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Tadeo cabalgaba en silencio un poco atrasado; Quiñónez frenó su cabalgadura y se detuvo a esperarlo antes de salir de la última tranquera. Ya casi era noche cerrada, la figura de los delanteros se iba borrando entre las sombras y tenían que comenzar a atravesar el montecito que hay a la salida de lo de Pereira.

-Pasá nomás, Tadeo... yo cierro la marcha.

-Puedo ir yo detrás.

-Prefiero ir yo.

-Y claro, Quiñónez no era tonto. Él estaba seguro de que no lo iba a cagar a Tadeo, pero no podía asegurar si Tadeo lo cagaría o no lo cagaría a él, no le gustó cómo se andaba portando últimamente, a pesar de que todavía no podía decir nada, vamos a decir. Claro que Tadeo tampoco era tonto, y no lo gustó la desconfianza. Picó su caballo y se acercó a los otros. Creo que Quiñónez se equivocó porque Tadeo allí habló con los otros, lejos de él, y les calentó la cabeza. Él hubiera tenido que hablarle y entretenerle y tratar de sacarle algo, vamos a decir, pero esas cosas así, transando y especulando, a él no le importaban nada, y a veces prefería que lo cagaran antes que tener que andar haciendo esas cosas, hombre raro, Quiñónez, demasiado grande para la puerqueza que estaba cerca suyo. Yo creo que allí comenzó todo porque Tadeo hizo todo lo posible para que prendiera la desconfianza. Se estaban dando cuenta los otros de que las cosas no iban bien, no es que antes lo hubieran pasado mejor, no, siempre llevaron detrás de Quiñónez una vida dura y peligrosa, pero era diferente, no es ni siquiera que Quiñónez les hubiera demostrado con su cara preocupada, por ejemplo, nada. Era nomás que nada les estaba saliendo bien últimamente, ni siquiera podían pelear, siempre iban escondiéndose, y eso es malo y peligroso para un grupo. Y más después que Tadeo les habló, los otros ya quedaron asustados, parecían las gallinas después del trueno, agitando las cabezas, moviendo los ojos, esperando cualquier cosa, carajo.

-Y cómo mierda nos va a dejar -le dijo con rabia, tan estúpida era la posibilidad que desconfiaba su mujer.

-En serio, Luciano, yo los escuché mientras les cebaba el mate... Ahora me hicieron salir para poder hablar más   —48→   tranquilos, seguramente; don Marcial lo va a hacer cruzar el río a él solo, yo lo escuché muy bien, le dijo que a él solo le iba a hacer cruzar.

-Mucho tiempo después, cuando ya hacía un buen rato que Espinoza se había ido, Quiñónez salió al corredor y se acercó a sus hombres.

No le gustó nada ver esas caras serias y pensativas que encontró, pero quiso convencerse que era por el cansancio y la incertidumbre y el miedo de sus hombres, era ya larga la huida y cada vez más difícil. Pero dudó. Dudó porque podía ser eso o lo que estaba desconfiando.

-¿Y Tadeo?

-Se fue hasta lo de Domínguez para conseguir esa bolsa de porotos que le dijiste.

-¿Por qué ahora? Yo le dije que se fuera esta tarde no logra desentrañar el rostro inexpresivo de Luciano, pero no le gusta. Sabe que hay algo, hay algo y no sabe qué. O sí. Claro que sabe qué.

-Necesito hablar con él, Luciano, voy a ver si lo alcanzo. Ensillame el tordillo, rápido.

Al poco rato salió nuevamente de la cocina con el poncho sobre los hombros y montó.

-Si no lo alcanzo antes de llegar a Pasaje Isla, vuelvo antes del anochecer.

Luciano pensó que no lo alcanzaría, que tampoco iba a volver y muchas otras cosas, pero no dijo nada.

-Claro que le extraño que Quiñónez hablara de Pasaje Isla, si lo de Domínguez era hacia el otro lado, pero Quiñónez no era ningún tonto y se había dado cuenta de todo y quería que Luciano, después de pensarlo mucho, también se diera cuenta de que a él en ningún momento lo había engañado.

  —49→  

Lo que más le molestaba era esa sensación de no saber exactamente hasta qué cosa tenía que aguantar y hasta cuándo cada día, hasta qué hora o en qué momento podía pensar que había terminado su trabajo. Con don Mareco era diferente: a las diez y media podía salir de detrás del mostrador y podía dormir o hacer lo que quisiera, nadie le había dicho ese horario, pero se respetaba. Con doña Rubia era diferente: a las diez y media generalmente el movimiento comenzaba y algunas veces algún cliente llegaba recién cuando comenzaba a clarear y si te elegía te tenías que ir con él a la pieza, no importaba la hora, y nadie dijo nunca este horario pero se respetaba, con doña Rubia no se jodía.

A veces era hasta simpático darse cuenta de cómo todas las cosas podían ser tan iguales con gente diferente y en días diferentes, hasta el mismo hecho de venir a caer en una casa como ésta habiendo tantas otras cosas para hacer aunque, al final de cuentas, no hay tantas otras cosas para hacer tan fácilmente, sobre todo cuando una ya no es una tonta.

Pienso, pensó, que por algo tiene que haber sido el venir a parar acá todas las noches después de cerrarse El Porvenir y después, incluso, habiendo ya dejado de ir a El Porvenir porque no valía la pena, una ya no es unas tonta, y entre estar sola aún estando entre otras entre ollas y sartenes en una cocina de Bar y estar sola acostada con un tipo no hay comparación posible, por lo menos es menos trabajo. El problema nomás es que siempre se está sola, sin nadie con quien hablar aunque hables todo el día, qué desesperante. Que te saquen la bombacha y que te miren y te revisen como si fueras un caballo, eso a veces te molesta, pero se aguanta; o que tengas que   —50→   bajarles el calzoncillo y después lavarles y todo eso también te molesta pero también se aguanta, pero que no puedas nunca creer nada de lo que te juran es mucho más dolorosos y eso sí que hay veces que no se aguanta.

A veces quiero morirme y que se acabe todo, qué se creen, que una no puede tener asco de todo y rabia, putos de mierda, y no tener que aguantar las miradas y las palabras como cuchillo bien afilado de doña Rubia, bien despacito, que no lo escuche el cliente, y olvidarlo todo y poder ser feliz de una vez.

Siempre escuchar qué lindo tenés esto, que hermoso tenés esto, haceme esto y tocá esto y esto, parecería que todos se cuentan cómo hay que hacer. Y hay muchas veces que te da rabia ver que nada es diferente. Claro que hay también momentos que dan gusto y justifican cualquier otra cosa que se tuviera que pasar, aunque es muy importante tener mucho cuidado de no demostrar nada porque estos tipos que acostumbran a venir por estos lados parecen tontos, pero algunos son maestros y si de entrada les demostrás que te gustan, se te abusan y ya creen que tenés que hacerles esto o lo otro, todo lo que te piden que les hagas, y ciertamente a veces se hace todo eso pero no siempre, o al menos, tenés que poder decir que no cuando te parece.

Cuando viene don Ferreira es diferente; es un sinvergüenza, nos agarra a todas en cualquier lugar y a cualquier hora pero a doña Rubia la enloquece, la hace sus cosas un rato y la pone feliz, la emborracha y es una fiesta. Cuando él viene de tarde, por ejemplo, toda la casa es otra cosa, esa noche es diferente; no tantas obligaciones, hay que cumplir, es cierto, pero si el cliente no sale contento se jode, y nada más, todo es diferente. Don Ferreira es como nuestro ángel, todas lo queremos por eso. Cuando una de las chicas le dijo eso en broma, él dijo es cierto, soy el ángel vengador con mi larga espada y todas nos reímos y más doña Rubia, porque no es que sea muy larga, pero todas lo queremos mucho.

Pero la vida así no puede ser, cualquiera puede darse cuenta, se negó a resignarse.

Y eso mismo se revolucionaba en su mente esa noche   —51→   cuando para preparar el ambiente apagaron la luz grande que colgaba en el salón y todo el cuarto se inundó de rojo por la lámpara forrada con celofán colorado que había sobre el mostrador, porque el inicio de otra jornada. Las chicas iban llegando y se ubicaban en los asientos repartidos o en los taburetes del bar, algunas suavizándose las uñas en la semioscuridad, otras mirando, simplemente, otras, no.

-Te queda precioso tu peinado nuevo, mi reina.

Marina no pudo definir muy bien la reacción que sintió, pero nunca le gustó que Clotilde la mirara porque sabía muy bien lo que era Clotilde, así como todas las demás lo sabían, pero generalmente lo tomaban a bromas y, al final de cuentas, decían, era una forma de ligar tres veces más dinero en el mismo tiempo (porque además de todo había espectáculo) y ellas hacían esas cosas entre mujeres por ganar más pero Clotilde porque lo gustaba, y eso le molestaba, porque era más puta, decía, que todas, porque hacía porque le gustaba y ellas, sin embargo, nada más que por ganar dinero. O a lo mejor fue porque: «mi reina» le recordó tantas cosas.

-Mi culo lo que está precioso.

Doña Rubia dejó de romper el hielo que estaba poniendo en la conservadora en el mostrador del bar; estaba enojada, cualquiera podía darse cuenta.

-No tenés por qué ser tan maleducada. Ella fue amable contigo.

-Y bueno, que no se meta conmigo.

Clotilde se rió.

-¡Ay! ahí está... se hace la reina desde que ese pajero comenzó a entrar siempre con ella... ¿Y qué vas a decir?, al final, te larga uno y se va.

-Yo no me quiero pelear con ella, doña Rubia, así que dígale que se calle.

-Váyanse a la gran puta las dos.

-Por qué camino.

Y

-Cómo si aquí estamos.

Y todas esas cosas y muchas carcajadas, de ella y de todas las otras y así, siempre igual, hasta la llegada de los   —52→   clientes y vuelta a comenzar, una y otra vez todo como siempre.

Pero Emiliano no es ninguno de esos que dijo esa puerca que era, es un buen muchacho, pensó más tarde, a veces hasta me paga la cama cuando se queda a dormir. Con el es como con cualquiera de los otros, sólo que él es más respetuoso y ella ya ni siente la curiosidad de conocerlo desnudo que a veces es una curiosidad tan divertida con los otros, una a veces ni siquiera se imagina lo que después encuentra, por lo visto tenía razón don Mareco, ya no tengo remedio, estoy cada vez más sinvergüenza.

-Te tenés que ir, Marina -le había dicho.- Y no llores. Ya no puedo aguantar más. Esta es una casa respetable y vos están haciendo basuras.

-Pero si yo no hice nada, don Mareco.

(La rabia que lo pone todo de una forma diferente, casi no poder hablar, la garganta apretada por tantas cosas preparadas para decir y memorizadas desde hace tiempo y que en el momento no salen, en el fondo hasta un poco de celos, ¿por qué lo tuvo que hacer siendo, como sea, de mi casa?)

-Vos no habrás hecho nada, pero a vos te lo hicieron demasiadas veces, puta de mierda. Y ahora, patitas a la calle.

-Vamos conmigo, Marina; salí de acá y vamos conmigo.

¿Pero vos acaso serías capaz de casarte con una como yo, Emiliano?

-Vamos a vivir juntos ¿Querés?

-No, si te dije en broma nomás, papito. Después es mucho más difícil volver... Yo ya no soy ninguna tonta, aprendí mucho en la escuela de doña Rubia ¿Cuánto tiempo se van a hallar juntos tu cosito y mi cosa?

-No vayas a hablar así, parecés en verdad una de ellas.

Lo mismo que cuando está sentada en cuclillas al lado de la cama (¡ni siquiera se da vuelta!) los dedos hurgando y limpiando, brillantes y gomosos, el agua tibia de la palangana chisporroteando y él acostado boca arriba y los ojos muy abiertos tratando de no mirar.

-Qué polenta hoy, mi rey...

Y él tratando de pensar que es mejor cerrar los ojos   —53→   y dormir imaginando que las cosas no son como son y Marina, después, arrepintiéndose de su grosería y volviendo otra vez hacia atrás, cuando todo era más inocente y menos amargo, hasta don Mareco y más alla, realmente siempre hasta más allá, hasta los ojos de él, el que se fue, sus ojos y su temblor, aunque nunca se anime a reconocerlo, ahora, en medio de todo esto.

Y eso que doña Rubia fue buena desde el principio, trataba de consolarse, al final de cuentas. No tenía por qué recibirme y sin embargo enseguida me abrió sus puertas sin ninguna exigencia cuando venía recién después de cerrarse El Porvenir y con mucho más gusto después cuando dejé de ir a El Porvenir siguiendo su consejo; claro que me saca dos de cada tres pero en realidad no necesito mayormente nada, aquí me dan todo lo que me hace falta y un poco de dinero siempre me sobra, si bien es cierto a veces la comida es asquerosa, sobre todo la cena pero, al final de cuentas, quién va a acordarse de la cena la mayoría de las noches que es una mierda lo que tenés que hacer y lo único que buscás es alguien con quien hablar, alguien que te escuche un poco y no encontrás, nunca encontrás, nunca encontrás.

Y, en el menor descuido, su mente vuela ágil y presurosa, se aleja desprevenida y libre, sin pensarlo, sin temer... dónde estarás, después de tanto tiempo, qué cosas estarán viendo tus ojos... Y lo peor es que no puedo ni siquiera compartir con nadie tu recuerdo (quién podría jamás imaginarse que nunca, me dijeras nada queriéndome tanto y que yo tan tarde comenzaría a quererte), creerían que me estoy haciendo ilusiones y se burlarían de mí. Aquí todo es podrido, nadie dice la verdad porque te perjudica siempre el decir la verdad, pero yo no quiero mentir, no, por lo menos eso no.

-No puedo irme contigo, Emiliano, vos sos muy bueno y muy amable y yo soy como soy, pero no soy una sinvergüenza que te va a joder. Yo puedo hacer con todos todo lo que me piden, vos sabes muy bien eso, mi rey, ¿verdad?, pero es distinto.

-Marina, ¿qué es lo que es distinto?

-Qué se yo.

Y entonces siempre recuerda la cantidad de veces que   —54→   sus ojos vagaron por las viejas fotografías de mujeres desnudas en calendarios pegados en las paredes, ¿para qué ponen esas estúpidas figuras si nadie las va a mirar teniendo a su lado en la cama una mujer más desnuda que las de las fotos, y viva? Pero qué me importa que pongan lo que pongan, después de todo no creo que puedan colgar un Corazón de Jesús, aunque doña Rubia lo tiene sobre su cama, pero por eso ha de ser que deja entrar allí a las chicas sólo cuando hay demasiados clientes juntos y todas las piezas están ocupadas, creo que estoy peor que cuando estaba con don Mareco, soy más mala y me burlo de todo.

-¿Acaso a vos te gusta lo que tenés acá, todo lo que tenés que pasar cada día? Dejá todo esto y vení conmigo.

-No, Emiliano, este es mi trabajo y no le hago mal a nadie con esto, yo. Pero no me puedo ir contigo porque no me animo, no sé cuánto tiempo vas a querer estar contigo o cuánto voy a querer estar contigo.

-Tengo un poco de dinero que ahorré mientras trabajaba en el Ingenio, podemos vivir bien, no te va a faltar nada.

-No es eso.

-Y entonces, ¿qué es?, y no me digas qué se yo.

-¿Vos trabajaste en el Ingenio?

-Un tiempo fui zafrero, cuando recién comencé, pero después fui subiendo y me quedé en la Planta y allí fue donde pude ahorrar algo... Vení conmigo.

-Ahora no.

Sí, pero, cuándo, se pregunta una mil veces cuando puede pensar, cuando no se encierra por su propio gusto en el mundo enloquecido que la rodea y avasalla a cada instante. A veces necesita pensar y se aparta de todo y se retrae pero no muy a menudo porque nunca sale bien parada de ese trance. Sale más triste, más amarga y, para defenderse, más loca, lo cual me viene bien, dice, por otra parte, porque los maestros enseguida huelen y hay que ver cómo me buscan y cómo me permiten en poco tiempo hacer el apartecito de plata que me hace sentir tan segura, qué tontos son.

