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ArribaAbajo- 17 -

Muy temprano en la mañana Damián había visto apuntar un sol rojo muy brillante en medio de una franja encarnada entre el verde negruzco del horizonte y el tupido y negrísimo caparazón de nubes que cubría todo el cielo.

El maravilloso espectáculo del sol perfilando nítidamente las formas duró poco tiempo. Pronto las nubes comenzaron a desprenderse en hilachas y cubrieron el resquicio brillante.

Un relámpago azulado cuajó con un temblor, por un instante, todas las formas y se escuchó un siseo lejano que fue acercándose, antes de confundirse con el trueno. Y luego la cortina de agua comenzó a caer para tenderse mansamente sobre los campos.

La lluvia había comenzado un poco después de las siete y promediando la mañana era todavía una cortina gris que chistaba en los camineros de piedra, saturaba los ladrillos de los patios y bisbiseaba en el pastizal de la plaza tiñendo de gris todo lo que Damián miraba desde su mesa de trabajo, frente a la ventana abierta: la iglesia, las casas de los indios alrededor de la plaza, los cocoteros (como mástiles de navíos encallados en el mar verde, recordó al padre Jaime), los árboles lejanos, que ya no eran nada más que sombras imprecisas un poco más allá de los bloques de viviendas que estaban en construcción en las afueras.

Entre el siseo de la lluvia y algún que otro trueno lejano, como cascajo rodando en alguna ignorada pendiente, escuchaba rumores de actividad. Porque aunque nada se movía en los amplios espacios aplastados por la lluvia (quietud en la plaza, en el atrio de la iglesia, quietud en la huerta y en los callejones), como venidos de muy lejos se escuchaban los martillazos de la carpintería confundiéndose con el golpeteo incesante de los abatisocá en la cocina, donde las mujeres molían maíz en los morteros de madera.

-Esta es una maravillosa muestra de armonía -recordó que una vez le había comentado Juan Antonio cuando frente a la cocina se detuvieron a mirar a las pisadoras, una frente a la otra ante el mortero   —89→   de madera descargando golpes en tanto con la otra mano removían la mezcla triturada en una alucinante sucesión golpe-mano-golpe-mano... a escasísima distancia del desastre de una mano aplastada-. En esta sencilla labor es posible ver la perfección que nos pide nuestro maestro Vitruvio.

Damián estaba acostumbrado a sus efusivas expresiones.

-¿En un mortero de madera toscamente desbastado, Juan Antonio?

-No hace falta más. ¿No es acaso admirable la perfecta sincronización de estas mujeres? Ellas van más allá del simple trabajo: concretan un todo armónico, de perfecta participación, y no me agrada tu escepticismo.

-¿Dije algo malo?

-No, por cierto; no llegaste a decirlo. Lo que están haciendo estas mujeres, digo, es una Obra, ¿un Monumento?, y en su accionar conjunto aprecio el Orden, la Disposición, la Euritmia, la Simetría, claro que sí, el Decoro, ¿no es cierto?, y la Distribución, ah, sí, los Siete Primores que exige Vitruvio en todo monumento, me entiendes, ¿no?

Damián calló sonriendo, ah, pensó, Juan Antonio es irrepetible, quién iba a imaginar que el hijo del gran arquitecto Ribera abandonaría los halagos que la Corte con toda seguridad le brindaría a manos llenas para abrazar su vocación misionera... ¡cuánto extrañaría esas conversaciones, ese ir y venir una y otra vez sobre los mismos temas analizando, investigando, profundizando los caminos más variados...!

Dos días después de la inauguración del templo Juan Antonio se había marchado y Damián se entristeció con su partida.

-Voy a extrañarte mucho, amigo.

-Yo también, Damián; por cierto yo también extrañaré esas buenas conversaciones que manteníamos...

-Siempre encontramos alguna excusa para conversar.

-Es cierto; aunque últimamente era Grimau el que llevaba la obra, con la iglesia de Jesús tengo bastante, ¿no es así?, encontré siempre la forma de darme una vueltecita por aquí... Fueron tiempos muy buenos.

-Lo fueron.

-Gracias a Dios estaré cerca... ya encontraremos tiempo para vemos y tratar de encontrar soluciones para este enrevesado mundo nuestro -dijo con un guiño-. Disfruta del libro. Cuando vuelva de Lima me quedaré bastante tiempo en Jesús, y hablaremos...

Y ahora lo recordaba, sumergido en la melancólica penumbra de la   —90→   mañana lluviosa: Juan Antonio permanecería algunos años más en Jesús porque la iglesia estaba atrasada. Era su joya, cuajada de primorosos detalles, ofrenda emocionada a la memoria de su padre.

-La sucesión de arcos trilobulados que pusiste en la fachada lateral de Jesús es verdaderamente fastuosa -le había comentado como al descuido.

-Siempre tengo presente a San Juan Crisóstomo: «la iglesia es el Palacio de Dios, y Corte de sus Ángeles...»

Damián había reído divertido, caminaban los dos bordeando el púlpito tallado en piedra, en la iglesia de Trinidad que estaba a medio techar, el sol se filtraba entre el enrejado de la cimbra gigantesca para el armado de la bóveda y el olor a madera era casi asfixiante.

-Te noto muy mundano...

-No lo creas. Hay formas y formas de decir las cosas pero no debes dejarte ganar por los detalles perdiendo de vista lo medular. El templo es la Casa de Dios, dijo Moisés, aquello de mantener las lámparas encendidas y todo eso, ¿recuerdas? Cuando ordenamos los espacios sagrados hacemos la Casa de Dios, hacemos... ¿cómo decirlo?, hacemos que el milagro sea factible. ¿No es acaso un «milagro» emocionante ese joven que apoya su pie en la esfera que flota en el aire, allá arriba, en la enorme nave de San Pedro? En el ambiente bello del templo, armónico y proporcionado, el milagro pasa a formar parte de lo cotidiano... Es el Palacio de Dios, amigo mío, es la representación del Paraíso.

-Muy emotivo. Son pensamientos muy hermosos; ojalá todo pudiera quedar allí.

-No sé por qué lo dices; por lo que a mí respecta, sé muy bien lo que hago -Juan Antonio estaba molesto-. La representación visible de mis ideas es precisamente eso, amigo, la parte visible, que no lo es todo.

Damián se había encaminado hacía la puerta lateral, nunca se llevó muy bien con el Hermano José Grimau y prefirió seguir la conversación lejos de él, que en ese momento rondaba por allí cerca controlando la fijación de un andamio en la base del pilar del púlpito. Al salir al patio el sol le dio en el rostro y por un momento no había podido mirar con claridad.

-No me entendiste y te encocoraste como un gallo agredido... Tú sabes que valoro y aprecio lo que dices, pero... Me siento acuciado por temores, amigo mío. De todo nuestro trabajo con los indios lo que más me preocupa es la ausencia de bases sólidas. No estamos sentando las bases   —91→   firmes de una nueva forma de vida.

-¿Te parece que es así?

-Esta es tierra de misión y me temo que nuestro trabajo no es completo. El romance que vivimos con nuestros hijos es emocionado, bellísimo; el mutuo descubrimiento con que nos solazamos es una sucesión de sorpresas agradables... pero me temo que no estamos logrando introducir nuestras cuñas hasta las vetas que aseguren el lajado de la piedra...

-¿Te parece que es así?

A Damián le sacudió la ironía de la pregunta repetida y se apenó al comprender que su amigo no le entendía, ni siquiera su buen amigo y confidente, que conocía tanto de él, de sus afanes y su pensar, ni siquiera él lograba deshacer el cerco que le rodeaba por prejuicio, o por temor, o por capricho, para tratar de comprenderle.

-Me temo que la nuestra es una siembra estéril, Juan Antonio... El arrebato emocionado de nuestra unión con estos seres ingenuos, primitivos, ladinos, afectuosos, desconfiados, humildes... no es una relación fecunda; no logro percibir la respuesta esperada... Porque es de esperar alguna respuesta, digo yo; nosotros nos entregamos totalmente... Mal que me pese, me temo que la semilla que sembramos es abundante, pero los brotos, aunque pujantes y vigorosos, son patéticamente superficiales.

-Como si fueran un engendro de Adonis.

Damián le había mirado estupefacto, ¿me leerá el pensamiento?, había pensado algo corrido. Juan Antonio soltó una carcajada.

-Ah, ingenuo Damián, no te asombres... Cuando hablaste de semilla abundante y brotos endebles supuse por dónde ibas. Si esa es la figura que te preocupa debes tener por seguro que no está bien. Adonis no llegó a ser verdaderamente un esposo; ni siquiera llegó a ser un hombre hecho y derecho, si entiendes a qué me refiero. ¿Qué relación, por tanto, puedes encontrar rebuscando en estas semejanzas? El joven y bello amante de semilla abundante e inmadura es imagen de la unión antes de tiempo y que resulta, por lógica, infecunda... ¿Crees, por ventura, que nuestra total entrega, como tan bien lo dijiste, nuestro trabajo incesante en el campo de las artes, de las ciencias, que nuestra lucha sin descanso en bien de nuestros indios, que las realidades de nuestras amadas Ciudades de Dios, en suma, son inmaduras y precoces?

Damián no había sabido qué contestar pero ni siquiera esa noche, rezando, pudo pacificar su espíritu y después, en la afiebrada lucha por   —92→   conciliar el sueño, vuelta a vuelta sus sentidos enervados alejando las ondas consoladoras del olvido del sueño, se sintió rodeado, acosado, perseguido por el silencio acusador y la presencia recriminadora de los muchos santos varones que le precedieron, los venerables padres que hicieron antes con esfuerzo, con sacrificios sin límite, lo que él ahora estaba cuestionando y se preguntó si no sería solamente su orgullo la causa de tanto escepticismo, su orgullo el que le hacía creer que podía, él solo, cambiar el curso de esta obra que hacían en nombre de Dios.

Y eso mismo pensaba ahora, inmóvil frente a la ventana, mientras la lluvia seguía cayendo tranquila y siseante.




ArribaAbajo- 18 -

El radiante sol de finales de mayo era una fiesta de luz cuando después de terminada la misa de inauguración del templo los fieles salieron a la plaza.

Las hojas de palma que tapizaron la caminería por donde pasó la procesión habían sido retiradas y en su lugar, entre los arcos de ramas, se habían tendido las mesas para el almuerzo.

Aunque la mañana había amanecido muy fresca ahora, hacia las once, el sol comenzaba a picar por lo que pronto algunos estiraron cuerdas entre los arcos y colgaron las hojas de palma para conseguir una semisombra muy agradable.

-Son ingeniosos -comentó Federico al padre Jaime, que tenía la enorme cara rosada brillante de sudor, señalando a los indios que se reunían en los lugares sombreados.

-Si lo sabré yo... -bajaron del piso de piedra y caminaron por el pasto hacia la mesa que habían preparado para los padres en un extremo-. Tengo conmigo en San Ignacio Guazú a un indio que hace verdaderas maravillas con el grabado, un discípulo aventajado de Juancito Yaparí, aquel de las ilustraciones sorprendentes que causaron admiración incluso en Europa, ¿lo recuerdas? Pues bien, una vez trabajando rompió una gubia de las que usamos para tallar los grabados y se entristeció de tal manera que hasta llegó a apenarme, claro, no era sin razón, él sabía muy bien que el Hermano de la carrería no podría proveernos otra sino hasta muchos días después, tan sobrecargado de trabajo estaba... Así las cosas, he aquí que esa noche Celestino, que así   —93→   se llama, se ingenió y tomando una cucharilla, de las pequeñas, se puso a pulirla, horas y horas rascó el metal contra la piedra de afilar, porque ni siquiera la rueda de la carrería se atrevió a utilizar, y al día siguiente tuvo su gubia, su ingeniosa gubia, con la cual le fue posible incluso conseguir mejores efectos en los difuminados cóncavos...

-¿Lo hizo sin que tú lo supieras?

Jaime captó la picardía de la pregunta y rió con ganas.

-Sí, ya lo sé... al padre Roque no le hubiera gustado que tomara una cucharilla sin permiso, ¿no es cierto?... Debe ser un peso muy difícil de llevar, el manejo de una Reducción.

Federico asintió en silencio pensando que su amigo no necesitaba justificar al viejo, ciertamente debe ser un peso agobiante la responsabilidad de decidir, se dijo, yo no me hubiera animado, por ejemplo, a decidir que subieran a la iglesia esas tejas tan pesadas...

Ya estaban algunos padres sentados a la mesa. Sobre el tablón cubierto con un lienzo blanco había un cántaro lleno de agua fresca mezclada con jugo de limón y miel. Jaime se sirvió un vaso hasta poco menos de la mitad y tomando la limeta que había a un costado, completó el vaso hasta el borde con vino.

-Algunas costumbres inglesas son muy agradables -dijo bromeando mientras elevaba el vaso en un brindis silencioso antes de beber-. Los ingleses beben así el vino amoldándose a los rigores del calor en estas tierras...

-Además de esa, los ingleses en el Caribe tienen muchas otras costumbres, que ya no resultan tan placenteras ni recomendables -dijo incisivo el Hermano Grimau.

Jaime lo miró entre divertido y confuso.

-Desde luego, mi buen amigo, pero esas yo no las comparto... Nada más me hacía eco de esta sabrosa sangaree.

Los demás rieron de su salida aparentemente inocentona.

En las cocinas podía verse el revoloteo de las mujeres disponiéndolo todo para el almuerzo y hacia un costado, ya en el patio, los hornos de barro parecían ampollas del suelo que dejaban escapar, de cuando en cuando, por sus bocas ennegrecidas, oleadas de un olor apetitoso que agitaba los estómagos.

Más hacia el fondo, en los bordes de las zanjas donde las brasas ardían estaban clavadas las estacas de guayabo que sostenían enormes trozos de carne que se asaban lentamente, lentamente, rezumando jugos que doraban la superficie formando una capa impermeable, guardando   —94→   el interior tierno y perfumado.

Del pequeño montículo de piedras que había a un costado escapaban algunos hilillos de humo: ya estaban por cumplirse las doce horas necesarias para la cocción de la cabeza entera, que fue metida envuelta con el cuero de la vaca en el hoyo donde casi un día entero se mantuvo un fuego vivo calentando la tierra.

-La preparación del asado es como el Purgatorio -comentó el padre Jaime olisqueando el aire golosamente-. Un tormento que nos hace valorar más la gloria que viene después...

Las carcajadas de los padres fueron cortadas por la llegada del padre Roque que, por una vez, creyó conveniente no expresar su desaprobación.

