lado del enfermo.
-Sí, vamos a tener que pedirle ayuda, Paí, nos va a tener que ayudar porque aquí tenemos demasiados problemas... -la vieja estrujó con sus manos el trapo embebido en vinagre que remojaba cada tanto para ponerlo en la frente de su esposo.
Damián le miró hacer preguntándose en silencio si esa confianza natural que se manifestaba en el trato coloquial de la india con Dios era por lo que ellos le habían enseñado del padre Bueno y Misericordioso, o si era algo espontáneo en estos seres sencillos, no contaminados aún por los enrevesados pensamientos y los estudios, seres casi infantiles, «que no esconden malicia...».
La vieja se recostó contra la pared y juntó las manos sobre su regazo.
-La gente dice que los padres se van a ir de acá, Paí, eso es lo que dicen... -le miró con sus desenfocados ojos negros, engañosamente mansos-. Si Jacinto también se va, y parece que se va a ir, no sé qué va a ser de nuestra familia.
-Dios es nuestro padre y no nos va a abandonar, mujer -dijo Damián y hubiera preferido no estar allí en ese momento, o callar.
Con los ojos fijos en el impasible rostro del anciano dormido trató con empeño pero no logró conciliar una oración. Sintió que su alma naufragaba en una tristeza profunda, la tristeza es el peor de los pecados, muchacho, recordó al padre José, porque es olvidar los dones que día a día nos brinda el Creador, es alejarse de las manos de Dios.
Contemplar ese sufrido y ajado rostro le transportó, y revivió los años hermosos de la construcción del templo, aquellos años lejanos del movimiento constante de las obras construyendo, construyendo, construyendo... el Taller de Carpintería, al lado de la Fundición casi en desuso, las casas de los indios, que no pudieron completarse y que quizás nunca más se completarían, la construcción del Colegio, la casa de los padres y oh, ese hermoso y recoleto jardincito interior... él era en ese entonces —162→ un jovencito optimista pletórico de ideales, no este escéptico cascarón, orgullosamente infatuado por una artificiosa erudición pero anegado por la tristeza.
Recordó también la cara de Jacinto encendida de entusiasmo y sorpresa casi infantil ante el milagro de la Obra que habían presenciado en la Plaza de Santiago, o su orgullosa satisfacción al ver a su hijo Juancito ganando la carrera de caballos el día de la inauguración de la iglesia, aquella hermosa joya que Juan Antonio tan bien había labrado, o mirando a Felipe el de la Olería, su hijo mayor, jugando tan bien a la pelota... Esa es la realidad que debo recordar, se dijo.
Esa es la realidad que debo recordar, se repitió acongojado alejándose de la casa del indio enfermo, esa y no la triste desesperanza que ahora estamos viviendo...
A media mañana llegaron a la ribera del río Tebicuary.
La arena blanquísima reverberaba bajo el sol y Gracián decidió hacer un alto, nada había más lejos de sus deseos que prolongar esa marcha trabajosa pero de todas formas no podrían adelantar mucho más hasta no recibir noticias del avance de Bucarelli. Y el agua fresca era una tentación.
Además, aunque al principio se negó a reconocerlo, estaba intranquilo por el comportamiento de sus hombres, que no habían aprobado el castigo a Carvallo delante de los indios y vecinos. No era prudente entrar así a las tierras misioneras.
-¡Doble ración para la tropa! -gritó desde su caballo mientras la carreta describía un círculo para colocarse de lado al viento-, ¡y que salga el aguardiente...!
Los hombres comprendieron de inmediato, era evidente que el Capitán quería hacer las cosas más llevaderas, y la perspectiva era agradable. Se escucharon algunas hurras.
-Debemos reconocer que el hijo de puta hace bien algunas cosas -masculló Carballo con las mandíbulas apretadas.
-Sigue hablando así y podremos ver cómo luce el cuadriculado en tu espalda- Rafael saltó de costado para esquivar el manotazo.
En un santiamén las armas fueron calzadas en pabellones y los —163→ hombres corrieron como niños por la arena blanca hacia el agua, desnudándose y abandonando sus ropas desperdigadas por la playa.
Gracián fue a tranquilizar al boyero que, habiéndose quedado sin ayudantes, no sabía por dónde comenzar para organizar el rancho.
-Después lo haremos -dijo con repentino buen humor al notar que la rigidez de los hombres había aflojado-, antes vayamos a sacarnos esta roña que nos cubre...
-Jamás he encontrado un río bautizado más propiamente -comentó Carballo con el agua hasta la cintura- Tebicuary... ciertamente esta agua lo está lavando.
-Qué despierto eres, carajo... yo no me había percatado -Rafael soltó una carcajada y se refregó la entrepierna-. ¿No crees tú que con tanta cosa hambrienta como aquí estamos lavando, esta agua quedará más poderosa que el caldo avá?
-Cosa hambrienta, por cierto... y más razón tienes con lo del poder del caldo -Felipe se roció formando un cuenco con sus manos-. La mía parece una serpiente encantada: ni siquiera la llamo y sube, sube, sube...
-Joder, Felipe, que no es tanta cosa como para subir y subir... con que digas subir es suficiente; no da para más.
-Tú te callas, petiso -Carballo se hizo oír sobre las risotadas-. No hables, pequeñajo, que no llegas ni al ombligo de Felipe.
-Fíjate que si ha quedado tan corto es seguramente por ese enorme lastre que lo mantiene cerca del suelo...
-Esta paloma gorda no puede volar... no puede volar...
Son groseros, pensó Gracián escuchando las carcajadas que cubrieron el canturreo del petiso, son groseros y están contentos.
El petiso se escabulló y corrió desnudo por la playa hasta la carreta para volver, fingiendo un disimulo que no era tal, con una limeta de aguardiente, la fiesta va para rato, pensó Gracián.
-¡Casiano...!, ¡ven aquí, sabandija! -Carballo tenía la limeta en la mano.
Casiano estaba con los demás indios hacia un costado y se acercó al español con timidez y un tanto atemorizado. Carballo le palmoteó la espalda mojada y le ofreció la limeta.
-Eres mi mano santa, malnacido... -le dijo-, de no ser por ti estaría hasta ahora con fiebre y con los cojones sudados... bebe, amigo.
Desde donde estaba Bernardino miró los surcos9 rosados en la espalda del español, cubiertos por una piel muy finita pero ya cicatrizados completamente, el llantén no tiene igual, pensó.
—164→-¿Quieres beber?- Julio estaba detrás de él ofreciéndole la limeta y Bernardino se sobresaltó.
-¿Será por el señor Julio que me va a venir el daño? -le preguntó a Casiano esa noche-, siempre me está sorprendiendo, siempre está cerca de mí y no le siento llegar...
Los hombres estaban tendidos en desperdigado desorden durmiendo su borrachera en la arena, la luna era una inmensa pelota brillante que teñía el cielo de gris y que hacía que la playa pareciera un enorme queso fresco.
Más arriba, cerca de la mole oscura de la carreta, las llamas de la pequeña fogata formaban un globito de luz.
Los hombres habían comido y habían bebido mucho, se emborracharon y el cansancio de tantos días de marcha hizo el resto, ahora dormían y la noche se prestaba con un silencio espeso que era interrumpido, sólo de cuando en cuando, por el chasquido de algún dorado saltando en las aguas del Tebicuary cercano.
-A lo mejor no es que te persigue sino que solamente quiere conversar contigo, ser tu amigo...
-¿Lo crees así?
-No.
-Eso es lo que digo -Bernardino acomodó el bolso bajo su cabeza- él siempre me pregunta cosas de Trinidad y se enoja cuando le digo que de eso no sé nada...
-Parece que al Capitán no le gusta que venga tanto a hablar con nosotros... ¿viste cómo discutieron el otro día?
-Vi.
En el matorral que había más allá de la arena se escuchó un silbido. Fue un silbido largo y profundo, muy agudo, aparentemente lejano, o que sonó aquí mismo, nadie podía saberlo, ¡el Señor de la Noche!, se sobresaltó Bernardino sintiendo que el corazón le saltaba adentro del pecho, el Caraí Pyjharé con su cuerpo cubierto de pelos y sus ojos brillantes como brasas.
-¿Lo oíste, Casiano?, ¿lo oíste?, es...
-¡Cállate! -en los ojos de Casiano brilló un reflejo de luna-. No hay que nombrarlo-.