Quizás haya sido la redada la que la decidió y quizás no. A lo mejor fue que ya lo había decidido y solamente no   —55→   se animaba a actuar. Pero fue después que se animó.

Llegaron a media noche, en dos coches que se detuvieron casi simultáneamente frente a la puerta y un poco más atrás la camioneta donde después las subieron. No le molestó nada tanto como las burlas que hacían mientras las ubicaban adentro, amontonadas, ella con la espalda al viento en el frío viento de la calle con su vestido de semi fiesta que era su ropa acostumbrada de trabajo, o quizás no hiciera frío, quizás el golpeteo de sus dientes fuera nada más que de nervios. Muchos de ellos habían estado antes pero ahora era diferente, ahora hacían las cosas de la moral. Podía ver por la ventanilla las figuras agazapadas de los vecinos espiando los movimientos, el ir y venir de los hombres trayendo a las chicas acompañadas y vigiladas (que no se escape ninguna de estas bandidas, carajo, no tienen vergüenza estas puercas) y creyó por un momento que los odiaba pero enseguida se dio cuenta de que realmente no sentía nada, nada.

A Clotilde la subieron última y cuando la empujaron adentro cayó sentada al lado Gladys, la morochita que había llegado hacía dos días desde una de las casas de Ferreira y que se cambió porque allá iba un tipo que parecía maniático, que la perseguía y ya podía resultar peligroso, nunca se sabe hasta dónde pueden llegar, que sollozaba en silencio, tan asustada parecía, tan nerviosa, que le dio lástima.

A doña Rubia no la subieron y cuando Marina vio que uno de los hombres cerraba la puerta de calle de la casa y después el portoncito de madera de la verja se preguntó dónde se habría escondido para escapar o es, se dijo, que a lo mejor ella no tenía que ir presa.

La camioneta arrancó violentamente y todas fueron empujadas en un envión fuerte hacia atrás; se sintió una vaca. Somos las vacas de Pereira, se dijo, transportadas en el camión-jaula.

-Los hombres y las mujeres tienen que vivir juntos, Marina, se necesitan. Pero la mujer tiene que cuidarse, o si no el hombre no la deja vivir.

¿Por qué ahora, doña Candelaria, me acuerdo de vos? A lo mejor porque vos siempre fuiste un poco como mi mamá,   —56→   nunca la conocí a mamá, ni siquiera pude saber bien cómo don Mareco fue a buscarme ni de dónde, vida de mierda, ¿acaso es así como se hace la moral, amontonándonos y riéndose de nosotras?

Y la noche se hizo más fría, creyó ella, y más la madrugada, sentada en el banco de la sala de Guardia y después, casi a media mañana, el estómago retorcido de hambre, en la boca y la cabeza los resabios de los tragos obligados para obligar a consumir, el Comisario, rechoncho, un fino bigotito de carbón sobre los labios oscuros como todos los comisarios, aunque hay algunos que no son así, diciendo ustedes son la perdición de la juventud, ustedes son la destrucción de la unidad de la familia, ustedes son la podredumbre de la sociedad, entiéndalo bien y no lo olviden, y yo digo que a lo mejor es así, bigotito de alambre hijo de puta, se dijo, pero yo no salí jamás a ninguna parte a buscar a tu juventud, ni a tu familia ni a tu juventud, y qué.

Ay, doña Candelaria, cómo me acuerdo de vos, cómo querría tenerte cerca, no sé por qué.

Y a través de su recuerdo, llegando poco a poco, a escondidas, como temiendo ser descubierto y escabulléndose a cada instante, su recuerdo, sus ojos desesperados, su timidez y su temblor, ¿qué hacés vos acá ahora? ¿acaso no te escapaste para desaparecer...?, mirá a donde vine a parar.

Después vino el trabajo obligado cuidando a los viejos del asilo, lavando sus cuerpos arrugados y débiles y casi siempre aguantando el rencor en que los había sumido el abandono al que fueron condenados, venganza tan absurda y sin sentido, la humillación y las burlas, por unos días para aprender, para que sepan estas degeneradas cómo se debe vivir en sociedad, siendo elementos útiles para el progreso personal y de la comunidad, y después vino el quedar en libertad más viejas, mucho más, en sólo unos días, más resentidas y más tristes.

Entonces sintió el temor de continuar, o sea, de volver a empezarlo todo, y claudicó. Quiso consolarse pensando que su primera obligación era salvarse pero nunca pudo convencerse y siempre sintió arrepentimiento porque Emiliano era muy bueno y no se lo merecía, porque ella sabía muy bien que no   —57→   era justo ilusionarlo haciéndole creer que ella se iba porque quería estar con él.

-Vamos, Emiliano, me voy con vos.

-En el Ingenio vamos a estar bien.

-Pero, vos no me dijiste que íbamos a irnos de acá.

-Allá tengo trabajo en la Planta y puedo ganar bien, me avisaron el otro día que podía irme. Y no te dije que nos íbamos a ir porque vos nunca me preguntaste nada... Pero no te preocupes; si no te querés ir allá, no te hagas problemas.

-No, claro que voy a ir.

Ya es diferente, y eso que apenas le dije que sí, ¡ay! doña Candelaria, cómo me acuerdo de vos.

  —58→  

-Yo no sé lo que me pasaba pero estaba como loco, viejo. Veía cómo ella entraba a la pieza con otros y no me importaba, yo pensaba que era lo que tenía que hacer porque ese era su trabajo y no me importaba.

-¡Qué puta!, no sé cómo pudiste aguantarlo.

-Y es más, a veces después me hablaba de los otros, parecía que algo le daba rabia y quería cagarme y me hablaba de los otros, de los que habían entrado con ella un rato antes, que eran así o así, que hacían esto o lo otro y a mí al momento me daba mucha rabia, me enfermaba de rabia, a veces hasta quería matarla rompiéndole la boca, quería hacerle cualquier cosa para que se callara, para que aprendiera a respetarme, ¿yo acaso no la respetaba?, pero no le decía nada porque no me animaba a tomar ninguna determinación, no me animaba a dejarla, yo la llegué a querer mucho, Martín, estuve loco por ella. Y después me pasaba y era como si me contara que de mañana había visto pasar a alguien por la vereda o como si ella antes hubiera sido otra, cuando hacía eso que me contaba, digo.

Emiliano recostó su silla contra la pared y miró cómo de las otras barracas iban saliendo los hombres y se iban ubicando solos o en grupos para descansar, conversar o sólo mirar cómo se iba viniendo la noche, la luz se hacía más poca y sentir cómo los mosquitos comenzaban a zumbar. Más allá, casi en la mitad de la cuesta, el generador roncaba enviando torrentes de luz y energía a la Planta Principal del Ingenio donde el turno de la noche comenzaba su trabajo y la brisa movediza aumentaba o disminuía su sonido haciendo que el aire adquiriera una apariencia casi corpórea; uno por momentos podía sentirse   —59→   allá lejos, bien cerca del generador, o bien lejos, era muy irreal.

Martín tiró la colilla de su cigarrillo, ya hacía un buen rato que descansaba junto a Emiliano, cómo cambian las cosas, pensó, cómo una buena amistad puede abrir muchas puertas, cómo Emiliano a partir de querer saber cosas me fue conociendo y protegiendo.

-Esa chica siempre fue un poco rara.

Lo importante es nunca decir más que lo estrictamente necesario, se dijo, no vale la pena arriesgar más: una palabra mal interpretada puede variar todo el panorama.

-Yo no sabía que vos la conocías, es decir, en algún momento me pareció que entre ustedes había algo, pero no sabía, no sabía ni siquiera de dónde había venido ella cuando la conocí en esa casa ni nada. Y mirá que traté de sonsacarle pero no había caso, se ponía diferente, seria, parecía triste o algo así. Yo la convencí y la traje, no me explico cómo pude hacerlo, mirá que varias veces trató de decirme que no, de decirme que no, viejo, imaginate un poco, a mí que quería sacarla del quilombo y toda esa puerqueza, pero no entiendo qué me pasaba, lo mismo que ahora, hasta ahora no entiendo qué es lo que quiere esa loca.

-Ella siempre fue así... ni ella misma sabe lo que quiere -te estoy mintiendo, pensó Martín, yo ahora ya sé lo que ella quiere.

-Pero, ¿qué es lo que ella se fue a buscar...? por lo que me contaron, ese Quiñónez siempre fue medio tarado -y Emiliano, no sé cómo, por lo visto también sabe, también pensó.

No supo qué contestar y dejó que el ronroneo del motor ocupara el espacio de las palabras invitando al pensamiento. ¡Qué vueltas más increíbles da la vida!, se dijo.

Cuando Emiliano aquella vez entró a la Oficina de la Administración para marcar la tarjeta de llegada y pedir su pieza en alguna de las barracas de casados, Marina se sentó en el banquito que había en la angosta vereda aprovechando la sombra aún más angosta que arrojaba la marquesina y juntó los dos bolsones a sus piernas en un inconsciente movimiento de protección, no sabía muy bien si de sus bolsos o sus piernas,   —60→   porque los hombres lo inundaban todo volviendo de la plantación para el almuerzo, mucho sol, calor, hambre, olor y sangre a borbotones adentro, se presentía. El sol bailoteaba en reflejos movedizos, en un diente, de repente en la hebilla de un cinturón, o en un mechón de cabellos, dando una impresionante indeterminación al grupo que se acercaba, como si fuera la presencia de una fuerza, un impulso, algo así, dominado pero no tanto o, por lo menos, sin saber hasta cuándo o qué.

Martín la vio antes de que ella lo viera a él y no quiso mostrarse hasta no saber a qué había venido, fue un impacto demasiado grande por lo inesperado, eran ya demasiadas coincidencias, y se diluyó entre los otros, mimetizándose entre risitas y cuchicheos. Recién después, cuando supo cómo y con quién había venido, la habló una tarde cerca del arroyo cuando Marina estaba lavando ropas, las mangas recogidas sobre los codos, las piernas morenas a medias envueltas por la pollera increíblemente abiertas, sentada en cuclillas golpeando las ropas en la tabla casi sumergida completa en el arroyo.

-¡Martín...! ¿qué estás haciendo vos por aquí...?

-Vos si qué.

-Yo vine con mi marido... Vivimos en la barraca de atrás de todito.

Martín no quiso nunca hablar demasiado porque comenzó a conocer a Emiliano y sobre todo porque Emiliano trabajaba en la Administración y podía joderlo como quisiera si no entendía sus intenciones o si se enteraba de lo de antes y le daba celos o algo.

Pero fue Emiliano el que comenzó a buscarlo cuando le pareció saber que la conocía de antes, él siempre se cuidó muy bien de no contar de dónde la había traído, pero muchos dicen que lo mismo se supo aún antes de que comenzara a contar.

Claro, Marina pensaba que no tenía nada que ver y por eso lo habrá comentado más de una vez con alguien, si Martín, por ejemplo, decía, sabía desde luego, aunque creyó mal, porque él nunca antes lo había sabido, lo supo recién después, cuando ella ya se había ido, cuando comenzó a comentar con Emiliano todas esas cosas.

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Y demasiado le interesaba a Marina saber qué había pasado, como cuando uno llega a alguna parte donde hay gente reunida y todos conocen algo que uno no conoce y todos se miran y se hacen señas y ni siquiera hace falta que se miren o se hagan señas, porque uno enseguida sabe que hay algo que ellos conocen y que uno no sabe. Entonces Marina comenzó a buscarlo, a Martín, claro, a tratar de preguntarle cosas cuando estaban solos y todo eso, y eso a Emiliano no le gustó.

Por ejemplo, cuando esa vez salían del almacén, Marina llevando su medio kilo de cebolla y una latita de conserva para el guiso de arroz que un rato más tarde vendrían a comer los pensionistas que habían tomado del turno día para ayudarlo a Emiliano, aunque en realidad no era que lo necesitaran tanto porque Emiliano ganaba bastante bien, tan es así que por eso él le dijo: guardate nomás esa platita, y ese fue el dinero que la ayudó después para irse, y Martín su caja de cigarrillos que había ido a comprar aprovechando que esa mañana no pudo ir a la plantación porque amaneció con dolor de vientre. La calle, o sea, el patio largo y grande entre las barracas estaba vacío porque todos los hombres estaban trabajando y todas las mujeres en las cocinas o algunas en el arroyo, lavando.

Se quedaron un momento bajo la sombra del chivato, el sol recortando nítidamente su perfil en el suelo con una sombra dura, violenta, la arena ardiendo.

-Sí, en serio, te digo que estuvo aquí hasta hace poco.

Marina no podía creer que fuera cierto.

Y entonces todo comenzó a hacerse más difícil, porque justo Emiliano salió de la administración cuando se despedían y no le gustó, porque seguramente pensó que había algo no demasiado bueno entre ellos, y había, claro que no como él se imaginaba.

Y ella entonces pensó preguntarles a las otras mujeres pero la cosa no fue más fácil, manga de zorras, escuchando nada más que para contar después pero sin decir nada, o si lo decían, burlándose.

-Yo lavé su calzoncillo dos veces que se hizo todo encima pero después no quise más, nadie quiso más, y entonces lo dejaron desnudo porque así era más fácil limpiarlo... todas   —62→   íbamos a verlo. Y algunas, varias veces por día, todos los días...

Y las carcajadas ruidosas recomenzando entre el batir de las ropas saturadas de jabón en el arroyo del bajo allí, detrás de todas las barracas. Nunca nadie pareció darle demasiada importancia a la pierna cortada, y ella misma no supo qué decir cuando lo supo porque fue un dolor demasiado grande, demasiado suyo (qué te hicieron, mi rey, y yo, que no estaba). Sintió la necesidad fuerte de protegerlo, de acunarlo, lo sintió realmente suyo. Entonces se dio cuenta de que tenía que seguirlo y al principio pensó que estaba loca.

Y mientras tanto también Emiliano comenzó a ponerse más molesto porque desconfiaba.

-Yo soy un tipo demasiado bueno, pero hay cosas que no me gustan.

Martín vio cómo Emiliano dejaba su vaso en el mostrador y lo alejaba un poco arrastrándolo sobre la madera grasienta, como para observarlo, como para fijar su lugar, y entendió. No tuvo miedo, es cierto, pero supo que tenía que cuidarse, hubiera sido tonto meterse en problemas sin tener nada que ver.

-Uno tiene que fijarse bien, siempre.

Emiliano también entendió. Y, en el fondo, sintió curiosidad porque estuvo seguro de que tenía que conocerla de antes, de otra manera no podía ser, si era una cosa de ahora hubiera reaccionado distinto, entonces habló de otra forma y las palabras fueron más tranquilas, como comenzando de nuevo la conversación, como si no hubiera dicho antes otras cosas, comenzando una relación distinta.

Pero Martín entonces pudo darse cuenta de que Emiliano no iba a joder y comenzó a escaparse de Marina por si acaso él interpretaba cualquier cosa y ella se comenzó a desesperar, él se había ido y ella lo iba a seguir, esta vez lo iba a seguir a donde fuera, pero tenía que saber adónde y no era fácil, ¡ay!, doña Candelaria, cómo tenías razón, cómo los hombres no nos dejan vivir y sólo hay una forma, mientras podés, claro, y tenés que saber aprovechar, las mujeres tenemos que saber aprovechar la fuerza que tenemos, se dijo.

Y desde ese día no lo busco más, o sea, sabía muy bien todo lo que Martín hacía o dejaba de hacer porque lo observaba   —63→   de lejos y se alejaba cuando él se acercaba, incluso cuando había otra gente delante y Martín se tranquilizó y, lo que fue mejor, Emiliano se tranquilizó.

-Vamos a ver si para fin de mes puedo comprar la radio en lo de don Fabián.

Quiso abrazarla, olía a sudor y a cerveza y en otros momentos eso a ella no le molestaba pero ahora era distinto, y se apartó un poco en la cama.