Terminado el almuerzo y como sobremesa, mientras los invitados comían las frutas, los niños cantaron hermosas canciones dando a los mayores un tiempo prudencial para descansar después de la comida y antes del inicio de los juegos.

Después de la acción de gracias en la mesa de los padres se tendió un silencio amodorrado: Jaime roncaba suavemente repantigado en su sillón, José hablaba con voz apagada con el encargado del Equipo de la Carpintería, a quien daba las últimas instrucciones para los juegos de la pelota que se iniciarían en breve (no es cuestión de que por algún descuido nos ganen los de la Huerta que son tan buenos, o los Troperos, que practican todos los días), Roque leía sus oraciones y Juan Antonio miraba sin ver, sus ojos perdidos en vagas ensoñaciones, la fachada del templo radiante de sol.

-«...y entonces vio que su obra era hermosa» -dijo Damián a su lado.

Juan Antonio agachó la cabeza entrecerrando los ojos algo avergonzado porque sin darse cuenta se había dejado ganar y su orgullo se regodeaba en una autoalabanza complacida.

Miró a su amigo y Damián vio que tenía los ojos llenos de lágrimas.

-Gracias, amigo.

Damián sintió que sus corazones se encendían de amistad fraterna, sintiéndose más unidos que nunca en este momento de dicha.

Con el correr de las horas el sol fue adquiriendo ese hermoso brillo dorado que hace inolvidables las tardes de mayo y el entusiasmo de la gente fue en aumento.

En un extremo de la plaza un corro abigarrado delimitaba el espacio destinado al juego de la pelota. El padre José se movía de un lado a otro alentando a sus muchachos, muy poco les faltaba para terminar la   —95→   competencia como ganadores y no descuidaba ningún detalle.

A un costado, hacia el lado de la huerta, los más jóvenes habían montado una estructura de tacuaras adornada con hojas de palma y hermosas guirnaldas de pasionaria con sus hojas verdes muy oscuras y en forma de corazón y sus vistosas flores de color violeta con los clavos del Señor en el centro, amarillos, y rodeados por la corona que ciñeron los malos en la frente del Santo Señor de la Paciencia.

En el fondo del entramado colgaron un lienzo pardo y delante del mismo, en un pequeño estante, colocaron unos muñecos de trapo entre los que no faltaba, desde luego, un fastuoso señor de frondosa cabellera y poderosos bigotes. Por sus lujosas vestiduras Roque pudo imaginarse a quién representaba, si bien es cierto que ningún detalle mostraba que se trataba del Caraí Rey, o del Caraí Gobernador que, para el efecto, venía a ser lo mismo: la Autoridad lejana, la que hacía y deshacía las cosas fuera de las Reducciones, la que tantas veces, aún cuando los padres enseñaran a amar y respetar, era rechazada por haber, antes y ahora, ocasionado tantos sinsabores amargos.

Al padre Roque le desagradó verlo pero no quiso intervenir, mientras la alusión no fuera explícita no vendría mal permitir esta no tan solapada rebeldía.

En las cercanías de la torre del campanario se había levantado un gran sobrado donde un grupo de mujeres se afanaba tratando de satisfacer al público acalorado con una profusa provisión de aguas refrescantes y diuréticas, mates fríos y calientes, y algunos refuerzos sólidos para una larga tarde de actividad y diversión: rosquillas dulces de almidón, humeantes mbeyú mestizo con queso abundante, tortas de maíz y chipas, esos dorados panecillos perfumados hechos con una sabia proporción de harina de maíz, almidón de mandioca, huevos de gallina, grasa y queso fresco.

Detrás de las casas de los indios, hacia el este, antes del inicio del yerbal, se había preparado una limpiada para las carreras de caballo que se correrían entre las cuatro y media y las cinco.

Juancito debía correr por Trinidad y aprestaba su caballo con mucho cuidado, alejado del resto de la gente. No tenían igual suerte los representantes de Santiago, de Jesús, o de San Ignacio Guazú, que eran acosados por un insistente grupo de curiosos que querían conocer de antemano las características de los competidores visitantes.

A Federico no le agradaba mucho abandonar a sus muchachos de la   —96→   Olería en momentos tan importantes («José está imparable con los suyos y gana una ventaja peligrosa») pero con su presencia entre el público hacía que se enfriara un poco la tentación de apostar, que los indios sentían con avidez creciente a medida que se acercaba la hora de la carrera.

El padre Roque se retiró a su habitación al promediar la tarde, mucho antes de terminar los festejos de la inauguración.

-Es mejor que busque el amparo de mi habitación -le dijo a Jaime tratando de que su retirada fuese discreta-. Comienza a refrescar y este gastado pecho mío no está para bromas...

Jaime le acompañó, apenado por lo débil y achacoso que notó a su anciano amigo, tan diferente al erguido y seguro portador del Santísimo que había sido esa mañana.

-Se cumplió una etapa importante, padre -dijo por decir algo al abrir la puerta del anciano.

-Todas las etapas son importantes.

Qué acritud, por Dios, se dijo Jaime pero no quiso molestarlo.

-Desde luego que sí, padre... pero la inauguración de la iglesia es muy importante, ¿no lo cree?

-Ojalá sea tan importante para ellos como lo es, sin duda, para nosotros... Tal vez en demasía, Dios nos perdone.

-Una Casa de Dios digna en una digna Ciudad de Dios -Jaime no pudo atajarse y pronto se arrepintió de su altanería.

Roque entró en su habitación y giró sobre sus talones demostrándole que no deseaba continuar la conversación.

-No niego en absoluto la importancia de la inauguración del templo; si me conociera bien sabría que lo digo de corazón. Pero digo también que es muy importante la construcción de las casas de los indios, ah, esa construcción tan dolorosamente atrasada... la construcción de los nuevos hornos para revitalizar la fundición, las zanjas longitudinales... tantas cosas, hijo, tantas cosas que quedan por hacer y el tiempo se nos acaba...

Mientras caminaba de vuelta hacia la plaza donde los festejos estaban en su apogeo, Jaime daba vueltas y vueltas en su cabeza a las palabras del anciano, ¿qué habría querido decir?, ¿qué tiempo se estaría acabando? No era lógico suponer que se refiriera a su retiro, por cuanto sabía muy bien que por encima de las personas estaban la obediencia, el orden, la disciplina, y eso aseguraba la continuidad de la obra... Probablemente   —97→   fueran ciertas las versiones de problemas que se le avecinaban a la Compañía, se dijo, aunque también era posible que las palabras del viejo se debieran solamente a su carácter agrio o a un inesperado abatimiento.




ArribaAbajo- 19 -

El cielo tenía una claridad sorprendente y las estrellas chisporroteaban enloquecidas después de que el viento sur barriera todas las nubes que durante el día habían empapado los campos con la lluvia tranquila y abundante. Las ranas croaban ondulantes, sus lamentos misteriosos, alucinantes, lo rodeaban todo yendo y viniendo, una y otra vez, más cerca o más lejos, repetidos, repetidos, repetidos... Cuando se iban acallando, repentinamente volvían a sucederse con una vehemencia inusitada y se enseñoreaban de la noche para luego comenzar otra vez a decrecer.

Damián cerró el libro que estaba leyendo y se apretó los ojos ardientes con la punta de los dedos, amigo Juan Antonio, pensó, qué difícil es rodearse del gozo de los símbolos y las verdades profundas cuando la verdad de cada día nos agobia...

Puso el velador sobre el candil y se acercó a la ventana, se sentía terriblemente cansado, sus sentidos por momentos se abotagaban pero en oleadas volvían a encenderse y no podía dormir, noche tras noche sufría por no poder dormir, el insomnio es el castigo de Dios por mi pensamiento insatisfecho, se dijo, por mi búsqueda insaciable, por mi cinismo, por mi falta de fe...

Miles de estrellas brillaban en la combada negrura y la luminosidad reverberó en sus ojos secos.

-Hay tesoros escondidos, Damián, que debemos encontrar... Todo está relacionado, todo está inscripto y expresado en la Verdad -recordó que le había dicho aquella siesta mientras caminaban hacia el jardín interior.

-¿Por qué Dios habría de hablarnos así? -se había angustiado ¿Por qué no habría de expresarse claramente y con amantísima bondad para enseñar a sus hijos?

-Sunt in Scripturis Sanctis profunda mysteria quae ad hoc absconduntur, ne vilescant.

  —98→  

-San Agustín.

Juan Antonio había sonreído sentándose a su lado en el banco de piedra, la siesta era calma y el jardín estaba brillante de sol, ese sol de julio que Damián tanto admiraba.

-Son verdades que están veladas por misterios para evitar que se contaminen...

-Es doloroso saber que hay hijos que nunca llegan a sentarse a comer en la mesa del padre.

-¿No es eso lo que tratamos de evitar?

-Sabes a qué me refiero.

-Desde luego; recuerda: «nadie viene a mí si mi padre no le atrae»

-No me agrada recordarlo. Siento la misma amarga impotencia que cuando leo a Teresa: al centro y mitad llegan solamente los convidados... Es verdaderamente triste.

-Avizoro nubes de tormenta.

Damián no se animó a sonreír como su amigo, llegó a preguntarse si las nubes de tormenta no formarían ya parte de él.

-Mi amigo Damián piensa, duda y sufre... -solía decirle el padre José en ese mismo jardín tan querido mientras jugueteaba con el cigarro entre sus dedos. Muchas veces Damián envidió la seguridad de su amigo. Trataba de esquivar ese pensamiento mezquino que le alejaba cada vez más del espíritu definido que envidiaba, seguro, pletórico de fe, verdaderamente amparado en la esperanza.

Días después Damián había visitado a Juan Antonio en su lugar de trabajo, al lado de la obra de la iglesia, y lo sorprendió inclinado sobre una mesa en la que tenía extendidas las láminas de la Planta del templo.

-No creo que sea la diferencia entre las diagonales la que te hace indagar con tanto ahínco -bromeó curioseando los papeles.

-También esa inexplicable diferencia me llama la atención, por cierto, pero no es eso, no... Cada vez encuentro más sutiles mensajes en los trazos del recordado Juan Bautista, Damián... Creo que aquí todo está escrito para el que lo quiera leer -su seguridad a Damián le resultó patética. Alisó la hoja con la mano y señaló con el índice-. Creo que todo esto es armonioso y diáfano. Y nos dice cosas. Fíjate: si trazamos sobre la Planta de Juan Bautista una cuadrícula con base 10 y en ella inscribimos un hombre, observarás que la cabeza del mismo cae donde en el templo está Jesús Eucaristía, ¿te das cuenta? El 10, sabemos, es número perfecto y Jesús...

  —99→  

-Perdón, ¿sabemos...?

-Lo sabes; deberías recordarlo. Y Jesús, decía, es Centro Perfecto, origen y medio por donde se accede al padre, como muy bien lo escribiera el padre de Prado: «... para que por esas manos y pies abiertos con clavos de doloroso amor tengamos entrada al Padre Eterno y a la Casa de la Reconciliación y el Perdón», o algo parecido, palabras más, palabras menos. Notarás también, porque es condición indispensable, que el hombre contenido en esta cuadrícula de base perfecta es, a su vez, perfectamente armónico en sus proporciones e imagen de la perfección del Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia. Y he aquí algo sugestivo: el hombre tiene los pies en el atrio y sus brazos extendidos en cruz sobrepasan los límites del templo. Intencionalmente, me aventuro a decir.

Damián no estaba seguro de comprenderlo bien pero prefirió guardar silencio.

-Intencionalmente, digo, porque podrás observar que el brazo derecho extendido enlaza la zona de trabajo en tanto que el izquierdo el Colegio, la fuente del saber, ¿sí?... Eso quiere decir: en el Oriente el esfuerzo que, encaminado y definido en Jesús, es base firme del conocimiento, en Occidente, ya en la madurez fecunda... ¿Puedes definir de mejor manera nuestro trabajo, Damián?, ¿no es acaso ésta la manera que tenemos de crear pueblos y ciudades mientras vamos y enseñamos...?

Damián no contestó enseguida porque en su cabeza bullían muchas ideas.

-Sin embargo -dijo señalando otra lámina-, aunque me hablas de la cuadrícula con la base 10, veo que las proporciones interiores también las tienes relacionadas con el número 6... La longitud del templo, descontando el atrio, es la repetición 6 veces de la medida de la cabeza de este hombre.

-Lo notaste -Juan Antonio no escondió su entusiasmo-. El 6 es también número perfecto: la secuencia 1, 2, 3, en términos geométricos representa el proceso generativo punto, línea, plano... y la suma de estos tres números: 1, más 2, más 3, es 6. Vitruvio nos dice que el número 6 es perfecto por la autoridad de los matemáticos mientras que el 10 lo es por la de los filósofos. Ten en cuenta que para obtener el 10, al 6 debemos sumarle 4, que es la concreción de punto, línea, plano, sólido, ahora lo recuerdas, ¿no? -Juan Antonio miró de soslayo a su amigo presintiendo su escepticismo-. Podrás notar que el Hombre 6, si me permites llamarlo   —100→   así, el Hombre 6, digo, genera con sus dimensiones el Cuadrado y el Círculo y que ambos tienen el centro en su ombligo. El ombligo es el lugar por donde se recibe la vida, dentro del vientre materno. Por otra parte puedes observar que el Hombre 10, éste que está parado con los pies en el atrio y con los brazos extendidos, en cruz, está inscripto en un cuadrado cuyo centro coincide con su sexo, lugar por donde se genera la vida, por el favor de Dios... Yo creo que Juan Bautista hizo una inserción de los dos Hombres para decirnos un mensaje...

Damián le miró dubitativo, sin entender muy bien lo que estaba diciendo. Juan Antonio apartó unos papeles que tenía en un costado de la mesa y tomó un viejo volumen ricamente encuadernado, el mismo que ahora, de noche, Damián estaba leyendo.

-Era de mi padre y guarda para mí un profundo valor sentimental -le dijo y Damián con curiosidad leyó el título: De Postrema Ezechelis Prophetae Visione-. Son los estudios para el Trazado del Templo que hicieron los Padres Villalpando y de Prado, según la descripción de Ezequiel en las Sagradas Escrituras... Mi padre me lo obsequió cuando ingresé a la Compañía; cuando supo que ya no viviría nunca más a su lado... Bien -fue como si espantara los recuerdos-, el Padre Juan Bautista Villalpando, al igual que el Padre de Prado, apoya las teorías antropomórficas de Vitruvio: la estructura humana sirve de pauta para la composición de los edificios, de esta forma, dicen, se guardará la debida relación entre las diversas partes, y entre las partes y el todo... aquello de las veces que entra la cabeza en la altura, etcétera, ¿me sigues?