Él también tiene miedo, pensó Bernardino, al Señor de la Noche no hay que nombrarlo porque se acerca, aunque no quieras se acerca, ni siquiera hay que pensar en él... Un frío profundo le recorrió la columna vertebral y sintió que se le erizaba la piel, tengo miedo, pensó.
—165→Se puso nuevamente boca arriba y la sangre se le endureció en el cuerpo cuando vio que en vez de la luna en el cielo estaba la boca de un horno colorado, enorme, el fuego de adentro hacía ruido de tormenta y soltaba oleadas de calor que comenzaron primero a rodearle y después, lentamente, comenzaron a estirarle.
Las llamas escapaban lamiendo los bordes ennegrecidos, adentro estaba Rosa, de cera y ceniza, y no se quemaba, tampoco se quemaban las cuatro mujeres que rezaban silenciosas y lloraban sin sonido sobre el cuerpo de cera y ceniza, ya no estaban, no las vio más, ya no estaban las viejas ni tampoco su madre y sintió que se estaba moviendo, el fragor de las llamas lo llenaba todo, sintió que su cuerpo era lentamente arrastrado hacia el horno que ahora estaba abajo, en el final de la pendiente que él bajaba resbalando y sin poderse atajar.
Desesperado intentó sostenerse y metió sus manos en la arena pero ya no había arena, era el barro negro y resbaloso del Caañabé, chirle y con huequitos ribeteados de reflejos rojizos, no podía mirar hacia arriba de la cuesta porque allí estaba el silbido, el silbido allí, en cualquier parte, del Caraí Pyjharé. Hacia un costado y con las nalgas desnudas sumergidas en el barro gomoso el Curupí se enroscaba por la cintura la verga larguísima riendo a carcajadas, se estaba burlando, le divertía verle sufrir, y sus risotadas aumentaban el ruido de las llamas del horno de abajo.
Un tronco enterrado sobresalía del lodo y al bajar resbalando sintió que le rascaba el muslo, la nalga, la espalda, desesperado se volvió para prenderse de la rugosa corteza totalmente aterrorizado, ya sentía en la planta de los pies el calor de las llamas y sus dedos se engarfiaron como garras, aquí me voy a quedar hasta que se apague el fuego, trató de tranquilizarse, pero vio con el rabillo del ojo que desde muy arriba, allá, en el cielo, el anó se desprendía en una caída en picada directamente hacia él, su pico brillante como una espada, un pico enorme, afilado, reflejando la luz de sus ojillos encendidos, y quiso protegerse cubriéndose la cabeza con las manos y al soltarse del tronco resbaló hacia el fuego, inexorablemente.
Se encontró sentado en la arena con el cuerpo cubierto de sudor, la respiración entrecortada y el corazón retumbando en su pecho como un tambor. A su lado Casiano dormía plácidamente y los hombres roncaban su borrachera repantigados al azar; Bernardino se extrañó de no haberlos despertado con sus alaridos.
Aterrado miró a su alrededor y vio que todo seguía igual que antes —166→ de dormirse, solamente la luna había variado suposición y había perdido un poco de brillo al irse metiendo entre las brumas del horizonte que la hicieron más fofa y amarillenta. Hacia el oriente comenzaba a insinuarse una claridad diferente, el boyero debe estar ya levantado porque comienza a clarear, pensó y se volvió para mirar.
Al lado de la fogata estaba sentado Julio fumando un cigarro y al ver que se incorporaba le invitó a acercarse.
-Debemos trabajar juntos, Bernardino -le dijo después-, trabajando juntos nos ahorraremos mucho esfuerzo... Tú y yo podremos hacer muchas cosas en el pueblo, ni siquiera imaginas las buenas cosas que haremos... Con lo que tú conoces y con mi protección, con mi apoyo, podremos conseguir fácilmente...
Julio siguió hablando con voz tranquila y manteniendo los ojos fijos en Bernardino que, en medio del miedo que le carcomía el alma, sentía una tranquila resignación porque ya alcanzó a saberlo, el daño que me viene me viene por el señor Julio, se decía, no puede ser de otra manera...
Todo alrededor parece saturarse de la gloria de Dios.
Los sonidos rodean los recovecos de piedra, se filtran entre abanicos y palmeras, volutas, granadas, frutos de la tierra y flores que brillan en una orgía de formas, traemos la destrucción de estas Ciudades y nos reciben con música, por Dios, cuál es el alcance de la culpa que cargamos sobre nuestros hombros al hacerlo, pensaba el Capitán Villate sintiendo su ánimo oscurecido.
Observaba absorto, embargado de emoción, el templo lleno de gente, multitud silenciosa, expectante.
-La música que escucharemos es un Solo Instrumental que compuso el padre Schmidt, de las Reducciones del Norte -le había dicho el padre Damián-. Ojalá le agrade.
Son indios, pensaba Gracián escuchando, todos los integrantes de la orquesta, todos, son indios.
En las primeras filas estaban las Autoridades Civiles, detrás los Caciques y por último la población entera, hombres, mujeres y niños que rebasaban la capacidad de los bancos y se introducían en las capillas laterales inundándolo todo en medio de un silencio rumoroso, silencio de multitud, que ponía a Gracián los nervios a flor de piel.
—167→Un poco después de las cinco de la tarde Juancito, que estaba sentado con Emiliano a la sombra de un ybyrapytá, al lado del monolito de piedra con el Sol de Jesús tallado, les había visto llegar desde el noroeste. La tropa arrastraba un halo de polvo dorado y parecía un monstruo enorme emergiendo de la bajante del Mbataví, un monstruo de mil cabezas, ondulante, rumoroso.
Al verlos el Capitán Villate tuvo su primer sobresalto: ciertamente no había atinado a imaginar el recibimiento que les brindarían, pero suponía que su arribo sería una sorpresa.
-Mi compañero y yo vinimos a esperarte, señor -dijo Juancito Nuestro padre Superior nos envió para guiarte hasta la Ciudad.
Bernardino vio a su hermano y creyó que el corazón le iba a salir por la boca, el orgullo le desbordó el pecho cuando lo vio tan fuerte, bien alimentado, limpio, hermoso, ah, si lo viera el pobre Feliciano, pensó, Juancito nunca va a vomitar sangre. Se escondió entre los soldados cuidando que el señor Julio, que lo controlaba todo con sus ojos de piedra, no se diera cuenta de nada.
-Me escondí porque tuve vergüenza -le dijo a Casiano cuando estaban acampados-. No quise todavía que sepa que vine con la tropa.
-Hiciste bien; al señor Julio no le va a gustar nada saber que le mentiste.
-Cuando haga lo que tengo que hacer ya no me va a importar.
Gracián decidió dejar la tropa acampada en las afueras de la Reducción. Podía ser una locura, pero pasara lo que pasara decidió entrar solo a la Ciudad y que los soldados entraran de día y no al atardecer, de cara a la noche, Julio no escondió su desaprobación pero se mantuvo callado. Casi dos días después de cruzar el Tebicuary los había alcanzado un emisario del Gobernador Bucarelli y Gracián se preguntó qué mecanismos desconocidos regirían las cuestiones oficiales, qué acuerdos, qué obligaciones, qué compromisos. Bucarelli le aseguraba que la entrega de las Ciudades se haría sin resistencia pero no debía descuidar la vigilancia, desde luego, con los salvajes nunca se sabe (Gracián no pudo determinar hasta dónde llegaba la apreciación personal del emisario).
Y ahora estaba allí, sentado silencioso en el templo enorme vibrante de música, en medio de la multitud que le observaba sin resentimiento, sin odio, ¡por Dios!, en realidad sin pensamiento alguno que pudiera definir...
—168→Era casi noche cerrada cuando Gracián entró en la Plaza central rodeada de arcadas de piedra en cuyas esquinas ardían ya las lámparas de aceite.
En el atrio de la iglesia, que tenía las puertas abiertas de par en par y por las que escapaban torrentes de la luz que encendía su interior, estaban parados esperándole los padres y los Cabildantes.
Gracián desmontó nervioso, desubicado al entrar en este mundo de fastuosidad inesperada y se acercó al padre Damián, que se había adelantado para recibirle.
-Capitán Gracián Villate y Castillo; a sus órdenes padre -le tendió la mano sin saber con certeza si era eso lo que correspondía hacer y decir.