-No creo que puedas; nunca te alcanza.

-¿Cuánto tenés vos de la comida?

-Vos dijiste que eso era mío -en la oscuridad, los ojos muy abiertos, su voz se ahogó sobresaltada.

-Esto también es tuyo y sin embargo siempre me lo das -dijo tocándole.

-Dejame, Emiliano.

En el fondo, aunque nunca quiso reconocerlo abiertamente, Emiliano siempre estuvo convencido de que ella nunca tendría que despreciarlo, jamás, demasiado había hecho él por ella aceptándola como era, o sea, sabiendo lo que era y de dónde la había traído. Por eso la rabia que sintió, más todavía porque hasta había querido ser simpático.

-¿Y a vos qué te pasa ahora, puta de mierda?

-Nada. Dejame.

Y es que se había dado cuenta de que no podía estar más con él, nunca había sentido antes esto así tan fuerte. Claro, pero era distinto. Antes tampoco quería estar con los otros, es cierto, cuando recordaba en el fondo de sus ojos la angustia de sus ojos y su temblor y hubiera preferido mil veces que fuera él, el que se fue, el que estaba con ella, pero estaba tan lejos y era todo tan imposible y ahí está lo que ahora era distinto, ahora ya casi podía sentirlo porque había estado allí y porque había preguntado por ella, así se lo había dicho Martín como de paso, sin saber, desde luego, todo lo que para ella significaba.

Por eso después lo pensó, sintiéndolo a Emiliano acurrucado y enojado, y comprendió que todavía no sabía lo que tenía que saber, que todavía no era tiempo y no había que hacer macanas, entonces se acercó a él que estaba arrinconado   —64→   en un costado de la cama dándole la espalda, y metió su mano dentro de su calzoncillo y después de recorrerle la nalga suavemente con la punta de los dedos casi temblorosos, casi tímidos, como tan bien sabía hacerlo, presionando un poco pasó entre sus piernas y al prenderse entre suave y violentamente le transmitió el calor de su tacto y la frescura de su piel con una caricia casi inocente que lo inundó con una explotación descontrolada en las venas, la piel erizada en mil espinas, la sangre golpeando en el estómago.

-Perdoname, mi amor, no quiero que te enojes.

Y le hizo todo lo que sabía hacer (cuántas veces doña Rubia pasó por su memoria), cosas que no había vuelto a hacer desde que vinieron juntos y fueron casi marido mujer.

Y Emiliano al día siguiente se despertó dichoso pero también avergonzado y quiso borrar la humillación que le había causado la noche anterior cuando le dijo puta y estaba eufórico de alegría, si al final de cuentas todo lo de antes estaba ya olvidado, por lo visto, se dijo, y tenía una mujer que era suya y que valía la pena. Antes de salir le contó que volvería tarde porque después de su turno iría a lo de don Fabián a traer la radio porque después de todo, qué tanto joder con esperar un mes o lo que sea, lo mismo se podrá pagar, sea como sea, y una radio era muy necesaria, era una buena compañía, tan sola habría de sentirse todo el día sola, sin nadie con quien hablar, traería la radio y se acabó, y eso era precisamente lo que Marina estaba esperando, que él volviera tarde alguna vez.

Entonces ese día esperó a que fuera suficientemente tarde para que todas la mujeres volvieran del arroyo con sus montones de ropa recién lavada y húmeda y antes de que los hombres bajaran a bañarse se encaminó hacia bajo llevando un toallón grande bien envuelto bajo el brazo y se sintió ridícula, como haciendo algo que no lo correspondía pero, en el fondo, con algo como una extraña picazón dentro de los huesos.

Cruzó el arroyo por el tablón que utilizaban para lavar y se metió entre las matas altas del otro lado y se sentó, recogida, temiendo ser descubierta mientras las sombras iban cayendo y cerca de ella, primero tímidamente, y después más pareja y alucinadoramente, una rana comenzó a croar.

Después vinieron los hombres y se desnudaron y se bañaron hablando y riendo y ella los miraba desde los yuyos,   —65→   temiendo ser descubierta, temiendo ser descubierta. Martín aún no había bajado, ella sabía que siempre era de los últimos porque muchas veces lo había controlado agazapada entre las sombras de la ventana chiquitita de su barraca, casi en la pendiente del arroyo, ojalá también hoy.

Uno a uno los hombres se fueron vistiendo y alejando y era ya casi de noche y empezó a pensar que no vendría y a entristecerse cuando lo vio bajar la cuesta, un cigarrillo encendido en los labios, la toalla sobre los hombros, con pantaloncitos cortos y sin camisa. El corazón le cabalgó en el pecho como si fuera la primera vez, y era la primera vez, nunca lo había hecho así, pero era la única manera, una mujer tiene que saber usar las posibilidades que tiene, eso es muy cierto, doña Candelaria.

Esperó a que se desnudara y se metiera en el agua, vio romperse entre sus piernas y después alrededor de su cuerpo el reflejo de las luces de arriba y entonces se levantó y lo llamó.

Y no quiso reconocer que le gustó, todo era tan nuevo e increíble, pero incluso mucho tiempo después todavía le parecía sentir en la nariz el aroma del pasto aplastado y la piel, en el recuerdo del contacto con la piel mojada y fría de él, se le erizaba en mil puntitos electrizados. Y así supo que él se había ido a buscarla, que él se había ido a buscarla, que él se había ido a buscarla.

Martín se quedó un rato más tendido en el toallón que ella había abandonado entre los yuyos al cruzar apresuradamente el arroyo subiendo hacia las barracas y después se metió en el agua para lavarse bien, más que nada porque Emiliano comenzaba a ser su amigo pero por sobre todo porque le pareció que ella se había aprovechado de él, incluso al darse, porque no podía comprender, exactamente, qué hacía él entre Emiliano y Quiñónez, además de quedar como un tonto.

Sí, Emiliano por lo visto también ya sabe, pensó ahora mientras estaban sentados esperando la noche embotados por el ronroneo que venía rodando desde el generador ubicado en la mitad de la pendiente, la gente habla mucho y comenta todas las cosas, claro que nuca tendrá que enterarse que fui yo el que la ayudó a irse contándole todo, ese atardecer en el arroyo.

  —66→  

-No sé, no es por nada, pero creo nomás que no es importante hablar de eso, quiero más bien contarle cosas que puedan hacerle saber más, porque eso que me pregunta creo que no tiene mayor importancia: ¿qué es lo que puede cambiar de todo lo que le conté, de todo lo que le estoy contando, el cómo lo conocí a Quiñónez? Es una historia demasiado vieja.

Usted mismo me dijo que las cosas más viejas o menos viejas, siempre eran importantes...

-Y sí, así ha de ser seguramente, por eso yo lo digo, porque es, pero hay cosas que algunas veces resultan... no sé, esa época fue una época muy difícil.

Yo le pido que me disculpe, don Mareco, no quiero ser indiscreto ni exigirle que reviva cosas que quizás quiera olvidar, pero necesito saber. A mí me resulta extraña esa su incondicional adhesión hacia Quiñónez: para usted él es solamente un cúmulo de virtudes, las partes oscuras de su vida o no las cree o las resta en importancia, usted hace de él casi un santo.

-¡Qué santo ni santo!, usted a veces dice tonterías, creo que ha de perdonarme; Quiñónez no fue ningún santo (y seguramente porque no le interesó, nomás), Quiñónez fue un hombre demasiado grande siempre. Y no es que quiera olvidar nada, al contrario, me gusta recordar, pero creo nomás que no tiene importancia para usted...

Y sí, tiene importancia.

-He, se está burlando y por eso me remeda. Y bueno, si quiere saber... ¿qué me importa? ¿se acuerda de aquel Godoy que le conté que les prestó los caballos cuando casi murieron Quiñónez y Pereira en el Cañadón crecido?

  —67→  

¿Godoy? No, no sé de qué Godoy me habla.

-No importa. Después, alguna vez, le voy a contar, seguro, alguna vez le he de contar... Bueno, Godoy era mi hermano, bastante mayor que yo, sí, es el que se quedó después con los campos de papá sobre las costas del Cañadón. Siempre fue muy bueno con nosotros, o sea... sí, siempre fue bueno con nosotros, alguna que otra vez nos hizo algunas macanitas, pero cosas sin importancia mayormente.

Perdón, don Mareco, ¿Godoy?

-Y sí. Papá nunca nos reconoció a sus hijos, por eso los hermanos somos Mareco, Godoy, hay también Martínez... pero siempre nos quiso mucho a todos, nos cuidó, siempre nos dio su ayuda, un caso serio, el viejo. Una vez me acuerdo que andaba queriendo arrastrarle el ala a la hija de don Felipe Mosqueda, ese gringo que tenía aquel campo tan lindo en las afueras de Tranquera Rota, casi en el límite de la Compañía. Recuerdo que cuando eso una tarde nosotros nos íbamos todos hasta el pueblo para comprar ropas y cuadernos para la escuela, porque siempre todos los hijos estuvimos con papá hasta que nos hicimos grandes, pero sus mujeres estaban solamente una por vez y los hermanos nos entendíamos bien, todos ligábamos la misma cantidad de palizas, pero siempre nos trataron bien y nos quisieron. O casi siempre. Entonces no dejó a todos en la carreta en el recodo, más o menos a quinientos metros del portón y se llegó él solo hasta la casa para saludar a don Felipe. Dice que llegó y desmontó y don Felipe se puso muy contento porque lo apreciaba a papá y además le agradaba que se acordaran de él y vinieran a visitarle; claro que también desconfiaba que le interesaba a papá su Rosita, pero el gringo conocía muy bien a su hija y entonces, en vez de preocuparle, le divertía. Esto me lo contó mamá mucho tiempo después, cuando se acordaba de papá y le causaba gracia recordar lo sinvergüenza que siempre fue con las mujeres. Y don Felipe las hizo venir a su esposa y a Rosita para que saludaran a papá y papá se levantó muy galante y le dijo: buenos días, señorita, y ella le sonrió muy alegre, buenos días, señor. Y haciéndose la muy cumplida le preguntó: ¿y su familia, cómo está? ¿Familia?, preguntó papá sorprendido y muy molesto, yo soy   —68→   soltero, señorita. Después nos llevó a los tumbos a comprar los cuadernos y nunca más volvió por lo de Mosqueda, creo, porque la gringa demostró ser una gran jodida y mamá siempre nos contaba este caso con grandes carcajadas. Bueno, y volviendo a Godoy, cuando fue un poco más grande salió de la casa, y si bien es cierto que hubiera podido trabajar en el campo de papá, prefirió ir a trabajar afuera, para tener su dinero propio. Algunos dijeron que le estiró desde afuera algún pelo de concha, pero eso es una tontería, usted sabrá disculparme. Y fue entonces, cuando eso, que se conoció con Quiñónez, que era en esa época un mozo que comenzaba a gallear y se hicieron muy amigos, qué época era aquella... Era una gran época, las cosas eran difíciles, es cierto, pero eran diferentes... Daba gusto. Papá venía a ser algo así como el jefe político de la zona, nadie le había dicho nada de eso, pero todos le consultaban y todas esas cosas, todos le tenían en cuenta. Pero creo que no fue eso sino la intriga que le hicieron lo que hizo que comenzaran los problemas.

No entiendo muy bien, es todo tan complicado: ya no entiendo a qué política, intriga o problema se refiere... (pero no se lo digo, desde luego, don Mareco: ¿de qué valdría?)

-Papá siempre manejó a toda la gente de la zona muy tranquilamente, algunos no habrán estado muy contentos, probablemente, pero nadie se quejaba demasiado y todo estaba bien. Pero fueron con el cuento de que papá estaba haciendo su campaña juntando gente, y a lo mejor podía entenderse así; pero no era cierto. Papá les ayudaba a la gente cuando podía; cómo no les iba a dar, por ejemplo, poroto y maíz a la gente, si veía a sus hijos desnutridos y con las barrigas hinchadas como para reventar y las piernas finitas como palitos y los ojos redondos y grandotes, brillantes, como con fiebre. Y claro, los otros vieron que eso era continuado, y entonces fueron y dijeron: don José está reuniendo gente, épocas jodidas eran. Lo cierto y lo concreto es que Quiñónez, no sé cómo, pudo saberlo y sin decir nada a nadie desde ese momento se puso a la espectativa. Le gustó desde un comienzo lo que hacía el viejo, y más cuando se dio cuenta de que a los otros, los de la Autoridad, no les gustaba. Me acuerdo muy bien de la noche   —69→   en que vinieron. Eran seis. Nosotros éramos chicos y ya habíamos cenado pero todavía no conseguían hacernos acostar y papá estaba tomando su trago debajo de la parralera que había en el patio frente a la casa. Desmontaron y uno se acercó quedándose los otros cerca de los caballos, junto a la alambrada de afuera, y eso a papá ya no le gustó, y eso que todavía no sabía nada. ¿cómo está, mi amigo?, le preguntó papá cuando lo reconoció al secretario de Federico Martínez, el que era Ayudante Civil del Comandante del Destacamento.

-Don Federico te hace llamar, don José -le dijo antes de ni siquiera devolverle el saludo- dice que quiere hablar contigo.

-Cómo no, con todo gusto, vamos a ver qué dice mi buen amigo don Federico... Pero siéntese, pues, un momento.

-No, gracias; así nomás.

Vi que a papá no le gustaba completamente nada lo que estaba pasando porque movió su cabeza asintiendo pero sin decir nada y sus cejas se arrugaron mucho.

-Como guste. Dígale a don Federico que mañana a primera hora voy a estar con él.

-Él dijo que quiere verte esta noche mismo.

En ese momento papá se levantó, no parecía completamente nervioso, pero habrá estado, claro que sí, porque sabía muy bien lo que significaba que vinieran a buscarlo a uno de noche así, entre varios y en esa forma, y le dijo a su mujer: llevá a las criaturas adentro. Nos metimos todos en la pieza y Hermelinda no nos quería dejar arrimarnos a la ventana para mirar, y no los dejó desde luego a los más chicos, pero yo era más grande y no me pudo sacar de allí y miré por la ventana y sentí que ella detrás mío tenía su rosario en la mano y lloraba despacito, tratando de atajarse. En ese momento vi que se acercaba alguien desde el montecito que había detrás de lo de Duarte y cuando la claridad del farol me permitió reconocerlo no pude atajarme, ¡viene Quiñónez!, ¡viene Quiñónez!, casi grité. Desmontó al lado mismo del portón y se acercó caminando despacio, parecía contento y despreocupado y cuando le dio bien la luz del farol vi que sonreía, parecía que   —70→   venía de paseo, pero cuando noté que ni siquiera saludó a los hombres que estaban en la entrada al lado de sus caballos, como si no los hubiera visto, habiendo pasado por su lado, pude darme cuenta de que venía preparado.

-Buenas noches, amigo, buenas noches, don José -dijo acercándose hablando bien fuerte y sonriendo.- Parece que tiene visita esta noche, don José.

Creo que a partir de ese momento a papá comenzó a divertirle la situación, sobre todo cuando vio cómo se sorprendió el Secretario de don Federico al verlo llegar a Quiñónez.

-¿Cómo estás, mi hijo?, me alegra verte... -le dijo papá. Después con un gesto lo señaló al Secretario.

-Aquí está este señor que viene a buscarme porque dice que don Federico quiere verme esta misma noche.

-¿Esta noche? No... es muy mala hora, de noche, para ir a ver a nadie, mi amigo... -nadie podía saber si Quiñónez hablaba en serio o se estaba burlando porque hablaba fuerte, bien seguro- y además, don José ya nos había invitado a venir esta noche a visitarle y no nos puede dejar así plantados a mí y a mis muchachos, ¿no le parece, mi amigo?