-Te sigo -se impacientó-. Lo que no estoy entendiendo es aquello de la inserción del Hombre 6 y el Hombre 10...

-El Hombre de Vitruvio, el que llamamos Hombre 6, ¿sí?, está inscripto en un círculo cuyo centro está en su ombligo. Tiene los brazos y las piernas abiertos en una posición bastante incómoda, por cierto, y se proporciona sobre la relación de seis veces la repetición de la cabeza en la altura... Esa proporción admirable es la que encontramos en el interior del templo. Ahora bien, fijate en esto: si arbitrariamente agrego el atrio al desarrollo longitudinal me es posible, con mínimas correcciones, proporcionar la disposición de las partes sobre la base de la cuadrícula de base 10. Estoy introduciendo nuevos valores para mi análisis: estoy incluyendo el Atrio, primer acceso al templo, lugar reunitivo, apreciable desde el exterior, y que reúne además otras cualidades que sería largo e innecesario enumerar. No considero en este momento el mensaje de los   —101→   brazos abiertos del Hombre 10, me remito solamente a la nueva proporción, introduzco en mi estudio una nueva proporción... la inserto, ¿es la palabra apropiada?

Damián prefirió no contestar, no valdría de nada, se dijo, no me escucharía.

-Lo que persigo con esta revaloración es expresar que, así como es posible con un cambio lícito en el planteamiento inducir a interpretaciones diferentes, totalmente fundamentadas, puedo concluir que el verdadero mensaje está en la nueva alternativa. La inclusión del Atrio me permitió «cambiar» de proporciones y he ahí, me digo, un mensaje del Hermano Juan Bautista... Esto es lo que leo -pasó sus dedos por la lámina de la Planta-. El Hombre 10 con los pies en el Atrio y la cabeza donde en el templo está Jesús tiene el centro del cuadrado que lo contiene sobre su sexo. El sexo, lo dijimos, es por donde se genera la vida. En esa misma dirección en un costado de la nave, fijate, Damián, porque esto es muy llamativo, en esa misma dirección está colocado el púlpito, no en la mitad del desarrollo como hubiera estado si lo que le preocupaba era un prurito estético, ni más cerca del altar, si lo que buscaba era más comodidad para usarlo, sino allí mismo donde está, inexplicablemente para los desprevenidos, pero gritando a los que quieren comprender su verdad... El sexo del hombre-templo coincide con el púlpito, Damián... la Palabra es la fuente de Vida. La Vida que nosotros generamos es la proclamación de la Palabra...

Damián parado ahora ante la noche inmensa, agotado por sus interminables vigilias sin poder dormir, se sintió incapaz de regodear sus sentimientos buscando interpretaciones sutiles: la realidad cercana le acuciaba y antes que interesarse por símbolos sufría por sobrevivir. Damián, hijo, (recordó al padre José), sabes muchas cosas pero no conoces la Verdad.

-Ya lo sé, padre... aquello de no sembrar ni hilar...

-Y aquello de la humildad del corazón -aunque lo quiso, José no había alcanzado a sonreír al decirlo.

Volvió a su escritorio y con gesto indeciso acarició la tapa del libro que Juan Antonio le había obsequiado. Su frente estaba perlada de sudor y sus dedos temblaban cuando fue a arrodillarse frente al crucifijo que en la penumbra de su habitación era como la continuación de las piedras del muro.

Padre nuestro, rezó, y sintió que el pecho se le apretaba de congoja,   —102→   mi fe no alcanza para abandonarme en tus manos. Yo también querría ser un niño, querría poder gozar la inocencia y la confianza de mis hermanos, pero no puedo. El odio de la Corte puede llegar a ser peligroso... le dije a Juan Antonio que la decoración de los muros de la iglesia de Jesús podía ser mal vista, se lo dije, el Escudo Papal como principal ornamento puede considerarse como una ostentación afrentosa... ¿Es que nadie es capaz de ver los peligros que nos cercan? ¿Por qué todos se empeñan en vivir una hermosa fantasía...?




ArribaAbajo- 20 -

El resfriado que había atacado con insistencia al padre Roque durante el invierno del 60 cedió paso a un relativo florecimiento saludable durante los largos meses de calor, pero pronto volvió a llegar mayo con sus mañanas clarísimas y muy frescas y la salud del anciano se resintió.

A fines de mayo se entronizó el Santísimo en el templo de Trinidad y después de ese gran día se vio muy poco al padre Roque, que permaneció en su habitación, enfermo.

-Los padres comprendieron cabalmente mi debilitado estado y me favorecieron apoyando mi solicitud -le dijo a Damián entre jadeos asmáticos cuando lo hizo llamar-. También me alegra y me gratifica el hecho de que sea usted quien me va a suceder, padre.

Hacía un tiempo Damián lo venía temiendo.

-Padre -suplicó- ruego a usted y a mis hermanos que revean esta elección... No me considero capaz de asumir esta carga superior a mis fuerzas...

-Está restándose méritos artificiosamente, Damián, y eso no está bien. La falsa modestia es una falta abominable porque induce generalmente a un error culpable.

Damián se pasó los dedos por los ojos afiebrados, sintió el pecho encendido de animosidad y luchó por dominarse.

-No fue esa mi intención, padre Roque... Soy un humilde servidor en esta obra de Nuestro Señor y trato de hacerla lo mejor posible, pero no creo reunir los méritos suficientes para ocupar el lugar que usted deja... No me considero capacitado para asumir esa responsabilidad, es solamente eso.

El anciano permaneció callado un momento y en la habitación   —103→   solamente se oyó el sonido quejumbroso de su pecho entupido, por la ventana entreabierta se filtraba el cristalino vocerío de los niños en el patio del Colegio y un poco más allá, y apagados, los ecos de la actividad bullente en los lugares de trabajo, asordinados por la distancia.

-Usted me hizo la vida imposible muchas veces, padre Damián... -Damián le miró sorprendido pero no descubrió en la cara ni en el tono del anciano recriminación, sus palabras eran más bien la expresión de una verdad comprobada y ya aceptada-. Usted fue muchas veces como la espina clavada en mi costado... ¿recuerda a Moisés en su largo peregrinar por el desierto con la insidiosa presencia purulenta de «la espina» quisquillosa? -el anciano tuvo un acceso de tos producido por la risa que no llegó a aflorar y Damián permaneció silencioso sin conseguir apreciar el sentido de humor de su Superior, que le resultaba totalmente desconocido-. Disentimos en muchas oportunidades, Damián... y usted nunca mostró el menor interés por esconderlo. Muchas veces, muchas, muchas veces... Casi siempre estuvo en desacuerdo conmigo.

-Padre Roque, discúlpeme... no fue mi intención molestarle. Humildemente le pido perdón.

-No tengo nada que perdonarle. Usted mantuvo siempre su opinión porque es un hombre de criterio firme.

-Criterio, padre, criterio... Yo lo único que hice en todo este tiempo fue criticar, criticar esto, criticar aquello...

-No se subestime artificiosamente. No induzca al error culpable.

El anciano calló y Damián se echó atrás en su sillón de madera apabullado por la tremenda verdad que se iba abriendo paso a paso en su conciencia. Enfrentado a la crisis concreta y en los umbrales de la nueva y temible responsabilidad que habría de llevar comprendía la inmensa diferencia que había entre juzgar el trabajo de los otros o ser el responsable de hacerlo. A la posibilidad de hacer las cosas bien y a satisfacción se contraponía el indeterminado alcance del peligro de equivocarse. Sus antiguos miedos y los fantasmas de sus dudas le cercaron rodeándolo en un aquelarre terrorífico y se sintió inseguro, como si estuviera parado solo en medio de una inmensa llanura agostada que se perdía en los límites de horizontes desconocidos y cambiantes. Señor Jesús, musitó, ¿cómo habría de ser capaz de conducir con firmeza este amado pedazo de tu pueblo...?

Descubrió los ojos del anciano fijos en él y notó en ellos una conmiseración5 profunda que le llenó de pavor.

-No es fácil ser Superior, padre Damián, se lo aseguro; no es fácil ser   —104→   la última instancia. Por momentos hasta llega a resultar doloroso. Pero es un trabajo que debe hacerse; no podemos permitir que la falta de fe nuble nuestros ojos aumentando las penurias y los temores... Somos obreros de Dios, hijo mío; y en Dios encontramos nuestra fortaleza.

Tres días después el padre Roque fue llevado a San Ignacio Guazú en donde viviría los años de su retiro porque tercamente se opuso a retornar a Europa, y los padres de Asunción consintieron que se quedara por no someterlo a las penurias de un viaje difícil y agotador viendo su deteriorada salud.

Damián y los demás padres le acompañaron hasta la salida del pueblo en medio de la despedida emocionada de los indios que formaron cordones a ambos lados del camino.

-Deben amarnos mucho -comentó a media voz Federico.

-O no nos aman nada y no les importa fingir.

-Es un pensamiento maligno, Grimau -los ojos del padre José brillaron-. E injusto.

Los sacerdotes acompañaron la carreta del anciano hasta el cauce del Mbataví en donde Roque les abrazó uno por uno y les dio su bendición, ya no volvería, lo sabía muy bien, nunca más volvería a su Ciudad amada, no volvería a ver el templo que ayudó a levantar, a escuchar sus campanas, a contemplar los maravillosos amaneceres desde la cresta sobre el bajo de la Olería...

-Queremos hablar contigo, Damián -le dijo José cuando volvieron mientras los demás esperaban un tanto alejados.

-¿Ahora, padre?

-Queremos... no sé, ya veremos cómo sale, queremos expresarte nuestra adhesión, nuestro afecto, tú sabes...

-Les agradezco pero ahora no, padre; excúseme con los demás, por favor, y perdóneme.

Fue hasta la iglesia y cayó de rodillas ante el Santísimo colocado en su hermosa caja dorada debajo de la imagen de la Trinidad. Estaba tomando conciencia de la enorme responsabilidad que comenzaba a cargar sobre sus hombros y la partida del anciano fue el signo visible de lo que le esperaba. Cuando la carreta se iba alejando se sintió solo, solo en medio de los demás y el temor le hizo flaquear.

Recorrió con los ojos los hermosos muros tallados que le rodeaban, el largo techo abovedado y la cúpula imprecisa en la penumbra, taladrada por finísimos rayos de luz, era un canto de gloria a la grandeza del   —105→   Señor, el canto que entonaban él y sus hermanos en medio de la selva, lejos y alejados de cualquier mundo conocido y que había sido posible por la fe y por la fortaleza del amor. Y se avergonzó del temor que le estaba carcomiendo.

En recuerdo de la dolorosa agonía de Jesús rogó a Dios que le diera fuerza para aprender a confiar en su misericordia...




ArribaAbajo- 21 -

Don Venancio Carrillo y Pedroza estaba indeciso y su humor no era agradable esa mañana. Además estaba preocupado, estas cosas nunca vaticinaban nada bueno. ¿Debía autorizar que dos de sus indios acudieran al llamado del Gobernador? Los muy malditos habían manifestado su interés de alistarse en la tropa de voluntarios, malditos sean, ellos, el Gobernador y hasta los mismísimos jesuitas que para ser echados alejaban de su casa a Bernardino y Casiano, precisamente a ellos, los mejores clasificadores que tenía, los más despiertos, los menos haraganes... ¿no habría sido lo mismo que cualquier otro se fuera?

-Ni lo dude, padre; no puede negarse a que vayan -le había dicho Julio cuando terminaban de desayunarse en la sombreada galería de la casa, bordeada de crotos y helechos mientras el calor comenzaba a hacerse sentir presagiando otra jornada agotadora-. El Gobernador tomaría una negativa suya de usted como una afrenta personal... Suficientes problemas tiene ya con este secreto a voces; su llamado debe ser tomado casi como una orden para alistarse.

-Pero por qué justamente a mí tiene que sucederme una cosa así... estos malditos salvajes son capaces de ofrecerse a la muerte con tal de no trabajar...

Más tarde, aceptó a regañadientes los elogios (que desconfió burlones) que recibió en la Sala de Guardia de la Casa Fuerte cuando inscribió a sus encomendados en la lista de voluntarios.

El Regidor parecía realmente divertido sentado en su silla de alto respaldo en la habitación bien ventilada, le era posible observar el enojo difícilmente disimulado en la cara de este maldito orgulloso que, por esta vez, debía agachar la cabeza ante él.

Don Venancio presentía los oscuros sentimientos que escondían las palabras melifluas pero no le daría, por Dios, la satisfacción de demos [...]   —106→   hasta perderse allá, después del trajín de los soldados en el patio, detrás del murallón que rodeaba el cuartel, en la colina verde que se elevaba hasta quebrarse en la Lomada del Mangrullo, hacia el poniente, toda coloreada por los ybyrapytá florecidos anticipadamente.

-Agradezco en nombre del señor Gobernador su alto espíritu de colaboración, don Venancio -dijo el Regidor con un tono pomposo que le alertó-. ¿Sería mucho pedir de su bondad una ayuda para esta empresa? Le rogamos que sus indios vengan proveídos de lo necesario para tres días de viaje, por lo menos... Todo lo demás correrá por cuenta de esta Gobernación. Será muy agradecido su desinteresado aporte, don Venancio.

Cuando regresó a su casa Venancio llegó hecho una fiera y Julio alertó con la mirada a su madre y sus hermanas para que guardaran un silencio prudente.

-Además de sacarme a mis dos mejores indios me exigen darles comida, ¡por Cristo!, es inconcebible... ¿por qué justamente a mí habría de tocarme vivir bajo una administración tan despiadadamente miserable?

Silencioso Julio observaba a su padre ir y venir entre los pesados muebles del comedor ante la mirada asustada de las mujeres, no era prudente que dijera nada ahora, pensó, ya tendría tiempo después para pedirle a su padre permiso para alistarse él también. Ya vería la mejor forma de hacerlo, no dejarían de entusiasmar a su padre las grandes posibilidades de esta incursión. Además le harían quedar muy bien con el Gobernador, que buena falta le hacía.

Al anochecer del jueves siguiente Bernardino, que ya creía que su pedido de alistamiento había sido olvidado, se sorprendió cuando le entregaron, al salir de la barraca casi a oscuras, una blusa azul y un bombachón encarnado.

-Mañana vístete con esto -le dijo el Caporal- y preséntate a las seis en la casa.

Con el corazón vibrando emocionado llegó a su rancho y le mostró las ropas a Salustiana, que en ese momento volvía de la bahía con el cuenco sobre su cabeza chorreando agua.