Damián había sonreído con un toque (¿será posible?) de humor.
-Al contrario, Capitán... somos nosotros quienes estamos a sus órdenes. Permítame presentarle a mis hermanos.
-Agradezco su gentileza de disponer que la tropa permanezca acampada en las afueras de la ciudad -le dijo el padre José cuando estrechaba su mano-, nuestros hijos están temerosos y de día las cosas serán menos difíciles, usted me entiende.
-Haré lo posible para que todo esto sea lo menos violento posible -dijo más tarde Gracián mientras caminaban hacia el despacho del Superior-. Sé que es un momento muy difícil, pero tenga la seguridad de que pondré todo mi empeño para hacer las cosas de la mejor manera...
-Así lo espero, Capitán. Y se lo agradezco.
Muchas veces después Gracián se recriminó al recordarlo, por no haber sido capaz de dominar el impulso que le brotó espontáneamente, por la emoción que le embargaba, quizás, o por el tremendo impacto que experimentó al conocer esa realidad que le impresionó imponiéndosele, esa muestra de magnificencia ordenada, ese orgullo señorial que se observaba incluso en los más humildes, esa muestra de tanta obra y tanta belleza. O tal vez, y en gran medida, por el latente sentimiento de adhesión a la obra de los padres que abrigaba en su pecho, tan contrario a la acción que le obligaron a ejecutar. Pero lo cierto es que habló, se recriminó mil veces después, con una ingenuidad deplorable, y quedó como un tonto.
-Padre Damián -dijo cuando ya casi llegaban a la puerta del despacho-, le agradecería que me obsequie una muestra de comprensión, que será por mí muy apreciada: le ruego que evite conmigo los —169→ formulismos que el trato «oficial» requiere... ¿sería posible, padre, que usted me llame solamente por mi nombre...?
-Se lo agradezco también, Capitán, pero no lo considero procedente. Perdóneme.
Antes de sus labios hablaron sus ojos, pensó el joven con pena, entre nosotros se yergue un muro que no levantaron nuestras manos.
Y ahora Gracián escuchaba el concierto de cuerdas en la iglesia llena de gente silenciosa y le pareció sentir sobre sí el peso de la hermosa cúpula gloriosa, de los arcos tallados con maestría y gracia, de ese suave color naranja de la arcilla cocinada que parecía latir en las largas y profundas bóvedas temblando entre la luz y la sombra. Deben ser motivos muy poderosos los que nos hacen torcer este destino, se dijo, debe haber algo tenebroso que no conozco en todo esto: la realidad que me muestran los padres debe ser una fantasía engañosa, una malintencionada manera de esconder cosas oscuras que estoy muy lejos de poder determinar... Eso es lo que yo debo pensar: me enviaron para enderezar una situación errada, eso debo pensar, ¡por Dios!, eso debo pensar... o el peso de la culpa sobre mis hombros será difícil de soportar.
Terminado el concierto Damián alojó al Capitán en una habitación de la Casa de los Padres y se retiró. Parado en la galería con el padre José miraban la plaza silenciosa.
-Y llegó nomás la hora, Damián.
-Así es, padre; mañana la tropa estará aquí.
-Pensé que nunca sucedería, por Dios, creí que nunca llegaría este momento... Aun cuando me lo decías, aun cuando recibíamos los correos que nos informaban paso a paso del deterioro de las cosas, no podía hacerme a la idea de que alguna vez sucedería... No quiero reconocerlo, hijo, pero la verdad es que estoy asustado.
Damián le miró apenado: mucha debía ser la presión en el ánimo de este viejo toro, mucho debía ser su temor para que lo reconociera.
-El Capitán parece ser un buen hombre, padre, tranquilícese, podremos retirarnos en paz, él asume la responsabilidad. No digo que sea solamente por esto, pero mi idea de recibirlo con un Concierto inicialmente pareció una tontería, ¿no es cierto?, sin embargo sirvió para ubicarlo en nuestra realidad que él, me lo dio a entender, no imaginaba...
-¿Te das cuenta de lo que dices? Podremos retirarnos en paz, dices, como si fuera un premio... ¡Nos sacan de casa...! ¿Cómo pueden hacernos esto, Damián...? -José se mordió los nudillos tratando de disimular el sollozo que en su pecho formidable fue un bramido.
—170→A Damián se le hizo un nudo en la garganta.
-Usted no, padre, por favor, usted no decaiga... No podría resistirlo.
Sin animarse levantar la cabeza José asintió en silencio y palmoteó la mano que su amigo le apoyó en el hombro. Permanecieron un momento silenciosos en la penumbra que las lejanas lámparas de las galerías no alcanzaban a disipar, sintiendo las infinitas cosas que comparten los espíritus en silenciosa compañía.
-Creo que al hacerme viejo me vuelvo niño -dijo por fin-. Hice lo posible por no desmoronarme pero en el momento menos pensado el estúpido gusano que hace tontos me mordió... Perdóname.
-A veces es bueno ser sinceros...
-En estos asuntos, pocas veces -dijo con un guiño siguiendo la broma y, vuelve a ser el mismo, pensó Damián-. Lo que no logro comprender, lo que por más que procuro no entiendo, es cómo nadie sale a defendernos, Damián, a nosotros que hicimos... ¿cómo pueden no darse cuenta?, ¿cómo pueden dejar de valorar lo que conseguimos...? En este rincón del mundo forjamos un mundo diferente, hijo, realizamos un mundo, hicimos realidad la doctrina de Jesús... ¿qué oscuros intereses pretenden matar esta vida nuestra?
-Lo que sucede es que no podemos separarnos del resto de la gente, padre, no somos una isla aislada, si me permite el juego de palabras, sino que estamos inmersos en la política, en los intereses económicos, en las ambiciones sociales... Las Ciudades de Dios son para nosotros, en sí mismas, la única realidad que nos interesa, pero este pensamiento no comparten los demás. Los ecos de nuestras acciones les alertan: no creen que sea cierto lo que de aquí se cuenta, muchos ni siquiera aceptan que los indios sean seres humanos iguales que nosotros, y entonces dudan, tergiversan, tejen una estructura de suposiciones que, generalmente, no nos son favorables. Y por otra parte, no lo olvidemos, están los que arrastran las aguas que nosotros movemos hacia sus propios molinos.
-Pero, ¿qué culpa tenemos nosotros...?, ¿qué tenemos que ver nosotros, en este lado del mundo, con el movimiento de los trebejos de ese inmenso tablero de ajedrez?
-A mí también me gustaría que nos dejaran en paz... Sería magnífico que no se acordaran de nosotros y que pudiéramos, en este rincón olvidado, comportarnos con esa simpleza... Pero no nos dejan.
José desoyó su ironía.
-Tampoco puedo explicarme que Su Santidad no haga nada para protegernos.
—171→Lo dijo, pensó Damián, creí que sería considerado y no lo diría pero lo dijo.
-Es algo difícil de explicar y por cierto bastante molesto, pero en resumidas cuentas, tanto la Corona como nuestra Compañía son partes del mismo rebaño... y el Pastor se debe a todos. El acomodamiento de los intereses de los hijos es una labor que es dable esperar en un padre, ¿no es cierto?, aunque en caso de conflicto sea a costa de unos por los otros...
José miró a su amigo preguntándose si era sincero en su explicación y no pudo definirlo cabalmente.
-Siempre nos cuidamos de dar pasos firmes y seguros, cuidando, hasta donde no comprometiera nuestra honestidad, que nuestras acciones no se volvieran después contra nosotros... ¿por qué, entonces, digo yo, si es tan rebaño la Compañía como la Corona, Su Santidad no nos defiende?, ¿por qué sin motivos valederos prefiere al Reino?
-«En batallas tales, los que vencen son leales; los vencidos los traidores...» -recitó Damián y José le miró absolutamente sorprendido.
-Damián, por Dios, ¿piensas...?
-No lo sé, padre, pero no encuentro otra explicación para lo que nos está sucediendo.
Bien entrada la mañana la tropa se puso en marcha hacia la ciudad. Rubricaba el desplazamiento desordenado la mastodóntica carreta con su movimiento chirriante, acompasado por el entrechocar de las ollas y sartenes que colgaban sobre el plan trasero. Es como para reírse, pensó Julio malhumorado observando desde un costado, montado en su cabalgadura, si no diera pena sería para reírse el ridículo accionar de esta tropa miserable... Los hombres trataban de mantener una postura digna, pero cuando arribaron a la cresta de la loma, desde donde observaron la ciudad, todo intento por seguir aparentando un comportamiento ordenado resultó infructuoso.