Entonces vimos que un poco alejados de la cerca había cuatro o cinco jinetes esperando, no se podía saber muy bien cuántos eran porque era bastante oscuro. Quiñónez pareció muy contento cuando vio la cara de rabia del enviado de don Federico y más cuando miró al grupito que vino con él y que no parecían estar muy tranquilos, se miraban entre sí y se removían. Y todavía faltan algunos amigos más por llegar, dijo más fuerte Quiñónez para que escucharan los otros, aunque no sé si van a hacer mucha falta; espero que esté bien preparado para recibirlos, don José, porque hoy queremos farrear de lo lindo; nosotros estamos bien preparados.

-No hay problema, mi hijo, dijo papá, en mi casa los amigos siempre son bien recibidos y, por otro lado, siempre estamos preparados para no tener sorpresas desagradables, ¿verdad?, y: ¿usted no quiere acompañarnos?, le preguntó al   —71→   enviado de don Federico. Y no quiso, qué va a querer. No sabés lo que estás haciendo, le dijo a media voz a Quiñónez cuando pasó frente a él y sin despedirse de nadie se fueron. Y lo que vino después, la persecución del Ayudante Civil, los intentos de agresión del Secretario, que se quedó con la sangre en el ojo porque se rieron de él y todo eso, fue muy duro y papá tuvo que aguantar muchas cosas, hasta que las cosas cambiaron, cayó don Federico, que se la había jurado y lo perseguía a sol y a sombra, y muchas otras cosas y todo eso pudimos pasar. Pero Quiñónez me había demostrado todo lo que era. Era un hombre, ¿sabe? Era mucho más hombre que todos los otros y quise imitarlo. Yo no tenía todavía catorce años y dije que siempre iba a imitarlo, pero era un hombre grande, Quiñónez, demasiado grande, y nunca pude parecerle. Pero tuve la bendición de ser su amigo, sí señor, tuve la bendición de ser su amigo, y eso es una gran cosa, ¿se da cuenta?

  —72→  

Hubiera querido llegar de noche porque no estaba preparado, pero lo mismo hubiera sido inútil, porque el problema no estaba en ellos, en que me vieran o no, sino en mí. Por eso caminé bamboleante sobre mis muletas (¡aún no logré acostumbrarme!) sacudiéndose el muñón adelante y atrás acompañando el ansiado movimiento de la pierna inexistente.

Sabía que me miraban, estaban en todas partes, detrás de las cercas y en las ventanas sombreadas y profundas, entre las enredaderas tupidas del patio frente a las cocinas, quizás alguien frente al horno de barro o dando de comer a las gallinas, pero estaban. Y sentí las manos mojadas de sudor en mis muletas y no era por el calor, por más que el sol caía como plomo derretido, y cuando vi el Almacén de don Mareco con su puerta doble y su ventanita oscurecida por el alero, la pared rosada se me desdibujó un momento y esas bocas oscuras y frescas, tan cerca estaban, tan cerca estaba todo, casi me hicieron dar vuelta para huir una vez más, pero Marina varias veces preguntó por mí, pensé.

Y cuando vi el piso de ladrillos levemente humedecidos y entreví desde la acera las dos mesitas y las sillas (en las que tantas veces nos sentarnos, en las que tanto conversamos y pensamos) y el mostrador oscuro en el fondo, madera casi negra, alisada y grasienta por el uso, y más atrás la estantería con viejos diarios recortados formando dibujitos, sentí como una pelota en la garganta y que la respiración se me hacía más acelerada y que los ojos se me llenaban de lágrimas.

Entonces recordé aquel día cuando vine corriendo desde el patio de la iglesia, los pies desapareciendo de mi vista y adelantándose a continuación de mis rodillas y envueltos en las   —73→   medias negras y los zapatos gruesos también negros borroneados a través de las lágrimas y mis resuellos, la cabeza gacha y de la nariz el hilo de sangre que gota a gota iba manchando mi camisa blanca de los domingos. Y claro que ya no me dolía la trompada, para más yo también le había pegado a él, ni me asustaba la sangre, pero es que todos se habían reído y no había por qué, no había un por qué para haber peleado entre amigos, primero, y mucho menos que los otros disfrutaran con ello, y a él no lo importó pero a mí sí y busqué entre todos a alguien que no se riera pero todos se reían y me piché, y cuando sentí que iba a llorar corrí y vine a refugiarme entre estas paredes rosadas, siempre pintadas rosadas, y el piso húmedo y oloroso de ladrillos húmedos y después doña Candelaria me puso un trapo mojado sobre la nariz cuando me sentó en el patio con la cabeza echada atrás, y movió la cabeza diciendo: no, cuando más allá don Mareco dijo: es un arruinado, carajo, no sirve para nada, y fue cuando pensé que era un tonto al venir a refugiarme allí y no sé por qué, después de tanto tiempo, todavía siempre digo que no voy a volver y vuelvo tratando, de alguna forma, de refugiarme aquí.

Me recosté contra la pared al lado de la entrada del saloncito vacío aspirando goloso el fresco ambiente familiar tantas veces añorado aún queriendo olvidarlo, algo como de grasa, barro cocido y humedad, y busqué a tientas una silla porque mis ojos cargados aún de reverberaciones parecían hinchados de sombras por todos los costados. Me senté y la muleta resbaló y cayó al suelo con un estrépito extraordinario, el ruido más fuerte que hubiera escuchado en mi vida, y más maldito, en el patio ladró Rey enloquecido y se abrió la cortinita de plástico en la abertura hacia la pieza de atrás y apareció la cara de Mareco, sorprendida, en donde al instante, fácilmente pude darme cuenta, apareció la pena.

-¿Que te pasó, mi hijo...?

Pero fue un momento, sólo un instante, enseguida el observarlo hizo volar mi pensamiento a velocidad enloquecida y mi razón se ubicó en su apariencia real y no en la desdibujada y mentirosa imagen (quizá ansiada) fruto de la ansiedad y la añoranza.

  —74→  

Su pantalón amarillento y su camisa azul y desteñida de gruesa tela de algodón, o la piel morena y cuarteada y los brillos rodeando cada hendidura, o quizás solamente ese aspecto de pueblerina solvencia y de ingenua y desmedida superioridad, me causaron un reparo involuntario. Fue directo. Pero pude verlo también sorprendido, asustado, apenado al verme como me veía, pobre don Mareco, yo también lo encontraba desmejorado, yo también lo había extrañado, lo añoré más de una vez aunque nunca quise reconocerlo, pobre don Mareco, nunca podrá perdonarme.

Nunca podrá perdonarme muchas cosas, que me haya escapado en la lluvia, por ejemplo, y mucho menos ahora, volviendo envejecido en corto tiempo y sin pierna, triste, derrotado, así como nunca llegó a perdonarme que haya preferido ir a vivir en el Campamento en vez de quedarme en su casa como estaba previsto y establecido. Él no podía imaginarse que a mí me fuera imposible dormir cerca de la cama de Marina, conocer todos sus movimientos, levantarme en las madrugadas cuando la luna grande lo inundaba todo con su luz blanca y espiar su cama, el corazón hecho un tambor en el pecho y las sienes, entreviendo a veces sus piernas morenas y redondas descubiertas de la sábana en movimientos nerviosos por el calor o los mosquitos, o adivinando esa generosa y negra mata de pelos a través del tejido fino de su borribacha o a veces nada, su cuerpo cubierto y acurrucado pero adivinándose sus formas y en la palma de mis manos, en la punta de mis dedos, el temblor del deseo contenido de ese tacto de terciopelo y, después, en mi cama, largas horas sin poder dormirine, afiebrado y enloquecido, el corazón apretándome la garganta en cada oleada de recuerdo, sintiendo cómo respiraba allí, a pocos pasos de mí, con toda la realidad de su cuerpo, de su respiración, de su olor, de todo.

O quizás don Mareco ya lo daba por hecho y no tenía porqué imaginarse que yo me contenía, es probable que él pensara que yo la había conseguido hacía ya rato, pero este es un pensamiento que llegó tarde, recién ahora, porque antes sólo pensaba solo en mi respeto hacia él (¿mi temor?) y doña Candelaria, no podía hacerles eso a ellos, pensaba, y justificaba   —75→   mi inútil desesperación. Entonces preferí irme a vivir en el campamento y eso es lo que Roberto ni Martín ni Fernández pudieron entender jamás.

-Estás loco para salir de allí, carajo; si a mi don Mareco me diera una pieza en su casa me la agarraría a Marina todos los días, o sea, las noches... ella está muy bien carajo.

Si hubiera sabido lo que me dolía no lo hubiera dicho; es mi amigo, creo.

-Pero decime una cosa, Quiñónez: ¿vos la agarrate ya o no la agarraste?

Era de noche y estábamos por dormir, Fernández se rió despacito en su cama con una risita cómplice en la oscuridad y el silencio, tanto como la oscuridad y el silencio desdibujan la distancia física y el trato se vuelve coloquial, una respiración más fuerte puede a veces llamar la atención, o un suspiro, una palabra musitada entre sueños hacen toda una realidad diferente, y yo le odie a Roberto por habérmelo preguntado así, cada vez te conozco más, me dije,

-Y a vos, ¿qué puta te importa?

Pero la agresividad de mi respuesta no sirvió de nada porque lo mismo se dieron cuenta de que no la había agarrado y asistieron con burla, hicieron silencio y yo, dolido, traté de tranquilizarme.

Por eso cuando estuvimos encerrados por la lluvia con Roberto, Martín y Fernández se salvaron porque ese fin de semana fueron a su pueblo y la lluvia sólo nos pescó a los dos en el campamento desierto, y en medio de una intimidad no deseada, por mí no deseada, realmente temida porque algo desconfiaba y no quería conocerlo, estúpidamente, obsecado en pensar que mi desconocimiento negaba la realidad de lo que había sucedido, o sea, de lo que temía hubiera sucedido, me contó que la había conseguido, fue como si me hubiera hecho un daño personal, intencional o no, creo que intencional, así me pareció, y no puedo soportarlo. Fue como si me hubiese profanado algún bien, como si hubiera aplastado con sus pies toscos y embarrados, con dedos chatos, gruesos, desformes por el frío, la tierra y el agua, algún relicario que yo estuviera guardando con cariño, que estuviera defendiendo con la   —76→   fidelidad de mi pasión continuada y mi respeto y no pude soportarlo, repito, y lógicamente, porque así soy yo, preferí huir. Huí como huí siempre. De todo. Y es mejor que lo olvide, que pase y se acabe, no volverá a repetirse. Digo no volverá a repetirse y pienso que sí, que sí volverá a repetirse.

Y ahora de vuelta en mi viejo cuarto, acostado en la tarde en mi vieja cama veo a través de la puerta entreabierta el lugar donde antes dormía Marina, casi en el pasillo que da al patio, detrás del Almacén, y que su cama ya no está, ahora hay allí una heladora grande a querosén, así como ya no hay rastros de su presencia y estirando el brazo toco los ladrillos del piso que alguna vez pisaron sus pies descalzos y la tabla lustrosa del taburete donde tantas veces se sentó, de tardecita, debajo de la enredadera del patio y no siento nada, sólo que la tarde va pasando y cómo uno a uno los ruidos, los olores y los movimientos tan conocidos poco a poco se me van volviendo nuevamente familiares.

-Tuve que hacerla salir de esta casa porque parecía esas perras en celo: me atraía al Almacén a cuanto machete había por la zona y no los hacía venir de balde, no creas. Entonces, como no hubo forma de cambiarla, afuera.

Miro la calle a través del patio entrecortadas las cosas por las oscuras guirnaldas que forman las ramas pendientes de la enredadera debajo de la cual estamos, esa misma que con el sol de la mañana es una orgía de verde y de luz, yo sentado en el butacón grande con asiento de tabla gruesa y lustrosa, una cobija sobre la madera y bajo el muñón un doble más grueso y don Mareco en la silla echada atrás, sobre las dos patas traseras, recostada contra uno de los parantes y siento se hincha de resentimiento descontrolado, temo que la voz me traicione, temo no poder atajarme y saltar sobre su boca inmunda para hacerlo callar, ¿por qué no seré capaz de hacerlo, maldito sea?, sólo me animo a disentir.

-Pero antes no era así.

-Claro que siempre fue así, desde chiquilina... ¿o vos te creés que solamente a vos te dejaba que le apretaras las tetitas cuando jugaban libertado en la plaza de la iglesia...?

Don Mareco escupe el resto de tabaco que estaba mascando   —77→   y parece reírse pero es un ruido cavernoso, profundo, que no puedo descifrar, es ya de noche y no puede ser, me repito, no puede ser, yo nunca le toqué el pecho, éramos muy niños y después no jugamos más y, en todo caso, era todavía demasiado estúpido para darme cuenta de que eso es lo que hubiera querido hacer.

Pero la sola posibilidad de que en todo ese tiempo que yo no me animé a hablarle ella se hubiera fijado en mí (los otros piensan que fue así, por lo visto), se me clavó dentro de las tripas como una tenaza de hierro caliente y ni siquiera se me ocurrió dolerme por lo que hubieran podido hacerle los otros.

Sentí un golpe avasallante de sangre en todas las arterias, no puede ser, pensé, no puede ser; quería rogar con todas mis fuerzas que no fuera cierto, no puedo haber pasado todo lo que pasé y ella fijándose en mí. Una idea se formó en mi cerebro: tenía que saber más, tenía que preguntar, pero ni aún así me animé a decirle a don Mareco que la había ido a buscar ni a él se le ocurrió pensarlo.

Fue cuando eso que una mañana vino don Pereira al pueblo, es decir, lo trajeron sus hijos casi muerto, desfalleciente de fiebre, el rostro seco y arrugado, después pude saberlo, acostado y envuelto en sábanas y cobijas de algodón en las tablas de la camioneta destartalada que dejaba una muralla impenetrable de polvo detrás de sus ruedas traseras.

-Llegó el momento de que pague todas sus culpas -escuchó decir a don Mareco al verlos pasar, sentados los dos en el corredorcito de frente al Almacén.

Pero en eso como en otras cosas no estuve de acuerdo con él, o sea, nunca estuve de acuerdo con don Mareco en nada que se refiriera a papá.

Agustín Pereira, el menor, me levantó la mano saludando desde la cabina cuando pasaron frente a nosotros. Con él estaba cuando esa tarde en su estancia don Pereira me contó todo y yo noté en su cara lo que le costaba ocasionarme la tristeza que me estaba causando, cuando después de toda una tarde bañándonos y riendo en esas vacaciones volvimos a la casa al galope de nuestros montados desde el tajamar. Qué diferente   —78→   era todo en aquella época, recuerdo. Y fue una cosa rara: preferí mil veces la honestidad de don Pereira, que me contó que papá fue un cobarde que se quería escapar abandonando a los suyos, que la mentira de don Mareco, que siempre me contaba sus grandezas, y me ponía como ejemplo su valor y todas esas otras pelotudeces cuando yo en realidad lo que quería era olvidarme de él y, sobre todo, que todos los otros se olvidaran de él. Claro que esa tarde que lo supe todo, mientras cabalgaba solo de vuelta hacia lo de don Mareco y ya el sol se iba escondiendo con colores amarillos y colorados, sentí la saliva espesa y que me quemaba alrededor de los ojos y si no hubiera tenido quince años probablemente hubiera llorado, aunque a lo mejor era nada más que había estado toda la tarde al sol y que el agua del tajamar estaba muy fría.

Y esa noche don Mareco me pegó cuando le hablé de lo que me habló Pereira y eso que todavía no estaba borracho, aunque se emborrachó después, y nunca más le hablé de eso.

Así como nunca quise aceptar el facón con mango de plata que don Mareco dijo que papá me dejó y entonces él lo envolvió con una arpillera vieja y lo subió sobre la cumbrera, en el espacio que los tirantes dejan entre la cumbrera y las tacuarillas, el domingo después de la fiesta de Santo Tomás en el pueblo, cuando me fui por primera vez solo de noche y volví casi de madrugada, avergonzado, temeroso y eufórico, la cabeza nublada de cerveza y los sentidos encendidos, ardiendo toda mi piel de olor a mujer desde detrás de la lona que cubría la puerta de una de las últimas barracas de la romería, al costado de los puestos de lotería.