Ella tomó las prendas de brillantes colores y las dejó en la banqueta. Con un soplo apagó la semilla de tártago que ardía humeando engarzada junto a otras, colgando al lado de la ventana, y la luz de la luna marcó un rectángulo en el piso. Desató el nudo del trapo que ceñía la cintura de su hombre y le desnudó.

  —107→  

Se sacó ella la blusa larga y se tendió en la estera, cerca del rectángulo lechoso.

Sumergida en lo más profundo de las sombras, su cuerpo se adivinó solamente por el reflejo afelpado de su piel, interrumpido en el triángulo del vientre, agigantado, misterioso, irresistible.

Bernardino la miró con ansiedad, parado desnudo en medio de la habitación, con los sentidos enardecidos y sin saber qué hacer.

-Ahora mismo -le dijo Salustiana desde la oscuridad-, ahora, ahora, antes de que te hagas soldado...

Más tarde la luz de la luna pasó sobre ellos hasta afinarse y morir contra la pared de adobe y fue cuando la ventana floreció de estrellas pero ni siquiera entonces Bernardino pudo dormir. A su lado Salustiana dormía profundamente, toda envuelta por ese perfume de mujer-tabaco que a él le acompañó en la memoria encendiéndole las ganas muchísimo tiempo, después, ¿qué tanto puede cambiar las cosas un uniforme?, pensaba.

-Mucho -le dijo Casiano de madrugada, cuando se bañaban en las frías aguas de la bahía antes de ponerse los uniformes-. Lo que pasa es que con estas ropas vamos a parecernos un poco más a los españoles y eso cambia las cosas...

-¿Qué es lo que tanto pueden cambiar?

-Ya te vas a dar cuenta.




ArribaAbajo- 22 -

-Quiero pensar que lo que estás haciendo no es otra cosa que una gentileza, ahora que ocupas tu nuevo cargo -le dijo una siesta el padre José en el jardín de los alhelíes y Damián le miró sonriendo, ya me lo esperaba, pensó, pero no imagine que fuera tan pronto.

-¿Qué duda o temor le acosa, padre? -preguntó con ironía utilizando la misma frase que el hombrachón solía decirle a él. José se tranquilizó: el Superior no le recriminaba su falta de respeto, seguía siendo el mismo Damián con quien tantas veces se sincerara.

-Me parece que no es conveniente que te involucres personalmente en el manejo de la población, hijo... Hay otra forma de hacerlo, más solapada... bien, no te enciendas, más prudente, eso es lo que quise decir. Tu cargo exige cuidados especiales. ¿Qué es lo que buscas visitando a los caciques?

  —108→  

-Nuestros hijos recibieron mi nombramiento sin desagrado, padre.

-Como debe ser.

-Pero tampoco demostraron agrado, ¿lo digo bien? Es como si hubieran recibido mi nombramiento como algo que tenía que ser, algo que debía suceder, no importa que fuera bueno o malo...

José resopló por lo bajo e inició la búsqueda de un cigarro para triturarlo entre sus dedos, me lo estoy viendo venir, musitó, lo veo, lo veo.

-¿Hubieras preferido fiestas y homenajes?

-Usted sabe que no. Hay algo, no sé qué, que no está claro... No percibo reacciones, padre: ni sí ni no, ni bueno ni ruin... Es todo para ellos tan sencillo y placentero que por momentos presiento un cinismo que, por Dios, me avergüenzo de sentir. Les he escuchado muchas ideas, muchos planes, muchos principios, pero... ¿cómo decirlo?, en todo momento me pareció escuchar solamente ecos de cosas que antes alguno de nosotros les dijera, pensamientos que expresó el padre Roque, posturas que yo mismo fijé... no sé explicarlo correctamente.

-Por cierto es notorio que no lo explicas correctamente. No puedo aceptar que sea tuya esta interpretación parcializada, tan ingenua e incompleta, de los principios de Orden y Disciplina que hemos inculcado entre nuestros hijos... Hemos establecido entre ellos, lo sabes muy bien, o deberías saberlo, principios de libertad dentro del orden, algo así como la libertad del hombre: completa y perfeccionada dentro de los Mandamientos de Dios, observando las distancias lógicas, desde luego.

Damián sonrió con escepticismo.

-No logré alcanzar pensamientos tan elevados, padre. Yo más bien observé una peligrosa carencia de iniciativa, un dejarse estar cómodo y acomodado.

José encontró por fin el cigarro en un bolsillo interior y Damián pudo notar que estaba nervioso porque no se deleitó como acostumbraba olisqueando su perfume o sintiendo el suave ruidito de sus hojas sino que lo mordisqueó una y otra vez.

-Es lo que me había imaginado. Quiere decir que te acercas a los Caciques con la oscura intención de agitar la calma que con tanto sacrificio logramos instaurar.

Damián prefirió hacer que no le había entendido.

-Por cierto, los Caciques ya no son lo que eran, padre. Los padres que nos precedieron han conseguido trabajar la masa y lograron insertar   —109→   nuevas estructuras de autoridad... Pero aún así siguen siendo los jefes naturales de sus pueblos, ancianos los más, doblegados...

-Eso no, Damián, eso es ya una exageración molesta.

-Asimilados, padre, reducidos, eso quise decir, adaptados a la nueva cultura. Siguen siendo los jefes naturales de su pueblo, decía, y es posible que mantengan, en el fondo de sus conciencias, el fuego que es necesario tener en la adversidad para seguir viviendo...

-¿Debo entender, padre Damián, que estás soliviantando los ánimos de nuestros indios para que se alcen contra nuestra autoridad?

Por un momento Damián desconoció a su amigo.

José notó el desconcierto en el rostro de su joven Superior y se apenó.

-Hemos dirigido a estos hijos nuestros con amor de padres, Damián.

-Cuánto daría por estar así seguro...

-Por Dios, Damián, hijo...

Damián sonrió cuando vio el tabaco apedazado que caía de las manos del padre José.

-Creo firmemente que lo que hacemos es lo que tenemos que hacer, padre, tranquilícese, el cigarro no tiene la culpa... -no le importó que su amigo expeliera el aire con fuerza, ruidosamente-. Hemos establecido entre ellos Autoridades, principios, leyes, incluso hemos logrado implantar modificaciones sustanciales de criterios en uso, injustos y poco racionales. Pero nos responde el silencio, padre. ¿Nos escuchan?, ¿cree usted que en verdad nos escuchan? Quizás tan sólo nos obedezcan... Pero no, me digo, no es así, y entonces oigo también la voz de muchos de nuestros hermanos: en verdad nos aman... -se levantó y caminó unos pasos. José le miraba con el corazón anegado de angustia-. Pero por ese amor, o por la razón que sea, se establecieron entre ellos y nosotros unos lazos de dependencia tal que llegan a asustarme. Yo creo debemos determinar, padre, si estos seres mansos, que no esconden malicia, como a usted tanto le agrada decir, han llegado a asimilar criterios firmes, si serán capaces, sin nuestra sombra protectora, de mantenerse fieles a la vida que ahora aceptan y disfrutan... No los veo capaces de vivir sin nosotros.

-¿Es ese el único motivo de tu preocupación?

-No lo es. Me acerco y los indago porque me satisfaría, también, saber que esta vida de niños que ahora gustosamente viven la aceptan como hombres, y discúlpeme este juego de humor, pero aquella vez que   —110→   tocamos este tema, hace tiempo, usted se molestó bastante y por eso busco la manera menos molesta de expresarlo.

-¿Exige un padre al hijo que le ama la «razón razonable» de su amor?

Damián sonrió.

-Tocado -dijo y se agachó para oler un ramito de alhelíes que se mecía con la brisa-. Y también lo hago, entre otras cosas, para que estemos absolutamente seguros de que libremente deciden vivir con nosotros y como nosotros. Libremente, padre José, y no empujados por la comodidad, obligados por el miedo... Necesito saber que es libre esta unidad que...

-Ah, Damián, hijo, me ofuscas... -se levantó bruscamente para encaminarse hacia la salida del jardín-. Y es soliviantando como piensas lograrlo... rompiéndola como piensas preservar la unidad...

-¡Padre José...! -Damián se recriminó enseguida por no haberse podido dominar-, ¿romper qué?, ¿soliviantar?

-No escojas el camino equivocado -aunque sorprendido por la violencia de su amigo, José no dio el brazo a torcer-. No te dejes vencer por la soberbia: no eres el primero, ni serás el último. Nada de lo que aquí hacemos es una improvisación y mucho menos un juego de niños... Todo está muy sabiamente dispuesto, no deberías olvidarlo. A veces intentamos erigirnos como idolillos de barro arrasando posiciones al son de tambores. El manejo prudente y sabio no es siempre evidente, este es un pensamiento hermoso, anótalo.

-Mucha estrategia pero al final no queda nada.

-Tú crees que no; yo que sí. No deberías sorprenderte tanto por la falta de respuesta porque, en realidad, nunca pedimos respuestas, y puedes tomar mis palabras en el sentido que quieras... No intentes cambiarlo todo de la noche a la mañana.

-A veces usted me sorprende.

-Evidentemente tomaste mis palabras en el peor de los sentidos, y no fue esa mi intención... Lo que quise decir es que siempre nuestra participación fue solapada, y me explico: hacerlo haciendo ver que son ellos quienes lo hacen... es así, ¿no? y así conocen, y aprenden, y algo queda. Eso creemos.

Cuando el padre José se fue, Damián permaneció un rato más en el jardín meditando, ¿hasta qué punto es lícito que finjamos lo que el padre José dice que fingimos?, pensó.



  —111→  

ArribaAbajo- 23 -

El sol comenzaba a alargar las sombras dorando el polvo del camino cuando en la cresta de la lomada se divisó el caserío de la Posta Ybycuá. El calor era un peso en los hombros y la tropa quedó envuelta por los encendidos olores del monte, acosada por el zumbido de las mosquitas negras que iniciaban su danza enloquecida en el crepúsculo, agobiada por el cansancio.

Gracián detuvo su cabalgadura para observar el paso de sus hombres, Capitán triste de una triste tropa, pensó melancólico observando el irregular desplazamiento, los recursos de la Gobernación eran por cierto limitados, casi rayando la miseria, pero la desproporción ante la empresa que les ocupaba era irracional, casi una burla.

Desde Buenos Aires subía el Gobernador Bucarelli al mando de mil quinientos hombres con destino a Candelaria, capital de las Reducciones, pero su tropa era también, a todas luces, insuficiente. Algunas estimaciones no confirmadas hablaban de la existencia de casi treinta mil indios armados y dispuestos a defender sus Ciudades. Su Majestad, allá en la Península, no tenía la más remota idea de lo que sucedía en este lado del mundo. La de ellos podía convertirse, definitivamente, en una misión suicida.

Sentado cerca de la hoguera encendida en el limpión cercano a los corrales de la Posta, Gracián no podía ocultar su preocupación.

-Quién nos hubiera dicho, amigo mío, que nos veríamos embarcados en esta maldita aventura.

Julio rió y con un tizón encendió su cigarro expeliendo una espesa bocanada blanca y picante.

-No dejes que la preocupación opaque tu entusiasmo... ¿Te imaginas lo que haremos nosotros, los primeros, entrando a las Reducciones como dueños y señores?

-Lo único que logro imaginarme es un gato enorme, con ojos dorados y encendidos, relamiéndose al mirar cómo se le acercan cuatro o cinco ratoncitos tímidos...

-¿Tienes miedo?

-¿Eso crees?

Muchas correrías habían vivido juntos como para que no supiera que Gracián no tenía miedo, muchas armas podrían tener los indios pero   —112→   no serían tan filosas como las de tantos padres celosos, maridos cornudos, amantes despechados que le habían perseguido, ni tan peligrosas como los colmillos afilados del curé caaty en las barrancas de Itá Pytá Punta.

-Recuerdo cuando con el arma descargada hiciste frente al cerdo jefe de la manada solamente con el facón... Me aterrorizó verte parado en medio de la picada, esperando, mientras la fiera corría hacia ti más rápida que el viento, y me acerqué galopando como loco, salté a tierra y traté de apuntar pero ya no hacía falta... ¡Ah!, con cuánta razón recriminé tu loca temeridad...

-Y luego nos reímos.

-Sí, ante el cerdo que mataste nos reímos, pero el peligro fue grande... Esa vez, amigo, respondiendo a mi enojo me dijiste lo que yo te digo ahora: ¿qué importa el peligro de muerte ante tanta emoción?

-Éramos locos.

-Lo somos. Con nuestro facón podremos despanzurrar el cerdo...

Molesto consigo mismo Gracián eludió el enfrentamiento directo, pero le desagradó lo que entrevió en las palabras de su amigo.

-Dicen que las minas de oro de los Jesuitas son inagotables -comentó Julio como al descuido mirando la brasa de su cigarro.

-Fantasías. Son puras fantasías.

-¿Te parece? Yo no lo creo. Mientras nuestras ciudades sobreviven en una abrumadora pobreza, orgullosa por cierto, mas no por eso menos pobre, las Reducciones son verdaderamente florecientes... Construyen iglesias de piedra, Gracián, y talleres, y fábricas, venden productos, pagan sus contribuciones... Dicen que hay un túnel secreto que parte de Trinidad y nadie sabe adónde va; lo notable es que dicen que también hay un túnel que sale de San Ignacio Guazú...

-Dicen que dicen.

-No lo crees.

-Son muchos díceres, muchas suposiciones, muchas fantasías...

Julio se molestó.

-Tenemos la posibilidad salir de dudas... entre tus voluntarios hay un apóstata.

-¿Apóstata?

-Así les llaman a los indios que abandonan las Reducciones. Llámalo; es un indio de mi casa.

A Gracián no le agradó la forma en que lo dijo, pero en realidad no pudo definir si era eso lo que le molestó o la actitud de Julio, sus   —113→   relaciones eran ahora diferentes, porque una cosa es compartir con gusto interminables excursiones de caza o prolongadas farras recorriendo el bajo, durante las cuales contabilizaban con esmerada precisión las veces que uno y otro lo habían hecho, hasta que por fin llegaba a sentirse hastiado, ganador algunas veces, perdedor las más porque Julio parecía incansable y se entregaba a la empresa con adhesión total, como si fuera la más elevada de las metas... y otra cosa muy distinta era tener que controlarlo en una misión tan difícil. Muy atrás quedaban las alegres correrías juveniles, lo que hacemos ahora, se dijo con amargura sumido en oscuras premoniciones, es casi como abrirle al gato la puerta de la carnicería.

-Yo nunca estuve en Trinidad, señor -le contestó después el indio, cosa rara, asustado-, recorrí muchas poblaciones llevando tropas de ganado pero nunca estuve en Trinidad.

Julio hasta ese momento no había hablado, se había contentado con observar sin perder detalle, pero ahora se acercó.