En la planicie verde que se extendía a sus pies, de un verde casi dorado bajo los rayos del sol, se levantaban las moles de piedra rosada rodeando la plaza, en cuya cabecera se erguía majestuosa la iglesia con sus paredes talladas, su frontón esbelto apuntando el cielo entre dos torrecillas y un poco mas atrás, perfilada contra el azul cobalto de la mañana, la maravillosa cúpula, cuya vista sofocaba la respiración.
—172→Hubo como un remanso en la fila y Julio no supo definir si fue por seguir mirando tanta hermosura o si fue, y esto no le agradó, que los hombres se sobrecogieron por lo majestuoso del ambiente, disminuidos por la grandiosidad que observaban, y eso podía ser peligroso.
Bernardino caminaba entre los soldados sin apartar los ojos de las construcciones, sus oídos zumbaban y el corazón le latía enloquecido en la garganta. Cuando entraron a la plaza recorrió con la mirada los umbríos corredores buscando a su hermano entre los que observaban con curiosidad la entrada de los extraños.
Por fin lo vio, parado al lado de una anciana, es la casa de papá, pensó, y la sangre se le amontonó en el pecho.
Tuvo miedo de que Juancito le reconociera y descubriera que le había mentido al señor Julio su mentira, pero entre tantos soldados no me va a reconocer, o quizás me vio ya, se dijo apesadumbrado, y no dijo nada porque tuvo vergüenza de mí.
El capitán Villate recibió a la tropa parado al lado del padre Superior en el atrio de la iglesia.
-¿Es imprescindible que yo asista? -había preguntado Damián un rato antes.
-Lo es, padre; en su presencia dispondré que los hombres acampen en la plaza, y que se comporten con corrección.
-Gracias -Damián se sintió más que nunca disminuido, por primera vez realmente desplazado, y su mente fue hacia Dios pero se obligó a no rezar porque la recriminación se encendió en su pecho.
Cuando acamparon, los hombres se tendieron en la sombra aburridos, y Bernardino no aguantó más la incertidumbre, quiso saber, ver él mismo como eran las cosas, y fue hacia la iglesia.
Se detuvo un momento en el umbral tratando de dominar el temblor que le recorría todo el cuerpo.
Caminó unos pasos en la fresca penumbra silenciosa, con los ojos imantados por la titilante estela de luces que bordeaba el Sagrario y marcaba el lugar de la cripta. Sus ojos fueron subiendo y llegaron por fin a la bóveda y la recorrieron hasta remansarse extasiados en la lechosa claridad que se filtraba por la linterna de la cúpula. Pasearon luego por el friso adornado con esos angelitos tan simpáticos, el gordito que soplaba su corneta, el que tocaba el clave, que parecían caminar sobre los arcos grandes que se apoyaban en las columnas... y sus ojos, acostumbrados ya a la oscuridad, se posaron al fin en el llameante Purgatorio que tenía a su derecha.
—173→-¡Mamita querida...! -un sollozo escapó de su garganta y fue un gemido doloroso que le brotó del pecho cuando vio a Rosa con su larga cabellera metida entre las llamas. Se volvió para huir corriendo y se topetó con Casiano, que estaba detrás de él.
-¿Qué es lo que te pasa, Bernardino?, ¿qué cosa hay aquí adentro que tanto te desespera?
Julio estaba tomando un mate cocido al lado de la carreta y los vio salir apresuradamente de la iglesia, casi corriendo, muy alterados, y no es necesario que este maldito salvaje me diga nada más, pensó, ya lo he visto y comprendido todo... evidentemente es en la iglesia donde debo buscar con Carballo, apenas Gracián se descuide.
El sol poniente doró las minúsculas crestas que erizaban los surcos sanguinolentos de la espalda de Carballo cuando el soldado, después del castigo, resollando se agachó para recoger sus ropas abandonadas al costado de la carreta.
Los hombres se habían retirado dejándole solo, como si su humillación pudiera ser menor al no sentir sobre sí las miradas de lástima, el quisquilloso gozo de los resentidos, la acusadora venganza ladinamente disimulada en la torva mirada de los indios...
De reojo miró al boyero que, con el torso desnudo, iba hacia la aguada para refrescarse. No pudo sentir odio por él, ni le importó, ni siquiera logró aclarar su pensamiento, garras ardientes atenazaban su espalda y el sudor que se filtraba en los surcos rojizos clavaba en su carne profundas espinas, miles de ardientes espinas que repercutían en la base de su cabeza y erizaban su piel.
-Yo no lo hubiera hecho -Julio estaba parado detrás de él-. Yo jamás hubiera hecho una cosa como ésta.
Se incorporó trabajosamente y le vio desdibujado a través de la gota de sudor que colgaba de su pestaña, pero no se animó a hablar porque el miedo había anidado en su pecho, no soportaría otra paliza, vive Dios, no, no era eso, no soportaría otra humillación semejante.
El susto aceleró los latidos de su corazón y la sangre agitada recrudeció el ardor de las espinas, convertido ya en puntadas en sus —174→ sienes, no sabía que el señor Julio estuviera cerca, ¿no le estaría probando?, muy bien conocía la amistad que unía a los dos caballeros.
-Entre nosotros hay procedimientos que respetamos por sobre todas las cosas -Julio pareció entretenerse colgando del pescante el pellejo cargado de agua-. O que deberíamos respetar, digo, por sobre todas las cosas... Uno de ellos, y principalísimo, es no rebajarnos delante de los indios. La equivocación que se cometió hoy contigo es inadmisible.
-Gracias, señor -aventuró Carballo sin comprometerse pero comprendió perfectamente lo que Julio quiso darle a entender y también se dio cuenta de por qué no sintió nada por el boyero, su verdugo, miserable ejecutor de una malhadada orden y su odio se centró en el Capitán.
Julio se sintió satisfecho, una palabra apropiada, pensó con malicia, vale más que muchas argumentaciones con estos imbéciles. En adelante se manejaría con cautela: su acercamiento al indio despertó las sospechas de Gracián, que lo persiguió pertinazmente, no cometería otra vez la misma equivocación.
Esa noche, después de la cena, llamó aparte a Rafael y le entregó una camisa limpia que extrajo de su equipaje.
-Dásela a Carballo -le dijo-, que no use su camisa sucia sobre las heridas abiertas... Y que nadie lo sepa.
Eso quiere decir: que no lo sepa el Capitán, pensó Carballo al recibirla.
Pero fue recién durante la borrachera en las orillas del río Tebicuary cuando la alianza entre los dos quedó confirmada.
-Algo me dice que es en la iglesia donde debemos buscar -estaban tendidos sobre la arena y la luna comenzaba a subir como una enorme pelota de crema en el cielo abombado-. Ese salvaje en sus alucinaciones habló siempre de lo mismo: que los ojos de la iglesia, que las cosas cambiarán en la iglesia, que él debe llegar a la iglesia...
Fue fácil convencer a Carballo porque muy pronto en sus ojos comenzó a brillar el oro que pensaban encontrar y Julio se tranquilizó pero se cuidó muy bien de seguir aparentando interés por el indio para confundir a Gracián.
Y ahora, acampada la tropa en la plaza de Trinidad, cerca de los cocoteros, en tanto el silencio espeso de la noche se rompía solamente de cuando en cuando por algún sonido lejano, o cercano pero indefinido en la inmensidad del espacio abierto, mientras fumaba su cigarro y miraba distraídamente las bocanadas de humo que opacaban momentáneamente —175→ el brillo de las estrellas antes de diluirse en el aire clarísimo, está confirmado que es en la iglesia donde debemos buscar, pensó, los dos indios no perdieron tiempo y estuvieron allí apenas les fue posible...
De mañana muy temprano (el sol apenas comenzaba a insinuarse recortando nítidamente el patético torreón del campanario contra el cielo rosado), Julio se despertó sobresaltado al escuchar sordos ruidos de caballería hacia el lado de la casa de los padres y vio con sorpresa y desbordante agrado que Gracián se estaba yendo, ¡Gracián se estaba yendo!, y el corazón le saltó enloquecido en el pecho. Ni siquiera le molestó que no le hubiera contado que saldría de inspección, se estaba yendo, y eso era lo importante, por fin le dejaba solo.