-Ya sos un hombre y podés decidir; si no lo querés vos, no te puedo obligar -me dijo mientras lo envolvía.

-¿De dónde lo recogiste?

Se dio cuenta de que yo me refería a que lo recogió de donde papá lo extravió al huir, al tratar de escaparse abandonando cobardemente a los suyos, que lo siguieron y respetaron, pero ya no se animó a pegarme, nunca más se animó a pegarme.

Entonces esperé a que don Pereira muriera; lo enterraron esa misma tarde porque no había dónde tenerlo en el pueblo   —79→   y, además, la casa había estado abandonada muchos días y tenían que volver, y esa noche nos fuimos a la estancia, Agustín y su hermano mayor en la cabina y las dos mujeres de la cocina y yo en la carrocería donde hacía unos días habían traído al viejo enfermo y hacía unas horas lo habían transportado muerto. Quizás por eso, o porque en realidad lo sentían, las dos mujeres, una primero e inmediatamente la otra, de tanto en tanto se lamentaban gritando y sus alaridos en la noche eran irreales, alucinados y fantásticos.

No pude quedarme con don Mareco porque el verlo hacía brotar en mí el resentimiento, no podía comprender por qué ansiaba ocasionar tanto dolor innecesario, por qué quería entender las cosas a la medida que le gustaba, por qué ese inconmensurable egoísmo, (por qué tenían que disfrutar todos con el cuadro doloroso de dos amigos enfrentándose, dos niños, lastimándose mutuamente, por qué tenían que gozar con el dolor de los otros), y era eso, nada me retenía allí, al contrario. Nunca lo quise, y mucho menos después de haberla echado (sin contemplaciones y para más, disfrutando) y si bien la figura de papá ya no estaba vívidamente entre nosotros, siempre que me miraba notaba el desprecio y la lástima que me tenía, eso nunca pudo ni quiso disimularlo, y no quise aguantar más, ¿para qué?

Recostado en la perezosa en la sombra de la galería grande con piso de ladrillos siempre humedecidos y olorosos haciendo un fresco fondo oscuro a los helechos brillantes, muchas veces evoqué la figura de don Pereira en la que había sido su casa y en donde yo estaba recibiendo ahora el cobijo que necesitaba, Agustín siempre fue mi amigo y no se negó a tenerme en su casa cuando yo se lo pedí, voluntariamente alejado de lo que había sido mío, o sea, que en realidad nunca había sido mío pero que había tenido como prestado, como por favor, todo fue siempre tan inseguro y dudoso.

Veo cuando junto a la cerca que rodea el patio Agustín y su hermano mayor desmontan sudorosos y cansados y atan las tiendas de sus cabalgaduras en el palenque bajo el árbol grande, más tarde van a desensillar, y se acercan a la fresca galería, es el final de otro día y ya hicieron lo que tenían que   —80→   hacer y ahora van a descansar y pienso que durante toda mi vida nunca sentí que había hecho todo lo que tenía que hacer, quizás sea solamente mía la culpa, quizás nunca me haya detenido a pensar que debía sentirme conforme con lo que había realizado, bien o mal, y no estar siempre navegando en aguas encontradas con la incertidumbre de cómo debía haber sido, o cómo los otros pensaban que tenía que ser, o es que siempre sentí demasiado encima mío y aplastándome la sombra de papá, sí, quizás haya sido eso. Es probable que en el fondo siempre haya sentido el escondido y acuciante deseo de imitarlo, el ineludible deseo de estar un poco más cerca de él.

  —81→  

-Él siempre llevaba consigo su facón con mango de plata, esas eran cosas que todos sabían, porque era un gran hombre, no hacía falta que dijera nada, se imponía, todos nos dábamos cuenta de que era grande y cosas de su vida todos las sabíamos sin que tuviéramos que preguntarle nada.

No todos piensan que fuera un hombre grande, usted lo sabe.

-Y claro, ya sé, sobre todo, quién no pensaba así. Pero conste que al principio eran muy amigos él y Pereira... La gente dice que Pereira se quedó pichado cuando saltó del sulky para salvarse y Quiñónez se quedó para salvarle los caballos que se ahogaban en la correntada, una vez que cruzaban el Cañadón que había crecido tanto y que se hinchó como la panza de una vaca muerta y que traía entre el agua sucia raigones y basura y animales muertos.

(Esto es nuevo, don Mareco, ¿con qué me viene ahora? ¡Ah...! ya recuerdo, esto es aquello de Godoy... sí.)

-Pereira desde luego no quería cruzar, pero Quiñónez le dijo: no tenemos tiempo para esperar a que baje porque la gente del otro lado nos espera; y se metieron. Todo iba bien, vamos a decir, pero en la mitad del cruce los animales se asustaron cuando fueron para arriba y sus patas no tocaron más el suelo y se desviaron y salieron de la huella y entonces el sulky también salió de la huella y se hundió y los estiró a los caballos, y Pereira le dijo para escapar porque se estaban hundiendo peligrosamente y: qué puta haces con los caballos, le gritó Quiñónez, porque los caballos eran de Pereira, y: que se mueran, carajo, le gritó Pereira y se tiró al agua. Quiñónez entonces se quitó el poncho, porque hacía mucho frío entonces,   —82→   porque mojado era demasiado pesado, y a caballito de la cruz del sulky se acercó a los arreos, se podía haber matado, desde luego, con la cabeza reventada entre los cuerpos de los animales enloquecidos de desesperación, y con su facón con mango de plata, hermosos dibujos tiene en el mango, cortó los cueros de los arreos y los pobres animales se dejaron llevar por la corriente hasta que más abajo ganaron la orilla. Recién entonces también Quiñónez dejó el sulky casi hundido y poco a poco ganó la orilla donde ya lo esperaba Pereira tendido en la barranca, pálido y con los ojos saltones, buen susto se había pegado, y todos los carreteros que estaban esperando para pasar miraban en silencio, sin decir nada pero pensando muchas cosas, eso es seguro. Entonces Quiñónez se sentó al lado de Pereira y le dijo: nos salvamos de una buena, amigo, mientras con la manga mojada de su camisa se secaba las gotas que resbalaban por su nariz, todo esto me lo contó unos días después Godoy, cuando ya había pasado todo. Y entonces cuando estaban sentados en la arena se acercó Godoy, mi hermano, ¿se acuerda?, el que me contó todo después, que era vecino porque tenía su campo en la ribera del Cañadón, el campo que había sido de papá, y le convidó a Quiñónez un trago fuerte, imagínese un poco: Pereira hacía rato estaba allí y nadie le había hecho nada, y recién entonces también los otros carreteros comenzaron a acercarse y a comentar, es que lo que pasa es que a la gente no le gusta cuando se es así con los animales; ellos son nobles, ¿es cierto?, y no te abandonan, y los podés abandonar si querés y ni siquiera se te van a plaguear pero por eso mismo no lo tenés que hacer ¿verdad? Amigo, préstenos caballos, le dijo Quiñónez a Godoy, y: vamos, le dijo a Pereira, que tenemos que llegar hoy a conversar con esa gente y total mañana tu personal podrá sacarte el sulky y claro, si él le había salvado los caballos y el personal le iba a salvar el sulky, Pereira podía quedarse tranquilo y recostarse sencillamente en los otros que todo se lo hacían, eso seguramente quiso a dar a entender o a lo mejor no, y cuando se alejaban montados en los caballos prestados, las ropas empapadas y tiritando, escucharon que los carreteros comenzaron a comentar y a reírse. Pero hay otra gente que dice que   —83→   no fue cuando eso que empezaron a dejar de ser amigos sino cuando Pereira desconfió que Quiñónez una vez se la montó a su mujer... o sea, sí, disculpe, desconfió que el señor Quiñónez estuvo con la señora de Pereira, vamos a decir, qué difícil es decir algunas cosas. Al principio yo no lo creí demasiado, pero con el tiempo me fui dando cuenta de muchas cosas y más ahora, usted me comprende, claro, y nadie lo supo nunca con certeza aunque muchos lo desconfiaron porque era desde luego muy posible, Quiñónez en ese sentido era muy terrible y era una mujer hermosa, blanca y grandota, la señora de Pereira, así como a él le gustaban.

Esa mujer, esa mujer... Entonces yo... ¡Dios mío!, no puede ser...

-¿Y qué le va hacer? A los hombres a veces no se les entiende y a las mujeres desde luego nunca se las entiende bien. Y además, es de balde decir esto tiene que ser así y así, no sirve para nada. Yo nunca antes creía tanto eso, digo, hasta ahora, porque con el tiempo uno piensa las cosas y les da vueltas y eso y por fin después empieza a entender cosas que antes no entendía. Lo cierto es que después cada vez se enojaron más y yo creo...

Dios mío, Dios mío... y yo todos estos años sin saber nada, sin explicarme cosas que no tenían sentido...

-Yo creo, le decía, que influyó mucho que después Quiñónez comenzó a encabezar la revuelta y cada vez tuvo más gente que le siguió y más gente que hablaba de él y que le respetaba y Pereira siempre estuvo haciéndole la contra, no importa qué defendiera Quiñónez, porque era a Quiñónez a quien él le hacía la contra. Y parecía que era a propósito cómo las cosas le salían a Pereira, cada vez la gente hablaba más de Quiñónez y le quería y le seguía, y él cada vez estaba más hundido en su rabia y todo eso...

Ahora comienzo a explicarme muchas cosas... Lo del animal que mataron, por ejemplo, siempre me pareció algo tonto y sin sentido, don Mareco.

-Y no, sin embargo, no era nada tonto y claro que tenía sentido. Desde un principio Pereira le había hecho la contra en todo lo que podía y cuando por fin Quiñónez llegó   —84→   a la zona derrotado y desesperado con sus últimos diecisiete, se arrimó a lo de Pereira y él se burló. Después le dolió mucho su animal, que era su mimado, y más le dolió lo que dijo la gente, mucho tiempo después todavía se comentaba... Claro que después se vengó: una vez cuando no le quiso dar la mano a Quiñónez cuando sabía que se iba para morir, porque lo sabía, y otra mucho después que se murió Quiñónez, cuando su hijo ya podía entender, era lo que había quedado de él, eso es lo más triste, vamos a decir, y como esas viejas putas y víboras le envenenó la sangre y lo alejó más de su padre, aunque no sé si eso era posible, de la memoria de su padre, digo, que fue un hombre demasiado grande.

Yo no sé si es porque se me hace tan difícil comprenderlo todo, y aceptarlo, es que preferiría más bien dejarlo correr, olvidarlo...

-Nunca se puede olvidar.

A veces querría dejar pasar todo como si no hubiera existido. Ellos, todos, con sus virtudes y sus defectos, ya pasaron; son todas cosas vividas y acabadas, viejas rencillas, amores y pasiones pasadas que ya no significan nada.

-Para usted, seguramente. Pero claro que significan. Yo quedé encargado, él me encargó, de su hijo, y yo hice todo lo posible para cuidarlo y encaminarlo, pero él nunca valió nada, pronto todos nos dimos cuenta, no era ni la sombra de Quiñónez que era tan bravo y fuerte, siempre tan por encima de todos nosotros... Pero claro que significan. Todos pagaron. Todos los que alguna vez le hicieron mal.

¿Le hicieron mal?

-Luciano creía que al delatarlo conseguiría su salvoconducto pero se equivocó, y me alegro. Desorganizado el grupo cuando lo apresaron a Quiñónez, poco a poco fueron cazándolos uno a uno, y primero a Luciano porque estaba más cerca, ¿creía que lo iban a perdonar? A él lo acuchillaron cerquita mismo de Pasaje Isla, nadie supo al principio cómo los habían encontrado tan fácilmente a él y a los otros para matarlos porque estaban bien escondidos, hasta que encontraron el cuerpo de Tadeo atado a un árbol en el montesito cercano al Destacamento con el pecho desnudo lleno de cortaditas de cuchillo y todos   —85→   los dedos de la mano derecha rotos, todos dados vuelta para arriba, ¿sabe? Y a los otros fueron pescándolos también así. Candelaria, la pobre, ahora ya descansa; pero pagó hasta el final su traición.

¿Candelaria? ¿Doña Candelaria?

-Sí. Al final cada vez se me hacía más difícil, yo la quería a la pobre, la llegué a querer después de tantos años, pero aguanté hasta el final, no podía traicionar, yo no soy un traidor. A veces me daba pena ver lo que sufría al lado de su hija, que no sabía nada, y cómo muchas veces la quiso defender y hablarle y acariciarle y todo eso, pero me tenía miedo, sabía que conmigo no iba a jugar, sabía que yo iba a encontrarle en cualquier parte a donde huyera, sabía lo que yo iba a hacerle si no respetaba la promesa que me hizo... Yo la salvé de un destino maldito, la protegí porque yo no soy ningún desalmado, qué hubiera hecho ella sola vagando por ahí con una hija recién parida, entonces le di casa y me sirvió, y ella quiso traer a su hija, de acuerdo, pero todo tenía que ser siempre de acuerdo a lo que yo decía, y una de las cosas que yo decía era que Marina nunca tendría que saber nada, ¿o es que iba a tener en mi casa viviendo felices y contentas como si no hubiera pasado nada, después de su traición, a la culpable de la entrega de Quiñónez, y a su hija? Y la hice pagar hasta el final, si señor, Quiñónez no se merecía lo que le hicieron... Cuando la heché a Marina y noté la desesperación de Candelaria estuve a punto de entregarme pero me contuve, fue muy difícil para mí, me hizo sufrir mucho.

No puedo entender tanta maldad, don Mareco, tanta barbarie, tanto ensañamiento injusto.

-Usted no puede entender muchas cosas porque no quiere entender, seguramente, pero Quiñónez fue un gran hombre, eso es lo importante, lo único importante; no tenían por qué hacerle lo que le hicieron si hizo tantas cosas buenas, la gente lo quería, por algo lo quería la gente, ¿no es cierto?, y nunca fue un traidor.

¿Nunca, don Mareco?, ¿nunca fue un traidor?

-Uno nunca tiene que animarse a hablar de otro si no está seguro; usted no tiene que animarse a hablar de Quiñónez   —86→   si no está seguro; entonces no vaya a hablar así como está hablando, no vaya a preguntar como sabiendo la respuesta, no está bien así. Usted recién ahora está aprendiendo, así que no se me haga el gallito y falta de respeto. Quiñónez fue el que evitó la matanza en el Aserradero en el mes de julio, famoso mes de julio, él y sus diecisiete con sus livianas se enfrentaron a las tropas del Destacamento para proteger a los hijos de puta que después no le ayudaron. Y cuando los del Destacamento con una granada reventaron la caldera y el fuego comenzó a extenderse, que es lo que buscaban para cazar a los que salían escapando del fuego, se jugó las pelotas para salvar a las mujeres y a las criaturas que estaban acurrucadas en el piso de las barracas, usted no sabe lo que hacían las tropas con las mujeres cuando las pescaban, y eso no lo hace un traidor, eso de jugarse por los otros, digo. Él salvó a los hombres del Aserradero del exterminio, porque eso era lo que buscaban las tropas del Destacamento, locas de cansancio y de sangre, usted no sabe tampoco lo que era esa gente cuando venían así. Y con el fuego Quiñónez los corrió a ellos como a los gatos, qué notable, con la misma arma que ellos querían usar, cuando encendió el pajonal por donde venían acercándose, y muchos quisieron decir después que fue porque tuvo suerte que el viento soplara para ese lado, y yo siempre dije que fue porque era inteligente y se dio cuenta de que el viento soplaba así y lo aprovechó, que sinó, hubiera pensado otra cosa, seguramente. Pero todo eso fue porque todavía tenía municiones y dinero. Pero la gente lo que busca es su tranquilidad, y uno a uno después se fueron ubicando, consiguiendo cada cual donde apoyarse y protegerse y entonces la presencia de Quiñónez, que antes era una seguridad, después se hizo compromiso y problema porque a partir de ese momento lo persiguieron muchos, y la gente lo que quiere es que le saquen el fuego del culo y después ya no se acuerdan, y entonces ya no se lo ayudó, y él buscó a sus parientes, que estaban más o menos bien con la otra gente, el panorama ya estaba más tranquilo y mayormente sólo a él lo buscaban, o sea que hubieran podido ayudarlo, vamos a decir, y no los encontró. Entonces sus hombres lo entregaron, sus hombres lo entregaron, ¿acaso que   —87→   alguna vez él se habrá imaginado eso?, él hizo demasiado siempre por su gente, ni siquiera cuando le nació el hijo a la señora Adelita él no abandonó a la gente porque ese era el tiempo cuando venían persiguiendo a los pobladores de los terrenos fiscales para comerles la tierra, y a lo mejor en una noche hacían correr a la familia, quemaban el rancho y arrancaban las cercas y al día siguiente llegaba la Comisión con el Escribano y todo y allí hacían una nota donde firmaban todos y decían que en ese lugar ellos sabían que hacía muchos años no vivía nadie, y así quedaban los años de ocupación y de trabajo en la basura, y muchas veces mientras firmaban el humo todavía les molestaba los ojos. Y Quiñónez era incansable recorriendo los campos todas las noches y más de una vez los hizo correr como conejos entre los festejos de la familia escondida y asustada. Por eso los odiaban tanto a él y a su gente y mientras él vivió no pudieron hacerles nada; pero muerto él a los otros los cazaron uno a uno como a ratones. Unos días después de la desgracia fui hasta Pasaje Isla y la encontré a Candé que había parido en uno de los ranchos del Destacamento, el día antes lo habían matado a Luciano y estaba sola, entonces la traje, y no quería traerla a la hija pero me pidió y la traje, y así pude hacerle pagar hasta el final de su vida.