-Viviste en Jesús, y Jesús está muy cerca de Trinidad, Bernardino. Y fuiste tropero, o sea que ibas de un pueblo a otro constantemente, y ni aun así nunca llegaste a Trinidad... no parece lógico.

Bernardino se dio cuenta de que no le creía pero, ¿qué podía hacer?, si le contaba toda la historia tampoco le creería, si no creyó una cosa, tampoco creería la otra.

-Nunca estuve allí, señor.

Julio se apartó nervioso, a punto de perder el control. Caminó unos pasos y se volvió abruptamente.

-Pero sabes dónde guardan el oro, ¿no?

Bernardino notó que el Capitán le hacía callar con un gesto enérgico.

-Yo no sé nada de eso, señor Julio... nunca he visto un lugar donde se guarde oro, en ninguna parte que fui.

-Ya lo encontraremos -escuchó que decía a media voz-, removeremos cielo y tierra hasta encontrarlo.

El Capitán Villate le despidió con un gesto y mientras se alejaba, de reojo Bernardino miró cómo hablaban, como si estuvieran peleando.

-¿Qué son esas cosas del oro, Julio? -no puedo esperar más, se dijo Gracián-. Cuando acepté preguntar al indio fue con el deseo de saber cosas de su pueblo y el muy ladino, por cierto, eludió la respuesta, pero esto del oro no me gusta.

-No tomes en cuenta. Me molestó notar que con tanto descaro nos mentía...

  —114→  

-No voy a permitir desmanes, Julio, no lo olvides. Voy a reprimir con rigor cualquier vandalismo... bastantes problemas de conciencia tengo ya con esta malhadada misión y nada hay más lejos de mis deseos que complementar mis angustias con problemas así...

Ya voy entendiendo lo que es parecerse más a los españoles como dijo Salustiana, pensó Bernardino mientras tanto, esta tarde me pude dar cuenta cuando me acerqué al palenque de la Posta con el caballo del señor Julio: con un gesto de mi mano le hice venir corriendo al mitaí encargado de atender los caballos, qué se creía, yo no podía esperar todo el día. Cuando vio el uniforme el mitaí corrió. Pero parecerse a ellos no es ser como ellos; no nos creen, siempre piensan que les escondemos algo.

Bernardino se vio a sí mismo parado en una lomada, la noche era oscura y el cielo de tanto en tanto se recortaba con unas rayas de luz, a sus pies, allá abajo, estaban las casas de Trinidad, aunque ahora era de noche.

La iglesia, grande como una montaña, tenía en su techo unos agujeritos iluminados, como cientos de ojitos que le miraban desde muchas partes a la vez, y lo raro era la puerta de entrada: una boca abierta, roja, anaranjada, como si adentro hubiera fuego, un fuego ruidoso, era como la boca de un enorme tatacuá encendido, igual que la ventana de la Capilla de los Muertos donde estaban velando a Rosa hecha de ceniza, pero que chupaba, chupaba, chupaba, una boca de fuego que chupaba.

Despertó sobresaltado y sintió que el corazón le saltaba en el pecho, mucho rato después siguió retumbándole en la garganta. A su lado dormía Casiano y un poco más allá, rodeando la hoguera que los centinelas mantenían encendida, la tropa de voluntarios.

Se dio cuenta de que había estado durmiendo de costado, dando la espalda a la profunda oscuridad. Giró sobre sí para darle frente a la noche y sintiéndose más seguro sabiendo que a sus espaldas estaba Casiano y el resto de la tropa. Un anó negro y brillante había pasado volando bajo detrás de su cabeza aquella madrugada en la bahía, lo recordaba ahora con todo detalle sin explicarse por qué, tan cerca había pasado que casi sintió el roce de sus plumas en la nuca, y se había sorprendido mucho encendiéndosele la piel con mil puntitos. Al seguir caminando el anó había vuelto a hacerle la pasada, pero esta vez desde el poniente, o sea haciéndole una cruz sobre la cabeza.

Feliciano le estaba mirando, sentado delante de su rancho, sorbiendo el mate caliente.

  —115→  

-¿Viste eso, Feli?

-Lo he visto. No es bueno.

-¿Qué quieres decir, amigo? -preguntó alcanzándole un trozo de lomo de pescado.

-Van a procurar desgraciarte.

Bernardino había sentido sobresaltársele el corazón, igual que ahora, con los ojos bien abiertos taladrando la tenebrosa profundidad de las sombras.

-¿Desgraciarme?, ¿de qué tengo que cuidarme, Feliciano?

-No lo puedo saber -el anciano había escondido sus ojos removiendo con la bombilla la yerba de su mate-. Sólo puedo saber lo que está dicho, lo que mostró el anó cruzándose sobre tu nuca.

Y eso significa muerte, se había dicho Bernardino sacudido por un escalofrío que recorrió su cuerpo, eso significa muerte, se repitió ahora sintiendo que un sudor resbaloso brotaba por sus poros, qué curioso, era el mismo sudor que había hecho brillar su piel cuando se desnudaba para cruzar el Caañabé, es miedo, se dijo y la piel se le hizo como de gallina, tengo miedo.

Se dio vuelta poniéndose boca arriba, con la espalda apoyada en el suelo, sintiendo la tibieza de la manta que había calentado con su cuerpo.

Sobre sus ojos la noche era una profunda caverna llena de puntitos de luz. Miró a su alrededor y vio los cuerpos tendidos cerca de él. Hacia los corrales, ya muy cerca de la valla de madera, dormitaba el centinela y cerca de las casas todo era silencio y oscuridad, solamente la ventanita de la cocina era un hueco rojizo y brillante. Sintió una vez más el temblor que recorría su cuerpo, la boca de fuego, pensó, la boca que me va a chupar hasta que por la espalda me venga el mal.




ArribaAbajo- 24 -

Las velas reflejaban su luz amarillenta repetida por los cristalitos tallados que colgaban de los brazos del candelabro sobre el blanco mantel de ahó poí que cubría la mesa.

Cuando venía de su habitación Gracián vio a su madre que parada en lo más oscuro del amplio comedor controlaba ansiosamente su ir y venir en la casa silenciosa.

-Pronto estaré de vuelta, madre -le dijo acercándose-. No llore, por favor... su llanto hace todas las cosas más difíciles.

  —116→  

De la cocina llegaba el olor a mate cocido que hervía en la gran olla de hierro y por la ventana abierta hacia el este se veía el brillo inusitado que adquiere el lucero del alba algunos momentos antes de comenzar a clarear. En algún gallinero cercano cantó un gallo y enseguida se le sumaron otros, más cerca, más lejos, alguno casi inaudible...

Doña María de los Ángeles se secó los ojos con un pañuelito de encaje, no quería que su hijo la viera llorar pero no pudo atajarse, por Dios, qué cosas dolorosas tiene la vida, se dijo, qué pena que Gracián tuviera que irse, cuántos peligros le acecharán...

-¿Por qué debo hacerlo, padre? -le había preguntado Gracián airado el día antes, cuando volvió de la Casa Fuerte con la orden de ir a las misiones comandando la tropa de voluntarios -¿Por qué debo hacer algo tan lejano a mis deseos?

Justino se había movido nervioso en su asiento y había calculado bien sus palabras antes de decirlas, los jóvenes son difíciles, había pensado, y por más que Gracián era un hijo respetuoso y obediente, uno nunca sabía cuántas molestias podía ocasionar la falta de tacto de los jóvenes, esa reclamación irresponsable a la que nos someten con sus preguntas, con todas esas cosas...

-En primer lugar, porque es una Orden -dijo con cautela sabiendo que no serviría de mucho; su hijo volvería a insistir.

-Una orden, un capricho, una venganza, un lo que sea... que proviene del otro lado del mundo -Justino frunció el ceño al percibir su ironía, me lo esperaba, pensó, irresponsable y sin tacto.

-El otro lado del mundo es nuestro mundo, hijo.

Gracián no había contestado de inmediato porque conocía muy bien los breves asaltos de parquedad en su padre, así como definía esas palabras medidas, escuetas, que ponían sobre aviso al interlocutor cuando las cosas le resultaban evidentes sin necesidad de mucha argumentación. Pero en un caso como éste Gracián no estaba del todo seguro de que su padre tuviera razón: lo queramos o no, se decía, aquel lado del mundo no es ya el único mundo existente; no para mí. Y realmente, aunque a Justino le mortificara que se lo hiciera ver, ni siquiera para su padre.

Que Gracián naciera en Asunción, según Justino, no pasaba de ser un accidente, su hijo era tan español como el que más, hijo de padre español y de madre, a su vez, hija de un rico comerciante español afincado en Buenos Aires; pero la realidad no era exactamente así. Nacer y criarse   —117→   en Asunción signó en Gracián una diferencia: sus relaciones, sus amistades, sus costumbres, en suma, hicieron que se sintiera un español diferente, un español para quien no era Europa el único mundo.

En su último viaje a España, cosa rara, tan lejos de la realidad que en Asunción tenía delante de sus narices, y despojado de todas las rutinas diarias que por la distancia se desdibujaban, Gracián había profundizado su conocimiento de los escritos del fraile De las Casas y esa abrumadora sorpresa había sido como el despertar a la conciencia de una situación que, por acostumbrada, se le había convertido en algo aceptado, hasta si se quiere inexistente, aunque racionalmente no la hubiera aceptado nunca.

El planteamiento de la situación no era fácil. Las denuncias del fraile tenían la rudeza y la crueldad necesarias para despertar las conciencias y fueron un estremecedor descubrimiento para el joven porque en la vida cotidiana, o quizás porque en su familia siempre se habían opuesto a muchas de las prácticas denunciadas, esa crudeza no había llegado a adquirir plena conciencia en él, matizados como vivió los hechos por acciones propias de la convivencia, de los afectos, del humor, hechos todos, importantes o no tanto, que evitaron en todo momento que se viera involucrado personalmente en las acciones ruines denunciadas. Puede haber sucedido en alguna parte, llegó a admitir, pero en nuestra cercanía, por cierto, no.

Pero las cartas del padre Bartolomé le habían indicado algo, le habían mostrado un indicio acusador: lo que con comodidad y ventaja se tomaba como algo enteramente natural no era así, era una odiosa imposición injusta. No era así en todos los casos, se dijo, la Encomienda fue para muchos un gran bien y de gran provecho, pero la sola existencia de abusos, que los había, ya la descalificaba.

Doscientos años después de escritas las Cartas le habían despertado, toda una eternidad ha pasado y mientras tanto las cosas, aunque modificadas, siguen siendo igualmente dolorosas, como si no hubiera redención posible, se había dicho entristecido caminando por la polvorienta lomada casi desértica de las afueras del pueblo de su padre y en cuyo monasterio Cisterciense, que con su adusta mole dominaba el caserío, solía ir a rezar.

-No creo que seamos honestos, padre, al expulsar a los Jesuitas.

-¿No lo crees?

-Llegaron a hacer cosas muy grandes en sus Ciudades, según dicen.

  —118→  

-También se dicen muchas otras cosas -¿qué piensa este hijo mío?, se dijo Justino sin sacar los ojos de él.

-Esos trabajos son meritorios...

-Por cierto; lo son.

-Con la expulsión de los sacerdotes una vez más los nativos se verán sometidos a regímenes injustos de dependencia y esclavitud...

-¡Epa...! -le interrumpió Justino, ya está hecho, pensó, ya soltó la andanada temida, ya se acabó la tranquilidad-. ¿Qué son esas tonterías de injusticias y esclavitudes? Ni tú ni yo impusimos este sistema que, lo sabes, aún siendo del agrado del Gobierno y de la Iglesia, yo no acepto. No recibo encomendados en mi casa, ¿no es cierto?, pero tampoco emprendo estériles batallas contra molinos de viento... Cualesquiera sean las ideas que te rondan la cabeza se antepone tu deber. En primer lugar, lo dije, porque es una Orden y ni a ti ni a mí nos preguntaron para darla. En segundo lugar, y no es menos importante, porque el dueño de casa tiene derecho a sacar de la misma a los invitados que, por las razones que fueren, no le agradan. Y en tercer lugar, y también guarda su cuota de importancia, porque no eres tú el indicado para tratar de enderezar estos caminos tortuosos...

Ni yo, ni él, ni nadie, pensó Gracián con amargura pero no se animó a replicar. Justino vio la pena de su hijo y se entristeció.

-Estando al servicio de las armas no tienes alternativas: debes cumplir; y de la mejor manera posible -no pudo reprimirse y apretó con su mano endurecida el brazo de su hijo queriendo decir más cosas que las que podía expresar con sus palabras-. Pero trata de no sobrepasarte, hijo; que prime tu buen criterio... No permitas que el excesivo celo cierre tus oídos a la razón.

-No logro entender a mi padre cuando es tan ambiguo -le dijo a su madre horas después, ya noche cerrada, mientras caminaban por el patio a oscuras hasta la glorieta con jazmines en el lado que daba a la plaza-, me habla de respeto incondicional pero retrocede recomendándome prudencia, me asusa rechazando injusticias pero me frena admitiéndolas...

-Ya sé hacia dónde apuntas -María de los Ángeles suspiró por lo bajo-. Tu padre nunca aceptó encomendados en casa y sabes bien lo que eso significa...

-No mezclarse en turbiedades no es más que hacer lo que se debe hacer.

  —119→  

-No hables así; no es justo. El no aceptar encomendados es más que privarnos de las comodidades de este régimen de casi esclavitud, como tú dices -inconscientemente bajó el tono de voz y miró de reojo a los costados, como tratando de descubrir oídos indiscretos-. Es al mismo tiempo mostrar a los demás una postura crítica que casi siempre les resulta urticante y molesta.

Por eso a la mañana siguiente Gracián supo que las lágrimas de su madre eran ciertamente por su partida, las mujeres siempre lloran en las despedidas, pero eran también por el adiós a ese hijo que nunca volvería a ser el mismo, ya no lo era ahora, antes de partir, porque había crecido, ya pensaba por sí mismo y seguiría amando a su padre con respeto pero ya no lo consideraría, ni mucho menos, la expresión de la verdad absoluta que hasta entonces había sido.

En el jardín delantero, retirado discretamente del acceso de la casa, esperaba Julio montado en un brioso caballo y un poco más atrás estaban los dos encomendados de su padre que se habían alistado como voluntarios.

El sol comenzaba a pintar de amarillo la parte más alta de los árboles cuando Gracián besó a su madre y sus hermanas. Matilde estaba somnolienta, tratando de despejarse del sueño pero Mariana no, Mariana lucía bien despierta y arreglada y los ojos se le escapaban, sin poder atajarlos, vez a vez hasta Julio.