Entró en la iglesia cuando la misa de seis había comenzado y se sentó en uno de los bancos del fondo. El murmullo adormilado de los rezos era como una ondulación que iba y venía rodeándolo, no podía concentrarse, en medio de su agitación trataba de dominar sus gestos escondiendo el nerviosismo pero los ojos le traicionaban y una y otra vez se le escapaban impacientes, ansiosos, buscando nerviosamente los lugares donde buscar el tesoro.
Los indios se retiraron después de finalizar la misa y él permaneció en su banco pasando desapercibido.
Cuando la iglesia quedó vacía y el Sacristán comenzó a apagar las velas del altar, sigilosamente se introdujo en un confesionario, es como un ataúd, pensó, la lujosa caja mortuoria de los Papas y los Reyes, la rica caja de los muertos ricos.
Entre el continuo retumbar de su corazón escuchó cómo el Sacristán cerraba las enormes puertas macizas y cómo al correrse los cerrojos chirriaban, el miedo le apretó el pecho, estoy cometiendo sacrilegio, pensó, estoy causando mi condenación eterna, me están enterrando vivo, sus sentidos clamaban desesperadamente por la liberación que todavía era posible pero permaneció quieto, quieto, silencioso, porque en el fondo de sus ojos, una vez más, el oro comenzó a brillar.
Todos los sonidos del exterior de la caja se fueron acallando, sólo permaneció el redoble profundo del corazón en sus sienes, y el sudor le empapó la espalda.
Luego de cerrarse la última puerta del costado (mientras se iban cerrando las fue contando mentalmente con sumo cuidado), los pasos del Sacristán fueron hacia el centro de la nave, se detuvieron un instante (hace la genuflexión delante del Santísimo, pensó Julio), subieron las gradas del altar (una, dos, tres), se alejaron un poco más y la puerta de —176→ la sacristía se cerró con una explosión tremenda. Al cabo de unos segundos interminables se escuchó el lejano golpe de la puerta exterior de la Sacristía al cerrarse.
Julio se recriminó por idiota pero tenía las manos temblorosas, pegajosas de sudor, cuando decidió salir del confesionario para ir a abrir la puerta del costado, la del lado de la huerta, donde esperaba Carballo, agazapado detrás del contrafuerte, con un pico y un mazo cubiertos con una manta.
-Tardó demasiado, señor... ya llegué a pensar que usted no estaba adentro.
-¡Cállate! -pero su agresividad fue solamente para disimular el miedo.
Gracián los sorprendió recién al caer la tarde.
Ningún ruido que los delatara se había filtrado al exterior, cuidadosamente se habían escondido cuando los padres entraron al templo antes del almuerzo, y todo hubiera pasado desapercibido (las roturas serían descubiertas recién mucho más tarde), pero cuando al regresar Gracián notó la ausencia Julio y del soldado, tuvo un mal presentimiento y los hizo buscar.
Cuando con violencia irrumpieron en la iglesia, vieron cómo Julio y Carballo trataban de levantar, palanqueando trabajosamente con el pico para no hacer ruido, la losa que cubría la tumba de un Cacique Cabildante.
El momento temido había llegado, ya no había lugar para la ilusión. El equipaje estaba preparado y todo dispuesto para emprender, el día siguiente, el camino del destierro.
De noche los padres se reunieron para orar en la Capilla Antigua, al lado del cementerio. Prefirieron hacerlo en ese lugar más recoleto y no en el templo, cerca de donde acampaba la tropa.
La noche era cálida, muy clara, y por las ventanas de la Capilla se veían infinidad de estrellas. La campana de reposo había sonado un buen rato antes y el silencio, cercado por la lejana cortina del bisbiseo del monte, era solamente roto, de cuando en cuando, por alguna risotada de los soldados que estaban acampados en la plaza, cerca de los cocoteros.
—177→Damián se paró al lado del altar y miró a sus hermanos reunidos en los bancos delanteros: el padre Federico con su cabello de fuego que comenzaba a cubrirse de ceniza, como la barba que cubría su mentón, cuyo temblor trataba infructuosamente de disimular; el padrecito Javier, llegado hacía tan poco y que todavía no había logrado despertar de la ensoñación en que le había sumido el descubrimiento de lo que es verdaderamente una vida de servicio y se mantenía entre entusiasmado y temeroso, agobiado todavía por la tenebrosa sombra del desarraigo; el hermano Jonás, encargado de las huertas... y más al fondo, detrás de todos los demás, el padre José, viejo amigo, Damián no pudo evitar una puntada de pena, qué raro sentimiento disfraza su rostro enigmático, no reconozco esa mirada huidiza, ese rostro impasible no alcanza a engañarme, no dejé de observar el movimiento nervioso de sus manazas, que con gusto habrían triturado un cigarro entre esos dedos que parecen lianas...
Acercó el candil a la Biblia que tenía abierta sobre el altar.
-Hermanos míos muy queridos -intentó una firmeza que no se le dio-, esta es nuestra última noche aquí. Hemos recorrido juntos un largo camino; vivimos días felices, damos gracias a Dios, pero también tenemos recuerdos de sacrificios, de dolorosos renunciamientos y de sufrimientos compartidos como hermanos, que con misericordiosa fuerza son consolados por la sombra benefactora del Amor. Pero aún así, renacen en nuestro ánimo con amarga reciedumbre... La sangre vertida generosamente por los hermanos mártires que nos precedieron, y el amoroso esfuerzo de tantos buenos hombres, cimentaron las bases robustas de las Ciudades de Dios que vamos a dejar... ¡Grande es la obra que construimos por el amor de Dios! Y lo digo sin presunción ni orgullo; reconozco en nuestras obras la bondad misericordiosa de nuestro padre. Hoy vivimos la hora amarga del adiós. Hagamos un alto para meditar sobre el dolor que a todos nos embarga.
Tenía el pecho apretado de angustia sintiendo sobre sí la mirada desolada de los hombres silenciosos, pero el padre José no le miraba, no le miraba, empecinadamente huía de sus ojos.
-Mañana dejaremos esta vida que forjamos aquí, abandonaremos todo lo que con tanto esfuerzo hicimos posible; nos alejaremos de nuestros hijos queridos, que todavía nos necesitan... Pero por encima de tantas y tan negras y tenebrosas sombras que acongojan nuestro ánimo, brilla una luz de consuelo: hemos venido y hemos enseñado, hemos —178→ proclamado las Buenas Noticias de nuestro Señor Jesucristo, hemos sembrado...
Sus palabras resonaron entre las lisas paredes desprovistas de ornamentación llenándolo todo, Espíritu Santo, rogó sintiendo que el corazón le latía desordenadamente, haz que mi dolor no me traicione y que mis palabras logren encender Tu Amor en el corazón de mis hermanos.
-Comparto con vosotros el dolor en este momento de separación, y deseo compartir también el consuelo de la Palabra. Ruego a Jesús, nuestro Señor, que se apiade de nosotros.
-Amén -dijeron los padres con un murmullo sordo.
Se aclaró la garganta insegura y recorrió con la mirada el grupo de hombres, los notó frágiles, vulnerables, tan sobrepasados por las circunstancias, que se le encogió el corazón.
-Lectura del santo Evangelio según San Lucas -repitió en su frente la cruz que había trazado sobre el libro-, Capítulo Doce. «En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía. Porque nada hay encubierto que no vaya a descubrirse, ni oculto, que no haya de saberse. Por tanto, todo lo que habéis dicho en tinieblas, a la luz se oirá; y lo que habéis hablado al oído en los aposentos, se proclamará en las azoteas.»
Los hombres escuchaban con la cabeza gacha, sólo el padre José, por primera vez, cruzó sus ojos con los de él.
-«No temáis a los que matan el cuerpo, y después nada más pueden hacer, pues aun los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. Mirad y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee. No os afanéis por vuestra vida, qué comeréis; ni por el cuerpo, qué vestiréis. La vida es más que la comida, y el cuerpo más que el vestido. Vosotros, pues, no os preocupéis por lo que habéis de comer, ni por lo que habéis de beber, ni estéis en ansiosa inquietud, porque estas son las cosas que buscan las gentes del mundo. Buscad el reino de Dios. Buscad el reino de Dios y todas estas cosas os serán añadidas. No temáis, manada pequeña... ¡no temáis, manada pequeña...!»