(No me animo a hablar, don Mareco, la sangre en mi pecho es un mar embravecido. Qué maldad, qué crueldad innecesaria, ¿es, acaso, alguna vez necesaria la crueldad? ¿Quién le dio a usted derecho a esa venganza sin atisbo de misericordia?) Ni siquiera veo un motivo para odiarla: ¿qué otra cosa hizo Candé sino tratar de protegerse? Quiñónez los iba a abandonar a todos a su suerte, él habrá hecho mucho por su gente, así como usted dice, pero los iba a abandonar, don Mareco, eso es muy importante tener en cuenta. Estoy de acuerdo con usted en que no fue noble el entregarlo, pero fue nada más que una reacción inconsciente, un movimiento desesperado al darse cuenta de que Quiñónez los iba a traicionar dejándolos.

-Quiñónez nunca quiso traicionar a su gente. Jamás. Eso es lo peor de todo.

  —88→  

-El sol se había levantado y la neblina se cortaba como trapo viejo dejando pasar agujeros de sol que brillaban en las minúsculas y como afelpadas gotitas de agua que tapizaban el pasto, y el día era mucho más claro cuando llegó a la cerca que bordeaba el patio frontal de la casa, pero igual hacía mucho frío. Agustín era todavía chiquito, siempre fue muy pegado... para él no había más que su hermano mayor, siempre estaba pendiente de lo que le hacía o dejaba de hacer, como esa vez, sentado en el tresillo grande de madera gruesa de la galería cuando se quedó solo, arrinconado entre cobijas, porque usted quiso acercarse a Quiñónez, que en ese momento desmontaba. Quizás fue eso lo que le molestó a Pereira, el que su hijo mayor sintiera tanta admiración por Quiñónez, o fue porque vio a Quiñónez que ni siquiera la saludaba a su mujer que estaba en la ventana de la cocina porque ¿por qué no iba a saludarla?, ¿por qué prefería hacer ver que no la había visto?, señal de que había algo no demasiado claro, o, lo que es más seguro, sencillamente se sintió molesto por la visita del hombre que tanto odiaba. Quiñónez se acercó hasta la galería.

-Buenos días, Pereira, como te va.

-¿Qué quiere?

-No hubiera querido molestarte, pero la necesidad me obliga... Me es imposible solucionar una situación desagradable. Es grave, Pereira, y no me involucra a mí solo... Necesito tu ayuda.

-Estoy seguro de que le habrá costado muchísimo, pobre Quiñónez, tan orgulloso y con razón, tan grande, tener que volver a rebajarse ante ese miserable, tener que brindarle ese placer, si hasta le trataba de usted, como si no lo conociera.

  —89→  

¿Y qué es lo que podía necesitar de Pereira, don Mareco?

No lo hizo pasar, se quedó parado en la galería y lo miraba desde arriba, la melena blanca de Quiñónez desdibujándose en los últimos paños de niebla, el único movimiento de su cuerpo en sus ojos movedizos y nerviosos y en el agitar de la fusta bajo el poncho.

-Pereira, creo que mis hombres me van a entregar, me van a traicionar, Pereira, estoy seguro. Tadeo cabalga hacia el Destacamento para entregarme porque piensa que los voy a abandonar... Yo no sé si podré alcanzarlo antes de llegar a Pasaje Isla, pero en cualquiera de los casos iría a caer en una trampa.

-¿Y qué es lo que quiere que yo haga?

-Necesito que envíes a alguien para alcanzarlo, que le diga que lo espero para hablar, que todo es un malentendido.

-Yo no tengo por qué entrometerme. Ese es problema entre ustedes y su gente.

-Por eso digo que Quiñónez sabía muy bien lo que le esperaba, desconfió enseguida porque Candé había escuchado parte de la conversación con Marcial Espinoza y no toda, no cuando le decía que él no quería saber nada con eso de huir solo, y desconfió cuando salió y no lo vio a Tadeo. Él sabía muy bien que no podía permitir que Tadeo llegara al Destacamento por cuanto la única posibilidad que tenían todos para sobrevivir era permanecer escondidos, una vez descubiertos no tenían medios para defenderse y sabía también muy bien lo que les iba a pasar si descubrían su escondite, que es lo que les pasó. ¿Se da cuenta de qué situación se presentó? Con razón Pereira ni siquiera desmontó cuando lo trajeron a Quiñónez cuando lo llevaban a la Capital... Qué soberbio y qué tranquilo estaba Quiñónez con el pecho henchido, las manos atadas atrás, la cabeza levantada, su cabello blanco agitándose suavemente con el viento. Pienso que ya le había perdonado, aunque creo que no. No sé cómo decirle... pero me pareció que ni siquiera le dio importancia, como si ni siquiera fuera necesario odiarle. Pereira le dio la espalda en una situación de   —90→   vida o muerte, de la peor manera. Por suerte que Quiñónez no era un tipo que se dejara machucar así nomás y sabía cobrar lo que le hacían, así que al despedirse le picaneó una vez más cuando le dijo: dale saludos a tu señora de mi parte y sobre todo a tu hijo. Me pareció saber después, de esto no estoy muy seguro, que Pereira escuchó que se reía cuando montó para alejarse.

Atravesando el cañadón del oeste dio un rodeo y se acercó al pueblo por detrás.

-... por el Aserradero, por el lado del bajo, arriesgándose a que le viera cualquiera y sabiendo lo que significaban los minutos que estaba perdiendo, ya no sería posible alcanzarlo a Tadeo antes de llegar a Pasaje Isla, pero sabía lo que le esperaba y sabía lo que tenía que hacer.

-Me voy a Pasaje Isla, Mareco, creo que Tadeo me va a entregar, está yendo hacia allá.

-Es una locura, don Quiñónez. Pero claro que yo conociéndolo a él sabía que no tenía alternativa. Entonces hablamos un rato y me contó todo tal como había sucedido, lo de la conversación y esas cosas, claro, y me entregó su facón con mango de plata para darle a su hijo, ahora sé que a cualquiera de los dos, al que fuera realmente su hijo, digo yo, y me encomendó que fuera vendiendo los animales que dejó a su esposa para pagar los estudios en la Capital y todas esas cosas cuando fuera necesario, y que después viniera alguna vez a vivir conmigo, su hijo, ¿entiende?, al terminar sus estudios, o cuando fuera necesario.

Mareco no pudo evitar que la voz se le hiciera más ronca.

-Pero es una locura, don Quiñónez.

-Tarde o temprano esto tenía que llegar, Mareco, lo sabía. Ésta es mi lucha, así me lo acaba de decir Pereira y así nomás debe ser, por lo visto.

-Por eso cuando volvió al pueblo cuando lo llevaban hacia la Capital (después lo desgraciaron por el camino, nadie sabe dónde ni cuándo exactamente), todos nos quedamos mudos e impresionados y yo esperaba le dijera algo a Pereira, que fue el único que no desmontó, pero no le dijo nada... Usted no ha de poder imaginarse lo que le habrá costado ir a   —91→   implorarle ayuda a ese hijo de puta. Yo me voy a ir hasta Pasaje Isla, don Quiñónez, le dije, y él me miró un rato largo antes de hablarme y después me tocó el brazo, me acuerdo muy bien, como si fuera hoy que hubiera pasado todo, me tocó el brazo y creo que en ese momento se pareció más a cualquiera de nosotros porque yo sentí que tenía miedo, como cualquiera de nosotros, sentí que tenía miedo porque sabía muy bien lo que le esperaba, y sin embargo me dijo: no, no puedo arriesgarme a que te agarren, no me lo perdonaría nunca, y además tenés que cuidar a mi hijo, y después se fue. Lo miré montar en su tordillo con el torso erguido, poderoso, el poncho arremangado sobre un hombro y su cabello blanco suelto y brillante, y antes de emprender el galope escuché que me decía: gracias... ¿Se da cuenta?, a mí me dijo gracias, sí señor, cuando sabía que se iba para morir.

(No sé si son lágrimas eso que veo en sus ojos, don Mareco). Hubiera podido evitar el sacrificio huyendo con los otros, si ya no le quedaba tiempo para detener a Tadeo, digo, antes de llegar al Destacamento, donde con su delación los iba a descubrir a todos... Hubiera sido muy explicable.

Don Mareco siente que la risa empieza a gestarse en el fondo de su pecho pero no es risa, es un espasmo desagradable, algo así como un retumbar subterráneo que intenta aflorar a borbotones y en él hay odio, resentimiento, abatida e indeseable certeza, noción de fracaso.

-Y ahora viene usted y me dice que hubiera tenido que huir... Yo sí que a usted no lo entiendo, a ustedes dos no los entiendo... Quiñónez no lo hubiera hecho nunca, jamás; y aunque hubiera querido huir, descubierto el escondite ya no les quedaba tiempo. Al descubrir Tadeo el escondite, que es lo que iba a hacer, Quiñónez sabía que todo estaba perdido, entonces trató de ganar tiempo para sus hombres, aún a costa de hacerse apresar, porque eran sus hombres y él los quería, mucho tiempo sufrieron y disfrutaron con él y trató de comprenderlos, y pensó que el tiempo que perderían con él les permitiría a sus hombres escapar, pero los traidores creen que su traición vale mucho y que les permite conseguir su salvoconducto y se tranquilizaron y se descuidaron, pero no es   —92→   así, claro que no es así, nadie quiere a los traidores, ni siquiera los que sacan provecho de su traición, y por eso los cazaron uno a uno como a los ratones y los mataron uno a uno a los diecisiete como a los ratones y los dejaron tirados por allí y se lo merecían.

La neblina se había despejado completamente y se hizo una mañana clara y hermosa y si no hubiera sido por el sur que en ráfagas finitas apretaba el poncho contra la espalda, cualquiera hubiera pensado que era una mañana de mayo.

Quiñónez detuvo su tordillo frente al palenque del bazar frente a la entrada principal del Destacamento y sin desmontar dio vuelta a medias y miró la serranía del fondo, sus queridos cerros de Cordillerita gris verdosos por el aire frío y limpio y la lejanía, de tanto en tanto sus laderas recortadas por manchones de arenisca rojiza levemente enmohecidas y aspiró profundamente: era el mismo aire que corría libremente por las cumbres.

Después casi le dio risa la sorpresa y hasta el miedo que por más que trataron no pudieron disimular los guardias cuando lo vieron acercarse hacia ellos.

-Y eso sí, estoy seguro de que no lo maltrataron, nadie hubiera sido capaz, nadie era suficientemente hombre para hacerlo, si hasta cuando lo traían hacia la Capital con las manos atadas a la espalda, un sargento venía detrás de él apuntándolo, ¿qué hubiera podido hacer con las manos atadas y entre tantos? Recuerdo que esa noche Pereira se emborrachó.

-Seguro. Y se habrá emborrachado seguramente muchas otras veces más al recordarlo. Habrá sentido arrepentimiento porque él hubiera podido salvarlo y no lo hizo, hubiera podido evitar mucha muerte innecesaria y no lo hizo, no sólo la muerte de Quiñónez.

Es todo muy triste, don Mareco (¡cuánta soledad incomprendida en cada uno!). ¿La señora Adelita ya había muerto?

-No. Murió algún tiempo después. En ese tiempo vivía en la Capital con su hijo. Ella hizo todos los arreglos para recibir el dinero que yo tenía que enviarle desde aquí y sé que se resistió mucho a seguir mandando a su hijo todos los años esos cuantos días que lo enviaba, y después, al terminar el   —93→   colegio vino a quedarse acá, pero eso fue porque cuando eso ella ya se había muerto y no hubo otro remedio sino que tuvo que venir a quedarse conmigo y nunca a él le gustó demasiado, estoy seguro. Ni siquiera al ir haciéndose grande quiso ir a los campos de su papá, así que los vendimos y todo ese dinero fue a la Capital, era poco desde luego ya lo que quedaba, pero tenía su platita, no tenía necesidad de ir a trabajar a donde fue, trabajos que no eran para él por la preparación que recibió, y hacer todas las tonterías que hizo.

Él y mi hermano Agustín fueron siempre muy buenos compañeros.

-Y muy amigos, fueron. Venían juntos en las vacaciones, creo que fueron los mejores años en la vida de este pobre muchacho que siempre fue un desgraciado, preocupado por todo y amargado... Pero en aquellos días era feliz hasta que una vez, cuando era un pendejón que más o menos entendía ya las cosas, Pereira le envenenó la vida y fue la principal venganza de ese sinvergüenza, por lo visto ya se había olvidado de su arrepentimiento, ese fue el año que usted no vino por las vacaciones, fue el año que se preparaba para entrar en el Colegio Militar y no vino, aunque después no pudo entrar y eso que todo el mundo pensaba que era un Pereira y un Pereira no hubiera tenido problemas, pero por lo visto le estiró más esto, aunque no volvió diferente, tan pulido, tan exigente, cada vez se parece más a él, o sea, está siendo más como él.

No puedo creerlo, don Mareco, hasta me resisto a pensarlo.

-El conocido hijo de Quiñónez no es un Quiñónez, eso es muy triste. Claro que también es triste que el que por su manera de ser es Quiñónez no sea realmente un Quiñónez, pero eso ya no tiene remedio, creo yo, no tiene remedio.

  —94→  

Adelita:

-¿Se da cuenta, doña Simeona?, ni querida, o recordada, o algo, nada. Adelita, como si llamara a la cocinera, qué sé yo. Es inconcebible.

Te escribo ésta aprovechando que don Gutiérrez va a la capital a negociar unas cabezas que le permitan seguir sobreviviendo, que es la forma de pasar que tenemos ahora en la zona, quién lo diría, con el increíble potencial que una vez tuvimos y que parece nos va a costar tanto volver a alcanzar. La nuestra es una tierra asediada por nuestros apetitos y por nuestro descontrol, Adelita, es doloroso reconocerlo, pero las cosas son así, aunque van a cambiar, te lo aseguro.

Miro a mi alrededor y me siento solo frente a todo lo que hay por hacer; es mucho, y a veces pienso que es superior a mis fuerzas. Sé que si estuvieras conmigo sería diferente.