Yendo hacia el palenque Gracián saludó con un gesto a su amigo y miró a los indios que estaban más atrás, cohibidos, vestidos con sus brillantes uniformes azules y rojos, los cabellos todavía empapados pegados al cráneo y los encontró ridículos, dos muñequitos de juguete, pensó, qué cosa más absurda es hacerlos vivir esta ilusión, se dijo.

Tomó las riendas de su caballo y esperó a su padre que bajaba las gradas de la galería.

-Recuerda que nuestro nombre va contigo -sus manos temblaban cuando atrajo a su hijo y lo estrechó en un fuerte abrazo. María de los Ángeles se emocionó, Justino envejeció de repente, se dijo.

Como en un destello Gracián revivió en su memoria la imagen de su abuelo anciano, con los blancos cabellos aureolados por la luz lechosa filtrada por el alabastro de las ventanas, en el Monasterio de Cañas durante la Misa de Resurrección.

-Sé justo, hijo, sé honesto. Sé también generoso. Llevas contigo mi bendición, y el amor de tu madre.



  —120→  

ArribaAbajo- 25 -

Vino desde San Ignacio el padre Jaime y Damián se alegró, sorprendido por su inesperada visita. Después de contemplar divertido cómo el recién llegado parecía empeñado en inundar su enorme barriga con litros y litros de agua fresca, saludaron a los demás hermanos y por fin pudieron quedar solos.

-Me siento muy halagado, padre.

-Y yo muy feliz de poder venir hasta aquí... ¡Ah...!, es hermosa en verdad esta ciudad vuestra tan aireada, tan amplia de horizontes -dijo abarcando con un gesto la ventana abierta de par en par-. Es lo que suelo decirle al padre José.

-Por cierto, hace uno días él estuvo por San Ignacio Guazú.

-Así es, tuve ese gusto -se detuvo en la contemplación del exterior soleado-. Fue a entregarme unos bastidores que me preparó, para las nuevas cajas de la imprenta... Hacen muy buenos trabajos en esta carpintería, padre.

-Gracias -dijo algo ceremonioso y sonriendo, ya estaba pescando el juego.

-Siempre me causa gran alegría la visita del padre José; es un placer conversar con él sobre cosas de esta ciudad querida... Conversamos largamente sobre muchas cosas.

Está buscando la forma de decirme algo, pensó Damián, pero el bueno de Jaime nunca se destacó por su habilidad para fingir. Evidentemente estoy alertando a mis hermanos con mi proceder desacostumbrado. Y hablan entre ellos, hablan de mí entre ellos y designan enviados para indagarme.

-¿Y fueron cosas muy interesantes las que trataron en esta última conversación, padre?

Jaime primero dudó sobresaltado pero fue sólo un instante, enseguida soltó una carcajada que resonó entre los muros de piedra.

-Ya les dije yo que me elegían mal para esta misión... no sé andar con disimulos y me descubriste antes de comenzar la exposición de nuestros temores.

Damián también rió pero se sintió incómodo.

-Así que mis hermanos están atemorizados porque trato de acercarme a los caciques, es por eso, ¿no?, antes intenté acercarme a las demás autoridades pero no obtuve ninguna respuesta... Ese es el motivo   —121→   de la preocupación. Y desde luego mis hermanos no saben que la recta es la distancia más corta entre dos puntos: fue necesario ir hasta San Ignacio Guazú en busca del buen padre Jaime, en lugar de golpear con los nudillos la puerta del Superior, o hablar con el amigo Damián en el comedor o en el patio, o quizás de siesta, en el jardín interior, donde tan bien florecen los alhelíes...

Jaime se dio cuenta de que detrás del rostro sonriente del Superior se escondía el pesar; su alusión a las plantas de José fue casi un lamento.

-Debes perdonarnos, Damián... y a mí en especial. No fui capaz de conducir esta cosa de la manera correcta-. Jaime se puso repentinamente serio, verdaderamente avergonzado, pero Damián no pudo, o no quiso, reprimir su queja.

-Siempre he tenido los oídos y el corazón abiertos a mis hermanos.

-Toda una vida de obediencia no alcanza para enseñarnos a ser obedientes, Damián... Te pido perdón, padre. Nos dejamos llevar por el afecto que sentimos por ti y no alcanzamos a apreciar el cariño que nos tienes y te herimos... -Jaime suspiró-. El padre José no creyó prudente volver a insistirte sobre el mismo tema, que ya había hablado contigo, y los demás no sabían cómo hacerlo... Y me encomendaron a mí, que soy un torpe.

-¿Los demás?

-Por Dios, Damián, no es lo que piensas... No nos unimos contra ti. Lo que sucede es solamente que no logramos entender qué es lo que buscas soliviantando a los indios.

Soliviantando, se dijo Damián, otra vez esa palabra, y se asintió abrumado.

-Yo no creo que esa palabreja desgraciada defina con justicia mi proceder... Me da miedo la dependencia pueril de nuestros indios. No es fácil explicar este temor porque ni yo mismo me lo explico demasiado bien: nos entrometemos en la vida de nuestros hijos, en todo, padre, lo sabe muy bien, hasta tambores a medianoche, les ponemos... mientras por otro lado les damos la posibilidad de gobernarse. Pero con una autonomía que nunca supimos si saben o no utilizar. En último caso la cuestión se reduce a que nosotros estamos y no estamos presentes en nuestras Ciudades. Los indios tienen sus autoridades, las eligen, las respetan, tienen sus leyes y su organización, lo cual parece indicar que no estamos, ¿no es cierto que en cada población hay cinco, cuatro, o menos sacerdotes, por dos mil, tres mil indios? Quiere decir que es como si no   —122→   estuviéramos. Y sin embargo no es así. En todos los casos nuestra presencia es imprescindible: en los litigios, en las orientaciones, en cualquier caso de duda, de cualquier índole, nosotros estamos. Vendría a ser algo así como la presencia del todopoderoso día a día.

-No vendría a ser. Es.

A Damián le sorprendió que ingenuamente su amigo lo aseverara sin ningún atisbo de timidez.

-No, no es, padre Jaime; es solamente la presencia de unos hombres que son capaces de administrar los bienes comunes porque no ambicionan bienes personales... No es fácil entenderlo. No aspiramos las riquezas propias y sin embargo basamos nuestra organización enseñándoles el gozo de la propiedad honesta, ¿qué otra cosa es el avá mbaé?

-Es la manera de...

-De enseñarles un sentido social de las enseñanzas de Jesús, lo sé. Con su trabajo nuestros hijos cubren las necesidades de sus hermanos pero además cuentan con el aliciente de la propiedad. Una formulación brillante, por cierto, pero veo que no la estamos cumpliendo bien.

-Por Dios, Damián, qué cosas dices...

-Nosotros vinimos a instaurar una nueva civilización y logramos construir una Iglesia, padre; esta es la Iglesia de Jesucristo y los indios la adoptaron, la aman, es de ellos porque por ella dejaron de lado sus viejas vidas, sus memorias y creencias, todas esas pequeñas y grandes cosas que los hermanos sacerdotes que nos precedieron trabajaron y ajustaron en cuanto era necesario para introducirlas en los nuevos moldes, y perdóneme si mis palabras le parecen cínicas, porque no es esa mi intención. ¿Cuántos de ellos se excluyeron voluntariamente? Casi ninguno. Ellos aman la vida de cristianos que se vive aquí, cristianos de verdad, digo, compartiéndolo todo, ayudándose, viviendo en paz y sosiego, amándose...

-Y aún así dices que no lo estamos haciendo demasiado bien.

Damián se pasó la mano por los ojos, el cansancio de las largas noches de insomnio le estaban produciendo un agotamiento que le envejecía prematuramente, era mucho más joven que el padre Jaime y sin embargo su cabeza estaba casi totalmente encanecida.

-Lo que me temo es que no les estamos enseñando a vivir sin nosotros, padre Jaime... no les veo capaces de sobrevivir solos: ellos mismos están convencidos de que las cosas marchan bien solamente porque estamos nosotros... Cuando el Cabildo delibera, por ejemplo, o cuando se   —123→   reúne el Tribunal por algún litigio, mirando por la ventana con toda seguridad verán en el patio la sotana de algún padre, y eso les resulta suficiente: si hay algún problema, los padres lo solucionarán... Tienen absoluta confianza en nosotros, es cierto. Pero no deja de serlo porque en gran medida les resulta cómodo y les evita muchos esfuerzos... Mis tratativas, padre Jaime, las que tanto preocuparon a nuestros hermanos -trató de aliviar la tensión-, las hice tratando de determinar con certeza si estoy o no equivocado, y Dios quiera que lo esté.

-Ninguno de nosotros osa criticar tus intenciones. Lo que nos hace temer son las posibles consecuencias...

-No nos queda tiempo para actuar con cautela.

-¡Damián, por Dios...! ¿qué son todos esos temores...? ¿es que tú sabes algo que nosotros no sabemos?

Damián desvió la mirada para que su amigo no viera que tenía los ojos brillantes y humedecidos.

-Sólo son rumores, padre, pero todo parece indicar que nuestros hijos muy pronto se quedarán sin nosotros.




ArribaAbajo- 26 -

Apenas el sol comenzó su camino hacia arriba la columna se puso en marcha. Los hombres caminaban malhumorados. El pasto todavía mojado por el rocío les humedecía las botamangas y los tahá-tahá iban formando extraños arabescos verdosos en la tela de color. Detrás venía la carreta con las municiones, sonando en cada barquinazo al entrechocarse los bártulos de la cocina que colgaban sobre el plan trasero.

-¿Es cierto que las casas son de piedra?

Antes me daba rabia cuando no le importaba lo que quería contarle, se dijo Bernardino, y ahora me parece que quiere molestarme cuando me pregunta de allá.

-Casi no te puedo creer.

-Pero así son -me quiere molestar, confirmó.

-Lo malo nomás, digo, es ese asunto de que los hombres tienen que andar por un lado y las mujeres por otro... -Casiano levantó un poco la voz para que los indios que caminaban cerca pudieran escuchar-. Debe ser bastante aburrido.

  —124→  

Se escucharon algunas risitas alrededor.

-Allá todo es diferente.

Casiano comprendió que más le convenía callarse, esa broma no le venía bien a Bernardino. Todavía recordaba aquella noche que al lado de la tienda del napolitano en Asunción casi clavó el punzón en el gordo muslo del negro Jeremías. Con los ojos colorados de caña se abalanzó con el punzón centelleando en su mano y lo habría clavado si el mulato no saltaba huyendo despavorido, gritando asustado, más blanco que el mismo napolitano que desde atrás del mostrador se preparaba para romperle una limeta en la cabeza a Bernardino si hacía alguna porquería.

-En las Reducciones son todos iguales -había dicho Jeremías- no les dejan acercarse a las mujeres y los hombres se pasan el día jugando ellos mismos con su dedo grande.

Mucho tiempo después a Bernardino todavía le llamaban «el blanqueador», recordando cómo se puso Jeremías.

-Lo que no puedo entender es por qué te alistaste... Nadie dijo nada pero todos sabemos que venimos para romper ese lugar que tanto te gusta -le dijo más tarde Casiano, cuando ya acamparon en las afueras de Yaguarón, sin entrar al poblado porque Gracián no quiso arriesgar complicaciones con su gente adentro del poblado.

-Yo no vengo para destruir nada. Tengo que hacer una cosa importante en Trinidad.

Casiano sonrió con picardía.

-Salustiana se quedó en Asunción... ¿Hay otra cosa importante aquí?

Cuando entendió la broma Bernardino también rió.

-No es nada de eso.

Cuando dos días después llegaron al Caañabé, luego de atravesar la vasta planicie encerrada por cerros verdosos y perforados por manchones de piedra rojiza enmohecida, el encajonado curso mostraba muy poca agua lodosa y negra.

-Me cago en el diablo y en su maldita tierra -escuchó Bernardino que decía Julio-, ¿te has dado cuenta, Gracián, de cómo baila la aguja de la brújula en estos andurriales?

-Me he fijado, por cierto -contestó tratando de acallarlo con un gesto.

-¿Qué terribles cosas misteriosas esconderá esta tierra en su vientre?

  —125→  

-Que te calles, digo.

Bernardino sintió un escalofrío cuando vio el nivel del agua y recordando cuando lo cruzó de venida, y había estado solo, en un atardecer parecido a éste pero solo, si el Caañabé le chupaba nunca nadie hubiera sabido nada más de él y él estaría hasta ahora, hasta siempre, arrastrado por el agua negra, besado y chupado por el agua negra, dando vueltas y vueltas sobre sí mismo entre los brazos pegajosos que se irían cambiando, lentamente cambiando, hasta convertirse en humo, ese mismo humo espeso y picante que poco a poco tiñó de colorado los ojos de su madre y borró el color de la piel de su cara.

-¡Apurad, carajo...! -bramó Julio desde su cabalgadura apremiando a los rezagados y para Bernardino fue como despertar de un sueño.

Casiano lo notó muy pálido.

-Vamos, amigo... no tengas miedo -dijo muy bajito.

Cuando acamparon al otro lado, Bernardino también se desnudó para secar su uniforme cerca del fuego, pero no se animó a bajar nuevamente hasta el agua para bañarse como los otros.

Permaneció sentado tiritando con un frío insoportable dentro del cuerpo, estaba cansado y sucio, y un baño le habría gustado mucho, pero no se acercaría más al agua negra que chupaba y era humo, qué lejos estaba la calma del agua quieta de la bahía, qué lejos su ventanita de arriba, más alta que la alta montaña de tabaco, la piel suave del cuerpo de Salustiana con ese olor de mujer-tabaco que le hinchaba la sangre o todavía más allá, muchísimo más, la iglesia de Trinidad que al mirarla de lejos parecía una montaña, piedras encendidas por los últimos reflejos del sol, una montaña en la que comenzaban a parpadear, notándose muy bien contra el cielo que se iba oscureciendo, los cientos y cientos de ojitos luminosos que te miraban desde muchas partes a la vez, al mismo tiempo.

Casiano subió desde el arroyo con el cuerpo lleno de gotitas que reflejaban las llamas. Exprimió sus ropas y las colgó de un palo cerca del fuego, y fue a sentarse al lado de su amigo. Rozó la piel de Bernardino y se sorprendió.

-Estás mal, Bernardino... Tienes fiebre.