No pudo dominarse y abochornado sintió que la voz se le quebraba en la garganta, sin atreverse a mirar a los hombres que estaban sumidos como él, lo sabía con certeza, en la incertidumbre, sin alcanzar a explicarse lo que estaban viviendo. Entrecerró los ojos y habló casi sólo para sí mismo.
—179→-«...No temáis, manada pequeña, porque a vuestro padre le ha placido daros el Reino...»
De sus ojos corrieron lágrimas calientes y con la vista desdibujada ya no le fue posible leer las palabras que estaban grabadas en su memoria, tantas veces las había leído en los últimos días buscando fortaleza, tratando de vencer la desesperanza.
-«Haceos bolsas que no se envejezcan, haceos tesoro en los Cielos, tesoro que no se agote, en el Cielo, donde ladrón no llega... donde ladrón no llega -repitió entrecerrando los ojos- ni polilla destruye...»
Un pesado silencio se tendió sobre la asamblea. La semilla estaba hendiendo las capas oscuras de la tierra ávida buscando algún asidero, en espera de la voluntad. Presintió esa rara forma de consuelo que se recibe con la desesperanza, que no era exactamente desesperanza, sino la seguridad de que eran cosas que no debían pedírsele a Dios (no tentarás al Señor, tu Dios), cosas de Su voluntad, cosas que diariamente se aceptan con el rezo de la oración de Jesús y que no significaban disminución de su infinito amor ni de su misericordia eterna.
Un poco más allá de la mitad de la Capilla la luz se diluía en la penumbra y los hombres permanecieron silenciosos, bañados por la claridad amarillenta que venía del altar, en muda oración, unidos en momentos de dolor, mañana lo abandonarían todo, todo se habría consumado.
Uno a uno los hombres fueron saliendo de la Capilla y Damián notó que el padre José se retrasaba intencionalmente, era evidente que quería hablarle.
-Vayámonos a dormir, padre -le dijo al pasar-. Mañana será un día largo.
El Sacristán apagó las luces del altar y ellos dos caminaron guiándose por el resplandor de afuera que se filtraba por la puerta abierta.
En el umbral José se detuvo y le encaró.
-Hijo, he de hablarte... Quiero que sepas lo que voy a hacer.
Damián tuvo un mal presentimiento.
-Le pido perdón a Dios, amigo mío, por lo que voy a hacer, pero no logro dominarme; lo he intentado mucho pero no lo consigo... No me puedo entregar sin luchar -exhaló profundamente. Damián, totalmente desconcertado, escudriñaba su rostro en la penumbra tratando de adivinar signos de la violencia que le estironeaba-. Siempre me pareció una gran verdad lo que solía decir nuestro buen amigo, el padre —180→ Jaime: toda una vida de obediencia no nos enseña a ser obedientes... ¿lo recuerdas?
-Desde luego.
-Pues bien, en esta oportunidad voy a desobedecer.
-Padre, por el amor de Dios... ¿qué es lo que está diciendo?
-Quise contarte que lo haríamos, hijo, no me pareció bien escondértelo, pero no quiero decirte nada más... Creo que es mejor que no sepas lo que voy a hacer... No quiero comprometerte en lo absoluto, amigo mío, y para no comprometerte, no debes saber nada. Que Dios nos proteja a todos, hijo querido -dijo y estrechó a Damián en un abrazo.
Luego lo apartó un poco para mirarlo teniéndolo tomado por los brazos, como si quisiera grabar en sus retinas ese rostro amigo y Damián notó en sus ojos y en su rostro (por Dios, ¿cómo es posible?) un entusiasmo y una alegría casi infantiles, pudo notar el gesto satisfecho del que ha encontrado su camino, del que está más allá de los miedos que acosan antes de tomar una decisión.
-Reza por mí, querido amigo. Reza mucho por mí porque lo voy a necesitar.
Damián lo miró alejarse hacia la casa de los padres y permaneció un momento meditando, absolutamente desconcertado, sumido en oscura incertidumbre. Y tuvo miedo por él.
-Padre José, ¡escúcheme...! -le llamó ansiosamente-. No puede dejarme así... ¿Qué es lo que está planeando?, que no sea una locura, por Dios.
José se volvió y le encaró con un encogimiento de hombros, rendido.
-No puedo entregarme sin luchar, Damián, es solamente eso: no puedo aceptar esta condena inmerecida y me voy, amigo.
Damián quedó estupefacto. ¿Adónde iría? Era una verdadera locura: se pondría fuera de la ley, desobedecería a sus Superiores y se enfrentaría al Rey, ¿lo había pensado?
El padre José suspiró profundamente y se resignó: en este estado de cosas no consideró honesto seguir engañando a su amigo; de todas formas, había hecho todo lo posible por evitarlo.
-Me empujan a hacerlo, Damián; están jugando con nosotros y no puedo soportarlo. Hacen y deshacen nuestras vidas y nosotros obedecemos, obedecemos, obedecemos por la mayor Gloria de Dios...
-Damián sintió una puntada en el pecho-. Nos sacan de aquí y destrozan este mundo amado por razones que seguramente son muy valederas, sí señor, —181→ pero que no nos competen... Lo pueden hacer y lo hacen, así lo dijiste, ¿no? Bien, lo hacen, pero yo no lo acepto, y no busco un nuevo Caibaté, no te preocupes. Ellos pueden jugar impunemente con nosotros, los sacerdotes, porque así entendimos la vida: la entrega al Señor, el apostolado, la obediencia y todas esas cosas... Pero ante Dios te digo, Damián, que no hay sobre la tierra ni Rey ni Soberano Pontífice que pueda conseguir que yo traicione a nuestros hijos...
-Padre José, por favor, no diga eso...
-Ellos confían en nosotros, hijo, los indios confían en nosotros, y nos aman... Yo no los voy a abandonar.
-¿Es que acaso tenemos alternativas...?
José sintió pena.
-No te estoy recriminando nada, amigo mío, absolutamente nada, lo sabe Dios...
-Pero es una locura, padre, una estúpida locura... Es una inconciencia...
-No, no lo es -sonreía-. Los indios que vienen conmigo lo hacen libremente, yo no los obligué a nada y saben muy bien a cuántas incomodidades y riesgos nos estamos sometiendo... Es simple: sencillamente se niegan a cambiar de vida. Las Reducciones de los Jesuitas no serán solamente un recuerdo: en algún lugar de esta tierra, a cubierto de los intereses que quieren manejarnos, reviviremos esta realidad... y la Reducción Escondida será por siempre una presencia que hable de nuestro paso por estas regiones del mundo...
-Por Dios, por Dios... ¿Reducción Escondida?
-Nadie sabe nada del Lago Ypoá, todos temen ese lugar misterioso...
-Es una locura, padre.
-No es la primera vez que nos vemos obligados a migrar.
-Esto es diferente.
-¿Lo es? Si en esa misteriosa tierra desierta no encontramos sitio iremos a las islas viajeras... Las islas viajeras, Damián, en realidad no son tales. Por lo que pude saber son enormes extensiones de embalsado formadas por capas y capas de camalote encimadas durante siglos, arrastradas por el capricho de los vientos en esa vastísima área inexplorada... Desde alguna de ellas, alguna vez, se escuchará nuestra campana tañendo en la profundidad del misterio y se sabrá que allí, en alguna parte, los padres estamos... Ya tengo mi campana, Damián.
—182→-No puedo creerlo, padre, es una inconciencia... ¿isla viajera?
-Es un decir. Vamos a protegernos con el miedo: la gente teme a los seres desconocidos que habitan el Ypoá... El misterio nos protegerá del poder de los Reyes... y del poder de los que abusan de él en nombre de Dios.
-Padre José, no es posible...
-Lo intentaremos, hijo. No puedo resignarme a morir sin luchar. Quizás la voluntad de Dios sea que lo consigamos.
-Que no sea otro Caibaté, padre.
-No será igual, hijo.