Te extraño mucho. Te busco en todas las cosas que alguna vez vimos o hicimos, en el pastizal del costado de la casa que solíamos recorrer de tardecita, en la leche humeante y los rayos del sol en la mesa donde desayunábamos, qué corta fue tu presencia aquí conmigo y cómo son ahora todas las cosas diferentes. Nuestra casa no es la misma, nuestros campos no son los mismos.

-Esto es lo increíble de él, doña Simeona, a veces tiene esos destellos que me hacen revivir lo que alguna vez sentí, sufrí y disfruté con él.

No voy a ir allá ni siquiera para el Año Nuevo; no puedo dejar a mi gente, sé que ellos me necesitan. A veces pienso si vos y yo somos de la misma clase de seres, si somos   —95→   habitantes del mismo planeta; creo adivinar la sonrisa escéptica en tu cara y quizás tengas razón, quizás sea realmente yo el que necesita de ellos y no ellos de mí. Pero yo lo veo de una forma distinta, ellos me quieren, son mi gente.

Muchas veces me detengo a pensar cómo es posible que alguna vez me hayas querido y no lo entiendo; pienso: qué viste en mí para llegar a quererme y no me lo explico, así como no me explico el por qué te sigo queriendo yo y sé que esto tampoco vos podrás comprenderlo.

Te necesito, Adelita, y ya sé que vas a decir que si estamos separados es por mi voluntad, ya sé, pero qué maravilloso sería que vos accedieras a ser según mi voluntad, lo cual es imposible y entonces te escribo estas líneas para que por lo menos me escuches, para que alguien me escuche, para nada.

-¿No ve?, ¿no ve?, por momentos me asusta, creo que me conoce demasiado, por lo menos, mucho más de lo que yo llegué a conocerlo a él. Y cuánta melancolía encuentro en sus palabras... pero ya no le creo, ¿eh?, ya no le creo; demasiado me costó darme cuenta de esa su terrible inconciencia, de su egoísmo puro y orgulloso, ¿no es cierto, doña Simeona?, ¿qué esperanzas puedo tener?, fíjese nomás en esto:

Mi lucha no tiene final; la lucha que hago motivo de mi vida no tiene final; no puedo decirte: cuando gane esta batalla voy a volver, porque no hay batallas, es una forma de vida, todo es un seguimiento de una cosa a la otra, quizás ni siquiera haya lucha sino el sencillo cumplimiento de lo que pienso que debo hacer, a veces quiero verlo así, no sé cómo podría verlo de otra manera. Yo no peleo a las personas, Adelita, yo combato a las ideas que quieren hacernos tragar, a la ratería, a la deshonestidad de los poderoso o al ladino y ruin despropósito de los aplastados... Recuerdo la discusión con el Padre Fernández el año pasado cuando le dieron la Libreta de Calificaciones al muchacho al final del grado... pobre infeliz, el Padre Fernández, cree tener más argumentos que yo, encasillado entre las orejeras curtidas de dos mil años de dogmas y definiciones precisas. Y bueno,   —96→   al final de cuentas, no puedo achacarlo que no me entienda si yo mismo a veces no me entiendo.

-Está perdido, doña Simeona, hasta qué punto llegó.

Hay momentos en que me detengo a pensar y determino que lo que más me desespera es la inutilidad de mis afanes. Creés que alguien continuará mi lucha cuando yo no esté? Nadie está a mi alrededor, realmente. Me siguen, cumplen lo que ordeno, orquestan el festejo de mis hazañas pero estoy solo, no hay nadie cerca mío, nadie.

Nuestro hijo nunca va a ser para mí, Adelita.

-Ah, no, desde luego que no, doña Simeona, desde luego que no lo voy a permitir.

Nuestro hijo nunca va a ser para mí, Adelita, eso lo supe hace ya mucho tiempo; pero tené cuidado, no lo destroces, no hagas de él un desgraciado, no rompas su vida. Porque quiero que me entiendas bien, nuestra realidad, la tuya y la mía es amarga: tampoco va a ser para vos, triste navegante de dos aguas. Vos te preocupas y te afanás porque no sea mío, pero ocupate también, y más, para que sea tuyo, eso es algo que me intranquiliza. No lo estamos levantando bien. Dale vos las armas necesarias para que pueda combatir su incertidumbre, dáselas vos porque yo, aunque me desespere, sé que no podré jamás llegar hasta él.

-Claro, cómo va a llegar si nunca se interesó por él; además, yo lo defiendo muy bien de su influencia, mi querida, y de sus malos ejemplos... ¿qué va a sacar él de su padre?

Lo que menos quiero es que sea mi imagen; la orgía y el calvario que es mi vida no se la deseo a nadie aún cuando yo voluntariamente la elegí y no la cambiaría por nada; pero dale la posibilidad de luchar, no le disfraces la realidad creándole un mundo de mentiras que no existe porque él siente esa realidad, lo sé, no permitas que Fernández ni todos los otros Fernández que pululan a su alrededor y en todas partes puedan asustarlo con sus orejeras, recortando las alas de su libertad. Y compréndeme bien: no estoy ni siquiera pidiéndote que le enseñes a quererme sino solo que le indiques el camino que debe seguir para aceptarme o tan   —97→   solo, aunque más no fuera, comprenderme. No me gustó lo que vi en mi último viaje, Adelita, no me gustó nada, y todavía es tiempo de arreglarlo. El otro no es realmente mi hijo, no puede ser, es el hijo del marido de su madre, no me lo refriegues por las narices cada vez que hablo de nuestro hijo. No sé qué posibilidades tengo de pedirte nada porque cada vez es más fuerte mi certidumbre de que tu desdén se está convirtiendo en odio.

-Doña Simeona, ¿será cierto lo que dice? Dios mío, este hombre es increíble. Tal vez sea cierto.

Ya casi no hay cabezas en nuestros campos de Cordillerita, ya casi se han consumido todas aunque aún quedan más que suficientes para que podamos llevar una vida decorosa; no puedo detenerme en su cuidado, la verdad es que no quiero atarme a esa vida demasiado real, no puedo. Me es posible imaginármelo a tu papá con el ceño fruncido, nuevamente enojado y quejoso, claro, no puedo comprenderme.

-¡Ah, no, esto ya es el colmo, es un descarado: papá enojado y quejoso...! ¡Pero qué se cree! Mi pobre papá, doña Simeona, nunca llegó a perdonarme que me haya casado con él, nunca. Y lo peor del caso es que yo misma ahora no puedo explicarme qué es lo que pensaba, me volvió loca, eso sí, un tiempo me volvió loca. Pero fue nada más que eso, una locura. Por suerte tengo ese hijo que es toda mi vida; está tarado si piensa que lo voy a dejar estropear en sus manos... un buen colegio, eso sí, el mejor, buenas compañías, amor de familia, de la mía, se comprende, el verdadero amor a nuestro lado y una pequeña temporada, no crea que no me disgusta terriblemente, una pequeña temporada todos los años en vacaciones para que vaya conociendo aquel infierno que alguna vez será de él, no veo la hora de venderlo y liquidarlo todo antes de que otros se lo coman. Si usted lo conociera a ese Mareco pensaría lo mismo que yo. Dice que lo adora... qué lo va a adorar, está esperando impaciente su tajada, el mundo está lleno de gente sucia, doña Simeona, de gente deshonesta, pero así es el mundo, ¿no es cierto?, qué le vamos a hacer...

  —98→  

Era muy lógica pero nadie puede imaginar la mortificación que sentía temiendo en todo instante, día a día, que alguien se acordara de él, que lo nombrara y vuelta a comenzar, todos contando anécdotas que otros antes les habían contando, todos comentando y sorprendiéndose o riendo, ¿cuál es la conclusión que sacan? La gente como él es el azote de nuestro país, él es el culpable de la lucha entre hermanos, del desangrarse de la patria, Quiñónez es un castigo de Dios y yo siendo Quiñónez y todos mirándome de reojo, nadie queriendo herirme directamente, eso decían, yo no tenía ninguna culpa, eso decían, y hasta el cura, negra sotana y ancha faja también negra ciñendo su vientre de asceta y su voz filosa y calma, grandes anteojos de montura negra, Quiñónez es el castigo de Dios... hubiera sido feliz de haberlo todos olvidado.

Hasta Agustín, ahora que lo pienso me doy cuenta, era mi amigo pero tenía algo, no puedo descifrar qué, pero era diferente cuando estábamos con otros, como si él fuera otro o yo fuera otro y ahora me doy cuenta, pero recién ahora, aquí, sentado en mis largas tardes, sin pierna y triste en la galería de piso de ladrillos de Pereira, que él era Pereira y yo Quiñónez, aunque su hermano mayor también era Pereira y sin embargo no era así, aunque no era tan amigo mío como él, y eso nunca pude entender muy bien porqué.

El mayor volvió de la Capital mucho antes que nosotros, después de su estúpida veleidad momentánea de meterse a estudiar para militar, que no siguió adelante, es lógico, volvió con su carga inútil de saber sin frutos posibles... ¿qué otra cosa me pasó a mí? Para de tarde volver sudoroso y cansado y desmontar bajo el árbol grande que está junto a la cerca que   —99→   rodea la casa, después iba a desensillar, y acercarse satisfecho para comenzar el largo descanso, perdidos en el fondo de la memoria los latines y la historia, imbécil experiencia de amarguras y frustraciones. O para cortar cañas en el Ingenio, no hacía falta vender las vacas de mamá para pagarles las mensualidades a los curas, oscuros corredores con arcadas sacudidos por el viento de las noches de tormenta, terrible soledad en medio de los otros en el amplio dormitorio o en el comedor o en las clases, ellos siempre sabían de qué se estaba hablando aunque recién llegaran, no entiendo por qué fueron siempre las cosas así. Creo que si no hubiese sido por Marina hubiera seguido secándome en lo de don Mareco tratando de borrar la sombra de papá, aunque no creo que fuera posible, hubiera sido una lucha demasiado larga, demasiado intensa, inútil.

Se sientan los dos hermanos cerca de mí y huelo a caballos y a viento y aunque me resisto siento envidia, siempre me tocó mirar las cosas desde fuera, otros son los que las hacen y yo lo contemplo escondido entre las gallinas, respirando las plumas y las pelusas de las gallinas, siempre.

Sé que estuvieron en el pueblo porque Agustín abre un paquete nuevo de cigarrillos y al mayor los ojos le brillan de cerveza.

-Nunca había sabido que el señor Quiñónez le dejó a Mareco un facón con mango de plata -me dijo-. Lo vi.

Me extraño porque casi lo tenía olvidado y también me pareció raro que don Mareco se lo hubiera mostrado, pero más me extrañó oírlo decir señor Quiñónez, señor Quiñónez y no en forma despectiva: Quiñónez. No lo esperaba. Aunque ahora que lo pienso, el mayor fue siempre un Pereira diferente, diferente incluso a Agustín que era mi amigo pero que siempre tenía algo, sobre todo cuando había otros delante, como si su amistad hacia mí se sobrepusiese a cualquier cosa estando solos, pero que al estar otros tuviera la necesidad de demostrar lo que él también pensaba de Quiñónez.

Y entonces recordé, mientras ellos hablaban y la tarde alargaba lentamente las sombras, aquella vez que papá me tenía entre sus brazos y bromeaba, su pecho poderoso vibrando en   —100→   sus palabras y su risa, «yo a mi muchacho me lo llevo para que aprenda a vivir, que sepa lo que es la buena vida de los hombre» y mamá silenciosa y, ahora me doy cuenta, casi despectiva diciendo: «estás loco, a él no lo tocás, si querés un alumno y una víctima de tu depravación tenés al otro, él sí está bien cerca tuyo», no supe ni sé muy bien aunque me lo imagino qué quiso significar, y mi Libreta de Calificaciones, Pasa al Segundo Grado, caída a mis pies, papá casi ni la había mirado porque me miraba a mí, me miraba a mí y no supe darme cuenta, nunca supe darme cuenta de nada a tiempo.

Y ahora vengo a comprenderlo pero es tarde, tarde, tarde, como siempre tarde y creo que ya no hay tiempo para nada y aunque hubiera, ya no tengo tiempo yo. Hago un recuento de todo mientras la tarde pasa y todo sucede con la misma odiosa lentitud, y veo que mis manos están vacías, que no tengo nada: ¿qué fue siempre mi vida sino una sucesión de ansiedades desmedidas, de angustias? Casi me animaría a definirla como un solo y supremo deseo reprimido. Y entonces vengo a descubrir que siempre viví como inquilino de mí mismo (¿acaso no hacía o decía cosas que yo mismo, yo, no quería decir o hacer?, y lo dejaba pasar, Santo Cielo, con una indiferencia embotada, casi demente) preocupado más que nada en representar la imagen de mi yo real pensando que resultaba ser fruto de mi ser interior, de que era exteriormente como era realmente pero por lo visto, y en el recuento de balance me doy cuenta, de que es y era siempre otra mi imagen, una la que sentía y sufría y se debatía en sus dudas y temores y otra, tan distinta, tan inentendible seguramente para todos, la que, involuntariamente, resultaba de mis impulsos, que nadie podía entrever. ¿Quién pudo entender jamás, me pregunto, mi huida bajo la lluvia, escapando de esa fuerza viril tremenda que fluía de Roberto, por ejemplo, o porque comprendí mi indefensión ante el dolor que me ocasionaba y no quería o no sabía luchar? Entonces pienso que aunque haya tiempo, para mí no hay, porque ya no me animo a luchar.

Porque estoy cansado de todo y sin esperanzas.

Entonces me decido a pensar que si Marina hubiera estado conmigo las cosas habrían sido diferentes, aunque no   —101→   sé a ciencia cierta lo que podría esperar de ella.

En realidad no sé ni siquiera si la quiero o es como una tabla de salvación que trato de imponerme para poder asirme de algo, o es lo mismo que con la chica de la venida de las ovenias en el pueblo dormido, que quedó viva en mi memoria sólo por mi deseo estéril, que si la hubiera conseguido, seguramente ya se habría diluido.

Ni siquiera logro determinar si me interesa el descubrimiento de ese acuciante deseo que siempre sentí de acercarme a papá, de ser la continuación de papá que nunca pude ser y que siempre traté de esconder detrás de mi empecinado rechazo, como si no hubiera sido mi vida la que estaba viviendo sino otra, la de un personaje que esperaba a que se bajara el telón para ver los resultados y vuelta a comenzar, ¡como si fuera que no desperdiciaba mi vida!, obcecado, no porque no, sí aún sin razón, sin un suspiro para razonar, qué asco siento y qué miedo, sí, qué miedo estoy sintiendo de mí mismo. Y entonces en mi pensamiento trato de alejarme un poco para poder verme mejor, para poder ver a la distancia cómo seguramente soy en realidad, ¡Dios mío!, cómo seguramente soy en realidad.

Y me siento como entre dos horas, como entre la noche y el día, en ese claroscuro que parece revestir todas las cosas de optimismo pero que hunde en la desesperación mi espíritu atemorizado (¡qué solo me siento, Dios, todos están enfrentados a mí) porque el día es el final del reino de las sombras protectoras, es el mundo de los despiertos (¡cuánto tememos los que estamos dormidos!), es el mundo de los vivos (¡cuánto sufrimos los que estamos muertos...!)

Agustín y su hermano ya se acostaron y el blando golpeteo de mi muleta en el piso de ladrillos es mi única compañía cuando me acerco al borde de la galería para mirar el cielo inmenso, inundado de estrellas, y siento mis ojos pesados e hinchados y una angustia en el pecho me hace aspirar profundamente, la piel se me eriza y brotan lágrimas de mis ojos que hacen desdibujar las estrellas en rayas de luz, me siento solo, es muy largo lo que me tocó vivir (todo lo que me tocó vivir, digo, y no todo lo que viví, qué notable), y debo huir una vez más. Ellos hubieran tenido que darse cuenta, hubieran   —102→   tenido que darse cuenta aunque yo intentaba hablar y reír como si nada, lo hubieran tenido que saber, ¿acaso no me quieren?, ¿no soy acaso nada para ellos?, me siento solo, Dios mío, me siento solo.