No, creyó decir, solamente estoy cansado... sentía en la nuca los ojitos pero no tenía fuerzas para darse vuelta, ni siquiera sabía si podría hacerlo, ¿qué importaba?, no tengo fiebre, Casiano amigo, la tropa está   —126→   ya encerrada en los corrales y los animales pastan, no debemos perder tiempo, si queremos jugar a la pelota con los demás troperos debemos apurarnos, no debes meterte en el agua antes de que se te salga el calor de adentro porque te dará pasmo, las venas se te hincharán como gusanos, como piolas, como víboras, el calor que el tabaco te metió adentro debe salir lentamente, lentamente, en algunos minutos más la campana nos llamará para decir nuestras oraciones de la noche y después cenaremos, no tengo fiebre, es solamente que me estoy quemando por dentro, Casiano, no es fiebre, me estoy quemando y convirtiendo en humo para poder subir, subir, más y más, subir.




ArribaAbajo- 27 -

Muy temprano en la mañana Damián partió hacia Jesús; saludaría a los amigos por Navidad y podría conocer el adelanto de las obras de la iglesia. El calor de finales de diciembre no había aflojado ni siquiera de noche y hacia el oriente se insinuaban unos pesados nubarrones alrededor del sol que se anunciaba.

Juan Antonio dio rienda suelta a su alegría y un entusiasmo casi infantil al verlo llegar y sin siquiera darle tiempo para saludar a los demás, o para tomar algo fresco, lo llevó a recorrer las obras, como un niño que enseña a la visita alguna pertenencia muy querida.

Los muros laterales de la iglesia estaban muy adelantados y ahora procedían a desbastar y tallar las piedras de las que iban surgiendo los ornamentos, es verdaderamente tu joya, le dijo Damián y su amigo sonrió, es un homenaje a mi padre, pienso mucho en él últimamente.

-¿Es solamente eso? -Damián señaló los arcos lobulados sobre las aberturas.

Juan Antonio sonrió desviando la mirada.

-Eres perspicaz... Si te doy todas las claves el descubrimiento del mensaje ya no sería algo placentero... ¿Te desagrada este acercamiento hacia «el campo de la estrella»?

-Me resulta un tanto rebuscado, Juan Antonio; no logro...

-En aquellos tiempos con discreción los monjes accedieron a los conocimientos más adelantados de su época... Las posadas donde restauraban los que iban a Santiago eran al mismo tiempo cunas que les permitían a los monjes acercarse al saber... ¿No observas una curiosa   —127→   similitud con lo que estamos haciendo?, ¿no enseñamos a los que, según muchos, no deberían saber?

Se interrumpió cuando notó que Damián ya no le escuchaba, se había alejado abstraído en la contemplación de las obras que iban emergiendo de la mampostería tosca.

Los pilares que delimitarían la nave estaban atrasados, apenas insinuados en sus bases y en el inicio de los fustes, pero los muros laterales se levantaban ya por encima de los arcos terminados y era posible en ese esbozo adivinar, o presentir, la augusta concepción espacial del arquitecto

Damián se detuvo en el centro de la enorme plataforma de tierra apisonada donde después se apoyarían las cimbras para armar la estructura mixta, qué cosa más interesante, que cubriría la nave principal. La marcada desproporción entre los anchos de la nave principal y de las dos laterales aumentaba la sensación de ser una nave única encerrada entre dos filas de capillas laterales, «muy de la Compañía». Lo llamativo es que en esta adaptación al medio, observó Damián, se aprecian todas las premisas básicas que trasladamos desde allá pero hay una re-creación, un sentido distinto en el juego de las proporciones y en el tratamiento de las formas, es como si dijeran: no desoímos las normas pero estamos hablando otra cosa, es otro nuestro lenguaje, es la voz nueva que deseamos hacer escuchar.

Damián recorrió con la mirada las obras que tenían una formidable fuerza expresiva.

-Vaya uno a saber cuánto mensaje encierra tu trazado.

-Búscalo.

-¿El Hombre 6?, ¿el 10...?

Juan Antonio sonrió cuando escuchó su tono liviano, su amigo estaba cansado después de su larga cabalgata.

-Y además en la Planta y en el Alzado está el Cubo: como operación y como cuerpo el Cubo está presente, multiplicado el Inicio tres veces por sí mismo, acomodado en sus medidas perfectas, la manifestación del más perfecto apoyo y la más equilibrada firmeza -con un movimiento de su brazo abarcó la obra completa-. Pero también podrás observar que no olvidé, desde luego, los números quebrados, los rotos, aquella fracción no perfecta agregada a la justa medida del Ángel que...

-¿Ezequiel nuevamente?

Juan Antonio le miró entusiasmado.

  —128→  

-¿Lo leíste?

-Lo leí -dijo más tarde Damián, cuando estaban sentados en la sombra del cobertizo que habían montado, con hojas de palma entretejidas, para que Juan Antonio tuviera sus planos y elementos bien cerca de la obra-. Y más que eso: lo disfruté paso a paso... Te he tenido presente muchas veces, Juan Antonio, me parecía encontrarte en cada una de las muchas riquezas que descubría en su texto.

Estaba llegando el mediodía y el calor era agobiante, el aire caldeado traía oleadas del tibio olor de las flores de coco, en el reloj de sol la sombra de la aleta era casi un hilo y Juan Antonio hizo una seña al indiecito que esperaba al lado de la campana.

El sonido cristalino resonó extendiéndose por toda la reducción y se fueron sumando paulatinamente otros repiques. Los indios comenzaron a salir como bandadas de pájaros espantados por un ruido extraño.

Cerca de las cocinas estaban tendidas las mesas bajo la sombra de los árboles porque la población almorzaría en comunidad.

-Es fascinante ver en los ejemplos más sencillos lo que es la variedad dentro de la unidad... -comentó Damián en la mesa-. Los sistemas que empleamos en nuestros pueblos son similares en esencia, pero ofrecen una variedad perceptible en los usos, eso, en los modos6.

-No comencemos, Damián, que tenemos que almorzar... -bromeó el padre Carlos señalando a Juan Antonio que se acercaba después de asearse.

-Nos hubiera agradado tenerlo con nosotros en la misa de medianoche, padre -le dijo el hermano Grimau y Damián se emocionó, no había imaginado que Grimau, con quien nunca tuvo un trato demasiado fluido, porque lo consideraba gratuitamente agresivo, tendría la sensibilidad suficiente para decírselo.

-Yo también lo deseé, hermano, pero me debo a mi gente y no pude abandonarlos en una fecha tan hermosa.

-Usted cree que los indios verdaderamente aprecian nuestra compañía.

-¿Usted no?

-Tenemos que darnos cuenta, Grimau, de que nuestro buen amigo es ahora una persona muy importante -Juan Antonio trató de disminuir la tensión.

-Por lo que me siento inmensamente feliz -dijo Damián irónicamente, debía esperármelo, pensó tomando una mandioca recién hervida que humeaba en la fuente, al lado de la olla de locro.

  —129→  

Después de comer fue con Juan Antonio a sentarse bajo los árboles que aún no habían sido talados, al costado de la iglesia. Pidió a un muchachito que le trajera el bolso que había dejado en la portería al llegar.

-Mucho me costó decidirme pero al final llegué a la conclusión de que esto es lo mejor que puedo hacer -dijo sacando el libro que Juan Antonio le obsequió en Trinidad-, aprecio mucho tu gesto, Juan Antonio, sé que el obsequio es muestra del afecto que sientes por mí... pero este libro debes tenerlo tú.

Juan Antonio no habló pero Damián pudo ver que su piel se erizaba y que tragaba con dificultad. Iba a decir algo pero Damián le detuvo con un gesto.

-No es que rechace tu homenaje, compréndelo... Al darme este libro me hiciste el regalo más significativo que he recibido en mi vida; permíteme que yo también conozca esa clase de alegría.

-Amigo mío -dijo por fin Juan Antonio con la voz ronca, haciendo correr suavemente la punta de sus dedos sobre la cubierta del libro-. Te lo agradezco. Demostramos la grandeza de nuestro espíritu cuando pensamos en los demás...

-Es lo que hacemos siempre en nuestro «trabajo», ¿no es cierto?

-No siempre. Hay veces que no hacemos las cosas bien, Damián, que nos dejamos arrastrar por el ir y venir de las cosas, que no prestamos atención a lo que sucede a nuestro alrededor... Cuando volví de Trinidad, aquella vez que te fui a pedir por Jacinto, pongo como ejemplo, llegué intrigado por lo que dijiste y profundicé un poco más en ese caso... Conocí algunos detalles sugestivos.

Detalles sugestivos, se dijo apesadumbrado Damián, si no conociera bien a mi amigo diría que utiliza un eufemismo afrentoso.

-Pude enterarme de que Bernardino, al irse, ni siquiera llevó el dinero que les correspondía a él y a su madre; no lo retiró de la Administración. Llevó solamente algunos objetos personales... Es como si no hubiera querido llevarse el dinero, ni nada.

Damián ya lo sabía porque el padre Froilán unas horas antes se lo había contado, el dinero había sido destinado después para cubrir gastos de la Casa de Viudas y todo quedó en orden, lo que no se tuvo en cuenta y parecía no llamar la atención de nadie, pensó con tristeza, era el desengaño, la desoladora amargura, que había impulsado a Bernardino a dejarlo todo y salir, escaparse, desaparecer, como si no quisiera conservar consigo nada que le recordara su vida en la Reducción.

  —130→  

-Una reacción desconcertante, por cierto -el hermano Grimau se acercó para dejar sobre la mesa una gran escuadra de madera-. A mí una vez me mostró el rastro que Rosa dejó en su espalda con el rebenque que llamaban «padre»... Fíjese qué llamativo: en sus tribus ellos no personalizan la figura del padre y sin embargo, con su incorporación a nuestra cultura, la adoptaron, y no habiendo padre lo inventaron... Y luego viene a hacer una cosa así.

-Cuánto tiene que haber sufrido -dijo Damián por lo bajo.

La imagen del pastor buscando la oveja centésima le persiguió con insistencia incluso después, en su larga vigilia insomne ya en Trinidad, y no podía apartarla de su mente, era un alma que teníamos ganada, se decía una y otra vez, un alma que estaba con nosotros y la dejamos ir.




ArribaAbajo- 28 -

José trabajó en su taller toda la jornada sumido en una melancolía que no lograba disipar, mucho tendría que ver, seguramente, la amargura que había causado a su amigo al decirle con franqueza su opinión sobre la tan desafortunada Asamblea que había convocado, pero precisamente por ser fiel a su amistad no se animó a fingirle una mentira.

Cuando Damián convocó la Asamblea, apenas recibida la noticia de la expulsión, José acunó una ilusión. Pero Damián después de dejar que brotara el fervor en los indios, el entusiasmo, la fuerza para encarar la defensa activa, había tenido la última palabra: todo estaba dispuesto para que la salida de los padres7 se hiciera sin resistencia.

-No veo bien lo que hiciste, Damián, perdóname.

-Lo hice tratando de despertar su firmeza, padre. Conseguí que hablaran, que expusieran sus pensamientos, sus ideas...

-Jugaste con ellos, hijo; sin quererlo, estoy seguro, te burlaste de sus sentimientos.

Federico había llegado desde la Olería al caer la tarde para charlar un rato con él y le miraba mesándose la barba de fuego, hay situaciones como ésta, se decía, que escapan a mi razonamiento.

-El problema radica en el punto de vista que elegimos, Federico. Podemos hacer las cosas con amor o podemos ordenarlas. Las recomendaciones que dio Damián a la Asamblea fueron órdenes, es idiota decir otra cosa... Más de un Superior que de un padre.

  —131→  

José descargó con fuerza el mazo sobre la cuña de madera que se introdujo chirriando entre las dos piezas del marco que estaba preparando y que así quedaron fuertemente unidas.

-No sé qué otra cosa podía hacer...

José le miró con ojos de toro bravo.

-¿No lo sabes, dices?, ¿no lo sabes? Lo primero que podía hacer era no burlarse del sentimiento de los indios, involuntariamente, por cierto, dejando que alentaran la esperanza de defendernos, sabedor como era de que no lo permitiría... -el martillazo que descargó era ya innecesario por cuanto la cuña estaba fuertemente encajada-. Lo segundo: no hacer esas recomendaciones ambiguas: «Hijo, eres feliz viviendo con nosotros pero he aquí que vienen y nos separan de tu lado; tú debes seguir viviendo feliz y contento, como si nada hubiera pasado, lejos de nosotros». Lejos de nosotros -repitió mientras llevaba el marco para recostarlo contra la pared.

-El padre Damián lo explicó muy bien; no tiene alternativas.

-¿Que no las tiene, dices? -José se acercó blandiendo el mazo como si tuviera el peso de un tenedor-. ¿Que no las tiene? Deja que nos autorice a prepararnos y verás cómo no hay fuerza que pueda vencer nuestra defensa... ¿Cuánta gente vive hoy en las Reducciones, Federico? ¿Cien mil? Cien mil hombres, mujeres y niños que serán otros tantos soldados para defender nuestras Ciudades... Y no habrá Gobernador, ni Rey, que pueda derrotarnos.

-Esa es una de las acusaciones que nos hacen los que nos detractan -dijo Damián entrando al taller ante la sorpresa de los dos. José titubeó pero estaba muy encendido.

-Sólo defenderíamos lo que es nuestro, padre.

-¿Lo nuestro? La Provincia dentro de la otra Provincia, dicen que queremos hacer, el reino dentro del otro reino... ¿Podemos nosotros, que oponiéndonos a los Vecinos, defendimos el principio de la Autoridad que deviene de Dios, alzarnos ante una decisión del Rey? No es justo lo que hace Su Majestad, lo sabe usted, lo sé yo... pero lo cierto es que tiene derecho a expulsarnos de su reino...

José miró a su amigo y le notó cansado, como si estuviera abrumado por una carga superior a sus fuerzas y, lo que más le dolió, triste. Pronto Federico se había excusado alejándose para dejarlos solos y ahora los dos caminaban atravesando la plaza hacia el comedor.

Habían hablado bastante y José estaba más calmado, si bien por momentos la rabia y la impotencia volvían a encenderlo con unas   —132→   llamaradas parecidas a la que tanto había asustado al pobre Federico, y lo que más le preocupaba era esa indiferencia distante que observaba en Damián, debía ser muy grande su sufrimiento para postrarlo así.

-Lo que más siento de todo esto es que te haya tocado a ti, amigo mío... hubiera preferido que no fueras tú quien debe tomar todas estas decisiones, soportar esta situación que te está consumiendo...

-Tuve que apurar un trago amargo, padre, y me llegué a sentir abandonado por Dios... abandonado a mis fuerzas, desesperanzado, vencido... Pero la Luz de su Espíritu alumbró por fin mi pensamiento -sonrió y tomó a su amigo por el brazo, deteniéndolo antes de subir las gradas del comedor-. Por mí no debe preocuparse, viejo amigo. Me siento en paz.