Aunque sí igualmente triste, pensó Damián sintiéndose anonadado, pero no tuvo fuerza para detenerlo y la pena le abrumó, insoportable debe ser el dolor de mi buen amigo, se dijo, para que lo lleve a destruir en un momento las verdades que sustentó a lo largo de su vida. Y luego se miró a sí mismo: vacío, entristecido, luchando estérilmente por encontrar consuelo y no supo qué pensar. Miró a su amigo alejarse, y atinó solamente a recurrir a lo que su costumbre le había condicionado, pidiendo que sobre su buen amigo descendiera la misericordia y el perdón de Dios.
Damián sujetaba las riendas de su caballo con las manos crispadas y todo su ser era sacudido por el deseo a duras penas reprimido de volverse para mirar una vez más, la última, aquellos muros amados, la amada plaza, las tantas veces admiradas viñetas decorativas, los tejados, los arcos, y los rostros entristecidos y abotagados, como si todavía no se percataran de lo que estaba sucediendo, de sus amados hijos, los indios, entre quienes dejaba un pedazo irrecuperable de su alma. Sus hijos amados que ya habían recibido esa misma mañana, oh Dios mío, el golpe abrumador de la desgracia: lo que sucedió, en los umbrales de la separación, fue una muestra de lo que ineludiblemente sucedería, estaba seguro, nunca nada volvería a ser igual después de aquello, los indios estaban comenzando a darse cuenta de ello con ese golpe abrumador de la desgracia.
Los sacerdotes cabalgaban reunidos en un pequeño grupo, habían tenido el pudor de no recordar al padre José, pero sabía muy bien que lo —183→ tenían presente, paso a paso, y que su ausencia era un hueco difícil de llenar.
Detrás venía la carreta que transportaba sus escasas pertenencias.
Recordó con un dejo de humor amargo cuando llenaba su baúl la noche anterior, después de la oración que compartió con sus hermanos en la Capilla Vieja: en medio de tantos bienes como habían en la hermosa Ciudad que abandonaban, cuán pocos eran los suyos realmente.
Antes de guardar el libro en su baúl había hojeado la Conquista Espiritual, que escribiera el padre Antonio Ruiz de Montoya, buscando en las Memorias la parte donde habla de su encuentro con los padres Cataldino y Maceta: «...Hallelos pobrísimos en todo lo temporal, pero muy ricos en celestial alegría. Los remiendos de sus vestidos eran tantos que no dejaban conocer la primera materia de que se hicieron. Túveme por dichosísimo de verme en su compañía, como si me viera con la de los ángeles de carne humana...».
Esta es, probablemente, la razón más importante del éxito de nuestros trabajos, que no alcanzan a explicarse los que nos persiguen, se dijo ahora, porque en las cosas de la tierra un pensamiento así no cabe, y estando cerca de la riqueza es muy difícil separarse de las cosas de la tierra.
Muy ricos de celestial alegría, se repitió, y con tesoro en los Cielos, que no se agote... En un carro cabían todos los bienes personales de los hombres que formaron y mantuvieron las más ricas fuentes de producción de la Provincia Gigante de las Indias.
Cabalgaba sintiendo el corazón sangrando de tristeza y no quiso volverse para mirar atrás porque presintió que ineluctablemente sus dedos resbalaban de las manos de Dios para caer en el abismo negro, espeluznante, de la desesperanza.
Julio cabalgaba a un costado del grupo, alejado de los padres, silencioso, sumido en un mutismo agresivo y cargado de vergüenza.
Al llegar al recodo del camino, justo donde se inicia la pendiente que baja hasta el Mbataví, los ojos de Damián se cruzaron por un instante con los del español y el sacerdote pudo leer en ellos tanta culpa y tanta vergüenza, tanta entristecedora miseria, que sintió encenderse en su pecho una tímida llama de compasión, y con amargura comprendió que este ruego suyo sí que había escuchado Dios, haciendo que la caridad rellenara el hueco profundo que se hizo en su alma con la separación...
—184→* * *
-Soy tu amigo, Gracián -había dicho con vehemencia Julio la noche anterior-, no puedes cerrar los ojos a esta situación que nos une... si algún día llego a casarme con tu hermana seré de tu familia... ¡no puedes hacerme esto...!
Gracián sin contestar se había alejado dejando a Julio y al soldado Carballo arrestados en el campamento, sumidos en la humillación.
-No tenemos calabozos en Trinidad, Capitán, no usamos cárceles -le informó el padre Damián poco después, en su despacho-. Nuestro sistema penitenciario no las contempla.
Por lo que tuvieron que encerrar a Carballo en la trastienda del taller de Carpintería, que antes se utilizaba para estacionar la madera que iba a tallarse.
Las altas ventanas del cuarto, que permitían la renovación del aire sin las corrientes que rajarían la madera con grietas imposibles de salvar, evitaban toda vista al exterior, lo que producía una molesta sensación de ahogo.
-Tengo que hacerlo, padre, lo tengo que encerrar -trató de explicar Gracián viendo la mirada de desaprobación del sacerdote-. No puedo permitir actos de vandalismo, y la única manera de evitarlos es cortando los primeros brotos con la violencia que sirva de ejemplo a los demás...
Sin embargo, a su amigo no castiga así, pensó Damián.
-Alejaré a Julio de aquí, padre -Damián se preguntó si alguna expresión de su rostro le había delatado-. Le encomendaré la misión de acompañarles hasta Itapúa y...
-¿Nos enviará custodiados? -le interrumpió- ¿Quiere eso significar que somos prisioneros?
-Desde luego que no lo son; es una excusa para salvar esta situación preocupante... Los padres de las demás Reducciones viajarán sin acompañamiento de ninguna laya, y he dispuesto la salida de los sacerdotes sin controles molestos ni humillantes... -Gracián se secó la frente mojada de sudor-. Lo hice porque confío en... padre, admiro profundamente la obra maravillosa que ustedes realizaron, y...
-Hermosas palabras, Capitán.
Gracián se sorprendió ante tanta descortesía. Miró al sacerdote y lo notó sereno, sin sombra en el rostro de la ironía que percibió claramente en sus palabras.
—185→-Comprendo su resentimiento; le aseguro que esta es la más desventurada misión que podrán encomendarme...
-Lo siento; no fue mi intención incomodarle, se lo aseguro.
Maldita sea mi estupidez, se dijo Gracián alejándose, traigo el mal contra estas personas que admiro, y siento pesar porque mis víctimas no me brindan su respuesta afectuosa.
-Irás hasta Itapúa acompañando a los padres -le dijo a Julio muy temprano en la mañana-. Apronta tus cosas. Desde Itapúa viajarás directamente a Asunción; no quiero verte más por aquí.
-Gracián, por favor, amigo... -Julio no se cuidó de hablar en voz baja como lo hiciera el Capitán, desesperado como estaba poco le importaba que los hombres de la tropa le escucharan-. Déjame quedar a tu lado, te ayudaré, Gracián, siempre encontrarás en mí una mano amiga...
-La misma mano que fue capaz de profanar una tumba -dijo Gracián entre dientes y Julio sintió que la sangre se le encendía en el pecho.
-¡No creí que lo fuera, por Dios...! ¿Crees que sería capaz de hacerlo?
Gracián caminó unos pasos hacia la carreta y tomó la barra de hierro que usaban para suspender la olla del rancho sobre la fogata y que tenía una de las orejas rotas, debería solicitar luego en la Carrería que la repararan, y se volvió hacia Julio.
-Tampoco te creía capaz de robar y sin embargo aprovechaste mi ausencia para revisar la iglesia de arriba a abajo para robar, ¿no es cierto que era para robar?
Julio sintió que el odio iba ganado su espíritu pero lo intentó una vez más.
-Piénsalo, Gracián... piensa que puedo serte útil ayudándote en el manejo de la tropa, en la administración de la población hasta que lleguen...
-Está decidido, Julio.
-Piensa en mi familia, amigo mío; la humillación y la mancha que arrojes sobre mi nombre...
-Está decidido, Julio; lo siento. No puedo volverme atrás.
-No puedes, ¿eh? -gritó totalmente fuera de sí cuando vio que Gracián comenzaba a alejarse rumbo a la carrería con la barra de hierro en las manos-. No puedes... o no quieres. Mientras alejas de tu lado, y —186→ de la peor manera, al amigo que promete serte fiel, permites que ese indio maldito provoque en la iglesia los daños más execrables...
Gracián se detuvo como tocado por un rayo.
-¿Qué dices, maldito...?