No hay sangre chorreando de mi nariz, y ya no lloro; tampoco puedo correr a lo de Don Mareco, no puedo correr a refugiarme en ninguna parte. No hay por dónde escapar, decía el poeta que hablaba con el burrito, durante la tormenta, no hay por dónde escapar... y ahora es igual: no hay por dónde escapar.

Atravieso el patio agigantándose mi sombra delante de mí, la bóveda inmensa del cielo me da vértigo, nada hay mejor que una noche abarrotada de estrellas, pienso, para apreciar la inmensidad del universo infinito. La noche tiene perfumes que durante el día no apreciamos, y sonidos que en el ajetreo del día no sentimos, la noche tiene silencio y paz.

Al lado del palenque bajo el árbol grande, masa negra aquí y allá perforada por puntitos de luz, están las monturas de Agustín y su hermano mayor. Al acercarme siento el olor a sudor que desprende el cuero, es el olor de estar a horcajadas, pienso, es como el aviso de que me introduzco en una intimidad que no me corresponde penetrar, me siento casi avergonzado.

Mi muleta levanta nubecitas de polvo en la tierra ablandada por las pisadas del patio que rodea la casa; me vuelvo y la miro; es otra masa de negrura y en la boca del corredor el saludo parpadeante del lejano farol trata de acercarme a la realidad, me parece que estoy jugando, todo lo que hago está tan lejos de lo que siempre me animé a hacer y no quiero pensar.

Separo una de las riendas, cuero fino, engrasado y abrillantado por el uso, hermosa rienda, leves reflejos de los destellos lejanos del farol (¿o de las estrellas, allá arriba?) hermosa y útil rienda.

Todo podía haber sido diferente, creo, si Marina hubiera comprendido a tiempo la fuerza de mi amor, o si papá no me hubiera castrado constantemente con su imagen y su recuerdo, o si las cosas me hubieran resultado más fáciles (para otros lo son, ¿no?), pero todo eso es mentira, ahora me doy cuenta. Con cuánta libertad puedo pensar, Señor, cómo me es posible   —103→   descubrirme...! Son las mentiras con las que siempre traté de protegerme para poder llorar tranquilo sobre mí mismo, para poder justificarme, para poder compadecerme.

La verdad es que todo hubiera sido diferente si yo hubiera sido diferente, y en ese caso hay un solo remedio. Y ahora me doy cuenta. Por primera vez me doy cuenta de algo a tiempo en toda mi vida.

  —104→  

Dejó la tacita silenciosamente en el platillo sobre la mesa adornada con un mantel de tejido grueso muy lavado y almidonado, en los bordes grandes flores bordadas en colores oscuros y en el centro, bajo la fuente con galletitas y bizcochos, un grupo grande e intrincado de magnolias y azucenas en un conjunto irreal, obsesionado, era ya la caída de la tarde y las sombras se hacían espesas y agobiantes. Simeona se secó suavemente los labios con la servilleta igualmente bordada de magnolias marrones y azucenas amarillas y suspiró.

-Quién lo hubiera dicho, pobrecita.

Afuera, después de la galería, el patio era un remanso de frescura y color que lentamente se iba diluyendo, los crotos del fondo formando masas coloridas en sinfonía de tonos marrones y más adelante, en un costado, las sinecias poniendo inesperadas llamaradas de luz realzadas en el ocaso con sus flores reventonas amarillas, rosadas y muy rojas.

-Menos mal que le quedaban todos esos sobrinos segundos que hicieron un grupo más o menos interesante en el acompañamiento, porque el hijo todavía es muy chico para tener amigos y los amigos de ella ya no la rodeaban, quién hubiera pensado que iba a ser así, una familia tan reconocida, tan gente, diría yo, porque una familia importante era, ¿verdad?, pero fueron poco a poco derrumbándose.

-Mirá, Simeona, yo nunca quise decir nada, y que Dios me perdone ahora que a la pobre Adelita la acabamos de dejar y que ha de estar todavía tibia, la pobre, pero a mí siempre me pareció que ese casamiento no estuvo bien, nunca; esa pareja nunca fue como tenía que ser... Yo creo que al pobre don   —105→   Casimiro le salió el tiro por la culata, pobre, que en paz descanse.

-¿Por qué? ¿qué querés decir con eso?

Simeona no pudo evitar que en su voz se notara un dejo de enojo. Clarita sonrió imperceptiblemente, amparada por la taza de té que se había llevado a los labios: tantos años de tratarse hacían que el conocimiento entre las dos fuera profundo, cada gesto, cada tono de voz, cada mirada, podían ser certeramente dirigidos para molestar, para insistir, para causar gracia. Y sabía muy bien la casi veneración que su amiga profesaba a don Casimiro y su familia, en especial a Adelita.

-Yo no quiero decir nada, querida, es decir, no tengo por qué entrometerme... Pero pienso nomás que mucho les habrá hecho brillar los ojos a los dos viejos ese muchachón dicharachero dueño de campos interminables en Cordillerita y todo eso... Y esa inyección de vitaminas a las flacas vaquitas raleadas que le quedaban al pobre don Casimiro, que en paz descanse, no le iban a venir nada mal...

-Hablás con perfidia, Clarita, es insoportable.

-No, no creas, no es así; vos me conocés muy bien y sabés que no es así... Yo quería mucho a esta gente, y conste que no es que hayan hecho nunca mucho para que se los quisiera, bastante alzados eran, y no voy a estar ofendiéndolos gratuitamente, pero digo nomás que ese casamiento todo el mundo opinó siempre que fue una locura. ¿Cuánto tiempo estuvieron juntos? Una temporadita cuando Quiñónez estuvo por acá, algún tiempo, muy corto, Adelita allá para complacerlo, y después cada uno por su lado y cada cual con su vida.

Simeona dobló en cuatro la servilleta y la depositó al lado de su plato con un ademán decidido, como queriendo hacer entender que más que dar por terminada la merienda, lo que quería era dar por terminada la conversación.

-En ese matrimonio no tuvieron nada que ver ni don Casimiro ni doña Rosa, Clarita, te lo puedo asegurar.

Clarita asintió en silencio no sin antes levantar un poco las cejas entornando los ojos restándole firmeza a su asentimiento. Se levantó y se acercó a la ventana. Miró a través de la reja la galería sombreada y, más allá, el patio. Aspiró   —106→   profundamente el aire de la tarde. Te conozco Clarita, pensó Simeona, ahora vendrá un respiro sirviéndonos de cualquier tema, te conozco...

-Están hermosos tus crotos, Simeona.

-Sí, ahora se pusieron bien. -Simeona casi no pudo evitar una sonrisa. También se levantó y no pudo vencer la tentación de ordenar en la bandeja del costado las tazas usadas pero reprimió su impulso de juntar las pocas migajas caídas sobre el mantel de hilo- Pablito les pone un algodón con algo de azufre y alcanfor molido en el tallo, formando un anillo debajo, casi sobre la tierra, y eso aleja las hormigas y los pulgones; y además nunca los riego con agua que no sea de lluvia, eso le da brillo hermoso a las hojas... Vamos a salir afuera un rato, aquí hace demasiado calor.

Caminaron por el patio de grandes baldosones negros y blancos. Clarita se detuvo y miró el cielo gris rojizo.

-Es conveniente que llueva, está muy pesado ya... Y el hijo, ¿dónde va a quedar?

¿No lo dije?, pensó Simeona, vuelta al tema.

-Tienen un señor que les administra los campos, él solía ir allá unos días en las vacaciones, y se va a ir a quedar con él.

-Pobre chico.

-No sé, Clarita, creo que es lo que correspondía hacer, a mí también me da mucha pena porque parece que se lo aleja para librarnos de él, pero ¿dónde va a quedar sinó? Durante el año creo que seguirá viniendo para quedar internado en el Colegio, y durante las vacaciones quedará allá. Adelita fue hija única y los parientes que le quedan son tíos segundos y todo eso, ¿con quién se va a quedar? -Simeona separó una hoja mustia desprendiéndola delicadamente con un corte de uñas y la arrojó al fondo entre los tallos- para más, ya no es lo que era: ya casi no tiene reservas. Y no es que yo diga que la gente es interesada, pero si hubieran tenido lo que tenían antes, hubieran aparecido una partida de tíos segundos cariñosos. Yo tuve el deseo de decirle que viniera a vivir conmigo pero después pensé bien, es un compromiso demasiado grande y yo ya no me siento con fuerzas para comenzar una responsabilidad   —107→   así... Dios no quiso que forme mi familia como corresponde, con un marido, unos hijos y todo eso, entonces no creo que sea el momento de tomar nuevos rumbos con tantos problemas y preocupaciones.

-Claro, estoy contigo. Y además, creo que esa fue, desde luego, la voluntad de Adelita: que se fuera allá.

-Adelita, la pobre, a lo último ya no se entendía muy bien; yo creo que desvariaba un poco, Clarita, que en paz descanse.

-Qué triste es quedarse tan solo, ¿verdad? es terrible.

Llegaron hasta unos sillones de mimbre que estaban al lado del aljibe y se sentaron.

-Parecemos dos carromatos viejos, nosotras... vamos de sillón en sillón.

-Es que ahora hacen caminar mucho en los acompañamientos, yo estoy con las piernas doloridas... Dentro de poco ni allí va a querer la gente ir a cumplir, tan poco caso nos hacemos ahora...

Simeona se apantalló suavemente un momento, echada atrás la cabeza, los ojos perdidos en el cielo que se iba oscureciendo, y suspiró.

-Y sí, Clarita, aunque no lo creas y pienses tonterías, ese casamiento fue el disgusto más grade que Adelita pudo darle al pobre viejo -Clarita la miró en silencio, sin atreverse a parecer dubitativa.- Él, vos sabés que era capaz de bajar cielo y tierra por su hija, Adelita, alegría de su padre, solía decir cuando llegaba sonriente de la calle y la esperaba a ella que venía corriendo para estrecharse en sus brazos, siempre sonriente, don Casimiro, qué señor tan amble, tan señor... Pero don Casimiro desde un principio se dio cuenta de que era imposible luchar contra Quiñónez. Adelita se quedó totalmente tonta con él y no escuchó razones. El viejo le habló, quiso mandarla de viaje, cualquier cosa, pero no hubo nada que hacer.

-Esto que me contás es para mí algo totalmente nuevo: no sabía que hubo tanta historia... Pero decime un poco, ¿era acaso tan sinvergüenza este Quiñónez?

Simeona sonrió.

-No, no era eso. Pero los padres parece que tienen   —108→   un sexto sentido, y don Casimiro supo enseguida que ese muchacho no era lo mejor para su hija.

-Mirá, Simeona, los sextos sentidos de los padres hay veces que no funcionan y o sinó, mirame a mí que por ese sentido de más estoy aquí sola, sin marido, ni familia, habiendo podido estar rodeada de hijos y nietos y qué se yo.

-Pero también con un viejo enclenque y cargoso a tu lado, así que no te quejes. Y ya sé que eran buenos partidos y lindos mozos, no hace falta que me lo recuerdes una vez más, pero lo mismo ahora hubieran estado todos enclenques y cargosos...

A Clarita le resultó gracioso, aunque no quiso reconocerlo, e intentó reencausar la conversación.

-¿Cómo pudieron conocerse? ¿dónde se encontraron?

-Adelita lo conoció en la fiesta de cumpleaños de Robertita Gutiérrez ¡ah...! qué fiestas fabulosas hacía esta gente en la estancia... Yo las recuerdo, y no hay ninguna razón para que vos no las recuerdes, ¿no es cierto? Aquí todo el mundo comentaba desde meses antes las espectativas de la fiesta, pienso que esta gente debe haber tenido muchísimo dinero para hacer las cosas así en grande, casi todas las familias bien iban hasta allá para ese día... y bueno, allá fueron ese año don Casimiro y familia.

-Y hubo el conocimiento.

-Quiñónez la deslumbró a Adelita. Vino como atontada, no quiso entender razones, no hubo caso. Es que hay que reconocer que él tenía una clase envidiable, tenía una planta que te sacaba el sueño y unos ademanes, un trato que Señor mío... La visitó dos o tres veces aquí en su casa, venía desde Cordillerita expresamente para verla y al otro día se mandaba mudar a primera hora, imaginate un poco: ¡desde Cordillerita para verla...! Rodeaba todos sus actos con un hálito como de pompa o misterio, o aventura, no sé cómo decirlo, y lo notable es que eran cosas totalmente espontáneas, y Adelita, que era una chica tan de sus padres, de su casa, quedó con los ojos abiertos como platos...

Se queda un ratito en silencio, recordando.

-Fijate un poco que una de las veces vino llegando   —109→   y le entregó un estuche, Adelita no entendía qué pasaba y se sorprendió al encontrar adentro un medallón de oro más grande que un limón y bastante más pesado, uno de esos medallones que se hacían antes, cuando todavía se los podía tener. Yo soy hombre solo, le dijo, este medallón era de mamá y yo siempre dije que se lo entregaría a la mujer elegida de mi corazón (cuando eso Adelita ya estaba totalmente derretida), yo sé que vos aún no estás segura de tus sentimientos hacia mí, pero quiero que quede en tus manos, yo voy a luchar por tu amor... fijate un poco, parece de novelas... y lógico, Adelita se encandiló.

-Qué pillo, ¿verdad? cómo la supo ganar.

-Quedó como encantada y, desde luego, al principio fue una pareja feliz. Después de casados pasaron unos días aquí y luego fueron a Cordillerita, vivieron unos días de descubrimiento y alegría continuada: Adelita se llenaba la boca contando maravillas, todos creíamos habernos equivocado y don Casimiro sonreía feliz, también él, más de una vez reconoció, por lo visto se había equivocado... Pero pasaron los primeros tiempos, Clarita, y el matrimonio no es ninguna fiesta continua, todos lo saben. Al pasar los primeros días de fantasía se empieza a tener que convivir con otra persona, y eso no es fácil si no se está preparado. Adelita comenzó a extrañar todo lo que tenía acostumbrado, qué se yo, los amigos, el ambiente, todas las cosas que siempre hizo, y Quiñónez también se encaprichó, y las cosas empeoraron, al poco tiempo la vida juntos fue imposible y se fue cada cual por su lado. Adelita no pudo soportar el empecinamiento de su marido.

-Por eso te digo que para mí todas estas historias son cosa nueva... Por lo visto nunca supe mucho de ellos, bueno, en general nunca me ocupo mucho de las intimidades de la gente... Yo siempre tuve entendido que él la respetó en todo momento, que nunca le hizo faltar nada, pero que tampoco nunca le dio nada que valiera la pena... no sé si me explico.

-No sé, Clarita -Simeona suspiró profundamente, hubiera preferido no tener que recordar todas esas cosas, se sintió repentinamente cansada y triste- no sé a esta altura de la vida qué es cuidar, o respetar, o hacer faltar algo... Yo te aclaro   —110→   una cosa, yo creo que Quiñónez hizo todo lo que pensaba que tenía que hacer, ni más ni menos, creo que dio todo lo que prometió que daría, ¿me explico? Que haya estado bien o mal lo que hizo es otra cosa, yo creo que intrínsecamente él nunca mintió, él dio lo que consideraba que tenía que dar... Él vivió su vida, ¿sabés? No creo que nunca le haya prometido otra cosa. Pero también creo que sí le hizo faltar lo que era más importante para ella: su compañía. Adelita sufrió mucho de soledad. Y creo que con el tiempo, enferma de soledad, hasta se fue haciendo mala. ¡cómo la cambió la vida...!

-Simeona, por favor...

Simeona sintió que las lágrimas caían de sus ojos pero no le importó, ya casi era de noche y en el patio grande había silencio, los sonidos de la calle, un silbido, un grito, llegaban asordinados y lejanos, sintió un nudo en la garganta y quiso llorar y aliviarse.

-Sabe Dios que no quiero decirlo, Clarita, no quiero decirlo, pero es así, pobre Adelita, mi dios, pobre Adelita...



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