José le miró con curiosidad. La claridad que escapaba por las ventanas abiertas del comedor los bañaba con una luminosidad difusa y trató de descubrir indicios en el rostro del Superior.

-No logro entenderte, muchacho... Presiento que es algo importante lo que me quieres decir.

-Estoy en paz. Comprendí por fin mi realidad humana suspendida, no sé si esa es la palabra apropiada, entre el cielo y la tierra, entre su gran poder y su despiadada miseria. Y la acepté. Mi orgullo fue postreramente vencido por la Luz. Conseguí entregarme, padre José, entregarme sin condiciones a las manos de Dios...

José sintió el corazón apretado en la garganta.

-No me hablas de victoria, hijo, sino de resignación, y eso me entristece.

-Resignación o victoria, ¿qué más da? No fue sencillo, padre, oh por Dios, en verdad no fue fácil... Muchas veces, y aún sin haberlo aceptado concientemente lo enseñé, con la inocente irresponsabilidad que nos induce nuestra fe, sabiendo que las cosas deben ser así, es más, que son así, pero sin llegar a sentirlas de esa manera... Me amparé en nuestra Santa Madre la Iglesia, y me fortalecí con las Normas de nuestra Compañía, por primera vez con plena y aceptada conciencia, sabiendo que siempre estuvieron a mi alcance pero que nunca las asimilé... El hombre, querido amigo, no es más que un elemento al servicio de los planes de Dios.

-Que nos ama.

-Me costó mucho aceptarlo. Ahora, despojado de toda apetencia personal, de cualquier deseo, de toda ilusión, pude aceptarlo. Despojándome   —133→   de todo es como di cabida a la riqueza... Oh ñudo que ansí juntáis dos cosas tan desiguales, dijo Teresa de Ávila, unido fuerza dais a tomar por bien los males...

José no se animó a replicar, hay algo que no está bien, pensó, aunque así deben ser las cosas, pero, ¿deben ser las cosas así?




ArribaAbajo- 29 -

Durante la noche repentinamente el viento cambió y comenzaron a subir desde el poniente unas nubes rosadas. Antes de clarear el cielo estaba totalmente cubierto y el aire era pesado, hacía mucho calor y los ruidos más mínimos se escuchaban desde muy lejos con toda claridad.

Los caballos se agitaban nerviosamente y el centinela con la piel gomosa de sudor iba y venía maldiciendo a media voz el clima húmedo, los mosquitos enervados y ardiendo picazón, el calor, y a la misma madre del señor Gobernador que parió al hijo de puta que lo envió a esta misión desgraciada.

Apuradamente trajinaban los hombres montando el entoldado alrededor de la carreta. Los olores del monte se encendían en oleadas y las hojas giraban el envés hacia arriba presintiendo el agua. Con un malhumor reprimido a duras penas Gracián controlaba el trabajo de la tropa, no era una perspectiva agradable detener la marcha por quién sabía cuántos días, pero tampoco era prudente caminar en esas condiciones.

Por fin los cielos se abrieron y se descargó una lluvia torrencial.

Bernardino volaba de fiebre. Casiano le arropó con su manta cuando vio que se encogía tiritando.

-Es una de las malditas fiebres de este país maldito -dijo Julio desde lo alto de sus larguísimas piernas y Bernardino lo escuchó desde muy lejos, cuando las palabras retumbaron adentro de su cabeza.

El anó negro de plumaje brillante se posó en la horqueta y lo miró fijamente con sus ojos encendidos. Nerviosamente agitó sus plumas y se desprendieron unas gotas salpicándolo todo, no es agua de lluvia, observó Bernardino con preocupación, es agua hirviendo, el anó salpicó agua hirviendo sobre todos y nadie se dio cuenta, nadie ve esos ojitos colorados de la iglesia que se mueven y mueven, cientos, cientos, muchos ojitos nerviosos y brillantes.

  —134→  

-Está delirando, señor Julio... tiene visiones raras, dice cosas que no se entienden...

-¿Y qué carajo quieres que haya yo? Afortunadamente para él hoy no nos movemos -buscó en un bolsillo de su equipaje y extrajo un puñado de semillas de sandía que le entregó a Casiano-. Hazle un hervido y que se lo beba; sudará.

El líquido hirviente pasó por la garganta del enfermo y sus ojos se entrecerraron, gracias, amigo Casiano, hermano, tu brazo en mi nuca me protege del mal... ¿no ves, Salustiana, cómo mi hermano me cuida? aunque estemos entre los hombres de carne blanca que parece derretirse me cuida, ay Salustiana, cómo nos reíamos en la bahía después de acostarnos en la arena, yo te lavaba para limpiarte y te hacía cosquillas... y después te sumergías en esa agua linda, que no era negra como ésta que ahora sube por la barranca, que sube y ya me alcanza los pies, mis piernas despiden humo y hacen ruido al mojarse, como las herraduras calientes del Hermano Carrero cuando las mete en la barrica llena de agua, el Caañabé nos va a tragar a todos, es un agua de barro que chupa y traga, y yo desnudo cruzándolo solo, siento que se agarra de mi cosa y que trata de llevarme hacia atrás, no me deja avanzar, «mi padre» está adentro del bolso colgado de mi cabeza, y el peine de hueso de mamá, la lengua gomosa me envuelve las piernas y una boca de barro, negra, honda, cierra y aprieta sus labios alrededor de mi cintura, no podré volver nunca a Trinidad porque el Caañabé me traga, no nos vamos a ver nunca más, Casiano amigo, allá donde el arroyo hace un recodo y las aguas se acomodan como la carne de una mujer gorda me voy a hundir y voy a dar vueltas y vueltas sobre mí por siempre, o hasta que me meta en el barro y me convierta en raíz, hasta que pueda salir otra vez, convertido en hoja, para sentir el aire, para ver cómo brilla el sol, Feliciano se equivocó, el daño me vino del agua, quién iba a decirlo, no tendrás que hacer retirar otro muerto de tu barraca, don Venancio, te ganó el Caañabé, las hojas de tabaco bien secas son un colchón caliente cuando te acuestas, Salustiana, y hacen cri-cri, me miras sonriendo porque mi pecho sube y baja y las manos me tiemblan de ganas de tocarte, veo que allí no tienes pelos, no, solamente hojas de tabaco que se mueven entre tus piernas abiertas, debajo de tu ombligo, de un lado a otro, alegremente, como las hojas del pindó caraí el Domingo de Ramos, cuando el sol las hace brillar como si fueran de oro, el sol está todavía tan bajo que alumbra todo de costado mientras Jesús se pasea subido en su   —135→   burrito recorriendo la plaza antes de acercarse a la iglesia, mientras nosotros cantamos hosanna, ¡hosanna!, es tan hermoso, Casiano amigo... en toda esa Semana, después, no hierven las ollas de teñido y es la única época del año que las columnitas de humo desaparecen, pero no creas, no desaparecen del todo, cuando de repente miras de reojo sin que se note las ves, subiendo lentamente sin que nadie sepa de dónde salen, de dónde salen, ña Domí, le decíamos a la vieja por las chipas que colgaban de las tacuaras del Calvario que preparaba los Jueves Santos, nadie lo sabe, nos respondía risueña y misteriosa, aparecen aquí de repente y son los adornos de la cruz alabada, ¿podemos comer una?, le pedíamos, una argolla solamente... o ese yacaré con la boca abierta, ¿esa paloma...?, ninguna, ninguna, y ya no sonreía, recién se pueden comer el Sábado de Gloria cuando se adora la cruz, y todos los mitaí nos quedábamos nerviosos y queriendo que el tiempo pasara más rápido, no podíamos ni siquiera correr, para no pisarle a Jesús, ni podíamos gritar, para no hacerle doler, y al atardecer en el Calvario, hacia un costado, la oscuridad se agujereaba con los farolitos de los estacioneros que durante toda la noche visitaban los Calvarios cantando: el vierne oicó iñentierro... Sábado cantar la Gloria... ojheyá la cru al mundo... al hombre para memoria... Y después gritaban más fuerte: Esa cru desalasáaa... y los mitaíles mirábamos cuando se alejaban con sus uniformes todos blancos y un adorno morado, o azul, o del color de la sangre...

-Parece que le hizo bien el hervido, señor Julio; ya no se remueve como un loco... duerme tranquilo.

-Menos mal. Lo único que nos faltaba era cargar con un enfermo.

Qué cosa, pensó Casiano, tiene vergüenza de preocuparse por un indio.

Cuando despertó, Bernardino miró extrañado alrededor sin saber en dónde estaba, tenía el cuerpo empapado de sudor y la boca seca. Cerca de él dormía Casiano, el cielo hacia el oriente comenzaba a ponerse gris y los árboles se iban convirtiendo en enormes montañas infladas.

Vio sus ropas colgadas de un palo y se levantó tambaleando. Se vistió sin lavarse porque no se animó a bajar hasta el agua. Tenía el estómago vacío y la barriga le dolía de hambre.

Vio al boyero que se trajinaba al lado de la fogata con la olla de mate cocido que ya comenzaba a humear. Se acercó caminando inseguro, con la cabeza abombada, como si anduviera pisando nubes.

-Resucitaste, Bernardino.

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-Creí que no me iba a despertar más...

-Llovía y llovía y llegaste a asustarnos... Tu amigo estaba preocupado: no sé qué cosas tontas decías de un pájaro negro, dale que dale con el pájaro negro, y no sé qué de los ojos brillantes de una iglesia... -la risa del boyero fue como un estertor nacido en su panza inmensa- los ojos de una iglesia, qué joder... una y otra vez con aquello de los ojos brillantes... ah, y de una boca de fuego que chupa y chupa... Casiano creyó que te estabas volviendo loco, y nosotros también, desde luego... Hasta el señor Julio se acercó muchas veces para ver cómo andabas...

-¿El señor Julio?

-Y el Capitán.

Qué raro, pensó Bernardino pero no habló. El boyero le sirvió un tazón de mate cocido con mucha miel y lo bebió sintiendo la caricia del líquido en la garganta y después la explosión cálida en su estómago.

Cuando el sol estuvo bien alto la columna se puso en marcha. Grandes charcos escondidos bajo la hierba entorpecían el desplazamiento de la pesada carreta y una y otra vez los hombres debieron amontonarse en sus costados para empujarla, cuando los bueyes no conseguían sacarla del atascamiento. El calor húmedo era una cortina pesada que enervaba los ánimos y el Capitán Villate iba y venía desde la cabecera hasta el final de la fila hostigando a los hombres, la lluvia les había atrasado bastante y este andar dificultoso los atrasaría aun más.

Julio cabalgaba pensativo y taciturno en la cabecera sin prestar atención a los avatares de la marcha.

Al llegar el mediodía no habían avanzado más de media legua escasa y los hombres estaban extenuados, el sol era como una maldición, taladrándolo todo con sus rayos abrasadores y tornando irrespirable el aire saturado de humedad. Las hojas de las plantas, de un verde tan intenso que resultaba agresivo, parecían aplastadas bajo el peso del sol y la tierra saturada de agua despedía un vaho de acentuados olores mezclados.

Promediaban el ascenso del cuenco que bordea el Caañabé cuando Gracián decidió que era más prudente hacer un alto para reponer energías, las horas de la siesta serían un verdadero tormento ascendiendo esa cuesta que parecía sin fin.

Acamparon y los hombres buscaron apresuradamente el consuelo de la sombra de los árboles.

Bernardino se acostó en el pasto respirando profundamente, se sentía bien pero la fiebre le había dejado la cabeza abombada, encima de   —137→   sus ojos la copa del árbol era como un fresco túnel sombreado que iba subiendo y repartiéndose en muchos otros túneles, que se abrían a su vez en muchas puntas hasta perderse por fin en el follaje.

-Llegaste a asustarnos -dijo Julio muy cerca de él.

Bernardino bajó los ojos y se sobresaltó al verlo sentado a su lado, quiso incorporarse pero Julio le detuvo con un gesto. Se sintió incómodo, de reojo vio la mirada curiosa de Casiano que estaba un poco retirado.

-¿Te sientes mejor?

-Sí, señor, ya estoy bien.

-Ah, Bernardino, Bernardino... mi padre no me hubiera perdonado si algo te llegaba a suceder... Él te aprecia mucho, lo sabes.

-Sí, señor; el señor Venancio es muy bueno con todos nosotros.

-Principalmente contigo, Bernardino, no lo olvides... -Julio dio una chupada a su cigarro, con los ojos perdidos en la lejanía-. Tú eres en nuestra casa como uno más de la familia... por cierto, ¿tienes algún pariente en las Reducciones?

-No, señor -mintió sin saber por qué-, mi mamá ya se murió y no tengo a nadie más allí.

-Di, Bernardino -dijo Julio como asaltado repentinamente por una idea-, ¿es cierto que los picaportes de la iglesia de Trinidad son de oro macizo?

Bernardino se sorprendió.

-No, señor.

-Ajá -Julio sonreía-. Quiere decir que nunca estuviste en Trinidad pero conoces su iglesia.

-Yo no conozco esa iglesia, señor, pero no creo que sea como usted dice... en ningún pueblo que yo conozco es así.

-Desde luego, ya me parecía -Julio volvió a lucir amigable-, es otra de las historias que la gente inventa... ¿no quieres un cigarro?

Con mucho gusto Bernardino lo habría aceptado pero no lo hizo, no podía dejar de sentirse asustado.

-¿Tanto daño te hicieron los jesuitas, que los odias de esta manera?

-¿Yo?, yo no les odio...

-No les odias pero vienes como voluntario para echarlos.

-No es por eso -Bernardino no lograba encontrar las palabras- yo tengo que hacer una cosa allí, señor Julio, y por eso vine.

Julio lo miró un momento por encima del humo de su cigarro y el indio notó que sus labios se estiraban en una sonrisa que no le gustó.

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-Es lo que yo me imaginaba, pequeño sinvergüenza- con el rabillo del ojo Julio vio que el Capitán se acercaba y no quiso que supiera de qué estaba hablando con el indio-. Algo me dice que tú vienes por un motivo muy parecido al mío... ya volveremos a hablar.

Bernardino miró cómo se alejaba haciéndose el desentendido y vio también cómo Gracián le alcanzaba y le hablaba acaloradamente, como si le estuviera amenazando o tal vez no fuera nada de eso, como le dijo después Casiano, cuando por fin pudieron conversar al reemprender la marcha, no vayas a creer que entre ellos puede haber problemas por nosotros, nunca va a haber problemas entre ellos por ninguno de nosotros, le dijo, nunca.