-Ve y mira con tus propios ojos, orgulloso capitán... -el odio encendido en sus ojos se disfrazaba con la burla mordaz-. Mientras tú te dedicas a joder a tu gente, el indio es dueño de la iglesia que dices defender...
Gracián corrió hacia la iglesia totalmente enloquecido, lleno de odio, resonando en sus oídos las carcajadas rabiosas de Julio.
* * *
Me dejó un poco triste lo que pasó anoche, Cacique Solano, me dio mucha rabia porque no pude hacer nada, cada vez me cuesta más manejar mi cuerpo, parecía que iba a ser más fácil cada vez, pero no es así.
Anoche de repente sentí que Juancito me sacudía procurando despertarme, despierta, papa, oí que me decía, despierta que aquí está Bernardino que vino para verte, y eso es lo que me dio rabia, Cacique Solano: no pude verle, tanto que esperé ese momento...
Me costó llegar hasta aquí porque lo tenemos prohibido, escuché que decía Bernardino, me escondí y vine pero le dejé a Casiano afuera para avisarme si alguien viene, ¿quién será Casiano?, me pregunto, y no sé bien si dijo Casiano o qué otro nombre dijo.
Ahora es de día pero Bernardino ya no podrá venir, justo ahora, Cacique Solano, que me parece que podría abrir bien mis ojos para conocerle, pero no va a poder venir, escuché bien cuando le decía eso a Juancito anoche. Dijo que el Capitán siempre fue muy exigente pero que ahora parecía un yaguareté enojado, un perro rabioso, después de descubrirle a su amigo haciendo desastres en la iglesia...
Dice que hoy los padres se van... Yo creí que el padre Damián iba a venir a despedirse de mí pero no vino, no habrá tenido tiempo, digo yo. Solamente el Paí José vino, era todavía de noche, y sentí que ponía la mano sobre mi pecho, no sé si me habrá tocado también el brazo, porque el brazo no siento, puso su mano un ratito en mi pecho y después salió.
Felipe se fue con él. Unos cuantos se fueron con él. Yo parezco un tonto así como estoy, Cacique Solano, porque no puedo hacer nada y me —187→ da mucha pena lo que está pasando, si hubiera caminado, seguro que aquí no me iba a quedar. Yo pienso que nosotros aquí... pero, ¿qué es esto?, Rosa, ¿qué significa lo que estoy viendo...? ¿Quién es este muchachón que viene caminando hacia nosotros tan contento? No puedo creerlo... ¿es cierto? Me pone muy contento, Rosa, Cacique Solano, qué contento me pone... ¿Bernardino?, ¿sí?, ¿tú eres Bernardino...?
* * *
Con mucho sigilo Bernardino sacó de la caja de la carreta la palanca de hierro de calzar la masa de las ruedas y se la metió adentro del blusón del uniforme. El contacto del metal frío con la piel de su pecho le produjo un escalofrío y apretó fuertemente el hierro tratando de infundirse valor.
-Estás loco... ¿qué es lo que estás haciendo?, el Capitán se puso como un loco cuando le descubrió al señor Julio en la iglesia con Carballo y ahora tú robas esa palanca de la carreta...
Bernardino no dijo nada y con disimulo pasó la palanca de hierro a su bolso para poder moverse libremente, los soldados se preparaban para la cena y nadie se fijó en ellos.
-Tengo que hacerlo, Casiano, pero después... Ahora necesito que me acompañes: tengo que ir a la casa.
-¿De los indios?
-Claro.
-Estás loco...
-No es tan peligroso. Vas a quedar de guardia para avisarme si alguien viene.
-¿Y ni siquiera no podemos cenar un poquitito antes de irnos?
Bernardino se emocionó; esperaba eso de él.
Cuando después volvían de la casa de Jacinto, escondidos entre las sombras de la noche, casi no hablaron. En el camino se cruzaron con algunos indios y Bernardino apreció con toda crudeza el rechazo hacia ellos dos, indios disfrazados de españoles.
-¿Pudiste ver a tu papá?
-Le vi. Está enfermo, el pobre; no habla ni mira.
Los ojos de Bernardino brillan, pensó Casiano, brillan como brillaban cuando tenía fiebre... tengo miedo de que haga algo malo.
-Mañana le voy a sacar a mamá y después me voy a ir.
—188→-Tu mamá... pero, ¿qué es lo que estás diciendo? Nunca me dijiste nada de eso, no sé lo que te pasa, Bernardino... ¿y dónde está tu mamá?
-Adentro de la iglesia.
-Bernardino, no entiendo nada de lo que estás diciendo... ¿estás bien?
-Claro -la fogata lejana metía de vez en cuando reflejos en sus ojos-. No vayas conmigo mañana; no quiero que vayas.
-Yo no tengo miedo.
-Ya sé; pero no vayas. No nos vamos a ver nunca más, Casiano. Cuando la saque a mamá voy a alcanzar al Paí José, mi hermano me contó que se van a escapar esta madrugada.
-No entiendo nada, en serio te digo que no entiendo.
-No has de entender, desde luego. El señor Julio siempre creyó que yo venía para buscar el tesoro de la Ciudad... qué tonto es. Yo vine para sacarla a mamá del Purgatorio.
-Voy a acompañarte, Bernardino, voy a acompañarte; cualquier cosa que hagas en la iglesia es peligrosa, el Capitán está demasiado nervioso y enojado... No quiero que vayas solo, amigo... Acuérdate de Feliciano.
Feliciano me anunció un daño por la cruz que me hizo el anó, recordó Bernardino cuando el día siguiente caminaba agazapado hacia la iglesia, y dijo que el mal me va a venir desde atrás.
Entró en la iglesia solitaria y caminó directamente hacia el gran cuadro tallado.
No supo exactamente cuánto tiempo estuvo parado contemplando las formas alucinantes que había tallado su padre, esos multiplicados gusanos ardientes que envolvían a las almas atormentadas, sus ojos se inundaron de lágrimas y las formas comenzaron a moverse entre reflejos.
Subió a la mesa de piedra del altar.
-Yo te voy a sacar, mamá... -murmuró entre dientes y juntó toda su fuerza, la fuerza de la rabia y la tristeza de tantos y tantos años, una fuerza poderosa que hizo caer como un rayo la palanca de hierro sobre la frente de Rosa.
Como en un destello pudo ver que la piedra del hermoso rostro amado se desprendía entera cayendo a sus pies, justo en el momento que las negras cortinas que se tendieron silenciosamente, sin dolor, subiendo desde su nuca, lo cubrieron completamente hundiéndole en la oscuridad.
—189→Recién unos segundos después Gracián pudo reaccionar saliendo del torbellino de locura. Con la respiración entrecortada y la barra de hierro manchada de sangre en las manos, se preguntó una vez más hasta qué repugnante miseria podía descender el alma humana, hasta qué misteriosas bajezas llegaba el comportamiento de los hombres empujados por la codicia, por el odio, por la incomprensión... ah, qué alejados del amor nos mantiene nuestra ignorancia, se dijo haciéndose la señal de la cruz ante el cuerpo ensangrentado del indio que mató porque estaba profanando el templo.
Atravesar el cristalino Mbataví fue para Damián la salida de un mundo que nunca más sería suyo, nunca nada volvería a ser igual, nunca más se repetiría esta divina locura, posible a costa de tantos renunciamientos, de tanta fuerza, dolor y alegrías. La muerte del indio, la desazón del joven Capitán al no alcanzar a comprender el porqué de lo que estaba sucediendo, la absurda marca de la desgracia es una premonición, se desesperó Damián, oh Dios, Dios, no haces que escuchen la voz que no escuchan.
Es cierto que todavía por varios días transitaría por tierras misioneras pero para él, en lo más profundo de su espíritu, el cruce del arroyo fue verdaderamente el inicio del destierro.
Sentía el corazón como un ariete haciendo retumbar la sangre en sus sienes y muy adentro de su pecho, y sus manos temblaban sobre las riendas.
Inseguro, deslizándose hacia la desesperación, intentó refugiarse en la oración pero no pudo hacerlo porque la tristeza fue superior a sus fuerzas. Sabía que había sembrado, pero no alcanzó a consolarse, sabía que había juntado Tesoro pero no logró sentirse reconfortado, ni siquiera sabiéndolo Tesoro que no se agota, y guardado allá donde ladrón no llega.